Capítulo 4

Eran las cinco de la mañana cuando me levanté para ir a preparar los desayunos. Natsu había entrado a la misma escuela que Taichi, así que los tres salían juntos.

Teníamos algunos meses viviendo en esa casa. Yo me dedicaba a hacer las labores del hogar, mientras buscaba trabajo entre mis conocidos, aunque para ser sincero, ya me hacían falta unas vacaciones, así que estaba disfrutando de la paz y tranquilidad que podía tener en esa casa, además de que apenas me habían quitado los puntos de mi brazo.

Taichi parecía acostumbrarse más a nuestra presencia, e incluso llegaba más temprano a casa para cenar, algo que a su hijo le parecía fenomenal.

Tan ensimismado estaba recordando aquello, que cuando alguien me picó las costillas casi me provocó un infarto de la impresión.

-Creo que en una de tus misiones te dejaron en la luna, Yama.

Él rió un poco, molestándome. Ciertamente fui astronauta, pero después de mi primera misión en el espacio ya no tuve oportunidad de regresar, debido a mi estúpida rodilla, la cual me causó grandes problemas cuando pisé la tierra después de un año de investigación en la base espacial estadounidense.

-Muy gracioso, Yagami –le mostré la lengua, haciéndolo sonreír, quizá mi actitud había sido demasiado infantil.

Él se sentó en una silla de la barra de desayunos, esperando a que le sirviera su taza de café matutina.

-¿No crees que tomas demasiado café?

-¿No crees que te comportas como una madre?

Entonces fui yo quien sonrió, algo divertido con la escena.

-Parecemos casados.

Puntualicé, él se enfadó con el comentario.

-Ya quisieras estar casado conmigo, Ishida –él me mostró la lengua ahora, haciéndome reír.

-¿Ah, sí? –elevé la ceja derecha- No, más bien es al revés, usted quisiera estar casado conmigo, señor Yagami.

Él tan sólo negó con la cabeza, mirando su café detenidamente.

-Me pregunto si Nana me seguiría queriendo si buscara a otra persona con quien estar.

Era la primera vez que escuchaba en esa casa aquel nombre.

-¿Nana? –pregunté.

-La madre de Taichi.

Quería preguntar algo más, pero sólo podía vislumbrar dolor en sus ojos al pronunciar aquel nombre, como si cargara un pasado que no lo dejaba continuar, que no lo dejaba respirar con facilidad.

-¿Quieres un hot cake? –coloqué un plato frente a él, Taichi levantó el rostro, negando con la cabeza- Te hará bien, tomar tanto café va a matarte algún día.

-Sólo me gusta desayunar café.

-Pues cómetelo con algo más para que mengüe su terrible irritación.

-De verdad no me gusta…

Justo al decir eso, le metí un pedazo de pan a la boca. Él se lo comió a regañadientes.

-Te vas a morir de gastritis después, yo lo sé –rodé los ojos.

-Si no fuera por Taichi, quizá estaría con Nana.

Aquello lo dijo como un susurro, pero pude escucharlo. Quizá esa mujer había fallecido, pero aún tenía más cosas en que ocuparse antes de querer marcharse. Me sentí culpable, quizá si no hubiese sido un cobarde, él no tendría esos lúgubres pensamientos.

-Oye, no te puedes morir –sonreí con tristeza-, ¿a quién voy a hostigar si te vas?

Él rió un poco, quizá divertido con el comentario.

-Sí, tienes razón, pero ojalá no se haga una costumbre que tú y Taichi sean una razón para que yo viva.

-No es tan malo, ¿sabes? –sonreí con malicia- Soy muy guapo y sexy, cualquiera querría que yo fuera una razón para que viviera.

Él comenzó a carcajearse, molestándome.

-¿Qué es tan gracioso? –entrecerré los ojos.

-Que creas que eres sexy.

-Cállate, idiota –me di la vuelta-, si sigues molestándome escupiré en tu comida.

Él se enjugó una lagrimilla y después recuperó la compostura.

-Lo siento –él rió, ahora con malicia-, sí eres sexy, Yama –y después se inclinó a un costado- y tienes bonito trasero.

Aquella observación me hizo sonrojar.

-Cállate, pervertido.

Él siguió riéndose, ocasionando que me sonrojara aún más, si era posible.


Eran las seis de la tarde cuando la puerta se abrió, sorprendiéndome. Taichi entró después, sacudiéndose la bufanda que colgaba de su cuello; estaba empapado de los pies a la cabeza.

-Oh, por todos los… -me levanté, yendo inmediatamente hacia él-… vas a mojar el tatami.

