Sin esperarlo, el tiempo dentro del Olimpo pasó con suma rapidez para todos los dioses. Tiempo en el que grandes cambios y gritos se escuchaban a lo largo y ancho de la cúspide donde moraban los dioses.

Nadie podía hacer oídos sordos a todos los rumores, historias, favores, cantos y ofrendas que los mortales le dedicaban al dios del amor, Izuku Midoriya. Su solo nombre causaba adoración. Escuchando hasta en los confines de la tierra los relatos de sus hazañas para buscar la felicidad de los amantes, la materialización del amor y la fertilidad de aquellos que no habían podido tener descendencia. Creándose así una reputación como dios intachable.

Tanta era la adoración y el embeleso de los mortales con el dios del amor, que aquellos adeptos a sus milagros crearon hermosos templos de mármol con jardines preciosos. Donde rezaban e imploraban las jóvenes, las mujeres casaderas, las infértiles, las heteras, las cortesanas enamoradas, los jóvenes amantes con hermosas ofrendas de ternero y perfumes, pidiendo las bendiciones y favores del hermoso dios.

Su fama dentro del mundo mortal fue tan adorado y recibido, que incluso se crearon rumores que llegaron al Olimpo. Rumores que clamaban al dios como el ente más fértil entre todas las diosas, un creador de hijos fuertes y hermosos como sus favores, un dios que llevaba la lumbrera del deber de su hogar y de su amor por encima de sus tareas. Rumores que influenciaron los oídos de muchos dioses en el Olimpo.

Tal fuerza tenían esos chismes, que dentro del Olimpo se sentía una tensión inconmensurable y pendenciera. Pues todos aquellos dioses varones, solteros o casados, buscaban una u otra manera de cortejar al joven dios del amor, así fuera para mirar el cándido brillo de sus ojos de esmeralda o para compartir una sencilla conversación con el hermoso y deseable dios.

Toshinori estaba reposando su cuerpo cansado en su gigantesco trono, preocupado por los acontecimientos recientes que habían ocurrido en torno a su querido y joven hijo Izuku. Estaba orgulloso porque Izuku había hecho su trabajo como dios de manera extraordinaria y amigable para crearse un nombre y una historia en su haber, pero también le preocupaba cuánto afectaba su hijo a todos sus hermanos dentro del Olimpo.

El rubio mayor no podía negar la belleza, amabilidad y la luz embellecedora que su hijo tenía en su ser y en su personalidad. Pero desde que su hijo se había ensimismado en sus favores a los mortales y los rumores de su fertilidad se habían difundido como la pólvora, la insistencia de sus hijos por la bendición de su padre para pedir en matrimonio a Izuku había mermado en una constante asamblea de disputas, peleas y batallas personales que Toshinori temía. Pues si la situación seguía escalando esos niveles de violencia, la guerra entre sus hijos podría ser inevitable y, tal vez, él no la podría detener.

Su pie se movía insistentemente por la ansiedad que el mero pensamiento de la guerra le causaba a su cuerpo, pues debía pensar con cabeza un plan que evitara la guerra entre sus hijos sin afectar la felicidad y libertad de Izuku. Ya se culpaba por el fracaso de su falta de paternidad con otros de sus hijos, imponiendo sus ideas sobre la libertad de sus hijos, despreciando su felicidad. No deseaba que Izuku lo despreciara en silencio, tal y como lo hacía su hijo Katsuki.

Resopló con desazón mientras se pasaba la mano por su rostro de pura angustia y frustración. Recordaba todo el daño incalculable que le había hecho Katsuki desde que era igual de joven que Izuku. Rememoraba el desprecio frío que le dedicaba, el silencio atronador, su indiferencia sobre sus cicatrices y sentimientos. Todo aquello que había dañado y enfriado el corazón de su hijo hace ya bastantes milenios. Y aunque recientemente podía mantener una conversación afectiva con su hijo, sabía que este lo despreciaba en silencio. Se sentía arrepentido y menesteroso.

—Esa expresión de angustia es horrenda, querido —se presentó Kayama, recostándose en el respaldo del trono de su marido — se te marcan demasiado las arrugas.

—No estoy para tus bromas, Kayama — refunfuñó el rubio de manera severa.

— No te avispes, cariño — susurró la mujer mientras rodeaba el trono y se sentaba sobre el regazo de su esposo, acariciándole los dorados mechones que reposaban en su frente — solo te estaba tomando un poco el pelo.

— Pues no estoy de humor, mujer.

— Que sensible.

Toshinori gruñó ante el comentario socarrón de su esposa. Midnight, por otro lado, sonrió divertida.

— ¿A qué se debe tan mal humor? — cuestionó la diosa reina - ¿Shoto no ha hecho bien su trabajo en la forja? ¿Mineta ha causado otra guerra? ¿Denki se ha perdido de nuevo haciendo un mensaje?

— No, no es nada de eso — respondió pensativo.

— Entonces ¿Por qué la cara tan larga? — dijo Nemuri con cariño, tratando de esconder el tono desconfiado y ácido que tenía en la garganta.

— Estoy preocupado por Izuku…

Kayama puso los ojos en blanco, entornó los ojos y cruzó los brazos cuando empezaron a hablar del nuevo favorito de su esposo.

— ¿Qué ha hecho el indecoroso ese?

— Nemuri — advirtió tosco el rubio mayor.

— ¿Qué? — respondió seca.

