¿Jamás se habían preguntado si realmente se sentían bien? ¿Sí realmente su vida les estaba dando lo que en verdad esperaban? ¿Se sentían completamente felices y conformes? ¿En verdad podían llamar a eso felicidad? En eso se la pasaba cavilando Uraraka Ochako en la amplia mesa de aquel festín en su honor.

En aquella ocasión estaba en el palacio de su padre. Todos los dioses e inmortales estaban celebrando la nueva ascensión de Ochako, pues en ese momento su escaño como diosa de la primavera quedaría atrás y se convertiría en la nueva diosa de la hoguera y del hogar por proclamación divina de All Might y Midnight.

Aunque por dentro se sentía orgullosa y feliz de convertirse en una Olímpica, el recalcitrante dolor de la desdicha y la melancolía le seguían de cerca desde hace unos siglos como una cadena fría y pesada. Como un punzante pálpito que oprimía y hacía pesar su pecho. Aún no superaba el rechazo inédito de Katsuki.

Aún con todos los dioses ahí, reunidos y felicitándola por su ascensión, se sentía desolada y solitaria. Con un sabor amargo en la garganta y una expresión que disimulaba las ganas de llorar que llevaba aguantando durante toda la velada, intentó no darle importancia a la ausencia del dios en ese día que significaba mucho para ella.

— Por favor, Ochako, cambia esa expresión — le instó con cariño su amiga de toda la vida: Mina, la diosa de la caza — es tu celebración, deberías tener una sonrisa.

Sin embargo, Ochako no podía siquiera sonreír. A pesar de que el dios de ojos rubí le había rechazado, esperaba que al menos en esa ocasión él llegara, viera sus ojos y le felicitará.

— Deberías rendirte — respondió Jiriou bebiendo su copa de vino — ella no va a cambiar esa cara, llevamos medio siglo intentando convencerla de que hay…

— Jirou, cállate — rezongó molesta Ochako.

La diosa de hebras castañas había tenido que aguantar a sus hermanas, amigas y ahora su comitiva de damas de compañía decir que era una idiota por seguir amando al despreciable y desagradecido de Katsuki; que había mejores dioses e inmortales que podían cortejarla, que era despreciable que su corazón siguiera latiendo por ese dios sanguinario. Aunque había mucha verdad en sus cruda palabras, estaba harta de escuchar el mismo sermón cada maldito día.

— ¿Por qué tendría que callarme? — le increpó molesta — Ochako, aún sigues llorando por esa cosa llamada dios y a él ni le importas, no te busca, no pide perdón, es solo un maldito…

— Jirou… — le advirtió Mina.

La joven de cabello corto bufó y se fue de allí. Ochako suspiro y volvió a beber, esta vez dejando la copa vacía y formando una expresión de furia muy mal contenida. Estaba molesta y harta de que Jirou y Nejire no tuvieran tacto a la hora de hablar sobre ese tema, era como si el veneno de la lengua viperina de Nemuri se les hubiera inyectado por las venas como una toxina intolerable. Ya no se sentía a gusto con ellas.

— Lamentó que tengas que pasar por esto — susurró Mina tratando de reconfortar a su amiga.

—No tienes que sentirte mal por mí, Mina. Es solo que…

— Ambas sabemos que es difícil — respondió comprensiva —, pero tomate tu tiempo para sanar, nadie puede meterse en eso a menos que tú lo desees.

Ochako asintió y miró a su amiga con agradecimiento. Mina era la única que la entendía y no la juzgaba por lo sentimientos que en su corazón anidaban, aunque le asqueaba el hecho de que fuera hacía Katsuki. Siempre le daba un buen consejo y una sonrisa que siempre agradecía. La castaña le dedicó la primera sonrisa genuina de esa noche.

— Está bien.

— Bueno, ahora celebra que ya eres olímpica y me cambias esa cara — le urgió con ánimo mientras servía su copa de vino nuevamente.

Ambas alzaron las copas y Mina hizo un brindis. Ochako rio levemente al ver como la diosa llenaba ambas copas con desesperación.

— ¡Por la nueva diosa!

— ¡Por la nueva diosa! — gritaron a coro toda la sala.

Todos los presentes bebieron. Algunos gritando en el proceso y otros golpeándose con camaradería mientras seguían la velada; unos estaban tranquilos conversando entre ellos, otros coqueteaban con el harem que Aoyama siempre llevaba a actos oficiales como esos y varios estaban riendo por las grandes cantidades de alcohol que habían bebido.

