La caída de un Gamos
Primera parte: Promesas
Decir que estaba nervioso en esos instantes podría haber parecido un eufemismo. Sin englobar realmente el gran sentimiento y hormigueo que su cuerpo sentía a lo largo de su piel, el júbilo que explotaba en su alma, en la sonrisa perenne que tenía ese día porque al fin había llegado.
Por fin. Después de al menos unos tantos eones. Su matrimonio había llegado.
Shoto se sentía extrañamente ilusionado. Pero era inevitable para él no sentirse emocionado, arrebatado por el pensamiento futuro de que por fin alguien lo amaría, de que por fin alguien lo esperaría en casa, de que por fin alguien lo mirara con los mismos ojos fulgurantes de amor que él profesaba.
Y qué mayor dicha que casarse con el dios más hermoso de todo el Olimpo. El dios que había causado que todos sus hermanos pelearan por él, el dios que jamás los juzgo y le abrió las puertas de su casa, el dios coqueto y brillante que ahora sería suyo y solo suyo. Izuku. El tesoro de todos sus tesoros.
El sol del alba se empezaba a asomar entre los amplios ventanales de todo el palacio y ya el sonido de la servidumbre preparando todo para la llegada del nuevo señor del palacio se escuchaba por los pasillos. Las inmortales preparaban habitaciones, comida y buscaban el vino más fermentado que había en sus anaqueles. Los inmortales por otro lado iban a los mataderos a degollar a los ciervos y a las reses más grandes que habían para el futuro banquete, así como reparaban lo roto y preparaban sus armaduras para la llegada del nuevo señor.
Todo el jolgorio que se escuchaba en el palacio era orquestado y vigilado por la mirada heterocromática, quien no podía dejar de sentir el gran peso de la emoción caminarle por el estómago y subírsele hasta el rostro en una sonrisa. No había podido pegar ojo durante toda la noche gracias a la gigantesca emoción que lo embargaba y la sola sensación de sentir tan cerca el cuerpo de Izuku con el de él le había generado una gran ansiedad.
— ¡Mi señor! — exclamó alguien.
Todoroki vio como Tetsu Tetsu, un inmortal que estaba bajo sus órdenes, se le acercaba con una copa de metal matte bruñido entre las manos y con paso apresurado. Llevaba su armadura de hierro brillante que asimilaba el color blancuzco de su cabello y respiraba agitadamente.
— ¿Pasa algo Tetsu? — interrogó el dios de la forja.
— Sí, mi señor, la poción que nos pidió no pudo fermentar bien — explicó el dios avergonzado y con el rostro al suelo — las cocinas han estado manteniéndose en calor y eso evitó que la fermentación se diera de buena manera.
— Eso quiere decir que… — mencionó Shoto para permitir que Tetsu prosiguiera.
— Tal vez la poción no esté lista para esta noche.
Todoroki frunció el ceño y empezó a indagar en su mente. Tomó la copa que le tendía el inmortal y bebió de su contenido en un sorbo. Todo tenía que salir perfecto ese día, los planes deberían darse bien, sin embargo, existían estos imprevistos. Así que empezó a cavilar por unos instantes, lo cual mantuvo a Tetsu en la absoluta rigidez por haber decepcionado a su señor en una simple tarea.
El silencio del dios mantuvo a su inmortal nervioso y ansioso, hasta que su voz interrogó:
— ¿Tenemos licor de claveles aún?
A Tetsu Tetsu lo tomó desprevenido la pregunta, pero contestó inmediatamente.
— Sí, mi señor. Aún queda parte de la botella que nos dio Midnight-sama.
El dios de la forja le tendió la copa nuevamente y Tetsu la tomó, esperando las órdenes de su señor.
— Usen unas gotas de licor de clavel por cada litro de poción que tenga — aseveró el dios mientras le volvía la espalda — y traspasen eso a los anaqueles junto a los vinos.
— Sí, mi señor — afirmó el inmortal antes de desaparecer en un suspiro.
Todoroki se mantuvo ocupado en sus pensamientos, dando órdenes y acomodando algunas cosas del palacio para la llegada de su ya casi marido. Todo debía salir bien hoy. La ceremonia, el traspaso, el baño, hasta la noche nupcial. Todo él debía salir perfecto.
Shoto estaba obsesionado de que todo saliera perfecto, porque en su fuero interno tenía una pequeña punzada de miedo. De miedo de que a último momento Izuku se arrepintiera y lo despreciara, que Izuku se alejara de él, que jamás lo volviera a ver o aborreciera su cercanía.
Su miedo, palpable, hacía que fuera meticuloso y derrochador en su ceremonia, en la llegada de su esposo, en la noche de bodas, porque ese miedo, calcinante y abrumador, latía en sus pensamientos como un engorroso y ponzoñoso veneno del cual no podía escapar.
Por eso todo debía salir perfecto. Porque no deseaba que ahora su futuro esposo, se arrepintiera de haberlo elegido.
El silencio que se escuchaba a lo largo del palacio era tenso, malicioso y cargado. Un silencio que ni la misma servidumbre querían romper o destruir, porque sabían que si alguien respiraba o rompía el más mínimo ruido de aquel imperante silencio, sufriría las consecuencias de la ira del dios de la guerra.
Katsuki se encontraba solitario, sentado en su trono, sintiéndose la persona más estúpida y desdichada que en Olimpo haya estado. Tenía la mirada carmesí sombría y la mandíbula tensa. Sus pensamientos se revolvían mientras las dudas con respecto a Izuku crecían.
¿Aún, habiendo hecho lo que había hecho el mitad-mitad, le perdonaba? ¿Pretendía casarse con él? ¿Es que acaso aquel momento tan íntimo en la habitación no había significado nada? ¿su confesión? ¿su alma? ¿todo de él no significaba nada para el dios?
