Holas, wenas taldes. Bienvenidas de vuelta a mi poco interesante historia. Ya sé que soy inconstante, pero aquí está un capítulo largo para que no se quejen xdxdxd
Me gustaría que esto fuera más como Wattpad, donde puedes ilustrar al lector de lo que lee, pero bueno, en cualquier caso, la Hermana Áurea es oficialmente quien posee a Leona ajajajajajaja, o sea es el ser celestial detrás de los Solari, está en una carta celestial de lor xd y el Guardian solar sí es una carta jugable, así que, nada que decir, el man de pone 4 y 4 de daño si la activas en amanecer, nmms, parte madres. Digo, es una esfera bonita.
En fin, espero les guste xD salu3.
Goddess of Luminosity.
Diana llegó a casa con su corazón desbocado. Había visto a Leona en su descanso de nuevo y ella había estado bastante entusiasmada con la salida que tendrían la tarde del siguiente día.
Habían hablado por mensajes desde que el bus llegó a la parada la noche anterior hasta antes de verla en su descanso.
Y ahora, había recibido un mensaje de su parte.
Tenía un crush. Uno muy fuerte. De esos que uno obtiene al instante y que luego no te deja pensar en otra cosa que no sea esa persona.
Diana no paraba de pensar en la sonrisa brillante de Leona.
"¿Esperarás el bus conmigo hoy también?"
Leyó Diana el mensaje que acababa de recibir. No estaba segura de decirle que sí. Pero si decía que no, existía la posibilidad de que Leona se sintiera rechazada y no le hablara más.
"Por supuesto"
Fue lo que respondió y suspiró, sintiéndose tonta por no saber cómo negarse a algo tan trivial.
Se apresuró a atravesar la sala de estar, subiendo las escaleras y dirigiéndose a la oficina de su padre. Le dio dos leves toques a la puerta, descifrando en su mente lo que iba a decirle.
No hubo respuesta de nadie adentro así que decidió tocar la puerta con más fuerza.
—Pase. —escuchó decir a su padre.
Tragó con fuerza, girando el pomo de la puerta para poder abrirla y apenas asomar su cabeza por la pequeña ranura que abrió.
Su padre estaba detrás de un escritorio de caoba, tecleando sin parar en su notebook plateada. Él apenas desvió sus ojos a la puerta por un instante, divisando a su nerviosa hija tras la puerta. Él ajustó sus anteojos.
—Mi hija prodigio. —dijo él en un tono de broma. Volvió a fijarse en la pantalla de su portátil—. ¿Qué necesitas, Di?
—Yo… amm… la verdad es… que yo… —murmuró Diana, nerviosa—. Yo… voy a salir y-
—No necesitas pedir permiso para eso, Diana. Ya tienes veintidós años. —dijo su padre, interrumpiéndola.
—N-No… yo… necesito… ir en auto. —habló Diana, despacio.
—Oh, lo siento, cariño. —respondió su progenitor, sin verla—. ¿Puedes preguntarle a tu mamá o a Syndra si pueden llevarte? Estoy algo ocupado ahora mismo, Di. Te la debo.
Suspirando con pesadez, Diana negó con su cabeza. Debía ser más específica.
—Necesito mi auto para salir. —dijo Diana con rapidez.
Su padre por fin la miró fijamente. Apartó sus anteojos, rascando un poco su cabeza. Él la miraba extrañado.
—Quieres decir que… ¿tú saldrás en tu auto? —preguntó el hombre, confundido.
Diana sólo asintió con su cabeza de forma lenta, sintiéndose nerviosa por la mirada de interés que le dirigió su padre al obtener su respuesta silenciosa.
—Vaya… yo… eso es… ¡es genial, hija! —exclamó el hombre, emocionado—. ¿A dónde irás? ¿Saldrás con Syndra? ¿Visitarán las playas por verano?
Nerviosa por sus preguntas, Diana negó con su cabeza varias veces. Sintió su rostro ganar color y tuvo que aclarar un poco su garganta antes de hablar.
—Tengo… u-una cita. —dijo Diana, en un murmullo.
Si bien su padre ya se encontraba feliz por el hecho de que Diana utilizaría su propio auto, su emoción aumentó cuando la escuchó decir eso. Él se levantó de su lugar, dirigiéndose a ella para darle un abrazo de oso.
—No… ugh… —susurró Diana, permitiéndole abrazarla.
—¡Eso es grandioso, Diana! —dijo su padre, dejándola libre luego de varios segundos de estar abrazándola—. ¡Selene, tienes que escuchar esto!
Guiando a Diana de la mano, el hombre la llevó hasta la habitación de su esposa, que estaba en su teléfono.
—Dame un segundo. —habló la mujer de cabello rubio cenizo. Suspiró con pesadez—. Caius, no tengo mucho tiempo en este momento.
—¡Diana usará su auto por fin! —expresó el hombre de cabello negro y un poco canoso.
Él tomó de los hombros a su hija, posicionándola frente a la mujer mayor.
Diana observó intranquila cómo su madre se giraba para mirarla. Sus ojos violáceos la atravesaban cual cuchillas. Ella alzó una de sus finas cejas, mirando a Diana de arriba abajo con soberbia.
—¿Esperas que la felicite? —preguntó Selene con sarcasmo.
La peliblanca sintió ganas de vaciar sus recipientes de pastillas en su boca, tragar y morir.
—Selene. —gruñó Caius, dándole una mirada reprobatoria a su esposa—. ¡Ella lo usará para ir a una cita!
Inmediatamente su madre la miró a los ojos. Diana flaqueó, bajando su mirada a los pies de su madre con el nerviosismo consumiendo su estómago.
—Voy a tener que colgar… sí… ha surgido algo importante. Correcto. Te llamaré apenas pueda. —dicho esto, Selene colgó su llamada y guardó su teléfono en el bolsillo de su pantalón—. ¿Hace cuánto tiempo tienes pareja y no nos lo dijiste?
—Ella no… no es mi pareja, madre. —murmuró Diana, comenzando a jugar con sus dedos—. Es sólo… una cita…
—¿Hace cuánto la conoces? ¿Estudia? ¿Trabaja? ¿Tiene tu edad? ¿Qué expectativas tiene a futuro? —interrogó Selene, cruzando sus brazos por encima de su pecho—. ¿Usa drogas? ¿Bebe alcohol? Si la respuesta es sí, ¿con qué frecuencia?
—Eh… yo… no… eso… —Diana sintió su respiración agitarse y sus manos sudando—. Eso no… yo… Leona es… estudia y… trabaja…
—Si estudia y trabaja debe ser de bajos recursos, ¿o no? —Dando un paso en dirección a Diana, la mujer mayor frunció su ceño a ella—. ¿Qué nos asegura que no será como esa niña de antes? Una egoísta interes-
—Es suficiente, Selene. —habló Caius, en un tono autoritario—. Un paso a la vez.
Selene miró a Diana de arriba abajo. Era un pequeño conejo, temblando del miedo.
Suspiró.
Las palabras del terapeuta familiar vinieron a su mente. Serenidad, comprensión, apoyo y amor. Debía dejar de excusarse con eso de que Diana se lo ponía difícil. Su hija sólo era una joven inexperta y se suponía que ella debía guiarla.
Se acercó a Diana con pasos firmes. Colocó ambas manos sobre los hombros de su hija, que quiso retroceder ante la acción.
—Estoy orgullosa de ti, Diana. —dijo Selene, acariciando un poco el hombro de Diana—. Me alegra que ya te sientas capaz de volver a salir con alguien y cómoda con la idea de manejar.
Manteniéndose cabizbaja, Diana sólo asintió con su cabeza como respuesta.
—Ella habla en serio, Diana. —dijo Caius, acariciando el cabello de su hija—. Y yo también, me emociona mucho que quieras salir por tu cuenta. ¡Y tener una cita, qué espléndido!
—Papá, yo-
—Nosotros estamos muy felices por ti, de verdad. —continuó diciendo el hombre, parándose a un lado de su esposa—. ¿No es así, Selene?
Él pasó su mano por encima de los hombros de la rubia, que alzó una ceja a él. Suspirando, la mujer asintió con su cabeza.
—Lo estamos. —dijo Selene, alejándose de su esposo para buscar entre los cajones de su mesita de noche—. Aunque… te sugiero llevar a lavar el auto antes de la cita. No querrás dar una mala impresión.
Entregándole unas llaves a Diana, Selene hizo su mayor esfuerzo por sonreírle a su hija.
Diana sólo intercambió su mirada entre las llaves y su madre, bastante sorprendida de que le entregaran las llaves así sin más. Pensó que no le permitirían manejar luego de haberse negado a hacerlo por un año o más.
Tragó con fuerza, asintiendo con su cabeza un par de veces.
—Sí… por supuesto, yo… no daré una mala impresión, madre. —aseguró Diana, sonriendo levemente como respuesta—. Gracias por esto, a ambos.
—Ve por esa flor del ocaso, mi desdén de la luna. —dijo su padre, dándole una palmada en la espalda, queriendo animarla.
