—Hola, soy Diana, dijiste que tenías libre hoy, así que, por eso yo… yo… la verdad es… que yo… ¡tengo un trastorno! —exclamó Diana, golpeando la mesa que las dividía a ella y a su acompañante, quien la miró desconcertada—. ¡Odio a la gente! Bueno, no… odio el rechazo, odio sentirme rechazada y juzgada. No te odio. Me atraes, me atraes mucho… como un tonto alfiler es arrastrado hacia un imán. Y quiero conocerte, lo cual es raro, porque odio conversar. Pero tú eres bonita y aunque muero de miedo por decir esto… yo… la verdad es que... ¡quiero salir contigo!

La joven alzó una de sus cejas, negando con su cabeza.

—¿Por qué carajo lo primero que le dirías a la chica que te gusta es que estás trastornada? —preguntó Syndra, sorbiendo un poco de su gaseosa—. Huirá.

—Definitivamente. —dijo Nami, reflejada en la pantalla del teléfono de Syndra—. ¿Por qué no comienzas con algo más casual y menos personal?

—Sí, ¿qué tal si hablan del mar? ¿Te gusta la playa? —preguntó Sarah, a un lado de Nami.

—Me gusta la marea… —comenzó a decir Diana.

—Oh, no. —gruñó Syndra entredientes.

—… porque es atraída por la gravedad de la luna. Y la luna es… —continuó diciendo Diana, suspirando—… increíble.

—Mejor habla de que tu ex te dejó trastornada. —dijo Syndra, girando sus ojos—. La luna es aburrida.

—Tu heterosexualidad es aburrida, idiota. —se quejó Diana, frunciendo el ceño.

—Confirmo. —murmuró Sarah, riendo un poco.

—No tengo culpa de que no les gusten los hombres, lesbianas. —se defendió Syndra.

—Estamos en el siglo veintiuno, Syndra, nadie quiere a los hombres. —dijo Nami, haciendo reír a Diana y a Sarah—. Exceptuando a las heteronormadas como tú.

—Estábamos hablando de Diana y esa chica Leona, idiota, no de mí y mi sexualidad. —se quejó Syndra, girando sus ojos—. Pero si así lo prefieren, quiero decirles que, finalmente, Zed y yo-

—Volvimos para siempre esta vez. —dijeron sus tres amigas al unísono.

—He dicho esto tantas veces. —dijo Diana.

—Pero, ¿qué significa para ti? —la siguió Sarah, soltando una risa.

—¿Hotel? Trivago. —comentó Nami, luego de una carcajada—. ¿Pareja forzada? Zed y Syndra.

La joven rubia frunció el ceño, manteniéndose seria entre las risas de sus amigas en su teléfono, así como la de Diana frente a ella. Esperó pacientemente a que las tres pararan de reírse para volver a hablar.

—Creí que estábamos hablando de Diana y su crush, la mesera. —dijo Syndra, ignorando los comentarios anteriores—. Se me ocurrió que si no haces un desastre el domingo, quizás luego podrías invitarla a mi grandiosa fiesta de verano el sábado. Hablan en mi habitación, beben un par de tragos, se besan o algo. Cuando bebes eres un poco más sociable.

—Es cierto, una vez incluso le entraste al karaoke. —dijo Nami, soltando una risa—. Y creo que podremos asistir, volveremos el viernes. Aunque estaré algo cansada por el viaje en avión.

—Estarás cansada por otra cosa, nena. —dijo Sarah.

Acto seguido, Syndra y Diana escucharon el ruido producido por la palmada que acababa de recibir su amiga en el trasero por parte de Sarah.

El gemido de Nami fue suficiente para que Syndra colgara al instante.

La rubia hizo un gesto de asco, mientras que Diana sólo miraba su teléfono en su mano derecha. En la izquierda tenía el papel con el número de la chica, junto con su nombre en él.

Leona.

¿No era un nombre algo raro para una mujer? Había escuchado de hombres que se llamaban León, pero ¿Leona? Nunca antes.

—¿Qué hacen las lesbianas? —preguntó Syndra, arrugando el ceño—. ¿Se meten la lengua? ¿No es muy corta? ¿Cómo pueden decir que es tan placentero sentir algo de unos cinco centímetros en tu vagina? O dos dedos… es patético.

Diana pestañeó un par de veces. De forma lenta, despegó la mirada del trozo de papel en su mano, dirigiéndola hasta Syndra. La forma en que Diana miró a su amiga por varios segundos, en completo silencio, causó intriga en Syndra.

—¿Qué? —preguntó Syndra.

—¿Nunca te han hecho un oral? —indagó Diana, completamente seria—. ¿Ni siquiera Zed?

El rostro de Syndra comenzó a tomar un tono rojo de forma paulatina, hasta que la rubia se encontró sonrojada por completo.

—Eso no… es… ¡¿qué carajo te importa eso, Diana?! —terminó por exclamar la rubia, levantándose de su lugar.

—No me importa, pero… tu comentario me dio a entender muchas cosas. —dijo Diana, mirando cómo Syndra abría otra soda—. El porqué cambias de novio cada semana o te acuestas con chicos al azar en fiest-

—Cierra la maldita boca. —dijo Syndra con enojo, dándole un largo trago a su bebida—. Mi vida sexual es privada y definitivamente no quiero compartirla contigo.

—Te conozco desde hace mucho. —dijo Diana, intentando no ofender a su amiga—. Incluso me dijiste de esa vez que Zed te pidió hacerlo por-

—¡Sí, Diana, pero no por eso voy a contarte toda mi vida sexual! —dijo Syndra con algo de enojo—. Además fue sólo una vez, no me gustó y él no lo pidió otra vez.

—¿De verdad? —preguntó Diana, dudosa.

Syndra volvió a darle un largo sorbo a su bebida, desviando su mirada de Diana. Tragó con fuerza, manteniéndose callada.

Diana dedujo que sus sospechas eran ciertas.

—¡Syndra! —gruñó Diana con enojo.

—¡Diana! —exclamó Syndra, intentando mostrarse enfadada—. El sexo heterosexual no es como el lésbico, ¿ok?

—Eso no tiene que ver con tijeras, tiene que ver con consentimiento y gustos. —dijo Diana, cruzando sus brazos por encima de la mesa—. Si no te gusta algo sólo debes decirlo y ya, si reacciona mal, que busque a otra.