Un acceso de ira le atravesó el cuerpo como una lengua de fuego y alzó el gigantesco trono de entre sus manos, cegado por el dolor que en su pecho anidaba y que en su alma corroía como una ardiente herida. Un grito de guerra reverberó en la estancia cuando el dios lanzó el trono a una pared cercana. El sonido metálico del trono junto con el de los escombros de la pared destruida amainó el eco que el grito había dejado, elevando una nube de polvo y escombros en el lugar.
El pecho del dios de la guerra subía y bajaba, y su mirada delataba la latente e implacable ira que el dios de cabellos cenizos sentía ante el dolor. Aunque trataba de buscar las razones que justificaran el porqué de las acciones de su amante, el dolor de pensar que estaría con otro, amándole, acariciándole, gimiéndole, sonriéndole, le quemaba con una intensidad casi inentendible.
Soltó otro grito de pura frustración. De un salto se acercó a una pared y fue propinándole puñetazos certeros y rápidos que hacían vibrar las paredes de todo el castillo. Tal era la fuerza con la que imprimía sus puños, que los jarrones, las estatuas y los muebles que habían en el palacio caían y se rompían con facilidad.
Solo hasta que sintió que su cuerpo se relajaba de tal peso, dejó de propinar golpes a la pared, que lucía una larga grieta oblicua y manchas de sangre que en ese momento provenían de los nudillos en carne viva del dios.
Su respiración aún era errática, miraba a la pared con los ojos entornados y sus músculos estaban tensos ante el inminente arranque en el que había soltado todo lo que llevaba por dentro.
«¿Por qué demonios escogió a ese maldito? ¿Es que realmente ese Deku me usó? ¿No le importó lo que le dije aquel día? ¿Nuestra cercanía? ¿Nuestra intimidad? ¿Todo aquello que realmente dije, desde mi corazón, no sirvió para atar a quien más anhelo? ¿Acaso no soy lo digno y suficiente para tenerlo?» pensaba indeteniblemente Katsuki.
No sabía cómo justificar tal cosa. Pero si de algo estaba seguro era que aquellos ojos esmeraldas, en aquel día del juicio, habían brillado con el genuino destello de la verdad, la verdad ineludible de que Izuku sentía algo ardiente, palpable y recalcitrante por él. Y él sentía el mismo sentimiento arrollador por aquel dios de hermosas pecas y verdosos cabellos.
Pero sus acciones se contraponen a lo que realmente creía ¿Cómo se podía convencer realmente de que Izuku lo seguía amando? ¿Cómo podía obtener una respuesta directa de él? ¿Cómo?
— Mi señor — le llamaron con un hilo de voz.
Katsuki gruñó en respuesta.
— No sé si me hice entender la primera vez, ojos de borrego — dijo sin darle la cara a Alectrión —, pero en estos momentos deseo estar malditamente solo y que no me jodan…
— Sí, mi señor, eso lo tengo muy claro — respondió nervioso e inseguro el protegido del dios —, pero le ha llegado una carta y...
— No quiero recibir una mierda, ni personas, ni cartas, ni mensajes, ni nada — la voz baja y peligrosa de Katsuki denotó lo iracundo que estaba — así que no me molestes, ojos de borrego.
Alectrión tragó duro. Sin embargo, era un hombre de palabra y haría lo que fuera para no manchar su honor.
— Sí, mi señor — dijo él y respiró profundamente para armarse de valor —, pero esto que tengo aquí es…
— ¡Te he dicho que no me interesa! — exclamó Katsuki perdiendo los estribos y lanzando un jarrón a donde estaba su protegido.
Alectrión rodó en el piso sin sentirse intimidado y miró directamente a los ojos llenos de fuego de su señor, a los falanges de su nariz aletear por su ira, a la mandíbula tensa. Estaba fuera de control.
— ¡No me iré hasta que vea la carta!
— Vete a la mierda — gritó.
Y, poseído por su palpable frustración e ira, se lanzó de un salto hacia Alectrión. El joven protegido, volvió a rodar por el suelo para ver como a algunos metros caía la silueta de su amo. Los ojos de ambos destellaron y Katsuki chistó de la furia.
Jamás, en todos los eones que habían pasado, Alectrión le había desobedecido ni mucho menos lo había enfrentado de esa manera. Y eso solo hacía que la lengua de la furia que tenía Katsuki por dentro, se intensificará aún más.
— ¿Cómo osas desafiarme, mierdecilla?
— Nunca lo haría, mi señor, si esto no fuera tan importante…
— ¡¿Y que mierda es tan importante para que…
— ¡Izuku Midoriya me pidió que lo buscara!
Y entonces, Katsuki se silenció. El nombre de Izuku le hizo rebuyir todo aquel torrente sensible que se agolpaba muy dentro de él: impotencia, dolor, alegría, amor, añoranza. Su mandíbula se tensó aún más, no obstante se detuvo y miró directamente a los ojos parduzcos de su protegido.
— ¿Por qué demonios te ha…? ¿Por qué a ti? — interrogó impulsivamente el dios, sin nada más que pudiera decirle a Alectrión.
— Porque sé que él tiene que ver con sus cambios de humor, mi señor — Alectrión no sabía de dónde había sacado tantas pelotas para enfrentarse de ese modo a su señor, pero debía cumplir su palabra —, además él me suplicó, casi llorando, que deseaba verle, que si no era hoy, tal vez podría ser más nunca.
Katsuki se puso rígido y sintió que tal pensamiento de jamás volver a hablar con el dios de ojos de esmeralda le carcomía como una corriente medrentosa, que solo lo hacía sentir cada vez más frustrado e impotente ¿Por qué deseaba verlo? ¿Por qué a solo unas cuantas horas de la procesión? ¿Qué tenía que hablar con él?
