Capítulo 37

Bostecé profundamente mientras me encontraba en el pórtico del amplio salón que tenían en su casa mi hermana y Takeru; miraba la nieve caer, pintando todo de blanco, mientras la luna iluminaba a lo lejos un hombre y un conejo de nieve, los cuales tenían adornos muy llamativos.

Nuestros padres habían optado por no acompañarnos, para que conviviéramos tranquilamente con nuestros amigos, pero prometieron que en cuanto amaneciera se darían una vuelta.

Alguien se sentó a mi lado y me ofreció un poco de sake caliente, algo que acepté.

-Los hicieron Haru y Kenta –mi hermana me señaló los muñecos de nieve y yo sonreí-, Kenta es el hijo de Daisuke.

Hikari me sonrió, mientras llevaba agarrado en una trenza su largo cabello. Miré a mi hermana y pensé en lo hermosa que se había puesto en esos años; se parecía muchísimo a mi madre, por lo que acaricié con suavidad una de sus mejillas y le di un suave beso en la frente.

-Me hubiera gustado estar ahí cuando te casaste.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y ella apretó los puños.

-No te hubieras perdido de nada –aunque intentó sonreír, las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, hasta caer en el vaso con sake caliente que ella también bebía.

-Seguramente, pero me hubiera gustado estar ahí para acompañarte.

-¿Cómo fue tu boda, Taichi? No conozco nada sobre tu vida después de que te fueras –ella susurró y yo sólo acaricié son suavidad el cabello de Yamato, el cual dormía sobre mi muslo derecho, con un futón debajo y una cobija cubriéndolo.

Miré a mi alrededor; todo estaba silencioso y oscuro. A lo lejos podía escuchar algunos ronquidos y murmullos, puesto que Hikari había puesto futones por todo el salón y nuestros acompañantes se habían quedado a dormir en la casa, debido a la tormenta de nieve y al cansancio por la fiesta.

Exhalé mi aliento, formando vapor que se elevó al cielo; después la miré a los ojos y sonreí con tristeza.

-Cuando me fui de casa me quedé con el superior Joe, pero como no quise darle problemas, además de que no quería seguir en Tokio, me fui a Hiroshima; ya sabes que su universidad se especializa en leyes, así que creí que sería una buena oportunidad. No sabía qué hacer de mi vida, pero después fui encontrando pequeñas luces en mi oscuro camino. Cuando llegué a Hiroshima, Joe ya me había encontrado un departamento de asistencia en el cual pudiera vivir, así que no batallé por ello; sin embargo, estaba solo frente al mundo, no conocía a nadie, no conocía la ciudad. Comencé a buscar un trabajo de medio tiempo, antes de comenzar el curso de preparación para hacer el examen, mientras terminaba el último año de la preparatoria, y fue en mi trabajo en donde conocí a mi mejor amiga, Shino Amakuza. Ella era una joven muy bonita y un poco mandona, de cabello castaño claro, el cual le llegaba a los hombros, de bonitos ojos verdes y piel blanca…

-Pero… ¿no se llamaba Nana la madre de Taichi? –preguntó mi hermana, haciéndome reír un poco.

-Sí, Nanase era la madre de Taichi, ella era prima de Shino, mi mejor amiga. Nanase Amakuza, ese era su nombre completo y de soltera. Era muy bonita, de hermosos y grandes ojos amielados, cabellos negros como la noche y ondulados y piel blanca y aterciopelada. Parecía como un perrito distraído y desvalido, aunque sólo de apariencia, porque su familia era rica.

Mi hermana se sorprendió al escuchar aquello.

-Ella se me declaró, así sin más cuando me vio, causando el enfado de Shino, porque después me dijo ella que yo le gustaba, aunque nunca me lo había dicho –negué con la cabeza y después sonreí con tristeza-. Pasamos tiempos difíciles juntos, debido a que ella estaba acostumbrada a una vida que yo ni en sueños podría darle, pero la verdad era una chica de gustos sencillos. ¿Sabes…? –reí un poco, causando una suave sonrisa en los labios de mi hermana-… Cuando ella me dijo que estaba embarazada me reí un poco, debido a que habíamos pasado solo una noche juntos y me había "cuidado", pero creo que el uno por ciento de las probabilidades de que el condón estuviera roto denota mi mala suerte. Parecía preocupada, pero a pesar de todo siempre tuvo una brillante sonrisa durante todo su embarazo.

No pude evitarlo, las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro y las limpié con el dorso de mi mano derecha.

