Capítulo 3
Ese era uno de los momentos en los que desearías que la tierra te tragara y sólo escupiera tus huesos. Más de veinte años sin verlos, veintitrés años sin que ellos quisieran saber algo de mí, a pesar de tener mi dirección y mi teléfono. Tantos años albergando la esperanza de que confiaran en mí. Pero era de suponerse, ese parque de diversiones se encontraba en la prefectura de Chiba, tan cercana a Tokio.
Quise detener a Taichi, pero él, sin saberlo, se estaba dirigiendo a ellos, hasta que fue demasiado tarde, mi hermana se dio cuenta de mi presencia.
-¿Taichi?
Mi hijo volteó al escuchar su nombre, aunque esas palabras no habían sido dirigidas a su persona.
Mi madre se quedó viendo a mi hijo con gran sorpresa pintada en su cara.
-Tuviste un hijo…
Ella pronunció quedamente, sorprendiéndose cuando vieron seguramente a quien se encontraba detrás de mí.
-¿Hermano? –Takeru apretó los puños y sin que pudiera evitarlo, me propinó un fuerte golpe en la quijada que ocasionó que cayera de sentón al suelo- ¿De verdad fuiste con éste maldito canalla? ¿Por qué estás con él cuando…?
Aquel rubio se tragó las palabras. Mi hijo se enfadó, así que se puso frente a mí.
-¿Por qué le ha pegado a mi papá?
-¿Por qué estás con él?
Takeru se volvió a dirigir a su hermano.
-¿Por qué estás con éste maldito?
Me levanté con enfado, mirando con resentimiento a Yamato. Éste bajó la cabeza, como pidiendo disculpas.
-Vámonos Taichi –ni siquiera volteé a verlos, tan sólo tomé del brazo a mi hijo.
-Pero…
Comencé a caminar hacia la salida, algo que tuvo qué hacer mi hijo a regañadientes.
-¿Quiénes son ellos, papá? –me preguntó Taichi, mientras volteaba insistentemente hacia atrás, seguramente por haber dejado a Natsu- ¿Por qué ese señor te pegó?
-No tiene importancia –dije con enfado, sintiendo hervir mi sangre.
-Pero…
Él volvió a voltear hacia atrás, mientras Natsu lo miraba de la misma manera que él.
-¿Vamos a dejar a la señorita Natsu y al señor Ishida? –me miró con preocupación cuando abrí la puerta de mi camioneta.
-Están con su familia, no te preocupes.
Me subí y me puse el cinturón de seguridad, pero él continuó mirando hacia el parque, a pesar de encontrarse abierta la puerta para que él subiera.
-Sé que no puedo mandarte sobre éstas cosas, pero agradecería que no te fijaras en ella, su padre y yo no nos llevamos bien.
-Pensé que tú y el señor Ishida eran amigos –dijo con sorpresa.
-Lo fuimos hace mucho tiempo.
Él se subió entonces en la camioneta, mirándome con preocupación.
-¿Qué sucedió para que ese señor que se parecía al señor Ishida te golpeara?
-Él es su hermano y esposo de mi hermana.
Taichi abrió los ojos como platos. Me golpeé mentalmente al darme cuenta de mi estupidez.
-¿Entonces ellos son…?
Antes de que hiciera algún movimiento para bajarse, encendí la camioneta y di reversa.
-¿Los señores que estaban con ellos son tus padres?
No dije nada, tan sólo me alejé de ahí, sintiendo un nudo en el estómago.
-¿Por qué los odias tanto? ¿Ellos no dejaron que te casaras con mamá?
Me sorprendió mucho su pregunta, así que negué con la cabeza.
-Yo no los odio, Taichi, ellos me odian a mí. Ellos no sabían que tú naciste ni que me casé con tu madre, nunca la conocieron, nunca supieron de su existencia.
Él pareció sorprendido, así que después volteó a verme.
-¿Por qué te odian entonces?
-Por un problema con Yamato, ¿entiendes?
Él no se veía muy convencido, pero después asintió.
Eran como las diez de la noche cuando ellos volvieron a mi casa. Quise estamparle la puerta en la cara a Yamato, pero mi hijo me lo impidió porque le dio mucho gusto ver a Natsu.
-¿Qué quieres aquí? –dije cuando los dejé pasar a regañadientes.
-Dejamos nuestras cosas aquí y…
Ambos volteamos a ver a nuestros hijos, mientras estos cuchicheaban algo y sonreían.
-… y Natsu dijo que no pudo despedirse apropiadamente de tu hijo.
Crucé los brazos por sobre mi pecho. ¿Por qué debió de traer a esa mujer con él? Maldición, ¿acaso la sangre Yagami se sentía atraída a los Ishida? Primero me enamoré de él, después mi hermana se enamoró de su hermano y ahora mi hijo parecía haberse olvidado de la capitana de fútbol de su escuela y la había reemplazado por la hija de éste bastardo.
-Siento mucho si mi hermano actuó de esa manera.
Al escuchar aquellas palabras la sangre se me subió a la cabeza.
