Capítulo 17

Sí, me había puesto histérico por nada y había actuado mal frente a nuestros hijos, pero a veces Yamato era tan molesto –me senté en la cama, con una toalla en el cuello-. ¿Por qué siempre tenía que poner mi mundo de cabeza?

Sin embargo, quizá me había excedido un poquito cuando me levanté, haciendo una rabieta, como si fuera un niñito.

La puerta se abrió lentamente, revelando su figura. Llevaba unos sándwiches en una bandeja, junto a una taza y una tetera, mientras me sonreía con suavidad.

-No vas a comprarme con comida –me crucé de brazos.

-No vine por eso.

Yamato se adentró y dejó la bandeja en el buró de mi lado de la cama.

-¿Entonces qué quieres?

-Sólo vine a charlar contigo tranquilamente.

El olor del contenido de la tetera me hizo entrecerrar los ojos.

-El café me hace daño –lo dije, aunque por dentro me moría por probarlo.

-Es café con leche descremada y descafeinado –me sonrió, mientras vaciaba un poco de su contenido en una taza.

Yo tragué en seco, de verdad que me estaba chantajeando.

-No quiero ir –me crucé de brazos.

Él me sonrió, pero me hizo tragar en seco; de verdad se veía molesto.

-Vamos a ir, porque yo lo digo, además me la debes por… -se sonrojó completamente-… por hacerme eso. Así que iremos a cenar en noche buena con mi hermano y tus padres. Y trágate tu café –me pasó una taza con aquel líquido, dejándome anonadado.

Abrí los labios, pero él me miró tan fulminantemente que decidí mejor hacerle caso.

-Eres peor que una esposa.

Gruñí y él sólo rodó los ojos.


El tiempo se había ido muy rápido –demasiado para mi gusto-, así que después de haber subido los obsequios para la navidad, miré la pantalla del gps en el parabrisas.

-¿Por qué tengo que ir? Pueden ir ustedes solos –hice un puchero, ganándome un "ligero" pellizco en mi brazo izquierdo.

Volteé a ver a Yamato, sumamente indignado, pero él estaba más que furioso conmigo. Me puse a regañadientes el cinturón de seguridad y salimos de la casa.


Bostecé cuando llegamos a la casa de Takeru. El viaje había sido bastante largo, aunque pareciera muy pequeño nuestro país.

Yamato y nuestros hijos se encontraban dormidos, así que sólo estacioné mi vehículo afuera de la casa de mi cuñado. Resoplé al pensar lo irrisorio que podía parecer aquello, ya que era el hermano de "mi pareja sentimental" y el esposo de mi hermana.

Me quité el cinturón y después bajé del vehículo, para tocar la puerta.

Unos segundos después, un chico, en extremo parecido a Takeru, me abrió la puerta.

-Tío Tai –dijo el muchacho-, ¡es mi tío Tai!

Unos pasos se escucharon y otro muchacho, parecido a mi hermana, bajó las escaleras de la casa, sonriéndome.

-Tío Tai –el chico saludó también-. Haru, ve y dile a mi papá que mi tío Taichi ya llegó.

-Pero yo quiero platicar con mi tío Tai –dijo el más pequeño de los hermanos.

Sonreí con condescendencia, ¿para qué querían conversar conmigo mis sobrinos?

-Tío Tai, ¿es verdad que tú tenías el emblema del valor y eras el líder del grupo? –preguntó Kira, el mayor de los hermanos.

-¿De cuál grupo? –parpadeé, algo confundido.

-¿Y cómo es Agumon? –preguntó Haru.

Ah, así que a eso se referían. Sonreí con condescendencia; después de todo tenía mucho tiempo sin saber de mis amigos en el Digimundo.

-Ya llegaste, hermano –Hikari, mi hermana menor, llegó, llevando un delantal-. ¿Dónde están mi cuñado y mis sobrinos?

-En el auto –señalé-, se quedaron dormidos.

Me di la vuelta, antes de entrar.

-Voy a despertarlos, antes de que se congelen.

Mi hermana sonrió, asintiendo.

-¿Nos vas a contar, tío Tai? –preguntó Kira.

-Sí, por favor –Haru jaló la manga de mi camisa-, quiero saber cómo era el Digimundo y cómo eran los demás digimons.

Hikari sonrió ampliamente, cerrando la puerta.

-Bueno, pues Agumon es como un pequeño dinosaurio anaranjado –reí un poco, mientras ambos chicos me acompañaban al vehículo-. Es muy glotón, quizá se parezca a mí.

-¿Y es igual de valiente que tú? –Kira volvió a preguntar.

