Trataba de no pensar en aquel encuentro. De olvidar por un momento esas sensaciones tan abrumantes y palpitantes que su piel recordaba con tanta fuerza. Distraerse de esa escena que su mente repetía desde aquella vez, en donde sus sentidos se habían desbordado y su razón se había disipado como el vaho caliente en invierno.
Cerraba los ojos y aún podía vislumbrar el brillo de sus ojos, se tocaba y sentía el dorso de sus manos grandes y callosas, respiraba y podía oler ese gusto picante y salado. Sólo podía rememorar aquel toque ardiente en su piel.
Era imposible. Esas sensaciones que jamás había experimentado lo ahogaban, lo dejaban en vela y lo hacían pensar más que de costumbre. El calor, el placer, el peligro, lo prohibido. Una amalgama de sentidos que cosquilleaba en su piel. Un torbellino de sentidos del que Izuku sentía que no podía escapar.
Desde aquella inesperada situación, el dios del amor se había encerrado en su palacio de paredes y pisos de mármol. Sintiéndose confundido más que avergonzado o humillado. Con la mente hecha un lío de preguntas sin respuesta y una sensación que le amedrentaba cada día que pasaba.
A veces volvía al embalse, ansioso. Esperando a que aquel dios de ojos de rubí y modales toscos se apareciera en aquel calmado lugar. Pasaba horas ahí, después las horas se transformaron en días, hasta que estas se convirtieron en semanas.
La sola ausencia del dios de la guerra enardecía la frustración del dios de cabellos verdosos. Porque, sin admitirlo, deseaba volver a ver al dios de la guerra. Encontrarse nuevamente con él. Poder mirar a sus ojos de rubí y su gigantesca silueta.
Izuku suspiró malogrado de solo pensar en ello. Introduciendo su rostro hasta la mitad del agua en la gigantesca tina de su baño, oliendo el perfume del agua de rosas y de maderas de sándalo, sintiendo el reconfortante calor del agua para disipar las lagunas de sus pensamientos.
"¿Por qué no puedo dejar de pensar en él?" cavilaba, devanándose los sesos "Es el dios de la guerra, el dios que asesina con sangre y crueldad, el más grosero de todos, el dios que ha mermado el alma de muchos mortales ¿Por qué no puedo odiarlo? ¿Por qué no puedo despreciarle? ¿Por qué no puedo dejar de sentir sus toques y de oler su perfume?"
Si bien Izuku deseaba con todas sus fuerzas odiar al dios por aquella situación tan pecaminosa, no podía hacerlo. Incapaz de dejar pasar aquello que sus ojos dejaron entrever en su alma. El dios escondía detrás de sus groserías, detrás de su rostro intimidante y adusto, detrás de las cicatrices de su cuerpo un recio sentimiento de soledad, de vulnerabilidad, de incomprensión.
Izuku se sumergió y dejó que el agua le devolviera aquella sensación de satisfacción y de relajación que tanto buscaba hace un tiempo, sin obtener mayores resultados.
Suspiró fastidiado cuando estuvo fuera del fondo y salió de la gigantesca tina con su desnudez expuesta y dejando un charco perfumado en su camino, solo para salir por el estrecho pasillo que lo llevaría a la terraza de sus aposentos.
Recibido por el frescor de la brisa y el calor del sol golpeándole el cuerpo como una efímera panacea, se recargó en los balaustres de su terraza, avistando toda la vista de las suaves nubes, de las cumbres de las montañas y de la hermosa fauna que con tanto esmero y cariño cuidaba en su patio trasero.
— ¿Por qué no puedo olvidarte? ¿Por qué haces que cueste tanto? — cuestionaba al aire el joven dios, apoyando su barbilla en el balaustre — no sé cómo sentirme porque no sé qué me causas.
La sensación de sus manos no podía quitársela de la cabeza, del calor de su cuerpo, de su voz profunda, del brillo rojizo de sus ojos, de aquella compatibilidad que sentía entre su piel y la de Katsuki. Cerró sus ojos y trató de dejar su mente en blanco sin tener mucho éxito.
