Capítulo 22
Me estiré en el asiento del taxi cuando regresé a Hiroshima. Tenía cerca de un mes fuera de casa, por lo que me sentía ansioso por dormir en mi cama.
Miré mi reloj de pulsera, sonriendo. Quería darle una sorpresa, por lo que le pedí al taxista me llevara al Juzgado de Distrito de Hiroshima.
Nuestros hijos tenían estudiando en la universidad cerca de un año, así que me había acostumbrado por completo a la compañía de Taichi. Y debido a mi dependencia a su contacto, había dejado paulatinamente de tener pesadillas, por lo que mi psiquiatra me recomendó una dosis menor de mis medicamentos.
Si bien, no quería admitir que de verdad me encontraba muy feliz durmiendo con él, tampoco quería menospreciar el espacio que él me daba en su vida.
Cuando llegué al juzgado, Kitasawa me recibió con un caluroso abrazo, algo que me sorprendió sobremanera.
-Señor Ishida, que bueno que llega, el Juez Yagami está de pésimo humor porque usted no estuvo en todo el mes. Apenas acabo de descubrir que era por su ausencia.
Sudé una gotita; ¿desde cuándo era tan indispensable en la vida de Taichi?
-Cuando no se alimenta bien es un tirano –ella se llevó amabas manos a la cadera.
Kitasawa se sentó en su escritorio, oprimiendo un botón de un intercomunicador.
-Juez, una persona sumamente atractiva pregunta por usted. ¿Le digo que se vaya?
-Ahora estoy ocupado –se escuchó la voz de Tai por el intercomunicador-, a menos que sea Terada el que quiera hablar conmigo, no me importa quién sea.
-¿Entonces le digo al señor Ishida que se vaya?
Se hizo un pequeño silencio.
-Ya te lo dije, mientras no sea Terada no me importa. Pero déjalo pasar.
Ella rodó los ojos y me señaló la puerta. Yo reí un poco, caminando a la oficina de Tai.
Cuando entré, él tenía cinco expedientes sobre su escritorio y bebía una taza de café.
-El café te hace daño –entrecerré los ojos.
-Tengo tres días sin dormir, necesito energías –dijo, como si nada-. ¿Necesitas algo?
-¿Es así como recibes a tu amante después de un mes de no estar?
Él me miró, con una gran interrogante en su rostro y después rio.
-¿Es así como llegas? Podrías venir a darme un beso.
Entrecerré los ojos al escucharle decir eso.
-¿Cómo te fue, Yamato? –le dio un sorbo a su café.
-Bien –me acerqué a su escritorio, quitándole la taza-. No debes tomar café. ¿Y por qué no has dormido?
-Tenía que aprovechar tu ausencia, así que llevé a un montón de gente e hicimos una orgía –lo dijo con un rostro tan serio, que me dejó pensando si eran ciertas sus palabras.
-Ya, es en serio –le fulminé con la mirada y él rio de lado.
-Estuve aquí en el juzgado. Shino vendrá y es una tirana.
-¿Shino…?
Justo al preguntar, la puerta de la oficina de Tai se abrió con estrépito y una hermosa mujer de largos cabellos castaño claro, bellos ojos verdes y piel blanca, entró en la oficina. Estaba ataviada en un traje sastre, con una falda corta y altos tacones. A pesar de su edad, se veía sumamente atractiva.
-Tai, mi amor, ¿cómo estás?
Taichi se levantó de su asiento, abrazando a aquella hermosa mujer, a modo de saludo.
-Kudo me dijo que te volviste a negar a aceptar por enésima vez, un lugar en la Corte Suprema de Justicia.
-Lo sé, Shino, pero es que no me gusta Tokio.
-Ay, seguro que esa persona ni siquiera se encuentra ahí.
Me sorprendí mucho cuando Taichi comenzó a sudar en frío.
-Bue…bueno… no… de hecho se encuentra aquí –me señaló-. Shino, te presento a Yamato Ishida. Yama –me dijo a mí, señalándome a esa mujer-… ella es Shino Amakuza.
Esa hermosa mujer me miró, casi fulminándome con la mirada.
-Yamato Ishida –apretó los puños y sentí como si de verdad quisiera matarme.
-Y es mi novio –Taichi se interpuso entre los dos.
-Ay no, espera… ¿novio? –ella se llevó la mano derecha a la frente, como si no lo pudiera creer- Yagami… -arrastró las palabras-… repite lo que acabas de decir.
