Hola, ¿qué tal, shabalaz? Bienvenidas a mi poderosísimo fic de Diana y Leona. Hoy es domigno de actualizar esta mamada y sean agradecidas porque no jugué lol por escribir esta wea en mi tiempo libre :,v
Bueno, me voy a la chucha que estoy en promo, jaja seme cuidan xd Recuerden que esta historia está en Wattpad y en Ao3, con el mismo título, diferente seúdonimo.
La risa de Syndra se escuchó en toda la casa.
Inclusive Nami se contagió de ella, riendo un poco junto con Sarah en el teléfono de Diana, quien se mantuvo con su cabeza hacia arriba. Tenía una compresa fría en su rostro.
La rubia sólo se calló cuando el aire le faltó, sin embargo, no tardó en volver a soltar una risa, golpeando el hombro de Diana.
—¡Se volvió a desmayar en su primera cita! —exclamó Syndra al teléfono causando que Nami parara de reír—. ¡Y, hey, eso no es todo!
—Pobre Diana. —susurró Nami, mirándola con pesar—. ¿Estás bien? ¿Qué hizo ella?
—¡Eso es lo más gracioso! —dijo Syndra, metiéndose en medio de la cámara para hablar con Nami—. Ella intentó despertarla con agua. Y cuando Diana despertó, ella estaba tan cerca que se asustó ¡y se levantó tan rápido que de alguna manera golpeó su cara con el volante!
—Oooww, mi pobre Didi, ¿por eso es el moretón? —indagó Nami, intentando mirar a Diana.
La peliblanca apartó a Syndra, arrebatándole su teléfono para alzarlo y que Nami pudiera mirarla. Quitó de su rostro la compresa, dejándola mirar el moretón en su nariz.
—Fue un accidente. —susurró Diana, intentando no hablar mucho.
—Ay, cosita... ¿y qué ocurrió con la cita, Di? —preguntó Nami, notándose afligida—. ¿Ella se fue?
—Uh... no... ella... de hecho... —murmuró Diana, sonrojándose un poco—... Leona me llevó al hospital y... bueno... esperó por mí hasta que me atendieron... incluso compró algo para comer y esperó a que Syndra viniera por mí.
—Oh, vaya. —dijo Sarah, apareciendo en la pantalla a un lado de Nami—. Es una buena chica, parece. Si fuera alguien como Syndra seguro habría dicho "Iugh, ensuciaste mi ropa con sangre, adiós".
—¡Confirmo! —exclamó Syndra, riendo.
—Sí, sí, ya te vimos, hetero. —dijo Nami con sarcasmo—. Pero... no entiendo, ¿por qué te desmayaste, Di? ¿Te sentiste abrumada o algo?
—E-Es que... ella... bueno... h-hacía mucho calor en el coche y... luego... ella... —dijo Diana, sintiendo su rostro calentarse—... ella m-me besó.
Nami abrió su boca por la sorpresa y Sarah soltó un gritillo del asombro. Por su parte, Syndra miró consternada a Diana.
—¡¿Cómo que te besó?! ¿Por qué no me lo dijiste antes? —indagó Syndra, ofendida—. ¡Yo soy tu mejor amiga!
Carraspeando un poco, Nami soltó una risa sarcástica.
—¿Perdona? YO soy su mejor amiga. —dijo Nami, sonriendo con malicia—. La conozco desde el hospital.
—¿Desde el hospital? —preguntó Sarah, confundida.
—Ugh, otra vez con esa mierda. —se quejó Syndra, cruzando sus brazos.
—¿No te lo he contado? —indagó Nami, mirando a Sarah. Su novia sólo negó con su cabeza como respuesta—. Pues mi mamá y Selene son buenas amigas desde que son vecinas y cuando ambas quedaron embarazadas decidieron hacer seguimiento del embarazo en el mismo hospital. Así que Diana es un mes y dos semanas mayor que yo porque fue prematura por dos meses, sino, yo sería mayor que ella por dos semanas o algo así.
—Y las dos compartieron tres segundos en la misma sala de hospital, sí, ya, lo sabemos, Nami. —gruñó Syndra, sintiéndose celosa—. Supéralo, eso pasó hace casi veintitrés años. El punto es que desde hace mucho yo te superé.
—¿Así que clees habel supelado a tu maestla, señolita Fae'lol? —indagó Nami, acariciando su barbilla, simulando estar acariciando una barba.
—Por última vez, ¡los jonianos no hablamos así! —se quejó Syndra, comenzando a enojarse por las bromas de su amiga y las risas de Diana y Sarah—. Además, ¡estábamos hablando de Diana y Leona y que se besaron!
—Correcto, ¡esa es mi Diana, cariño! —exclamó Nami, aplaudiendo—. Dando besos en la primera cita, eres un galán.
—Un ferrari. —comentó Sarah—. Ni siquiera yo besé a Nami en nuestra primera cita. ¿No ibas a ir lento con ella? Iban a conocerse primero, ¿o no?
—Ay, Fortune, la mejor forma de conocer y comunicarte con alguien es haciendo contacto directo con su boca. —dijo Syndra, sentándose a un lado de Diana en el sofá de la sala—. Hablar es para los tontos aburridos, muy siglo dieciocho.
—Ya, pero Diana no es así. Ella es... bueno... es Diana. —dijo Nami, riendo un poco—. A todo esto... ¿cómo es que ella terminó besándote?
—Ah... pues... —Diana comenzó a removerse en su sitio, sintiendo su rostro arder ante el recuerdo de la suave piel de Leona bajo sus dedos.
—¡Estoy enamorada de Diana! —exclamó Leona, dejándose caer en el sofá de la sala de estar del departamento que compartía con Sivir—. Por Áurea, ¡ella es tan tierna! Nunca había conocido a una chica tan tierna y delicada.
—Hiciste que se desmayara y que se rompiera la nariz... no sé tú, pero eso suena más como que la odias ¿sabes? —dijo Sivir, dejando las llaves de su motocicleta en un colgador—. ¡Traje tus duraznos! Y a una posible asesina.
Ante el grito de la pelinegra, una de las puertas del lugar se abrió con rapidez. Leona se sorprendió de lo rápido que la chica que estaba en la habitación salió, tomó la bolsa de duraznos y se dirigió a la cocina para lavarlos.
—¿Cómo te fue en tu cita, Leo? —preguntó la joven de ojos violáceos—. Pensamos que volverías más tarde.
—Puedo notar eso. —dijo Leona, desviando su mirada al techo al encontrar a la novia de su amiga casi desnuda—. Pues, fue maravillosa. ¡La mejor cita de mi vida!
—Oooh, eso es genial. —contestó la joven de cabello lila—. ¿Cómo era su nombre, de nuevo?
—Diana. —dijo Leona en un suspiro—. Ella vino por mí en su coche. Ella se veía tan hermosa que yo sólo quería besarla y lo hice cuando salimos del museo de historia de Targón. Pero... bueno ella se desmayó con el beso. Y luego se rompió la nariz.
—Aaaaww... espera, ¿qué? —indagó la joven, volteando a mirarla confundida.
—Ugh, ella la besó, la chica se desmayó, cuando despertó se asustó y se levantó tan rápido que rompió su nariz con el volante. Fin. —aclaró Sivir, tomando un durazno para darle una mordida—. No suena exactamente como una cita maravillosa, pero como sea. Ya sabes, Leona siempre tiene citas raras.
—Sí, como la que tuvo contigo. —respondió su novia, arrebatándole el durazno—. ¿Qué fue lo que le dijiste?
—"Nunca podré olvidar ese trasero. Era como un dulce y grande durazno". —dijo Leona, riendo un poco—. También dijo algo de que cuando comes duraznos se te van al-
—Ya entendimos, Leo. —gruñó Sivir—. ¿Puedes darme mi durazno, Kai'sa?
—¿Cuál de los dos? —preguntó la joven, sonriendo con lascivia.
Kai'sa arqueó su espalda, dándole una mordida al durazno y dejando su trasero a la vista de Sivir, que no pudo evitar bajar la mirada. La morena intercaló su mirada entre Leona y su novia. Suspiró, sabiendo que su amiga querría hablar de lo que sucedió, pues la última semana no había parado de hablarle de esta inepta social que había conocido en su nuevo lugar de trabajo.
Le dio una pequeña caricia a la suave piel de su novia.
—Volveré por ti, mi durazno. —susurró Sivir, dirigiéndose al sofá para hacerse un hueco al lado de Leona—. Así que... ¿le hablaste acerca de... ya sabes, tu fe?
La amplia sonrisa que Leona había mantenido desde que llegó a su hogar fue desapareciendo de forma lenta, hasta quedar totalmente seria.
Negó con su cabeza como respuesta y Sivir emitió un murmullo.
—Es que... es difícil hablarlo. —murmuró Leona, sin despegar su mirada del techo—. Aunque... bueno, le hablé un poco de... él. Sólo lo mencioné, pero... aun así-
—¿Le hablaste de tu papá? —preguntó Sivir, contrariada—. ¿Por qué?
—Sólo le dije que me llevaba al museo cuando era una niña, nada más. —respondió Leona con prisa—. Yo... de verdad me gusta esta chica, Sivir. Quisiera que Taric la conociera, que tú la conozcas. Diablos, quisiera poder llevarla con mamá en su aniversario.
