Capítulo 39

Me encontraba en una audiencia muy delicada, cuando Kitasawa me informó que tenía una llamada urgente. Le miré, realmente molesto por la intromisión y le dije:

-Estoy en un asunto muy complicado.

Ella me miró con aflicción y susurró:

-Es que el señor Ishida se escucha muy alterado.

Me quedé pasmado, ¿se refería a Yamato? Quizá me mostré un poco inquieto, que Sasaki, mi secretario de acuerdos, me susurró que fuera a atender la llamada, que si pasaba algo me mandaría hablar.

Me levanté de mi asiento, caminando con rumbo a mi despacho.

-¿Te dijo algo? –pregunté y ella negó.

-Sólo me suplicó hablar con usted. Le dije que estaba ocupado, pero se escuchaba tan perturbado que no tuve más remedio que irle a interrumpir; lo siento.

Asentí, mientras entraba a mi despacho. Pronto me fue transferida la llamada, así que contesté.

-¿Bueno?

-Ta… Tai…

Parpadeé, Yamato realmente se escuchaba nervioso.

-¿Qué sucede? –pregunté, sintiéndome más ansioso cada vez.

-Tai… ellos… Tai, ayúdame.

-¿Dónde estás? –pregunté, imaginando en mi mente los peores escenarios posibles.

-Tai… -él sollozó, pero parecía haberse quedado mudo de pronto.

Rebusqué entonces en mi cartera la tarjeta de presentación que me había obsequiado James Daniels, encontrándola pronto. Marqué con mi celular el número, obteniendo una respuesta casi inmediata.

-¿Bueno? –contestó Daniels.

-¿Señor James Daniels? –pregunté yo.

-Sí, él habla –dijo, casi irritado.

-Disculpe que lo interrumpa, soy Taichi Yagami…

Él cambió repentinamente el tono de su voz.

-Ah, eres tú. No sé qué la pasa a Yamato. Se encerró en su oficina y no sale. Nunca lo había visto tan asustado, bueno… -se quedó callado, como si dudara en decirlo-… una vez intenté robarle un beso y se asustó mucho. ¿Alguien…?

Dudó en preguntar y yo tampoco respondí, aunque era obvio adonde se dirigía su pregunta. Los sollozos de Yamato en la otra línea me hicieron saber el por qué se encontraba en ese estado, aunque no sabía exactamente la causa.

-¿Qué pasó para que se encerrara en su oficina? –pregunté yo.

-Él… uno de ellos. Ese Yagushi, él… -contestó Yamato, me había escuchado en la otra línea.

-¿Yagushi? –pregunté yo, ese apellido me sonaba de algo.

-Yagushi –dijo Daniels-, él trabajaba en el estado de Alaska en unos experimentos. No pensé que se conocieran, pero ambos se sorprendieron al verse.

Entrecerré los ojos.

-Yamato, tranquilízate –le dije-. Abre la puerta.

-¡No! –gritó él- ¡Si lo hago él…!

-No te va a hacer daño –dije yo, sintiéndome desesperado por encontrarme tan lejos-. ¿Estás seguro que es uno de ellos?

-Sí, es uno de ellos. Tai… Tai… -el llanto sonaba desgarrado y me sentí impotente.

Justo en ese instante, Sasaki tocó a la puerta y abrió, mostrándose preocupado.

-Disculpe que lo interrumpa, pero el fiscal manifestó que no está de acuerdo en que se desahogue la audiencia sin su presencia.

Cerré entonces los ojos, sintiéndome más desesperado que antes.

-Yamato, por favor abre la puerta –después cambié de teléfono-. Señor Daniels, por favor cuide de él, tengo que atender una audiencia muy delicada en éste momento.

-Sí, está bien, Taichi.

-Yama, tengo que colgar…

-No, no te vayas.

-Perdóname, tengo que atender éste asunto. Abre la puerta, Daniels te ayudará, ahora tengo una audiencia que desahogar. Te prometo que te llamaré inmediatamente que termine.

-Tai…

Apreté los puños al escuchar su llanto, pero no podía hacer nada desde donde me encontraba.

-Abre la puerta, Daniels te protegerá.

-Vas a venir, ¿verdad?

-Señor Magistrado –Sasaki volvió a llamarme.

