Aquella misma noche, el jolgorio que había causado la llegada del nuevo olímpico, había cambiado el ánimo de todos los dioses presentes. Todos estaban expectantes, ansiosos y con la mirada fija ante la belleza del dios. Su solo espíritu y sonrisa jovial y cándida, mermaba en aquella imponente sala que le hacía quedar muy pequeña ante su presencia.
De la misma manera en que llegó le fueron dispuestos una mesa, un nido de almohadones y copiosos platos de comida y bebida. Su sola sonrisa y su gratitud hacían que hasta la servidumbre se sonrojara. Todos estaban estupefactos gracias a la imagen de aquel joven y al grácil aroma que su cuerpo desprendía.
Katsuki no podía quitar su mirada de encima de él. Se sentía ofuscado por su belleza magnánima y por ese olor tan tenue, tan grácil y tan abrumador que le escocía el estómago de algo extraño.
—¿Precioso, no lo crees Katsubro? —interrogó una voz cerca de él.
Katsuki viró sus ojos hacia la imagen de Kirishima, quien le regalaba una sonrisa. Odiaba que Kirishima le sonriera de esa manera.
—¿Qué quieres, pelos de mierda?
—Nada, nada, Katsubro —sopesó el dios del sol—. Solo me extrañó un poco cómo estabas mirando al nuevo.
Bakugou volvió a dar un largo sorbo a su copa de vino hasta terminarla nuevamente. Le parecía molesto lidiar con esas confianzas que Kirishima tenía con él. No podía negar que era uno de los pocos a los que les tenía aprecio y que tampoco lo veía como una amenaza, pero odiaba un montón esa manera en la que se refería a sus comportamientos.
—¿Qué, acaso te dio hoy por observarme, pelos de mierda? —apremió socarrón— Yo sé que estás muy dispuesto a la hora de cortejar, pero te advierto que te vas a ganar una zurra que ni tú mismo podrás con ella.
Kirishima soltó una carcajada. Se sentó al lado de su amigo y le palmeó con fuerza la espalda ante la filosa mirada del pelo cenizo.
—De verdad que tu imaginación es inédita, hermano - contestó el pelirrojo mientras le servían más vino - pero prefiero tener a alguien que esté dispuesto a hacerme feliz más que alguien gritándome y lleno de sangre. Sin ofender.
—En verdad me valen mierda tus comentarios —respondió seco el dios de la guerra.
—Está bien, hermano, no importa. Sé que estás de mal humor como de costumbre, pero yo que tú me apresuraría por hablar con el nuevo —señaló el pelirrojo.
Katsuki se sirvió del tonel y bebió toda la copa de un solo trago mientras Kirishima se retiraba en silencio con una sonrisa socarrona. Su ceño se frunció y no dejó de observar a la hermosa figura del joven en la lejanía del salón.
Sus cabellos verdes y rulos se bamboleaban ante las negaciones de compañía que le daban el largo harem de Aoyama. Su sola belleza encandilaba a los ojos de quien lo veía. Su aura de inocencia y jovialidad hacía derretir hasta el más fiero corazón.
Pero lo que más había hipnotizado a Katsuki de todo él, eran sus ojos. Aquellas esmeraldas resplandecientes que solo de verlas causaban un irremediable hormigueo, como si de solo mirarte pudiera encontrar tus más profundos secretos.
Como lo estaban haciendo ahora, mirándolo a la lejanía. Fijamente. El rubí y la esmeralda se veían fijamente, anonadados, intrigados y sumamente nerviosos. Katsuki sentía que su estómago se contraía y un hormigueo inusual le calentaba la piel de solo mirar aquellos ojos brillantes.
Pero nada lo tenía preparado para aquella sonrisa angelical. Una sonrisa que le había dedicado solo a él. Una sonrisa que había explotado muy adentro de él y que lo hacía sentir confundido. Y eso le molestaba.
Así que volteó con su mejor ceño fruncido hacia otro lado y se sirvió de nuevo un trago de vino que bebió de un solo sorbo. Pero aquel hormigueo latente no dejaba su cuerpo. Lo cual lo hizo molestarse más y apretar los dientes para servirse nuevamente de la comida que habían preparado en ese banquete.