-Era muy inútil –solté una risita, aún cuando el llanto resbalaba por mis mejillas-, no sabía hacer nada, pero eso no impidió que incendiara la cocina por intentar hacer unos hot cakes –solté un suspiro y después le dio una probada a mi sake-. El estar con ella me hizo feliz, pero no lo suficiente para olvidar mis sentimientos hacia Yamato.

Mi hermana me miró con sorpresa.

-¿Todavía lo querías? ¿A pesar de que por su culpa tuviste que irte de Tokio? –mi hermana preguntó incrédula y yo asentí.

-Sí, todavía lo quería –cerré los ojos.

-¿Y qué pasó con tu esposa?

Elevé mi vista hacia el cielo nocturno, mientras los nubarrones me recordaban el largo y sedoso cabello de Nana.

-Ella estaba enferma de lupus y nunca me lo dijo. El embarazo podría volverla inestable, o el parto. El embarazo lo controló, pero después del parto ella ya no pudo continuar –me mordí los labios y el llanto volvió a surcar mi rostro-. Cuando tomé su mano por última vez me dijo que me agradecía por haber cumplido su mayor sueño, el de casarse y formar una familia.

"Perdóname por dejarte ésta carga tan grande, pero espero que nuestro hijo te haga feliz. No estés triste, cuando ya no esté busca la felicidad. No tengo nada que perdonarte, sólo puedo agradecerte por hacerme tan feliz".

-Esas fueron sus últimas palabras.

Me sorbí los mocos y Hikari me pasó una servilleta, mientras ella también se sonaba la nariz con otra.

-Mira que eres idiota, hermano. Estuviste enamorado de Yamato siempre, cuando fue su culpa que…

-Deja atrás el pasado –hice un mohín-. No era su culpa, no directamente. Tú no lo viste cuando lo encontré en el cuarto de aseo del gimnasio. Estaba… -mi cuerpo tembló de la rabia al recordarlo-… estaba delgado, casi transparente, como si fuera un fantasma. Tenía moretones por todo el cuerpo y tenía sangre seca sobre algunas heridas. Cuando lo toqué estaba helado y temí por un momento que diera su último aliento.

Ella me miró y después miró a Yamato, apretando con fuerza la cobija que la cubría.

-Tenía fracturadas una rodilla y dos costillas. Aunque no perdió parte de su recto sí tuvieron que hacerle cirugía para cerrar las heridas internas que tenía. Lloraba de miedo y suplicaba entre sueños que por favor dejaran de lastimarlo –di el último trago a mi sake y dejé el pequeño tazón a mi espalda-. No sólo lo destrozaron físicamente, sino también mentalmente.

-Lo sé… -Hikari se levantó de su asiento y me miró con dolor-… sé que sufrió mucho y que aún lo hace, pero me quitó a mi hermano y destruyó a mi familia. Por muchos años me mantuve callada, por lástima, pero cuando me pidió tu dirección no quise dársela. ¿Con qué derecho se creía para ir a tu casa? ¿Por qué iría a buscarte cuando nosotros no lo hicimos nunca? ¿Por qué quería buscarte si tú le hiciste daño? ¿Por qué no murió en aquella ocasión?

Miré con sorpresa a mi hermana y ella se sentó a mi lado, cubriendo con sus manos su rostro, mientras trataba de calmar la rabia que estaba sintiendo.

-Que ser tan oscuro podía llegar a ser cuando deseaba que se hubiera muerto, a pesar de ser un amigo tan querido. Pero tienes razón, no fue su culpa –mi hermana tomó otra servilleta y se limpió con fuerza la nariz.

Acaricié el largo cabello de Hikari y después me tomó de la mano izquierda, besándola.

-Te quiero, aunque te hayas vuelto a enamorar de Yamato. Y perdóname por haber llegado a pensar que le habías hecho daño.

Sonreí, mirando la nieve caer, después encendí un cigarro y Hikari se acurrucó junto a mí, cubriéndome un poco con su cobija, pero después de eso ninguno de los dos pronunció palabra alguna.


Había llevado a Yamato cargando al interior del salón, en donde se encontraba prendida la calefacción. Él ni siquiera se había inmutado cuando lo moví, aunque tuviera el sueño muy ligero, así que, después de que Hikari colocara el futón matrimonial en el que dormía y lo recostara, me acomodé a su lado y nos quedamos profundamente dormidos.