— No hables así de Izuku, ya lo hemos hablado.

— ¡Ay, por favor, Toshi! — Contestó apremiada la diosa — ¿Quieres que lo trate con cariño? ¿Después de llegar desnudo a un evento en el Olimpo y faltándole el respeto a sus reyes? Fue irrespetuoso, inescrupuloso y de mal gusto.

— Es un muchacho, Nemuri — justificó el rubio a su susceptible esposa — a penas y lleva unos siglos instalado en el Olimpo y como lo dijo en su bienvenida, quería mostrarse como quién era a los demás.

Kayama resopló silenciosamente.

— No pretendo cambiar las costumbres o libertades de Izuku — siguió el mayor — siempre hemos dejado que nuestros hijos ejercieran su libertad.

— Sí, cariño, pero también les hemos enseñado a nuestros hijos el respeto, servicio y el decoro que nos deben a nosotros como a nuestro título.

— No todos deben responder a eso, Nemuri — aseveró el rey — nuestros hijos me han respetado a mí no por ser su rey o su padre, sino por ser su guía, su maestro, su confidente, su consejero; no por ello pretendo dominarlos como trato de hacer nuestro padre.

— No te atrevas a comparar a tus hijos con aquella situación Toshinori — respondió la diosa de manera agreste — Todo aquel dolor que nos causó nuestro padre no tiene nada que ver con lo que debe aprender ese niñato.

— No debo enseñarle nada, Kayama. El verá si eres digna o no de sus respetos, tal y como yo lo hago con todos mis hijos.

— No me vengas con esa estupidez — respondió ácida la mujer.

— Su libertad no es una estupidez, Nemuri. Mis hijos no me deben nada, ellos son los dueños de su propio destino.

Kayama miró fijamente a los ojos azules de su esposo, estaba molesta, arisca y muy dolida. Molió sus dientes para evitar soltarle insultos a su esposo, quien le miraba con los ojos entornados.

— Está bien — dijo finalmente para levantarse de su regazo — haz lo que mejor te plazca.

Altanera, orgullosa y enojada, la reina de los dioses se pavoneó con gracilidad y garbo, dando pisadas estruendosas sobre el suelo pulido del palacio, alejándose de la sala del trono. Toshinori soltó un sonido de cansancio.

— Por cierto, querido, mejor ve a buscar donde dormir — acotó su mujer en el dintel con una expresión seria — porque hasta la siguiente luna no entraras a nuestros aposentos.

Toshinori escuchó los pasos de su esposa hasta que estos se perdieron en el eco de los pasillos de su gigantesco palacio. Hasta que se sintió completamente solo, suspiró cansado y fastidiado. A veces su esposa podía ser pesada y caprichosa con ciertas situaciones que sacaban ese lado orgulloso y clasista de ella.

Estaba consciente de que, incluso, una simple rabieta como esa podía convertirse en un caos magnánimo dentro de su palacio y no tenía intenciones de pelear con su esposa ante una situación más grande que su ego esnob y cruel.

Toshinori no se sentía feliz en aquel matrimonio. Hace muchos años que se había convertido en una relación tóxica, llena de peleas sin sentido. Era un matrimonio mantenido por puro compromiso. Aunque el rubio mayor lo odiara con todas sus fuerzas, le había prometido a su esposa el día de su matrimonio que jamás la dejaría y él, como dios y como rey, debía hacer cumplir su palabra.

Sin embargo y a pesar de la sentencia, el rey de los dioses se quedó pensativo, tratando de buscar una manera viable en que sus hijos no se destruyeran por la mano del joven dios del amor. Debía buscar una manera de limar esas asperezas. Pero sabía muy dentro de él que no iba a ser un trabajo fácil, pues el amor podía llevarte a hacer locuras, estupideces y actos impensables.

No encontraría la solución estando sentado en su trono. Así que el dios rey se decidió por buscar un lugar tranquilo, lejos de su palacio y lejos del Olimpo donde pudiera pensar con cabeza fría y sin molestias una solución para aquel gigantesco problema.

Salió de su palacio con mucha tranquilidad, hasta acercarse a uno de los precipicios que había en sus jardines, dejándose caer por el vació de nubes.

Solo se escuchó el sonido de la caída y después el cantó de un águila surcar las nubes para después perderse en la lejanía de las montañas.


Katsuki exhalo el aire que inconscientemente tenía retenido, aliviado por atravesar la puerta del Olimpo y ensimismarse por la amplia callejuela del Concilio de los dioses.

Sentía el cuerpo cansado, los músculos agarrotados por la fuerza y las piernas casi flaqueando. Había vuelto después de una larga constante de contiendas entre los mortales, quienes clamaban e imploraban su presencia con ofrendas, rezos e invocaciones de sangre para que les otorgara victorias, valor y fuerza en las guerras.

Había pasado unos cuantos siglos en donde su deber como dios de la guerra se había instado a combatir y subyugar a las tropas extranjeras que intentaban invadir uno de sus muy preciados templos. Por lo que pasó una larga temporada entre los mortales.

Cansado, hastiado, enojado y sumamente ansioso, Katsuki caminaba por el concilio con la mayor rapidez que su cuerpo cansado le otorgaba. Tenía intenciones de llegar a su hogar, tomar un baño, comer un delicioso festín y secuestrar a una joven ninfa para poder yacer con ella y frenar aquel execrable deseo que lo llevaba carcomiendo desde hace varias noches.

