Capítulo 10

Me encontraba mirando a Taichi, mientras éste yacía sedado en aquella cama del hospital. Su estado de salud se había agravado. Todo su sufrimiento, su pesar, todo era mi culpa.

No pude evitar que mis lágrimas resbalaran por mis mejillas, mientras sostenía su mano con delicadeza, esperando a que abriera los ojos y me insultara, culpándome de su desgracia.

-Deja de armar éste teatro, hermano.

La voz de Takeru me sorprendió. Estaba en el marco de la puerta, cruzado de brazos. Se notaba que estaba muy enfadado.

-No es ningún teatro.

Contesté. Él me miró seriamente, después entró, cerrando la puerta.

-¿Por qué estás con él entonces? ¿Por qué tomas su mano cuando él te hizo tanto daño?

-Te equivocas –cerré los ojos con fuerza.

-¿Equivocarme? –él apretó los puños- Todo un año tuviste miedo de salir. No soportabas el toque de nadie, llorabas todas las noches.

-Eso fue hace mucho tiempo –me llevé ambas manos al rostro, para cubrirlo.

-¿Te está obligando a que estés con él? ¿Le debes algo?

-No, no es nada de eso.

-Estás débil emocionalmente, acabas de romper con Sora, estás confundido.

-No, no lo estoy.

-¿Por qué quieres estar con él cuando te violó sin desconsideración? –él se acercó a mí tan sólo para separarme de Taichi y comenzó a arrastrarme fuera de la habitación.

Su reacción me sorprendió y me asustó. Comencé a ver todo negro, estaba aterrado. Él me soltó al darse cuenta.

-Él no lo hizo, Takeru. Taichi no me violó.

Mi pequeño hermano –que me sobresalía casi como por más de diez centímetros-, me miró con gran incredulidad, pero dejó que continuara hablando.

Ese día había sido muy pesado. El maestro de matemáticas se había ensañado con los de nuestro grupo y nos había dejado infinidad de trabajos; aunque no era por presumir, yo era el mejor de su clase, pero eran tantos que quizá no iba a terminar con el trabajo de investigación que estábamos haciendo, así que quise ir a pedirle ayuda a Taichi, puesto que era también muy bueno en matemáticas, pero él estaba preparándose para un partido de fútbol muy importante, además de que hacía más de dos meses que le había dejado de hablar.

Caminé por los salones vacíos, dado que ya eran más de las seis de la tarde; hasta que encontré un lugar tranquilo y solitario para estudiar. Mi casa estaba sola, mi padre había encontrado una nueva amante y a veces pensaba si yo comenzaba a estorbarle, ya que duraba cerca de una semana sin asistir a la casa.

De pronto, un estrepitoso ruido hizo que me saltara el corazón. Una chica del grupo de Taichi entró al salón corriendo, mientras las voces de varios chicos se escucharon y abrieron la puerta a golpes.

Ella me miró con miedo y después rompió en llanto.

-Por favor ayúdame.

Me levanté del asiento sin saber qué hacer. No entendía qué pasaba, pero ella estaba aterrorizada. Los muchachos, que eran de un grado superior, sonrieron al vernos, eran cinco sujetos.

-¿Tu novia? –le preguntaron a la chica, quien se escondió detrás de mí.

-Por si eres ciego –dije yo, entrecerrando los ojos-, soy un hombre.

-Ju…

Se escucharon las burlas de todos ellos.

-¿Qué es lo que quieren con ella? –la protegí con mi cuerpo.

-Bueno, ella estaba saliendo conmigo –dijo uno de ellos-, pero me dijo que se había enamorado de una mujer y por eso me dejaba.

Me sorprendí por la información, pero después apreté los puños.

-Cada quién tiene el derecho de enamorarse de quien quiera, sin importar el género.

Uno de ellos, quien parecía ser el líder; un muchacho alto, de aspecto desparpajado, con cabellos oxigenados y un piercing en la ceja derecha, se adelantó.

