Capítulo 31
Dejé escapar un suspiro mientras intentaba concentrarme en la visita de inspección, pero no podía. Kitasawa, al igual que mis subordinados, me miraron con algo de sorpresa, hasta que mi secretaria de acuerdos entrecerró los ojos, molesta por mi actitud.
Su nombre era Kana Yoshida, una mujer de sesenta y dos años de edad, de apariencia tranquila, amables ojos marrones y cabello negro entrecano; su piel era ligeramente tostada y su personalidad era un poco rígida para mi gusto, pero esa actitud no le quitaba la amabilidad con la que trataba a todos.
-¿Le sucede algo, Magistrado? –aquella mujer me miró tan profundamente, que me hizo parpadear.
-Lo… lo siento –me sonrojé, sin poder evitarlo, por lo que varios de mis subordinados rieron un poco.
-Por favor concéntrese –me dijo, con una voz cargada de enfado.
Yo dejé escapar un suspiro. En primer lugar no había podido dormir y luego estaba el hecho de que Yamato se había ido…
Hice un puchero y me mordí los labios, a lo que Kitasawa dejó escapar un suspiro.
-No se ponga así con él, doctora Yoshida –había dicho mi secretaria-, después de todo acaba de romper con su novio.
-¿Con el señor Ishida? –ella dijo, con mucha sorpresa- Ah, ya veo.
Abrí los ojos con sorpresa. ¿Cómo se habían enterado de mi relación con Yamato?
-No ponga esa cara -me dijo la secretaria Yoshida-, es muy obvia su relación.
Iba a decir algo en mi defensa, pero Riku Takahashi, un hombre de treinta y tantos años, de cabello castaño claro, ojos azules y piel blanca, quien era el encargado de los procesos dentro del juzgado, me llevó el acta para que la revisara.
-Si no se siente bien, la doctora Yoshida y yo podemos terminar de revisarla, señor –dijo Takahashi-, después de todo cuando esté lista, puede leerla con calma, usted tiene muy buena memoria, se acuerda de todos los asuntos. Descanse un poco.
Mi secretaria de acuerdos se cruzó de brazos, pero después asintió.
-Éste no es usted, señor Magistrado –Yoshida me sonrió con suavidad-; descanse un poco, quizá cuando se despeje podrá concentrarse.
Ellos salieron de ahí y yo dejé caer mi frente sobre el escritorio, haciendo sonreír con condescendencia a Kitasawa.
-¿Va a presidir las audiencias, señor Magistrado?
No supe si afirmar o negar. Por un lado estaba mi sentido de la responsabilidad, y por el otro estaba el vacío que sentía en mi alma.
-Desearía poder arrancarme el corazón para no sentir nada –apreté los puños y ella me miró con comprensión-. Tantos años libre y ahora me enredo con la peor persona de la cual pude haberme enamorado.
Ella se acercó a mi lugar y extendió sus brazos para darme un abrazo, pero yo le sonreí, negando.
-Ya arreglamos nuestras diferencias –ella bajó los brazos y después rio un poco.
-¿Entonces por qué está…?
-El bastardo de todos modos se largó –yo hice un mohín de disgusto-. Un año no va a estar aquí. Un año… un año en el que no podré verlo amanecer a mi lado, un año que no voy a poder besarlo ni…
Ella carraspeó un poco.
-Demasiada información –se cruzó de brazos-. Bueno, por lo menos ya se arreglaron y eso me da gusto por los dos. Tómelo por el lado amable.
-Mátame ahora –le pasé un abrecartas y ella rodó los ojos.
-No sea dramático, Magistrado Yagami; si arreglaron sus diferencias eso quiere decir que debería de estar más tranquilo.
-Pero se fue –me crucé de brazos-, me dejó. Ese bastardo siempre pone mi mundo de cabeza.
Kitasawa volvió a reír y después se encaminó a la puerta.
-Quizá debería de hacer lo mismo y marcharse de aquí, irse a Tokio, ahora que nada lo retiene.
Entrecerré los ojos.
-Tokio me recuerda cosas malas –entrecerré los ojos.
-Cosas malas que han quedado atrás –ella sonrió, antes de salir.
Irme a Tokio no era una opción. Me gustaba Hiroshima y, aunque el superior Kudo me hubiese ofrecido la oportunidad de estar en la Corte Suprema de Justicia, yo no quería dejar mi casa, aunque tenía que reconocer que quizá Kitasawa tenía algo de razón.