Ochako observó en derredor el lugar, avistando a sus hermanos y hermanas celebrando, algunos sirvientes atendiendo a los dioses, las musas tocando y exponiendo sus dotes artísticas, y a otros desapareciendo furtivamente por los pasillos de ese palacio. Hasta que sus ojos se detuvieron en un dios particular, uno que llevaba causándole escepticismo y desconfianza desde su llegada.

Izuku estaba bebiendo tranquilamente en su mesa, siendo atendido con premura y mesura por los sirvientes mientras estaba rodeado de algunos dioses que buscaban darle conversación. Su rostro denotaba una sonrisa simpática que a Ochako le pareció falsa.

— ¿Qué tanto estás mirando? — le interrogó Mina.

— ¿Sabes el nuevo dios que trajo nuestro padre?

— ¿Izuku? Es una ternura — contestó con jovialidad Mina — tuve la oportunidad de conocerlo y es super amable y lindo.

— No me cae bien.

Mina puso una expresión incrédula que rápidamente disipó.

— ¿Por qué? Es una belleza de persona.

— No lo sé, Mina — respondió ella viendo como el joven se desenvolvía entre el grupo de dioses que le miraban embobados — hay algo en él que… no sabría decirte si es desconfianza o escepticismo, pero hay algo extraño en él que no me convence.

— Ay, Ochako, no lo pienses demasiado — le restó importancia la diosa de cabellos rosados — apenas lleva uno siglos aquí…

— ¿No has escuchado los rumores que dicen de él?

— ¿Los chismes de que puede concebir? ¿De qué es un esposo sin igual? — escupió con sorna la joven diosa — son puras estupideces de los mortales, Ochako.

— ¿No crees que ya los habrá tenido?

Mina se atragantó con el vino y tosió un poco, limpiándose los restos de vino cuando aquel sofoque desapareció. Sus ojos de cuarzo rosa miraron directamente a Uraraka.

— ¿Qué quieres decir con eso, Ochako?

— No lo sé, ¿No te parece extraño que esos rumores hayan salido después de que él iniciará sus tareas como dios? — cuestionó Ochako con extrañeza.

— No sé a dónde quieres llegar con eso, Ochako, pero hasta donde yo sé esos son puros bisbiseos.

— Pero ¿Si no los fueran? ¿Por qué los mortales blasfemarían en contra de un dios y este no les castigue? ¿Por qué justamente de eso?

— Bueno…

— ¿No crees que él esconde algo?

Mina y Ochako se miraron, luego miraron al joven dios de cabellos verdosos quien se había ruborizado y se estaba riendo con mucha soltura, embelesando a los dioses que le miraban de cerca. Mina por un momento sintió una sensación extraña de desconfianza. Nunca le habían gustado los chismes, ni mucho menos había creído en los comadreos de los mortales, pero ¿Habría una posibilidad de que Ochako tuviera mínimamente la razón? ¿Acaso Izuku tendría esa máscara?

— No lo sé — respondió finalmente Mina —, pero sí tienes razón en lo que dices, entonces…

— No comentemos eso — dijo rápidamente Ochako — hablar de ese tipo de cosas para diosas y damas como nosotras es muy vergonzoso.

Mina asintió. Ochako volvió a observar a Izuku y sorbió otro poco de su copa de vino. No sabía qué era aquel sentimiento tan apremiante que le hacía recelarse del dios, pero de sí algo estaba segura era que ese dios estaba ocultando algo.

Por otro lado, Izuku se sentía ahogado por tanta atención. Trataba de comer y beber tranquilamente en su mesa, pero Kirishima, Aoyama, Denki y Shinsou le rodeaban, le lanzaban chistes, le contaban historias de sus proezas y le instaban a conversar sin que pudiera tener tiempo de poder felicitar a la nueva diosa.

Estaba inseguro, abrumado e incómodo en su mesa. No quería ser grosero con ellos, pues le estaban tratando con mucho servicio y esmero, así que tuvo que responder con la mayor pleitesía y cortesía. Sin embargo, no podía quedarse más tiempo en ese lugar sin poder respirar sin que ellos estuvieran pendientes de él. Estaba sofocado por tanta solicitud de parte de sus aompañantes.

— Entonces, Midoriya… — siguió Kirishima — ¿Qué te ha parecido vivir aquí entre nosotros?

— Una maravilla. Es imposible no sentirse bien aquí, aunque sí ha sido difícil adaptarme.

— ¿En serio? — se adelantó Denki antes de que Kirishima siguiera — ¿Por qué te ha costado tanto?

— Pues, he extrañado a mi madre y a mis hermanas en la isla. Aquí todo es tan distinto y formal.

