Capítulo 9

¿Por qué carajos tenía qué cargar con todo el peso yo solo? Me preguntaba mientras salía del hotel, sintiendo que las lágrimas querían escapar de mis ojos, aunque yo mismo me había echado la soga al cuello al hacerle decir a Yamato que éramos pareja.

Obviamente su familia y la mía no lo iban a aceptar, pero incluso ese precio me pareció bajo con tal de no perder a la persona que más quería después de mi esposa, a mi mejor amigo.

Pero el coraje era tan poderoso que al llegar al estacionamiento un fuerte dolor en mi pecho me acometió. Busqué con desesperación mi medicamento, pero hacerlo el botecito se me resbaló de las manos, rodando debajo de un automóvil. Luché contra el dolor para buscar el otro bote en mi vehículo y, justo cuando llegué a la camioneta y saqué las llaves, el dolor, que ya era insoportable y que me había adormecido los brazos y me oprimía todo el pecho, me hizo soltar las llaves y recargarme en la camioneta.

Yamato llegó en seguida, junto con nuestros hijos.

-¿Te encuentras bien, Tai?

Me preguntó e intentó acercarse a mí, pero yo lo detuve.

-Por favor… -dije en un susurro-… llama a un médico.

Él sacó inmediatamente el celular, pero ya no pude sostenerme más, por lo que caí al suelo. El dolor… sentía cómo iban desapareciendo mis fuerzas.

Tiempo después vi luces blancas, escuché el sonido de un marcapasos y voces.

-¿Tai?

El dolor había menguado. Me sentí liberado por unos instantes, pero aquella voz me había parecido lo más maravilloso, lo más hermoso que había escuchado.

-¿Nana?

Una joven mujer de cabellos negros ondulados y ojos dorados me sonrió, estaba sentada a mi lado.

-¿Eres tú, Nana? –tomé su mano y ella la apretó.

Su cuerpo emitía un brillo fantasmal, sus ropas y cabellos se movían con suavidad, como si el viento los estuviese acariciando.

-Tai, no te preocupes, yo estoy contigo.

-Nana… -sonreí-… te extrañaba mucho, Taichi también te extraña mucho.

Ella sonrió y susurró un: "Yo también los extraño, pero aún no es tiempo de encontrarnos".

Justo cuando dijo eso, el dolor volvió.

Una luz blanca que pendía del techo me encegueció por unos instantes, había muchas personas a mi alrededor, pero de entre ellas, una persona que sostenía con fuerza mi mano y que se negaba a soltarme, fue lo que me llamó la atención. Su rostro se veía sumamente preocupado y acongojado.

Recordé entonces una escena que se había llevado hacía muchos años, mientras aquella persona me sujetaba con fuerza, con miedo mientras iba en la camilla y yo corría a su lado.

A regañadientes tuvo qué soltar mi mano. Sentí cómo estaba siendo desplazado y después me colocaron sobre una cama, o algo parecido. El dolor era sofocante, como si tuviera una gran presión en el pecho.

Entonces nuevamente desapareció el dolor y pude ver a Nana otra vez. Ella me sonrió. Sus hermosos dientes blancos refulgieron por unos instantes.

-Estoy soñando –dije con una sonrisa en los labios-, estoy soñando porque puedo verte.

Ella me miró con preocupación.

-¿Qué sucede? –dije yo.

-¿Por qué te preocupas por amar tanto a alguien que no sea yo? Te dije que si moría, quería que fueras feliz.

No puedo describir lo que sentí al escuchar sus palabras. ¿Amar otra vez?

-Pero tú siempre fuiste buena conmigo y eres la madre de mi hijo…

Nana me silenció, colocando su dedo índice de la mano derecha sobre mis labios.

-Recuerda que yo fui quien te impuso mis sentimientos. Siempre supe que lo amabas, tú me lo dijiste –ella se dio la vuelta-. ¿Lo has olvidado ya? Cuando te dije que estaba embarazada y me adentré en tu vida tú me aceptaste, pero no me amaste nunca más que a él.

-No quiero amar a nadie más que a ti, Nana.

Me enfadé mucho con su comentario, yo no había amado tanto a esa persona como para…

-Por eso te sientes culpable conmigo, ¿no es verdad, Tai? –ella miró hacia atrás, colocando sus manos en su espalda, sujetando una con la otra- Porque aunque decías que me amabas, a pesar del rencor, tú aún le amabas.

Yo abrí los ojos con sorpresa, apretando los puños.

-Nana…

-Pero aunque no me amaras con todo tu ser, sé que me amaste, Taichi, por eso te doy las gracias.

-Yo…

Ella sonrió con suavidad, volteando hacia mí.

-Siempre estaré contigo, hasta el momento en que nos volvamos a encontrar –tomó mis manos y las besó con delicadeza-. Te doy las gracias por haber hecho de mis últimos días los más felices. Sé que tuviste lástima de mí al saber que estaba enferma.

