Capítulo 40

Ya era tarde, pasaban de las diez de la noche y todos en la oficina estábamos ansiosos por marcharnos, aunque por mandato de Rebeca nos encontrábamos en la sala de juntas porque nos darían un anuncio.

-Nos han enviado a un colega –dijo Rebeca por fin, entrando por la puerta-, viene de las oficinas del estado de Alaska, su nombre es Takao Yagushi.

Yagushi. Un escalofrío me recorrió al escuchar aquel apellido. Elevé la mirada, hasta encontrarme con el rostro de aquel sujeto. Era atractivo, alto, de cabello castaño y ojos avellanados…

Temblé involuntariamente, mi corazón comenzó a latir a mil por hora.

-¿Ishida?

Aquel hombre preguntó y, como un resorte, me levanté del asiento de la sala de juntas, mirándole, mientras mi cuerpo temblaba.

No podía moverme, sentía como si alguien me hubiera echado encima el techo para cargarlo. Él se acercó a mí, pero hice a un lado la silla en la que había estado sentado, mientras salía corriendo a mi oficina.

Cerré con el pestillo la puerta, sentándome en el piso para abrazar mis rodillas. No pude evitar tampoco que las lágrimas mojaran mis mejillas, ni que cayeran sobre mi ropa. Mi cuerpo temblaba con violencia, los lamentos escaparon sin que pudiera detenerlos.

Alguien tocó a la puerta, asustándome sobremanera. Todas las escenas de aquel día que con mucho esfuerzo había intentado alejar de mi mente, se agolparon enseguida.

-Yamato, ¿qué sucede? –la voz de James se escuchó al otro lado- ¿Por qué te encerraste en la oficina?

Quizá escuchó mi llanto, por lo que se quedó callado unos segundos.

-¿Qué sucede? ¿Quieres que hablemos?

Cerré los ojos, sintiéndome indefenso. Tenía miedo, estaba aterrado, si tan sólo alguien pudiera…

"Siempre iré a salvarte, Yamato."

Aquellas palabras cubrieron el dolor por un instante, así que, sin pensarlo dos veces, marqué el número de Taichi, esperando que me contestara, pero no lo hacía.

Mi llanto se hizo más fuerte. Hasta que marqué a su oficina. Después de unos segundos, Kitasawa fue quien me contestó.

-Buenos días, Tribunal Superior de Tokio, ¿en qué puedo servirle?

-Ki… Kitasawa… ¿Taichi, dónde?

Hipee sin querer, ella lo notó en seguida.

-¿Señor Ishida? –preguntó ella.

-¿Taichi? –volví a preguntar.

-El Magistrado se encuentra en una audiencia en estos momentos, ¿quiere que le dé un mensaje?

Mi llanto no cesaba y no podía detenerlo.

-Por favor dile que necesito hablar con él.

Ella se quedó callada por unos segundos.

-Permítame entonces unos minutos.

Se escuchó el golpeteo del auricular en una superficie y después el sonido de unos tacones alejándose. Después de unos minutos, Kitasawa volvió a hablarme.

-Le transferiré la llamada a la oficina del Magistrado.

-Gracias –dije yo.

Se escuchó un clic .

-¿Bueno?

-Ta… Tai…

-¿Qué sucede? –preguntó Taichi, mientras sentía como si me estuviera abrazando en ese instante, como cuando me encontró.

-Tai… ellos…–suspiré-... Tai, ayúdame.

-¿Dónde estás?

-Tai… -no podía articular bien las palabras.

Él se quedó en silencio y a lo lejos pude escuchar que estaba haciendo una llamada, aunque no sabía a quién.

-¿Qué pasó para que se encerrara en su oficina? –él preguntó, pero no parecía que se dirigiera a mí.

-Él… uno de ellos. Ese Yagushi, él… -contesté y él hizo un corto silencio.

-¿Yagushi? –Tai preguntó.

Después de unos minutos en los que hablaba con alguien más, se volvió a dirigir a mí.