Mordió su labio inferior al verse nuevamente lleno de aflicción y frustración por no poder dejar de rememorar aquel beso que se habían dado, al sabor picante que sentía en los labios finos del dios de la guerra, al toque displicente y certero a su piel, a la respiración pastosa y los leves gruñidos que el dios lanzaba inconscientemente.
Izuku bufó molesto.
— Izuku — le llamaron.
Sus ojos de esmeralda miraron directamente a la joven Aglaye, quien se encontraba en el dintel de sus aposentos.
— ¿Pasa algo Aglaye?
— En lo absoluto, Izuku. Estoy aquí atenta a cualquier orden — dijo la joven tratando de sonar tranquila al ver a su señor con su total desnudez.
Izuku asintió levemente, volviendo a fruncir el ceño y manteniendo aquel aire displicente que se había mantenido por días alrededor del joven dios. Las gracias se habían dado cuenta de que su señor estaba inusualmente pensativo y amargado, aunque él nunca les tratara o se comportara mezquino o maleducado con ellas y eso les traía un poco preocupadas.
— Izuku.
— ¿Sí?
— No quiero inmiscuirme, pero ha estado muy silencioso hace un tiempo — se atrevió a decir la joven gracia — y mis hermanas y yo hemos estado preocupadas por usted.
Izuku la miró por un momento con una expresión algo confundida y Aglaye se arrepintió por un momento de ser tan imprudente. Sin embargo, Izuku le regaló una de sus comprensivas sonrisas y se acercó a ella.
— Estoy bien — respondió el joven con solemnidad, tomando el hombro de la joven con suma fraternidad — solo he estado un poco preocupado por lo ocurrido en el mundo de los mortales.
— No se preocupe por ello, el dios All Might junto a sus hermanos ya fue a resolver el problema.
Izuku volvió a asentir comprensivo. Y esa sensación familiar de calidez le apretujó el corazón, extrañaba a su isla, extrañaba estar en sus árboles, extrañaba muchas cosas.
Solo entonces se le ocurrió una idea que le puso una sonrisa de oreja a oreja y una incalculable emoción lo embargó.
— Aglaye, por favor, busca algo con el que pueda vestir.
— ¿Va algún lado en particular, Izuku?
— Al mundo mortal…
— Tráiganme más vino — ordenó entre hipidos Nemuri.
La reina del Olimpo se había emborrachado nuevamente. La ausencia de su esposo era lo que le hacía más daño, por eso lo estaba maldiciendo en donde quiera que estuviera.
Sabía que estaría irrespetando su matrimonio yaciendo con otras personas, en vez de con ella. Su esposa, su reina. Quien había sacrificado toda su vida, sus deseos y su felicidad por él.
Sentía el escozor de la tristeza acariciarle el pecho. Era su maldición tener a Toshinori como esposo.
Su copa fue rellenada nuevamente hasta el ras, solo para que ella lo bebiera de un solo sorbo. Trataba de olvidar ese dolor que la agobiaba cada día, ese dolor de ser dejada de lado, ese dolor de tener que superar todas las infidelidades, aventuras e hijos bastardos que su esposo dejaba por doquier. Olvidar que simplemente su corazón pesaba.
— ¡Mi reina! — llamó una de sus leales odas precipitadamente.
— ¿Qué quieres? — interrogó fastidiada Nemuri, observando de reojo a la oda que estaba a los pies del entarimado.
— Lamento molestarla, mi señora — dijo nerviosa la oda —, pero uno de sus hijos a pedido una audiencia con usted.
— ¡No estoy para nadie en estos instantes! — increpó la reina pasando un dedo por la copa y chupando el último contenido del vino.
— Lo sé, mi señora, le he insistido a su hijo que hoy estaba indispuesta, pero dice que le urge hablar con usted.
— Eres una escoria — rezongó Nemuri hipando — de verdad de que ustedes las Odas son inútiles, ni siquiera pueden seguir una maldita y estúpida orden.
— Mi señora…
— ¡Cállate! No quiero escuchar tus lloriqueos — recriminó la diosa, lanzándole la copa.
La oda, apenas y pudo evitar el golpe inminente de aquella copa.