Alectrión notó que su señor se distraía en sus pensamientos y que la mueca de confusión e indecisión surcaba el rostro del dios de la guerra, como si estuviera debatiéndose si debía ir o no.
— No me gusta ser metiche en lo que no me concierne, mi señor, y mucho menos en asuntos de dioses — increpó el muchacho mirando directamente a los ojos carmesí de Katsuki —, pero si con esto puede calmar todas las preclaras penurias internas de mi señor, es preferible que hable con el dios Izuku antes de que sea demasiado tarde.
Katsuki miraba directamente a su protegido, con la mirada determinante y el aura segura de haber tomado la decisión correcta. Por dentro se sentía orgulloso de que su protegido tuviera las gigantescas pelotas de enfrentarlo, sabiendo que lo podía volver picadillo en unos segundos, pero más le tenía odio a los protegidos llorones que sus hermanos tenían. Hizo una amago de sonrisa, solo para después recomponerse y mantener su impertérrito rostro habitual.
— Está bien — dijo finalmente — ¿Dónde debo encontrarlo exactamente?
— En el embalse, mi señor.
Katsuki asintió y de este modo atravesó todo el salón del trono, pero solo se detuvo un momento en el umbral del pasillo.
— Ya puedes desmayarte, ojos de borrego.
— Sí, mi señor.
Katsuki siguió su camino hacia el embalse, mientras que Alectrión cayó en el suelo sintiendo que no podía con el peso del miedo de haber sido rebanado por su señor y desmayándose en el proceso.
«Aún le falta un poco de pelotas» pensó Katsuki antes de salir de su palacio, con la vista fija en el manto de enredaderas que había al otro lado de su jardín.
Izuku se sentía tan nervioso y ansioso que la única cosa que hacía en esos momentos para paliar tan indeseosa sensación era caminar de lado a lado por la pérgola, la cual ya tenía hermosas flores purpúreas sobre su corona y esfumaba un dulce olor que en esos momentos estaba asqueando al dios del amor.
El estómago lo sentía revuelto, el pecho le apretaba con tal fuerza que a veces sentía que no podía respirar, la sensación aberrante del miedo le atravesaba como una insistente aguja. Estaba nervioso porque las Odas de Nemuri se dieran cuenta de que ya no estaba en la tina, tomando el baño de menta y romero que tanto insistían que tomará y que bebiera aquel asqueroso tónico de clavel.
Sabía que las Odas estaban induciéndole la fertilidad y el deseo sexual para poder yacer con Shoto a través de sus pociones, esas que les había enseñado a sus sacerdotisas para que aquellos buscarán el amor, el deseo y la fertilidad la encontraran. Si mal no recordaba, los hacían llamar afrodisíacos. Y esas tontas Odas se habían tomado el atrevimiento de usar su magia en su contra.
Sin embargo, lo único que deseaba era que aquel quien le robaba el pensamiento apareciera en el embalse. A penas estaba cubierto por una larga, vaporosa y transparente tela que se había puesto en los hombros y que a penas le cubría la desnudes que se vislumbraba en la difuminada luminosidad que atravesaba la tela, marcando sus curvas, la línea de sus caderas, sus hombros y la esbelteza de su silueta.
No tenía ni idea de cómo la iba a enfrentar, ni mucho menos como le podía mirar a los ojos sin sentirse arrepentido de su decisión. Pero sabía que la ira de su padre era algo con lo que no podía jugar y mucho menos ahora que sabía de primera como era la ira de su padre, después de que se descubriera por su boca la artimaña de Shinsou y de Aoyama.
Aún recordaba cómo Nemuri le había arrinconado sin que pudiera encontrar excusa o negación para llevarlo al castigo que enfrentarían Shinsou y Aoyama por parte de su padre. Fue escoltado hasta llegar a las puertas del Inframundo, donde su padre lo esperaba con el rostro surcado por un ceño fruncido y una mueca de palpitante ira contenida. Izuku perdió el aliento al sentir la pesadez del aura de su padre y al ver que Shinsou y Aoyama estaban esposados y amordazados con unas esposas y mordazas especiales para que no pudieran escapar.
Atravesaron el extenso río del Aqueronte a través de la desvencijada y pequeña barca de Caronte, escuchando los gritos de desesperación de aquellos muertos y almas en pena que habían quedado rezagadas en el limbo por sus pecados y sus malas acciones, mientras trataban de hacer caer la barca. Izuku apenas podía recordar que estuvo a punto de llorar en varias ocasiones, para después llegar a la otra orilla y ser recibidos por el dios del Inframundo, Enji, con su rostro impertérrito, frío y pálido, en lomos del gigantesco can de hebras de ébano y hocico babeante y abismal a quien llamaban Cerbero, esperándolos para escoltar a los culpables a las puertas del Tártaro.
No podía enfrentar el gran miedo y el pánico que atravesaban su cuerpo, cuando el can trató de comer a sus hermanos en varias ocasiones, así como del vívido recuerdo de las súplicas de Shinsou y Aoyama cuando las puertas del Tártaro se abrieron, dislocándoles los tendones para que no pudieran escapar de su castigo, y los colgaron en un grueso y gigantesco roble mientras los cuervos hambrientos le buscaban picotearles aún vivos.
El solo recuerdo hizo que se le revolviera el estómago y que sintiera las ganas de llorar ceñirse en la garganta. No podía enfrentar a su padre si su castigo sería el mismo destino que sufrieron Shinsou y Aoyama, no podía romper aquella promesa que le había hecho a Nemuri. No podía. Tenía miedo de que si se descubriera sus mentiras, su padre lo condenaría a ser torturado en el Tártaro, a ser comido por el Can, sufrir hasta que su eternidad se deslizara por sus dedos como la arena. No podía romper el compromiso.