Diana salió de la habitación de su madre con su rostro completamente rojo.
Agradecía a los dioses por sus padres, pero algunas veces se sentía juzgada por su madre. Ella nunca fue la misma para con Diana desde que le diagnosticaron su trastorno, hace aproximadamente seis meses.
Si bien siempre presentó signos de aislamiento social, sus padres no tenían idea de que el motivo por el que Diana mantenía altas calificaciones era por el temor a ser juzgada por sus profesores y familiares.
Su madre culpaba a Alune. Para Selene el hecho de que Alune terminara su relación con Diana de una forma tan cruel fue el holocausto que desató la depresión en su hija. Seguido a eso su aislamiento social por completo y luego el terror a ser rechazada por cualquier ser vivo que se acercara a la casa; inclusive el pequeño Aurelion, el gato negro de Zoe.
Diana se culpaba a sí misma. Estaba en su cerebro hacerlo. Lo arreglaba con terapias grupales los lunes y jueves, además de terapias familiares los sábados en la mañana. También lo solucionaba tomar sus medicamentos.
Caminando hasta la cochera, Diana se detuvo en la sala de estar, observando a Zoe en el sofá. Ella estaba mirando la pantalla y seguido miraba su pecho.
Diana miró la televisión, encontrándose con un show de adolescentes.
—¿Zoe? —llamó Diana, caminando en su dirección—. ¿Qué haces?
Su hermana menor apagó la televisión al instante, girándose para mirar a Diana. Nerviosa, Zoe rió.
—¿Q-Qué haces tú, sis? —indagó Zoe, jugando con un mechón de su cabello—. ¿A dónde vas? Acabas de llegar.
—Llevaré mi auto a lavar. —dijo Diana, ganando la atención de Zoe—. ¿Quieres… venir?
—No has manejado en un año, ¿quieres que muera contigo al volante o algo? —preguntó Zoe, con burla—. Definitivamente quiero ir.
Saltando de su lugar, Zoe se dirigió hasta Diana con una sonrisa de oreja a oreja.
—Yo… uh… Zoe. —murmuró Diana, abriendo la puerta que daba a la cochera desde el interior de la casa—. Si hay algo… de lo que quieras hablar, yo… bueno… puedes… acercarte y… hablarme.
—Para mí ya es algo difícil hablarte, Di. —dijo Zoe, haciendo una burbuja con su goma de mascar—. Pero lo pensaré. Gracias, sis.
Dando pequeños saltitos, la niña se dirigió hasta el auto que se encontraba al fondo de la cochera. El mismo se encontraba cubierto con una tela de plástico para protegerlo del polvo.
Zoe bufó cuando, al apartar la tela, ambas hermanas se encontraron con que el auto ya tenía algo de polvo.
—¿Dónde lo llevarás? —preguntó Zoe con interés—. ¿Donde lleva el suyo papá?
—Eso está algo… lejos. —respondió Diana, quitando los seguros del auto y haciéndolo emitir unos pitidos—. ¿Quieres pasar por pollo y papas fritas?
—¡Obvio sí! —exclamó Zoe, emocionada. Rodeó el vehículo, entrando por la puerta del copiloto—. Que sea del pollo picoso.
—Correcto. —dijo Diana, entrando al auto azul marino.
Colocó ambas manos en el volante y respiró profundo. Exhaló el aire con lentitud. Repitió el procedimiento cinco veces y entonces introdujo la llave, girándola para encender el vehículo. Encendió el aire acondicionado y el olor que desprendió el aromatizante le resultó un poco relajante
Chequeó sus retrovisores, las luces direccionales, el combustible. Se colocó el cinturón de seguridad y esperó a que Zoe se pusiera el suyo. Todo estaba perfecto. Justo como hace un año que lo abandonó allí.
—Hagámoslo. —susurró Diana.
—¡Yaaas, vámonos, nena! —exclamó Zoe, alzando sus brazos con emoción—. Pon esta belleza en las calles ahora.
—¿N-Nena? —preguntó Diana, confundida—. ¿Dónde aprendes esas… palabras?
—Papá le dice nena a mamá todo el tiempo. ¡Ahora haz rugir este motor! —Ansiosa, Zoe reclinó el asiento, quedando casi acostada—. ¡Muero de aburrimiento!
—Ugh, ya… cierra la boca. —gruñó Diana.
Usando el control remoto de la puerta de la cochera, Diana comenzó a retroceder. Ni siquiera había llegado a la calle cuando frenó en seco.
Zoe se removió en su lugar, acostada y Diana golpeó su cabeza con el respaldar. Ambas se quejaron.
—¿Tan rápido vas a matarnos? —preguntó Zoe, acariciando su cabeza.
—¿Qué ven mis ojos? —la voz de Syndra causó que Diana bajara el vidrio de su ventana—. ¿Vas a manejar? ¿Y no me lo dijiste?
—Pensé que… tú… estabas con Zed. —murmuró Diana, sintiéndose nerviosa—. Yo no… yo… tú dijist-
—Sé lo que dije, Diana. Y vengo de los cinco minutos más aburridos de mi vida. —Syndra miró a un lado de Diana, encontrando a Zoe con sus ojos cerrados—. Lancemos al monstruo roto a los asientos de atrás para que pueda acompañarte a… ¿a dónde vas?
—¡Vamos por pollo picante y papas fritas! —exclamó Zoe, removiéndose en su sitio para quedar boca abajo—. ¡Y no hay manera en este mundo en el que yo vaya en los asientos de atrás! Diana es mi hermana y-
—Te enseñaré cómo seducir a ese Ezreal del que tanto hablas. —dijo Syndra, rodeando el auto y abriendo la puerta del copiloto.
Diana observó en silencio a su hermana subir el asiento y salir del auto. Tan callada como Diana, Zoe abrió la puerta detrás del copiloto, sentándose en el medio. Syndra rió, sentándose al lado de Diana y colocándose el cinturón de seguridad.
—¿Puedo tener una ensalada y una soda dietética? —preguntó Syndra, sacando su teléfono de su bolso.
Consternada, Diana intercaló su mirada entre Syndra y Zoe.
—¿Quién coño es Ezreal? ¿Y por qué carajos le enseñarás a mi hermana de DIEZ AÑOS a seducirlo? —indagó Diana, comenzando a sentirse tensa—. ¿Por qué no me hablas de eso, Zoe?
—Ugh, ¡porque tú te pones así! —exclamó Zoe, apretando sus labios y frunciendo su ceño.
La niña aguantó la respiración varios segundos hasta ponerse totalmente roja y luego dejó el aire entrar a sus pulmones.
Syndra soltó una risa ruidosa, asintiendo con su cabeza.
—¡Definitivamente pones una cara como esa cuando te enojas! —Se burló Syndra, sin parar de reír.
—¡Por supuesto que no, idiotas! —se quejó Diana, cruzando sus brazos con enojo—. Fuera de mi auto, las dos. Iré a lavarlo sola y luego pasaré por pollo picante y-
—¿Pasarás por pollo picante, o por una Leona picante? —indagó Syndra, causando que Zoe se uniera a su risa.
—¿Mañana la besarás y harán bebés? —preguntó Zoe, siguiendo la burla de Syndra.
—¡No haremos bebés! —exclamó Diana, comenzando a enojarse.
—Oh, pero ¿sí se besaran? —Syndra codeó a su amiga, guiñándole un ojo—. ¿No es muy pronto para eso? Apenas la conoces, ¿y si le falta un diente?
—¡Meterás tu lengua en la ranura! —exclamó Zoe, causando que Syndra riera más y Diana comenzara a ponerse roja—. ¡Mira, está haciendo esa cara!
—¡Malditas herejes, voy a matarnos! —exclamó Diana enojada.
Al instante pisó el acelerador, causando que el auto fuera en reversa hasta detenerlo en el medio de la calle del vecindario. Tanto Syndra como Zoe permanecieron en silencio, aferrándose a sus respectivos cinturones.
—Debo irm-
Syndra intentó abrir la puerta del coche, no obstante, Diana volvió a ponerle el seguro. Por su parte, Zoe no pudo siquiera intentar abrirlas porque las puertas traseras tenían seguro infantil, así que sólo podían ser abiertas desde afuera.
—Las invito cordialmente a que vuelvan a reírse de quien conduce. —dijo Diana, cerrando la puerta de la cochera de su hogar con el control.
—Por los Dioses, Diana, fue una bromita pequeña. —dijo Syndra, intentando quitar el seguro, sólo para que Diana lo volviera a poner—. ¡Esto es secuestro e intento de asesinato!
—¡Esta es mi venganza, señorita Fae'lor! —Moviendo la palanca de cambio, Diana volvió a pisar el acelerador, girando el volante para comenzar a manejar por la carretera—. ¡Quiero oírte hacer una broma más acerca de Leona y bebés!
—¡Lo siento, mazapán, no sabía que eras tan sensible! —dijo Syndra con sarcasmo, sosteniéndose de donde podía mientras miraba al frente con miedo—. Diana… ¡¡Diana, hay un reductor de velocidad al frente!!