— ¿En dónde naciste, Midoriya? — preguntó Aoyama — padre no nos cuenta mucho de ti, cuando…

— Aoyama, no seas imprudente — le golpeó Shinsou la cabeza.

— ¿Quieres arreglar esto a golpes sueñitos? — molió sus dientes el dios del vino, imponiéndose con una expresión de provocación.

— Nada me haría más feliz que romperte los dientes — se jactó Hitoshi, haciendo sonar los huesos de sus manos.

Izuku, ante esa situación, hizo un ademán de exasperación que hizo que ambos dioses le miraran.

— Muchachos, no se preocupen — le restó importancia — no tengo problema en contarles. Pero, por favor, no discutan.

Como si fuera palabra divina, Shinsou y Aoyama se dejaron de desafiar, sentándose nuevamente en sus anteriores posiciones. Izuku inspiró y dejó que uno de los sirvientes le sirviera un poco de vino.

— Gracias — agradeció el joven dios.

— Siempre a sus órdenes, mi señor.

Izuku sonrió y todos a su alrededor quedaron hipnotizados por aquella candidez y jovialidad que irradiaba el dios con solo una sonrisa.

— Nací en una isla al sur de Grecia, se llama Citera — inició su relato el joven dios —, según lo que cuenta mi madre…

— ¿Tienes una madre? — interrogó de súbito Aoyama.

— Cállate, idiota, déjale contar la historia — le espetó molesto Denki.

— A mí no me callas, mensajero de cuarta.

— ¿A quien le dices mensajero de cuarta? — inquirió con ira Denki.

Ambos dioses se alzaron, mirándose con ojos chispeantes y amenazantes, esperando que el otro dijera solo un comentario para lanzarse en una contienda cuerpo a cuerpo.

— Sí, Aoyama, tengo una madre — dijo finalmente el dios, haciendo que ambos lo miraran — es una ninfa que me encontró cuando yo era un niño, dijo que yo había nacido de la espuma del mar.

Denki y Aoyama miraron maravillado a Izuku y estos se sentaron nuevamente en sus lugares.

— Ella, junto a otras ninfas me criaron en Citera. Me hicieron amar a las plantas, a las flores y a los animales; — siguió contando el chico con suma nostalgia — me enseñaron a hablar, escribir, a rezarle a los dioses, a disfrutar de los rituales y a amar cada día que pasaba. Ellas fueron quienes me vieron crecer, me hicieron quien soy y a quienes agradezco por convertirme en el dios que soy ahora.

— ¿Las extrañas? — cuestionó Kirishima.

— Todo el tiempo — contestó el dios con ternura —, estar solo en un palacio muy grande para mí ha sido un golpe duro. Siempre he sido de estar en grupos grandes, de tener cantos alrededor o a alguien que me haga compañía.

— Y ¿Por qué no las visitas? — esta vez preguntó Hitoshi.

Izuku dejó la copa y suspiró. Hitoshi se arrepintió de preguntar, pero el joven dios le dedicó una sonrisa esplendorosa que encantó a todos a su alrededor de nueva cuenta.

— Por qué, padre me dijo que si me convertía en dios no podría volver a mis raíces — soltó con suavidad, como si no quisiera recordarlo — que ser un dios es dejar atrás la vida terrenal y seguir con la vida divina. Sí debía convertirme en un dios, debía olvidarme y alejarme de quien era en Citera. Ese era el precio por ser un dios.

Entonces todo se quedó en silencio, un silencio incómodo y melancólico que solo se veía interrumpido por el barullo de alrededor.

— Desde entonces tengo prohibido volver a Citera.

— Lamento mucho que… — empezó a decir Denki.

— No se preocupen — se apresuró Izuku dedicándoles una expresión dulce que escondía su desconsuelo — estoy consciente de la decisión que tomé y sus consecuencias. Es solo cuestión de tiempo, pero agradezco su comprensión muchachos.

Todos los dioses alrededor de Izuku se sintieron extraños. Una sensación agridulce les impactó al ver la expresión del dios de la belleza, quien contenía su tristeza y su nostalgia con un rictus comprensivo y tranquilo. Tal sensación acerva estaba carcomiendo el cuerpo de los dioses presentes.

Todo ellos pensaron en que jamás intentarían poner ese tipo de expresión en el rostro del dios. Que, sí ellos se lo proponían, le llenarían de regalos, de atenciones, de comprensión y serían devotos a él, solo para poder apreciar esa sonrisa esplendorosa que el joven tenía cuando reía genuinamente. Los dioses, cada uno respectivamente, querían y deseaban a Izuku para ellos solos.