Bostecé cuando llegué a la casa después de un día de arduo trabajo. Natsu y Taichi se encontraban comiendo tranquilamente, junto a Tetsuhiro, el hijo de Kitasawa, un niño de nueve años, cabellos negros, de ojos grises y de piel tan blanca como la nieve.
-Hola, tío Taichi –Tetsu me sonrió.
-Hola, pequeño, ¿has cuidado bien de Tai y de Natsu?
Él asintió, continuando de engullir sus alimentos.
-¿Cómo te fue, papá Taichi? –me preguntó Natsu, aunque se veía que se encontraba triste.
-Bien…
Mi hijo ni siquiera me volteó a ver, aunque ya sabía que estaría molesto conmigo.
Dejé escapar un suspiro, mientras me sentaba junto a ellos; sin embargo, el teléfono de mi casa sonó, por lo que a regañadientes me levanté y contesté, encontrando en la pantalla a mi superior Kudo.
-Se ha regado la noticia, Yagami.
-¿Cuál noticia? –sudé una gotita, ni siquiera me había saludado.
-De que has roto con tu novia. Así que ya no tienes nada que te ate a Hiroshima. Mandé mi propuesta y están felices con cambiarte para acá como Magistrado del Tribunal Superior de Tokio. Después de todo necesitamos de alguien competente que se haga cargo del Tribunal. No sabes, hay un revuelo con el actual magistrado por ser un inútil. Shino está encantada con mi propuesta y pues en estos días te llega el cambio. Ya hemos propuesto a quien te suplirá. Es todo, Yagami. Ve buscando ya una casa o departamento en Tokio. Nos vemos.
Me quedé de una pieza cuando él me colgó y no me dejó reclamar nada.
-¿Eso quiere decir que te irás a Tokio con nosotros? –Natsu me preguntó y las lágrimas escaparon de sus ojos, por lo que los limpió y después sonrió con tristeza- Será genial. Podemos estar los tres juntos, como una familia.
Hice el atisbo de acercarme a ella, para abrazarla y darle consuelo, pero Taichi impidió que me acercara a ella. Él estaba todavía molesto por las palabras que dije cuando me pidieron una explicación.
Me volví a sentar en la mesa y Tetsu me sonrió con tristeza.
-¿Te vas a ir, tío Tai?
-No es una decisión que yo haya tomado –dejé escapar un suspiro.
-¿No te vas a llevar a mi mamá ésta vez?
Parpadeé, sorprendido con su pregunta.
-No sé si ella vaya a querer, ésta vez es en otro distrito, en otra prefectura. Ella ha sido mi secretaria desde hace un largo tiempo, pero la decisión es de ella, Tetsu.
Él hizo un puchero y los ojos se le anegaron de lágrimas, mientras me abrazaba.
-No quiero que te vayas, tío Tai. Te quiero mucho.
Mi hijo entrecerró los ojos, pero no estaba celoso, sino molesto conmigo por las circunstancias en las que estábamos inmersos.
-No llores, Tetsu, hablaré con tu mamá, ¿si?
Él asintió y se enjugó las lágrimas.
Me aclaré la garganta y continué comiendo mis alimentos, hasta que alguien tocó a la puerta, seguramente sería Kitasawa para recoger a Tetsu.
El niño se levantó de su asiento y preguntó quién era, antes de abrir la puerta. Ella entró en seguida, sonriéndonos, con algo de incomodidad.
-¿A qué se debe ésta atmósfera tan pesada?
-Han propuesto a mi papá para que sea Magistrado del Tribunal Superior de Tokio –dijo Taichi.
-¡Qué! –Kitasawa comenzó a quitarse los zapatos, para ponerse unas pantuflas de invitados y entrar a la casa- ¿Y cuándo…? –ella se mordió los labios.
-Me dijo el superior Kudo que en estos días me llega el cambio –hice un mohín-. Siempre haciendo sus cambios, sin preguntar, ni pedir opinión.
Ella se sentó en la mesa, mientras Natsu le alcanzaba un plato y unos palillos para que comiera junto con nosotros.
-Ésta vez no voy a pedirte… -ella no me dejó terminar de disculparme, puesto que me miró con enfado.
