Bueno sí me tardé. Pero fue por motivos person- ya, bueno, al menos llegué a oro 2 esta season. NO ME ARREPIENTO DE NADA.

Y sí, la canción de piano que escucha Syndra es el song del rework de Irelia, si lo quieren escuchar sólo tipeen eso en yutú (youtube para los sofisticados). Espero que les guste esto y ansío poder actualizar el próximo fin de semana.

Tu ve un problema ajeno a esto ayer, pero me tilteó tanto que quedé emputada todo el día y no finalicé esto hasta ahora, y sólo me faltaba la parte de Irelia y de Syndra, imagínense el nivel de tilteo intenso, lpm.

En fin, se me cuidan. Recuerden que cada comentario me llena de ganas de vivir y de seguir escribiendo UwUr salu3.


—Sólo digo que… si el sol muriera mañana, puede ser que todos nosotros también. —dijo Diana, sentada a un lado de Leona en el césped del parque central de Targón—. Y no porque es un ente celestial que nos mira. Es ciencia. Es una estrella y cuando mueren estallan en supernovas.

—Shhh. Ella no lo dice en serio, Áurea. —dijo Leona, mirando al cielo en busca del sol. El árbol bajo el que estaban sentadas evitó que sus ojos se quemaran—. Sólo está siendo escéptica, lo que está bien para mí.

—¡Es ciencia! —exclamó Diana, dejando caer su teléfono frente a Leona—. ¡Hemos visto otras estrellas morir por medio de telescopios! Y sí, tienes razón… quizá estalle y nos mate a todos, pero también cabe la posibilidad de que simplemente se enfríe de forma lenta y se convierta en una enana blanca.

—Tú, pequeña hereje, tienes la boca llena de blasfemias. —comentó Leona, riendo un poco—. Muy habladora con tu ciencia, pero ¿qué dirías sin ella?

—¡Comeríamos carne cruda recién cazada! —aseguró Diana, confundida.

—Ahí es donde te equivocas, porque Áurea nos regaló el fuego para protegernos de la oscuridad de la noche… y para cocinar. —dijo Leona, sonriendo con autosuficiencia.

—Ya había luz en la noche gracias a la luna. —murmuró Diana, arqueando una ceja.

—Ah, ¿sí?. —preguntó Leona, mirando a Diana. Ella sólo asintió con su cabeza como respuesta—. ¿Y por qué si la luna es tan perfecta se va por tres días a la verga? ¿Eh? ¡¿Eh?!

—¡Porque gira alrededor de la Tierra! —exclamó Diana, riendo—. Anda, eso son ciencias naturales básicas, las fases de la luna.

—¿Quieres hablar de ciencias naturales, Diana? —indagó Leona, sonriendo con malicia—. La luz de la luna sólo es luz del sol reflejada por el satélite.

Diana abrió su boca, pero no dijo nada. Desvió su mirada al cielo, sintiéndose algo enojada por no saber cómo discutir lo que dijo Leona.

—¿Gané? —preguntó Leona, dejando caer su cabeza sobre las piernas cruzadas de Diana—. ¿Puedo reclamar mi beso de victoria?

—Aquí está tu beso de victoria. —gruñó Diana, abriendo un pequeño chocolate para metérselo a la boca a Leona con brusquedad—. Muere, tú… estúpida Solari.

Leona masculló al sentir cómo Diana empujaba el chocolate dentro de su boca con fuerza. Mordió con un poco de fuerza sus dedos, causando que Diana alejara su mano de ella al instante, adolorida.

La peliblanca soltó un gemido, agitando su mano para intentar alivianar el dolor.

—Eso fue… un poco interesante. —susurró Leona, riendo un poco—. Nos conocemos hace casi un mes ya, Diana.

—Eh… sí. —respondió la joven pálida, acariciando con sus manos el cabello anaranjado de Leona—. Si no contamos las tres semanas en las que estuve huyéndote en la cafetería, entonces nos conocimos exactamente hace veinticuatro días y dieciséis horas, pero ¿quién cuenta el tiempo? ¿Tú lo cuentas? Yo no. —Leona se mantuvo mirando a Diana con una ceja alzada y ella suspiró—. Voy a dejar de hablar ahora.

Leona se carcajeó al ver el rostro sonrojado de Diana luego de haber dicho aquello. Diana sonrió un poco, sintiéndose algo relajada por el hecho de que Leona lo tomó como una especie de broma.

De hecho, contaba los días desde que Leona le habló por primera vez en la cafetería.

Contaba los días desde el primer momento en que se dirigió a su mesa para tomar su pedido, vestida con aquel delantal anaranjado que combinaba a la perfección con su cabello.

Cincuenta y cinco días y seis horas. Era el tiempo que tenía Diana soñando despierta con aquella morena de ensueño.

Se preguntaba si Leona también fantaseaba con el futuro. Se preguntaba si soñaba con que saldrían al cine a ver películas de romance o ciencia ficción. O si pensaba en acompañarla a la universidad. ¿Habrá pensado en mudarse con ella en algún momento?

Era demasiado. La sola idea de mudarse con Leona le causaba vértigo. Verla en el día a día, conocer sus costumbres más mundanas, desayunar con ella.

La sola idea de todo eso le causaba ansiedad.

—¿Piensas en mí cuando estás en casa? —preguntó Leona de forma repentina, causando que Diana bajara la mirada para verla—. O sea… no quiero sonar empalagosa ni celosa, sólo quiero saber si tu… eh… ¿piensas en lo que te gustaría que hiciéramos si estuviera contigo cuando estoy trabajando?

—Uh… quizás… un poco … sí. —respondió Diana en un murmullo.

—¿Y qué piensas? —preguntó Leona, sonriendo.

—Mmm… algunas veces estoy haciendo algo y pienso que me gustaría hacerlo contigo. —murmuró Diana, acariciando el cabello anaranjado de Leona—. Otras veces, pienso en lo que haces, ¿atiendes a alguien amable? ¿O quizá estás en la cocina? ¿Mihira está enseñándote sus secretos culinarios? —preguntó la peliblanca, sin parar sus caricias. Guardó silencio por un instante, sin apartar su mirada de Leona—. Pero siempre me pregunto… ¿piensas en mí también?

—Por supuesto que pienso en ti, Diana. Es tonto, porque apenas nos conocemos. Pero pasas en mi cabeza todo el día. —aseguró Leona, ampliando su sonrisa—. Pienso en lo que haces y lo que te gustaría hacer. Por eso te escribo en cada minuto que tengo libre.

Leona desvió su mirada al parque. Observó a las personas a su alrededor. Algunas se tomaban de la mano, otras jugaban con sus mascotas, otras pasaban tiempo de calidad con sus familias.

Sin poder evitarlo, Leona se fijó en una pareja que estaba sentada en una banca. No estaban comiéndose. Estaban hablándose al oído, ella se reía y lo besaba; apenas un beso de pico. Él jugaba con las manos de ella, parecía nervioso, pero feliz.

Volvió a mirar a Diana, preguntándose si ellas se veían tan tiernas como esa pareja.

Diana no paraba de acariciar su cabello, rozando con la punta de sus dedos su cuero cabelludo. Leona sonrió, sintiéndose feliz.

—Woah, tienes algo en tu mejilla. —murmuró Leona, alzando un poco su mano para rozar la mejilla de Diana—. ¡No se quita!

—Sí, seguro es un lun-

Sin que Diana lo previera, Leona pasó su mano por detrás de su cuello y la jaló en su dirección, besándola con pasión.

Diana se congeló. Intentó concentrarse en el sabor de los labios de Leona y la suavidad de su lengua, sin embargo, su cerebro comenzó a molestarla.

La gente podía estar mirando, hablando de lo mal que se veía que un par de jóvenes se besaran en medio de un parque público en un día familiar. Había niños por todas partes, niños molestos que podían ser bastante preguntones y molestos.

Se separó de Leona, mirando a su alrededor con desesperación. Su respiración se agitó y, por mucho que quería no pensar en ello, el qué dirán era su constante dolor de cabeza.

—N-No puedo, lo siento, yo… ¿podemos ir a un lugar más privado? —preguntó Diana, sin dejar de mirar a su alrededor, nerviosa—. No me gusta ser… el centro de atención.

—Pero… eso es difícil, ¿sabes? —dijo Leona, sonriendo con coquetería—. Porque eres tan hermosa. No puedo pensar en una sola persona que no te mire.

—E-Eso no es… cierto. —murmuró Diana, cubriendo su rostro con sus manos—. Por favor, vamos a otro lado, Leona.

