Capítulo I

Chalet

Un año más había pasado en la vida de Archie, mi hermano menor celebraba junto con la familia y amigos, sus 30 años. Mis sobrinos se encontraban por ahí corriendo entre los jardines del chalet familiar ubicado en la campiña de Lacio. Era extraño y más para la familia que, la cabeza, asistiera a ésta festividad sin ninguna compañía femenina en turno, hacía poco que Susana Marlowe, mi amante, me había abandonado; Susana resultó ser una arpía vengativa que en el momento en el que había dado por terminada la relación, quiso chantajearme publicando fotos de nosotros en una casona de Roma, por supuesto, lo único que quería era dinero y mucho. Según ella, tenía que pagar por cada uno de los desprecios que últimamente le había hecho, sólo se lo di y decidí regresar a mi familia nuevamente. Mi mente aún se encontraba contrita al saber lo que Susana quiso hacerme, chantajearme en mi propia cara y sin haberme cuidado las espaldas, era inconcebible. Así que di por terminada cualquier relación con las mujeres, al menos por ese año.

El chalet familiar lucía esplendoroso, al parecer mi madre y Marie se habían esmerado demasiado en hacerla más cómoda, si es que aún podría serlo. Al no ver a mi madre por ningún lado, decidí pasear por los jardines antes de entrar al salón asignado a la fiesta de mi hermano, había pasado tanto tiempo desde la última vez que caminé por ahí, los muebles que se encontraban en los pasillos fueron intercambiados por jardineras movibles, me di cuenta que las baldosas que adornaban los rincones del pasillo que daba a la biblioteca ya no existían, me dediqué a observar los azulejos que estaban escondidos en el piso, escondidos por las plantas de las cuales más tarde, hablaría con mi madre de ellas y al alzar la vista para detectar rápidamente qué otros cambios no había autorizado.

Cuando de pronto, tenía la sensación de haber visto pasar con el rabillo del ojo, una silueta que se dirigía hacia la biblioteca, fue entonces que dirigí la mirada hacia mi izquierda, pensando que sólo había sido una sombra fantasmal oscura, solo vi una coleta larga que se escondía entre los muros del pasillo. Intenté seguirla, llegando a un descanso abrí una pequeña puerta, tecleando la contraseña para visualizar las cámaras de seguridad e increíblemente me di cuenta que no estaba sola, en el perímetro se encontraba también un hombre, lo que me dio mala espina y por medio de una combinación aseguré la casa avisándole a mi fiel amigo Fred, mientras observé que apresuraba el paso a la biblioteca mientras que el hombre se dirigía a la entrada del chalet, me apresuré para alcanzarla dado que ella casi corría, cuando pude divisarla con exactitud, efectivamente la vi entrando a la biblioteca.

Quería saber ¿qué hacía ella en el recinto sagrado de mi padre? Así que me introduje a la gran biblioteca a escondidas, sabía que existía un pasadizo interno con mirilla por la cual se podía ver todo el interior, una gran colección de libros que mi padre compró durante tantos años. Y así era, ahí estaba ella, era extraño que no conociera a aquella chica, me preguntaba si alguien la había invitado o es que estaba tan curiosa que le dio por entrar al chalet solo porque sí, al fin que como había tantos invitados, uno más, no importaría.

La chica divisó poco a poco el interior para luego acceder por completo a ella, cuando pude acomodarme dentro del reducido espacio, ella se encontraba dando de vueltas y emitiendo un sonido de asombro para después quedarse recargada sobre las librerías que se encontraban a la entrada, observó los tres pisos de estanterías que se divisaban frente a ella emitiendo un sonoro ruido de asombro. Después se asomó como una niña dando tres vueltas innecesarias a las estanterías más escondidas, su vista se dirigió a la más cercana y corrió hasta ésta, para olfatear cada uno de los libros y le oí decir.

¡Hola precioso! Dime un secreto, a ti ¿dónde te encontraron? - le preguntó, sacándolo de dónde se encontraba colocado y abriéndolo. No, no te encontraron, te compraron, ¡uy bastante caro por cierto, pero eres bellísimo! – lo abrazó como si fuera algo prestigiado. Y ¿a ti? Bueno al parecer a ti, te regalaron, tu dueño es… Terry. ¡Qué coincidencia! Mi primer amor se llamó así, bueno de hecho uno de los más significativos, aunque alguien así aún vive conmigo, ¿qué diría Terry, el Castor, si supiera que tu dueño Terry te tiene tan sucio y descuidado? – volvió a colocarlo donde se encontraba después de limpiarlo. ¿Qué daría por tenerlos en mi biblioteca? – acariciaba cada lomo. ¡Si hago otra biblioteca, seré pobre por la eternidad! – se susurró así misma, mientras sonreía y se mordía el dedo índice.

