Capítulo 5

No quería molestarme ni discutir de esa forma con Yamato, pero me estaba sacando de quicio. ¿Por qué tanta insistencia en saber lo que Joe y yo fuimos?

-¿Cómo que qué fuimos? –dije con enfado.

-¿Entonces qué son ahora?

Él volvió a insistir, mientras se daba la vuelta y se dirigía a la cocina para prender la estufa.

-Somos amigos –respondí.

Rayos, nunca me había sentido tan desorientado. Nos quedamos mirando por espacio de unos segundos, cada uno tratando de descubrir lo que pensaba el otro, aunque era más que claro que Yamato quería saber si me había acostado con él.

-¿Qué habrá de cenar? –sonreí aristocráticamente, causando un mayor enfado en él.

-¡No me cambies el maldito tema, Yagami! –él elevó el cucharón con el que estaba preparando la cena- ¡Qué son ustedes dos!

-Somos amigos y ya –elevé las manos al cielo.

-¿Amigos nada más? –él entrecerró los ojos- No lo mirabas como si fuera tu amigo, sino como si fueras un lobo mirando a su presa.

-Sólo fue un beso en la mejilla, Yamato –volteé a otro lugar-, fue algo muy sutil, como para que puedas pensar algo más.

Él continuó mirándome con recelo.

-¿Qué? –elevé las manos.

-No has respondido mi pregunta.

-Ya te dije que somos amigos nada más.

Él me miró furioso.

-Él es gay como tú –entrecerró los ojos.

-Ciertamente se enamoró de Koushirou después de que su esposa falleciera, pero no lo hace gay, tan sólo desea estar con él, porque lo ama.

Yamato me miró con sorpresa.

-Tú también te casaste con una mujer, ¿te encuentras en la misma situación?

Yo sonreí.

-¿Lo dices por la vez que me declaré a ti? –volteé hacia otro lugar, enfadado- Realmente creo que debí de haberme tirado a un río, por pensar que tú eras la persona que yo amaba, pero después de que me rechazaras no me importó demasiado, eso me hizo saber que tú no eras importante en mi vida. El perder a Nana fue lo más terrible que tuve qué afrontar, porque ella era mi todo. Pero Joe… -quizá mi sonrisa fue distinta, porque ese rubio tonto volvió a sorprenderse-… él me devolvió la fuerza que necesitaba para continuar.

Yamato no dijo nada más, tan sólo se dio media vuelta y continuó meneando la comida sobre la estufa.


Durante la cena los cuatro comimos sin muchos contratiempos. Natsu mostraba con felicidad la carta de recomendación que uno de sus maestros había mandado a la universidad de Tokio, mientras mi hijo parecía hacer un puchero cada vez que se hablaba de eso. Era más obvio que mi hijo estaba interesado en ella, pero ni Yamato ni yo lo queríamos aceptar. ¿Por qué de entre todas las mujeres del mundo se había enamorado de la hija de ese imbécil?

-¿Tú a dónde irás a estudiar, Tai? –preguntó ella mientras sonreía con mucha felicidad.

-Mi tío Joe quiere que vaya también a Tokio –dejó escapar un suspiro-, pero mi primera opción es la Universidad de Osaka.

-Ah… -el rostro de Natsu se ensombreció-… debí preguntarte antes.

-Deberías de cambiar la opción –dije, ganándome una mirada de rencor de aquel rubio estúpido-, tienes pase directo a la Universidad de Tokio por las recomendaciones de tus maestros y por todas las investigaciones que has realizado.

-Lo sé, pero no quería estar tan lejos de aquí.

-La Universidad de Tokio es mejor –me acomodé en el respaldo de mi asiento, sonriéndole.

-Ya… -el chico se cruzó de brazos-… pero no quería estar tan lejos de aquí, para volver todos los fines de semana.

-Seamos realistas, Taichi –sonreí con algo de gracia-, la carrera de medicina es muy pesada, a veces no te quedará tiempo ni de comer. Mi carrera no es tan pesada y había días enteros que me quedaba sin comer por las tesinas, exámenes y trabajos que tenía que entregar y hacer. Es mejor que te enfoques únicamente en lo que tienes que hacer y estudiar.

-Pero estarás solo –dijo él, con cierto dolor.

