Hola, weonas, ¿qué tal? ¿Qué hacen? Vine a actualizar porque ya tenía escrito el pasado de Irelia y Syndra, y soy piadosa xdxd

Ya nada, seguiré trabajando. Recuerden que sus comentarios me dan ganitas de seguir con esta historia toda fome xd y sí, yo tmb me enamoré más del Syndrelia que del Leodia xdxd.


Ser una Xan era un privilegio. Al menos para alguien nacida en las tierras prístinas.

Irelia siempre tuvo la mejor educación y atención. Incluso cuando su madre faltaba en la familia, su abuela tomó el papel de madre desde que su padre pasaba todo el tiempo trabajando.

Su amor por la música comenzó con un xilófono que le regaló su padre a los dos años. Le siguió un pequeño teclado de juguete a los tres años y, finalmente, un piano de cola a los cuatro. Desde esa edad tuvo al mejor pianista de Jonia como maestro.

No tardó en ser reconocida como una prodigio.

Irelia supo reconocer su amor por la música debido a la sensación de felicidad que invadió su pecho apenas golpeó una de las láminas de metal y produjo algo que reconoció como música.

Así mismo, cuando entró al jardín de niños a los cuatro años, reconoció lo que sintió por Syndra como amor.

Apenas la miró, una sonrisa surcó sus labios. Su corazón se desenfrenó y sus manos sudaron.

Sin entender muy bien por qué, desde el primer día que se conocieron, Irelia se acercó a ella. Fue el único nombre que memorizó de todo el salón.

Syndra Fae'lor.

Tenía el nombre del personaje principal de una de las tantas antiguas leyendas jonianas que su abuela le contaba. La soberana oscura que dormía en un estanque.

Para Irelia, Syndra era la definición de una princesa. Delicada, ordenada, bien portada y; lo que a Irelia más le sorprendía; siempre con su delantal escolar limpio.

La niña le recordaba a las flores de loto del jardín de su abuela. Observarla le traía paz y alegría.

En los recesos, Syndra desaparecía de la vista de todos, pero no de la de Irelia. Ella la miraba con atención, siguiéndola hasta la parte trasera del jardín de la escuela. Se ocultaba tras un enorme árbol de cerezo a jugar con tres esferas oscuras que brillaban en la oscuridad en un tono lila.

Irelia intentó iniciar conversaciones con ella muchas veces, pero Syndra sólo respondía con monosílabos o cuando mucho una frase corta.

Sin embargo, con el pasar de los meses, la niña pareció aceptar su amistad cuando notó que Darha, otra de sus compañeras de clases, intentó acercarse a Irelia a la hora de las meriendas para charlar.

Desde entonces Syndra comenzó a relacionarse más con ella. Aceptaba prestarle sus crayones y permitirle jugar con sus pequeñas pelotas que brillaban en la oscuridad. A cambio, Irelia solía tocar su teclado de juguete para ella en los recreos, sentadas bajo el árbol de cerezo donde Syndra solía ocultarse.

Se convirtieron en mejores amigas e Irelia pensaba que eso era todo lo que necesitaba.

Por supuesto, algunas veces tenían pequeñas riñas.

Como cuando Irelia compartía pequeñas conversaciones con Darha durante la hora de la merienda, Syndra solía levantarse de la mesa e irse. Seguido de eso, ignoraba a Irelia por horas, hasta que Irelia se disculpaba llorando.

O cuando Darha fue electa como la representante de su clase para el festival del florecer espiritual y Syndra se enojó tanto que rompió los creyones de Irelia sin quererlo. Le regaló una nueva caja de 72 colores como compensación y se disculpó con un dibujo de ambas que decía "juntas por siempre".

Pero cuando su hermano mayor, Zelos, llevó a su novia a casa, el mundo de Irelia cambió. Ella tenía nueve años y los vio darse un beso en el sofá de la sala.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Irelia, mirando a la joven con su ceño fruncido.

Se subió al sofá, sentándose en medio de Zelos y la muchacha, abrazándose a su hermano en una clara muestra de celos.

—Nos demostramos nuestro amor en un acto que de seguro será incómodo para ti, Irelia. —dijo su hermano, sonriéndole con amabilidad—. Nos besamos.

—¿Cómo? ¿Así? —preguntó Irelia, confundida. Hizo un puchero y su hermano se inclinó para que ella pudiera besarlo en la mejilla—. Te demostré mi amor con un beso.

—No, Irelia, este tipo de beso es diferente. —dijo Zelos, mirando por un segundo a su novia—. Es en la boca, así le demuestras a la persona que amas lo que sientes por ella.

—Pero yo te amo, Zelos, eres mi hermano favorito. —susurró Irelia, mirando a los lados y esperando que nadie más la oyera—. ¿Mi beso no te lo demostró?

—Uh, sí… pero… es diferente. Piensa que yo no beso a nadie en la boca, sólo a Minah, porque es muy especial para mí. —explicó Zelos, sonriendo—. Ella es mi alma gemela.

Almas gemelas.

Irelia había escuchado ese término antes. Su O'ma le había hablado de eso. Decía que no importaba cuán lejos estuvieran o cuánto el destino intentara separarlas, el vínculo entre estas dos almas era tan fuerte que siempre hallaban la forma de encontrarse a pesar de las adversidades.

—¿Crees en las almas gemelas? —preguntó Irelia, parando de tocar su teclado de juguete.

Estaban bajo el árbol de cerezo, en el jardín trasero de la escuela. Syndra miraba una mariposa revolotear cerca de ellas, así que Irelia tuvo que chocar su hombro con el de la rubia para que ella le prestara atención.

—¿Qué? ¿Gemela? No tengo hermanas, sólo al tonto de Evard. —dijo Syndra, causando que Irelia riera—. ¿Qué es?

—Te pregunté si crees en las almas gemelas, loto. —dijo Irelia, mirando a su amiga con fijación.

—Uh, ya. No lo sé, mamá dice que eso es una tontería. —murmuró Syndra, mirando los pequeños pétalos de cereza caer lentamente del árbol.

—Mi O'ma dice que no importa cuan lejos se encuentren ni cuánto quieran separarlas, las almas gemelas siempre se encuentran. —dijo Irelia, sonriente—. Su vínculo es demasiado fuerte.

—Oh… ¿como cuando tú me encuentras cuando quiero estar sola? —preguntó Syndra, mirando de nuevo a Irelia. Su amiga asintió con la cabeza—. Pues si son reales, entonces quiero pensar que tú eres la mía.

—¡¿Qué?! —exclamó Irelia, sonrojándose al instante.

—O sea… es algo de afinidad, ¿no? A nosotras nos gustan las mismas cosas. —murmuró Syndra, buscando en el bolsillo de su delantal. Sonrió al encontrar dos chocolates—. Como el chocolate.

Syndra le entregó uno de sus chocolates a Irelia, regalándole una sonrisa.

—Y también nos disgusta Darha. —gruñó Syndra, rompiendo el envoltorio de su chocolate.

—Pero a mí n-

—¿Quieres ser mi alma gemela o no? —preguntó Syndra, cruzando sus brazos—. Porque puedo encontrar otra alma gemela, Xan.

—¡No, está bien! Yo quiero ser tu alma gemela. —dijo Irelia con rapidez—. A ambas nos desagrada Darha, sí.

—¡Entonces deja de darle de tu pudín cuando se sienta con nosotras en la merienda, Xan! —se quejó Syndra—. Si no quieres más pudín, puedes dármelo a mí. Yo amo el pudín, ¡lo sabes!

—¡Bien, lo siento! —dijo Irelia, sonriendo un poco al ver celosa a Syndra—. Mi pudín es tuyo, hoy, mañana y siempre.

Sonriendo, Irelia tomó una de las manos de Syndra. Permanecieron bajo el árbol con sus manos tomadas el resto del recreo, mientras Syndra se distraía con cualquier cosa que veía en el cielo e Irelia pensaba en la calidez de su pecho.

Entonces, con el verano acercándose, se le metió en la cabeza la idea de componer algo para Syndra. Una melodía para que la recordara en esos tres meses de vacaciones antes de volver a verla en el siguiente año académico.

La habían catalogado como prodigio. Con cinco años estudiando música y perfeccionando su conocimiento del piano, sentía que era el momento indicado para explorar algo nuevo.

Su maestro la ayudó un poco, y una semana antes de que se fueran de vacaciones veraniegas, Irelia llegó bastante contenta a clases. Esperó emocionada el primer receso y entonces aprovechó que la institución educativa le había le permitía utilizar el aula de música cuando lo deseara debido a que su O'ma llegó a un acuerdo con el rector.

—¡Ven conmigo! —exclamó Irelia, mostrándole unas hojas a Syndra—. Tengo una sorpresa para ti.

Syndra dejó de mirar por la ventana en dirección al jardín de la escuela, fijándose en su amiga. Pestañeó un par de veces, mirando confundida las hojas.

—¿Qué es? —preguntó Syndra, siguiendo a Irelia por los pasillos hasta llegar al salón de música—. Evard estaba buscándome, no quiero que me vea aquí.

