Katsuki se encontraba en una encrucijada en la cual no veía un punto de retorno, un resquicio de donde escapar o una salida. Se sentía acorralado, frustrado y sin ninguna solución rápida que pudiera quitarle ese peso que aún le engullía el pecho. Un embrollo que simplemente le estaba jodiendo el pensamiento y la existencia.
Se encontraba entrenando en el patio trasero de su palacio junto a Alectrión. Llevaban desde la alborada hasta esos instantes de la tarde entrenando con la espada. Alectrión se había llevado unos buenos golpes y estampidas de su maestro; sin embargo, el inmortal estaba emocionado y feliz de que su señor por fin lo entrenara. Llevaban al menos casi un ciclo lunar entrenando y el inmortal había aprendido las mejores técnicas de defensa y ataque que ningún mentor podía enseñar mejor que aquel dios nacido para la contienda y para la batalla.
Katsuki, por otro lado, trataba de mantenerse firme, con la mente serena y los impulsos bajos. Pues, aunque entrenaba con su subordinado, no podía quitarse de la maldita cabeza cierto recuerdo de aquel dios de cabellos verdosos que había casi llorado el día del festín, suplicando que se detuviera. Una imagen que le atormentaba en sus sueños y en sus pensamientos.
Katsuki volvió a arremeter en contra de Alectrión y este apenas pudo contener el ataque de su maestro. Aun así, en un movimiento ágil y vertiginoso, el dios de la guerra hizo un barrido con una de sus piernas e hizo caer a su subordinado.
— Sigues estando débil en tus piernas, ojos de borrego — comentó él, apuntando con la punta de su espada el rostro del joven — debes mantener el equilibrio y mirar siempre al frente.
— Sí, mi señor.
— Trabajaremos en tu equilibrio al alba — dijo tranquilo, dejando su espada en la tierra y ayudando a levantar a su subordinado — vuelve a tus tareas.
— ¿Quiere que le lleve algo, mi señor? — se apresuró a decir el joven antes de querer retirarse.
— No — ordenó con voz templada, alejándose apaciguadamente del campo de tierra — necesito estar solo.
Con eso el dios de la guerra se retiró y desapareció bajo la cortina de trepadoras que escondían aquel portal oscuro que lo llevaba a su preciado embalse.
Alectrión asintió extrañado y se alejó del patio de entrenamiento. Últimamente el dios había calmado sus inesperados arrebatos, ya no gritaba constantemente a la servidumbre, se mantenía callado más de lo normal y hasta había aceptado a entrenar a Alectrión después de al menos medio milenio que estuviera bajo su tutela. Era un Katsuki distinto, uno que al parecer le daba mala espina a la mayoría de los que estaban en el palacio. Como si se tratará de una calma antes de la tormenta.
Claramente, ninguno estaba consciente de que Katsuki se sentía apabullado por ciertos sentimientos que se revolvían dentro de él. El dios había pasado al menos un tiempo, tratando de calmar aquellos sentimientos que en su interior habitaban, de repelerlos, eliminarlos, pero sabía que era imposible.
Después de aquella desagradable conversación que había tenido con Kirishima, estaba completamente consciente de que eran ese tornado de sensaciones que volvían a él las que le hacían estremecer su interior.
Flash Back
No hallaba la manera de calmar toda aquella furia frenética que le calcinaba el cuerpo. Estaba ardiendo. Sus manos hormigueaban con la intención de querer golpear cualquier cosa, su respiración pesada apenas podía darle un mínimo chance de volver a su tranquilidad y sus orificios nasales se abrían como fanales gracias a aquel cavernoso sentimiento. Su orgullo estaba resquebrajado, destruido, pisoteado.
Recordar todas las palabras que Momo había lanzado de manera siniestra frente a su padre le hacían cosquillear los nudillos de sus manos. Le tenía tanto odio y desprecio a esa maldita mujer. Creyéndose mejor que él, atropellando su orgullo cada vez que tenía la oportunidad, mirándole por encima del hombro como si fuera cualquier cosa, desdeñándole por el simple hecho de ser la hija favorita de su padre. Su cólera y su desprecio hacia ella crecía cada día que pasaba.