— ¡Lárgate de mí vista, asquerosa basura inmortal!
La oda se alejó de ahí rápidamente, tratando de silenciar los lloriqueos que trataban de salir de su garganta después de tan duras palabras.
Nemuri bufó y luego se levantó del trono, bajando los escasos escalones del salón del trono tambaleante para tomar su copa de oro. Estaba borracha por el dolor que sentía en su pecho y por la gran cólera que sentía al ser dejada atrás por su esposo, por su amigo, por su hermano. Por el amor de su vida.
— De verdad que te ves asquerosa.
Los ojos de Nemuri, filosos como espadas, se enfocaron directamente en su hijo más despreciado. Despreciado porque había terminado cayendo a un foso de agua hirviendo y terminó con una fea cicatriz en su rostro. Un esperpento, un dios débil, el ser más horrendo que sus entrañas pudieron haber engendrado.
—¿Qué demonios quieres, Shoto? No estoy de humor para asambleas, visitas o cualquier cosa…
— Nunca estás de humor para nada, madre.
— Pues hoy menos — respondió ella haciendo un ademán brusco con la mano — tu padre me ha vuelto a dejar, seguro para acostarse con otra de esas asquerosas extranjeras y esclavos que tiene en la tierra.
— No me extrañaría tampoco, con tu carácter hasta yo me hubiera ido.
Kayama rápidamente tomó de nuevo la copa y se la arrojó a su hijo, solo que con la diferencia de que este pudo tomar la copa entre sus manos, dejándola en el piso.
— Ahora que tengo tu atención — inició el joven dios — necesito que me hagas un favor…
— Púdrete.
— Madre, lo digo en serio.
— ¿Qué demonios quieres? — refunfuñó ella, acercándose tambaleante al trono — ya es suficiente con tenerte aquí entre nosotros, los dioses, como para que vengas a pedirme otro favor.
Todoroki, a pesar de ser calmado y paciente por naturaleza, tuvo que morderse la cara interna de la mejilla para evitar soltar un insulto que sabría le costaría bien caro. Sí quería que su plan funcionara, debía tener a su madre de su lado. Así que se mantuvo templado y serio. Al final a ambos les convenía el acuerdo.
— He venido a pedirte a ti y a padre que me concedan la bendición de casarme con Izuku.
Nemuri se quedó estática en el trono, observando de cerca la expresión de su hijo. Su ceño fruncido, su rictus serio y el brillo de decisión que refulgía en sus ojos bicolores. Sin embargo, eso no evitó que la diosa reina aguantará la burla que sentía en su podrido pecho, soltando una carcajada.
Una risa histérica, burlona y venenosa, tal y como la diosa reina podía dar. Una risa que reverberó en las paredes y que la mantuvo ocupada unos poco minutos.
Mientras el joven Shoto se mantenía erguido en su lugar, escuchando como su madre se burlaba de su propuesta. Si bien le molestaba, debía aguantar. Solo un momento después la diosa del Olimpo se recompuso, enjugándose las lágrimas que habían salido traviesas por sus pómulos.
— Por Zeus bendito, no me había reído así en años.
— ¿Ya terminaste de reírte, madre?
— Sí, querido, sí. Pero hay que ver que eres bien crédulo para creer que ese joven dios de imponente belleza y deseado por los dioses se fije siquiera en ti — respondió con lengua viperina —, hemos dejado que buscaras tu pareja y todos aquellos a quienes has cortejado te han rechazado inminentemente, así que mi intervención y la de tu padre puede que sea de muy poca ayuda.
Un silencio se alzó entre ellos.
— Bueno, pero está bien, querido, hay cosas que no son justas en esta vida — comentó la mujer, acomodándose en el trono de su esposo y moviendo su larga melena oscura — así que puedes retirarte.
— Entonces, debo decir que el regalo que tenía preparado para ti no sirve de nada entonces.
— ¿Un regalo? — interrogó interesada.
— Sí.
Todoroki, al ver los ojos de la reina brillar en interés, silbó con fuerza. De súbito, entró una comitiva de inmortales quienes llevaban por encima de sus hombros el trono más exquisito y pomposo que jamás se había creado.
