Especial La Rosa y el Fuego Parte III

Un Juicio y Un perdón

Silencio. Etéreo y calcinador silencio que lo estaba envolviendo en el más profundo abismo. Abismo que cada día se hacía más profundo, más tentador, más implacable. Un abismo tan oscuro, que no recordaba el inicio y tampoco sabía a ciencia cierta si tenía fondo. Pero tan oscuro y tan latente, que cada día de su divina vida la sentía cercenada por la ausencia de aquello que perdió y casi tuvo.

Los días pasaron por él. Con la mirada perdida, con la mirada empañada, con la mirada desgarrada por la decepción, por la tristeza, por la soledad. Una mirada que solo podía darte guerra, que podía darte crueldad, que podía darte locura, pero que en su fondo estaba sola, estaba ausente, estaba sin ninguna guía. Solo era un cuerpo que solo cumplía su deber.

Mucha sangre había sido derramada por sus manos, muchos gritos habían sido escuchados y no escuchados por sus oídos, las plegarias eran solo murmullos del egoísmo terrenal. Solo sentía que el tiempo pasaba a pasos nimios, a pasos lentos, a pasos que no hacían disolver aquel torrente cancerígeno que lo hacía gritar, que lo hacía llorar en la penumbra, que lo hacía sentir como aquel niño que nadie en el Olimpo deseaba acompañar.

A veces su cuerpo le exigía lo que añoraba. Escuchaba gemidos, jadeos, a veces sentía toques, placer, satisfacción, pero nunca sentía alegría, nunca sentía calor, nunca sentía algo, solo un simple vacío que con el tiempo se agigantó. Y cada día seguía creciendo con el paso de los ciclos lunares, añorando que cada sonido que escuchara, que cada calor que sentía y que cada sabor que su lengua disfrutaba fueran de él. De él y de nadie más.

Su hermosura no se podía comparar con ninguna otra cosa. La armonía de su cuerpo, el brillo de su sonrisa, la grandiosidad de su sencilla y austera alma. Todo él era una apoteosis inexplicable. Todo él era un enigma encantador. Todo él le hacía sentir que con cada instante de su compañía era una delicia que ni siquiera el tiempo podía saborear. Era algo que él había luchado por tener y que, tristemente, había perdido.

Katsuki daba vueltas sobre sus pensamientos. Sin decir ni una palabra, ni mascullar al más pequeño estorbo que existía. Su mirada de carmesí estaba perdida, su cuerpo solo caminaba de manera instintiva, los músculos agarrotados por las miles de batallas sin importarle mucho el dolor físico, el cuerpo lleno de heridas frescas y sangre que no era suya.

Un Katsuki que perdió la esperanza después del anuncio de la boda del hermoso dios del amor con el maldito mitad-mitad. Un Katsuki que destruyó completamente su palacio en su interior por no poder soportar aquel indetenible y implacable dolor que se anidaba en su pecho. Un Katsuki que bajo el miedo de sus sirvientes lloró hasta no poder más. Un Katsuki que ya no pronunciaba palabras ni insultos. Un Katsuki taciturno, silencioso, ausente.

Su cuerpo daba pasos lentos por el Concilio de los dioses, meditabundo, ausente, sin ánimos. Caminaba solo para llegar al lugar al que menos deseaba hacerlo. Su palacio. Aquel lugar anodino al que no deseaba regresar, porque ya no sentía que fuera un lugar en el que vivir. No había calor, no había hogar, no había algo que le llamará a estar allí. Solo una gigantesca cueva, fría y oscura, con un largo catre en donde poder reposar su cansado cuerpo.

Vio a lo lejos sus altas rejas de hierro forjado oscuro, las luces titilantes que se veían a su alrededor, lo pacífico que estaba el lugar. Sin embargo, vio que en el enrejado lo esperaba Alectrión, con su sonrisa emocionada y con sus ojos de borrego.

— ¡Mi señor volvió! — exclamó el joven emocionado.

Katsuki no dijo nada, solo miró como el joven se le acercaba mientras le quitaba con pericia los implementos de su armadura.

— Su tina está lista para que lo bañen y se relaje un momento, mi señor — dijo él mientras le quitaba los guanteletes — así descansa un rato después de estos dos ciclos. También envié a que mataran a una buena res para poder servirle una buena comida y le pedí a las sirvientas que…

Pero a pesar de que Alectrión estaba emocionado y había preparado cualquier cantidad de cosas para su señor, Katsuki no le escuchaba. La mente del dios de la guerra estaba dispersa, mirando por encima de los amplios jardines frontales aquel gran muro que discurría y separaba su palacio y el palacio de quien añoraba en esos instantes.

¿Qué estaría haciendo? ¿Cómo estaría? ¿Estaría tan nervioso por verse ya casado con el maldito de la cicatriz? o ¿Se estaría arrepintiendo de su decisión? ¿Lo pensaría? ¿Lo seguiría amando como lo había hecho? ¿Seguiría sintiendo ese pletórico torrente que él también sentía?

El grueso muro separaba lo que más deseaba de su vida. Un grueso muro que le gritaba que no lo podía tener. Ese grueso muro le aborrecía tanto que lo separaba del solo pensamiento de que Izuku podía estar al otro lado esperandolo ansioso, dispuesto, amoroso.