— Esa maldita mujer — refunfuñaba encima de unas pieles.
— Ya Katsubro — Kirishima le miraba, removiendo de vez en cuando su copa de vino y mirándola de cerca — déjalo ir.
— ¿Crees que para mí es fácil, pelos de mierda? — escupió con fastidio el dios de la guerra, penetrando su mirada en los mismos ojos de rubí de su hermano — Es una arpía. Una asquerosa y despreciable arpía que siempre se sale con la suya. Ya verás que cuando Padre la castigue le sacará en cara las tareas que ha hecho por él y le dará unas lágrimas de cocodrilo junto a un discurso barato de arrepentimiento, hará que el viejo se sienta del asco, quitándole el castigo…
— Bro…
— Joder, Kirishima, es la puta verdad — gritó molesto el dios, levantándose y lanzando al aire una mesa decorativa de pura frustración — esa maldita manipuladora hace lo que quiere y siempre se salva…
— Cálmate — advirtió Kirishima, levantándose y tomándole de los hombros a su hermano — respira.
Katsuki no se había dado cuenta que estaba respirando apresuradamente. Miro a los ojos a su hermano y este le dio una mirada conciliadora. Respiro profundamente y dejó que sus pensamientos coléricos se fueran para instalar una calma inicua.
— Sé que no es fácil lidiar con el peso que te ha tocado, hermano — su voz sonó comprensiva y tranquila — no es tu culpa, yo también estaría como tu si todos me anduvieran juzgando por lo que parezco y no por lo que soy.
Kirishima apremió a que Katsuki se sentará en la cómoda en la que estaba anteriormente, esperando calmar aquel tórrido absceso de ira que su hermano sufría.
— Pero sabes que esto va a traer consecuencias, más que todo de Midnight.
Katsuki chistó molesto y fastidiado.
— Ese vejestorio siempre hace dramas de nada.
Tal vez — concordó — pero es la reina y puede hacerte añicos la vida si quiere…
Aún sigo sin poder entender como ese ser, despreciable y podrido, puede ser mi madre…
Kirishima se mantuvo en silencio, apoyando su mano en el hombro de su hermano para darle cierto apoyó y reconforte. Nadie sabía, a excepción de él, Ochako y All Might, que Katsuki era en verdad hijo legítimo de Midnight, uno de los pocos concebidos en el matrimonio de Yagi y Kayama.
— ¿Y si mejor olvidamos por qué estás molesto y nos vamos a beber en el salón? — pretendió el joven de cabellos de fuego.
— No estoy de humor, pelos de mierda — contestó Katsuki, dejándose atrapar por la cómoda y pegando la nuca al espaldar— no tengo nada de apetito…
Kirishima lo dejo y bebió otro poco de su copa, sentándose y acompañando como siempre a su hermano. Un silencio cómodo se cernió sobre ellos, escuchando el murmullo de la música que las musas tocaban en el salón y de las voces de los invitados. El lugar estaba a penas iluminado por unas antorchas, bañando la fina habitación de sombras danzantes que se proyectaban en las facciones de los dioses.
— Hey, Katsubro… — susurró Kirishima, algo dubitativo.
Katsuki había cerrado sus ojos para poder disipar los pensamientos molestos que anidaban en su mente, pero gruñó al verse interrumpido por Kirishima. Lo tomó como una respuesta.
— ¿Por qué te detuviste?
Katsuki de súbito abrió los ojos y miro a su hermano, con los mismos ojos de rubí que él brillando en curiosidad, esperando una respuesta que ni él mismo sabía cómo explicarla ¿Cómo decirle que una voz llorosa y unos ojos lagrimosos le detuvieron? ¿Qué un niñato de ojos de esmeralda con solo una súplica le detuvo?
— Yo… — trató de arrancar, pero las palabras simplemente no salían.
No tenía ni idea de cómo explicarle eso a Kirishima. Era extraño aquello que sintió cuando vio al pequeño dios. Como sí un ácido cayera desde su garganta, calcinándole el estómago y oprimiéndole el corazón como si en cualquier momento fuera a ser aplastado. Una sensación demoledora y confusa que aún trataba digerir.