-Te puedes ir, perra –se dirigió a la chica.

Ella me miró y yo asentí. Si querían que nos enfrascáramos en una pelea, era mejor que yo sufriera los daños y no ella.

-Gracias, Ishida.

Ella se alejó.

-¿Ishida? –otro de los que estaban ahí, un sujeto de cabello castaño, me miró detenidamente- ¿Eres el amigo de Yagami?

-¿Del capitán del equipo de fútbol que le quitó el puesto a Yagushi en primer año? –dijo el líder.

Un sujeto de aspecto fornido y piel morena, se asomó.

-Sí, maldito desgraciado –la voz de aquel sujeto sonó más grave de lo que hubiera pensado-, sólo porque es muy rápido en la cancha. Pero es una gran coincidencia que te encuentres aquí, Ishida, ¿no se te declaró hace como tres meses en las canchas después de una práctica?

Me quedé pasmado, ¿cómo sabía eso?

-No mames, ¿de verdad se le declaró a ésta zorra arrogante? –el que era el líder me miró con sorna- A pesar de todo, Yagami no me parece del tipo que bateé para el otro lado, después de todo seguro se ha cogido a las más bonitas de la escuela. ¿Qué te vio, Ishida?

Aquel sujeto se acercó a mí y quiso tocarme, pero alejé su mano con mi puño cerrado, lastimándole el brazo.

-¡Maldita perra!

Lo siguiente que supe fue que estaba tirado en el suelo y la sangre corría por la comisura de mis labios.

-¡Te enseñaré a respetarme!

Los huesos de mi mano fueron pisoteados, como si quisiera triturarlos. Grité con dolor, sintiendo después una patada en mi abdomen que hizo crujir mis costillas. A horcajadas intenté levantarme, pero el dolor era punzante y me sentía sofocado.

-¡Eres una maldita zorra!

El líder quiso patearme nuevamente, pero el tal Yagushi lo detuvo.

-¿Por qué no nos divertimos con su dolor, como íbamos a hacer con la ex de Kimura?

El líder sonrió con malignidad, tirando con fuerza de mi cabello para levantarme.

-Vámonos de aquí.

Aquel sujeto estrelló mi cabeza contra el suelo, haciéndome llorar sin querer. Las lágrimas resbalaron de mis ojos, sin que pudiera detenerlas. Mis labios se abrieron, pero lo único que dejaron escapar fue un sollozo.

-Te vas a callar, porque si haces cualquier sonido no dudaré en matarte, ¿entiendes?

Tragué saliva al sentir una navaja contra mi cuello. Asentí levemente, sintiendo cómo me levantaban y cortaban mi saco para meterme un pedazo de tela en la boca a modo de mordaza para que no hiciera mucho ruido, me vendaron los ojos y amarraron mis manos y mis pies para que no escapara.

Supongo que Yagushi me cargó, porque era el más fornido de ellos. No supe a dónde me llevaban, hasta que escuché cómo deslizaban una puerta. El olor a madera y a tierra me hizo saber que me habían llevado al cuarto de aseo del gimnasio.

Tenía miedo. Nunca me había sentido tan asustado. Aquellos sujetos no dudarían en matarme, quizá para eso me habían llevado ahí, para torturarme, molerme a golpes y terminar con mi vida.

Me lanzaron al suelo, ocasionando que me quejara.

-Shhh… si hablas o gritas, te matamos.

Uno de ellos susurró en mi oído.

Comencé a sudar en frío al escuchar aquello, sintiendo mis piernas temblar.

-¿Quién va primero?

El líder preguntó e incluso pude escuchar cómo se relamió los labios.

-Hay que resolverlo por la suerte –dijo el tal Yagushi.

-Yo sé que te mueres por hacerlo con él, Yagushi, porque es la perra de Yagami –el líder dijo como si nada-. Vas tú primero y después lo decidimos por la suerte, de todos modos a todos nos va a tocar.

Aquellas palabras estaban causando gran temor en mí.

