Un pastel de frambuesa, uno de chocolate, un pie de limón, dos alfajores y un cappuccino con leche descremada.

Repitió Diana en su mente.

Entró despacio.

No había ido en tres días. No era como si fuera a la cafetería a diario, pero ahora el lugar estaba en su cabeza todo el día.

La tarde anterior había ido cinco veces a la biblioteca local sólo para pasar en frente de la cafetería y mirar de reojo al lugar, encontrándose con la cabellera anaranjada de la joven moza.

Se preguntaba si ella estaría allí el día de hoy también.

Y en efecto, estaba allí.

Le entregaba un pedido a un cliente, que se dio la vuelta para dirigirse a donde ella estaba parada.

Entonces sus ojos violáceos se encontraron con los avellanas de la joven detrás del mostrador.

Al instante su corazón se agitó y tuvo que tomar varias respiraciones para intentar mantener el control.

Era absurdo. Diana tenía veintitrés años. Era una adulta joven que podía manejar por completo y con total madurez esta situación tan tonta.

Caminó en su dirección con paso firme, recordando lo que le había pedido comprar Sarah Fortune; que la esperaba en el auto justo frente al local.

Un pastel de chocolate, un pie de limón, dos alfajores y un cappuccino.

Era pedir, pagar, tomar su orden y salir.

Algo fácil.

Se detuvo frente a la joven. Ella tenía sus labios curvados en una sonrisa coqueta. Diana carraspeó un poco, desviando sus ojos a la vitrina.

Dos alfajores y un cappuccino.

Abrió su boca, volviendo a mirar a la joven.

Ella era tan hermosa.

—Buenas tardes, señorita. —habló la morena—. ¿Qué puedo servirle?

Dos alfajores.

—Dosalfajores,porfavorygracias. —dijo Diana con rapidez, atropellando las palabras en su boca.

Se quedó en blanco.

Había olvidado por completo el resto de su pedido.

La joven cambió su expresión facial por una de confusión. Pestañeó varias veces, sin comprender lo que había dicho Diana.

Ella, por su parte, comenzó a enrojecer de forma paulatina. Sintiendo el calor subiendo desde su cuello hasta sus pómulos.

—¿Perdone? —preguntó Leona, ladeando un poco su cabeza.

Diana comenzó a sentirse acalorada, pero helada al mismo tiempo. Su puño cerrado mantenía fuertemente apretado el billete que le había entregado Sarah, y éste se encontraba sudado. Su corazón se agitó más.

Iba a tener un ataque de nervios si no salía de allí.

Subió al auto negro de Sarah, cerrando la puerta de los asientos traseros con fuerza y causando que ella la mirara con reproche.

Le entregó la bolsa de papel que había traído de la cafetería a Nami, que estaba en el asiento del copiloto, y sólo entonces Diana soltó el aire que estuvo conteniendo desde que ordenó lo que había comprado. Tomó una profunda respiración y exhaló de nuevo, intentando apaciguar el desenfrenado latido de su corazón.

—¿Qué es esto, Diana? —preguntó Nami, sacando la botella de agua con gas de la bolsa—. ¿Dónde está mi pastel de chocolate y mi cappuccino?

—En la cafetería. —contestó Diana, arrebatándole el agua para abrirla—. Ve a comprarlos tú, o envía a Zoe.

—¿Estaba tu novia allí? —preguntó Zoe justo cuando Diana le dio un sorbo al agua, la cual salió por su nariz—. ¡Quiero ir, Nami, yo puedo ir!

Sarah miró sorprendida a Diana.

—¿Tienes una novia nueva? —preguntó ella, causando que Diana negara con su cabeza, desesperada.

—¡Yo quiero ir, yo quiero ir, yo quiero ir, Nami! —exclamó Zoe, moviéndose insistente en el asiento de atrás.

—¡Ya cierra la boca, pequeña! —exclamó Sarah, volviendo a mirar a Diana—. ¿Tienes novia y no me lo habían dicho?

—¡No tengo ninguna novia, Sarah! —exclamó Diana, dándole otro trago al agua.

—¡Pero bien que quieres hacerle bebés a la mesera! —acusó Zoe, riéndose entredientes.