De súbito, se escuchó el sonido seco de las puertas del palacio siendo abiertas de par en par, luego un silencio lúgubre cubrió al salón como una ventisca helada. Los dioses presentes miraron al lugar de donde provino el ruido y observaron cómo dos dioses se imponían en el camino.

Una era Momo, la diosa de la sabiduría, vestida con su armadura de platino y un casco con cornamenta junto a su inseparable lanza, con la usual expresión adusta y seria que siempre mantenía, acercándose a la mesa en donde estaban Mina y Ochako. Luego la aparición de la amplia figura de Katsuki, con el casco en una de sus manos y la espada en su diestra, los ojos brillaban en rabia, las heridas de guerra refulgían y una expresión furibunda le deformaba la testa.

— Oh no — susurró Kirishima, parándose rápidamente.

Katsuki tenía la respiración pesada y los orificios de su nariz estaban abriéndose como fanales por la ira. Tenía ganas de matar a alguien en esos momentos. Su cólera era tal que el aura que le rodeaba era densa y peligrosa mientras caminaba hacia el centro del salón. Uno de los sirvientes chocó con él sin intención, tratando de escapar de esa sensación tan inclemente y abrumante que había ahogado la animada energía de la sala.

— ¡Quítate de encima pedazo de mierda! — escupió molesto mientras lanzaba al sirviente por los aires y lo hacía caer en una de las mesas.

Izuku se quedó anonadado, sin palabras. A pesar de ser la primera vez que veía a Katsuki desde el embalse y sentía que no podía dejar de mirarle a él junto a su imponente armadura; su cuerpo se sintió convulsionar, pues su corazón latía rápido y su estómago sentía aquel cosquilleo indemne de los nervios. Jamás había visto a Katsuki con ese nivel de enojo. De solo mirarlo se le formó un nudo en el estómago y disipó todas aquellas sensaciones gozosas que su cuerpo emitía.

— Katsuki — se acercó Toshinori rápidamente.

— No ahora.

Katsuki evitó a su padre, rodeándolo, y se acercó a la mesa donde estaba Ochako. Se inclinó y dejó sus respetos. Ochako sintió sus mejillas ruborizarse e Izuku se dio cuenta de ello, confundido por la reacción de la diosa.

— Felicitaciones — congratuló secamente.

— Debes darle el respeto que se merece, Katsuki — resopló Momo con entereza.

— No estoy hablando contigo, escoria.

— ¿No crees que es una falta de respeto y una humillación que hagas este tipo de comportamientos en la celebración de Ochako? Que obsceno.

— No metas las narices en donde no te conviene, maldita.

— Momo… — trató de disuadir la castaña a la diosa, pero esta no le escuchó.

—¿O qué? ¿me vas a retar? ¿Cómo hiciste ahora en la guerra? — soltó con una sonrisa suficiente.

Katsuki apretó los dientes. Tenía la sangre espesándosele de pura ira y los puños cerrados. Quería partirle la cara a Momo con muchas ganas, pues le había quitado la victoria nuevamente en una de sus contiendas y eso le llenaba el pecho de una cólera indetenible.

— ¿Quieres pelea, maldita sabelotodo? — rugió Katsuki molesto.

— Katsuki — se acercó Ochako, tomándolo del brazo — por favor, ven.

Ochako trató de llevar al dios a otro lado para que evitará escuchar las provocaciones de su hermana, pero este ni se movía. Sus ojos de rubí destellaban gracias al gigantesco enojo que burbujeaba en su interior, observando fijamente a los oscuros ojos de Momo quien le veía con suficiencia y divertida por ese juego amenazante que le gustaba hacer para picarle el orgullo a su despreciado hermano.

A la diosa de la sabiduría le gustaba triturar la autoestima y el orgullo al dios de la guerra, aunque ella estaba consciente de que no era correcto. Pero, por muy prudente y tolerante que fuera, ella sentía una sensación desagradable de compartir el mismo puesto que Katsuki en el Olimpo. Odiaba que aquel inmejorable, impulsivo, sañoso y grotesco tuviera el mismo puesto que ella.

— No quisiera dañar más tu precario orgullo, Katsuki. Porque tu y yo estamos seguros de que perderás esta contienda— susurró viperina la inmaculada diosa.

Katsuki no pudo evitarlo, estaba al borde de la delirante furia. Alzó su espada y se abalanzó sobre la mesa con intenciones de terminar lo que habían empezado, lanzando al aire ánforas llenas de vino y los platos de comida. Sin embargo, la hoja de la espada fue detenida por la punta de la lanza de Momo, quien veía seria a Katsuki.