¡Candy…! - la voz del hombre se oía detrás de la puerta, llamándola.

¡Hola, Anthony! – lo saludó contestándole y abriéndole la puerta.

¿Qué haces? – preguntó el alto hombre que se encontraba afuera de la biblioteca notablemente preocupado porque lo vieran ahí.

¡Olisqueando libros! ¡No es maravilloso! ¿Te imaginas? ¿Cuántos libros habrán en esta biblioteca? - respondió y preguntó ella, tomándolo de la mano y jalándolo para que entrara.

¡Mujer deja de hacer eso, los vas a desgastar! ¡Apresúrate, a esta hora el dueño debe de estar por llegar y lo que menos quiero, es encontrármelo! –advirtió Anthony, sin dejar que el rostro espantado dijese nada.

¡Hombres, todo lo solucionan con miradas viperinas! – le susurró en el oído.

¡Las mujeres lo hacen también! – Anthony reprobó ese comentario.

Ya ya ya, mira Anthony, Julio Verne, he leído este libro como 100 veces y cada Navidad lo hago – lo arrastró hasta la estantería donde la colección favorita de mi padre, reposaba.

¡Apúrate come libros! ¿Nos vamos? – la apuró nervioso.

Por supuesto, adiós pequeños, que daría por leer cada una de sus páginas – al final se despidió de ellos acariciándolos y cuando fue jalada por Anthony, se llevó la mano al rostro, caminando hacia atrás. Anthony… - ella lo había llamado cuando estaban en la puerta, lo que le hizo detenerse.

Dime – respondió él.

¿Crees que me deje comprar la colección de Jane Austen…? – preguntó como si algo le doliera.

A menos que le des algo a cambio, no. ¡Piensa en otra cosa… mientras caminas! - la apuró, sacándola a jalones de su brazo.

¡Grosero…vámonos! – lo llamó y salieron del chalet sin ser vistos.

La chica que al parecer se llamaba Candy era amiga de un tal Anthony, me preguntaba que era en realidad lo que habían venido a buscar, salí rápidamente de mi escondite procurando que nadie se diese cuenta de que me encontraba en la biblioteca y traté de seguirles la pista. Momentos después sentí a Fred, mi chofer llegar al lado mío.

¿Sabes quiénes son ellos? - pregunté señalando con la mirada, sus figuras a lo lejos.

No, nunca en mi vida los había visto. Aunque el joven se me hace conocido - refirió Fred un tanto inseguro.

Quisiera saber ¿qué es lo que ellos hacían aquí? - solté, chasqueando la lengua y mirando como Fred no se movía de ahí.

¡No tengo ni la menor idea señor! - explica Fred, sin entender a lo que su patrón se refería.

Averigua ¿a qué vinieron? - ordené soltando un suspiro.

Sí señor, como usted diga, permiso - Fred se apresuró a despedirse.

Habían pasado cerca de cuatro horas cuando Fred tocó levemente la puerta de la oscura biblioteca, al entrar notó que un vaso ambarino se encontraba cerca de la ventana. Me había dedicado desde que se fue a tocar el libro que tenía en sus manos, dando vueltas, esperando a tener noticias de una forma u otra.

Señor - me llamó muy correcto.

Sí Fred, ¿me tienes noticias? - cuestioné sin meditarlo.

Sí señor, son Anthony Andley y Candice White. La señorita vino a conocer la biblioteca - refirió el hombre atropelladamente.

¿La biblioteca? ¿Están casados? - por alguna razón que desconozco quise saber.

No sé eso exactamente señor, pero uno de los criados de la posada del pueblo me lo contó, al parecer la señorita quiso pasar desapercibida y también me contó que parte ésta tarde a la estación de Lacio, tiene que volver a Roma, hoy mismo - me explicó Fred.

Bien Fred, consígueme un boleto en el mismo vagón que ella, por favor - le pedí amablemente sacándolo de equilibrio.

Sí señor, ¿lo espero en la estación del tren? - me preguntó insistente.

Sí Fred, lamento este contratiempo - respondí como si fuera un pesar para ambos.

Cumplo con mi trabajo señor. Permiso - se despide, retirándose.

Continuará...