Capítulo 13

Abrí los ojos con sorpresa al escuchar aquellas palabras. Si bien, Yamato había cambiado con el tiempo, su forma de ser no lo había hecho mucho. No expresaba abiertamente lo que pensaba o lo que estaba sintiendo, siempre escondía sus verdaderos sentimientos, siempre aparentaba estar tranquilo y en paz cuando por su mente existía el caos. Sin embargo, había susurrado aquello con tanta naturalidad que me había causado un susto. Quise burlarme diciéndole si tenía temperatura, pero algo me detuvo.

Le miré detenidamente sin saber qué hacer con el remolineo de sentimientos que había querido ignorar desde que él llegó a mi hogar aquella noche, pidiéndome asilo, pidiéndome perdón por no haber podido enfrentar el miedo.

Su respiración profunda me hizo darme cuenta que se encontraba durmiendo apaciblemente con los labios entreabiertos. Mi primer impulso fue besarlo, pero me quedé helado al darme cuenta de mis propios pensamientos.

Amarlo había sido un error. Le guardé rencor por un tiempo al volverse novio de Sora, puesto que ella era la mujer a quien tanto amaba, pero fui lo suficientemente maduro como para entender, cuando me le declaré y ella me rechazó, que quería estar al lado de Yamato, no conmigo.

Fue un golpe muy duro el darme cuenta de mis sentimientos por Yamato, ni siquiera supe por qué floreció el amor hacia él, no podía entenderlo. Y, aún sabiendo que él salía con Sora, le declaré mi amor, en un arrebato, pero fue aún más doloroso el escucharle rechazarme de lo que había imaginado. Sabía que no tenía ninguna oportunidad, que él quería estar con Sora, pero deseaba, en lo más profundo de mi corazón, que escuchara lo que sentía por él, aunque sabía que nunca sería correspondido, que quizá mi amor no sería comprendido ni por él, ni por mi familia, ni por los demás.

Supongo que ese fue mi castigo; pagué caro el haberlo amado.

El movimiento que hizo Yamato me sorprendió, pero sólo se dio la vuelta en el costado, dándome la espalda. Al sentir su trasero frente a mí no pude evitar tener una erección.

Me separé entonces de su cuerpo, dándole la espalda. Si el infarto no me mató, seguramente lo haría el deseo que comenzaba a volverme loco cada vez que tenía cerca a ese rubio estúpido.

Aunque, no lo iba a decir nunca, pero esas palabras tan simples que dijo me habían hecho muy feliz.


Fui a prender el calentador de agua a las cinco de la mañana y después me metí a bañar. Después de la operación a corazón abierto que me habían practicado me sentía mejor de salud, pero estaba un poco cansado. Tenía otra semana antes de volver al trabajo y aún no me sentía con los ánimos ni con las fuerzas para hacerlo.

Cuando salí, me acosté un rato más en la cama, despertando sin querer a Yamato.

-¿Tai? –preguntó.

-Lo siento si te desperté –acaricié con suavidad su cabello.

-¿Qué hora es? Hace frío.

Entrecerré los ojos. Yo tenía calor, me había hecho bajar la intensidad del aire acondicionado al mínimo y ahora se quejaba de que hacía frío.

-Puedes abrazarme, si quieres.

Él masculló algo, pero me abrazó. Su respiración se volvió pausada y profunda casi inmediatamente. Exhalé y cerré los ojos, creo que me quedé dormido, porque cuando abrí los ojos, la luz del sol se asomaba en el horizonte.

Yamato abrió los ojos después de que yo me moviera para levantarme. Se frotó los ojos, bostezando con fuerza.

-Lo siento, ¿te desperté?

Él negó con la cabeza y después miró el reloj.

-Son las nueve de la mañana, ya es tardísimo.

Se levantó; no obstante, se arrepintió cuando sintió dolor en su pie al hacerlo.

-Idiota –volteé a verlo-, ya pasó el efecto del analgésico.