Un trono alto, hecho de maderas labradas y nacaradas con acabados en oro y platino, la cabecera contaba con miles de piedras incrustadas desde rubíes, topacios y hasta hermosos ópalos. Un gran pavo real hecho de Oro custodiaba la cabecera, con todo su plumaje abierto en abanico.
Nemuri estaba extasiada con la vista que le daba ese trono. Su brillo, su pomposidad y su poderío. Un trono hecho para la realeza. Un trono que gritaba por todos los confines del mundo su nombre.
— Mi hijo, pero qué regalo tan fabuloso.
La reina observaba embelesada el brillo de aquel magnánimo regalo refulgir en toda la habitación, como un pequeño sol dispuesto ante sus ojos.
— Sí, madre — dijo él, fingiendo un tono de tristeza — lástima que tenga que destruirlo.
Fue cuando la reina, con una expresión horrorizada, se despabiló.
— ¡¿Destruirlo?! — Su grito fue escandaloso — ¿Cómo te atreves hacerle eso a tamaña obra maestra?
— Este era tu regalo si me ayudabas a conseguir la mano de Izuku — dictaminó el dios mientras de sus manos se formaba una bola de fuego del tamaño de una manzana —, pero como te has negado, deberé destruirlo. No sirve de nada tener un trono de una reina, si no lo va a usar una reina.
De este modo, Todoroki hizo un ademán de lanzar la bola de fuego, pero antes de que pudiera hacerlo Nemuri se acercó rápidamente, deteniendo las intenciones de su hijo.
— ¡No, cariño! Te ayudaré en lo que haga falta, pero por favor no lo destruyas.
Y con ese movimiento, Todoroki lanzó una sonrisa siniestra antes de hacer desaparecer aquella bola de fuego y recomponerse para su madre.
— Por favor, muchachos, instalen el trono de la diosa Midnight junto a la de All Might — ordenó el joven heterocromático con un ademán.
De ese modo, los jóvenes inmortales que acompañaban al dios de la forja y el fuego, dejaron en el piso del salón del trono aquel regalo tan imponente. Brillando bajo la luz de las antorchas, mientras la diosa reina veía ansiosa el momento de sentarse en él.
Solo cuando el regalo fue dispuesto y los inmortales retirados de la sala, Nemuri se lanzó de lleno en el trono. Sintiendo y apreciando desde su puesto la imponencia que ese trono le daba a ella misma. Ese era el puesto que se merecía, el de reina y madre de todos los dioses, matriarca de los cielos y los humanos. Sus ojos refulgían en el completo éxtasis de sentirse dueña y madre de todos.
Su sonrisa se apreciaba, al igual que esa sonrisa satisfactoria que dabas cuando tus planes salían mejor de lo esperado.
— De verdad que tienes un gusto exquisito, hijo mío — comentó la diosa, más dicharachera y jovial.
— Bueno, espero que con esto asegure una forma de obtener la mano de Izuku.
— Lo intentaré cariño, pero no puedo prometer nada — respondió ella, sentándose imponente en el trono — tu padre aún cree en la libertad del amor y ese montón de escoria esperanzadora.
— Necesito algo seguro madre, no un intento.
— Es lo único que te prometo, querido y sabes que las promesas de tu madre son ley.
Todoroki suspiro cansado, viendo como su madre lo había engañado de nuevo. Burlándose de él nuevamente en su cara. Eso solo hacía que su sangre se hirviera.
— Ya veo que no me dejas opción madre — dijo él tranquilamente.
Nemuri solo lo observó desde su nuevo trono, con una ceja enarcada y una sonrisa suficiente. Aunque Todoroki sintiera rabia, la reina sabía que él jamás le haría daño por ser su madre o eso era lo que ella pensaba.
— αλυσίδα* — susurró el joven dios.
Sin esperarlo, las alas del pavo real se convirtieron en unas cadenas finas que comenzaron a enredarse con vida propia sobre el cuerpo de la reina diosa, quien gritaba y pataleaba ante el increíble agarre de las cadenas al trono. Se escuchó un chasquido metálico y luego las cadenas dejaron de tener vida. Nemuri apenas se podía mover y sintió la ira carcomerle el cuerpo como una ponzoña.