—Bueno, ese es el motivo por el que rompimos… hace dos meses. —murmuró Syndra, bajando la mirada—. Pero el dij-

—Dijo que no lo volvería a hacer, sí. —gruñó Diana con enojo—. La verdad no entiendo por qué vuelves con él. Sólo busca a alguien más. Él no te ama y tú no lo amas.

—¿A quién le importa el amor, Diana? —preguntó Syndra, desdeñosa—. Tengo veintidós años, me importa el poder, el dinero y el sexo.

—¡Ya tienes todo eso! —insistió Diana—. Tus padres tienen dinero y políticamente hablando tienen poder. Y… bueno, nunca te han hecho un oral, así que… no es como que hayas tenido buen sexo, en realid-

—¡Olvida lo del sexo, por los Dioses! —gruñó Syndra, exasperada—. Escucha, somos jóvenes, Diana. Pero no somos unas niñas como para creer en el amor y todas esas tonterías de las que hablan tú y Nami.

—Pero ella tiene a Sarah desde hace tres años.—refutó Diana—. Y estoy muy segura que se aman y son felices… y… y me gustaría eso para ti también, Syndra.

Suspirando con pesadez, Syndra negó con su cabeza.

—Esta es la vida real, Diana. ¿Acaso olvidas las peleas que tienen algunas veces? ¿Olvidas las veces que Sarah coquetea descaradamente con otras personas frente a Nami? —preguntó Syndra, cruzando sus piernas en su lugar—. No es amor, es un capricho muy duradero de Nami, nada más.

—Pero Sarah conoce a sus padres, y Nami fue a conocer a su madre. —murmuró Diana, revisando en su teléfono las redes de Sarah, encontrando sus fotos con su mejor amiga—. Es algo muy formal y… no lo sé. Ella ama a Nami… si no lo hiciera, ¿por qué es la única persona con la que ha estado tanto tiempo?

—Diana, despierta. —se quejó Syndra, usando la cámara frontal de su teléfono para mirar su maquillaje—. Sarah está con Nami por un propósito. Nami prácticamente es quien evita que ella sea una vagabunda de mala muerte. ¿Quién crees que compró sus máquinas de tatuar y repone sus tintas?

Diana guardó silencio por un momento. Tenía entendido que fue un regalo de cumpleaños que Nami le hizo a Sarah para reponer la que se había dañado. Y le repuso las tintas que Sarah había gastado en el tatuaje de Syndra… quien no lo pagó.

—Las relaciones funcionan así. —volvió a hablar Syndra, buscando con su mirada su cosmetiquero—. Zed me ve como la escalera a la grandeza que necesita para alcanzar sus objetivos por mi dinero. Y yo sólo quiero un novio popular que combine con mi bolso. Estamos destinados a estar juntos, justo como Sarah y Nami.

Diana se mantuvo en silencio, mirando a su amiga tomarse fotos para subirlas a sus redes sociales.

Suspiró con pesar.

Algunas veces no entendía a Syndra.

Diana aún recordaba la primera vez que Zed había engañado a su mejor amiga. Syndra lloró por tres semanas completas. Si no lloraba en casa de Diana, lo hacía en casa de Nami.

Eventualmente, su amiga comenzó a volverse más fría. Comenzó a hacer fiestas, a acostarse con desconocidos por una noche, conseguir citas por internet. Sólo porque sus padres insistieron en que Zed debía ser su pareja por ser joniano ella volvió a aceptar ser su novia dos años atrás.

Desde entonces, su relación duraba breves semanas antes de que Syndra volviera a sus nuevas andanzas y Zed a las suyas.

Diana ignoraba si a Zed le importaba, aunque estaba muy segura de que no, pues como Syndra había dicho, él la veía como un recurso para alcanzar el tope de la escalera social.

Algunas veces Diana le agradecía a la luna. O a quien sea que esté arriba.

Cuando salió del closet con sus padres tenía quince años y ellos ni siquiera se inmutaron. Su padre dijo algo de que lo sospechaba y su madre, aunque la llamó hereje, no se mostró enojada ni asqueada, más bien parecía aliviada.

Ellos nunca le reclamaban ni exigían nada. De todas formas no había nada de qué quejarse, pues Diana siempre había sido una hija intachable. Calificaciones perfectas, asistencia perfecta, cero escándalos sociales por drogas o alcohol.

Por supuesto que luego descubrieron que se debía a su trastorno de la personalidad por evitación.

La sola idea de que sus padres o desconocidos hablaran cosas negativas de ella a sus espaldas le aterraba. Ser juzgada, señalada o recriminada era el peor de los miedos para ella. Por eso sólo podía ser perfecta.

O casi perfecta.

Su más secreto y pequeño defecto era su poco deseo de socializar. Casi nulo, de hecho.

Le costaba mucho iniciar una conversación con alguien desconocido y le aterraba pensar que si hacía algo extraño la juzgaría.

Para mantener una conversación, antes tenía que haber pensado en todas las posibilidades de lo que hablaría con la persona. Tenía que tener un guión escrito en su mente antes de dirigirse a hablar con alguien, fuera quien fuera.

Por eso estaba allí con Syndra.

Cuando su amiga terminó su pequeña sesión fotográfica, tomó una libreta que estaba sobre la mesa que las dividía. Escribió algo en ella.

—Son las dos en punto, Morgana dijo que ella tenía su descanso ahora. ¿Lista? —preguntó Syndra, sonriendo con malicia.

Dudosa, Diana asintió con su cabeza.

—Eso creo… —respondió Diana, entregándole su celular a su mejor amiga—. Hazlo antes de que me arrepienta.

—Perfecto. —susurró Syndra.

Marcando en el teléfono de Diana, Syndra llamó al número que era del interés de su amiga, quien comenzó a jugar con el pequeño papel en sus manos, nerviosa.

Syndra colocó el altavoz y ambas escucharon los pitidos de la llamada.

Uno. Dos. Tres.

Diana acercó su mano para colgar, pero justo en ese momento la llamada entró.

—¿Hola? —la voz que Diana reconoció como la de Leona se oyó al otro lado de la línea—. ¿Quién es?

Diana miró a Syndra, asustada. Su amiga le mostró la libreta y ella sólo lo leyó en su mente. No era muy difícil.