Él se quedó sentado en la cama y después apretó los puños.

-Me siento inútil.

Él dejó escapar un suspiro y yo comprendí inmediatamente lo que pasaba por su cabeza. Supongo que Yamato se sentía útil para nosotros al ayudarnos con los quehaceres del hogar y, ahora que se encontraba imposibilitado para continuar con sus labores, se sentía como alguien inútil e improductivo.

-¿Por qué no consigues un empleo? –me senté en la cama también, pero no podía ver su rostro, me estaba dando la espalda- Creo que te sentirás mejor. No creo que te guste ser mantenido relativamente por mí y, aunque el ayudarte con los estudios de Natsu no me reporta ningún problema, pienso que estás desperdiciando tu potencial.

-¿Te estorbo aquí?

-No.

-¿Entonces ya no quieres que yo…?

-No lo malinterpretes, me gusta que estés aquí porque nos haces compañía a mi hijo y a mí e incluso Taichi te tiene mucho aprecio, pero creo que estás desperdiciando tu potencial aquí encerrado. ¿No te necesitan en alguna misión? ¿No necesitas estar realizando investigaciones para la NASA? ¿Por qué no vas entonces a buscar tu propio destino?

-¡Ya lo he encontrado!

Él elevó la voz, demasiado molesto para mi gusto.

-Pero mi destino se empeñó en hacerme infeliz toda la vida. Aunque parecía que estaba bien nunca fue así. Tuve que aparentar que no me importaba escuchar a mis padres discutir todos los días; tuve que aparentar que era fuerte, que podía valerme por mí mismo. Tuve que soportar la soledad por muchos años. Tuve que aparentar tanto, tantas veces, siempre… fingiendo que no me importaba si alguien hablaba mal a mis espaldas en el trabajo, cuando el superior en que más confiaba me robó una de mis investigaciones y la presentó como suya. Estoy cansado de todo, pero cuando pienso que ya no vale la pena vivir, pienso en mis hijos, en Natsu… ¿Qué destino me espera entonces? Parece que lo único que desea es que yo me hunda en una profunda oscuridad.

Sabía que Yamato no era débil de carácter; era una persona bondadosa, una persona amable, pero no era débil. Ni siquiera aquel momento que nos marcó para siempre a ambos lo detuvo. No sé si yo me hubiera podido sobreponer a aquel martirio, pero él lo hizo, continuó hacia adelante, sin mirar atrás, tratando de olvidar aquel incidente tan doloroso. Lo admiraba por dentro, pero no comprendía la razón por la que se aferraba tanto a mi mano.

"Te quiero, Tai".

Aquella frase tan simple hizo que mi corazón saltara, pero no quería hacerme ilusiones; seguramente él me quería de una forma amistosa, sin un sentimiento de amor de por medio.

-Haz pues lo que quieras.

Me molesté con mis propios pensamientos. Yo no quería amarlo, no otra vez; había sido doloroso, revivir aquello lo único que traería sería dolor.

Me levanté de la cama, yendo al cuarto de baño para lavar mi rostro y despejar mis ideas. Cuando salí, Yamato se encontraba en la misma posición, como si estuviese pensando detenidamente qué hacer, qué decir.

-¿No tenías mucha prisa por levantarte?

Pregunté y no obtuve respuesta. Me acerqué entonces a él, colocándome frente a frente; él elevó la cabeza, mirándome a los ojos.

-¿Piensas que soy un vividor?

Me descoloqué por la pregunta, pero inmediatamente después comencé a carcajearme por ello.

-¿Cómo? –continué riendo.

-¿Te molesta que esté aquí porque no hago nada?

Aún, entre risas, le miré, negando con la cabeza.

-No, idiota, tú nos ayudas, pero siento que te estoy quitando muchas oportunidades. No te sientas comprometido conmigo sólo porque te di un lugar en mi casa; si tú quieres ir a rehacer tu vida eres libre.