— ¡¿Qué mierda has hecho?! — Gritó enardecida la diosa, removiéndose para tratar de liberarse — ¡Libérame en estos momentos, desgraciado!
— Me has visto la cara de tonto por última vez, madre — aseveró Todoroki, acercándose lentamente a su madre y retándola con sus ojos — y no pienso dejar que lo vuelvas a hacer, de nuevo.
— ¡Libérame en estos instantes, malnacido! Soy tu reina y me debes respeto — gritó furiosa la reina, tratando de zafarse de las cadenas que se apretaban aún más al trono.
— Solo te liberaré cuando aceptes mi propuesta — su seriedad cambió a una determinación infranqueable — asegúrame la mano de Izuku y te daré tu libertad.
— No te prometeré nada, escoria, libérame en estos instantes — vociferó la reina entre dientes, observando orgullosa y altanera los ojos de su vástago.
Todoroki volvió a suspirar, cansado y fastidiado por aquella situación. Su madre era un hueso duro de roer, pero era una mujer que no estaba acostumbrada al sufrimiento físico. Así que con la misma forma que entró, se encaminó hacia la salida del palacio.
— Creí que recapacitaras estando así, madre — dijo lo último con desprecio —, pero veo que tu orgullo es más fuerte que tú.
— Cuando tu padre vuelva y me liberé de este trono te las haré pagar.
— Eso es lo que tú crees, madre — respondió él mirando fijamente a su madre, con la misma sonrisa burlona que ella le había dedicado —, pero recuerda que yo soy el dios de la forja y que puedo crear artefactos… Artefactos que pueden ser más poderosos que los dioses.
Y con ese último comentario Todoroki se encaminó a la salida del palacio, escuchando los gritos frustrados y las maldiciones que su madre le dedicaba por haberla encadenado a una silla.
Los gritos de su madre eran tan fuertes que causaban eco en el palacio, un eco escalofriante, pendenciero y atronador. Gritos que se vieron silenciados solo cuando Todoroki cerró la puerta detrás de su espalda, junto a la increíble sensación de que esta vez había ganado la batalla.
El sonido de las olas se escuchaba como un rumor, golpeando las costas de aquella pequeña isla y dejando que la brisa marina le llenará con emoción la poca piel expuesta. El olor del mar le calaba en la nariz como un suave y anhelado perfume, observando como en la cristalina agua se reflejaba la luna con su luz fantasmagórica.
Llevaba una amplia capa embadurnada de sangre de toro sobre su cuerpo que esfumaba un olor ácido y que ayudaba a disfrazar su perfume natural para adentrarse entre los pastizales y los árboles frutales que rodeaban la escasa arboleda de la isla de Citera. Aquel lugar que lo vio nacer.
Atravesó la amplia vegetación sintiéndose un extranjero en su propio hogar. Ya no sentía esa sensación de calidez que hace ya bastante tiempo le había abandonado, cuando no era más que un joven nacido de la espuma a quien muchas ninfas lo habían acosado con preguntas de sí era la primera ninfa varón en toda la existencia. Solo estaba instalado en su pecho esa sensación apremiante de nostalgia.
Algunos búhos cantaban en la noche, observando con sus perspicaces ojos a la feble figura que se escabullía por las sombras de la penumbra y daba pasos tan livianos que apenas se podían escuchar en la dulce y mansa tierra de la isla. Sintió un escozor que viajaba desde sus manos hasta sus pies. Solo hasta que vio el refulgir de una luz contorsionarse frente a sus pupilas en sombras.
En medio de la arboleda, escondidas entre los árboles, se encontraban reunidas frente a una hoguera los seres más hermosos de la naturaleza que habitaban la tierra de los mortales. Las ninfas. Reunidas bajo la templada luz de una fogata, danzando alrededor de esta mientras el sonido de un arpa imbuía de belleza y espontaneidad el momento.
Todas las ninfas eran criaturas femeninas, de lisas cabelleras y apelmazadas con diademas de oricalco y corales o rodeadas por una corona de rosas y broches de hojas de olivo, con sus cuerpos desnudos al aire y con una libertad casi abrumante. Eran ellas las que junto a su madre le habían criado, lo habían visto crecer y lo habían visto nacer.
