Salu3. ¿Vieron a Rell? Inche morra, ¿QUÉ TE HAS CREÍDO TÚ? ¿QUE DIANA NO VA A DEFENDER LO SUYOOOO? Ya, basta, me calmo... no puedo culparla, Leona es el sol, nos calienta a todos... yo me muero por tener una Leona, les juro. Que mida 1,84, me ahorque con sus brazotes y me haga llorar cuando me diga que no me ama porque ella ama a Diana, pero ajá.
En fin, gracias por leer y comentar, actualicé temprano porque estuve escribiendo hasta la madrugada y apenas desperté hace rato para subir esto askdlflhasdjck. Se me cuidan.
Advertencia: El siguiente contenido está tan mal escrito que puede dañar sus ojos, quitarles ganas de vivir y hacerlas desear nunca haber encontrado este fanfic. Ah, sí, también es contenido explícito, smut, lemon, +18 como le quieran llamar, y debido a mi pendejez, nadie debería leerlo.
Leona la besó.
Estaban en medio de la sala del Guardián. Había personas a su alrededor, personas que las miraban, seguramente algunas con desagrado, otras con perversión o incluso algunas con total desinterés. Pero nada de eso estaba en la cabeza de Diana.
Lo único que rondaba la cabeza de la peliblanca era Leona. Sus suaves labios, que tenían un rastro de sabor salado debido a sus lágrimas. Su lengua húmeda y cálida, que acariciaba su labio superior con una lentitud mortal. Su aroma afrodisíaco filtrándose por su olfato, asfixiándola. El roce delicado de los dedos de leona en su cintura, atrayéndola a sí misma para profundizar el beso cuando por fin se aventuró a adentrar su lengua en la cavidad de su boca.
Diana hundió sus manos en el fuego ardiente que era el cabello de Leona, aprisionándola mientras sus labios continuaban sobre los de la morena. Sus respiraciones aceleradas chocaban en el rostro de la otra, pero ni por eso, ni por los murmullos ajenos, alguna de ella abrió sus ojos.
La joven pelirroja estuvo a punto de separarse de Diana cuando sintió su boca arder, sin embargo, su acompañante se puso de puntillas, siguiendo sus labios cuando Leona hizo ademán de alejarse de ella. Entonces tuvo que recurrir a una ligera mordida. Aprisionó el labio inferior de Diana con sus dientes durante el beso.
El quejido de dolor de la peliblanca fue inmediato.
—Ah, diablos. —gimió Leona en la boca de Diana cuando saboreó el sabor metálico de la sangre de la más baja. El dolor punzante en su labio roto causó que Diana se alejara de Leona, liberando su cabello. Leona permaneció con una de sus manos en su cintura.
—Joder, l-lo lamento. —murmuró Leona, observándola con pesar—. Diana, lo siento, no era mi intenci-
Diana la calló, rozando sus labios con la yema de sus dedos. Limpió el rastro de sangre de sus rosados labios, sonriendo con satisfacción ante el beso inesperado que acababa de recibir. Dejó un último pequeño beso en los labios de Leona.
—No es nada. —aseguró Diana—. Está bien.
Perfecto. Todo correcto. El silencio reinó entre ellas. Leona sentía que debía decir algo, sin embargo, la cercanía de Diana hacía que se le dificultara pensar en otra cosa además de su respiración chocando en su rostro. Recordó lo que acababa de decir la peliblanca. Sufría de un trastorno. Escuchó el nombre, pero no entendía el significado exacto del mismo.
—Así que… tú… ¿qué te hace exactamente ese… esa afección? —preguntó Leona, con cuidado de no decir algo que Diana interpretara de mal modo—. Dijiste que me pareces linda por eso… ¿qué te hace eso?
—Me hace una imbécil. —murmuró Diana, separándose un poco de Leona—. Sólo eso…
—Ok, sí… pero yo también soy una imbécil. —dijo Leona, mordiendo su labio inferior con nerviosismo. Temía decir algo erróneo—. ¿Qué te diferencia de mí?
—Bueno, toma toda tu imbecilidad y multiplícala por el peso de la luna, entonces obtendrás el resultado de mi imbecilidad. —contestó Diana, desviando su mirada al orbe dorado—. Yo… uh… no me siento cómoda conociendo gente… ni alrededor de la gente. Pensé que era introvertida, pero la verdad es que a medida que iba creciendo yo… me di cuenta de que, la idea de acercarme y conocer a alguien nuevo, me aterraba.
—¿Y por qué es eso? —indagó Leona, interesada—. Quiero decir… eh… si… no te molesta decirme, por supuesto.
Diana la miró en silencio por un breve momento. Suspiró, removiéndose un poco en su sitio.
—¿Podemos hablarlo en un lugar más privado? —preguntó Diana, mirando a su alrededor con algo de angustia—. La gente… está mirándonos mucho.
—Que se joda la gente. —dijo Leona, mirando a su alrededor también. Notó que, en efecto, varias personas las miraban—. Sí, jódanse todos. Somos gays, ¿y qué?
—No. —murmuró Diana, tomando una de las manos de Leona en su cintura para darle un jalón—. No, no, no, no.
Continuó murmurando la peliblanca, sintiendo su rostro hervir cuando, llevando casi a rastras a Leona, salieron de la sala del Guardián.
—Pero… ok, ya… vayamos a mi departamento. —murmuró Leona, entrelazando sus dedos con los de Diana.
—¿No es ella la hija d-
—¡Sí, lo soy, señora! ¡Una Rakkor! —exclamó Leona, antes de que Diana terminara de sacarla de la sala. Había logrado escuchar los susurros de una de las personas en la sala que la había estado mirando desde que besó a Diana—. ¡Le daré su número si lo quiere, así puede acusarme con él!
Suspirando, Diana continuó su camino por los pasillos del museo, dirigiéndose a la entrada y salida del mismo. Cuando se encontraron dentro del auto de Diana, en el estacionamiento del museo, la peliblanca se aferró al volante con fuerza, mirando por la ventana en dirección al museo. Se sentía observada, incluso cuando ya había salido del lugar. Puso su auto en marcha.
