Ay, tuve un pequeño problema a la hora de subir el capitulo anterior, por si no lo han leído o yo qué sé, pues este es el décimo porque el anterior lo subí mal y lo tuve que resubir y en fin, cosas que pasan xd
Man, me voy, mañana trabajo, no descansé un culo porque me hicieron trabajar ayer también y estoy llena de odio :C ya nada, espero que les guste y que comenten y que entiendan que Syndra no puede salir del closet así como así. Y sí, aquí existe K/DA y Sivir es novia de una celebridad siendo una repartidora de pizza. GOALS, SEÑORAS.
Se me cuidan, salu3.
—Uh… yo… estoy viendo a alguien. —murmuró Diana, mordiendo su labio inferior con nerviosismo—. Ella me gusta mucho… como… de verdad, nunca había sentido algo tan fuerte… ni siquiera por… uh… Alune.
Soraka anotó algo en su libreta y sonrió. Alzó la mirada, encontrándose con los ojos violáceos de Diana. Ella estaba nerviosa, pero se debía a que estaba hablando con alguien que consideraba importante o con cierta autoridad sobre ella.
—¡Eso es excelente, Diana! —felicitó Soraka, sonriendo—. ¿Cuál es su nombre?
—L-Leona. —dijo Diana, en un hilo de voz—. Yo… la estoy viendo hace casi un mes.
—Oh, vaya… ¿y por qué me lo dices hasta ahora? ¿Qué te llevó a ocultarlo? —indagó Soraka, volviendo a anotar en su libreta—. ¿Te dio pena?
—¡No! Yo… sólo… la verdad, no dejaba de sacarme de la cabeza que ella iba a… darse cuenta que no soy suficiente para ella y… se iba a marchar. —murmuró Diana, jugando con las mangas de su chaqueta—. Aún pienso que se irá… pero… por algún motivo, no lo pienso tanto como antes.
—¿Y eso por qué? —preguntó Soraka, interesada.
—Uh… bueno… ella es amable y honesta, me inspira confianza y… me hace… sentir relajada. —dijo Diana, mirando el reloj de pared—. Siempre que… le expreso lo que siento… ella… en lugar de burlarse o… quejarse, me calma y trata de… aclarar mis pensamientos.
—¿Y lo consigue? —preguntó Soraka, volviendo a anotar en su libreta. Diana sólo asintió con su cabeza—. ¿Le has dicho acerca de tu trastorno?
—¡Ni hablar! —exclamó Diana, asustada—. No creo… que sea relevante ahora.
—¿Por qué no? —indagó la rubia, arqueando una ceja—. Es parte de ti, Diana. Este trastorno te acompañará el resto de tu vida. Puede haber momentos en los que, gracias a las terapias y medicamentos, te sientas menos cohibida y ansiosa, sin embargo, puede haber otros en los que algo gatille una crisis de ansiedad o pánico en ti.
—L-Lo sé. —murmuró Diana, sin parar de jugar con las mangas de su chamarra—. Yo… sólo… quiero que piense que… soy normal.
—No me gusta la forma en que ves el trastorno. —dijo Soraka, anotando en su libreta—. Lo ves como algo malo, algo que va a alejar a las personas de ti si se los dices. Pero ¿acaso Nami o Syndra se alejaron de ti?
—N-No, pero… ellas son mis amigas hace más de diez años. —murmuró Diana, removiéndose con nervios en su silla—. Apenas conozco a Leona… y temo que, si se lo digo, ella va a irse y… yo volveré a estar sola, con depresión y loca.
—No estás loca. Créeme, reconozco a un loco cuando lo veo. —dijo Soraka, sin expresar nada con su rostro—. ¿Has contemplado la idea de decírselo alguna vez?
—¡Lo intenté! Intenté decírselo una vez, pero… no pude. Me congelé. —susurró Diana, comenzando a mover su pie bajo la mesa con insistencia—. Igual, no creo que sea el momento. No puedo… sólo… hablar con alguien y… decirle "hey, estoy trastornada" como si fuera el clima.
—Nunca dije que lo dijeras como si fuera el clima. De hecho, creo que mereces un momento o situación específica para hacerlo. —dijo Soraka, mirándola—. Pero creo que es importante que hables de ello con la persona que ves como una potencial pareja a futuro. Tu ansiedad, la tendencia a alejar a la gente de ti, tus periodos de depresión, tu miedo al rechazo… no va a entenderlo si no se lo dices.
—Sí, bueno, creo que puede esperar. —dijo Diana, frunciendo un poco el ceño.
—Esto es algo importante, Diana… no es el clima. —reafirmó Soraka, mirando a Diana a los ojos—. La confianza es la base de todas las relaciones, Diana. Piensa en ello. O vas a terminar perdiéndola si no se lo dices.
—¿Crees que no lo sé? ¡Ese es mi problema, Soraka! —exclamó Diana, levantándose del sofá—. ¡No puedo sólo confiar en la gente porque me da pánico!
—Cálmat-
—¡Estoy calmada! —vociferó Diana, golpeando con su puño la mesa y sorprendiendo a la mujer rubia—. Yo sólo… vengo de tener la mejor noche del mundo. Vimos una película y nos besamos y fue hermoso y me encanta, ¡y no quiero arruinarlo hablando de mi maldito trastorno, joder! ¿No han inventado una píldora para hacerme normal? Vamos, estamos en el siglo veintiuno.
Suspirando, Soraka negó un poco con su cabeza.
—Lamentablemente, no. Pero si tú te ayudaras a ti misma en intentar siquiera participar en la terapia grupal, o… exponerte de algún modo a uno de tus miedos… entonces, quizás, podríamos dar un paso en el tratamiento. —explicó Soraka, sonriendo con amabilidad—. Pienso que una parte de ti quiere quedarse en esa burbuja que creó, donde sólo tienes dos amigas, tu hermana y ya.
—¿Y por qué eso está mal? —preguntó Diana, estrechando sus ojos a Soraka—. ¡Me siento bien así!
—Diana, estudias derecho. —dijo Soraka, arqueando una ceja—. ¿Alguna vez has estado en un estrado? ¿Has tenido una discusión con alguien en medio de varias personas? Porque como abogada tendrías que exponer casos a varias personas en una corte, ¿o me equivoco?
Diana guardó silencio. Apretó su mandíbula con fuerza. Ella tenía razón.
—Puedo… hacer otras cosas… —murmuró Diana, tragando con dificultad.
—No, no es cierto. —dijo Soraka, anotando algo en su libreta—. Creo que, si no pones de tu parte, en realidad, no vamos a llegar a nada en estas sesiones.
—¡Pues que se jodan tus sesiones! —exclamó Diana, volviendo a golpear el escritorio—. Mamá encontrará otro psiquiatra y fin del asunto.
Soraka la miró salir de la oficina. Observó su reloj de pulsera, suspirando con agotamiento.
—Ella va a decirle. —dijo Soraka para sí misma, terminando de dibujar en su libreta a la pequeña Diana junto con varios corazones a su alrededor y una sombra desconocida para ella con una "L" en su pecho—. En algún momento lo hará.
Diana se subió a su auto, golpeando varias veces el volante con enojo. Salió del estacionamiento del centro médico en el que tenía su consultorio Soraka y se detuvo en el semáforo de la calle. Observó su retrovisor, notando que había un auto negro estacionado en esa calle. Arqueó una ceja, pensando que lo había visto allí apenas entró al consultorio. Bufó, poniendo en marcha su vehículo.
Existían millones de autos negros en Targón.
Cuando abrió sus ojos, Syndra se encontró con Irelia a su lado. Todo su cuerpo fue recorrido por un escalofrío que la hizo levantarse de un salto. No había sido un sueño. Ella era Xan, Irelia era su Xan. Y había dicho que Darha era atractiva.
Frunció un poco su ceño, golpeando con una almohada a Irelia, que despertó asustada, mirando a su alrededor alertada.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —indagó la pelinegra, confundida—. ¿Qué es?
—Dijiste que Darha es atractiva. —murmuró Syndra, entre dientes—. Maldita Darha, ¡está hasta en mis fantasías!
Irelia la miró confundida.
—¿Tuviste una fantasía sexual con Darha? —preguntó Irelia, sin entender lo que estaba pasando.
—¡Por supuesto que no, asco! —exclamó Syndra, sentándose sobre Irelia—. Tú eras mi fantasía… por años lo fuiste. Y ahora estás aquí y yo… maldita sea. —clavando sus uñas en los hombros de Irelia, Syndra unió sus labios a los de ella, que estaba confundida aún, pero la dejó hacer lo que quería sobre ella—. Maldición, quiero dejarlo todo sólo por ti… pero no puedo.
—¿Por qué no? —preguntó Irelia, besando su cuello y haciéndola suspirar—. Dejaría todo por ti. Te lo dije… si te enamoras, me quedaré. Ese era nuestro juego.
—Pero… si te enamorabas… iba a destruirte. —murmuró Syndra, suspirando.
—Oh, ya lo hiciste. —dijo Irelia entre risas—. Mi vida se fue a la mierda porque no dejaba de pensar en ti… pero, ¿sabes qué? Valió la maldita pena todo mi llanto.
—¿Por qué exactamente? —preguntó Syndra, conteniendo su respiración cuando Irelia besó su clavícula—. No he hecho nada.
—Me amas… eso es suficiente para mí. —dijo Irelia, sonriéndole.
—Sí, bueno, eso funciona en los libros para niños, Irelia. No para mí. —se quejó Syndra, alejándose de ella y mirándola con una ceja alzada—. Tengo un plan de vida, Irelia. Terminar la universidad, trabajar quizás unos cinco años, casarme, cambiar de trabajo, tener un mocoso, entonces dedicarme a críar- ¿a quién quiero engañar? No quiero mocosos.
—Que los espíritus te oigan. —dijo Irelia, riendo un poco—. ¿Qué planes tienes entonces? Porque… yo puedo ser parte de ellos, ¿o no?