Esos dos largos siglos lejos de su hogar calmaron las ansias de sangre y pelea que el dios llevaba acumulando por ciertos pensamientos confusos que lo agobiaban, hasta que se sintió asqueado por el olor a sangre y muerte de los hombres que yacían bajo su diestra.

Tales pensamientos tenían que ver con la imagen de cierto joven dios que había visto antes de irse a la contienda. El solo recuerdo de su sonrisa, de sus ojos de esmeralda y de su piel de alabastro hacían temblar al dios de la guerra, sin saber cuál era realmente esa sensación tan apremiante que existía en su cuerpo.

Cerró los ojos y negó con la cabeza, disipando aquella línea de pensamientos. Odiaba pensar en lo que sentía. Le molestaba esas sensaciones que aquel niñato de sonrisa idiota causaba y eso solo hacía que le asqueara.

Solo pudo alejarse de tal pensamiento cuando vio a Alectrión, su joven escudero y aprendiz, con las verjas de su palacio abiertas esperándolo como siempre. Un inmortal menudo, de piel lechosa, cabello cobrizo y ojos almibarados que su padre le había dispuesto para que lo acompañara en sus campañas. Pero más que un escudero, Katsuki trataba a Alectrión como un sirviente más.

— ¡Bienvenido a casa, mi señor! — lo saludo el inmortal con una sonrisa.

— Sí, sí, ojos de borrego — respondió el rubio cenizo adentrándose en los jardines de su palacio.

A medida que iban avanzando, Katsuki se despojaba de su armadura la cual lanzaba sin ningún cuidado, mientras que la misma era atajada por los menudos brazos de su escudero que apenas y podía seguirle el paso rápido del dios.

— ¿Mis caballos?

— Pastando en el granero, mi señor, tal y como siempre pide.

— ¿Mis armas?

— Afiladas y dispuesta en el salón de armas, señor — respondió el joven escudero tropezando con uno de sus pies sin llegar a caerse.

— ¿El encargo que le pedí al maldito del mitad-mitad?

—Esperando en sus aposentos, mi señor.

— ¿Algo que haya ocurrido en mi ausencia? — interrogó el dios, adentrándose de lleno en su salón del trono.

Su amplio salón del trono era una zona coronada por columnas de mármol color terracota, paredes y pisos de cerámica pulida en color ébano con un trono de hierro forjado de espadas, en donde el dios de la guerra se sentó a sus anchas, lanzando la cota de malla a su escudero y quedándose en la simple toga de cuero que cubría su cintura hasta sus rodillas.

—Han pasado muchas cosas mi señor — dijo totalmente interesado el joven escudero a los pies del corto entarimado que subía al trono — debo decirle que sus hermanos…

—No me interesa lo que hagan ese montón de mequetrefes con su vida — interrumpió el dios mientras observaba desde el trono a su escudero con ojos entornado — si le fueron o no infiel a algunas de sus concubinas, no me incumbe.

— ¡Por lo contrario mi señor! Es algo que ha hecho al Olimpo estremecer…

—Sea lo que sea, ojos de borrego, me vale muy poco. No me interesan los problemas del Olimpo, eso lo debe resolver mi padre…

—Pero…

Katsuki alzó la mano con una expresión molesta y el joven escudero se mordió la lengua para evitar hablar de nuevo. Otro joven sirviente se acercó hasta el trono, donde le ofreció un ánfora de vino y una copa de oro al dios. El dios se los arrebató sin cuidado.

— Desaparece — ordenó Katsuki.

El joven sirviente no objetó, y tal como apareció se retiró del lugar. Katsuki se sirvió la copa hasta llenarla al ras para después beberla de un solo trago y soltar un suspiro de satisfacción por el sabor fermentado del licor.

—Solo quiero saber si ha ocurrido algo que me incumba, ojos de borrego, algo que haya pasado dentro de mi palacio, de mis tierras, algo que tenga que ver con mis cosas — reclamó el dios con bastante tranquilidad, pero con un aire severo que siempre hacía temblar al joven escudero.

Alectrión respiro profundamente para evitar que su señor se diera cuenta de sus nervios. Pues todos aquellos que servían al impaciente, grosero y cruel dios de la guerra, sentían pánico por su sola presencia. Pues el dios al ser tan impaciente, si una de sus órdenes no era dispuesta como él deseaba o fuera atendida lo más rápido posible, podía convertirse en un castigo seguro o una paliza sin poder chistar.

—No mi señor, nada ha salido de lo regular — dijo finalmente el chico desde su lugar.

—Hay que ver que sigues siendo un debilucho, ojos de borrego — murmuró venenoso y directo el dios mientras se servía otro trago de vino — así que mejor vete a limpiar mi armadura o te juro que la zurra que te voy a dar, lo sentirán hasta tus ancestros en el Hades.

—Está bien, como ordene mi señor — aseguró Alectrión mientras desaparecía rápidamente por los pasillos del palacio.

— ¡Y que quede como un jodido espejo!

— ¡Como ordene mi señor!

Después de eso, todo en el salón del trono se sumió en un atronador, inclemente y lúgubre silencio. Un silencio sepulcral al que Katsuki estaba acostumbrado. Un silencio que lo había acompañado desde su nacimiento y que nadie tenía intenciones de romper.