Por otro lado, Izuku veía desde su puesto a aquella figura de ojos carmesíes. Su figura intimidante, sus ademanes toscos, su ceño fruncido y su aura pesada, le llamaron la atención. Era un dios particular. No hablaba con nadie, bebía a grandes sorbos y parecía que solo estaba en el lugar por puro compromiso.
—Disculpa —susurró a alguien de la servidumbre.
-—Sí, mi señor ¿en qué puedo servirle? —respondió con premura el joven a su lado.
—Quería saber... ¿Quién es aquel dios? —señaló discretamente.
—¿Quién, mi señor? —insistió el joven.
—Aquel que está alejado, cerca del tonel —volvió a señalar Izuku con total tranquilidad.
Cuando los ojos del joven sirviente observaron a la figura que Izuku veía, su rostro se contrajo a una mueca de miedo y de incomodidad. Una mueca que no pasó desapercibida por el joven dios.
—¿Pasa algo? —interrogó Izuku, intrigado ante aquella expresión.
—Mi señor, a quien usted señala es el más vil de todos los dioses —inició el joven—, Katsuki Bakugou es el dios de la guerra, el dios que vive para matar y torturar como deber y placer. Es preferible que no se relacione con él.
—Pero…
—No te preocupes por Katsuki —le apremió una voz templada.
Izuku volteó la mirada y observó a un dios más alto que él, con los ojos y el cabello bicolor, de piel lechosa y una cicatriz en el ojo. Era un dios particular. Extraño, pero no incómodo.
—Shoto Todoroki —se presentó estirando su mano.
—Un placer, Shoto —dijo el dios del amor extendiendo su mano.
Todoroki la tomó con suma delicadeza, no para apretarlo, sino para dejar un beso en el dorso de la mano con caballerosidad. Izuku no esperaba ese ademán tan dulce y elegante. Lo cual hizo que sus mejillas se sonrojaran de un bermellón brillante.
Katsuki sintió un fuego abrasador irle desde el fondo del estómago hasta la garganta al ver la reacción de Izuku desde el otro lado del salón. ¿Cómo aquel maldito del mitad-mitad se atrevía a hacer eso? Y, aunque no le faltaban ganas de ir y golpear al dios de la forja con sus manos, una extraña sensación lo detuvo.
—Katsuki, ¿estás bien? —preguntó Uraraka a llegando a su lado.
La diosa de la primavera se acercó para saber cómo estaba el de pelo cenizo. Tenía la misma mueca hosca de siempre.
—Claro que estoy de maravilla, cara redonda —respondió él con toda la calma que pudo acumular en esos escasos instantes— solo que estos jodidos banquetes me aburren. ¿Tú que haces por aquí?
—Solo quería saber si estabas bien —confesó la joven con tranquilidad, sentándose en el puesto libre que había al lado del dios— últimamente hay demasiadas guerras en el mundo de los humanos.
—Son irremediables. Desean el poder solo para ellos y tienen los putos cojones de cabrearme al decir que quieren llegar a ser como nosotros —contestó socarrón— ¡Ja! no pueden compararse con nosotros.
—Bakugou…
—¿Qué? Estás muy cohibida para ser tú —señaló mientras bebía de nuevo de un solo trago su copa de vino.
Y, aunque la diosa de la primavera era segura de sus palabras, la lengua se le trababa con aquel dios de porte atlético, de modales hoscos y de mirada penetrante. Aquel dios que le llevaba quitando los pensamientos desde hace mucho tiempo.
—Quiero que te quedes conmigo, esta noche…
Katsuki se ahogó con la bebida, tosiendo frenético y tratando de respirar nuevamente. Joder, eso no se lo esperaba para nada.
—¡Maldición, cara redonda! —Exclamó recomponiéndose— No me jodas con esas bromas de mal gusto.
El silencio se impuso entre ellos. Lo cual hizo que Katsuki le dedicara su mirada carmesí a la avellanada de su compañera. Compañera que estaba sonrojada hasta las orejas y que lo miraba decidida. Estaba hablando en serio.
—Joder —susurró con pesar el dios de la guerra—, joder, Uraraka…
—Katsuki, yo… yo sólo… —tartamudeó la joven, que aunque estaba decidida sentía el escozor del miedo carcomerle el estómago.