Sin embargo, su cuerpo fue llevado dentro del palacio y la idea fugaz de atravesar el muro desapareció como el vaho. Adentro, el silencio de los pasillos era sepulcral y la oscuridad de las paredes era tan densa que Katsuki veía en derredor como las sombras de sus demonios le perseguían de cerca burlones, déspotas, riéndose de su desgracia y de su soledad.

Alectrión seguía hablando y hablando sin parar, su boca no paraba de moverse, pero el dios de la guerra apenas escuchaba el murmullo de su voz como un pitido bastante molesto. Solo hasta que Alectrión dijo la siguiente:

— Y al parecer la boda fue suspendida hasta que…

Y entonces todas las neuronas de su cuerpo se reactivaron de un modo vertiginoso. Alzó la mirada y, después de mucho tiempo, hizo una pregunta:

— ¿Suspendieron la boda?

Alectrión volvió su mirada a su señor y asintió:

— Sí, mi señor — volvió a decirle el muchacho — se ha incapacitado al dios de la forja a seguir el ritual del matrimonio por incordiar el proceso con práctica lascivas.

Katsuki trato de no demostrar la felicidad que en su cuerpo se estaba restellando. Se acercó a su protegido y le tomó de los hombros.

— ¿Qué pasará ahora? — interrogó el dios de la guerra con bastante insistencia.

— Bueno, según lo que han dicho, se llevará a cabo un juicio en la siguiente luna llena — respondió Alectrión tratando de recordar todo lo que le habían contado — si el Juicio declara de perversión las nupcias, no habrá boda.

— ¿Y el dios del amor? — trato de que su pregunta no sonará sospechosa o con demasiado ahínco.

— El dios Izuku está en custodia en el Palacio de All Might. Según las malas lenguas del palacio, El rey y la reina todavía no le dan la noticia de que el dios de la forja cometió perjurio a sus votos de nupcias.

Katsuki asintió.

— Deberías ir preparando algo de comer, ojos de borrego — dijo el dios de la guerra, caminando a paso raudo a su habitación — porque al alba estarás jodido conmigo, porque tu entrenamiento va a hacer que te conviertas de un maldito extra a un maldito guerrero.

— ¡¿De verdad, mi señor?!

— ¿Me ves cara de mentiroso a mi, ojos de borrego? — respondió Katsuki antes de retirarse.

Mientras tanto Alectrión estaba sonriendo de oreja a oreja, no solo porque tendría entrenamiento con su señor, sino que por fin, después de tanto tiempo, el dios de la guerra volvía a ser el mismo rufián al que se habían acostumbrado a servir durante varios Eones.


— ¡Es que eres un imbécil de primera! ¡Sí, un imbécil de primera!

— Madre…

— Planee esta maldita boda, con tanto esmero, con tanto cariño y con tanta fuerza — el dedo acusador de Nemuri le hincaba en el rostro como un golpe — no sabes cuanto tiempo le dediqué a este circo para que me vengan a decir que tuviste un maldito escarceo con un acompañante de Aoyama.

— Madre…

— ¡No me interrumpas, Shoto, que te vuelo la cara de un solo golpe!

Todoroki se quedó callado ante el nuevo grito encolerizado e histérico de Nemuri.

— Y es que no pudiste esperar, no pudiste esperar hasta la maldita noche después del Gamos para poder hacer todas esas cosas horripilantes a tu maldito futuro marido.

Todoroki sentía que cada cosa que le decía su madre le dolía en el pecho. Pero tenía derecho hacerlo, ahora que el mismo joven a quien había follado junto a Shinsou apelaba que había copulado de manera insidiosa contra él. Y para colmo, Shinsou había dicho que sí. Era un desgraciado y traicionero.

Todoroki había sido encerrado en una de las mazmorras del palacio, unas mazmorras que jamás se usaban y que tenían ratas, humedad y poca luz del exterior. Encadenado y desesperado, deseó ver a su madre para ver cómo podía proseguir ante la afrenta de no poder seguir con el ritual de nupcias con el que consideraba el amor de su vida. No obstante, Nemuri lo que había hecho era despotricar contra sus actos y reprenderlo de que todo era su culpa.

— Y es que aún no entiendo como demonios me metí en esto. Todo esto es por tu maldito ego, por tu maldito egoismo de ser alguien en Olimpo.

— Basta mamá — respondió iracundo.

— Queriendo ser igual a nosotros, queriendo ser un Omnipresente cuando lo que eres es nada.

— Ya basta mamá — insistió Shoto tratando de no decaer en la lengua de fuego que se acumulaba.

— Pero no puedes — respondió ella, ensimismada en su cólera, sin ver el brillo malicioso de su hijo — por eso te lancé al maldito vacío cuando naciste, eras tan feo y tan horroroso, que de solo ver que tu habías sido engendrado de mi me daba asco y…

Una mano le apretó fervientemente la garganta y sintió que el aire desaparecía. Su hijo. Su carne. Quien más le debía respeto, la estaba ahorcando.

La mirada de Shoto estaba ida, encauzada por la sensación horripilante de dolor y odio que jamás había experimentado. Jamás había pedido nacer así, jamás había pedido ser como era, jamás había pedido ser despreciado. Pero incluso su propia madre lo hacía.