—¡Hola! Soy número, la chica a la que le diste tu Diana. —habló con rapidez, causando que Syndra riera.

Golpeando su frente, Diana quiso colgar, pero Syndra la detuvo.

—¿Perdón? —escucharon la voz dudosa de Leona.

—Sólo cálmate, idiota. —susurró Syndra, moviendo la libreta en sus manos—. Lee como si fuera un ensayo o algo.

Respirando precipitada, Diana intentó controlar su corazón, que se había acelerado desde el momento en que Leona contestó.

—Soy… Diana. —dijo con lentitud—. Tú me diste tu número y… yo… eso.

—Oh, la chica que cree que soy linda. —escuchó Diana, ganando un tono rosa en sus mejillas—. Qué halago que llamaras.

Al instante, Syndra garabateó algo en la libreta que luego le mostró a Diana.

—Ah… sí, yo… la verdad… tú… —murmuró Diana, logrando que Leona apenas escuchara su voz en la distancia—… tú me... interesas mucho y… sí, creo que eres linda.

Escucharon la risa de la joven al otro lado de la línea. Syndra giró sus ojos, Diana sonrió un poco.

—Pues, Diana, también creo que eres muy linda. —dijo Leona, causando que Diana se sonrojara por completo—. Dime, ¿acaso tienes ese hermoso tono rosa en tus mejillas ahora mismo? Moriría por verlo.

De nuevo, Syndra garabateó en la libreta. Diana leyó lo que decía en la hoja de papel.

—Yo… ah… quizás… ¿pueda pasar a verte? —dijo Diana, dudosa.

Leona permaneció en silencio por unos segundos y Diana se removió ansiosa en su sitio.

—Justo ahora estoy en mi descanso, tengo una hora para comer y luego volveré a trabajar. —dijo Leona. Diana se sintió más nerviosa que antes—. Puedo comer en treinta minutos y verte en la plaza frente a la cafetería, ¿funciona para ti?

Con prisa Syndra escribió en la libreta mientras asentía con su cabeza. Lo escrito en la hoja no era ninguna sorpresa para Diana.

—De… definitivamente, sí. —afirmó Diana, asintiendo con su cabeza también.

—Perfecto. Te veo en treinta minutos, Diana. —dijo Leona y Diana se removió en su silla.

—Por supuesto, sí. Te veré. —respondió Diana, sin esperar a que Syndra le mostrara la libreta. La llamada fue finalizada por Leona y Diana tomó su teléfono con prisa—. Debo irm-

—¡Alto ahí, hija de la luna! —exclamó Syndra, causando que Diana permaneciera inmóvil en su sitio—. ¿Qué le dirás?

Diana mantuvo su boca cerrada.

No lo sabía. Quizás podía escribirle que mejor no se vieran. O podría responderle por mensajes… mientras la tenía justo al frente.

Era factible.

—Eso pensé. —dijo Syndra, arqueando una ceja—. No es muy difícil, Diana. Cuando salgo con un chico y finjo que me interesa, ellos suelen preguntarme las cosas que me gustan. Ya sabes, si respondo que ir de shopping, ellos me preguntan qué compro, cuáles malls frecuento. —Syndra le dio un sorbo a su soda mientras Diana asentía con su cabeza, anotando todo en su teléfono—. Si menciono uno que conozcan me invitan a ir allí por un helado porque casualmente tiene una heladería excelente. Y la conversación fluye.

—¿Qué quieres decir con que fluye? —indagó Diana, alzando la mirada—. ¿Qué hago si se queda callada? ¿Y si no tengo nada más que decir? ¿Y si no entiendo de lo que me está hablando? ¡¿Y si practica la fe solari?!

—¿Aún hay personas que practiquen la fe solari? —preguntó Syndra, sorprendida. Diana sólo asintió con su cabeza como respuesta—. Pero el sol sólo es una tonta estrella que arruina mi perfecta y blanca piel.

—¡Los terraplanistas existen también, Syndra! —exclamó Diana, recargándose de la mesa que las separaba—. Me desmayaré.

—A-Ajá. Primero que nada, la gente debería de terminar la primaria, como mínimo, antes de crear religiones o teorías absurdas. —dijo Syndra, buscando en su teléfono si lo que decía Diana era cierto—. Y segundo, con fluir quiero decir que te dejes llevar por el momento.

—¡Estoy trastornada, Syndra, no puedo! —exclamó Diana, golpeando la mesa y asustando a su amiga—. No puedo iniciar una conversación con alguien sin sentir que me odia y me juzga y quiere que me vaya, ¡mírate, incluso tú quieres que me vaya para siempre de tu vida porque estoy loca!

—De hecho, preferiría que te quedes y me hicieras una sesión de fotos para Instagram. —habló Syndra con cautela, tratando de aligerar el ambiente con Diana—. Syndra veraniega ha llegado a la grieta, nena.

—¡Esto es serio, ella me va a odiar! —dijo Diana, llevando sus manos a su rostro—. Va a pensar que estoy loca y se irá, justo como Alune y cualquier persona que no comprende que no soy yo, es mi cabeza y-

—¡Ya basta, Diana! —exclamó Syndra, levantándose de su lugar para tomar por los hombros a su amiga, agitándola un poco—. ¡Si ella no te habla más, pues ella se lo pierde! Y si Alune te dejó es porque es una imbécil, no podía entender que tú eres grandiosa, sólo necesitas sentirte cómoda antes de hablar y hacer… cosas de lesbianas y así.

—¡Pero ella me amaba! Y yo… mi cabeza… me hizo creer que me odiaba y terminé destruyendo mi relación y… y… ¡¿y si sucede de nuevo?! —preguntó Diana exasperada, causando que Syndra la mirara con pesar—. ¡¿Y si hago que Leona me odie?!

Permaneciendo en silencio, Syndra meditó su respuesta.

Incluso a ella le había costado mucho tiempo entender a Diana. Se conocían desde que se mudó a Targón, cuando ambas tenían nueve años.

Tenía que admitir que si no fuera por Nami quizás Diana no tendría amigos, pues Syndra se habría aburrido de intentar iniciar conversación con Diana todo el tiempo, sólo para ser rechazada.