— No puedo romperla…
— ¿Qué no puedes romper, Deku?
Aquella vibrante y profunda voz le hizo darse cuenta de que unos ojos de carmesí lo miraban con mucho escrutinio, pero sin el brillo latente de sus anteriores encuentros. Katsuki llevaba una mueca taciturna y circunspecta, cosa que no le dio buena espina al dios del amor.
— Kaachan…
— ¿De qué quieres hablar? — le interrogó con frialdad el de cabellos cenizos — no deseo atrasarte mucho cuando tienes una procesión y un futuro esposo esperandote en tu futuro hogar.
— Kaachan, no, no pienses en…
— ¿Qué no piense en qué Izuku? ¿En que estás comprometido? ¿En qué estás aquí conmigo, en vez de prepararte para tu jodida boda? ¿Qué no piense que escogiste al maldito del mitad-mitad? ¿Qué no piense en que otro hombre te va a tener para toda la eternidad?
Todas aquellas precisiones se clavaban en el pecho de Izuku, ardientes, punzantes y dolorosas. Sabía que se las merecía, porque había hecho que el dolor de Katsuki fuera insoportable y no se perdonaba que sus acciones hicieran daño a quien amaba. No obstantes, el peso de la promesa y el miedo a la ira de su padre era aún más fuerte y más pesado de los que podía imaginar.
— Kaachan, no quiero que pienses así de mi.
— ¿Para esto me mandaste a llamar? ¿Para que no piense en ti como un infiel? ó ¿Cómo un dios que solo le gusta jugar con los sentimientos de los demás? — el tono mordaz de sus palabras denotaban lo furibundo que estaba.
— No te atrevas a insinuar eso — tal injurias los hacían sentir molesto —, sabes muy bien que lo que pasó en el palacio fue real.
— Cualquiera diría estupideces cuando está demasiado caliente para pensar.
— ¿Cómo te atreves? — Izuku se acercó impotente, encarando de cerca el rostro del dios de la guerra — ¿Cómo osas decir que todo lo que dije fueron puro desvaríos?
— ¿Me los dirías ahora? ¿Ahora que dentro de poco pertenecerás a alguien más? ¿Qué dentro de poco le darás tus caricias a alguien más? ¿Qué calentaras el hogar y los aposentos de alguien más? — el dolor salió en forma de furia mientras los ojos de carmesí denotaban el sufrimiento interior de su alma.
— No entenderías porqué hago esto… — Izuku quiso darle la espalda.
Sin embargo, Katsuki lo tomó del brazo de manera desesperada, sintiendo que jamás volvería a verlo, pero sin poder detener aquella perorata ponzoñosa que borboteaba de sus labios.
— ¿Qué crees que no entenderé pedazo de mierda? — interrogó tomando con fuerza el esbelto brazo del dios del amor.
— Suéltame, Kaachan.
— No te irás a ningún maldito lado, sin decirme que demonios no puedo entender — sus palabras lentas salieron peligrosas de sus labios.
— Que me sueltes — forzó el dios del amor, buscando zafarse del fuerte agarre del dios guerrero.
— Por una mierda te vas a ir de aquí, Deku.
— ¡Suéltame, me estas lastimando maldita sea! — forzó el dios tratando de nuevamente zafarse del agarre y soltando golpes al aire que Katsuki esquivaba sin esfuerzo.
— ¡Dime que demonios no entenderé! ¿Qué no entiendo que fuiste un mentiroso? ¿Qué jugaste con mis sentimientos y con los de mis hermanos? ¿Qué eres un jodido seductor de mierda que lo único que hizo fue traer discordia?
Un fuerte golpe en la sien lo hizo vacilar, soltando de entre sus manos el brazo del dios y sintiendo un dolor punzante empezando a palpitar en la zona afectada. Por inercia, llevó sus dedos a la zona afectada, viendo como una gotas de sangre se le posaban entre la yema de sus dedos y, después, observando a Izuku quien llevaba entre sus manos una piedra.
— Maldito, Deku — murmuró entre dientes el dios de la guerra.
— No te acerques, Katsuki — amenazó el dios del amor.
— Ya verás, jodido pedazo de mierda.
Katsuki trató de abalanzarse sobre el cuerpo de Izuku, pero el dios del amor lo esquivo a penas por los pelos, antes de que pudiera tomarle. Eso solo hizo que Katsuki se frustrara aún más. Volvió a tratar de atrapar al dios, pero este lo volvió a esquivar por pura suerte.
— Deja de huir, Deku.
— No — chilló el dios.
Katsuki se volvió a lanzar hacia el cuerpo del dios, y esta vez pudo tomarle del pie. Lo tumbó al suelo húmedo y suave del embalse, para después subírsele encima al dios del amor, quien forcejeaba y trataba de zafarse de sus brazos macizos y su fuerte agarre. Izuki trató de golpear a Katsuki nuevamente con aquella piedra que aún sostenía en su diestra, la cual fue detenida por uno de sus manos.
— No, otra vez, Deku.
El dios retorció el brazo del joven de ojos esmeralda, haciendo que soltara un chillido y resbalando la piedra entre sus dedos. Katsuki se posicionó a horcajadas del dios y mantuvo con sus manos ambos brazos del dios por encima de su cabeza, mientras volvía a forcejear con ahínco y frenesí.
— Quítate.
— No me voy a ir de aquí y mucho menos te dejaré escapar, pedazo de mierda.
— Katsuki, aléjate de mi.