-No me estás quitando ninguna oportunidad –dijo al fin, bajando después la cabeza-. Si yo rechacé algunas propuestas de trabajo es porque estoy cansado de dar mucho y no obtener nada. Siempre estuve ocupado y me perdí de los momentos más importantes de mis hijos, sus primeros pasos, sus primeras palabras, sus primeros abrazos y besos; los dejé, los abandoné cuando me necesitaban. Cuando quise remediarlo ya era tarde.

Aunque yo ya intuía aquello, no quería que él estuviera conmigo porque ya comenzaba a encariñarme y, si él deseara en algún momento irse, cuando me acostumbrara completamente a su presencia, ¿qué haría yo sin él? ¿Qué demonios haría otra vez si se iba?

-Nunca es tarde, Yamato, recuerda que lo único que ya no tiene solución es la muerte; sin embargo, puedes cambiar lo que hiciste mal. Ve rehaz tu vida, consigue una mujer que te haga feliz, busca tu futuro.

Él apretó los puños, quizá lo estaba presionando demasiado.

-Te molesto aquí, ¿verdad? ¿Quieres encontrar a alguien? ¿Quieres una pareja de verdad?

Yo reí con condescendencia, no supe en qué momento cambió de repente la conversación y apuntó a mi persona.

-No me malinterpretes, ya te dije que quiero lo mejor para ti.

-¡Entonces déjame a mí decidir! –se levantó de pronto sobre un pie, encarándome- Pero si te molesto, si Natsu y yo te molestamos…

-¡No me molestan, carajo! –elevé mi voz, demasiado enfadado- Pero me da tristeza verte aquí sin hacer nada de tu vida.

-¿Pero por qué? –hizo un puchero y arrugó el entrecejo- Si yo soy feliz, ¿por qué te da tristeza?

Le di entonces la espalda. No quería escuchar esas palabras, toda la fachada que estábamos construyendo en algún momento se derrumbaría y sabía que me arrastraría hasta el fondo del abismo por la tristeza.

-No quiero encariñarme con ustedes y que se vayan.

Me sorprendí al escuchar mis propias palabras, pero continué hablando.

-He estado solo con mi hijo por mucho tiempo, por eso, si me acostumbro a su presencia y se van…

-¿Nos vas a extrañar? –él rio un poco, haciéndome sonrojar por ello- ¿O me vas a extrañar a mí?

Me sonrojé más con sus provocaciones, empujándolo un poco con mi mano derecha y ocasioné que cayera sentado a la cama. Él jaló mi playera, volteando mi cuerpo para que nos encontráramos frente a frente, después caí sobre él, sosteniéndome sobre su cuerpo con la fuerza de mis brazos. Ambos reímos, yo con un poco de incomodidad al quedar a escasos milímetros de su rostro.

-¿Estás tratando de probarme?

Mi voz sonó ronca cuando pronuncié aquello.

-¿Probarte… en qué sentido?

Ambos cerramos los ojos y, cuando estuve lo suficientemente cerca para rozar mis labios con los suyos, alguien tocó a la puerta.

Me separé con rapidez, incrédulo con lo que había estado a punto de hacer. Miré a Yamato, el cual parecía igual de sorprendido que yo.

-¿Qué pasa? –preguntó él.

-Señor Ishida, ¿ya despertó mi papá? Es hora de desayunar, mis abuelos quieren invitarnos a salir.

-Diles que me den unos minutos para bañarme y cambiarme, para hacer el desayuno; tu padre… -me miró por espacio de unos segundos y después bajó la mirada-… él se está cambiando.

-Ok, gracias.

Sus pasos se alejaron. Yamato y yo nos quedamos sin saber cómo conversar sobre aquel incidente, hasta que él se levantó, colocándose frente a frente, pero después fue a revolver mis cajones para buscar ropa mía.

-Voy a bañarme, ya vuelvo.