Me quejé por el dolor cuando me desnudaron con violencia y me dejaron completamente expuesto. Iban a violarme.

Desee suplicar, pero aquella mordaza me lo impedía.

Aquel sujeto alto y fornido chocó mi cuerpo contra la pared y se bajó la bragueta del pantalón. Sentí algo muy grueso deslizarse entre mis nalgas y después sentí mucho dolor. La primera estocada fue muy dolorosa, tanto que me hizo emitir un grito ahogado; aquel pedazo de carne palpitante me estaba lacerando, me estaba quemando, partiendo en dos. Más lágrimas comenzaron a mojar la tela que cubría mis ojos, mientras intentaba soportarlo, intentaba no gritar demasiado, por miedo a que cumplieran sus amenazas. Mis piernas dejaron de sostenerme, así que aquel sujeto salió de mi cuerpo para colgar mis muñecas de una soga que pendía de algún lugar del techo.

La segunda estocada le permitió profanarme completamente. Yo lloraba; me estaban matando lentamente, me estaban causando un grave dolor que se extendía por todo mi cuerpo. Mis piernas colgaban porque no pudieron sostenerme. Deseaba escapar, pero no podía oponerme a ellos, me sentía aturdido, desesperado.

-Maldita sea, está muy estrecho –Yagushi dijo cerca de mi oído-, seguro Yagami no lo ha usado en un tiempo.

Demonios, Taichi nunca me había tocado de esa manera, ni siquiera éramos amigos ya. ¿Por qué estaba sufriendo yo el odio que le tenían a él?

Él se deslizó fuera con mucho esfuerzo, pero volvió a arremeter. Yo volví a gritar al sentirlo dentro, al sentirlo estirar mi carne lastimada, abriendo más profundo las heridas que me había causado. Después de unos segundos con cada embestida se escuchaba un sonido grotesco, algo me escurría entre las piernas.

Mi cuerpo estaba temblando, yo sudaba en frío, sollozaba en silencio, quería alejarme, pero no podía. Mis caderas eran apretadas con tal fuerza que sentía que se iban a quedar las marcas de sus manos en ellas con un horrible color morado.

Sus dolorosas embestidas terminaron después de muchos minutos que me parecieron horas y pude sentir algo caliente recorrer mi recto. Había eyaculado dentro.

Él mordió con fuerza mi hombro derecho, haciéndome gritar. El líder pasó su navaja por mi pecho, amedrentándome para que me callara, asustándome en extremo. Yagushi salió de mí, soltando mi hombro, el cual también me palpitaba. ¿Iban a matarme? ¿Realmente iban a matarme?

-Yo quiero que me la chupe.

Uno de ellos habló, mientras bajaban las cuerdas y me dejaban arrodillado en el suelo, algo que me causó mucho dolor, debido a mis heridas internas.

Aquel sujeto tomó con fuerza mi mentón, quitándome la mordaza, me abrió los labios y arremetió con fuerza dentro mi boca, penetrando hasta mi garganta. Quise gritar, aquel sujeto me había lastimado, pero aprovechó para salir y volver a entrar. Quizá fue estúpido, pero mi primera reacción fue morderlo. Él gritó e intentó hacerme para atrás, pero no lo soltaba, estaba decidido a que supiera lo que yo sentía. El líder me pateó entre las piernas, haciéndome soltarlo cuando grité.

-¡Maldita perra! –aquel sujeto bufaba- ¡Maldita puta!

-A ver, déjame verlo –el líder dijo en tono burlón-, nah, ni te sacó sangre, en unos días estarás bien.

-¡Pero esa pinche perra me lo mordió! ¡Me duele mucho! –comenzó a llorar.

-Bueno, ésta zorra arrogante salió muy peligrosa.

Yo tragué en seco cuando sentí su navaja contra mi garganta.

-¿Crees que fue divertido? –haló mi cabeza hacia atrás tomando con fuerza mis cabellos- ¿Crees que fue divertido entonces? ¡Contesta!