—¡Entonces di que lo sientes, maldita sea! —exclamó Diana, pisando a fondo el acelerador y moviendo la palanca de cambio—. ¡¡Dilo!!
—¡¡Lo siento, joder!! —exclamó Syndra cerrando sus ojos con fuerza—. ¡¡Diana, no quiero morir, lo siento!!
—¡Yo también lo siento, Diana! —se le unió Zoe a Syndra en su disculpa—. Por favor, sis, ¡¡ya para!!
Bajando la velocidad, Diana pasó por el reductor sin problemas. Encendió la radio, tarareando la canción que sonaba en ese momento como si nada hubiera sucedido.
—Disculpas aceptadas. —dijo Diana, sacando su teléfono de su bolsillo para buscar una ubicación en él—. Ahora… ¿dónde está el Galio Chikens más cercano?
Mirando a Diana confundidas, Syndra y Zoe trataron de calmar su respiración por el terror que acababan de pasar.
—No creo… que pueda comer algo… ahora, Di. —murmuró Zoe, agarrando con fuerza su cinturón de seguridad—. Mi estómago está revuelto.
—¡Para ahora mismo, me largo! —exclamó Syndra, arreglando su cabello.
—Oh, lo siento, mazapán, no sabía que eras tan sensible. —dijo Diana con algo de sarcasmo, causando que su amiga la golpeara en el hombro—. Hey, podría perder el control del auto y causar un accidente, idiota.
—¡Casi nos matas hace un momento, idiota! —se quejó Syndra—. Eso no es una broma, ¡es intento de asesinato en primer grado!
—No existe el intento de asesinato en primer grado, sólo el intento de asesinato o asesinato frustrado. —explicó Diana, mirando a Zoe por el retrovisor—. Sólo tiene grados cuando ya ocurrió el asesinato, y sería en segundo grado, porque no lo planifiqué, fue algo del momento porque tú estabas burlándote de mí y soy sensible a las burlas.
—¡Mazapán! —exclamó Syndra, arrebatándole el teléfono a Diana para buscar la ubicación del lugar de comida rápida—. Hay uno en la carretera, saliendo de aquí. Está como a ocho kilómetros.
—Bien. ¿Segura que no quieres comer, Zoe? —indagó Diana, volviendo a mirarla por el retrovisor—. Ni siquiera iba tan rápido.
—¿Cómo conseguiste tu licencia de conducir? —preguntó Zoe, dejándose caer a un lado.
—Por dos. —murmuró Syndra, cruzando sus brazos—. ¿No te hicieron una prueba psicológica antes, o algo?
—¿No te hicieron una prueba de insensible antes de nacer, o algo? —indagó Diana, frunciendo el ceño—. ¡Soy sensible a las críticas y bromas, lo saben!
—Ñiñiñi, "soy un mazapán casero recién horneado, no me toquen que me agüito". —se burló Syndra de nuevo, causando que Diana frenara en seco. Syndra golpeó su frente con la guantera como consecuencia—. ¡Ay! Ya en serio, ¿quién carajo aprobó tu licencia?
—¡Bájate de mi auto, idiota! —exclamó Diana, enojada.
—Diana, por favor… —comenzó a decir Syndra, volteando a ver a su amiga. Se encontró con su rostro totalmente serio. La rubia carraspeó un poco—. Ya… está bien, lo siento, no me burlaré más de ti… por hoy.
Ambas permanecieron en silencio por un momento, mirándose fijamente. Diana terminó por alzar sus hombros.
—Tomaré eso. —dijo Diana, poniendo en marcha el vehículo.
Tomando rumbo hasta la ubicación que le dictaba Syndra, Diana se detuvo en el autoservicio de la franquicia de comida rápida, esperando su turno en la fila de autos que había.
—¡Pollo picante, pollo picante, pollo picante! —exclamó Zoe con insistencia.
—Por última vez, demonio, ¡ya casi llegamos a la ventanilla! —exclamó Syndra, volteando a mirar a la niña en la parte de atrás—. ¡Quédate callada o me comeré todo el pollo!
—Si te lo comes todo, engordarás y no le gustarás a nadie, Syndra. —dijo Zoe, sonriendo cuando la rubia la miró exaltada—. ¿Es eso grasa sobrante en tu brazo?
—¡Por supuesto que no, mocosa insolente! —gruñó Syndra.
Estaba a punto de lanzarse contra la menor en los asientos de atrás cuando Diana arrancó el vehículo, deteniéndose en la ventanilla. Pidiendo su orden, Diana se mantuvo mirando su teléfono mientras Syndra tenía una discusión con una niña de diez años, en la que parecía estar ganando esta última.
Diana revisó los mensajes de su teléfono, ganando un tono rojo en su rostro cuando notó que Leona le había escrito quince minutos atrás.
"Así que… cuál es tu color favorito?"
¿Existía un color "Leona"? Porque definitivamente Diana respondería que ese era su color favorito, sin dudar.
"Blanco. El tuyo?"
Respondió rápidamente Diana apenas notó que Leona se encontraba activa en Whatsapp. Se removió en su lugar, esperando con ansias una respuesta.
"Dorado, y no es por el oro o riqueza, es más por el sol"
Diana sintió un escalofrío recorriéndola. Algo estaba mal en esa joven. No era perfecta como lo pensó. Estaba segura de que profesaba esa tonta fe Solari que sus padres tanto intentaron que practicara.
Escribió en el teléfono una respuesta, pero al instante la borró. ¿Era normal preguntarle su fe a alguien? ¿Y si le molestaba? O peor, ¿y si le preguntaba su fe y la juzgaba por ser agnóstica?
En general, Diana prefería omitir sus preferencias religiosas en las reuniones sociales de sus padres. No era bien visto en su barrio, ni en Targón, que las personas no practicaran una fe.
"Y cuál es tu animal favorito? Por favor di que los perros"
Leyó Diana que Leona había escrito. Ahora eran dos cosas mal.
"Lo siento, lo mío son los gatos"
Respondió Diana, conteniendo la respiración a la espera de una respuesta.
—¡Tú eres una mocosa irrespetuosa, ven aquí para enseñarte una lección! —exclamó Syndra, quitándose el cinturón para intentar llegar atrás.
—¿Qué pasa? ¿Tus grasientas caderas no te dejan venir atrás, joniana gorda? —preguntó Zoe con burla.
—¡¡Voy a matarte, cría de Teemonio!!
Ante el grito de su amiga, Diana dejó su teléfono un momento. Detuvo a Syndra de lanzarse hacia la parte trasera del coche, obligándola a sentarse de nuevo en su lugar.
—¡Leona es Solari! —dijo Diana con horror—. No lo ha dicho explícitamente, pero… lo sé… algo me lo dice… ¡ella es una Solari!
Tanto Syndra como Zoe permanecieron con sus bocas abiertas.
—Oh, por los… ayúdenme, Dioses. —susurró Syndra, uniendo sus manos para rezar—. Soy yo de nuevo…
—¡Eso es perfecto, Di! —exclamó Zoe con emoción—. Mamá la amará, ya sabes cómo es con esta cosa de la religión, tan creyente y devota… quizás hasta la acompañe a ese templo que visita durante el festival del sol.
—¡Eso no es perfecto, Zoe! —se quejó Diana—. Odio a los Solari, son tan orgullosos y ególatras. Excluyendo a mamá, son personas horribles.
—Bueno, tu mamá es un poco… orgullosa, pero no es ególatra, y si lo fuera igual me caería bien. —dijo Syndra, recargando su codo de la ventana.
—Eso es porque tú eres un poco muy ególatra, mi amiga. —respondió Diana, negando con su cabeza—. ¡Oh, ella respondió! —Volviendo a mirar su teléfono, Diana leyó lo que decía el mensaje—. "Está bien, la verdad me encantan todos los animales, sólo que tengo una fijación por los caninos… son tan tiernos". Al demonio los Solari, voy a casarme con ella.
—Es casarte con ella o tener un duelo a muerte, como hace siglos. —dijo Zoe, alzando sus hombros.
—Tengan un duelo en la cam- ¡nuestra orden! —señaló Syndra.
—Tengan buen provecho y un feliz día, señoritas.
El hombre de la ventanilla del autoservicio extendió en dirección a Diana dos bolsas de papel junto con su recibo de compra.
—Gracias, buen día. —dijo Diana, tomando la orden y entregándole las bolsas a Syndra—. Quizás podría convencerla de abandonar la fe.
—Quizás podrías haber pedido mi soda sin azúcar y no una normal. —gruñó Syndra, revisando el pedido—. Beberé agua.
—¡Quizás podrías darme mi pollo picante, gorda! —se quejó Zoe, arrebatándole una de las bolsas de papel a Syndra—. ¡Pollo picante!
—¡¿Por qué salimos con tu hermana menor?! —preguntó Syndra con enojo—. Ve a tener amigos de tu edad, monstruo.
—¡Hey, Diana me invitó! —gruñó Zoe, mordiendo un muslo de pollo—. A diferencia de ti, que te invitaste sola.