-Yamato, tranquilízate. Abre la puerta.

-¡No! –grité al escucharle decir aquello. ¿Cómo iba a abrir la puerta si él estaba ahí?- ¡Si lo hago él…!

-No te va a hacer daño –me habló, casi como en un susurro, como si se estuviera tragando las lágrimas-. ¿Estás seguro que es uno de ellos?

-Sí, es uno de ellos. Tai… Tai… -mi voz se entrecortaba por los sollozos.

El sonido de una puerta se escuchó, tensándome, pero me di cuenta de que era al otro lado de la línea.

-Disculpe que lo interrumpa –una voz de hombre le llamó a Tai-, pero el fiscal manifestó que no está de acuerdo en que se desahogue la audiencia sin su presencia.

Taichi dejó escapar un suspiro.

-Yamato, por favor abre la puerta.

Murmuró algo y después escuché su voz.

-Yama, tengo que colgar…

-No, no te vayas -tenía deseos de alargar mi mano y que él me abrazara, tenerlo frente a mí, diciéndome que todo iba a estar bien.

-Perdóname, tengo que atender éste asunto. Abre la puerta, Daniels te ayudará, ahora tengo una audiencia que desahogar. Te prometo que te llamaré inmediatamente que termine.

-Tai…

Ya no pude contener mi llanto. No quería que se fuera, cuando me dejaban ellos me perseguían, si Yagushi me había encontrado, eso quería decir que ellos iban a ir por mí.

-Abre la puerta, Daniels te protegerá.

-Vas a venir, ¿verdad? -pregunté.

-Tengo que colgar, les diré a mis superiores y trataré de ir, ¿sí?

-Sí.

Él colgó, estaba ocupado. No podía dejar el trabajo por mí, como mi padre, o como mi madre. Él tenía que vivir su vida, aún sin mí.

Pero, ¿y si yo en ésta ocasión era quien iba hacia él?

Fue por éste pensamiento que arrodillado abrí la puerta, encontrándome al elevar el rostro a Rebeca y Daniels.

Comencé a temblar, sintiéndome indefenso, y Rebeca me echó encima su abrigo, ayudándome a incorporar.

-Afuera hace frío, vamos a llevarte a tu casa.

Asentí, abrazándome a su esbelto cuerpo. No vi su rostro, pero su mirada se sentía como si estuviera preocupada, como cuando Taichi me había encontrado en ese lugar.

Mi estómago dolió y tuve que correr a los baños a vomitar, dejando en el piso el abrigo de mi colega.

Esa sensación, ese dolor.

-Ishida.

La sangre se heló en mis venas al escuchar esa voz a mi espalda. Estaba arrodillado en el piso y abrazado al retrete; mi respiración se entrecortó, las lágrimas comenzaron a fluir sin que lo pudiera evitar. Volví a dar una arcada más, aunque nada sucedió.

-Yo…

Él dio un paso hacia mí y yo me arrastré para quedar a un lado del retrete.

-No, por favor… -cubrí mi rostro con mis brazos-… por favor no. Por favor… -estaba temblando, quería salir huyendo de ahí, pero estaba paralizado-… Por favor no me hagas daño –mis lágrimas se habían convertido en llanto; me había acostado también en el piso, haciéndome un ovillo-. No le he dicho a nadie, no… Por favor no me lastimes. Te lo suplico, por favor… Tai… Tai… ayúdame…

-Ishida, no voy a hacerte...

-Por favor, por favor ya no... por favor... por favor ya no... No le he dicho a nadie… duele… por favor…

Daniels, quien me había seguido, para cerciorarse que me encontrara bien, se interpuso entre nosotros.

-No sé qué asuntos tengas con Yamato, pero éste no es el momento para arreglarlos.

Yagushi dejó escapar un suspiro, pero se mantuvo en su lugar.

