Capítulo 41

Bostecé profundamente, mirándome al espejo. El cambio de horario me había devastado más de lo que hubiera pensado y pensé que me estaba haciendo viejo. Lavé mi rostro con el agua fría del lavabo, pensando que era lo más horrible que podía sentir sobre mi piel. Me gustaba el frío, pero en ese lugar era insoportable.

Cerré los ojos por unos instantes, mientras temblaba; sin embargo, aquel reflejo de mi cuerpo no era por el frío, sino por lo que estaba sintiendo.

Yamato se veía retraído, se veía como un niño. Nunca pensé que volvería a encontrarse con alguno de sus agresores, mucho menos en otro continente. Jamás pensé que lo vería llorar otra vez con desesperación y con miedo, mientras se aferraba a mi cuerpo.

Aquello me trajo malos recuerdos. Me recordó también la impresión que tuve al encontrarle en el cuarto de aseo del gimnasio, mientras su cuerpo pendía de la cuerda de una polea que utilizaban para mover las cajas que contenían los balones y demás cosas pesadas.

Tenía moretones y golpes en el cuerpo; se veía delgado, se veía como si estuviera muerto. Esos desgraciados lo habían quebrado, no sólo física, sino espiritualmente. Los odiaba, porque habían destruido las vidas de ambos, nos habían arrebatado todo en un instante.

Sequé mi rostro con una toalla y pude ver en el reflejo a Yama, algo que me sorprendió. Después me abrazó por la espalda y colocó su frente en mi hombro derecho.

-¿Qué sucede, rubio tonto? –le pregunté y él rio un poco, aunque su cuerpo tembló.

-¿Me amas? –preguntó quedamente y yo asentí, dándome la vuelta para abrazarle con fuerza.

-Con todo mi ser –le sonreí y acaricié su rostro, un gesto que lo asustó por unos instantes, hasta que cerró los ojos y dejó que continuara.

Sonreí con condescendencia al ver el suero colgando de una estructura metálica con rueditas, la cual iba jalando Yamato para entrar en el baño.

-Quiero irme a casa… -él se aferró a mí, mientras las lágrimas escapaban de sus ojos-… no quiero estar aquí. Quiero estar contigo.

Ninguno de los dos pronunció palabra alguna, tan sólo nos quedamos abrazados por largo tiempo.


Estornudé cuando salí de la habitación de Yamato, para ir a comprar algo de comer. El señor Ishida había salido junto con Rebeca para recoger las cosas de la oficina, mientras esperábamos que le dieran el alta a Yama. El psiquiatra que le habían asignado estaba muy sorprendido de lo rápido que se había sobrepuesto al susto que lo llevó al hospital.

Bostecé, mientras varias enfermeras me saludaban amablemente. Entonces me dirigí al comedor del hospital; sin embargo, sentí una mirada en mi espalda, así que voltee hacia atrás, encontrándome con un rostro conocido; a pesar del tiempo, reconocí a esa persona.

-Superior Yagushi… -pronuncié, llamando la atención de aquel sujeto-… ¿Superior Takao Yagushi?

-¿Taichi Yagami? –él parpadeó, algo sorprendido.

-Ah, entonces eres tú –yo sonreí, acercándome a él-. ¿Cómo has estado? Qué pequeño es el mundo.

Le di mi mano a modo de saludo y él dudó en corresponder mi gesto. Parpadeé sin comprender su actitud.

-¿Estás enfermo? –pregunté cuando él apretó mi mano- ¿Alguno de tus familiares está…?

No me dejó terminar de preguntar, puesto que soltó mi mano y volteó hacia el suelo, para evitar mi mirada.

-¿Estás con Ishida? ¿Viniste con él?

No podría nunca describir lo que sentí en ese momento. Sentí como si hubiera un hueco en mi pecho y en mi estómago, como si me hubieran dado una fuerte bofetada. El superior que tanto había admirado en el bachillerato y por el que me había esforzado tanto para alcanzar en técnica respecto al fútbol, le había hecho daño a Yamato.