Sarah abrió tanto como pudo sus ojos, sorprendida. Por su parte, Diana se lanzó sobre su hermana menor, intentando cubrir su boca y detener su risa bulliciosa.

—¡Te digo que no quiero hacerle bebés a nadie, tonta! —se quejó Diana, logrando apenas golpear a Zoe en la cabeza.

—¡Quieres besarla y casarse! —exclamó Zoe, huyendo de la mano de Diana que intentaba cubrir su boca.

—¡Que no! —gruñó Diana, sintiendo su rostro enrojecer.

—¡Suficiente, ustedes dos! —reprendió Nami, causando que se sentaran en su sitio, calladas—. Yo iré y conseguiré el número de esa chica.

—¡¿Perdón?! —exclamó Sarah, deteniendo a Nami de salir del auto—. ¿Por qué querrías el número de la que le gusta a tu mejor amiga? Y lo dices frente a mí como si fuera tan casual.

—No voy a llamarla, si es lo que crees. —dijo Nami con obviedad—. Sólo le diré que mi amiga la alta del otro día quiere su número y conocerla… quizás tener una cita. Y ya.

—¡Y tener bebés! —exclamó Zoe, recibiendo una palmada en la cabeza por parte de Diana.

—¡No quiero bebés de nadie, entiéndelo! —gruñó Diana.

—No, no… no puedes ir allí y decirle eso, Nami, dulzura. —dijo Sarah con un tono meloso, que causó que tanto Zoe como Diana hicieran una mueca de desagrado—. Me pondré celosa.

—Literalmente acabo de decirte qu-

—Yo me ofrezco como tributo para pedirle el número a la joven, señoritas. —dijo Sarah con un tono lascivo que asustó a Diana—. Quiero conocer a la madre de tus retoños, Didi.

—Por última vez en el día, es Diana. —dijo Diana entredientes.

—Volveré enseguida con nuestras órdenes… y su número. —aseguró Sarah, ignorando la queja de Diana.

—Pero, bombonc-

—Shhhh, ponte el cinturón, bebé. —dijo la pelirroja—. La fortuna sólo te sonríe a ti, y siempre lo hará.

Dándole un beso rápido a Nami, Sarah abrió la puerta del auto para salir.

Diana miró a Zoe con enojo, cruzando sus brazos sobre su pecho.

—¡Ya estarás contenta, piojosa! —se quejó Diana, mirando con ansias por la ventana—. Por favor que no haga un drama.

—Ella no lo hará, te lo aseguro. —dijo Nami, asomándose por el borde del asiento del copiloto para mirar al dúo de hermanas—. Sólo conseguirá el número de tu amada y podrás escribirle para tener una cita o algo.

Doblando la bolsa de papel que había traído Diana, Nami la dejó de un tamaño mucho más pequeño. La dejó en la guantera del auto, pensando en reciclarla luego.

—Dioses… soy yo de nuevo. —rezó Diana.

—¿No eras agnos… eso? —preguntó Zoe al ver a su hermana mayor uniendo sus manos para rezar.

—¡Creeré en lo que sea que tenga el poder de sacar a Sarah de allí sin que me deje en ridículo con ella! —exclamó Diana, pegando sus manos a la ventana—. ¡Dame tu fuerza, luna de sangre!

—En mi última clase de ciencias, el profesor nos explicó que en realidad la luna no es de sangre, como dijiste, sino más bie-

—¡Ya cierra la boca, Zoe! —se quejó Diana, dándole un golpe a la ventana—. ¡Ya sé que no es de sangre! ¡¿Cómo demonios creíste que llegaría tanta sangre allí?!

—La sangre de los animales que enviaron al espacio en las primeras expediciones a la luna. —dijo Zoe con pesar, causando que tanto Diana como Nami la miraran estupefactas—. Efe.

Desconcertada, Diana observó a su hermana bajar la mirada, luciendo bastante triste por su idea.

—Eso… no… no, Zoe… nadie envió… o sea, sí, pero ellos no… —apenada, Nami carraspeó un poco su garganta—. Ellos no… sangraron. Creo.

—Eres rara. —susurró Diana, consternada.

—Tu eres la que no puede decirle a esa chica que te gusta. —murmuró Zoe, alzando sus hombros con desgano.