Ahora, no conocía a esa tal Leona. No tenía idea si sólo quería divertirse con Diana o si de verdad le interesaba, sólo el tiempo lo diría. Pero estaba segura de que si le rompía el corazón o se burlaba de su amiga, sobornaría a Kayle para que le insistiera a su mamá hasta que Mihira la echara de la cafetería.

Nadie se metía con su mejor amiga.

—Escucha, Diana… ella no es la única pelirroja bronceada del mundo, ¿bien? Ni siquiera la conoces, por los dioses. —susurró Syndra, tratando de hablar en el tono más apacible que pudo—. Sólo date la oportunidad de conversar con ella y yo-

—Per-

—Yo iré contigo, estaré lejos. —dijo Syndra con prisa, interrumpiendo a su amiga—. Si te sientes incómoda, sólo te rascas la oreja y yo te llamaré. Te diré que algo urgente sucedió, que vengas a mi casa y huiremos de ahí, ¿bien?

Diana miró por un momento a Syndra. Su amiga le sonreía de forma reconfortante, acariciando un poco sus hombros con parsimonia.

Suspiró, sonriendo un poco.

—Bien. Lo haré. —respondió Diana, con seguridad—. Pero no te alejes mucho ni te distraigas.

—Por supuesto que no, idiota. —aseguró Syndra, dándole un jalón a la mejilla derecha de Diana—. Buscaré mi cartera y retocaré mi maquillaje porque me veo terrible, espérame.

Diana sólo observó a su amiga caminando de vuelta a la enorme casa en la que vivía, perdiéndola de vista cuando entró por la puerta corrediza que le daba acceso al jardín.

Soltó una bocanada de aire, desbloqueando su teléfono para mirar el contacto de Leona en él. Supuso que Leona había guardado su número, pues ahora podía ver su foto

Su corazón dio un vuelco al abrir la foto.

Leona estaba sonriéndole a la cámara. Parecía bastante emocionada, su sonrisa le transmitía felicidad y sus ojos cerrados se curvaban cual caricatura joniana, así como sus mejillas se veían algo sonrosadas. Estaba en una multitud de gente. A su lado estaba un hombre moreno con barba, que mostraba una mano cornuta a la cámara.

Diana logró reconocer el logo de la banda en la camiseta negra que tenían ambos.

Ella escuchaba Pentakill.

Quizás podía usar eso, así cómo Syndra le dijo que sus pretendientes usaban los malls que frecuentaban para buscarle conversación.

Si ese fue el concierto del último álbum entonces las posibilidades de que hubiera conocido a Leona antes eran increíblemente grandes, pues Diana, Nami, Sarah, Syndra y Kayle estuvieron allí. En primera fila, por supuesto.

Podrían hablar de sus canciones preferidas. Incluso de los últimos singles que había estrenado la banda vía streaming.

Observó su estado de WhatsApp y al instante el rostro de Diana perdió el color.

"Sólo ardiendo podrás brillar como el sol."

Quizás era sólo una frase al azar. Muchas personas lo hacían en sus redes sociales. Como la vez que Syndra posteó en Instagram una foto de su bota mientras alguien la lamía. "Son sólo seres inferiores".

A Diana le sorprendió cómo, en lugar de perder seguidores, se le duplicaron.

Las personas son extrañas para Diana.

—¿Vamos? —la voz de su amiga la sacó de sus pensamientos y Diana alzó la mirada—. ¿Todo bien, Di?

—Sí, claro… vamos. —susurró Diana, volviendo a mirar su teléfono para darse cuenta que estuvo casi diez minutos sólo mirando la foto de Leona—. ¿Sabes? Ella escucha Pentakill.

—Diana, por favor… todo el mundo escucha Pentakill. —aseguró Syndra, dirigiéndose al antejardín mientras Diana la seguía—. Incluso Morgana, aunque lo niegue.

—La verdad prefiero K/DA. —dijo Diana, chocando con Syndra cuando ella se detuvo abruptamente—. ¿Qué es?

—No estamos teniendo esta conversación, Diana. —gruñó Syndra.

Caminaron por unos minutos hasta estar en la plaza del conjunto residencial.

Los nervios comenzaron a invadir a Diana desde que la cafetería estuvo en su campo de visión. Comenzó a sudar, lo que la obligó a quitarse su camisa de cuadros para entregársela a Syndra, quedando sólo en una camiseta de tirantes negra que se adhería a su cuerpo.

Diana se sentó en una banca frente a la cafetería, sintiendo su estómago removerse.

—Muy bien. —comenzó a decir Syndra—. Tú espérala aquí, no falta mucho. Yo estaré detrás de aquel árbol.

—¿Lograrás ver si me rasco la oreja? —preguntó Diana, preocupada.

—Sí, Diana, lograré verlo. ¡Ahora quédate aquí y actúa normal! —se quejó Syndra, alejándose de Diana.

—¡Pero no soy normal! —exclamó Diana, insegura.

Suspirando, Diana se removió en su lugar.

Comenzó a arreglar su cabello para divagar un poco, valiéndose de la cámara frontal de su teléfono celular. Notó que sus raíces comenzaban a notarse y pensó en que tendría que teñirlo de nuevo pronto.

Deseó retocar su maquillaje, pero apenas y salió con su billetera. Tampoco había mucho que retocar pues ella sólo usaba algo de sombra y delineador.

¿Qué si a Leona le gustaban las chicas "femeninas"?

Diana no era exactamente femenina. Se retocaba, sí. A veces se ponía labial negro. Pero no era como Syndra o Sarah, ellas morían si salían sin maquillaje.

¿Le gustaban poco afeminadas? ¿Altas? ¿Y si Diana no tenía las medidas que le gustaban? ¿O si no era lo suficientemente alta? ¿Y si no se arreglaba lo necesario? ¿O si se arreglaba demasiado? ¡¿Y si no llegaba?!

—¿Te tomas una selfie? —Diana dio un salto en su lugar, dejando caer su teléfono al suelo—. ¡Wow! Lo siento, no pretendía asustarte.

Diana se inclinó para tomar su teléfono y, al mismo tiempo, Leona se agachó para hacer lo mismo. Ambas terminaron tocando sus manos al intentar tomar el objeto.

El rostro de Diana ganó un tono rojo al instante. Alejándose de su teléfono y de Leona, la chica pálida se deslizó por la banca hasta encontrarse en un costado de la misma, lejos de Leona.

La morena tomó el celular y se irguió en su sitio.