Y aunque a Katsuki ya le daba igual aquel silencio que tenía a su alrededor cada vez que llegaba a su hogar o a cualquier lado en particular, no podía negar que a veces era pesado y muy doloroso.

El rubio de cabellos cenizos, a pesar de su rostro y sentimientos duros, siempre había deseado con bastante fuerza la sola presencia de alguien que no le tuviera miedo o lo despreciara por su tarea del dios de la guerra. Porque, aunque su trabajo era matar, torturar y ganar guerras, siempre se había sentido hecho a un lado por sus hermanos e incluso por su padre. Si bien ahora mantenían una relación bastante tranquila, aún sentía la frialdad y la desconfianza que su padre le tenía.

Se sentía injusto, como la mierda. Pero desde hace mucho tiempo había aceptado que nada para él sería justo, así que lo mejor que pudo hacer era dejar vivir a los demás, buscar que nadie dudara de su poderío y hacer lo que se le viniera en gana.

Cuando tuvo enfrente un cuenco largo de comida con frutas, queso y carne, volvió a arrebatar el charol al sirviente y le dedicó una mirada que hasta podía hacer llorar al hombre más valiente y fiero, haciendo que el sirviente se fuera casi meando sus ropajes.

Katsuki se alimentó con voraz apetito, metiendo la mano sobre la comida y llenando el hambre que empezaba a carcomer su cuerpo.

Aquel silencio lo volvió a acompañar mientras observaba en derredor todo el salón del trono de su palacio, con los pisos de ébano pulidos sin ninguna mancha y las altas columnas de mármol en color terracota brillantes. Solitarios, sin nada más que el ruido consecuente de los pájaros que se instalaban en los sauces y los abedules de su jardín y patio trasero. Un silencio que le apretó el pecho y le hizo seguir comiendo.

Solo hasta unos segundos después, cuando el sonido de una orquesta interrumpió la pacífica comida del dios de la guerra. Que aunque no le fastidiaba, fue inesperado y molesto.

Katsuki solo le restó importancia y siguió devorando su copioso plato de comida. La música fue interrumpida y el silencio se volvió a alzar. Katsuki se mantuvo confundido nuevamente, pero otra vez le restó importancia hasta beber un trago de vino.

Una explosión hizo reverberar las paredes del lugar y salpicar un poco de vino en el rostro del dios de la guerra. Katsuki sintió la sangre hervir cuando su momento de paz se vio interrumpido por un barullo en el exterior.

Fastidiado y enojado, se levantó de su trono con la intención de ir a sus aposentos en la planta superior. Sus pasos pesados se escucharon por todo el palacio. Katsuki subió las escalinatas que llevaban a sus aposentos y luego se acercó a la terraza para observar con el ceño fruncido y un rictus furioso que ocurría afuera.

Desde su lugar observó como en la verja de entrada del palacio que colindaba con el suyo se emulaba una disputa entre cuatro siluetas que Katsuki pudo identificar: Kirishima, Denki, Aoyama y Sero.

El barullo era tal que Katsuki podía darse cuenta que los cuatro estaban discutiendo con saña y furiosos, hablando uno por encima del otro y señalándose a sí mismos. Sin embargo, la discusión duró poco antes de que uno de los dioses golpeara al otro y se convirtiera en una pelea a mano limpia.

Para Katsuki hubiera sido una situación bastante fuera de lugar y bizarra, pues siempre sus hermanos estaban en paz. Pero ver cómo ellos se golpeaban, se empujaban y se peleaban por una razón que él no sabía, solo lo hizo sonreír ante lo patético que se veían todos.

— ¡Ojos de borrego! — llamó el rubio.

— ¡Sí, mi señor, aquí estoy! — apenas alcanzó a responder el joven escudero después de correr desde las caballerizas hasta los aposentos.

— ¿Ves eso que está ocurriendo?

—Sí, mi señor — respondió el joven escudero, recomponiéndose — Kirishima-san, Aoyama-san, Sero-san y Denki-san han ido a hasta las puertas de ese palacio durante un ciclo lunar.

— ¿Qué? — interrogó el rubio sorprendido y mirando directo a su escudero.

El joven de ojos pardos sintió los nervios desfallecerle al sentir la mirada rojiza de su señor hincarle como un punzón.

— ¿Cómo qué han estado frente a ese palacio durante un ciclo lunar? Sí ese palacio está recién construido y deshabitado.

—Por lo contrario, mi señor — le explicó el joven dios — según muchos dicen que el dios All Might alojó a una criatura de hermosa belleza y porte en ese castillo. Al parecer lleva morando en el palacio durante unos cuantos siglos, casi el mismo desde que usted se fue a la contienda.

Entonces Katsuki cayó en cuenta. Ahí, justo en el palacio que colindaba con el suyo, se encontraba nada más y nada menos que aquel joven dios que le había quitado el aliento. La persona por la que sus pensamientos desvariaban y por la que el perfume de las flores ya no le parecía tan dulces como aquel perfume que solo su silueta esfumaba.

— ¿Por qué estos idiotas pelean en frente de su hogar entonces?

— Cuentan rumores, mi señor, de que aquella criatura está dotada de fertilidad, tanto que puede alumbrar descendientes hermosos y fuertes — dijo Alectrión rememorando toda aquella comidilla que mantenía con las sirvientas — y que tiene la promesa de honrar a su cónyuge con su hogar y su amor, pero hasta ahora son solo rumores.