-Es el más valiente de todos los digimons –dije con orgullo.

Abrí la puerta donde estaba Yamato, acariciando con suavidad su cabello, sobresaltándole un poco.

-Lo siento, te asusté –dije, mientras él me miraba, con algo de temor.

-Ah, eres tú –dejó escapar un suspiro-. ¿Ya llegamos?

Asentí y él se quitó el cinturón de seguridad, estirándose en su asiento.

-Hace frío –él volvió a acomodarse en su asiento, por lo que sudé una gotita.

-Despiértate ya, bastardo –dije, entrecerrando los ojos.

-No quiero –él se hizo bolita en el asiento.

-Te llevaré cargando, para que se burlen de ti nuestros sobrinos.

-No me importa –él se cruzó de brazos.

Hice un mohín y lo cargué en brazos, haciéndole sonrojar.

-Era broma, Yagami –intentó que lo soltara, pero no lo logró, así que lo llevé cargando todo el trayecto, hasta la puerta de la casa de nuestros hermanos-. ¡Suéltame ya, bastardo!

Yo sonreí con diversión.

-Déjame practicar para cuando nos casemos –después me quedé callado y dije con una cara de extrema seriedad-. No puede ser, por eso me trajiste a Tokio, porque querías casarte conmigo –dije, con falsa sorpresa.

-¡Ya déjate de tus bromas, Yagami! –la puerta se abrió, mientras Takeru nos miraba con algo de desconcierto.

-Ya cállense, van a llamar la atención de nuestros vecinos –dijo el hermano menor de Yamato.

Bajé a Yama de mis brazos, ganándome una mirada de enfado de Takeru.

-¿Por qué siempre son como dos niños ustedes dos cuando están juntos?

Hikari prorrumpió en carcajadas, despertando sin querer a nuestros hijos, los cuales se tallaron los ojos y se quitaron los cinturones de seguridad, para salir del vehículo.

-No sabía que ya habíamos llegado –Natsu se estiró, mientras peinaba descuidadamente su largo cabello y nos alcanzaba.

-El viaje se me hizo eterno –bostezó Taichi, caminando junto a ella.

Hikari les sonrió.

-Yo quería seguir platicando con mi tío Tai –Haru, el más pequeño de los hijos de mi hermana, hizo un puchero.

-Platiquen dentro de la casa, está haciendo frío –dijo ella.

Todos sonreímos con condescendencia, entrando en la casa.


Me había acomodado en un sillón y cerré los ojos, por lo que, cuando me desperecé, me di cuenta que me había quedado dormido.

Se escuchaban risas, así que opté por levantarme, encontrándome a mis padres charlando con Yamato, en la cocina de la casa de mi hermana.

-Ah, Tai, ¿cómo has estado? –mi padre estrechó mi mano con agrado y después me dio un caluroso abrazo, haciéndome sentir incómodo.

-Hola, bien, ¿y ustedes?

-Hola, cariño –mi madre me saludó también con un beso en la mejilla y me dio un abrazo-, ¿no te dio frío?

-No, estoy bien, gracias –sonreí con condescendencia-. Perdón, me quedé dormido y no escuché cuando llegaron.

-Lo notamos –dijo Yamato-. Mira cómo traes el cuello de la camisa –se acercó a mí y comenzó a acomodar mi ropa.

Mis padres se quedaron en silencio de pronto, mirándonos.

-¿Quién iba a pensar que al final se quedarían juntos? –dijo mi madre, con algo de dolor.

Yamato me soltó de pronto, sintiéndose culpable; por lo que, para molestarle, le di un beso en una de sus mejillas, que lo hizo enrojecer por completo.

-¡Yagami! –él cubrió su mejilla con una de sus manos- ¡Vas a traumar a tus padres!

Mis padres sonrieron con condescendencia al mirarnos.

-Lo sé, parecen dos niños –Takeru se asomó por el marco de la puerta, como corroborando lo que quizá estaban pensando mis padres-. Vamos a cenar, me muero de hambre.

Mis padres asintieron y se dirigieron al comedor.

-Esto ya se salió de control, ¿no crees? –me preguntó Yamato, a lo cual sonreí con condescendencia.

-Sabes que me amas, Ishida.

-Tú eres el que me amas a mí –dijo él, cruzándose de brazos y haciéndose el "digno".

-Quizá… -dije con una sonrisa juguetona, ganándome un leve sonrojo de su parte.

-¿Ah, sí? ¿Qué tanto? –me retó con la mirada, por lo que lo tomé del rostro y le iba a dar un beso en los labios, hasta que sentí un dolor tremendo en la cabeza, debido a un fuerte golpe.