Leona la miró atentamente. Estaba roja. Algunas veces no la entendía del todo, era como si se avergonzara por cada cosa que hacía o decía que pudiera salirse de la norma. Lo curioso es que se avergonzaba de la forma más tierna.

—Bien… tú quieres… ¿quieres que almorcemos en mi departamento? —preguntó Leona, mirándola con interés—. Estoy segura de que Sivir salió hoy, siempre va con su novia los domingos.

—Sí, por supuesto, está bien. —afirmó Diana, sin apartar sus manos de su rostro.

Leona se puso de pie de forma rápida. Ayudó a Diana a imitarla y, sin soltar su mano, comenzó a caminar hacia el estacionamiento del parque.

—¿Sabes? He pensado mucho en dar un paso importante dentro de mi fe. —dijo Leona, mirando a Diana con interés, esperando algún indicio de negativa. La peliblanca sólo la miró,atenta a sus palabras—. Primero debo expiarme, claro. Y tendría que hacerlo en un templo Solari que no sea ortodoxo, como el que está en el camino a la montaña.

—Ugh, mamá solía llevarme. —murmuró Diana—. No es Solari, pero mi abuelo lo era. La acostumbró a ese rito o ceremonia, lo que sea, en el que recorres siete templos en el solsticio de verano.

—¡Eso es genial! —exclamó Leona, sonriendo de forma amplia—. Podríamos ir juntas este verano, así verás dónde nací.

—Perdona, ¿qué? —indagó Diana, confundida.

—¡Nací en el templo de la montaña! —dijo Leona, emocionada—. Mamá estaba haciendo el recorrido con papá, cuando de repente comenzaron sus contracciones. Es gracioso, porque el sacerdote les dijo a mis padres que yo sería una especie de hija del sol divina, pero sólo soy gay como el demonio.

Diana soltó una risa, cubriendo su boca cuando varias personas miraron en su dirección.

—Eso es… interesante. —murmuró Diana, riendo un poco—. Y no lo sé… yo no creo que pueda hacerlo, es decir, tenemos que ir caminando todo el camino a los templos-

—¡Yo te cargaré si te cansas! —aseguró Leona, sonriente.

—Sí, pero habrá muchas personas-

—¡Sostendré tu mano todo el camino! —volvió a decir Leona—. Así no te perderás de mi lado.

—Uh… sí, pero los sacerdotes deben expiar tus pecados en cada templo y yo ni siquiera estoy bautizada bajo tu fe. —murmuró Diana, bajando la mirada—. Lo hacía de niña porque no tenía pecados, ahora soy gay y pecadora como el demonio también.

—Eso es basura, no necesitas estar bautizada para entrar a un templo. Eso es lo que dicen los ortodoxos para que nadie ajeno a la fe entre a los templos. —aclaró Leona, agitando su mano y la de Diana con emoción—. Vendrás conmigo y si no te gusta, no te pediré hacerlo de nuevo nunca más. Por favor, quiero que vengas conmigo.

—Ugh… ya… está bien. —susurró Diana, sacando las llaves de su auto—. ¿Qué paso piensas dar con tu fe?

—¡Voy a hacer un rito de transición! —dijo Leona, entusiasmada.

—Ya… ¿qué es eso? —preguntó Diana, intrigada.

—Buenos, en realidad tuve que haberlo hecho a los dieciocho, al entrar a la vida adulta, pero no pude hacerlo por claros motivos. —explicó Leona—. Te bañan con agua para lavarte de tu culpa, luego debes pasar todo un día bajo el sol sin beber ni comer nada. Si tus pecados son imperdonables lo más probable es que no lo logres, pero si lo logras recibes tus tatuajes dorados.

Diana arqueó una ceja, sin entender lo interesante de eso.

—¿Sabes? Si quieres un tatuaje gratis, Sarah es muy hábil con la máquina… quizás pueda dejártelo económico. —dijo la peliblanca, buscando su auto con la mirada—. O yo puedo regalártelo. Como prefieras.

—¡No quiero un tatuaje gratis! Eso es ofensivo, Diana. —se quejó Leona, haciendo un mohín—. Son tatuajes simbólicos, hechos con tinta extraída de las mismísimas lágrimas del sol.

—El sol no pued-

—¡Además, es un paso muy importante dentro de mi fe! —la interrumpió Leona, sabiendo qué diría Diana—. Determinará si a los ojos de Áurea soy una digna adulta responsable o si sólo soy una niña con falsos complejos de madurez.

—Sólo vas a insolarte por placer. —murmuró Diana, ubicando su auto—. Estoy muy agradecida por la vez que te quedaste conmigo en el hospital por mi nariz. Así que si necesitas a alguien que te acompañe en el hospital por tus quemaduras de segundo grado luego de tu ritual, me llamas.

—¡No me quemaré, soy una adulta y Áurea lo sabe! Será piadosa. —aseguró Leona, deteniéndose a un lado del auto azul oscuro—. Además, primero debo expiarme. Debo confesarle a un sacerdote mis más culposos deseos y acciones.

Diana desbloqueó los seguros del coche, permitiéndole entrar a Leona y entrando ella al lado del piloto. Encendió el aire acondicionado al instante, sintiendo el auto caliente, como era usual al estar bajo el sol.

—No puedes tener deseos tan pecaminosos, ¿o sí? —indagó Diana, revisando su retrovisor y calentando el motor—. Estás muy ocupada siendo autosuficiente como par-

Leona sostuvo las mejillas de Diana con una de sus manos, besándola con fervor. La peliblanca volvió a congelarse. No había nadie mirándolas, pero no esperaba que la morena la besara apenas entraran al auto.

—Si tú eres un pecado, que Áurea me condene. —murmuró Leona, separándose por un momento de Diana.

—Espera… está… caliente. —masculló Diana entre besos.

El ruido producido por la bocina de su automóvil en medio del estacionamiento causó que Leona se detuviera. Ella había intentado sentarse sobre Diana en el auto, sin embargo, el espacio entre Diana y el volante era tan poco que Leona no pudo evitar presionar el claxón con su trasero, que estaba en medio del volante.

—¡Lo siento! Yo no… es… está un poco estrecho aquí. —murmuró Leona, avergonzada—. Voy a… sól-

De nueva cuenta, la bocina se escuchó, llamando la atención de varias personas.

Diana mantuvo sus ojos en los pechos de Leona, que intentaba volver a su asiento, fallando por la escasez de espacio. El calor estaba sofocando a la peliblanca.

Su cerebro estaba gritándole que las personas afuera no tardarían en acercarse al auto si la bocina volvía a sonar.

Sin embargo, pese a los gritos internos en su cabeza, Diana pasó su lengua por la piel tostada de Leona, lamiendo su clavícula. La morena la miró, sonrojada. Diana la imitó.

Apenas se miraron unos segundos antes de besarse con fervor. Diana se aferró a la cintura de Leona, evitando que volviera a su asiento. Por su parte, Leona se aferró al cabello blanco de Diana, lamiendo sus labios para luego mover su lengua en el interior de la boca de Diana.

Leona se removió, intentando sentarse en el regazo de Diana y causando que, de nueva cuenta, la bocina sonara.

—Joder, lo sient-

Diana dejó ir la cintura de Leona por un momento. Reclinó su asiento, y por el peso de Leona terminaraon casi acostadas en el auto.

La morena no tardó en sentarse correctamente sobre Diana, recostándose sobre ella para continuar besándola. Incluso con el aire acondicionado encendido, Diana no dejaba de sentir un calor insoportable. Odiaba el calor. La idea de sudar se le hacía desagradable, aunque no tanto si pensaba que era Leona quien la hacía sudar.

Leona le dio un tirón a su casaca de mezclilla y Diana lo tomó como una señal para quitársela.

El pánico la invadió. Una cosa era besuquearse en su auto; donde nadie podía verlas; y otra era manosearse descaradamente en un lugar público; aún si estaban donde nadie podía verlas.

Detuvo las manos de Leona, que estaban en sus pechos. Carraspeó un poco, sonriendo con timidez cuando Leona se alejó de ella para mirarla.

—¿Demasiado? —indagó Leona, lamiendo sus labios y sonriendo con pesar. Diana sólo asintió un poco con su cabeza—. Está bien… ¿podemos quedarnos así por un momento?

—S-Sí… supongo que sí. —murmuró Diana, sonrojada.

—Gracias. —dijo Leona, descansando su frente en el hombro de Diana—. No quiero que pienses que sólo quiero… ya sabes. Pero… eh… algunas veces yo… no puedo, no sé cómo… contenerme de besarte. Lo siento.