— ¡Por un demonio me alejaré de ti, maldita sea! — su ira estaba incólume y borboteando como un volcán en erupción — ¿No entiendes que te amo maldita sea? ¿Cómo demonios crees que te dejaré ir sabiendo que eres mi maldito destino? ¿Cómo pretendes que acepte que te vayas con otro cuando estoy yo aquí?
Izuku sabía que esas palabras le habían calado muy dentro de su pecho, pero también estaba consciente que la impulsividad de Katsuki lo hacía decir cosas que no pensaba con detenimiento. Por eso golpeó sus partes nobles con su rodilla y rodó en la mínima oportunidad en la que el dios de la guerra vaciló, alejándose unos metros de él y observando su anguloso rostro.
La línea de sangre que caía por su rostro acentuaba más la piel cetrina de Katsuki, su testa aún miraba al piso y notó que ambos estaban respirando de manera errática.
— ¿Cómo pretendes decirme eso ahora? — interrogó sin poder evitar que su voz se quebrara — ¿Cómo puedes ponerme en esa posición?
Katsuki no dijo nada, solo siguió mirando el suelo.
— No entiendes por lo que estoy pasando — chilló el dios aflorando las lágrimas que llevaba aguantando —, esta maldita boda, este maldito peso, esta desgracia que tuve que pasar por una maldita promesa ¡No lo entiendes!
— ¿Y cómo demonios iba a saber eso? — gritó el dios guerrero sintiendo que en cualquier momento rompería a llorar — ¿Cómo demonios iba a adivinar qué era lo que estaba ocurriendo?
— ¡Para eso quería verte! Quería verte porque tenías el derecho a saber que estoy atado a estas malditas nupcias por una promesa que debo cumplir — Izuku no quiso guardarse nada, ahora que tenía el corazón en su mano —, estoy haciendo esto no porque ame a Todoroki, no porque quiero ser esposo de nadie, estoy atado por una promesa que si la rompo puede enviarme al Tártaro.
— ¡Yo te protegeré!
— ¿Cómo podrás protegerme de la ira de nuestro padre? — acusó fervientemente el dios del amor — ¿Cómo podrás protegerme de que me rompa los huesos si se lo propone? ¿Cómo me protegerás cuando te desfallezcas entre sus manos? ¿Cómo Katsuki? ¿Cómo?
Katsuki trató de organizar sus pensamientos para tratar de decir algo. Sin embargo, estaba consciente de que la ira de su padre era un destino del que no muchos salían con vida. Las historias de la Titanomaquia, su inescrupulosa crueldad durante la batalla contra los Gigantes, la frialdad con la que calculaba el sufrimiento que debían tener sus enemigos, sus castigos en el Tártaro.
— Yo… te protegeré.
— Katsuki, no seas un ton…
— Quiero que me escuches, porque esto es algo serio — respondió con voz peligrosa y mirando directamente a los ojos del dios del amor.
Izuku no quiso comentar nada, observando la determinación que fulguraba en los ojos del dios. Katsuki sacó de su funda su espada y clavó su punto en el suelo, se arrodilló frente a ella y tomó su mango, mirando directamente a los ojos.
— Escúchame bien, dios del amor — inició solemne —, desde hoy hasta el fin de los tiempos, en la oscuridad y en la luz, en la salud y en la enfermedad, en las desgracias y las dulzuras, mi mano, mi diestra, mi espada, mi cuerpo y mi alma, estarán atadas a ti para tu protección, desde hoy hasta el fin de mi eternidad.
Izuku sintió que el corazón le palpitaba con fuerza en el esternón, su ira se estaba disipando poco a poco.
— No me importa si estás atado a una promesa, a una maldición o a un destino que las Morías, por capricho, te hayan fungido — aseveró con seguridad el dios —, lo que siento por ti, es algo que en mis tantos eones en el concilio jamás he sentido. Te protegeré con mi mano, te resguardaré con mi cuerpo y te amaré con mi corazón, para siempre, Deku. Sea conmigo o sin mi.
Izuku estaba atónito, sintiendo que el estómago se le volcaba, que la piel se le ponía de gallina. Su corazón se enterneció ante aquella promesa, su cuerpo se estremeció y su interior explotaba sin saber realmente qué sentimiento podía estar estallando en esos instantes.
— ¿Por qué?
— Te lo diré una última vez, para que lo entiendas y porque odio esas malditas cursilerías que me haces decir — increpó él, levantándose y acercándose al dios, tomando entre sus manos la pequeña diestra de Izuku y pegándolo a su pecho — este palpitar que sientes, que revolotea en mi jodido pecho; ese maldito palpitar que bombea dentro de mí, es por tu culpa. Es tu culpa, porque me hiciste amarte desde que cruzaste la puta puerta del Olimpo y me jodiste con ese asqueroso, pero delicioso perfume que tienes.
Izuku sonrió y rio jovialmente, apreciando el calor que subía por sus mejillas y la sonrisa tonta que empezaba a esbozar en sus labios.
— Si sigues sonriendo así, te voy a tomar y no me haré cargo de tu culpa.
— Está bien — sonrió el dios del amor, mirando directamente a los ojos de carmesí y sintiendo de cerca el caliente aliento del dios cerca de su rostro —, pero también quiero decirte algo Kaachan.
Acercó su rostro con tanta seducción que el dios de la guerra sintió un estremecimiento delicioso. Deseaba que lo besara, pero Izuku se detuvo a penas unos centímetros de su labios.
— Prometo, que si lo que dice Nemuri-san es cierto, serás el único quien impondrá su descendencia en mí — susurró — y servirá como recipiente para que tu sangre y mi sangre sean una sola, desde hoy hasta el resto de la eternidad.