— No lo sé — contestó al fin.
Creía que con eso se salvaría de explicar algo que ni el mismo tenía certeza de qué era. Aunque los ojos acusadores de Kirishima sabían, por experiencia, que su hermano le estaba ocultando algo. No le gustaba inmiscuirse en los asuntos ajenos a él, pero sí de algo estaba seguro — y apostaría su arco divino de ser necesario — era que Katsuki jamás se echaba para atrás en una batalla, aun si su existencia estuviera en peligro de desintegrarse. Jamás.
— ¿En serio esa será tu respuesta?
— ¿Y qué querías? ¿Un discurso con rosas y bufonerías? No. Ni yo mismo sé por qué lo hice…
Kirishima bufó molesto y se levantó de su asiento, mirando atentamente a su hermano.
— No seré el dios de la verdad, Katsuki, pero sé que lo que me estás diciendo es una falacia — reclamó el dios apuntándole acusadoramente — y no me lo niegues, porque ambos sabemos que todo lo que contradigas no me hará dudar. Te podrás mentir a ti mismo, pero a mí jamás.
Katsuki miró sorprendido a los ojos fieros y abrumadores de su hermano. Se sentía ofendido al respecto; aun así, su hermano tenía la completa razón. Suspiró profundamente para soltar aquella vorágine de sensaciones, sin saber por dónde realmente comenzar. Se mantuvieron un momento en silencio.
— Ni yo mismo sé que me pasa, pelos de mierda — confesó, pasándose ambas manos por sus despeinados cabellos cenizos y soltando un gruñido en el proceso — es algo que lleva siglos conmigo y… no sé qué es, pero es desagradable… Y todo es por la culpa de ese jodido niñato…
Kirishima alzó una ceja.
— ¿Niñato? — cuestionó el dios del sol, sintiéndose fuera de lugar— ¿De quién estás hablando?
— Del… idiota de ojos verdes, el que nuestro padre trajo — señaló el dios.
— ¿Hablas de Izuku? ¿El dios del amor?
— Sí, ese Deku… Con esa sonrisa tonta y con ese perfume que me asquea.
Entonces Kirishima, en esos pocos momentos de suspicacia que poseía, se dio cuenta de algo. Katsuki jamás hablaba de un dios, a menos de que este causará algo dentro de él, fuera desagrado, odio, respeto o cualquier emoción exacerbante. Sus ojos se abrieron por un momento y trató de mantener la paciencia para poder confirmar aquello que en su mente empezó a conjeturar. Una corazonada que le agrió el sabor de boca.
— ¿Por qué dices que te desagrada? — volvió a preguntar — Es el dios más inocente y cortes que ha tocado el Olimpo…
— Es un idiota — refunfuñó el de cabellos cenizos — con su sonrisa bobalicona y sus ojos de borrego tristón. Me da asco.
— Pero, ¿qué sientes cuando lo ves? — cuestionó Kirishima sin poder medir su desesperante interés.
Katsuki abrió la boca y luego la cerró, sin saber muy bien como decirle a Kirishima que era lo que sentía. Se enderezó en su puesto y empezó a explicar:
— Cómo si tuviera ganas de vomitar — contestó directo — un cosquilleo desagradable en el estómago que puede durar horas; que no me puedo mover cada vez que me ve, como si me manipulara; y hace que mi corazón palpite tanto como si estuviera en una guerra…
Kirishima apenas pudo asimilar cada palabra que su hermano había dicho y sintió un leve resquemor de incomodidad subírsele por la piel, como una aborrecible picazón. Su rostro no expresaba la irritación que por dentro bullía.
— Es jodidamente molesto.
— Katsubro — le llamó Kirishima, haciendo que los ojos de su hermano le miraran directamente — ¿Sientes que no puedes sacarlo de tu mente?
Katsuki miró a los ojos de su hermano, sorprendido, y asintió.
— ¿Qué no puedes concentrarte?
Katsuki, incrédulo, volvió a asentir.
