A veces Sanemi se preguntaba si se convertiría alguna vez en su padre. En una persona irascible con Giyu, en un abusivo, en alguien que no le importa descargar su ira en su pareja.
Solía pensarlo estando a solas en el cuarto que compartía con su esposo, cuando este iba a bañarse (aunque esto solían hacerlo juntos) o cuando Giyu salía un rato a tomar aire fresco.
Aunque luego había otra voz en su mente que le decía Idiota, ya eres irascible y en el pasado trataste mal a Giyu.
Lo cual le hacía fruncir el ceño, y maldecir en voz baja.
Al menos no había llegado a los golpes con Giyu, actualmente. De que ellos discutían, lo hacían, y muchas veces por nimiedades; aunque más tarde se resolvían con disculpas y pasando el tiempo juntos.
Pero levantarle la mano a Giyu... Él no quería volverse la escoria que fue su padre, quién le levantaba la mano a su madre o a ellos.
Suspiró, llevándose una mano a la cara.
— ¿Estás bien? — preguntó Giyu en el marco de la puerta. Había ido a buscarlo para pedirle ayuda para cocinar.
— ¿Ya vas a cocinar?
— Sanemi.
—... ¿Soy un mal esposo? — preguntó —. Quiero que seas honesto.
Giyu parpadeó un poco confundido por su pregunta, reflejándose su confusión en su rostro casi estoico. Decidió acercarse a su marido, sentándose a su lado en el futón mientras Sanemi estaba echado y con una mano cubriendo parte de su rostro.
— No, no lo eres... No eres el esposo perfecto, pero tampoco malo — frunció un poco el ceño, mirándolo fijamente —. ¿...Tiene que ver con tu padre?
— Él fue un hijo de puta que le pegaba a mi mamá, a mí y mis hermanos... Al menos sé que arde en el infierno y eso, me deja un poco tranquilo — suspira, quitándose la mano de la cara, mirando a Giyu a los ojos —... Odio todo lo que tenga que ver con ese tipo.
— Por eso tomaste mi apellido... — murmuró Giyu, más para sí que para el albino. Aunque igualmente, Sanemi pudo escucharlo.
— A veces no puedo evitar recordar el pasado y ver lo increíblemente idiota que fui. Fui un desgraciado con todos, y con mi única familia que quedó — apartó su mirada de él, dirigiéndola al techo —. No estoy orgulloso.
—... Yo tampoco estoy orgulloso de cómo era — comentó Giyu, apartando también su mirada al suelo de madera —. Despreciaba mi vida y no la hallaba útil, porque personas importantes para mí murieron por ello... Pero lo que yo estaba despreciando inconscientemente, era el esfuerzo que ellos hicieron para que yo estuviera a salvo, y es ahora que lo agradezco.
—... Yo hubiera ido al infierno con mi mamá, de no ser porque mi viejo me envió devuelta, diciéndome que no era mi tiempo y que algún día se lo agradecería — bufó, aunque una sonrisa estaba apareciendo en sus labios —. Y creo que lo hago.
Giyu lo miró, curioso cuál niño, lo que lo hizo reír ligeramente.
— Si yo hubiera muerto, no hubiera podido estar contigo.
Giyu sonrió ligera pero sinceramente.
— Yo también lo creo... Y también creo, que eres mejor que tu padre.
Sanemi se sentó en el futón, y acercándose a su rostro, dijo —: Gracias.
Besándolo en la frente, haciendo sonreír más al pelinegro.