—Diana ha sido mi amiga desde hace muchos años. Tú eres la nueva del grupo, pequeña plaga. —refutó Syndra, abriendo el envase de su ensalada—. Además, contigo no podemos hacer cosas de jóvenes adultas, como beber alcohol, ver películas para adultos y subirnos a juegos mecánicos que requieran altura. Bajita.
—¿Puedes por favor dejar de pelear con mi hermana de diez años, Syndra? —preguntó Diana, harta de las discusiones de ambas rubias—. La traje conmigo porque la terapeuta dice que el tiempo de hermanas es sagrado.
—Bueno, sí… tienes un punto, además es mi cómplice de bullying. —dijo Syndra, haciendo que Zoe soltara una risilla—. ¿Qué te dice el loquero acerca de tus amigas? ¿Nuestro tiempo también es sagrado, Didi?
—Jódete. —gruñó Diana, subiendo la música de la radio.
Su reloj marcaba las cinco y cincuenta y ocho minutos. Se removió incómoda en la banca de la plaza.
¿Y si Syndra tenía razón y era mejor que la llevara a su casa en su auto? Le ahorraría algo de pasaje al menos. ¿Eso era romántico? Sarah pasaba por Nami a la universidad, así que sí debía ser romántico.
No tenía idea.
Su única novia le había dicho que era una presumida por querer buscarla en su coche una vez.
Diana mordió su labio inferior con nerviosismo.
No. No podía volver a casa y buscar su auto. Tardaría quince minutos y para ese momento ya Leona se habría montado en el bus que la llevaría al metro.
Tomó una profunda respiración, intentando calmarse.
Lo estaba pensando demasiado, como siempre.
—Hey. —la voz de Leona la sacó de su ensimismamiento—. ¿Qué hiciste hoy, Diana?
—Ah… yo… es… —al instante, Diana ganó un color rosa en sus mejillas.
Su balbuceó cesó cuando Leona rió en voz alta. Acercándose lo más que pudo a ella, Leona mordió su labio inferior de forma provocativa.
—Supongo que pensaste en mí y en lo que haremos mañana. —dijo Leona, picando con uno de sus dedos la mejilla de Diana—. Vamos, mi bus pasará pronto.
Tomando la mano de Diana, Leona la hizo levantarse de su sitio y seguirla por la plaza. Diana no paró de mirar la mano de Leona que estaba tomando la suya.
Sintió su rostro comenzar a calentarse cada vez más con los pasos que daban en dirección a la parada de autobús. Leona se sentó en la banca metálica que conformaba la parada de buses, incitando a Diana a sentarse a su lado con un gesto de su mano.
—Hoy fue un excelente día. Me gustan los sábados en general, porque mucha gente viene a la cafetería y dejan propina. —comenzó a decir Leona—. Así que hoy hice algo más de propina, que usaré mañana para comprar nuestra pizza.
—Yo… mmm… puedo… ayudarte a pagar. —murmuró Diana—. Es decir… la… se supone que yo soy… quien está… invitándote a salir.
Volteando a mirar a Diana, Leona permaneció en silencio, pensativa.
Diana temió su reacción. Se sintió pequeña e indefensa al lado de la morena. Interpretaba su silencio como una señal de desaprobación y sentía que la miraba con desagrado.
La peliblanca sintió el tacto de Leona sobre su mano.
Ese característico brillo cálido de la morena la rodeó al momento en que su sonrisa se formó en su rostro. Diana sintió su corazón palpitar descontrolado.
—Hagamos lo siguiente, tú pagarás la mitad y yo la otra mitad de lo que consumamos. —dijo Leona, inclinándose un poco hacia Diana—. Además debes prometerme que tendremos otra cita luego de la de mañana, Diana.
En ese momento, Diana se percató de la manera tan delicada en que Leona tomaba su mano, y la amabilidad que le transmitía su mirada.
No pudo evitar corresponderle la sonrisa a Leona.
—Por supuesto. —respondió Diana, sintiéndose incapaz de negarse a cualquier petición de Leona.
—¡Perfecto! —exclamó la morena, volviendo a irradiar brillo—. Yo también estuve pensando en mañana. Se me ocurrió que podríamos pasar primero por el museo y luego a comer la pizza. —dijo Leona, observando las uñas pintadas de negro de Diana—. Porque bueno, no quiero caminar mucho luego de comer… le sienta mal a mi estómago.
—Como prefieras. —susurró Diana, sonriente—. Sólo… mi padre me pidió llegar antes de las seis, así que… bueno… ¿no te molesta?
—Para nada, está bien. Quiero decir, tampoco es como que vaya a pedirte que te quedes a dormir en mi piso… a menos que tú quieras, por supuesto. —dijo Leona, apretando un poco la mano de Diana y sonriéndole con picardía.
—Yo… ah… quizás más adelante. —murmuró Diana, nerviosa por la insinuación.
—Me parece correcto. —dijo Leona, asintiendo con su cabeza. Al alzar la mirada, Leona suspiró, levantándose de su sitio—. Y mi bus llegó. ¿Mañana a las once?
—Sí, definitivamente, por supuesto. —afirmó Diana, asintiendo con su cabeza—. Yo… pasaré por ti y… dividiremos la cuenta.
—Excelente. —dijo Leona, caminando hasta las puertas del autobús—. Te veo mañana, entonces.
—Te veo mañana. —susurró Diana.
La joven de cabello blanco dejó ir la mano de Leona, que estuvo sosteniendo la suya todo el momento que caminó hasta el bus. Diana la observó subir al vehículo, suspirando cuando las puertas se cerraron.
Leona se despidió de ella agitando su mano y Diana sólo pudo imitar su gesto, sonriendo genuinamente.
Observó el autobús marcharse y maldijo al conductor por pasar diez minutos antes de lo usual.
Diana se miró por el espejo retrovisor de su auto.
Jugó con su teléfono en sus manos, nerviosa. Ella no respondía desde hace dos minutos.
Quizás estaba arreglándose, como Diana había hecho. Syndra se quedó a dormir en su casa para despertarla a las siete de la mañana y hacerle una rutina de maquillaje, así como la noche anterior le había hecho una especie de "limpieza de poros". Diana pensó que limpiarían unos poros al pie del Monte Targón, pero no… hablaba de los poros en la piel de su rostro.
Quizás Leona estaba bañándose apenas. Pudo haber respondido y decirle que esperara pacientemente. No le costaba nada tomar su teléfono y enviarle una nota de voz.
Quizás no podía salir. Leona era una persona ocupada. Nada que ver con Diana, cuya única obligación; según sus padres; era estudiar y, cuando mucho, velar porque su hermana hiciera lo mismo. No tenía una rutina fija como Leona, no salía a trotar en las mañanas, no trabajaba ocho horas en una cafetería ni repartía su tiempo libre entre cocinar, comer, tareas y demás.
Quizás se quedó atascada en el elevador. Diana volteó a mirar al edificio donde creía que Leona vivía, al otro lado de la calle. Era un edificio residencial bastante viejo, existía esa posibilidad.
Quizás fue raptada. Diana había investigado la zona apenas sus padres le dijeron "ten mucho cuidado por allí". Como cualquier otra ciudad del mundo, tenía zonas peligrosas. Aquella no era la mejor zona de la ciudad, si lo pensaba tampoco era la peor. Así que si algo le hubiera sucedido, al menos habría visto algo.
Quizás Leona no quería salir con ella.
Diana miró de nuevo su teléfono celular, esperando que sonara, vibrara… o algo.
Tenía que relajarse, no podía deprimirse por un pensamiento tan absurdo como ese. Los últimos dos días que se habían visto luego de comenzar a hablar, Leona se había mostrado bastante entusiasmada con la idea de salir con Diana. No había manera de que, de forma repentina, no quisiera.
Su teléfono vibró.
Ni siquiera comenzó a sonar su tono de llamada cuando Diana contestó.
—¡Hola! —exclamó Diana—. Yo… ah… estoy aquí.
—¿Aquí dónde? No hay ningún coche azul marino en la calle. —logró escuchar decir a Leona al otro lado de la línea.
—Estoy… frente a un edificio de ladrillos. —dijo Diana, nerviosa—. No había lugar para aparcar frente al edificio, así que...
—Oh… ¡ya! Estás en la esquina, claro. —dicho eso, Leona colgó.
Diana observó a Leona desde la lejanía. Ella tenía una camisa de mangas cortas violeta, con un overol de mezclilla corto. Diana mordió su labio inferior, sintiéndose una atrevida por el solo hecho de mirar las piernas torneadas de la morena que se dirigía a su auto.
Tragó con fuerza cuando Leona tocó la ventana de su auto en la puerta del copiloto. La morena le saludaba, agitando su mano en un gesto infantil que quedaba bien con su sonrisa brillante.
Ella era tan hermosa.
La peliblanca quitó el seguro de la puerta y la abrió, permitiéndole entrar a Leona, que no tardó en adentrarse al auto con prisa. La morena suspiró, acomodando su bolsa sobre sus piernas para finalmente mirar a Diana.