-Oye, no me voy a morir por estar solo –reí un poco-, sirve que hasta me consigo una novia.

Mi hijo me miró de manera fulminante al escuchar aquello, pero después dejó escapar un suspiro.

-Ya lo pensaré –dijo él.

Natsu le sonrió y el semblante le cambió. Yo entrecerré los ojos, pensando que quizá había sido estúpido al darle alas para que estuviera con ella.

-Pero si te quedas en Tokio no quiero sorpresas de ninguna índole, Taichi.

Mi hijo se sonrojó, mientras mascullaba por lo bajo algo inteligible para mí.


No fue sino hasta que Natsu y mi hijo se fueron a acostar, que Yamato comenzó a comportarse más extraño de lo normal.

-¿Te ayudo a lavar los trastes?

No recibí respuesta, así que lo miré, pero él me esquivó otra vez.

-¿Y ahora qué te pasa? ¿Por qué estás tan molesto? ¿Necesitas de mis caricias para poder dormir? –yo reí un poco, pensando que quizá él querría matarme por mi pregunta- Ya, ya… no te enfades, sólo era una brom…

Me quedé con la palabra en la boca cuando él me atrajo por el cuello de la camisa y me besó en los labios. Tuve que esperar unos segundos para organizar mis ideas.

-Lo siento, yo…

Él intentó huir, pero yo lo detuve, tomando su mano. No me enfrentó, siguió dándome la espalda.

-¿Por qué?

Fue mi pregunta, pero él se zafó con fuerza de mi agarre.

-Buenas noches.

No me iba a quedar sin una respuesta, así que lo seguí y lo acorralé contra la pared. Él se tensó al sentirme cerca.

-¿Por qué me besaste? –inquirí, él volteó a otro lugar, con las mejillas completamente sonrojadas.

-Por favor suéltame.

Lo sujeté con mayor fuerza, posiblemente asustándole.

-¿Por qué?

-Por favor… -sus ojos demostraban su temor -… por favor no… no…

Lo solté y bajé los brazos. Él se resbaló por la pared, hasta quedar sentado en el suelo, temblando, como si fuera a soltar en llanto. Me sentí un poco culpable entonces, porque sabía lo nervioso que se ponía cuando un hombre lo sujetaba.

-Lo siento… -me arrodillé, para quedarme a su altura, él me abrazó, ocasionando que casi me cayera encima suyo-… olvidé lo nervioso que te pone que alguien te toque de esa manera.

Yamato recargó su cabeza en mi pecho, suspirando profundamente.

-Tengo miedo… -susurró débilmente.

-No te voy a hacer daño.

-No, no de ti, sino de esto que siento. Quiero estar contigo, pero tengo miedo.

¿Esas palabras significaban lo que estaba pensando o las malinterpretaba? ¿Por eso me había besado?


Ya iba por mi séptimo tarro de café cuando mi secretaria, Kitasawa, una hermosa mujer de veintiséis años, de largo cabello lacio y negro, y de ojos amatistas, tocó a la puerta. Se veía realmente hermosa con aquel atuendo ceñido a su cuerpo, así que me hizo sonreír al verla.

-Señor Juez, lo busca el licenciado Ooda, dice que viene a traerle la sentencia del 129/2027.

Cerré los ojos, algo cansado. Ella se fijó en mi semblante, sonriendo con condescendencia.

-¿Le digo que venga en otra ocasión?

-No, está bien… -dejé escapar un suspiro y después bostecé con fuerza-… y me traes otro café cargado.

-No quiero meterme en su vida personal –dijo aquella bella mujer-, ¿pero no cree que el café le hará mucho más daño? ¿No le dijo el doctor hace tres semanas que debía de dejar de tomar café y de estresarse?

-Es imposible hacer algo así en éste ambiente, además no me voy a morir.

-Señor Juez –ella entrecerró los ojos-, él dijo que era grave su situación, por favor hágale caso.

Ella sentenció. Yo hice un puchero, pero después tuve que admitir que tenía razón.

-Pase a Ooda-san y tráigame mi café, por favor.

-¿Otro café? –ella se llevó ambas manos a la cadera.

-Por favor, Kitasawa –junté mis dos manos frente a mi rostro, suplicando-, es el último, se lo prometo.