-No… -mi voz sonó en un sollozo, pero me sofoqué cuando él me pateó en el estómago.

-¿Qué te dije? –siseó con peligrosidad- ¿No te dije que no hablaras ni emitieras sonido alguno? ¿No te lo dije?

Comencé a llorar, estaba aterrado, quería irme a casa. Fue entonces que escuché el sonido de un encendedor, ¿iban a quemarme?

-Por favor, ya no…

-Yagushi, vuélveselo a meter y ábrele las piernas.

Las cuerdas volvieron a halarme y grité cuando Yagushi entró en mí, pero mi grito fue acallado con una bofetada que me abrió más profundamente el labio que ya me había reventado ese maldito bastardo.

-¡Te callas, perra, porque ésta vez sí vas a gritar!

Yagushi me abrió las piernas con fuerza, desgarrando los músculos que no estaban acostumbrados a ese grado de estiramiento en ellos. Me quejé por ello, así que el líder me dio un puñetazo en la cara, aturdiéndome.

-Que te calles, pendeja.

El sonido del encendedor me alertó, pero contrario a lo que pensaba que harían, de pronto él tomó mi sexo y estiró la piel que lo cubría. Forcejeé todo lo que pude, grité todo lo que me permitió mi garganta, pero él cortó el saco que cubría mi pene, como si estuviese haciendo una circuncisión. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas, pero el dolor fue insoportable cuando él cerró las heridas con fuego. Me desmayé en algún momento, porque no recuerdo más de esos momentos.

Desperté unas horas después, sintiendo un terrible dolor entre las piernas, en mi garganta y dentro de mi cuerpo, esos bastados me habían violado mientras estaba inconsciente, pero agradecía por ello, no creía soportar más aquella humillación y aquel tormento.

Sin embargo, aún continuaban ahí, esperando a que despertara, por lo que cuando me quejé, se acercaron a mí.

-Morimoto –el líder se dirigió a uno de ellos-, tú que eres un fetichista del sado, ¿traes esa cosa para la boca?

-Seh, siempre la traigo conmigo, por si acaso.

-Hubieras dicho eso antes, pendejo –el tipo al que mordí dijo con enfado.

-No preguntaste.

Un sonido metálico se escuchó. Como no podía ver, no sabía qué estaban haciendo, hasta que el líder me tomó con rudeza del mentón y metió algo frío a mi boca, una placa de metal que acomodó entre mis encías y mejillas, pasando una cinta de cuero por mi nuca, hasta acomodarla del otro lado. Mis mejillas se sentían expandidas bajo presión.

-Ya que te despertaste, zorra, será más divertido.

Yo negué con la cabeza, sintiendo mi respiración volverse más pesada. Mi cuerpo tembló y lloré con mayor fuerza, pero mis esfuerzos por liberarme eran en vano. Me arrodillaron en el suelo otra vez. Uno por uno se introdujeron con rudeza en mi cuerpo y en mi boca. A veces me impedían respirar, a veces me hacían gritar y suplicar.

Incluso en varias ocasiones dos de ellos entraron en mi cuerpo al mismo tiempo, haciéndome creer que terminarían por perforarme el recto y moriría.

Después de varias horas al parecer se cansaron y me dejaron pendiendo de ahí. No podía verlos, pero tenía miedo, no sabía si regresarían, no sabía qué pasaría conmigo. Algo viscoso estaba resbalando por mis piernas, pero no estaba seguro de si sólo era su semen o si también era sangre.

Quise gritar, pero aquella "mordaza" no me dejaba hacerlo con facilidad, además de que mi garganta dolía sobremanera, debido a la fricción que se había ejercido sobre ella.

Intenté zafarme, pero sólo me causaba más dolor.

Hacía frío. Mis lágrimas se sentían frías sobre mis ojos, debido a la tela que los cubría. Estaba cansado, quería recostarme, pero no podía. Estaba ahí, pendiendo de una cuerda, sosteniendo mi cuerpo sin que lo quisiera. Ahora pensaba que la muerte no se escuchaba tan mal, por lo menos podría descansar.