—¿Piensas en mí? —preguntó Diana, llevando una de sus manos al cabello de Leona, acariciándolo con lentitud—. Como, ¿de verdad? ¿Piensas en mí mientras trabajas?

—Por supuesto que sí. Y cuando voy a trotar en las mañanas, mientras me ducho, cuando voy en el bus a trabajar. —dijo Leona, como si no fuera nada anormal—. Espero no incomodarte ni hacerte sentir como que estoy obsesionada contigo o algo así. Pero creo que incluso pienso en ti antes de irme a dormir… ¿crees que es raro?

Diana negó con su cabeza y Leona sonrió contra la piel de su pecho.

—Me gusta cómo hueles. —susurró Leona, cerrando sus ojos—. Me gusta tu aroma y cómo se ve el color de tu cabello. Me gustan los lunares en tu piel y podría jurar que he soñado con ellos.

—La verdad… es que yo pienso en ti… mucho más de lo que debería. —confesó Diana, manteniendo sus ojos en el capo del auto—. Pienso en lo suave que es tu mano cuando tomas la mía. En tu sedoso cabello y en tu bronceada piel. Fantaseo con tener una perfecta relación contigo, pero sé que la vida no es así.

—No necesito una relación perfecta, Diana. —dijo Leona, alzando su cabeza para mirarla a los ojos. Sonrió ampliamente haciendo sonrojar a Diana—. Sólo necesito a alguien que me diga que la vida no es una basura.

—Pero la vida apesta. —se quejó Diana, riendo un poco—. ¿Cuándo los Dioses van a parar de renovar mi suscripción de la vida? Estoy harta.

—¡Suicidio colectivo! —exclamó Leona, haciendo reír a Diana—. Bien, no necesito que me digas que la vida no es una basura… necesito que me hagas sentir ganas de despertar todos los días.

—Leona… —gruñó Diana, pasando una mano por su rostro—… despiertas a las seis de la mañana.

—¡Para brillar como el sol, primero debes arder como él! —dijo Leona, sentándose en su lugar sobre Diana y estirando sus brazos al frente—. ¡Y para arder como él tienes que despertar con él!

—Yo me despierto a las nueve… bueno, Zoe me despierta. —se quejó Diana, riendo un poco—. Siempre tomo horarios de la tarde por eso. Odio el sol-

Leona cubrió la boca de Diana en cuanto ella dijo eso, soltando un quejido de sorpresa. Negó con su cabeza varias veces.

—Nunca digas eso frente a mí nuevamente o voy a tener que darte una paliza. —advirtió Leona, estrechando sus ojos—. Estoy hablando muy en serio, Diana.

—Lo siento. —murmuró Diana, desviando su mirada a una de las ventanas del auto—. ¿De dónde sacas la energía para despertar a las seis de la mañana? Yo despierto a las nueve con ganas de morirme y me arrastro en una sombra de pereza por el resto del día, hasta que… llega la noche. Entonces todo es más bonito.

—Bueno, me alimento bien. Como muchas proteínas, vitaminas y un poco de carbohidratos. Así mi cuerpo puede tener la energía suficiente para estar tan activo como mi poderosísimo sol. —dijo Leona, llevando sus manos a las mejillas de Diana y apretándolas un poco—. Podría darte unos consejos para despertar temprano.

—Si el primero es una alarma, ya he lanzado seis por la ventana. —contestó Diana, permitiéndole a Leona jugar con su rostro. Leona se fijó en la frente de Diana. Colocó la palma de su mano en ella, riendo un poco—. Por favor no lo dig-

—Eres muy lista, supongo. —dijo Leona—. Mi madre solía decir que las personas con una frente grande son muy inteligentes.

—Bueno… eso es un halago. —murmuró Diana, cerrando sus ojos—. Mi mamá me dice que mi frente es tan grande, que la luna cabe en ella.

Leona soltó una carcajada sin poder evitarlo. Cubrió su boca con una de sus manos, sonrojándose un poco por haberse reído. Diana sólo se mantuvo con sus ojos cerrados. Había una sonrisa en sus labios, una de la que ella no era consciente.

La morena le dio un pequeño pellizco en la mejilla, sonriendo al ver a Diana tan relajada. Usualmente estaba nerviosa.

—¿Qué quieres comer? —preguntó Leona, ladeando un poco su cabeza a la derecha—. Quizás debamos pasar a comprar algunas cosas antes.

—Lo que sea que quieras hacer para mí estará bien. —contestó Diana, abriendo sus ojos.

—¡Haremos hamburguesas! —exclamó Leona, inclinándose para darle un pequeño beso a Diana, que amplió un poco su sonrisa ante la emoción de la morena—. Porque tengo mucha hambre como para pensar en algo más y esa es mi comida favorita.

—¿Es así? —preguntó Diana, riendo—. ¿Qué hay de las vitaminas y proteínas? ¿La hamburguesa tiene eso?

—¡Por supuesto que lo tiene! Y sí, me encantan las hamburguesas. —afirmó Leona, volviendo a besar a Diana—. Y cuando las hago en casa puedo ponerles lo que me plazca, así que son como… un millón de veces más deliciosas que las que compro en cualquier lugar de comida que conozcas.

—Bueno, eres afortunada… la verdad es que no conozco muchos, sólo unos cuantos en los que hay que pedir reservación días antes. —murmuró Diana, sonriendo—. Mamá es sofisticada.

—¿No lo eres tú también? —indagó Leona, lamiendo sus labios—. Pareces tener gustos muy refinados.

—Por supuesto que los tengo. —concordó Diana, con sus ojos fijos en los de Leona.

La peliblanca unió sus labios a los de Leona, acariciando los labios de la morena con los suyos. Leona sonrió en el beso sin poder evitarlo, aprisionando las mejillas de Diana en sus manos para evitar que se separara de ella.

Un golpeteo en el vidrio causó que ambas se alejaran.

Leona buscó con la mirada a la persona que había golpeado el vidrio, encontrándole en la ventanilla del copiloto.

Tanto ella como Diana ganaron un tono rojo en sus rostros.

—¡Hey, señoritas! No quiero molestar, pero necesito un lugar para aparcar. —habló la persona afuera—. ¿Están saliendo o entrando?

—¡Saliendo! —exclamó Leona, quitándose de encima de Diana para sentarse en el lugar del copiloto—. ¡Estamos saliendo!

—Sol cruel trae mi final. —murmuró Diana, completamente sonrojada—. Soy una vándala sin vergüenza alguna.

—Sólo pon el carro en movimiento antes de que él vuelva. —dijo Leona, tocando su rostro y sintiéndolo caliente—. No sabía que podías hacer eso en un auto, ¿sabes? Es bastante práctico.

—¿Hacer qué? —preguntó Diana, tirando de la palanca que le permitía reclinar su asiento. Se irguió en su sitio, colocándose su cinturón de seguridad y mirando el retrovisor—. El cinturón.

—Reclinar tu asiento así… ¿puedo hacerlo yo también? —preguntó Leona, poniéndose su cinturón—. ¿Es con un botón o algo?

—La palanca a tu derecha. —contestó Diana poniendo el auto en reversa—. Tienes que jalarla hacia atrás y luego-

—¡Joder! —se quejó Leona cuando el asiento se puso recto de forma rápida—. Esto apesta.

—Empujarte hacia atrás. —terminó de decir Diana entre risas—. Eres muy impaciente.

—Lo soy, no puedo negarlo. —dijo Leona, reclinando un poco su asiento—. La verdad odio esperar. Ese día en el hospital quería gritarle a la enfermera "¡sólo póngale algo en la nariz antes de que mi cita se desangre, carajo!", pero me contuve porque no quería asustarte.

—Probablemente me habría desmayado de nuevo. —confesó Diana, moviendo la palanca de cambio y sintiendo la mano de Leona sobre la de ella—. ¿Qué es?

Leona la miró con sus ojos brillantes.

—Por Áurea, eres tan tierna. —murmuró Leona, sonriendo—. ¡Salgo con una chica tan tierna! No puedo creerlo, de verdad… eres todo y más de lo que me gusta y buscaba en alguien.

—Já, ¿te gustan imbéciles? —preguntó Diana, riendo un poco ante su propia broma—. Porque, entonces, definitivamente soy lo que buscas.

—Pues… me gusta que me digan cosas lindas y me follen duro. —dijo Leona de forma coqueta. Diana pisó el freno, causando que ambas se movieran de forma brusca en sus asientos—. ¡Whoa, calma! Estaba jugando.