—No nos encontrará aquí. —exclamó Irelia, ordenando sus hojas sobre el amplio piano de la escuela y preparándose para tocar—. ¡Compuse una canción para ti! La vas a amar.

Estirándose, la pequeña se preparó para comenzar a tocar y no se demoró mucho en iniciar. Syndra se recargó del piano, mirando a Irelia con fijación. Observó sus manos moverse en el piano con agilidad y sonrió de forma genuina al escuchar la melodía.

Mantuvo sus ojos fijos en el rostro concentrado de su compañera, que no paraba de mover sus manos por el piano. Syndra se sentía relajada al escucharla tocar. Le gustaba. Su momento favorito del día era cuando iban a la sala de música.

Cuando la niña puso fin a su melodía, Syndra no pudo evitar aplaudir.

—¡Eso fue maravilloso! —dijo Syndra, sonriente. Acarició la cabellera negra de Irelia—. Me ha encantado, Xan.

—No dejaba de pensar en ti mientras la componía, ¿de verdad te gustó? —preguntó Irelia, ganando un pequeño tono rosa en su rostro.

—La amé. —afirmó Syndra, bajando su mano por la barbilla de Irelia.

—¡Perfecto! —exclamó la niña, levantándose de su taburete—. Voy a grabarla en un mp3. Entonces te la traeré mañana y vas a tenerla para escucharla cuando me extrañes en el verano. Y yo la tocaré cuando te eche de menos también.

—¡Gracias, Xan! Eres muy talentosa. —halagó Syndra, jugando con sus dedos—. Y bonita.

—Ah… uh… pero no más que tú. —dijo Irelia, sonriendo con nerviosismo—. Tú eres tan bonita que me inspiraste para esta pieza de música, pequeño loto.

Riendo un poco, Syndra cubrió su rostro con sus manos. Irelia podía ver que sus orejas estaban rojas y sonrió, sabiendo que su halago había tenido un buen recibimiento por parte de su amiga.

Zelos le había dicho que la mejor forma de conquistar a una niña era halagándola. Por otro lado, Jun le dijo que era jalando su cabello.

La última vez que jaló el cabello de Syndra, la rubia se había ido corriendo al baño a llorar, preguntándole por qué se había enojado con ella.

Ésta vez, ella estaba feliz y sonriente. Zelos tenía razón.

Irelia tomó una de las manos de Syndra, apartándola de su rostro.

—Yo… uh… pienso que… eres muy bonita y… un pequeño loto como tú debe ser cuidado y tratado con delicadeza… así que quiero… componer música para ti. —dijo Irelia, sin soltar la mano de Syndra.

—Yo quiero oír la música que compongas, Xan. —dijo Syndra, sonriente—. Seguro será fantástica.

La rubia tomó la otra mano de Irelia, moviéndolas a los lados de forma infantil. Entonces la pelinegra se acercó a ella de forma rápida, dejando un pequeño beso en sus labios y sorprendiéndola.

Syndra llevó una de sus manos a su boca, ganando un tono rosa en sus mejillas. Sorprendida, la rubia se removió ansiosa en su lugar, sin soltar una de las manos de Irelia.

—¡Me besaste, Xan! —exclamó Syndra, viéndose afligida—. ¡Ahora tendremos que casarnos!

—¡¿Qué?! —preguntó Irelia, poniéndose tan nerviosa como Syndra—. ¡Pero no tenemos anillos, ni invitados!

—¡Pero mi mamá dijo que recibiré mi primer beso sólo cuando me case! —dijo Syndra, sollozando un poco—. ¿Qué hacemos? ¡No quiero que me regañen!

—¡No, no! Nadie va a regañarte, pequeño loto. —dijo Irelia, removiéndose inquieta en su sitio—. ¡Ya sé! Compré esto para merendar.

—¿Qué? —preguntó Syndra, sorbiendo con su nariz.

—¡Tarán! —exclamó Irelia, sacando de su mochila un caramelo en forma de joya—. Sé que tu favorito es el de sabor frambuesa azul.

Los ojos de Syndra parecieron brillar cuando Irelia se puso sobre una de sus rodillas, abriendo el envoltorio del caramelo para ponerlo frente a Syndra.

—Señorita Fae'lor, ¿te casarías conmigo? —preguntó Irelia, riendo un poco ante su petición.

—¡Por supuesto que sí, Xan! —exclamó Syndra, moviéndose ansiosa en su sitio.

La rubia soltó un gritillo de emoción cuando la pelinegra colocó el anillo con un caramelo en su dedo. Entonces lo llevó a su boca con prisa, saboreando el caramelo.

—¿No vas tú a preguntármelo? —preguntó Irelia, mirando a Syndra confundida.

—Somos almas gemelas, Xan. —dijo Syndra, lamiendo sus labios.

—¿Y eso qué tiene que ver? —indagó la pelinegra—. Yo te lo pedí, debes hacerlo también.

—Hmmm… ¿si te lo pregunto me vas a dar otro beso? —indagó Syndra, con sus ojos en el caramelo azul de su anillo.

—Eh… pues… sólo si tú quieres. —dijo Irelia, nerviosa.

—Bien. —dijo Syndra. Tomó el caramelo de Irelia y se puso sobre una de sus rodillas, abriendo el envoltorio—. ¿Te casas conmigo, Xan? Después de todo somos almas gemelas y me lo debes por haberme besado sin antes estar casadas.

—¿Estás chantajeándome? —preguntó Irelia, frunciendo un poco su ceño—. ¿En nuestra propia boda?

—No, sólo me aseguro de que digas que sí. —dijo Syndra, alzándose de hombros—. ¿Sí o sí?

—Ya… está bien, acepto. —dijo Irelia, permitiendo que Syndra le colocara el anillo—. Ahora somos esposas.

—Sí, lo somos. —secundó Syndra, sonriente.

Tomando las manos de Irelia en las suyas, Syndra las meció de un lado a otro. Sus mejillas tomaron un tono rosa cuando se acercó lo más que pudo a su amiga.

Irelia contuvo su respiración cuando la rubia besó sus labios, cerrando sus ojos. Sintió mariposas revoloteando en su estómago, no obstante, la sensación duró apenas dos segundos, pues la puerta del salón fue abierto con brusquedad.

—¡¿Qué carajo estás haciendo con mi hermana?! —la voz de Evard se escuchó en el lugar y tanto Syndra como Irelia saltaron en sus sitios.

—¿Qué quieres ahora, tonto? —preguntó Syndra con un tono molesto—. Te dije que no quiero hablarte.

—¡Aléjate ahora mismo de ella, Syndra! —exclamó Evard, siendo seguido por tres chicos más—. ¡¡Aléjate de ella!!

Por el tono de voz que usó para hablar, su mirada oscura y la forma amenazante en la que se acercaba a ellas, Syndra se petrificó. Nunca había visto así a Evard, estaba colérico.

Irelia sintió las manos temblorosas de Syndra y se colocó frente a ella, a modo de hacerla sentir segura. Sin soltar una de sus manos, tragó con fuerza, sintiendo miedo de la forma en que las miraba.

Había crecido con cuatro hermanos. Sabía defenderse, pues ellos siempre tenían juegos bruscos en los que de alguna forma terminaba involucrada.

Pero aquello no era un juego e Irelia lo supo cuando Evard la tomó del cabello, dándole un jalón para alejarla de Syndra.

—¡¿Qué estás haciendo, Evard?! —escuchó exclamar a Syndra.

Irelia recibió un primer golpe en su estómago por parte del rubio, que empujó a Syndra cuando intentó acercarse a él. Irelia cayó al suelo, soltando un quejido de dolor.

Escuchó la risa de los otros tres jóvenes. Trató de defenderse, pero eran cuatro adolescentes de trece años, dos la sostenían de sus muñecas, uno la golpeaba y el otro detenía a Syndra de hacer algo más que llorar y gritar.

—¡¡No vuelvas… a acercarte… a mi hermana… jamás!! —exclamó Evard de forma entrecortada con cada patada que le aventaba—. Y en cuanto a ti, Syndra… ¡nuestros padres van a enterarse de esto!

—¡Pero no hice nada malo! —chilló la rubia, retrocediendo asustada.

—¡Estabas besando a una maldita niña, Syndra! —exclamó Evard, levantando su mano contra su hermana.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó el rector Jakgri, entrando a la sala—. Evard Fae'lor, ¿qué está pasando?

—¡Esa sucia lesbiana estaba besando a mi hermana, eso paso! —gritó Evard, tomando a Syndra de la muñeca con brusquedad—. ¡Así que le di su merecido por asquerosa!

El hombre miró impresionado la escena y apartó al rubio de la niña.

—Has sobrepasado el límite esta vez, Evard. —dijo el hombre con severidad—. Todos a mi oficina de inmediato.

El escándalo no tardó en esparcirse.

Su padre y abuela tomaron acciones legales contra el hermano mayor de Syndra y sus tres amigos, debido a que ellos eran adolescentes y ella apenas un niña.