—Wow, wow, wow. Calma, Romeo, apenas la conoces. —dijo Sivir, un poco sorprendida—. No puedes simplemente llevar a una desconocida a la tumba de tu madre, eso sería raro. Quiero decir... como MUY raro. —reafirmó Sivir, mirando a Kai'sa en la cocina—. Además no sabes si ella quiere lo mismo o si esto va a durar más de un mes. Una relación es algo de dos, Leona, existe la posibilidad de que ella no quiera las mismas cosas que tú.
—Ya lo sé, pero... tengo este sentimiento en mi pecho. Esta calidez, que se convierte en un eterno amanecer sólo cuando mi mirada y la suya se encuentran. —confesó Leona a su amiga, mirando su teléfono para divisar la foto de WhatsApp de Diana en la pantalla—. Por Áurea, necesito volver a salir con ella.
—Acabas de romperle la nariz, mejor espera a que ella te invite a salir a ti. —habló Kai'sa desde la cocina, habiendo escuchado todo en silencio—. Necesito ese tipo de romance en mi vida. Alguien que me diga que mis ojos hacen avivar un fuego en su interior. —Sentándose frente al dúo de amigas en un sillón pouf, Kai'sa comenzó a comer sus duraznos—. ¿Alguna voluntaria?
Inmediatamente, Sivir levantó su mano.
—Cada vez que te veo, dentro de mí revive un imperio olvidado entre las arenas. —dijo Sivir sin titubear. La sonrisa en los labios de su novia fue suficiente para que ella sonriera también—. Concuerdo con Kai'sa, deberías esperar que ella te invite a salir.
—Pero Diana es tan tímida. —dijo Leona, removiéndose en su lugar, deseando escribirle a Diana—. Las probabilidades de que me llame o me invite a salir son una en un millón, menos aún luego de que le rompí la nariz y sólo pude llevarle al hospital un burrito. ¡Debe pensar que soy la peor persona del mundo!
—¿Acaso podría existir una persona más maravillosa? —preguntó Diana a Syndra, luego de haberle colgado a Nami. La peliblanca observaba la foto de Leona en sus redes—. ¿Crees que va a llamarme?
—Si yo fuera ella, no te llamaría luego de ese fiasco de cita. —aseguró Syndea, maquillándose frente al espejo—. Afortunadamente para ti sólo puede existir una Syndra. Dos serían demasiado para este mundo.
—Y para mí. —gruñó Diana, mirando a su amiga de reojo—. ¿Por qué te arreglas tanto?
—Veré a alguien esta noche. —dijo Syndra con simpleza—. Nada mejor que sexo casual para olvidar el fiasco de ayer con mi tan aburrido novio.
—¿Por qué sigues con él, entonces? —indagó Diana, frunciendo el ceño y sintiendo dolor en su nariz al hacerlo—. Sólo bótalo.
—Nosotras no discutiremos esto, Diana. No de nuevo. —contestó Syndra con desdén—. Las relaciones son más complicadas de lo que crees. No todo es amor y rosas, citas y sexo. Algunas veces se trata de poder y beneficios.
—¿Y qué beneficios te trae Zed? —preguntó Diana, volviendo a colocar la compresa en su rostro—. ¿Dolor de cabeza?
—Un esposo manipulable del que me pueda deshacer cuando quiera. —aseguró Syndra, sonriente—. Escucha, sé que crees en el amor, la justicia y que la luna es mejor que el sol. Pero Diana, ya pasaste por una. Sabes cómo son las relaciones... no es sólo recibir, tienes que dar. Y por eso estoy con Zed. Ni doy, ni recibo y nos vemos una vez al mes. Fin de la historia. —Terminando su maquillaje, Syndra volteó a mirar a Diana—. ¿Cómo me veo?
Diana miró a Syndra de reojo, sonriendo un poco.
—La luna estará envidiosa hoy. —contestó Diana con simpleza—. ¿Aún harás tu fiesta el sábado?
—Por supuesto. —dijo Syndra, sonriéndole con amabilidad—. Siéntete libre de usar mi habitación para coger. Si ya se besaron no me extrañaría que tengan sexo en una fiesta.
Dejando un beso en la mejilla hirviente de Diana, Syndra abandonó la habitación de su amiga, susurrando una despedida.
Diana suspiró. No estaba lista para eso. No estaba segura de poder abrirse de tal forma ante Leona.
Desnudarse frente a ella.
La sola idea causaba que sintiera vértigo.
Se abrazó a sí misma en el sofá, recogiendo sus piernas y haciéndose ovillo.
¿Y si Leona quería sólo tener sexo? Ella le había aclarado que no, pero podía estar mintiendo.
Las personas mienten. A Diana le constaba eso. Alune le había mentido tantas veces que su inseguridad aumentó hasta el punto de dudar de todo lo que le decían por un largo periodo de tiempo.
Su teléfono vibró y no tardó en mirarlo.
Era una llamada de Leona.
Su rostro ganó un tono rojo y sintió una punzada en su nariz.
—¿H-Hola? —murmuró Diana, contratando la llamada.
—¡Contestaste! —exclamó Leona, confundiendo a Diana—. Quiero decir... no pensé que... bueno, es que yo... ugh. —Leona guardó silencio, tomando una larga respiración. Soltó el aire contenido en sus pulmones en un suspiro—. ¿Cómo sigues?
—Uh... un poco... adolorida aún. —respondió Diana, sosteniendo la compresa en su nariz—. ¿Y tú? ¿Llegaste a casa?
—¡Sí! Yo... Sivir pasó por mí y... bueno, ella ahora está con su novia y yo... yo... —Leona tragó con fuerza, nerviosa. Llevó su mano a su abdomen, acariciando la zona que Diana había tocado horas atrás—... estaba pensando en ti.
Diana sintió sus mejillas calentarse incluso cuando presionaba aquella bolsa helada contra su rostro. Podía jurar que estaba calentando la compresa.
—A-Ah, ¿sí? —indagó la peliblanca—. Yo... ummm... también estaba pensando... en ti.
—¿Y qué pensabas? —preguntó Leona rápidamente, removiéndose en el sofá—. Es decir... yo... ¡estaba pensando en lo mucho que me gustó nuestra cita!
—¿Q-Qué? —preguntó Diana, confundida—. ¿De verdad?
—¡Por supuesto! —exclamó Leona, emocionada—. Esa fue, en definitiva, la mejor cita que he tenido en mi vida. Hubo de todo. Un paseo en el museo, comida de dudosa procedencia, una visita al hospital, un... un beso.
Ante la mención del beso, Diana se congeló.
Podía jurar que si saboreaba sus labios aún sentía el sabor a frutas del caramelo que Leona se había comido en el museo.
—Un muy caliente beso. —dijo la morena, mordiendo su labio inferior—. ¡Y un desmayo! Mi siguiente cita tendrá que ser muy interesante para superar esta.
—¿Tu siguiente cita? —indagó Diana, haciendo un puchero sin notarlo—. ¿C-Con quién?
—Con una chica llamada Diana. —respondió Leona, sonriente—. Ella es la chica más hermosa que mis ojos jamás hayan visto. Y la cita de hoy, para mí, fue perfecta.
—Pero... nosotras estuvimos la mayor parte del tiempo en la sala de espera del hospital... porque yo soy... una idiota, y me lesioné con mi propio auto. —murmuró Diana, sintiéndose más estúpida al decirlo en voz alta—. ¿Por qué saliste conmigo? Soy un desastre.
—Salí contigo porque me atraes, Diana. —dijo Leona, jugando con un mechón de su cabello—. Y me gustó besarte. No quería ser tan atrevida en la primera cita, pero... te veías tan linda. Estabas sorprendida, pero de repente cambiaste y estabas tan avergonzada que yo... no supe... no pude contenerme, lo siento.
Diana guardó silencio. ¿Por qué estaba disculpándose? A Diana le había gustado. Le había encantado. La luna sabía lo mucho que había deseado besar a Leona desde el primer momento en que la vio, tres semanas atrás.
Incluso había fantaseado con tener un romance de película mal dirigida con ella. Se conformaba con que no terminara siendo un romance de tres días y dos muertos.
—Me gustó... besarte... también. —murmuró Diana, sintiendo un cosquilleo en su estómago—. Y tomar tu mano... y... quizás... un poco... tocarte. ¡O sea, tu brazo! —aclaró Diana al instante, sintiendo una presión en su nariz—. Me gustó... tocar tu brazo... sí, eso.
—¿Entonces no te gustó mi abdomen? —indagó Leona, dándose toques en el mismo—. Quizás deba ejercitarlo más.
—¿Acaso... tú... ? —susurró Diana, reposando su cabeza en el sofá debido a la presión que sentía en su nariz—. D-Dame un respiro, ya me desmayé una vez hoy.
—¡Cierto! Lo lamento, yo... es sólo... ¿de verdad no... te gustó? —preguntó la morena, llevando su mano a su abdomen—. Porque... yo... bueno, está bien si n-
—Creo que tú... eres... físicamente muy... atractiva. —respondió Diana, con un hilo de voz—. Y me... gustó... sí, uh... es... tienes un muy... bonito y... estilizado... mmm... ¡firme! Sí, esa es la palabra... así es... tu... pancita.
Diana quiso golpearse la cabeza contra la mesa de cristal que estaba en medio de la sala de estar.
¿Qué clase de adulta le decía "pancita" al abdomen de otra adulta?
Una imbécil. En pocas palabras, ella.
Leona rió un poco, no a manera de burla. Su risa genuina llegó a los oídos de Diana, que quería morir.
—Mi pancita quedó algo vacía luego de ese burrito. No paraba de sonar en el hospital. —murmuró Leona, arrojándose un poco—. Espero que no te haya incomodado.