—A-Ah, ¿sí? —indagó Diana, completamente roja—. ¿Estabas jugando?

La peliblanca miró a Leona, avergonzada. Bajó su mirada, sintiéndose una imbécil por haber dicho eso el día anterior con sus amigas.

—Bueno… no. Me gusta eso, pero… ya sabes, estaba bromeando para ver tu lindo rostro todo rojo, Di. —dijo Leona, sonriendo al verla avergonzada—. ¿Puedo decirte Di?

Apretando el volante con fuerza, Diana miró al frente, fijándose en el estacionamiento para volver a hacer avanzar el auto.

—Puedes decirme como quieras. —dijo Diana en un tono apenas audible.

—En ese caso, reflejaré mi falta de figura materna contigo y te diré mami. —dijo Leona, riendo al ver cómo Diana parecía querer salir corriendo del automóvil—. Ya, está bien… te daré un descanso, Di. No quiero morir con el estómago vacío.

Leona abrió la puerta de su departamento, mirando el interior antes de permitirle pasar a Diana, que miraba a su alrededor con interés. Carraspeando un poco, Leona abrió por completo la puerta, entrando junto con Diana.

—Te presento mi humilde hogar. —dijo Leona, sonriendo con amabilidad—. Puedes venir aquí cada vez que quieras. Si necesitas huir de tu realidad o algo, mi casa es tu casa.

Diana caminó por el sitio. Se veía bastante amoblado como para ser el hogar de dos universitarias que apenas podían con sus gastos.

Pese al intento rápido de Leona por recoger cosas que estaban en el suelo, el lugar estaba un tanto desordenado, y aunque eso le causó un poco de incomodidad, Diana sólo sonrió un poco, sentándose en el sofá del centro de la sala.

—Gracias, lo tendré en cuenta. —dijo Diana—. ¿Y desde hace cuánto vives aquí?

—Hace un año ya. Renové mi contrato por otro año. —dijo Leona, abriendo uno de los ventanales de la sala—. Me queda algo cerca de la universidad, a sólo dos estaciones de metro, y tengo una estación apenas a una manzana de aquí.

—Ya veo. —murmuró Diana, mirando a Leona moverse por su hogar—. ¿Pagas servicios?

—¿Ustedes no? —preguntó Leona, mirando a Diana consternada.

—P-Por supuesto que sí. —dijo Diana, riendo un poco—. Digo porque hay alquileres en los que no pagas servicios, lo incluyen en la mensualidad.

—¡Oh, sí, claro! No, yo pago mis propios servicios. No pagamos tanto ya que apenas estamos aquí los fines de semana. —habló Leona, caminando hasta la cocina, que estaba a un lado de la sala; dividida por un semimuro, por lo que Diana podía verla—. Menos ahora que volveremos a la universidad esta semana. Sivir trabajará seis horas por seis días y yo igual, así que llegaremos apenas a dormir para luego iniciar el próximo día.

—¿No trabajas ya seis días? —preguntó Diana, interesada—. ¿Por qué eso?

—Bueno, porque necesitaba ahorrar algo de dinero, así que le pregunté a Mihira si podía trabajar también los sábados y ella aceptó. —explicó Leona, sonriente—. Con Sivir queremos comprar una nueva alfombra, así que guardamos lo que hicimos extra este mes para eso.

—Oh, ya veo. —murmuró Diana, bajando la mirada.

Pensó que Leona era bastante más madura que ella. Si su madre la conociera le pediría mostrarle a Diana lo que era la vida real, para que así se curara mágicamente de su trastorno. Ella solía decirle que no tenía problemas para comunicarse, sino que tenía un grave problema de dependencia económica y emocional.

Quizás tenía razón.

—¿Y tú? —preguntó Leona, sacando cosas del refrigerador para cocinar—. ¿Cuándo vuelves a la universidad?

—Mañana. —dijo Diana, suspirando—. Pero, ya sabes… tomo el horario de la tarde, así que lo más probables es que estaré libre en las mañanas y noches.

—¡Perfecto! Podemos tener citas en la noche. —dijo Leona, sonriente—. Me gustaría poder dedicarte algo más de tiempo… así quizás te enamorarías más rápido de mí.

Diana miró a Leona apenas ella dijo aquello. Si tan sólo supiera que podía proponerle matrimonio con un anillo de Ring Pop y Diana aceptaría sin pensarlo.

No estaba enamorada, claro. Pero estaba encantada desde el primer momento en que sus ojos se cruzaron con los de Leona. La morena era todo lo bueno del mundo, y aunque miles de personas le dijeran lo contrario, ella no se creía capaz de llegar a pensar otra cosa.

Su madre solía decirle que a la hora de enamorarse, lo hiciera de alguien autosuficiente. Alguien que no dependiera de ella o su estatus social y económico. Y ahí estaba Leona. Cocinando las carnes de hamburguesa de una forma casi magistral. Trabajando y estudiando, algo que ella ni se imaginaba poder hacer. Despertando a las jodidas seis de la mañana.

Ella era una especie de Diosa bajada de los cielos.

El jodido sacerdote del templo en la montaña tenía la boca llena de razón. Al menos para Diana.

Y luego, en lo profundo de la inutilidad, estaba Diana.

Ni siquiera podía hablar con desconocidos, menos hacer la mitad de lo que Leona hacía. No cocinaba. Apenas podía hacer funcionar la lavadora.

Diana suspiró con pesadez, sintiéndose una completa inútil.

Leona era demasiado, simplemente demasiado para Diana.

—¿Te lo imaginas? —preguntó Leona de repente—. Yo en unos meses con un tatuaje dorado en mi brazo, que llegue hasta mi mano. Vas a tocarlo y decir que ardo más que el sol de verano.

—Creo que ya lo haces. —dijo Diana, en un tono apenas audible—. Ya eres muy atractiva para mí con el de tu espalda.

—Tú, Diana, sabes cómo halagar a una mujer. —dijo Leona, sonriendo—. ¿Quieres ayudarme aquí?

—Oh, yo… la verdad, es que… no sé… cocinar. —murmuró Diana, sintiendo su rostro sonrojado por admitir eso—. Nuestra nana se encarga de eso, así que… no sé… hacerlo.

—Diana, ven aquí. —dijo Leona, deteniéndose de picar el tomate—. Voy a enseñarte.

—¡¿Qué?! No… yo no… Leo-

—Si no vienes aquí, yo voy a ir a buscarte. —dijo Leona, volteándose para poder mirar a Diana—. Ven.

Cabizbaja, Diana se dirigió hasta la cocina. Se detuvo a un lado de Leona y ella le extendió el cuchillo.

—Es bastante fácil, sólo necesitas el cuchillo adecuado con el filo perfecto. —dijo Leona. Se paró detrás de Diana, tomando sus manos para guiarla en cortar el tomate en rodajas—. Es una fruta, así q-

—¿Qué? Espera. —Diana volteó su cabeza para poder mirar a Leona, desconcertada—. ¡¿El tomate es una fruta?!

Leona la miró con una ceja alzada.

—Sí… viene de un árbol y tiene semillas. —dijo Leona, sonriendo un poco—. ¿No lo sabías?

—Pero… ¡¿y el coco?! ¿También es una fruta? —preguntó Diana, bastante confundida.

—Diana… si viene de un árbol, es una fruta. Aunque hay variantes, como la sandía y el melón, no vienen de un árbol como tal, pero tienen semilla… así que son frutas. —explicó Leona, mirando a Diana, que parecía estar en shock—. Eres una chica inteligente, ¿cómo no sabías que el tomate es una fruta?

—¡Alto, genia! —exclamó Diana, dándose la vuelta para mirarla—. ¡El coco no tiene semillas!

—No, Diana… el coco ES la semilla. —dijo Leona, causando que Diana estrechara sus ojos, sin entender lo que decía—. Las almendras son frutas, pero no te comes las cáscaras, te comes la semilla. Así es el coco. Es un fruto y semilla al mismo tiempo. Listo, sigamos.

—Mi vida no es la misma desde ahora. —murmuró Diana, confundida.

Leona soltó una carcajada. Acorraló a Diana contra la encimera de la cocina, sonriéndole con coquetería.

—Puedo darte a probar un fruto que no viene de un árbol. —dijo Leona, de forma provocativa, causando que Diana tragara con fuerza ante su insinuación—. ¿Lo quieres?

Diana asintió con su cabeza de forma lenta, cerrando un poco sus ojos a la espera de un beso. Leona se alejó de ella y abrió el refrigerador. Colocó una fresa sobre los labios de Diana, causando que ella abriera sus ojos y boca.