-Lo siento…

Aunque oí aquellas palabras no significaron nada. Un "lo siento" no valía todo el sufrimiento, todo el dolor que había sufrido, que había soportado. Sentí frío, mi alrededor estaba cambiando y de pronto sentí como si estuviera en el cuarto de aseo del gimnasio de la escuela. Los rostros de ellos se veían en penumbras.

-Si pudiera cambiar el pasado…

¿Esas simples palabras podrían calmar el dolor que me habían causado? ¿Todo el dolor que me habían infringido? ¿Cómo podía pensar que yo iba a confiar tan fácilmente en él cuando me había marcado con fuego en el alma? ¿Cuándo había profanado lo más íntimo de mi mente?

Cuántas aberraciones habían hecho con mi cuerpo; cuánto dolor me habían causado; destrozaron mi mente y mi alma, hicieron girones mi espíritu. Dejé de creer en la esperanza, me sentí en completa oscuridad.

Hipeé, sin saber adónde correr. Sabía que Daniels estaba ahí, pero sentía que estaba solo, que Yagushi y sus amigos me tenían cercado, que me tenían a su merced para hacer lo que quisieran conmigo, con mi cuerpo; que ésta vez me matarían, que en ésta ocasión terminarían lo que empezaron; que me usarían hasta que me destrozaran por completo, hasta que diera mi último aliento.

-No sé qué asuntos tengas con Yamato, pero le haces daño, por favor vete.

La voz de Daniels se escuchó entre la neblina que comenzaba a envolverme, entre la oscuridad que me empezaba a rodear.

Los pasos de alguien alejándose se escucharon.

-¿Estás bien?

No estoy muy seguro de lo que pasó después, porque cuando abrí los ojos lo primero que me recibió fue una luz blanca y el sonido de un marcapasos.

James se incorporó inmediatamente de su asiento, mirándome con preocupación, al igual que una enfermera.

-Por fin despertó –dijo la enfermera.

Sentirla a ella cerca me tensó y me aferré a James, quien estaba a mi lado.

-Ya, está bien, Yamato, estamos en un hospital.

-Él… él… él… -comencé a llorar-… no… papá... papá... mamá... Takeru... Tai... Tai...

-Nadie va a hacerte daño –me acarició los cabellos James-, tranquilízate.

La voz de James sonaba con dolor, como si estuviera llorando. Entonces, la enfermera inyectó algo a mi suero, después abrió una cortina y salió.

-¿Por qué estoy aquí? ¿Dónde… dónde estoy? –pregunté, cubriendo mi rostro con mis brazos.

-¿No te acuerdas? –me preguntó y yo negué- De repente comenzaste a llorar y a temblar. Vomitaste en el retrete y cuando me acerqué a ti te aferraste a mi cuerpo y llorabas con mucho sentimiento. Como no reaccionabas llamamos a una ambulancia, aunque forcejeaste con los paramédicos, así que te amarraron a la camilla. De eso hace varias horas.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y él acarició mi cabello con suavidad.

-¿Alguien te hizo daño? –preguntó Daniels, mientras me mecía en sus brazos.

Él interpretó mi llanto silencioso y en un gesto cariñoso que me tensó un poco, me abrazó con más fuerza.

-De lo que tengas miedo, Rebeca y yo te protegeremos.

Asentí y, justo en ese momento el médico abrió la cortina del cubículo en el que nos encontrábamos.

-Su psiquiatra me ha mandado todo su historial médico. Me informaron que seguramente había tenido una crisis o una emoción fuerte, para que se comportara de esa manera.

-Fue un encuentro con una persona –dijo James y el médico me miró.

-Ya despertó, Señor Ishida –aquel hombre, con bata blanca, quien me recordó mucho al padre del superior Joe, dejó escapar un suspiro-, no podemos dejarlo aquí, lo trasladaremos a otra habitación y lo tendremos en observación.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y James me abrazó aún con más fuerza, con un gesto sobreprotector.

-No... no quiero estar solo –me aferré a James-. Por favor no me dejen solo.

-No, yo me quedaré aquí contigo –me dijo él-. ¿Qué fue lo que le hicieron? –preguntó entonces al médico.