Él desapareció por la puerta, saliendo al cuarto de baño; yo toqué mis labios inconscientemente. ¡Maldición, por esa razón deseaba que se fuera antes de que cometiera una estupidez de semejante magnitud!


Después de vestirme bajé a la sala. Mi madre y mi padre platicaban animadamente con Taichi, quien no paraba de ver los álbumes de fotografías que habían llevado.

-¿Quién es ella? –preguntó Taichi y mi hermana, quien se encontraba cerca, rio con suavidad.

-Pregúntale a Natsu, ella la conoce muy bien.

Al escuchar su nombre, ella se acercó, sorprendida al ver aquella fotografía.

-¡Es mamá! –dijo con sorpresa- ¡Señor Yagami, ¿usted y mi mamá fueron novios?!

Abrí los ojos con sorpresa, molesto con mi hermana por mostrarle mis propias fotografías, las cuales había dejado en la casa de mis padres cuando me fui.

Me acerqué y le arrebaté la fotografía a mi hijo; Sora y yo teníamos doce años, yo le daba un sutil beso en la mejilla y ella parecía muy feliz. Sentí cierto dolor al recordar que yo la había amado mucho y que aquel rubio estúpido se la había llevado tan fácilmente cuando yo había dado mi alma entera por ella.

-No, no lo fuimos.

Entrecerré los ojos, aunque seguramente en mi dejo se pudo ver el dolor.

-¿De verdad? –preguntó mi hijo, con algo de sarcasmo- Pero si parece que estás muy enamorado de ella en éstas fotos.

Me molesté por el comentario y mi hermana, al igual que su esposo, sonrieron con condescendencia al ver mi reacción. Era más que obvio que yo la había querido.

-Bueno, yo estaba muy enamorado de ella, ¿contento? –le miré con enfado- Pero ella prefirió a Yamato.

Natsu y mi hijo se sorprendieron por la revelación.

-¿Entonces… cuándo fue que empezaste a querer a mi hermano? –preguntó Takeru con los ojos entrecerrados, haciéndome sonrojar sobremanera.

-Bue… bueno… -no sé por qué imaginé al hermano de Yamato afilando un hacha, esperando mi respuesta-… fue en el instituto.

-¿No habrás buscado venganza de él, verdad? –me tomó por el cuello de la camisa y yo lo aparté con brusquedad- ¿Mandaste a aquellos sujetos?

-¿Pero qué demonios dices? –lo encaré- Así como acepté que Sora quería a Yamato, acepté inmediatamente que Yamato no podía corresponderme, así que no me vengas con tus amenazas.

Natsu parpadeó, confundida, sin saber por qué peleábamos, hasta que Yamato se recargó en el marco de la puerta.

-¿Y ahora por qué están peleando? –Aquel rubio miró con detenimiento la fotografía que aún sostenía yo.

-Hikari le estaba mostrando fotografías a mi hijo y tu hermano y yo tuvimos un malentendido, yo no tengo nada que ver con su enfado.

Aquel rubio idiota rio un poco, caminado y sentándose después a un lado de mi hijo para continuar viendo las fotografías con él.

-¿Entonces es cierto que el señor Yagami quería a mi mamá? –preguntó Natsu.

-Sí, Taichi quería a Sora y, de hecho, todos pensamos que terminarían juntos, pero ella y yo comenzamos a salir y Taichi no dijo nada, algunas veces llegué a pensar que Sora lo hacía para sacarle celos a Yagami, pero una cosa dio a la otra y terminamos casándonos. Aunque, la verdad no sé en qué momento Taichi se enamoró de mí, es que soy genial.

-¿Entonces… el señor Yagami es aquel chico valeroso del que tanto hablaba mi mamá? –Natsu dijo con emoción-. Cuando éramos niños siempre nos contaba de algo llamado Digimundo, en donde ella y sus amigos fueron a parar por azares del destino. Siempre nos hablaba de todos sus amigos, pero en especial de aquel niño valeroso, quien tenía el emblema del valor; aquel niño que fue a rescatarla cuando Datamon la secuestró. Nunca hablaba más en todos sus cuentos que de aquel niño. Mi hermano y yo estábamos encantados con sus historias.