-No, no puede ser –le miré entonces, con decepción, con resentimiento-. ¿Tú fuiste…? ¡Por qué! –lo tomé de la solapa de su abrigo- ¡Por qué lo hiciste!

-Lo siento –dijo aquel hombre.

No pude contenerme, así que le di un puñetazo en el rostro que lo hizo trastabillar y caer al piso; pero él no se defendió, ni hizo el menor atisbo para devolverme el golpe. Me sentía muy molesto. Varios trabajadores del hospital nos rodearon, pero no comprendían ni nuestro idioma, ni lo que estaba sucediendo.

-¿Cómo pudiste hacerle eso a Yamato? ¿Por qué?

-Te tenía envidia –dijo él, mientras la sangre corría por la comisura de sus labios-. Cuando esperaba yo ser el capitán del equipo de fútbol a ti te designaron, un idiota de grado inferior.

-Pero Yamato no tenía la culpa –dije, con dolor-. ¿Por qué él?

-Yo te escuché declarártele –dijo aún en su posición-. Tenía tanto coraje, ¿qué le viste?

Yo me quedé pasmado.

-¿Yo te gustaba? –dije con horror- ¿Por eso tú…?

-Fue por las circunstancias –él apretó los puños-, no fue planeado. Yo… no debí desquitarme con él, lo sé, ni todos nosotros. Pensé en ese momento que si no podías ser mío, no serías de nadie más.

Sentí que la tierra se abría a mis pies y caía al vacío. El aire no llegaba a mis pulmones, mi corazón parecía latir débilmente.

-¿Por qué no me lo dijiste directamente? –pregunté y él rio.

-¿Y qué? Tú estabas perdidamente enamorado de Ishida. ¿Cómo podría yo competir contra tus extraños gustos? Viéndolo yo no era tan atractivo como Ishida, ni era delgado, rubio, de ojos azules. ¿Cómo podría yo llegar a ser tan delicado como él?

Abrí los labios sin saber cómo contestar a su pregunta.

-Si estás aquí con él, ¿quiere decir que ahora están juntos?

Apreté los puños, pero cuando quise volver a golpearlo después de que lo escuché preguntarme aquello, Daniels me detuvo, algo que me sorprendió sobremanera.

-¿Qué sucede? –me preguntó en inglés- ¿Por qué le has golpeado?

-Superior Yagushi, ¿cómo pudiste hacerle eso a Yamato? ¿Por qué? Destruiste nuestras vidas –pregunté en japonés, para que Daniels no comprendiera de lo que hablábamos, no era de su incumbencia.

-Estoy arrepentido –dijo él-, de verdad. Ojalá pudieran perdonarme.

-¿Cómo has podido vivir con tanta tranquilidad después de todo el daño que nos hiciste? –gruñí, quería destrozarlo ahí mismo, con mis propias manos.

-Te equivocas… -él dejó escapar un suspiro y después de todo el barullo me miró a los ojos por fin-… siempre pensé en el daño que le habíamos hecho. Ahora que mis hijos están creciendo, pienso que si algo así les pasara, no dudaría en matar al hijo de puta que les hiciera eso. Sé que no sólo destrozamos su cuerpo –sus ojos se llenaron de lágrimas, algo que me sorprendió-, también destrozamos su alma. Nos dejamos llevar por el momento, fue un juego de poder.

Daniels me soltó al sentir que dejé de ejercer fuerza y, al ver que parecíamos estar calmados, los guardias del hospital y los médicos y enfermeras que nos habían rodeado, se fueron alejando.

-Siempre pensé en lo que le diría cuando lo encontrara. Sabía que se encogería de miedo, pero quería pedirle disculpas por todo el daño que le hice, que le hicimos. Perdóname también, Taichi, por favor.

