Hola, ¿qué tal shabales? Es domingo de actualizar esta barbaridad de fanfic xD Sí, se viene duro el Syndrelia sadfasdfa

Agradecida con ustedes por darle una oportunidad a mi fic, mucho más agradecida por sus lindos comentarios UwUr me animan a seguir con la historia porque siento que sí le gusta a la gente o algo asdfasdfa

Y sí, ya gané mi promo y puedo estar en sana paz, así que vine a escribir esto para poder tener el día domingo super libre para morirme mirando el techo, OSI, OSIIII.

Se me cuidan, cualquier comentario, acotación, duda o lo que sea respondo al siguiente cap, o sea, el próximo domingo xD

Recuerden que esta historia también se encuentra en Wattpad (GoddessOfLuminosity) y Ao3 (Quasart).


Ajustó sus lentes oscuros, mirando a los alrededores en busca de una cara familiar.

Nada.

El sombrero con largo borde la protegía del calor, pero la bufanda que había decidido utilizar estaba matándola. Con su frente en alto, entró al lugar en el que se suponía que iba a encontrarse con su cita.

Caminó hasta la recepción del lugar y carraspeó un poco para llamar la atención del dependiente.

—Tengo una reservación. —dijo con voz algo gruesa, intentando que no pudiera identificar su voz, incluso si el hombre frente a ella era un fracasado desconocido—. A nombre de… —la rubia miró a su alrededor y entonces susurró: —… Syndra.

Él la miró con una ceja alzada.

—¿Disculpe? —indagó el hombre, inclinándose un poco en su dirección.

—Syndra. —repitió ella en un gruñido.

—Por supuesto. —dijo el hombre de forma lenta, mirándola de arriba abajo confundido. Él leyó el libro de reservaciones y buscó el nombre indicado—. Syndra… Syndra… Syndra… ¡Syndra!

Asintió con su cabeza, se dio la vuelta y tomó una tarjeta. Volvió a girar sobre su propio eje y miró a la joven, que arregló su bufanda para cubrir su boca y nariz luego de que él exclamara su nombre.

—Habitación trescientos seis, su acompañante ya ha llegado, señorita Fae-

—¡Sí, muchas gracias! —dijo Syndra con rapidez, arrebatándole la tarjeta al hombre—. ¿Qué piso?

—Piso tres. El ascensor se encuentra por el pasillo a su derecha. —señaló el hombre—. Que su estadía sea placentera.

La rubia caminó con rapidez, llamando el ascensor repetidas veces. Taconeó el suelo con insistencia, a punto de subir por las escaleras sólo para que las personas que acababan de entrar no se fijaran en ella.

Subió al tercer piso, chequeando su teléfono en el proceso. Ella le había escrito recientemente.

"Vendrás?"

Giró sus ojos. Por supuesto que vendría. Sino no le habría respondido los mensajes anteriores. Ignoró el mensaje, dejando en visto a la joven pelinegra.

Revisó sus redes con desgano y se detuvo cuando leyó el mensaje que acababa de recibir por parte de su cita.

"Tengo una sorpresa para ti"

Odiaba las sorpresas. Se lo diría.

"Odio las sorpresas. Esto es sólo sexo, no tienes que darme obsequios estúpidos"

Sonrió con malicia, guardando su teléfono en su bolso y saliendo del ascensor. Buscó la puerta con el número de su tarjeta y suspiró cuando se encontró frente a ella.

—Está bien, Syndra… esto no quiere decir que te gusten las mujeres. —se dijo a sí misma la rubia, tomando el pomo de la puerta—. Sólo… estás disfrutando de tu sexualidad en compañía de otra mujer. Sí. No soy gay.

Dicho esto, Syndra utilizó la tarjeta para desbloquear la puerta y giró la manilla, abriéndola para entrar en la habitación.

Era enorme. Las veces que había ido con desconocidos a moteles ellos no se esmeraban en pagar una habitación que tuviera jacuzzi. Quizás debía subir sus estándares.

Cerró la puerta, dejando su bolsa, lentes, sombrero y bufanda sobre una repisa a su derecha.

La habitación era agradable. No olía a humedad como esas habitaciones baratas con filtración. Tenía un espejo en el techo sobre la cama y uno en la pared a la derecha de ella. Un sofá tántrico Un televisor de pantalla plana. Un jacuzzi. Unas puertas hacia un balcón y otra que parecía ser la del baño, que tenía cristales empañados.

Pese al ruido que hizo al entrar, no pudo divisar a Irelia por la habitación. Caminó hasta la amplia cama y observó una nota sobre una bata negra de seda.

—¿"Ponte esto"? Vine aquí a coger, no a modelar ni a jugar. —se quejó Syndra, caminando hasta el baño, donde encontró a Irelia en la tina, tomando un baño—. Sal de ahí, haz esas cosas con tu lengua entre mis piernas y luego vete de mi vista.

Irelia abrió sus ojos, fijándolos en Syndra. Soltó una risa, removiéndose en el agua caliente.

—Te ves tan estresada, Syndra. —dijo Irelia con burla—. Hablas del sexo como si fuera una tarea u obligación. ¿No dijiste que querías jugar?

—Bueno… sí, per-

—Entonces cierra tu dulce boca, sal del baño, ponte la bata y espera en la cama, lindura. —ordenó Irelia, dejando boquiabierta a Syndra—. Es parte de la sorpresa, así que por favor… déjame terminar mi baño.

—Como sea. —gruñó Syndra, volviendo a la habitación—. Estúpida lesbiana, cree que porque tiene lengua y manos mágicas tiene el control. ¡Yo tengo el control! —se quejó, desabotonando su camisa blanca. La lanzó sobre algún lugar de la habitación, así como su falda de tubo y sus tacones—. Si lo decido esto se acaba hoy mismo, por idiota presumida.

Continuó maldiciendo a la pelinegra mientras se desvestía, colocándose aquella bata de seda. Dejó la bata abierta, acostándose en la cama y encendiendo la televisión.

Apagó la televisión apenas se encontró con dos personas fornicando y los gemidos invadieron la habitación. Su rostro ganó color y se sintió una imbécil al darse cuenta de que nunca, jamás, en ningún momento de su vida había visto una porno. Le parecía asquerosa la idea de ver a dos personas teniendo sexo.

De sólo pensarlo se erizaba del asco.

—¿Ésta porquería no tiene caricaturas? —gruñó Syndra, buscando su bolsa con la mirada.

Suspirando, se levantó de la cama y buscó su celular. Tenía un mensaje de Zed.

"Dónde estás? Se supone que íbamos a salir"

Sonrió con malicia. Se sacó una foto acostada en la cama, donde se podía apreciar que claramente estaba en una habitación de hotel.

"Ocupada. Otro día"

Rió, sintiéndose la más malvada novia del mundo. Eso le daría una lección al imbécil.

Si tan solo supiera que estaba comiéndose a su ligue de la fiesta del sábado, Zed quedaría boquiabierto.

Era la soberana de la oscuridad.

—Te ves más relajada. —la voz de Irelia llamó su atención—. Dentro de lo que cabe, por supuesto.

Syndra abrió un poco sus labios. Ella tenía un conjunto de lencería bastante sexy. ¿Quién era esa lesbiana y cómo sabía que moría por lencería?

—¿P-Por qué estás vestida? —indagó Syndra, tratando de sonar enojada—. Se supone que… vamos a coger, quítate eso.

—¿No te gusta? —preguntó la pelinegra, caminando en dirección a la cama y haciendo que el corazón de Syndra enloqueciera—. Es lencería fina, valió cada centavo, claro. ¿No crees que me queda bien?

Irelia se giró, arqueando un poco su espalda para mostrarle su trasero a Syndra, que sintió al instante su rostro caliente. Sus ojos se abrieron cuanto pudieron y su boca se mantuvo entreabierta.

Pese a que quiso mostrarse inexpresiva ante lo que veía, la sonrisa de satisfacción de Irelia le dejaba en claro que estaba haciendo un pésimo intento.

—Tomaré ese gesto como un sí. —dijo Irelia, subiéndose a la cama para gatear hasta Syndra—. ¿Cómo quieres comenzar?

La pregunta tardó varios segundos en ser procesada por el cerebro de Syndra, que se mantuvo boquiabierta mirando la forma del trasero de Irelia por un instante.

