Capítulo 32
Miré el vacío en mi habitación cuando me recosté después de levantarme al baño. Eran las dos de la mañana con veintisiete minutos y no podía conciliar el sueño. La televisión se encontraba prendida, pero sin sonido. No quería cerrar los ojos, acababa de tener una pesadilla y tenía miedo.
Bostecé, volteando a mi derecha, para mirar mi reloj despertador, eran las dos con treinta y tres minutos. El tiempo estaba pasando muy lentamente; deseaba ver la luz del sol por el horizonte, deseaba ver la luz, no estar en la oscuridad. Pasé saliva y pensé que, si por lo menos pudiera escuchar su voz por unos instantes, seguramente me sentiría mejor.
¿Pero y si era una molestia?
Marqué entonces el teléfono celular, sin detenerme a pensar un poco en los problemas que pudiera acarrearle con mi decisión de llamarle.
Estuve a punto de colgar, sin esperar el mensaje que me indicara que podía dejarle un mensaje de voz, pero él contestó.
-Yamato, ¿sucede algo?
Su voz hizo que las lágrimas brotaran de mis ojos.
-Estoy molestándote, ¿verdad? –su voz se suavizó al extremo cuando soltó una risita.
-La verdad sí, pero siempre es un gusto escucharte. Allá es de noche, ¿no? ¿Tenías una pesadilla?
¿Tan obvia era mi llamada?
-Bueno, no importa –él continuó hablando-. Pensé que no querías llamarme más después de mandarte mensajes e intentar llamarte por estos dos meses y que no me devolvieras ni las llamadas ni me contestaras; a veces llegué a pensar que nuestra declaración de amor y nuestra primera noche juntos había sido una ilusión, ¿o lo fueron?
-Idiota… -mascullé por lo bajo mientras me sonrojaba, pero aquellas palabras me habían hecho olvidar por unos instantes el motivo de mi llamada.
-Dile a Furukawa que necesito el proyecto de sentencia ya –aquellas palabras habían sonado apagadas, seguramente había alejado el auricular de sus labios; después se aclaró la garganta- ¿Cómo has estado?
-Bien, ¿y tú?
-Bueno, ya no soy Magistrado en Hiroshima.
Aquellas palabras me sorprendieron sobremanera. Quizá ese tipo, el tal Wada, había abierto la boca.
-¿Fue por la vez que tomé tu mano?
-Oh, no, ese incidente ya está arreglado, te lo había dicho.
-¿Entonces? –pregunté, sintiéndome inquieto.
-Pues sólo me mandaron para el Tribunal Superior de Tokio. No pude hacer nada para evitar el cambio, así que aquí estoy.
-¿Estás en Tokio? –pregunté con asombro- ¿De verdad te mudaste allá?
-Sí… -dejó escapar un suspiro-… aunque el trabajo acá es mil veces peor. Estoy con el agua hasta el cuello –su voz se escuchó un poco apagada después-. Dile al fiscal Shinomori que no está la sentencia, que todavía estamos en el tiempo que la ley nos concede para emitirla y que por favor deje de llamar a diario, o le sacaré improcedente su sentencia, bueno no le digas lo último, sólo dile que nosotros se la notificaremos, ¿sí? –después se aclaró la garganta-. Lo siento, llamaste justo cuando iba a darle unas indicaciones a Kitasawa.
-¿Te la llevaste a Tokio? –pregunté.
-Sí, ella quiso venir –de pronto cambió abruptamente el tema-. ¿Y qué has hecho?
-Pues no mucho –sonreí con condescendencia, seguro que estaba bastante ocupado-, ayer lanzaron el transbordador que contiene el módulo espacial que diseñé para el invernadero en Marte. Las personas que están allá se sienten muy emocionadas, porque dicen que están hartas de comer sólo comidas deshidratadas. Aunque bueno, se tendrán que esperar unos ocho meses más, mientras llega el transbordador y mientras lo instalan, pero están contentas por ello; lo bueno es que no está tan lejos Marte de la Tierra en ésta época.
-Suena divertido –dijo él.
-Pues sí, pero nos exigen mucho y nos dan tan poco presupuesto para ello –chisté-. Siempre dan más dinero a la creación de armas, que a la investigación del universo –después detuve mis palabras, seguramente lo estaba molestando-. Lo siento –sonreí un poco-, debes estar ocupado.
-No te preocupes, quería escuchar tu voz.
Aquel comentario hizo que me sonrojara.
-Por cierto, poco tiempo después de que me cambiara, tu padre vino a verme al Tribunal.
De pronto, sentí como si mi alma abandonara mi cuerpo.
-¿Y qué pasó? ¿Qué te hizo?
-No pasó nada, tan sólo me dijo que eras un imbécil y que esperaba que pronto volvieras.
No pude decir nada, de verdad que pensaba que mi padre sí le había dicho que yo era un imbécil.
-Afortunadamente tengo el agua hasta el cuello de expedientes, sino, en todo momento estaría pensando en ti y en lo mucho que te necesito.
