Sí, a mí me gusta Lux con Jinx, a la que no le guste se puede ir a la recontrachingada :V Y sí, de quien habla Jinx es de Lux xd

Estem... me han estado preguntando cuál es mi user de Wattpad, pues es el mismo que acá, pero todo junto. GoddessOfLuminosity. La verdad yo escribo Supercorp más que nada (un ship bien hermoso de una serie que OBVIAMENTE suplanté por el Diana x Leona) esta es mi primera historia de Diana y Leona y pues... me gusta cómo va y veré qué onda. Pues wattpad la verdad me gusta más por la conectividad que una tiene con sus lectores. Uno como lector puede comentar entre parrafos del capítulo y no sólo al final. Es igual que fanfiction con la diferencia que subes la historia y ya, sin necesidad de subir el archivo y luego irte a otra wea a publicarlo... no sé, es tan copy paste que me encanta la plataforma xdxd

Bueno, vine a dejar esto aquí, ya me voy a dormir porque mañana trabajo. Ya saben que amo sus comentarios y me animan a seguir publicando cada domingo uwur

Feliz inicio de semana, la próxima actualización se viene el próximo mes... ¿entendieron? Porque el mes se acaba el sábado... y yo actualizo los domingos... *ba dum tss*

En fin, ya me voy olv. Bendecidas UwUr


Diana se sentó en la silla, tratando de no ser tocada por la persona sentada a su izquierda.

Suspiró, tratando de relajarse en su sitio para que las demás personas en la sala no se fijaran en ella y en el insistente golpeteo que le daba al suelo con su pie.

Su estómago se revolvió cuando más personas entraron, dejando sólo una de las sillas en la sala vacía.

Su terapeuta había insistido en las terapias grupales. En un principio se había negado, pero terminó aceptando porque su madre insistió. Un comentario acerca de que hiciera lo que se esperaba de ella fue suficiente para que Diana se presentara en aquel lugar los sábados por la mañana. Incluso si apenas conversaba un poco y no sentía tener ningún progreso.

—Veo que falta sólo uno. —dijo la mujer de cabello rubio que era su terapeuta—. Supongo que podremos empezar sin ella, de nuevo. Hola, chicos, ¿cómo se encuentran el día de hoy?

—Bien. —susurró apenas Diana, sin querer llamar la atención.

El resto de las personas respondieron lo mismo que ella, con la diferencia de que lo hicieron en voz mucho más alta.

—¿Cómo estuvo su semana? ¿Alguno tiene algo que quiera contar? —indagó la mujer.

Diana se removió en su lugar. Quizás debería decir que tenía una novia. Su pensamiento la hizo enrojecer y negó un poco ante la idea de hablar con un grupo de personas, para ella desconocidos, acerca de Leona.

Alguien en la sala comenzó a hablar de su depresión y lo duro que era llevarlo luego de haber perdido a un familiar muy cercano.

Otro hablaba de su bipolaridad. Otro de sus problemas para encontrar trabajo debido a su personalidad antisocial. Otra hablaba de su último intento de suicidio.

Esos eran problemas reales. Los suyos eran una tontería. Esas personas seguían con su día a día, sobrellevando problemas de verdad. Su trastorno era un capricho.

En primer lugar, una joven de posición acomodada como ella, ni siquiera debería tener un trastorno.

Siempre tuvo la mejor educación, nunca le faltó nada, sus padres se aseguraron de que creciera en un ambiente sano y cariñoso, su futuro estaba asegurado, había alcanzado a tener una beca en una de las dos universidades más prestigiosas de Targón, inclusive había obtenido uno de los puntajes más altos en el examen de aptitud en la universidad de Piltóver; el único problema era que ella deseaba estudiar leyes, como su padre, y estudiarlo en Piltóver no era una opción si quería desempeñar su carrera en Targón.

Pero conoció a Alune.

Nami aún se culpaba por haberle presentado a su compañera de carrera. Decía que quizás si no las hubiera presentado, Diana no tendría que tener estas terapias.

Diana pensaba que sólo fue el pequeño empujón que necesitaba para aceptar que, simplemente, no era normal.

Luego de haberse encerrado por un mes en su habitación cuando todo acabó, su madre tomó la iniciativa de llevarla con Soraka; un colega psiquiatra que para su madre era muy experimentada.

Le había costado, pero luego de un año pudo comenzar a reintegrarse de a poco a la sociedad.

Aunque aún le costaba.

Algunas veces los pensamientos de autocrítica eran muy constantes.

Como en ese momento. Quizás debería irse. Todos estaban hablando de problemas mientras lo más malo que ella tenía para contar era que estuvo a punto de tener sexo estando drogada el sábado anterior.

Lo cual no estaba segura de que fuera un verdadero problema.

—Uh, yo… señorit-

—Puedes llamarme Soraka, Diana. —dijo la mujer, interrumpiéndola—. Recuerda, la confianza entre tú y otra persona comienza llamándola por su nombre, no su apellido.

Diana tomó una larga respiración. Necesitaba huir. Todos los presentes tenían sus ojos sobre ella. Era demasiado, no podía hacerlo. Iba a desmayarse.

—Eh… es que yo… —Diana calló, mirando sus manos. Escuchó susurros en la sala y deseó sólo salir corriendo—… neces-

—Quiero que esta sea la última vez que la doctora Soraka me llame para decirme que no has venido a tus citas y terapias, ¿entendiste? —una voz proveniente de afuera de la sala llamó la atención de todos, que se mantuvieron en silencio—. ¡¿Me entendiste?!

—¡Jódete, no eres mamá, Vi! —una voz más infantil se escuchó discutiendo con la primera—. Ella está muerta por culpa de tu estúpida nov-

—¡Suficiente! —exclamó la primera voz—. Entra allí, discúlpate y, por favor, pon de tu parte en esto, Jinx. Cait-

—Caitlyn, Caitlyn, Caitlyn, ¡Caitlyn! —se quejó de nuevo la voz infantil—. ¡Vuelve con tu noviecita a la comisaría de Piltóver a ver si ha encontrado a su criminal obsesivo y déjame en paz, idiota!

Tanto Diana como todos los presentes se sorprendieron al ver la puerta del salón siendo abierta de forma brusca.

Una mujer de cabello rosa entró al lugar, arrastrando del brazo a una joven de cabello rojo con tatuajes. Carraspeando un poco, la de pelo rosa se acercó hasta Soraka.

—Hola, Soraka, es un placer volver a verte. —dijo la pelirosa, sonriendo a la psiquiatra—. ¿Cómo has estado?

—Antes de entrar, lo correcto es tocar la puerta, señorita Revek. —dijo Soraka en un tono bastante amable—. He estado muy bien, gracias por preguntar. ¿Cómo ha estado… Jinx?

—Excelente, pasábamos para decirle que vuelvo a Piltóver con mi herm-

—Viene para quedarse. —aseguró la pelirrosa, codeando a la pelirroja para hacerla callar—. La buscaré a las… ¿dos?

—Por supuesto, no hay problema. —dijo Soraka, sonriendo—. Toma asiento, Jinx. Te estábamos esperando.

—Ugh, como sea. —gruñó la joven, sentándose al lado de Diana.

Diana la miró con fijación. Ella se veía como una maleante. Definitivamente ese no era su lugar. Ella era una joven acomodada, con futuro brillante… no una loca como esta chica parecía.

—¿En qué estábamos? —preguntó Soraka luego de haber mantenido una conversación con la que parecía ser la representante de Jinx—. Cierto, Doana. ¿Qué ibas a decirnos?

—Nada. —susurró Diana, son despegar su mirada de Jinx—. Sólo… ¿puedo… ir por algo de… agua?

—Por supuesto, no hay problema. —contestó la mujer rubia, sonriente—. Ahora… démosle la bienvenida a nuestra nueva compañera, Jinx.

Diana se levantó de su lugar, caminando hasta el dispensador de agua de la sala. Era una fracasada. No era muy difícil decir que no quería estar ahí y que quería irse. Pero ella tan inepta que no podía sólo decirlo. Vaya a idiota.

Cuando volvió a sentarse en su lugar, la chica de cabello rojo a su lado estaba hablando… hablando demasiado.

—Soy Jinx Revek y no estoy aquí porque soy una perdedora como todos ustedes, —la escuchó decir Diana, arqueando una ceja a ella—, estoy aquí porque desde niña me diagnosticaron hiperactividad y durante mi infancia en la búsqueda de algo que me entretuviera de verdad comencé a experimentar con el fuego. Mis padres decidieron que no iban a dejarme entrar en el mundo de la piromanía, así que me llevaron con psicólogos y psiquiatras. Y creo que lo solucionó un poco, es decir, encontré que la pintura libre me causa el mismo placer que incendiar cosas.