Arqueó una ceja, sin entender la pregunta.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Syndra, lamiendo un poco sus labios—. Nos desvestimos, nos besamos, haces esa magia con tu lengua, llego al orgasmo, nos vestimos y cada quien a su casa.

La risa de Irelia causó que Syndra se sintiera como una idiota. Frunció su ceño y gruñó queriéndose levantar de la cama.

Fue detenida por Irelia, que la sostuvo de la muñeca para retenerla en su lugar.

—Alto, princesita. —dijo Irelia, acercándose más a Syndra—. Te diré algo, comenzaremos con una charla durante un masaje, ¿te parece?

—Joder. Mira, si quisiera un masaje iría a un spa. —se quejó Syndra, confundida—. ¿Vamos a tener sexo o qué?

—Te ves tensa-

—¡Sí, estoy tensa! —exclamó Syndra, comenzando a perder la paciencia—. ¡Estoy tensa porque pensé que íbamos a coger, pero aparentemente vine a un spa!

Permaneciendo en silencio, Irelia la miró por un breve momento. Estaba nerviosa, podía verlo en sus ojos y sentirlo en su mano temblorosa. Necesitaba relajar a Syndra de alguna forma.

Se acercó a ella, besando sus labios con delicadeza. Bajó sus besos por su mandíbula, llegando a su cuello. Syndra suspiró cuando besó su clavícula e Irelia supo al instante que aquel era un punto sensible de la rubia.

—¿Qué haces generalmente en el sexo? —preguntó Irelia, paseando su mano derecha por el abdomen de Syndra.

—Nada. —susurró la rubia, cerrando sus ojos y dejándose besar por la pelinegra.

—¿Qué quieres decir con nada? —indagó Irelia, confundida.

Siguió sus besos por sus hombros, haciendo que la joven pálida se recostara en la cama. Se posicionó sobre ella, dibujando pequeños patrones en su abdomen con su mano derecha, sin llegar a su pelvis.

—Nada, los hombres hacen todo. —aseguró Syndra, levantando un poco sus caderas, sintiendo la necesidad de recibir atención en su sexo—. Ya sabes, ellos… te penetran y… bueno, son los que se mueven.

—¿Qué? —preguntó Irelia, alejándose un poco de Syndra—. ¿Quieres decir que tú sólo te tiendes en la cama y ya?

Abriendo sus ojos, Syndra miró a Irelia.

—Obvio que no. —contestó Syndra, tomando la mano de Irelia para llevarla a su entrepierna—. Algunas veces me pongo en cuatro, o hago uno que otro oral… pero no es mi cosa favorita para hacer.

—Entonces, ¿cuál es tu cosa favorita? —indagó de nuevo la pelinegra, alejando su mano de su entrepierna.

—¿Ser penetrada? No lo sé. —dijo Syndra, confundida—. ¿Vinimos a coger o a rellenar una encuesta?

Irelia la miró con pesar. Con razón le había pedido repetir.

—Oh, pobre alma en desgracia. —dijo Irelia, acariciando la mejilla de Syndra con su mano izquierda—. ¿Cada cuánto tiempo te masturbas entonces?

—Ja, eso es para perdedores. —aseguró la rubia, sonriendo con autosuficiencia—. Si quiero sexo, sólo consigo una cita y tengo sexo. No necesito autocomplacerme. Para eso están los hombres… para eso estás tu aquí.

El gesto de pesar de Irelia cambió por uno compasivo. Era peor de lo que pensaba.

Se preguntaba si había algún motivo por el que Syndra veía el sexo como algo tan aburrido como dejar todo en manos de la otra persona. Más si era heterosexual.

Se levantó de su lugar, dirigiéndose al sofá de la habitación. Movió el mueble hasta colocarlo frente al enorme espejo de la pared bajo la confundida mirada de Syndra.

—Ven aquí. —dijo la pelinegra, sentándose en la parte más baja del sofá—. Vamos.

—De hecho… creo que esto fue un error y mejor me voy. —dijo Syndra, negando con su cabeza—. No eres lo busco.

—No, pero soy lo que necesitas. —aseguró Irelia, sonriendo con altaneria—. Conozco cuarenta y dos formas de hacerte venir… sólo conociste una aquella noche. Y no quiero presumir, pero parecías haber quedado bastante complacida.

Syndra miró su ropa en el suelo.

Ya se había desvestido, había hecho el enorme esfuerzo de dejar su auto estacionado en un lugar a seis manzanas del motel y caminó hasta allí con una bufanda de lana bajo el ferviente sol de verano.

Volver a casa con la misma frustración sexual con la que se marchó sería una pérdida de tiempo.

Suspiró, levantándose de la cama para sentarse frente a Irelia en el sillón, quedando un poco más arriba que ella.

—Mira el espejo. —ordenó Irelia, moviéndose a la derecha para ver a Syndra—. ¿Puedes verte?

—¿Por qué querría verme? —preguntó Syndra confundida—. ¿Cuál es el punto de esto, en serio?

—Limítate a contestarme, por los espíritus. —dijo Irelia, negando con su cabeza—. Eres muy testaruda, Syndra.

—Jódeme o jódete, lesbiana. —gruñó Syndra, mirándose al espejo y sintiéndose algo extraña—. Puedo verme bien, supongo.

—Me gustan las testarudas. Hacen una cara muy linda cuando las estoy cogiendo duro. —dijo la pelinegra, sonriendo con malicia. Syndra volteó a mirarla, ofendida y ella tomó su barbilla, obligándola a mirar el espejo—. Justo como tú el sábado.

—Hija de- Ugh…

Irelia metió dos dedos en su boca, interrumpiendo lo que iba a decir. Entrelazó sus dedos con su lengua, humedeciéndolos con su saliva mientras dejaba pequeños besos por su espalda.

Mordió su hombro, causando que Syndra mordiera sus dedos a modo de protesta.

—¡Diablos, mujer! —se quejó Irelia, sacando los dedos de la boca de Syndra apenas ella la abrió—. Ni siquiera te mordí la mitad de fuerte, vamos.

—¡No te di permiso de morderme! —gruñó Syndra, cerrando un poco sus piernas—. ¡Si dejas una marca-

—¿Qué pasará si dejo una marca? ¿Tu novio el ególatra va a enojarse? —preguntó la pelinegra, llevando su mano humedecida al vientre de Syndra—. ¿Va a buscarme para hacerme algo? Puedes decirle que soy conocedora de una ancestral danza joniana de la que proviene el jiu-jitsu.

—Eres… una imbécil. —murmuró Syndra mordiendo su labio inferior cuando Irelia comenzó a acariciar su entrada—. Maldición, te odio.

—Mira el espejo. —dijo Irelia, sonriendo contra la piel pálida de Irelia—. Dime… ¿él te toca antes de meterla? ¿Te besa siquiera? —indagó la pelinegra, realizando lentas y largas caricias a lo largo de sus labios mayores—. ¿Conoce ese punto entre tu clavícula y tu cuello que te hace suspirar?

Irelia sintió la humedad creciente en la rubia y amplió su sonrisa. Se aventuró a adentrar su dedo medio en la rubia, percatándose de que entró con una facilidad increíble.

—¿Acaso él te moja tanto como yo en un instante? —continuó preguntando Irelia, aspirando el perfume de Syndra y dejando un beso en su espalda—. ¿Se toma el tiempo de acariciar tu piel, de sentirla? ¿Te hace venir como yo lo hice el sábado?

—E-Espera… esto es… mmmm. —Syndra calló.

La rubia sintió una enorme necesidad de moverse contra ella, pero su orgullo no se lo permitía. Abrió más sus piernas, mirando a Irelia a través del espejo y notando la sonrisa en sus labios.

Se estaba burlando de ella. De su ego.

Volteó a mirarla con reproche y de nuevo, con su mano libre, Irelia la obligó a voltear a mirar al espejo.

—Dime lo que ves. —dijo Irelia. Separó sus labios mayores con dos de sus dedos, utilizando su dedo medio para acariciar su clitoris de forma circular, lento—. Dime lo que sientes. —Besó el tatuaje de su espalda, dejando otro mordisco en su hombro y haciendo que Syndra gimiera sin quererlo—. Dime qué deseas que te haga.

—¡No puedo! —gimió Syndra, mordiendo su labio inferior para contener el deseo creciente en ella—. Yo no… no es… esto… joder.