-Ya ni siquiera un besito de bienvenida ni nada –él hizo como si me fuera a besar, ocasionando que lo empujara con la palma de mi mano derecha, colocándola sobre sus labios.

Él aprovechó ese momento para lamerme la palma, sorprendiéndome tanto que no pude evitar gemir. Separé, realmente indignado mi mano de su boca, mirándolo con enfado.

-Ni quién quiera besarte, pervertido –le arrebaté la bufanda y le ayudé a quitarse su abrigo a regañadientes.

-No te enojes –él comenzó a carcajearse-, si no fuera tan divertido molestarte, no lo haría.

Aún con las mejillas sonrojadas, me di la media vuelta, pero justo cuando hice eso, ese maldito pervertido comenzó a sobar mi trasero.

-¡Taichi! –grité con enfado, pero me quedé de una pieza cuando su hijo nos encontró en esa extraña posición.

-Por todos los… -dijo el muchacho, girando los ojos-… espérense a que nos durmamos, o siquiera váyanse a un hotel a hacer sus cosas, pervertidos.

Taichi –hijo-, se dirigió a la cocina por un vaso de jugo y cuando se iba, se dio media vuelta.

-Señor Ishida, mañana hay reunión de padres de familia, ¿puede ir a firmar mi boleta? A mi padre seguro ya se le olvidó.

-Ah, sí… -parpadeé, sorprendido por su reacción.

-Gracias, me llaman para la cena, si es que la hay.

Lo último lo dijo con algo de sarcasmo, haciéndome voltear hacia Taichi, quien aún continuaba con sus manos en mi trasero.

-¡Tú, canalla bastardo!

Él siguió riéndose, haciéndome enfurecer aún más por la vergüenza.

-¿No te da pena con tu hijo? –alejé sus manos de mí- Y ya suéltame, desgraciado.

-No aguantas ni una broma –él rodó los ojos.

Fue ahí cuando me di cuenta de que estaba escurriendo agua en el vitropiso de la recepción.

-Llenaré la bañera para que te bañes, no te vayas a enfermar.

Él asintió, mirándome después con detenimiento.

-¿Qué? –volteé a verlo.

-No, nada.

Taichi se quitó el saco mientras yo iba a llenar la bañera y a llevarle unas toallas para que se secara.

Cuando salió de bañarse, yo había tendido su ropa en unos ganchos y las había dejado en la parte del patio que tenía techo.

-¿Quieres una taza con chocolate caliente? –pregunté, mientras doblaba la ropa que había lavado y secado.

-Estaría bien, gracias.

Él se sentó en un sillón, mientras se secaba el cabello con una toalla que tenía colgada alrededor del cuello. Le pasé la taza humeante, él bostezó y se acomodó entre los mullidos cojines y se dispuso a mirar la televisión.

-¿Cómo te fue hoy?

Pregunté, mientras él me miraba, completamente sorprendido.

-Bien… -lo dijo, no muy convencido.

Sonreí, sintiendo algo de incomodidad de su parte.

-Me alegro.

Sonreí, ocasionando que se sonrojara un poco. Eso me hizo soltar una risilla, algo que le molestó.

-¿Y Taichi?

Preguntó, mientras yo volteaba a verlo.

-Sigue en su habitación, mañana tiene un examen y está estudiando.

-¿Y tu hija? –preguntó.

-Está con unos amigos preparando una exposición.

Él volteó a verme con sorpresa.

-Está diluviando, ¿cómo volverá?

-Iré por ella a la estación en veinte minutos.

Él se quitó la toalla de los hombros y fue a colgarla al patio techado. Tomó unos tenis del armario y agarró sus llaves.

-¿Quieres que una señorita ande en la calle a éstas horas con una enorme tormenta?

En esos instantes Natsu llamó; contesté inmediatamente.

-Papá… -dijo ella del otro lado de la línea-… está diluviando, no puedo salir de la casa de Osamu y Mariko tampoco puede salir porque es imposible.

-Dile que iremos por ella, que te diga la dirección.

La voz de Taichi fue escuchada por mi hija, así que con júbilo dijo a sus compañeros.

-Mi nuevo papá va a venir con mi papi.

Me sonrojé, sin embargo no supe qué replicar. Ella me dijo rápidamente la dirección y se despidió.

-Entonces nos vemos, papi.

Ella colgó antes de que pudiera expresar mi asombro.

-¿Por qué estás sonrojado? –Taichi preguntó mientras caminaba hacia la puerta que daba al garaje.

-Ahora que lo pienso, si tienes garaje, ¿por qué llegaste empapado y entraste por la entrada principal?

No había reparado en aquello, y eso que todos los días entraba por la puerta del garaje.