Vandalismo. Diana lo supo desde que la vio por primera vez. Ella era una vándala.

—Pero cuando cumplí dieciséis comencé a escapar de clases para hacer graffitis en las paredes de la escuela o en el subterráneo. Entonces mis padres decidieron que lo mejor sería llevarme al aburrido internado Buvelle para señoritas, en Demacia. —Diana había escuchado de ese internado. Su madre había comentado algo de internar a Zoe si su comportamiento no mejoraba—. Mis notas estaban debajo del popó de ballena y, para "arreglarme", una de las profesoras me asignó una tutora… la estudiante más brillante de mi clase. Y ahí comenzó todo.

—Pensé que había comenzado cuando dijiste que éramos unos perdedores. —dijo Diana, soltando una risa. Su rostro ganó algo de color cuando los demás rieron, incluida Jinx—. Perdón.

—¡Está bien, me agradas, frentota! —exclamó Jinx, riendo de forma exagerada—. No, creo que no había comenzado hasta que… la vi. Ella era la flor más hermosa y delicada de todo el maldito jardín.

—El lenguaje. —murmuró Soraka, sin perder la sonrisa en sus labios.

—Sí, como sea. —dijo Jinx, riendo un poco—. Comencé a molestarla para llamar su atención, la hice saltarse clases y tomarse descansos del estrés que es ser hija de personas importantes. Y un día, luego de casi un año, sólo… nos besamos. Se sintió como… mucho mejor que los grafitis y las explosiones. —En ese punto, el rostro de Jinx cambió. Desde que llegó se había mostrado altanera y burlona, pero cuando habló de esta chica se puso seria y un poco afligida—. Tuvo un declive en sus notas por mi culpa y… bueno, su tía ordenó que la alejaran de mí por ser una mala influencia para ella, así que me cambiaron de clase y sólo nos veíamos en recesos, me escabullía a su habitación en las noches porque no podía dormir de tanto pensar en ella. Creo que… la amaba, no… la amo.

—¿No es eso un término muy complejo para una niña? —preguntó alguien en el lugar y Diana asintió con su cabeza.

¿Qué podía saber de amor una chiquilla menor de veinte años? Era obviamente un capricho. Al menos eso se le ocurría a Diana que le pasaba a esta chica.

Jinx miró a la persona con recelo, frunciendo su ceño y tensando su mandíbula.

—Soy una fiel creyente de que no existe una edad para sentir amor. —dijo Soraka, sonriéndole con amabilidad a Jinx—. Y estoy segura que lo que sientes por esta joven te hace bien, no por nada tus notas subieron e incluso fuiste admitida en la universidad de Piltóver el pasado año.

Jinx se fijó en Soraka. Asintió con su cabeza, totalmente seria.

—Me gradué, igual que ella. Le rogué huir, quería estar con ella incluso si tenía que renunciar a mi vida en Piltóver, pero… supongo que ella no estaba dispuesta a dejar sus comodidades en Demacia. —dijo Jinx. El tono de resentimiento que usó causó interés en Soraka—. Volví a Piltóver y meses después… mis padres… fueron… asesinados por un criminal zaunita que está obsesionado con la novia de mi hermana mayor. ¿Pueden creerlo?

La pelirroja soltó una risa un poco exagerada. Se recargó de Diana a su izquierda y la peliblanca la miró con algo de pena. Pronto su risa se convirtió en gimoteos y Diana notó que había comenzado a llorar, sin abandonar la sonrisa de sus labios.

—Fui la única que no murió esa noche en casa porque estaba drogándome en algún lugar de Zaun. Me drogaba para olvidar a mi estúpida ex o lo que sea, pero ahora está en mi cabeza, diciéndome lo que está bien o mal y… yo… ¡debería estar muerta ahora! ¿Saben? —exclamó Jinx, volviendo a soltar una risa—. Mi hermana me trajo a Targón porque… bueno, es el último lugar en el que me buscaría este psicópata, y además porque la reputación de la doctora la precede. No hay lugar de Runaterra en el que no se escuche de ella y sus milagros curando mentes o lo que sea. Y eso es todo. Esa es mi vida.

La sala permaneció en silencio, mientras Jinx continuaba recargada de Diana, que le acercó un pañuelo para que limpiara su maquillaje corrido; esperando que con eso la desconocida se alejara de ella.

No fue así.

La pelirroja limpió su maquillaje y sacudió su nariz con el pañuelo, entregándoselo a Diana de nueva cuenta y causando que la targonita lo dejara caer al suelo por el asco.

—Por lo turbulentos que han sido los últimos meses para ti, me pregunto si tienes episodios de irritabilidad y enojo o falta de autocontrol. —dijo Soraka, mirando a Jinx fijamente—. ¿Has contemplado la idea de tomar potenciadores cognitivos? Tu hermana me entregó todos tus recetarios médicos y me extraña que nunca te hayan recetado alguno.

—Sí, me los recetaron hace tiempo, pero ¿qué puedo decir? Apoyo el talento urbano. —dijo Jinx, soltando una risa—. Como piltilla nacida en un hospital del barrio de zaun, me gusta ayudar a mis colegas tomando drogas naturales.

Soraka soltó una pequeña risa, así como los demás en la sala a excepción de Diana.

—La heroína no es una droga natural, Jinx. —dijo Soraka, anotando algo en la pequeña libreta que siempre tenía encima—. Voy a necesitar que vengas a nuestras citas los lunes y jueves, ¿de acuerdo?

Diana frunció el ceño, observando a la joven de cabello rojo a su lado. Igual Soraka trabajaba al menos diez horas. No existía la mínima posibilidad de que se encontrara con esta adolescente en sus sesiones.

La joven pálida se las arregló para soportar el contacto de la pelirroja recargada de su hombro mientras las demás personas hablaban. Olía chicle de frutas. De hecho, ella estaba masticando un chicle de forma bastante molesta. Hacía burbujas con él hasta que estallaban bastante cerca del rostro de Diana, que se mantuvo tensa en su lugar, sin lograr prestarle real atención a lo que estaba diciendo una de las personas en el lugar.

Era insoportable.

Cuando por fin acabó su sesión, Diana agradeció a los Dioses que la adolescente fue la primera en ponerse de pie, despedirse de forma eufórica de Soraka y caminar en dirección a la puerta principal.

Suspirando, Diana dejó salir el aire que estuvo conteniendo. No podía soportar la idea de tener cerca a una desconocida. La ponía bastante tensa.

—Aquí están sus bebidas, señoritas. —Leona colocó un té helado frente a Nami y otro frente a Diana, un frapuccino frente a Syndra y una soda frente a Sarah.

—¿Puedes traerme otro pastel de chocolate, por favor? —pidió Syndra, sonriendo.

—Por supuesto. —afirmó Leona—. Y aquí tienes un obsequio, mi luna.

Dicho eso, la morena se alejó de la mesa.

—Per-

Diana calló cuando se encontró con que Leona había dejado un pequeño plato con cinco alfajores frente a ella. Su rostro enrojeció al instante cuando sus amigas comenzaron a reír y hacer bromas acerca de las atenciones que tenía su "novia" para con ella incluso en su horario de trabajo.

—Así que, —comenzó a decir Syndra, dándole un pequeño sorbo a su bebida—, ¿qué les gusta, chicas?

El trío de amigas alzó una ceja a ella, sin entender su pregunta sin sentido.

—Me gusta Nami. —afirmó Sarah, recargándose de la mesa para fijarse en su novia, que sonrió con algo de vergüenza ante sus palabras—. ¿Acaso existe en el mundo alguien más hermosa que tú? —le preguntó Sarah, causando que Nami riera con nerviosismo—. ¡No! Ni siquiera lo intentes… sé que no existe nadie más hermosa que tú.

—Sarah. —dijo Nami, tomando una de sus manos—. Me estás avergonzando, ya para.

—Pero amor, créeme, he viajado por toda Runaterra y estoy segura de que nunca, jamás, ni volviendo a recorrer el mundo podría encontrar a una chica más fantástica, preciosa e increíble como tú. —dijo Sarah, acercándose más a Nami; a su lado—. Tú eres… tan maravillosa.

—Ya deja. —murmuró Nami, cubriendo su rostro con una de sus manos—. Vas a empezar con tus coqueteos, terminarás besándome y entonces Syndra dir-

—¡Paren su lesbianismo, es desagradable! —se quejó Syndra, girando sus ojos—. Preguntaba ¿qué les gusta durante el sexo?