—Eso n- ¿sabes qué? ¡Olvídalo! —gruñó Diana, mirando en dirección a la ventana—. Yo tengo una condición mental, o sea que no soy yo, es mi cerebro, está averiado y no me deja decirle a una total desconocida que me parece atractiva. No soy yo… es… ¡un error de la matrix!

—Insinúas que si no tuvieras esa… cosa… ¿irías a decirle que la amas y quieres sus bebés? —preguntó Zoe, mirándola de reojo.

Diana lo imaginó.

Por supuesto que lo había imaginado. Apenas sus ojos se posaron sobre la mesera de nombre desconocido, Diana fantaseó con ella.

Imaginó que descubría su nombre y obtenía su número de teléfono. Soñó con invitarla a una cita. La llevaría a un bistro, tomarían un delicioso almuerzo y luego pasarían por un parque cercano. La llevaría a su casa y se despedirían con un simple beso en la mejilla.

Seguramente ella también iba a la universidad, así que Diana deliró con forjar una estrecha amistad con ella. Irían a tomar un café entre períodos, se irían a casa juntas, saldrían a antros juntas.

Se besarían en medio de una borrachera. Aunque a Diana no le interesaba en absoluto el contacto íntimo, estaba segura que si no sufriera un trastorno ellas tendrían intimidad. Entonces iniciarían una relación.

Saldrían a pasear tomadas de la mano, suponía. Harían cosas como visitar a los padres de la otra, besuquearse en público, conocer a sus amigos, quedarse a dormir en casa de la otra, intercambiarían accesorios de belleza, verían películas románticas juntas, acamparían en verano en algún lugar con sus amistades, hablarían de banalidades durante la noche. En fin. Cosas normales, de parejas normales como Sarah y Nami.

Tendrían desacuerdos, por supuesto, pero lo arreglarían con sexo, como decía Syndra que hacía con sus ex novios.

Desagradable.

Ese era su problema.

Ella sólo podía fantasear con dejar de ser socialmente inepta. No era su culpa de igual forma, y no había nada que pudiera hacer para dejar de serlo. Lo intentó por Alune y no funcionó. Resultó que al presionarse para interactuar más con las personas, terminaba iniciando conversaciones con extraños acerca de la luna, sus fases, su densidad, el cambio que provocaba en la marea.

Dioses.

La luna.

Buscó en el cielo diurno rastros de su fiel compañera y la pudo encontrar apenas visible entre las nubes.

Faltaban tres días para el cuarto creciente. Diez para la luna llena.

Tragó con fuerza, volteando a mirar a Zoe, que estaba jugando con su consola.

—En luna llena. —dijo Diana, captando la atención de su hermana menor, que alzó una ceja al no comprenderla—. Tendré su número y le hablaré para la luna llena.

Zoe sonrió paulatinamente hasta tener una sonrisa burlona bastante ancha en su cara.

—¿Quieres apostar? —preguntó Zoe, subiendo y bajando sus cejas de forma sugestiva.

—Ustedes dos están actuando como unas niñas. Además Sarah te conseguirá el número, Di. —dijo Nami, mirándolas por el retrovisor.

—Lo conseguiré. No tengo ninguna duda. —aseguró Diana, inflando su pecho con orgullo.

La puerta del piloto se abrió y Sarah entró al auto. En completo silencio abrió la bolsa de papel y sacó un trozo de pie de limón de ella, entregándoselo a Zoe. Acto seguido le entregó un pastel de chocolate a Nami, así como sus dos alfajores a Diana. Entonces sacó su propio pastel.

Le dio un trago al capuccino de Nami, entregándoselo luego y sólo entonces miró a Diana.

—Ella es caliente. —dijo Sarah con seguridad—. Y me rechazó por completo.

—¡¿Qué?! —exclamó Nami a su lado—. ¡¿Qué quisiste decir con caliente?! Es decir… yo… ¿no soy caliente para ti? Nunca me has dicho eso a mí, tú sólo dic-

—Dioses, me mojas tanto cuando te pones celosa, Nami. —murmuró Sarah, sonriendo con coquetería. Carraspeó un poco, recordando la presencia de Zoe—. Quiero decir, eres mucho más atractiva y enciendes mi libido.

—Oh, señorita Fortune. —dijo Nami en un tono seductor.