— ¿Qué tu mente solo divaga cada vez que le miras?
— No sé a dónde quieres llegar con esto, pelos de mierda — respondió confundido y receloso el dios de la guerra.
— Respóndeme — le urgió el de cabellos rojizos molesto.
Los ojos de rubíes se miraron por unos instantes, como sí algo extraño estuviera espesando el aire.
— Sí — contestó seriamente — no puedo sacarlo de mi puta mente, como si fuera una asquerosa sanguijuela. Vuelve cada vez que trató de olvidarlo o cuando trato de poner la mente en blanco. Es como si me estuviera persiguiendo y atormentando.
Kirishima se mantuvo en silencio y procesó las palabras que su hermano había dicho. Se sentía consternado, no solo por la inminente confesión que había dado su hermano, sino también por lo que deparaba y significaban esas palabras. Katsuki le miraba confundido y aprensivo, sin entender mucho la mueca de disgusto que se estaba formando en el rostro de su hermano.
El dios de cabellos rojizos volvió a sentarse en la cómoda y bebió completo su copa de vino, después miro fijamente al frente, como si estuviera hipnotizado o petrificado. El dios del sol se sentía constipado porque ahora, que estaba consciente de lo que Katsuki sentía, no sabía cómo decirle la ineludible verdad. Una verdad que pesaba en ambos como el castigo de Atlas.
— Katsubro — inició, lamiéndose el labio inferior ansioso — esto que te está pasando es lo más sorprendente e inaudito que he presenciado en mis miles de años.
Katsuki alzó una ceja y miró a su hermano quién mantenía la vista fija en el frente, sin elucidar aquello a lo que se refería su hermano. La expresión de su rostro denotaba su ansiedad, lo cual no le trajo buena espina y solo acrecentó su recelo.
— Yo no esperaba que sintieras eso que estás diciendo…
— ¿Qué demonios quieres decir? — estaba aturdido por todo aquello que Kirishima le estaba diciendo, sin tener realmente una respuesta — ¿A qué te refieres con que es inaudito?
— Por favor, Katsuki, es la cosa más estúpida y obvia…
Katsuki mantuvo su semblante confundido. No estaba entendiendo que le quería decir Kirishima, pero si lo que sus ojos expresaban. La mezcolanza del dolor, de la decepción y de la ira le estaba brillando en los ojos de su hermano y sintió que la catástrofe se alzaba entre ambos.
— Te enamoraste.
Dos palabras. Un sentimiento que jamás había podido identificar y que pensó que no podría experimentar. Una simple y convulsa oración que cayó en él como un balde de agua helada, y que lo apretó en la cómoda en la que estaba sentado.
— Te enamoraste, pedazo de mierda — respondió irónico y dolido el de cabellos rojizos — te jodidamente enamoraste de a quién yo más deseo en el mundo.
Los ojos rubí de Kirishima se cristalizaron. Katsuki se sintió peor que cualquier escoria. Quiso hacer algo al respecto, pero el solo amague de levantarse hizo que el pelirrojo dios reaccionara y le golpeara de lleno en la mejilla. Algo que el dios de cabellos cenizos no esperaba y que le dolió en el pecho como una estaca.
— ¡De todos los malditos seres! ¡Te enamoraste de lo único que quiero en mi vida! — prorrumpió colérico el dios — ¡Te enamoraste de Izuku!
— No, hermano, espera…
— ¡No te atrevas a llamarme hermano, Katsuki! ¡Eres un maldito egoísta!
— ¡No me vengas con esa mierda ahora, idiota! — respondió dolido Katsuki — yo no quería sentir esto, yo no aguanto esto; esto es algo que yo no debo sentir…
— Pero lo sientes, Katsuki — escupió el joven dios del sol — lo sientes y eso solo hace que sea real, porque ahora debo verte como un rival.
— ¿Un rival? No me jodas, Kirishima. Esto no es una maldita guerra, ni Izuku un premio que ganar.
— Tal vez no lo sea — sus ojos destellaban chispas — pero solo respóndeme una pregunta y si no respondes, ya no seremos más hermanos. Sabré si me mientes, Katsuki.