— Eres la peor escoria que me pudo tocar en la vida, mamá.

Nemuri apenas podía respirar, sus manos trataban de ejercer magia pero la energía era insuficiente al sentir que le faltaba el aire.

— Que yo te recuerde, me engendraste por pura envidia de mi padre. Me engendraste por envidia. Y eso no te hace quién para venir a decirme quién demonios debo ser.

El rostro de Nemuri se contrajo aún más cuando el agarre del brazo de su hijo se hizo cada vez más fuerte. Su rostro empezaba a colorarse.

— Vienes aquí a decirme, que soy una escoria, un vil hijo, que todo lo hago mal, a darte ínfulas. Pero te recuerdo madre, que asesinas, envenenas, manipulas y retuerces la vida de aquellos a tu alrededor con tal de conseguir lo que deseas. Y eso te hace aún peor de lo que malditamente eres y por eso mi padre te odia en su interior.

Nemuri casi sentía que la vista se le desvanecía.

— Pero a fin de cuentas eres mi madre.

La soltó y el cuerpo de Nemuri cayó laxo en el piso. Empezó a respirar desesperadas y rápidas bocanadas de aire, las cuales hicieron que tosiera y que sus ojos lagrimearan ante la recuperación del aire. Sus ojos azules miraron a Shoto con desprecio.

— No… te… salvaras… de…. esta — contestó en un hilo de voz la diosa.

Y con esa advertencia, tambaleó y se apoyo de las paredes con camino a la salida de aquel asqueroso lugar.

Solo cuando Shoto se vio solo, golpeó de frustración la pared de sus celda y dejó que toda la ira acumulada de años desapareciera con cada golpe a la pared. Gritó para poder expresar toda aquella frustración e insuficiencia acumulada en el tiempo, ese gran sentimiento calcinador y magnánimo que lo azotaba desde que tenía memoria.

Solo hasta que sintió que el aire le faltaba, los nudillos se le escocían por las heridas abiertas y el sentimiento pesaroso desapareció de su pecho, se echó encima del catre y dejó que las lágrimas de rabia salieran de su rostro. En silencio, hipando de vez en cuando. Pero al fin, sintiéndose libre de aquel sentimiento rencoroso y ponzoñoso, su cuerpo no pesaba y su alma se sentía en paz consigo mismo.

— Shoto — dijo una voz.

La mirada heterocromática del dios de la forja, se fijó en los ojos oscuros, llenos de un sentimiento de lástima y timidez, de la diosa de la sabiduría.

— Momo — se enjugó rápida y hoscamente las lágrimas que habían caído en su rostro — ¿Qué haces aquí?

Momo se acercó hasta las verjas que separaban al dios de ella y observó cómo el dios evitaba mirarla a la cara. Sintió un punzón del dolor al verlo de esa manera tan vulnerable y tan distante.

— Vine porque… — trató de decir que estaba preocupada, pero se sintió avergonzada de decirle sus verdaderas intenciones — porque necesito escucharte.

Shoto le dedicó entonces una mirada dubitativa.

— Seré la que presida el juicio por insistencia de padre — respondió ella como si fuera obvio.

Shoto asintió levemente mientras dedicaba su mirada al piso. No quería ver a nadie. Aún sentía que su orgullo estaba demasiado golpeado y que su alma estaba vulnerable.

— ¿Qué necesitas escuchar?

— Todo lo que realmente pasó.

Shoto la miró directamente a los ojos y pudo ver en su expresión que estaba siendo sincera, genuina en su trato. Así que no se lo pensó mucho y, en esa solitaria celda, le contó toda la verdad a Momo.

No solo la historia por la que lo estaban juzgando. Sino su verdadera historia.


Kendo, Aglaye y Carites miraban dubitativas a su señor. Quien estaba muy relajado en esos momentos en la terraza de su palacio, sintiendo la brisa estival del eterno Olimpo. Sin ninguna expresión, sin ninguna mueca, sin ningún sonido lastimero o decepcionado.

Las tres gracias estaban nerviosas. Si bien todo el mundo asumió que Izuku no estaba consciente de la situación en la que estaba metido su prometido, lo que no sabían es que el infame y chismoso Aoyama le había confesado la afrenta de su prometido.

Recordaba cómo en un instante tuvo que dejar su habitación en el palacio de su padre, por insistencia de las Odas. Y después, aquel mismo día, mientras el crepúsculo desaparecía detrás del horizonte primigenio del cielo, Aoyama apareció en su salón del trono.

Si bien Izuku no le encontraba sentido a que aquel infame hombre se presentará en su palacio, nuestro querido y generoso dios no tuvo las agallas de echarlo de su palacio.

— ¿A qué vienes, Aoyama? — dijo por aquel entonces.

— Oh, Izuku, lamento que tenga que venir de este modo — contestó teatral el chico — pero me sentía nefastamente apresado bajo las cadenas de la culpa, pero vine aquí a remendar y quitarme este peso que en mi corazón reside.

— No deberías ser tan dramático.

— Lamento si te incordia, pero es un asunto muy urgente el que te diré.

— ¿Urgente?

El dios de cabellos dorados y corona de uvas asintió desolador.

— Porque implica a tu futuro marido.

Izuku sintió un escozor caminar por su piel. Se movió incómodo en su trono y le dedicó una mirada seria al dios del vino, sin dejar a la vista de que dicho tema lo había afectado.