—Ewww. —se quejó Zoe cuando ambas se besaron.

—Desagradable. —murmuró Diana, volteando a mirar en dirección a la cafetería.

Podía divisar a la joven tras los cristales de los ventanales y puertas de cristal del lugar. Ella estaba llevando una bandeja por el lugar, desapareciendo de su vista.

Suspirando, Diana se preguntó lo que esa joven pensaba de ella. Probablemente nada. Sólo era una clienta más del lugar.

Cinco días para la luna llena.

—Pie de limón, pie de limón, ¡pie de limón! —exclamó Zoe, causando que Diana gruñera.

—Por la luna, ¡sólo toma el dinero y ve a comprarlo tú! —exclamó Diana, extendiéndole un billete a su hermana menor.

—¿Vas a dejar que una inocente niña de diez años cruce sola la calle, entre a un local desconocido y sea secuestrada? —preguntó Zoe, haciendo un mohín.

Suspirando, Diana negó con la cabeza. Miró el local a la distancia.

—Pero… no… no quiero. —susurró Diana, sintiendo su rostro calentarse.

—Está bien, seré secuestrada, adiós. —aseguró Zoe, caminando en dirección a la cafetería y asustando a Diana.

—¡Mira a los lados antes de cruzar! —exclamó Diana, tomándola de la mano—. Y no des saltos en medio de la calle, Zoe.

La niña hizo caso omiso de lo que decía y entre saltos se adentró en la cafetería, limpiando sus zapatos en la alfombra de la entrada. Tarareó una canción mientras miraba las vitrinas de cristal, buscando su pie de limón.

—¡Pie de limón! —exclamó Zoe, volteando a mirar a Diana, que estaba en la puerta.

Zoe arqueó una ceja, sin entender por qué Diana tenía sus ojos muy abiertos, su rostro rojo, y se mantenía parada cual estatua en la puerta.

—Hola, pequeña señorita. —la voz profunda de la pelirroja tras la vitrina captó la atención de Zoe—. ¿Quieres un trozo de pie de limón?

—¡Sí, señora! —exclamó Zoe con emoción, removiéndose en su sitio.

—Enseguida. —dijo la pelirroja, sonriente.

Diana dio varios pasos en dirección a su hermana menor. Parecían bastante premeditados. Se detuvo a su lado y observó de frente a la joven de piel tostada, que al divisarla amplió su sonrisa.

—¿Qué puedo servirle a usted, señorita? —preguntó la joven, tiendo un poco al notar el nerviosismo en Diana.

—El… es… yo… quiero… —tartamudeó Diana, tragando con fuerza—… es que… el… dos… y… tú-

—Mamá, ¿por qué papá no vuelve a casa? —Interrumpiendo a su hermana, Zoe la tomó de la mano, hablándole a ella con un tono de voz melancólico—. ¿Ya no nos quiere más?

Congelada, Diana perdió todo el color de su rostro. Leona borró la sonrisa de su rostro, mirando con pesar a la pequeña, quién hizo todo por ocultar bien su risa.

—¿Q-Qué? —preguntó Diana, volteando a mirar a Zoe de forma lenta—. ¿M-Mamá?

—¿Tiene otra familia? —continuó Zoe, pegándose más a Diana.

—¡Papá está en casa y nosotras somos hermanas, Zoe! —dijo Diana, sonrojándose por completo—. ¿Q-Qué está mal contigo?

—¡Oh, es cierto! Lo olvidé de tanta hambre que tengo. —comentó con simpleza la niña, alzando sus hombros.

La risa melodiosa de la joven tras el mostrador de cristal causó que Diana alzara la mirada, encontrándose con la joven pelirroja cubriendo su boca para intentar contener la risa.

—¿Son hermanas? —preguntó a Diana una vez paró de reír.

Abriendo sus labios varias veces, sin saber qué decir, Diana sólo asintió con su cabeza, afirmando en silencio.

—¿Eres nueva por aquí, señorita? —preguntó Zoe, recargándose de Diana—. Nunca te habíamos visto por el barrio y mi hermana cree que eres muy linda.

—¡Zoe! —gruñó Diana.