—Por favor, no hagas eso de nuevo… podría morir. —murmuró Diana, recargando su frente del volante cuando se detuvo en un semáforo en rojo. Aún sentía su rostro ardiendo—. Quiero decir… me desmayaría.
—¿Lo prometes? Porque tengo fantasías sexuales donde te desmayas de tanto placer. —dijo Leona, sonriendo con inocencia a Diana.
La peliblanca se alejó del volante, mirando a Leona confundida por su comentario.
—¿Qué? —preguntó Diana, arqueando una ceja.
—¿Qué? —indagó Leona, pestañeando un par de veces, fingiendo demencia—. Dije que entonces te cargaría hasta que te despiertes o te llevaría a un hospital otra vez.
Mirándola extrañada, Diana negó un poco con su cabeza.
Leona no paró de observar a Diana en el auto, incluso cuando bajaron de él y entraron a su edificio. Ni siquiera en el ascensor paró de mirarla con intriga. ¿Ese era el motivo por el que parecía tan tensa todo el tiempo? ¿Su trastorno? Si lo pensaba, ella incluso llegó a temblar la primera vez que entablaron una conversación.
Le pareció extraño, pero supuso que era bastante tímida, nada más, nada inusual. Una vez una compañera de carrera se había puesto nerviosa con ella también. La escuchó susurrar algo acerca de que era una mujer alta y fuerte… y sexy.
Rell era linda, pero no su tipo. No iba a funcionar.
Su tipo era Diana.
—Escucha… yo… uh… me da pánico eso. —murmuró Diana, cuando la persona que las acompañaba en el ascensor se quedó en el quinto piso y las puertas del mismo se cerraron—. Ser juzgada o criticada de alguna forma… me aterra.
—¿Es así? —preguntó Leona, interesada en lo que decía.
—Sí, diablos, lo odio. La primera vez que hablamos temblaba del miedo. —dijo Diana, pasando una mano por su cabello—. Yo sólo… tenía tanto miedo de que me rechazaras, porque eres tan… brillante y hermosa y carismática y yo… yo quería conocerte, pero… no sabía cómo acercarme a ti. Pero entonces allí estabas y… no sabía qué decir, porque soy tan incompetente-
—Hey, vamos… —susurró Leona, saliendo del ascensor. Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón de mezclilla, insertándolas en la cerradura de su puerta—… yo creo que eres una persona maravillosa, Diana. Aunque, quiero ser honesta contigo, la primera vez que te vi pensé "que chica tan hermosa", así que supongo que lo primero que me sedujo de ti fue tu belleza. Pero luego descubrí que eso sólo es un simple extra de lo extraordinaria que eres.
—¿Qué? ¿Yo? —preguntó Diana, soltando una risa. Entró al departamento apenas la morena le permitió el paso, mirando a Leona con algo de burla—. Estaba sentada al lado de Syndra… ¿y tú pensaste que yo era hermosa? Eso es tonto.
—No es tonto. —negó Leona, frunciendo un poco su ceño—. Quiero decir, somos lesbianas, sí, pero tenemos estándares y tú… tú definitivamente eres mi tipo de chica.
—¿Tienes un tipo? —preguntó la peliblanca—. ¿Son las imbéciles? Porque entonces sí soy.
—Ugh, ¡eres una tonta! —se quejó Leona, acercando su rostro al de Diana para besarla—. ¡Eres hermosa, joder, entiéndelo!
—¡Desearía entenderlo, pero mi cerebro no deja de decirme que soy un ser desagradable y que debería irme a casa ahora a llorar! —exclamó Diana, recibiendo otro beso de Leona—. ¡Mis medicinas!
—¿Tomas medicinas? —preguntó Leona, separándose de ella para mirarla con sorpresa—. ¿Qué clase?
—Antidepresivos… a veces ansiolíticos, pero sólo cuando tengo ataques de ansiedad y por un tiempo determinado por mi psiquiatra. —explicó Diana, dejándose caer en el sofá en medio de la sala y cubriendo su rostro con sus manos —. Joder, nunca me imaginé a mí misma diciéndote esto… es tan vergonzoso. Soy un desastre.
Leona miró a Diana por un instante. Sonrió con algo de pesar, sintiendo que los problemas de Diana, de algún modo, eran más reales que los suyos. Esa chica batallaba consigo misma todos los días por algo tan simple como hablarle a un desconocido, algo que Leona hacía con mucha facilidad, algo común, de todos los días. Pero ahí estaba Diana, apenada por la idea de ser rechazada.
Quizás no eran tan diferentes como Leona había pensado.
La idea de ser rechazada por su Diosa algunas veces la mantenían despierta hasta altas horas de la madrugada. Quizás no era un problema tan real como el de Diana, pero, aun así, para ella no dejaba de ser un constante "¿por qué no puedo ser normal?".
Taric le decía que era normal, Sivir y Atreus también, sus demás conocidos y amigos también. Pero su padre… su fe.
Se sentó a un lado de Diana en su sofá, pasando una mano por su cuello.
—¿Por qué no puedo ser normal? —murmuró Leona, captando la atención de Diana, que apartó una de sus manos de su rostro para poder mirarla—. ¿Por qué a mí? Daría lo que fuera por ser… como los demás.
—¡¿Lees la mente?! —exclamó Diana, mirando desconcertada a Leona—. ¡Joder, tía ¿por qué no lo dijiste antes?!
Riendo un poco, Leona negó con su cabeza. Recargó su cabeza del hombro de Diana, tomando su mano derecha para entrelazarla con la suya. Sonrió al ver sus manos unidas y miró a Diana con algo de melancolía.
—Yo sólo… eso es algo que ronda mi cabeza algunas veces. —musitó Leona, acercándose para besar por tercera vez a Diana—. No me imagino cómo debe ser para ti, Diana. Porque lo que me respondo a mí misma acerca de esos pensamientos, en lugar de darme paz, me trae más remordimiento y pesar. Y para mí son… pensamientos pasajeros… una o dos veces por semana pienso en eso, pero tú… imagino que lo piensas todo el día todos los días, y es… ha de ser horrible.