Todos los presentes exclamaron de pura sorpresa, incluyendo Izuku. Observando cómo ambas armas se mantenían entre sus filos y las miradas de los contendientes se mantenían fijas, eléctricas y beligerantes, en el otro. El dios del amor se sentía anonadado por la furia que refulgía en los ojos de Katsuki-

— No puede ser — susurraron a su lado.

— ¿Por qué Katsuki debe ser tan idiota?

— Es un monstruo

— De verdad que arruinarle la fiesta a Ochako…

— Que depreciable comportamiento.

Izuku escuchaba en silencio aquellos comentarios, sintiéndose inexplicablemente enfadado. Una bola de fuego se instaló en su estómago y una sensación de frustración le abnegó el cuerpo como un quemante cosquilleo. No podía creer que ellos estuvieran hablando de él de esa manera, cuando no sabían nada acerca de él, cuando no sabían lo que sus ojos escondían, cuando le desdeñaban sin conocerlo realmente.

Katsuki y Momo se enzarzaron en una batalla, contra atacando y defendiéndose respectivamente. El da cabellos cenizos no daba su brazo a torcer, moviéndose con fiereza y atacando salvajemente; en cambio, Momo se mantenía serena, defendiéndose y esperando el momento propicio para debilitar a su contrincante. Dejando que las hojas de sus armas brillaran y chispearan en la medida en que estas se impactaban entre sí.

— Katsuki, por favor — le urgió gritando Ochako.

Pero Katsuki no escuchaba. Estaba tan lleno de ira y de frustración que solo seguía arremetiendo contra Momo, dejando que su impulsividad y toda la furia controlara su cuerpo. Se sentía tan molesto consigo mismo por no ser el mejor, por no sentirse igual a sus hermanos, por ser despreciado, porque no le dieran una oportunidad para conocerlo. Joder, que dolía como el Hades.

Izuku, desde su lugar, sentía que se quedaría sin aire. Absorto en como Katsuki soltaba toda esa ira, en cómo se movía y en cómo se abalanzaba en contra de su hermana. Era como verlo en su elemento, pero, al mismo tiempo, verlo como se hundía en aquella apremiante sensación que en sus ojos brillaba cuando se encontraron en el embalse. El dios del amor quiso gritar desde lo más profundo de su interior, detener la contienda y despreciar a todos sus hermanos que hablaban de Katsuki como si de un monstruo se tratase.

— Por favor, detente — susurró inconscientemente, quedito, sintiendo que se ahogaba — por favor, no te hagas esto.

Katsuki se detuvo. Escuchando con su oído de guerrero esa dulce voz, ahogada y con la tristeza borboteando como un berrido lastimero. Su cuerpo sintió desgarrarse por dentro. Respiraba pesado.

No podía mirarlo, sabía que si lo miraba sería su perdición. Pero sus ojos, como si de un magnetismo indetenible e irrefrenable se tratase, se encontraron. El esmeralda y el rubí se contemplaron nuevamente, Izuku con los ojos lagrimeando y Katsuki respirando pesadamente. Unos simples segundos que se sintieron eternos, deliciosos y embalsamadores.

— Por favor…

Katsuki chistó de molestia y, con toda la reticencia y dificultad del mundo, guardó la espada en la funda. Su orgullo no podía contra aquella imagen. Aquel niñato que le quitaba el sueño, le estaba dando una mueca de sosiego y de melancolía, escuchando como su dulce voz trataba de no sonar llorosa, haciendo que su corazón se oprimiera y su enojo se disipara ligeramente de su cuerpo.

— ¿Acaso no quieres pelear? — siguió urgiendo la diosa — ¿Acaso te falta valor para enfrentarme Katsuki? ¿No querías esto? ¡Vamos!

— Momo — advirtió molesto Toshinori.

La diosa de la sabiduría miró a su padre y luego bajó su lanza. Se quitó el casco y se arregló el largo cabello negro, recomponiendo esa expresión sería y competente que la diosa poseía. Sabiendo lo que le deparaba, caminó con garbo por donde su padre le señalaba, para luego desaparecer por uno de los tantos pasillos del palacio seguida de cerca por su padre.

En cambio, Katsuki se alejó del salón y se adentró en los pasillos del palacio que estaban al otro lado de donde se habían ido su padre y Momo. Estaba frustrado y henchido de pesadumbre. Quería estar solo.