Katsuki lo miró fijamente, con el ceño fruncido y frustrado por lo dramático y repentino que se había tornado la situación. Sentía miedo, verdadero miedo de perder a su hermano, así que se animó a responder con la mayor sinceridad.
— Sí Izuku te diera la oportunidad de amarlo, a ti y solo a ti ¿Tú te negarías?
Sus ojos de rubí se abrieron como platos. Una pregunta que le tomó desprevenido. Una cuestión que simplemente no podía responder sin sentir que la respuesta que su hermano esperaba fuera la que su corazón gritaba. Una pregunta que lo condenó.
Un silencio sibilante, pesado y torturador se alzó. Y entonces Kirishima se sintió rendido.
— Ya me disté tu respuesta — musitó con un hilo de voz — porque no me puedes mentir, Katsuki…
Katsuki no supo que contestar o que hacer. Esto era peor que una batalla, peor que una traición, peor que una decepción. Estaba perdiendo a su hermano, su mejor amigo, su confidente y su mejor consejero. Estaba perdiendo a quien apreciaba más que a su padre.
Quiso acercarse nuevamente, pero Kirishima alzó su mano, se alejó y negó con la cabeza. Caminó rápidamente hacia la salida y cerró de un portazo. Se sintió como el maldito hades. Recalcitrante, impío, doloroso.
Había perdido a su hermano y solo pudo echarse a llorar bajo la estela de las antorchas y el baile sinuoso de las sombras sobre su rostro.
Fin Flashback
Aunque el dolor de la pérdida de su hermano aún rastrillaba dentro de su pecho, se sentía consciente, tranquilo y más liviano de lo que podía cuando había aceptado que su corazón se desvivía por aquel dios de ojos esmeralda y de sonrisa cándida. Que sus ojos le buscaban. Que su perfume era el más delicioso y obsesivo que había olido jamás.
Aun así, la punzada de dolor que se esparcía por su pecho ante el recuerdo de su hermano le hacía sentir enojado por sus sentimientos, por la vorágine de emociones y por las reacciones que aquel niñato le causaba a su cuerpo. Porque el hecho de que le causara eso, era la razón por la que su hermano lo detestaba ahora.
Se sentía ahogado en una diatriba de emociones. En un laberinto al que no sabía enfrentarse y al que no podía escapar. Una cuestión que él no sabía ganar. Haciendo que se sintiera más frustrado de lo que estaba, más triste y más taciturno.
Cuando el cantar de los pájaros le hizo devolverse a la realidad, supo que había llegado al embalse. Pero percibió algo extraño que lo hizo sentirse desubicado. Los pájaros graznaban en vez de cantar, como si estuvieran enojados; el aire se sentía pesado, casi asfixiante; las flores de repente se habían puesto lívidas y casi sin ningún color ¿Qué demonios estaba pasando ahí?
Escuchó un rumear. Un susurro ininteligible que encendió la alarmas y la curiosidad del dios de cabellos cenizos. Se escuchaba como si fuera un susurró lastimero. Hasta que, pasado unos segundos, realmente escuchó un sollozo ahogado y un hipido.
Katsuki se acercó hasta una muralla derruida, de donde provenía aquel misterioso y preocupante llanto. No sabía por qué, pero la sola intuición del dios de la guerra le premeditaba de que ese sonido no era absolutamente bueno. Pues no había nadie, además de él e Izuku, que supiera la existencia del embalse.
Sus dudas fueron respondidas al verlo. Sus cabellos de pasto hirsutos, sus ojos de esmeralda lagrimosos, su boca siendo tapada por sus finas manos para evitar que sus sollozos se escucharan y aquella expresión tan angustiosa y melancólica. Por primera vez, Katsuki sintió el dolor calcinarle como una ponzoña a carne viva.
Allí, en el suelo enmohecido y húmedo del embalse, se encontraba Izuku. Llorando a flor de piel, respirando entrecortadamente y ahogándose en la diatriba en la que su mente y su corazón se habían ahogado con el paso del ciclo lunar. Estaba confundido, indeciso y con el miedo aflorándose en su piel como amoníaco.