-Tengo que colgar, les diré a mis superiores y trataré de ir, ¿sí?

-Sí.

Colgué la llamada.

-Gracias, Daniels, por favor se lo encargo –dije ahora, en la otra línea.

-Está bien, lo llevaré a su departamento y me quedaré con él, junto con Rebeca.

-Gracias –dije yo.

-Hasta pronto, señor Magistrado.

-Sí, hasta pronto.

Colgué y dejé escapar un suspiro.

-Kitasawa, por favor consígueme un vuelo a Houston, Texas. Quiero que consigas también una cita telefónica con mi superior Kudo.

-Bien –ella asintió.

Caminé junto a Sasaki y él me sonrió con preocupación.

-¿Está bien su novio? –preguntó, sorprendiéndome.

Abrí los labios, sin saber cómo responder a aquello.

-Ojalá –dije yo-. Menuda suerte que pase esto justo el día de hoy, con una diligencia con tantas confesionales y testimoniales incluidas. Y mañana…

-Le daré un mal consejo, Magistrado Yagami –Sasaki me sonrió-; haga lo posible por ir. Mi esposa y mi hija se cansaron de mi entrega al trabajo, de mi obsesión por la perfección; me pusieron hace algunos años el ultimátum, eran ellas o el trabajo. Al principio iba a optar por el trabajo, pero sopesé en una balanza la importancia que ellas tenían para mí, por lo que decidí bajar de nivel y volverme secretario de acuerdos, solicitando mi cambio a mi prefectura natal. No me arrepiento.

-Nunca le he dado más importancia al trabajo.

Él me miró, con cara de que no me creía.

-Procuro no hacerlo siempre –me corregí y él me dio unas palmaditas en el hombro.

-Usted tiene la posibilidad de pedir un permiso –me dijo Sasaki-, hágalo y vaya por él, hágalo por usted.

Después abrió la puerta de la sala en la que nos encontrábamos desahogando la audiencia.


Estaba maldiciendo a mi suerte cuando se terminó la audiencia. No había previsto que durara más de ocho horas, aunque era de esperarse. Estaba fatigado, tanto física, como emocional y moralmente. Me senté en la silla de mi escritorio, eran las seis y media de la tarde. Mi teléfono sonó y contesté de mala gana.

-¿Así agradeces que te vuelva a llamar, Yagami? –la enojada voz de mi superior me hizo sudar un gotita.

-Superior Kudo, ¿cómo está? –pregunté yo.

-Estoy bien, ¿se te ofrece algo?

-Disculpe, quería ver si usted podría conseguirme una semana para ausentarme de mis labores.

-Espera, espera… -la voz de mi superior sonó muy sorprendida-… ¿quieres una semana para ausentarte?

-Sí, la necesito con urgencia. Mi avión sale en unas horas.

-Cuando me dijo Kitasawa que necesitabas pedirme un favor, jamás imaginé que sería para algo así. ¿Por cierto, sigue igual de guapa?

-Superior Kudo, si quieres obtener información de ella, ¿por qué primero no preguntas por tu hijo?

Un silencio nos invadió. Cuando Kitasawa me pidió trabajo –más bien me suplicó-, jamás pensé que ella hubiera sido novia de mi superior en la Universidad. Ciertamente ella era hermosa, parecía una muñeca. Sin embargo, me iba a negar a darle trabajo, yo necesitaba un secretario eficiente, pero me dijo con lágrimas en los ojos que tenía que mantener a su hijo, porque su novio no quiso hacerse responsable cuando quedó embarazada, así que, con el corazón que tengo, le hice una prueba y resultó ser más eficiente de lo que había pensado.

Fue tiempo después que supe lo de mi superior, quien en ese momento era maestro en la Universidad de Hiroshima, su maestro, para ser exacto, y me hizo sentir decepcionado. Si bien, Kitasawa flirteaba con cualquiera, no andaba metiéndose con todos y mi superior había malinterpretado aquello, o quizá solamente había tomado ventaja de su forma de ser para zafarse de la paternidad y la responsabilidad que conllevaba; era por eso que nunca se había hecho cargo del muchacho y eso me molestaba sobremanera.

-Ya te dije que no es…

-Es igualito a ti, superior –entrecerré los ojos-, bueno, sin la personalidad retorcida que tienes, él sí sabe respetar a las mujeres. Pero no hablemos de tus problemas de paternidad. ¿Me ayudarás a conseguir el permiso?