-¡Que ya fuéramos a cenar, carajo! –Takeru me miraba con enfado- ¡Y tú, le haces algo a mi hermano en contra de su voluntad y te lo arranco, Yagami!

Sonreí con condescendencia, Takeru se veía realmente intimidante.

Nos arrastró a ambos a la mesa, sentándose entre los dos, ganándose una mirada de reprimenda de mi hermana.

-¿Y ahora por qué estás molestando a mi hermano y a tu hermano? –preguntó ella.

-Porque Taichi no desaprovecha ninguna oportunidad para llevar por el mal camino a mi hermano –Takeru me miró con recelo y yo sudé una gotita.

-¡Pero si son novios! Además ya están grandecitos como para cuidarse ellos solos –Hikari miró desaprobatoriamente a su marido-. Deja de meterte entre ellos.

Takeru no se movió, por lo que mi hermana entrecerró los ojos.

-Yo dormiré con Yamato –dijo Takeru-. Tai, tú puedes dormir afuera, con el perro.

-¡Takeru, ya estuvo bueno de tus arrebatos infantiles! –Hikari le miró con enfado- ¡Vuelves a hacer un berrinche y te saco yo a dormir con el perro!

Él se hundió en su asiento, mirándome con resentimiento.

-Entonces dormiré contigo, Tai –me sonrió, haciéndome abrir los ojos con sorpresa.

-Ni loco, quizá me asfixies mientras duermo –dije con horror.

-¿Cómo supiste? –él sonrió macabramente.

-Tai, ya deja de seguirle la corriente a mi hermano, por favor –dijo Yamato-. Y por favor, Take, no necesito de tu sobreprotección, Taichi y yo somos pareja y dormimos juntos todos los días, así que ya cálmate.

-Igual te estaré vigilando, Yagami.

Entrecerré los ojos al escucharle decir eso.

Nuestros hijos estaban riendo, quizá algo divertidos con esas peleas infantiles.

La cena no pasó a mayores; nos felicitamos, comimos hasta reventar –bueno, todos menos yo, porque Yamato no me dejó-, y entregamos los obsequios.

-Es la primera navidad que pasamos juntos, después de habernos separado tanto tiempo –me susurró Yamato y yo reí un poco.

-Lo único que nos falta es un muérdago, ¿no es esa planta que usan en América para besarse debajo de ésta y bendecir a la pareja?

Él rio un poco, asintiendo.

-Exageras las cosas –él intentó que pasara desapercibido, pero pude darme cuenta que se había sonrojado.

-No tenemos nada que perder, déjame darte un besito.

-Estás loco –él rodó los ojos.

-Sabes que quieres… -le sonreí, juguetonamente.

-Claro que no –parecía un bombillo de navidad, de color rojo.

-Cierra los ojos y déjame darte un beso.

Él volteó a otro lugar, apretando su mano derecha sobre mi pierna izquierda.

-¿Qué ganas con todo eso? ¿Tanto tiempo tienes sin hacerlo que te gusta molestarme?

Me enfadé un poco con su comentario, pero traté de hacerlo pasar desapercibido.

-Tienes miedo de que yo te lastime, ¿verdad? –él me miró, con mucha sorpresa- Como yo fui tu refugio, temes que te deje, igual que Sora.

Me alarmó un poco el que no me contestara, así que acaricié su rostro y él cerró los ojos.

-¿Por qué no piensas que yo soy el que podría tener miedo, Yamato? –él abrió los ojos con sorpresa, volteando a verme después- ¿Por qué no piensas que yo puedo ser el que vaya a sufrir más si te vas? No estás atado a mí, nada nos une. ¿Qué te dice que yo no podré enam…?

Él detuvo mis palabras, colocando su mano derecha sobre mis labios. Esas palabras no eran bien recibidas para él. Quitó entonces su mano, levantándose del asiento.

-Casi amanece, vayamos a dormir un poco, tenemos que regresar en unas horas.

Cerré los ojos. No estaba molesto con su actitud, ni siquiera entendía lo que sucedía conmigo. Enamorarme… de él.

Me incorporé de mi asiento, mirando la sala vacía, pensando para mis adentros que de verdad no quería enamorarme de él, pero a la vez…

-Estás frito, Yagami.

Había dicho aquellas palabras en voz alta, mientras quería golpearme a mí mismo. Quizá si él se fuera después de que nuestros hijos vinieran a vivir a Tokio, olvidaría esos sentimientos que poco a poco florecían en mi corazón… pero yo sabía y me dolía profundamente, el que no quería perderlo, que no quería que se fuera de mi lado.