Irelia estuvo acostumbrada a estar en las noticias. Era una Xan y una niña prodigio. Pero ahora estaba en las noticias por un escándalo.

No se sentía igual.

Irelia permaneció una semana en un hospital y su O'ma estuvo siempre con ella. Debido al llanto constante de su nieta, la anciana se las arregló para que de alguna forma Syndra la visitara una tarde.

La rubia la observó con lágrimas en sus ojos. Irelia aún tenía su labio partido y un traumatismo en su ojo izquierdo. Syndra tomó su mano con delicadeza, sollozando sin control mientras la miraba en la camilla.

—L-Lo siento, Xan… —murmuró Syndra, sollozando—… lo siento mucho.

—Pero… no hiciste nada malo. —susurró Irelia, sonriendo un poco y sintiendo su labio arder—. Y esto… no es nada, mis hermanos juegan más rudo que esto, pequeño loto.

—Sigues siendo mi… alma gemela, ¿verdad? —preguntó Syndra de repente, sorbiendo un poco con su nariz.

—¡Por supuesto que sí! —aseguró Irelia, apretando un poco la mano de Syndra—. ¡Nos desagrada Darha y amamos el chocolate!

Sonriendo con pesar, Syndra asintió con su cabeza, sin poder controlar su llanto.

—Entonces… promete que vas a encontrarme. —susurró la rubia, moqueando—. ¡Promételo!

—¡Lo prometo! —exclamó Irelia, sintiendo una profunda tristeza de repente, sin entender el por qué—. Eso hacen las almas gemelas, Syndra. Se encuentran sin importar qué.

—Nos vamos. —entrando a la habitación, una mujer rubia tomó de la mano a Syndra, obligándola a alejarse de Irelia.

—¡No, espera, mamá! —exclamó Syndra, sin soltar la mano de Irelia—. ¡Xan, de verdad lo siento! Yo… ¡Irelia, lo siento mucho! Esto fue mi culpa.

—¡Ya basta, Syndra! —gritó su madre, jalándola con fuerza y causando que soltara a Irelia—. No volverás a verla jamás y más te vale jamás volver a buscar a mi hija.

Desconcertada, Irelia observó la puerta cerrarse con fuerza. Quiso seguirlas, pero su abuela se lo impidió. Sólo pudo ver desde la puerta cómo Syndra continuaba llorando mientras era casi arrastrada por su madre por el pasillo del hospital.

Semanas después, la corte apeló a su favor. Evard y sus amigos serían recluidos en un reformatorio por un año por cargos de violencia sin antecedentes. Sin embargo, un acuerdo entre los abogados de Evard y los de Irelia causó que él sólo estuviera unas semanas allí y saliera con una orden de alejamiento de Irelia.

Pero para Irelia nada de eso importaba.

Esperó con ansias, una llamada o mensaje de parte de Syndra, no obstante, sólo obtuvo silencio y rechazo.

La última vez que la vio fue en el hospital y luego de eso nada.

No la vio al siguiente inicio de período escolar.

La depresión se hizo bastante obvia para su familia cuando dejó de tocar el piano en conciertos. No tenía ganas de nada y todos los días le hacía la misma pregunta a su abuela.

—¿Acaso hice algo mal, O'ma? —preguntó la niña, acostada en su cama.

—Por supuesto que no, mi niña. —dijo la anciana—. Son ellos quienes están mal. Sólo lo amaste y eso está bien. Que ames a alguien de esa forma tan pura e inocente está bien.

—Yo… de verdad la quiero… mucho. —murmuró Irelia, bajando su cabeza—. Y ahora mi pecho duele, O'ma. Me duele mucho, de verdad. Sólo quiero que vuelva.

—No hay nada que puedas hacer ahora, Irelia. —respondió su abuela, sonriendo apenada—. Pero escúchame. Vive siempre orgullosa de quién eres. Ama con el mismo fervor con el que lo haces ahora. Nosotros somos tu familia y vamos a apoyarte, seremos felices si tú eres feliz. —La anciana acarició su cabello, regalándole una sonrisa reconfortante—. Y si no lo somos, entonces no vale la pena que vivas sufriendo y escondiéndote para darnos una falsa felicidad, cariño.

Dejando un beso en su frente, su abuela se alejó de ella, apagando las luces para que pudiera dormir.

Pero incluso con esas palabras de aliento, Irelia no conseguía descansar.

Lloraba noches enteras. Miraba a las estrellas, deseando con cada fugaz que pasaba que ella volviera.

Deseaba volver a ese día y no besarla.

Soñaba con volver a clases y verla en su lugar, callada y distraída como siempre.

Pero no ocurría. Esperó un año, dos, tres. Incluso en la secundaria, deseaba todas las noches volver a verla, sólo eso. Volver a verla un instante y decirle que no había sido su culpa.

Eventualmente, con ayuda de una reconocida psiquiatra targoniana que viajaba por Jonia, Irelia volvió a tocar el piano.

—¡Sólo imagínalo! —exclamó Soraka, sonriéndole—. Ella despertará un día escuchando tu pieza musical en la radio. Te recordará, te buscará y finalmente… podrá escuchar todas esas obras de arte auditivas de las que te estás privando ahora mismo, Irelia.

—Pero… no quiero tocar si no sé que ella me va a oír. —murmuró Irelia, cabizbaja. Tenía catorce años.

—¿Y cómo va a oírte si no tocas? —preguntó la mujer rubia—. ¿No le prometiste encontrarla?

—¡Sí, por supuesto! —exclamó Irelia—. Pero ¿qué puedo hacer?

—Música. —dijo con simpleza la mujer—. Haz todas las piezas musicales necesarias hasta que una de ellas la encuentre. Desata tu dolor y frustración con una melodía destructiva, o una sinfonía triste.

Y lo hizo.

Se enfocó en su arte. Por supuesto que nunca expuso la pieza que compuso para ella. Se dedicó a componer otras que expresaran su sentir.

Volvió a tocar en el Placidium de Navori. Inclusive en teatros de toda Runaterra. De nuevo los focos de las cámaras de Jonia y parte del mundo estaban sobre ella.

Pero no daba resultado. Ni siquiera con el avance de las redes sociales. Irelia no recibió un solo mensaje de Syndra jamás y tampoco la encontraba por ninguna. No recuperó su amistad perdida.

Pero sí se hizo amiga de Darha durante la secundaria.

—Creo que deberías superarla. —dijo Darha, entregándole una cerveza—. La última vez que escuché de ella estaba saliendo con un imbécil que le presentó su hermano.

—¡¿Qué?! —exclamó Irelia, consternada—. Eso no… es-

—Es cierto. —dijo Yasuo, mostrándole su teléfono a Irelia—. Es ella, ¿no? Syndra Fae'lor. Es algo así como una celebridad en Instagram. ¿Cómo no lo sabías?

Mirando el teléfono con sorpresa, Irelia sintió su corazón quebrarse a pedazos cuando la vio.

Era hermosa.

Obviamente ya no era una niña. Debía tener su edad, dieciocho. Estaba en una foto con un joven de cabello blanco que no parecía muy contento de estar a su lado.

Ese día se embriagó. O mejor dicho, Yasuo y Darha la ayudaron a embriagarse.

Despertó en la cama de una desconocida y se maldijo mentalmente. Culpó a Yasuo, por hacer tragos deliciosos. Luego a Darha, por presentarle a su amiga. Luego a Syndra, por olvidarla.

Finalmente se culpó a sí misma por pensar que por nueve años, una niña distraída como Syndra la recordaría a ella y a una estúpida promesa que le hizo en un hospital.

Era patética.

Los siguientes años se dedicó a su carrera de música en la universidad cultural de Jonia.

Como cualquier universidad, no faltaban las fiestas con alcohol y drogas.

Salió con un par de chicas, nada serio ni duradero. Sus relaciones duraban apenas cinco meses y luego las terminaba cuando se daba cuenta que la única persona en su cabeza era Syndra.

Veía su perfil de Instagram todos los días. Se preguntaba quienes eran Diana y Nami, ¿la había reemplazado con ellas dos? ¿Se acordaría de ella?

Y entonces, caída del cielo. Apareció Sarah con su madre en el templo de los Xan durante el festival de flor espiritual.

Para su sorpresa, Sarah era muy agradable. La reconoció como la novia de Nami, una de las amigas de Syndra.

Se la encontró de nuevo en la celebración del festival y aunque se acercó a ella con intenciones de saber de Syndra, encontró en Sarah alguien con quien conversar acerca de todo y nada a la vez.

Lo único que le dijo Sarah de Syndra era que estaba "locamente enamorada de Zed", pues de otra forma, Sarah no comprendía por qué seguía con él.

Y eso fue todo para Irelia, de nuevo.

Empezó a tener relaciones clandestinas. Paró de componer. Rechazó presentaciones millonarias por irse de fiesta. Los teatros dejaron de llamarla por su creciente mala reputación, hasta que eventualmente nadie más la llamó.