Me quedé estupefacto y Hikari prorrumpió en carcajadas, Takeru y Yamato entrecerraron los ojos.

-¿Digimundo? –preguntó mi hijo.

Mi hermana sonrió con suavidad.

-Qué nostalgia –dijo Hikari-. Pero hace tiempo se cerró la puerta. A veces me pregunto qué sucedió con Gatomon. Siempre que miro al cielo la recuerdo y… -sus ojos se anegaron en lágrimas-… y me pregunto si ella se acuerda de mí.

Todos nos quedamos callados. Mis padres sonrieron con suavidad.

-Seguro ellos también los extrañan –mi mamá pronunció aquellas palabras que nos calaron en el alma.

Hikari se secó las lágrimas, sonriendo con tristeza.

-¿También a ti te contaba esas historias mi tía Sora? –preguntó Kira, el hijo mayor de mi hermana, quien se parecía bastante a los Yagami- Mi mamá siempre nos contaba también del Digimundo y de mi tío Tai.

-Cierto –Haru, el niño menor, que se parecía un montón a Takeru, rio junto con ellos-, mi tío Taichi siempre era el que levantaba a todos cuando habían caído en una batalla.

Yo me sonrojé, sintiéndome extrañamente complacido por ello. Así que, para no sentirme más abochornado, para desviar un poco el tema, pregunté:

-Y… ¿a dónde querían ir?

Los niños querían continuar hablando, así que al parecer se molestaron un poco conmigo por no querer continuar con la historia del Digimundo.

-Queríamos invitarlos a desayunar –dijo mi hermana-, mi sobrino ya nos habló de algunos lugares.

-Bueno, entonces vamos, ya hace hambre.

Todos rieron un poco al darse cuenta de que era verdad.


Nos encontrábamos desayunando, o algo así. Yamato y mi hijo, al igual que Natsu, me prohibieron comer todo lo que yo deseaba, al final lo único que me permitieron probar fue un sorbo del café que, lamentablemente, pertenecía a Takeru. Un té y un pedazo de pan tostado con una untada de crema de maní, fue lo único que pude engullir.

-Papá es Juez de Distrito, tiene a su cargo todo el juzgado. Aunque yo quise estudiar medicina porque siempre me ha gustado y mi tío Joe me ha ayudado a conseguir las acreditaciones para alcanzar mi sueño.

Mamá parecía encantada con la idea de tener un médico en la familia. Mi padre parecía también orgulloso de su desempeño. Supuse que todo ese interés se debía a que él tenía la misma edad que yo cuando me fui. Quizá para ellos se había detenido el tiempo desde el instante en que me repudiaron al pensar que yo le había hecho aquello a Yamato. Quise enfadarme con aquel rubio idiota, pero ya no podía. Era como si él estuviese destinado a poner mi mundo de cabeza, a quitarme la esperanza, arrebatarme la felicidad y después, darme todo lo que deseaba, lo que con más desesperación quería.

Pero me negaba a aceptarlo, no quería volver a depender de alguien como él. Yo era libre, lo fui por tantos años, aunque perdí a mi familia por su culpa, conocí a Nana, tuve a mi hijo, viví con él por tantos años… pero me sentía solo. Mi hijo se iba a ir pronto, me dejaría completamente solo. Y no era que yo le tuviera miedo a la soledad, nacimos solos y moriremos igual, pero esa casa se volvería enorme sin él.

-…ichi… Taichi…

La voz de Yamato de pronto me trajo a la realidad. Lo volteé a ver, sorprendido por su tono de voz, parecía preocupado.

-¿Estás bien? ¿Te sientes mal? –me miraba detenidamente.

-Sí, estoy bien, lo siento –sonreí con condescendencia-. Pero sigo teniendo hambre, dame una probadita de tus hotcakes.