-Tiene que llevarme, mi madre estará mejor allá, después de todo, los mejores hospitales están en la capital del país.
Sudé una gotita y yo sonreí con condescendencia.
-¿Cómo ha estado ella? –dije con preocupación.
-Está un poco mejor –ella me sonrió-. Pero creo que estaría mejor en la capital, porque toda nuestra familia vive allá, por eso será mejor para nosotros mudarnos. Ojalá pudiera llevarme con usted –ella sonrió.
-¿No sería mejor que aquí te propusiera como fiscal? –sonreí y ella negó con la cabeza.
-Me gusta estar cerca de usted, Magistrado Yagami –ella me sonrió-, le guardo mucho aprecio por ayudarnos tanto a Tetsu como a mí; además, no tengo el estómago que tiene usted, como para ser fiscal.
Yo sonreí con suavidad, asintiendo.
-Mañana regresaremos a Tokio, para buscar un apartamento dónde vivir –me dijo mi hijo-. Con tres habitaciones, una cocina, dos baños, una sala de estar, un lugar espacioso, como a ti te gustan.
-¿Qué harás con ésta casa, papá Taichi? –me preguntó Natsu y yo apreté los labios.
¿Qué iba a hacer con mi casa? La quería muchísimo, me había costado mucho construirla cuando era fiscal. Cada vez que iba subiendo de puesto e iba ganando más, le hacía modificaciones, hasta mantenerla en el estado en el que se encontraba actualmente. Esa casa mantenía muchos recuerdos de cuando Taichi fue creciendo. Esa casa era muy importante para mí.
-La venderé –dejé escapar un suspiro-. Ya no hay nada que me ate a ella.
Kitasawa me sonrió y después asintió.
-¿No está actuando como una chica que se corta el cabello después de una ruptura amorosa?
Un tic nervioso apareció en mi ojo derecho y después la miré con enfado.
-Es un buen cambio –ella me sonrió-, después de todo ya ha perdonado su pasado. Camine hacia adelante ahora.
Sonreí con tristeza.
-Mejor consérvala –la voz de mi hijo me sorprendió-. Será genial venir de vez en cuando en las vacaciones, y para visitar a mi mamá… -su voz se quebró-… a mi mamá Nana –sus ojos se anegaron en lágrimas y eso me hizo sentir un poco culpable.
El evocar el recuerdo de Yamato estaba lastimando a mi hijo, pero no podía decirles así como así que habíamos arreglado nuestras diferencias, después de todo ambos les dijimos que todo había sido una farsa, una vil mentira de nuestra parte y seguramente no me creerían.
-Tienes razón –asentí-. Volveremos de vez en cuando. Quizá cuando me jubile, pase aquí los últimos días de mi vida, en ésta tranquila casa que mandé construir con los asuntos que gané y con mi salario.
Él asintió, pero no sonrió.
-Aunque tengo un grave problema que arreglar –sonreí con algo de molestia-, seguramente habrá veces que no podré llegar a dormir.
-¿Por qué? –Taichi preguntó, llamando mi atención- ¿Andarás con alguien "ficticio" otra vez?
-Tai… -Natsu lo reprendió.
-Por mi trabajo, Taichi –entrecerré los ojos mientras aclaraba la situación-. No quiero ningún problema con ustedes o con Yamato por…
Mi hijo se levantó de su asiento y me miró con odio, algo que jamás pensé que ocurriría.
-¡Te odio! –gritó, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas- ¡No lo menciones, no mereces decir su nombre!
Kitasawa me miró con preocupación, pero en silencio tomó las cosas de Tetsu y se alejó con él para marcharse, despidiéndose sólo con un ademán de su cabeza, sabiendo que aquello era una rencilla familiar que debía arreglar yo solo.
-¡Hubiera sido más fácil para mí que sólo fuera mi suegro, o el padre de Natsu, pero no mi…!
-Tú fuiste el único que le puso ese adjetivo a Yamato, no yo. Sé que estás molesto, pero era mejor que no siguieras viviendo esa mentira. Él y yo hicimos ese trato para que sus padres y los míos aceptaran que viviéramos bajo el mismo techo.
-¡Pero me mentiste!
Cierto, le había mentido y me estaba ganando a pulso aquellas miradas de odio que me estaba lanzando, pero seguía siendo su padre, así que todavía me merecía un poco de respeto.