Ella rodó los ojos, saliendo por la puerta.

Minutos después entró Ooda-san, uno de mis cinco secretarios de estudio y cuenta. Se sentó frente a mí, sonriendo un poco.

-Señor Juez, verá… -sudó un poco, limpiándose después con un pañuelo de tela que llevaba consigo-… aparte del proyecto de resolución que traigo, quisiera pedirle permiso para faltar mañana… es que… -tartamudeó un poco-… mi esposa tendrá su primera quimioterapia y quería estar siquiera con ella.

Me sorprendió un poco, pero después asentí.

-Es una lástima que la salud de Rin-san se haya deteriorado a tal punto. No se preocupe, Ooda-san, si quiere puede tomarse los dos días que restan de la semana –él sonrió con algo de nerviosismo y lágrimas en los ojos-, yo leeré el proyecto y cuando regrese lo comentamos.

-Muchas gracias, Yagami-san –él tomó mi mano con fuerza y agradecimiento.

-Dé mis saludos a Rin-san, por favor.

-Gracias, de su parte.

Él salió.

Tomé el expediente unos instantes, pero sin poder concentrarme. Mi cabeza estaba hecha un lío desde la noche pasada. No podía evitar pensar en la actitud de Yamato, su nerviosismo, su miedo…

Dejé escapar un suspiro, sintiendo la rabia crecer dentro de mí. ¿Por qué demonios era tan estúpido como para albergar cierto interés en él? Era atractivo, seguía siendo igual de guapo que antaño, pero… pero él me lo había quitado todo, él me había arrebatado toda la felicidad, todos mis logros se habían ido a la basura por su culpa.

Di la vuelta a mi silla para mirar a través del ventanal que se encontraba detrás de mí.

Eso me había hecho más fuerte, sabía que era la razón para no dejarme vencer, para superar a cualquiera que se interpusiera en mi camino; me había dado las armas para consolidarme en el puesto que me encontraba, pero…

Alguien tocó a mi puerta, así que me sorprendió un poco. Di media vuelta, dejando pasar a quien tocaba. Kitasawa me sonrió, susurrando un:

-Lo busca un hombre –su rostro casi mostraba ensueño, así que la tiré a loca-, un hombre guapísimo pregunta afuera por usted.

-Yo pensando que me traías mi café –entrecerré los ojos.

-No debe tomar tanto café –ella hizo un puchero.

-¿Y su nombre? –elevé la ceja derecha, sintiéndome molesto por sus palabras.

-Ah, cierto –ella se mordió los labios-, se llama Yamato Ishida.

¿Qué demonios hacía él en mi oficina?

Tamborileé en mi escritorio, algo molesto. Ella pudo percibir mi mal humor, así que sonrió con condescendencia.

-Dile que no estoy –di media vuelta sobre mi silla.

-Perdón, ya le dije que sí estaba –su voz sonó nerviosa.

-Entonces dile que no lo quiero ver.

-Ok, con su permiso.

Ella cerró la puerta y después de unos minutos volvió a tocar. Dejé escapar un profundo suspiro y le di el paso. Ella se adentró, llevando unos expedientes.

-Juez, ¿su amigo es soltero, casado, viudo? –ella dijo con ensoñación.

-Es mi amante.

Puntualicé, sorprendiéndola.

-No es justo –ella dijo casi con lágrimas en los ojos-, ¿por qué usted puede tener a un hombre tan guapo?

-Porque yo no le ando coqueteando a cuanto tipo desconocido se pasa por mi camino –rodé los ojos.

-¿Entonces si es su amante, por qué no lo dejó pasar? –ella entrecerró los ojos, dudando de la veracidad de mis palabras.

-Ok, me acabas de atrapar, es un conocido mío –dije como si nada, bostezando en el proceso.

Ella volvió a mirarme, pero después dejó escapar un suspiro.

-¿Y es casado? –ella me miró, con algo de expectativa.

-Divorciado.

Ella emitió un gritito.

-Por favor háblele de mí.

-Me sentiré celoso –ella se sonrojó-, pero no por ti, sino por él.

Ella se sorprendió por mis palabras, sonriendo con algo de picardía.

-No sabía que le gustaran los hombres.