Quiso acercarse con cautela, quería darles una sorpresa. Sin embargo, el sonido de un animal alertó a todas las criaturas.
— Hay alguien ahí — apremió una de ellas.
— Sí es otro sátiro juro que me esconderé en mi árbol hasta la siguiente primavera.
— Pues que mala suerte que no lo sea.
Y aquella joven figura apareció aún con su capa puesta. Las ninfas se echaron para atrás, asustadas y preparadas en tal caso de que el desconocido quisiera lanzarse a ella y apoderarse de sus cuerpos.
Pero eso no fue el caso, pues aquella capa con olor pestilente cayó al suelo como un peso muerto y dejó a la vista la cabellera y los ojos verdosos de Izuku, quien sonreía de oreja a oreja al estar con quienes lo habían visto madurar.
— ¡Izuku!
Todas las ninfas se lanzaron en busca de un toque cariñoso, de un abrazo, de un beso en la mejilla de aquel joven al que todas ellas amaban como a un hermano. Emocionadas y pletóricas, le preguntaban a Izuku de su vida en el Olimpo, de sus tareas, si tenía un palacio, si tenía sirvientes, un montón de dudas que abrumaron a nuestro joven dios del amor y que no sabía cómo contestar atentamente.
— Muchachas, no lo abrumen — dijo una voz tranquila y llena de temple.
Entonces todo el grupo de las ninfas se calmó y se hizo a un lado, dejando pasar a aquella figura hermosa y madura. Su paso era parsimonioso, sus facciones angulosas, sus ojos eran como el color del pasto y su cabello como las hojas en verano. Era la ninfa más antigua en Citera, la jefa de la tribu y a quién más Izuku añoraba ver.
— Madre… — susurró el joven.
Sin pensarlo mucho, su cuerpo se movió como aquel niño que hace mucho tiempo corría entre la arena y veía a lo lejos a aquella figura que podía llamar mamá. La abrazó con una fuerza sin igual, sintiendo como su corazón latía desbocado en su pecho y como los ojos empezaban a lagrimear por la emoción de volver a ver a su madre.
Inko recibió aquel abrazo como el mejor bálsamo de su vida, sintiendo una felicidad indómita embargar su cuerpo. Por fin, después de mucho tiempo, veía a esa hermosa criatura que con tanto amor, paciencia y cariño había criado, con los ojos aun vislumbrando aquella candidez y jovialidad que tenía desde que era una pequeña criatura que jugueteaba entre sus piernas.
— Te extrañe mucho — susurró quedito el joven dios.
— Y yo a ti, mi niño hermoso. Más de lo que tú puedes imaginar.
Aquel hermoso momento fue visto por el grupo de ninfas, sintiendo aquel amor que solo ellos podían tener. Enternecidas y felices.
— Creí que tenías prohibido venir para acá…
— Tuve que escapar a espaldas de padre — susurró el joven dios.
— Sabes muy bien que debes cumplir tus promesas, cariño — le recrimino con solemnidad y dulzura Inko — tu padre no es fanático de las mentiras ni de las promesas rotas.
— Lo sé, madre — respondió el joven con los ojos llenos de culpa.
— Pero sé que no estás aquí por un simple saludo — Inko acercó su mano al rostro hermoso del dios —, algo te aqueja…
— Necesito tu consejo madre…
Inko lo miró nuevamente y sonrió de manera maternal.
— ήρθε η ώρα να κοιμηθούν οι νύμφες** — dijo con tranquilidad la ninfa observando a todas las jóvenes.
Ellas asintieron y se inclinaron ante la mujer de cabellos verdosos, algunas perdiéndose en la arboleda con camino al mar y otras desapareciendo su cuerpo entre los maderos de los árboles, volviéndose una con el árbol.
Inko hizo un ademán para que Izuku le siguiera de cerca, adentrándose en las sombras de la arboleda con aquella misma sensación que sintió cuando era un pequeño niño, cubierto aún por la espuma de su alumbramiento y con una sensación desconocida en el pecho.