-Sólo si tú me ayudas a tener una cita con ella.

-Conoce a Tetsuhiro –dije, de mala gana-. Además no va a querer acostarse contigo. ¿Me ayudas sí o no?

Él se quedó callado.

-Bueno, pero me debes una –dijo-. Tengo que conocer a esa razón. Seguro es una mujer voluptuosa, como Nana. De pechos y trasero turgente y...

-Estás hablando de mi fallecida esposa –entrecerré los ojos-, así que te agradecería que no te refieras a ella de esa forma.

-Perdona, perdona –dijo él, entre risas-. Entonces, un día preséntamela, debe de ser muy hermosa para traerte babeando el piso y quererte ausentar una semana completa.

-Lamento mucho decepcionarte, superior –contesté más irritado de lo que hubiera deseado hacerlo-, pero es por mi novio, no crea que pasé por todo ese embrollo sólo porque si.

Él se quedó de pronto callado y después prorrumpió en carcajadas.

-Es cierto, había olvidado que te gustan los hombres –dejó de reír y después continuó hablando-. En fin, me encontré a tu hijo, iba con una chica tan hermosa, de cabellos rubios y ojos azules, de piel blanca y una figura que…

-Estás hablando de mi hija –dije, sintiéndome cada vez más ofendido.

-Es la novia de Taichi –él se sorprendió por mi comentario.

-Y mi hija.

-Pues qué raro, no vayas saliendo como los que les quitan la novia a los hijos.

-No, te dije que era mi hija, no que era mi novia, o mi amante. Si su padre se enterara de lo que has dicho de ella, seguro te rompe la mandíbula y yo lo permitiría.

-¿Por qué tan enojado? Sólo es una chica.

Comencé a irritarme. Ahora recordaba que le tenía mucha admiración por su dedicación y trabajo, pero no por su personalidad; era un jodido misógino desgraciado que sólo iba en busca de un par de pechos y un trasero, sin fijarse si hacía el mal a las mujeres con las que salía.

-Es como mi hija, superior. Ella es la hija de mi novio.

Tardó un poco en asimilar aquellas palabras, quizá demasiado.

-¿Entonces sí es cierto? Cielos, Yagami, si te gusta que te la metan me hubieras dicho.

Conté hasta veinte, quizá hasta cien, para no colgarle.

-La verdad no me gusta usted, superior, su personalidad es asquerosa. No quiero perderle el respeto que le tengo –dije, terriblemente irritado-, así que dígame si me ayudará, sino para hablarle a Shino.

-Ya, ya, mañana hay pleno y mando por fax la habilitación.

-Gracias –dije yo.

-¿Y cómo es tu novio? –dijo él, con mucha curiosidad- ¿Cómo te gusta que te lo hagan?

Iba a colgarle, pero me abstuve.

-Estoy marcándole a Shino. Gracias, superior.

-No te enojes –dijo él-. Perdóname, sólo era curiosidad.

-Si tanta curiosidad tiene… recuerde a la chica que vio con mi hijo; ella es hija de mi pareja y son idénticos. Tengo que irme, gracias por todo. Cuídese.

-Oye, entonces es guapo –dijo él-. ¿Y tú recibes o das? ¿O se turnan?

Ya estaba acabando con mi paciencia.

-Bueno, ya te dejo de interrogar –él rio un poco-. Cuídate y salúdame a tu novio. Preséntamelo, no se te olvide que es mi pago por cubrir tu espalda.

-Sí, gracias, hasta luego.

-Nos vemos.

Colgué, sintiéndome enfadado. Dejé escapar un suspiro, tomando mi portafolio para dirigirme a la salida de mi oficina. Todo estaba tranquilo, pasaban de las ocho de la noche; el sonido del tictac del reloj de la sala de espera que se encontraba en mi área del tribunal era lo único que se escuchaba.

-A juzgar por su enfado, ¿ya le interrogó acerca del por qué se va a ausentar? –preguntó Kitasawa, asustándome.

-Cielos, ¿planeas matarme? –pregunté, mientras me sostenía el pecho.

-Lo siento –dijo ella-, no era mi intención.

-¿Le dijiste algo?