La mesa se mantuvo en silencio. Syndra le dio un sorbo a su frapuccino, sin darle mucha atención a las expresiones de sorpresa de sus compañeras en la mesa.

—¿Qué? ¿Qué dije ahora? —indagó la rubia, arqueando una ceja.

—¿Estás bien? —indagó Diana, mirándola confundida—. ¿Te sientes bien?

—Podemos dejar de coquetearnos, si quieres. —dijo Nami, alejándose un poco de Sarah en su lugar.

—No, bueno… sí, corten su rollo. —gruñó Syndra, inflando un poco sus mejillas—. Pero, realmente estoy interesada en lo que ustedes, trío de lesbianas, hacen y les gusta durante… el… sexo.

De nuevo, las tres la miraron confundidas. Syndra no solía preguntar eso.

—Me gusta el manoseo antes del sexo. —dijo Sarah restándole importancia al hecho de que la persona que preguntaba era Syndra—. Ya sabes, la mayoría de veces que Nami y yo estamos juntas solemos empezar hablando. Estamos en mi cama, yo acariciando su cabello y ella mi cara… de repente, sólo… comienzo a besarla y tocar-

—¡Suficiente! —exclamó Nami, sonrojada—. Ya basta, ¿por qué estamos hablando de esto? ¿Por qué te interesa de repente?

El trío de amigas se fijó en Syndra. La rubia frunció el ceño, ganando un poco de color en sus mejillas.

—Sólo… estoy… tratando de… bueno, yo… ay, como sea, si no quieres hablarlo entonces jódete, Nami. —gruñó Syndra, dejando su nerviosismo a un lado para mirar sus uñas—. Sólo era una tontería.

Diana miró a su amiga con interés. Ella se veía bastante relajada, incluso esta semana había estado muy alegre.

Raro.

—¿Pasó algo con Zed? —indagó Diana, bebiendo un poco de té—. ¿Arreglaste tus problemas con él? De nuevo.

Syndra miró su teléfono con fijación. No podían saberlo… ¿o sí?

No.

Syndra había sido muy específica con Irelia. Nada de hablarle a sus amigas. Nada de comentar algo a sus conocidas. Menos hablarle en público con confianza si se encontraba con su círculo social.

Además, Irelia había estado muy ocupada en estúpidas citas con quienquiera que sea que salía. No tenía tiempo para cotillear con sus amigas.

Y Zed… ni siquiera le había vuelto a hablar desde hace al menos cuatro días.

—Sí, algo así. —dijo Syndra, levantando su teléfono al momento en que éste vibró—. Aunque ya saben cómo es esto, a veces nos enojamos, a veces estamos bien… a veces no estamos.

—Ya, pero ¿estás bien? —volvió a preguntar Nami, interesada.

—Sí, estoy de maravilla. —contestó Syndra, sonriendo al responder el mensaje de Irelia. Dejó su celular sobre la mesa, mirando a sus amigas—. Yo sólo… bueno, ya saben, estaba tratando de… averiguar qué me gusta.

—¡¿Eres bisexual?! —preguntó Sarah, eufórica por el doble sentido de la oración.

La rubia la miró con una ceja alzada, negando con su cabeza como respuesta.

—Quiero decir, qué me gusta en el sexo. —murmuró la rubia, deseando que nadie escuchara la conversación—. Por eso les preguntaba qué les gusta. Creo que me va el sado.

—No, no te va el sado, sólo te gusta pensar que tienes todo bajo control. —aseguró Nami, tomando un trozo del pastel de fresas de Sarah para dárselo en la boca a la pelirroja—. Y ese es tu problema, Syndra. Creo que el sexo no se trata de control, de hecho, se trata de perder el control en medio de la euforia y el placer.

—Oh, sí, sígueles contando, nena. —murmuró Sarah en un ronroneo, recargándose del hombro de su novia—. Diles cómo perdemos el control.

—Basta. —dijo Nami.

Esa simple palabra fue suficiente para que Sarah se sentara correctamente en su lugar, abriendo su boca cuando Nami acercaba un pedazo de su pastel a su boca.

—Me gusta el sexo duro, supongo. Con palabras tiernas de por medio, sí, pero tan duro que no pueda caminar el siguiente día. —dijo Diana, ganándose la atención de sus amigas. De repente todas abrieron sus ojos con sorpresa—. ¿Qué? Pensé que estábamos hablando de cómo o qué nos gusta.

—Eh… —Leona murmuró, mirando a Diana.

La peliblanca apretó la mandíbula. Giró su cabeza de forma lenta para mirar a la morena, que tenía en su bandeja un pastel extra para Syndra.

—Sol cruel, trae mi final. —susurró Diana, cubriendo su rostro con sus manos en la mesa y evitando contacto visual con Leona.

La morena sólo se limitó a colocar el pastel de tres leches frente a Syndra en la mesa, disculpándose por la intromisión y volviendo detrás del mostrador, casi tan roja como Diana. Las risas de Syndra no tardaron en llegar, así como la risotada escandalosa de Sarah y una risilla discreta de Nami. Diana quiso que la tierra a sus pies se abriera y la desapareciera por arte de magia.

—¡No puedo creerlo! —exclamó Syndra, sin parar de reír—. Es impresionante la forma tan única en la que te humillas sola, Diana.

—Cierra la boca. —gruñó la peliblanca.

—Ella estaba como "Oh, por el sol, soy tan afortunada". —continuó burlándose Syndra, sin parar de removerse en su sitio.

—Ya cállate. —murmuró Diana, deseando tapar la boca de Syndra con sus manos.

La rubia continuó riendo por un momento hasta calmarse. Limpió unas pequeñas lagrimas de sus ojos, soltando un suspiro y bebiendo de su frapuccino para relajarse.

El grupo de amigas se mantuvo en silencio por un largo rato, degustando sus postres. Diana volteó a mirar de forma discreta a Leona varias veces, encontrándose con que ella estaba atendiendo otras mesas o detrás del mostrador. Por un pequeño segundo, Leona volteó a mirarla también. Los ojos lila de Diana hicieron contacto con los color avellana de Leona por apenas un segundo. Eso fue suficiente para que Diana sonriera, al igual que la morena.

—¿Con quién hablas tanto? —indagó Nami, mirando extrañada a Syndra, que no paraba de mirar su teléfono—. ¿Estás peleando con Zed?

—No creo, ella no tiene esa vena a punto de explotar en su frente. —dijo Sarah, mirando también a Syndra—. ¿Nuevo ligue?

—No es un ligue. —afirmó Syndra, sonriendo sin notarlo—. No es nada.

—Esa cara no es un nada. —dijo Diana, volteando a mirar a su amiga con interés—. Te ves… alegre.

—No, no es cierto. —negó Syndra, bajando su teléfono para mirar a Diana—. Te ves avergonzada, ¿algo más que te guste en el sexo?

Diana alzó sus hombros.

—Me gusta sentirme amada durante el sexo. —dijo Diana, sonriendo un poco—. Supongo que por eso no funcionaba con Alune, ella hacía todo muy rápido, se desvestía, me besaba un poco y comenzaba a bajar. Me gusta tomarme mi tiempo con el juego previo antes de bajar su ropa interior. También me gustaba hablar al acabar, pero cuando comenzaba a contarle mis expectativas de vida, ella ya estaba vestida.

—Vaya idiota. —dijo Sarah, frunciendo un poco el ceño—. Nami y yo hablamos todo el tiempo. Una vez-

—¡No! —exclamó Nami, sonrojándose al instante—. ¡No lo dirás!

—Sí, lo diré. —aseguró Sarah, riendo un poco—. Ella tenía este examen en la universidad, algo acerca de anatomía. Así que claramente aproveché para seducirla y me ofrecí como voluntaria para que ella estudiara mi anatomía.

—Me detuve en medio del oral para nombrar las partes de su vulva. Ya, listo, está dicho. —dijo Nami con rapidez—. Nada más de qué hablar aquí.

—Relájate, Nami. —dijo Syndra, riendo un poco—. Todas somos amigas aquí.

—Tú no hablas de tus relaciones íntimas, yo tampoco lo haré. —dijo Nami, recargándose del hombro de Sarah y cubriendo su rostro—. Es vergonzoso. Especialmente porque la única pareja que he tenido es Sarah. Ella me descubrió, es la única con la que me he expuesto de este modo y la verdad odiaría que hicieras un comentario sarcástico acerca de cómo la amo o tenemos intimidad.