—Mira el espejo. —repitió Irelia por tercera vez, divisando por el espejo que Syndra había cerrado sus ojos—. Si no lo miras, pararé.

Incrementando la velocidad de sus movimientos, Irelia sonrió con placer al notar la excitación en el rostro de Syndra en su reflejo. La rubia mordía su labio inferior y clavaba sus uñas en sus rodillas, intentando contenerse.

Se detuvo, causando que Syndra abriera sus ojos al instante con pánico.

—¡Miraré! —chilló la rubia, llevando ambas manos hasta la de Irelia—. ¡Por favor, no pares, Irelia!

Soltando una risa, Irelia volvió a mover sus dedos. Besó el hombro de Syndra, complacida con su respuesta y sus acciones sumisas. Esa era la misma chica que estaba diciéndole idiota el sábado con tono altanero.

—Buena chica. —fue todo lo que dijo la pelinegra.

—¡Pie de limón! —exclamó Zoe, en el oído de Diana—. ¡Pie de limón, pie de limón, pie de limón, pie de limón!

—¡Ya para, carajo! —se quejó Diana, negando con su cabeza—. Ya no tienes cuatro años, Zoe. No puedes sólo gritarme al oído y esperar que no te golpeé por idiota.

La niña la miró con un puchero, cruzando sus brazos y dándole la espalda. Diana la escuchó sorber con su nariz y quiso golpearse a sí misma por hacer llorar a su hermana.

—Cuando tenía cuatro años eras mejor hermana que ahora. —murmuró la niña, manteniéndose de espaldas a Diana—. No me gritabas y me llevabas todos los días al parque luego de volver de clases.

—Y-Yo… no querí-

—Hey, estás aquí. —la voz de Leona la interrumpió y Diana se dio la vuelta de forma inmediata, olvidando a Zoe—. Y trajiste a tu hermanita, como dijiste.

—Ella no tiene hermanas. —dijo Zoe, agachándose en su lugar—. Es hija única.

—Vamos, Zoe. —dijo Diana, cubriendo su rostro con una de sus manos—. No soy hija única.

—Te habría gustado serlo, ¿verdad? —preguntó Zoe, sorbiendo con su nariz—. Admítelo, sólo dilo, vamos, acepta que a veces desearías que mamá no me haya tenido. Sólo admítelo.

—Owww pobrecilla. —murmuró Leona, mirando a Zoe con pesar—. Yo puedo ser tu hermana mayor si quieres.

—Sí, por favor. —dijo Diana en un susurro, sonrojándose ante la idea de llamar a Leona "hermana mayor" en joniano antiguo.

—Ah… yo… me refería a… se lo decía a tu hermana. —dijo Leona, riendo un poco, nerviosa—. Pero, puedo ser tu novia en cambio, si quieres.

El atrevimiento de Leona causó que Diana ganara un tono incluso más rojo que antes. La peliblanca tuvo que alejarse un par de pasos al no saber qué decir, ocultándose del sol bajo un árbol.

—Si acepto, ¿vas a casarte con Diana y ser mi hermana política? —preguntó Zoe, alzando la cabeza para dejarle ver a Leona que no estaba llorando en absoluto.

—Eh… bueno, primero tendría que saber si Diana quiere casarse conmigo. —dijo Leona, siguiendo la que creía que era una broma de Zoe—. Si acepta, entonces sí. Seré tu hermana política, supongo.

—Oh, pero por supuesto que ella quiere casarse contigo, señorita de cabello rojo que regala alfajores. —dijo Zoe con burla, mirando a Diana de reojo—. El otro día dijo que quería tus bebés.

—¡Ya para, carajo! —exclamó Diana, que parecía un semáforo en rojo de la vergüenza—. ¡Voy a darte tu estúpido pie y vas a irte a casa ahora mismo!

Zoe bajó su cabeza, sorbiendo con su nariz.

—Me odias. —dijo Zoe al borde del llanto.

—¡No, no lo hace! —dijo la pelirroja, afligida por la reacción de Zoe—. ¡Mira! Ella compró el pie, pero yo lo traje para que lo comieras recién hecho.

Leona le mostró a Zoe la bolsa de papel que traía consigo y la niña volvió a mirarla. Ella sonrió con alegría y sus ojos brillaron de la emoción. Tomó la bolsa de papel, abriendola para encontrar su postre preferido.

—¡Oh, eres mi nueva hermana mayor favorita! —exclamó Zoe, lanzándose sobre Leona con cuidado de no dañar su pie—. Tienes mi bendición para desposar a mi… no tan favorita hermana.

—A casa. —dijo Diana con voz lúgubre—. Ahora.

—Oh, vamos… quiero conocer a tu hermanita. —dijo Leona, mirando a Zoe bajarse de ella para correr hacia una banca—. Ella me agrada.

—¡Y tú me agradas también! —afirmó Zoe, abriendo la bolsa para sacar el pie—. No como otras personas que no voy a mencionar.

Diana iba a quejarse, sin embargo, la risa de Leona la hizo callar. Su risa era tan hermosa para Diana.

—Soy Leona. —se presentó la morena, sentándose a un lado de Zoe—. Soy amiga de tu hermana.

—¿Amiga? Ella había dicho otra cos- ¡Ugh!

—Vamos. Come, Zoe. —dijo Diana, obligándola a meter una cucharada de pie a su boca—. No querrás que el pie se dañe bajo el sol. —Carraspeó un poco, sentándose al otro lado de Zoe—. Ella es Zoe, mi hermana. Ya la habías visto… le gusta bromear y molestarme.

—¡Y el pie de limón! —dijo la niña, llevando otra cucharada a su boca—. ¿Qué te gusta a ti, Leona? Digo, además de mi linda hermana mayor.

—¡Zoe! —gruñó Diana, avergonzada.

—Pues ya que lo dices, sí, me gusta mucho tu hermana. —comentó Leona, mirando a Diana de reojo—. Y me sorprende lo casual que es eso para ti.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Zoe, con la boca llena—. Diana es bonita, es normal que le guste a la gente.

—Ciertamente, ella es hermosa. —dijo Leona, pasando su brazo por encima de la menor, alcanzando a Diana y acariciando un mechón de su cabello blanco—. En particular, me encanta su cabello y su sonrisa.

—A mi me gusta lo inteligente que es, ¡sabe todas las respuestas de mis tareas! —dijo Zoe, relamiendo sus labios y limpiando los rastros de pie—. Además, me enseña cosas que aún no he visto para que pueda fingir que soy lista en clases. Me lleva y recoge de la escuela. Me lee para dormir cuentos de los aspectos y las constelaciones. Y siempre que sale a algún lugar sin mí, me trae un regalo.

—¿De verdad? —preguntó Leona, enternecida. Zoe asintió con su cabeza como respuesta—. Se oye como una muy genial hermana mayor. Yo siempre quise un hermano menor, es una lástima que nunca pude tenerlo.

—¿Por qué no? —preguntó Zoe, confundida.

—Bueno, porque cuando era una niña; mucho menor que tú; mi mamá subió a la cima del Monte Targón. —dijo Leona, mirando en la distancia la cima de la mencionada montaña—. Y en lo alto, cruzó el puente que la llevó con los Dioses. Ahora ella es una estrella.

—Ooohh, la abuela también es una estrella. —dijo Zoe, moviendo sus pies en la banca—. Diana me dijo que se fue cuando yo era una bebé, así que no probé sus tés. —murmuró la chiquilla, bajando la mirada—. Pero está bien. Hay millones de millones de estrellas, Leona. Tú mamá y mi abuela no están solas.

Regalándole una sonrisa a la pelirroja, Zoe continuó comiendo su pie, sin un ápice de tristeza en su rostro.

Diana pasó una mano por los hombros de Zoe, recargando su cabeza de la de ella.

—Eres lo mejor que me ha pasado. —le dijo Diana, acariciando su hombro—. Y la mejor hermana menor que podría desear, en serio. Te quiero.

—¿No homo? —preguntó Zoe, mirándola con burla.

—Ugh, ¡por supuesto que no homo, idiota! —se quejó Diana, dándole un ligero golpe en la cabeza a Zoe, que se quejó en un murmullo—. Tienes que arruinar todo siempre, mocosa. La próxima vez no te diré un carajo.

Leona soltó una pequeña risa, causando que Diana cayera en cuenta de su forma de actuar para con Zoe en frente de ella.