-No, bueno, quizá al principio pensé que estabas loca, pero agradezco Al Eterno que haya unido nuestros caminos, pues me devolviste la ilusión de vivir y me diste lo más preciado que tengo ahora, a mi hijo.

Ella me sonrió con felicidad, asintiendo.

Mi cuerpo dio entonces un salto y mi espalda chocó contra algo duro. Aquella luz molesta y enceguecedora me hizo cerrar los ojos. El dolor continuaba, mis oídos zumbaban.

-Volvió.

Escuché la voz de un hombre y otra vez el molesto sonido del marcapasos. Alguien puso entonces una mascarilla sobre mi nariz y boca, adormeciéndome.

Elevé mis manos hacia el frente, intentando tocar a Nana, pero ella comenzó a alejarse, dejándome atrás.

Las lágrimas rodaron por los costados de mi rostro. Quizá al principio sí tuve un poco de lástima hacia ella, pero sí la había amado. Sin embargo, sus palabras calaron en lo hondo de mi corazón.

"Siempre supe que lo amabas, tú me lo dijiste…" "Cuando te dije que estaba embarazada y me adentré en tu vida tú me aceptaste, pero no me amaste nunca más que a él."

Quería echarme a llorar en un rincón al sentir como una bofetada la verdad, pero no la quería aceptar.

Me había tomado tanto tiempo aceptar que la persona que yo amaba me había arrebatado todo con sus mentiras; lo odié, tan profundamente, por poner todo el mundo en mi contra, hacerme huir de la escuela, de mi familia, de mis amigos. Me costó mucho tiempo llegar a pensar que había sido lo mejor, que si me hubiera quedado en Tokio quizá no tendría a mi hijo conmigo, no tendría la vida que tenía en ese momento.

Sí, yo mismo me convencí de que odiarlo no me haría sentir mejor ni peor, ni siquiera desearle un mayor mal del que él me hizo.

Nana me ayudó a dejar de odiarlo, pero aún guardaba dentro de mí la esperanza de volverle a ver, reclamarle por qué no me había ayudado, pedirle disculpas por haberme declarado y ganarme su odio, su rencor.

Y, sin embargo, en más de una ocasión me encontré en mi propia oficina pensando en qué sería de su vida, porque no tenía el valor de preguntárselo a Joe, él me había visto sufrir, él había sido el único que había tomado mi mano y me había creído. Sabía que si por un error pronunciaba el nombre de la persona que amé, Joe se ponía furioso, él aún conservaba el odio hacia Yamato, hacia aquel rubio idiota que había estado sosteniendo mi mano con fuerza hasta antes de entrar al quirófano y, aquel que sostuvo también mi mano dentro de la ambulancia.

Me pregunté si había sido un mismo sueño fabricado por mí al pensar en Nana.

No es que me sintiera culpable con ella, porque, aún sabiendo de mis sentimientos hacia Yamato, había consentido estar conmigo.

Quizá sus recuerdos me alertaban que en algún momento de mi vida tenía que decírselo a mi hijo, quizá me preparaban para el día en que lo habláramos frente a frente.


Desperté cuando comencé a sentir dolor. Volteé a mi derecha, percatándome que Yamato estaba sentado a mi lado, mirándome, aunque a la vez, parecía como si estuviese mirando al vacío.

Me sorprendí cuando vi sus lágrimas. Mi pecho se oprimió, tenía mucho tiempo sin verlo llorar por algo sin insignificancia. No quería ser yo la razón de su llanto, no quería sentirme culpable otra vez.

No podía moverme para darle consuelo, no entendía por qué se encontraba en ese estado. Cerré los ojos, hasta que la voz de Takeru me sorprendió.

-Deja de armar éste teatro, hermano.

-No es ningún teatro –Yamato respondió con enfado.

La puerta de la habitación se cerró.

-¿Por qué estás con él entonces? ¿Por qué tomas su mano cuando él te hizo tanto daño?

-Te equivocas.

-¿Equivocarme? Todo un año tuviste miedo de salir. No soportabas el toque de nadie, llorabas todas las noches.

-Eso fue hace mucho tiempo –respondió Yamato.

-¿Te está obligando a que estés con él? ¿Le debes algo?

-No, no es nada de eso.

-Estás débil emocionalmente, acabas de romper con Sora, estás confundido.

-No, no lo estoy.

-¿Por qué quieres estar con él cuando te violó sin desconsideración?

Quise protestar por ello, pero me encontraba imposibilitado para poder defenderme; sin embargo, al escuchar la respuesta de Yamato y al escuchar su relato, no pude sentir más que lástima por él y remordimiento por haberlo culpado tanto tiempo de algo de lo que ninguno de los dos tuvo la culpa.