-¿Es usted su familiar?

James se quedó en silencio.

-No… -respondió de mala gana.

-Entonces no puedo revelarle su historial médico, no creo que al señor Ishida le agrade. Por favor cuídelo, llamaré en éste momento al departamento psiquiátrico, el médico llegará en media hora.

James se separó lentamente de mí cuando el médico salió y cerró las cortinas.

-Estarás bien, Taichi ya viene en camino.

Asentí, mientras cerraba los ojos, sintiéndome más tranquilo.


Me habían cambiado a otra habitación en la sección de psiquiatría, como había dicho el médico que harían. No quería estar ahí, porque me traía malos recuerdos, pero no podía hacer nada para oponerme, además de que me sentía un poco atontado y quizá era por los medicamentos, pero no estaba seguro.

-Buenos días –la voz de un hombre rechoncho, de mirada ambarina y amable, con un ensortijado cabello pelirrojo y piel blanca como la nieve, me sonrió desde el marco de la puerta-, usted debe ser el señor Yamato Ishida –miró unas hojas que llevaba en una carpeta y después se introdujo en la habitación.

Me hice un ovillo y él me sonrió con comprensión al ver mi reacción. James había salido unos instantes para desayunar algo, así que no había nadie más ahí, sólo ese hombre y yo.

-No voy a hacerle daño. Me llamo Oscar Avery, me pidieron que viniera a verle. ¿Cómo se encuentra?

No le respondí y él se acercó con sigilo, para mirar de cerca mi suero y los monitores que estaban conectados a mi cuerpo.

-¿Gusta una gelatina? –él me ofreció una gelatina de leche en un recipiente y yo dudé en tomarla, aunque cuando gruñó mi estómago, no pude evitar sonrojarme.

-No… no soy un niño –hice un mohín, pero acepté la gelatina.

-No pienso que lo sea, ¿cuántos años tiene? –preguntó.

-¿No viene en esos documentos? –pregunté, disfrutando de aquel postre, como si fuera lo más exquisito del mundo, de verdad tenía mucha hambre.

-Los papeles son muy fríos, no hay como la calidez humana, señor Ishida. ¿Puedo preguntar qué fue lo que le asustó?

Le miré y después temblé, no pude evitarlo.

-¿Alguna vez ha pensado que su más horrible pesadilla pueda volverse realidad? –él asintió.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y después cubrí mi rostro.

-No quiero estar aquí, no quiero estar solo. Él fue a amenazarme al hospital y no quiero que venga otra vez. ¿Por qué me hace daño? ¿Por qué? No le he dicho a nadie. Pero reconocí a uno de ellos. Y él… él me dijo que me mataría si yo los reconocía… Yo… -hipeé y abracé mis rodillas, escondiendo mi cabeza-… por favor, que dejen de burlarse de mí. Siento que me están desgarrando por dentro sus risas, sus burlas, sus voces. ¿Por qué sigo escuchando sus voces?

El médico siguió viendo los papeles y negó con la cabeza.

-¿Fue más de uno? En sus registros sólo viene una persona.

Abrí los ojos con sorpresa y el llanto fluyó sin que pudiera detenerlo.

-Fue mi culpa, por eso corrieron a Tai de su casa, cuando él fue quien me salvó. Pero ellos me amenazaron y… y ese sujeto fue al hospital, mientras estaba inmóvil. Quería obligarme a que dijera que fue Tai, pero… quizá por eso me están buscando, porque no dije lo que Nagano quería –me tapé los labios, ese apellido era impronunciable para mí, innombrable.

El médico me miró con preocupación y después se levantó de su asiento.

-Voy a prescribirle algunos medicamentos y se quedará un poco más en observación, no quiero que se haga daño.

Asentí, abrazando con más fuerza mis rodillas.

-Procure descansar un poco, señor Ishida, sé que éstas palabras no lo reconfortarán, pero ellos no están aquí.