Pero nada los preparó para verse nuevamente. Sus ojos se encontraron, mirándose fijamente. El rubí sintiendo que su pecho se oprimía al ver aquel semblante bañado en lágrimas y angustia; el esmeralda sintiendo que el corazón le saltaba al verlo nuevamente, tan cerca, tan imponente y tan hermoso como lo recordaba, pero sin poder detener aquel cruento dolor que le tañía en el pecho.
— ¿Qué haces aquí? — preguntó con una voz quebrada.
Katsuki abrió la boca para decir algo, pero ningún fonema pudo surgir de su boca. Porque, aunque odiara aquel hormigueo que se instalaba en su estómago y el palpitar desenfrenado de su corazón, ver al dios del amor caerse en tristeza le hizo quebrar su implacable entereza.
— Lárgate — exigió, quebrado y lacónico.
— No… — respondió monosílabo Katsuki, sin saber que más decir.
— ¿Entonces que haces aquí Katsuki? — el dios del amor se levantó y lo encaró, sintiendo la ira sacudirle el cuerpo.
¿Cómo era posible que en esos instantes Katsuki se encontraba ahí? Ahí en los momentos en donde su pecho pesaba como una piedra y sentía que cada paso de los rayos del sol acrecentaba más la incertidumbre de su destino, la duda de su conciencia y el llanto de sus dolores. Izuku sentía que una corrosiva llama le incendiaba el estómago de pura ira. Por alguna extraña razón sentía ganas de golpear algo.
En cambio, el dios de la guerra se mantenía inexplicablemente silencioso. Tal vez porque estaba absorto en las lágrimas que caían por los pómulos de durazno o porque trataba de buscar una respuesta que justificara su presencia sin tartamudear en el proceso. Pero, cabe decir, que su cerebro no estaba al cien por ciento procesando lo que buscaba hacer.
— No es tu asunto — atinó a decir con su usual tono indiferente y rezongado.
— Claro, eso es lo único que puedes decir… — soltó de manera odiosa Izuku.
— ¿Acaso debo justificar mis actos contigo, pedazo de Deku? — le acribilló el dios sintiendo un punzón ante el tono que el joven de cabellos de pasto uso con él.
— Tal vez sí, tal vez no — bufó el dios del amor, sin saber si realmente sus respuestas tenían sentido — el único hecho que me tiene sin cuidado es tu aparición aquí, después de tantos meses…
— ¿Y qué querías que hiciera? — gritó el dios de cabellos cenizos — yo… yo realmente no sé… ¡Demonios!
— Eso es a lo que me refiero, Katsuki — señaló el joven dios — no lo sabes y el hecho de no saberlo te frustra, te enoja y te llena de dudas calcinantes…
— ¿Qué mierda sabes tú de mí? ¿Eh? — el dios de la guerra tomó fuertemente de los brazos al pequeño dios y trató de intimidarlo con su mirada rojiza llena de colera — ¿Cómo un mierdecilla como tú puede saber quien soy yo? ¿Qué siento?
— Por que yo me siento de la misma manera…
Katsuki lo soltó y atinó a reírse. Estaba harto, desesperado e histérico por aquella amalgama de emociones que le corroía por las venas, que lo hacía sentir extraño y que lo llenaba de ira. Porque muy a su pesar, era algo que no podía dejar de percibir ni podía detener. Así que solo se negaba a comprenderlo.
— ¿Cómo te vas a sentir de la misma puta manera? ¿Ah? Deku
— No te atrevas a burlarte de mis sentimientos, Katsuki…
— ¿Sentimientos? ¿Por un pedazo de mierda como yo? — soltó riendo amargamente entre cada pregunta — Dime ¿Qué mierda deseas de alguien que es despreciado por todos sus hermanos? ¿De un dios que es despreciado hasta por sus propios primogénitos? ¿De un dios que mata por simple placer?
Entre ellos se alzó un inclemente silencio. Izuku veía adolorido y enojado la mirada socarrona del dios de ojos de rubí. Estaba dudando de sus sentimientos y eso solo le hacía sentir increíblemente apesadumbrado, molido y rabioso.