—No lo haré. —aseguró Syndra, negando con su cabeza—. Escucha, sólo quiero ampliar mi conocimiento en esta área que me doy cuenta que no domino bien.

—¿Qué? —preguntaron sus tres amigas a la vez, mirando a Syndra.

—¿Qué de qué? —indagó Syndra, alzando una ceja. Frunció su ceño, estrechando sus ojos a sus amigas ante la clara insinuación que estaban haciendo—. Oh, ya veo. Creen que porque tengo diversas parejas sexuales soy una vulgar prostituta y conozco el kamasutra completo.

—No. —negó Diana, desviando su mirada a los alfajores.

—Claro que no. —secundó Nami, sorbiendo un poco de té.

—Por supuesto que sí. —afirmó Sarah, mirando a su novia y a Diana—. ¿Qué? ¿Cómo que ustedes no lo pensaban?

—Cállate, Fortune, tú sí que conoces el kamasutra completo. El heterosexual y el lésbico. —se quejó Syndra, levantando su teléfono apenas vibró.

—Y el gay. —dijo Sarah, asintiendo con su cabeza—. ¿Por qué eso sería un problema? El sexo es algo normal. De hecho, para nosotras las mujeres el sexo debería ser un hobbie.

Diana miró a Nami, que se sonrojó por completo ante el comentario de su novia.

—Y exactamente, ¿por qué? —preguntó Syndra, riendo con algo de burla.

—Uh, no lo sé, amiga. Quizás porque tenemos un órgano cuya única función es darnos placer. —dijo Sarah, bebiendo de su soda—. Oh, ya veo. —De repente, Sarah miró a Syndra, sonriendo con malicia. Syndra frunció su ceño al verse aparentemente descubierta por la novia de una de sus mejores amigas—. Por eso estás preguntando qué nos gusta en el sexo y dices que quieres ampliar tus conocimientos en el tema. Porque tú, en realidad-

—No te atrevas a terminar esa frase, Fortune, te lo advierto. —amenazó Syndra, sosteniendo el tenedor con el que comía su postre para apuntarlo hacia la pelirroja.

—Nunca has tenido un orgasmo. —terminó de decir Sarah, ampliando su sonrisa cuando Syndra golpeó la mesa.

Diana estaba dándole un sorbo a su té cuando Sarah dijo aquello y como consecuencia de la sorpresa, terminó expulsando el contenido que bebía por su nariz. Nami soltó una risa al ver a Diana, sin embargo, se apresuró a beber de su propio té cuando el trozo de pastel de manzana que comía se atoró en su garganta.

—Tú, bastarda. —gruñó Syndra, deseando poder matar a Sarah y salir impune de su culpa—. Voy a matarte.

Tanto Diana como Nami cambiaron sus gestos por unos de sorpresa extrema al darse cuenta de que lo que decía Sarah era cierto.

—Dioses, por eso eres una castrosa del demonio. —susurró Diana, desviando su mirada a la mesa cuando Syndra volteó a mirarla con enojo—. Perdón.

—No miente, ¿sabes? —murmuró Nami, recibiendo ahora ella una mirada mortal de Syndra, que apuntó su tenedor a ella—. ¿Qué? Es… sólo… está comprobado que… bueno… las personas frustradas sexualmente suelen ser… un poco… muy… amargadas.

—¡Cierra la boca, Nami! —se quejó Syndra, volviendo a golpear la mesa con enojo—. O yo te la cerraré.

—¡Pero es cierto! —argumentó Nami, hundiéndose en su lugar por miedo—. Escucha… es normal, Syndra. Muchas parejas no logran sincronizarse bien a la hora de tener sexo. Un gran número de mujeres incluso fingen sus orgasmos y ni siquiera están seguras de haber tenido uno alguna vez, y eso es algo que debes conversar con… Zed.

—Sí, quizás no sabe lo que te gusta. —dijo Sarah, intentando restarle importancia a la situación—. Mira, sé que a Nami no le gusta hablar de esto, pero… bueno, somos la pareja más feliz, duradera y real de este cerrado circulo social. Nos conocemos desde que tenemos diecisiete, empezamos a salir hace dos años, piensa en ello. —relató Sarah, llevando algo de pastel a su boca—. Y, de hecho, nos costó un poco llevar nuestra relación a algo sexual, incluso si yo he tenido experiencias anteriores.

—Sí, nos costó. —aseguró Nami, bebiendo algo de té—. Bueno, ya, me costó a mí. ¡Pero me costó porque pensaba que no iba a gustarle a Sarah cómo soy físicamente sin ropa!

—Pero… ella ya te había visto en traje de baño. —dijo Diana, mirando los alfajores como si fueran un enigma—. Aún recuerdo cuando tuvieron su primera vez.

Nami suspiró con satisfacción, recargando su cabeza del hombro de Sarah. Syndra la miró con interés mientras Diana seguía mirando los alfajores con fijación.

—Fue tan hermoso. —dijo Nami, abrazando el brazo de Sarah—. Ella llenó su caravana de velas y pétalos de lirios… porque odio las rosas.

—Lo sabemos, Nami. —murmuró Syndra, atenta a lo que decía su amiga.

—Preparó una cena especial con mariscos importados de Aguasturbias. —continuó diciendo la pelinegra.

—Lo sabemos, Nami. —susurró Diana, sin despegar sus ojos de los alfajores. Tomó algo que sobresalía en el plato, observándolo con interés.

—Me guió hasta la cama con delicadeza y entonces, luego de haber fallado las últimas cinco veces en tener relaciones, me hizo todo lo que siempre me había dicho que me haría. —terminó de decir Nami, besando a su novia en la mejilla—. ¡Eres el amor de mi vida!

—Tu eres la razón por la que no me he suicidado. —bromeó Sarah, sonriendo ante el gesto de enojo de su novia —. Y sí, también eres el amor de mi vida, ternurita.

Syndra las miró con atención. Anteriormente les habría pedido que consiguieran una habitación y se desaparecieran de su vista. Sin embargo, ahora las miraba con algo de intriga.

—¿De qué hablan durante el sexo? —preguntó Syndra, con interés.

Nami arqueó una ceja, deteniéndose de cerrar la distancia que separaba sus labios de los de Sarah. Ambas miraron a Syndra, pensativas.

—El otro día hablábamos de comida joniana. —dijo Sarah, alzando sus hombros—. Estaba comparando los panecillos dorados con sus pechos. Om, ñom, ñom.

—A veces jugamos. Como… ya sabes, fingimos ser alguien en cierta situación o con ciertas características. —dijo Nami, no queriendo hablar mucho del tema—. Pero estoy muy segura que la mayoría del tiempo sólo hablamos de nuestros sentimientos antes de hacerlo y durante el acto nos decimos cosas sexys al oído o mientras hacemos algo… como… no lo sé, como besarnos. Como sea.

—Nos gusta explorar nuestra sexualidad. —dijo Sarah—. Probamos cosas nuevas cada cierto tiempo, como vendarnos los ojos o utilizar estos lubricantes de sabores, incluso podeos utilizar chocolate.

—Suficiente información, gracias. —dijo Syndra, pensando que ya había sido demasiado para su cerebro. La rubia miró a Diana, encontrándola bastante callada en su lugar—. ¿Qué tienes allí? ¿Qué pasa?

—Es un cabello de Leona. —dijo Diana, sosteniéndolo entre dos de sus dedos y mirándolo con ojos brillantes—. Tengo un cabello de Leona.

Nami la miró algo desconcertada, al igual que Syndra. Por su parte, Sarah se inclinó sobre la mesa, intentando mirar bien el cabello.

—¡Excelente, Diana! —dijo Sarah, sonriendo—. Ahora puedes hacerle un hechizo joniano del amor o algo así.

—¿Existen los hechizos jonianos del amor? —indagó Diana, desviando sus ojos del cabello para mirar a Sarah con interés—. ¿De verdad?

—No lo sé, ¿existen? —preguntó Sarah, mirando a Syndra.

La rubia dejó de mirar a Diana cuando el trío de chicas volteó a mirarla a ella con interés. Syndra arqueó una ceja. Volteó a mirar a sus espaldas y luego a su alrededor, sin comprender por qué la miraban.

—¿Qué? ¿Qué es? ¡Ah, por favor! —se quejó Syndra, cruzando sus brazos por el enojo—. Por supuesto, se supone que yo debo de saber un hechizo de amor porque soy una jodida joniana.

—Pues sí. —dijo Nami con algo de burla, soltando una risa—. Has tu cosa de jonia y habla con ese acento raro.

—Jódete, Nami. —se quejó la rubia—. No sé si existen, déjenme chequear con la sacerdotisa de mi familia.