Irelia tomó su mano, dándole un pequeño beso en el dorso. Syndra la miró, sorprendida. La pelinegra acarició con sus labios el dorso de su mano, susurrándole que la amaba repetidas veces hasta que el rostro de Syndra estaba tan rojo que tuvo que dejarse caer sobre la cama, avergonzada. Había soñado con que alguien la amara de ese modo. Pensó que fantaseaba con que Zed la amara, pero luego se dio cuenta de que deseaba que Zed fuera otra persona… deseaba que fuera Irelia, siempre fue lo que deseo en lo más profundo de su corazón.
Suspiró. Arqueó su espalda cuando Irelia se agachó para lamer su sexo, haciéndola gemir.
—Joder… no. —gruñó Syndra, deteniéndola—. Debo ir a casa… luego a la universidad. Maldita sea, odio mi vida.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó Irelia, besando ahora su vientre—. Así quizás vea a Sarah y a tus amigas.
—¿Qué? ¡No! —exclamó la rubia, sentándose de nuevo, exaltada—. No, no, no, no. No hay manera. De ninguna forma. No… no.
—Eh… ¿por qué no? —preguntó Irelia, sonriendo confundida.
—¡Porque soy heterosexual! —exclamó Syndra, mirando a Irelia con temor—. Es decir… yo… mierda, no quiero joder esto contigo, de verdad que no quiero… pero… Irelia, debes entenderme.
—Bien, para entenderte, debes explicarme. —dijo la pelinegra, mirándola—. ¿Por qué no puedo acompañarte?
—Porque si te ven conmigo… las personas van a hablar, en especial Sarah. —murmuró Syndra, encogiéndose en su sitio—. Y yo… mira, puedo vivir una vida de mentiras y manipulación, pero no puedo vivir siendo el hazme reír de esa estúpida lesbiana con complejos de última Pepsi del desierto.
—¿Y por qué piensas que lo serás? —preguntó Irelia, besando su mano de nuevo.
—¡Porque toda mi vida me obligué a ser heterosexual para complacer a mi madre y ahora de repente soy lesbiana por ti! —exclamó Syndra, sintiéndose una idiota por decir aquello—. Y me reí de ella y de Nami tantas veces, porque Nami fue… ella fue su primer amor y viceversa, pero antes de Nami, Sarah era un poco… muy… libertina, en cambio Nami era muy mojigata.
—Oooww, lo sé. —dijo Irelia, sonriendo con amabilidad—. Sarah me contó que apenas la vio, pensó que no necesitaba besar a nadie más jamás, y que esperaría por ella todo lo que tuviera que esperar.
—Sí, fue muy hermoso. —dijo Syndra, girando sus ojos—. ¡Y yo me reí de ellas! Porque… porque no creía en el amor y me había olvidado de ti, como sea, ¡soy horrible y amo reírme de la gente, pero no soporto que se rían de mí!
—Comprendo, está bien. —dijo Irelia.
—Así que… no estoy… lista para decirlo, ¿entiendes? —preguntó Syndra, temiendo una reacción negativa por parte de Irelia—. Sólo… creo que necesito… un poco de tiempo para decirle a mis amigas lo que siento por ti y… un poco… más tiempo para decírselo a mis padres.
—Correcto. —afirmó Irelia, asintiendo un poco con su cabeza—. Escucha… no quiero arruinarte la idea que tienes en la cabeza, pero… estoy noventa y nueve punto nueve porciento segura de que Nami y Sarah ya lo saben y no se han burlado.
—¡¿Qué?! —exclamó Syndra, consternada—. Oh no, no, no, no, no… la gente va a saber que soy gay si Sarah sabe que soy gay.
—No, Syndra… ¿por qué tienes una imagen tan mala de Sarah? —preguntó Irelia, confundida—. Ella es genial.
—¡Ella me quitó a Nami! —exclamó Syndra, golpeando la cama a su lado—. Arruinó mi trío de amistad perfecto, seduciendo a la más débil de nosotras… que pensé que era Diana, pero resultó ser Sirenoman.
Riendo un poco, Irelia negó con su cabeza.
—Bueno, no creo que ella vaya a decir nada, porque confío en ella y sé que no lo hará. —dijo Irelia, apartando unos mechones rubios del rostro de Syndra—. Y, la verdad, no sé cómo es el problema con tu madre del todo, pero supongo que fue una mierda. Si les hablas a tus amigas acerca de eso antes de gritarles que eres gay, quizás ellas no se burlen de ti… en lugar de eso, estoy segura de que te van a apoyar.
—Irelia, no puedo simplemente decirles que mi madre me maltrataba, hasta el punto de abofetearme, si tenía pensamientos pecaminosos con una niña de nueve años, siendo una niña de nueve años. —dijo Syndra, negando con su cabeza—. Diana me va a decir que la lleve a un juicio, que su padre me apoyará. Nami va a querer que me mude a vivir con ella.
—¿Y qué hay de malo en todo eso? —preguntó Irelia, arqueando una ceja a Syndra—. Sólo me has dicho cosas buenas, cosas que buenas amigas harían por ti en un momento de necesidad.
Syndra guardó silencio, mirando fijamente a Irelia por un breve instante. Sonrió un poco, sintiéndose calmada por la forma en que Irelia la miraba y acariciaba.
—Escucha, no estoy diciendo que corras a decírselos si no quieres hacerlo o si no te sientes lista. —volvió a decir Irelia, besando a Syndra—. Pero… piensa en ello. Toma una larga respiración, medítalo, ve tus opciones. Sea cual sea la decisión que tomes o te cueste el tiempo que te cueste… yo voy a esperarte, pequeño loto.
Y con eso, Irelia volvió a besarlo y fue todo lo que Syndra necesitó para sentirse aliviada el resto del día.
Al menos hasta que se encontró con Diana en la plaza frente a la cafetería de Mihira. Se suponía que esperaría junto a Diana a que Leona saliera porque no quería volver a casa aún. Había ignorado a Zed todo el día, de nuevo. No tenía cabeza para el imbécil con el que pensó que ya no tenía nada desde el sábado que lo mandó a volar.
Syndra carraspeó un poco, moviéndose en su lugar en la banca con insistencia. Ignoró su teléfono y trató de poner toda su atención en Diana. Quizás decirle a ella era un inicio. Diana no se burlaría, al contrario que Nami y Sarah. Además, Diana le dijo a ella antes que nadie que era lesbiana y ella la apoyó. Quizás podría ser igual desde su lado.
—Diana. —dijo Syndra, en un tono de voz suave. La peliblanca alzó la mirada. Parecía un poco enojada desde que la vio en la universidad—. ¿Cómo… te fue en tu… terapia hoy?
—Como la mierda. —se quejó Diana, frunciendo el ceño—. Soraka piensa que no me tomo en serio a Leona porque le oculto mi trastorno. ¡Dice que la confianza es la base de todas las relaciones y que yo estoy perdiendo la de Leona al no decirle!
Syndra frunció un poco el ceño.
—¿Qué? Eso es basura. —dijo Syndra, tragando con algo de fuerza—. Creo que puedes… decirle cuando… te sientas preparada, o cuando tú… sientas que es correcto.
—¡Lo sé! —exclamó Diana, mirando su teléfono con angustia—. Yo sólo… no quiero que piense que soy una loca.
—Pero tú no estás loca, Di. —dijo Syndra, mirándola con pesar—. Y bueno, Leona es… genial, creo. No he tenido la oportunidad de interactuar con ella, pero se ve como alguien amable y sensata. No creo que te juzgue.
—¿Tú crees? —indagó Diana, mirándola con interés.
—¡Sí! Quiero decir… Di, eres increíble. Si yo pude ver eso, ella también. —aseguró Syndra, colocando una mano sobre la de su amiga—. Y si no puede, que se joda. Es así de fácil.
Al instante, Diana gruñó, llevando sus manos a su cabeza.
—¡Ugh! ¿Por qué nadie entiende que no quiero que se joda? —exclamó Diana, volviendo a verse enojada—. ¡Quiero estar con esa chica, joder!
—Sí, pero… si existiera la mínima posibilidad de que ella piense que estás loca y no quisiera estar contigo, pues… —dijo Syndra, rodando sus ojos—… que se joda.
—¿Sabes qué? Eres la última persona que tiene derecho a decirme eso. —dijo Diana, causando que Syndra se sorprendiera—. Estás con el imbécil de Zed. Él no te valora, no te ama, ni siquiera te trata bien y tú sigues con él. Así que cierra la maldita boca, Syndra.
Estupefacta, Syndra sintió un nudo en su garganta. Quería decirle que se fuera al diablo, pero tenía razón. No tenía el valor para salir del closet con su mejor amiga, ni siquiera sabía si dejar o no a Zed y con respecto a Irelia… no estaba segura de que Irelia quisiera tener algo con ella si seguía con Zed. Pudo haber dicho que la esperaría por siempre, pero incluso Syndra sabía que los "por siempre" tenían un final.
Tomó una larga respiración, intentando visualizar en su mente las palabras que diría a continuación.
—Tienes razón. —dijo Syndra, en apenas un murmullo—. No tengo derecho a decirte eso. Mi noviazgo es un fiasco, mi vida es basura y lo peor de todo es que no necesito un trastorno que se obstaculice en mi felicidad, porque yo misma lo hago.
—¿Qu-
—Pero tú no eres una loca, Diana. —dijo Syndra, tomando una de las manos de su amiga—. Tú… me salvaste. Cuando te conocí pensé que eras una idiota egocéntrica como Darha.
—Oh, no… no soy como Darha, te lo juro. —susurró Diana, mirando desconcertada a Syndra.