-No –Kitasawa se cruzó de brazos-. Sabe que ese hombre y yo no podemos sostener más que monosílabos.

Yo sudé una gotita.

-Vamos a la estación del tren –ofrecí y ella sonrió.

-Siempre que hablo con ese tarado recuerdo todo el apoyo que siempre me ha dado, señor Magistrado. Sé que al principio fue por el afecto y respeto que le tiene al profesor Kudo.

-No es cierto, no sabía que el superior Kudo era el padre de tu hijo –sonreí, con algo de incomodidad.

Ella me sonrió con suavidad, dándome un abrazo. Yo me sorprendí por la muestra de afecto, pero correspondí el gesto.

-Gracias, Magistrado. Le agradezco infinitamente por todo.

-No te preocupes, te debo muchas –yo le guiñé el ojo y ella sonrió.

Nos separamos y subimos al elevador del edificio.

-Disculpe que le pregunte –de pronto soltó ella-, pero nunca había escuchado tan nervioso al señor Ishida. ¿Qué fue lo que pasó?

Me sorprendí por la pregunta, ya que ella no era tan curiosa. Yo apreté los puños, sintiéndome incómodo.

-Estaba asustado –dije yo.

-¿Asustado? ¿De qué?

Las puertas del elevador se abrieron y ambos caminamos a la entrada principal, deteniéndonos en la puerta, esperando a que el guardia abriera, para que pudiéramos salir.

-Cuando estábamos en el instituto –solté de pronto-, unos idiotas… -apreté los puños-… unos idiotas le violaron.

Ella abrió los ojos, sumamente sorprendida. El guardia abrió por fin la puerta y ambos salimos del edificio, despidiéndonos de él.

-Le tuvieron cautivo por un día más o menos. Yo fui quien lo encontró, por equivocación. Fue por esa causa que se me señaló como el culpable y él no dijo nada para protegerme. Perdí todo por su culpa –mi cuerpo tembló-, mis padres me echaron de su casa, me expulsaron de la escuela.

-Es por eso que odiaba Tokio –dijo ella, mirándome con comprensión-, le recordaba…

-…lo mucho que sufrí por su culpa, sí –sonreí con algo de enfado-. Y de pronto el muy imbécil llegó a mi casa, en mitad de la noche, a pedir asilo. Y no sé por qué no escarmenté y lo corrí a patadas de mi casa. Pero eso ya es otra historia –dejé escapar un suspiro, cruzándome de brazos-. Me llamó porque dijo que uno de ellos llegó a su trabajo. Se encerró en su oficina. Yo sé que no ha superado el miedo, no puede cerrar los ojos sin retrotraerse a ese momento. No puede estar en la oscuridad, necesita tomar medicamentos para ahuyentar esos fantasmas que no lo dejan dormir.

Kitasawa me miró, sumamente afligida, mientras bajábamos las escaleras de la estación del tren subterráneo.

-Me da mucha pena por el señor Ishida –sus ojos temblaron-. ¿Pero entonces por qué están en una relación si a él le da miedo que lo toquen?

-En el instituto me declaré a él –yo sonreí con amargura-. Me le declaré y me rechazó. Fue por esa declaración que aquellos tipos, no estoy seguro si era por venganza hacia mí, que…

Mi celular sonó y nos sorprendió tanto a Kitasawa, como a mí.

-Es Yamato –dije.

-¿Por qué no contesta? –preguntó ella, mientras pasábamos cada uno nuestra tarjeta de prepago del tren para caminar a los andenes-. Ahí está mi tren, me voy ya. Salúdelo de mi parte. Suerte.

-También saluda a Tetsu de mi parte.

Ella se despidió cuando las puertas de su tren se abrieron, dándose media vuelta para sonreírme, antes de sentarse. Contesté en ese instante el teléfono.

-¿Bueno?

-¿Taichi?

Aquella no era la voz de Yamato, por lo que me tensé; quien me llamaba era Daniels. Sentí como si de pronto me hubieran arrebatado el alma.

-¿Dónde está Yamato? –pregunté, pero él no me respondió- ¿Dónde...?

Daniels dejó escapar un suspiro y después, con voz temblorosa y afligida me dijo:

-Tuvo una crisis nerviosa y está hospitalizado. Lo tuvieron que sedar, porque no paraba de forcejear con todos los que se le acercaban.