Con esa promesa en el aire, el beso que siguió fue un acto de impotente necesidad. Sus labios se movían con un compás cadencioso, saboreándose, sintiendo la cercanía de sus cuerpos. Las manos del dios del amor subieron hasta el cabello cenizo y el dios guerrero posó ambas manos sobre las curvilíneas caderas del dios de cabellos verdosos. Sintieron sus esencias, el picante y recio olor de Katsuki junto al mentolado y cadente olor de Izuku.
La mano de Izuku soltó una leve luz verdosa, la cual posó sobre la herida aún abierta del dios de la guerra. Quien soltó un respingo y luego un alivio cuando el dolor desapareció. Izuku había cauterizado la herida con su recién descubierta magia y sonrió cuando rompieron el contacto. Katsuki se revisó la herida y sintió como la herida ya no esfumaba sangre.
— ¿Quién habría dicho que tienes magia?
— Bueno, Nemuri-san me ha enseñado bien…
— Ya veo.
Izuku no quería alejarse de Katsuki, deseaba pasar más tiempo con él, besarle, abrazarle y pasar toda la eternidad a su lado. Sin embargo, el sonido trepidante de unas trompetas lo hizo volver a su estrepitosa realidad. Esbozó una sonrisa triste.
— Debo irme, Kaachan.
Quiso irse, pero una mano le retuvo su diestra antes de que pudiera proseguir.
— Tal vez no pueda liberarte de la promesa, Deku — murmuró el dios, observando los ojos esmeraldas del joven dios —, pero si en algún momento la rompes, te juro por mi diestra, que te protegeré y, si es necesario, me iré contigo.
Izuku sonrió, pero sus ojos denotaron un brillo de tristeza que no podía esconder. Katsuki lo notó y dejó libre al dios para que este se fuera con destino hacia su palacio.
El dios del amor, pudo escabullirse hasta la tina nuevamente, la cual aún seguía tibia para quitarse la tela transparente que llevaba y darse un rápido baño, sin llamar demasiado la atención de las Odas que resguardaban la puerta principal de la terma.
Cuando se sintió listo, salió con un nuevo batín que cubría su desnudez hasta sus aposentos, donde debían estar esperándolo sus gracias y algunas Odas. Sin embargo, su habitación estaba solitaria y con las puertas de la terraza cerradas. Izuku se sintió confundido y extrañado por la soledad de la habitación, apenas iluminada por los resquicios de las puertas que dejaban traspasar pequeñas rendijas de luz.
— ¿Kendo? — llamó el dios.
Sin embargo no obtuvo respuesta. El dios chistó entre dientes, nunca sus gracias habían ignorado sus llamados. Se acercó hasta una de las puertas de la terraza para tratar de abrirlas, odiaba que su habitación estuviera sin la luz natural del sol, lo hacía ver más solitario de lo que ya era.
De súbito, sintió un fuerte agarre que le inmovilizó los brazos y luego otro que le inmovilizó las piernas, haciéndole caer al piso de manera estrepitosa. Intentó lanzar un grito de ayuda, pero una mano aplacó aquel sonido estridente.
Izuku sintió miedo y pudo ver entre las sombras una sonrisa pérfida, un rostro anguloso y unos ojos de color hielo que le helaron la sangre.
— No te alarmes, hermosura — respondió socarronamente — porque si te atreves a jodernos la paciencia, tendrás un fin más doloroso del que te tenemos planeado.
Katsuki cuando volvió a su palacio, solo tenía las intenciones de comer un poco de carne de res y de tomatillos, darse un baño caliente en su terma y echarse una eternidad en su mullido lecho, después de haber dejado en el embalse, su corazón, su alma y su espada.
Katsuki se había sorprendido por lo frontal y violento que había reaccionado Izuku ante sus impulsivas acciones. La manera en como le había enfrentado, la manera en como lo había golpeado, la fiereza de su mirada. Sintió que la sangre se le espesaba de solo recordar lo efusivo que había estado cuando se enfrentaron.
La sonrisa que surgió en su rostro no puedo detenerla «Jodido, Deku, eres una caja de sorpresas» pensó el dios mientras atravesaba los sinuosos y oscuros pasillos de su palacio, pensando en los ojos del dios, en el beso que se habían dado y en esa promesa que le había hecho el dios del amor.
— Así que la bruja piensa que puedes concebir — murmuró para sí mismo, sonriendo de manera extasiada — y me has prometido que solo en ti llevarías a mi descendencia. Eres un jodido imbécil, Deku.
Aunque estaba insultando al dios, aquella sonrisa de lado a lado no se le bajaba por nada del mundo. De solo imaginar aquel hermoso dios con un prominente vientre y a un par de diablillos corriendo entre sus piernas y haciendo travesuras, le hacía sentir que sería un paraíso.
No obstante, la sonrisa le duró poco al ver una figura reconocible en la sala del trono. Estaba de espaldas, pero reconocía la piel de alabastro, el cabello castaño, aquella toga casi transparente bañada en rosa y la diadema de cuarzos.
Uraraka se volteó al sentir la presencia de alguien y vio en el dintel del portal a Katsuki, con rastros de tierra y sangre en el rostro. Su calmado rostro se estremeció dando paso a una mueca de preocupación, acercándose hasta él y tocándole el rostro con delicadeza.
— ¿Qué te has hecho? ¿Dónde has estado? ¿Por qué vienes así?
— Hola Uraraka, sí estoy muy bien, gracias por preguntar — contestó sarcástico el dios mientras se quitaba con delicadeza las manos de Uraraka de su rostro.
— Llevas una herida en la sien.
— No es nada, cara redonda — respondió él restándole importancia con un ademán.
— ¿Cómo que no es nada Katsuki?
— Ya la herida está cauterizada, cara redonda.