—La fresa viene de una planta. —dijo Leona, llevando una fresa a su boca para comerla también—. Aún así es una fruta… la más deliciosa, a mi parecer.

La peliblanca mascó con lentitud la fruta en su boca, sin perder de vista a Leona, que continuó comiendo otra fresa.

—Ahora sí, ven aquí. —dijo Leona, haciendo que Diana se girara para estar frente a la encimera—. No tiene mucha ciencia cortar un tomate en rodajas. Aunque debes cuidar de tus dedos, por supuesto. No queremos que te lastimes.

Diana tragó con fuerza al sentir las manos de Leona sobre las suyas. Se sentía como una pequeña niña a la que su madre le enseñaba algo tan básico como cortar un tomate.

—Y ya está. ¿Lo ves? No era tan difícil. —aseguró Leona, sonriéndole—. Ahora puedes cortar un tomate para comer cuando yo no esté en casa, cariño.

La reacción de Diana fue inmediata. Leona sintió su oreja caliente y amplió su sonrisa tanto como pudo.

—¿Vas a dejarme sola en casa sólo con un tomate, corazón? —preguntó Diana, intentando seguir el juego de Leona.

Leona la miró un poco sorprendida. No esperaba esa respuesta.

—Voy a dejarte en casa satisfecha antes de irme todos los días a trabajar. —contestó Leona, sonriendo—. Lo prometo, amor.

La morena se abrazó a Diana, reposando su mejilla en el hombro de la joven pálida, que se tensó ante su tacto. De forma paulatina, Diana se relajó y volteó a mirar a Leona. Sonrió al momento en que sus ojos y los de la morena se encontraron.

—Y yo voy a volver con un postre delicioso para ti como agradecimiento, bebé. —dijo Diana, lamiendo un poco sus labios.

Leona iba acercarse a besarla, sin embargo, el rugido de su estómago la detuvo. Diana la miró, conteniendo una carcajada.

—¡Lo siento! Es… sólo… de verdad tengo mucha hambre, pero simplemente no puedo dejar de coquetear contigo. —murmuró Leona, alejándose de Diana—. Tendré esto en un momento. ¿Puedes ayudarme con la cebolla?

—Sí, por supuesto. —dijo la peliblanca, buscando con la mirada una cebolla—. ¿Qué hago con ella?

—Sólo córtala por la mitad y saca un par de rodajas —dijo Leona, limpiando un cuchillo—. Un par, no la piques toda.

—Por supuesto que no. No voy a picarla toda. —aseguró Diana, negando con su cabeza.

Tomó el cuchillo y picó una rodaja, frunciendo su ceño al verla muy gruesa. Parecía más sencillo cuando Leona la guiaba. Volvió a intentarlo, pero no consiguió cortarla por completo, sino que cortó medias lunas. Frunció el ceño, sorbiendo un poco por su nariz al sentir ganas de llorar de repente.

—¿Terminaste? Necesito qu- ¿Di? —preguntó Leona, viendo a Diana sollozando—. ¿Qué sucedió?

—Nada… sólo… no puedo picarla bien y… ¿no tienes otra cebolla? Ésta me hace llorar y no sé por qué. —murmuró Diana, sollozando un poco—. Estúpida, cebolla.

—Oh, por Áurea, Diana… eres una bebé. —dijo Leona, riendo al verla con pequeñas lagrimillas en sus ojos—. Está bien, las cebollas te hacen llorar si son muy fuertes.

—Pero es un estúpido vegetal. —se quejó Diana, descansando su cabeza en el hombro de Leona.

—Ya, está bien, Di. —murmuró Leona, besando la cabeza de Diana—. Algunas veces lloro cortando cebollas para tener una excusa para llorar sin que me juzguen.

—¿Qué? —preguntó Diana, mirando a Leona confundida.

—Pon la mesa. Yo terminaré esto, linda. —dijo Leona, sonriente—. Los platos están allí arriba, el servicio aquí y los vasos con los platos. Hay gaseosa en el refri.

Sin decir nada más, Diana hizo caso de lo que Leona le pidió.

Observó a la morena en silencio desde la mesa. Ella hacía todo bastante concentrada, lo que era razonable para Diana, pues podía cortarse un dedo si se desconcentraba en cualquier momento.

Leona dejó una hamburguesa sobre el plato de Diana, dejando otro en el que era su plato y sentándose en la mesa con una sonrisa triunfante.

—¡Buen provecho! —exclamó Leona, mordiendo su hamburguesa ante la mirada atónita de Diana—. ¡Oh, lo siento! Olvidé los aderezos.

Leona se levantó, alejándose de la mesa y sacando del refrigerador varios envases. Volvió a la mesa, colocando los envases entre ella y Diana.

—Ahora sí, puedes ponerle lo que quieras. —dijo la morena, tomando la mostaza para ponerle a su comida.

Diana intercalaba su mirada entre la hamburguesa y Leona. Pestañeó un par de veces.

La hamburguesa era de un tamaño bastante exagerado. Diana ladeó su cabeza a la derecha, intentando descifrar cómo se suponía que iba a comerse eso. Ni siquiera estaba segura de que cupiera en su boca, por mucho que la abriera.

Por su parte, Leona ya había comido casi la mitad de la suya.

Se sintió presionada. Si no comía, Leona pensaría que no le gustaba su comida; lo que no podía ser cierto, pues ni siquiera la había probado. Pero si comía… estaba segura de que subiría mucho de peso sólo por esa pieza de museo gastronómico.

—Esto tiene… ¿muchas calorías? —preguntó Diana, tragando con fuerza cuando Leona puso su atención en ella—. Porque… yo… ¿te dije que estoy en una estricta dieta?

—Mencionaste que tu madre te obliga a no comer grasas, sí. —dijo Leona, sonriendo con gentileza—. Pero lo único que te puede hacer engordar de esto es el huevo frito… el resto es tomate, lechuga, carne, queso, pepinillos, jamón, pan. Quizás la gaseosa también tenga muchas calorías.

—Ya… por supuesto. —murmuró Diana,girando el plato en su sitio—. ¿Estás segura?

—Confía en mí, Diana, no vas a subir ni un gramo con esto. —aseguró Leona, dándole otro mordisco a su hamburguesa—. Yo las como todo el tiempo.

—Uh… oh… bien. Sí. —dijo Diana, tomando la hamburguesa con un par de servilletas.

—Dioses, eso fue maravilloso. —dijo Leona, suspirando—. Estoy satisfecha.

Diana permaneció en la mesa, frente a Leona. Se había llenado con apenas un par de mordiscos, mientras la morena se había comido toda su hamburguesa más lo que le sobró a Diana. La joven pálida todavía estaba analizando cómo era que toda esa comida cabía en aquel estómago plano y cintura delgada.

—Ya me renové. ¿No te gustó? —indagó Leona, bebiendo gaseosa—. Casi no comiste.

—Encontré que tenía muy buen sabor, pero para mi desgracia, era demasiado para mí. No acostumbro a comer tanto. Lo lamento. —dijo Diana, bajando la mirada—. Como muestra de mi agradecimiento, yo lavaré los platos.

Dicho eso, Diana se levantó de su lugar, tomando los platos y vasos para dirigirse a la cocina, siendo seguida por Leona.

—Está bien, hubo más para mí, bombón. —dijo Leona, recargándose de la encimera de la cocina para acercarse a Diana—. ¿Quieres ver algo?

Al momento en que Leona preguntó eso y le dio una mirada coqueta a Diana, la peliblanca se sonrojó.

—L-La primera vez que me preguntaste eso, terminamos nuestra cita sentadas en la sala de espera de un hospital. —dijo Diana, frotando con rapidez la esponja sobre el plato.

—Y aun así, fue la mejor cita de mi vida. —aseguró Leona, sonriendo con picardía—. ¿A qué le temes, Diana?

—Al rechazo social y a la soledad eterna, ¿por qué? —indagó Diana, arqueando una ceja ante el aparente cambio de tema de Leona, que la miró sorprendida por su respuesta—. ¿A qué le temes tú?

—A la oscuridad y a equivocarme. —contestó Leona, suspirando—. Supongo que también le tengo miedo al amor.

—¿Por qué eso? —preguntó Diana, continuando con su trabajo—. Es extraño que digas eso cuando fuiste tú quien me pidió salir como pretendientes.

—¡Porque eres hermosa, Diana! —exclamó Leona, tomando las mejillas de Diana con ambas manos.