Miré mi tren acercarse, así que me detuve en el andén, aunque parecía como si todo a mi alrededor se moviera más lento, como si yo estuviera en otro mundo.

-El médico dijo que tuvo un tratamiento psiquiátrico en Japón. Yo había escuchado algo así, pero nunca pensé que fuera cierto.

Las puertas del tren se abrieron y bajó mucha gente, dejándolo casi vacío. Subí entonces, sentándome, debido a que éramos contadas las personas que viajábamos en el vagón.

-Creo que es mejor que te lo lleves –me dijo Daniels-. Él te estaba llamando, ni siquiera a su padre o a su madre, sino a ti. Tú puedes ser el único que lo ayude a calmarse. Por favor ven por él –Daniels comenzó a llorar, su voz lo delataba, mientras yo sentía también los ojos acuosos-. Por favor, por favor sálvalo.

-Tomaré un avión, llegaré en unas diecisiete horas. Trataré de no tardar.

Él soltó un sollozo y después me dijo:

-Sí, gracias.

-No, gracias a ti –traté de sonreír-. Gracias por cuidar de Yamato. Por favor cuídalo mientras tanto en mi lugar.

-Sí.

Colgó, mientras me quedaba pensando qué les diría a mis hijos cuando llegara a casa.


Quizá Natsu no esperaba mi abrupta llegada, por lo que saltó de su lugar, mirándome con sorpresa cuando dejé en medio del camino mi maletín y mi abrigo. Estuve a punto de dejarme los zapatos para entrar, pero decidí no estropear el piso, por lo que me los quité velozmente.

-¿Sucede algo, papá? –preguntó ella, mientras Taichi corría escaleras abajo, sorprendido por el ruido.

-Tengo que viajar inmediatamente.

No obstante, no contaba con que el señor Ishida saliera del fondo del departamento, seguramente venía del cuarto de baño.

-Hola, Taichi –él me sonrió, aunque a deducir por su expresión, se dio cuenta de que en ese momento no era tan bienvenido en mi casa- ¿Pasa algo malo?

-Yamato… -no sabía cómo iba a explicar aquello con Natsu ahí, así que la miré a ella, sin querer, como pidiéndole que se retirara.

-¿Algo le pasa a mamá? –preguntó Taichi- ¿Por qué vas a viajar? –mi hijo me tomó de los hombros, sorprendiéndome- ¿Está bien? ¿Mamá está bien?

-Tuvo una crisis, tengo que ir por él –cuando dije aquello, el señor Ishida me miró, con la misma expresión con la que miró a Yamato cuando llegó al hospital y el médico le explicó lo que había sucedido-. Vine a hacer una maleta y a tomar mi pasaporte y visa. Regreso en unos tres días.

-Por… por favor llévame contigo –mi hijo y el señor Ishida me habían dicho al mismo tiempo, ejerciendo presión psicológica sobre mí.

-Lo… lo siento, no creo que a Yamato le parezca bien eso –sonreí con condescendencia.

-Por favor, Taichi –el señor Ishida se arrodilló frente a mí, haciéndome sentir culpable-, ahora no tengo el dinero para pagarte, pero lo haré.

Hice un mohín, y lo ayudé a levantarse.

-Está bien, pero, ¿quién cuidará de mis hijos?

-Le diré a Natsuko, ella vendrá.

Dejé escapar un suspiro y después miré a Taichi.

-No puedo llevarte, tienes que atender la escuela. Si usted puede faltar al trabajo… –me dirigí al señor Ishida.

-¡Al carajo el trabajo, es de mi hijo del que hablamos! –cuando se sobrepuso, suspiró profundamente-. Llamaré a Natsuko para que venga y mientras tanto yo iré por mi visa y pasaporte.

Asentí, mientras mi hijo me miraba con dolor, por no poder acompañarnos.

-Por favor cuida bien de mi mamá –mi hijo se enterró en mi abrazo y yo acaricié su cabello.

-Lo haré.

Traté de sonreír, pero me encontraba terriblemente ansioso por estar con Yamato. Estaba seguro que no estaría bien después de ese encuentro y el señor Ishida también lo sabía.

No quería que volviera a caer en ese estado de desesperación, no quería verlo sufrir, no otra vez.