-¡Voy a seguir viviendo con mis abuelitos Yuuko y Susumo, no quiero estar contigo!
Él se fue escaleras arriba, dando fuertes pisadas. Natsu me miró por unos instantes y, antes de que mencionara algo, detuve sus palabras con las mías.
-No, es mejor que tú también estés con tus abuelos, Natsu, después de todo casi no me verás.
Ella me miró con dolor, preocupada por mí.
-Estaré bien, no te preocupes –acaricié sus cabellos y las lágrimas escaparon de sus ojos.
-Por favor cuídate, papá Taichi –ella se levantó de su asiento y me abrazó-. No vayas a descuidar tu salud, ¿si?
Dejé escapar un suspiro.
-No soy un niño, Natsu, estaré bien.
Ella me sonrió y limpió mi rostro, aunque no estaba seguro por qué, hasta que me di cuenta que yo estaba llorando.
-¿Por qué no le explicas a Tai que tú te estás muriendo sin él?
Se me hizo un nudo en la garganta, ella era demasiado perspicaz.
-De nada sirve, si no va a volver a mi lado.
-¿Ya hablaste con mi papá? ¿Por eso te fuiste ayer?
-Terminamos en buenos términos –asentí.
-Pero no quieres decírselo a Tai, porque… -aquel comentario casi fue a modo de pregunta.
-No va a creerme, se va a enojar más conmigo por ello.
Natsu se alejó de mí y después comenzó a caminar escaleras para arriba.
-¿Ya pensaste lo que les vas a decir a mis abuelitos?
Abrí los ojos como platos, el señor Ishida me iba a matar.
Cuatro días pasaron, cuando llegó mi cambio. Todos en el Tribunal se encontraban apesadumbrados, pues se habían acostumbrado a mi ritmo de trabajo. Y como siempre, había sido "irracional" para Shino cuando puse de condición llevarme a mi secretaria.
-Te sabe demasiados secretos, Taichi –me dijo Shino por teléfono-, por eso te la llevas a todas partes.
-Es porque es eficiente –rodé los ojos-, además ella también es abogada.
-¿Y qué es eso de que terminaste con Yamato? No me digas que estabas fingiendo…
Sus palabras me calaron en lo más profundo y las lágrimas escaparon de mis ojos sin que pudiera evitarlo.
-Él es un estúpido engreído que no piensa las cosas antes de ejecutarlas y se fue a América sin consultármelo. Mi hijo está enojado conmigo y su hija decidió quedarse aquí porque está mi hijo. Me siento solo por las noches, lo extraño mucho… -hipeé y ella suavizó su voz.
-Eso te pasa por enamorarte de él otra vez –dejó escapar un suspiro-. ¿Va a volver?
-En un año.
-Entonces no hagas tanto escándalo. Después de todo es un doctor en ciencias y necesita hacer algo por su vida que no sea estar jugando al ama de casa para ti. Es un ser humano también, libre de tomar sus propias decisiones. Quizá un año te parezca mucho tiempo, pero se pasará rápido.
-Eso lo dices porque no viviste con él –dejé escapar un suspiro.
-Tienes suerte que tus subordinados te tengan tanto aprecio, y de que no se haya colado la información de que "tu novia" realmente es un "novio". Además silenciamos fácilmente a Wada, aunque ahora que serás cambiado a Tokio, dudo mucho que vaya a quitar el dedo del renglón contigo.
Hice un mohín. No quería tener nada que ver con Wada. Siempre me había parecido una persona sumamente peligrosa y ya lo había comprobado. No tenía moral y tampoco pensaba las cosas antes de decirlas.
-Por lo menos es bueno en su trabajo, así que el Juzgado de Distrito no te dará un dolor de cabeza, sólo su Juez.
-Gracias, Shino, no necesito tu sarcasmo –entrecerré los ojos.
-¿Ya conseguiste un lugar para vivir?
-Sí, Taichi y Natsu ya se hicieron cargo.
-De vez en cuando sal a comer conmigo, ¿si?
-Trataré –sonreí con condescendencia.
-Cuídate, Taichi. Nos vemos acá.
-Sí, hasta pronto.
Ella me colgó y yo miré hacia el techo de mi despacho. No me gustaban los cambios tan radicales, pero quizá así me olvidaría por unos instantes del calor que había perdido cuando él decidió irse.
