— Sanemi, puedo caminar — dijo, con la intención de que él albino lo bajara. Siendo claramente obvio, que Sanemi no haría caso —. Sanemi.
— Cállate.
—... Sanemi, sólo me resbalé, no estoy inválido.
Shinazugawa chasqueó la lengua, pero sólo eso. Giyu suspiró, y en señal de derrota (o resignación por la terquedad de su marido), recargó su cabeza en su hombro en silencio.
Ignorando las miradas de las personas (chismosas) y sus comentarios, mirando hacia atrás con aburrimiento mientras con su único brazo bueno sostenían los víveres que compraron.
Había pequeños charcos y baches pequeños en el suelo por la lluvia de ayer. Y realmente había sido una suerte que Sanemi hubiera estado a su lado cuando casi cae al suelo con parte de las compras.
Pues la otra parte, la llevaba Sanemi. Quien lo cargaba como si nada.
Cuando notó que era el camino a casa, volvió a hablar —. Sanemi.
— ¿Qué?
—... Gracias. Por ayudarme — cerró momentáneamente los ojos —, y perdón por...
— No eres una maldita carga, Giyu — lo interrumpió, firme. A veces la mala costumbre de Giyu de despreciarse aparecía, no con frecuencia (afortunadamente) y cuando lo hacía, su deber era centrarlo —. Eres mí... Esposo, y mi deber es protegerte porque eres mi familia.
El corazón de Giyu se aceleró, así como también, su mirada se tornó suave —... Sanemi.
— Giyu, si vas a decir algo sólo dilo y ya.
—... Te amo.