—Trabajo aquí hace dos semanas ya. —contestó la joven, sacando el pie de limón de su sitio para cortar un pedazo—. Y gracias, —Clavando sus ojos en Diana, la pelirroja le sonrió —, yo también creo que ellas es muy linda, especialmente ese tono rosa en su rostro.

Zoe alzó su mirada para fijarse en Diana y soltó una risa cuando notó que, en efecto, estaba bastante sonrojada.

—Ella querrá dos alfajores, señorita. —dijo Zoe luego de reír—. Es su postre favorito.

—¿Es así? —preguntó la joven, colocando el pie de limón en un envase para llevar. Entonces volvió a mirar a Diana antes de fijarse en Zoe, quien asintió con su cabeza como respuesta—. Lo recordaré entonces.

Observando a la joven caminando por el lugar hasta obtener dos alfajores, Diana tragó con fuerza. Extendió un billete a ella para cubrir su compra y entonces bajó la mirada, escuchando el ruido de la caja registradora.

Era patética. Incluso su hermana de diez años podía sostener una conversación normal con una persona cualquiera y Diana era incapaz.

Muy patética.

—Aquí está tu cambio. —dijo la joven, extendiendo unas monedas a Diana—. Gracias por venir, pasen un excelente día.

Diana miró dentro de la bolsa de papel, que le entregó la pelirroja y arqueó una ceja. Confundida.

—Perdona. —habló Diana con apenas un hilo de voz—. Hay un alfajor adicional, sólo quería dos y hay tres.

—Oh, es sólo… —comenzó a decir la pelirroja, causando que Diana la mirara a ella—… un regalo de la casa. Así quizás vuelvas pronto, señorita.

Recibiendo un guiño por parte de la pelirroja, Diana quedó petrificada. Su corazón se agitó descontrolado en su pecho, bombeando la suficiente sangre a su rostro para que éste volviera a encontrarse por completo en un tono rojo.

Salió con prisa del lugar luego de darle una sonrisa torcida a la morena.

—Veo con mi ojo de espía intergaláctico que… —murmuró Zoe, arrebatándole la bolsa de papel a Diana—… ella parece querer tus bebés también.

Avergonzada, Diana cubrió su rostro con sus manos, sintiéndolo caliente.

Luna llena.

Diana se asomó por el borde del ventanal.

Ella estaba allí. Sonreía animada al hablar con un hombre alto que entró al lugar antes que Diana llegara.

La joven pálida se ocultó cuando la mujer dentro de la cafetería hizo un ademán de mirar en su dirección. Recargó su espalda de la pared de ladrillo, nerviosa.

Ella la había notado.

¿La vio? ¿Pensaría que era rara? ¿Creerá que la está acosando?

No, no estaba acosándola. Ella sólo… sólo era trastornada. Como en serio.

Sintió su rostro caliente.

Esa chica era hermosa. Tan hermosa que su cerebro se desconectaba apenas cruzaba su mirada con la de ella.

Sacó su mano derecha de su bolsillo, tomando el billete que le había entregado Syndra para comprar un cinnaroll.

Estúpida Syndra. Ella podía ir a la cafetería por sí misma. Pero, claramente, su mejor amiga notó la atracción de Diana por la joven que atendía la tienda apenas entraron juntas la primera vez.

Aquel era el único local dedicado a la repostería del conjunto residencial en el que vivían, así que no podía conseguir cinnarolls en otro lugar cercano, a menos que se dirigiera a la ciudad.

Esta chica había comenzado a trabajar en la cafetería de Morgana hace tres semanas ya.

Apenas Diana se fijó en ella, su pálido e inexpresivo rostro cambió por completo. Se convirtió en "una luna sangrienta", como le gustaba llamarla Syndra a la hora de burlarse de ella.

Su hermana menor tampoco tardó en notar la atracción de Diana por la empleada del local.

Y ahora, allí estaba Diana. Nami se había ido de viaje con Sarah. Syndra estaba en la plaza al otro lado de la calle. Se columpiaba en un balancín a la par de su hermana menor. Ambas la miraban con fijación. Unas sonrisas de burla se dibujaban en sus labios.

Las odiaba.

Por el amor a la luna, era una ridiculez. No iba a morir por pedir unos cinnarolls, pagar y salir.

Entró.

Continuó su camino directo al mostrador. Miró con atención las diferentes vitrinas y frunció un poco el ceño.