La peliblanca soltó una pequeña risa nerviosa, sobando la cabeza de Zoe en el área en el que la había golpeado.

—Eso… fue un pequeño golpecito… ni siquiera lo sintió. —dijo Diana con nerviosismo—. Yo no… no le… es decir, nosotras bromeamos así siempre ¿verdad?

—Sí, siempre me golpea. —dijo Zoe, bajando la cabeza—. Me diagnosticaron un tumor en la frente por tantos golp-

—Cierra la boca. —gruñó Diana, volviendo a golpearla en la cien—. Eso es mentira.

—Podría volverse realidad si sigues golpeándome, insensible. —se quejó Zoe, sacándole su lengua a Diana—. Ella es terrible, Leona, ¡no seas su novia o va a golpearte también! O peor, ¡va a ahorcárte!

La morena sonrió con coquetería, fijándose en Diana.

—Oh, me encantaría eso. —respondió en un susurro, causando que la peliblanca enrojeciera y Zoe la mirara confundida—. Quiero decir… eh… yo… creo que puedo manejarlo, no te preocupes por mi, pequeña.

—¡Hey, ¿a quién llamas pequeña?! —preguntó Zoe, ofendida—. Soy un centímetro más alta que Diana a mi edad.

—Eso es mentira. —aseguró Diana, riendo un poco—. La última vez que fuiste al médico, medías uno treinta, yo medía uno treinta y dos a los diez años.

—¡Mentirosa! —gruñó Zoe.

—Yo medía uno cuarenta. —dijo Leona, captando la atención de las hermanas—. ¿Qué? Siempre he sido alta.

—Muy alta… eres más alta que mi hermana. —murmuró Zoe, mirándola con ojos brillantes—. ¿Qué comías? ¿Qué hacías?

—Uh… estuve en una escuela militar… así que… supongo que comía muy bien todos los días, me levantaba con el sol y dormía con él. —dijo Leona, sonriendo un poco ante el entusiasmo de Zoe por su tamaño—. También hacía ejercicio la mitad del día.

—¡Ugh! —se quejó la menor, negando con su cabeza—. Eso es aburrido.

—Quizás, pero me hizo alta y fuerte. —dijo la morena, regalándole una sonrisa radiante a la menor—. Incluso puedo cargar a tu hermana con facilidad.

—Ja, por supuesto que sí. Ella es un minion en comparación contigo. —alegó la niña, mirando a Diana con burla.

—¡¿Qué dijiste?! —se quejó Diana, mirando con enojo a la menor—. ¡Tú eres el minion!

—No, ¡tú eres el minion! —gruñó Zoe, aferrándose a uno de los brazos de Leona—. Y si me intentas lastimar, tendrás que pasar por encima de mi guerrera brillante.

—¿Eh? —Leona alternó su mirada entre Diana y Zoe—. Créeme, Zoe, yo quiero que tu hermana pase por encima de mí. Y se quede ahí por un largo mom-

—¡Hablando de minions y estrellas! —exclamó Diana, con un tono rosa en sus mejillas—. Eh… hoy… habrá un… una… lluvia de estrellas.

—¡Lo sé! Me gustaría verla desde algún lugar, pero no creo que llegue a tiempo a ningún mirador. —dijo Leona, bajando la mirada—. Es una pena, cuando era niña, mamá me llevaba hasta el mirador de Targón y siempre veíamos estos espectáculos estelares. Era fantástico.

Diana miró a Leona por varios segundos, sintiendo su corazón latir con prisa.

—¡Diana puede llevarte! —exclamó Zoe, dándole un empujón a Diana con su codo—. Ella ama ver cosas ñoñas en el cielo, así como tú. A mí me parece tonto, prefiero jugar videojuegos o con Aurelion.

—Su gato. —susurró Diana, girando sus ojos—. Y sí, yo puedo… es decir, si tú quieres, yo… podría llevarte al mirador. Si vamos en auto no es muy lejos.

—¿De verdad? —preguntó Leona, entusiasmada.

—Sí. Definitivamente. Por supuesto. Claro que sí. —afirmó Diana, sintiendo su rostro calentarse un poco—. Pasaré por ti cuando salgas y nos iremos.

—¡Genial! —exclamó la morena, emocionada—. Pero antes debes llevarme a casa, necesito darme una ducha, trabajé con harina hoy y… bueno, estoy sucia bajo mi ropa.

—Bien, sí… está bien. —dijo Diana, nerviosa—. Me parece perfecto.

—Sí, perfecto. —murmuró Leona, mirando a Diana con ansias.

Zoe intercaló la mirada entre ambas jóvenes.

Ella había estado mirando teleseries de adolescentes, tratando de entender por qué Diana se mostraba tan nerviosa al hablar con esta chica que le gustaba. A Cenicienta le gustaba el príncipe y sólo fue y bailó con él. Ariel dejó el mar por su marinero. Anna… bueno, ella no era una princesa muy lista.

Había visto momentos como este en las series. Los protagonistas se miraban el uno al otro, sonreían con nerviosismo, se acercaban de forma lenta y unían sus bocas en un beso desagradable para la vista de Zoe.

¿Por qué Diana jugaba con las puntas de su cabello, en lugar de besar a Leona? ¿Por qué Leona no la tomaba de la cintura y la besaba?

Levantándose de su lugar en la banca, Zoe las miró, confundida. Era como si el mundo hubiera desaparecido y sólo estuvieran ellas dos, ni siquiera la notaron apartarse del camino que las dividía.

Era como cuando, jugando con sus barbies, Zoe las hacía mirarse un buen rato antes de besarse.

Quiso empujar a Diana.

—¡Ya bésense, por los Dioses! —se quejó la menor, cruzando sus brazos—. ¡Me muero de aburrimiento esperando que hagan algo más que sólo mirarse!

—¡C-Cállate, Zoe! —exclamó Diana, al tiempo que toda su sangre parecía aglomerarse en su rostro, pues el mismo se tiñó de un rojo profundo debido a la vergüenza—. Eres una id-

Leona la tomó de la cabeza. La acercó hacia ella con rapidez, uniendo sus labios a los de Diana con delicadeza.

Diana la miró, sorprendida. Ella se veía tan relajada al estarla besando. No usó su lengua, sólo acarició los labios de Diana con los suyos, succionándolos un poco e incluso dándoles una pequeña mordida.

Zoe soltó un gritillo de sorpresa, para luego emitir un gemido de asco. Dijo algo acerca de no entender a los adultos y procedió a ignorarlas.

Pero Diana. Sentir los labios de Leona sobre los suyos desató un estallido de sentimientos dentro de ella. Incluso si no era la primera vez que la besaba, para Diana cada beso de Leona se sentía como si fuera una niña que acababa de descubrir el chocolate.

Era como una sensación de éxtasis, que comenzaba con un picor en sus labios. Su nerviosismo era reemplazado por deseo cuando el cosquilleo se extendía a la zona baja de su nuca. Y cuando el cosquilleo resbalaba hacia su pecho, lo invadía una calidez gratificante.

Se preguntó si Leona sentía lo mismo que ella al besarla. Si el mundo desaparecía para ella cuando se miraban como le ocurría a Diana.

La morena mantuvo sus ojos cerrados el corto minuto que duró su beso, alejándose de Diana para mirarla a los ojos.

—Dioses, de verdad me gustas. —susurró Leona, sonriendo con nerviosismo—. ¿Dónde estuviste todo este tiempo?

—Yo-

—Escondiéndose de la realidad en su habitación luego de una ruptura amorosa devastadora. —dijo Zoe, mirando su celular.

Leona soltó una pequeña risa, desviando sus ojos de los de Diana para fijarse en Zoe, que estaba rascando su nariz mientras con su otra mano sostenía su teléfono.

—¡Cierra la boca, Zoe! —se quejó Diana, sintiéndose avergonzada por las palabras de su hermana menor, pues no eran mentira—. ¡Nunca volveré a traerte con Leona!

—Pero el terapeuta dijo qu-

Una mirada de su hermana bastó para que Zoe sintiera un escalofrío recorrerla desde su cien hasta la punta de los dedos de sus pies. Cerró la boca con fuerza, sonriendo con inocencia a diana y balanceándose en su sitio.

—En fin, maldita Alune. —dijo la niña, mirando al cielo.