Apretando la mano de Diana, Leona sollozó un poco, sintiendo su corazón encogerse debido a la idea de que Diana pasara por ese remordimiento todos los días.
—Tu voluntad me inspira. —terminó de decir la pelirroja, limpiando la solitaria lágrima que bajaba por su mejilla.
Volvió a darle un pequeño beso a la joven pálida, que estuvo conteniendo su respiración desde el momento en que Leona había comenzado a explicarse. Diana tragó con algo de fuerza cuando Leona se aferró a su brazo con su otra mano.
—Yo nunca pensé que… alguien como tú… se preguntara eso alguna vez en su vida. —susurró Diana con cautela, recargando su cabeza sobre la de Leona, que seguía sobre su hombro—. Porque eres… eres todo lo bueno que existe en el mundo, Leona.
—Sólo soy una blasfema, homosexual y hereje. —dijo Leona, riendo un poco. Diana la miró con pesar—. Hoy fui a… expiarme. Te lo había dicho. Yo… no sé si has escuchado alguna vez cómo nos purgamos.
—La verdad he investigado algo. —respondió Diana con simpleza—. No mucho.
—Es un poco… riguroso, nos arrodillamos bajo un tragaluz y miramos fijamente la luz del sol mientras confesamos nuestros pecados. Si nuestra voluntad flaquea, entonces cerraremos los ojos antes de finalizar. —explicó Leona, apretando de nuevo la mano de Diana—. Pero si no los cierras, entonces la sacerdotisa debería… ya sabes… darnos nuestra redención y perdonarnos.
Diana no dijo nada, sólo la miró un poco desconcertada y Leona sonrió con abatimiento.
—Bueno, eso no sucedió hoy para mí. —dijo Leona. Su voz se quebró y no pudo evitar derramar otra lágrima, que resbaló de sus ojos hasta perderse en la camiseta de Diana—. Yo… no cerré mis ojos… ni siquiera cuando ella me dijo que no había redención para mí y abandonó la sala, Diana.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó la peliblanca, confundida.
—Porque… le dije que no sentía que debía disculparme por lo que sentía, pero que no podía vivir más así… luchando entre lo que siento y mi fe, no puedo, Diana. —expresó Leona, hundiendo su rostro en el hombro de Diana y derramando otro par de lágrimas—. ¡No quiero vivir sintiendo que tomar tu mano es un acto de herejía!
—¡Pues cada acto de herejía es un acto de pasión! —exclamó Diana, tomando a Leona del mentón con su mano libre. La obligó a levantar su mirada y por un instante, Diana se sintió desfallecer de nuevo. La tristeza que encontró en la mirada de Leona la hizo sentir su corazón encogerse—. ¿Sabes qué? ¡Que se joda esa sacerdotisa estúpida! Iremos a otro templo, te expiarás y entonces podrás hacer el recorrido el próximo fin de semana y… y… ¡y harás tu ritual de transición, tendrás esos tatuajes y serás feliz, lo prometo!
—No funciona así, Diana. —murmuró Leona, negando un poco con su cabeza.
—¿Y cómo funciona? —preguntó la peliblanca—. ¿Qué tienes que hacer para conseguir otra… otra expiación? ¿Es algo de una sola vez al año o qué carajo?
—Es que… tengo que pagar por ello. —respondió Leona, bajando la mirada—. Me costó seis meses ahorrar para esta expiación y-
—¡¿Qué?! —exclamó Diana, consternada—. ¿Le pagaste a esa infeliz para que te purgara y no lo hizo? ¡Pésimo servicio, media estrella! —Diana se sintió un poco aliviada de escuchar la pequeña risa genuina de Leona ante su comentario. Acarició su rostro con su mano izquierda, limpiando el rastro de sus lágrimas—. Eres la persona con el corazón más noble que he conocido. Quiero decir… tienes fetiches raros, sí, pero creo que todos los tenemos. ¡Pudiste patear el trasero de Zed y no lo hiciste porque eres tan noble! Así que me parece una falta de respeto que esa mujer no te haya concebido tu redención. ¡A ti, que eres el sol! ¡Eres más brillante que cualquier Solari que haya visto en mi vida!
Leona no pudo evitar sonreír ante los comentarios de Diana. Se acercó a ella, besándola con delicadeza y sorprendiendo un poco a la peliblanca. Diana no tardó en corresponder su beso, pasando su mano de su mejilla a la parte trasera de su cuello para acercarla más a sí misma.
Incluso cuando el sol no entraba directamente a la estancia debido a las cortinas que cubrían los ventanales, Diana comenzó a sentir un calor creciente en su pecho conforme sus besos con Leona se intensificaron. La peliblanca no pudo evitar soltar la mano de Leona, subiéndola por su brazo hasta dejarla descansar sobre su abdomen. Entonces Diana suspiró en medio del beso. Leona, por su parte, tomó sus mejillas en sus manos, reteniéndola contra sus labios para besarla con fervor.
Con desesperación, Diana se impulsó en dirección a Leona cuando la morena se separó por un instante del beso. Leona soltó un pequeño gritillo cuando Diana se lanzó sobre ella, haciendo que ambas se recostaran sobre el sofá. Rió un poco cuando Diana se sentó en su regazo, inclinándose sobre ella para poder unir sus labios de nueva cuenta.
Diana se separó de ella minutos después. Se mantuvo a poca distancia de ella, mirándola con devoción.
—¿Qué es? —preguntó Leona, riendo debido al nerviosismo que le causaba la mirada ferviente de Diana—. No me mires fijamente por mucho tiempo… soy el sol, ¿recuerdas?
—No puedo negar eso. —murmuró Diana, rozando su nariz en la mejilla de Leona. Con la yema de sus dedos, acarició el borde de la remera anaranjada que tenía la morena—. Me calientas más que el sol de verano.