Sus palabras me hicieron sentir un hueco en el estómago. No quería recordar lo mucho que necesitaba de su contacto, de su presencia.
-Me gustaría seguir hablando contigo, pero tengo que asistir a una audiencia. Cuídate, Yama.
-Sí, tú también.
-Te amo… -aquellas palabras sonaron cargadas de sentimiento.
-Yo… yo también… -me mordí los labios.
-¿Tú también qué? –me preguntó, porque era obvio que quería que le dijera completas esas palabras.
-Yo también te amo… -me sonrojé, aunque no estuviéramos frente a frente.
-Luego nos llamamos. Hasta pronto, Yama.
-Sí, nos vemos.
Él colgó y en ese momento sentí el océano que nos separaba.
-Eres un estúpido –me dije a mí mismo.
Un mes pasó sin que me diera cuenta y cuando acordé estábamos a vísperas de navidad. Cuando podía contestaba los mensajes de Tai y de vez en cuando nos llamábamos, aunque nuestras conversaciones sólo duraban unos minutos. A veces quería hacerle alguna videollamada, pero la diferencia de horarios siempre era bastante, así que me quedaba con las ganas.
Cuando Natsu y yo hablábamos, ella no mencionaba a Taichi, ni siquiera a su novio, pero no la culpaba, seguramente el hijo de Taichi todavía estaba enojado conmigo por haberle hecho tanto daño, tanto a él como a su padre.
-Mi mamá me invitó a su casa en navidad –Natsu me soltó de pronto en una llamada-, pero no quiero dejarlos solos –aunque no mencionó los nombres, sabía que se refería Taichi padre e hijo-; ¿vas a venir para las festividades? –me preguntó, así que sonreí con condescendencia.
-Lo siento, Natsu, no tengo tiempo para ello.
Se hizo un largo silencio entre los dos.
-Está bien.
-¿Quieres un re…?
-No –ella detuvo mis palabras tan abruptamente que me sorprendí-. Mi papá ya me compró lo que necesito. Voy a colgar.
No pude decir nada más, puesto que ella terminó la llamada. Miré el techo de la pequeña oficina en donde trabajaba, sintiéndome como una cucaracha. Me mordí los labios y después de unos minutos de cavilaciones marqué el número de Taichi. Me contestó después de tres llamadas, pero hablaba bajito, por lo que entrecerré los ojos.
-¿Qué pasa?
-¿De quién te escondes? –pregunté.
-Kitasawa, te devuelvo la llamada en unos instantes.
Él me colgó y sudé una gotita; se estaba escondiendo de nuestros hijos.
Efectivamente, como había dicho, me devolvió la llamada casi de inmediato; seguramente había subido las escaleras con rapidez y había atrancado la puerta de su cuarto.
-¿Qué le hiciste a Natsu? –fue lo primero que me reprochó.
-Me preguntó que si iba a ir para las festividades –traté de justificarme-, pero le dije que no tenía tiempo para ello.
Hizo un silencio y después chistó.
-¿Qué no tienes tacto para decir las cosas?
-No soy un diplomático, como tú –rodé los ojos.
-Pero por lo menos pudiste darle algún otro pretexto.
-Pues la verdad Rebeca nos dio vacaciones de una semana, pero quiero descansar.
Ésta vez se hizo un silencio sepulcral que me hizo sudar una gotita.
-Tocan a mi puerta, te devuelvo la llamada en cuanto pueda –su voz sonaba tan fría que me sorprendió.
Me crucé de brazos, mientras miraba el teléfono; quizá por esto, fue que uno de mis colegas aprovechó para hacerme cosquillas, algo que ocasionó que cayera de mi asiento.
-¡Daniels! –grité yo, mirando con enfado a mi compañero de proyecto cuando me puse de pie.
James Daniels era un sujeto de cabellos negros entrecanos, ojos marrón, piel blanca y mirada franca, ligeramente un poco más alto que yo.
-Ishida, ¿qué te pasa? ¿El teléfono te tiene embobado?
Lo fulminé con la mirada y él soltó una carcajada.
-Ya, si vas a invitarla a salir, hazlo, no te quedes mirando el teléfono como estúpido –me revolvió el cabello-. Pillín, después de que Rebeca me dijera que te divorciaste no pensé que te fueras a encontrar una novia; aunque la verdad eres muy atractivo –dijo mi compañero-, pero a veces eres demasiado serio.
-¿Aparte de venir a molestarme, se te ofrece algo, Daniels?
-No estés a la defensiva, Ishida. Hoy es un día especial, tienes que ir a tomar unas copas con nosotros.
-Te daré la cooperación, pero no iré –dije, mientras tomaba mis cosas para irme.
-No seas amargado, todas las chicas quieren que vayas.
Yo lo miré, con los ojos entrecerrados.
-No me usen como excusa para que ellas vayan, acepta que no lo haré.
-Por favor –él junto sus manos frente a su rostro, suplicando-, por favor ve.
Negué con la cabeza, pero nuestra jefa de sección, Rebeca Hamilton, abrió la puerta con estrépito.