Diana lo vio en cámara lenta.

Ella levantando su torso. Tenía una polera de tirantes con cuello bajo por lo que Diana incluso pudo ver el sujetador negro debajo de su ropa… y la forma de sus pechos. Leona agitó su cabeza para que su cabello anaranjado quedara detrás de su hombro y Diana pudo jurar ver cada hebra de su cabello agitándose en el aire con delicadeza hasta estar en su espalda.

Leona sonrió, extendiéndole el teléfono a Diana, que mantenía sus manos en su pecho. Un rayo de luz del sol pareció iluminar a la morena en el momento en que le habló.

—Aquí tienes, lo lamento mucho. —dijo Leona con algo de pena.

Diana permaneció en silencio por unos instantes, hasta que logró ver a Syndra tras un árbol a espaldas de Leona. Su amiga le hacía unas señales con las manos que no logró comprender, por lo que Diana alzó una ceja.

Leona la imitó al verla confundida e intentó mirar en la misma dirección que Diana. Sin embargo, la peliblanca actuó por instinto y tomó su teléfono con prisa, evitando que Leona volteara a mirar.

—¡Muchas gracias! —exclamó Diana, confundiendo a la morena—. Yo… tú… ¡estás aquí!

—Sí, y tú estás aquí también. —habló Leona, sentándose a un lado de Diana en la banca y causando que su corazón se agitara en su pecho sin control—. Sabía que tendrías ese lindo tono rosa en tu rostro.

Bajando su mirada, Diana se sintió tonta al no poder controlar el calor que ascendía de su cuello hasta sus mejillas.

Carraspeando, Diana extendió su mano a Leona a manera de saludo.

—C-Creo que no… no nos hemos… presentado bien. —dijo la chica pálida con apenas un hilo de voz—. Soy Diana Koray.

Leona la miró con curiosidad. Ella lucía bastante nerviosa.

Sonriendo con amabilidad, Leona tomó su mano, sintiendo el sudor que resbalaba de ella.

—Leona Rakkor. Es un placer conocerte por fin, Diana. —saludó Leona, cordial—. Debo confesarte que le insistí tanto a Morgana que ella terminó por decirme un par de cosas acerca de ti.

—¡¿Ella qué?! —exclamó Diana, sintiendo su pulso descontrolarse al instante—. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? Ella… es… yo… ¿q-qué te dijo?

Notando el nerviosismo de Diana, Leona sonrió. Le parecía bastante tierna.

—Dijo que eras muy inteligente, que te gusta la luna, leer, la lluvia, prefieres el invierno, odias el calor, tienes una hermana menor; a quien conozco; y te fascina la historia. —dijo Leona, enumerando con sus dedos lo que decía. Se acercó más a Diana en la banca, causando que la chica pálida apretara su teléfono en sus manos—. También dijo que estás soltera.

—¿Q-Qué? —preguntó Diana, sintiéndose al borde de un colapso por la poca distancia que guardaba Leona—. Yo… sí, per-

—Bueno, seré honesta contigo. —dijo Leona sonriéndole con coquetería—. También estoy interesada en ti, Diana.

Su nerviosismo aumentó. Diana sintió su corazón agitarse en su pecho de forma descontrolada.

—¿E-En mí? ¿Tú? Pero… no me… —Diana guardó silencio unos instantes. Bajó la mirada, dudosa de lo que diría a continuación—. No soy… yo… la verdad, no soy buena conociendo gente nueva.

Leona cambió por completo su expresión cuando notó el cambio repentino en Diana, que al instante parecía bastante avergonzada y deprimida.

Diana se removió un poco, intentando alivianar la tensión que comenzó a formarse en sus músculos debido a su inseguridad. Sintió sus manos temblando y mordió su labio inferior intentando detener el temblor que comenzaba a crecer.

Su respiración se agitó.

¿Qué si no era lo suficientemente interesante? ¿Y si no le atraía? ¿Si se daba cuenta que estaba trastornada y no estaba lista para comprometerse de forma emocional con alguien que se deprimía gracias a la soledad que ella misma se imponía?

Diana se negó a alzar la mirada cuando el temblor se extendió por su cuerpo y era bastante notable.

Syndra, detrás del árbol, estaba dispuesta a acercarse a su amiga cuando notó el claro temblor en su cuerpo.

Entonces, Leona se alejó un poco de Diana en la banca. Un calor invadió su pecho y por un momento pensó que Diana parecía un pequeño gatito perdido, buscando su lugar en el mundo cruel que le rodeaba. Necesitando protección.

—Me gusta la pizza. —dijo Leona, llamando la atención de Diana, que alzó un poco la mirada—. ¡Me encanta! Sivir, mi compañera de piso, trabaja como repartidora y su jefe es tan cool. Los viernes le regala una mediana de pepperoni y la trae a nuestro depa caliente.

Diana pestañeó un par de veces, sin saber qué decir. Permaneció en silencio, sentada a un lado de Leona en la banca, mirándola fijamente a la espera de algo más.

¿Por qué de repente Leona hablaba de eso? No podía entenderlo.

Su temblor disminuyó un poco.

—Vivo en el centro de la ciudad, así que tomo metro y bus para venir a trabajar. Pero está bien, porque Morgana y Kayle me dejan usar las propinas como pasaje. —Volvió a decir Leona, acomodándose en su lugar en la banca para estar sentada en una posición más cómoda—. Estudio arquitectura en la universidad Solari de Targon, tengo una beca por mis calificaciones. Me encanta hacer deporte. Me levanto todos los días a las seis de la mañana para ir a trotar una hora, luego vuelvo a casa, me ducho y oficialmente mi día inicia a las siete y treinta. Me voy a dormir a las diez en punto, así que, si intentas escribirme a las diez y un minuto, te advierto que me duermo rápido y hay muchas probabilidades de que no responda. Vivo con mi tío desde hace casi siete años, pero decidí vivir sola hace un año y trabajar para ser un poco más independiente-

—¿Por qué? —preguntó Diana, interesada—. ¿Por qué vivías con tu tío?

Todo el nerviosismo que había sentido Diana desde el primer momento en que Leona se sentó a su lado había desaparecido sin que Diana se hubiera dado cuenta.

Algo en la morena le inspiraba paz y confianza.