-Bueno, déjame te cuento un dato curioso, Kitasawa –dije, aparentando contar algo sumamente secreto-, nosotros fuimos novios en el instituto.

Ella entrecerró los ojos.

-Si no quiere que salga con él sólo dígamelo, no me cuente esas cosas para quitarme las ganas.

Ella salió, enfadada y yo tan sólo reí un poco. Novios… -me recargué sobre el escritorio-… quizá en esos entonces me hubiera encantado la idea.

-¿Puedo pasar?

Escuché la voz de Yamato en la puerta, así que me sorprendió. Esa mujer quizá no le había dicho que yo no lo quería ver.

-Adelante –contesté de mala gana.

Él apareció en el marco de la puerta mantenía la cabeza gacha, sabiendo que no estaba muy contento con su intromisión en mi trabajo. Yo le hice la seña de que pasara, mientras hojeaba el expediente que Ooda-san me había llevado.

-¿Qué quieres? –levanté la vista del expediente, quitándome los lentes de lectura, tan sólo para mirarle. Él se removió nervioso, dudando en decir algo.

-Olvidaste tu almuerzo en la casa y pensé en traerlo.

Mi estómago gruñó en ese momento, haciéndome sonreír con algo de incomodidad.

-Gracias.

Él se sonrojó mientras me entregaba la caja de bento, después carraspeó un poco.

-También venía a avisarte que mi hijo Hiro me pidió que fuera a visitarlo, así que iré a Tokio.

Desde que había venido, Yamato no había hablado de él. Pude entrever que había algo que quería contarme, pero que no se atrevía a decir.

-Ok, ¿necesitas dinero?

Él negó con la cabeza, removiéndose con más inquietud.

-Puedes contarme eso que te está haciendo dudar –dije, sobresaltándolo un poco-, después de todo a eso has venido, ¿no es verdad?

Él dejó escapar un suspiro.

-Sora y yo nos separamos porque ella me estaba engañando… -eso cualquiera lo supondría, así que asentí-… con Mimi Tachikawa.

Abrí los labios, pero no supe qué decir. Le miré a los ojos, intentando saber si era una broma, pero a juzgar por su actitud, no lo era.

-Y sé que si veo a Hiro, él me contará cómo está ella, y yo… -se llevó ambas manos a la cara-… y no sé qué voy a hacer. Ella era la persona que más amaba, a la que le entregué mi vida y mi corazón y me engañó con una mujer, con alguien contra quien no podría competir jamás. Cuando lo supe me sentí devastado –apretó los ojos, quizá estaba conteniendo el llanto-, me sentí perdido. Yo le entregué todo mi ser a Sora y ella me pisoteó sin consideración, me humilló, me cambió por otra persona. Hubiera preferido que ella me lo dijera de frente, no enterarme…

Él comenzó a temblar. Me levanté de mi asiento, sentándome a su lado, sin saber si abrazarlo o no.

-Por favor acompáñame, Tai, no quiero ir solo.

Me sorprendí por la propuesta, sin saber qué contestar. Él me miró, expectante, como suplicando que accediera.

-No puedo tomarme días de descanso, Yamato, uno de mis secretarios tiene un problema familiar y no puedo dejar desprotegido éste Juzgado.

Él comprendió, así que asintió con gran pesar. Me levanté del asiento, dirigiéndome a mi lugar para volver a colocar mis lentes de lectura.

-Bueno, es todo lo que quería decir. Natsu no quiso acompañarme, pero se quedará con mi hermano mientras tanto.

-¿Ella sabe la razón por la que te separaste de Sora? –pregunté.

-No –sonrió, con algo de tristeza-, es humillante, ¿sabes? Quizá no lo entiendas.

-Lo entiendo en cierta parte –coloqué mis manos entrelazadas frente a mi rostro, mientras apoyaba mis codos sobre mi escritorio-, pero no ganas nada con reprocharte a ti mismo. Creo que lo que te hace falta es hablar bien con Sora. Si te encuentras con él en un fin de semana podré acompañarte.

-¿De verdad? –él sonrió.

-Así es, puedo tomarme un día, pero sólo uno.

-Gracias, Tai.

La sonrisa que él me reveló me hizo sentir extrañamente complacido, pero todo tiene un precio en la vida y me saldría muy caro aquel capricho.