Nuevamente me desmayé en algún momento, porque cuando desperté pude percibir, entre las cortinas de tela que me impedían ver, una leve luz entrar por algún lugar. Me sentía muy cansado, como si hubiera corrido diez maratones seguidas. Volví a llorar. Mi estómago gruñó por la falta de alimento.

Pasaron varias horas, hasta que escuché pasos. Esperanzado con que fuera alguien que pudiera salvarme, intenté gritar, pero lo que recibí fue un fuerte golpe en mi pierna derecha, me habían pegado con un bate de beisbol. Grité con fuerza por unos segundos debido al terrible dolor; mi rodilla se había fracturado.

Me oriné por el miedo, no pude evitarlo. Ellos se rieron por mi estado de indefensión, lavándome con agua helada que salía de una manguera, la cual metieron en mi cuerpo para lavarme por dentro también.

Estaba temblando, mi temperatura corporal había descendido.

Mi estómago volvió a gruñir y ellos se dieron cuenta, así que me humillaron aún más, haciéndome tragar su semen y orina, los cuales involuntariamente devolví y por ello me dieron otra golpiza.

Volvieron a violarme con la misma saña después de volverme a lavar y me ensuciaron otra vez cuando se pusieron a jugar al tiro al blanco con sus orines, apuntando dentro de mi boca, la cual se encontraba abierta debido a esa cosa metálica y pusieron una pinza en mi nariz para que no respirara, así que tuve qué tragar aquello.

Se fueron cuando se cansaron de torturarme, lavándome y dejándome nuevamente solo.

Bajó la temperatura, seguramente estaba anocheciendo.

¿Alguien se habría dado cuenta de que falté a clases ese día? ¿Alguien estaría preocupado buscándome? Deseaba, suplicaba porque alguien fuera a buscarme, pero al estar próximo el fin del semestre casi nadie iba a los clubes, a excepción de los de fútbol, pero ellos pocas veces entraban al gimnasio y a ese cuartucho.

Forcejeé por unos instantes. Mis muñecas ardían por los esfuerzos de liberarlas, estaban en carne viva. Luché un poco con la soga, hasta que la sangre se me heló cuando escuché la puerta corrediza abrirse. Los pasos de una persona resonaron por unos instantes. Hacía más frío, la puerta continuaba abierta.

Aquella persona se encontraba en una habitación contigua del cuarto de aseo.

Grité, pero lo único que escapó de mi garganta fue un alarido. ¿Y si eran ellos? ¿Y si habían ido a matarme? Aún estaba fresco el dolor de mi rodilla, la tortura emocional, física y psicológica que habían ejercido en mí.

Volví a gritar con esfuerzo, hasta que los pasos se fueron acercando a mí.

-Por todos los cielos, ¿no pueden buscar otro lugar para hacer esas cosas?

Esa voz era la de Taichi.

Me congelé al sentirme expuesto, pero a la vez me sentí a salvo.

-¿Qué demo… Yama…?

Mi cuerpo dejó de colgar y cayó con suavidad al suelo. Él quitó gentilmente las sogas y lo que traía en mi boca a modo de mordaza. Mis ojos dejaron de estar vendados. Efectivamente estaba en ese cuartucho, desnudo, pero agradecido de que alguien me hubiera salvado de morir.

-¿Qué hago?

Taichi se veía completamente desesperado.

-Iré por alguien…

-¡No! –me aferré con fuerza a él- ¡No me dejes solo! ¡Ellos volverán! ¡Si vuelven me matarán!

-La enfermería…

-¡No! –grité, enterrándome en su pecho- Por favor no, sería humillante.

-¿Entonces a dónde te llevo? –él me miró, sumamente afligido- ¿Te llevo a un hospital?

-A mi casa.

-Pero estás herido.