-No te enojes, Shino –él de verdad parecía asustado-, Yamato es mi novio.
Un sujeto, de piel ligeramente bronceada, de ojos negros y cabello entrecano de color castaño, se detuvo en la puerta, mientras llevaba algunos expedientes en las manos.
-¿Por qué eres tan imbécil? –ella se llevó amabas manos a la cadera- ¿Qué crees que diría Nana?
-Lo sé… -él se mordió los labios.
-No puedo creer lo imbécil que puedes llegar a ser, Yagami.
Tai continuaba sudando en frío, pero aun así me protegía.
-Éste no es lugar para conversar sobre esto –dijo Tai.
-No puedo creerlo –ella se cruzó de brazos.
-Shino, por favor –Taichi endureció su voz y ella se fue a sentar a su escritorio.
-Bien, vine a revisar el juzgado del que estás a cargo, no a juzgar tu vida.
Taichi sudó una gotita.
-No me esperes para dormir –se digirió a mí. Nos vemos luego, ¿sí? –sin que pudiera preverlo, él me dio un sutil beso en los labios a modo de despedida, haciéndome sonrojar.
Salí de ahí, escuchando la puerta del despacho de Taichi, cerrarse a mi espalda. De pronto me sentí azorado, al descubrir que Kitasawa y el otro sujeto me miraban.
-¿La asociada Amakuza vino por la propuesta? –aquel hombre le preguntó a Kitasawa.
-Sí –ella se llevó ambas manos a la cadera-. De hecho escuché que lo quieren cambiar al Tribunal Superior de Hiroshima.
-Pues no debería de desaprovechar ésta oportunidad.
-Lo sé, señor Terada, pero ya sabe cómo es el juez.
-Sí, aunque no lo están llevando a Tokio –rodó los ojos-. De verdad no entiendo porque no le gusta la capital del país. Todos aspiran a estar en la Corte Suprema de Justicia y él se hace del rogar.
Kitasawa me miró por unos instantes y después se despidió de mí con un ademán de su mano.
-Cuídese, señor Ishida.
-Gracias, con permiso –me despedí de los dos y cuando iba a salir alcancé a escuchar:
-¿Quién es él? ¿El Juez es…?
-Sí, es su pareja –dijo ella, con una risita.
-¿Entonces sí fueron ciertas las especulaciones de todos?
-Pero no lo culpo, ¿ya vio lo atractivo que es el señor Ishida?
Me sonrojé, así que caminé más rápido, para salir pronto de ahí.
-¿Pero y su hijo? –preguntó él.
-Está encantado con él –ella rio-, he oído que cocina muy delicioso.
-Bueno, al corazón de un hombre se llega por el estómago –él también rio.
Me sentía sumamente abochornado; estaba el hecho de que esa mujer, Amakuza, quería fulminarme con la mirada, y por otra parte todos en el juzgado se habían enterado de que Tai y yo éramos pareja.
Dejé escapar un suspiro y tomé un taxi, después de todo, Tai no iba a llegar a casa en un rato y yo necesitaba descansar, ya que el horario de Estados Unidos y el de Japón era distinto.
Eran las nueve de la noche pasaditas, cuando la puerta de la entrada principal se abrió y Taichi llegó, arrastrando los pies, junto con esa mujer.
Me levanté de mi asiento, ya que me encontraba viendo la televisión en la sala de estar.
-Ya vine, Yama –él bostezó-, voy a tomar un baño, traje makizushi (es un tipo de sushi).
-Hola, buenas noches –dijo aquella mujer, arrastrando una maleta.
-Buenas noches –sudé una gotita.
Tai se dio la vuelta, para quitarle la maleta de las manos a la mujer y para llevarla arriba, dándole la bolsa en la que llevaba la comida a ella.
-Ya vuelvo.
Dijo él y ella se cruzó de brazos, sentándose en una de las sillas de la barra de la cocina, dejando el makizushi sobre ésta.
-Éste lugar luce diferente a como estaba antes –dijo ella, observando todo alrededor.
No dije nada, realmente me sentía intimidado por su presencia.
-Ésta casa la construyó desde cero Taichi. El diseño que tiene no es común –ella hizo un mohín-. Parece un poco una casa norteamericana, ¿no lo cree, señor Ishida?