—¡Ese lenguaje! —gruñó Diana—. Lo juro por los Dioses, no sé quién te enseñó esas palabras, pero mamá te va a regañar hasta la universidad si te escucha decirlas.

—¡¿Hasta la universidad?! —preguntó Zoe, aterrada.

—¡Hasta la universidad! —afirmó Diana, causando que su hermana resoplara ante la idea de ser castigada por ocho o más años.

—Está bien, Zoe. —dijo Leona, sonriéndole de manera reconfortante a la niña—. Pienso lo mismo que tú, maldita Alune.

Diana miró a Leona con reproche, sin embargo, bastó una sonrisa radiante de la morena para que Diana olvidara por qué la estaba mirando, además de porque era hermosa.

—¡Amo a tu nueva novia, Didi! —exclamó Zoe, sonriente—. Me trae pie de limón, es muy alta, brilla y odia a Alune. Es todo lo que podría desear para ti.

—¿N-N-Novia? —preguntó Diana, nerviosa.

—N-No somos… bueno… aún no somos novias. —dijo Leona, ganando un tono rosa en sus mejillas—. Somos… eh… es decir… estamos en una etapa de… cortejo.

—¿Y qué es eso? —preguntó la niña, causando que Diana casi se desmayara de la vergüenza—. ¿Y por qué se besan si no son novias?

—Es… que… antes de ser novias… pues estamos dándonos un tiempo para conocernos y… bueno, yo… ugh. —Leona jugó con un mechón de su cabello, nerviosa por lo que podría pensar la hermana de Diana de ella—. Nos besamos porque… yo… mmm… me gusta mucho tu hermana, es muy linda. Quizás no es apropiado, porque no somos novias aún, pero siento éste ardor en mi pecho cada vez que la veo… —explicó la morena, mirando a Diana y sonriendo al notarla nerviosa—… y sólo se apacigua cuando nos besamos o ella toma mi mano.

—Entonces tómala de la mano, pero por favor no vuelvan a besarse sin protección. —dijo Zoe, cruzando sus brazos—. No estoy lista para ser tía, tengo que ser más alta primero.

—¿Tía? —preguntó Leona, sonriendo ante lo que dijo la menor—. ¿Qué quieres decir?

—Bueno… es obvio que ahora tendrán un bebé, porque se besaron. —dijo Zoe, no muy segura de lo que decía—. Papá dice que si beso a un niño entonces vendrá la cigüeña y me entregará un bebé… es igual si besas a una mujer, ¿no?

Leona soltó una risa sin poder evitarlo. La inocencia de la niña le parecía bastante tierna y el sonrojo y vergüenza de Diana eran hilarantes.

Tomó la mano de Diana, entrelazando sus dedos y alzó ambas manos para mostrárselas a Zoe.

—Muy bien, Zoe. —dijo Leona, ampliando su sonrisa—. Hablaré con la cigüeña de este malentendido, seguro ella será flexible con nosotras. A partir de ahora sólo la tomaré de la mano, al menos hasta que tengamos algo formal.

—Eso es simplemente maravilloso. —dijo Zoe, asintiendo con su cabeza al estar de acuerdo con lo dicho por Leona—. No tenemos espacio para otro bebé en casa. Conmigo es suficiente.

La morena volvió a reír con fuerza. Pensó que lidiar con una niña iba a ser un tanto difícil, pero Zoe parecía ser bastante agradable. Además, tenía un sentido del humor muy interesante para Leona. El plus de su inocencia también la hacía ver tierna. Esperaba agradarle a Zoe tanto como a ella le había agradado la niña.

—Eso estuvo bueno. —Irelia salió del baño, buscando con su mirada la ropa que iba a ponerse—. Definitivamente hay que repetirlo.

Syndra yacía en la cama. Se miraba a sí misma en el espejo del techo de la habitación, dibujando patrones en su vientre desnudo. No miró a Irelia, ni siquiera cuando habló.

Nunca se había sentido tan relajada. La mayoría del tiempo, cuando acababa de tener sexo, se sentía enojada y tensa. Los hombres acababan, se tiraban a su lado en la cama, le decían que era fantástica y… ya. No sucedía nada más.

Pero Irelia.

Cuando Syndra alcanzó aquella primera oleada de placer maravilloso, la pelinegra sólo le dio unos minutos para recomponerse antes de llevarla a la cama y continuar su sesión de sexo.

Eso era sexo, lo que había estado haciendo Syndea desde sus dieciséis años eran estupideces.

Pero había algo que la rubia no entendía.

Ella ni siquiera había tocado a Irelia. No la besó, recibió sus besos. No la acarició. Ni siquiera la miró. Y la pelinegra quería repetirlo.

¿Por qué? Syndra no repetía con ninguno de sus juguetes de mala calidad porque eran malos. Ella había sido un mal polvo, no hizo nada más que recibir atención de Irelia, entonces ¿por qué?

—Escríbeme cuando te aburras de fingir con tu novio y quieras diversión de verdad, lindura. —dijo la pelinegra una vez se vistió y estaba lista para marcharse.

—¿Por qué? —preguntó Syndra, sin despegar su mirada del techo—. ¿Por qué quieres repetirlo? Ni siquiera te toqué.

—¿Uh? —Irelia volteó a mirarla, confundida. Sonrió con coquetería—. No respondiste ninguna de mis preguntas de antes, así que yo no tengo que contestar a eso.

Syndra la miró. Finalmente, luego de casi media hora, se dignó a mirar a la pelinegra que había conseguido dejarla con sus piernas temblando de placer.

—¿Cuáles preguntas? —indagó Syndra, mirándola confundida—. Hazlas de nuevo y responderé.

Irelia miró su reloj de pulsera. Tenía tiempo.

Se sentó en la cama, acercando su mano a Syndra para tomar sus mejillas con una mano. La hizo girar un poco la cabeza, exponiendo su cuello.

—¿Qué pasa si te dejo una linda marca de amor? —preguntó la pelinegra, intrigada—. ¿Tu noviecillo se enojará? ¿Me golpeará?

Syndra suspiró al sentir la respiración de Irelia en su cuello.

Sus delicados besos la hacían erizar.

—No me gustan las marquitas de amor, o como quieras decirles. —respondió Syndra, sintiendo un cosquilleo en el estómago cuando Irelia comenzó a bajar sus besos por su clavícula—. Probablemente ya esté enojado, porque dejé de estar con él para estar contigo. Y no… estoy muy segura de que quiere todo menos golpearte.

Irelia soltó una risa.

—¿Por qué tan segura? —indagó la pelinegra, sin parar sus atenciones con Syndra.

—Dijo algo acerca de que tienes un lindo culo el sábado. Concuerdo con eso. —dijo Syndra, cerrando sus ojos—. ¿Vas a responderme ya?

—No aún. —negó Irelia, rozando sus labios por la piel nívea—. ¿Él te toca o te besa antes de entrar en ti? —La pelinegra dejó un pequeño beso entre el cuello y la clavícula de Syndra, haciéndola gruñir—. ¿Conoce este punto sensible tuyo?

—Algo así y no. —contestó Syndra, sin abrir sus ojos. Se aferró a las sábanas de la cama cuando Irelia comenzó a acariciar una de sus piernas, sintiendo un cosquilleo en esa zona de su cuerpo—. No conoce… casi nada de mí.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Irelia, riendo un poco—. ¿Por qué estás con él, entonces?

Syndra abrió sus ojos. Fijó su mirada en Irelia, que continuaba besando su cuello con pasión. Sostuvo sus mejillas con sus manos, obligándola a mirarla.

Abrió su boca, lamiendo los labios de la pelinegra, que sonrió de una forma que Syndra no comprendió.

—Nunca antes alguien me había preguntado qué me gusta hacer durante el sexo. —dijo Syndra, sintiéndose idiota por admitir eso en voz alta—. Y Zed… bueno, él fue mi primera vez, ha sido mi novio por años… y aún así, nunca se molestó en tocarme de la forma en que lo haces.

—Entonces… ¿por qué sigues con él? —volvió a preguntar Itelia, confundida—. ¿Lo amas?

Syndra se mantuvo en silencio. Atrapó uno de los labios de Irelia entre los suyos, presionándolo un poco y causando que la de ojos azules se quejara.

Unió sus labios a los de la pelinegra, besándola con fervor. Irelia pasó una mano por su cintura desnuda, acercándola más a sí misma sobre la cama. Acarició su espalda y su cintura. Se aventuró a darle un nalgada a la rubia, que al instante gimió y se separó del beso.