Besó repetidas veces a la peliblanca en la boca, haciendo que ella sonriera con nerviosismo. Dejó libre a Diana, permitiéndole continuar con el lavado.

—¿Qué tiene eso que ver? —indagó Diana—. Hay miles de chicas mucho más hermosas que yo.

—Presentamelas a todas y yo te seguiré diciendo que tú eres la más hermosa. —aseguró Leona, volviendo a recargarse de la encimera—. Y tiene que ver porque… bueno, cuando supe que también te atraen las mujeres, analicé mis opciones.

—Ah, ¿sí? —preguntó Diana, mirando a Leona de reojo.

—Yep. ¿No hiciste tú lo mismo? —preguntó Leona, arqueando una ceja.

—No. Asumí que eres demasiado para mí y que alguien como tú jamás se fijaría en alguien como yo. —explicó Diana, sin detenerse de lavar—. Entonces sólo me resigné a pensar que iba a mirarte desde lejos, desear hablarte y soñar con besarte hasta que desaparecieras de mi vida tan casualmente como apareciste.

Leona la miró, con su boca abierta, desconcertada por sus palabras. Carraspeó un poco, asintiendo con su cabeza.

—Es una fortuna que Zoe me gritó esa tarde. —dijo Leona, sonriendo un poco—. Yo ya había fallado en entregarte mi número tres veces. Mihira me prohibió terminantemente coquetearle a la clientela, así que no podía hacerlo en el local, y tú nunca estabas en los alrededores cuando salía de trabajar.

—Oh, sí estaba, Leona. —murmuró Diana, causando que Leona arqueara una ceja—. Te miraba esperar el autobús desde los arbustos de la plaza. K13 con dirección a la estación Las Gemas.

Leona la miró por varios segundos en silencio. De forma paulatina, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Lo sabía, había visto a Sarah antes. —dijo Leona, dándole una palmada a la encimera—. ¡Llegó coqueteándome una vez, antes de hablarnos! Lo recuerdo porque antes habías ido tú… sólo que pediste un agua con gas.

—Odio el agua con gas. —murmuró Diana, avergonzada—. Entré en pánico.

—Me di cuenta. —dijo Leona, sonriendo—. Luego entró ella y me dijo algo como "¿dónde puedo conseguir un pastelito casi tan caliente como tu?" Y la mandé a volar.

Diana soltó una carcajada, volteando a mirar a Leona.

—¿De verdad? ¿Eso dijo? —preguntó Diana, riendo cuando Leona le respondió con un asentimiento de cabeza—. ¿Y dónde puedo conseguir uno yo?

—¿Para qué quieres otro pastelito si estoy yo aquí? —indagó Leona, sonriendo con coquetería a la peliblanca—. No necesitas otro pastelito.

Leona le dio unos toques a la encimera, acercando su mano a Diana. Acarició el borde de sus jeans, dándole una mirada sugerente a la peliblanca.

Diana se tensó, carraspeando un poco.

—Así que… ¿cuáles eran tus opciones? —preguntó Diana, manteniendo sus ojos en los platos.

—Oh, pues… contemplé la idea de seducirte. —dijo Leona, subiendo un poco su mano por debajo de la camiseta de Diana—. Si decías que sí, saldría contigo en citas hasta ser novias, asistir a la graduación de la otra, luego mudarnos juntas, tener un perro, casarnos y vivir felices por siempre.

Leona logró divisar la tinta azul en la piel de Diana. Era una luna creciente tatuada en puntillismo detallado. Sonrió, levantando la mirada para poder ver a Diana, que continuaba lavando con un gesto nervioso en su rostro.

—Eso… se oye bien. —dijo Diana, colocando la loza en el secaplatos—. Creo… que… me agrada tu idea.

—Qué bueno, porque si tu respuesta era negativa, entonces tendría que recurrir a mi otra idea. —dijo Leona, subiendo un poco más la camiseta de Diana. Divisó un cuarto creciente—. ¿Quieres oírla?

—Supongo que sí. —dijo Diana, casi terminando su trabajo.

—Si resultaba que me rechazabas entonces yo… me habría cortado el cabello. —dijo Leona, mirando la giabosa creciente a la altura de las costillas de Diana.

—¿Para cerrar un ciclo? —indagó Diana, a modo de broma.

Leona soltó una risa, acariciando los tatuajes de Diana con la yema de sus dedos. Lamió un poco sus labios, deseosa de explorar toda la piel pálida de Diana en busca de más tatuajes.

—Mi tío tiene contactos. Podría… vestirme como hombre, cambiar mi nombre y volver a bautizarme como un Solari. —dijo Leona con cautela, alzando la mirada para fijarse en Diana que parecía confundida por sus palabras—. Entonces te secuestraría, te obligaría a bautizarte como Solari y… recurriría a la más ortodoxa ceremonia de unión marital bajo mi fe.

Leona notó que Diana se erizó. Diana dejó la última sartén en el reposaplatos y miró a Leona un poco desconcertada.

—¿Quieres dec-

—Sí, quiero decir que te reclamaría como mi esposa y estarías bajo mi protección. Lo que quiere decir que, bajo la ley del estado y mi fe, me pertenecerías… como un objeto. —aclaró Leona, sonriendo con una inocencia bastante aterradora para Diana—. Además, nuestras almas estarían conectadas y sólo se separarían cuando la luz del sol se extinga para siempre. Así que serías mía por la eternidad.

Diana contuvo su respiración, mirando a Leona con algo de temor. Tragó con fuerza, dejando escapar el aire en una risa nerviosa.

Leona se unió a su risa, y aunque su sonrisa era radiante a Diana le pareció algo distinta a las anteriores que había visto de la morena. Un escalofrío recorrió a Diana cuando Leona rodeó su cintura con su brazo. La pelirroja se posicionó detrás de la joven pálida, aprisionándola contra el lavaplatos.

—Eres… graciosa. —susurró Diana cuando ambas pararon de reír—. Haces bromas… peculiares.

—No era una broma. —dijo Leona, en un tono serio que perturbó a Diana. Recargando su mentón en el hombro derecho de la peliblanca, Leona suspiró—. Es un alivio que aceptaste salir conmigo, ahora podré seguir mi plan número uno.

—Sí… es un alivio. —murmuró Diana, sintiéndose tensa ante el tacto de Leona en su cintura—. ¿Hablas en serio?

—¿Acerca de qué? —preguntó Leona, aspirando el aroma del cabello de Diana y sonriendo.

—Acerca de pertenecerte como un objeto… ¿existe ese tipo de alianza entre los Solari? —indagó Diana, girándose en su lugar para mirar a Leona—. ¿Alguien podría reclamarte como su propiedad en cualquier momento?

—No, a mí no. —dijo Leona, haciendo un puchero—. ¿Quieres reclamarme?

—¿Q-Qué? ¿Yo? —preguntó Diana, sonrojada—. N-No… por supuesto que no.

—¿Por qué no? ¿No te gusto? —indagó la pelirroja, pronunciando su puchero—. ¿No cocino bien? ¿Es eso? ¿O no te gusta algo de mí? ¿Son mis celos?

—Es… sólo… me gustas como persona… no como objeto. —murmuró Diana, bajando la mirada—. ¿Por qué a ti no?

—Porque yo soy… hija de mi padre. —dijo Leona, acercándose más a Diana, haciendo que sus vientres se tocaran—. Como toda religión, existen una jerarquía dentro del templo. La persona con más poder debería ser el aspecto, por ser el elegido de Áurea. Como no lo hay, le sigue la suprema sacerdotiza del sol.

—¿Y dónde estás tú exactamente? —preguntó Diana, llevando sus manos anlos hombros de Leona, sonriendo un poco al sentir sus músculos firmes.

—Justo debajo de los sacerdotes. —respondió Leona, besando elncuello de Diana—. Mi padre es un comandante Ra'Horak, el rango más alto del ejército Solari. Si hubiera un aspecto, él sería su mano derecha. Como su hija, heredaría su puesto.

—Entonces, hipotéticamente hablando, si yo fuera una simple devota, ¿podrías reclamarme? —preguntó Diana, ladeando su cabeza para permitirle a Leona más acceso a la piel de su cuello.

—¿La verdad? Creo que es una de las prácticas más absurdas de mi fe. —murmuró Leona, dándole una pequeña mordida a Diana—. Sólo estaba inventándolo para ver tu reacción. Mi primer plan siempre fue el único, amor.

—Uh… pero… de alguna forma, me agradó que dijeras que nuestras almas estarían unidas hasta que la luz del sol se extinga. —murmuró Diana, separándose un poco de Leona para lograr mirarla a los ojos—. ¿No hay un rito sólo para eso?

