Capítulo 19

Taichi se encontraba haciendo sus maletas cuando entré a su habitación. Me sentía viejo al ver a mi hijo partir para presentar el examen para la universidad, pero era una etapa que él debía vivir, no era quién para retenerle a mi lado.

Me senté en la cama, mirándole repasar una lista de lo que se llevaría a Tokio. Cuando él se dio cuenta de mi presencia dejó su libreta a un lado, sentándose junto a mí.

-¿Vas a extrañarme? –preguntó él.

-Claro que sí, mocoso, no tendré a quién molestar.

Él rio.

-¿Y a mamá? ¿No lo molestas a él también?

-No es lo mismo –afirmé yo.

De pronto nos quedamos callados y pude sentir un nudo en la garganta.

-Todavía me acuerdo cuando te llevaba a la guardería. Siempre era reprendido por tus maestros por ser el último de los padres en llegar. Una vez no alcancé a llegar –sin poder contenerme, comencé a llorar- y una de tus maestras te llevó a la casa. Llorabas con mucho sentimiento. Fui muy mal padre.

Taichi me abrazó, consolándome.

-Eres el mejor papá del mundo, tú me sacaste adelante solo, sin el apoyo de una pareja. Preferiste no tener novia para que no me maltrataran. Diste toda tu vida por mí.

-Te voy a extrañar mucho –me enjugué las lágrimas y mi hijo me sonrió.

-Yo también a ti, papá.

Le sonreí, aunque no quería que se fuera. Él se levantó y metió su libreta en la maleta que se llevaría, tan sólo para darme un abrazo a modo de despedida.

Después, salimos de su habitación para bajar las escaleras y entrar al garaje. Le ayudé a subir su maleta a la camioneta, mientras esperábamos a Natsu.

-Volveremos la próxima semana, para empacar nuestras cosas.

Me limpié la nariz y mi hijo sonrió con condescendencia, aunque por dentro se notaba que también le afectaba la despedida momentánea. Había crecido sin que yo me diera cuenta y sabía que él algún día se iría de mi lado.

-Estás muy confiado –dije, aunque por dentro yo también tenía plena confianza en sus habilidades.

-Pasaré el examen, estoy absolutamente seguro, además mi mamá me ha ayudado mucho en matemáticas, se lo debo.

Sonreí, revolviendo su cabello.

-Te quedarás en la habitación que Hikari y yo compartíamos, ¿verdad? –sonreí, cuando él asintió- Yamato y yo éramos vecinos.

Mi hijo parpadeó, algo sorprendido.

-Vivíamos en edificios cercanos.

-¿De verdad? –mi hijo dijo con una sonrisa- ¿Crees que los papás de mi mamá sigan viviendo ahí?

No pude evitar sudar en frío.

-Ojalá y no –al escucharme, él sudó una gotita.

-¿Los papás de mi mamá te guardan rencor por lo que pasó, papá?

-No me guardan rencor, Taichi –rodé los ojos-, me quieren matar. El Señor Ishida fue muy tajante al decirme que no me quería cerca de su hijo e incluso me amenazó de muerte –tragué en seco-. Si se entera de la relación que tenemos ahora Yamato y yo, me va torturar hasta la muerte.

Mi hijo sudó una gotita.

-¿En serio no te ha reñido Yamato por decirle mamá? –negué con la cabeza al decirlo- Incluso Koushirou se llegó a sentir extraño al principio cuando Seto le decía así.

-No –él sonrió, sorprendiéndome-. Quiero muchísimo a mamá y él lo sabe. Después de todo mi mamá falleció cuando era muy pequeño, por lo que no recuerdo mucho de ella.

Sudé una gotita, pensando en lo terrible que se pondría nuestra situación cuando Yamato y yo decidiéramos "separarnos". Taichi adoraba a Yamato, así que sería un golpe muy duro para él.

Natsu abrió entonces la puerta del garaje con lágrimas en los ojos, quizá Yamato y ella habían tenido la misma plática que nosotros. Aquel rubio idiota parecía consternado y triste, pero no había derramado una sola lágrima.

-Takeru y Hikari estarán atentos para irlos a recoger –dijo Yamato-, suerte en su examen.

-Sí, gracias –contestaron al unísono.

Subimos la maleta de Natsu a la camioneta y después abordamos todos, saliendo de la casa.


Después de haber dejado a nuestros hijos en la estación del Shinkansen y después de verlos abordar, nos dirigimos nuevamente a la casa.

-No te pongas triste, me tienes a mí para hacerte compañía.

La voz de Yamato estaba impregnada por la misma tristeza que yo sentía, algo que me hizo sonreír con amargura.

-Ya te dije que no quiero que tú y Taichi sean una razón para que continúe viviendo.

-No es tan malo, ¿sabes? –Yamato sonrió con malicia- Soy muy guapo y sexy, cualquiera querría que yo fuera una razón para que viviera.