No había.

No había malditos roles de canela. ¡Tendría que hablarle!

Alzó su mirada, divisando a la sonriente joven de cabello castaño rojizo detrás de los mostradores, lista para tomar su orden.

Frunció el ceño lo más que pudo, intentando sostener la mirada de la joven. No pudo. Desvió sus ojos a su barbilla.

—Buenas tardes, ¿qué puedo servirle, señorita? —habló la joven de piel bronceada.

Diana sintió su rostro calentarse de nueva cuenta. Maldita Syndra. ¡Ella sabía que no había roles de canela!

La joven pálida abrió su boca.

—Ah… yo… —susurró Diana, sintiendo su última neurona morir ante la radiante sonrisa de la joven tras el mostrador. Ella era como el sol—. Roles... de canela.

Terminó por decir Diana, con nerviosismo. Notó que la sonrisa de la joven cambió por una de pesar.

—Lo lamento, en estos momentos están en el horno. —respondió la castaña, rascando un poco su barbilla debido a que Diana no paraba de mirar aquella zona de su rostro—. ¿Puedo ofrecerte algo más? ¿Un alfajor, quizás?

Diana levantó la mirada. Sus ojos violáceos se encontraron con los color avellana de la joven que estaba atendiéndole. Mordió su labio inferior con nerviosismo.

Ella recordó su postre favorito. Ella la notaba. Ella pensaba que Diana era muy linda.

Tragó con fuerza.

Era una trampa. Una trampa para que gastara su dinero. Después de todo, no había otro motivo por el que esa total desconocida recordara que ella amaba los alfajores.

Esa arpía no tendría su dinero.

—Vuelve pronto. —escuchó Diana decir a la joven antes de salir por la puerta del local.

Miró la bolsa de papel que tenía en sus manos. En el interior había una pequeña caja con el nombre de la cafetería.

La arpía tomó su dinero. Pero antes de tomarlo guardó los alfajores más frescos en la cajita de cartón que ahora poseía Diana en la bolsa de papel.

—Eres hilarante. —dijo Syndra entre risas.

Diana sólo le dio una mordida a su alfajor, masticándolo con lentitud y apreciando el sabor dulce en su boca. Era delicioso. Mihira era la ama y señora de los postres.

—¿Te sonrió? —preguntó su hermana menor a Diana, tomando un alfajor para llevárselo a la boca—. ¿Le preguntaste su número? ¿Van a tener una cita y por fin superarás a tu ex novia?

—Mi ex novia está superada. —dijo Diana entre gruñidos, mirando a Zoe en el balancín—. Y no tendremos nada porque no le pregunté nada… de nuevo.

—Pero dijiste que en luna llena t-

—¡Ya sé lo que dije, pero soy muy inepta socialmente, entiende! —se quejó Diana, masticando con fuerza.

—No sé qué es más triste. —comentó Syndra, tomando un alfajor—. El hecho de que no sólo has tenido una pareja en veintidós años, o que no puedas hablarle a una chica que te gusta.

—La segunda. —respondió Diana al instante. Mirando fijamente en dirección a la cafetería, Diana pudo ver en el interior a la joven de piel bronceada, limpiando un mostrador con avidez—. Porque nunca tendré otra pareja si no puedo hablarle a alguien que me guste.

—Ugh… me deprimes. —se quejó Syndra, negando con su cabeza—. Tú sabes… es sólo una chica que te gusta. No vas a morir sólo por ir y hablarle.

—¡Syndra tiene razón, Di! —exclamó su hermana, que parecía bastante entusiasmada… como siempre—. ¡Sólo vuelve allí y dile que la amas con la intensidad de mil soles ardientes!

—Apoyo al monstruo. Lo peor que puede pasar es que te rechace y si lo hace no será la primera ni la última persona en hacerlo. —dijo Syndra con naturalidad—. Te rechazaron en la universidad una vez antes de que entraras y ahora ahí estás… regia y proyectada.

—¡Fui rechazada porque hubo un error en mis calificaciones del último año, idiota! —reclamó Diana, enfocándose casi al instante en que escuchó esas palabras—. ¡Mi futuro académico no es una broma casual que puedas comparar con algo tan absurdo como mi vida amorosa!