—Yo no... mmm... por eso te ofrecí del mío. —dijo Diana, sonriendo un poco al recordar cómo; mientras a ella le quedaba medio burrito; Leona se había acabado el suyo y su estómago aún gruñía—. Aunque, creo que no fue suficiente.
—¡No lo fue! Ah... ¡Aaaagh! —exclamó Leona, cubriendo su cara con una de sus manos al sentirse avergonzada—. ¡Lo lamento, soy una glotona! Esa es la verdad, el motivo por el que quería llevarte a comer una pizza enorme... ¡es porque amo comer!
—E-Está bien... de verdad. —dijo Diana, ampliando su sonrisa al escuchar el tono de lamento que usó Leona para disculparse con ella—. Yo... quería agradecerte por quedarte conmigo mientras mi amiga iba a recogerme al hospital. Pudiste irte en cualquier momento, pero no lo hiciste. Fue muy amable de tu parte, Leona. Gracias.
Sintiendo su corazón ser invadido por una calidez digna de la producida por el sol en verano, Leona sonrió cuanto pudo, girando en el sofá con emoción. Miró la foto de Diana en su pantalla, deseando poder volver a besarla.
—No tienes que agradecerme, Diana. —dijo la morena al cabo de unos segundos en silencio—. Esperaría toda la noche allí sentada sólo para saber que estás bien... así me aseguraría de que tendremos otra cita.
Diana apartó la bolsa de su cara. Esa era una obvia insinuación a que la invitara a salir de nuevo... ¿o no?
Tragó con fuerza, pensando en qué decir.
—Hablando... de citas... tú sabes, esta amiga que vino por mi, Syndra, ella... hará una fiesta el sábado en la noche. —dijo Diana, mordiendo su labio inferior con nerviosismo—. Así que... yo... bueno, técnicamente no sería una cita, pero... pensé que quizás... tú... ¿podrías venir conmigo?
—¿Es una fiesta formal o una fiesta con alcohol y música? —indagó Leona, interesada—. Porque... yo... bueno, trabajo el sábado, así que no creo que pueda arreglarme mucho para una fiesta formal.
—Es algo casual, nada formal. —respondió Diana, sintiendose aliviada de la aparente aceptación por parte de Leona—. Podría ir a buscarte en la cafetería, tomaremos ese helado que no pudimos tomar hoy y luego iríamos a la fiesta, está relativamente cerca.
—Oh, bien. En ese caso, procuraré arreglarme un poco para ti. —dijo Leona, sonriente—. Así no podrás perderme de vista en la multitud.
—No va a haber mucho alcohol ni gente. —aseguró Diana—. Sólo un par de amigos de Syndra.
Diana se detuvo en el antejardín de la amplia casa en la que vivía su mejor amiga. Leona tuvo que darle un pequeño jalón para que un joven que iba corriendo con escasas prendas de ropa y una cubeta con alcohol no la arrollara.
La peliblanca intercaló su mirada entre la casa de la que salían luces de varios colores por los ventanales y su acompañante.
—Algo casual, ¿eh? —bromeó Leona, sonriendo un poco—. Sin mucha gente ni alcohol.
—Ella... bueno, le gustan las cosas a lo grande. —dijo Diana, obligándose a hablar con un tono de voz alto debido al alto volumen de la música de la casa a la que aún no accedían—. ¿Quieres... entrar? Podemos hacer otra cosa si prefieres... no lo sé, eh... ¿ir al cine?
Leona miró la casa y luego a Diana. Mentiría si dijera que no moría de ganas de una fiesta que la dejara inconsciente de tanto beber alcohol.
Había estado el último semestre muy ajetreada entre tener sus notas altas y trabajar medio tiempo en un restaurante cercano de su domicilio. Quedaba tan exhausta con ese trabajo que se fue del lugar apenas acabó su semestre, e intentó conseguir algo un poco menos pesado. Allí fue cuando su tío Taric la recomendó con Mihira.
No había ido a una fiesta, ni ingerido alcohol, desde hace casi ocho meses. Lo necesitaba.
—No podemos quedar mal con tu amiga. —dijo Leona, sonriéndole un poco a Diana—. Entremos, si en una hora no nos sentimos cómodas, vamos al cine.
—¿A una función a las diez de la noche? —preguntó Diana, mirando su reloj. Eran las ocho y treinta—. El cine más cercano está en el centro de la ciudad.
—Contigo iría a cualquier lugar a cualquier hora. —afirmó Leona, sonriente—. Vamos.
Tomando la mano de Diana, Leona comenzó a caminar en dirección a la casa cuyas paredes parecían retumbar debido al volumen de la música.
Apenas pusieron un pie dentro de la casa, Leona se sorprendió. Era un lugar amplio, tan amplio, que incluso si había mucha gente no se veían amontonadas. Había personas bebiendo, bailando, fumando y otras comiéndose la cara.
Rogó al sol por pronto ser de las que se comían la cara con Diana en una hora.
Fue el turno de Diana para guiar a Leona por la casa. Se movió entre la gente sin querer chocarlas o empujarlas. Intentó ni siquiera tocarlas mientras se dirigía con Leona hasta el lugar en la casa donde sabía que estaba Syndra, junto con Nami y Sarah.
—Hey, mi luna. —dijo Nami, riendo de forma un poco exagerada—. Viniste, Didi.
Leona observó a la joven de cabello negro tirarse sobre Diana. Sintió envidia de verla besar el rostro de la joven pálida, sin llegar a besar su boca.
—Te extrañé tanto estas semanas. —dijo Nami, resfregando su rostro contra el cuello de Diana—. Mi mejor amiga en el mundo.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Diana, confundida por la actitud de Nami—. ¿Está ebria?
—Está flotando. —respondió Sarah, ofreciéndole algo que desprendía humo a Diana—. Todas flotamos.
La risa exagerada de Sarah luego de decir eso hizo que Diana entendiera que habían fumado algo de drogas. La joven de cabello blanco intercaló su mirada entre Leona y el cigarrillo.
—Nosotras... no... no hacemos esto todo el tiempo... es decir... no... no fumamos tod-
—¡Hey tú! —exclamó Nami, soltando a Diana para mirar a Leona. Tomó el cigarrillo, dándole una calada bastante larga ante la sorpresiva mirada de Diana—. ¡Tú eres la que le rompió la nariz a mi mejor amiga!
—¿Eh? ¿Y-Yo? —preguntó Leona, confundida—. N-No fue así, verás, fue algo un poco divertido, la verdad es que yo-
—¡Besaste a mi pobre Didi y la rompiste! —exclamó Nami, dejando salir el humo de sus pulmones—. ¡¿Acaso no sabes que ella es muy tímida?! No suele besar en la primera cita, ni siquiera suele tener citas con desconocidas porque tiene un tras-
Diana se apresuró a tapar la boca de Nami. Sobre su mano, Syndra posó la suya, asustada. Así mismo, Sarah posó su mano sobre la de Syndra, mirando a Nami con miedo.
Leona miró al grupo de amigas confundida, riendo un poco por cómo tres de ellas le taparon la boca a una, que se veía bastante incómoda con ello.
—Amor... ¿por qué mejor no te relajas un poco? —preguntó Sarah, riendo un poco. Apartó su mano, tomando de los hombros a Nami—. Ella... ni siquiera la conocemos, no debes juzgarla.
—Así es, Nami. —dijo Syndra, apartando su mano también—. Al menos preséntate con ella antes de decirle que le partió la nariz a Diana.
—Sí, por favor... no digas algo que nos incomode. —dijo Diana, sonriendo con nerviosismo y apartando su mano de la cara de Nami—. Ya... chicas, ella es Leona. Leona, ellas son Syndra, Nami y Sarah.
Señaló a sus amigas conforme las fue nombrando y Leona las saludó con un agitar de su mano, nerviosa.
—Hola, yo... he escuchado un poco de ustedes. —dijo Leona, sonriendo un poco.
—¿Un poco? —indagó Syndra—. Eso es un alivio, porque nosotras escuchamos de ti todo el día todos los días.
La risa burlona de Syndra y su comentario causaron que el rostro de Diana se tornara rojo al instante.
—Sí, es cierto. —dijo Nami, riendo junto con Syndra—. Debo decirte, Leo... ¿puedo llamarte Leo? —Leona sólo asintió con su cabeza como respuesta—. Pues, Diana habla de ti todo el tiempo. Desde que te vio, esa vez en la cafetería, supimos que nuestra pequeña Didi tenía un crush.
—Ah, ¿es así? —preguntó Leona, mirando a Diana con una sonrisa en sus labios.
Diana le arrebató el cigarrillo a Nami, dándole una calada. Leona quedó sorprendida por la forma en que Diana aspiró del cigarrillo, sin embargo, soltó una risa cuando la peliblanca se ahogó con el humo y comenzó a toser.
—Hey, calmada, Diana. —dijo Syndra, quitándole el cigarrillo—. Esta es de la buena, no quiero desperdiciarla.
—¿Acaso no tienes más? —preguntó Sarah, riendo al ver a Diana toser. Syndra negó con su cabeza—. Puedo conseguirnos más.
—Te estás tardando, Fortune. —respondió Syndra, alzando una de sus cejas. La rubia frunció su ceño de repente, observando a la multitud detrás de Diana y Leona—. Espera un minuto, ¿quién es esa zorra que está sonriéndole a mi novio?
El grupo de amigas buscó a Zed con la mirada, encontrándolo en la otra sala, charlando con una pelinegra. Leona por su parte sólo se limitó a mirar a Diana, aún feliz por el hecho de saber que Diana hablaba de ella con sus amigas todo el tiempo.