Los ojos lilas de Syndra se encontraron con los azules de Irelia.

No hubo palabras, sólo una mirada de advertencia por parte de la rubia y una desafiante de la pelinegra.

—No. No conoce ese punto sensible, ni siquiera yo lo conocía. —respondió Syndra, sentándose sobre Irelia en la cama y empujándola hasta acostarla—. No, él no me moja como tú, no me acaricia, no me siente, no me hace venir. Ni siquiera sabía cómo se sentía un orgasmo hasta el sábado. Y fue… hilarante.

—Oh, me halagas, Syndra. —dijo Irelia, sonriendo triunfante ante la declaración de la rubia—. Así que lo amas.

—No lo amo. —aseguró Syndra, llevando una de sus manos al cuello de Irelia, apretándolo un poco para sentir que de alguna forma estaba dominando la situación—. Lo odio. Sólo estoy esperando el momento perfecto para destruirlo… quiero verlo llorar como yo lloré hace años por su maldita culpa.

—Vaya… eso… es interesante. —dijo Irelia, acariciando las piernas de Syndra a sus costados—. Eres un poco vengativa.

—Sólo un poco. —susurró Syndra, frotándose contra el jean ajustado de Irelia—. Es tu turno de responder.

—¿Por qué quiero repetirlo si no me tocaste? —indagó Irelia, pensativa—. Hay cosas más placenteras que ser tocado. Tocarte a ti misma, por ejemplo. —dijo la pelinegra, llevando sus manos hasta el trasero de Syndra y apretándolo—. Hay más que sólo ser penetrada, o ahorcada. Por cierto, no le entro al sado, así que si pudieras ser tan gentil de soltarme te lo agradecería.

Syndra frunció su ceño, apretando un poco más su agarre en el cuello de Irelia. Gruñó, liberándola y llevando su mano a su cabello para acariciarlo un poco.

—Me gusta sentir a la otra persona. Verla extasiada, sudando… gimiendo mi nombre o lo primero que le venga a la cabeza mientras se encuentra en la cúspide del placer. —continuó diciendo Irelia, moviéndose bajo Syndra—. Es maravilloso darte cuenta de que tienes la cordura de la otra persona en tus manos. Que tú estés así, temblorosa y exhausta, me hace sentir bien. Sobretodo por tu ego inflado.

—¿Qu-

Irelia apretó más su trasero, haciéndola ponerse de rodillas. Entonces la pelinegra bajó en su sitio, colocándose de tal forma que si Syndra se sentaba lo haría sobre su rostro.

—Dime, ¿qué se siente que una mujer te domine, Syndra? —preguntó Irelia, alzando su cabeza para poder lamer el sexo expuesto de Syndra, que jaló un poco su cabello oscuro—. ¿Qué se siente que alguien tenga control sobre ti y tu cuerpo?

—Tú… maldita… idiota. —gruñó Syndra, jalando con fuerza su cabello para presionarla más contra sus piernas—. Soy la que... tiene el control aquí.

—¿Es así? —indagó la pelinegra, pasando su lengua por toda la longitud de los labios mahores de Syndra, haciéndola gemir—. ¿Tú tienes el contro?

—¡Por supuesto que lo tengo! —exclamó Syndra, empujando a Irelia contra la cama—. Cómete esta, tú… estúpida joniana arrogante.

Sentándose sobre la cabeza de la Irelia, Syndra pensó que ella se molestaría, pero al contrario de lo que pensó, Irelia sólo cerró sus ojos, disfrutando del sabor de los fluidos de Syndra y de los pequeños gemidos y gruñidos que emitía.

La rubia se vio a sí misma contra la cama. Con su rostro contra una almohada, mordiéndola con fuerza para evitar gemir. Se le hizo imposible contener su grito de placer cuando la pelinegra tocó con su lengua un punto sensible dentro de su vagina.

Ahí estaba. Otra vez. Irelia la había hecho cambiar de posición al menos cuatro veces ya. La acomodaba como le placía y Syndra no podía hacer más que dejarse hacer.

La besaba. Por mucho que Syndra intentó no besarla, terminaba cediendo ante los besos humedos de la pelinegra, que continuaba su trabajo con sus dedos mientras la besaba con pasión sobre la cama.

—Es una fortuna que pagué por ocho horas. —dijo Irelia, tratando de alisar su camisa arrugada y abrochando sus jeans—. ¿No tienes hambre? Quizás podriamos pasar por pollo frito.

—¡Ugh, maldita arrogante! —exclamó Syndra, lanzándole una toalla a Irelia, que se agachó para esquivarla—. ¡Tambien te odio a ti! Y ni creas que esto se va a repetir alguna vez.

Irelia la miró con una ceja alzada, sin entender la actitud agresiva de Syndra.

—Supongo que no te gusta el pollo frito. —dijo la pelinegra, alzándose de hombros—. ¿Por qué tan enojada?

—Que te quede algo muy claro, Irelia. —dijo Syndra, colocándose su sujetador—. ¡No estamos saliendo, no tienes control sobre mi y comeremos comida vegana!

—¡Oh, vamos! —se quejó Irelia, entregándole a Syndra su camisa blanca—. ¿Eres vegana? Creo que esto no va a funcionar.

—¡No estamos saliendo! —repitió Syndra, poniéndose su camisa—. Pásame mi falda.

—No estamos saliendo, ¿pero saldremos a cenar? Eso es un fiasco. —se quejó Irelia, entregándole la falda negra a Syndra y mirando su teléfono—. Hay un lugar de comida vegana a seis manzanas de aquí, podemos ir caminando. Si es que puedes, claro.

Irelia rió ante su propia broma y Syndra la miró con enojo.

—¿Te crees muy graciosa? —preguntó Syndra, estrechando sus ojos—. Por supuesto que puedo camin- ¡joder!

Syndra se tambaleó en su sitio, habiéndose tropezado con sus pies. Rápidamente, Irelia la sostuvo, evitando que cayera al suelo. La pelinegra le sonrió con malicia, jalándola del brazo para acercarla a su cuerpo.

—Podríamos usar esa hora que nos qued-

—¡Ni que lo sueñes! —gruñó Syndra, interrumpiendo a Irelia—. Comida vegana, a seis manzanas, iremos caminando. Mi auto está cerca del lugar, así que luego podré irme sin que nadie me vea

Irelia soltó una pequeña risa. Asintió con su camisa, sentándose en la cama a la espera de que Syndra terminara de vestirse.

La rubia volvió a colocarse su bufanda, sombrero y lentes oscuros, incluso cuando ya el sol se estaba poniendo. No dijo ni una palabra al salir del lugar con Irelia a su lado, ni siquiera le dirigió la palabra hasta que se encontraron en una mesa, en el lugar que Irelia había sugerido para comer y que Syndra conocía.

Syndra miró a su alrededor. No reconoció a nadie en el lugar. Se quitó su sombrero, así como los anteojos y la bufanda, dejándolos sobre su bolsa, en su regazo. Miró el menú, ordenando un platillo que ya conocía y sólo entonces miró a Irelia, que estaba indecisa por lo que pediría.

—¿Por qué de todas las personas en la fiesta decidiste estar conmigo? —preguntó Syndra, entrelazando los dedos de sus manos sobre la mesa—. Créeme cuando te digo que había chicas mucho más atractivas allí.

—¿Tacos de hongos estofados? Necesito probar eso. —dijo Irelia, llamando esperando a que el mesero le sirviera su bebida a Syndra para hacer su pedido—. ¿Qué decías? —Syndra estrechó sus ojos a ella, causando que riera un poco—. Ya, estuve contigo porque… estaba hablando con tu novio, Zed, no es realmente de mi agrado. Él estaba coqueteándome y… bueno, yo no estaba muy interesada.

—¿Y por qué le sonreías y él te sonreía? —indagó Syndra, estrechando sus ojos a Irelia.

—Porque suelo rechazar de forma muy cordial a las personas, es lo que mi O'ma me ha enseñado, a ser cordial. —dijo Irelia, arrebatándole a Syndra su batido de frambuesa para darle un sorbo—. Él estaba siendo todo un galán, a decir verdad, y cuando tú llegaste pareció cambiar por completo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Syndra, interesada en lo que dijo la pelinegra.