Suspiré y sentí los ojos acuosos. Su disculpa sonaba cargada de sentimiento, no parecía estar fingiendo su arrepentimiento, pero, ¿cómo podría perdonarle las aberraciones que le hicieron a Yamato? ¿Todo el dolor y el resentimiento que nos hicieron cargar a ambos por tantos años?

-Quería hablar directamente con Ishida, pero sé que mi presencia le causa pánico. Soy el único de nosotros que salió de Japón, así que ten cuidado, no de Morimoto, ni Kimura, ni siquiera de Nagano, sino de Hashimoto; él está metido en algo turbio, puede hacerles daño. Nagano siempre fue el más sanguinario de nosotros, pero sólo lo hacía para complacer a Hashimoto.

-¿Nagano? –pregunté, algo me daba mala espina al escuchar ese nombre.

-Si los dos están juntos quiere decir que sabes que Ishida está circuncidado –abrí los labios, pero nada escapó de ellos, era cierto, yo lo había visto-… ese fue Nagano. Nagano es médico, uno de los más reconocidos de Japón, pero sobre todo por su especialidad en psiquiatría legal.

-Yuuma Nagano –pronuncié y él me miró, realmente sorprendido de que conociera ese nombre.

-¿Lo conoces? –preguntó.

-Sí… -mi cuerpo tembló-… es un hombre sumamente atractivo –solté y Takao rio con algo de molestia.

-Las apariencias engañan, ¿eh?

-Pero no sólo es muy atractivo, sino que tiene una facilidad de palabra que te envuelve. Es muy inteligente.

-Tiene el coeficiente intelectual de un genio –me dijo mi superior-. Estudió medicina y derecho al mismo tiempo, además de administración. Hizo la maestría en psiquiatría, medicina legal y administración de hospitales. Doctorados, diplomados, todo eso lo terminó a los veintidós años. Después de lo de Ishida él resolvió que dejaría de jugar y que se concentraría en sus estudios, así que después de los dieciocho años nos abandonó y de vez en cuando sabíamos de él por Hashimoto. Nos instó a que hiciéramos lo mismo, que ya no éramos unos niñitos, así que todos nos especializamos en algo y nos fue muy bien. Nagano es un genio, de verdad que lo es. Es bueno en los deportes y en todo lo que hace, incluso cocina muy bien. Pero tanta inteligencia sólo sirvieron para beneficio de Hashimoto. Nagano es malo por naturaleza, él disfruta haciendo daño, pero a Hashimoto lo hicieron así. Aunque Nagano se entretiene más jugando con la mente de las personas, Hashimoto disfruta más torturándolos físicamente. Realmente nunca entendí cuál de los dos controlaba al otro, porque Nagano felizmente hacía lo que Hashimoto le pedía, pero sólo cuando a él le convenía.

Parpadeé sin comprender.

-Nagano es una mala persona, él da miedo, incluso a nosotros nos aterra su forma de ser. Parece que puede leer la mente, que puede entrar a lo más recóndito de tu mente y destrozarte, hasta dejarte en un estado catatónico, obligándote a recordar cosas difíciles de tu vida, los maltratos, las heridas que intentas sanar en tu corazón. Esos tres días que Ishida estuvo…

-¿Tres… tres días? –abrí los ojos con sorpresa- ¿No fue uno? –mis labios se quedaron abiertos, estaba estupefacto.

Yagushi negó con la cabeza y apretó los puños.

-No, fueron tres días –después me tomó por los hombros, sorprendiéndome-. Ten cuidado con Ishida; me recuerda más a mí porque fui el primero, pero seguramente a quien más recuerda es a Nagano y, aunque recuerde que fuimos cinco, de uno de nosotros ni siquiera podría reconocer su rostro, porque fue el regalo que Nagano le dio. Él fue quien hizo que te llevaras a Ishida, me lo dijo después. No sé por qué razón lo hizo…

Me quedé estupefacto al escuchar aquello. Ahora que recordaba, yo había conocido a Yuuma Nagano en una reunión de medicina legal en Hiroshima. Era un sujeto realmente atractivo y con una mirada gélida; hablaba con gran soltura y con una voz sumamente profunda y varonil. Sus cabellos negros y sus ojos verdes, su piel blanca y su estatura eran algo que sobresaltaba de él.