Leona permaneció en silencio por un instante, mirándola con sorpresa.
—Oh, vaya... —murmuró Leona, atónita—… te ves muy hermosa, Diana.
—¿Q-Qué? —preguntó Diana, encogiéndose en su lugar.
—Yo no suelo maquillarme mucho, pero hice mi mejor esfuerzo hoy. Aunque ni siquiera me acerco a lo bella que te ves. —dijo Leona, con sus mejillas un poco rosas—. Tengo una cita con la chica más linda de toda Targón, y no pensé que fuera posible, pero ella incluso se ve más que hermosa hoy. —Leona se removió en su lugar con emoción, causando que Diana se extrañara por su actitud—. ¡Soy la lesbiana más afortunada de Runaterra!
Diana no supo qué decir o cómo reaccionar a lo que Leona decía. Claramente ella estaba halagándola, sin embargo, Diana no comprendía muy bien por qué. Para ella, el maquillaje era sólo una máscara.
Sintió la necesidad de decirlo, pero se abstuvo al no querer decepcionar o hacer enojar a Leona. ¿Eso quería decir que le gustaban las chicas que se maquillaban?
Se miró al espejo retrovisor. Tenía que admitir que Syndra había hecho un excelente trabajo. Aun así, sentía que a Leona le gustaba más por su maquillaje y no estaba segura de querer maquillarse todo el tiempo.
Bajó la mirada, sintiéndose afligida por sus pensamientos.
—Quiero decir… tú ya eres bastante hermosa sin maquillaje. —dijo Leona con cautela, notando que Diana pareció desanimada por sus comentarios anteriores—. Pero me halaga pensar que por iniciativa propia intentaras verte mucho más hermosa sólo para venir a una cita conmigo, ¡y lo conseguiste!
—Ah… yo… la verdad es… —murmuró Diana, tratando de decidir si hablar o no. La mirada de interés de Leona fija en ella le dio el valor para hacerlo—. Fue idea de Syndra, mi amiga… yo no… no tiendo a maquillarme más allá de… un poco de sombra y delineador.
—Ya veo. En ese caso… —Tomando una de las manos de Diana entre las suyas, Leona le regaló una sonrisa amistosa—… en nuestra próxima cita, por favor ven como sea que quieras venir. Incluso si quieres venir en pijama yo siempre voy a pensar que eres hermosa, Diana.
Al instante, Diana divisó el brillo que irradiaba Leona. Era como si su alma fuera tan pura que cualquier cosa que salía de su boca no podían ser menos que halagos y palabras alentadoras.
Leona era todo lo bueno del mundo en una persona. Al menos eso le parecía a Diana.
Diana guardó silencio. Leona la observó teñirse de un rojo tan profundo que pensó que de sus orejas saldría humo o de su nariz sangre. No pudo evitar reír cuando Diana encendió el aire acondicionado, intentando apaciguar el calor que sentía.
—Está … caliente aquí dentro. —murmuró Diana, colocando las manos en el volante.
—¡Me gusta mucho tu auto, por cierto! —dijo Leona, mirando a su alrededor—. Incluso se ve como nuevo, como si nunca lo hubieras usado antes.
Diana apretó el volante con fuerza.
No lo había usado porque permitió que Alune destruyera su autoestima y todas sus ganas de utilizar su auto por dos años. Sus padres habían meditado devolverlo o en su defecto venderlo, pero simplemente quedó olvidado en la cochera.
—Eh… algo así. —contestó Diana, avergonzada por recordar su pasado—. ¿Iremos al sector de Lunaplata, cierto?
Leona tomó su celular, buscando la dirección del museo al que irían.
—Sí. Por donde está la sede norte del Banco Ocaso. —dijo Leona, mirando su teléfono—. Puedes tomar la autopista del Sol.
—Lo sé, sí… —murmuró Diana—. ¿A qué altura, exactamente?
—Sólo maneja y yo te guío. —respondió Leona. Mordió su labio inferior al notar que Diana no hizo más preguntas y puso el auto en movimiento—. Nunca había tenido una cita con alguien que tuviera un auto, es un poco emocionante. —comentó Leona, colocándose el cinturón de seguridad—. Una vez tuve una cita con una chica que tenía una motocicleta, y ahora tengo un trauma porque ella manejaba a mil kilómetros por hora. Igual no iba a funcionar, a ella le gustaba el peligro y quería que yo fuera su amante.
Diana la miró por un breve segundo, confundida por su comentario. Leona se alzó de hombros, sonriendo genuinamente.
—Algunas personas no tienen pudor. —terminó de decir la morena.
—¿Has tenido muchas citas? —Las palabras se escaparon de la boca de Diana, que al instante se tiñó de rosa, avergonzada—. E-Es decir… yo no… pretendía… lo sie-
—Diablos, acabo de subirme al coche. ¿Tan pronto vas a comenzar con los celos irracionales y la posesividad tóxica, Diana? —preguntó Leona, a modo de broma.
—¿Qué? ¡No! —respondió Diana, temerosa de haber estropeado su cita—. Y-Yo n-
—Porque déjame decirte, preciosa, que esa camiseta está muy escotada. —bromeó Leona, desviando su mirada al pecho de Diana, que la imitó—. Otras lesbianas verán lo que me pertenece, o peor… ¡hombres lo verán!
—¡Eeeew, no quiero que hombres me miren! —se quejó Diana,aprovechó un semáforo en rojo para abotonar su camisa de cuadros y cubrir su pecho algo expuesto—. Lo lamento, no quería… es que… ¡Syndra me dijo que debía vestir algo provocativo! Pero… ésta es la única camiseta que tengo de tirantes y… me sentía casi desnuda, así que me puse esta camisa y… ¡lo lamento! No quería… yo…
Diana calló cuando escuchó la risa de Leona. Ella estaba echada hacia atrás en su asiento, intentando cubrir su boca con sus manos para contener la risa, pero fallando en su intento.
La inocencia de Diana se le hacía un tanto graciosa.
La risa de Leona contagió a Diana, que rió con ella por unos momentos hasta que finalmente ambas permanecieron en silencio.
—Ni siquiera notaste que te llamé preciosa, o que dije que me perteneces. —dijo Leona, apartando algo de cabello de su rostro—. Te ves tan linda cuando te pones nerviosa, Diana.
—Ah… eso… es… —Ganando un tono rosa en sus mejillas de nueva cuenta, Diana sintió su corazón agitarse sin control en su pecho—… tú… ¿me dijiste preciosa?
—Eres preciosa. —aseguró Leona, colocando una de sus manos sobre una de las manos de Diana.
Al instante, Leona notó el nerviosismo aumentando en Diana y retiró su mano.
Los anteriores dos días que había visto a Diana y había hablado con ella en la plaza, Leona notó que el hecho de acercarse mucho a ella o tener contacto directo la ponía bastante nerviosa.
Pensaba que era tierno, pero no lo adecuado estando Diana al volante.
—Y sí, he tenido citas, buenas citas, malas citas y pésimas citas.
Mirando a Leona por el retrovisor, Diana arqueó una ceja. Puso el auto en marcha de nuevo.
—¿Y qué diferencia las malas de las pésimas? —preguntó Diana, en un murmullo.
—La persona. Cuando no trabajaba tenía mucho tiempo libre, así que utilizaba esta aplicación para conseguir citas. —comenzó a decir Leona, desviando su mirada de Diana para mirar por la ventana—. Conocí gente muy interesante, muy idiota o muy loca. Incluso me hice amiga de unas cuantas, Sivir, por ejemplo.
—¿No es esa tu compañera de piso? —preguntó Diana, manteniendo su vista en el camino.
—Tienes muy buena memoria. No sé si eso es bueno o malo para mí. —dijo Leona a modo de broma.
Diana soltó una pequeña risa ante su comentario. Leona sonrió, percatándose de que los nervios y la tensión en Diana se aligeraban.
—Sí, Sivir es mi compañera de piso. Ella es shurimana. La conocí en esta aplicación hace tres años. —volvió a hablar la morena—. Cuando hablamos por primera vez, ella me pareció carismática y amable. Fue bastante cordial y genuina. Compartíamos varios gustos, en música y películas. Así que, luego de semanas de hablarnos, decidimos salir. —explicó Leona, sin dejar de mirar cada expresión y movimiento de Diana—. Nos vimos en un parque, platicamos, comimos hotdogs, y cuando nos íbamos a besar ¿qué crees?
En ese punto el rostro de Diana tenía una clara mueca de confusión. Nunca había intentado siquiera tener una cuenta en ese tipo de aplicaciones, pues lo más seguro para ella era que nadie se fijaría en alguien cuya descripción dijera "estoy trastornada".
Quizás habría conocido a Leona tiempo atrás, incluso antes que a Alune.
—¿Llegó su novia? —preguntó Diana, con su vista fija en el camino.
Usualmente, eso le pasaba a Syndra cuando tenía citas con personas que conocía en esas aplicaciones.