Ochako, quien estaba asustada y petrificada en su lugar, siguió de cerca al dios de la guerra, perdiéndose en los mismos pasillos donde el dios de la guerra se había esfumado, siendo acompañada por Kirishima. El lugar quedó en un sepulcral silencio.

Todos aún seguían incrédulos por lo absurda de la situación y por el aborrecible comportamiento que ambos olímpicos presentaron en la velada. Sin embargo, Kayama mantuvo la compostura, a pesar de que sentía una lengua de fuego que le hacía hervir la sangre. Se levantó con garbo mientras sostenía su copa de oro bruñido.

— Mis queridos muchachos, disculpen tan inesperada situación — dijo con tono avergonzado y sutil — todos estamos conscientes de que esta circunstancia se ha salido de las manos, pero por favor no dejemos de lado que estamos celebrando la felicidad y orgullo de nuestra querida Ochako como nueva diosa olímpica, así que alcen sus copas, brindemos y sigamos celebrando este festejo en nombre de ella.

Los demás dioses, aunque aún incrédulos, alzaron sus copas y gritaron el brindis por la nueva olímpica. El brindis hizo que algunos gritaran y otros rieran, lo cual hizo a Nemuri darle señas a las musas para que volvieran a tocar música y a interpretar sus dotes delante los invitados. La sala volvió a tener su anterior energía de verbena y júbilo.

Izuku por su parte no quiso beber. No podía quitarse de la cabeza aquella imagen pendenciera y solitaria de Katsuki. Sus ojos no dejaban de mirar el pasillo por donde se había perdido el dios de la guerra y sus inesperados acompañantes. Su corazón se oprimía, su estómago estaba revuelto y una sensación perentoria de preocupación le estaba carcomiendo en su lugar.

— ¿Estás bien, Midoriya? — preguntó Hitoshi.

Izuku se despabiló de sus pensamientos y miró a su alrededor. Los dioses que aún quedaban en su mesa le miraban de cerca, curiosos e intranquilos. Él solo pudo atinar a darles una sonrisa amable.

— Sí, sí, sólo… necesito un poco de aire.

— Te acompañó — respondió rápidamente Denki.

— No, yo le acompaño — siguió Aoyama, parándose y enfrentándose a Denki

— Ustedes no van a acompañar a nadie, yo lo haré — aseveró Hitoshi con tono decidido, parándose y mirando con desafío a sus hermanos.

Los dioses empezaron a discutir entre ellos, intimidándose con la mirada como leones dispuestos a atacar y riñéndose entre ellos para decidir quien debía acompañar al dios de cabelleras verdosas. Izuku, por otro lado, suspiró levemente y, sin avisarle a ninguno, se escabulló hasta desaparecer de la vista de los dioses, adentrándose en el palacio de su padre.

Caminó por aquellos amplios pasillos hasta dar con una amplia terraza con balaustres de yeso y enredaderas llenas de girasoles y jacintos, bañada por la luz de la luna y las estrellas junto a una brisa fría que caló de lleno en el cuerpo de Izuku. Sintió paz por un minuto y se adentró en él con la intención de quedarse embelesado y en paz por unos breves momentos. Se recargó en el balaustre.

Agradeció estar solo en esos instantes, pues la insistente atención de los dioses le estaba sofocando de una manera irrisoria. Ya podía pensar y disfrutar tranquilamente de lo que quedaba de la vigilia. Aun así, le costó no pensar en el rostro imbuido en ira y sosiego del dios de la guerra.

El dios de ojos de esmeralda, en aquel momento solitario, aún seguía dudando y rememorando las palabras que su madre le había comentado aquella furtiva noche en Citera. Enamorado. Era una palabra que definía una sensación que muchos mortales le habían descrito en sus oraciones: una evocación inusual de felicidad, de esperanza, de bálsamo contra las adversidades de la vida. Pero que él, ni por asomo, no sentía.

Izuku no percibía felicidad, esperanza o paz. Se sentía confundido, incrédulo; nada parecido a lo que sus adeptos contaban y le rogaban en sus oraciones. Y eso solo le hacía sentir una mezcolanza que durante varias noches le había azotado como un témpano de hielo. No sabía cómo enfrentarse a ella, ni mucho menos como poder superarla, porque no estaba seguro de si ese sentimiento que le recorría era benévolo. Todo eso era tan complicado.

— Oh, ahí estás…

Izuku volvió la mirada y miró a Nemuri, luciendo imponente en su toga revestida en telas púrpuras y con bordados de oro junto a su tiara recubierta en zafiros y plata. Le dedicaba una sonrisa conciliadora, mientras se apoyaba en el dintel del portal de la terraza llevando una copa de vino en la mano.