La sonrisa que había mantenido Leona desde que comenzó a hablar flaqueó un poco, así como el brillo que parecía irradiar se opacó unos segundos. Sin embargo, ella volvió a sonreír.

Recargó su hombro del de Diana, en una especie de gesto amistoso.

—Esa es una historia para otro día. —comentó Leona, como si estuviera tratando de aligerar el ambiente—. ¿Qué hay de ti? ¿Te gusta la pizza o sólo comes alfajores?

Diana soltó una pequeña risa, negando con su cabeza.

—Me gusta la pizza… pero mi mamá está obsesionada con mantener la figura, así que sólo comemos cosas ligeras, cero grasa. —dijo Diana, sin darse cuenta de que su nerviosismo se había esfumado—. Vengo aquí con Zoe para liberarnos del estrés de tener una mamá que es médico y dice que todo nos va a matar.

Fue el turno de Leona para reír. Diana la imitó segundos después. Syndra arqueó una ceja desde detrás del árbol.

¿Quién era esa y dónde estaba la Diana nerviosa que conocía?

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que no comes una pizza? —preguntó Leona, causando que Diana contara con sus dedos.

—Como… tres años. No lo sé. Ahora el sabor de la pizza sólo vive en mi memoria. —dijo Diana, agachando un poco su cabeza.

—¡No hay manera! —exclamó Leona entre risas—. Eres una pobre alma en desgracia.

—No voy a negar eso. —murmuró Diana, riendo un poco.

—Está decidido entonces. —dijo Leona, acercándose a Diana—. Te llevaré a la mejor pizzería de la ciudad el domingo. Yo pago.

Alzando la mirada, Diana se encontró con el rostro de Leona bastante cerca del suyo, lo que causó que se sonrojara un poco. Carraspeando, Diana echó su torso hacia atrás, manteniendo algo de distancia de Leona.

—¿D-De verdad? —preguntó Diana, sintiendo sus mejillas arder—. ¿Quieres salir conmigo?

Observando el nerviosismo de Diana, Leona sonrió con amabilidad.

Esa chica iba a matarla de ternura.

—¿Quién en el mundo no querría salir contigo? —preguntó Leona, apartando un mechón blanco del cabello de Diana de su rostro—. Incluso puedo pagar tu pasaje… creo… tengo que meditarlo con la almohada, porque quiz-

—¡Tengo auto! —dijo Diana con rapidez, sorprendiendo a Leona.

Leona permaneció en silencio con sus labios abiertos. Diana se asustó. Cuando le dijo a Alune que sus padres le habían regalado un auto, ella la juzgo, la llamó niña mimada y desde entonces Diana no había querido manejarlo.

Quizás Leona pensaría lo mismo.

—E-Es decir… así tú no… no gastarías en… pasaje. —murmuró Diana, bajando la voz a medida que hablaba—. Sólo si quieres… yo… puedo… pasar por ti.

El rostro de Leona se iluminó y sus ojos brillaron cual estrella en el cielo.

—¡¿Tienes auto?! —preguntó Leona, emocionada.

La morena se inclinó más en dirección a Diana, que sintió su corazón acelerarse por la cercanía de su acompañante.

La peliblanca miró confundida a Leona. No esperaba esa reacción de parte de ella.

—Eh… sí… yo… no es mío, bueno… sí es mío… pero… lo compraron mis padres y… yo… —murmuró Diana, nerviosa—… yo… tengo… ¿te molesta?

El gesto de Leona cambió por uno de confusión. Soltó una risa, negando con su cabeza.

—¿Molestarme? ¡Eso es increíble! Podremos pasar también por un helado y hacer cosas ilegales juntas. —dijo Leona, sonriéndole con complicidad a Diana, que la miró consternada—. Como carreras clandestinas o parkear en un sitio para discapacitados.

El tono en que Leona dijo aquello causó que Diana ganara de nuevo un tono rosa en sus mejillas.

—T-Te llevaré a donde quieras ir. —respondió Diana con nerviosismo—. Mientras no hagamos nada ilegal… o mis padres me matarían.

—Aaaawww, eso es aburrido. —Leona le dio un pequeño empujón a Diana a modo de juego y ella sólo se mantuvo sonrojada en su sitio—. De todos modos, ¡te prometo que ese es el mejor lugar para comer pizza! Incluso venden una enorme que si puedes acabar con un acompañante te sale gratis.

—¿Q-Qué? —indagó Diana, confundida.

—¡Pediremos esa! —exclamó Leona, acercándose más a Diana en la banca—. Le anexaremos tantos ingredientes como queramos y comeremos cuanto podamos. Luego podríamos ir al museo de Targón, ¿te gustaría?

Diana sólo asintió con su cabeza, nerviosa.

—¡Genial! Después iremos por un helado, caminaremos al pie de la montaña, hablaremos… aunque… me di cuenta que no eres muy buena con eso. —continuó diciendo Leona—. Pero está bien, puedo hablar y si quieres decir algo te escucharé. Justo como ahora, ¿te parece?

Leona miró fijamente a Diana. Su sonrisa brillante cautivó por completo a la peliblanca, que sintió como si una flecha estuviera clavándose justo en su pecho en ese momento.

Estaba enamorada.

Esta chica era todo lo que estaba bien en el mundo y al parecer estaba interesada en ella. No podía estropearlo por nada del mundo.

—Me parece. —susurró Diana, sonriendo.

—¡Perfecto! Es una cita, entonces. —dijo Leona, entusiasmada. Buscó su teléfono en el bolsillo de sus jeans y lo sacó para buscar algo en él—. Te enviaré mi dirección, así podrás pasar por mi a las… ¿once? ¿Sirve para ti esa hora? —Diana sólo asintió con su cabeza, sonriente—. Bien, el domingo a las once, frente al edificio donde vivo. No vayas a olvidarlo, Diana.

—No podría nunca olvidarlo. —dijo Diana sin pensarlo. Leona la miró sorprendida y luego sonrió contenta. Entonces el cerebro de Diana volvió a funcionar y ella se sonrojó por completo de nuevo—. Es decir… yo… sí… definitivamente iré por ti y… sí… es… es una cita. Sí… entre tú y yo… sólo nosotras, comiendo pizza y… yendo al museo… y luego por helado, sí. A las once.

—¡Excelente! —exclamó Leona.