—¡Tiene una bruja familiar! —señaló Sarah, riendo.

—Bueno… sí… ¿acaso ustedes no? —indagó Syndra, confundida—. Fue quien me bautizó y quien me bendice y limpia los males de mi pura alma todos los años. Si ustedes tuvieran una no hubieran sucumbido ante el espíritu del lesbianismo, herejes.

—Jódete, homofóbica. —murmuró Diana, volviendo a prestar atención al cabello anaranjado brillante que estaba en sus dedos—. ¿Qué debería hacer con el cabello?

—Por los Dioses, Diana, sólo tíralo. —pidió Syndra, volviendo a fijar su atención a su teléfono.

—Sí… es… un poco raro que le prestes mucha atención a un cabello. —dijo Nami, sonriendo un poco—. Es mejor sólo dejarlo ir, Di.

—Devuélveselo. —dijo Sarah a modo de broma—. Quizás lo perdió.

Nami miró a su novia con un dejo de burla, riendo un poco ante sus palabras. Se inclinó en su lugar, llevando un poco de su pastel a su boca. Syndra estaba muy metida en su teléfono para escuchar el rechinar de la silla a su lado. Sarah estaba muy ocupada siendo alimentada por Nami, quien llevaba pastel a su boca con el tenedor.

No fue hasta que la pelinegra notó la silueta faltante de su amiga peliblanca que la buscó en la estancia, encontrándola frente al mostrador de la cafetería, extendiéndole sus manos a Leona.

—¡Diana, no! —exclamó Nami, pero fue muy tarde.

—Perdiste esto en mi plato, así que vine a devolvértelo. —dijo Diana, cerrando sus ojos con fuerza a la espera de que Leona tomara el cabello de sus manos.

Leona miró el ligero cabello anaranjado que reposaba en las pálidas manos de Diana. Era largo, un poco ondulado, fino. Definitivamente era un cabello suyo. Pero… ¿por qué Diana estaba devolviéndoselo?

Miró a la peliblanca. Ella se mantenía con sus ojos cerrados, extendiendo sus brazos y manos a Leona para que pudiera tomar el cabello. Sus mejillas estaban algo sonrosadas y la expresión de su rostro denotaba un poco de vergüenza. Era tan linda.

Tomó el cabello con dos de sus dedos, mirándolo por un instante. ¿Qué haces cuando alguien te regresa un cabello?

—Eh… gracias. —murmuró Leona, mostrándole a Diana una de sus radiantes sonrisas—. Casi pierdo la cabeza al no encontrarlo.

—Me encanta tu cabello… así que… por favor… no vuelvas a perderlo. —pidió Diana, abriendo sus ojos para poder ver el rostro sonriente de Leona—. Uh… volveré a mi mesa ahora.

—¡Espera! Yo… es… ¿podemos… hablar en mi descanso? Es en unos minutos. —preguntó Leona, sin soltar el cabello en sus manos—. Es decir… ¿quizás puede ser afuera?

—¡Sí! No… es… ¡definitivamente! —afirmó Diana, sonrojada—. Donde sea que quieras hablar… por supuesto que sí. Sí a todo.

—¡Fantástico! —dijo Leona, sonriente—. Te veré en la puerta de atrás entonces.

—Por supuesto… sí… para hablar. —dijo Diana, alejándose de Leona con lentitud—. Sí.

Diana masculló, con su espalda contra la pared de ladrillo. Leona apretó el agarre en su camisa, acercándola más a sí misma, pero a su vez reteniéndola contra la pared. La morena sólo se separó de ella cuando la necesidad de aire se le hizo insoportable, sin embargo, se mantuvo a una muy escasa distancia del rostro de Diana.

—Diablos, moría por hacer eso. —murmuró Leona, respirando agitada—. Eres tan tierna que no pude contenerme, lo siento.

La morena apartó sus manos de Diana, colocándola a sus lados en la pared de ladrillos de la parte trasera de la cafetería. Recargó su frente del hombro derecho de Diana, intentando calmar su respiración, así como lo hacía Diana.

—Yo… lo siento. —murmuró Diana, sonrojada.

—¿Eh? ¿Por qué? —preguntó Leona, separándose de ella para poder mirarla a los ojos.

—Porque… yo… estaba hablando con mis amigas y… bueno… no debí decir lo que dije y… lo siento. —susurró Diana, mirando el suelo—. Es vergonzoso… lo que dije.

—Está bien, Diana. —murmuró Leona, rozando su nariz con la mejilla sonrosada de Diana—. De hecho, el motivo por el que simplemente no pude contenerme de besarte ahora es porque pasó por mi mente la remota idea de que tal vez ese sábado por la noche tú quizás… pudiste… ya sabes… decirme cosas tiernas y preparar una silla de ruedas para mí en la mañana.

El rostro de Diana ganó un tono rojo casi al instante en que Leona dijo aquello y la morena no pudo evitar reír.

—Dioses, lo siento. —dijo Diana en un susurro—. Lo siento, de verdad… soy… una idiota.

—Yo lo siento, no se suponía que debía escuchar eso. —dijo Leona, dándole un corto beso en los labios—. No te disculpes por algo tan trivial.

—Ya no estoy disculpándome por lo que dije. —murmuró Diana. Llevó sus manos al cuello de Leona, rozando con sus dedos su piel tostada. Se envalentonó un momento, logrando alzar la mirada para que sus ojos pudieran encontrarse con los de Leona—. Estoy disculpándome por ser una idiota esa noche.

Leona la miró en silencio por un largo momento. Sentía la respiración de Diana contra su rostro y aunque el calor era insoportable en esa área, no le importó en absoluto al tener contra la pared a aquella chica. Leona acarició un mechón de cabello de Diana, llevándolo a su rostro para aspirar el aroma a coco del mismo.

—Has sido… la persona más educada y tierna con la que he salido, ¿te lo he dicho? —preguntó Leona, mirándola de nuevo a los ojos. Diana sólo asintió un poco con su cabeza como respuesta—. Bien, entonces no tienes que disculparte por haber sido una idiota, porque no lo fuiste. No estás lista para intimar conmigo y eso está bien, porque yo tampoco quiero arruinarlo con sexo casual.

—Lo sé, pero… bueno… no quiero que un día te des cuenta de que soy una persona aburrida que no vale la pena. —murmuró Diana, llevando sus manos a las mejillas de Leona para acariciarlas un poco—. Me aterra la idea de arruinar esto… o de arruinar la posibilidad que existe de que tengamos una relación. Porque… es inusual que me guste alguien, créeme, es muy… raro que sienta este tipo de… atracción inexplicable por alguien, pero lo siento por ti y me aterra la idea de que te vayas un día porque mis inseguridades son demasiadas y yo soy muy idiota.

—No vas a arruinarlo, Diana. —dijo Leona, riendo un poco—. Creo que estás-

—¿Exagerando? ¡Sí, un poco! —dijo Diana, en un tono un poco alto. Recargó su cabeza contra la pared, suspirando. Alejó sus manos de Leona, dejándolas a ambos lados de su cuerpo. Sus ojos se cristalizaron al instante—. Soy una exagerada… tienes razón.

—Algo ansiosa. —terminó de decir Leona, mirando confundida a Diana—. No iba a decir que estás exagerando, no creo que estés exagerando. —Leona se alejó de Diana, permitiendo que una ligera brisa llegara a ambas—. No creo que eres aburrida, creo que eres bastante reservada. Por eso aprecio cada cosa que me dices, desde la más tonta hasta la más íntima. Guardo en mi mente cada una de las cosas que me has dicho que pienso que son importantes para ti, porque son importantes para mí también.

Diana mantuvo sus ojos sobre los de Leona, que continuaba jugando con un mechón de su cabello blanco. La morena acariciaba las puntas e intentaba hacer un rizo con su cabello, sin embargo, el mismo no cedía y volvía a su estado natural, lacio.

—¿No estoy exagerando? —preguntó Diana, con su voz algo quebrada.

Leona soltó una pequeña risa, negando con su cabeza.

—En absoluto. De hecho, yo también me siento ansiosa con respecto a ti algunas veces. —confesó Leona, dejando libre el mechón de cabello de Diana. Caminó hasta estar a su lado, recargándose también de la pared de ladrillo—. Me gusta pensar que… en algún momento, me llenaré de valor y te pediré ser mi novia. Fantaseo con que dirás que sí, por supuesto. Entonces podremos besarnos con la completa autorización de Zoe. —dijo la morena, causando que Diana riera un poco—. Pero… también pienso que quizás… no te van a gustar ciertas… actitudes que tomo para con ciertas cosas.