— Si son chismes y rumores de los palacios, debes saber que no tengo especial predilección por ellos. Gracias a eso, ustedes, los dioses, me han creído una fábrica de bebés y un amante perverso y mancillado.

Aoyama contrajo la expresión levemente, sintiendo la pesada mirada del dios de ojos esmeraldas como un pesado témpano que le congelaría el cuerpo si le daba oportunidad.

— No, en lo absoluto y para ello, he traído a quién podría ser la víctima de todo este desenlace.

Izuku enarcó una ceja y Aoyama palmeó sus manos un par de veces. Del pasillo adyacente, surgió la presencia de un joven de contextura feble, de cabellera castaña , piel de porcelana y ojos verde olivo que se sintieron intimidados al estar en la presencia del dios del amor, la belleza y la fertilidad.

Izuku observó detenidamente al joven. Aún tenía un carácter infantil en sus rasgos, los ojos rasgaban de ingenuidad y el temblor en su cuerpo denotaba lo nervioso e intimidado que estaba. Evito mirarlo directamente a sus ojos.

— ¿No tienes algo que decir, cervatillo? — inquirió Aoyama.

El chico asintió y tragó saliva para proseguir.

— Mi señor… Me llevó como parte de su grupo de compañía para las fiestas de la Proaulia de su marido, mi señor — empezó a decir el chico — y, aunque me apena decirlo, mi señor, su futuro marido me obligó a yacer con él.

Izuku sintió que un peso muerto le caía en el estómago, pero su expresión displicente, seria y fría no había mermado ni un poco. Un silencio se impuso entre el joven y el dios, en donde el dios buscaba alguna faceta que dijera que el chico estuviera mintiendo, pero antes de que pudiera, Aoyama se interpuso.

— No quería ser el mensajero de las malas noticias, Izuku — dijo él, tomando de los hombros al joven y dejando que este evitara su mirada —, pero Nemuri y All Might quisieron esconderte la verdad, con la única excusa de pretender que te protegerían.

Izuku mordió levemente sus labios, un gesto que Aoyama no pasó por alto y que lo hizo desear aún más.

— Pero… este sentimiento de culpa, por ocultarte la verdad, no me dejaría dormir. Y no deseaba que sufrieras más cuando te enteraras más tarde.

Izuku se levantó con aire solemne y con el mismo rostro circunspecto, después bajo el entarimado y se posicionó delante del rostro sonriente y vigoroso de Aoyama, quien no podía dejar de sentir la tentación de besar al joven y poseerlo de algún modo.

— Dime algo Aoyama — inquirió calmadamente el dios del amor — ¿Alguien más, además de los que me has nombrado, sabe algo al respecto?

Aoyama esperaba esa respuesta.

— Claro que no, pequeña perla. Solo…

— Por favor, Aoyama, no me mientas.

Los ojos azules de Aoyama miraron fijamente a los ojos verdes de Izuku y sintió una vorágine de sentimiento al ver al dios del amor frunciendo el ceño y con un brillo en los ojos casi salvaje. Izuku sabía que había alguien más implicado. Su instinto lo decía. Y casi siempre tenía la razón.

— Es en serio, Izuku ¿por qué tendría que…

Izuku chasqueó la lengua hastiado y en un pestañeo, arremetió contra Aoyama, tirandolo al suelo, y le hinco el filo de un cuchillo en la garganta. Aoyama apenas tuvo tiempo de reaccionar y darse cuenta en que situación se había metido. El chico que lo acompañaba emitió un chillido.

— Izuku… por favor, yo no…

— Estoy harto, Aoyama, harto — contestó entre dientes Izuku — siempre me quieren ver la cara de estúpido, de idiota, como si no estuviera consciente de que es lo que está pasando a mi alrededor. Como si simplemente fuera un muñeco que solo calla.

Aoyama tragó duro al sentir más cerca el filo del arma en su garganta. El frío acero se ceñía muy cerca de su yugular. El dios del vino se puso lívido como las nubes y no pudo zafarse del fuerte agarre que tenían las rodillas de Izuku sobre sus brazos. Estaba en aprietos.

— Quiero que me digas la puta verdad, Aoyama — repitió severo y frío — ¿Quién más sabe sobre el tema?

Y gracias a eso, Aoyama confesó todo el plan trazado por Shinsou y él con tal de dislocar su compromiso. Haciendo que Todoroki cayera en la tentación de yacer con el joven y, de esta manera, obligar a que el compromiso se enviara a Juicio y, con ello, Izuku despreciara a Todoroki. Lo que haría que Izuku estuviera soltero de nuevo.

Si bien al final el dios del amor lo dejó irse. El simple pensamiento de que todos aquellos quienes le expresaban su interés lo vieran como un premio lo hacían sentirse menospreciado, alicaído, con un sentimiento de impotencia y frustración que simplemente se estaba corroyendo.

Desde que había llegado todos los que trataban de seducirle buscaban impresionarlo, lanzarle lisonjas, atrayéndolo con historias de sus propias victorias, pero nunca le hablaron de quienes realmente fueron, sus secretos. Ninguno de ellos lo miraba como una persona, sino como un simple premio. Un simple rumor. Un adorno. Y eso era lo que lo hacía sentirse mal consigo mismo.