Sonriendo de forma dulce ante sus palabras, Leona negó con lentitud con su cabeza.

—Podemos hacer una promesa de meñique, supongo. —susurró Leona, alzando su mano derecha con su dedo meñique arriba—. ¿Sirve para ti?

—Y-Ya… claro. —susurró Diana, entrelazando su meñique con el de Leona.

—Si lo nuestro funciona y tengo la suerte de estar a tu lado el resto de esta vida, prometo que te buscaré en la siguiente. —dijo Leona. Se inclinó un poco, recargando su frente de la de Diana para mirarla fijamente—. Y hasta que mi alma se extinga con la luz del sol, te buscaré y te encontraré en todas mis vidas para estar a tu lado, mi desdén de la luna.

—Mi radiante amanecer. —susurró Diana, sonriendo de forma genuina.

Cerrando la distancia entre ambas, Diana le dio un profundo beso a Leona. Sintió un escalofrío recorrerla por completo y no fue hasta que ambas se separaron que Diana se percató de lo que ambas habían dicho.

—Eso fue… —murmuró Diana, confundida.

—… extrañamente involuntario. —terminó de decir Leona, igual de confundida.

—Uh… pero… ¿y si no funciona? —preguntó Diana, sin dejar ir el meñique de Leona—. ¿Y si no estamos juntas el resto de esta vida?

—¡Entonces lo intentaré en la próxima y la próxima hasta que por fin pueda estar contigo, Diana! —exclamó Leona, luciendo entusiasmada por la idea—. Pero en esta vida voy a dar lo mejor de mí, Diana, lo prometo. —Acariciando con su frente la de Diana, Leona sonrió—. Haré que funcione.

La peliblanca se puso un poco de puntillas, dándole un ligero beso a Leona en los labios.

—Haré que funcione también. —dijo Diana en un susurro.

Syndra levantó su teléfono cuando su alarma sonó, colocando otra antes de ponerse boca arriba en la silla de playa. El teléfono había vibrado un par de veces, sin embargo lo había ignorado.

—Hey, traje más cervezas. —dijo Sarah, sentándose en otra de las sillas, a un lado de Syndra—. ¿Quieres una?

—No por ahora. —murmuró la rubia—. ¿Y Nami?

—Oh, ya sabes, ella ama el océano. —respondió Sarah, abriendo una cerveza—. Es una basura que acabó el verano para nosotras. Mañana a clases de nuevo.

—¿No habías congelado tu carrera? —indagó Syndra, arqueando una ceja.

—Sí, bueno… fue porque mamá enfermó y tenía que estar yendo y viniendo el semestre pasado. —dijo Sarah, dándole un trago a su bebida—. ¿Qué tal tu carrera? ¿Te va bien?

—Por supuesto que me va bien. —gruñó Syndra, abriendo sus ojos—. Y dime… esa amiga tuya, Irelia.

—¿Qué pasa con ella? —indagó Sarah, buscándola con la mirada—. ¿A dónde fue, por cierto?

—No me preguntes, no soy su niñera. —dijo Syndra con desdén—. ¿Por qué está aquí o qué? ¿No tiene a otra amiga? Es un poco molesta.

—Para ti cualquiera que no sean Diana y Nami es molesta. —bufó Sarah—. Ella es genial, te va a agradar. Tienes esa cosa de que te agradan las lesbianas que no están interesadas en ti en absoluto.

—¡¿Perdón?! —indagó Syndra, ofendida—. Ustedes, trío de lesbianas, mueren por meter sus dedos en mí. Apuesto a que esa idiota con lindo culo y habilidosas manos muere porque me siente en su cara.

Sarah miró a Syndra, confundida. Carraspeó un poco, alzando sus hombros con desinterés.

—Sí, bueno, quizás lo haría una vez y más nunca, porque eres tan irritante que de seguro la espantaste ahora. —dijo Sarah, haciendo que Syndra soltara una risa—. Es triste, porque siempre dices que todas queremos tener sexo contigo, pero nunca podrías decir que alguien muere de amor por ti.

Syndra giró sus ojos con molestia. Se aventuró a ir un poco más allá en su investigación extremadamente discreta acerca de Irelia.

—Apuesto a que puedo enamorar a tu amiga lesbiana. —aseguró Syndra, mirando a Sarah, que la miraba con un gesto de burla—. ¿Asustada, Fortune?

—Ni un poco. —dijo Sarah, riendo con malicia—. No hay nada que apostar, Syndra. Ella está enamorada de alguien desde que es una niña, o algo así me contó cuando llegó aquí.

Syndra trató de disimular su interés por lo que acababa de decir Sarah.

—¿Es así? —preguntó la rubia—. Vaya nerd.

—Sí, me contó que se reencontró con su amada aquí y están teniendo citas. —dijo Sarah, divisando a Nami en medio de la gente en el mar—. La conoció desde el jardín de niños y se enamoró de ella desde el primer día hasta ahora, imagínate.

—Yo dudo que esté muy enamorada. —aseguró Syndra, sonriendo con malicia.

—¿Por qué tan negativa? —preguntó Sarah, confundida—. El hecho de que no creas en el amor y todo sea un juego de dominio para ti, no quiere decir que para los demás también.

—Sólo digo que ella estaba mirando más abajo de mi tatuaje y eso no la hizo ver muy enamorada. —dijo Syndra, maliciosa.

—Sí, como digas. —murmuró Sarah—. Tendrá una cita con ella hoy, así que lo más probable es que se vaya temprano.

—Lo veremos. —dijo Syndra para sí misma, volviendo a cerrar sus ojos para continuar con su bronceado.

Cuando terminó de broncearse, Syndra tomó su teléfono. Le envió un texto a Irelia, incluso cuando la pelinegra estaba sentada bajo el parasol de Sarah, junto a la pelirroja.

Se levantó, mirando a Sarah.

—Iré a almorzar en algún lugar, ¿vienes, Fortune? —preguntó Syndra

—No, Nami y yo desayunamos tarde. —dijo la pelirroja, sin perder de vista a su novia.

—Como sea. ¿Joniana? —indagó Syndra, mirando ahora a Irelia, que arqueó una ceja a ella—. ¿Quieres comer? La casa Fae'lor invita.

Sarah estrechó sus ojos a Syndra bajo sus anteojos, viéndola mover su tarjeta de crédito en sus manos de forma ansiosa.

Irelia frunció un poco el ceño, confundida. Se suponía que le había dicho, en el breve momento que se encontraron solas, que ni siquiera le dirigiera la palabra frente a sus amigas. Ahora, de repente, Syndra estaba invitándola a comer.

Alzó un poco sus hombros, levantándose de su lugar.

—Bien. —contestó Irelia.

Siguió a Syndra por la playa, revisando un mensaje entrante de Sarah.

"Ella está tratando de ganar una apuesta. Piensa que te puede seducir."

Irelia sonrió, dándose la vuelta para mirar a Sarah en la lejanía. Negó con su cabeza a la pelirroja, que le regaló una sonrisa.

La pelinegra mordió su labio inferior, sin perder de vista el tatuaje de un dragón plasmado en la espalda de Syndra. Había perdido la cuenta de las veces que había besado ese tatuaje en apenas un par de semanas.

No se sorprendió cuando Syndra la llevó a uno de los tantos hoteles de la playa. Pagó la estadía completa y pidió comida vegana para la habitación antes de subir por el ascensor.

La rubia no tardó en tirarse sobre ella a besarla con pasión. Llevó sus manos a los pechos de Irelia, apretándolos un poco sobre su bikini.

Desde la noche anterior, cuando Irelia le dijo que expresara lo que sentía, la rubia parecía estar bastante más deseosa. La besaba con fervor y se relajaba más en sus manos. Incluso, Irelia diría que sus orgasmos luego de su charla habían sido más placenteros para ambas.

—Cuando era una niña, era tan distraída. Incluso ahora lo soy. —dijo Syndra, comiendo. Habían parado cuando llegó el servicio a la habitación—. Vivíamos en Navori antes de que papá nos trajera aquí con él, cuando consiguió su ascenso a embajador.

—¿Y qué relación tienes con la isla de Fae'lor? —preguntó Irelia, interesada—. ¿Es sólo coincidencia?

—No, esa isla le pertenecía a mis ancestros, no a mí. Aunque… mi bisabuela vive en el templo Fae'lor. La visitamos todos los años. Como sea. —dijo Syndra, girando sus ojos—. No tenía amigos, excepto esta niña con la que estudiaba, no recuerdo su nombre… uh… Xing algo… ¿o era Xu? Lo olvidé, era una niña.