—¡Sivir se echó a llorar! —exclamó Leona, causando que Diana se confundiera aún más—. ¡Esa fue justo mi cara! No entendía qué le pasaba y bueno, no fui a una cita a ver a una chica llorar por su ex.
—¿Lloraba por su ex? —indagó Diana, sin salir de su confusión.
—Lloraba porque tenía problemas con ella, pero aún la amaba. —dijo Leona, arreglando su cabello—. Me habló el resto de la cita de su ex y yo me sentí tan apenada por ella. Te lo resumiré, nos hicimos buenas amigas, Sivir lidió con esos problemas porque se dio cuenta que aún no superaba a su ex y ambas querían volver, así que ahora siguen siendo novias y yo comparto departamento con Sivir. —explicó la pelirroja, sin parar de mirar fijamente a Diana—. Todo muy amistoso entre nosotras, cero sentimientos de homosexualidad.
—Oh... eso… es genial, creo. —susurró Diana, sin saber qué decir con exactitud—. ¿Esa fue una mala o buena cita?
—Mmm… ni siquiera la considero una cita, fue más como una salida de amigas. —aseguró Leona, riendo un poco—. ¿Qué hay de ti? ¿Has tenido novias? ¿Citas? ¿Interés amoroso?
Diana se tensó por completo. Apretó el volante con fuerza en sus manos y concentró su vista en la carretera. Por ser domingo, la cantidad de autos en la calle era escasa. No le tomaría mucho tiempo llegar a la autopista y menos al sector Lunaplata.
Suspiró, dándole un vistazo a Leona, que la miraba espectante.
—Tuve… una novia. —susurró Diana, en un tono apenas audible—. Fue hace un año ya… pero… bueno, no terminó bien, así que… ella me dejó y… bueno… eso.
—¿De verdad? —preguntó Leona y Diana sólo asintió con su cabeza como respuesta—. No lo creo.
—¿Qué? ¿P-Por qué? —indagó Diana mirándola por un breve instante.
—Es sólo… me pareces una persona muy tierna, no me hago a la idea de que alguien te haya tenido a su lado y luego te deje como si nada. —respondió Leona, sonriendo cuando el rostro de Diana comenzó a sonrojarse—. Seguramente era una persona que no sabía lo que tenía.
—¿Y qué crees que tenía? —se animó a preguntar Diana, interesada en la respuesta de Leona.
—A ti. —dijo Leona, genuina—. Quiero decir… eres un buen partido. Tierna como un poro, hermosa como un amanecer, tímida como una pequeña niña. Ni siquiera podría imaginarte siendo infiel, así que… eso es algo muy positivo para decir de una persona en estos tiempos.
—Yo no… no soy tierna como... un poro. —murmuró Diana, sonrojándose mucho más—. Aunque, sí soy tímida… muy tímida. Y no, tampoco puedo imaginarme siendo infiel… quiero decir, ya me cuesta bastante confiar en una persona como para entablar una relación amorosa… no me imagino hacerlo con dos personas a la vez.
—Exactamente. Te ves como alguien de fiar, al menos para mí. —aseguró Leona, sonriente—. De hecho, lo primero que pensé al verte es que me gustaría abrazarte y protegerte de cualquiera que intente dañarte, porque te veías tan linda y nerviosa. Muy tierna. Como un poro.
—Por favor, para. —susurró Diana, sintiendo su rostro demasiado caliente—. Vas a hacer que me desmaye.
—¡¿Te desmayas de la vergüenza?! —indagó Leona con emoción—. ¡Eso es muy tierno!
—N-No lo es. —murmuró Diana.
—Por supuesto que sí. —dijo Leona, riendo un poco—. ¡Todo en ti me parece tan tierno, Diana!
—No soy tierna… soy todo menos tierna, Leona.
—dijo Diana, nerviosa. Tomó la vía al sector al que se dirigían, reduciendo la velocidad en la curva que la sacaba de la autopista—. Soy callada y… rara. Me gusta la luna y la noche, los alfajores… odio las rosas, no me gustan el rap ni el reggae, no tengo interés en fiestas, alcohol ni drogas. Aprecio el silencio, me fascina leer y suelo leer cosas no muy populares. Amo la historia y soy-
Diana calló al instante. Estuvo a punto de decir que era agnóstica con inclinaciones a la fe Lunari.
Tragó con fuerza, desviando su mirada por un segundo a Leona. Al contrario de lo que pensó, Leona se encontraba mirándola con fijación, interesada en sus palabras.
—Eres… ¿qué? —preguntó Leona, confundida por su silencio repentino.
—¿A dónde vamos? —Diana cambió el tema, deteniendo el auto en un semáforo en rojo—. Estoy llegando al banco.
—¡Oh, cierto! —exclamó Leona, mirando su teléfono—. Nunca había venido en auto, es mucho más rápido que en metro. Debemos ir a… dos manzanas por esta calle, luego tres manzanas a la derecha.
—Correcto. —dijo Diana, esperando en silencio a que cambiara el semáforo.
Leona la miró, sonriendo un poco al verla tan distraída.
—Así que… ¿qué-
—¿Puedes creer que en Jonia las esperanzas de vida rondan los ciento treinta años? —preguntó Diana, intentando evadir la pregunta de Leona—. Mi amiga Syndra aún tiene a su bisabuela viva, ¿no es eso increíble?
—¡¿Ciento treinta años?! —indagó Leona, sorprendida—. Eso es… ¡es horrible!
—¿Qué? ¿Por qué? —Confundida, Diana echó a andar el auto cuando el semáforo se lo indicó—. Es todo menos horrible, las personas son muy longevas en Jonia, pero sólo en Jonia. Es curioso.
—No lo sé, es que… apenas voy a cumplir veintitrés años el próximo mes y algunas veces despierto con ganas de morirme. —Intentó explicar Leona, llevando su mano a su barbilla, pensativa—. Imagina tener ciento veintitrés años… por Aúrea… por favor, deseo que mi cuerpo sea consumido por el resplandor del sol antes de que llegue a los ochenta.
Algo en el cerebro de Diana hizo clic apenas escuchó el nombre del ente celestial que adoraban los Solari. Sus sospechas eran ciertas. Leona practicaba esa fe tan nefasta.
La maldijo por ser tan hermosa que no podía odiarla o dejar de sentirse atraída por ella.
—¿A la derecha? —indagó Diana.
—¡Sí, tres manzanas! —aseguró Leona, emocionada—. La pizzería a la que iremos está cerca de aquí. Amarás el lugar, ¡lo prometo! La pizza es muy buena, aunque no tan buena como la que yo hago en casa.
—¿Cocinas? —preguntó la peliblanca, interesada.
—¡Sí, claro! —exclamó Leona, emitiendo ese brillo que fascinaba a Diana—. Amo la cocina, se me da muy bien, aunque aun debo perfeccionar mis postres, por eso decidí venir a trabajar con Mihira. Mi tío dice que no ha conocido a nadie que cocine desayunos y postres como ella.
—Por dos. —dijo Diana, asintiendo con su cabeza—. No importa a donde vaya, los alfajores de Mihira son los mejores.
—Mmmm… supongo que tendré que hacerlos mucho mejores para llegar a gustarte. —dijo Leona, pensativa—. Sivir dice que la mejor forma de conquistar a una mujer es por medio de su estómago. Así que tendré que esforzarme con eso, supongo.
Diana se habría petrificado de no ser porque estaba al volante.
Eso fue un claro coqueteo. ¿Qué se suponía que debía responder? Syndra no le había hablado de cómo responder un coqueteo. ¿Debería decir que ella también? Pero… ¿ella también qué?
Se mantuvo en silencio, mirando la calle por la que transitaba.
—¿Qué más te gusta además del alfajor? —preguntó Leona, rompiendo el silencio—. Hago un pie de limón excelente.
—Bueno… en ese caso, le agradarás a Zoe. —dijo Diana, sonriendo un poco—. Ella ama el pie de limón. Por otro lado, supongo que también me gusta, pero no tanto como el alfajor. Es simplemente el postre perfecto.
—¿Por qué? —indagó Leona, interesada.
—Porque cuando era una niña, mi abuela me preparaba de merienda un pequeño aperitivo. —comenzó a decir Diana, divisando el museo—. Ella tenía una vieja caja de petricita muy bien tallada. Allí guardaba los mejores tés de Jonia. Su acompañante ideal era el alfajor.
—Oh, ya veo. —susurró Leona.
—Crecí disfrutándolos con ella en las tardes, viendo esas teleseries dramáticas. —continuó explicando Diana, entrando al estacionamiento del museo y buscando con su mirada un sitio para aparcar el vehículo—. Luego vino Zoe, pero ella no pudo disfrutarlos tanto como yo porque… bueno, ya sabes… los humanos somos efímeros.
Leona guardó silencio el tiempo que Diana estacionó el coche. La miró con interés por un largo momento.
La morena colocó su mano sobre la derecha de Diana, sonriéndole con algo de pesar cuando la peliblanca volteó a mirarla. Paulatinamente el rostro de Diana se tiñó de rosa.