—Eso es porque estás sobre mí. —contestó Leona, mordiendo su labio inferior con ansias—. ¿Por qué me miras así? Con tus… ojos brillantes y rostro tan serio.
—Porque estoy tan celosa. —susurró Diana, filtrando su mano por debajo de la remera de Leona. Gimió al sentir el abdomen firme de la morena—. Quiero ser tu jabón, así tú me refregarías contra tu abdomen todas las mañanas y noches… y yo moriría feliz sólo por sentir esta… firmeza, y… joder, se sienten incluso mejor que hace un mes.
La carcajada de Leona no se hizo esperar. Atrajo a Leona hacia sí misma, besándola con deseo.
—No necesitas ser mi jabón, puedes seguir siendo tú y tocarlo cada vez que quieras. —dijo Leona en un susurro. Subió el borde de su remera hasta su pecho, dejando a la vista de Diana su sujetador violeta de encaje—. Incluso puedes lamerlo si así lo deseas.
Leona pudo darse cuenta del momento exacto en el que el cerebro de Diana se detuvo. Fue como si una de las neuronas de la joven pálida muriera, pues ella permaneció en shock, con su boca abierta, al igual que sus ojos. Entonces Diana intercaló su mirada entre los ojos de Leona y su abdomen firme, bajo ella. Paseó su mano derecha por la piel bronceada del abdomen de Leona. Agradeció a los dioses que, por su pelea estúpida de la noche anterior, se le haya partido una uña, pues eso la había incentivado a cortarlas cuando fue a su casa a ducharse y cambiarse.
Era una señal.
Los planetas y la luna se habían alineado. Los seres celestiales habían mirado hacia su galaxia y decidieron que luego de su vida de fracaso y depresión, ahora; por un día; tendría suerte. Las constelaciones en el cielo sólo le gritaban una cosa.
Tendría sexo.
Y quizás ya había tenido sexo antes, con Alune. Pero ahora lo tendría con Leona y eso era millones de veces más emocionante.
Se inclinó, sin separar sus ojos violáceos de los color avellana de Leona. La joven de cabello rojizo separó un poco sus labios, dejando escapar un suspiro de deseo cuando Diana pasó su lengua húmeda y cálida por su vientre. La respiración de Leona se volvió algo pesada cuando Diana comenzó a subir de forma lenta por su abdomen, dejando un rastro húmedo por su cuerpo. Leona mordió su labio inferior, sin dejar de observar a Diana, quien había cerrado sus ojos en el momento que decidió abrir más su boca, rozando sus dientes con la piel del abdomen de su acompañante. La peliblanca le dio una delicada mordida, haciendo gruñir a Leona, quien llevó sus manos a su cabello teñido.
Leona la obligó a subir para besarla, jalando un poco su cabello en su dirección. Con la pasión desbocada recorriendo cada poro de su piel, Leona besó a Diana mientras bajaba sus manos de su cabello a su espalda. Acarició un poco su espalda baja antes de filtrar sus manos bajo su camiseta. Entonces sintió la suave piel pálida de Diana bajo sus manos y no pudo evitar suspirar, pues el pequeño calor en su vientre comenzó a aumentar.
Diana se separó de ella el tiempo que la morena tardó en subir su camiseta por su cuerpo, ayudándola a deshacerse de la prenda de vestir que cubría su torso. Volvió a inclinarse sobre ella para besarla con pasión. Sus respiraciones pronto comenzaron a agitarse, y la joven de piel bronceada no pudo evitar soltar un gemido ahogado cuando Diana bajó su mano hasta su entrepierna, haciendo presión con sus dedos en su sexo, por encima de sus jeans ajustados. Leona clavó sus uñas en la espalda de la peliblanca, dejando diminutas marcas rojizas sobre su piel.
La joven pálida dejó sus labios, permitiéndole a Leona soltar un gemido de placer cuando, de nueva cuenta, Diana hizo presión en su sexo. Soltó una pequeña risa cuando Diana besó su cuello, dejando un rastro de saliva desde sus labios, por su mejilla, oreja y finalmente su cuello. La peliblanca le dio una ligera mordida a la piel bronceada de aquella zona de su cuerpo, haciendo reír más a Leona.
—¡No, basta! —gimió Leona, entre risas—. Sabes que allí no.
—Lo siento. —murmuró Diana, rozando su nariz por el cuello de la morena—. Es sólo… que me gusta cómo hueles.
—También me gusta cómo hueles, Diana. —susurró Leona, tomando las mejillas de Diana en sus manos y acercándola a sí misma.
Leona depositó varios besos cortos en su boca antes de unir sus labios en beso profundo y apasionado. La morena enredó sus dedos en los cabellos plateados de su acompañante, mientras ella volvía a bajar sus besos por su cuerpo. Diana mordió su hombro, suspirando cuando pasó una de sus manos por el brazo de Leona, sintiéndolo incluso más firme que el abdomen de la joven de cabello anaranjado.
Diana apartó el cabello de su rostro, alejándose de Leona para ayudarla a quitarse su remera cuando la prenda comenzó a estorbarle. Sentada sobre el abdomen de la más alta, Diana delineó con los dedos de su mano derecha el borde del sujetador del sujetador violeta, rozando apenas la piel bronceada del pecho izquierdo de Leona, que se mordió el labio inferior con ansias. No tardó en ayudar a Leona a deshacerse de su sujetador también. Diana abrió sus ojos con sorpresa cuando se encontró con algo que para ella era inusual.
—Joder. —gimió Diana, observando las perforaciones que tenía Leona en sus pezones—. Esto… es… interesante, para ser una fanática religiosa.
—Jódete o jódeme, Diana. —dijo Leona en un murmullo.
—Ok, sí… lo segundo, definitivamente. —susurró Diana. Amasó los pechos de la joven morena con sus manos, dándole especial atención a sus pezones, haciéndola emitir un gemido y cerrar sus ojos—. ¿Dolió? Es decir… es una zona sensible, creo.