-Ja, ja, ja… volviste a decirlo, idiota –reí un poco, mientras me dejaba caer en un sillón de la sala.

-Pero de verdad lo soy –él entrecerró los ojos, sentándose en un sillón contiguo.

Cerré los ojos, sintiéndome extrañamente inquieto.

-¿Qué harás ahora? –pregunté, llamando su atención.

-¿Hacer de qué? –me respondió con una pregunta, mirándome sin comprender a qué me refería.

-Natsu se irá a Tokio, ya no tienes ninguna razón para continuar aquí.

Él pareció darse cuenta de ello.

-No lo había pensado –dijo por fin-, pero si me voy tan rápido se darán cuenta que nosotros no tenemos nada.

-De hecho no somos amantes –le dije.

-Bueno, ¿pero eso no te traerá problemas?

Aquella pregunta me cayó como balde de agua fría; justo eso estaba pensando.

-Bueno, sí, pero no está bien que estemos juntos, me quedaré acostumbrado a ti y cuando te tengas que ir sufriré porque no tendré tu comida. Además, Taichi… él te adora, demasiado, para mi gusto.

Yamato soltó una carcajada, algo que me hizo enojar.

-¿Por qué te ríes? –entrecerré los ojos.

-Dicen que al corazón de un hombre se llega por el estómago, no te vayas a enamorar de mí.

-Ni que tuvieras tanta suerte.

Él rio un poco más, divertido con nuestra "riña".

-¿Te sentirás solo sin tu hijo?

-Tanto tiempo ha estado conmigo –dije con dolor-, pero no es mío, él tiene que salir a hacer su vida; aunque ya le advertí que no quiero sorpresas de ninguna índole o voy a ir a castrarlo.

-¿Tú a castrarlo? –Yamato entrecerró los ojos- Lo haré yo primero.

Nos quedamos viendo un momento y después prorrumpimos en carcajadas.

-Quién iba a pensar –dejé escapar un suspiro- que nuestros hijos se enamorarían.

-Igual que nuestros hermanos –puntualizó Yamato, algo que me hizo enfadar.

-Sí…

Me dirigí entonces a la cocina, yendo a preparar un poco de té, tenía un poco de hambre.

-Tai…

Volteé a ver a mi interlocutor, mientras éste sonreía, apenado, algo que me sorprendió.

-Cuando me preguntaste qué haría, pensé en regresar a trabajar en Estados Unidos, me han llovido propuestas por montones, pero…

Dejé la tetera de lado, sin comprender su actitud.

-… pero me gusta estar contigo.

Aquellas palabras, tan sencillas, tan espontáneas, tan normales, hicieron que saltara mi corazón.

-Puedes quedarte el tiempo que quieras, pero no está bien que te cobijes tanto debajo de mi sombra, Yama, en algún momento tienes que retomar tu camino –sonreí, llenando la tetera con agua y colocándola sobre la flama, después acaricié sus cabellos con suavidad, quizá sorprendiéndolo-. Todos deseamos continuar caminando hacia adelante. Después te volverás a enamorar y retomarás tu vida.

Él volteó a otro lugar, dejando escapar un suspiro.

-¿Cómo le hiciste para avanzar sin esa persona que considerabas sería tu compañera hasta el final de tus días? ¿Cómo pudiste encontrar la forma de estar con alguien más?

¿Con alguien más? Parpadeé sin comprender, yo no había pensado en la posibilidad de estar con otra persona, para mí había sido muy doloroso el amor.

-Taichi se volvió mi única razón –contesté.

Él me miró y después sonrió.

-Maduraste mucho, sin que me diera cuenta.

-Fui lo suficientemente maduro –me crucé de brazos- cuando tú te llevaste a Sora, aun sabiendo lo que yo sentía por ella. Sabías que la amaba y que preferiría su bienestar, aún si ella no quería estar conmigo.

-Lo sé, y lo siento –Yamato sonrió con algo de dolor y bajó el rostro, mirando sus manos-. Te he causado mucho sufrimiento.

-Bueno, pero eso ha quedado atrás, ya no me duele lo de Sora, aunque sigue siendo igual de hermosa que antaño.

-No te estarás enamorando otra vez de ella, de mi esposa –Yamato me enfrentó, se veía realmente molesto.

-Corrección –sonreí con altivez-, tu exesposa. Algo de tu propio veneno no va a matarte, aunque no, no pienso meterme con ella, Sora fue una amiga muy preciada, solté su mano y continué adelante, porque fue honesta conmigo, algo que le faltó al que antes era su esposo.

Aquel rubio estúpido hizo un mohín, era más que obvio que no le habían agradado mis palabras.

-He tratado de ser honesto.

-No discutamos por algo que ya pasó, Yamato, tú tienes las de perder y realmente no deseo pelearme contigo.