-¿No vas a ir, bastardo? Tú vas a ser mi acompañante en la cena.
Rebeca Hamilton fue mi jefa y colega durante muchos años, al igual que Daniels. Ella era una mujer hermosa tres años mayor que yo, de cuerpo esbelto y con pronunciadas curvas; con hermosas facciones, ojos esmeralda, piel blanca y cabello carmesí y ondulado. Su voz era muy sensual, nadie podía negarlo.
Miré a Daniels, como acusándolo y él sólo sudó una gotita. Estaba pensando en cómo zafarme de la invitación, cuando mi celular volvió a sonar.
-¿Bueno? –dije, alejándome.
-Acaba de llamar Sora.
Entrecerré los ojos, demasiado molesto para mi gusto, algo que sorprendió a mis compañeros de trabajo.
-¿Sora? –aquel nombre atrajo la atención de mis colegas- ¿Y por qué aceptaste hablar con ella?
-¿Y por qué no? Ella es mi amiga.
Resoplé, no estaba enojado, estaba furioso.
-Haz lo que quieras, después de todo Sora es tu amiga, ¿no? ¿No estabas enamorado de ella?
-Yamato, no empieces –dijo Taichi con voz cansada-; ya hablamos sobre eso y mi conversación con Agumon. Pero por lo menos ella recordó que tiene una hija y vendrá para las festividades.
Aquello no sonó como un reproche, pero hizo que se me oprimiera el corazón.
-¿Qué, Ishida? ¿Ya nos vamos? Dile a tu novia que nos preste un poco de tu tiempo –Daniels habló, mientras decía aquello muy cerca del auricular, con la obvia intención de llamar la atención de la persona con la que hablaba, aunque era obvio que yo estaba hablando en japonés y quizá mi interlocutor no entendería.
Tai dejó escapar un suspiro.
-Estás en el trabajo, ¿verdad? ¿Y qué es eso de que tienes una novia? –preguntó Tai, haciéndome tartamudear.
-No, no tengo una…
-No importa lo de tu novia; Natsu está muy sentida contigo porque no pensaste en ella –su voz se endureció-. Si vas a tener vacaciones, por un momento en tu vida haz un espacio para ella. No sigas cometiendo los mismos errores.
-Mira quién lo dice –entrecerré los ojos.
-Te aseguro que sé más cosas de mi hijo e incluso de tu hija, que tú de tus hijos. No quieras darme clases de moral, Ishida –su voz me hizo temblar, sonaba demasiado enfadado-. Por favor ten cuidado con tus palabras hacia Natsu. Tengo que colgar, Kitasawa me está llamando.
-¡Espera! –no dejé que colgara- Gracias.
Él pareció comprender el motivo de mi agradecimiento y después resopló.
-No hay problema, sólo recapacítalo, no es porque yo quiera verte, recuerda que también tienes una hija que te estima mucho. Hasta pronto.
Él me colgó entonces, dejándome con un vacío en el estómago.
-¿Estás bien? –me preguntó Daniels y yo entrecerré los ojos.
-No tengo deseos de ir. Gracias por preocuparse por mí, pero no quiero celebrar el cumpleaños de Rebeca.
-¿Problemas con tu novia? –Daniels chistó- Pensábamos arrastrarte a un bar para festejar, ya que siempre se te olvida éste día, ni siquiera la has felicitado.
-No es mi novia –dije, rodando los ojos-; además siempre se me olvidan todos los cumpleaños, no sólo los de Rebeca.
-¿Cómo que no es tu novia? –me dijo Rebeca- Si se te iluminó el rostro mientras hablabas.
-Es en serio, no es mi novia –me crucé de brazos, demasiado molesto-; es un amigo.
Daniels me miró detenidamente y después entrecerró los ojos.
-Si yo fuera tu novia me molestaría si mencionaras que somos "amigos".
Me quedé de una pieza al escuchar aquello, Daniels tenía razón; por primera vez en todo el tiempo que conocía a Daniels, él tenía razón. Apreté los puños y después le sonreí con amabilidad.
-Tienes razón, no es mi novia, es mi novio.
Mi jefa y mi compañero de trabajo se quedaron mirándome, como tratando de entender mis palabras.
-¿Tienes un novio? –Daniels me miró seriamente- ¿Tienes un novio y a mí nunca me hiciste caso?
-Sí, pero es diferente –rodé los ojos-, tú eres un pesado.
-Pero siempre fuiste un homofóbico de primera, ¿cómo logró otro hombre conquistarte? ¿Cómo fue que un hombre que no era yo te logró tener?
Dejé escapar un suspiro y después coloqué una mano sobre su hombro.
-Porque él es todo lo contrario a ti.
Me alejé, quizá dejando estupefactos a mis compañeros de trabajo. Sin embargo, al salir de los cubículos de las oficinas me recargué en la pared, sintiéndome más triste de lo que había pensado.
Miré después mi celular y sonreí; quizá era tiempo de enfrentar mi soledad e ir a Japón, aunque eso causara que la ausencia de Taichi se volviera notoria cuando regresara de mi viaje.