—Dolió como el infierno. —masculló Leona, respirando con dificultad—. Pero… me hacen ver más caliente, ¿no?
Diana no contestó su pregunta, pero Leona no tuvo ninguna duda de que la respuesta era afirmativa. Podía sentir la humedad y el calor creciente entre las piernas de Diana, sobre su vientre.
Acercando su mano derecha hasta la boca entreabierta de Leona, Diana insertó uno de sus dedos en su boca, suspirando cuando la joven de cabello anaranjado lo succionó, lamiéndolo y permitiéndole a Diana jugar con su lengua en el interior de la cavidad de su boca. Dejó salir su dedo humedecido sólo para guiarlo hasta el pezón izquierdo de Leona, inclinándose sobre ella para capturar el derecho con sus labios. Lo lamió y jugueteó con él y con el arete metálico que colgaba del mismo. Sostuvo el arete entre sus dientes, dándole una mirada a Leona antes de proceder a jalarlo un poco.
El gemido entrecortado de la morena y cómo ella arqueó su espalda le dieron a entender a Diana que le gustaba. Hizo lo mismo con el izquierdo y al instante la morena se aferró a un cojín que estaba sobre su cabeza.
—¡Joder, sí, para eso me los puse! —exclamó Leona, sintiendo que de alguna forma su excitación aumentó con el simple hecho de que Diana tirara de sus perforaciones—. ¡Hazlo de nuevo!
Diana no la cuestionó, repitió ambas acciones al mismo tiempo y el chillido de placer que emitió la joven de piel bronceada retumbó en las paredes del departamento. Se dirigió a succionar con su boca el pezón izquierdo, liberándolo sólo cuando lo encontró erecto. Lamió sus labios, observando los peculiares aretes que tenía la morena. Tenían una pequeña gema dorada y una pluma colgante. Le extrañaba que no fueran dos pequeños soles.
Continuó su camino por el cuerpo de Leona, besando y lamiendo cuanto pudo de su abdomen firme. Con una de sus manos desabotonó los jeans de la morena, que se apresuró a llevar sus manos a los bordes del jean, bajándolos lo más que pudo para dejar a la vista su ropa interior de encaje negra.
—¿No combinan? —preguntó Diana, sonriendo con algo de malicia a la morena, ayudándola a terminar de sacarse los jeans, así como sus zapatillas y calcetines.
—Quítate eso, joder. —masculló Leona, sentándose en el sofá con su respiración agitada—. Quiero ver si los tuyos combinan.
—Por supuesto… —dijo Diana, poniéndose de pie para quitarse sus jeans, dejando a la vista su sujetador y ropa interior azul marino—… woah, de hecho, sí combinan. Iba a decir que por supuesto que no.
Sin decir una palabra, Leona la observó desde su lugar en el sofá. Pestañeó un par de veces, atónita. Diana tenía su piel pálida impregnada con diminutos lunares, así como un tatuaje en sus costillas, que iba desde la zona baja de su pecho hasta su cintura, otro en la parte interna de sus muslos y uno pequeño en su tobillo. Levantándose de su sitio, Leona se acercó a ella con cautela, sonriendo con deseo. Paseó su mano derecha por uno de sus hombros, caminando alrededor de Diana para posicionarse tras ella. Encontró otro tatuaje en su espalda baja. Recogió su cabello y procedió a dejar un beso sobre el pequeño lunar en la parte baja de su cuello. Diana se erizó de pies a cabeza, gimiendo cuando Leona besó otro lunar entre su cuello y hombro.
—¿Qué est-
—Armo una constelación en tu piel. —susurró Leona, dejando un rastro con su lengua hasta llegar a otro lunar, en su omoplato. Depositó un beso en el lunar—. Amo tus lunares.
—Amo tus aretes. —murmuró Diana, tomando una de las manos de Leona para llevarla hasta su vientre.
Leona no paró de besar la piel de su espalda, bajando su mano para acariciar la entrada de Diana por encima de su ropa interior. La peliblanca gimió y Leona se detuvo de besarla cuando escuchó el pequeño gemido delicado de Diana.
—¿Qué fue eso? —preguntó Leona—. Oh, Dioses, incluso gimes lindo.
—¿Qué? No. —se quejó Diana, ganando un color rosa en sus mejillas—. Sólo… ¡vuelve allí, Leona!
Guiando a la morena hasta el sofá, Diana la hizo sentarse y se arrodilló frente a ella, mirándola desde su lugar entre sus piernas. Acarició sus muslos con ambas manos, intercalando su mirada entre los ojos avellana de la morena y su centro. Paseó sus manos por la parte interna de sus muslos, haciendo que Leona suspirara con deseo y separara más sus piernas. Entonces lamió su muslo derecho, dirigiéndose con lentitud hasta la parte interna del mismo, cerca del sexo de la pelirroja, cuya respiración volvió a desenfrenarse.
Le dio una ligera mordida a la piel de su muslo y cuando Leona gimió, Diana lamió sus labios por encima de la tela negra que ya estaba humedecida. Aferrándose al cabello plateado de Diana, Leona volvió a gemir en un tono un poco más alto. La morena se movió contra ella cuando sintió que la fricción de su lengua contra la tela no era suficiente para satisfacerla y se removió en su lugar en el sofá, apartando con su mano su única prenda y permitiéndole a Diana un contacto directo entre su lengua y su ya bastante húmeda abertura. Echó su cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido de placer que fue mucho más ruidoso que los anteriores.
Diana pasó sus piernas por encima de sus hombros, obteniendo un mejor acceso al sexo de Leona. Recorrió con su lengua los labios internos de la morena, prestándole mayor atención a su clítoris cuando Leona la empujó contra sí misma, arañando su cuero cabelludo al no tener de qué más aferrarse. Los gemidos y suspiros de Leona invadieron la sala de estar y Diana creyó que incluso podrían atravesar las paredes, pues con el pasar de los minutos y debido a los rápidos movimientos de su lengua alrededor del pequeño órgano con forma de botón, sentía que la morena estaba cada vez más cerca del clímax.