Mi cuerpo tembló y no pude dar respuesta a aquello. Yo lo sabía, pero mi mente a veces se negaba a obedecerme, a olvidarlos.

En ese instante alguien tocó a la puerta, sobresaltándome. El médico fue a revisar quién era, hasta que escuché la voz de Sora.

-Soy la ex esposa de Yamato, ¿puedo verlo? –preguntó ella y el médico le señaló el interior de la habitación.

-Hola, Yamato –Sora me sonrió y yo la miré con algo de incertidumbre.

-¿Y Tai…? –mi voz se quebró al pronunciar su nombre.

-Él me llamó y me dijo lo que pasó, así que vine mientras tanto. Me dijo que ya viene en camino, pero sabes que un océano nos separa de él.

El médico dejó escapar un suspiro.

-Por el momento me retiraré, pero estaré al pendiente de cualquier cambio, señor Ishida.

Yo asentí y él se marchó enseguida.

-¿Sólo viniste porque Tai te pidió que vinieras? –pregunté y Sora me miró con aflicción.

-Sí, pero fuiste mi amigo y eres el padre de mis hijos, no podía dejarte nada más porque sí. Tenemos un lazo que aún nos une y que jamás se romperá.

Ella se sentó a mi lado y me sonrió.

-Quizá no terminamos de la mejor manera; sé que no debí engañarte con Mimi, que fue egoísta el no haber puesto todo de mi parte para estar contigo; fui egoísta al no querer venir contigo y dejar mi zona de confort.

Ella hablaba tan seriamente que sabía que me estaba revelando sus más profundos sentimientos.

-Tú sabías lo que siempre sentí por Tai –ella hizo un mohín-. Era mi héroe, pero él no me amaba, y llegué a pensar que si le quitaba entonces a la persona que él amaba con todo su ser, sabría lo que yo estaba sufriendo, pero él no se dio cuenta de sus sentimientos por ti hasta más tarde. Y sí te amé, Yamato –Sora sonrió con tristeza-, pero no fue lo suficiente. Perdóname por haber sido tan egoísta como para hacerte vivir una mentira, por hacerte creer que quería estar a tu lado, cuando te odiaba por permitir que toda la culpa de lo que pasó recayera en Tai. Te odié mucho, demasiado, cuando él se fue. No sabes el rencor que te guardé por tantos años. Supongo que eso fue lo que no pudo arreglar nuestro matrimonio. Tus demonios y los míos nos hicieron daño.

-Yo sí te amé –dije con dolor y Sora acarició mi mejilla izquierda, tensándome un poco.

-Lo sé… -ella sonrió y me dio un beso en la frente-… sé que me amaste. Perdóname por atacarte con un cuchillo, pero no entendías mi frustración por estar atada a ti cuando ya no te amaba. Cuando supe que estabas con Tai pensé que sólo lo hacías para sacarme celos, pero de verdad estabas pensando en corresponderle, a pesar del miedo que te da el ser tocado por cualquier hombre, incluso por tu padre o tu hermano. He sido una mala persona por pensar mal de ti.

Ella se alejó de mí y salió de la habitación, mirando hacia atrás cuando estuvo en el marco de la puerta, regalándome una triste sonrisa.


Taichi me había mandado varios mensajes, los cuales pude leer cuando me restablecí. El médico se había sorprendido bastante al verme tan tranquilo, hasta que el metiche de James le había dicho que era porque mi novio iba en camino.

El médico Avery no quiso ahondar en detalles, pero me sonrió con algo de calma.

El último mensaje que me había mandado Tai, era para informarme que iba a subirse a un avión. Sonreí con suavidad, mientras las lágrimas escapaban de mis ojos. Cuando se me declaró no pensé que nuestra relación se fuera a convertir en lo que era ahora, ni tampoco me habría imaginado los sentimientos tan fuertes que tendríamos el uno por el otro.