Mi despedida de Hiroshima fue muy emotiva. Tanto el Juzgado de Distrito como el Tribunal Superior, se reunieron para hacer una fiesta de despedida. Todos mis colegas me dieron un sinnúmero de felicitaciones y me desearon lo mejor, tanto a mí como a Kitasawa. Les agradecí profundamente por su amistad y también por su silencio; ellos entendieron inmediatamente a lo que me refería.
-Es una lástima que haya roto con el señor Ishida –me dijo Terada-. Cuando probé su comida supe por qué decidió quedarse con él.
Todos prorrumpieron en carcajadas.
-Le deseamos lo mejor en Tokio.
Dijeron al unísono y me hicieron reír.
-Los voy a extrañar a todos –levanté mi vaso y todos brindaron conmigo.
-Y nosotros a usted –dijo Yoshida, quien había sido mi última secretaria de acuerdos-. Mis mejores deseos, se llevan a un excelente elemento.
-Doctora Yoshida, hará que me sonroje –dije y ella soltó una risita.
-Si yo fuera unos veinte años más joven, Magistrado Yagami.
Rodé los ojos, pero estaba sonriendo por su comentario, todos traían un poco pasadas las copas.
-Doctora Yoshida, de verdad hará que me sonroje –reí un poco, al igual que ella.
Miré a Kitasawa y ella me sonrió.
-Que éste cambio sea para bien –brindó conmigo, haciéndome reír.
-Ojalá así sea –la abracé con fuerza y ella sonrió con mucha felicidad.
Quería tomar de buen humor el cambio, pero aún así me sentía inquieto por ello. Quizá si Yamato estuviera conmigo yo no estaría tan indeciso.
El trabajo en Tokio era mil veces peor. Hiroshima era un lugar tranquilo, pero Tokio era la ciudad capital de nuestro país, obviamente el trabajo era mucho más pesado. No tenía ni dos días ahí y ya me quería regresar.
-Es muy pesado, ¿verdad? –Kitasawa entró a mi oficina, asustándome un poco- Es porque aún no se acostumbra al ritmo.
-Consígueme una nueve milímetros para volarme la cabeza –le dije, entrecerrando los ojos, mientras me encontraba detrás de una montaña de expedientes.
-Ya le dije que es mientras se acostumbra –ella sonrió con condescendencia, pero después carraspeó un poco-. Por cierto, afuera lo busca un señor mayor muy atractivo.
La miré, negando con la cabeza.
-Me dijo que se llama Hiroaki Ishida –ella sudó una gotita al ver mi expresión.
Me levanté de mi asiento, caminando hacia la ventana de mi despacho para abrirla, mientras miraba al vacío.
-¿Es el padre del señor Ishida? –ella preguntó.
-Es muy tarde para que me consigas la nueve milímetros –dije con horror-. Dile a mi hijo que lo amo –intenté lanzarme por la ventana, pero ella me detuvo.
-No sea exagerado, no se veía molesto.
-Quería que nadie se diera cuenta de sus intenciones –dije, haciendo un puchero-. Si me lanzó del edificio moriré sin sentir tanto dolor.
-Ya deje de estar exagerando todo, Magistrado –ella entrecerró los ojos-. Sea un hombre y enfrente sus miedos. ¿Cómo es que está en ésta alta posición si le tiene miedo al padre de su novio?
Miré a Kitasawa, sintiéndome herido. ¿Me había dicho que era un cobarde? ¿Qué le diría a mi amigo Agumon si un día volvía a verlo? ¿Le diría que había sido un cobarde después de que nuestros caminos se alejaran?
-Tienes razón –dije con decisión-, Agumon se sentiría decepcionado de mí si supiera que fui un cobarde toda mi vida. Dile que entre.
Me fui a sentar a mi lugar y ella soltó una risita, pero no quise indagar el por qué se estaba riendo.
El señor Ishida pasó unos segundos después, mirándome con algo de condescendencia al darse cuenta de la carga de trabajo que tenía.
-Hola, Taichi, ¿cómo has estado? –se sentó en la silla que estaba frente a mí, sonriéndome con aprecio.
-He estado en mejores situaciones –dije, aunque de verdad que quería salir huyendo-. ¿Y ustedes?