-Es que se me hizo fácil ir a la tienda después de estacionar la camioneta en el garaje, tenía antojo de un pan relleno de judías rojas. Hoy no pude comer uno en el trabajo.

Yo reí un poco, haciéndole sonreír.

-Es el único vicio que tengo.

-Junto con el café y el tabaco.

Él me miró detenidamente.

-El café es cierto, ¿pero el tabaco?

-Tu ropa huele a tabaco de vez en cuando.

Él me miró detenidamente, sorprendido por mi afirmación. Después se subió a la camioneta, seguido de mí.

-Pero no siempre hueles así, sólo determinados días.

-No es mi olor –él me sonrió con tristeza-, es el olor de la pareja de mi mejor amigo –él abrió la puerta del garaje con un control remoto y después salimos, cerrando nuevamente.

Al escuchar "mejor amigo" me sentí celoso. Yo antes era su mejor amigo.


Llegamos con Natsu media hora después. Ella miraba a su alrededor con impaciencia y al vernos se le iluminó el rostro. Taichi aparcó su camioneta en el frente de un complejo departamental.

-Papá, ¿podemos llevar a Mariko a su casa?

-No sé si Tai…

Antes de que pudiera terminar de hablar Taichi bajó los seguros de las puertas traseras y asintió.

-¿Dónde vives? –se dirigió a la otra chica de cabello castaño y ondulado que limpiaba sus gafas con su ropa mojada.

-Vive cerca de la casa –dijo Natsu.

-Suban ya, antes de que llueva más fuerte.

Al subir, ellas se despidieron con alegría del muchacho que las había estado acompañando.


Después de ir a dejar a la otra chica, en el transcurso del camino me quedé dormido. No recuerdo haber bajado de la camioneta, ni haber entrado al cuarto de Taichi, pero cuando abrí los ojos, el mullido futón y su olor fueron inconfundibles, al igual que su voz. Sin embargo, el tono de voz que estaba empleando era meloso, delicado, no burdo y golpeado, como lo utilizaba conmigo. Una enorme sonrisa iluminaba su rostro, mientras parloteaba algo de un viaje.

-De verdad no puedo ir, tengo una molesta visita en mi casa. Me encantaría, de hecho a Taichi le fascinaría, pero no podemos ir. No te pongas así, no es alguien más importante que tú, Joe…

Abrí los ojos como platos… ¿Joe?

-Ja, ja, ja, sí, le doy tus saludos. Yo también te quiero, pero que no me escuche Koushirou o si no me asesina.

¿Koushirou? ¿Koushirou Izumi y Joe Kido? ¿Serían esas personas?

-Nos vemos entonces, de todos modos veré la posibilidad de ir, tengo mucho tiempo sin verte y ya te extraño. Hasta luego.

Al colgar, Taichi dejó escapar un suspiro y después se dejó caer en la cama, incomodándome. Yo me hice como el que me desperté y fue ahí cuando se acordó que me encontraba ahí.

-Por fin despiertas, tienes el sueño muy pesado para alguien que no puede dormir con la luz apagada.

Él dijo con sarcasmo, haciéndome enrojecer.

-No puedo dormir con la luz apagada cuando estoy solo –traté de defenderme, pero él sólo sonrió.

-Bueno, ya que estás despierto, puedes irte a tu cuarto –hizo una seña con su mano para que me fuera, pero lo único que hice fue abrazar la almohada y acomodarme-. Que te vayas, no que te acomodes.

Aquello lo dijo con algo de enfado; sin embargo, no le presté mucha atención.

-¿Hablabas con Joe Kido?

Él se sorprendió con mi pregunta, pero después se cruzó de brazos.

-¿Te estabas haciendo el dormi…?

No lo dejé continuar, puesto que lo interrumpí.

-Me desperté cuando escuché que reías suavemente –hice un mohín sin poder evitarlo-. ¿Ahora él es tu mejor amigo?

Taichi rió un poco, mirándome después con algo de gracia.

-¿Te molesta?

-No –dije, aunque me sorprendí por mi tono de voz-. No tengo el derecho, después de todo, hace años perdí ese estatus.

Ambos nos quedamos en silencio y él me miró de una forma extraña. Estábamos incómodos el uno cerca del otro, así que me estiré bostezando, me incorporé y algo tambaleante me dirigí a la puerta de su habitación.

-¿Has encontrado un trabajo? –lo dijo por fin. Esa era una pregunta que me hizo sentir fatal.

-No –dije quedamente, aunque en el interior sabía que me habían llegado un montón de peticiones para que me uniera a diversas corporaciones-. ¿Ya te molestamos? –tenía la esperanza de que me dijera que no.