—¡Sí, lo sé, y sabes que la odio! Y quizás… porque me rechazabas al principio, pensé que eras como ella. Pero no fue así. —dijo Syndra, sonriendo un poco—. Tú y Nami son lo mejor que me pasó desde que me mudé aquí. Ustedes dos han sanado una herida en mi, de tal forma, que incluso olvidé que existía. Cada día a su lado ha sido maravilloso… no homo.
—¡Por supuesto que no homo! —exclamó Diana, apretando la mano de Syndra con la suya—. Te amo como a mi hermana.
—Lo sé, por eso te obligué a teñirte de blanco cuando yo me tiñé el cabello de blanco. —aseguró Syndra, sonriéndole con malicia—. Así las personas creerían que eramos gemelas o algo.
—Yo era la nerd y tú eras el alma de la fiesta, sí. —dijo Diana, soltando un pequeña risa.
—Y también te amo como a una hermana, Diana. —dijo Syndra, acercándose más a ella en la banca—. Y sé que soy la persona menos indicada para decírtelo, pero si Leona no te acepta con todo lo que eres, incluida una inepta social que le teme a la soledad, pero su cerebro la empuja a aislarse, entonces… que se joda, no se merece a mi desdén de la luna.
—¿Y Zed merece a mi soberana oscura? —indagó Diana, apartando uno de sus cabellos rubios de su rostro con su mano libre—. ¿Acaso no mereces ser tratada como a una reina? ¿No mereces que alguien te ame tanto que, de solo pensar en ti, su corazón se descontrole?
Acariciando su mejilla con sutileza, Diana miró con pesar cómo Syndra sonreía con nostalgia. Ignoraba que en la mente de Syndra estaba Irelia, quien era la respuesta a las últimas dos preguntas de Diana.
Syndra suspiró, asintiendo un poco con su cabeza.
—Tengo algo que decirt-
—Bueno, ¿no es esta una escena lésbica de cuento de hadas? —la voz de Zed hizo que ambas voltearan a mirar al frente, por donde el novio de Syndra se acercaba a ella con su fiel seguidor, Kayn—. ¿Por qué carajo no respondes el teléfono?
—Claramente porque estoy muy ocupada ahora. —gruñó Syndra, alejándose de Diana al instante y poniéndose de pie—. ¿Qué quieres?
—Te he buscado por dos días. —dijo Zed, deteniéndose frente a Syndra—. Hasta que tu mamá me dijo que estabas aquí con una de tus amiguitas lesbianas y decidí venir a ver qué pasaba. ¿Por qué no respondes a mis llamadas?
—Estoy ocupada. —dijo Syndra, mirando a Zed a los ojos. Él se veía bastante enojado.
Soltando una risa sarcástica, Zed intercaló su mirada entre Syndra y Diana por un instante. Tomó a Syndra de la muñeca con fuerza, intentando jalarla para que caminaran en dirección a la casa de la rubia.
—¡Hey, ¿qué haces?! —indagó Syndra, intentando zafarse del agarre—. ¡Suéltame!
—Vendrás conmigo, quieras o no. —gruñó Zed, mirando a su alrededor.
No habían personas cerca. El sol estaba por ponerse y la única persona cerca era la amiga callada y nerviosa de su novia. Estaba seguro de que ni siquiera se movería de su sitio.
—¡Que me dejes ir, imbécil! —gruñó Syndra, removiéndose.
Ante todo pronóstico, Diana se levantó de su sitio, ignorando la llamada entrante de su teléfono. Pasó con rapidez por un lado de Kayn y, tomando el brazo de Zed con fuerza, lo hizo girar.
—¡Ella dijo que la sueltes, idiota! —exclamó Diana. Lanzó un puñetazo contra él, golpeándolo en la nariz. Pero entonces soltó un gemido, mirando su mano. Le dolían sus nudillos—. Mierda… se ve más fácil en las películas.
—¡Diana, ¿qué carajo?! —profirió Syndra, mirándola consternada.
Zed la dejó ir, manteniéndose inclinado en su sitio. Él cubría su rostro, quejándose del dolor. Kayn se mantuvo estupefacto, mirando a Zed.
Entonces él escupió algo de sangre, irguiéndose en su sitio y mirando a Diana con furia.
La peliblanca agitaba su mano sin control, gimiendo del dolor, pues parte de su puño chocó con la boca y dientes de Zed. No pudo reaccionar cuando el joven la empujó. Se tambaleó en su sitio, cayendo en el césped. Lo último que vio fue el cielo azul pintando con tonos bermellón. Entonces tuvo que cerrar sus ojos con fuerza cuando recibió un golpe en su rostro.
—¡Zed, ¿qué mierda estás haciendo?! —exclamó Syndra, sintiendo pánico.
Revivió en su mente la escena de Irelia siendo golpeada por Evard y se congeló. Las lágrimas se acoplaron en sus ojos, viendo cómo Diana intentaba cubrirse de un segundo golpe, fallando en su intento.
Intentó detener a Zed, sin embargo, Kayn la sujetó, riendo un poco al ver cómo el mayor de ambos me daba una paliza a Diana, que gimió con otro golpe.
Para sorpresa de Syndra, la peliblanca detuvo uno de los golpes de Zed, aventando un puñetazo en su dirección y arreglándoselas para apartarlo de encima suyo.
Cuando Diana se levantó, tambaleante, sólo se le ocurrió una cosa por hacer. Apenas Zed se se puso de pie e intentó abalanzarse sobre ella, lo pateó en la ingle. Él exclamó de dolor, cayando sobre sus rodillas.
—¡Tú… maldita… perra! —gruñó Zed entre dientes.
Sangrando por su nariz y labio, algo desorientada y tambaleante, Diana miró a Syndra, que estaba casi en shock siendo sostenida por Kayn.
Señaló al pelinegro, apretando un poco su mandíbula.
—Déjala ir… o te irá peor… que a él. —articuló Diana, con su garganta adolorida.
—Sí… él literalmente va a patear tu trasero ahora. —dijo Kayn con altanería.
—¿Qu-
Diana apenas pudo decir aquello cuando recibió un golpe en su abdomen. Se inclinó y estaba por recibir un puñetazo en su rostro, pero para su sorpresa, alguien detuvo a Zed.
Inmovilizando al desconocido, Leona evitó que volviera a golpear a Diana. Había detenido el golpe de Zed y seguido lo había inmovilizado, manteniendolo inclinado, con su brazo hacia atrás y su cabeza casi a la altura de sus rodillas.
—¿Te gusta golpear mujeres, niño bonito? —preguntó Leona, empujando con ambas manos su cabeza hacia abajo y haciéndolo quejarse. Leona miró a Kayn y sonrió con algo de malicia—. Eres su amigo, ¿verdad? Él va a necesitar ayuda para caminar.
—¿Q-Qué? —preguntó Kayn, confundido.
Leona mantuvo sus ojos fijos en Kayn por un instante. Entonces miró la pierna derecha de Zed y con su mano derecha, golpeó con fuerza una zona entre su ingle y rodilla. El grito del joven y luego el ruido sordo que produjo al caer al suelo causaron que Kayn dejara libre a Syndra, corriendo en dirección a Zed.
—Oh, vamos, niño bonito. —dijo Leona, sonriéndole de forma gentil a Zed cuando Kayn lo ayudó a levantarse—. Una compresa fría y un relajante muscular serán suficiente para el dolor.
—¡Esto no se va a quedar así, Syndra! —exclamó Zed, ignorando por completo a Leona—. Tu amiguita, tú y yo volveremos a vernos.
Viéndolos marcharse, Leona agitó su mano a él a modo de despedida cuando Zed giró su cabeza para mirarla con rencor.
—Heteros… siempre son tan frágiles. —dijo Leona, suspirando—. ¿Estás bien, Di-
Apartando la mano de Leona cuando ella intentó acercarla, Diana gruñó, dándose la vuelta para marcharse en dirección a su coche. Leona la miró consternada, al igual que Syndra.
—¿Está bien? —preguntó Leona a Syndra, mirando a Diana, confundida.
—No… no lo creo, yo… —murmuró Syndra, pestañeando varias veces—… joder, ¡gracias! Yo… no sabía qué hacer, ni siquiera sé pelear… ¡ni siquiera sabía que Diana sabía pelear!
—Oh, ella no sabe. —aseguró Leona, sin saber si seguir a Diana o dejarla ir—. No las había ubicado hasta que te escuché gritar y… vi a Diana correr a golpearlo. Entonces dije "carajo, no pensé que esta chica podría guatarme más, pero lo consiguió". Pero entonces él la golpeó y… bueno, ¿quién era?, a todo esto.
—Mi novio… ex novio, como sea. —gruñó Syndra, mirando su muñeca con enojo. Su piel estaba roja.
—Uh… no creo que deje marca, ponte algo de hielo igual. —aconsejó Leona, al notar que Syndra tenía su muleca enrojecida—. ¿Sabes? No reconocí a Diana por un momento.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Syndra, mirando a Leona con interés—. Ella… uh… no es… violenta, si eso es lo que pensaste.
—No exactamente. —se apresuró a decir Leona, sonriendo concgentileza a Syndra—. Pero… no lo sé, se ve tan tierna todo el tiempo, no pensé que era el tipo de chicas que inicia una pelea por defender a alguien.
—Pues debiste verla cuando teníamos quince, dejé caer su telescopio nuevo y se quebró. —dijo Syndra, riendo un poco—. Ella me arrancó un par de cabellos.
Riendo un poco, Leona miró a Diana entrar a su auto, permaneciendo dentro de él. No arrancó.
—¿No deberías ir a… hablarle? —preguntó Leona, volviendo a ver a Syndra.
La peliblanca revisó su teléfono. Tenía que hablar con su madre.
—Te daré un consejo, por habernos sacado de este aprieto y porque de forma inexplicable siento que eres lo mejor que le ha pasado en su vida amorosa. —dijo Syndra, mirando a Leona—. Diana es… como la luna. Sé que ya te lo dijo, ella es pequeña, callada, brilla a su modo. Pero también tiene un lado oscuro, uno que sólo a pocos nos ha permitido ver.