Él entrecerró los ojos, pero cortó un pedazo de aquel pan y me lo obsequió. El sabor inundó mi paladar, no creía que algo tan simple me iba a saber tan sabroso.

-Debí de haber hecho caso al médico hace tres años, cuando me dijo que debía tomarme en serio las vacaciones y dejara el café.

-No se valora la salud hasta que se pierde –dijo él y yo asentí con pesadumbre.

-Sí, seguro que ya no me quieres porque no puedo satisfacerte.

Recibí un pisotón de su parte y se sonrojó sobremanera cuando todos se quedaron callados al escuchar nuestra "conversación".

-Era más de lo que yo quería escuchar y saber –el hermano de Yamato entrecerró los ojos, demasiado molesto por mi comentario, parecía como si quisiera ahorcarme en ese instante-. ¿Cómo se les ocurre decir semejantes cosas enfrente de sus hijos?

-Estamos acostumbrados –dijeron Natsu y Taichi al mismo tiempo-, siempre lo hacen.

Yo sudé una gotita y Yamato se sonrojó aún más.

-¿No es traumático que su padre salga con otro hombre? –Takeru entrecerró los ojos, dirigiéndose a nuestros hijos.

-No –dijo Natsu-, todos mis compañeros lo saben, conocen al señor Yagami como mi otro papá, además siempre se están molestando –ella rodó los ojos-, es tan común para nosotros escucharlos pelear por cosas así.

-Ah, bueno… -Taichi hijo se sonrojó sobremanera-… mis compañeros conocen al señor Ishida como mi mamá…

El rostro de Yamato parecía un termómetro a punto de estallar de lo sonrojado que se encontraba al escuchar aquella "revelación", yo reí, ganándome un nuevo pisotón.

-Ouch… que temperamento –me molesté con su actitud infantil.

-¿De verdad te refieres a él como tu mamá? –Hikari se sorprendió- ¿No crees que a tu madre le molestaría?

Al escuchar aquello algo en mi corazón se removió. Aunque estuviéramos fingiendo salir, seguro a Nana no le gustaría aquello, ¿verdad?

-Bueno, mis abuelitos no estuvieron muy contentos cuando se enteraron que mi papá estaba saliendo con otro hombre, mucho menos cuando me referí al señor Ishida como mi mamá, pero optaron por no decir nada, puesto que mi papá ha estado solo por mucho tiempo después de que mi mamá falleció. Creo que al final lo aceptaron por eso mismo.

-¿Les dijiste a tus abuelos? –me levanté de mi asiento, sorprendiéndolo.

-Se me escapó, fue sin querer –él parpadeó, confundido con mi actitud-. No pensé que te fuera a molestar, de todos modos en algún momento se iban a enterar, ¿no?

Me senté inmediatamente, sumamente consternado; toda esa mentira se estaba volviendo una telaraña que me estaba enredando más y más en ella. Aunque, para ser honestos, eso no me interesaba; más de una vez había escuchado a mis subordinados manifestarse respecto a mis preferencias sexuales por no tener interés en mujeres, pero tampoco mostré interés en hombres; sin embargo, lo que no quería era amar a ese estúpido, no otra vez.

Me odié por ser tan idiota y no medir las consecuencias de mis actos y mis mentiras.

-De todos modos me hace feliz que el señor Ishida esté en la casa –mi hijo sonrió ampliamente-, llegas temprano, comes con nosotros, pareces más feliz. Al principio me puse celoso por ese cambio repentino en ti, pero me di cuenta que yo también cambié por ello. No comparo al señor Ishida con mi mamá, yo no la conocí, la guardo en mi corazón, pero me preguntaron cuál era la razón por la que con tanta desesperación deseaba llegar a mi casa cuando antes no lo hacía y sin querer les dije que era por mi mamá. Muchos al principio no comprendieron el asunto, hasta que se enamoraron de su comida; incluso algunos chicos del club insisten en que los invite a comer, pero me rehúso. Quizá si no fuera porque amo a Natsu, me pondría celoso de ella por tener al señor Ishida con ella.