-—Uraraka… —dijo su nombre con calma— estoy honrado…
Aunque por un momento la joven diosa de la primavera sintió felicidad, la mueca que su compañero le dedicó le advirtió de lo que se acercaba. No es absolutamente bueno.
—Pero no puedo acceder —respondió finalmente— eres una diosa hermosa, pero no puedo aceptar tal oferta. Yo vivo por y para la guerra, la sangre, el sexo, no para el amor…
—A mí no me importa ser lo que quieras que sea —insistió ella tomando las manos gruesas de su compañero y mirándole directo a los ojos— solo quiero…
Katsuki la tomó entre sus brazos y la abrazó. Uraraka se sentía pequeña dentro del pecho de aquel dios, sus brazos macizos envolviéndola y su olor fuerte solo hacían difícil aquel sentimiento que se añejaba en el estómago. Pero era reconfortante sentir aquel abrazo.
—No puedo hacerte eso —murmuró Katsuki con cariño—, porque aunque eres una de las personas que más aprecio, no tendría el valor siquiera de hacerte daño…
—Katsuki, sé que no me harás daño —respondió ella, segura.
—No, Ochako. Vivir conmigo es que te desprecien, que te rechacen, que te quiten todo. No puedo hacerte eso.
Katsuki hizo que Ochako lo volviera a mirar.
—No puedo verte como amante, sino como una hermana.
Y con esa sencilla respuesta, Bakugou le besó la frente, tomó su yelmo, su armadura y su arma para retirarse del banquete hacia su palacio. No podía estar allí en el momento en que ella rompiera a llorar. Porque aunque la quería, no la podía querer como ella lo deseaba. Su destino estaba sellado por y para la crueldad, para la sangre, para el salvajismo, para el desprecio del Olimpo.
Izuku observaba desde lejos cómo aquel imponente hombre se alejaba de la mesa y dejaba atrás a una diosa desconsolada. Su corazón se apretó al ver como aquella diosa se empequeñecía ante la tristeza y los sollozos que salían de su pecho. Quería acercarse y consolarla como pudiera.
—Eso es lo único que deja atrás Bakugou, Izuku —susurró Todoroki a su lado.
El dios del amor lo miró con una mueca dudosa.
—Es un dios que no piensa más que en sí mismo. Mata por placer, por vanidad y por crueldad, dejando tristeza y miedo por donde va; es mejor que no le conozcas de cerca.
—Eso suena… aterrador…
—Por eso, te advierto que no te le acerques o le conozcas —propuso el dios de la forja—, no sabes qué daño puede hacer… tal como a la pobre Ochako.
Izuku observó cómo a lo lejos la joven diosa era custodiada y escoltada por otras diosas hacia un lugar más privado, mientras su silueta se contraía en los silenciosos sollozos del amor no correspondido.
—De acuerdo, Todoroki —respondió el joven dios.
Pero no pudo evitar por un momento ver como la amplia espalda del dios de la guerra desaparecía por el gran dintel, imponente, taciturno, pesado y solitario. Como un alma en pena condenada al más horrendo de los castigos. En silencio.
"Katsuki Bakugou, algún día sabré que escondes bajo esa mirada dura y displicente", se retó el joven dios del amor mientras bebía de un sorbo su copa de vino y la silueta del dios de la guerra se disipaba en las sombras de la noche.
Después de tan encantadora velada, Izuku fue custodiado y escoltado por Toshinori por las amplias callejuelas del gigantesco Concilio de los dioses. Lugar donde los palacios más grandes y apoteósicos se vislumbraban bajo la luz fantasmal de la luna.
Izuku observaba maravillado cómo aquellas gigantescas moles de mármol, piedra caliza, oricalco y marfil custodiaban ambos lados de la gigantesca callejuela. Llenas de luces que iluminaban su interior, de servidumbre simpática y generosa, de hermosos follajes y jardines, de esculturas imponentes.
Era como estar en un ensueño. Una utopía que ni siquiera aquel joven dios del amor se imaginaba materializado. Su toga le cubría nuevamente su desnudez, mientras sentía la brisa de la noche bajo un escalofrío delicioso.