—Créeme cuando te digo que muero por ser una de esas pocas personas que lo han visto. —dijo Leona, suspirando.
—Sí, apuesto a que lo serás. Pero esta Diana, que expresa lo que siente sin importarle por un momento las consecuencias de sus actos, es más… como un cometa. —dijo Syndra, comenzando a caminar en dirección a su auto, que estaba estacionado frente al de Diana—. La vemos una vez cada mil años. Así que si en este momento de espontaneidad eres insistente y sabes qué decir y cómo decirlo, entonces estoy segura de que ella va a dejarte ver una parte de su lado oscuro, ¿entiendes?
Leona la miro con sus ojos brillantes y por un momento Syndra comprendió por qué Diana decía que ella era como el sol. Ni siquiera Irelia brillaba de ese modo al verla.
—¿O sea que puedo… hablarle? —preguntó Leona, emocionada—. ¿No está enojada conmigo?
—No, está enojada porque perdió. Ella odia perder. —dijo Syndra, suspirando—. Amo a Diana, pero por favor, nunca juegues "Uno" con ella. Le dará la vuelta a la mesa si le lanzas un "más cuatro" antes de ganar y luego no te hablará en una semana.
—¡Lo entiendo! —exclamó Leona, ansiosa por hablar con Diana.
—Oh, y una última cosa. —dijo Syndra, deteniéndose frente a su coche—. Si alguna vez Diana viene a mí llorando y diciendo que le dijiste que es una loca o algo por el estilo… te van a faltar Dioses para rezarles por tu vida luego de la putiza que te voy a dar yo, ¿entendido, Leo?
Syndra la miró de forma amenazante y Leona contuvo su respiración. Sintió un aura oscura alrededor de la rubia y sólo pudo asentir con su cabeza, sonriendo con amabilidad a la amiga de Diana.
—¡Bien! La verdad tengo algo muy importante que hablar con mi madre ahora. —dijo Syndra, abriendo la puerta del piloto de su coche—. Por favor, no desperdicies este momento. Estarás a dos o tres pasos de comértela si lo haces bien.
Syndra miró a Diana a través del parabrisas de su coche. Sonrió. Se señaló a sí misma, luego hizo un corazón con sus manos y finalmente señaló a Diana. La peliblanca golpeó su cabeza contra el volante, ocultando el pequeño sonrojo en sus mejillas.
—Te deseo la mejor de las suertes, Leo. —dijo Syndra, entrando a su auto.
Leona la vio marcharse, perdiéndose de su vista al cruzar en una de las calles del sector. Entonces miró el auto de Diana y tragó con algo de fuerza.
Intentó abrir la puerta del copiloto, sin embargo, estaba cerrada. Suspiró. Por un momento observó el cielo oscuro. Miró a su alrededor, pensando en qué hacer. Casi no habían personas en la plaza, sólo autos pasando por la calle, un auto negro estacionado cerca de ellas, otro rojo más abajo cerca de su lugar de trabajo. Recargándose del coche de Diana, Leona utilizó su teléfono para llamar a Diana, sólo para encontrarse con que la melodía de un teléfono se escuchó por la plaza. Miró por el lugar, pero no pudo divisar nada, pues podía estar entre el césped.
Leona colocó su teléfono contra la ventana, captando la atención de Diana. La peliblanca no tardó en salir de su auto, mirando por el lugar con desesperación.
—Hey, tú. —dijo Leona, sonriente—. ¿Quieres buscar tu teléfono conmigo?
Suspirando, Diana puso el seguro en su auto, caminando en la dirección en la que había estado antes. No dijo nada, sólo miró a Leona cuando dejó de escuchar su tono de llamadas.
—¿Qué? —indagó Leona, fingiendo inocencia.
Diana gruñó, buscando con la mirada su teléfono por el césped, pero debido a la oscuridad de la noche que ya había llegado, no podía encontrarlo. Las luces de la plaza no ayudaban mucho tampoco y el forro oscuro de su teléfono menos.
Necesitaba que la llamaran.
Su respiración se agitó, comenzando a enojarse más por haber perdido su teléfono y su dignidad en una pelea en la que se había metido sola y la había tenido que sacar Leona porque era tan inútil que no podía defender a su amiga sola.
De nuevo, el universo le recordaba con señales cósmicas que la morena era demasiado.
Golpeó el césped con enojo, sorprendiendo a Leona. Ignorando el dolor, Diana volvió a golpear el pasto, repitiendo la acción hasta que su puño se ensangrentó. No gimió ni se quejó del dolor, sólo continuó golpeando el suelo hasta que finalmente soltó un gruñido de rabia y se dejó caer boca arriba en el suelo.
Miró el cielo. Había luna llena.
Quería llevar a Leona al mirador esa noche. Tenía su telescopio en la maletera del auto y planeaba llevarla al mirador para que observaran la luna y quizas una que otra constelación.
Pero el imbécil de Zed tenía que aparecer y actuar como un mal nacido con su amiga.
Lo odiaba. Desde el primer momento en que Syndra se lo presentó lo odió.
La cabellera naranja entró en su campo de visión y Diana se dignó a por fin mirar a Leona. Seguro pensaba que estaba loca.
Leona se sentó a su lado, mirando las manos de Diana con interés. Tomó una entre las suyas, queriendo ver qué tan grave era el daño en sus nudillos, sin embargo, Diana apartó su mano con brusquedad.
—Voy a llevarte a tu casa. —dijo Diana entre dientes, sentándose en su sitio, dispuesta a levantarse.
—Pero estás herida, vayamos a tu casa par-
—Si mis padres me ven así, van a denunciarlo. —dijo Diana, sintiendo su rostro doler—. Así que sólo iré a dejarte en tu casa y… veré si puedo quedarme en casa de Nami o alg-
—¡Quédate conmigo! —exclamó Leona, causando que Diana la mirara confundida—. Yo… uh… el sofá es sofá cama, así que… puedes quedarte en mi habitación si quieres… el edificio tiene estacionamiento, así que… puedes… dejar allí tu coche.
—No, gracias. —negó Diana, mirando su mano temblar debido al dolor—. No creo que sea correct-
—Pero no estaré tranquila si no curo tus heridas. —dijo Leona, interrumpiéndola—. Puedes tener una fractura, ¿te duele cerrar la mano o mover los dedos?
—No me duele nada, Leona, estoy bien. —gruñó Diana, girando sus ojos—. No soy una idiota que no puede defenderse y tu n- ¡carajo, ay!
Leona había presionado sus nudillos, causando que Diana se removiera, adolorida.
—Te duelen, puedes tener un hueso de algún dedo fracturado. —dijo la morena, mirando la sangre de Diana en sus dedos—. Vayamos al hospital.
—¡No iremos al hospital! —exclamó Diana, comenzando a enojarse de nuevo—. ¡Voy a dejarte en tu casa y luego veré qué demonios hacer con el maldito problema en el que me metí y del que tú no tienes que sacarme porque no somos nada!
Diana mantuvo sus ojos en los de Leona, que la miraba sorprendida por su reacción tan agresiva. Entonces Diana quiso golpearse a sí misma con la fuerza que había utilizado para descargar su rabia con el césped. Su teléfono volvió a sonar por el lugar y entonces giró su cabeza para buscarlo en todas las direcciones.
Estaba a un lado de un árbol cercano. Sobre sus rodillas, Diana gateó hasta sostenerlo con sus manos y entonces contestó sin dudar.
—¿Diana? ¿Dónde estás? —era su papá.
—¿Papá? Eh, estoy con Nami… ¿puedo quedarme aquí hoy? —preguntó la peliblanca, limpiando algo de sangre que volvía a resbalar de su nariz.
—Oooh, ¿estás con Nami? —preguntó el hombre de forma sarcástica. Entonces Diana ganó algo de color en sus mejillas, por lo que alzó su cabeza para evitar que su sangre se derramara. Nami cenaba con ellos los lunes—. Eso es gracioso, porque Nami está aquí con Sarah, cenando con nosotros. ¿Quieres saludarlas?
—No… uh, no pongas el altav… —Diana no terminó de hablar.
—Hola, Di… lo siento. —murmuró Nami con algo de vergüenza.
—Está bien, hola, Nami. —respondió Diana, dejándose caer hacia atrás, apenada.
—¿Estás bien? ¿Por qué no llegaste a cenar? —preguntó la pelinegra con interés.
—Sí, estoy bien. Sólo… estoy con alguien ahora, así que… —murmuró Diana, mirando de reojo a Leona, que la miraba expectante.
—¡¿Qué pasa, calabaza?! —exclamaron Zoe y Sarah al mismo tiempo—. ¡¿Estás haciendo bebés con Leona?!
Diana golpeó su rostro con su mano, deseando que la luna fuera atraída por la tierra y aterrizara justo sobre ella.
—¿Quién es Leona? —preguntó su padre, con un tono serio.
—¡Es su novia! La chica que regala alfajores y brilla como el sol. —dijo Zoe, causando que Diana negara con su cabeza varias veces—. Oh, no… espera, no son novias… es su pretendiente, algo así.
—¿Estás con esa chica con la que tuviste una cita hace semanas? —preguntó su padre, interesado—. ¿Sigues saliendo con ella? ¿Y no nos lo dijiste?
—Sí, estoy con ella… sí, seguimos saliendo, creo. —contestó Diana, volviendo a mirar a Leona, que sonrió un poco—. No te lo dije porque… no sé… que tan serio sea… y no sé si es correcto hablar de esto ahora, así que… ¿puedes llamarme luego?
—No, no puedo llamarte luego, ¿vas a tener sexo con ella? ¿O por qué diablos estás con ella a las ocho de la noche? —preguntó el hombre, quitando el altavoz.