—Oh, es Irelia... viene conmigo. —dijo Sarah, alzándose de hombros—. No debería preocuparte, ella es de nuestra acera.
—Sí, no me preocupo por ella. Me preocupo por él, ¿qué carajos hace que no está conmigo? —preguntó Syndra, enojada—. La gente puede hablar.
—La gente siempre va a hablar, Syndra. Supéralo. —dijo Nami, sentándose sobre Sarah—. ¿También ves los porópteros, bebé? —le preguntó Nami a Sarah, dándole un beso—. Tienen lindas alas... ¡y antenillas doradas!
Leona rió ante el comentario de la pelinegra, que parecía tener la fiesta más adelantada que el resto de las personas allí.
Sarah, dejó un beso en la frente de su novia, sonriéndole con cariño.
—Sólo puedo ver una marai sobre mí. —respondió Sarah—. Soy una capitana que naufragó y lo único que me salva del profundo océano eres tú, mi hermosa marai.
—Oh, por los Dioses, te amo tanto. —dijo Nami, fundiéndose en un beso con Sarah.
—Ugh, consigan una habitación, lesbianas. —se quejó Syndra, levantándose del sofá en el que se encontraban—. Fue un placer, siéntete como en tu casa, Leona. Yo voy a tener una discusión amistosa con un imbécil. Tengan una excelente velada.
Syndra le entregó el resto del cigarrillo a Diana, luego de haberle dado una calada.
Su amiga rubia se marchó y las otras dos tenían sus bocas muy ocupadas como para hablar. Diana miró el cigarrillo y luego a Leona.
—¿Quieres un poco? —preguntó Diana, nerviosa—. No soy muy buena con est-
—Lo tomaré. —respondió Leona con prisa, sintiendo la necesidad de relajarse un poco—. ¿Hay algún lugar en el que podamos... ya sabes... fumar tranquilas?
—Mmmm... sí, conozco el lugar perfecto. —dijo Diana, sin entender las verdaderas intenciones de Leona—. ¡Nami, voy a estar arriba!
Como toda respuesta, su amiga alzó el pulgar y continuó besando a su novia.
Diana negó un poco con su cabeza y comenzó a caminar, con Leona tomando su mano. La morena la detuvo, mirando en dirección a la cocina.
—¿Dónde podemos conseguir bebidas? ¿Y algo de comer? —preguntó la morena, hablando lo suficientemente alto para que Diana la escuchara—. Yo... sólo no quiero tener que volver a bajar.
La peliblanca dudó por un momento. Sabía dónde los padres de su amiga guardaban los más caros licores, pero no estaba segura de si Syndra aprobaría que ella los tomara.
—Iré a la cocina, espérame. —dicho esto, Diana dejó por un momento a Leona.
Se preguntó qué le gustaría beber. Diana prefería mantenerse al margen del licor. Una cerveza bastaba para ella, pero quizás Leona querría más.
Se aventuró en la cocina. Había personas allí bebiendo de las distintas botellas que se encontraban en la mesa del centro. La joven pálida arrugó el ceño. No era una buena bebedora.
Buscó en el refrigerador y encontró un pack de seis cervezas. Era una señal de la luna. Tomó el pack, una bolsa de Doritos de la alacena y una bolsa de galletas.
Eso era todo.
Volvió sobre sus pasos, encontrándose a Leona hablando con un chico. El gesto de incomodidad de la pelirroja la hizo acercarse rápidamente a ella.
—¡Hey, aquí estás! —exclamó Leona apenas divisó a Diana—. Mi novia. Ahora... vayamos a hacer cosas de lesbianas a otro lado, cariño.
—¿Q-Qué? —indagó Diana, confundida.
Leona la jaló para que caminaran hacia las escaleras, sin embargo, Diana no paró de mirar al joven que había estado hablando con Leona. Un conocido de Syndra, de la universidad.
—Que idiota. —dijo Leona, en el segundo piso—. Él literalmente me ofreció enseñarme su pene. Ugh.
—¡Iugh! —exclamó Diana, asqueada—. Qué imbécil.
—Los hombres son tan... no lo mío, ¿entiendes? —preguntó Leona, asqueada—. ¿Cómo pueden ir por la vida ofreciendo algo tan... desagradable? Preferiría ver una constelación en forma de vagina que tu pequeña manguera.
Diana soltó una risa y Leona la imitó. La morena le arrebató las cervezas, sonriente.
—Esto es suficiente para mí, ¿qué vas a beber tú, Diana? —indagó la pelirroja, a modo de broma.
—Mis lágrimas en una copa. —respondió Diana con burla—. Hablando de constelaciones, ven conmigo.
Diana se movió por el pasillo. Había menos personas allí, apenas unas cuantas en el pasillo y otras en el salón de billar de la casa. Diana entró en la que sabía era la habitación de Syndra, encontrándola vacía. Encendió las luces y se dirigió al amplio balcón que poseía.
Se sentó en una de las reposeras que había allí y miró a la piscina. Había personas en el interior, jugando y bebiendo.
Leona la imitó, sentándose a su lado y dejando las cervezas en el suelo.
—Tu amiga es... adinerada, creo. —dijo Leona, comenzando una conversación—. Quiero decir, su casa es grande.
—Sí, su padre es el embajador de Jonia. —dijo Diana, abriendo la bolsa de galletas—. Está acostumbrada a tener cosas caras y exuberantes, es lo que le gusta.
—¿Y qué te gusta a ti? —preguntó Leona, mirando a Diana—. ¿Te gustan... las cosas caras?
—Me gusta la luna. —respondió Diana, mirando el cielo nocturno desde el balcón—. Pero si te refieres a qué me gusta en el ámbito material, pues... me gustan los libros, los rompecabezas de mil piezas y los cubos de rubik.
—Ya veo. —susurró Leona. Miró el cielo también, sonriendo un poco al ver la luna—. Así que... ¿hablas mucho de mí con tus amigas?
Diana volteó a mirar a Leona, nerviosa. La morena estaba aspirando un poco del cigarrillo, con su vista en el cielo. Esperó a que Leona acabara de fumar para tomar el cigarrillo y aspirar un poco.
—N-No lo sé... yo... hablo de muchas cosas... con ellas. —respondió Diana, sintiéndose un poco más relajada luego de haber aspirado un poco del cigarro—. Pero... los últimos días, creo... que he hablado un poco... mucho... de ti.
—También hablo de ti con mis amigas. —dijo Leona, mirando a Diana—. Les digo que eres la chica más interesante con la que he llegado a salir en una cita.
—¿De verdad? —preguntó Diana, interesada.
—Sí, lo eres. —afirmó Leona, sonriéndole—. Nunca había tenido una cita en un museo. Cualquier otra persona me diría que es aburrido, pero tú... tú te veías tan emocionada como yo desde el primer momento que entramos.
—Un momento... ¿por qué sería aburrida una cita en un museo? Y no cualquier museo, ¡el museo de historia de Targón! —dijo Diana, riendo un poco—. Quiero decir, tienen estatuas de tamaño real del último aspecto del sol y la luna, ¡vamos! Es el mejor museo del mundo.
—¡Confirmo! Y tienen estas cartas, pergaminos, lo que sean, de ellas dos... tan gays. —dijo Leona, acompañando a Diana en su pequeña risa—. En el lado Solari hay unas escrituras antiguas hechas por el aspecto del sol que describen al aspecto de la luna como "mi más cercana enemiga, esa que me roba el aliento y hace que mi corazón se agite en mi pecho sin control". Amiga, eso es gay.
—¡Por los Dioses, sí! —exclamó Diana, aspirando un poco del cigarrillo para luego extendérselo a Leona—. En el ala Lunari hay unos iguales, escritos por el aspecto de la luna. Dicen que en cada encuentro, cada batalla contra el aspecto del sol dejaba una herida en su corazón, cuya única cura sería el fin de su conflicto y un eterno eclipse.
—¡Amiga, eso es muy gay! —exclamó Leona de nuevo, riendo con más fuerza luego de aspirar del cigarrillo—. ¡¿Crees que eran amantes?! Es decir, antes de ser aspectos.
—Bueno, eran buenas amigas. En ese tiempo los Solari no veían la homosexualidad como algo que mereciera castigo. —dijo Diana, pensativa—. Es bien sabido que las relaciones homosexuales eran, de hecho, muy respetadas antes.
—Porque eran lazos creados con amor, con el único fin de amar. Sí. —aseguró Leona, sonriente.
—Los gays dominaremos al mundo. —dijo Diana, riendo sin control.
—Brindemos por eso. —dijo Leona, abriendo dos cervezas y entregándole una a Diana—. Porque la homosexualidad se extienda por el mundo, como Noxus intentó expandirse hace siglos.
—¡Salud! —exclamó Diana, chocando su lata con la de Leona.
Pasaron unos minutos, en los que ambas se mantuvieron bebiendo de sus respectivas latas. Con el ruido de la música de abajo retumbando y las risas y voces de las personas en la piscina.
Leona acercó su mano a Diana luego de un rato, acariciando un poco su brazo.
—¿Crees en otras vidas? —preguntó Leona, mirando a Diana—. Me refiero a... la reencarnación y así. Que cuando mueres tu alma renace en otro cuerpo.
—Creo que somos pequeños cannabis estelares... y cada vez que alguien nos fuma, nacemos en una nebulosa. —dijo Diana, riendo ante su propio comentario—. Espera, ¿cuál era la pregunta?