Insertó dos dedos en su vagina, sin sorprenderse de que se deslizaran con tanta facilidad dentro de ella, pues incluso el sofá estaba humedecido con sus fluidos. Encontró el sabor de la morena deleitante y no se detuvo de chupar y lamer su clítoris, ni siquiera cuando la morena comenzó a retorcerse en su sitio, gritando.
Leona cruzó sus piernas detrás de Diana, curveando su espalda y jalando el cabello de Diana con algo de fuerza. Entonces, Diana la sintió relajarse por completo.
Sacó sus dedos del interior de Leona, chupándolos un poco para luego rozar su clítoris con rapidez. Introdujo su lengua en la vagina de Leona, causando que todo el cuerpo de la morena se erizara en un segundo.
—Espe- ¡Diana! —gimió Leona, encogiéndose en su sitio.
La joven de piel bronceada sintió cada músculo de su cuerpo tensarse conforme la peliblanca movía su lengua en su vagina y sus dedos en su clítoris. Por segunda vez, Leona pudo sentir contracciones en su vientre que irradiaban hacia su pelvis. Abrió su boca, queriendo decir algo, sin embargo, su respiración agitada y el éxtasis del momento no se lo permitieron. Diana continuó su trabajo con su lengua, y Leona se sintió desfallecer cuando una tercera oleada de placer la invadió.
Sólo cuando Leona se dejó caer en el respaldar del sofá; con su cabeza echada hacia atrás y sus manos sobre la cabeza de Diana, sin sujetar su cabello; fue que Diana se detuvo.
La peliblanca miró el sofá de terciopelo con algo de pesar, preguntándose si Leona le diría algo por ello. Alzó su mirada, encontrando a la morena más que satisfecha en su sitio. Ella acarició el cabello de Diana con parsimonia, permaneciendo con sus ojos cerrados y sus labios entreabiertos. Diana estaba segura de que no se quejaría del sofá.
—Si tú eres mi pecado… definitivamente no merezco redención. —susurró Leona, con su voz algo ronca debido a la excitación—. Ni la quiero. Sólo te quiero a ti.
—Señorita Rakkor, por favor. —dijo Diana, levantándose de su lugar para sentarse a un lado de Leona—. Lo siento por el sofá, ¿hay algo que pueda hacer para compensártelo?
—Siéntate en mi cara. —murmuró Leona, abriendo sus ojos para mirar a Diana a su lado—. Por favor, hazlo. Te lo ruego.
Diana sonrió con malicia. Acercó su mano derecha a su rostro, encontrando el aroma de Leona en sus dedos. Chupó uno de sus dedos, degustando de nuevo el sabor de la morena.
—Pero tienes varios sillones en los que me puedo sentar. —debatió Diana, mirando a su alrededor—. Me gusta el de cuero.
—Diana, te aseguro que no son tan cómodos como mi cara. —dijo Leona, inclinándose en su dirección y recargando su cabeza de su hombro—. Por favor… te prometo que, si lo haces, entonces siempre tendrás donde sentarte mientras yo tenga cara.
—Suena tentador. —dijo Diana entre dientes, acercándose a Leona para besarla—. Pero primero ¿puedes armar constelaciones en mi cuerpo, señorita Rakkor?
Levantándose de su sitio y sorprendiendo a Diana, Leona se estiró, tomando a la peliblanca de una de sus manos y pasándola por sus hombros. Diana soltó un gritillo de sorpresa cuando la morena la cargó en sus brazos, caminando en dirección a su habitación. Se tambaleó un poco, sin embargo, Leona logró llegar hasta su cama, donde depositó a Diana con delicadeza, sentándose a su lado en la cama.
—Eres muy hermosa, Diana. —susurró Leona, acariciando con sus dedos la piel del brazo izquierdo de Diana. La miró embelesada, intentando contar los lunares que decoraban la piel pálida de la joven más baja—. No tienes idea de cuántas veces he fantaseado este mes con tenerte aquí… así… con tu ropa interior que combina.
—¿Cómo carajos tienes la fuerza para cargarme luego de que tuviste tres orgasmos? ¡Tres! Yo sólo… tú… descansaste dos minutos, ¡menos! —exclamó Diana, mirando a Leona, desconcertada—. ¿No te cansas?
—¿De ti? Jamás. —aseguró Leona, alzando el brazo de Diana para depositar un beso sobre el primer lugar en su muñeca—. Soy atlética, podría hacer esto todo el día, Diana.
—¡¿Qué?! —exclamó la peliblanca, asustada—. ¿T-Todo el… día?
—Y la noche. —dijo Leona, dejando otro beso en otro lunar—. Esto es un abrebocas… un aperitivo antes de lo que sigue. —Haciendo un camino con su lengua, Leona le dio una pequeña mordida a un lunar en el brazo de Diana, sonriendo al verla desconcertada—. ¿Te gustan los juguetes? Tengo algunos.
—No voy a amarrarte, si a eso te refieres. —dijo Diana, estrechando un poco sus ojos a Leona.
Riendo un poco, Leona subió hasta el hombro de Diana, besando la piel pálida donde se hallaba un diminuto lunar claro. Mirando directamente a los ojos violáceos de Diana, Leona negó un poco con su cabeza, acercándose a su rostro para besarla de forma lenta. Se saboreó a sí misma en los labios rosados de la peliblanca y se separó de ella cuando Diana intentó introducir su lengua en su boca.
—Me refiero a los que vibran… ¿te gustan? Quizás sólo un dildo… lo que sea que te guste, lo tengo. —aseguró Leona, dirigiéndose al cuello de Diana para dejar pequeños besos en donde encontró un lunar.
—Me gustan los coleccionables, o los legos de Star Wars. —respondió Diana, sintiendo un cosquilleo en su vientre cuando Leona mordió su cuello.
—Oh, ¿de verdad? —preguntó Leona, alejándose un momento de Diana—. Tengo la estrella de la muerte.