—N- ¡¿qué?! ¡No! —exclamó Diana, comenzando a ponerse nerviosa—. Yo no… no, definitivamente no…
—Hey, no estoy juzgándote, sólo digo que, si vas a tener sexo, incluso si no es con un chico, tú debes cuidarte. —dijo el hombre, acercándose a su esposa en la cocina—. Diana está con su novia, creo que van a tener sexo.
—¡No voy a cuidarme, porque no voy a tener sexo, carajo! —exclamó Diana, haciendo que Leona la mirara sorprendida—. ¡¿Puedes llamarme luego, papá?!
—¿Vas a tener qué con quién? —la voz frívola de su madre causó que Diana se sentara rápidamente en su sitio—. Ven a casa ahora mismo, Diana Koray o te juro por los Dioses que iré a buscarte.
—¡Mamá, no! —exclamó Diana. De repente su nerviosismo comenzó a volverse frustración y tuvo que tomar varias respiraciones para no contestarle mal a su progenitora—. No vamos a tener sexo y estoy con ella a esta hora ¡porque acaba de anochecer y ella recién salió de su trabajo! Sólo voy a llevarla a casa y volveré… a… casa de… Syndra.
—¿Por qué a casa de Syndra? —preguntó su madre. Por su tono, Diana dedujo que ella también estaba enojándose—. Estás ocultándome algo, Diana, te conozco.
—No, no estoy ocultando nada, madre. —aseguró Diana. Y se sorprendió de lo natural que le salió aquella mentira—. Dejaré a Leona en su casa y luego iré con Syndra… teníamos… una pijamada.
—No tienes doce años, ya no haces pijamadas. Y si ese fuera el caso, Diana… odias las pijamadas. —contestó Selene, frunciendo el ceño—. Pon a tu novia al teléfono.
—¡¿Qué?! ¡No! —exclamó Diana, mirando a Leona y el teléfono con enojo—. ¡No soy una niña, mamá! Puedo salir con quien quiera a la hora que quiera, joder.
—Si no la pones al teléfono cuando cuente hasta tres, no vas a encontrar ninguna de tus revistas astronómicas cuando vuelvas a casa. —dijo la mujer con seguridad.
—¡No negocio con terroristas! —gruñó Diana, volviendo a sentirse nerviosa cuando escuchó la amenaza de su madre.
—Ni tus enciclopedias Lunari. —dijo la mujer. El silencio de Diana la hizo sonreír—. Uno… dos-
Diana gateó con rapidez hasta Leona, entregándole el teléfono. La morena la miró confundida, sin embargo, llevó el teléfono a su oreja.
—¿Hola? —habló Leona, confundida.
—Buenas noches, señorita. —Leona escuchó la voz de una mujer al otro lado del teléfono. Supuso que era la madre de Diana—. Sería usted tan amable de decirme ¿quién eres y qué quieres con mi hija?
Leona miró a Diana con una ceja arqueada. La mirada de suplica de la peliblanca la hizo alzar un poco sus hombros.
—Voy a necesitar que responda eso primero, señora. —dijo Leona, en un tono apacible.
—Me parece razonable. —dijo la mujer—. Soy Selene Koray, la madre de Diana. Y me urge saber de inmediato qué harán tú y mi hija con exactitud en las siguientes… dos horas. O el tiempo que permanezca contigo, porque asumo que se quedará contigo esta noche y no con Syndra, como quiere hacerme creer.
—Oh, por supuesto. Es un placer, señora. Soy Leona, la… ¿novia? —indagó Leona, mirando a Diana, que frunció un poco su ceño a ella—. ¿No?, bueno… es un poco difícil explicarlo, creo.
—Tengo toda la noche. —dijo la mujer en un tono serio, causando que Leona tragara con fuerza.
—Bueno, nosotras… estamos… teniendo citas… para conocernos. Me gusta pensar que somos pretendientes. —dijo Leona, sonrojándose un poco—. Y… ella me llevará a casa. Es un poco lejos, pero no tardaremos más de media hora. Uh… la invitaré a cenar algo en mi departamento y… luego… supongo que nos besaremos un poco… mucho. —Diana le dio un tirón a su propia camiseta, intentando decirle a Leona que fuera más específica—. ¡Con ropa encima, por supuesto! Y… no lo sé, veremos algo en Netflix, hablaremos de nuestro día… quizás nos volvamos a besar. Y entonces iremos a dormir, porque mañana tiene que ir a la universidad y yo a trabajar. ¡Dormiremos en camas separadas! Yo… tengo un sofá cama.
—Correcto, bien, perfecto. —dijo Selene, tamborileando la encimera de la cocina con sus uñas—. ¿Puedes contestar otras preguntas?
—Eh… sí, creo. —murmuró Leona, sintiéndose más nerviosa que antes.
—En una escala del uno al diez, ¿qué tan atraída te sientes hacia mi hija? —preguntó Selene, sin parar de tamborilear la encimera.
Leona sintió su rostro calentarse. Por un momento, Diana la vio más que nerviosa.
—¿D-Diez? —contestó Leona, titubeante.
—¡Sin titubeos! —exclamó la mujer, golpeando la mesa con la mano y asustando a Leona.
—¡Quince! —respondió Leona, nerviosa.
—Oh, ¿es así, Leona? —preguntó la mujer, en un tono lúgubre—. ¿Puedes darme el significado de la palabra "consentimiento" y un ejemplo en el que se vea involucrada mi hija?
—Eh… consentimiento, claro… —Leona tomó su propio teléfono, buscando la palabra en internet—. E-Es un concepto jurídico que hace referencia a… la exteriorización de la voluntad entre dos o varias personas para aceptar derechos y obligaciones.
—Muy específico, lo buscaste en internet. —afirmó Selene—. Quiero que me digas qué significa para ti esa palabra, en un ejemplo.
—Significa que… si… yo quiero hacer algo con Diana… y ella no me da su consentimiento para hacerlo, entonces… no lo hago. —dijo Leona, encogiéndose en su sitio.
—Perfecto, veo que lo tienes claro. —dijo la mujer, asintiendo con su cabeza—. Ahora, déjame decirte algo. Si mi pequeña luna llega mañana a casa llorando, diciendo que te atreviste a hacer algo con ella que no consintió, entonces vas a tener que conseguir al mejor abogado de toda Targón para que te represente, cariño. —explicó de forma pausada la mujer, haciendo que Leona asintiera con su cabeza aún cuando no la estaba mirando—. Y te advierto que es mi esposo y no va a descansar hasta que pagues por lo que l-
—Demasiado. —la voz de un hombre interrumpió a la mujer con la que hablaba antes Leona—. Holi, soy el papá de Diana, Kaius. Diana tiene mi completa autorización para quedarse en tu casa y aparentemente también la de su madre.
—Uh… sí… ¿gracias? —dijo Leona, confundida.
—Por favor, despiértala a las nueve, no antes ni después, porque entonces estará de mal humor todo el día. —dijo el hombre de forma animada.
—P-Por supuesto. —respondió Leona.
—¡Bien! Pasen una linda noche, chicas. Fue un placer, adiós. —dicho eso, el hombre colgó el teléfono, dejando a Leona contrariada.
La morena le entregó su teléfono a Diana, que deseó aventarlo lejos, no obstante, sólo lo metió en el bolsillo de sus jeans, suspirando con pesadez. Ninguna dijo nada por varios minutos. Diana pensaba en qué decir y cómo disculparse por lo último que había dicho y Leona continuaba pensando en la extraña conversación que acababa de tener con la madre de Diana por teléfono.
—Lo lamento. —murmuró Diana, apenas en un tono audible—. No debí decir eso… es… fue estúpido.
—¿Qué parte? —preguntó Leona, sin mirar a Diana—. ¿En la que me gritaste que no somos nada o cuando dijiste que no sabes qué tan serio es esto?
Diana golpeó su rostro con su mano, sintiéndose una imbécil.
—Ambas. —dijo Diana, rascando un poco su cabeza—. Estaba molesta y… joder, sigo enojada. Pero eso no es excusa para haberte tratado así. Maldición, debí haber golpeado más a ese imbécil.
—Sí… se veía como que él estaba golpeándote a ti. —dijo Leona, negando con su cabeza—. No pensé que fueras ese tipo de chicas.
—¿Qué tipo? —preguntó Diana, frunciendo un poco su ceño.
—De las que se meten en peleas. —murmuró Leona, alzando su mirada al cielo—. Cada vez que te veía pensaba "diablos, quiero abrazar a esta chica y protegerla de todo el mundo el resto de mi vida". Pero ahora… —riendo un poco, Leona ladeó un poco su cabeza a la derecha—… ahora voy a tener fantasías sexuales donde me empujas contra tu auto y me besas con todo el enojo con el que golpeaste a ese idiota.
Diana arqueó una ceja, sin entender muy bien el comentario de Leona. Pensó que iba a regañarla de alguna forma por haber iniciado una pelea, sin embargo, ahí estaba ella, halagándola de nuevo.
—Sólo acércate a mí y dime al oído… ¿qué harías si ves a alguien coqueteándome en un bar? —preguntó Leona, mirando por fin a Diana.
La peliblanca tragó con algo de fuerza. Se acercó a ella, aspirando por un momento el aroma que desprendía la morena.
—Lloraría en un rincón del bar si estás regresándole el coqueteo. —contestó Diana, riendo junto con Leona por su broma—. ¿Qué? Es verdad.
—Pero, me refería a ¿qué harías si alguien está coqueteándome y yo me veo asustada o incómoda? —preguntó Leona, parando de reír. Acarició la mejilla de Diana, intentando no tocar el moretón en la comisura de su labio—. ¿Iniciarías una pelea en el bar?
—Sólo si luego tú vas a detenerla, porque… soy un asco peleando. —respondió Diana, volviendo a reír con la morena—. Mírame, soy un desastre.