Darha intentaba ayudarla, pero ella no quería ser ayudada.

Sólo tenía un vacío en su interior que no era llenado con nada, absolutamente nada. Ni las palabras de su abuela o Zelos la ayudaban y poco a poco fue cayendo en una depresión de la que simplemente no quería salir.

Por un período de tres meses se sumergió en el alcohol, entonces su padre murió en un accidente y su vida cambió por completo.

Volvió a estar en el foco de las cámaras de Jonia. La llamaban "el prodigioso fracaso de la familia Xan".

El apodo le quedaba como anillo al dedo.

Su abuela ya no era tan fuerte como antes. Zelos ya tenía un hijo. Drew estaba muy ocupado con la empresa de la familia. Kai estudiaba en Freldjor. Jun había estado en las drogas por cuatro años.

Se vio en el reflejo de su hermano Jun. Vio a su abuela llorar en las noches por él y ahora por ella también.

Necesitaba ayuda. Un respiro. Por un mes o más necesitaba estar fuera de la boca de toda Jonia.

Necesitaba olvidarla, seguir adelante.

Para su desdicha, Soraka estaba de vuelta en su tierra natal, Targón. Pero la había ayudado una vez. Quizá podía ayudarla de nuevo.

Haciendo su maleta, Irelia encontró uno de los tantos dibujos que Syndra alguna vez le había regalado. "Juntas por siempre".

Cerró sus ojos, rompiéndolo en pedazos y lanzando los trozos a la basura.

Targón era grande, no tanto como Jonia, sin embargo, las posibilidades de cruzarse con ellas eran nulas. Estuvo viendo a Soraka por dos semanas cuando Sarah la invitó a una fiesta en la casa de la chica a la que se suponía que había ido a Targón a olvidar y enterrar de una vez.

—Ve. —dijo Soraka, anotando algo en su libreta.

—¿Qué? —indagó Irelia, confundida.

—Sí, ve. —repitió Soraka, sonriendo—. Si ella no te recuerda, entonces será más fácil para ti darte cuenta de que se acabó. Punto y final. Algunas veces necesitamos que el universo nos dé una bofetada para ponerle fin a nuestra fantasía. Así que ve.

Cuando la vio llegar al lado de Zed, Irelia contuvo su respiración. Cuando lo vio tratarla como si fuera cualquier persona y no como se trataría a una novia, sintió ganas de golpearlo. Pero su abuela no le había enseñado aquella danza ancestral para que iniciara peleas.

La vio llorando en el baño y su mundo se derrumbó.

—H-Hey, pequeño loto. —dijo Irelia, al verla en el baño—. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?

—¡Tú arruinaste mi maldita noche de sexo con mi novio! —gruñó Syndra empujándola para apartarla de su camino.

La vio salir del baño y una parte de ella quiso irse. Quiso dejarla allí y olvidarse de una vez por todas de Syndra. No valía la pena seguir buscando a una persona que no la recordaba y estaba claramente enamorada de su novio, aunque él fuera un idiota.

Sin poder evitarlo, la siguió. La vigiló desde la lejanía, observándola beber lo que sea que le ofrecían o veía por la casa. Irelia la imitó, bebiendo cuánto pudo, intentando tener una borrachera tan fuerte que olvidara hasta su pasado.

Syndra se dirigió al jardín trasero, tambaleándose. Se sentó en una banca dentro del gazebo de mármol que estaba alejado de la piscina.

Irelia pensó en irse, pues parecía que Syndra se había dormido. Pero entonces un joven se le acercó e intentó sobrepasarse con ella, sólo para recibir una bofetada por parte de Syndra cuando tocó su rodilla.

—¡¿Qué crees que estás haciendo, idiota?! —la escuchó quejarse y eso fue suficiente para que Irelia se acercara a donde estaban—. ¡No quiero nada contigo, ya lárgate!

—Per-

—Ella dijo que no, amigo. —dijo Irelia, en un tono amenazante.

—Tú no te metas donde no te llaman. —dijo él, volviendo a acercar su mano a la pierna de Syndra.

Irelia lo tomó del cuello de su chaqueta sin dudarlo. Lo obligó a ponerse de pie y lo empujó hasta que su espalda chocara contra una de las columnas del gazebo. Él la miró asustado.

—Piérdete, imbécil. —gruñó Irelia, dejándolo libre. Él no esperó otra palabra para marcharse corriendo—. Estás un poco saturada, pequeño loto.

Sentándose a un lado de Syndra en la banca de madera, Irelia la sintió recargar su cabeza en su hombro.

—Nami, ya cállate. No tengo cabeza para tus reproches. —se quejó Syndra, tomando una profunda respiración—. No eres Nami, no hueles como Nami… ¿dónde está Nami?

—Eh… creo que con Sarah. —respondió Irelia, riendo un poco—. Si quieres voy a busca-

—¿Nos conocemos? —preguntó Syndra, estrechando sus ojos a ella—. Creo que te he visto en algún lado… esos ojos… yo… ¿cómo te llamas?

—Irelia. —contestó la pelinegra, tragando con fuerza—. Y sí… nos conocemos. O… nos conocíamos, hace mucho.

—No conozco ninguna Ira… Iri… —Syndra soltó una risa, removiéndose en la banca—. Tu nombre es muy largo y aburrido. Ya lo olvidé.

—Sí… supongo que soy fácil de olvidar. —susurró Irelia, suspirando con pesar—. Escucha, Syndra, yo-

—No creo que seas fácil de olvidar. —dijo Syndra, acercando su rostro al de Irelia—. Te he visto antes… lo sé. Esos… lindos ojos con… pestañas largas. —murmuró la rubia, pasando su mano por su rostro—. Esa nariz pequeña. Tus malditas cejas perfectas… tu lindo culo. Eres... la idiota que estaba coqueteando... con Zed.

Las esperanzas de Irelia se rompieron cuando mencionó a Zed. Suspirando, la pelinegra asintió con su cabeza.

—Sí, esa soy yo. —dijo Irelia, desanimada—. Tengo que irme ahora, así q-

—¡No, no te irás! —gruñó Syndra, sosteniéndola del brazo y clavando sus uñas en su piel—. Tú arruinaste mi noche… y yo voy a arruinar la tuya.

—Créeme, ya me has arruinado la vida entera. —dijo Irelia, riendo un poco—. Bueno, yo me la arruiné al enamorarme de ti… es absurdo, ni siquiera me recuerdas y yo estoy aquí, muriendo por ti.

—Sí, deberías morirte por mi. —dijo Syndra, frunciendo el ceño—. Porque… mi novio piensa… que eres más sexy que yo. ¡Todas aquí son más atractivas que yo, joder!

—Hey, calma. —dijo Irelia, intentando tranquilizarla—. No creo ser más hermosa que tú. Pero sí creo que tu novio es un cretino.

—¡Sí, es un cretino! —exclamó Syndra. Intentó ponerse de pie, sin embargo, terminó con su torso sobre las piernas de Irelia—. ¡Voy a terminar con él… ahora mismo, por imbécil... de mierda!

—Deberías. —dijo Irelia, soltando una risa.

—¡Ni siquiera coge bien! —se quejó Syndra, haciendo reír más a Irelia—. Es un idiota que sólo quiere mi dinero… y mis contactos… ¡y quiero aventarlo por los cielos a él y a Evard!

—Oh, yo también. —aseguró Irelia, ayudándola a sentarse correctamente a su lado—. Porque tú eres hermosa y mereces que te traten como a una soberana.

—¡Sí, eso es cierto! —dijo Syndra, riendo—. Tenía a alguien que… me trataba como a su soberana… pero… no lo sé… no lo recuerdo. Tenía tus ojos… joder, qué ojos tan lindos.

—Gracias, también me gustan tus ojos. —dijo Irelia mirándola con coquetería—. ¿Sabes? Estudié un poco de yoga en Jonia… te hablan del equilibrio mental y… cómo el estar en paz con tu mente te ayuda a mejorar en el ámbito sexual.

Ella acababa de inventar eso. Darha se lo había dicho alguna vez y lo tomó como un coqueteo usual.

Su cerebro le gritaba que se fuera corriendo de allí, que se suponía que había ido a terminar de una vez con su fantasía. Pero al verla allí, Irelia nunca estuvo tan segura de lo mucho que la amaba y lo real que era su sentimiento hasta que la vio ese día.

—Suena como una porquería Joniana y el equilibrio absurdo que tanto nos hizo perder contra Noxus. —dijo Syndra, riendo con un dejo de malicia—. Pero vamos... enséñame algo de eso, así quizás me relajo un poco.

En ese momento, Irelia observó a Syndra. Sus ojos lilas tenían un brillo de deseo en ellos e Irelia quería pensar que ella la miraba con algo más que deseo, sin embargo, no halló otra cosa en su mirada.

El alcohol la hizo decidir que eso era suficiente para ella.