-Yamato, de entre todas las personas que hay en el mundo –lo miré con mucha rabia-, de entre todos tus familiares y amigos, ¿por qué carajos viniste conmigo? ¿Por qué demonios de entre todas las casas a las que pudiste haber ido viniste a la mía cuando sabías que no eras bienvenido? ¿Por qué vienes a destrozar otra vez mi vida? ¡Por qué!
Nuestros hijos dejaron de hablar, mirándonos con sorpresa.
-Hace años te quedaste callado, me culpaste de algo que sabes que no hice y que sería incapaz de hacer. ¿Por qué has venido otra vez a voltear mi mundo de cabeza? ¿Por qué no fuiste con tu familia? Por qué pensaste que yo iba a…?
-¿A ayudarme? –él sonrió con algo de tristeza- Porque esa es tu naturaleza. Sabía que aunque quisieras cerrarme la puerta en la cara no lo harías, a pesar del coraje que sintieras.
Cerré los ojos, sin saber cómo insultar, cómo desahogar todo el sufrimiento que me recordaba el verle.
-¿Por qué has regresado?
Él hizo una pausa, mirándome a los ojos, después miró a nuestros hijos, quienes entendieron la indirecta de que no debían estar ahí.
-Ya es tarde –Taichi se levantó del sillón-, mañana hay escuela.
-Ah, sí…. –Natsu nos sonrió, al igual que a mi hijo-… Buenas noches.
Ambos se despidieron y se fueron. Al quedarnos solos, una pesada atmósfera nos envolvió.
-Perdóname.
Él había susurrado. Yo me crucé de brazos, molesto por su intromisión en mi vida.
-Yama… -iba a terminar toda esa absurda conversación, cuando él me interrumpió.
-En estos días, después de la discusión que tuve con Sora, no pude pensar en otra persona que no fueras tú. Sé que te arrebaté todo y que por mi culpa tú te fuiste de tu casa.
-Me corrieron –entrecerré los ojos.
-Bueno, tuviste que irte –él bajó la cabeza otra vez, apretando los ojos para retener las lágrimas que posiblemente querían escapar-. No quise lastimarte de ese modo.
-Entonces debiste de haber dicho la verdad, si tú hubieras sido honesto –lo tomé por los hombros, zarandeándolo un poco- yo no hubiera vivido toda esa mala experiencia y ellos no me odiarían como han hecho por tanto tiempo. ¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué permitiste que se me culpara de algo que yo no hice?
Abrió los labios, pero no dijo nada.
-Ellos me amenazaron –al decir eso, lo miré fijamente a los ojos, pero él me rehuyó.
-¿Ellos fueron al hospital?
-Uno de ellos había sido el capitán de fútbol y tú lo destituiste, dijo que escuchó cuando tú te me declaraste y pensó que yo era tu…
Lo solté, sintiéndome sin fuerza. Mis brazos quedaron lánguidos en mis costados. Indirectamente yo había sido el causante de ello.
-Fue mi culpa…
Susurré, casi incrédulo ante aquella revelación. Él negó con la cabeza, sosteniendo mi mano.
-Él quería venganza y… -me tuve que sentar, todo me estaba comenzando a dar vueltas. No podía creer aquello-… y se vengó contigo. ¿Acaso te amenazaron para que dijeras que había sido yo?
-Perdón…
Tenía muchos años sin ver llorar de esa forma a Yamato, ni siquiera la noche anterior había estallado en llanto como ahora. Él siempre aparentaba ser más fuerte de lo que era, así que me empecé a sentir un poco culpable.
-Pudiste habérmelo dicho –lo miré a los ojos y él me huyó-, antes fuimos amigos.
-Lo sé, pero me dio miedo, Taichi. No supe cómo reaccionar, qué hacer. Quería decírtelo y disculparme, pero no supe cómo actuar después y cuando acordé, tú ya te habías ido.
Tantos años odiándolo, tantos años guardando rencor y ahora no sabía qué hacer.
-Sentí que tenía qué decírtelo, Tai –él me sonrió-, antes de marcharme.
-¿A dónde irás? –levanté el rostro.
-No lo sé, pero ya encontraré.
-¿Tienes trabajo siquiera?
-No te preocupes, ya encontraré algo –dejó escapar un suspiro.
-Si quieres pueden quedarse aquí mientras encuentras un lugar dónde vivir o un trabajo con el cual mantenerte a ti y a tu hija.
-¿Pero no seríamos una molestia?
-No si haces lo que yo no puedo hacer –sonreí, con algo de malicia-, tú sabes hacer los quehaceres de la casa desde hace mucho, puedes ayudarnos mientras consigues trabajo, además tenemos mucho sin comer algo casero.
Él rió un poco, aunque las lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas.
-Qué estúpido eres.
-Cállate, idiota –me crucé de brazos-. ¿Lo tomas o lo dejas?
Él asintió, volviendo a sonreír. ¿Quién me iba a decir que después de cerrar ese "trato" mi vida se iba a poner otra vez de cabeza?