—¿Cómo cuáles? —preguntó Diana, mirando a Leona a su derecha.

—Bueno… soy una persona celosa, Diana. —admitió Leona, sonriendo con pesar—. No es mi mejor cara, pero debo admitirlo. Odio la idea de que estés hablando con alguien más o saliendo con otra persona además de mí. Cuando dijiste que te veías incapaz de ser infiel me sentí muy aliviada, sin embargo, ese sábado en la fiesta, cuando Nami corrió a abrazarte y besó tu cara yo… carajo, quería golpearla.

—Joder. —murmuró Diana, bajando la mirada—. Creo que vamos a tener inconvenientes con eso.

—¿Lo ves? —preguntó Leona, carcajeándose un poco—. ¡No soy perfecta como crees! Sé que por ahora lo piensas, porque yo pienso lo mismo de ti, incluso si me has hablado de tus defectos. —comenzó a decir Leona. Tomó la mano derecha de Diana, alzándola para mirarla con interés—. Pero creo… no, estoy segura, de que quiero afrontar estas cosas contigo. Quiero que conozcas mis defectos y conocer los tuyos porque es la única forma en que nos conoceremos realmente y sólo aceptando esos defectos de la otra podremos hacer que esto funcione.

Diana mantuvo su mirada en el suelo. Sentía que ese era el momento indicado. En aquel callejón, bajo la sombra que les brindaba la cafetería de Mihira. Era su momento de decirle a Leona que no era "muy tímida" ni "tierna", era una trastornada del demonio.

Abrió sus labios, sin embargo, ninguna palabra salió de su boca. Estaba congelada. El miedo recorrió su cuerpo como un escalofrío que viajó desde la punta de los dedos de sus pies hasta lo más alto de su cabeza. Su labio inferior comenzó a temblar y ella temió por el hecho de que su mano izquierda comenzó a temblar también.

De forma rápida, Diana colocó su mano izquierda sobre la derecha, reteniendo la mano de Leona que estaba sosteniéndola y sorprendiendo a la morena.

Intentó hablar de nuevo, pero no pudo.

Debía huir.

Antes de que Leona se diera cuenta de que era una loca, tenía que salir corriendo de allí.

Leona notó los ojos cristalinos de Diana y recordó a la primera vez que se encontraron en la plaza que estaba cruzando la calle de la cafetería. Diana era, en efecto, el enigma más hermoso que alguna vez había conocido.

Le encantaba.

—¿Sabes? Yo… algunas veces, siento que doy mucho de mi en las relaciones. —comenzó a decir Leona, sintiendo el ligero temblor en las manos de Diana—. Por supuesto, sólo he tenido una, pero he tenido estos… ligues, supongo. Nada serio, pero… salí con chicas como he salido contigo y he actuado de la forma más romántica y tonta que te puedas imaginar. ¡Las veces que me han dejado ha sido por ser muy empalagosa! ¿Puedes creerlo?

Diana no se aventuraba a levantar su mirada, sin embargo, ya no apretaba con fuerza la mano de Leona, sino que sólo tenía su mano izquierda sobre la de ella.

—Salí con Acantha casi un año. La conocí como conocí a Sivir, por una aplicación de citas por internet. —dijo Leona, usando su mano derecha para acariciar los dedos de la izquierda de Diana—. En un principio todo era color de rosas, le daba lindos detalles; ella me agradecía, salíamos a comer y yo pagaba, fumábamos un poco, teníamos sexo ocasional. Pero ella fue quien me hizo darme cuenta de que, en realidad, soy una persona algo insegura. Odiaba que no contestara el teléfono cuando yo sabía, por su horario, que no estaba en clases. Odiaba a su muy buena amiga Kaia, con quien claramente me engañaba.

—¿Qué? —preguntó Diana, mirándola con algo de enojo—. ¿Cómo dices que es su nombre?

Leona la miró por un instante, sonriendo ante el tono de voz algo lúgubre que usó Diana.

—No le guardo ningún rencor. —dijo Leona, acariciando con sus dedos el brazo izquierdo de Diana y sonriendo al ver que ella bajaba su mano, avergonzada—. Pasó hace casi un año, así que no me importa en absoluto.

—Sí, pero su nombre. —repitió Diana, apretando un poco la mano izquierda de Leona, que seguía entrelazada con su derecha—. Sólo repítelo.

—Eres un poco distraída. —dijo Leona, riendo—. Ella no me interesa en absoluto ya. Por otro lado, tú… —Leona llevó su mano derecha a la nariz de Diana, dándole un pequeño toque—… tú tienes mi total interés, Diana.

—Ah, ¿sí? —indagó Diana, arqueando una ceja—. Bueno… amé los alfajores que me regalaste, estaban deliciosos. Muchas gracias.

—¿Te gustaron? —preguntó Leona, interesada—. ¿De verdad?

—Sí. Bueno, sabían un poco… diferentes. No mal, sólo… no parecía la misma mezcla de Mihira, no lo sé. —dijo Diana, pensativa—. La verdad, estaban un poco más deliciosos de lo usual.

Al instante, Diana notó un brillo antinatural irradiar de Leona. Ella la miraba con sus ojos brillantes y una sonrisa de emoción que Diana no había visto antes. La peliblanca no pudo evitar sonreír, sin entender muy bien por qué Leona lo hacía.

—Mi amarre ha funcionado. —dijo Leona, en un tono bastante extraño para Diana—. Ahora no hay vuelta atrás, Diana.

Acorralando a Diana contra la pared, Leona volvió a imponerse sobre ella, acercando sus labios a los de Diana, que enrojeció al instante en que sus labios hicieron contacto con los de Leona.

—¿D-De qué estás… hablando? —preguntó Diana, confundida-

—¡Yo hice esos alfajores! —admitió Leona, tomando las mejillas de Diana con una de sus manos y sonriendo con algo de malicia—. Y te gustaron… de hecho, aceptaste que estaban mejor que los de Mihira, así que eso sólo significa una cosa.

Leona apretó un poco las mejillas de Diana, causando que ella alzara más una de sus cejas.

—Que… ¿eres buena cocinando? —dijo Diana, sin entender del todo a lo que quería llegar Leona con lo que decía.

—¡Significa que ahora tu paladar y tu alma me pertenecen! —dijo Leona. Cerró la distancia entre ellas para volver a besar a Diana, sin dejar de sostener sus mejillas en su mano—. ¡Ahora no tienes permitido comer alfajores de nadie más, porque entonces me pondré celosa! ¿Entiendes lo que digo? ¡Te ato a mí con el poder de mis alfajores y del sol!

Diana emitió pequeños gemidos durante un tercer beso mucho más apasionado. Su lengua acarició la de Leona por varios intensos segundos que se convirtieron en minutos. La peliblanca pasó sus brazos por el cuello de Leona, acercándola más a sí misma mientras Leona soltaba sus mejillas para aferrarse a la curvilínea cintura de Diana.

—Que se joda el sol, dame más alfajores y seré tuya por siempre. —dijo Diana, luego de que el beso finalizó.

Leona soltó una risa sin poder evitarlo.

—¿Lo ves? Esto es mucho mejor que el sexo. —comentó Leona, recargando su frente de la de Diana—. Y es exactamente lo que hicimos ese sábado por la noche y yo… lo amé. No pienso que seas una idiota… de hecho, prefiero cocinar para ti y que me digas si lo que preparo te gusta.

—Estoy bastante segura de que me gustará cualquier cosa que cocines. —admitió Diana, rozando un poco su nariz con la de Leona—. Gracias por esto… por no hacerme sentir como una tonta por no estar lista para eso.

La morena negó con su cabeza, sin separar su frente de la de Diana.

—Diana… prefiero que me digas palabras tiernas mientras miramos las estrellas o una película. —dijo Leona, sonriendo embelesada—. Prefiero que me tomes de la mano en la calle o mientras me guías en el museo. Prefiero que me hables de lo que te gusta y disgusta, de lo que te apasiona y tus expectativas a futuro; no sólo con respecto a nosotras, sino con respecto a toda tu vida. Prefiero que me cuentes cosas como lo de por qué te gustan los alfajores. Prefiero hacer tantas otras cosas contigo que sólo tener sexo casual.

Diana miró a la morena con sus ojos algo cristalinos.

No sabía qué responder a eso. Lo único que se le ocurrió como respuesta fue volver a unir sus labios con los de la morena en un delicado beso que se intensificó conforme pasaban los segundos.