Caminaron sustancialmente, atravesando setos, laureles y encinos, escuchando el sonar de los grillos y el de los búhos como un cántico inhóspito, pero increíble. No podía recordar cuándo fue la última vez que había escuchado el canto de las aves nocturnas, aunque se sentía tan místico y tan nuevo. Como rememorar una primera vez.
Solo se detuvo cuando vio aquel grueso y antiguo fresno alzarse como un mastodonte de hojas y ramas, con el rumor de la brisa y el canto de las aves nocturnas. Era aún igual de majestuoso como lo recordaba, con las ramas llenas de hojas y con grandes nidos llenos de aves que dormían acompasadas.
Inko le tendió la mano y él la tomó con cariño. Ella empezó a unirse al árbol, contorsionando su cuerpo hasta convertirlo en un madero y después succionando el cuerpo de Izuku hasta hacerlo desaparecer dentro del fresno.
Después sólo se sintió un silencio abrumador, una oscuridad indemne y una pesadez apremiante. Solo hasta que sus ojos vislumbraron una luz al final de aquella oscuridad. Cayendo de rodillas al piso de hojarasca y sintiendo que el corazón se oprimía en el pecho.
Izuku sintió la mano de su madre tratando de calmarlo, recomponiéndole con mimos y aquella sensación de alivio cuando su madre usaba sus poderes curativos con él. La miró y observó en derredor todo el lugar en el que se encontraba. Y se quedó maravillado.
Era un amplio lugar cubierto totalmente por paredes, pisos, escalinatas y balaustres de madera de fresno, sobre sus cabezas se alzaba un esplendoroso techo que hacía pasar la luz de la luna, iluminando todo el lugar. Había ánforas hechas de barro, cómodas hechas de madera, pieles de animales, columnas de trepadoras alzándose sobre sus cabezas y el breve vislumbrar de las luciérnagas iluminando aquellos lugares oscuros. Se sentía estar en un palacio sin igual.
Inko estaba contenta por el embeleso que su hijo mostraba dentro de su morada, con apenas algunas sillas, unas cómodas y una cama hecha con las pieles y plumones de aquellos animales que murieron en paz en la arboleda. Era su hogar, pero a los ojos de su retoño era maravilloso.
— Ven, cariño — susurró maternal la ninfa mientras se acercaba a una silla — espérame aquí y te ofrezco algo de beber.
Izuku no dijo nada, pues estaba fascinado aún con aquel techo hecho de hojas que dejaban pasar la luz platinada de la luna. Inko por su parte tomó una copa de barro y se acercó a una hoja plegada, que al desplegarla sobre el tarro lo llenó de agua hasta el ras.
— Ten.
Izuku aceptó la bebida con gusto y bebió con tranquilidad aquella dulce agua de manantial. Aquella que le supo cómo a leche y a miel. Sabía a hogar, a recuerdos. Sonrió.
— Gracias, mamá.
Inko sonrió nuevamente con cariño. Dejó que su hijo disfrutara el silencio de su morada antes de adentrarse en aquello por lo que su hijo había ido.
— ¿Qué es aquello que te aqueja hijo mío? — interrogó directamente la mujer — me imagino que la vida del Olimpo ha sido muy distinta a lo que imaginabas, cariño.
— Sí, mamá. Es totalmente distinta.
Inko alzó una ceja, incrédula y perspicaz. Sabía que su hijo había sido tratado de la mejor manera posible, pues el dios rey All Might le había prometido por su honor y su valía que velaría porque Izuku jamás fuera tratado como menos en el Olimpo. Sin embargo, las muecas de su retoño y el movimiento ansioso de su mano sobre el tarro la tenían sin cuidado.
— Pero… — instó a que siguiera.
— He estado pensando en algo que me ha tenido revuelta la cabeza desde hace algún tiempo.
— ¿Problemas de dioses? Cariño, sabes que en algún momento tienes que inmiscuirte.
— No es eso, ma — dijo el joven dios con cansancio y melancolía — me han erigido templos, me han pedido favores, me han hecho uno de los dioses más queridos en la tierra de los mortales…
— Pero hay algo más.