Katsuki sintió una lengua de fuego atravesar su cuerpo como la pólvora encendida, como si tuviera deseos de golpear algo o de causar una guerra de proporciones bíblicas. Una sensación apremiante que lo confundió y lo enojó aún más.

Observó cómo de entre las vistas que daban al jardín, una figura femenina llevaba a una más pequeña que ella entre sus manos y la arrojaba por encima de la verja. La figura pequeña chocó contra los peleadores, haciéndoles caer junto con ellos y Katsuki pudo entrever que era la figura de Mineta. Sintió que la rabia le consumía.

— Voy a ir al embalse — murmuró entre dientes.

— Está bien mi señor.

— Quiero que lleves comida y vino para allá — ordenó el dios de la guerra encaminado sus pasos hacia el patio trasero.

— Como ordene, mi señor.

— Pero quiero que traigas la carne de pato más dulce que tengas.

Alectrión se mantuvo estático, hasta que Katsuki le volvió a entornar los ojos de rubí con un brillo peligroso y amenazador.

— ¿Algún problema, ojos de borrego?

— N-No, mi señor, en seguida se lo llevo — El joven escudero salió disparado del lugar.

Katsuki al verse solo nuevamente, bajó la escalinata y atravesó todo su palacio para dar con su patio trasero, un amplio lugar con un gran espacio de tierra que usaba pocas veces para entrenar, una pequeña fuente con agua cristalina y pequeños resquicios de vegetación y trepadoras que subían por su muro.

Sus pasos atravesaron todo el espacioso lugar hasta dar con el muro donde moraban las trepadoras. Hizo a un lado una densa cortina de hojas, lianas y flores que dejaron a la vista un camino oscuro y cavernoso.

Katsuki, sin vacilar, atravesó aquel dintel y se ensimismó en aquel camino apenas iluminado por las pocas antorchas que había y algunas rendijas de luz que dejaban pasar los rayos del sol de la tarde.

Escuchando el sonido fúnebre de sus pasos y siguiendo el sinuoso camino de tierra húmeda, Katsuki se mantuvo con la mente en blanco para no pensar en ese sentimiento tan inhóspito y abrumante que le estaba comiendo vivo. Aquel fuego lacerante y recalcitrante que subía desde su estómago hasta su pecho.

No sabía qué era o cómo sobreponerse a él. Lo hacía sentir inútil y enojado consigo mismo. Solo hasta llegar al final de aquel oscuro túnel y verse envuelto nuevamente por la luz de la tarde.

Su mirada observó en derredor aquel lugar tranquilo y lleno de verdor. Su campo Eliseo, su lugar de tranquilidad y de libertad, un lugar que ni siquiera su padre sabía que existía.

Era un gran terreno de muros derruidos por la humedad y el musgo, tierra suave y tierna al tacto, árboles pequeños y flores de distintos colores, las trepadoras subían hasta un amplio dosel con cúpula de hierro forjado y cubierto por ramas y flores, solo para terminar frente de un amplio embalse con cascada, en donde las piedras se alisaban y los pájaros se limpiaban.

Katsuki sintió volver su paz como un soplo de brisa estival. Inhalo profundamente aquel aire puro y después exhaló lentamente, hasta disipar todo aquello que le aquejaba.

Era ese el lugar secreto del dios de la guerra, que solo él conocía y que le había dado toda la paz que no había podido conseguir en sus años de juventud, cuando todos en el Olimpo lo despreciaban. Un lugar que vio sus lágrimas, su furia, sus frustraciones, pero también sus sonrisas y sus jugueteos.

Katsuki se dejó embelesar por el sonido del agua cayendo y el del canto de los pájaros. Dejando que todo aquello le llenara el alma. Hasta que escuchó el sonido de unos pasos. Pasos ligeros y ansiosos que se acercaban rápidamente.

Katsuki, por inercia de batalla, se escondió detrás de una gruesa roca con musgo, esperando que quienes se estuvieran acercando dieran su rostro para poder gritarles a los cuatro vientos que se fueran de ahí o sino atenerse a las consecuencias de invadir aquel espacio suyo.

Sus ojos, asomados por encima de la roca, pudieron vislumbrar tres figuras que se lanzaron de lleno dentro del embalse y salpicaban las orillas del lugar, dejando un campo de roció a su paso.

Identificó a las invasoras solo cuando sus rostros salieron a flote y empezaron a chapotear y a reír en la superficie. Eran las gracias, con sus hermosas pieles de alabastro y su desnudez al aire, divirtiéndose y riendo entre ellas. Chapoteando en el lugar más preciado de Katsuki.

El dios de la guerra sintió una ira inconmensurable y ponzoñosa atravesarle la sangre como un tórrido camino de lava, apretando los dientes y cerrando los puños hasta que sus muñecas estuvieron blancas ¿Cómo esas estúpidas inmortales se atrevían a invadir su lugar más preciado? ¿Se atrevían a reírse y a quedarse en ese lugar? Sus manos sintieron el hormigueo de golpearlas y sacarlas a patadas de su lugar. Con esas intenciones quiso salir de su escondite.

— Izuku, por favor, acérquese — llamó una gracia — el agua está fenomenal.

Hasta que escuchó el nombre y el sonido tenue de unos pasos acercarse al lugar. Los pájaros se excitaron cantando con mayor fervor y sintió aquel perfume grácil y dulce que solo él sabía a quién pertenecía.