-Sí…
-Yama… -se escuchó la voz de Tai en el segundo piso-… por favor ayúdame a acomodar la habitación de invitados para Shino.
Un tic nervioso apareció en mi ojo derecho. Entonces sí se quedaría.
-¿Cómo lo tomó Tai? –ella preguntó, así que supuse que se refería al hijo de Taichi.
-¿Tomar qué? –fingí no comprender su pregunta.
-El que un hombre entrara en la vida de su padre. Un hombre que no tuvo el menor remordimiento para sacarlo de su casa, para dejarlo sin nada.
Ella estaba enterada de la situación que se suscitó entre Tai y yo, más de lo que pensaba.
-Discúlpeme, voy a cambiar las sábanas… -me di la media vuelta, pero ella tomó mi muñeca derecha con fuerza, algo que me sorprendió.
-¿Qué es lo que hace aquí? ¿Por qué vino a buscarlo? –ella me miraba como si me quisiera matar- ¿Por qué ha venido? –me quedé de una pieza- Después de que Nana murió, Taichi dejó de creer en el amor, aunque era mentira, desde un principio él no creía en él, por culpa de usted.
Era palpable su enojo, aunque no lo comprendía del todo.
-¿Es que usted está enamorada de él? –ella me soltó inmediatamente, entrecerrando los ojos.
-Sólo somos compañeros de sexo –ella sonrió de lado-. Siempre lo fuimos, aunque el que usted esté aquí me molesta. No niego que me enamoré de él, pero la única que pudo entrar en su vida fue Nana, aunque ella no pudo hacer que se olvidara de usted.
Me encaminé a las escaleras, sintiendo su mirada como dagas atravesándome.
Subí entonces a la habitación de invitados, para cambiar las sábanas y ropa de cama de una de las camas. Después de unos minutos terminé, topándome en el pasillo a Tai, quien sonrió con condescendencia al ver mi incomodidad.
-Lo siento, no pude lograr que se quedara en un hotel. Por lo general se quedaba aquí.
-¿Ella sabe todo lo que pasó entre nosotros? –pregunté, sintiéndome molesto.
-Ella es mi mejor amiga –él carraspeó un poco.
Abrí los ojos con sorpresa.
-¿Y todavía sigues acostándote con ella? –no quería sonar como una esposa celosa de una amiga del marido, pero no pude evitarlo.
Él se quedó callado.
-Ya no… -volteó a otro lugar-. Ella fue como un soporte en mi vida cuando no estuviste tú.
Su voz me sorprendió.
-Perdí todo, no tenía qué hacer –sus ojos temblaron-. Después de reponerme un poco me fui de la casa de Joe, para terminar mis estudios aquí y encontrarme un trabajo de medio tiempo. Y ella me ayudó a encontrar un lugar en la vida después de conocerla. Aunque sea mandona no puedo sacarla de mi vida tan fácilmente.
Me remordió la conciencia, pero estaba celoso, aunque no quisiera admitirlo.
-No me acostaría con ella porque respeto mis relaciones, aunque sean ficticias –él me sonrió, con las mejillas un poco sonrojadas-. Además si me acuesto con ella estando contigo, ella descubriría que es mentira y haría hasta lo imposible por hacer que te fueras de aquí, incluso pedir favores a los yakuza (mafia japonesa).
Abrí los ojos como platos.
-Su padre es yakuza –Tai sudó una gotita.
-¿Pero con qué clase de gente te codeas? –pregunté yo, con sorpresa.
-Perdóname si soy un poco cariñoso contigo en estos días, necesito que ella se lo crea para que nos deje en paz.
-Me asustarás –dije con horror.
-Ella sabe lo que pasó, así que lo entenderá.
Antes de que pudiera reaccionar, él me besó, metiendo su lengua en mi boca. Lo intenté alejar, así que él se separó después de unos pocos segundos.
-Besos están bien, ¿verdad?
Él bajó, dejándome estupefacto al sentir un cosquilleo en mis labios, bajando hasta mi entrepierna.
Algo estaba mal conmigo para haber reaccionado así por un simple beso.
Los tres cenamos, aunque parecía que yo no existía en ese lugar, además de que no estaba muy versado respecto a los asuntos jurídicos. Ambos hablaban de jurisprudencias, expedientes, amparos y esas cosas que hablan los abogados.
-¿Y qué estudiaste, Yamato? –preguntó ella, quien ya tenía una que otra copa de sake encima.