—¡No! —exclamó Diana, buscando con su mirada en la habitación el objeto en cuestión—. Muéstrame.
—Luego de que nos demos besitos y te sientes en mi cara, vas a ver más que estrellas y muerte. —susurró Leona, bajando sus besos por su espalda. Desabrochó el sujetador de la peliblanca, que frunció su ceño—. ¿Puedo?
—Tú puedes cogerme si quieres. —dijo Diana, haciendo que Leona soltara una carcajada—. Como en serio, cógeme ahora, no voy a oponerme.
—Tu mamá dijo que necesitaba tu consentimiento antes de hacer algo. Así que… ¿puedo? —preguntó la pelinegra, deslizando un tirante por su hombro y mirándola perspicaz. Diana asintió con su cabeza—. Dilo, no quiero ir a prisión.
—¡Sí, lo quiero! —exclamó Diana, quitándose el sujetador y aventándolo a algún lugar de la habitación—. Joder, he soñado con esto desde que atendiste mi mesa, sólo acuéstate y déjame sentarme en tu cara.
—Pero querías que armara constelaciones con tus lunares, Di. —murmuró Leona, dejando varios besos por el cuerpo de Diana. La abrazó por la cintura desde atrás, descansando su cabeza en su hombro derecho—. Tu cuerpo es como un mapa estelar, ¿crees que pueda encontrar el camino hasta la luna habiendo tantos destellos en él?
—Está allí abajo, Leo, no vas a perderte. —susurró Diana, causando que Leona volviera a reír— Hablo en serio.
—Lo sé… sólo quería ser romántica. Dijiste que te gusta el sexo duro, pero con palabras dulces de por medio… así que lo intento, pero no me dejas. —dijo Leona en un susurro—. Me encantas.
—También me encantas… de verdad, nunca se me habría ocurrido antes desnudarme con alguien que conocí por sólo un mes… pero… desde que te vi eres la dueña de mi ropa interior. —contestó Diana, mirando las manos de Leona. Tomó una de ellas, entrelazándola con la suya—. Y… quiero hacerlo… quiero que me hagas lo que sea con lo que soñabas aquí, en esta misma cama.
—¿De verdad? ¿Quieres que te haga lo que he soñado? —preguntó Leona, sonriendo contra la piel de su hombro.
—O sea… si no son sueños sádicos, sí. —murmuró Diana, girando su cabeza para mirar a Leona a los ojos—. Si lo son… podemos discutirlo… luego de que me siente en tu cara.
Ampliando su sonrisa, Leona besó a Diana. Dejó libre su cintura, comenzando a acariciar el cuerpo de la peliblanca con lentitud. Diana cerró sus ojos, sintiendo las caricias de Leona sobre sus pechos y entrepierna. Leona la rodeó. Acarició su rostro con una de sus manos, recorriendo desde su mandíbula hasta su barbilla, entonces le hizo levantar su mentón, obteniendo mayor acceso a su cuello. Dejó un camino de besos por la piel pálida de Diana, bajando hasta su pecho izquierdo, al cual le dio la misma atención que Diana a los suyos.
Apretó el derecho en su mano, amasándolo con lentitud antes de atrapar su pezón en sus labios. Diana gimió, sintiendo los rápidos movimientos de la lengua de Leona contra su pezón, causando que se removiera al sentir un cosquilleo creciente en su vientre.
Era buena. Podría decir que más buena que ella. O quizás Diana era más sensible.
Leona volvió a besar sus labios, pellizcando un poco sus pezones erectos con sus dedos y haciéndola gemir en el beso. Lamió los labios de Diana, introduciendo su lengua en su boca y jugueteando con la de ella mientras que su mano derecha se aventuraba a explorar el interior de los muslos de la peliblanca.
Diana se removió más en su sitio, moviéndose contra los movimientos de la mano de Leona, mientras su lengua continuaba moviéndose contra la suya. Leona paseó su mano libre por la espalda de Diana, arañándola un poco y causando que Diana se separara del beso para mirarla con algo de reproche.
Sonriendo con lascivia, Leona llevó sus manos a los bordes de la ropa interior de Diana y ella se puso sobre sus rodillas, ayudándola a quitarle la última prenda que cubría su desnudez. El calor en la habitación se hizo muy presente para Diana de repente, sin embargo, no tuvo tiempo de decir nada, pues Leona se dejó caer en la cama, guiándola de la mano para que se sentara sobre ella. Más precisamente, sobre su cara.
Diana tomó una profunda respiración antes de hacerlo.
—Joder. —masculló Diana cuando sintió la húmeda lengua de Leona contra sus labios.
Comenzó lento. Recorriendo sus labios mayores por todo lo largo con la punta de su lengua. Se ayudó con sus manos para abrirse paso a sus labios internos y Diana suspiró, sintiendo todo su cuerpo temblar cuando la respiración de Leona chocó contra su clítoris.
Se removió, infiltrando sus dedos en el cabello anaranjado de Leona, acariciándolo con delicadeza.
Entonces ella comenzó a aumentar la velocidad de los movimientos de su lengua cuando llegó a su clítoris y Diana se irguió en su sitio, alejando su sexo del rostro de Leona.
—¿Qué? ¿Qué hice mal? —preguntó Leona, consternada—. ¿Te dolió o algo?
—¿Mal? No… es… sólo… —murmuró Diana, cubriendo su rostro sonrojado con una de sus manos—… eres buena, joder.
—¿Y eso es malo? —preguntó Leona, confundida.
—Eso es… maravilloso. —masculló Diana, volviendo a dejar descansar su centro sobre la boca de Leona.
Ella reanudó su trabajo sin queja alguna. Alzó una de sus manos, acariciando un pecho de Diana en sus manos mientras con la otra se ayudaba a mantener separados los labios de Diana, que comenzaba a agitar sus caderas contra ella. Cerrando sus ojos, Diana intentó pensar en otra cosa además del calor creciente en la habitación.