—¿Te acercarías a la persona, la alejarías de mí y le dirías "hey, ella es mi nada"? —continuó preguntando Leona, sin borrar la sonrisa de su rostro—. ¿O simplemente lo golpearías?
—¡Si tiene un trago en su mano, lo aventaría al suelo para luego golpearlo en la cara! —afirmó Diana, cerrando sus ojos por un momento y sintiendo la delicada caricia de Leona en su rostro—. Siento muchas cosas por ti… no eres mi nada… lo siento, no debí decir esa tontería.
—¿De verdad no sabes qué tan serio es esto? —indagó Leona, acercándose a ella para dejar un pequeño beso sobre sus labios—. Porque… es muy serio para mí.
—También es serio para mí. —susurró Diana, abriendo sus ojos. Se encontró con los orbes avellana de Leona, que la miraba casi embelesada—. Pero… no sabía qué tan serio era en nuestra primera cita, supongo. Menos luego de que me desmayara como una idiota. Dioses… soy una idiota.
—Oh, pero eres mi idiota. —murmuró Leona, acercándose de nuevo a ella para dejar un nuevo beso en sus labios—. ¿Vas a quedarte conmigo o irás con Syndra?
—Estoy segura de que Syndra está teniendo una conversación bastante seria con su madre ahora. —dijo Diana, alejándose un poco de Leona cuando sintió algo de dolor en su labio partido—. Nami está cenando en mi casa y afortunadamente para ti, no conozco a nadie más… ¿puedo quedarme hoy contigo? Me urge aprender maquillaje para golpes en youtube, donde mi madre no pueda verme.
Soltando una risa, Leona le dio un último beso a Diana, ayudándola a ponerse de pie. Caminó con ella de su mano hasta llegar al auto azul marino.
Entonces Diana la acorraló contra su coche, colocando sus manos a ambos lados de Leona. La pelirroja contuvo su respiración, notando la mirada de determinación en los ojos de Diana. La joven pálida se aproximó a ella para besarla con algo de rudeza. El sabor metálico de la sangre de Diana no tardó en llegar al paladar de ambas. Leona sintió un escalofrío recorrerla por completo cuando Diana acercó lo más que pudo su cuerpo al de ella. La morena apenas pudo rodear a Diana por la cintura cuando ella se separó del beso. Leona soltó una carcajada cuando Diana besó su cuello, encogiéndose en su sitio y removiéndose.
—¡No! Espera… no… no puedo. —dijo Leona entre risas—. ¡Soy sensible!
—¿Tienes cosquillas? —preguntó Diana, mirándola con interés. La risa incontenible de Leona respondió su pregunta y ella sonrió con malicia—. ¿Aquí tienes?
Besó de nuevo su cuello, causando que Leona se removiera contra la puerta de su auto.
—No, Diana, ¡basta! —exclamó Leona, intentando alejar a Diana, pero fallando por su falta de fuerza.
—¿Qué tal aquí? —indagó de nuevo Diana, bajando un poco hasta su clavícula—. ¿O aquí?
Sin quererlo, Leona golpeó una de las manos de Diana que la peliblanca dirigió a sus costillas para hacerle cosquillas. El alarido de dolor de la joven pálida causó que Leona detuviera su risa casi al instante, mirándola con pesar.
—¡Mierda, lo siento! —exclamó Leona, asustada.
—¡Tienes razón, me duele como el infierno! —se quejó Diana, agitando sus manos en su sitio—. ¡Joder, en serio que duele!
—Lo siento, lo siento, lo siento. —repitió Leona, sin saber qué hacer—. Yo sólo… ¡tú me hiciste cosquillas y no puedo controlarme cuando me hacen cosquillas, lo lamento!
—¡Está bien! —dijo Diana, mordiendo su labio inferior, sólo para soltar un quejido por haber reabierto la herida en su labio también—. Es mi culpa… yo… en primer lugar, ni siquiera tuve que haber golpeado al imbécil de Zed… y luego tampoco tuve que golpear el suelo, sólo… soy muy estúpida.
—No, no… es… diablos, me encantó verte golpearlo. —murmuró Leona, mirando a Diana adolorida. Sonrió un poco, encontrando la situación tonta—. Lo lamento… debí advertirte que soy sensible a las cosquillas.
—No, está bien… yo… ¿podemos ir a tu casa ya? —preguntó Diana, avergonzada.
—Sí, por supuesto. —murmuró Leona, sonrojada—. Pero… pasemos por una farmacia primero.
Subiéndose al auto, Diana hizo su mayor esfuerzo por mantener sus manos en el volante durante todo el trayecto, descansando un poco cuando se detuvo en la farmacia, donde Leona se bajó a comprar un par de cosas antes de volver al auto. Cuando llegó al departamento de la morena, Diana se sorprendió de ver a alguien en el interior.
—Estoy en casa, Siv. —dijo Leona, entrando junto a Diana—. Ponte algo de ropa, por favor.
—Al diablo, pago la mitad del alquiler. —se quejó Sivir, sin mirar a Leona—. Sólo estamos tú y yo así qu- hola, desconocida. —dijo Sivir apenas hizo contacto visual con Diana—. Voy a ponerme algo, ya vuelvo, siéntete en casa.
Desapareciendo detrás de una puerta, la compañera de Leona abandonó la sala. Leona sonrió con algo de pena a Diana, sentándose en el sofá e incitando a Diana a sentarse a su lado.
—Comencemos con tus manos. —murmuró Leona, sacando un algodón de un empaque—. ¿Cuántas veces habías golpeado a alguien antes?
—Una… a Syndra cuando rompió mi telescopio. —dijo Diana, frunciendo su ceño cuando observó a Leona poner algo de alcohol en el algodón.
—Oh, ella me lo contó. —dijo Leona riendo un poco—. Esto va a arder, así que te propongo que muerdas un cojín para que no grites.
—Já, puedo maneja- ¡Dioses, espera un segundo! —exclamó Diana cuando Leona colocó el algodón sobre sus nudillos sin avisarle—. ¡Sólo espera, Leona!
—Estoy segura de que no están rotos, oiría un crujido al hacer esto. —Leona movió con algo de brusquedad los dedos de Diana, que soltó un gemido de dolor sin saber qué más hacer—. Sí… sólo lo golpeaste mal y te lastimaste. Y luego también golpeaste el suelo, por lo que te rasgaste la piel… no es nada grave. Sanará en una semana o menos.
—¡Por el amor a la luna, no hagas eso de nuevo, por favor! —se quejó Diana, apartando su mano de Leona, que volvió a tomarla de la muñeca—. ¡Sé gentil!
—Diana, no seas una bebé… esto no duele. —aseguró Leona, girando un poco sus ojos—. Lo cubriré con una venda y estarás bien en una semana.
—¿En una semana? —preguntó Diana, moviendo sus pies con insistencia—. ¡Oh, vamos!
—Me agradó tu madre, se oía cool. —dijo Leona, presionando un poco el algodón sobre la piel de Diana—. Se escuchaba como una madre preocupada por su pequeña bebé.
—¿Qué? No, de ninguna manera. —dijo Diana, mirándola confundida—. Ella es tan rigurosa con todo. Le tengo miedo al fracaso porque la primera evaluación que tuve en mi vida fue un nueve punto nueve en lenguaje y literatura. Y entonces ella se volvió loca.
—Ah, ¿sí? —preguntó Leona, buscando las vendas en la bolsa que había traído de la farmacia—. ¿Qué te dijo?
—Me preguntó si no era suficiente su esfuerzo para darme todo. Que cómo era posible que, si me permitía hacer todo lo que quisiera, no tuviera la mejor calificación. —dijo Diana, clavando sus uñas en su rodilla al momento en que Leona comenzó a colocar la gasa en su mano—. Desde entonces he sido una estudiante intachable, sólo dieces, nada menos.
—Traumas de la niñez. —dijo Leona, riendo un poco—. Pero, tu sabes… ella se preocupa por ti. Es decir, ambos, tu padre y madre. Es lindo, que, incluso siendo casi una adulta, ella siga llamándote para saber dónde y con quién estás.
—¿Crees que es lindo? —preguntó Diana, mirándola con interés y olvidando por un momento el dolor punzante en sus nudillos—. Uh… pero es un poco tonto, a veces creo que quiere controlar mi vida. Algunas personas me llamaban niña de mami o cosas así porque iba a buscarme a la universidad cuando tenía días libres.
Riendo un poco, Leona negó con su cabeza.
—Quisiera volver a ser una niña de mami. —murmuró Leona en voz baja, terminando de vendar la mano de Diana. Sonrió con pesar, mirando a Diana a los ojos—. Mi mamá murió cuando tenía seis años.
—Joder, lo siento. —dijo Diana, golpeándose con su mano vendada en el rostro—. Olvida lo que dije, soy una imbécil.
—Está bien, no lo sabías. —dijo Leona, tomando la otra mano de Diana—. Quizás lo insinué, pero nunca te lo dije de forma explícita, así que no tienes que disculparte.
Diana se mantuvo en silencio, cabizbaja. Observó a Leona aplicar de nuevo algo de alcohol sobre un algodón, sólo para luego limpiar los raspones en su mano derecha. Leona analizó la herida por unos segundos, susurrando algo que Diana no pudo entender. Se levantó de su lugar en el sofá y caminó hasta la cocina.
Leona tomó algo del congelador, volviendo con Diana para colocar sobre su mano derecha una compresa helada, dejando la otra sobre el sofá. Diana sintió su piel erizarse apenas Leona colocó la compresa sobre su mano, sin embargo, no se quejó.
—Lo mejor será esperar a que en esta mano baje la inflamación, si aplico un vendaje lo más probable es que empeore. —explicó Leona, poniendo alcohol en un algodón nuevo—. Comencemos con tu rostro, mientras me hablas… del por qué golpeaste a ese blando.