—Lo lamento, —se disculpó Leona, bajando un poco su cabeza—, no pretendía hacerte recordar algo doloroso.
—E-Está bien. —susurró Diana, sonrojada—. Pasó hace siete años. La herida ha sanado.
—Te prometo que me dedicaré a hacer los mejores alfajores sólo para ti, para que los acompañes con té luego del almuerzo. —aseguró Leona, apretando un poco la mano de Diana en la suya.
—Eh… yo… eso… es… —masculló Diana, cerrando su boca al no saber qué responder a eso—. Gracias… yo… lo aprecio mucho. —Respirando profundamente, Diana dejó escapar el aire de sus pulmones en un suspiro luego de contenerlo unos segundos—. ¿Quieres… ? Es decir… ¿vamos?
Diana sonrió un poco, nerviosa. El aire en el auto comenzaba a calentarse y su nerviosismo aumentaba al tener contacto con la morena.
Afortunadamente para ella, Leona asintió con su cabeza, dejando libre su mano para quitarse el cinturón.
—¡Vamos! —dijo Leona entusiasmada. Abrió la puerta del coche, saliendo primero que Diana.
La joven pálida sintió su rostro ardiendo. Tenía que calmarse.
Apenas salió del auto, Leona la tomó del brazo, guiándola con entusiasmo al museo.
Una vez estuvieron dentro del amplio recinto, Diana dio varios pasos en dirección al pasillo que mantenía tras cristales la historia de los Lunari. Sin embargo, Leona la jaló en dirección al pasillo de los Solari, sonriente.
Diana frunció su ceño, mirando con desagrado los pasillos de mármol tallado cuyas columnas tenían decorados sus capiteles con el mismo oro de las armaduras y armas tras los cristales.
—¿No es maravilloso? —preguntó Leona, con un brillo de emoción en su mirada—. Estas personas… nuestros ancestros, forjaban bajo el cenit todas estas cosas. Es increíble.
—Sí, bueno, los Lunari hacían armas más estilizadas. —murmuró Diana, mirando las lanzas y espadas en los estantes—. Y no usaban armaduras tan ostentosas ni escudos pesados.
—Una guerrera sin escudo es tan tonta como imprudente. —aseguró Leona, dirigiendo su mirada a Diana.
—Los Lunari no necesitaban escudos. —respondió Diana con simpleza—. Sus corazones luchaban al desnudo. Eran apasionados.
—Eran herejes. —dijo Leona, arqueando una ceja.
Ambas detuvieron su andar. Entonces Diana volteó a mirar a Leona y supo que no iba a volver a caminar hasta obtener una respuesta que le complaciera.
Era una lástima que Diana repudiara esa fe.
—Cada acto de herejía es un acto de pasión. —afirmó Diana, sonriendo un poco.
—¿Pasión? —preguntó Leona, soltando una risa—. Es un interesante término para definir la práctica de una fe. —Con delicadeza, Leona dejó el brazo de Diana—. Yo… la verdad… me encanta este ala del museo.
Alejándose de Diana, Leona caminó hasta una sala al final del pasillo. Se detuvo frente al monumento más grande y Diana la siguió, mirando con una ceja alzada la enorme estatua de mármol que se hallaba en medio de la sala redonda.
—Cuando era una niña, venía con mis padres todo el tiempo. Y yo juro que podía pasar horas aquí, mirándolas. —Alzando su mirada, Leona se fijó en el ente tallado en mármol que poseía varias decoraciones de oro—. ¿Sabes? Ella fue la última en ser conocida como el aspecto de la hermana Áurea. El Radiante Amanecer.
Diana, por su parte, miró a la otra estatua del monumento. Se encontraba delante de la que reconoció como "hermana Áurea", era de un tamaño más "humano" mientras que Áurea era un metro más alta.
Esta estatua no sólo tenía detalles en oro, como la más grande. Tenía una armadura dorada, la espada del cénit y el escudo del amanecer que, según los historiadores, había usado el mismísimo aspecto del sol.
Quizás por eso la entrada al museo era tan cara y había tantos guardias de seguridad. Porque tenían baratijas Solari que querían los fanáticos religiosos en sus templos dorados.
—Quien acabó con la persecución Lunari y ayudó en la lucha contra los Darkin, sí, lo sé. —dijo Diana, desviando su mirada a Leona—. La más devota de su generación y quien descubrió a la poderosísima Desdén de la Luna. ¿Sabías que aseguran que cuando ambas subieron a la montaña, el aspecto de la luna casi la mata en una pelea?
—Pero perdonó su vida, sí. —dijo Leona, mirando ahora la estatua de tamaño humano—. Se dice que su cabello era como el fuego y su mirada tenía el brillo del sol.
—También dicen que no podías mirarla fijamente por mucho tiempo y que podía hacer de la noche más oscura un amanecer eterno. —comentó Diana, sin despegar su vista de Leona—. ¿Sabes? Hay unos escritos Lunari que hablan de ella.
—Ah, ¿sí? —indagó Leona, viéndose consternada por su revelación—. ¿Y qué dicen?
—Bueno… la describen como una guerrera brillante y amable. Incluso dicen que fue la única dispuesta a escuchar al aspecto de la luna, en contra de lo que dictaban los sacerdotes Solari. —dijo Diana, volteando a mirar a la estatua de mármol con armadura dorada—. ¿Sabías que ella era la única amiga del Desdén de la Luna antes de que ascendiera la montaña? Se dice que podían debatir por horas acerca de sus creencias.
Leona la miró con fijación por un instante. Se percató de que Diana parecía querer hablar más de los Lunari y su aspecto que de los Solari.
Sonriendo, Leona tomó su mano, caminando por los pasillos del museo. Inmediatamente el nerviosismo en Diana aumentó
—¿Te gusta mucho la historia de los Lunari? —preguntó Leona—. Podemos ir a esa sala del museo si lo deseas.
—¿Q-Qué? No… es decir, me gusta… sí… pero… quieres ver esta parte, así que… —murmuró Diana, sin dejar de mirar sus manos—. Yo… ¡también me gustan los Solari! Es decir… yo… no… yo… también sé acerca de… ellos… un poco.
—Pero pareces más interesada en los Lunari y dijiste que te gusta la luna. —deteniendo su andar, Leona tomó ambas manos de Diana, sonriéndole con amabilidad—. Si así lo deseas, podemos ir a ver el área de los Lunari primero, Diana.
—¡No!, es… esto… yo… quiero saber lo que te gusta, también… Leona. —dijo Diana, sintiendo temblar sus piernas por la manera en que la miraba la morena—. Y… si te gusta esta sala… si te gusta el sol y Áurea, los Solari y el amanecer… entonces… quiero saberlo y… que me hables de ello.
Leona la miró con interés. Se veía como una pequeña niña que no entendía muy bien sus sentimientos o lo que quería decir. De nuevo, la morena sintió unas enormes ganas de abrazarla hasta que se calmara.
La morena la guio por los pasillos, llegando hasta una enorme sala en la que estaban dando una charla a un grupo de turistas. Leona se acercó lo más que pudo a la enorme esfera dorada, que tenía tres gemas ámbar brillando de forma incandescente a manera de ojos.
—¿Habías visto alguna vez al Guardián Solar? —preguntó Leona, ladeando un poco su cabeza a la derecha—. Según los pergaminos Solari, castigaban a los herejes con la potente llamarada solar que podía irradiar de él.
—¿No querrás decir que los asesinaban? —indagó Diana, notándose confundida—. Quiero decir… ellos los incineraban. Un castigo es no dejarte ver tele por una semana.
Riendo un poco, Leona asintió con su cabeza.
—Mi padre solía traerme aquí. Él decía que no había nada que se le ocultara al Guardián, pues su luz era capaz de hacer ver la verdad a cualquiera. —dijo Leona, alzando la mirada para encontrarse con el orbe que mantenían colgado por vigas—. Incluso el Lunari más devoto temblaba ante la sola mención de que su condena sería una visita con el Guardián.
—Eso es horrible. —murmuró Diana, retrocediendo un paso—. Quiero decir… míralo, está juzgándote con la mirada.
—¡Eso es porque estás ocultando algo! —aseguró Leona, tomando del brazo a Diana—. Vamos, Diana, dile tu verdad al Guardián. Y si intentas mentir, de sus tres ojos irradiarán el más incandescente fuego para purificar tu alma.
Mirando a Leona con algo de miedo, Diana negó con su cabeza.
—No… yo no… estoy-
—¡Míralo y dile tu verdad! —insistió Leona, mirando al Guardián—. Poderoso Guardián, fui yo quien me comí el último pedazo de pizza, pero fue porque Sivir se comió mi tarta de frambuesa. —Juntando sus manos, Leona hizo una leve reverencia ante la atónita mirada de Diana—. Ahora tú.
Intercambiando su mirada entre Leona y el orbe dorado, Diana tragó con fuerza. No haría tal cosa por una chica, era estúpido.
—Yo… eh… yo… mi verdad es que yo… —murmuró Diana, nerviosa por lo que diría—… sé que sólo eres un orbe flotante y… no puedes dañarme como a los Lunari antaño. Buenas tardes.