— Kayama–san — se inclinó rápidamente.

— No debes hacerlo querido — instó la reina acercándose y palmeando maternalmente su hombro — estamos en una celebración y las formalidades son lo de menos en estos instantes…

Izuku asintió viendo como la diosa mayor se acercaba al balaustre y se recargaba en este, palmeando su lado para que el joven dios se acercará a su diestra. El inocente dios se instaló a su lado y dejó que aquella situación se llenará de la calma de la noche y del frescor de la brisa, sintiéndose extrañamente cómodo con la compañía de la diosa reina.

— Lamento que hayas presenciado tan aborrecible situación, Izuku — se disculpó la reina con tono solemne — sé que no eres alguien que estima mucho la violencia como un medio de solución, pero…

— No se preocupe, Nemuri–san — le consoló el joven dios — no debe hacerlo.

— Claro que debo hacerlo, Izuku — dijo ella con maternidad —, tu sola expresión al ver la escena me rompió el corazón y lamento que hayas tenido que presenciar tal circunstancia.

Izuku solo atinó a negar con la cabeza, tratando de que no se vislumbrara la mortificación que en su cuerpo sentía. Nemuri puso su suave mano sobre la de Izuku y le dedicó una sonrisa agradecida.

— Tu padre me dijo que le regalaste algunas gardenias y lirios para nuestro jardín — comentó la mujer con dulzura — agradezco mucho el gesto.

— No es nada — le restó importancia el joven — sé que ustedes harían ese tipo de gestos desinteresados por mí.

— Pues… quisiera tratar contigo un asunto importante — dijo ella con sensatez, mirando directamente a los ojos verdes del chico — ya que debo devolverte este favor desinteresado…

Un silencio se instauró entre ellos y la sonrisa que llevaba Nemuri desapareció, dejando paso un rictus preocupado que mortificó al joven dios del amor y le dio muy mala espina.

— Un pajarito, de esos que cotillean en nuestro castillo, me dijo que saliste al mundo mortal — inició la mujer con tranquilidad — lo cual me pareció poco interesante, porque todos los dioses en algún momento bajamos hacia él, pero hubo algo que me llamó la atención...

Izuku tragó duro y sintió que el estómago se le encogía. Estaba seguro que nadie lo había seguido, que nadie lo había visto y que su fragancia no fuera percibida por nadie. Debía ser una broma de mal gusto.

— Me dijo que te habías escapado a tu isla y… sé que no es de mi incumbencia, pero sabes que cuando los seres que no nacieron en el Olimpo prometen ser dioses no pueden volver a lo que fueron antes de serlo — dijo Midnight, soltando un aire de angustia —, así sea por cualquier intención; las promesas a tu padre jamás se deben romper.

— Yo… Yo no… Yo necesitaba — balbuceó Izuku sin poder decir nada y poniéndose lívido.

— Izuku — Nemuri le tomó de los hombros con confianza tratando de reconfortarlo — no necesito que me digas lo que hiciste ahí, porque en tus ojos veo que lo necesitabas; pero tuve que recurrir a medidas extremas para que eso no llegara a oídos de nadie, ni siquiera a los de tu padre.

— Yo lamento que…

— No lo lamentes, Izuku — respondió ella con amabilidad — sé que eres joven y necesitabas un poco de ayuda de tus raíces, pero no estás preparado para la ira de tu padre. Él es muy intransigente con aquellos que rompen sus promesas.

— Por favor, Nemuri–san, no quiero que lo sepa — dijo Izuku con apremiante angustia y sofoque — yo no sé qué…

— Tranquilo — le acarició la cabeza — no diré nada, aunque mi silencio solo tiene un precio a pagar, querido…

Izuku la miró suplicante y en silencio. Entonces Nemuri sintió que había ganado la batalla, sintiéndose increíblemente poderosa ante lo vulnerable y mortificado que estaba el joven dios. Qué niñato tan tonto e ingenuo.

— Tu padre ha estado preocupado de que se inicie una guerra entre dioses por tu mano.

— ¿Guerra? ¿Mi mano?

Nemuri asintió, mordiéndose la lengua para evitar que sus labios soltaran un comentario displicente.

— Muchos de ellos han venido a nosotros, presentando dotes y pidiéndonos nuestra bendición para darte tu mano — contó la diosa mayor —, pero tu padre no sabe cómo pedirte tal cosa sin que sientas que atentamos contra tu libertad. Te estima mucho querido, más que todo por tu increíble desempeño como dios.