Diana frunció su ceño, conteniendo la respiración cuando Leona casi se subió sobre ella en el sofá
—Porque es un imbécil. —se quejó Diana, mordiendo su lengua cuando Leona colocó el algodón sobre sus labios.
—Di, ¿no estabas estudiando leyes? —preguntó Leona, recibiendo un asentimiento de cabeza por parte de Diana como respuesta—. No es eso… ya sabes… ¿ilegal?
—Pues no debería serlo. —murmuró Diana, removiéndose bajo Leona—. Lo odio desde que Syndra nos lo presentó. Es tan egocéntrico y hablador. Se cree muy sofisticado por ser el mejor amigo del hermano de Syndra, además de que la mamá de Syndra lo ama con todo su corazón porque… no lo sé, no sé por qué, ¿por qué querrías al imbécil que le rompió el corazón a tu hija? ¿Por qué la obligarías a seguir con él incluso si sabes que la engaña y la humilla? ¡Dioses, lo odio!
—Me di cuenta. Y sí… tienes razón, debería ser legal poder golpear a la gente que es imbécil. —concordó Leona, colocando la otra compresa sobre el rostro de Diana y haciéndola gemir.
—¡Él fue a buscarla enojado! Ella le dijo que la dejara en paz, pero él insistió y comenzó a jalarla del brazo. —se quejó Diana, sosteniendo la compresa en su cara —. Yo estaba enojada porque… bueno, porque tuve una mañana de mierda, y honestamente, él me hizo estallar. Fue como si tuviera que descargar toda mi ira con algo o alguien, y lo hice con él. Así que lo golpeé.
—Oh, ya veo… vaya idiota. —murmuró Leona apartando un par de mechones de Diana de su rostro—. Si hubiera sabido todo eso, lo hubiera dejado peor.
—¿Qué le hiciste? —preguntó Diana, interesada—. Quiero decir, yo sólo vi que lo tenías con su cara casi entre sus piernas y luego lo golpeaste en su pierna y ¡lo hackeaste!
Riendo un poco por la expresión de emoción de Diana, Leona se alejó de ella, poniéndose de pie.
—Tengo entrenamiento militar, ¿recuerdas? —preguntó Leona, alzando un poco sus hombros—. Fue defensa personal, lo golpeé en el nervio ciático. Aunque, ni siquiera fue tan fuerte, además le di unos tips para aliviar el dolor, si no los sigue es su problema.
—¿Puedes patear su trasero por mí? —preguntó Diana, con sus ojos brillantes.
—No, de ninguna manera… soy fiel creyente de que las personas no deberían pelear entre ellas, pero me sé defender, no atacar. —explicó Leona, caminando hasta la cocina, encontrando una caja de pizza vacía—. Maldita Sivir. ¡¿De verdad te comiste toda la pizza?!
—¡Sí, ¿por qué?! —escuchó Diana venir de una de las habitaciones.
—¡Era una pizza familiar! —exclamó Leona, abriendo la puerta de la habitación de Sivir—. ¿De verdad, Sivir?
—¿No eres tú la que dice que, si te lo propones, cualquier pizza puede ser individual? —preguntó Sivir, arqueando una ceja a ella—. Te daré un cupón de Galio Chikens, ordena una nueva.
—Dame esa porquería. —se quejó Leona, arrebatándole el pequeño ticket de las manos—. Pediremos pizza, porque la que había pedido cierta traidora, ya no está.
—¡No me arrepiento de nada! —exclamó Sivir desde su habitación y Diana no pudo evitar reír.
—¡Chúpamela! —exclamó Leona como respuesta, haciendo reír más a Diana.
—¡Ya tienes quien te la chupe, si quieres voy con Kai'Sa! —profirió Sivir, asomando su cabeza por la puerta—. ¿Debería irme?
—Deberías cerrar la maldita boca. —gruñó Leona, mirándola con su ceño fruncido.
—Ok… ¿para comer o para hablar? —preguntó Sivir, sonriendo con malicia—. No fuiste clara.
—Tienes razón, ¡para ambas! —dijo Leona, colocando su mano sobre la boca de Sivir—. Ella es Sivir… Sivir, ella es Diana.
—Ooooh, la chica de la que tanto hablas. —dijo Sivir, apartando la mano de Leona para dirigirse hasta el sofá, ahora con un pijama puesto—. ¿Sabes? Nunca había escuchado a Leona hablar tanto de la misma persona. Es como que tenía tu nombre atravesado entre los dientes, pero quería tu cabeza atravesada entre sus pier-
—¡Cierra la boca, joder! —se quejó Leona, sentándose al otro lado de Diana, y jalándola en su dirección—. Estás asustando a Diana, ella es una beb-
—De hecho, —comenzó a decir Diana, interrumpiendo a Leona—, también quiero mi cabeza atravesada entre t-
—¡Diana, no! —exclamó Leona, ganando algo de color en sus mejillas—. ¿Lo ves, Sivir? ¡Eres una pésima influencia y literalmente te acaba de conocer!
—Oh, gracias a los Ascendidos… temía ser una buena influencia. —dijo Sivir, sonriendo con malicia—. ¿Te ha contado la vez que nos robamos unos Snickers de una licorer-
—No, Diana, ¡eso es mentira! —dijo Leona, cubriendo las orejas de Diana con sus manos—. ¿Puedes por favor ordenar la pizza mientras termino de curar a mi pobre bebé Diana?
—Como sea… ¿qué le pasó a tu chica? —preguntó Sivir, buscando un número en su teléfono.
—Estuvo en una pelea para defender a una de sus mejores amigas. —explicó Leona, acariciando un poco el cabello de Diana—. Por supuesto que estaba perdiendo y yo pude llegar a intervenir, pero él no quedó mejor que ella.
—Me imagino, la última vez que te vi golpeando a alguien, no volví a verlo ni en el comedor de la universidad. —murmuró Sivir, llevando el teléfono a su oreja—. ¿Sí? Hola, quiero una pizza familiar… tengo un cupón.
—Quizás puedo enseñarte a defenderte. —murmuró Leona, mirando a Diana. Acarició su pómulo golpeado, acercándose para dejar un pequeño beso en los labios de la joven pálida—. O al menos enseñarte los puntos sensibles en el cuerpo… así tú podrías ponerlo en su sitio una próxima vez.
—¿No es mejor que le rompas el trasero por mí? —preguntó Diana, haciendo un pequeño puchero—. Me duele mi carita.
—No puedo estar siempre contigo… aunque si pones esa linda cara, voy a tener que buscarlo y desaparecerlo. —dijo Leona en un tono serio.
Al contrario de cómo pensó que reaccionaría Diana, la peliblanca la miró con ojos brillantes.
—Hecho. —dijo Diana, pronunciando más su puchero—. ¿Le romperías el trasero a Zed por mí, por favor?
Leona la miró por un instante, tragando con algo de fuerza. Depositó un beso en sus labios, negando con su cabeza.
—No apoyo la violencia. —murmuró Leona—. Lo siento. Aunque, tengo conocidos, puedo ayudarte a conseguir un taser.
Los ojos de Diana volvieron a brillar de emoción. Ella asintió con su cabeza, ansiosa por la idea de poder electrocutar a Zed si volvía a acercarse a ella o a Syndra.
—Ya, tu pizza llegará en quince minutos o será gratis. —dijo Sivir, arreglando un poco su cabello—. Escucha, he vivido contigo por un año ya y sé que te ha tocado escuchar ciertas… cosas interesantes, si sabes a lo que me refiero. —dijo la morena, sonriendo con malicia a Leona, que frunció un poco su ceño—. Pero, sería muy amable de tu parte no hacer mucho ruido, puedo ponerme unos auriculares y toda la cosa, pero, aun así, debo levantarme mañana temprano.
—Cierra la boca, idiota. —gruñó Leona, escondiendo su rostro en el cuello de Diana—. No haremos absolutamente nada. Sólo veremos algo en mi habitación-
—Sí, sí, así le dijeron a mi papá y ahora estoy llena de hermanas. —dijo Sivir, soltando una risa cuando ambas, Leona y Diana, se sonrojaron—. Bueno, sólo somos dos, pero como sea. Sólo digo que son libres de hacer su nidito de amor aquí… mientras no esté o se aseguren de que esté muy dormida.
—Ya vete a dormir, joder. —se quejó Leona, levantándose de su lugar y obligando a Diana a imitarla—. Vámonos de aquí, ella es una mala influencia para ti.
Encendiendo la luz de su habitación, Leona entró junto con Diana a la pieza. Diana le dio una última mirada a Sivir, que sonrió con complicidad al ver a Leona cerrar la puerta de su habitación con fuerza.
Diana contuvo la respiración, observando a su alrededor con interés. Había un ventanal en la pared frente a la puerta, por lo que varias luces de la ciudad entraron por él cuando Leona corrió las cortinas naranjas que lo cubrían. Parecía una habitación normal. Había un closet en una de las esquinas, con un espejo de cuerpo completo a su lado. Diana logró notar las estrellas luminiscentes pegadas en el techo, así como varias cintas de luz led en las cornisas de su techo.
Abrió su boca con algo de sorpresa cuando se encontró con una foto colgada en la pared de Leona junto al grupo de K/DA, estando Kai'Sa abrazándola a su lado derecho, junto con Ahri y Akali a su lado derecho, junto con Evelynn. Observó la colección de discos de Pentakil en el mueble sobre el que se hallaba el televisor y una consola de videojuegos. Se fijó en el peluche de poro que estaba sobre la cama, así como las diferentes figuras de diversos personajes de videojuegos o series jonianas sobre repisas en una de las paredes de la habitación. Lo único que a Diana no le gustó de la habitación fue la biblia Solari en lo más alto de la estantería de libros que tenía Leona, así como la alfombra de un sol que se extendía por casi toda la habitación.
Leona encendió su televisor, acostándose en la amplia cama de dos plazas que estaba en medio de la habitación. Palpó su lado con su mano, indicándole a Diana que se sentara a su lado y ella lo hizo sin dudar.