-No quiero que nadie me vea así, no quiero que nadie me toque –comencé a llorar, sin poder evitarlo.

Él me levantó, sorprendiéndose de lo quizá liviano que me sentía y yo me quejé al sentir el movimiento de mi pierna lastimada.

Taichi se quitó el saco del uniforme y me lo puso encima, para tapar mi cuerpo desnudo, estaba haciendo un horrible frío. Me llevó a los vestidores, diciéndome que no había nadie más en la escuela, más que él y alguno que otro alumno. Pensé que quizá mis agresores podrían estar ahí, pero dejé que él me llevara a ese lugar para que me envolviera en una toalla y me sacara de la escuela.

Me sentí liberado cuando salimos.

Él sacó su celular y mandó un mensaje. La persona del otro lado contestó casi en seguida. Él me llevó en brazos con rumbo a mi casa. Pasaban de las diez de la noche; estaba helando. Un viento frío, casi gélido nos abrazó, como si estuviéramos caminando dentro de un refrigerador.

Un automóvil se detuvo a un lado de nosotros. Sentí miedo, si se podía más, hasta que la familiar voz del superior Joe me sorprendió.

-Yama, tenemos que ir a un hospital, no puedes estar así, Taichi me dijo que pareces tener huesos rotos y estás sangrando.

-No quiero que nadie me toque –dije en un susurro.

-Nadie va a tocarte de esa manera, te lo prometo. Tienes que ir a un hospital a que te revisen, puedes estar más grave de lo que te sientes.

-Pero van a tocarme.

-Yo voy a quedarme contigo, ¿sí? Te prometo que no dejaré que nadie te toque de esa manera.

Comencé a llorar con mayor fuerza. Estaba asustado, no quería que nadie me viera en ese estado, pero ellos estaban empeñados en llevarme. A regañadientes asentí, por lo que me llevaron en automóvil a un hospital.

Tuvieron que despegarme de Taichi, porque no lo quería soltar. Él me prometió que iba a estar cerca, que me iba a cuidar. No soltó mi mano en todo el trayecto, hasta que le impidieron entrar a la sala de operaciones después de una profunda revisión que me causó mucho dolor.

Cuando desperté era de día. Taichi estaba durmiendo apaciblemente en una silla incómoda con una frazada encima. Joe estaba a su lado, recargado en su hombro, en otra silla igual de incómoda.

Algo se revolvió dentro de mi pecho, pero no le di la suficiente importancia.

El primero en abrir los ojos fue Taichi, recibiendo la terrible luz del día sobre sus ojos. Bostezó largamente, fijando después su mirada en mí. Se levantó como en un acto reflejo, despertando sin querer al superior Joe.

-¿Cómo te sientes?

Preguntó sumamente preocupado. Mis heridas no dolían más, pero seguramente era por los efectos de los analgésicos.

-He estado mejor.

No pude evitar que varias lágrimas rodaran por mis mejillas. Él me miró con preocupación, casi con lágrimas en los ojos.

-¿Quién te hizo esto? ¿Por qué?

La rabia y el dolor se apoderaron de él. Se veía como un león enjaulado, desesperado por venganza.

Me quedé sin habla. ¿Y si decía quiénes eran y no les hacían nada? ¿Y si antes de cualquier cosa me encontraban y me torturaban antes de matarme? Tenía miedo, casi el mismo miedo que sentí cuando me violaron la segunda vez.

-No sé… -sollocé con mayor fuerza-… no sé…

Mi pulso se aceleró y continué llorando en sus brazos.


-¿Por qué no lo defendiste entonces? –Takeru me miró con incredulidad.

-Porque ellos fueron a amenazarme y no supe qué hacer.

Mi hermano se levantó del sillón en el que se había sentado, mirándome airado. Yagami había perdido todo por mi cobardía, por eso era más que obvio que me odiaba.