Y aunque tuviera intenciones de decir aquello que Aoyama le había confesado a Momo, según las tradiciones del juicio, las cuales sus gracias se tomaron el tiempo de informarle, solo las partes implicadas, es decir, denunciante y denunciado, podían exigir testimonios y pruebas.

El sosiego de sentirse limitado y atrapado le agasajaba como una ponzoña abismal. Sin embargo, no tenía tiempo para pensar que podía hacer.

— Izuku — le llamaron.

Sus ojos voltearon a ver a sus gracias y miró lo cohibidas que estaban ellas, sin mencionar nada, sin decir nada.

— Un inmortal lo espera para guiarlo al Juicio — contestó Kendo.

Izuku asintió con solemnidad y agradeció a sus gracias. Se acercó a sus pertenencias, tomó la corona de peonías y rosas blancas que debía portar hasta el Gamos en símbolo de su compromiso, y se dispuso a encontrarse con el inmortal, que lo escoltó hasta el palacio de su padre.


El gran salón del trono estaba vacío. Sin mesas, sin sillas, sin nada más que el trono de su padre y el de Nemuri, quienes estaban sentados, con los rostros circunspectos y un aura tan pesada que nadie mencionaba ni un murmullo.

Izuku había sido escoltado con señorial paso, siendo observado por todos los dioses, hasta el palco donde se encontraban All Might y Midnight. Se mantenía sereno en cada paso que daba. Su padre le indicó que se sentará en su diestra e Izuku obedeció servilmente.

— Lamentó que tengas que venir en estas circunstancias, mi muchacho — le susurró su padre.

— No te preocupes por eso padre — respondió tranquilo Izuku — lo único que pido es una cosa.

— ¿Qué es mi muchacho?

— Por favor, créele a Shoto.

Izuku y All Might se miraron durante un largo segundo. Solo entonces All Might asintió y soltó un suspiro de frustración y cansancio.

— Lamento que te hayas tenido que enterar, mi chico.

Izuku negó con la cabeza, tranquilo.

— No es tu culpa, padre. Las decisiones de un dios sólo pueden ser tomadas por ellos mismos, no por alguien más.

All Might sonrió feliz porque su hijo no se sintiera tan mal por la situación, sin embargo, aquel sentimiento de que no lo había protegido del dolor de ser engañado, le clavaba en el pecho como una estaca ardiendo.

Izuku volvió su cabeza y se inclinó levemente a Nemuri. Ella aceptó el gesto de igual manera. Izuku notó las marcas rojizas que engalanaban el cuello blanquecino de la reina. Pero no le dio tiempo, pues las puertas del palacio dejaron entrar a los implicados.

Encabezando aquella comitiva estaba Momo, quien había cambiado su armadura de plata por una hermosa toga con bordes dorados y su pelo suelto; detrás de ella iban Shinsou, Aoyama y el joven de ojos verdes; y por último, Shoto caminaba con la mirada agachada. Solo hasta que dieron frente a los tronos, los implicados se detuvieron.

Shoto alzó su mirada y sus ojos heterocromáticos dieron directamente con las esmeraldas de Izuku. Sintió que el arrepentimiento le carcomía el cuerpo y las ganas de llorar por haberle hecho tal afrenta. Deseo decir algo.

— He aquí a todos los Olimpianos, que cómo dictan nuestras tradiciones, serán testigos de la justicia — empezó a describir Momo — justicia que nosotros hemos creado, que debemos amparar, que debemos proteger por respeto a nuestra divinidad y por respeto a nuestro padre, quien nos salvó de un posible mundo de esclavitud y de desdicha.

El silencio era magnánimo. Nadie mencionaba nada, apenas y respiraba.

— En este juicio, se ha presentado una afrenta que puso en condiciones inaceptables el compromiso del dios de la forja y el dios del amor — recitó Momo con fría condescendencia — como juez impuesta por los reyes del Olimpo, para esclarecer y cumplir las tradiciones y las leyes que nos permiten vivir en armonía en el Panteón, debo permitir que las partes testifiquen su versión de los hechos.

Desde el gran jolgorio de dioses e inmortales, Katsuki veía con interés la testificación de sus hermanos. Pero si de algo no podía quitar los ojos, era de lo hermoso que se veía Izuku. Cubierto por la tradicional corona de peonías y rosas blancas, que hacían resaltar más su piel y las miles de pecas que tenía, sus ojos perdidos y aun llenos de esperanza. Katsuki tenía mucho tiempo sin verlo y deseaba, al igual que muchos, que el Juicio rompiera el compromiso del mitad-mitad con él y así poder luchar nuevamente por su amor.

Katsuki no escuchaba atentamente lo que decían sus hermanos, ni cuando llamaron a que el joven que fue obligado a yacer con el dios lo inculpo de actividad insidiosa, ni cuando Shoto había dado su versión de los hechos.

— Si bien, les había comentado que nunca había tenido una relación anterior con nadie, Aoyama quiso sacarme información sobre eso — insistió el dios de la forja —, estaba incómodo, sin embargo, Shinsou salió en mi rescate y me apoyó.