— ¿Y llegas aquí sin dar explicaciones? — interrogó dolida la castaña.
— Que yo recuerde, este es mi palacio y no le debo explicaciones a nadie — respondió el dios, sentándose en el entarimado que subía a su trono, el cual aún seguía entre los escombros de la pared a la que lo había lanzado — la única persona que me debe explicaciones aquí eres tú, ¿Qué haces aquí?
— Venía a saber cómo estabas.
— Bueno por lo que puedes ver, cara redonda, estoy en una pieza — increpó el dios hastiado — así que lamento mucho haberte hecho perder el tiempo.
— Katsuki — susurró la joven.
Este la miró directamente a sus ojos y notó como sus labios se apretaban en una mueca de tristeza. Joder como odiaba esa mueca. Sin embargo, no se dejó llevar por sus sentimientos.
— ¿Qué viniste realmente a hacer Uraraka?
Uraraka se removió incómoda, posando sus brazos muy cerca de su solemne busto y evitando la mirada al carmesí del dios de la guerra, sabiendo que en cualquier momento descubriría sus intenciones. Katsuki podía ser muy tonto en temas de amor, pero si de algo estaba segura la diosa de la hoguera era que el no era un bobo en temas de coquetería y cortejo.
— Yo… deseaba verte Katsuki.
— Ya me viste como estoy, Uraraka, estoy en una pieza — volvió a afirmar el dios, tomando entre sus manos una copa que un inmortal de su servidumbre le había ofrecido en esos instantes — ¿No deberías estar de camino a la procesión? Eres la diosa de la hoguera, necesitarán tu bendición para siempre calentar el hogar en el que residirán los nuevos esposos.
— Eso puede esperar.
— ¿Por qué debería esperar? Es una jodida boda y sé que a ti te encantan las bodas. Además es un poco maleducado hacer esperar a los novios.
— Me importa un demonio la boda.
— ¿Entonces qué haces aquí, cara redonda? — se levantó el dios encarando a la diosa.
La cercanía solo hizo que Uraraka se estremeciera y que la piel se le enchinara por el deseo incólume que nacía desde su vientre hasta su estómago. El calor que irradiaba el cuerpo de Katsuki, su piel, sus labios, todo él, lo deseaba.
Impulsiva, se abalanzó a los labios del dios de la guerra, engolosinándose del sabor ajeno, de la suavidad de los finos labios, del calor que la piel irradiaba, de aquel apremiante sentimiento que le llevaba carcomiendo desde hace tantos ciclos. Lo deseaba. No podía retener aquella fuerza impía que le obligaba a hacer tales cosas.
Katsuki por un momento se sorprendió y se dejó llevar por aquel beso intenso y voraz que le estaba dando Uraraka. Sin embargo, la alejó y la detuvo mucho antes de que sus más primitivos deseos le nublaran el juicio.
—¿Por qué no me tomas? — le interrogó dolida.
— No, Uraraka.
— Haz tomado a las peores criaturas y ¿Me desprecias a mí?
— No es eso…
— ¡¿Entonces qué es?! — chilló la diosa — ¿Es que no soy deseable para ti?
— ¡Eso no fue lo que dije!
— Pero me desprecias.
— No lo hago Uraraka.
— Entonces… — su mano se acercó a un broche que sostenía su toga semitransparente y que cuando salió, dejó caer aquella vaporosa tela, dejando a la vista la desnudez de la diosa — tómame y seré tuya desde hoy, hasta el fin de mi eternidad.
Katsuki observó con sorpresa el brillo que se refulgía en la suave y tersa piel de alabastro de la diosa, sus pequeños pechos turgentes con aquella punta rosada, las curvas, su vientre plano y el pubis levemente cubierto de vello castaño. El deseo borboteaba como una chispa atravesando un camino de pólvora. No obstante aquellos ojos pardos, se convirtieron en esmeraldas, lo cual lo hizo cerrar sus ojos y darle la espalda a Uraraka.
— Uraraka, no ahora.
— Sabes muy bien lo que siento por ti, Katsuki.
— Y tu sabes muy bien mi respuesta.
—Por favor Katsuki.
Uraraka se acercó sigilosamente a él y recargo su pecho en la amplia espalda del dios de la guerra, rodeando con ambos brazos a Katsuki.
— No me rechaces, por favor — suplicó la diosa — seré tuya y de nadie más si me lo pides, seré tu esposa, tu amante, lo que tú quieras…
— Uraraka, basta.
— No me detendré hasta que me ames.
—¡Pero yo no te amo! — exclamó sin paciencia el dios de la guerra.
Se soltó del agarre de la dios y la tomó con fuerza de los brazos, haciéndole ver directamente la molestia que sentía en sus ojos y en la respiración errática que salía de su nariz.
— Estoy harto de que insistas, joder. No te amo y jamás te amaré, porque mi corazón y mi alma pertenecen a alguien más.
— Eso es mentira.
— No me importa si me crees o no Uraraka — le susurró muy de cerca ya cabreado el dios — lo único que te diré es que ya no eres bienvenida aquí, más nunca.
Soltó sin delicadeza a la dios, haciéndola trastabillar y después cayó de culo. Uraraka se sintió humillada y menospreciada, las lágrimas afloraron de sus ojos como las flores en primavera y no pudo evitar soltar sollozos.
Aunque Katsuki sentía lástima y dolor por la situación en la que había dejado a su amiga, no deseaba tener que pasar por la misma insistencia una vez más. él amaba y deseaba a alguien más. Y no buscaba que esa misma insistencia rompiera el poco aprecio que le quedaba de Uraraka. Quiso salir de ahí, sin embargo la voz de Uraraka lo detuvo.
— ¿Es por él verdad? — cuestionó con tono venenoso.