—Oh, bueno, verás… dejó de ser un completo educado para pasar a ser un ególatra sin modales. —dijo Irelia, negando con su cabeza—. Entonces vi que él estaba discutiendo contigo, te gritaba y trataba como… como a un objeto y me hizo sentir enojada, porque yo… —La pelinegra tomó la mano de Syndra, sonriéndole un poco—… creo que un hermoso loto como tú debe ser cuidado y tratado con delicadeza.

Syndra la miró consternada. Alejó su mano de la de Irelia, confundida por lo que había dicho. Ella había escuchado eso en algún lado, pero no podía recordar dónde. Quizás ella le había dicho eso durante la fiesta.

—La cosa es que te vi tan tensa en el baño, quiero decir, era como si tuvieras una vena en la frente que fuera a estallar si alguien no te llevaba una cerveza. Así que lo hice. —continuó diciendo Irelia—. Y… bueno, mi plan no era acostarme contigo, en realidad, sólo me preocupé un poco. Porque parecías tan enojada, y era tu fiesta, debías pasarla bien, no atormentarte por culpa de tu novio idiota. Pero… te lanzaste sobre mí y-

—¿Perdón? —la interrumpió Syndra, negando con su mano—. No, señorita lesbiana, tú me besaste. Lo recuerdo.

Irelia soltó una risa, negando con su cabeza.

—Estaba hablándote de técnicas de relajación jonianas cuando me tomaste del cuello de mi camisa, me dijiste "muéstrame el equilibrio" y me besaste. —dijo Irelia, callando cuando el mesero volvió con su bebida—. De hecho, ni siquiera tenía planeado volver a estar contigo, porque, bueno… tú eres claramente heterosexual.

—¡Exacto! Eso quería escuchar. —dijo Syndra, asintiendo con su cabeza y tomando su batido para darle un largo sorbo—. Soy heterosexual. Esto sólo fue un pequeño desliz, nada serio, no vamos a enamorarnos ni nada porque no me siento atraída por mujeres.

Irelia rió. Asintió con su cabeza como toda respuesta, dejándola pensar que ella tenía el completo control de la situación.

—Y por eso me acosté contigo. De todas las personas en la fiesta, tú novio decidió hablarme a mí, tú decidiste interrumpir nuestra conversación y lo demás, ya lo sabes. —terminó de decir Irelia, moviéndose en su silla ansiosa—. Excelente fiesta, por cierto. La disfruté desde que puse el primer pie en tu casa. Sarah tenía razón, das las mejores fiestas de toda Targón.

—¿De dónde conoces a Sarah? —indagó Irelia, mirando a su alrededor con nerviosismo al escuchar el nombre de la novia de una de sus mejores amigas—. ¿Y por qué te llevó a mi fiesta?

—Fue algo muy casual. Ella estaba de viaje con su mamá hace dos años por Jonia. Llegó al templo de mi familia, pero no sabía como rezar así que yo le enseñé, quemamos unos inciensos, hicimos sonar la campanilla y luego ella se marchó. —dijo Irelia, dándole un sorbo a su batido de piña—. Pero por algún motivo volvimos a cruzarnos en el festival del florecer espiritual y nos llevamos tan bien. Nunca paró de hablar de Nami, así que la conozco un poco también, y a Diana… y a ti. Aunque, claramente te conozco mucho más que a las otras ahora.

Ganando un pequeño sonrojo en sus mejillas, Syndra cubrió su rostro con el vaso de cristal de su batido, dándole un trago para intentar bajar el calor de sus mejillas.

—¿Y qué trae a una chica como tú a un lugar como este? —preguntó Syndra, causando que la sonrisa de Irelia desapareciera por un instante.

—Yo… huyo, supongo. —susurró Irelia—. Congelé mi carrera porque… bueno, mi papá murió recientemente y decidí… tomarme un tiempo para mí.

—Dioses, lo siento. —dijo Syndra, sintiéndose una idiota por haber hecho la pregunta.

—Está bien, no lo sabías ni fue tu culpa. —dijo Irelia, sonriendo un poco con pesar—. Me desorienté un poco, no sabía cómo sobrellevarlo, así que fue más fácil para mí tomar un avión y… huir.

Manteniéndose en silencio por un largo momento, Syndra soltó un pequeño suspiro, tomando una de las manos de Irelia por encima de la mesa y regalándole una pequeña sonrisa de forma reconfortante.

—De verdad lo lamento. —dijo la rubia en un susurro.

—Y de verdad está bien. —contestó Irelia, llevando el batido a su boca para darle un sorbo—. Estoy tratando de… asimilar el hecho de que él ya no estará y yo tendré que llevar las riendas de la familia ahora. Por eso decidí tomarme un año sabático antes de sumergirme por completo en mi futuro y el de mi familia. De cualquier modo, aun tengo a mi O'ma.

—¿Ella te crio? — indagó Syndra, interesada de algún modo en lo que le decía la joven pelinegra.

—Sí, mamá murió cuando nací, así que siempre hemos sido ella y yo. —dijo Irelia, sonriendo un poco—. Ha sido como una madre para mí y mis hermanos.

—Y cómo… ¿cómo se ha tomado esto de que… ya sabes… eres gay? —preguntó la rubia, removiéndose un poco en su sitio—. ¿Ella lo acepta?

Irelia soltó una risa, arreglando su cabello con una de sus manos para apartarlo de su rostro.

—Syndra… ¿es eso a lo que le temes tanto? —preguntó Irelia, recargando su codo de la mesa para sostener su mejilla con su mano—. ¿Le temes a que tus padres te rechacen en caso de que descubras que te gustan las mujeres?

La rubia abrió sus ojos con sorpresa, negando con su cabeza de forma rápida.

—Y-Yo no… eso… es… —murmuró Syndra, encogiéndose en su sitio—… ¡no me gustan! Y no, definitivamente no le temo a nada. ¡Fue una simple pregunta tonta!

—Lindura. —dijo Irelia, acercando su mano para tomar la barbilla de Syndra, haciéndola sonrojarse un poco—. Incluso si tu familia no lo aceptara, no hay nada mejor que aventurarse a ser feliz aceptándote como eres y junto a quien ames, sea mujer u hombre. Tus padres serán felices por saber que tú lo eres. Y si no lo son, entonces no vale la pena que vivas toda tu vida sufriendo y escondiéndote para darles una falsa felicidad. Piensa en eso.

Syndra guardó silencio.

Lo pensaba todo el tiempo. Cuando sus padres la halagaban por otro mes de relación con Zed, una parte de ella se enojaba más y más. Se preguntaba si ellos realmente querían que viviera toda su vida con una persona como su actual pareja.

Miró al mesero, que colocó sus ordenes sobre la mesa y les deseó un buen apetito, pero Syndra había perdido el suyo.

—Amo esto. —susurró Leona, mirando el cielo.

La lluvia de estrellas había terminado, sin embargo, Leona continuaba en el mirador junto a Diana.

La joven pálida volteó a mirar a la morena, sonriendo embelesada. Ella estaba a su lado, recargada de la barandilla que había para determinar el área segura del mirador. El viento ondeaba su largo su cabello anaranjado y la luz de los reflectores cercanos le permitían apreciar sus brillantes ojos avellana.

La morena volteó a mirar a Diana, que ganó un pequeño tono roda en sus mejillas al momento en que la miró.

—Me encanta que me hayas dado la oportunidad de compartir este momento contigo, Diana. —dijo Leona, colocando una de sus manos sobre la de Diana en la barandilla —. Gracias por traerme.

Leona se acercó a ella, cerrando la distancia que las separaba para depositar un beso sobre sus labios con delicadeza.

Diana sintió su corazón latiendo desenfrenado. Sus manos comenzaron a sudar y su cerebro a funcionar a millón. ¿Se había cepillado los dientes antes de pasar por Leona? ¿Comió cebolla en la cena? ¿Su mano estaba sudando mucho como para ser desagradable? ¿Estaba moviendo bien sus labios? ¿Abría su boca? ¿Movía bien su lengua?

Todas sus dudas la obligaron a separarse de Leona en medio del beso, nerviosa.

—Eh… yo… no… espera. —susurró Diana.