» De lo que no fui consciente fue de cuando me ofreció tener un… un momento íntimo con él y con el chico. No sabía qué hacer, ni cómo reaccionar, pero si de algo no mentiré es que me sentí tentado. Y si bien me sentí tentado, traté de mantener mi temple por el honor a mi palabra y por el honor al amor que le tengo a mi prometido. Sin embargo, no logré cumplir mi promesa…

Y aunque Izuku sintió aquella última frase como un cuchillo en el pecho, se mantuvo circunspecto. Los ojos heterocromáticos de Shoto le dedicaron una mirada de arrepentimiento tan visceral, que no tuvo el valor de enfrentarla.

— Bien — respondió Momo — ya que ambas partes han mencionado sus testimonios, los reyes y yo debemos deliberar. El dios del amor, quien es parte afectada de esta situación, deberá esperar por nuestra respuesta y decidir el futuro de las nupcias.

Todos ellos se retiraron del salón, siendo custodiados por guardias, hasta uno de los largos pasillos del palacio. Todos iban en silencio, tensos. Izuku no quiso decir nada, pero observaba de refilón el ceño fruncido de su padre y de Nemuri, así como el aire circunspecto e inamovible de Momo.

Se detuvieron en una puerta y Momo la abrió.

— Debes esperarnos aquí Izuku, mientras deliberamos.

Izuku recibió un fuerte apretón en el hombro por parte de su padre. Sus ojos azules denotaban lo arrepentido que estaba. Sin embargo, Izuku tomó su mano con cariño y le dedicó una sonrisa conciliadora. Inclinó la cabeza a todos y entró en la habitación, cerrando la puerta detrás de él.

Escuchó como los pasos pesados de los guardias se perdían en la lejanía y después se dispuso a sentarse a esperar el veredicto para decirles la decisión que él ya había tomado. Si bien no podía exigir nada en el juicio, no iba a romper el compromiso con Shoto.

Si, dolía el hecho de que Shoto lo hubiera engañado a pesar de estar comprometido con él, que aceptara la afrenta y que lo hubiera hecho ver, nuevamente, como un tonto delante todo el concilio. Pero eso no quitaba el hecho de que todo aquel dolor fue causado por las artimañas de dos dioses que buscaban romper su compromiso con el dios de la forja. Solo esperaba que le hicieran cumplir un castigo tan grande como sus acciones.

Escuchó el sonido de la puerta cerrarse con un chasquido y se levantó.

— Yo ya tengo una… — dijo antes de mirar fijamente a la persona que había llegado.

Katsuki estaba enfrente de él. Con ojeras, demacrado, un poco más pálido de lo que recordaba, pero con el mismo ceño fruncido y la determinación que brillaba en sus ojos de carmesí. Su estómago se volcó, su pecho restalló y su cuerpo tembló al verlo ahí, tan imponente, tan viril, tan decidido.

— Deku — soltó el rubio cenizo sin dar crédito.

Al fin estaban de nuevo frente a frente. Solos. Sin que nadie los pudiera molestar y con la oportunidad de limar asperezas.

Sin embargo, Izuku volvió la mirada hacia otro lado. De solo ver a Katsuki, recordaba aquel beso desesperado que él se había dado con Ochako, entregado y voraz. Un recuerdo que le hacía doler el pecho y que le traía nuevamente aquel sentimiento tan doloroso de sentirse traicionado por quien más quería.

— ¿Qué haces aquí, Katsuki?

La seriedad con la que salió su voz, advirtió a Katsuki que debía ser cuidadoso y cauteloso con lo que diría. Esto no era como la guerra, en donde tenía que matar y evitar que el bando contrario ganará. Esta vez tenía que mantenerse sereno, pensar cada uno de sus movimientos y palabras, no abalanzarse a la impulsividad.

— Yo… necesitaba verte — lanzó tenuemente, acercándose con lentitud.

Izuku no respondió nada, siguió mirando un punto imaginario al frente. Katsuki, cuando se acercó aún más a él, se mantuvo discretamente alejado de él. No quería que sintiera que lo invadía, pero las ganas de abrazarlo y besarlo eran tan fuertes e indetenibles que tuvo que usar toda su entereza para evitar lanzársele encima.

— Deku, yo quería explicarte que…

— No me tienes que explicar nada, Katsuki — su voz fría lo hacía ver casi irreal — las acciones hablan por sí solas, no necesito explicaciones de con quien estas o con quien te acuestas.

— Es que eso es lo que vengo a explicarte, maldición — respondió sin poder evitar blasfemar — esa jodida Uraraka me beso sin que yo me pudiera resistir a ella.

— Sí, se notaba — lanzó irónico Katsuki, frunciendo más el ceño.

— ¡Eso no era lo que quería decir, joder! — se frustró Katsuki, valiéndole mierda su Izuku se sentía acosado o no — Ese día la maldita cara redonda me volvió a decir que me amaba, que quería que fuera solo suya y…

— Oh, claro y con eso…

— ¡Que me escuches maldita sea! — le gritó, tomándole el rostro y haciendo que sus ojos verdes miraran los aguados ojos de carmesí — ¡Yo solo te amo a ti y jamás amaré a nadie más que no sea a ti! ¡Por todos los malditos eones que he vivido! ¡Eres y serás mi maldito faro, Deku!