"¿Así que decidió ser fiscal, Yagami?" –él sonrió hacia mí, haciéndome sentir como entre la espada y la pared- "Se notaba desde el principio que su principal fuerte siempre fue proteger a los demás".

Mi cuerpo tembló sin que pudiera evitarlo.

-A él le gustaba Ishida –mi superior llamó de pronto mi atención-, decía que era su primera "muñeca". Él limpiaba sus heridas y se entretenía mucho platicando con él. Parece que le tomó mucho aprecio.

Miré a mi superior, recordando que la vez que encontré a Yama en el cuarto de aseo uno de mis compañeros voló el balón de prácticas; yo sólo estaba apoyando en la práctica, porque ya se estaban terminando los cursos. Cuando encontré el balón por fin, éste estaba desinflado, en las manos de un sujeto muy guapo. Él me sugirió que fuera al cuarto de aseo, ya que ahí habían puesto los nuevos balones de entrenamiento de fútbol y basquetbol.

Mi corazón dio un vuelco, no lo habría recordado de no ser por mi superior.

-Me tengo que ir –mi superior miró su reloj y se dio media vuelta-. Cuida de Ishida. Gracias por escucharme. Merecía que me molieras a golpes –él se alejó y volteó levemente hacia atrás, regalándome una triste sonrisa-, pero sigues siendo tan buena persona. Envidio a Ishida. Les deseo una feliz vida.

Daniels llamó mi atención cuando el superior Yagushi se perdió al dar vuelta por el pasillo en el que me lo había encontrado, después se colocó frente a mí. Parecía querer preguntar muchas cosas, pero a la vez parecía tener miedo. Nuestras reacciones y la de Yamato estaban interconectadas, él había podido sentirlo.

-¿Sabes dónde está el comedor? –pregunté, sorprendiéndolo.

-¿Él le hizo daño a Yama…?

Las palabras murieron en su boca, no quería preguntarlo tan directamente.

-No… -al pronunciar esa palabra sentí como si me hubiera tomado un litro de lejía y me estuviera quemando el estómago.

-¿Entonces por qué Yamato reaccionó así cuando lo vio? ¿Por qué tú…?

Suspiré profundamente.

-Anduvo con malas compañías –dije, mirando el final del pasillo y comencé a caminar con Daniels siguiéndome los pasos, me dirigía al lado contrario por el que me había encontrado al superior Yagushi-, sólo eso.

-¿Cómo puedes perdonarlo? ¿Qué le hicieron?

Tomé de la solapa del saco a Daniels y lo empujé contra la pared, sorprendiéndolo.

-Sé que es tu amigo, pero no te atrevas a hacer una pregunta respecto a eso, ni siquiera menciones el nombre de Yagushi. Tengo miedo de que ya no se sobreponga a esto. Por favor cierra la boca.

Lo solté y me detuve al final del pasillo, encontrando el letrero que me informaba la dirección que debía tomar para llegar al comedor. Después di vuelta a la izquierda, aunque ya había perdido el apetito.


Le había llevado un flan a Yamato, así que él se dispuso a comer muy feliz, mientras una de las enfermeras le quitaba el suero y el médico hacía las últimas observaciones.

-Ya lo veo mucho mejor, señor Ishida, parece que le daremos el alta.

Los ojos de Yama brillaron y elevó sus brazos, sosteniendo con la mano derecha su flan.

-¡Yuju! Podré irme a casa contigo.

Yamato me regaló una sonrisa, pero quizá algo en mi expresión le hizo preocuparse.