Izuku salió de su escondite, llevando una hermosa toga de color hueso que le llegaba hasta las rodillas, dejando la piel de sus hombros descubierta y haciendo que sus pecas brillaran como el cobre.

— No lo apresures, hermana.

—No se preocupen por mí, chicas — se negó el joven con amabilidad — por favor, disfruten ustedes.

Izuku con sus hermosos ojos de esmeralda empezó a observar el lugar con suma minuciosidad: las flores de miles de colores, aquellos pájaros que cantaban con enjundia y el sonido de la cascada dar contra el embalse. Sonrió al sentirse en paz y se recostó en el suave musgo que había cerca del embalse.

Katsuki, petrificado y consternado, no sabía cómo sentirse al respecto. Aquel hormigueo que sintió al ver al joven dios hace muchas noches volvió con la misma fuerza de ese entonces, sintió el corazón martillarle en el pecho y los nervios subírsele hasta la garganta. Miles de sensaciones que lo turbaban y lo confundían.

No podía dejar de observar la divina anatomía que entre la toga del dios del amor se vislumbraba, recorriendo sus ojos por los brazos finos y esbeltos, los hombros descubiertos, las amplias pestañas, las finas facciones del joven dios, hasta terminar en el brillo cándido de sus ojos y su sonrisa. Joder, era simplemente abrumador y perfecto.

— Espero que se hayan ido de las afueras del palacio — objetó molesta una de las gracias.

Y con ese comentario, la sonrisa de Izuku cayó y en eso dejo una expresión afligida en sus ojos. Entonces Katsuki sintió como un punzón frío le congelaba la sangre y sentía que quería asesinar a todos sus hermanos.

— Lamentamos que haya pasado eso, Izuku — dijo comprensiva Kendo, acercándose a la orilla para tomar la mano de su señor — ha sido muy difícil para usted con todas esas propuestas, y entiendo cómo se siente.

— Agradezco tu comprensión, Kendo — respondió tranquilo el joven asomando una tenue sonrisa — a veces siento que… no debía dedicarme tanto a mis tareas o a haber hecho esos favores.

— Todos lo aman, Izuku — se apresuró Kendo.

— Solo por lo que hago, Kendo — acotó el joven con amargura — solo por lo que hago…

Kendo se quedó en silencio y asintió. Izuku dejó de tomar su mano y alzó su rostro hacia las luces del atardecer.

— A veces me pregunto ¿Qué hubiera pasado si no lo hubiera dedicado tanto a mis tareas? — pensó en voz alta el joven dios.

— Bueno, esa respuesta es muy sencilla y que… — empezó a decir una de las gracias mientras Kendo le silenció la boca con el dorso de su mano.

—Y que no debe ser respondida, Aglaye — murmuró entre dientes Kendo, antes de que su hermana dijera una estupidez.

— Está bien, Kendo. No tienes que regañar a Aglaye, solo estaba dando su opinión.

— Pero, mi señor.

—Ya les he dicho que cuando estemos a solas me digan siempre por mi nombre, jamás por mí título.

Kendo asintió y dejó a su hermana libre. Su rostro se llenó de vergüenza al sentirse regañada por su señor.

— Kendo, acércate — le llamó el joven dios.

La joven gracia de pelos rojizos se acercó hasta estar frente al dios, evitando mirar al rostro del de cabellos verdoso. Lo que no se esperaba, era que Izuku le alzara el rostro, tomando con delicadeza su quijada y dedicándole una expresión tierna y comprensiva. Katsuki, desde su escondite, sintió otra lengua de fuego que le abrazaba el estómago y sintió unas irrefrenables ganas de golpear a aquella gracia y de romperle todos los huesos.

— No tengan miedo de opinar, querida — respondió amable y sencillo el de ojos esmeralda, soltando a la joven — a lo mejor soy un dios, tendré competencias y deberes, además de poderes que me confieren la invencibilidad, pero eso no significa que deba hostigar la libertad de ustedes como inmortales del Olimpo y como mis confidentes más cercanas. Y espero que eso les quede claro a las tres.

Las tres gracias observaron con una sonrisa agradecida al dios del amor.

— Sí, Izuku.

Y con esa respuesta, Izuku sonrió feliz mientras los colores del crepúsculo se avecinaban en el cielo.

— Ya está anocheciendo — comentó Izuku, observando los colores pastel sobre las nubes.

— Iremos a las cocinas a hacerle la cena, Izuku — sentenció Kendo mientras salía del agua, seguida por sus otras hermanas.

Con la desnudez de sus cuerpos las gracias desfilaron hasta llegar a una cueva al otro lado del embalse.

— Está bien, gracias.

— ¿sí? — dijo Aglaye devolviéndose.

—No, Aglaye — Kendo se devolvió para tomar a su hermana — Izuku solo está agradeciendo.

—Ahhhh.

Y con eso en cuenta, las tres gracias desaparecieron bajo el camino sinuoso y cavernoso de ese lugar.

Izuku al sentirse solo, soltó un suspiro de cansancio y fastidio. Su expresión tranquila se había convertido en una de angustia y de preocupación. Katsuki observaba desde su escondite aquellos cambios de expresión que le helaban la sangre y hacían sentir su pecho pesado.