—Bien… primero cierra tus ojos. —murmuró Irelia, acercando su rostro al de Syndra. La rubia rió con coquetería, haciendo lo que le dijo—. Y luego… sólo… respiras profundamente. Tomas una larga respiración… la contien-

—¡Joder, cállate y bésame! —exclamó Syndra, pasando sus manos por su cuello y atrayéndola hacia sí misma.

Cuando la besó, Irelia sintió que su vida se iba en su boca. Los inocentes besos de su infancia no eran nada comparado con lo que sintió con aquel húmedo y profundo beso.

Syndra pasó su rodilla por encima de ella, intentando sentarse sobre ella en la banca, sin embargo, por su falta de equilibrio se resbaló.

Irelia apenas pudo sujetarla, evitando por poco que su cabeza golpeara el suelo.

—Me has salvado… dos veces… estoy agradecida. —dijo Syndra cuando Irelia la ayudó a sentarse sobre sus piernas—. Te dejaré mostrarme el equilibrio del que hablas en privado, como agradecimiento.

—Y-Yo no… no… —murmuró Irelia, recibiendo besos de Syndra por su cuello—… pensé que eras hetero.

—Bueno… por un trasero como el tuyo… sería bisexual si me lo pides. —dijo Syndra, riendo entre besos—. ¿No quieres darle vuelta a mi tortilla?

Irelia tragó con fuerza. Quería culpar al alcohol, pero parte de ella también deseaba eso.

Tomó a Syndra de su coleta alta, acercándola a sí misma con firmeza. La besó con fervor, intentando desechar con ese beso todo el dolor que alguna vez sintió por no poder ver a la chica que tenía sobre ella.

Acarició su cintura con su mano libre, descansándola en el trasero de Syndra, que reía por el cosquilleo que le causaban sus besos en su cuello.

—Ven aquí, juguetito. —murmuró Syndra cuando cayeron a la cama luego de que entraran a una habitación en el interior de su casa—. Enséñame el equilibrio.

—Oh, sí que lo haré. —susurró Irelia, abriendo su vestido.

Para Irelia fue como liberar todo lo que estuvo sintiendo por trece años. Cuando despertó con la llamada de su abuela la mañana siguiente, fue que entró en pánico.

Intentó actuar con naturalidad y para su sorpresa lo logró. Pero cuando se duchó, sus lágrimas se mezclaron con el agua que caía en su cabeza.

Ella no la recordaba. El destino la había traído de vuelta a ella, pero no tenía idea de quién era Irelia. Quiso salir cuando Syndra se marchara, pero estaba segura de que la habitación y el baño eran de Syndra.

—Supongo que es ahora cuando me pides que no se lo diga a nadie y que no vuelva a buscarte. —dijo Irelia, sintiendo aquellas palabras salir de su garganta como si de un alambre de púas se tratasen. Sonrió con pesar—. Está bie-

—¿Tienes número? —preguntó Syndra. Ella se levantó de la cama e Irelia no pudo evitar mirar su cuerpo desnudo—. ¿Eres de por aquí?

Era una señal de los espíritus.

—Soy… de Jonia, pero sí… estoy de vacaciones aquí hasta finales de verano, así que tengo número. —dijo Irelia, recorriendo con su mirada el cuerpo de Syndra—. ¿Por qué?

Syndra se detuvo frente a Irelia. La miró con interés y la pelinegra no pudo evitar sentir que estaba desnudándola con la mirada. La rubia posó sus manos en sus hombros, acariciándolos con deseo y permitiéndole a Irelia rodear su cintura con una de sus manos.

—¿Quieres jugar un juego, Irelia? —preguntó Syndra, ladeando su cabeza a la derecha. Irelia pudo ver las pequeñas marcas que ella misma había dejado sobre la piel pálida—. Sólo tiene una regla.

—¿Y cuál es esa regla? —preguntó Irelia, acercando su rostro al cuello de Syndra para dejar un pequeño beso en él.

—No te enamores… —susurró Syndra, cerrando sus ojos ante los besos de Irelia—… y será muy placentero para ambas.

Tragó con dificultad. Ni siquiera había empezado el juego y ya había perdido. Vaya campeona.

—¿Por qué no? Es más placentero cuando estás enamorado, ¿no lo sabías? —indagó Irelia, alejándose de Syndra para mirarla a los ojos. Paseó su otra mano por su vientre, acariciándolo con delicadeza—. ¿Le tienes miedo al amor?

Se aventuró a formular esa pregunta, deseando que Syndra le dijera que no. Para su fortuna, la rubia rió con sarcasmo, negando con su cabeza.

—Si te enamoras, juguetito… —susurró Syndra, acercándose a su oreja—… te destruiré.

Irelia rió, sin poder evitarlo. Su amor ya la había destruido. Pero por supuesto que Syndra no lo sabía.

—Woah, eso suena caliente. —susurró Irelia—. ¿Y si tú te enamoras?

Sabía que estaba jugando con fuego, pero necesitaba explorar sus opciones y posibilidades.

—Eso no pasará. —aseguró Syndra, tomando la barbilla de Irelia para obligarla a mirarla a los ojos. La pelinegra tuvo que morder el interior de su mejilla para no echarse a llorar—. Puedes estar tranquila.

—¿Por qué tan segura? —preguntó Irelia con apenas un hilo de voz, dejándose besar por Syndra y siguiendo el ritmo que ella le imponía en el beso—. Si te enamoras, lindura… me quedaré.

—¿Qué? —indagó Syndra, confundida.

Y sí. Se sentía un poco confiada. Claramente Syndra nunca había tenido un orgasmo, su novio era un cretino y lo más seguro era que nunca había tenido un romance de verdad.

Quizás, si se esforzaba, podía hacer que su pequeño loto volviera a ser ella misma.

Riendo, Irelia le dio un último beso a Syndra antes de separarse de ella.

—¿Tienes dónde anotar? —preguntó la pelinegra, buscando con la mirada por la habitación—. Debo irme ya, así que…

Syndra le arrebató su teléfono. Marcó su número en él y llamó, escuchando el suyo sonar bajo la cama. La rubia le entregó el teléfono a Irelia, antes de dirigirse a la cama para buscar el suyo.

—Llámame. —dijo Syndra, agachándose para tomar su teléfono y dejando a la vista de Irelia su sexo expuesto.

Irelia deseó quedarse y repetir su noche de pasión con Syndra, no obstante, su O'ma quería noticias de ella y eso era un tema más importante que se o con el amor de su vida.

Suspiró.

—Créeme, lo haré, lindura. —dijo Irelia, dispuesta a salir de la habitación.

—Mi nombre es Syndra. —fue lo último que le dijo la rubia antes de que saliera.

—Lo sé, lindura. —dijo la pelinegra, cerrando la puerta tras ella—. Irelia Xan… tus hermanos te alabarían si supieran que tuviste en cuatro a la señorita Fae'lor.

Y al menos Yasuo, Jun y Drew la felicitaron. Darha la regañó, diciendo que el sexo no era la forma de llegar a su amada.

Pero no podía evitarlo. La llamó el lunes. Se aventuró a reservar una habitación de un motel por ocho horas, esperando que Syndra pusiera de su parte.

Por supuesto que la rubia había llegado tensa. No obstante, se encargó de relajarla. Se tomó su tiempo, besando y tocando cuánto pudo de la piel pálida de Syndra, la vio agitada, retorciéndose bajo su tacto y sintió que era todo lo que necesitaba para seguir esperándola por trece años más.

Pero entonces fueron a comer y el miedo que siempre inundó la mente de Irelia se hizo real.

Conforme creció, Irelia también había entendido algo horrible. El motivo por el que Evard la había golpeado. El porqué la madre de Syndra le dijo que no se acercara jamás a su hija. Su familia rechazaba la homosexualidad. Y no sólo la rechazaba, la repudiaba.

Entendió que lo que habían hecho mal, fue ser ambas niñas. Si Syndra se hubiera besado con un niño quizás nada grave hubiera pasado, pero lo hizo con Irelia y eso, para su familia, era una abominación.

Ella estuvo allí cuando Evard se oscureció por completo. Estuvo allí cuando se volvió violento y desató su ira contra ella.

Por años, Irelia no sacó de su cabeza lo que su familia habría hecho con Syndra. Lo violentos que podrían ponerse con ella por el simple hecho de que le gustaban las chicas. ¿La habrían obligado a ocultar sus sentimientos?

—Y cómo… ¿cómo se ha tomado esto de que… ya sabes… eres gay? —le preguntó la rubia, removiéndose un poco en su sitio—. ¿Ella lo acepta?

Irelia soltó una risa nerviosa, arreglando su cabello con una de sus manos para apartarlo de su rostro. Quería darle vuelta a la mesa y hacer un destrozo por la forma tan retraída en que Syndra le preguntó aquello.

—Syndra… ¿es eso a lo que le temes tanto? —preguntó Irelia, recargando su codo de la mesa para sostener su mejilla con su mano, intentando aparentar normalidad—. ¿Le temes a que tus padres te rechacen en caso de que descubras que te gustan las mujeres?

La rubia abrió sus ojos con sorpresa, negando con su cabeza de forma rápida.