Leona la acompañó en su risa, sintiéndose flotar. Miró el cielo estrellado y alzó ambas manos, deseando alcanzar las estrellas y sintiendo que podía tocarlas.
—¿Puedes tocar las estrellas también, Diana? —preguntó Leona, entre risas—. ¿Las sientes calentar las puntas de tus dedos?
—Sólo siento la luna en mis manos...ella es una bebé. —dijo Diana, estirando una mano hacia la luna—. ¿Puedes verla? La tengo en mi mano... es tan fría y temblorosa.
—No puedes tener la luna en tus manos. —aseguró Leona, mirando a Diana y riendo al verla—. Porque tú eres la luna, ¿recuerdas?
—¡Diablos, es cierto! —exclamó Diana, riendo con fuerza—. Soy la luna y tu eres el sol... un muy caliente sol. —dijo Diana, bajando su mano hasta posicionarla en el abdomen de Leona. Sonrió mordiendo un poco su labio inferior—. Nunca había salido con alguien como el sol... quiero decir... eres todo lo que cualquiera podría desear y podrías tener a cualquiera a tus pies.
—No te quiero a mis pies. —contestó Leona, parando de reír—. De hecho, soy pasiva... creo que te quiero encima de mi.
—Espera, ¿qué? —indagó Diana, dejando de reír también—. Como... ¿ahora mismo?
Por varios minutos, que se sintieron como segundos para ellas, se mantuvieron mirándose en silencio.
Leona intercaló su mirada entre los ojos y labios de Diana, lamiendo los suyos propios con deseo. Diana por su parte permaneció mirándola a los ojos, acariciando un poco su vientre con lentitud y respirando un poco precipitada.
Precipitada, Leona se giró en su lugar, queriendo alcanzar los labios de Diana, sin embargo, lo único que encontró fue el suelo de cerámica del balcón. Sus reposeras estaban una al lado de la otra, separadas por un pequeño espacio que Leona no pensó que sería suficiente como para caer, no obstante, sí lo fue.
—Mierda. —masculló Leona, comenzando a reír.
—¡Joder, Leona! —exclamó Diana, irguiendo su espalda en su lugar para estar sentada correctamente—. ¿Estás bien?
—Sí, sólo... yo... carajo, soy una idiota. —dijo la morena, sentándose en el suelo y mirando a Diana—. Este solecito es un poco tonto. Y está hambriento.
—¿Quieres Doritos? No había mucho para comer, además de chatarra. —dijo Diana, sonriendo un poco.
—Sí, está bien, con eso bastará. —aseguró Leona, abriendo la bolsa para meter su mano en ella—. Y... estábamos hablando de... nosotras.
—Sí, nosotras. —susurró Diana, acariciando el cabello rojizo de Leona con delicadeza—. Yo... la verdad, quisiera que nosotras... que esto no fuera... algo de una noche, ¿entiendes? Quiero decir, no quiero joderlo todo teniendo sexo casual... y... de hecho, no me siento lo suficientemente atractiva como para tener sexo ahora.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Leona, confundida—. ¿Cómo que no te sientes atractiva? ¿Te has visto en un espejo? Eres más hermosa que la luna y las estrellas juntas, Diana.
Diana miró a Leona, ella metía su mano en la bolsa de Doritos, llevando unos cuantos a su boca para devorarlos en unos segundos.
Inclusive comiendo, a Diana le parecía sexy. ¿Cómo carajos era eso posible?
—Mi ropa interior no combina. —dijo Diana, riendo ante su propio comentario y haciendo reír a Leona—. Y tengo tatuajes, no sé cómo te sientas respecto a eso.
—¡Oh, tatuajes! —exclamó Leona, ampliando su sonrisa—. Mira esto.
Leona dejó la bolsa a un lado. Lamió sus dedos para limpiar los restos de Doritos y comenzó a subir su camiseta sin mangas. Por su parte, Diana la miró enrojecida, con su ritmo cardíaco acelerado.
—Me hice esto apenas cumplí dieciocho. —dijo Leona, mostrándole su espalda—. Mi padre odia los tatuajes, dice que son para vagabundos. Pero mi tío Taric me dijo "toma, que valga la pena" y pagó mi tatuaje.
—Me calienta. —dijo Diana, mirando la cintura de Leona y la forma de su espalda más que el tatuaje en sí, que estaba debajo de su cuello—. De verdad que me calienta mucho.
—¿Qué? —indagó Leona, volteando a mirarla confundida al no lograr escucharla.
—¡Es lindo! —exclamó Diana, nerviosa. Por fin miró la tinta negra sobre la piel morena de Leona. Era un sol—. Es muy lindo, ¿dolió?
—Para nada. Soy una chica fuerte, ¿recuerdas? —dijo la morena, apretando uno de sus brazos y haciendo un poco de fuerza—. Creo que podría cargarte si me lo propongo.
—¿De verdad? —preguntó Diana, interesada.
—¿Quieres que lo intente? —propuso Leona, sonriente—. Aunque estoy un poco... ida. Quizás caigamos.
—Hazlo, si caemos lo haremos juntas. —dijo Diana, riendo y alzando sus brazos—. ¡Vamos, hazlo!
—¡Lo haré, hermosa! —exclamó Leona poniéndose de pie—. ¡Prepárate, Diana!
—¡Llévame volando hasta la luna! —exclamó Diana apenas la morena la tomó en sus brazos. Se aferró a su cuello, riendo junto con ella—. ¡Y déjame jugar entre las estrellas!
Leona se tambaleó un poco, sin parar de reír y atravesó la puerta hasta la habitación. Giró un par de veces que Diana en brazos haciendo que ambas rieran con más fuerza.
—Déjame ver cómo es la primavera en Júpiter y en Marte. —continuó con la canción Leona.
La morena comenzó a sentir su ligero, incluso con Diana en brazos.
—¡En otras palabras, toma mi mano! —cantó Diana con un tono de voz algo fina.
Ambas soltaron un gritillo de susto cuando Leona tropezó con la cama, cayendo ambas sobre ella. Permanecieron en silencio unos segundos, hasta que Leona comenzó a reír de nuevo, con Diana sobre su torso.
Diana se movió sobre ella, quedando por completo sobre su cuerpo y mirándola a los ojos. Sonriente, Diana tomó una de sus manos, entrelazándola con la suya.
—En otras palabras... —susurró Diana, lamiendo un poco sus labios. Su cabello blanco caía cuál cascada sobre el rostro de Leona, que rió de forma genuina—... cariño, bésame.
Sus risas cesaron y ella permanecieron en silencio por un largo momento, mirándose. Leona se percató hasta ese instante del rápido palpitar de su corazón, su rostro se sentía caliente y había un cosquilleo en su vientre bajo.
Mordió su labio inferior, deseando besar a Diana. Se contuvo, recordando lo que había sucedido el anterior domingo cuando la besó por sorpresa.
—¿Puedo? —preguntó Leona en un susurro, causando que Diana arqueara una ceja—. Besarte... ¿puedo hacerlo?
Diana pareció meditarlo. Comenzó a reír, acercándose a Leona hasta el punto en que su respiración chocaba en su rostro.
—¿Has probado alguna vez un beso lunar? —preguntó Diana, refiriéndose a un postre horneado que solían servir en invierno.
—No. —mintió Leona, apretando la mano de Diana con impaciencia—. ¿A qué saben?
—Te lo mostraré. —respondió Diana.
Y eso fue todo.
La peliblanca atacó los labios de Leona con fervor, besándola con el deseo que había contenido desde la vez que la besó en su cita. Su lengua rozó los suaves labios de la pelirroja, que soltó un suspiro ansioso y llevó una mano a su cintura, presionándola más contra sí misma.
Diana paseó su mano libre por la cintura desnuda de Leona y clavó sus uñas en la piel tostada de la morena, haciéndola gemir en su beso.
En el momento en que Leona abrió sus labios, Diana introdujo su lengua en su boca, iniciando un vaivén entre sus lenguas en la cálida cavidad bucal de la morena.
Leona sintió unos escalofríos de placer recorrerla y se aferró a la camiseta de Diana con fuerza. La peliblanca tenía sus piernas a sus costados, sentada sobre ella, y la morena podía sentir la calidez aumentar en su centro conforme el beso se tornaba más intenso. Eso sólo ocasionaba que comenzara a sentir una humedad entre sus piernas.
No supo en qué momento su sujetador dejó de estar sobre ella, ni menos en qué momento despojó a Diana de su camiseta. Pero se encontró besando los lunares en la pálida piel de Diana, que suspiraba conforme ella subía desde sus costillas a sus abultados pechos.
—Espera. —murmuró Diana, separándose de su cuello, limpiando un pequeño hilo de saliva que caía de su barbilla como resultado de los besos que estaba dándole a Leona—. Te dije que no quiero arruinarlo con sexo casual.
Leona la miró consternada.
—Ah... sí, lo sé. —susurró Leona—. Bueno, podemos hacer que sea sexo previsto... acordamos hacerlo ciertos días luego del trabajo o la universidad y-
—No me refiero a eso, quiero decir... de verdad me gustas mucho. —aclaró Diana, separándose un poco de Leona para mirarla a los ojos—. Como... mucho, mucho. Y quiero conocerte bien y que... tengamos citas geniales en el museo o el cine o donde sea. Quiero... que conozcas a mi hermana menor y a mis padres, quizás más adelante. Y... quiero... no lo sé, ser... ¿tu novia o algo? —dijo Diana, sintiéndose un poco apenada. No estaba segura de hace cuánto tiempo había fumado, pero estaba comenzando a sentir desaparecer los efectos relajantes—. No quiero sólo coger porque fumé un poco de marihuana y todos mis problemas mentales desaparecieron un instante, ¿entiendes?