Syndra volvió a llevar algo de comida a su boca, masticando con lentitud. No se percató de que Irelia cambió su expresión por una seria, expectante a lo siguiente que diría Syndra.

—Ella se acercó a mí desde el primer día en el puto jardín de niños y yo la odiaba. —gruñó Syndra, acercando su tenedor con comida a Irelia—. No recuerdo su nombre, pero estudiamos juntas hasta segundo de primaria junto con… Darha. —El tono que usó Syndra para escupir aquel nombre de sus labios le dejó claro a Irelia que odiaba a esa persona—. Ella se creía tan perfecta y espiritual, tan tradicional y joniana. Estúpida Darha, te apuesto que soy más sexy que ella hoy día. La buscaré.

Tomando su teléfono, Syndra buscó en Instagram el nombre de la joven con la que estudió. Gruñó al encontrar sus fotos haciendo yoga con estatuas jonianas o árboles de fondo.

—¡La odio! —exclamó Syndra, sintiendo ganas de partir su teléfono a la mitad—. ¡Mírala, es horrible!

Irelia tomó el celular, observando a la persona en la pantalla. Morena, alta, de rasgos finos y cabello corto. Sonrió, intercalando sus ojos entre Syndra y el teléfono.

—Creo que es atractiva. —dijo Irelia, causando que Syndra la mirara con enojo—. ¿Qué?

—¡Eres una imbécil, justo como ella! —se quejó Syndra, cruzando sus brazos—. Vuelve a Jonia y fóllatela a ella, porque yo no voy a volver a desnudarme en la misma habitación que tú.

—Primero que nada, ya estamos desnudas. Y segundo, ¿cómo puedes recordar el nombre completo de esta chica que odias, pero no el de tu única amiga en Jonia? —preguntó Irelia, riendo un poco al ver a Syndra enredarse en sus sábanas para ya no estar descubierta.

—¡Porque la odio y mi odio es eterno! —exclamó Syndra, ofendida—. Y… bueno, solía llamar a mi amiga por su apellido, porque su nombre era muy largo y era de esos que no puedes cortar porque perdería sentido. —Irelia arqueó una ceja a ella. Asintió con su cabeza sin saber qué responder a eso—. No creo que recuerde mi nombre tampoco… me llamaba loto, así que… como sea.

—¿Por qué viniste a Targón? —preguntó Irelia, mirando a Syndra con interés—. ¿Por qué no quedarte con tu bisabuela?

—¿Bromeas? Esa señora tiene ciento treinta años. No puede cuidarse a sí misma, menos a una niña de nueve años. —dijo Syndra, soltando una risa sarcástica—. Bueno… también está mi abuela con ella, pero ambas son ancianas, no tenía muchas opciones y aún era una niña. Debía estar con mamá.

Irelia guardó silencio, acercándose a Syndra en la cama. Acarició su cuello con una de sus manos, suspirando.

—¿Recuerdas cómo era ella? —indagó Irelia, mirando a la peliblanca—. Tu amiga, ¿cómo era?

—Molesta… me seguía a todos lados y me defendía del imbécil de Evard. —dijo Syndra, sonriente—. Mi estúpido hermano mayor que se cree la gran cosa, pero no ha terminado su carrera con veintinueve años.

—Oh, vaya. —murmuró Irelia.

—¿Qué hay de ti? —indagó Syndra, interesada en sacarle algo de información a Irelia acerca de lo que Sarah le había dicho—. ¿Tenías alguna amiga de niña? ¿Una que te gustaba, quizá?

—Sí, la tenía. —dijo Irelia, sonriendo de forma genuina—. Ella era la niña más bonita que había visto alguna vez y desde el primer momento en que la vi, supe que era amor. —explicó Irelia, abriendo su boca cuando Syndra volvió a acercarle el tenedor con comida—. Ella tenía el cabello más brillante y suave. En invierno, su nariz y mejillas siempre se sonrojaban de una forma muy tierna. Tocaba el piano para ella durante el receso, mientras ella miraba a los escarabajos azucareros subir por la pared.

Irelia abrió su boca, esperando que Syndra acercara el tenedor a su boca, sin embargo, la rubia no lo hizo.

Syndra la miró. Permaneció en silencio por unos segundos, estática. Por un momento, Irelia sonrió, esperando que dijera algo, no obstante, la rubia se alzó de hombros.

—Para mí no suena como la gran cosa. —dijo Syndra, llevando el tenedor a la boca de Irelia—. Y tú… ¿sigues viéndola? Es decir… allá en Jonia.

Soltando una pequeña risa, Irelia negó con su cabeza.

—Se mudó. No volví a verla. Pero nunca la olvidé. —dijo Irelia, suspirando—. Aunque… la encontré en Instagram, le escribí y… uh… eso.

—¿Es con ella con quien tenías una cita el día después de la fiesta? —preguntó Syndra, estrechando sus ojos.

—Eh… bueno… sí, técnicamente. —murmuró Irelia.

—¿Y dices que la amas? —preguntó Syndra, sonriendo con burla—. ¿La amas mientras estás entre mis piernas también?

—Por supuesto, estoy segura de que la amo. —respondió Irelia.

Syndra escupió un poco de jugo, soltando una carcajada que retumbó en las paredes de la habitación. Irelia se mantuvo en silencio, mirándola con interés.

Su risa fue disminuyendo al darse cuenta que Irelia no la seguía. Ella estaba sonriendo, sin embargo, por algún motivo, Syndra sintió que hablaba muy en serio.

—Eh… perdón, ¿qué? —indagó Syndra, confundida.

El teléfono de Irelia comenzó a sonar. Por un momento la joven lo buscó con la mirada, sin lograr encontrarlo.

La melodía de piano causó que Syndra permaneciera estática en su sitio. Abrió los ojos de forma lenta, hasta que se encontraron tan abiertos como podían estarlo.

En su cabeza una ola de recuerdos la golpearon de forma salvaje y se mantuvo congelada en su lugar hasta que Irelia detuvo la música, levantándose de la cama con su celular en mano.

—Mira la hora, que irme con ella ahora mismo. —dijo Irelia, soltando un suspiro—. Realmente pensé que sólo iríamos a comer, así que estoy algo retrasada para un-

—¿Para una cita con ella? —preguntó Syndra con sarcasmo, sosteniéndola de la muñeca—. ¿Cuál es tu apellido?

Viéndose descubierta, Irelia tragó con algo de fuerza.

—Debo irme ahora. —dijo Irelia, mirando a Syndra por un segundo—. Y ya es tarde, apenas podré retocarme un poco.

—¿Cuál es tu apellido, Irelia? —preguntó Syndra de nuevo, apretando su muñeca.

—Uh… es… Xan… Xan Irelia. —murmuró ella, sintiéndose apenada.

En el cerebro de Syndra todo fue más claro. Se había obligado a olvidarlo, sus padres la habían obligado a olvidarlo.

No se mudaron porque su padre haya conseguido un ascenso. Se mudaron por su culpa. Nunca volvieron a Navori por su culpa. Por culpa de Evard. Porque él y sus amigos las siguieron a escondidas en el recreo. Las vio besarse en el salón de música de la escuela.

Recordó cómo entre los cuatro niños apartaron a la pelinegra de ella con brusquedad, arrojándola al suelo para golpearla.

El escándalo que siguió fue devastador para su familia. Fue tanta la presión sobre su madre que terminó pidiéndole a su padre que se mudaran a Targón con él de forma definitiva. Lloró todas las noches por meses. Lloró hasta que sus lágrimas arrastraron el apellido de su amiga hasta lo profundo de su mente.

Entonces conoció a Diana y a Nami. Su amistad creció con los años, pero cuando Diana le confesó que era lesbiana sus padres se asustaron.

Intentaron alejarla de Diana también, pero no era una niña. Tenía dieciséis. Así que lo que se les hizo más fácil fue que su hermano le presentara a Zed. Fue más fácil para ellos obligarla a estar con Zed, incluso cuando él no tenía ningún interés en ella o sus sentimientos.

—Xan. —murmuró Syndra, dejando libre su muñeca. Acarició la mejilla de Irelia con delicadeza, recordando que la última vez que la vio tenía su labio partido y un moretón en su ojo—. Eres tú… es…

—Hey, pequeño loto. —susurró Irelia, sonriendo un poco—. Cumplí mi promesa… te encontré.

Goddess of Luminosity.