La luz del sol ni siquiera inmutó a los "durmientes", quienes continuaban roncando en el salón.

Me incorporé y me senté en el pórtico del salón otra vez, bostezando un poco y cubriéndome con una manta muy grande que me había prestado mi hermana, ya que había dejado de nevar y estaba haciendo mucho frío. Encendí un cigarrillo y una taza humeante de chocolate caliente me sorprendió. Volteé a ver a la persona que me estaba ofreciendo la bebida, sorprendiéndome al ver a Mimi. Ella se sentó a mi lado cuando tomé la taza y, sin pedirme permiso, se cobijó con mi cobertor.

-Linda mañana –ella dio un sorbo a su propia bebida y yo asentí-. Ayer me sentí como cuando regresé de Estados Unidos para ver tu partido de fútbol.

Yo sonreí con condescendencia, al recordar todos los sucesos que acontecieron después de nuestro encuentro.

-Sí, era muy difícil para nosotros reunirnos –sonreí un poco y ella también lo hizo.

-Meimei dijo que no iba a poner venir, pero que nos mandaba muchos saludos, aunque intuyo que no quisiera venir, no después de que la rechazaras tan abruptamente –Mimi rio de una forma extraña y yo sudé una gotita.

-No sabía que yo le gustaba a Mochizuki –rodé los ojos.

-Cierto, sólo tenías ojos para Yamato, por eso no podías ver que ella babeaba el piso por el que pasabas.

Mimi rio un poco y después le dio un sorbo a su chocolate, mirando el cielo.

-Hemos cambiado mucho. Me pregunto si Palmon estará bien.

-¿Crees que se acuerden de nosotros? –pregunté, mirando al horizonte, igual que ella.

-No lo sé, pero por lo menos yo siempre me acuerdo de ella.

Ambos bostezamos y después dimos un sorbo a nuestra bebida, riendo después por lo sincronizados que parecíamos estar.

-¿Crees que algún día volveremos a verlos? –preguntó Mimi y yo parpadeé, sorprendido por su pregunta.

-Mantengo la esperanza de que suceda –sonreí y ella se contagió con mi gesto, asintiendo después.

-Yo también lo espero.

Mimi rio un poco más después de haber dicho eso, algo que llamó mi atención, por lo que volteé a verla.

-Seguro que no se esperan el amor que nació entre nosotros, bueno, Agumon sí debe de esperar que tú estés con Yamato.

Me sonrojé completamente, ya que sentía mi rostro arder. Volteé a ver con enfado a aquella mujer, pero no pude evitar reír un poco. Era cierto, Agumon sabía lo que yo sentía por Yama, incluso se enteró mucho antes de que yo lo hiciera.

-No me preocupan ellos, sino Yama, ya sabes lo prejuicioso que es.

-Bueno, eso sí –ella hizo un mohín-, seguro que ha de pensar que Gabumon lo va a juzgar por estar enamorado de un hombre, pero él no es así.

-Uy, pero hazlo pensar igual que tú –entrecerré los ojos y Mimi elevó las cejas, mientras daba un sorbo más a su taza.

-Yamato es una persona interesante –bostezó largamente, tallándose después los ojos-, es muy fuerte emocionalmente, pero no confía fácilmente en los demás. Yo me sumí en las drogas y el alcohol para olvidar mi dolor, pero él sólo se enfrascó en sus estudios y su trabajo. Quizá sus medicamentos psiquiátricos calmaban un poco el temor que sentía, pero se sobrepuso a toda esa tortura. Yo no habría podido vivir con ello, quizá me habría quitado la vida, o quizá hubiera dejado de luchar, muriendo lentamente. Es admirable su fuerza de voluntad.

Asentí y Mimi me sonrió con tristeza.

-Tiene un corazón de acero –dijo aquella mujer y yo negué.

-Pero en tu fortaleza siempre se encuentra tu debilidad. Él tiene un corazón fuerte, capaz de sobrellevar cualquier cosa; sin embargo, también eso le ha traído problemas para relacionarse con los demás. Es muy difícil que abra su corazón a las personas, que diga lo que está sintiendo. Se guarda todo, no confía en nadie para ayudarle a cargar con sus penas.

Mimi dio un sorbo más a su bebida y dejó escapar un suspiro.

-Sí, Yamato es como un niño.

Justo al decir eso, nos sorprendimos cuando alguien le estiró las mejillas.

-¿A quién le dices niño?

Yamato se encontraba frente a nosotros y ambos sudamos una gotita.