Él entrecerró los ojos y se quedó callado; sin embargo, ambos nos asustamos cuando la tetera comenzó a sonar, el agua estaba hirviendo ya.

-Tengo hambre, ¿a qué hora estará la comida?

-Ya comienzo a prepararla –dijo él, arremangándose la camisa.

Comencé a servir el té, mientras él sacaba verduras del refrigerador.

Nos quedamos en silencio, sin saber qué decir, o qué hacer. Al encontrarnos completamente solos en esa casa, sentíamos como si nos acabáramos de conocer, o comenzáramos una nueva vida "juntos". Mi corazón se oprimió; aunque quería que se fuera, que se marchara para siempre de mi vida, algo dentro de mí se aferraba a él, a su presencia. Quería que se quedara conmigo, no como una pareja ficticia. Aquel solo pensamiento me dolía, sabía que eso era imposible.

-¿Vas a volver temprano aunque ya no estén nuestros hijos?

Aquella pregunta me descolocó por completo. Su voz sonó baja, quizá estaba indeciso en formular aquella cuestión. Yo parpadeé y le miré fijamente, alqo que quizá le sorprendió.

-Lo intentaré, pero no esperes que sea siempre.

Él rio un poco, asintiendo.

Estaba molesto conmigo, no me explicaba por qué había tropezado con la misma piedra.

"¿Por qué crees que me gustaría salir con alguien como tú?"

Esas palabras, me habían marcado más de lo que había esperado.

"Lo siento mucho, ¿aún podemos ser amigos?"

La amistad puede convertirse en amor, pero el amor no puede convertirse en amistad, por lo menos no para mí.

-Voy a dormir un poco, mientras preparas la comida –sonreí, subiendo las escaleras, con mi taza de té en mano.

-Sí, está bien.

Yamato me miró detenidamente, antes de que saliera de ahí, para dirigirme a mi habitación.


Cuando abrí los ojos todo se encontraba oscuro. Me tallé los ojos y bostecé, sobresaltándome cuando sentí un movimiento en mi cama. Dejé escapar un suspiro cuando Yamato bostezó y me senté sobre el colchón.

-Casi me matas de un susto, Yamato –mascullé por lo bajo, sintiendo a mi corazón latir con rapidez dentro de mi pecho-. ¿Qué haces aquí?

-Lo… lo siento, no podía dormir.

Yo me volví a recostar, colocando mi mano derecha sobre mis ojos. Yamato cruzó sus brazos detrás de la nuca y miró hacia el techo.

-A veces, cuando no podía dormir, pensaba qué estarías haciendo.

La voz de Yama sonó a mi lado, como en un susurro.

-Y me preguntaba qué pasaría si nos volviéramos a encontrar.

-¿Por qué estás tan melancólico? –pregunté con una sonrisa.

-Lo siento, pensaba en aquel día cuando tú me encontraste en ese lugar –él cerró los ojos con fuerza-. Y me sentía triste, porque por mi culpa, por mis miedos, te quité la felicidad.

Yo sonreí y coloqué mi mano sobre su frente, sorprendiéndolo un poco.

-No te pongas sentimental, eso ya pasó. Esos infelices se están retorciendo en vida por sus malos actos, recuerda que la vida es un búmeran, todo lo que das, ya sea bueno o malo, se te regresa.

-¿Entonces… lo que te hice…?

-Creo que lo pagaste por adelantado, Yamato, además no te preocupes, las cosas pasan por una razón, los caminos de Dios son misteriosos, pero nadie sabe lo que nos depara el destino hasta que sucede. Además, yo ya te perdoné.

En ese instante mi estómago gruñó y me fijé en el reloj de noche que tenía en la mesita de noche que se encontraba a un lado de mi futón, pasaban de las dos de la mañana.

-Voy a comer un refrigerio –me intenté levantar, pero aquel rubio me detuvo-. Prenderé la luz, ¿sí?

Él me tomó con más fuerza y acaricié su cabello.

-No me dejes solo.

Me quedé sentado, mientras él se aferraba a mí. Ambos nos estábamos acostumbrando demasiado a la presencia del otro, pero sabía que ahí sólo había uno que tenía las de perder y ese era yo.

Siempre di lo mejor, siempre di mi vida y alma entera por mi ser más amado y tenía miedo de que aquella persona fuera Yamato, una persona capaz de darse la media vuelta e irse sin el menor remordimiento, sin el menor atisbo de tristeza.

-No hay nadie más aquí. Siempre iré a salvarte, Yamato.

-No te vayas, Tai, no me dejes solo.

Su cuerpo tembló ligeramente y yo le abracé con más fuerza.

-No estás solo, yo nunca te abandonaré.

Sentí de pronto un nudo en mi garganta al darme cuenta de aquella promesa. Sabía, algo me decía en mi interior, que esas palabras reflejaban aquellos sentimientos que me negaba a aceptar.