La empujó sobre la cama, comenzando a desabotonar sus jeans. Syndra lo miró por un instante. Él estaba acariciando su cabello, con una de sus manos mientras con la otra sacaba su miembro de sus calzoncillos para amasarlo un poco. No hubo palabras, tampoco las necesitaba. Sabía lo que él quería que hiciera. Pero no estaba segura de quererlo ella.

Mordió su labio inferior, manteniendo su boca cerrada incluso cuando él intentó jalarla del cabello para atraerla hasta su miembro expuesto y erecto.

—¿Qué es? —indagó el joven, arqueando una ceja—. No tengo toda la tarde.

—Ni siquiera nos hemos besado, idiota. —gruñó Syndra, dándole un manotazo cuando comenzó a dolerle el cuero cabelludo—. Y no me trates como a una de tus malditas prostitutas, Zed.

—Al menos ellas no hablan. —se quejó él, alejándose un poco de ella para inclinarse y darle un corto beso en los labios—. Ya.

Syndra arqueó una ceja y Zed soltó una risa burlona.

—¿Por qué no lo haces tú primero? Vamos. —dijo la rubia, subiendo su vestido y apartando su ropa interior—. Y si estoy complacida con tu trabajo, será tu turno.

Zed se apartó de ella, gruñendo.

—¿Estás bromeando, mujer? —preguntó él sentándose en la cama—. Tengo cosas que hacer, no puedo simplemente estar aquí una hora haciendo esto para que tú te vengas.

—Oh, ¿pero yo puedo estar dos minutos aquí haciendo que tú te vengas? —preguntó Syndra, soltando una risa cuando él la miró con enojo ante su clara insinuación de que era un precoz—. No lo sé, me parece que mejor te vas y vuelves cuando tengas una hora para complacerme antes de que yo te complazca por dos putos minutos.

Soltando un suspiro, Zed la tomó de la cintura. No hubo besos. Ni siquiera acarició su piel. Él sólo apartó su ropa interior con brusquedad antes de comenzar a lamer su entrada.

Sus manos eran bruscas al sostener su cintura y la forma en que movía su lengua en el interior de su cavidad la hacía sentir apenas un poco de placer. Cerró sus ojos. El último mensaje de Irelia había sido que si la necesitaba podía encontrarla en el hotel en el que se hospedaba.

Irelia.

Syndra tomó el cabello blanco de Zed entre sus dedos, acariciándolo mientras él continuaba haciendo su trabajo entre sus piernas. Lamió sus labios, recordando cómo Irelia subía para besarla cada cierto tiempo, mientras continuaba su trabajo con sus manos. Ella besaba su cuello y su hombro, lamía su piel con lascivia, acariciaba cada milímetro de su cuerpo con sus suaves manos, amasaba su piel, garabateaba figuras con su lengua en su vientre, chupaba sus pezones.

Apartó sus manos del cabello de Zed, llevándolas a su propio cuerpo para tocarlo con ansias. Deseó que sus dedos sobre su clítoris fueran los de Irelia y sonrió ante la idea de encontrarse con ella la noche siguiente.

Gimió, imaginando que tenía el cuerpo tibio de Irelia sobre el suyo.

Entonces, su fantasía fue rota cuando sintió el miembro de Zed penetrándola.

—¡¿Qué carajo?! —se quejó Syndra, mirando a Zed desconcertada—. ¡¿Qué haces?!

—Fornicando. —respondió él, confundido por la pregunta de Syndra.

—Ya, pero yo ni siquiera he lleg- ¡hey, detente! —se quejó Syndra, cuando él la ignoró y la embistió con algo de fuerza—. ¡Detente ahora, hijo de puta!

—¡Maldita sea, Syndra! —exclamó el joven, saliendo de ella y subiéndose los calzoncillos—. ¿Sabes qué? Estoy harto de esto. Coqueteo con alguien y te molestas, pero cuando te pido hacer lo que iba a hacer con esa alguien, no lo quieres hacer. ¿Qué carajo quieres?

—¡Quiero que por una maldita vez no se trate de ti! —gruñó Syndra, subiendo su ropa interior y bajando su vestido—. Siempre todo es acerca de ti, acerca de lo que quieres que haga y lo que te gusta. ¿Te importa siquiera que yo sienta algo? ¡¿Te importa lo que siento?!

Él la miró con una ceja alzada. Soltó una risa, negando con su cabeza.

—No sientes nada por nadie además de ti, justo como yo, por eso estamos juntos, cariño. Porque no nos importa una mierda además de nuestro propio bienestar. —argumentó Zed, colocándose sus zapatillas—. Te conozc-

—¡No, no me conoces! —exclamó Syndra, empujándolo—. ¡No sabes una mierda de mí! Crees que soy lo que tú quieres que sea, pero no es así, Zed. —Sin poder evitarlo, Syndra sintió las lágrimas bajando por sus mejillas y soltó un gruñido de enojo al sentirse débil frente a él—. Vete a la mierda, no quiero verte.

Zed la miró. Por un instante se sintió tentado a quedarse, sin embargo, abandonó la estancia dando un portazo a la puerta de la habitación de Syndra.

La rubia sollozó, buscando en sus contactos a Diana. Contempló por un momento la idea de llamar a su mejor amiga, pero el hecho de pensar que la molestaría de nuevo con el tema de que Zed era un imbécil la hizo detenerse de llamarla. Nami de seguro estaba ocupada con Sarah y en realidad no conocía a nadie además de ellas tres.

Su teléfono vibró y ella observó la notificación que tenía, pensando que sería el imbécil que acababa de abandonar su hogar.

"Hey, lindura. Quieres comer unos tacos de hongos estofados?"

Syndra limpió su nariz, sintiéndose de alguna forma aliviada de que el mensaje fuera de Irelia.

"Puedes traerlos a mi casa?"

Se removió incómoda en la cama, esperando con ansias la respuesta de Irelia. No tardó en llegar.

"Estaré allí en treinta minutos"

Y, pese a lo que Syndra esperaba, Irelia sí llegó a los treinta minutos con una bolsa de comida. Pensó que sólo lo había dicho como una invitación para tener sexo con ella. Por supuesto que Syndra la atacó con besos apenas pasó por la puerta principal de su hogar y ni siquiera se había percatado de la comida hasta que su estómago rugió en medio de su segunda sesión de placer.

—¿Por qué eres vegana? —preguntó Irelia, dándole un mordisco a uno de sus tacos—. Parece que le tienes resentimiento a Jonia, no pensé que siguieras su costumbre más antigua.

—Los animales son amigos, no comida. —murmuró Syndra, habiendo tragado antes de hablar—. Puedo ser una perra con las personas, pero no lo soy con los animales… son seres inocentes, todos sabemos eso.

—No creo que seas una perra con las personas tampoco. —aseguró Irelia, removiéndose en la cama para estar más cómoda en su sitio—. Creo que es una manera de mantener tus sentimientos a salvo, lo que está bien porque todos tenemos una manera de mantener nuestros sentimientos a salvo. Mi forma es huir.

—¿Qué podrías saber tú de mí? —preguntó Syndra, frunciendo su ceño—. Nos conocimos hace dos semanas, hemos follado cuatro veces. ¿Qué puedes saber?

—Puedes saber un montón de una persona por sus ojos. —aseguró Irelia, sonriéndole.

—¿Y qué te dicen mis ojos? —indagó Syndra, más por seguir el que pensaba que era el juego de Irelia que otra cosa—. ¿Te dicen que soy una frágil florecilla?

—Bueno, cuando llegué aquí, me decían que estabas enojada, frustrada y; no quiero sonar entrometida; pero también confundida. —dijo Irelia, dándole otro mordisco a su taco—. ¿Quieres hablar acerca de algo, Syndra?

La pregunta tomó por sorpresa a la rubia, que mantuvo su mirada sobre Irelia por un momento. Entonces bajó sus ojos a la cama.

—No me gusta cuando me muerdes. —murmuró Syndra, cambiando el tema—. Dejas marcas horribles por todo mi cuerpo y lo odio.

—Bien, lo lamento, no volveré a morderte. —contestó Irelia, sin darle mucha relevancia a lo que dijo—. ¿Por eso estabas enojada? ¿Mis mordidas de amor no te gustan?

—No estaba enojada. —aseguró Syndra, frunciendo el ceño.

—Está bien, supongamos que no… ¿por qué tan frustrada entonces? ¿Las cosas no salen como quieres? —volvió a preguntar Irelia, volviendo a darle una mordida a su comida.

—No estaba frustrada ni enojada, ya cállate y come, maldición. —se quejó Syndra, causando que Irelia alzara un poco sus hombros.