La respuesta fue obvia para Irelia.

—Y-Yo no… eso… es… —murmuró Syndra, encogiéndose en su sitio—… ¡no me gustan! Y no, definitivamente no le temo a nada. ¡Fue una simple pregunta tonta!

—Lindura. —dijo Irelia, acercando su mano para tomar la barbilla de Syndra, haciéndola sonrojarse un poco—. Incluso si tu familia no lo aceptara, no hay nada mejor que aventurarse a ser feliz aceptándote como eres y junto a quien ames, sea mujer u hombre. Tus padres serán felices por saber que tú lo eres. Y si no lo son, entonces no vale la pena que vivas toda tu vida sufriendo y escondiéndote para darles una falsa felicidad. Piensa en eso.

Syndra guardó silencio y, de hecho, Irelia no deseaba que dijera nada. Deseaba ella decirle lo que sentía y lo que tanto ocultaba.

Pero no podía.

Lo había meditado. Lo habló con Darha, con Soraka, con su O'ma y todas le decían lo mismo. Debía dejar el agua correr. Que ella sola descubriera que era su amiga de la infancia, que decidiera si quería salir del closet o probarse todo el armario, que dejara a Zed o siguiera con él.

No podía presionarla, ni asustarla diciéndole cosas que ella parecía no querer recordar.

Desde que se reencontró con Syndra, Irelia notó que era una joven bastante reprimida. Ella intentaba reprimir sus orgasmos, tanto que Irelia tardaba mucho tiempo en hacerla venir la primera vez, debido a que Syndra, prefería removerse y gruñir, arañarla y jalonear su cabello que relajarse y dejarse venir.

Si así era con algo tan placentero como un orgasmo, Irelia no quería imaginar lo que le costaría aceptar sus sentimientos por ella. Pero para su sorpresa fue más pronto de lo que pensó.

Se vieron tres veces más luego de esa. Siempre en el mismo motel, siempre ocho horas, siempre comían comida vegana en medio o después de sus sesiones de sexo.

Hablaban de cosas casuales. De la universidad, de sus amigas, de las estrellas, de su familia. A veces Irelia tomaba su mano y recordaba cuando se sentaban bajo el árbol de cerezos.

Syndra recargaba su cabeza en su hombro, mirando los cerezos caer o una fila de escarabajos azucareros subir por el árbol. Ella tocaba su teclado de juguete hasta que se cansaba y prefería apreciar el silencio y la tranquilidad al lado de Syndra, entrelazando los dedos de sus manos.

Y se sintió feliz.

Por primera vez luego de tanto tiempo, Irelia sonreía de forma genuina, mientras escuchaba a Syndra quejarse de su hermano o sus amigas.

Se sintió feliz por poder abrazarla cuando quedaba tan exhausta que se dormía en sus brazos. Por poder ver su rostro inexpresivo mientras dormía. Por poder aspirar su aroma y guardarlo en su memoria hasta su siguiente encuentro.

Pero lo que sintió cuando Syndra le dijo que no podía sacarla de su cabeza fue inexplicable. Toda su espera valió la pena cuando la escuchó decir que le gustaba o que tenía un crush en ella, incluso cuando se lo dijo de la forma más grosera del mundo.

Se sintió bailando su danza ancestral junto a las estrellas en el firmamento. Estaba segura de que así debía sentirse Darha cuando hablaba de que estaba en perfecto equilibrio. Todo estaba bien, pero mal al mismo tiempo. Y aún así estaba perfectamente equilibrado, como debía ser.

Fue la gloria.

Y lo que vino luego de eso fue mucho mejor. La conexión que hubo entre ambas esa noche en casa de la rubia era palpable para Irelia.

Ahora más que nunca estaba segura de que Syndra era su alma gemela, era a quien quería para el resto de su vida. Sólo debía esperar que la joven sintiera lo mismo que ella y aceptara el sentimiento.

Huyó de su casa en la madrugada, cuando las luces de autos estacionándose afuera la despertaron. Supuso que los padres y el hermano mayor de la rubia habían vuelto de sus vacaciones en Jonia y estaba muy segura de que lo que menos esperaban ver al llegar era a la lesbiana que prácticamente los obligó a mudarse fuera de Jonia, acostada con su hija, desnudas.

Le dejó un mensaje de voz, llamando un Uber para que la dejara en su hotel de hospedaje.

Entonces Sarah la invitó a la playa con su novia y amiga. Le preguntó a Syndra si podía aceptar y con todo el amor del mundo le respondió "haz lo que quieras". Supuso que era un sí.

—No te atrevas a siquiera hablarme frente a ellas. —le advirtió Syndra e Irelia pensó que había retrocedido todo lo que creía haber avanzado con ella.

Estaba exhausta. La noche anterior casi no había dormido. Se excusó con que tendría una cita y por eso se iría temprano, sin embargo, no contó con que Syndra la invitaría a almorzar.

Aceptó por educación y no se sorprendió que acabaran en una habitación de hotel.

Ella ya estaba satisfecha para cuando llegó el servicio a la habitación.

—Cuando era una niña, era tan distraída. Incluso ahora lo soy. —dijo Syndra, comiendo. Irelia sonrió. Lo sabía—. Vivíamos en Navori antes de que papá nos trajera aquí con él, cuando consiguió su ascenso a embajador.

Esa era una mentira. Fingió demencia.

—¿Y qué relación tienes con la isla de Fae'lor? —preguntó Irelia, fingiendo interés. Ya lo sabía—. ¿Es sólo coincidencia?

—No, esa isla le pertenecía a mis ancestros, no a mí. Aunque… mi bisabuela vive en el templo Fae'lor. La visitamos todos los años. Como sea. —dijo Syndra, girando sus ojos—. No tenía amigos, excepto esta niña con la que estudiaba, no recuerdo su nombre… uh… Xing algo… ¿o era Xu? Lo olvidé, era una niña.

Se sintió ofendida. De verdad la había olvidado. No dijo nada, sólo la miró expectante.

—Ella se acercó a mí desde el primer día en el puto jardín de niños y yo la odiaba. —gruñó Syndra. Eso dolió—. No recuerdo su nombre, pero estudiamos juntas hasta tercero de primaria junto con… Darha. —Le sorprendía que recordara a Darha—. Ella se creía tan perfecta y espiritual, tan tradicional y joniana. Estúpida Darha, te apuesto que soy más sexy que ella hoy día. La buscaré.

Tomando su teléfono, Syndra buscó en Instagram el nombre de su amiga.

—¡La odio! —exclamó Syndra—. ¡Mírala, es horrible!

Irelia tomó el celular, observando a la persona en la pantalla. De hecho, desde su adolescencia, Darha le pareció atractiva, pero su amor por Syndra siempre le impidió hacer algo al respecto de sus pensamientos.

—Creo que es atractiva. —dijo Irelia, causando que Syndra la mirara con enojo—. ¿Qué?

—¡Eres una imbécil, justo como ella! —se quejó Syndra, cruzando sus brazos—. Vuelve a Jonia y fóllatela a ella, porque yo no voy a volver a desnudarme en la misma habitación que tú.

—Primero que nada, ya estamos desnudas. Y segundo, ¿cómo puedes recordar el nombre completo de esta chica que odias, pero no el de tu única amiga en Jonia? —preguntó Irelia. Necesitaba respuestas, urgente.

—¡Porque la odio y mi odio es eterno! —exclamó Syndra. Eso tenía sentido para Irelia—. Y… bueno, solía llamar a mi amiga por su apellido, porque su nombre era muy largo y era de esos que no puedes cortar porque perdería sentido. —Irelia arqueó una ceja a ella. Asintió con su cabeza sin saber qué responder a eso—. No creo que recuerde mi nombre tampoco… me llamaba loto, así que… como sea.

Syndra Fae'lor. Lo recordaba desde que tenía cuatro años. No olvidó ni una letra de su nombre en toda su vida.

Pero cada cabeza era un mundo.

—¿Por qué viniste a Targón? —preguntó Irelia, mirando a Syndra con interés—. ¿Por qué no quedarte con tu bisabuela?

—¿Bromeas? Esa señora tiene ciento treinta años. No puede cuidarse a sí misma, menos a una niña de nueve años. —dijo Syndra, soltando una risa sarcástica. Está bien, tenía un punto—. Bueno… también está mi abuela con ella, pero ambas son ancianas, no tenía muchas opciones y aún era una niña. Debía estar con mamá.

Irelia guardó silencio, acercándose a Syndra en la cama. Acarició su cuello con una de sus manos, suspirando.

Deseaba decírselo.

—¿Recuerdas cómo era ella? —indagó Irelia, mirando a la peliblanca—. Tu amiga, ¿cómo era?

—Molesta… me seguía a todos lados y me defendía del imbécil de Evard. —dijo Syndra, sonriente. Al principio le dolió lo que dijo, pero luego se sintió enojada. Evard—. Mi estúpido hermano mayor que se cree la gran cosa, pero no ha terminado su carrera con veintiséis años.