Y con ese pequeño discurso, genuino, vulnerable e impulsivo, Izuku miró nuevamente la verdad en los ojos de Katsuki. Lo amaba. Su cuerpo tembló de excitación por sentir ese arrollador sentimiento del amor carcomerle cada terminación nerviosa.

— Kaachan —soltó en un suspiro.

— Lamento que me vieras en ese momento tan peliagudo con ella — le susurró, tocándole con premura la piel suave de sus pómulos —, le he dicho tantas veces que no la amo, que no la deseo, que ya no sé qué decirle. Yo solo te quiero a ti, Deku. Solo a ti.

Las dulces palabras que Katsuki estaba esbozando, lo tenían exaltado y al mismo tiempo ensimismado en aquel rostro de mandíbula fuerte, en la profunda tesitura de su voz, en la verdad que brillaba en sus ojos. Izuku estaba seguro que jamás dejaría de amar a Katsuki.

— Perdón si te hice daño.

— No te disculpes, Kaachan — contestó el dios del amor, tomando la mano gigante de Katsuki entre sus finas y esbelta mano — no ahora que siento que pudo vivir la eternidad contigo.

— Te hice daño, Izuku — contestó Katsuki, acercándose al dios — y eso es algo que no me puedo perdonar tan fácil.

— Kaachan, estoy bien.

Katsuki miró aquellas esmeraldas brillantes, esa sonrisa arrebatadora, esos pómulos bañados en carmesí. El deseo inevitable le burbujeaba desde el fondo de su estómago y lo obligó a abalanzarse sobre Izuku. Ambos cayeron. Katsuki encima de Izuku, en donde sintieron nuevamente aquella ola eléctrica que los había obligado a mirarse, a quererse, a desearse.

Katsuki no podía dejar de sentirse frenético por la suavidad de la piel de Izuku chocando en su mano, en los rojos y deseables que estaban sus labios carnosos, en lo brillosos que estaban sus ojos de esmeralda. No podía resistirse. Era una vista que su entereza no podía resistir. Acercó su rostro al de Izuku, haciéndose de apoyo con sus antebrazos y sintiendo como el cuerpo de Izuku chocaba con el suyo.

— Nunca había sentido esto por nadie, Deku.

Los ojos de esmeralda lo miraban igual de deseosos, tomando entre sus manos su cuello y su cabello.

— Por eso no quiero dejarte para nadie.

Y con ello cerraron la cercanía y se deleitaron con el sabor de la boca del otro. Aquel beso tan voraz, frenético y pernicioso, hizo ver aquel deseo que ambos se tenían. Ese deseo que llevaban ahogado en su interior, salir con el frenesí de saborearse, de lamerse, de tocarse.

Las manos de Katsuki bajaron hasta las caderas de Izuku, sin poder oprimir aquel deseo incalculable por tocarle cada parte de su piel, por besarlo en cada lugar que escondía ese molesto pedazo de tela, por poseerlo a él, porque sólo él había tumbado sus muros, su orgullo y su fiereza.

Izuku gimió al sentir aquel toque tan fuerte y hosco causarle una electricidad placentera, la cual fue aprovechada por Bakugo quien metió su lengua en la boca de Izuku y empezó a saborear aún más a su amante.

Izuku se sentía desfallecer ante aquellos toques tan deliciosos de Katsuki, la dominación de aquella lengua experta sobre la suya, el calor tan enloquecedor de aquel cuerpo extraordinario pegarse en el suyo. El dios del amor no podía resistirse a tales toques, a tanta satisfacción, a todo ese hormigueo tan enloquecedor, arrebatador y tan excitante. Su cuerpo reaccionó y no pudo evitar endurecerse.

— Estas disfrutando mucho ¿Eh, Deku? — soltó socarrón Katsuki al sentir la dureza de su amante.

— Kaachan, no te burles — jadeo el joven de cabellos verdosos.

Katsuki sonreía y se sentía orgulloso por causarle aquellas sensaciones a su amante, que no pudo evitar empezar a besar el cuello de cisne del dios del amor y colar una mano traviesa por debajo de la toga.

— Kaachan, no, espera… — se resistió el joven.

Pero la mano gruesa Katsuki había envuelto su miembro endurecido y el dios no pudo evitar gemir al sentir el calor de la mano de su amante. Katsuki sintió la gloria al escuchar gemir a Izuku con solo un toque.

— Tu me dices que espere — le susurró con voz pastosa y aterciopelada — pero tu cuerpo me dice lo contrario.

— Kaachan — volvió a jadear Izuku tratando de detenerlo.

Pero entonces la mano de Katsuki empezó a moverse lenta y parsimoniosamente. Entonces Izuku sintió aquel hormigueo de placer nublarle la conciencia y se dejó llevar por aquellos choques tan deliciosos y frenéticos que Katsuki le estaba propinando. No pudo resistir los gemidos que salían de sus voz, el temblor que sentía en las piernas, el calor que subía por su cuerpo. Katsuki lo estaba enloqueciendo.

— Dios Kaachan — gimió.

Solo con eso Katsuki sonrió perniciosamente, sintiendo como el pequeño cuerpo de su amante se contraía por los espasmos de placer y no evitaba que su voz aguda soltará gemidos que para él eran canto de victoria. Y el solo hecho de que gimiera su nombre, lo estaba poniendo caliente.

— Kaachan, espera, no… algo pasa.