Miré el techo, pensando en qué diría Gabu si supiera nuestra relación; quería creer en mi corazón que, con la bondad que lo caracterizaba, él me sonreiría y me desearía felicidad, ¿pero y si no era así? ¿Y si me repudiaba por amar a un hombre?

Hice un mohín, Gabumon no era así, quizá ni siquiera lo entendería, aunque sabía que aquel pensamiento de repulsión era sólo un reflejo de mi propio corazón; no había cambiado nada desde la última vez que lo vi.

Si él hubiera estado conmigo en esos días tan deprimentes de mi vida, seguramente habría hecho hasta lo imposible por hacerme feliz, por protegerme, por quedarse a mi lado. Pero, según me dijo Koushirou, la puerta al Digimundo se cerró porque se sobresaturó el sistema y debía reiniciarse. Como con cada evolución el sistema se cargaba de mayor información, un día colapsó, debido a los Digimons que tenían una evolución muy avanzada, por lo que tuvimos que despedirnos de ellos, pero aún en mi corazón tenía la esperanza de que alguien abriría la puerta y nos encontraríamos, como en los viejos tiempos, viviendo nuevas aventuras.

Quizá al principio sólo pensábamos en regresar a nuestro mundo, pero después, al volverse tan preciados aquellos momentos, seguramente todos deseábamos regresar al Digimundo, para ver a nuestros amigos.

Miré entonces la fecha en mi celular; era 23 de enero, faltaban pocos días para el cumpleaños de Taichi, mi hijo. Reí un poco al pensar en lo irrisoria que era nuestra historia y en las burlas que había recibido de mis amigos cuando supieron que Taichi me veía como su madre.

Estornudé sin querer y me abracé a mí mismo. Rebeca y James no se habían querido ir del hospital, preocupados por mi estado mental, así que habían compartido sitio conmigo, junto con Sora y Mimi. Sí, Mimi había ido junto con Sora.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero cuando escuché que la puerta de la habitación se abrió, mis ojos se llenaron de lágrimas.

-Está helando afuera. Me congelo, arg, muero.

Taichi estornudó, aunque se quitó el abrigo, dejándolo en una silla cercana a la puerta; sin embargo, a pesar de la tranquilidad que me infundió el verlo, me quedé de una pieza al ver al hombre que venía detrás de él.

-Estás despierto –Tai sonrió y yo asentí-. Tu padre me pidió que lo trajera.

Sonreí al sentir el caluroso abrazo de mi padre, aunque su cuerpo estuviese tan frío como la nieve, y cerré los ojos, recargándome en su pecho, como si fuera un niño. Me sentía tan protegido, tan feliz.

-¿Cómo estás? –preguntó mi padre y yo traté de sonreír, pero no podía.

No respondí, no podía hacerlo. Decir que me encontraba bien era una mentira, pero tampoco me encontraba tan mal.

-Estaba en casa de Tai cuando llegó y les dijo a mis nietos que tenía que venir a verte.

Mi padre acarició con tanta suavidad mi cabello, que me enterré fuertemente en su abrazo.

-Papá...

Me separé de mi padre, aún con lágrimas en mis ojos y él retiró mis lágrimas con los pulgares de sus manos.

-¿Estás bien? –volvió a preguntar mi padre.

-Sí, ya estoy mejor –hipeé un poco.

-Daniels me dijo que el médico que te estaba tratando no quiso darte el alta, así que vinimos para acá –Tai me sonrió.

Me separé de mi padre y jalé a Taichi de la corbata, ocasionando que casi cayera encima mío. Entonces, lo abracé, haciéndome un ovillo. Él tuvo que sentarse en la cama para no caerse y dejó que me aferrara con fuerza a él.

-Todo va a estar bien –él susurró en mi oído-. Nadie te hará daño. No dejaré que nadie te haga daño. Siempre iré a salvarte, Yamato, te lo prometí.

-Lo sé… -mi voz sonó sofocada, debido a que estaba enterrado en su pecho-… sé que siempre vendrás a rescatarme. ¿Vas a ir siempre por mí al cuarto de aseo del gimnasio?