—Serena, morena. —susurró Syndra, girando sus ojos—. Sólo digo… ella es linda, dijo que eres linda, recuerda tu postre favorito. Creo que también le gustas y deberías invitarla a salir.

—¡Yo n-

—¡Mira, mira! —exclamó Zoe, señalando en dirección a la cafetería—. ¡Se está yendo!

Al instante, Diana fijó su mirada en el local. Efectivamente, por el callejón que daba a la puerta de atrás, Diana vio salir a la joven. Con su celular en mano y mirada fija en él.

—Ve y háblale. —insistió Syndra—. O habrá deshonor en tu vaca targoniana, Diana.

—Y-Yo n… no puedo, no sé… ¡no puedo! —dijo Diana, sintiéndose nerviosa por la simple idea de acercarse a la joven.

—Oh, por las estrellas. —murmuró Zoe, bajando del balancín para correr en dirección a la pelirroja.

—¡Zoe, no cruces! —exclamó Diana, siguiéndola y deteniéndola de cruzar la calle al tomarla de la mano.

—¡Hey, señorita de cabello rojo que regala alfajores! —gritó Zoe. Diana se petrificó cuando la morena volteó a mirar en dirección a ambas—. ¡Mi hermana piensa que eres muy bonita y le gustaría salir en una cita contigo, besarse y hacer bebés o cosas de lesbianas!

Diana sintió su corazón latir desenfrenado en su pecho. Quería huir de allí corriendo, pero la reacción de la pelirroja la hizo quedarse estática.

—Oye, ella sonrió. —dijo Syndra, que la había alcanzado hasta la acera de la plaza.

La pelirroja se dio la vuelta y por un instante el corazón de Diana se detuvo, así como ella pudo escuchar como si se rompiera en el interior de su pecho.

Entonces ella volvió a girarse. Esperó que un auto pasara y comenzó a cruzar la calle, dirigiéndose al trío. Cada músculo de Diana comenzó a tensarse apenas la vio dirigirse a ella.

—Oh, no… ¿qué hiciste, monstruo? —preguntó Syndra en un susurro.

—Conseguirle una cita a mi hermana. —murmuró Zoe como respuesta, abrazándose a Diana, que a su vez apretó su agarre en la mano de Zoe—. O eso creo.

El aroma a cítricos que desprendía la pelirroja golpeó los sentidos de Diana, que mordió su labio inferior con nerviosismo.

Cuando la joven se detuvo frente a ella, tanto Syndra como Zoe desaparecieron para Diana.

La observó con detenimiento, respirando de forma entrecortada mientras la pelirroja dejaba un papel finamente doblado en uno de los bolsillos de su camisa de cuadros. La vio abrir su boca.

—También me gustaría tener una cita contigo, linda. —dijo la joven con detenimiento y Diana soltó un suspiro, relajándose—. Tengo libre el domingo, esperaré con ansias tu llamada.

Palpando el bolsillo de Diana, la joven mordió sus labios de forma sugestiva para ella, sonriendo al notar el gesto de estupefacción de Diana.

Y así ella se dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección a la parada de autobús más cercana. Todo bajo la impresionada mirada de Zoe y Syndra.

Diana continuaba en su mundo. Intentaba memorizar el aroma de la joven, el color de sus ojos, el tono de su piel, su cabello entre rojo y anaranjado.

—No… puedo… creerlo. —murmuró Syndra, que no salía de su sorpresa.


Holiwis uwur

Sólo vine a actualizar y ya mero me voy a dormir porque la vida es dura y algunos trabajamos los domingos y aquí en Chile ya es domingo :"v

Me gustaría responder a los comentarios uno por uno, pero son las 2 am y terminé de escribir esto hace nada y creo que es perfecto y ahuevo lo subí ya y me voy a dormir xd así que responderé en general: no, no me gusta el KataLux para nada (= gracias por sus recomendaciones, pero soy el tipo de persona que, si shipea algo, lo shipea POR SIEMPRE.Y bueno, a mí me encanta el Garen x Katarina xd es canon y es precioso y en LoR es oficial, así como mi poderosisimo Diana x Leona.

Listo, sentí la necesidad de aclararlo xd

Se me cuidan, saludos cordiales.

Goddess of Luminosity.