—Oh, vaya. —murmuró Irelia.

Quería matarlo. O al menos devolverle la paliza de hace trece años.

—¿Qué hay de ti? —indagó Syndra e Irelia arqueó una ceja—. ¿Tenías alguna amiga de niña? ¿Una que te gustaba, quizá?

Sarah le había dicho que tenía una cita con su amor del pasado. Lo que ninguna de las dos sabía es que la cita era con Syndra.

Tragando con fuerza, Irelia descubrió que el motivo por el que Syndra había comenzado a hablar de su pasado era para sacarle información a ella del suyo.

—Sí, la tenía. —dijo Irelia, sonriendo de forma genuina—. Ella era la niña más bonita que había visto alguna vez y desde el primer momento en que la vi, supe que era amor. —explicó Irelia, suspirando—. Ella tenía el cabello más brillante y suave. En invierno, su nariz y mejillas siempre se sonrojaban de una forma muy tierna. Tocaba el piano para ella durante el receso, mientras ella miraba a los escarabajos azucareros subir por la pared.

Irelia abrió su boca, esperando que Syndra acercara el tenedor a su boca, sin embargo, la rubia no lo hizo.

Se preguntó si había recordado algo, pues su expresión fue de desconcierto por un breve instante. Syndra se paralizó por un momento, mirándola en completo silencio.

Hasta que se alzó de hombros.

—Para mí no suena como la gran cosa. —dijo Syndra, con claros celos—. Y tú… ¿sigues viéndola? Es decir… allá en Jonia.

Soltando una pequeña risa, Irelia negó con su cabeza. Estaba viéndola aquí, ahora.

—Se mudó. No volví a verla. Pero nunca la olvidé. Aunque… la encontré en Instagram, —dijo Irelia, pensando en qué decir a continuación, pues eso no era del todo falso—, le escribí y… uh… eso.

—¿Es con ella con quien tenías una cita el día después de la fiesta? —preguntó Syndra, estrechando sus ojos.

Estaba celosa. Era obvio. Irelia podía olvidar muchas cosas, pero no el rostro de Syndra celosa, como cuando le daba su pudín a Darha en los recesos de la escuela.

—Eh… bueno… sí, técnicamente. —murmuró Irelia.

—¿Y dices que la amas? —preguntó Syndra, sonriendo con burla—. ¿La amas mientras estás entre mis piernas también?

—Por supuesto, estoy segura de que la amo. —respondió Irelia sin titubear, esperando una reacción de Syndra.

Ella escupió un poco de jugo, soltando una carcajada que retumbó en las paredes de la habitación. Irelia se mantuvo en silencio, mirándola con interés.

Por supuesto. ¿Qué más podría esperar? Estaba diciéndole que amaba a otra chica mientras se metía en la misma cama que ella.

Era patética. Debería decirle que ella era el amor de su vida y ya.

—Eh… perdón, ¿qué? —indagó Syndra, confundida.

El teléfono de Irelia comenzó a sonar. Por un momento la joven lo buscó con la mirada, sin lograr encontrarlo.

Ignoró la reacción de Syndra al escuchar el tono de llamada de su teléfono, pues era aquella melodía que había compuesto para ella antaño.

Levantándose de la cama con su celular en mano, Irelia carraspeó.

—Mira la hora, tengo que irme con ella ahora mismo. —dijo Irelia, diciendo lo primero que se le ocurrió para poder huir—. Realmente pensé que sólo iríamos a comer, así que estoy algo retrasada para un-

—¿Para una cita con ella? —preguntó Syndra con sarcasmo, sosteniéndola de la muñeca. Estaba en problemas—. ¿Cuál es tu apellido?

Viéndose descubierta, Irelia tragó con algo de fuerza. Corrección, estaba en graves problemas.

—Debo irme ahora. —dijo Irelia, mirando a Syndra por un segundo—. Y ya es tarde, apenas podré retocarme un poco.

—¿Cuál es tu apellido, Irelia? —preguntó Syndra de nuevo, apretando su muñeca.

Ya estaba. Debía decirlo, no había vuelta atrás. Si la recordaba bien, sino, podía suicidarse en la playa.

—Uh… es… Xan… Xan Irelia. —murmuró ella, sintiéndose apenada.

Pasaron varios minutos en los que Syndra permaneció estupefacta en su sitio. Irelia comenzó a sudar, sin saber qué hacer o decir.

Deseaba huir, pues eso era lo que mejor sabía hacer cuando no sabía qué más hacer.

—Xan. —murmuró Syndra, dejando libre su muñeca. Acarició la mejilla de Irelia con delicadeza, recordando que la última vez que la vio tenía su labio partido y un moretón en su ojo—. Eres tú… es…

—Hey, pequeño loto. —susurró Irelia, sonriendo un poco—. Cumplí mi promesa… te encontré.

Esperó.

Esperó a que Syndra saliera de su trance. Observó con pena las lágrimas aglomerarse en sus ojos.

La vio alejarse y caminar desnuda en la habitación, dando vueltas cual fiera enjaulada.

Mascullaba cosas que Irelia no podía comprender y gruñía con frustración para sus adentros. Irelia no sabía decir si Syndra estaba enojada, triste o confundida. O las tres cosas.

Cuando por fin se dirigió a ella de nuevo, Irelia sonrió un poco, esperando unas palabras de su parte.

El ruido sordo de la bofetada que acababa de propinarle Syndra resonó en la habitación.

—¿Qué? ¡¿Por qué fue eso?! —exclamó Irelia, mirando confundida a Syndra mientras frotaba su mejilla izquierda—. ¡¿Qué está mal contigo?!

—¡Eso fue porque dijiste que Darha es atractiva! —exclamó Syndra, claramente enojada—. ¡No puedo creerlo! ¿Cómo te atreves a decirme eso, Irelia?

—¡Pero ell-

—¿Eres su amiga ahora? —indagó Syndra, interrumpiendo a Irelia—. ¡Por supuesto que lo eres! ¿Por qué más dirías que es atractiva?

—¡Yo n-

—Dame tu teléfono. —volvió a interrumpirla Syndra, extendiendo su mano a ella—. ¡Dámelo!

—¡No! ¿Para qué? —preguntó la pelinegra, ocultándolo en su espalda—. ¡Es mi privacidad!

—¡Lo sabía, eres amiga de Darha ahora! —gruñó Syndra, pasando sus manos por su cabello y volviendo a caminar por la habitación—. Me voy por un par de años y tú… ¡tú te haces mejor amiga de Darha! ¿En serio?

—¿Qu-

—De todos los jonianos arrogantes del mundo, ¡¿Darha?! ¿De verdad? —continuó quejándose Syndra, sin parar de caminar de un lado a otro—. Y luego vienes aquí, me seduces, me haces dudar de mi sexualidad, pones mi mundo de cabeza y… y… me haces sentir… estas… cosas. —Syndra sollozó, deteniendo su andar y cubriendo su rostro con sus manos—. Me haces recordar que… te amaba y que… mi vida era una basura sin ti… ¡pero luego dices que Darha es atractiva!

Irelia permaneció en silencio, sin saber qué decir o cómo reaccionar.

—Lo siento, estoy confundida. —murmuró Irelia.

—¡¿Sabes cuántas personas viven en Jonia?! —preguntó Syndra, exaltada—. ¡Millones, Irelia! ¿Y tú la eliges a ella como tu nueva mejor amiga? ¡Por favor! Al menos yo escogí a Diana. Ella era como tú, pero callada.

—¿Podemos hablar de nosotras por un momento? —preguntó Irelia, levantándose de la cama.

—¡Oh, no hay un nosotras, Irelia! —exclamó Syndra, apartando las manos de su rostro y dejándole ver a Irelia que estaba llorando—. ¡No hay un nosotras porque tú elegiste a Darha!

—¡Te he amado por trece malditos años! —dijo Irelia, exaltada. Syndra la miró sorprendida—. ¡¿Podemos, por favor, hablar de lo que siento en lugar de pelear por Darha?!

Syndra la miró, limpiando las lágrimas en una de sus mejillas con una de sus manos. Se mantuvo en silencio por varios segundos, respirando agitada.

—Sólo dime, por los espíritus, que no le dabas tus pudines en la merienda, Irelia. —pidió Syndra, volviendo a caminar en círculos.

—¡No, no lo hacía! —exclamó Irelia, frustrada.

—¡Oh, gracias, espíritus! —dijo Syndra, alzando sus manos al cielo—. ¡¡Dioses, gracias!! Odio a Darha… demonios, que la odio en serio.

—¡¡No lo hacía porque no iba a clases, por estar deprimida por ti!! —exclamó Irelia, dejando salir su ira en un grito que asustó a Syndra—. ¡¡Lloraba todas las malditas noches, deseando que volvieras!!

—¡¡Bueno, yo pasé por lo mismo!! —gritó Syndra, dando un paso en dirección a la pelinegra—. ¡¡Estaba aterrada, mi mamá me dijo que no querías volver a verme y que te daba asco por ser lesbiana!! —Llevando una de sus manos a su cara, Syndra limpió con brusquedad las lágrimas que bajaban por sus mejillas—. Lo que, cabe recalcar, ¡no soy!