— Es… alguien mamá…
— Oh cariño, estoy feliz por ti…
— No mamá, no deberías — inquirió el joven dios en un susurro.
Entonces vio esa expresión y ese brillo opaco en los ojos de su hijo, sintiendo su frustración, su confusión, su asombro y aquella mezcolanza de emociones. Izuku evitó la vista de su madre porque, a pesar de que estaba buscando consejo, no quería preocuparla por sus problemas. Debía aprender a resolver sus problemas él solo.
— Creo que fue….
— No digas que fue un error venir — le regañó su madre tomando con delicadez su quijada y haciendo que ambos se miraran — si viniste hasta aquí fue para pedir ayuda, y la ayuda jamás se niega, cariño.
Izuku e Inko se miraron, el más joven sintiéndose como aquel niño a punto de llorar y ella observando de cerca las expresiones de su hijo.
— Tengo miedo, mamá — susurró él — él es… distinto, pero peligroso.
Inko se acercó y le tomó sus manos sobre las suyas.
— Pasó algo y… no puedo dejar de pensarle, de sentir que necesita de mí — siguió el joven — se recubre de sus sentimientos, de quién es en realidad y yo… solo siento que debo estar con él, quitarle sus pesares, borrarle sus miedos, curar sus cicatrices…
Izuku se relamió el labio ansioso y siguió:
— Pero es muy peligroso, es grosero, es tosco; los dioses lo detestan… pero no puedo detestarlo, no puedo dejar de pensar en él. Y no tengo idea de qué hacer…
Izuku se cubrió el rostro con ambas manos de pura confusión. No podía dejar de sentir que estaba mal pensar en él todo el tiempo, en ese sentimiento apremiante que le bañaba todo el tiempo el pecho, en esas increíbles sensaciones que sintió con solo uno de sus besos. Pero su corazón le decía lo contrario. Se sentía como un barco a la deriva, sin saber si los cauces que escogería serían los correctos.
— ¿Le has dicho a alguien de esto? — interrogó Inko con dulzura.
— No, mamá. Hasta ahora eres la única que lo sabe.
— Está bien — se acercó y acarició el rebelde cabello del dios — ¿Te sientes confundido?
Izuku asintió.
—¿Sientes que, a pesar de ser peligroso, no puedes dejarle atrás?
Izuku alzó sus ojos sorprendido y asintió nuevamente a su madre.
— ¿Cuándo lo ves o piensas en él, te salta el corazón y no puedes dejar de sentir aquello que sentiste cuando lo viste?
— Sí…— susurró sorprendido.
Inko rio mientras juntaba su frente con la del dios en un gesto de cariño y de comprensión, acunando su rostro entre sus manos.
— Cariño, esto que sientes es aquello por lo que los mortales oran — concretó la mujer con una sonrisa — es aquello que las jóvenes sueñan antes de dormir, lo que las cortesanas piden con mesura, lo que los amantes desean cuidar hasta el fin de los tiempos, aquello que tú cumples…
Izuku alzó sus ojos esmeraldas y sintió que no podía aguantar aquella sensación que oprimía su pecho. Se echó a llorar a los pies de su madre como un crío y ella solo logró acariciarle los cabellos para reconfortarlo ante esa confesión, dejando que soltara todo aquello que llevaba ahogando.
— Estás enamorado, Izuku — susurró con cariño la ninfa.
Izuku dejó soltar toda aquella confusión tan recalcitrante, con las lágrimas cubriéndole el rostro y sollozando entre la penumbra de la noche. Inko, aun acariciando su cabello, le reconfortó como lo haría una madre, susurrando mimos de cariño y confortando a su hijo con palabras de amor.
Lo que ninguno sabía es que en la copa del árbol un animal traicionero se encubría entre las sombras de las hojas, escuchando la confesión del joven dios del amor y refulgiendo aquel iris oscuro con intenciones macabras. Se alzó en vuelo en la oscuridad de la noche, lanzando un graznido al viento y dirigiéndose a lo más alto del Olimpo.
Traducciones:
*cadenas
**Es hora de que las ninfas vayan a dormir