-Nosotros estamos molestos –lo dijo con tanta tranquilidad, que pensaba que de un momento a otro comenzaría a arder como un demonio y lanzaría sobre mí una maldición-. No puedo creer que nos hayan mentido de esa manera.
Llevé mis manos a mi rostro para cubrirlo. Él de pronto me había recordado que otra vez estaba solo, que Yamato se había ido y que había soltado mi mano, a pesar de los esfuerzos por retenerlo.
-Pero sólo era una mentira de Yamato, ¿verdad? –él dejó escapar un suspiro- No debiste enamorarte de él si sabías que…
-Es más fácil decirlo que hacerlo –encaré al señor Ishida-; si usted hubiera estado enamorado de él por tanto tiempo y después volviese a su vida y se quedara con usted para llenar un gran vacío en su vida, quizá me entendería. Pero él decidió irse cuando se dio cuenta de mis sentimientos. ¡Siempre huye cuando se siente indefenso ante los demás! ¡Pensé que había sobrepasado eso y que había cambiado cuando regresamos del Digimundo! ¡Pensé que, cuando estaba con sus amigos, él había aprendido a confiar en los demás! ¡Siempre pensé que él había cambiado, pero esos infelices envolvieron en oscuridad su corazón y formaron una coraza impenetrable! ¡Aunque hayan pasado tantos años esos infelices aún siguen haciéndonos daño!
Volví a cubrir mi rostro.
-Ya estoy cansado de luchar contracorriente cuando se trata de Yamato –dije, entrecerrando los ojos-. Siempre tengo que salvarlo, siempre tengo que ser yo quien deje más por él. Y él, a pesar de mis esfuerzos, puede soltar fácilmente mi mano, sin mirar atrás ni una sola vez, para que se diera cuenta del dolor que causa en mi vida. ¡Le dije… -volteé a ver con enfado al señor Ishida, así que él se sorprendió un poco-… le dije que no quería que él se volviera una razón para que yo viviera! ¡Le dije que se fuera antes de lastimarnos con su ausencia! ¡Le dije eso, previendo éste escenario! ¡Mi hijo no me dirige la palabra porque le mentimos y él también…! –mi voz se quebró y de pronto las lágrimas fluyeron, ya no las pude ni quise detenerlas- ¡Y él también lo amaba!
Mi cuerpo tembló.
-Cuando te vi tan reacio a aceptar que estabas con mi hijo porque lo amabas, pensé que algo estaba mal –el señor Hiroaki negó con la cabeza-. Tienes razón, cerró su corazón a todos después de que le hicieran daño, incluso a Sora, incluso a nosotros. Era como si estuviera dentro de una burbuja, como si no pudiera creer o confiar en alguien.
Volteé a ver directamente al señor Ishida y él me sonrió con algo de comprensión.
-Contrario a lo que seguramente pensabas, vine a visitarte para saber cómo te encontrabas después de la ruptura con mi hijo. Yo sé lo mucho que lo has amado todo ése tiempo, así que quería saber cómo estabas. Si mi hijo estaba fingiendo, estaba completamente seguro de que tú no. Sé que lo amas, que siempre has tenido un fuerte sentimiento por él y que eso es lo que te lastima. Por eso quería saber cómo estabas, después de todo tú fuiste el salvador de mi hijo.
Él se levantó de su asiento y se acercó a mí, para revolver mi cabello, como si fuera un chiquillo, gesto que hizo que me sonrojara sobremanera.
-Cuídate, Taichi. Luego hay que salir a tomar algo. Recuerda también pasar las festividades con nosotros, junto a tus padres, como nosotros siempre hemos hecho.
-Sí, gracias –él se alejó a la puerta, pero antes de abrir, me volteó a ver con una sonrisa un tanto pícara.
-No les voy a decir a mis nietos que ustedes están bien, porque no me creerían ni a mí. Dile a Yamato que vuelva pronto. Siempre se escuda en el trabajo y cuando se arrepiente su sentido del deber le impide regresar. Si no te contesta los mensajes, no te sientas mal, casi no tiene tiempo a veces ni de comer, ni de dormir.
Asentí con la cabeza.
-Nos vemos.
Me despedí con un ademán de la mano y cuando él cerró la puerta, sentí como si un enorme peso hubiera abandonado mi alma.
¿Quién hubiera pensado que el señor Ishida sería la persona que podría ofrecerme aquella esperanza que había perdido cuando Yamato se fue?