—¡Oh, por supuesto que lo eres, maldita closetera! —exclamó Irelia, sintiéndose enojada. Soltó una risa, pasando una mano por sus cabellos—. No entiendo por qué pensé que me reconocerías y todo sería mágico. Está claro que no queda en ti ni una pizca de la Syndra que amé.

Desconcertada, Syndra apretó su mandíbula con rabia. Se aproximó a Irelia con furia y tuvo que forcejear con ella cuando intentó abofetearla de nuevo, pues esta vez la pelinegra la detuvo.

—¡¡Ella me llevó con un maldito psicólogo para "arreglarme"!! ¡¿Tú familia hizo eso?! —indagó Syndra, empujándola cuando no pudo golpearla.

Irelia se sorprendió, mordiendo su labio interior cuando escuchó eso.

—Yo… no, lo siento. —murmuró Irelia, bajando la mirada.

—¡¿Te juzgaron y recriminaron por meses?! ¡¿Te abofetearon cada vez que preguntabas por mí?! —continuó preguntando Syndra, limpiando con brusquedad las lágrimas que se acumulaban en sus ojos—. ¡¿Te sentiste tan sola incluso estando rodeada de gente que terminaste buscando refugio en brazos de un estúpido que no te valora?!

—¡¡Joder, no!! , ¡lo lamento, maldición! —exclamó Irelia, sosteniendo a Syndra de los hombros—. ¡No sabía q-

—¡Bueno, ese es el problema, Irelia! —acusó Syndra, apartando sus manos de su cuerpo—. ¡Asumiste que mi familia sería tan bondadosa como la tuya contigo, pero no fue así! Así que no te atrevas… ¡¡no te atrevas a juzgarme por quien soy ahora si no tienes idea por lo que pasé cuando me fui!!

Dicho eso, Syndra se dio la vuelta, buscando su ropa en el suelo. Irelia limpió sus lágrimas, sorbiendo un poco con su nariz. Observó a Syndra en silencio, escuchándola sollozar mientras se ponía su bikini.

La rubia se miró al espejo que estaba colgado en la habitación. Sonriendo un poco al ver su reflejo e intentando limpiar los rastros de lágrimas de su rostro. Tomó varias respiraciones, intentando calmarse. Pero Irelia pudo notar el ligero temblor en su cuerpo.

Apretó sus labios, deseando poder decir algo, pero no podía. Lo único que pensaba era en lo que había dicho y lo que había causado.

Era una imbécil. Había esperado por trece años verla, esperó unas semanas a que la recordara y ahora… lo había arruinado todo en apenas unos minutos.

Era la faraona de las imbéciles.

Syndra se acercó a la puerta de la habitación y sólo cuando la escuchó abrirse fue que Irelia reaccionó.

Si la dejaba ir, esta vez sería para siempre.

—¡Te amo! —exclamó Irelia, colocando su mano sobre la que tenía Syndra sobre el pomo de la puerta—. ¡Eres todo en lo que pensé por años! Toda mi vida, de hecho… desde que te conocí, yo… yo… te amo.

—Sí, bueno, suerte superándolo. —gruñó Syndra, intentando abrir la puerta de nueva cuenta, sólo para que Irelia la detuviera.

Se miraron. Podía ver en lo ojos de Syndra el dolor y enojo que le había causado. Pero no podía dejarla ir.

Por un breve momento, ambas permanecieron en silencio mirando a la otra.

Syndra apretó su mandíbula e intentó abrir de nuevo la puerta, sólo para fallar por tercera vez. Entonces intentó empujar a Irelia, pero ella no retrocedió.

—Quiero estar sola, Irelia… déjame ir. —gruñó Syndra, apretando su agarre en el pomo de la puerta.

—No voy a dejarte ir. —dijo Irelia con seguridad—. Me costó trece años encontrarte y no voy a dejarte ir ahora así como así.

—¡Ya basta, Irelia! —exclamó Syndra, golpeando la puerta con su mano libre—. ¡No tenemos nueve años y esto no es una telenovela romántica de bajo presupuesto!

—Sé que dije algo estúpido, pero podemos arreglarlo hablando. —dijo Irelia, con su voz quebrada—. Por favor… no te vayas.

—¡Quiero estar sola, entiende! —se quejó Syndra, intentando abrir por cuarta vez—. ¡Maldita sea, sólo déjame ir, estúpida joniana egocéntrica!

—¿A dónde irás? ¿Irás con él? —preguntó Irelia, con lágrimas en sus ojos—. ¿Vas a refugiarte en él?

—¡Sí, ¿y qué?! —exclamó Syndra dejando la puerta para alejarse de Irelia. Buscó con su mirada otra vía de escape, encontrándose con el balcón—. ¡Al menos él no me juzga por no seguir siendo una niña de nueve años que cree en almas gemelas y cuentos jonios tontos!

—¡No te juzgue! Yo… sólo… ¡me molesté, porque no era lo que esperaba! —gruñó Irelia, limpiando su rostro—. ¡Lo lamento!

—¡¿Y qué carajos esperabas?! —exclamó Syndra, asomándose por el balcón. Eran diez pisos, no había posibilidades de escapar por allí—. ¡¿Esperabas que me congelara por trece años y te esperara siendo "tu pequeño loto"?! Bueno, ¡sorpresa, Xan! —profirió Syndra, empujándola para evitar que la acorralara contra el balcón—. ¡Soy una perra desalmada!

—No lo eres… lo sé, y no tienes que irte y estar con él, porque sé que no lo amas y él no te merece. —dijo Irelia, deteniendo a Syndra de acercarse de nuevo a la puerta—. Sé que me amas.

—¡Ja! —exclamó Syndra, comenzando a reír—. Debes ser muy inocente o estar muy desesperada como para pensar eso, Irelia.

—Entonces dímelo. —susurró Irelia, con un hilo de voz—. Sé una perra desalmada y dime que no sientes nada por mí de una vez por todas. Dame el golpe de realidad que necesito para por fin matar esto que siento por ti… porque si no lo haces… mi amor por ti va a matarme.

Syndra la miró a los ojos. Tensó su mandíbula, apretando sus puños con fuerza y deseando poder decir aquello sin remordimiento alguno.

Pero no podía.

Estuvo esperando por meses a que ella volviera, pero su madre la manipuló. Creyó que Irelia la odiaba y se obligó a olvidarla, con la idea de que amarla fue lo que la alejó de Irelia.

Se soltó con brusquedad de su agarre, retrocediendo un paso lejos de ella.

—Yo no… —murmuró Syndra, con lágrimas aglomerándose en sus ojos—… no puedo creer que seas amiga de Darha. —La golpeó en el hombro con fuerza, haciendo que Irelia sonriera un poco—. ¡Mi odio por ella es eterno, lo sabes!

—Lo lamento… ella fue la única que quiso acercarse a mí luego de que toda la escuela supo lo nuestro. —murmuró Irelia, recibiendo otro golpe de Syndra—. Bueno, ella y Yasuo.

—¡Pues entonces podías ser sólo amiga de Yasuo! —se quejó Syndra, volviendo a golpearla por tercera vez—. ¡Maldición, ¿por qué no puedo odiarte?!

—Porque… somos almas gemelas. —dijo Irelia, acercándose lo más que pudo a Syndra—. Y te amo… y no voy a dejarte ir de nuevo.

—¡Bueno, más te vale! —gruñó Syndra, clavando sus uñas en los hombros de Irelia—. Porque si te alejas de mí entonces voy a tener que hacerle cosas muy feas a tu amiga Darha.

Sosteniendo la barbilla de Irelia con una de sus manos, Syndra la obligó a inclinarse un poco para besarla.

—¿En serio odias más a Darha que lo que me amas a mí? —preguntó Irelia entre besos, quitándole la parte de arriba de su bikini a Syndra.

—¿Lo dudas? —indagó Syndra, arqueando una ceja a ella.

La rubia aún no tenía muy claro lo que iba a hacer, sin embargo, la idea de que Irelia permanecería a su lado sea lo que sea que decidiera la reconfortaba de alguna forma.

Pero había algo que tenía muy claro. Su odio era eterno. Y el que sentía ahora por Evard era incluso mayor que el que sentía por Darha.

Salió del agua por fin, alcanzando a su novia bajo el parasol en el que estaba. Se sentó a su lado, buscando su toalla para secarse.

—¿Y Syndra? —indagó Nami, mirando a su alrededor confundida.

—Probablemente cogiendo con Irelia. —respondió Sarah, mirando a Nami con interés.

—Era de esperarse, estaban comiéndose con la mirada. La tensión sexual era palpable hasta en esas rocas de allá. —dijo Nami, señalando unas rocas—. ¿Quieres ir a nuestro nidito de amor también?

—Me ofende que preguntes, bombón. —contestó Sarah, sonriendo con coquetería.

Goddess of Luminosity.