—Ya estamos muy cerca de tu hogar, mi muchacho —advirtió Toshinori.
—Estoy muy emocionado por ver mi hogar, All Might —respondió ansioso Izuku.
—Por favor, Izuku, mi muchacho, dime padre —contestó tranquilo el rubio.
—Oh lo lamento, padre —se corrigió el joven—, solo es algo a lo que me tengo que acostumbrar.
—Lo sé, mi muchacho —contestó el mayor acercando al joven a su lado, en un abrazo paternal—. Sé que será difícil para ti llamarme padre, pero prometí protegerte y cuidarte como a un dios.
—Y agradezco mucho eso, padre —dijo él mientras sentía su corazón empequeñecerse—, solo que… es difícil sin ella.
—Sé que la extrañas un montón —susurró el mayor mientras se paraba en frente del joven de cabellos verdes—, pero ella fue la que me imploró que te trajera conmigo y le prometí cuidarte.
Izuku sintió una lágrima resbalar de su ojo, la cual fue enjugada por la mano de Toshinori con sumo cariño.
—No estés triste, mi muchacho. Cuando sea el momento, se reencontraran.
Él asintió con tranquilidad. Ambos volvieron a caminar por la amplia callejuela del Concilio mientras el sonido de las aves nocturnas se colaba por sus oídos. Era increíble, magnánimo, pero eso no le quitaba el pesar a Izuku, aquel que estaba instalado en su pecho.
Solo pararon cuando Toshinori se enfrentó a una amplia verja forjada, bañada en oro y abrigada bajo las tenues ramas y flores de trepadoras que bañaban todo el muro que colindaba con el palacio.
—Hemos llegado, Midoriya —dijo el mayor con solemnidad.
De su palma brilló una luz dorada la cual hizo que la verja forjada se abriera de par en par ante los ojos de ambos dioses. Toshinori traspasó el amplio muro bañado de trepadoras, seguido de Izuku.
Pero nada lo tuvo preparado para aquella enorme mole de fachada inconmensurable, ventanales infinitos, bañado por las trepadoras, el olor del bosque y de flores perfumadas, con un jardín lleno de árboles frutales, flores, setos y fuentes preciosas, terrazas abiertas, puertas nacaradas y esculturas bellísimas. De solo verla, Izuku se sentía abrumado y estupefacto.
Al entrar al palacio el olor perfumado de las flores y el bosque rezumaba por los pasillos de amplios techos y pisos de mármol, los dinteles de las puertas y los portales eran de oro puro, los ventanales eran altos con alfeizares de hierro forjado bañados en cobre y con más flores a su alrededor. El salón era gigantesco, casi comparado con el palacio de su padre, con estatuas, columnas y mesas brillantes.
Seguidamente, Izuku fue escoltado por su padre a sus aposentos. Una gigantesca ala que maravillaba a la vista del joven olímpico. Tenía un gigantesco lecho con dosel de madera nacarada y de fino cortinaje, con mantas acolchadas y suaves junto a almohadones blanquecinos. Al frente un hermoso espejo de cuerpo completo, con bordes de madera y plata. Mesones de madera fina y labrada donde reposaban macetas de flores y frascos de aguas perfumadas. Y a la derecha de la cama tres portales que llevaban a una terraza abierta con balaustres de oro y macetas largas con más plantas.
Traspasaron un portal al fondo de la habitación que los llevó al baño, otra amplia estancia en donde reposaban ánforas con aguas perfumadas, flores, plantas y maderas frescas para la gigantesca piscina que estaba en medio de la estancia. Aquella gigantesca tina llevaba grifos de oro macizo. Al fondo del lugar había un mueble de madera blanquecina y nacarada donde reposaban las finas telas con las que secaban a los dioses, donde junto a ella había un estrecho pasillo que conectaba con la terraza de sus aposentos.
—¿Qué te parece mi muchacho? —interrogó Toshinori mientras observaba como el muchacho estaba anonadado ante tanto despilfarro.
—Es… no sé cómo sentirme, estoy… esto es ¡Wao! —se apresuró a decir Izuku con emoción.