Al instante, Diana sintió su teléfono vibrar en sus manos y al echarle un vistazo notó que Leona le había enviado algo. Nerviosa abrió el mensaje.

—Ahora sabes donde vivo. Usa esa información sabiamente. —dijo la pelirroja, sonriéndole. Miró la hora en su teléfono y suspiró con pesadez—. Escucha, la verdad es que soy una persona un poco... ocupada. Apenas tengo tiempo para hacer algo de ejercicio, cocinar y ver una película o serie en mi tiempo libre.

—Oh… ya veo. —murmuró Diana, bajando un poco la mirada—. E-Está bien.

—No soy el tipo de chica que saldría contigo por dos semanas o un mes y luego te botaría. Incluso si soy extrovertida, te advierto que sólo he tenido dos relaciones en mi vida. Y ni siquiera podría llamar a la primera una "relación". —explicó Leona, jugando con un mechón anaranjado de su largo cabello—. Así que… no suelo tener sexo casual ni salir de fiestas. No suelo… acercarme a alguien y entregarle mi número, es la primera vez que lo hago y es porque… te vi… y… pensé que eres hermosa… me acerqué a tu mesa esa primera vez y… no lo sé, sentí estas… ganas de conocerte.

Leona se percató de cómo Diana levantaba la mirada, al tiempo que lentamente su rostro iba ganando un tono rosa pálido, que se convirtió en un rosa intenso para cuando terminó su frase.

La morena lamió sus labios, ansiosa por besar a la chica pálida, pero se contuvo. No era ideal.

—Quiero conocerte. Sólo eso, por ahora. —aseguró Leona—. Quiero saber qué te gusta o disgusta, historias graciosas de tu niñez, quiero saberlo todo. Con el tiempo quizás podríamos ir más allá, pero por ahora sólo… quiero invertir todo el tiempo libre que pueda en conocerte, Diana.

Nerviosa, la mencionada se removió en su lugar. Moría por lanzarse sobre la pelirroja y besarla. Nunca nadie había despertado ese raro deseo en ella, ni siquiera Alune.

Pero ¿qué diría Leona?

De ninguna manera podía hacerlo.

—Yo… también quiero… conocerte, Leona. —contestó Diana, en voz baja—. Así que… está bien para mí si no puedes salir todos los días. De hecho, odio salir. Odio el verano… es tan caluroso.

Leona soltó una risa amigable y Diana sonrió como respuesta

—Lo sé, Morgana lo mencionó. —dijo Leona, pensando en qué decir a continuación para no dejar la conversación morir—. Así que… tú… me imagino que llamas a todas las chicas que te ofrecen su número.

Diana la miró confundida. Negó un poco con su cabeza, jugando con su teléfono en sus manos.

Divisó la ubicación que le había enviado Leona y se sorprendió un poco.

Era bastante lejos.

—No… la verdad, eres la primera que lo hace. —dijo Diana en un susurro—. Y… sólo me atreví a llamarte porque… bueno, creo que tú… siempre estabas coqueteándome en la cafetería.

—¿Lo notaste? —preguntó Leona, riendo un poco—. Te escribí mi número en una boleta una vez hace semanas… pero tú ni siquiera esperaste el cambio y huiste. Pensé que me odiabas.

—Yo… soy… ¿muy tímida? —dijo Diana, bajando la mirada—. Aunque… es más como… insegura. Sí, soy insegura. —aseguró, disminuyendo el tono de su voz a medida que hablaba debido a su nerviosismo—. Supongo que yo… no podía creer que una… una chica como tú, se fijara en… bueno, alguien como yo.

—¿Y cómo es alguien como tú, Diana? —indagó Leona, bastante interesada en su respuesta—. Y no menos importante, ¿cómo son las chicas como yo que has conocido?

Diana alzó sus cejas tanto como pudo, en una expresión consternada que le dio algo de risa a Leona.

La chica pálida no estaba segura de su respuesta. Ni siquiera estaba segura de tener una respuesta a las preguntas de la morena.

—Yo… soy… un desastre. —susurró Diana, moviendo su teléfono en sus manos de forma insistente—. No sé cómo… sentirme alrededor de la gente, me cuesta hablar… y… expresarme de la forma correcta. Prefiero estar sola y… podría pasar toda una semana en mi habitación, simplemente… mirando a la luna.

Al instante, Diana levantó su mirada al cielo. Sonrió un poco, mirando las nubes. Leona la imitó sin que ella lo notara, e igual que Diana, sonrió ampliamente.

La luz del sol las golpeaba en aquella banca, pues el árbol más cercano, y en el que se hallaba escondida Syndra, estaba algo alejado y su sombra no llegaba a cubrirlas.

—Soy muy afortunada de tener dos amigas. —continuó diciendo Diana—. Las amo como si fueran mis hermanas, pero… me costó mucho permitirles entrar a mi vida y que sean parte de ella. No soy… como tú.

En el momento en que dijo eso, Leona volteó a mirar a Diana, que seguía mirando el cielo diurno.

—Tú eres… carismática y extrovertida. Ríes sin importarte lo que la gente pueda llegar a pensar. Eres atractiva y tienes esa brillante sonrisa. Haces que la gente quiera acercarse y hablarte. —dijo Diana, callando por un momento. Giró a mirar a Leona, que estaba atenta a todo lo que decía—. Eres todo lo opuesto a mí… eres como el sol, tan brillante que iluminas a todos a tu alrededor, tan viva que haces que los demás sonrían sólo con mirarte. En cambio yo… —Suspirando, Diana bajó la mirada, fijándola en su teléfono—… yo soy como la luna. Pequeña, silenciosa y en medio de la oscuridad.

Leona permaneció en silencio. No había dicho una mentira, ella era eso. Desde que era joven las personas siempre la catalogaron como "la chica con la que todos querían hablar". Siempre se le hizo fácil hablar a la gente y conocerla.

Pero no todo era como Diana lo describía. Su personalidad también atraía personas crueles y astutas que se aprovecharon en un determinado momento de ella.

Leona se preguntó si Diana pensaría eso. Usualmente las personas la veían como alguien alegre, pero nadie entendía lo que en verdad significaba tener que "brillar como el sol". Ardía como el infierno.

—No creo estar a la altura de alguien como tú. —terminó por decir Diana, cabizbaja.