Izuku se quedó estático con un sabor amargo quemándole la garganta y bajándole al estómago como un hierro vivo.

— Aun así, tenemos miedo. Muchos de los dioses han caído en peleas, disputas y contiendas que pueden llegar a mayores si no hacemos algo…

— Pero ¿Qué puedo hacer yo? — cuestionó inseguro el joven.

— La única manera de evitarlo a toda costa, es que te cases con un olímpico — dictaminó la reina.

— ¿Casarme?

— Sí — dijo ella con tranquilidad — sé que te estoy pidiendo mucho y… Izuku sé que es difícil tomar esa decisión, pero no quiero que este reino caiga en desgracia por una contienda que tal vez ni tu padre ni yo podamos detener.

Izuku tuvo que aferrarse a los balaustres con fuerza, pues sentía que en cualquier momento sus piernas flaquearían y lo derribarían al suelo ante tal confesión que la reina madre le estaba dando.

—¿Por qué yo? Yo no tengo nada de especial — tartamudeó preocupado el joven dios.

— Al parecer hay rumores…

—¡Yo no he sido mancillado por nadie! — exclamó mortificado el dios, arrodillándose y sintiéndose humillado — todo eso en lo que creen, son puras mentiras.

Nemuri se arrodilló junto a él y le abrazó, tratando de esconder la sonrisa malévola y victoriosa que trataba de aflorar en su boca. Izuku por otro lado cubrió su rostro de pura angustia y vergüenza.

— Sé que es difícil y más con estos rumores, Izuku. Aun así, mi trabajo como diosa de la rectitud no puede ser dejado de lado… Tu castigo de mi parte por desobedecer tu promesa es esa; sin embargo, si Yagi se llega a enterar de esto, ten por seguro que no será tan piadoso como yo.

En eso Nemuri se levantó y tomó su copa con las intenciones de irse. No obstante, se detuvo y miró por última vez al joven dios quien tenía una expresión desconsolada y sus brazos laxos a cada lado. Desconsolado y derrotado.

— Si es por mí, Izuku, le pediría matrimonio a Shoto — aconsejó ella con comprensión — es mi hijo más calmado y respetuoso entre todos, él jamás te faltará el respeto y sabrá darte el lugar que te mereces.

— Pero…

— Izuku, no quisiera hacerte pasar por esto. Pero es por el bien del Olimpo y por tu protección. Tienes hasta el siguiente ciclo lunar para darme una respuesta, si no me veré en mi tarea como diosa de la rectitud de decirle tu falta a tu padre.

De ese modo, Nemuri dejó a solas a Izuku con el corazón oprimiéndole el pecho y sintiendo unas incalculables ganas de llorar recorrerle el cuerpo. Sintió un peso de plomo subírsele a los hombros y la melancolía quitarle el aliento. No pudo evitar pegar su frente al frío piso y cubrir su boca para evitar que los gritos de frustración y tristeza se escucharan.

No sabía qué hacer. No sabía a quién recurrir. Tenía miedo de que aquello que Nemuri profesaba fuera verdad. Pues grandes dioses como Enji, dios de la muerte, estaban sufriendo las consecuencias de romper las promesas al dios rey y no quería que aquella ira recayera en él o, en consecuencia, en su querida y recordada isla.

Izuku lloró, tratando de silenciar aquellos gritos que en su corazón se arremolinaban y dejando que las lágrimas cristalinas bajaran por sus mejillas, sin saber que entre las paredes y columnas se escondían unos ojos bicolores que se llenaron de culpa y de angustia al escuchar los sollozos del dios del amor. Toda esa tristeza era por culpa de su egoísmo y su conciencia lo abatiría con tal error durante todo el ciclo lunar.


Notas:

Hola hola, preciosos internautas, aquí nuevamente su desquiciado autor Mark con un nuevo capítulo de esta maravillosa trama.

Me disculpo por la tardanza, pero cabe decir que en estos momentos no estoy totalmente concentrado en escribir. Estoy en la recta final de los exámenes/parciales del primer trimestre de la universidad en este año y estoy casi que sin tiempo y también agreguémosle que estoy sin internet hace casi tres semanas. So... I'm upset about it, pero eso no quita las ganas que tengo de escribir para ustedes.

Ahora viene lo que hemos estados esperando: ¿Qué decidirá Izuku? ¿Estará preparado para la decisión más difícil de toda su eternidad? ¿Podrá llegar a darle una respuesta a Nemuri? ¿Por qué Momo es tan odiosa con Katsuki?