Leona la miró. Permaneció seria mientras asentía con su cabeza, pues sí entendía a lo que se refería Diana.
—Bien... yo... ¿te parece si lo hablamos ahora que no estamos flotando en las estrellas? —preguntó Leona, regalándole una tierna sonrisa a Diana que asintió con su cabeza—. Perfecto. Bueno, pero antes... ¿puedes sacar tus dedos de... eh... de mi?
Diana miró su mano derecha, que estaba dentro del corto short de Leona. Carraspeó un poco.
—Lo siento. —susurró Diana, apartando su mano de Leona como si su tacto la quemara.
—Está bien. —dijo Leona, ampliando un poco su sonrisa—. ¿Hay un baño aquí? Creo que debo... acicalarme un poco.
—Uh, sí... es... esa puerta. —dijo Diana, señalando una puerta en la habitación.
—Vuelvo enseguida. —dicho eso, Leona tomó su camiseta sin mangas y su sujetador, abrochó su short y caminó hasta la puerta—. Eres una imbécil. —se dijo a sí misma la morena, mirándose en el espejo del baño—. ¡Dejaste que tu calentura arruinara todo, Leona!
—¿Cómo es que terminaste con tus dedos dentro de ella en tu segunda cita, Diana? —se preguntó a sí misma la joven pálida, mirándose en el espejo de cuerpo completo que tenía Syndra en su habitación—. ¡Debe pensar que eres una depravada sexual!
—¡Va a pensar que eres una zorra! Que te acuestas con cualquiera que te ofrece un porro. —acusó Leona, señalándose a sí misma en el espejo—. Estoy decepcionada de ti, compañera. ¡Pudiste mostrarle el tatuaje sin quitarte la camisa, promiscua!
—¡Pudiste decirle que no te cargara porque le temes a las alturas o algo así! —se reclamó Diana, pasando sus manos por su cabello, terminando de vestirse—. Pero dejaste que esto pasara y luego lo detienes porque, en lugar de darle otra calada al jodido cigarro, preferiste dejar que tu trastorno volviera a joderte la vida. No sé si estoy orgullosa de por controlar mis consumo de drogas, o decepcionada por ser una imbécil.
—Lo jodiste todo con esta chica, y lo peor es que estás encantada con ella porque es todo lo que siempre quisiste encontrar. Una chica dulce, delicada, hermosa, tímida, tierna y... joder, ¡es perfecta! Y tú la cagaste, Leona Rakkor. —se quejó Leona, lavando su cara con agua fría, intentando bajarse el calentón—. Sé que no hemos cogido hace casi un año, pero ¡controla tus malditas hormonas, no eres una puberta, eres una Rakkor! Y los Rakkor no... no...
—Los Rakkos no somos una familia de depravados. —dijo su padre, mirándola con desprecio—. Me das asco. Lárgate antes de que arregle tus locura con mis puños.
Leona sintió sus manos temblar. Se miró al espejo y se congeló. Podía recordar el aspecto que tenía cuando llegó a vivir con Taric. Su labio partido, su ojo amoratado. Sintió las lágrimas aglomerarse en sus ojos y apretó la mandíbula.
Secó su cara con una toalla, negándose a derramar una lágrima por lo que vivió hace años.
—Para brillar como el sol, primero debes arder como él. —se dijo a sí misma la morena, tragando con fuerza—. Ya ardiste, ¡ahora brilla!
—Ella no te odia, ella no te odia, ella no te odia, ella no te odia. —se dijo Diana al espejo, tratando de controlar sus inseguridades—. Ella no es Alune, ella no te odia. Ella no es Alune, ella no te odia. Ella no es... no es Alune. Ella te odia... Alune te odia.
—¿Quién es Alune? —preguntó Leona, saliendo del baño para mirar a Diana, que estaba frente a un espejo—. ¿Y por qué alguien te odiaría? Eres como... un poróptero.
—Eso... es... ¿tienes hambre? —indagó Diana, sonriendo con nerviosismo—. Afuera están los Dorit-
—Oh, no, Diana. —dijo Leona, mirándola su ceja alzada—. No vas a escapar de esta pregunta haciéndome otra pregunta, cuya respuesta conoces.
La joven pálida ganó un tono rosa en sus mejillas. Comenzó a caminar en dirección al balcón y Leona la alcanzó estando allí.
—Yo... uh... lo siento por... lo de antes. —dijo Diana, tomando una galleta y comiéndola—. Yo... de verdad no quería-
—Yo sí. —admitió Leona, suspirando. Se sentó en un reposadero, tomando la bolsa de Doritos—. Escucha, Diana. Quiero ser muy honesta contigo, porque mi mamá solía decirme que yo debía ser honesta siempre, conmigo misma y con los demás, así que... yo... tú. Ugh.
La morena pasó una mano por su cabello, sintiéndolo un poco húmedo en las raíces cercanas a su frente. Suspiró, meditando por un instante lo que diría.
—Me atraes. Física y emocionalmente, me siento muy atraída hacia ti, ¿ok? —dijo Leona, mirando a Diana, que se había sentado en la otra reposadera—. Lo que pasó fue algo que no pude controlar. No lo voy a llamar un error, porque lo quería y quiero pensar que quizás tú también lo querías, porque de otro modo pensaré que me aproveché de ti y... eso está mal.
—No, yo... también lo quería. —dijo Diana, bajando la mirada—. No quiero que pienses que te aprovechaste de nada, porque lo quería también, lo quiero, pero... justo ahora, no me siento cómoda con la idea de hacerlo.
—¡Y eso está bien! —exclamó Leona, llevando sus manos al rostro de Diana, haciéndola levantar la mirada—. Tú lo querías, yo lo quería, pero ambas concordamos en que es muy pronto. Afortunadamente pudiste detenerlo antes de que llegara más allá. No debes sentirte avergonzada por desearme, Diana... porque yo te deseo también.
Diana miró a Leona a los ojos, sintiendo una calidez invadiendo su pecho. La morena le regaló una sonrisa que se le contagió y no pudo evitar acercarse un poco a Leona.
—¿Aún podemos besarnos? —preguntó Diana, desviando sus ojos por un segundo al suelo, avergonzada por su pregunta.
—Agradecida con los de arriba porque lo preguntes. —dijo Leona, haciendo reír a Diana—. Sí, por favor.
Leona cerró la distancia entre ellas, depositando un beso en los labios de Diana. No fue un beso como los que se daban minutos atrás. Fue un beso más lento y delicado, una caricia entre sus labios que duró apenas un minuto y dejó a ambas sonrientes.
—Siéntete libre de besarme cuando quieras, a menos que esté hambrienta, enojada, recién levantada o ebria. —puntualizó Leona, enumerando sus excepciones—. O todas juntas.
—Supongo que... puedes besarme cuando quieras también. —murmuró Diana, sonrojada—. A menos que esté al borde de un colapso, porque entonces voy a desmayarme.
—¿Por qué eres tan tierna? —preguntó Leona, apretando el rostro de Diana en sus manos—. ¡Demonios, podría comerte a besos!
—Por favor... no... yo... voy a... desmayarme. —dijo Diana entre besos—. Hablo en serio.
—¡Bien, ok! Perfecto, correcto, ya basta. —dijo Leona, alejándose de Diana y dejando su rostro—. Así que... mencionaste a alguien, ¿quién es?
—¿Si nos besamos vas a olvidarlo? —preguntó Diana, nerviosa—. Por favor.
—Buen intento, pero no. —contestó Leona, comiendo algo de doritos—. A menos que no quieras hablar de ello, entonces sí dejaré de presionarte.
Diana lo pensó. No estaba segura de querer hablar acerca de su ex con su nueva pretendiente. Syndra no le había dado ningún consejo con respecto a eso. Aunque Sarah le había mencionado que no lo hiciera y Nami, por otro lado, le dijo que eso afianzaba la confianza entre pareja. Por supuesto, sólo si la persona te había marcado de algún modo y no podía hablarlo todo el tiempo.
Quizás podía mencionarlo ahora y más nunca.
—Es mi ex. —susurró Diana, ganando la atención de Leona, que no había parado de comer doritos—. Alune es mi ex novia, y la única que he tenido desde que descubrí mi sexualidad. Además de única pareja que he tenido en mi vida.
—¿Y por qué te odia? ¿Es una idiota o qué? —preguntó Leona llevando más doritos a su boca y robando una galleta de Diana—. Suena como una idiota para mí.
—Ella... bueno... ella me dejó porque yo... tengo... ciertas... dificultades para comunicarme en el ámbito ¿conyugal? —dijo Diana, tratando de escoger las palabras adecuadas para no decir que estaba trastornada de forma directa—. Me cuesta mucho entablar una... conversación, porque pienso que si digo o hago algo mal... entonces... mi pareja va a... reírse de mí o... va a rechazarme y odiarme.
Leona la escuchó con atención, asintiendo un poco con su cabeza. Masticó lo que tenía en la boca y tragó con dificultad, bebiendo algo de cerveza para pasar el bocado.
—¿Y por eso terminó contigo? —preguntó Leona, confundida—. Qué imbécil.
—Terminó conmigo porque pensaba que... yo no ponía de mi parte para mejorar la relación, y no era así, yo... intentaba expresar lo que sentía por ella de otra forma que sólo con palabras. —explicó Diana, observando a Leona, que estaba atenta a lo que decía—. Una vez escribí una carta para ella y... bueno, la rompió porque decía que las cartas eran anticuadas, que tenía una boca para hablar y no era muda.