Leona abrió su boca para responderle, pero en ese preciso instante su teléfono comenzó a pitar. Tenía sólo cinco minutos antes de volver al trabajo.

Maldijo mentalmente al universo.

—Yo… Diana… joder, tengo que irme ahora. Pero-

—Está bien, debes volver a trabajar. —murmuró Diana, levantando su mirada para mirarla—. Ve.

—Sí, pero… escucha, yo… —dijo Leona, entrecortada. Su cerebro se estancó en el rostro decaído de Diana. Necesitaba verla de nuevo—. Creo que tú… tienes un mal concepto de la noche. Porque, aun en medio de toda la oscuridad, la luna puede iluminar. Brilla a su manera.

Precipitada, Leona tomó una de las manos de Diana entre las suyas. El rostro pálido de Diana se tiñó de rosa al sentir el tacto caliente de Leona en su mano. Intentó decir algo, pero su cerebro no se lo permitió. Colapsó.

—Incluso si yo fuera el sol y tú fueras la luna, nuestra luz es la misma. —volvió a decir Leona, regalándole una sonrisa a Diana, que continuaba estupefacta por el contacto entre sus manos—. ¡Y definitivamente ahora más que nunca quisiera salir contigo!

—¿Qué? —preguntó Diana, saliendo de su ensimismamiento.

—¡¿Qué?! —exclamó Syndra, que había estado atenta a la conversación desde que Diana se había puesto nerviosa.

Syndra tuvo que agacharse y esconderse cuando Leona volteó a mirar en su dirección, confundida.

—¿Acaso viste…?

—No. —fue la corta respuesta de Diana, que sabía que Leona se refería a Syndra—. Disculpa… ¿qué decías?

—Oh, sí. —Concentrándose en Diana de nueva cuenta, Leona apretó su mano pálida entre las suyas—. ¡Por favor pasa por mí el domingo! Y… bueno… si lo deseas puedes venir mañana a la misma hora y hablar… y puedes escribirme luego de las seis, a esa hora salgo. O… puedes venir… como prefieras, pero por favor, ¡sal conmigo, Diana!

El rosa en el rostro de la joven pálida se tornó rojo al escucharla decir eso.

—¿S-Salir contigo? Como… ¿como amigas? —preguntó Diana, nerviosa.

Pensativa, Leona se removió en su lugar. Jugó un poco con los dedos de Diana en sus manos, tratando de obtener una respuesta clara, pero no muy atrevida.

—¡Sal conmigo como tu pretendiente! —pidió Leona en un tono considerablemente alto, llamando la atención de varias personas a su alrededor y causando que el nerviosismo de Diana aumentara un poco—. Te hablaré, te daré alfajores, veremos las estrellas, comeremos pizza, compartiré mi brillo contigo como el sol lo hace con la luna y luego, si quieres y te parece ideal, tú y yo podríamos ser pareja.

Ansiosa por una respuesta y por tener que irse corriendo de vuelta al trabajo, Leona continuó jugando con los dedos de Diana. Entrelazó sus dedos un instante antes de deshacer el agarre, repitiendo el acto con insistencia.

Nerviosa, sonrojada, sudorosa y al borde de un colapso, Diana sólo podía pensar en una respuesta para la pelirroja a su lado. Sus dudas y su trastorno parecían irse al garete cuando Leona le sonreía de aquella forma tan alegre y llena de vida.

—Por supuesto que sí. —respondió Diana, e incluso Syndra se volvió a asomar por el borde del árbol—. Pasaré por ti el domingo y… vendré a las seis… y mañana también vendré. Y… te escribiré desde que te vayas hasta que vuelva a verte.

Emocionada por la respuesta, Leona pareció brillar incluso más que antes.

—¡Perfecto! —exclamó Leona, levantándose de su lugar en la banca—. Debo irme ahora, en serio… pero… espero verte a las seis, ¿bien?

Dejando ir la mano de Diana, Leona se alejó de ella sin perderla de vista. Agitó su mano a modo de despedida.

—Bien… yo… te veré a las seis aquí. —dijo Diana, sonriendo levemente.

Levantándose de la banca y despidiéndose con su mano de la misma forma que Leona lo hacía, Diana permaneció en su sitio hasta que la morena se giró y cruzó la calle, desapareciendo de su vista al entrar a la cafetería donde trabajaba.

Diana permaneció con su sonrisa incluso luego de perderla de vista.

Escuchó un sollozo a sus espaldas y sólo entonces salió de su ensimismamiento. Encontró a Syndra en el árbol, cubriendo sus ojos con sus manos.

—¿Qué? ¿Syndra? —preguntó Diana, acercándose a ella con prisa—. ¿Qué sucedió? ¿Qué tienes?

—Es que… yo… Diana… —dijo Syndra entrecortada. Abrazó a su amiga, apretándola con fuerza—. Estoy tan orgullosa de ti, Di. No te desmayaste como con Alune.

Entonces toda la paz que sintió al ver a Leona desapareció.

—Realmente debes olvidar eso ya, fue hace tres años. —gruñó Diana entredientes.

—Si Nami estuviera aquí también estaría tan orgullosa. —continuó diciendo Syndra, a modo de broma.

—¡Jódete! —exclamó Diana, intentando alejarse de su amiga, que no la soltaba—. Déjame ir, idiota.

—¡Eres como el sol y yo soy la luna! —dijo Syndra, riéndose—. Eres tan romántica, Diana. Tienes a esa chica donde la quieres, ella está loca por ti y apenas se conocen. —Syndra dejó ir a Diana, limpiando un poco su maquillaje corrido—. El monstruito se pondrá contento cuando le diga que esa chica definitivamente quiere tus bebés.

—Dioses… soy yo de nuevo. —dijo Diana, suspirando.


Hola, ¿qué tal, shabalez? Bienvenidos a otro capítulo de mi poco interesante historia xd Me han preguntado cuándo aparece Irelia y planeo que para dentro de uno o dos caps, primero me gustaría que se ilustren en el tipo de heteronormada que es Syndra xD sin ánimos de ofender a nadie, recuerden que esto es humor.

De antemano, gracias por sus comentarios, criticas, notas o lo que quieran aportar para motivarme a seguir con esta historia. Ahora me voy a jugar lol porque yo no tengo mucho tiempo libre. Se me cuidan y salu3.

Goddess of Luminosity.