Ambas se mantuvieron en silencio por un largo momento mientras comían y no fue hasta que acabaron sus respectivos platos que Irelia se dejó caer en la cama, aun estando desnuda. Ella acarició su propio estómago, sonriendo. Syndra sólo la miró en silencio.

Observó la delicadeza con la que se movía. Vio sus piernas firmes y pantorrillas tersas. Su abdomen un poco trabajado.

La maldijo por ser tan caliente.

—Me encantó esa comida, debo admitirlo. —dijo Irelia, suspirando satisfecha —. Podría volverme vegana sólo para comer más tacos como ese.

—Hay más que sólo tacos y hongos. —gruñó Syndra, negando con su cabeza—. Como sea… vístete si ya vas a irt-

—¡Pero acabamos de comenzar! —exclamó la pelinegra, sentándose en su lugar en la cama de nueva cuenta—. Sólo necesitamos un pequeño descanso. Acurrucarnos, darnos besos, hablar… así volverá a encenderse el libido.

Syndra arqueó una ceja. Volvió a negar con su cabeza.

—¿Por qué querrías acurrucarte conmigo? No som-

—¡Ya sé que no somos pareja! —la interrumpió Irelia, girando sus ojos—. No pretendo serlo, pero mínimo podríamos ser amigas con derecho o algo, ¿no? Digo, para que no sea tan desinteresado todo, tan banal. Quiero decir, comemos luego o en medio del sexo, te conté lo de mi padre, me contaste de tu novio. —En el momento en que Irelia mencionó al novio de Syndra notó que ella pareció fruncir el ceño y sus ojos se oscurecieron por un instante—. Así que es eso lo que te tiene enojada, frustrada y triste… tu novio.

—Suficiente. —dijo Syndra, tensando su mandíbula—. No voy a hablar contigo.

—¡Hey, hey! —exclamó Irelia, deteniendo a Syndra de pararse de la cama—. Está bien, ven aquí… no tienes que hablar. Sólo… yo indagaré cosas y tú sólo asentirás o negarás con tu cabeza a lo que voy diciendo, ¿te parece?

Syndra estuvo a punto de negarse, pero la sonrisa de Irelia y la manera en que sostenía su mano la convencieron de acostarse a su lado en la cama, mientras ella acariciaba su cabello rubio con delicadeza. Syndra pensó que podría quedarse dormida en cualquier momento, pues las caricias y pequeños besos de Irelia la relajaron bastante.

—¿Peleaste con él? —preguntó Irelia y Syndra asintió con su cabeza—. Mmmm… ¿por mis marcas de amor? —volvió a preguntar y esta vez Syndra negó con su cabeza—. Ya veo… entonces… estaban discutiendo… ¿quizás porque ya no sientes lo mismo por él? —Syndra volvió a negar con su cabeza como respuesta. Irelia chasqueó su lengua y acercó sus labios al cuello expuesto de Syndra, dándole cortos besos en la zona de atrás—. Entonces fue porque… te diste cuenta de que es un idiota y no quieres estar más con él, él se molestó y terminó contigo. Fue eso.

Syndra soltó una pequeña risa, entrelazando una de sus manos con la de Irelia y sintiéndose cómoda con el calor corporal de la pelinegra. Mantenía sus ojos cerrados desde que se acostó a un lado de Irelia.

—Ojalá. —murmuró Syndra, girando su cabeza para poder besar a Irelia en la boca—. Él quería un oral, yo también. Le exigí uno y… me di cuenta… de que… mientras lo hacía, yo… tenía fantasías sexuales contigo.

—Ah, ¿sí? —preguntó Irelia, sonriendo con satisfacción—. ¿Qué fantaseabas? Dímelo… y lo cumpliré.

—Dioses… —susurró Syndra, soltando un suspiro—… imaginaba que estabas sobre mí… que acariciabas mi piel y besabas mi cuello.

Sin titubear. Irelia se apartó de Syndra con delicadeza, acostándola boca arriba. Se sentó sobre ella y comenzó a acariciar sus hombros. Se inclinó para besarla en el cuello, haciendo un camino hasta su mejilla y volviendo hasta besar su clavícula, acariciando con sus labios el punto sensible de la rubia en esa zona de su cuerpo.

Syndra suspiró, llevando sus manos a los hombros de Irelia.

—Él estaba metiendo su lengua dentro de mí y yo… sólo podía pensar que eras tú quien lo hacía. —volvió a decir Syndra, abriendo sus ojos para encontrarse con los azules de Irelia, que la miraba con atención—. Fantaseaba con las veces que me penetrabas con tus dedos sólo para subir y besarme… y… yo… —Syndra cubrió sus ojos con su brazo, mordiendo su labio inferior para contener las lágrimas en sus ojos. La rubia sollozó un poco, sintiendo su estómago retorcerse—… no sé… no sé qué… qué está pasándome, pero… no puedo dejar de pensar en ti… y apenas te conozco… así que… quería dejar de pensar en ti… quería volver a disfrutar o pensar que disfrutaba del sexo con él, pero… de la nada estabas allí… él me penetró ¡y lo odié!

—Hey, está bien. —murmuró Irelia, acariciando el cabello rubio de Syndra—. Está bien, Syndra… es sólo… una fantasía. —Tragando con dificultad, Irelia la miró con pesar—. Sigues siendo heterosexual, te lo aseguro. Sólo soy un desliz.

—¡No tengo deslices! —exclamó Syndra, sintiéndose frustrada—. ¡Estoy enojada, frustrada y confundida! Estoy tan… perdida, porque no sé… ¡no sé qué carajo hiciste, pero ahora lo odio más que nunca!

—¡Oh, vamos! No es mi culpa. —se quejó la pelinegra, sosteniendo el brazo de Syndra cuando ella quiso golpearla—. Él es un maldito imbécil, está bien que lo odies.

—¡Tenía la vida perfecta hasta que apareciste y me ligaste en mi propia fiesta, maldita joniana arrogante! —gruñó Syndra, sin apartar uno de sus brazos de sus ojos. Sin embargo, Irelia podía ver las lágrimas resbalando hasta sus orejas —. ¡Nunca había sentido tantas ganas de tocarme con la simple imagen mental de alguien besándome como cuando recuerdo tus malditos besos y lo odio!

—¿Ahora me odias también? —preguntó la pelinegra, soltando una pequeña risa—. Está bien para mí, puedes odiarme… no voy a estar aquí para siempre y tú no volverás a Jonia, así que puedes odiarme, Syndra. —Apartando el brazo de Syndra de sus ojos, Irelia por fin pudo ver los ojos lila cristalinos de Syndra. Le regaló una pequeña sonrisa a la rubia, limpiando una de las lágrimas con sus dedos—. Puedes desencadenar tu odio por mí en las sábanas si lo deseas. Pero nunca te quedes con eso que sientes, nunca lo guardes, sea lo que sea; frustración, enojo, amor, odio; tienes que expresarlo de algún modo.

—¡No puedo, maldita sea! —gruñó Syndra, negando con su cabeza—. ¡Tengo que estar siempre en control!

—Algunas veces, Syndra… tienes que perder el control para conseguir el camino al equilib-

—¡Que se joda el equilibrio! —exclamó Syndra, pataleando en la cama—. ¡No sé qué me pasa contigo, y es más fácil odiarte que aceptar que me gustas o que tengo un crush en una estúpida joniana equilibrista del orto!

—¡¿Puedes sólo calmarte y escucharme?! —indagó Irelia, sosteniendo a Syndra de los hombros—. ¡Es normal que estés confundida, maldición! Es normal todo lo que sientes, Syndra, de verdad, pero… si no lo sacas de tu interior, si no expones lo que sientes y lo liberas… entonces va a matarte. Cada palabra que no dices, cada sentimiento que no expresas, cada recuerdo que no revives, cada fantasía que no haces realidad… te consumirán lentamente hasta matarte. —explicó Irelia, respirando agitada por lo que le costó hacer que Syndra parara de patalear—. Así que vamos… ¡estalla!… dime cuánto odias el hecho de que yo te guste, pero nunca intentes mantener bajo control lo que sientes… eso sólo te hará sufrir.

Consternada por sus palabras, Syndra acercó sus manos a las mejillas de Irelia, sosteniéndolas con fuerza, pero sin llegar a lastimar a la pelinegra. La obligó a inclinarse sobre ella hasta que sus rostros se encontraron uno frente al otro y entonces la besó. Con frenesí y desespero, por primera vez en estado lucido y sin una gota de alcohol en su sistema, Irelia sintió la pasión desbocada de Syndra en el beso.

Goddess of Luminosity.