—¡¿Qué?! —preguntó Leona, enojada—. ¿Qué clase de novia tenías antes? Maldición, joder, carajo, ¡yo patearé su trasero por ti, Diana! Sólo dime dónde vive.
—Está en Freljord. —respondió Diana, riendo un poco al ver cómo el gesto de Leona cambiaba por uno de desgano—. Y... ella terminó odiándome, creo. Desde entonces, yo... bueno, intento no hablar mucho ni relacionarme mucho con la gente para que... no me odien.
Leona la miró afligida. No podía creer lo que acababa de oír, ¿cómo un alma tan pura como la de Diana terminó destrozada por una idiota? Era un pecado inmoral lo que esa persona había ocasionado, al menos así lo pensaba la morena.
Acarició el rostro de Diana con delicadeza, utilizando la mano que no tenía sucia con las migas de lo que comía.
—Mi pequeño poróptero. —susurró Leona, haciendo un puchero—. Seré el bastión que luchará contra la oscuridad que te rodea.
Riendo de forma genuina, Diana asintió con su cabeza. Se sintió un poco relajada. Le había contado a Leona de Alune y no parecía molesta, al menos no con ella.
—¿Qué hay de ti? —preguntó Diana, llevando una galleta a su boca.
—¿De qué? —indagó la morena, confundida.
—La primera vez que hablamos me dijiste que vives con tu tío desde hace siete años, pero no me dijiste por qué. —dijo Diana, causando que Leona bajara la mirada—. Si no quieres hablarlo yo-
—¡Está bien! Tú... fuiste honesta conmigo y... bueno, te presioné para que me contaras lo de tu ex, así que... —dijo Leona, dejando la bolsa de doritos a medio terminar—... te lo debo, supongo. Yo... uh... soy la hija de... alguien importante.
Comenzó a decir Leona y al instante guardó silencio. Miró sus manos y mordió su labio inferior cuando las notó temblar. Apretó su mandíbula y mantuvo su mirada en el suelo.
El ruido de la música en el lugar desapareció para ella por un momento y se vio a sí misma como una niña. Su madre acababa de morir junto con el que iba a ser su hermano menor, su padre la rechazaba por ser niña, su tío no podía llevársela por ser "un marica".
Mordió su labio inferior con fuerza.
—Mi padre es un militar de alto rango. Mi abuelo igualmente lo fue, mi bisabuelo luchó en la guerra contra el último intento de expansionismo de Noxus, junto a militares shurimanos. Soy una Rakkor. —dijo Leona, alzando su mirada al cielo—. Una hija del Targón, destinada a unificar los cielos.
—Alto. —dijo Diana, mirándola desconcertada—. ¿Tu apellido es Rakkor? Como... ¿esos Rakkor?
Leona miró a Diana, sonriéndole con pesar.
—Esos Rakkor. —contestó Leona con simpleza.
Suspirando Leona comenzó a quitarse su reloj de pulsera.
Diana nunca había notado que siempre lo llevaba puesto, nunca le pareció extraño, pero apenas la morena le mostró el dorso de su muñeca y delineó el tatuaje dorado en su piel la duda acerca de las prácticas religiosas de Leona fue resuelta.
Era una Solari. Y no una cualquiera.
—Practico la fe Solari y, como toda Solari, estudié en el colegio Ra'Horak, que es un semi internado militar. —explicó Leona, volviendo a ponerse su reloj—. Pero no terminé mis años académicos allí, me mudé con mi tío a Demacia cuando tenía dieciséis, hice una equivalencia académica y me gradué allá. Volvimos aquí cuando yo tenía dieciocho, pero él sigue yendo y viniendo de Demacia, por trabajo.
—¿Por qué no acabaste la escuela militar? —preguntó Diana, confundida—. Tenía entendido que no hay forma de salir de esa escuela.
—Me encontraron besando a una de mis compañeras. Esa fue mi primera "relación". —dijo Leona, sonriendo con pesar—. Yo... era una chica, adolescente, con hormonas a flote. Sólo habíamos mujeres... y... bueno, ya sabes, comencé este romance infantil con ella. —Leona bajó la mirada, pasando una mano por su rostro—. Nos descubrieron y a ella... la verdad, no volví a escuchar nunca más de ella. Intenté buscarla cuando volví aquí, pero... ni siquiera su familia vivía en la dirección que obtuve.
—Vaya... lo sient-
—No tienes que, Diana. Pasó hace mucho. —la interrumpió Leona, suspirando—. Mi padre... no lo tomó bien. Se supone que soy una Rakkor, se supone que soy... perfecta, no debería tener estos... deslices o gustos defectuosos. Se volvió loco. Dijo que le daría asco a mi madre y... él... —Leona calló por un momento. Sintió el tacto de Diana sobre una de sus manos temblorosas y alzó la mirada para verla. Ella le sonreía de forma reconfortante—. No voy a hacerlo largo, él me echó y yo huí con mi tío materno, Taric. Creo... que fue la mejor decisión de mi vida. Como, de verdad. Él me llevó a bares gays cuando cumplí la mayoría de edad. Me contaba historias acerca de mi madre. Me crió esos últimos años con amor y... estoy bien, estoy feliz por cómo sucedieron las cosas. —terminó de decir Leona, sonriente—. Y ahora... bueno, vivo muy orgullosa de mi orientación sexual y practico mi fe con armonía y como pienso que debería ser practicada.
—¿Cómo? —indagó Diana, sin soltar la mano de Leona—. ¿Cómo la practicas?
—Agradeciéndole al sol por salir cada día, a Áurea por crear la vida, al radiante amanecer por unificar nuestro pueblo y respetando al prójimo... y a los Lunari. —explicó Leona, sonriente—. Y eso es todo... la verdad no me gusta hablar de esto. Cuando decía que soy Solari en Demacia, las personas se asustaban.
—¿De verdad? —preguntó Diana, riendo un poco—. ¿Y por qué?
—Piensan que somos ortodoxos, ¡y sí, la mayoría lo son! Pero... bueno, me costó un poco darme cuenta de que hay muchas formas de practicar tu fe, cualquiera que sea. —dijo Leona, sintiéndose aliviada de que Diana no la rechazara por ser una Solari—. ¿Qué fe practicas, Diana?
—Ninguna. —respondió Diana, en un susurro—. Es decir... cuestiono todo lo que se me enseñe. Y todas las religiones me hacen cuestionar todo, en especial la Solari. Mi mamá me llama hereje o blasfema.
Leona rió y Diana sonrió. Por algún motivo se sintió más conectada con la morena. Sintió su relación un poco más estrecha, como si no sólo quisiera lanzarse a besarla, sino hablarle y abrirse con ella. Eso no le había pasado con Alune hasta que le habló por dos años.
—¿Vamos por otros doritos? —preguntó Leona, mirando su bolsa a punto de acabar—. Sigo con hambre.
—¿Quieres seguir aquí? —indagó Diana, mirando cómo las personas abajo seguían bebiendo y bailando—. ¿No prefieres irnos a otro lugar?
—Te diría que sí, pero la verdad creo que necesito beber un poco para relajarme al menos un fin de semana. —dijo Leona, sonriéndole a Diana—. Unas cervezas más y puedes llevarme a casa.
—Ya... igual necesito ver a Nami, quizás ya se le bajó todo. —dijo Diana, levantándose de su lugar.
Caminaron hacia la puerta de la habitación, pero antes de que Diana pudiera abrirla, alguien desde afuera chocó contra ella. La persona abrió, entrando apresurada a la habitación.
Diana apenas pudo divisar a Syndra, guiando entre besos a una persona a su cama, sin siquiera notar que la luz estaba encendida o si había alguien más allí.
Tanto Diana como Leona miraron sorprendidas cómo la rubia era lanzada a la cama y reía con nervios, atrayendo a la otra persona para besarla.
—Ven aquí, juguetito. —murmuró Syndra entre besos—. Enséñame el equilibrio.
—Oh, sí que lo haré. —dijo la otra persona, abriendo el vestido ajustado de su amiga.
Tomando la mano de Leona, Diana apagó la luz, escuchando reír más alto a su amiga. Salieron de la habitación, cerrando la puerta tras de sí y quedando petrificadas en su lugar en el pasillo.
—¿No era esa-
—Sí... es Syndra. —respondió Diana—. ¿Vamos a...?
—Sí, por supuesto. —respondió Leona, comenzando a caminar escaleras abajo.
Syndra abrió sus ojos cuando escuchó el estruendoso cantar de los pájaros en la mañana. Gruñó. Había bebido demasiado por culpa del imbécil de Zed.
Recordaba una discusión, él exigiéndole algo que ella no quería, alguien metiéndose en medio de su pelea. Una persona. Ojos azules, cabello oscuro, labios gruesos, trasero firme. ¿Una mujer? ¿Por qué una mujer intervendría entre ella y Zed y no eran Diana ni Nami?
Bufó.
Él le había dicho que no estaba con ella porque había un mejor "culo" en su fiesta para coger. Seguramente se refería a esa mujer que se entrometió. No lo tenía claro. Quizás la mujer se entrometió para irse con Zed, pero sólo recordaba a Zed marcharse enojado y a ella con esta persona... de ojos azules.
—¿Estás bien? ¿Quieres hablar? —su voz era suave, delicada.
—¡Tú arruinaste mi maldita noche de sexo con mi novio! —sí, ella diría algo como eso.