-Lo siento –Mimi dejó su taza a un lado y se sobó las mejillas-. Estábamos hablando de varias cosas y fue lo único que se me ocurrió en ese instante para insultarte.

-Que amable –él entrecerró los ojos y se abrazó a sí mismo-. ¿No tienen frío? Está helando aquí afuera.

Después de decir aquello nos miró detenidamente, entrecerrando los ojos.

-¿No contenta con quitarme a mi esposa ahora coqueteas con mi novio? –él se cruzó de brazos al preguntarle eso a Mimi. Ella se acercó más a mí y después me abrazó, para molestar a Yama.

-No podría quitártelo, él te perdonó que te callaras y lo corrieran de su casa, él te amó seguramente desde el primer momento en que tuvo una conversación decente contigo. Taichi te ha amado tanto desde siempre que dudo mucho que alguien pueda hacer que deje de amarte.

El rostro de aquel rubio idiota se pintó de mil colores –he de admitir que junto con el mío-, y después volteó a otro lugar.

-¿Dónde hay chocolate caliente?

-En el salón, Kari lo está preparando –contestó nuestra amiga.

-Gracias.

Él se alejó y después volteé a ver a Mimi con ojos acusadores.

-¿Siempre?

-No te hagas –ella rio-, pregúntale a cualquiera de nuestros amigos y va a decir que…

-Sí, siempre estuviste enamorado de Yamato –la voz de Koushirou se escuchó a nuestro lado, asustándonos un poco.

-Buenos días –dijimos Mimi y yo al unísono.

-Lindo día, para pescar un resfriado –Kou se sentó al lado de Mimi, mientras bebía también un chocolate caliente-. ¿Qué hacen aquí afuera?

-No queríamos despertar a nadie –dije yo y Mimi afirmó con la cabeza.

-Bueno, eso sí –aquel pelirrojo rodó los ojos, mirando al interior del salón-, todos duermen como una roca. Joe estaba roncando, así que me despertó y decidí venir aquí afuera, para despejarme un poco.

Yo estiré mis brazos y Mimi le ofreció un poco de cobija, a lo que Kou aceptó.

-¿Quién iba a pensar que después de tanto tiempo nos volveríamos a reunir? –preguntó aquel pelirrojo y yo le miré con algo de nostalgia.

-Sí, estuvo bien. Todos tenemos ahora una vida aparte, por lo que es difícil reunirnos. Ya no somos más esos niños que tenían todo el tiempo del mundo para vernos, para disfrutar de la compañía de nuestros amigos.

-Cambiamos las compañías por nuestra pareja e hijos –Mimi soltó una risita-, pero nunca dejaremos de ser amigos.

-Jamás –dije yo, como si estuviera sellando una promesa.

-Nunca –dijo Kou, dándole un pequeño sorbo a su chocolate.

-¿Siempre amigos? –preguntó Yamato, sorprendiéndonos- ¿Qué son? ¿Unos niños sellando una promesa? –aunque sus palabras sonaban frías, una extraña sonrisa afloró en sus labios.

-Ya hicimos esa promesa antes –la voz de Sora sonó a nuestra espalda y ella se sentó a un lado de Koushirou, estirando sus brazos detrás de su cuerpo, para después sostener su peso sobre ellos-, sólo estamos renovando los votos.

Al escuchar aquello, Yamato dejó de sonreír y se sentó a mi lado, mirando sus pies.

-Creo que tienes razón. ¿Quién iba a pensar que terminaríamos de ésta forma? Taichi conmigo, Mimi con Sora, Joe con Koushirou, Hikari con mi hermano, Miyako con Ken.

-Los caminos de Dios son misteriosos –dije, ganándome un abrazo de Yamato, algo que me sorprendió por un instante, pero aquel gesto me hizo muy feliz.

-¡Hay que brindar con chocolate! –dijo Mimi, elevando su taza, mientras Koushirou, Yama y yo hacíamos lo mismo.

-Esto no es justo, yo no tengo chocolate –dijo Sora, falsamente indignada.

-Lo siento, amor, si quieres te comparto de la mía –Mimi acercó su taza a Sora y ella la aceptó.

-Siempre amigos –dijo Sora, dándole un sorbo a la taza.

-Siempre amigos –dijimos todos los demás al unísono.

Reímos un poco más, disfrutando del ambiente. Miré entonces a Yamato, suplicando porque el tiempo que estuviéramos separados se fuera más rápido y regresara pronto a mi lado.