-¿Sucede algo, Taichi? –me preguntó y yo negué, sorprendido por su pregunta.

-No, nada, me da gusto.

Intenté sonreír, pero no pude. Apreté los puños. Quería decirle que me había encontrado al superior Yagushi, pero las palabras no salían de mi boca. Sabía que aquello empeoraría su estado anímico y por eso me daba miedo decirlo.

-Vamos a casa –sonreí, revolviendo su cabello como si fuera un chiquillo-, volvamos a Japón.

Él me sonrió y asintió, recogiendo su ropa para cambiarse e irse. El médico y yo nos quedamos solos en la habitación y, aquel hombre pelirrojo me sonrió con algo de tristeza.

-¿Sucede algo? No se ve muy feliz.

Volteé a verlo, sorprendido por su pregunta. Debía estar muy feliz porque por fin Yamato se iría conmigo a casa, ya no lo extrañaría, podría verlo todos los días, disfrutaría de su compañía, de su presencia, pero…

-¿Alguna vez ha imaginado qué pasaría si su peor pesadilla se volviera realidad?

El psiquiatra asintió.

-¿Usted se encontró con aquel sujeto? ¿El que agredió al señor Ishida?

Abrí los ojos con sorpresa.

-No sabe lo que yo vi cuando lo encontré –apreté los puños-, su cuerpo delgado y mallugado, su mirada vacía, su aliento débil. No escuchó su llanto, ni las súplicas que daba. Yo… -las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, me sentía desesperado-… yo quería matarlos por hacerle eso a la persona que tanto amaba, a la persona que atesoraba, pero ahora que me encontré con uno no fui capaz de hacerlo, a pesar de todo el dolor, de todo el sufrimiento por el que nos hicieron pasar a los dos.

El médico dejó escapar un suspiro y después me puso la mano derecha en el hombro izquierdo.

-Eso significa que ya los perdonó, porque perdonar no es olvidar; no, perdonar es seguir adelante, sin cargar resentimientos, sin cargar dolor, sólo recordando lo vivido, para no caer en el error una vez más. Perdonar es vivir. Es una persona muy valiente por perdonarle la vida. Sé que el señor Ishida tiene problemas porque le causaron mucho daño psicológico, pero él pudo perdonar porque lo tiene a usted, porque usted es su soporte y la persona que le ayuda a vivir. Cada quien hace su propio infierno en la tierra, no haga el suyo ahora. Viva, sea feliz. Nada es fácil y cuesta, pero si la vida nos da limones, entonces hay que aprender a hacer limonada.

El psiquiatra se dirigió a la puerta, pero antes de salir volteó hacia mí.

-Antes de irme… disculpe la torpe pregunta, pero, ¿es usted Taichi Yagami?

Abrí los labios, quedándome estupefacto. ¿Le habría dicho Yama mi nombre completo?

-Es que… el señor Ishida es Yamato Ishida, su ex esposa se llama Sora, así que intuí que usted es Taichi Yagami.

Sudé una gotita, sospechando adónde iba dirigida la conversación.

-Sí, ese es mi nombre –dije, no muy convencido.

-¿Entonces puedo pedirle un favor muy grande? –se acercó a mí y me sonrió- ¿Puede darme su autógrafo?

Yo sudé una gotita y le permití al psiquiatra tomarme una foto con su celular, firmándola después con una plumilla.

-Gracias, usted es el héroe de mi nieto. Es usted un ejemplo de valentía, señor Yagami. Que Dios lo cuide.

Me despedí, sintiéndome algo confundido, pero a la vez un poco más tranquilo.

-Perdonar no es olvidar… -pronuncié aquello, mirando la cama vacía-… es continuar adelante, aún con el dolor, aún cargando con las cicatrices de los dos.

Sonreí, porque en algún momento de mi vida había olvidado cuán ciertas eran aquellas palabras.