El aroma de Leona la invadió apenas ella se acercó a la cama. Se dejó caer en la cama, inundándose con el agradable aroma frutal de la morena que estaba hasta en las sábanas de su cama. Entonces creyó que, si tenía que creer en algo, sería en esa joven de cabellos anaranjados y su afrodisiaco aroma.
—¿Qué quieres ver? —preguntó Leona, recostándose a su lado y acomodando sus almohadas tras ella—. Tengo Netflix, aunque si quieres podemos ver otra cosa.
—¿Podemos besarnos hasta que me desmaye? —preguntó Diana, mirándola embelesada—. Por favor.
Leona soltó una pequeña risa. Afirmó la compresa fría sobre la mano derecha de Diana, negando un poco con su cabeza.
—Diablos, Diana, parece que esa pelea activó tu modo caliente y enojón. —murmuró Leona, dejando un pequeño beso sobre sus labios.
—¿Y no te gusta? —indagó Diana, haciendo un puchero.
—Me encanta. —afirmó Leona, acariciando el brazo de Diana y dándole una mirada coqueta a la peliblanca—. Pero tengo hambre y las probabilidades de que sea yo quien se desmaye son muy altas si no como algo.
—La pizza va a tardar. —murmuró Diana, acercándose más a Leona en la cama—. Dijiste que soñarías con que te empujara contra mi coche y te besara con rabia… y lo hice.
—Y mis fantasías sexuales te lo agradecen. —susurró Leona, mordiendo su labio inferior con ansias—. ¿Sabes? Cuando te vi golpear a ese chico, pensé "¿Qué carajo?, ¡¿esa es Diana?!", estaba un poco sorprendida.
—Y… ¿te gustó? —preguntó Diana, apartando la compresa de su rostro—. Porque puedo hacerlo otra vez, si quieres.
Leona se carcajeó y Diana sonrió un poco. Dejando de lado la compresa de su mano, Diana acarició el brazo desnudo de Leona.
—Supongo que… no me hacía a la idea de que te enojas. —dijo Leona, estrechando un poco sus ojos—. Es decir, siempre te había visto tan tierna y delicada que una parte de mí jamás pensó en la posibilidad de que en algún momento pudieras enojarte tanto que llegaras al extremo de golpear a alguien.
—Sí, bueno… no pude contener mi ira… lo que es raro, porque suelo contenerme mucho. —murmuró Diana, jugando con el tirante de la camiseta de Leona, estirándolo un poco.
—Pues yo quedé fascinada, para ser sincera. —dijo Leona, con naturalidad—. Me hizo pensar en lo mucho que quisiera que tomaras toda esa furia, te armaras de valor y la golpearas contra mí en una noche de pasión, con la misma intensidad con la que las olas del mar golpean las rocas de un acantilado.
Diana mantuvo sus ojos sobre los de Leona por un instante. Dejó ir el tirante de su camiseta, paseando ahora sus dedos por su cuello, haciendo reír un poco a Leona.
—No sabía que eres sensible a las cosquillas. —murmuró Diana, sonriéndole a Leona.
Leona tomó el peluche de poro, colocándolo entre ella y Diana.
—No. —negó Leona, en un tono bastante serio—. Si vuelves a hacerme cosquillas, voy a golpearte.
—Okay. —murmuró Diana, sin borrar la sonrisa de sus labios—. Me gusta tu habitación, es colorida, infantil, pero madura al mismo tiempo.
—¿Quieres ver algo? —preguntó Leona, sonriendo con coquetería a Diana.
La peliblanca tragó con algo de fuerza.
—Los Dioses saben que, cada vez que me preguntas eso, me muero de ganas de responder que sí, pero al mismo tiempo me siento desfallecer. —contestó Diana, haciendo reír en voz alta a Leona de nueva cuenta—. Que sea lo que la luna quiera. Sí a todo.
Girando sus ojos, Leona se sentó en la cama. Encendió una lampara que estaba a un lado de su cama y entonces se levantó a apagar las luces de su habitación. Diana pudo observar en el techo la proyección de la lampara. Era como un universo sobre su cabeza, con pequeñas estrellas luminiscentes que resaltaban.
—Esto es lo que observo todas las noches antes de dormir. —dijo Leona, encendiendo también las luces led del techo y bajo su cama—. Enciendo esto todas las noches porque le temo a la oscuridad.
—Lo mencionaste ayer. —murmuró Diana, mirando a Leona en la luz opaca que iluminaba la habitación y el techo—. ¿Por qué le temes a la oscuridad?
—Cuando estaba en la escuela militar, no nos dejaban encender luces de ningún tipo en las noches. La única luz que había era la de la luna. —explicó Leona, acariciando el brazo derecho de Diana con sutileza—. Y cuando ella no estaba, no había nada. Y ahí estaba yo, con siete años, había perdido a mamá apenas hace meses y ahora estaba cinco días en un semi internado militar. Demonios, cómo lloraba.
—Eso es horrible. —dijo Diana, llevando su mano derecha a la mejilla de Leona, mirándola con pesar—. Tranquila, ahora yo voy a ser tu luna. Cada vez que ella no esté en el cielo nocturno, puedes llamarme si tienes miedo y entonces voy a venir a dormir contigo en las noches más oscuras.
—Joder, me encantas. —dijo Leona, sonriendo sin poder evitarlo.
Acercándose a ella, Diana unió sus labios en un beso. Ignoró el ruido de la televisión de fondo o los autos en la calle. En ese momento lo único que estaba en su mente era el sonido de la respiración de Leona, que pronto se volvió agitada, así como la suya. El dolor punzante en su labio roto quedó en segundo plano para Diana cuando se sentó sobre Leona, ayudándola a deshacerse de su camiseta de tirantes. Besó sus labios con fervor, desviándose a su cuello, Diana presionó sus labios contra la piel bronceada de Leona, que soltó un gemido, al mismo tiempo que una pequeña risa.
Volvió a sus labios. Esta vez utilizó su lengua, acariciando la de Leona en un vaivén que duró hasta que Sivir tocó la puerta de la habitación.
—¡Hey, la pizza está abajo! Sabes que no van a dejar subir al repartidor. —dijo la pelinegra al otro lado de la puerta—. Y yo estoy en pijama, no saldré.
Suspirando con frustración, Leona se sentó en la cama, dejando un beso sobre los labios de Diana y volviendo a ponerse su camiseta.
—¡Gracias, rommie! —exclamó Leona, dejando un ultimo beso en los labios de Diana—. Volveré enseguida.
Sentándose sobre la cama, Diana observó a Leona marcharse. Suspiró, mirando la televisión. Buscó algo que le interesara, escuchando la puerta principal siendo cerrada. Miró su teléfono, leyendo los mensajes de Syndra y Nami en el chat grupal que compartían. Les escribió un "hablamos mañana" y dejó el celular en la mesita de noche a un lado de la cama.
—La confianza es la base de todas las relaciones, Diana. Piensa en ello.
Diana suspiró, pasando una mano por su rostro. Quizás era el momento correcto para decírselo.
Leona estiró sus jeans en la parte de su ingle, donde sentía que estaba sofocándose. Le costaba entender cómo Diana podía encenderla con un solo beso húmedo. Bajó en el ascensor, apretando el papel que le dio Sivir junto con un billete. Lamió sus labios, sintiendo el sabor metálico de la sangre de Diana sobre ellos.
Estaba volviéndose loca. Siempre se había burlado de Sivir cuando ella le contaba que Kai'Sa le había insistido en irse a vivir juntas apenas se conocieron. Pero ahora ella era la que quería decirle a Diana que vivieran juntas desde ese momento hasta que su vida se acabara. Golpeó su rostro con una de sus manos, sintiéndose que había caído en el cliché de la lesbiana que quiere mudarse apenas se conocen.
Ni siquiera le había pasado por la mente que Diana podía golpear a alguien, pero ahora de repente, quería vivir con ella. Era una idiota. O estaba enamorada. Le gustaba más la idea de ser una idiota que la otra.
Salió del edificio atravesando parte del estacionamiento para salir por completo del pequeño conjunto residencial. Miró a su alrededor, arqueando una ceja al no encontrar al repartidor. Había varios autos estacionados frente al conjunto, pero hubo uno que la hizo estrechar sus ojos. Negro, sin una mancha de sucio encima, brillante y de una marca costosa. Lo había visto antes.
—¡Aquí está su pizza! —exclamó un joven a su lado y Leona casi da un salto en su sitio—. Justo a tiempo, señorita.
—Sí… uh… gracias. —Leona le entregó el cupón, así como el billete—. Quédate el cambio, muchas gracias.
Miró por última vez el auto negro. No podía ver nada en el interior, pues los vidrios estaban polarizados. Alzó sus hombros, entrando al conjunto de nuevo. Saludó al portero nocturno, entrando a su edificio para subir por el ascensor.
—Entró de nuevo al edificio, comandante. —habló el hombre de piel morena, observando con binoculares en dirección al edificio—. Sólo salió por una pizza.
—¿Está con la chica? —indagó el hombre en la parte trasera del automóvil, observando una carpeta en sus manos.
—Sí, comandante, la chica no ha salido del edificio y su auto sigue en el estacionamiento. —afirmó el que estaba en el asiento de piloto—. ¿Debería quedarme aquí toda la noche? Llamaré a Argus para que pase por usted y yo haré la guardia hoy.
—Perfecto. —dijo él en tono de voz firme—. Pero comunícate con Cyril también, quiero saber exactamente… ¿quién es Diana Koray? Sus expedientes médicos, penales, sus salidas y entradas de Targón, sus citas al odontólogo. Todo.
—Como usted ordene, comandante Rakkor. —respondió el hombre moreno sentado en el asiento del piloto, tomando su teléfono celular.
Goddess of Luminosity.