Katsuki no dijo nada.
— ¿Es por ese maldito seductor por el cual me rechazas?
— No te atrevas a decir nada.
— ¡Claro que sí es por él! — soltó con rabia — ¿No ves que juega contigo Katsuki? Ha engañado a todo el Olimpo y lo que ha traído ha sido discordia entre los dioses.
— Uraraka, cállate la puta boca.
— No puedes callarme cuando sabes qué es verdad Katsuki. Ese maldito dios ha causado peleas en nuestro hermanos, los ha llevado a la guerra, al Tártaro, y quien sabe si él ya ha perdido su virtud con cuantos quiera como una fulana.
Katsuki sintió un absceso de rabia tan abismal que no pudo detenerse. Con pasos pesados se acercó, con el rostro pasmado en una mueca furibunda y con la mandíbula tensa. Tomó el brazo de Uraraka con fuerza y la levantó del suelo, tomando también la tela transparente de su toga y la arrastró entre los pasillos de su palacio.
— Detente Katsuki, me estás lastimando el brazo.
— No me interesa.
— Suéltame.
— No me interesa lo que tú quieras, pero en mi hogar no vas a venir a darte ínfulas ni a despreciar a quienes aprecio.
— ¡Tú me aprecias Katsuki!
— Ya no más Uraraka.
El dios abrió la puerta de su palacio y lanzó a la diosa al suelo, tumbándola en el suelo del jardín apenas cubriendo su cuerpo por la tela de su toga. Katsuki la miró con los ojos entrecerrados.
— No eres, ni serás bienvenida de nuevo en mi hogar, Diosa de la hoguera.
— Katsuki.
— Eres el ser más despreciable y venenoso que ha tocado el concilio.
— No… — contestó rota.
— Fuiste una buena amiga, mientras se mantuvo. Sin embargo, tu comportamiento ha sido fatal y has despreciado mi voluntad cuántas veces tu capricho quiso.
— ¡No, Katsuki, puedo cambiar!
— No me interesa que cambies o no — gritó Katsuki — vete de mi maldito palacio o juró que no respondo por mis acciones.
Cerró la puerta de su palacio de un portazo y se encaminó directo a su habitación, sintiendo que la sangre aún seguía caliente por aquel arrebato de rabia. Ordenó directamente que le llenaran sus termas de agua caliente, para poder darse un baño que pudiera aplacar todas las tensiones de su cuerpo.
Se quitó de encima su armadura, así como los ropajes que llevaba debajo, quedando completamente desnudo y zambulléndose en la terma, disfrutando del agua caliente destensando sus músculos y dispersando las cantidad de pensamientos que se aglomeraban en su cabeza. Aquel día apenas estaba empezando y ya le estaba causando un dolor de cabeza insoportable.
Había tenido la reunión más caótica, sincera e impulsiva que jamás había tenido con alguien, luego había tenido que enfrentar cara a cara a su antigua amiga y hacerle entender nuevamente sus sentimientos. No deseaba haberle causado tanto deño a Uraraka, no obstante su insistencia casi felina y venenosa había sido la razón por la que Izuku había aceptado el matrimonio, a pesar de aquella confesión tan intrigante y peligrosa.
¿Qué habría hecho Izuku para pensar que se merecía la ira de su padre? ¿Por qué se culpaba tanto? ¿Cuál sería esa promesa que su mentirosa y manipuladora madre le habría hecho al pobre dios?
Sin embargo, sus elucubraciones fueron interrumpidas por un jadeante Alectrión que había entrado de súbito a la terma.
— Qué demonios haces a…
— Lo secuestraron.
Katsuki se sintió confundido.
— ¿A quién?
— Al dios del amor, mi señor.
Katsuki sintió aquel mensaje como un balde de agua fría, como un peso muerto cayendo encima de su cuerpo. No podía ser.
— ¿Cómo demonios?
— Nadie lo sabe, mi señor — aseguró el joven — solo encontramos un papiro que decía que lo tenían secuestrado.
— ¿Y dónde está ese papiro?
— Lo tiene All Might, mi señor, ha sido quien ha encontrado la nota.
— Me lleva el demonio.
— Y lo peor de todo es que su secuestrador lo tiene en Egeo.
— ¿Y quién demonios es ese maldito? — interrogó acercándose a Alectrión.
— Tifón, mi señor — respondió el joven sin saber que en esos instantes se desataría una guerra inhumana.
NOTA:
Hola preciosos seres del universo, aquí su desquiciado autor con un nuevo capítulo que será un especial de Tres Partes.
En primer lugar lamento haberme tardado, pero como sabrán estoy en época de exámenes y dentro de poco entrare en exámenes finales, además de establecer mi proyecto de final carrera, así que si de algún modo me tardo en escribir el siguiente capítulo, es por cuestiones de mi vida universitaria.
Ahora bien ¿Qué les ha parecido está nueva aparición de Tifón a la historia? Bien lo puse en el disclaimer, es preciso recordar que si bien me estoy basando en el mito de Ares y Afrodita, también puedo introducir otros mitos y personajes de ser necesarios para la historia, no me estoy basando completamente en los mitos, ya que en ese caso sería otra historia.
Lamento que en el anterior capi haya puesto una parte de El Masajista. No me había dado cuenta hasta que un usuario me lo dijo (gracias 1397L)
Por cierto una usuario hizo un dibujito bonito de Katsuki/Ares en su Twitter y me encantó, aquí les dejo el link para que le den mucho amor: /JoonieCoco/status/1395043152898179074?s=20 .
Sin más nada que agregar hermosos, tengan una feliz lectura, muchos abracitos psicológicos y nos vemos en la siguiente actualización.
MARK, fuera.