-Casi veintidós años de esto y apenas tú… -él me miró con enfado-… Lo echaron a patadas de su casa, lo echaron de la escuela. Sus padres y su hermana lo repudiaron, a pesar de los esfuerzos de él porque supieran en dónde estaba, por si un día lo querían escuchar. Yo lo golpeé sin consideración a causa de tu silencio. ¿Por eso querías su dirección, para disculparte?

Asentí, sintiéndome más culpable.

-¿Cómo has podido vivir durante tanto tiempo con esa tranquilidad si le habías deshecho la existencia?

Dejé escapar un suspiro. Era cierto, yo le había quitado todo, pero tenía miedo de aceptarlo.

-Ahora estoy enojado con Yagami, pero por consentir estar contigo cuando fuiste tan cobarde. Tienes que decírselo a su familia y disculparte.

-Sí.

Tragué saliva, si contárselo a mi hermano fue tan doloroso y vergonzoso…

-No te preocupes, el perdón más difícil de obtener era el de Taichi.

Él colocó una mano en mi hombro y yo me abracé a su cintura. Él acarició con suavidad mis cabellos.

-Todo estará bien, Yama, en ésta ocasión soy lo suficientemente fuerte para protegerte con mis propias manos.

Yo asentí.

Hikari había soltado sin querer el café que traía en las manos, mirándome con gran incredulidad, al igual que a mi hermano. El líquido caliente se esparció por el piso de la cafetería. Ella tembló, al parecer de rabia, levantándose de su asiento y tomándome por el cuello de la camisa me hizo inclinarme para estar cara a cara.

-¿Cómo te atreviste? ¿Por qué?

Ella golpeó varias veces mi pecho y su esposo tuvo que abrazarla para que dejara de intentar hacerme daño. Tragué en seco, sintiéndome aún más culpable. Su llanto sonaba desesperado, como si quisiera matarme ahí mismo.

-Todo, él perdió todo en ese instante. No podía creer que mi hermano, mi orgullo, mi ejemplo a seguir, mi adorado hermano mayor, hubiese hecho eso, pero mis padres lo creyeron, lo echaron. Yo lo vi suplicarles que le creyeran, yo vi cuando lo sacaron de su casa a patadas, cuando le echaron junto con su ropa, junto con sus papeles de la escuela. Sus diplomas, sus libros, todo fue lanzado, junto con su mochila. Mi hermano lloraba mientras guardaba sus cosas en una maleta que mis padres le lanzaron a la cara, ellos estaban muy decepcionados de su conducta, del daño causado –sus sollozos se escuchaban con cada palabra que decía-. Desde el marco de la puerta lo vi desaparecer de mi vida, pero se olvidó de un álbum de fotografías, aunque siempre pensé que lo había dejado ahí a propósito, puesto que tenía muchas fotografías tuyas. Lo guardé, con el afán de recordarlo siempre, al igual que todas sus fotografías, porque mis padres tiraron a la basura todo lo que les recordara a Tai. Perdí a mi hermano por tu maldito silencio. ¡Mis padres perdieron a su hijo! ¡Maldito! ¡Maldito!

Bajé la cabeza, todos en la cafetería del hospital nos miraban, sin 0063omprender por qué actuábamos así.

-No te enojes tanto con él, Kari –mi hermano susurró suavemente en el oído de su esposa-, aquellos sujetos fueron a amenazarlo.

Ella lo miró con incredulidad y se separó de él con violencia.

-¡Dices eso porque es tu hermano! ¡Eres un bastardo, Ishida! ¡Ojalá te hubieras muerto ese día y te hubieras desaparecido sin dejar rastro! ¡Maldito desgraciado!

Ella salió llorando de la cafetería y Takeru no supo si seguirla o quedarse a mi lado.

-Ve con ella, te necesita ahora más que yo.

Él me miró, casi con lágrimas en los ojos, pero asintió, dejándome en ese lugar. Una señorita comenzó a limpiar los rastros de café que se encontraban en el piso, después le pedí la cuenta.

Cerré los ojos, cansado, afligido. Todo el daño que había causado estaba a punto de voltearse en mi contra.