Pero él se quedó callado por unos instantes.

-De cierta manera –aquellas palabras ocasionaron dolor en mí-, pero Taichi está encantado contigo, así que no sé cómo tomarlo.

-¿Te estorbamos por la invitación que te hizo el superior Joe?

Él me miró con sorpresa y después dejó escapar un suspiro.

-En parte sí y en parte no –se cruzó de brazos e hizo un mohín-. Siento que hago el mal tercio entre ellos, así que no me gusta viajar a su lado.

-¿Mal tercio? –no quise que mi voz sonara horrorizada, pero no pude evitarlo.

-Bueno, parece que no lo sabes, ellos son pareja ahora.

-¿Pareja? –mi tono de voz le causó entre gracia y enfado.

-Sí, se juntaron unos años después de que Joe se quedara viudo y Koushirou se separara de su esposa.

-¿Se juntaron?

Fue ahí cuando Taichi me miró con enfado. No había querido que mi voz sonara con aquel tono de repulsión, pero no pude evitarlo. Aquel hombre moreno entrecerró los ojos, sosteniendo mi mirada.

-Sé lo que te sucedió en el pasado, Yama y quizá fue en parte mi culpa, pero no tienes por qué ver de esa forma a las parejas del mismo sexo. Ellos se aman, no viven en promiscuidad, tienen muchos años juntos, así que no quieras hacerlo ver como si fuera lo más temible y sucio del mundo.

-Yo no quise decirlo así –me crucé de brazos-, pero me sorprendió saber aquello. Voy a irme ya a mi cuarto –me di la vuelta, girando la perilla de la puerta-. Que pases una bonita noche.

-Gracias, tú igual.

Al cerrar la puerta tras de mí sentí una extraña sensación en mi pecho. ¿Por qué siempre debía tener problemas con las relaciones entre personas del mismo sexo?

-Esa mala suerte me persigue desde aquel momento en que tú te me declaraste.


Había pasado cerca de semana y media cuando escuché un vehículo estacionarse frente a la casa. Era Taichi, pero me llamó la atención que no estacionara el vehículo en el garaje.

Me asomé por la ventana después de dejar mi libro a un lado. Me había levantado para ir a hacer la comida, pero no pude evitar dar un vistazo. Un auto lujoso se detuvo a un lado de la acera y de la camioneta, después bajó un hombre de la misma estatura que Tai y lo abrazó con fuerza, dándole un beso en la mejilla; gesto que Taichi correspondió con la misma intensidad.

-Estaba pasando por aquí y decidí darme una vuelta para ver a Tai, pero me dijo que no estaba en casa, pero que seguro te encontraría en casa, me da mucho gusto haberle hecho caso, aunque de verdad me sorprende verte aquí tan temprano, eres un trabajólico.

Reconocí esa voz, era el superior Joe.

-También me da mucho gusto verte –Taichi sonrió con mucha alegría-, te ves igual de guapo que siempre.

-Ya, deja –el superior Joe se sonrojó levemente, haciéndome entrecerrar los ojos con su actitud. Después miró su reloj de pulsera-. Me tengo que ir, pero me dio gusto verte, aunque fuera sólo por unos segundos.

-Cuídate y me saludas a tu gruñona esposa.

-Vas a ver con Koushirou –el superior Joe rodó los ojos y se despidió de la misma forma que como había saludado a Tai-. Cuídate, nos vemos y toma en consideración el viaje, te hace falta descansar.

-Que tengas un buen viaje y cuidado al regresar a Tokio.

-Sí, gracias.

-Salúdame a tus hijos.

-Gracias, yo les doy tus saludos. Nos vemos.

Joe arrancó el auto y se fue. Unos segundos después Taichi giró la perilla de la puerta principal, encontrándome en la misma posición que me había quedado.

-Ya vine, Yama.

Al verme en aquel lugar supuso que había visto aquella escena.

-¿Ese era el superior Joe?

Él sonrió con alegría.

-Sí, es extraño que pase por aquí, pero supongo que tiene alguna cirugía qué practicar en algún distrito cercano a éste y por eso pasó a saludar.

Yo entrecerré los ojos, más molesto de lo que hubiera querido.

-¿Qué son ustedes dos? –me crucé de brazos, sorprendiendo a Taichi.

-Amigos –contestó, algo extrañado por mi pregunta.

Su mejor amigo, me había dicho, pero algo en mí no lo podía aceptar. Maldición, no podía entender qué me sucedía; no podía comprender esos sentimientos que me trituraban el alma.

-¿Entonces qué fueron?

Él continuó mirándome, sin saber cómo responder a mi pregunta.