Los ojos de esmeralda volvieron a alzar su vista hasta el cielo y después respiró profundamente el aire de ese lugar, embebiéndose de lo puro y lo vivo del aire que estaba ahí. Solo para desfallecer aquella expresión de sosiego por una más calmada.

Katsuki no podía dejar de observar las expresiones del joven dios del amor, como si estuviera hechizado. Sin embargo, aquel pequeño punzón que le invadía sobre su lugar más preciado lo hizo envalentonarse de nuevo a reclamar aquella intrusión en el embalse.

Solo hasta que el joven dios se levantó del suelo y deshizo el nudo que mantenía fijo aquella toga, para observar como la tela caía hasta el suelo y dejaba a la vista la intrigante y deseable desnudez del dios.

El dios de la guerra no pudo dejar de recorrer minuciosamente con sus ojos toda la silueta de aquel dios hermoso. La finura de sus hombros, lo esbelto de su pecho, lo plano de su abdomen, lo fino de sus dedos, la armonía de sus muslos, las nalgas firmes, el miembro dormido y lampiño. Era una escena apoteósica, increíble, magnánima. Katsuki sintió que un calor se instalaba en su pecho, al igual que un cosquilleo en el estómago y un insistente palpitar en su entrepierna.

Izuku se acercó al piso y con un movimiento circular de manos, formó un pequeño recipiente con el musgo, que luego este se marchitaba hasta convertirlo en un recipiente de porcelana blanquecino.

El dios del amor tomó aquel recipiente y lo introdujo en el embalse. Solo para tomar un poco de agua y verterla sobre la fina piel de alabastro.

Katsuki no pudo sentirse más hipnotizado. Aquella imagen tan deseable, tan lujuriosa, tan íntima, tan… bella. Su solo cuerpo se sentía como acero al rojo vivo, ardiente y peligroso. Un leve deseo por yacer con él se acrecentaba en su interior, aquel deseo pernicioso de hacerlo su esposo, su amante y su confidente. Un deseo arrollador que le estaba carcomiendo los sentidos. Pero que también aumentaban su ira y su frustración. Tanto que Katsuki salió de su escondite y se acercó lentamente.

Izuku escuchó el sonido de los pasos acercarse y detuvo su trabajo hasta ver a aquellos ojos rojizos. Los ojos de rubí de Katsuki Bakugou, el dios de la guerra. Tal y como lo recordaba la primera vez que llegó al Olimpo: con el pecho macizo en el aire, una toga apenas cubriéndolo, con el rostro serio y la piel cetrina brillando bajo la tenue luz del atardecer. Estaba tan imponente e intimidante que el dios del amor tragó duro, no por miedo, sino por un sentimiento que no supo identificar.

— ¿Qué haces aquí? — cuestionó Katsuki con un tono serio y peligroso.

— ¿Disculpa?

—Odio a los retrasados mentales — comentó al aire molesto — pero como sé que eres el nuevo y que realmente no me conoces, te lo dejare pasar, así que te lo repetiré: ¿Qué mierda haces aquí?

— Aunque me parezca poco ortodoxo tu forma de hablar, sé muy bien quien eres Katsuki Bakugou — dijo el joven dios, levantándose y cubriendo sus desnudes con la tela de su toga — y aunque tenga intenciones, no es de tu incumbencia saber que hago en este lugar.

Katsuki chistó y sintió la sangre arder de la ira. Aquel jodido mamón le había ofendido.

— ¿Quién demonios te crees que eres para hablarme de esa manera? Pedazo de mierda

— Por si no te das cuenta, soy un dios, igual que tú — contraataco el dios — un dios que debería convertirte en un burro por andar espiando su intimidad.

Katsuki se sintió descubierto y avergonzado, pero eso no quitó el ceño fruncido que llevaba.

— ¿Qué bazofia estás diciendo? — se desentendió el de ojos rubí.

— Por favor, Bakugou — recriminó el más pequeño — sé que estabas detrás de esa roca mirando lo que hacía.

— ¡Eso no es cierto! — Exclamó iracundo — Además, no me cambies el tema, estamos hablando de que invadiste un lugar que es mío.

— ¿Tuyo?

—Sí, mío. Lo descubrí primero y ha sido mío desde entonces.

— Oh, hablas de esto — señaló el joven dios.

— Sí — respondió molesto Katsuki — y si no te desapareces en estos momentos, princesita, tendrás que sufrir las consecuencias.

— ¡Uy qué miedo! — se burló el dios del amor.

Eso solo hizo que Katsuki se malhumorara más y se acercará rápidamente hasta el rostro del joven dios, retador e intimidante.

—No trates de burlarte de mí, nuevito de mierda — murmuró peligrosamente el joven de ojos rubíes — o te las veras…

— ¿Me las veré con quién? — preguntó el dios del amor, retando al rubio con su mirada y con una sonrisa suficiente.

— Te las veras conmigo — respondió amenazador.

Un silencio atroz se alzó entre ellos. Sus miradas chocaban, sentían el calor del cuerpo ajeno y sus respiraciones se impregnaban en sus labios.

— ¿Debería tener miedo? — cuestionó nuevamente Izuku con una voz aterciopelada.

— Sí.

— ¿Mucho? — se acercó más a él.

— Sí…aprecias tu vida — logró decir el joven dios.

— ¿En serio? — insistió coqueto Izuku mientras sentía el olor picante y salado del dios de la Guerra.