Mi hijo parecía bombillo de navidad por lo rojo que se encontraba, pero Yamato… él comenzó a temblar. Al principio pensé que estaba molesto cuando se levantó de pronto y anunció que regresaría en seguida, pero pronto comprendí que las lágrimas pugnaban por salir de sus ojos.

-No digas esas cosas –Natsu le dijo a mi hijo-. Mi papá se siente culpable porque no estuvo con Hiro y conmigo cuando éramos niños, al escucharte decirle eso lo hiciste llorar.

Mi hijo se consternó inmediatamente, sintiéndose culpable.

-No te preocupes –dijo Takeru-, mi hermano no se molestó contigo, como dijo Natsu, se siente culpable por no haber estado con mis sobrinos, pero él pensó que lo más importante era darles algo material, por eso pienso que está contento en la casa de Yagami, porque pasa la mayor parte del tiempo que puede con ustedes. Sigue sin gustarme que salga con éste idiota –me señaló, haciéndome enfadar-, pero nunca lo había visto tan feliz, así que lo dejaré pasar.

Natsu soltó una risita.

-De verdad odias al señor Yagami, tío T.K.

Ella no sabía la razón, mi hijo sí, aunque los demás no sabían que él estaba enterado de la razón por la que Yamato y yo nos habíamos distanciado y nos guardamos resentimiento por tanto tiempo.

-No es que lo odie, ahora –corrigió-, pero sigo teniéndole mis reservas. Él sabe que si lastima a mi hermano voy a partirle el cuello.

Tragué saliva audiblemente, me preguntaba dónde había quedado aquel niño amable y sincero que era antaño.

Haru y Akira sonrieron con condescendencia, parecía que nunca habían visto ese lado de su padre. Mi hermana negó con la cabeza, quizá molesta por su actitud, pero no dijo nada, tan sólo hizo un mohín.

-Takeru, ya deja tu actitud hacia Taichi –Yamato se sentó a mi lado, tenía el rostro limpio y fresco, se lo había lavado-, no soy un niño.

El aludido se molestó con ello, parecía querer agregar algo, pero sabía que no debía hacerlo, mucho menos con los muchachos sentados a nuestro lado.

Comprendí su actitud inmediatamente. Takeru estaba molesto porque cuando violaron a su hermano él no pudo ayudarlo. Seguramente aún tenía presente su llanto, su miedo. Sabía que le tenía pavor a la oscuridad porque pensaba que aún estaba en el cuarto de aseo de gimnasio y que aquellos sujetos irían a lastimarlo, a burlarse de él, a mancillarlo.

Yo lo sabía, desde ese día, Yama necesitaba tomar medicamentos para calmar esas voces que a veces recordaba en medio de la penumbra, él quería olvidar, pero lo habían marcado en lo más profundo de su alma, habían grabado hasta en el más recóndito de sus pensamientos aquel sufrimiento.

Todos continuaron platicando, pero yo me preguntaba: si me enamorara de Yamato, ¿terminaría deseándolo? Y si, así fuera, ¿podríamos intimar? Cuando supe que estaba enamorado lo imaginé debajo de mí, ¿pero me dejaría empujarlo o terminaría llorando por el miedo?

Aquel pensamiento trajo a mi mente la escena que habíamos tenido en la mañana e incluso el tenue beso que me había dado meses atrás.

¿…en éste tiempo se te ha insinuado o algo?

Recordé las palabras de Mimi.

Eso significa que él tiene interés en ti, ¿no crees? A mi bella Sora ya ni siquiera la tocaba, ¿o acaso le gustan los chicos o acaso le gustas tú?

Quería darme de golpes en la mesa por pensarlo, estaba dándole demasiada importancia al hecho de que… ¡maldición! ¡Otra vez me había enamorado!