— ¡Responde a la maldita pregunta!
— ¡¿Qué deseas que responda?! ¡¿Qué todos los malditos días no podía dejar de pensar en ti?! — increpó entre gritos e hipidos el dios del amor, sintiendo como el arrebato de tristeza y rabia lo ponía trémulo — ¡¿Qué todas las malditas noches deseaba volver a verte?! ¡¿Qué desde aquel beso en esté lugar no puedo dejar de sentir aquel cosquilleo?! ¡¿Qué te espere cada maldita noche de cada maldito día durante siglos porque volvieras para mirarte?! ¡¿Qué cada vez que te vía sentía unas indetenibles ganas de curar tus heridas y tus pesares?! ¡¿Eso es lo que deseabas?!
Katsuki se quedó mudo ante el arrebato frenético del dios del amor, cuestionándose lo que había dicho el joven dios en esos instantes y que lo había dejado petrificado ¿Acaso, después de su huida, lo había esperado en el embalse? ¿Se había preocupado por él? ¿Estuvo días allí, en su lugar especial, esperando su presencia? Ese mismo sentimiento que le irritaba empezó a calarle en su pecho, cálido y reconfortante.
— ¿Me esperabas? — repitió en un susurro quedo, casi como si no se lo creyera.
— ¿Es que eres sordo? ¡Claro que lo hacía! — la desesperación, la frustración y la ira hablaban por Izuku — Días, noches, semanas, meses, años y hasta siglos, te esperé aquí, con la esperanza de verte… de saber si realmente… si realmente podía volver a verte…
— ¿Por qué volver a verme? ¿Por qué esperar por una escoria como yo? — le interrogó nuevamente Katsuki, acercándose — ¿Por qué pasar tantos martirios por alguien que tal vez despreciaría y amargaría tu vida?
— Porque… siento que no puedo sacarte de mí maldita cabeza — respondió Izuku, hipando y enjugándose las indetenibles lágrimas que salían de su rostro — porque no puedo dejar de pensar en tu dolor, en que quiero quitarte todos los pesos que llevas, en calmar todos los demonios que encarcelas en tu pecho; en sentir tu mirada sobre mí, en sentir que soy el único para ti…
Izuku respiró profundamente, dándose cuenta de que había hablado tan precipitadamente que se había quedado sin aire. Tapó su rostro, cayó de rodillas y dejó que todo aquello que llevaba enclaustrando en silencio saliera allí, sollozando y sintiendo que al fin el peso en sus hombros y en su pecho salían a flote.
Katsuki, por otro lado, seguía petrificado. Su cuerpo estaba trémulo, patidifuso y estallando gracias a las palabras que aquel dios de ojos brillosos y sollozos desgarradores le había confesado. No podía creerlo. No podía creer que aquella amalgama de sensaciones también la sentía por él.
Cautelosamente se dispuso delante el lloriqueante dios y cayó de rodillas, tratando de no asustarle o de que reaccionara de manera negativa. No quería que él le rechazará. No ahora que estaba completamente dispuesto y seguro de lo que en su pecho residía. Tomó al pequeño dios entre sus brazos y lo apretó a su pecho.
Y aunque Izuku sintió la sorpresa, su rostro, inconsciente, se apretó al gran y cálido pecho del dios y rodeo su ancha espalda con sus brazos. Sintiendo, ambos, una paz inconmensurable, una sensación relajante, un éxtasis casi inconcebible que hizo que las lágrimas del dios más pequeño afloraran aún más de aquella tristeza que había llevado dentro de su pecho por mucho tiempo
En ese preciso instante, los hundió un silencio calmó y pacífico. Katsuki apreciando el cuerpo feble y tembleque del dios entre sus brazos, pensando que no había gozo más grande que sentir aquel rostro de ángel acurrucarse en su pecho; mientras que el dios del amor apretaba sus finas manos sobre la amplia espalda del mayor, acariciando con premura y sutileza sus músculos y reconfortándose con el calor de su piel y brazos.