Todo aquel palacio era exuberante, divino, magnánimo y casi de ensueño. Izuku no podía creer que ese lugar sería su hogar de ahora en adelante. Había demasiados lugares que visitar aún, no sabía si existía una biblioteca, un estudio, un desván o cualquier cosa que se imaginara. Era demasiado grande para una sola persona.
Y con esa idea en mente su rostro de emoción se alivianó un poco.
—¿Y todo esto es para mí?
—Sí mi muchacho, solo para ti.
—¿Solo para mí? —interrogó penoso el muchacho.
—¿Algo mal con el palacio, Midoriya? —preguntó extrañado el mayor de los dioses— ¿No te gusta? Si es así, lo tumbamos y lo volvemos a construir.
—No, padre, no es eso —volvió a apresurarse el muchacho—, solo que es un lugar demasiado grande para una sola persona y…
—Oh, mi muchacho —Toshinori se acercó y abrazó nuevamente al chico de ojos esmeraldas—, no te debes sentir solo, vendré cada vez que pueda. Además tendrás a tu compañía de servidumbre…
Y con solo un chasquido, Toshinori hizo aparecer a una compañía de tres personas en la habitación. Toda la compañía se inclinó ante la presencia de ambos dioses. Estaba conformada por mujeres de gran belleza, más que todo de la raza de las ninfas.
—Izuku, quiero presentarte a las gracias —presentó el rubio mayor con tranquilidad—, de ahora en adelante ellas deben velar por tu hogar, tu salud y tu comodidad, y espero que seas de lo más amable con ellas.
—Está bien, padre.
—Gracias, conozcan a su nuevo señor…
—Estamos agradecidas por servirle, mi señor —dijeron todas a coro mientras se inclinaban ante él.
Izuku solo pudo atinar a asentir con temple. Tanta formalidad le ponía los nervios de punta.
—Pueden retirarse, gracias. Izuku las llamará cuando sea necesario.
Las tres gracias se inclinaron y desaparecieron por la puerta de la habitación. Izuku se sentía extraño ante esa nueva forma de llamarlo.
—Te acostumbrarás, Midoriya —consoló el rubio con paternidad—, solo date un poco de tiempo y ya verás que será natural.
—Está bien, padre.
—Debo irme —anunció—. Kayama debe estar furiosa por dejarla en el banquete, pero no podía dejar que no tuvieras un buen recibimiento.
—Muchísimas gracias por todo, padre.
—No hay de qué, mi muchacho —dijo el mayor acercándose a la puerta del dormitorio.
—Te acompaño a la entrada.
—No, hijo —dijo él con tranquilidad—, descansa, lo necesitas. Mañana inicias tu trabajo como dios y no quiero importunar tu sueño.
—Está bien, padre —contestó cabizbajo el muchacho.
Toshinori, al ver al muchacho cabizbajo y con la energía paternal a un millón, lo abrazó con tanta fuerza que lo alzó entre sus brazos. Y, aunque Izuku se sintió sorprendido por aquel espontáneo momento, solo rió ante el gesto cariñoso de su padre abrazándolo de vuelta.
—Volveré en lo que pueda, mi muchacho —murmuró el rubio mayor, dejando en el piso a Izuku y rompiendo el abrazo.
—Sí, padre, por favor descansa y ten buena noche.
El rubio sonrió de vuelta y con paternidad antes de traspasar la puerta y cerrarla con suavidad.
Izuku al verse solo en la habitación, sintió la emoción del lugar rejuvenecerle la expresión. Se acercó a la amplia terraza. Sus vistas iban desde un patio trasero lleno de una fuente que daba a una amplia piscinas de aguas cristalinas, las escarpadas del monte Olimpo y a una terraza solitaria de un palacio a unos cuantos metros de él.
El joven dios del amor sintió curiosidad por saber quién moraba ese palacio. Y su respuesta fue como un balde de agua fría. Pues en esos instantes los rayos de la luna iluminaron toda la terraza, dejando entrever en la noche a dos siluetas expuestas, desnudas y fogosas.
Una gigantesca y amplia silueta, de facciones masculinas y de cabello cenizo. Era Katsuki. El dios de la guerra. Desnudo, frenético y lujurioso en aquella terraza. La piel cetrina estaba perlada en sudor y su mueca salvaje denotaba lo perniciosa de su empresa, adentrándose en el interior de una joven con crudeza, fuerza y lujuria.