Ambos se miraban fijamente. Retadores, inamovibles, orgullosos. Katsuki apenas y podía lograr conectar sus ideas gracias al perfume y la vista que aquel dios coqueto le regalaba. Era un jodido martirio.

— Sabes, Katsuki, no te tengo miedo — susurró cerca de sus labios el dios de cabellos verdoso — porque sé que no eres quien pretendes ser.

Y fue entonces cuando Katsuki reaccionó. En unos cuantos segundos tenía acorralado contra una pared al joven dios del amor quien dejó caer sus ropas; con sus brazos a cada lado del dios, restringiendo cualquier posibilidad de escapar. Su respiración estaba pastosa y su humor se estaba yendo al caño.

— ¿Crees que sabes todo sobre mí, asqueroso extra? — su voz se había profundizado.

—No, Katsuki — soltó el dios, acorralado y desesperado, pero sin perder su valentía — no te conozco del todo, pero tus ojos no esconden quién eres en realidad.

Los ojos de Katsuki brillaron e Izuku no supo porque, pero sintió un exquisito tirón que iba desde sus entrañas hasta su pelvis como una corriente eléctrica. Sentía el fino calor que desprendía el fibroso cuerpo del dios de la guerra y no pudo detener aquel febril deseo de que aquellas manos grandes y toscas le tocaran. No supo qué sentimiento era ese, pero inconscientemente lo hacía acercarse al rostro del dios.

Sus respiraciones chocaban, pastosas y deseosas. Katsuki veía como se acercaba aquel dios y aunque tenía intenciones de detenerlo, su cuerpo no respondía. Hasta que cayó en un torbellino.

Sus labios chocaron, sintiendo aquella amalgama de sensaciones que explotaron en sus estómagos como un huracán. Aquel beso se sentía a gloria, a vida, a algo que ni ellos mismos podían descifrar. Katsuki cerró los ojos y dejó caer por ese lugar inhóspito y asombroso que le estaba carcomiendo.

Sus labios empezaron a moverse, saboreando y lamiéndose. Katsuki sintió el dulzor y la suavidad de los labios del dios del amor, mientras que Izuku se ahogaba del sabor picante y salado que el dios de la guerra tenía. Un beso hambriento, un beso calcinador, un beso intenso.

Izuku rodeo sus brazos alrededor del cuello del dios de la guerra y esté le tomó de la cintura, para acercarlo aún más a su cuerpo y sentir su piel. Ambos cuerpos encajaban a la perfección, empapándose del sabor ajeno y sintiendo la piel ajena como un inesperado bálsamo.

Las manos de Katsuki bajaron hasta dar con las firmes y suaves nalgas de Izuku, haciendo que este soltara un gemido de satisfacción. Aquel calor inmarcesible se acrecentaba más y el sabor ajeno se sentía como una droga.

Y entonces, en un momento en donde ellos recuperaban el aliento, sucedió:

— Kaachan — gimió el joven de ojos esmeralda.

Katsuki lo escuchó. Tan cercano, tan peligroso, tan íntimo. Haciéndolo volver a su razón y darse cuenta de lo que estaba haciendo. Mirando de cerca a los ojos brillosos y anhelantes del dios del amor.

Empujó al joven dios, haciendo que este trastabillara y cayera en el suelo de musgo, soltando un leve quejido.

Katsuki escuchó aquel quejido como el llanto más lastimero. Sintió un vació en su interior y con aquella vista: Izuku en el suelo, con una mirada sobresaltada y con la respiración jadeante. Katsuki por primera vez sintió miedo y en sus ojos brilló aquella verdad ineludible.

Izuku vio el brillo en sus ojos y lo entendió. Pero no tuvo tiempo, pues Katsuki había escapado por aquel sinuoso y oscuro camino.

— Katsuki, espera — le llamó, pero ya era demasiado tarde.

Entonces la noche se alzó sobre el firmamento, con las estrellas brillando e iluminando aquel embalse, en donde un dios desnudo, expuesto y confundido se había maravillado por aquel que era el verdadero Katsuki Bakugou.


Nota:

hola a todos ustedes muchachonxs , aquí nuevamente su desquiciado autor Mark con un nuevo capítulo de esta maravillosa historia que sé que tienes a muchos en vela.

Primero y principal: quiero agradecerles a todos ustedes por recibir muy bien a esta pequeña historia. He estado super feliz, contento y honrado por todos sus mensajitos de aliento y de amor, de todo corazón les agradezco a todas aquellas y aquellos que lo disfrutan.

Segundo: trataré de subir un capítulo cada dos semanas, ya que siempre uso mi tiempo libre para estructurar y escribir lo que estoy haciendo - gracias vena perfeccionista -. Estén atentos y no dejen de seguir esta historia.

Tercero: ¿Qué tal piensan de todo esto? ¿Creían que nuestro pequeño dios del amor se iba a salvar de los deseos perniciosos de sus "hermanos"? A penas es que inicia lo bueno... ¿Les gustaría ver algún leve salseo? Déjenmelo en los comentarios que los estaré leyendo.

Cuarto: quiero agradecerle a jinjurikidelJubi por la recomendación de Blood of Zeus, me encantó el anime y de verdad esta super recomendadisima para aquellos que al igual que yo les encanta la mitología griega. Además me ha dado una ayuda creativa que agradezco mucho de antemano.

Como siempre les deseo una muy buena semana. Muchos saluditos y abrazos psicológicos para ustedes.

MARK fuera