Sin decirse nada, percibieron aquella conexión ineludible, infalible e inmarcesible. La misma que advirtieron aquel día en que por primera vez se miraron, aquella electricidad incandescente que les carcomía la piel y que les quemaba la sangre. Esa misma que en esos instantes les hacía sentir tan cómodos, tan llenos, tan increíblemente completos.
— Por favor, no digas…
— No me pidas que me callé, Deku — le interrumpió sin soltarle del abrazo y mirándole a los ojos — porqué ahora tengo muchas cosas que decirte ahora, mamón…
Katsuki acopió todo el valor que pudo reunir en ese crucial instante y respiró profundamente, para soltar toda aquella tensión que su cuerpo había acumulado.
— También me siento de la misma jodida y maldita manera — inició, sintiendo que el pecho se le desinflaba — a veces recordando la suavidad de tu piel, otras veces tu esbelteza, en ocasiones el brillo de tus ojos, en pocas situaciones tu sonrisa, pero de algo que no he podido escapar es de esa maldita sensación calcinante que me consume cada vez que te veo…
Izuku sintió aquellas palabras como una incalculable panacea. Palabras que jamás había escuchado de la boca ajena, como un indetenible manantial de aguas dulces que le embebía y regocijaba el pecho. Un momento que lo hizo temblar de reconforte, de alegría y de paz.
— Lo odie, porque esta jodida sensación de mierda me sacaba de mis casillas — siguió el de ojos de rubí — porque no sabía qué hacer con ella, cómo lidiar con ella, cómo sacar esa escoria de mi… pero al verte, todo parecía como una maldita nube, como si nada de lo que soy o de lo que hago importara… como si vieras realmente quién soy y eso, Deku, es algo que ni mi padre ha podido hacer.
Izuku sintió que aquellas palabras sinceras se ensartaban en él, sinceras, dulces y tranquilas, como el suave masaje de las olas bajo los pies.
— Eres una de las razones por las que no puedo parar a pensar, por las que no puedo detenerme, porque… cada vez que me detengo solo pienso en ti.
Izuku sintió un torbellino catastrófico imbuirse en su esófago y que en cualquier momento volaría por encima de los techos abovedados del Panteón, gracias a la gigantesca felicidad que se aglomeraba en el dios e hizo algo que ningún dios pudo decirle jamás al dios de la guerra:
— Te amo, Katsuki.
Katsuki no supo como tomarse eso. Su mente y su cuerpo colapsaron ante la mención de esas palabras a la que jamás pudo darle un significado, un sentido o una emoción. En esos instantes, esa palabra tomó un sentido casi apoteósico, transcendental, almibarado. El dios de la guerra no pudo evitar sonreír genuinamente.
Ambos acercaron su rostro y sellaron aquel momento tan efusivo e íntimo con un dulce beso, tierno, suave y lleno de sentimientos encontrados. Porque al fin, después de tanto tiempo, ambos se sentían completos.
Notas:
Feliz navidad a todos ustedes, mis hermosos y raritos lectores. Espero que la hayan pasado super bien, aquí viene su desquiciado autor con este atrasado regalo de navidad.
En verdad, ya sentía que era hora de llevar al siguiente nivel a esta hermosa relación y que mejor manera que hacerlo en estas épocas de amor y compañía.
Tuve la suerte de poder publicar este capítulo para ustedes mis hermosos lectores, porque en verdad quería darles este último capítulo antes de que se terminara el año. Porque el siguiente año veremos la llegada del verdaderos drama y de los trajines que nuestra parejita hermosa va a sufrir gracias a todos el panteón.
Con esta nota corta me despido de ustedes, deseándoles que hayan pasado una hermosa navidad y deseándoles un feliz año nuevo con mucha fuerza, valentía, alegría y muchas buenas vibras para seguir, espero que sigan pendientes porque este proyecto ira para largo y creo que al finalizarla les tendré una sorpresa.
Espero se cuiden mucho, les mando un abrazo psicológico y que la pasen bien. Nos leemos el año que viene mis amores.
MARK, fuera.