Izuku no sabía que pensar en esos instantes ante tan ardiente e inescrupulosa escena. No escuchaba sus gemidos, pero podía vislumbrar sus expresiones de gozo y placer desde donde estaba. Un hormigueo punzante empezó a carcomerle el cuerpo. Un creciente calor que le pinchaba la piel.
Pero lo que más le llamó la atención no era lo pervertida de la escena o el gozo de la joven, sino aquella expresión placentera y casi liberadora que en el rostro del dios de la guerra se cernía. El rostro de Katsuki se alzó y la luz de la luna hizo brillar sus ojos de rubí. Solo para que Izuku se viera envuelto en ese fuego de su mirada, en esa perversa aura y en ese deseo intransigente que lo hizo sentir nervioso y fascinado.
—Mi señor —le llamaron de sus espaldas.
Izuku lanzó un grito de sobresalto.
—¡Por Zeus glorioso! —se recompuso Izuku.
—Lo lamento, mi señor, pero quería saber si necesitaba algo —interrogó la joven muchacha de cabellos rojizos.
—Sí, eh, bueno… disculpa que lo pregunte, pero ¿cuál es tu nombre?
—Itsuka Kendo, mi señor.
—Kendo, no me tienes que llamar mi señor, con que solo me llames Izuku está bien.
—Puedo entenderlo, Izuku, pero no puedo irrespetar su puesto en el Olimpo delante de otros dioses —aclaró la joven con formalidad—, no se vería muy bien.
—Está bien, gracias.
—¿Sí? —aparecieron las otras dos gracias en el dormitorio.
—No, chicas, Izuku solo está agradeciendo —explicó Kendo a las otras dos.
-—Oh… —dijeron en coro.
Izuku solo sonrió ante lo inesperado y raro de esa situación..
—Bueno, gracias, pueden retirarse por hoy. Mañana será otro día.
—Está bien, Izuku —se adelantó Kendo, inclinándose y siendo seguida por sus hermanas—, descanse.
—Agradecido, chicas, descansen ustedes también.
Y cuando las tres gracias desaparecieron por el dintel de la puerta, Izuku resopló aliviado. Casi descubrían que estaba observando una escena de sexo desenfrenado. No quería que lo calificaran de pervertido, pero algo dentro de él no detenía esa curiosidad y esa fascinación de ver al dios de la guerra con esa expresión.
Izuku se negó la cabeza, avergonzado y sonrojado, tratando de alejar ese pensamiento de su mente. Por tanto, se lanzó hacia su gigantesca cama, cerró las finas y transparentes cortinas y se enrolló en las acolchadas sábanas de su lecho, tratando de no pensar en esa escena y mucho menos en la expresión de Katsuki.
"¿Qué me estás haciendo, dios de la guerra? ¿Por qué siento tanta fascinación por ti? ¿Por qué aunque el olimpo te desprecie siento que no eres lo que los otros dioses piensan?" Y con esas preguntas en su pensamiento, Izuku cayó rendido bajo el amparo del dios del sueño.
Notas:
¡Hola muchachos! Aquí nuevamente su desquiciado autor, Mark con un nuevo capitulo de esta historia que vuelvo a retomar.
Lamento mucho la demora, pero últimamente estoy falto de tiempo gracias a mi vida universitaria, el bloqueo creativo y el proceso pandemia que mi país aún sigue viviendo. Aunque eso no me ha quitado las ganas de seguir escribiendo para ustedes.
En verdad no había sentido tanta paz en mí mismo hasta que escribí este nuevo capítulo. Me hizo darme cuenta de cuanto amo escribir y de cuan terapéutico puede ser dedicarte a aquello que te gusta.
Y olvidándonos de lo anterior. Espero que hayan disfrutado este capítulo que lo hice con mucho cariño. Me hacía falta crear ese salseo inesperado entre mis personajes ¿Qué les pareció? ¿Cómo creen que se vaya a desenvolver todo de ahora en adelante?
Déjenme en los comentarios sus opiniones, les estaré respondiendo. Prometido.Sin nada más que decir, les mando abrazos psicológicos a todos ustedes. Cuídense mucho.
Mark fuera...