-Soy doctor en ciencias –dije, tomando un poco de sake.
-Y estuvo trabajando para la NASA –dijo Taichi.
-Oh… -ella arrastró las palabras-… eres un cerebrito. Oye, ¿y ya lo hiciste con Taichi? ¿No te dolió? Está muy bien dotado.
Taichi se atragantó con el rollito de sushi que comía, así que sonreí con condescendencia.
-¡Shino, por favor! –nunca había visto tan avergonzado a Taichi.
-¿O te da miedo que te toquen los hombres? ¿O eres tú el de arriba?
Me sonrojé completamente por la pregunta.
-Shino, estás ebria, te llevaré a dormir –Taichi se levantó de su asiento, intentando llevarse a aquella mujer.
-Pero Yamato y yo estamos siendo tan íntimos –dijo ella, de verdad estaba ebria-. ¿Entonces no lo has hecho con él?
-Shino, deja de hacer esa clase de preguntas, ¿sí? –Taichi siseó con peligrosidad.
-¿Quién la tiene más grande? ¿Tú o Tai?
-¡Shino! –Taichi realmente estaba alarmado- Por favor, vete a dormir. Mañana tenemos trabajo.
-Pero quiero seguir hablando con Yamato –ella hizo un puchero-. Y no estoy borracha.
Taichi la miró, completamente incrédulo.
-Entonces deja de hacerte la borracha para preguntarle a Yamato.
-Pensé que así me tendría más confianza –ella hipeó un poco, así que yo no le creí que estuviera sobria, además estaba bastante sonrojada.
-No lo hemos hecho –Taichi parecía enfadado-. No quiero forzar a Yamato, ¿estás contenta?
-Pero ya tienen mucho tiempo juntos, ¿no? –preguntó ella.
-Tú sabes lo que pasó, Shino –Taichi se veía realmente molesto-, así que no quiero dañarlo.
-¿Pero estás con una persona con la que quizá nunca podrás intimar? –preguntó ella.
-No quiero a Yamato sólo para eso –él dejó escapar un suspiro-, estoy conforme con nuestra relación actual.
Ella se levantó de su asiento, tambaleándose un poco, pero negando la ayuda de Tai.
-Que aburridos son ustedes dos. La verdad yo no desaprovecharía la oportunidad con Tai, pero allá tú, Yamato.
Ella se fue escaleras arriba y Tai y yo nos quedamos solos.
-Lo siento –él dejó escapar un suspiro, mientras volvía a sentarse y continuar comiendo-, a veces no puedo callarla cuando bebe alcohol.
-Ella de verdad sabe todo lo que pasó –realmente me sentía incómodo.
-Lo siento –él se llevó amabas manos al rostro, para cubrirlo-, estaba muy dolido en esos momentos. Te odiaba demasiado como para no despotricar en tu contra.
-Ya veo porque me odia –miré con enfado a Tai-. ¿Cuándo se va a ir?
-Voy a hacer todo lo posible porque se vaya mañana a un hotel.
Él destapó su rostro y después me miró detenidamente.
-De verdad lamento lo ocurrido, Yama.
-¿Y entonces de qué tamaño la tienes, Taichi? –pregunté, estaba molesto.
-¿Tú también vas a empezar con esas cosas? –él entrecerró los ojos.
-¿Por qué todos piensan que yo soy el de abajo siempre? –hice un mohín- Aunque tú eres el que a todo momento quiere hacerme cosas.
Él se quedó en silencio y después sonrió con condescendencia.
-Lo siento, eres muy lindo –él rio un poco, haciendo que me sonrojara.
-¡Cállate, estúpido! ¡Qué clase de hombre de cuarenta años de edad quiere que le llamen lindo!
Me levanté de mi asiento, completamente azorado.
-Ayúdame a recoger las cosas –le ordené, para desviar el tema, pero él se levantó de la silla, sólo para acorralarme contra la pared del comedor.
-Si quieres ahorita los medimos erectos, uno contra el otro.
Lo alejé, sintiéndome perturbado.
-Ya, Taichi, por favor, les creo que lo tienes más grande, ya me quiero ir a dormir.
Él rio un poco, alejándose, para comenzar a recoger los platos y llevarlos al fregador.
-Pero si sigues con la duda lo comprobamos –él rio mientras lo decía.
Le lancé una mirada molesta, antes de continuar limpiando.