Solo entonces Katsuki se dio cuenta de que Deku estaba a punto de llegar al clímax, por lo cual bombeó aún más rápido su mano sobre el miembro endurecido de su amante, sin chistar y sin detenerse.

Izuku estaba enloqueciendo, sintiendo que veía las estrellas entre sus párpados, casi quedándose sin aire y sintiendo un burbujeante cosquilleo subirse de los pies a la cabeza. No sabía qué era eso, pero lo estaba volviendo un desquiciado, lo hacía sentirse extraño y no podía con aquellas olas de placer.

Hasta que el cuerpo de Izuku se contorsiono y lanzó un gemido agudo y satisfactorio, mientras Katsuki sentía como el líquido seminal de aquel hermoso dios caía sobre su mano. El pecho de Izuku subía y bajaba frenéticamente, sintiendo que no podía con aquello que Katsuki le había proporcionado. Lo había disfrutado.

Katsuki sacó su mano de la toga de su amante y pasó su lengua por encima de esta, saboreando el delicioso néctar de Izuku. Sintiendo que el deseo por aquel feble y hermoso dios crecía cada día que pasaba.

— ¿Qué me estás haciendo Kaachan? — pregunto entre jadeos Izuku, mirando los oscura que se había vuelto la mirada del dios de la guerra.

— Hacerte ver la estrellas, mi hermoso dios.

Izuku río y sonrió ante el comentario. Observando de cerca lo hermoso que estaba Katsuki. Sin embargo, un toque en la puerta los sobresaltó a ambos.

— Izuku, ya estamos listos ¿Podemos pasar? — dijo la voz de Momo al otro lado de la puerta.

Izuku sintió que el miedo lo sobresaltaba. Si veían a Katsuki ahí, entonces el trato con Nemuri se rompería y su castigo sería mucho peor. Katsuki le tomó del rostro y con un ademán, le dijo que se mantuviera en silencio. Le sonrió y se puso la capucha de su capa, para ver como desaparecía de sus ojos.

Sin esperar mucho, Momo, All Might y Nemuri entraron a la habitación, viendo como Izuku se había quedado pasmado, viendo un punto en la pared.

— ¿Pasa algo? — interrogó Momo.

Solo entonces el dios del amor reaccionó y con una mueca avergonzada dijo:

— Perdón, creí haber visto una sombra, pero creo que solo es mi cabeza.

Momo asintió y se sentó al lado de él. Notando de cerca que el dios del amor sudaba y tenía las mejillas coloradas.

— ¿Estas bien Izuku? te noto acalorado.

— S-sí, un poco — respondió apresuradamente el dios.

— Déjame abrirte la ventana mi muchacho — dijo All Might abriendo el gran ventanal.

La brisa estival hizo refrescar a Izuku y con ello retomo su aire tranquilo. Miro a los ojos oscuros de Momo y espero a que ella hablará.

— Según lo que hemos podido escuchar Izuku, estas en una situación peliaguda — empezó a decir Momo — y esta situación y falta de pruebas han mantenido que nuestra deliberación nos dejará con las dos opciones más drásticas que hay para esta situación.

— Antes de que prosigas, Momo, ¿puedo decir algo? — inquirió Izuku.

Momo lo miró seriamente, sin embargo, asintió y le dejo que hablará.

— Sé que por tradición del juzgado, la víctima no puede mencionar o decir algo al respecto al caso a menos que pudiera testificar. Pero, si de algo sirve, quiero confesar la verdad de la situación, que el propio Aoyama me ha dicho.

Solo entonces Izuku contó delante de todos ellos la artimaña de Shinsou y de Aoyama para destruir su compromiso, con tal de poder dejar soltero a Izuku y luchar por él. El solo hecho de que aquella artimaña hubiera engañado a ambos reyes y a Momo, hizo que sus semblantes se pusieran aún más duros y fríos.

— Esos malditos — rezongó entre dientes All Might.

— Pero, ¿Cuál es tu decisión Izuku? — le interrogó Momo — ¿Seguirás con el compromiso o despreciarás a Shoto para así terminar el ritual?

Izuku se lo pensó un momento, pero la pesada mirada que le dedicaba Nemuri le estaba poniendo los pelos de punta. Estaba nuevamente en una diatriba entre lo que deseaba y lo que debía. Deseaba poder estar con Katsuki, pero el miedo latente de no cumplir con el trato de Nemuri y sufrir las consecuencias de sus actos seguía ahí como una estaca.

Respiró profundamente y después determinó su respuesta. No quería hacerle daño a Katsuki, pero debía seguir con aquel suplicio.

— Seguiré con el compromiso. No dejaré a Shoto.


Nota:

Hola mis niñ s, espero que estén muy bien. Aquí de nuevo su desquiciado autor con un nuevo capítulo de DD. Espero que lo disfruten mucho.

Y con este último capítulo, cerramos el especial de la Rosa y el Fuego. Espero que haya el salseó que todos estaban esperando.

No tengo mucho que decirles, solo que estoy ocupado. Dentro de nada estaré haciendo mi proyecto final de carrera y espero no morir en el intento, tengo muchos nervios.

Sin nada mas que agregarles, cuídense mucho, muchos abracitos psicológicos, tengan feliz lectura y nos vemos en el siguiente cap.

MARK, fuera.