-A cualquier lugar, Yamato –acarició mi cabello-; sin importar dónde estés. ¿No vine desde Japón?

No pude contener mi llanto; Taichi había dejado su trabajo por ir a verme y sabía que para él, que era un trabajólico, había sido difícil el dejar de lado sus responsabilidades. Me separé lentamente de él y cerré los ojos cuando él me dio un suave beso en la frente.

-Eres muy amado –me dijo mi padre, justo al momento en que sus ojos se llenaron de lágrimas-. Por tus amigos, e incluso el hijo de Taichi te ve como una figura paternal. Me da gusto ver que a pesar de todo no estás solo. Le rogué a Tai que me trajera porque sentía la necesidad de venir. Taichi no se opuso, él vio mi desesperación. He sido un mal padre, Yamato. Cuando eras un niño no te amé lo suficiente y hubo un punto en el que me estorbaste.

Apreté los puños, sintiendo dolor al escuchar aquello, enterrándome con más fuerza en el abrazo de Tai. Él me sostuvo con fuerza y delicadeza a la vez, como si no deseara que escuchara aquello, pero sabiendo que debía hacerlo, debía enterarme de lo que estaba pensando mi padre.

-Fui estúpido, te hice lo mismo que a tu madre; dejé de amarlos, al igual que a Takeru. Y pensé sólo en mi propia felicidad, sin importarme tu bienestar.

Se llevó ambas manos al rostro para cubrir sus lágrimas.

-Cuando tu madre me habló para decirme que estabas hospitalizado, no me importó, hasta que me rogó que fuera. Me rogó –negó con la cabeza, su llanto había aumentado-, me rogó para que fuera a ver a mi propio hijo. Pero cuando vi tu rostro hinchado por los golpes y tú me miraste, tan desvalido, tan indefenso, y me vi reflejado en tus ojos, vi a un ser inmundo, a una persona que no merecía tu confianza. Y cuando el médico me dijo lo que había pasado, lo que tú habías vivido, supe que yo era una basura. Si hubiera regresado en esos días al departamento me habría dado cuenta que no estabas y habría evitado algunas horas de tu sufrimiento.

Tragué en seco, sintiendo las lágrimas resbalar por mis mejillas y mentón, hasta mojar el saco de Taichi.

-El daño psicológico que te hicieron fue muy grande, y aún ahora lo cargas.

Mi cuerpo tembló, hasta que Tai me soltó y dejó que mi padre se arrodillara a mi lado y me abrazara con fuerza.

-Perdóname, Yamato, por favor perdóname. No merezco ser tu padre, ni que me llames de esa manera, por todo el daño que te he causado, por todo el sufrimiento que provoqué por mi inmadurez, por mi egoísmo. Daría todo por regresar al pasado y evitarte ese sufrimiento. Yo… estaba tan consternado mientras tomabas mi mano con desesperación y me pedías que no te dejáramos solo. Tu madre y yo tuvimos que vivir juntos por eso, por ti, para no dejarte solo. Pero a pesar de que saliste adelante y continuaste con tu vida, siempre me sentía culpable por abandonarte, sobre todo cuando más me necesitaste –se incorporó de pronto, secándose las lágrimas y la nariz con el dorso de su mano derecha-. Te llevé conmigo porque eras el mayor, porque no me darías problemas. Incluso tuviste que aprender a cocinar y a hacer tus propios quehaceres y los míos. Soy una basura de persona… perdóname…

No tenía nada que perdonarle, pero ningún sonido salió de mis labios. Quería decirle que nadie nos enseña a ser padres, pero algo que tenía atorado en la garganta no me permitía hablar; eran mis sentimientos reprimidos. Entonces, elevé los brazos y él se sentó a mi lado, en el lugar que anteriormente estuvo Tai. Me abrazó con fuerza y lloré como un chiquillo en los brazos de mi padre, como aquella vez que me desperté en el hospital y lo vi por primera vez después de la pesadilla que había vivido.