Ella también salió del baño en el que estaban. Bebió. Bebió y bebió, y bebió. Entonces de nuevo se encontró con esos ojos azules. Sonrisa coqueta, susurros en su oído.
—¿Sabes? Estudié un poco de yoga en Jonia, te hablan acerca del equilibrio mental y cómo el estar en paz con tu mente te ayuda a mejorar en el ámbito sexual. —¿qué clase de coqueteo absurdo era ese?
—Suena como una porquería Joniana y el equilibrio absurdo que tanto nos hizo perder contra Noxus. —sí, de nuevo era algo que Syndra diría—. Pero, vamos... enséñame algo de eso, así quizás me relajo un poco.
—Bien... primero cierra tus ojos. —de nuevo, era un coqueteo extraño el de esta persona.
Lo siguiente que recordaba eran besos. Besos cálidos en su boca, en su cuello. Una caricia en su entrepierna.
Habían luces, luego ya no. Besos en su vientre. Gemidos. Muchos gemidos. Una calidez que nunca había sentido, recorriéndola por completo. Esta persona, quien quiera que fuera, era buena con su boca y sus manos y su... lengua.
Aún podía recordar los escalofríos de placer recorriéndola. Las contracciones involuntarias en su pelvis, el temblor en sus piernas, los jadeos, los gritos. Recordaba que sólo podía aferrarse a la cabellera oscura de la persona que estaba sumergida entre sus piernas, devorando su sexo como si de un manjar exquisito se tratase.
De repente el éxtasis estallaba en ella con una ola de placer que nunca jamás había sentido.
Una vez. Dos veces. Cuatro veces.
¿Hasta qué hora estuvo teniendo sexo con este semental?
¿Qué hora era?
Un teléfono sonó, al ritmo de una melodía de piano que habías jurado escuchar antes. La persona a su lado se sentó al instante en la cama, buscando con su mirada el teléfono.
No tenía una espalda muy ancha. Se veía incluso un poco afeminado. ¿Quién era este tipo?
—¿O'ma? —habló, y Syndra se congeló—. Sí, yo... lo sé... lo lamento, estuve despierta hasta muy tarde... sí, nunca olvidaría llamarte... ya... sí, está bien. Dame una hora y te llamaré. Perfecto, cuídate. —la persona se levantó y dejó más que claro para Syndra que no era semental, ni siquiera un hombre. Era una mujer—. Vaya noche.
—¿Qué? —preguntó Syndra, sentándose y haciendo que la joven volteara a mirarla—. Eres una mujer... una... oh, no.
—Hey, lindura. —dijo la chica, sonriéndole con coquetería—. Escucha, no tengo mucho tiempo. ¿Hay un baño que pueda usar? Necesito ir a una cita en unas horas y no puedo quedarme.
—P-Pero tú... eres... eres una... mujer. —murmuró Syndra, consternada—. Esto no... no... no, no, no, no.
Suspirando, la chica se sentó a un lado de Syndra en la cama.
—Pobrecilla, ya sé lo que dirás... "esto no se va a repetir, tengo novio". Está bien para mí. —dijo ella, acariciando el hombro de Syndra y haciéndola gemir. Su cuerpo aún se sentía bastante sensible—. No busco acabar con tu relación, menos con tu muy frágil heterosexualidad.
—¡No es frágil! —exclamó Syndra, cubriendo su desnudez con las sábanas de su cama—. T-Tú me... ¡abusaste de mí, lesbiana de cuarta!
—Sí, eso no fue así. —dijo ella, riendo un poco—. Tú me lo pediste... rogaste por ello. Gritabas mi nombre como loca.
—¡Ni siquiera sé tu nombre, imbécil! —exclamó Syndra, enojada.
La pelinegra sostuvo una de sus manos y, por mucho que Syndra quiso negarse a que la tocara, era como si su cuerpo cediera ante el toque de la mujer. Ella miró la palma de su mano con vehemencia y la acercó a su boca.
Besó el dorso de su mano, acariciando con sus labios la piel. Continuó un recorrido de besos por su brazo hasta llegar al cuello de Syndra sin que la rubia objetara en ningún momento. Lamió su cuello para luego darle una delicada mordida.
—¡Irelia! —gimió Syndra sin quererlo y tapó su boca con la mano que la pelinegra había estado besando—. ¡Joder, ¿qué carajo?!
—Allí lo tienes, procura no olvidarlo. —dijo Irelia, sonriendo con lascivia y alejándose de Syndra—. Como te decía... ¿un baño?
Syndra la miró con enojo. Quiso vociferar, no obstante, sólo señaló una puerta a la derecha, desviando la mirada al suelo.
—Muchas gracias, preciosa. —dijo Irelia, recogiendo su ropa del suelo—. Y lo siento por tu ropa.
El portazo que dio la pelinegra retumbó en la cabeza de Syndra, que recordó a la perfección el rostro de la joven entre sus piernas, haciendo maravillas.
La rubia buscó su ropa con la mirada, encontrando su ropa interior rota en una esquina de la cama. Gruñó, deseando cobrársela, pero recordando cómo le pedía a Irelia arrancársela la noche anterior.
Sus piernas dolían, su entrepierna dolía. Inclusive su vagina le ardía, pero era un ardor tan placentero que no tenía ninguna queja con respecto a lo que había pasado. El mejor sexo de su vida se lo había dado una mujer. Una maldita mujer que era bastante sexy.
Los Dioses estaban castigándola por reírse de sus dos amigas.
Irelia era la persona por la que Zed y ella habían discutido. Irelia era a quién Zed había llamado "lindo culo". Pero Irelia terminó acostándose con ella. ¿No era eso... fascinante?
Sonrió con malicia. Si Zed se enteraba... enloquecería. La idea de ser descubierta por su novio, engañándolo con una mujer, una mujer que él claramente quería en su cama... era hilarante.
Quizás si quería repetirlo con esta chica.
Pasaron varios minutos hasta que Irelia salió del baño, ahora vestida y arreglada. Syndra la miró con sus ojos estrechos.
Había conseguido un nuevo juguete. Uno que Zed deseaba.
—Supongo que ahora es cuando me pides que no se lo diga a nadie y que no vuelva a buscarte. —dijo Irelia, sonriendo con pesar—. Está bie-
—¿Tienes número? —preguntó Syndra, levantándose de la cama y dejando a la vista su cuerpo y llamando la atención de Irelia, que la miró de arriba abajo con lascivia—. ¿Eres de por aquí?
—Soy... de Jonia, pero sí... estoy de vacaciones aquí hasta finales de verano, así que tengo número. —respondió Irelia, mirando la cintura de Syndra y la pálida piel de su pelvis—. ¿Por qué?
Deteniéndose frente a Irelia, Syndra la miró con interés. Posó sus manos en sus hombros, acariciándolos un poco y permitiéndole a Irelia rodear su cintura con una de sus manos.
—¿Quieres jugar un juego, Irelia? —preguntó Syndra, ladeando su cabeza a la derecha y permitiéndole a la pelinegra ver las pequeñas marcas que ella misma había dejado sobre la piel pálida—. Sólo tiene una regla.
—¿Y cuál es esa regla? —preguntó Irelia, acercando su rostro al cuello de Syndra para dejar un pequeño beso en él.
—No te enamores... —susurró Syndra, cerrando sus ojos ante los besos de Irelia—... y será muy placentero para ambas.
—¿Por qué no? Es más placentero cuando estás enamorado, ¿no lo sabías? —indagó Irelia, alejándose de Syndra para mirarla a los ojos. Paseó su otra mano por su vientre, acariciándolo con delicadeza—. ¿Le tienes miedo al amor?
Riendo un poco, Syndra negó con su cabeza.
—Si te enamoras, juguetito... —susurró Syndra, acercándose a su oreja—... te destruiré.
—Woah, eso suena caliente. —susurró Irelia, riendo—. ¿Y si tú te enamoras?
—Eso no pasará. —aseguró Syndra, tomando la barbilla de Irelia para obligarla a mirarla a los ojos—. Puedes estar tranquila.
—¿Por qué tan segura? —preguntó Irelia, dejándose besar por Syndra y siguiendo el ritmo que ella le imponía en el beso—. Si te enamoras, lindura... me quedaré.
—¿Qué? —indagó Syndra, confundida.
Riendo, Irelia le dio un último beso a Syndra antes de separarse de ella.
—¿Tienes dónde anotar? —preguntó la pelinegra, buscando con la mirada por la habitación—. Debo irme ya, así que...
Sonriendo con malicia, Syndra le arrebató su teléfono. Marcó su número en él y llamó, escuchando su propio teléfono sonar bajo la cama.
Le entregó el teléfono a Irelia, antes de dirigirse a la cama para buscar el suyo.
—Llámame. —dijo Syndra, agachándose para tomar su teléfono y dejando a la vista de Irelia su sexo expuesto.
Irelia lamió sus labios con deseo, suspirando.
—Créeme, lo haré, lindura. —dijo Irelia, dispuesta a salir de la habitación.
—Mi nombre es Syndra. —fue lo último que le dijo la rubia antes de que saliera.
—Lo sé, lindura. —dijo la pelinegra, cerrando la puerta tras ella—. Irelia Xan... tus hermanos te alabarían si supieran que tuviste en cuatro a la señorita Fae'lor.
Dijo Irelia para sí misma, lamiendo sus labios y recordando el sabor de los labios de Syndra. Miró su teléfono y buscó el número de su abuela, dispuesta a llamarla apenas saliera de aquella propiedad.
Goddess of Luminosity.