Dándose la vuelta, Diana comenzó a caminar fuera de la sala. Leona rió, siguiendo a Diana hasta alcanzarla.
—Oye, se supone que debías decir una verdad. —dijo Leona, riendo.
—Esa fue una verdad, ese orbe no puede dañarme. —insistió Diana, mirando una armadura a su derecha—. Además, esa cosa era usada para darle muerte a personas por el simple hecho de pensar diferente, no es un… ser sagrado o algo.
—Siento que podría debatir contigo acerca de esto el resto de mi vida, Diana. —dijo Leona, ampliando su sonrisa cuando Diana volvió a teñirse de rosa.
Por casi una hora, Diana observó a Leona hablar con tal pasión acerca de la fe Solari y sus costumbres que no le quedó duda alguna de que aquella chica pertenecía al culto del sol.
Sin embargo, había algo en Leona que la hacía sentirse cómoda con la idea de que practicara aquella fe.
No conocía ningún Solari, y desde la vez que acompañó a su madre al templo Solari al pie de la montaña no le quedaron ganas de conocer a ningún otro. Tuvo la mala suerte de toparse con un sacerdote que la tildó de hereje por cuestionar uno de sus designios. Así mismo, fue expulsada del templo junto con su madre por los devotos religiosos.
Diana ese día comprendió por qué los Solari solían vestir tantas armaduras. Es porque sus orgullos eran tan frágiles como el cristal.
Por supuesto que recibió una reprimenda por parte de su madre, quien no volvió a pedirle acompañarla en el festival del sol. A veces su madre actuaba como una Solari.
Pero Leona… ella no lucía como alguien que se molestara por el simple hecho de decirle que el sol se pone y luego sale la luna. Incluso cuando visitaron el ala Lunari, ella se mostró muy interesada y aunque debatió con Diana, no impuso sus creencias sobre lo que decía la joven pálida.
Su recorrido terminó con una demostración de las constelaciones de los aspectos en la sala de astronomía.
—Y así es como puedes construir un astrolabio casero con artículos de tu hogar. —terminó de contarle Leona mientras caminaban a su auto—. ¿No es genial?
—Es… información interesante. —puntualizó Diana, sin saber exactamente qué decir.
—Muero de hambre. —se quejó Leona, pasando uno de sus brazos por encima de los hombros de Diana y dejándola tensa—. Vayamos rápido a comer, Diana.
La peliblanca se mantuvo estática en su lugar, causando que Leona también detuviera su andar. Abrió sus labios varias veces, intentando decir algo, sin embargo, simplemente se deshizo del agarre de Leona, mirándola confundida.
—¡Woah! —exclamó Diana, ganando un tono rojo intenso en su rostro—. T-Tu… eres… fuerte.
—¿Ah? —Leona arqueó una ceja, sin entender de lo que hablaba Diana—. ¿Qué quieres decir?
Diana tocó uno de sus brazos, sintiéndose al borde de un colapso cuando sintió el músculo terso de su bíceps. Leona por su parte ladeó su cabeza, alzando su brazo. Hizo un poco de fuerza, causando que Diana abriera su boca, sin dejar de tocar el brazo de la morena.
—Sí, soy un poco fuerte. Quiero decir… no soy fisicoculturista, pero… te dije que me gusta hacer ejercicio. —explicó Leona, sonriendo un poco al ver a Diana tan sorprendida—. Cuando salgo a trotar también me detengo en el parque a hacer flexiones, abdominales, sentadillas y la plancha. Es una costumbre.
—Tú… eres fuerte. —repitió Diana, sin saber qué más decir—. Es decir… esto… es… muy sexy.
Leona se sorprendió por sus palabras y al cerebro de Diana le tomó un minuto exacto hacerle entender a la misma Diana lo que acababa de decir.
—¡Quiero decir! Yo no… no quise… yo-
—Gracias. —respondió Leona, sonrojándose un poco por su cumplido—. Algunas personas dicen que es "masculino", pero creo que es más bien cuidado personal. Porque tu cuerpo es un templo.
—Y el tuyo es un palacio. —volvió a decir Diana, apretando un poco su brazo. De nuevo, Diana tardó un momento en sonrojarse por completo debido a sus palabras—. L-Lo sient-
—Escucha, si quieres pasear por este palacio, vas a tener que hacerle una ofrenda de comida primero. —dijo Leona, dándose unas palmadas en el estómago—. Porque muero de hambre.
—¿P-Pasear por… el palacio? —preguntó Diana.
Tuvo que retroceder unos pasos y recargarse de su auto para no caer al suelo. No tenía idea si esa era una especie de proposición indecente, pero el noventa y nueve por ciento de su cerebro quería pensar que sí.
—¿Estás bien? —preguntó Leona, notando que Diana parecía estar a punto de desmayarse—. ¿Necesitas algo? ¿Agua?
—Necesito entrar. —respondió Diana con rapidez, alejándose de Leona apenas ella quiso acercarse—. Y comer… sí, vayamos a comer.
Diana entró a su auto con rapidez, esperando que Leona se subiera a él. Cuando la morena entró le regaló una sonrisa coqueta a Diana, que arqueó una ceja al no entender por qué la morena la miraba de una forma tan extraña para ella.
La peliblanca sintió un inmenso calor apenas entró al coche, pues estuvo todo el tiempo bajo el sol veraniego.
—Está… muy caliente aquí… de nuevo. —comentó Diana con nerviosismo.
—¿Quieres ver algo? —preguntó Leona, acomodándose en su lugar.
—¿Qué exactamente es ese algo? —indagó Diana, introduciendo la llave en el auto para encenderlo.
—Esto. —Diana se congeló cuando Leona desabrochó su overol, levantando su camisa violeta hasta mostrarle su abdomen a Diana—. También tengo el abdomen algo marcado. ¿Te gusta?
Con sus ojos abiertos cuanto podían, Diana permaneció en silencio por un largo momento. Su vista estaba fija en la piel tostada de Leona en su vientre y estómago. No había degradados de color en la piel de la joven, era como si ella tuviera el bronceado perfecto en todo su cuerpo.
Deseaba tocarla. Pero seguramente eso estaría fuera de lugar. Pero ella estaba ofreciéndose, por algo desabrochó su overol por sí sola. Pero no podía hacerlo sin estar segura de tener su consentimiento. Pero si no lo tuviera, Leona no le estaría mostrando su abdomen en primer lugar.
El raciocinio la abandonó y su mano derecha se posó sobre el vientre y estómago de Leona, que se sorprendió un poco por lo fría que estaba la mano de Diana.
Era firme. No estaba exactamente muy marcado, pero podía sentir la piel firme bajo su mano. No era como el suyo, ni siquiera como el de Alune o Syndra. Diana estaba segura de que ni siquiera Sarah tenía el abdomen así de firme. Pero estaba segura de que quería tocar ese abdomen el resto de su vida.
Recorrió con la punta de sus dedos la piel suave de Leona, con su boca ligeramente abierta.
Esa chica era un ángel. No había otra razón por la que una joven como ella estuviera interesada en alguien como Diana. Ella era torpe e insegura, tonta y socialmente inepta. Ella era una trastornada.
Su gesto embelesado comenzó a cambiar por uno de aflicción.
Tomando una profunda respiración, Diana comenzó a alejar su mano, sintiéndose culpable por haber hecho algo que Leona no le había consentido. Aparte de idiota se sintió como una abusadora.
Probablemente la pelirroja ni siquiera la querría cerca ahora.
—Y-Yo… lo… sien-
Sin que pudiera terminar de hablar, Diana sintió cómo de forma rápida, Leona tomó su mano, deteniéndola de alejarse de ella. En un instante, Diana alzó su mirada con temor y recibió los labios de Leona sobre los suyos.
La morena apenas acarició sus labios, abriendo un poco su boca para rozarlos con su lengua. No llegó a introducir su lengua, sin embargo, se mantuvo con sus labios pegados a los de Diana en constantes caricias que hicieron que la peliblanca sintiera el calor subir a su rostro de forma rápida.
Era delicada. Alune solía besarla con fervor, de una forma más agresiva y brusca. Sin embargo, Leona acariciaba sus labios con delicadeza y lentitud, parecía estar disfrutando del sabor de sus labios o su suavidad.
El calor que sentía Diana por todo su cuerpo aumentó cuando Leona pasó su mano izquierda por su cuello, atrayéndola más a sí misma y evitando que se separara del beso.
Soltó un suspiro en medio del beso cuando la morena rozó con sus dientes su labio inferior y acarició con las puntas de sus dedos la zona trasera de su cuello. Su visión se tornó borrosa y el aire dejó de llegarle a los pulmones.
—¡Diana! —exclamó Leona, asustada
Lo último que sintió Diana fue un golpe en su frente.
—Joder… pensaba que bromeaba con eso de que se podía desmayar. —murmuró Leona, mirando a la peliblanca inconsciente en el auto—. ¿Qué carajo hago ahora?