Ella alejó su mano de la de Leona, llevándola a su rostro. Intentó expirar para determinar si tenía mal aliento, causando que Leona la mirara confundida. Sacó del bolsillo de sus jeans un pañuelo, con el que limpió el sudor de sus manos ante una confusa Leona. Arregló un poco su camiseta, estirando un poco el cuello de la misma para que algo de aire entrara a su pecho.

Suspiró.

—Ya, sí… ¿podemos intertarlo de nuevo? —preguntó Diana, con su mirada en el suelo— Yo sólo est-

—¿Hay algo que te moleste? —indagó Leona, interrumpiéndola—. Porque… eso fue… un poco raro.

El nerviosismo de Diana aumentó y ahora su cerebro estaba culpándola por ser una completa rara. ¿Por qué no pudo simplemente seguir con el beso? ¿Por qué tenía que separarse de forma abrupta y hacer sus cosas extrañas en frente de Leona? ¿Por qué no podía ser normal? Ahora Leona la odiaba.

—¿Te gusto de verdad? —preguntó Diana, retrocediendo un paso—. Como… ¿de verdad? ¿No preferirías salir con alguien más? Quiero decir… tú… eres muy… atractiva.

—Oh, ¿eso crees? —preguntó Leona, sonriendo.

—¡Sí, definitivamente! —aseguró Diana, alzando su mirada para fijarse en la pelirroja—. Tienes estos… ojos tan lindos y profundos, y… tu sonrisa hermosa. Además de… bueno, tu cabello es tan sedoso, quiero decir, como… es como la melena esponjosa y suave de un león… sin ofender.

—Tranquila, continúa. —dijo Leona, recargándose de la barandilla, sin despegar sus ojos de los de Diana.

—Bueno… creo… que cualquier persona moriría por estar contigo… y… la verdad yo no… sólo no me hago… a la idea de que tú… disfrutes pasar tu tiempo con… conmigo. —murmuró Diana, jugando con sus dedos con nerviosismo—. Porque… soy… rara.

—¿Por qué siempre que hablamos dices esas cosas? —preguntó Leona, ladeando su cabeza a la derecha con intriga—. Siempre te desacreditas.

—Oh, es un don. —dijo Diana a modo de broma, riendo un poco con nerviosismo y haciendo reír a Leona—. Yo… la verdad… es… que yo… me cuesta ver… otras cosas además de… mis muy notables defectos.

—Es gracioso. —dijo Leona, mordiendo su labio inferior—. No puedo pensar en una sola cosa tuya, que yo conozca, que sea un defecto.

Diana la miró, con su boca abierta de la sorpresa por lo que acababa de decir. ¿Acaso no podía ver que era un desastre? Quizás lo ocultaba mejor de lo que pensaba. Quizás Leona sólo decía eso para llevarla a un motel. Quizás era una asesina serial y por eso le pidió llevarla al mirador, pues no había muchas personas allí, de hecho, la mayoría ya se había marchado o estaban muy lejos de ellas dos. Quizás debería estar corriendo en lugar de pensar tanto.

—Yo… debo irme. —dijo Diana de repente, dándose la vuelta para comenzar a caminar.

Leona la detuvo, tomando su mano.

—De verdad me gustas. Te lo dije hoy, te lo dije ayer, te lo he dicho todos los días desde que nos conocimos. —aseguró Leona, rodeando a Diana para estar frente a ella de nuevo—. Me gusta tu sonrisa también, creo que es muy tierna; incluso si casi no sonríes. Creo que tu cabello es simplemente magnífico, pero me pregunto cuál es su verdadero color y si llegaré a verlo alguna vez. Eres muy educada, lo cual aprecio porque he tenido citas con idiotas que lo primero que dirían de mi es que tengo un buen par de pechos.

—Concuerdo con los idiotas. —murmuró Diana. Intentó no mirar el pecho de Leona, sin embargo, el hecho de que la morena llevó sus manos a sus pechos al hablar de ellos fue como un ente magnético para los ojos de Diana—. Quiero deci-

—¡Está bien! Lo sé, Diana, sé que soy… ¿caliente? Como sea. —dijo Leona, agitando sus manos e intentando no desviarse del tema—. Pero me gustas porque no me haces sentir como que sólo te atraigo físicamente. Pudiste hablar de mis abdominales o decir que soy muy estrecha abajo porque en nuestras dos citas yo… como que te permití tener contacto con esas dos zonas de mi cuerpo.

—¿Cuál es la segunda? —indagó Diana, un poco confundida.

Leona la miró, apretando un poco sus labios.

—Mi vagina. —murmuró Leona, mirando al suelo, avergonzada.

—¡Cierto! Sí, no… bueno, quizás… —susurró Diana, nerviosa—… sólo… fue… la punta de mis dedos.

—Aun así… tú… lo primero que dijiste de mí es que tengo lindos ojos y hermosa sonrisa. —dijo Leona, volviendo a mirar a Diana a la cara. Ella estaba un poco cabizbaja—. Y siempre me halagas diciendo que soy tan genial y extrovertida y que hago cosas que tú jamás podrías si quiera pensar en hacer, pero… creo… que eres incluso más genial que yo. —Leona llevó una de sus manos al mentón de Diana, haciéndola levantar la mirada—. No eres rara… y si lo fueras… quisiera que me permitieras ser rara contigo, porque estoy muy segura de que quiero seguir hablándote y teniendo citas contigo.

—Pero… la gente podría… ya sabes, hablar y-

—Diana, no me importó un carajo lo que dijo mi padre de mí hace años. —dijo Leona, interrumpiéndola—. ¿Qué te hace pensar que me importa lo que hablen desconocidos a mis espaldas? ¡No me importa! Yo… ¡diablos, si te llaman rara frente a mí, yo les partiría la cara!

—No a la violencia. —susurró Diana, con sus ojos perdidos en el suelo—. Miento, quémalos con el resplandor de tu sonrisa.

—¡Los quemaré, entonces! —exclamó Leona, soltando una pequeña risa—. Los quemaré de verdad, siempre traigo un encendedor.

—¿Es tu sonrisa? Porque de verdad que es muy brillante. —dijo Diana, fijando sus ojos en los de Leona por fin —. Allí está… sí… me gusta mucho tu sonrisa. Como… de verdad, es tan contagiosa y hermosa. No puedo evitar sonreír cuando sonríes… eso es rar-

—¡Eso no es raro, carajo! ¿Sabes qué? ¡Olvídalo! —exclamó Leona, tomando a Diana por los hombros y sorprendiendo a la peliblanca—. ¡Voy a golpear tus labios con mis labios, delicadamente!

—¿Qu-

Leona presionó su boca contra la de Diana.

Una brisa cálida acarició el cabello rojizo de Leona, en el cual Diana había entrelazado sus dedos.

El beso fue un poco más impetuoso que los anteriores. Esta vez, Leona se había aventurado a lamer los labios de Diana apenas unos segundos después de que sus labios hicieron contacto. La respuesta de Diana fue casi inmediata, ella abrió su boca, iniciando un vaivén entre su lengua y la de Leona en el interior de su boca.

La punta de la nariz de Diana rozó la de Leona cuando giró su cabeza hacia la derecha y la morena se separó por un breve segundo de Diana, sólo para tomar una pequeña respiración antes de continuar con el contacto entre sus labios.

Diana soltó un gemido cuando la morena retrocedió, jalándola consigo hasta el borde de la barandilla y obligándola a aferrarse a la barra metálica con una de sus manos. Podía sentir su rostro ardiendo, el cosquilleo insistente en su estómago, el sudor invadiendo sus manos.

Sus pulmones le exigían expirar el aire que contenía ya por un minuto, sin embargo, Leona continuó con sus brazos alrededor del cuello de Diana, manteniéndola contra sí misma para evitar que volviera a separarse de forma inesperada de ella.

Quería sentirla. Más que la calidez de su cuerpo contra el de ella, Leona quería sentir sus suaves labios contra los de ella. Quería sentir su húmeda y cálida lengua explorando su boca.

Deseaba saborear el exquisito sabor a miel que tenían los labios de la peliblanca, deleitarse con ellos hasta quedar satisfecha, pero por mucho que la retuvo contra sí, se le hacía imposible saciar su hambre.

Se separó de Diana, alejándose de ella y soltando un suspiro. Lamió sus labios, enrojecidos, limpiando el pequeño hilo de saliva que resbalaba de él.

Entonces, con su respiración algo agitada, bajo las brillantes estrellas en el cielo, Leona volvió a unir sus labios.