Movió sus caderas contra Leona, arqueando su espalda para encontrar una posición en la que la lengua de la pelirroja alcanzara una mayor profundidad en la cavidad de su vagina. Sostuvo su peso de la cabecera de la cama de Leona, sin parar los movimientos de sus caderas. Sintió una gota de sudor deslizándose por su frente y la limpió con brusquedad ante la idea de estar sudando. Lo odiaba. Odiaba sudar. Odiaba el calor. Hacía mucho calor, incluso estando desnuda sentía que estaban haciendo cincuenta o más grados en esa habitación. Mordió su labio inferior, intentando acallar los gemidos que se escapaban de sus labios. Se preguntó si Leona pensaba que se veía hermosa y abrió sus ojos para encontrar a la morena con sus ojos fijos en ella.
Sintió a Leona sonreír contra su sexo y por algún motivo eso la excitó más. Sin embargo, era como si su cerebro estuviera a millón. No podía parar de pensar, en el calor, en el sudor, en Leona, en el calor de nuevo.
Entonces su cerebro se reseteó cuando sintió una fuerte palmada en su trasero.
Abrió sus labios, pero en lugar de una queja, se escapó de ellos un gemido de placer como ninguno que haya emitido antes. La mirada inocente de Leona entre sus piernas, el trabajo con su lengua y una segunda nalgada causó que; como si se tratara de un globo que acababa de ser pinchado con una aguja; Diana sintiera una oleada de placer estallando en su interior, expandiéndose desde el centro de su vientre hasta su pelvis y filtrándose por el resto de su cuerpo en cuestión de segundos.
Aunque intentó aferrarse a la cabecera de la cama, sus brazos le fallaron y la peliblanca no pudo evitar caer contra la almohada de Leona, abatida.
Sentía el placer como una oleada de punzadas por todo su cuerpo y no pudo decir nada debido a su respiración agitada. Pero, justo como ella, Leona no se detuvo al verla cansada sobre su cama. Dándoles la vuelta sobre la cama, Leona se posicionó sobre Diana y no se separó de su sexo ni siquiera cuando Diana comenzó a patalear en la cama. Recibió un jalón de cabello bastante fuerte y si no fuera porque sintió varios cabellos siendo arrancados, la joven morena no se hubiera alejado de Diana.
—¡Carajo, Di! —se quejó Leona, acariciando su cien—. Eso dolió.
Diana continuaba en la cama con su boca y ojos abiertos. No podía decir nada, pues su respiración precipitada no se lo permitía. Leona la miró complacida con su trabajo y rápidamente se acostó a un lado de Diana, abrazándola. Leona lamió sus labios antes de besar la mejilla de Diana, apartando varios mechones plateados de su rostro.
—¿Soy el mejor lugar en el que te has sentado? —preguntó Leona, sin parar de acariciar el cabello de Diana—. ¿O no te sorprendí?
—Juez de la cima… ¿eres tú? —musitó apenas Diana, respirando agitada—. ¿Acaso alcancé la cima del Monte Targón y no me di cuenta? Porque se siente como la gloria aquí.
—Mmmm… diría que logré llevarte volando a la luna, preciosa. —dijo Leona, acercándose para besar los labios de Diana con pasión—. No tienes ni un vello creciendo en tu piel… ¿cómo? Siento zonas en mis piernas donde están comenzando a salirme vellos.
—Depilación láser, ocho sesiones. Valieron cada centavo, porque odio el vello corporal. —dijo Diana, haciendo que Leona desviara su mirada al techo.
—Lo siento. —murmuró Leona, cubriendo su rostro con una f sus manos—. No sabía que íbamos a… bueno... a hacerlo, y yo… lo sien-
—¡No! Es… está bien, es que… lo decía porque odio la sensación de vello en mi cuerpo. —dijo Diana, girándose en la cama para poder mirar a Leona de frente—. Además, soy velluda, y en verano era una tortura el calor. Y tuve que decolorar los vellos de mis brazos, para no depilarlos, porque se notaban mucho.
—¿Por qué? —preguntó Leona, acariciando uno de los brazos de Diana y mirándolo con interés—. ¿De qué color es tu cabello en realidad?
Diana colocó una mano en su frente, cubriendo sus cejas oscuras.
—Blanco… obviamente. —respondió Diana, sonriendo con inocencia a Leona. Pasó una de sus piernas por encima de las de la morena, ignorando el calor que la invadió—. Pude notar que tú eres pelirroja natural.
Con una de sus manos, Diana acarició el pequeño triángulo invertido de vello púbico que tenía Leona. La morena mordió su labio inferior con deseo, permitiéndole a Diana acariciar aquella zona de su cuerpo.
Leona paseó sus dedos por el tatuaje en las costillas de Diana, delineando los trazos en tinta con delicadeza. Miró los labios de Diana y luego sus ojos violáceos. Amplió su sonrisa.
—Soy la silla más feliz del mundo. —dijo Leona, sin detener sus caricias en la piel de Diana—. Áurea podría reclamar mi alma ahora y yo aceptaría mi muerte complacida.
—Qué poética. —murmuró Diana, riendo un poco. Acercó sus labios a los de Leona, recorriendo con la punta de sus dedos la entrada húmeda de la pelirroja—. ¿Acaso Áurea sabe todo lo que deseas hacerme con esos juguetes tuyos? ¿Está mirándonos ahora?
—Si está mirando, debería darle un espectáculo digno de ser observado por ella. —musitó Leona, arañando un poco la piel de Diana—. Sólo espera un momento.
Depositó un profundo beso sobre los labios de Diana, explorando con su lengua la cavidad cálida de su boca. Siguió un camino de besos por su mejilla y mandíbula, hasta su cuello, así como recorrió con su mano la cintura de Diana, deteniendo su mano en uno de sus glúteos.
La miró fijamente a los ojos, sonriendo con malicia ante la mirada de advertencia que le dedicó la peliblanca. El gemido de Diana fue opacado por el sonoro ruido producido por la palmada que le dio Leona en aquella zona de su cuerpo.
Sonriendo victoriosa, Leona se sentó en la cama, levantándose de ella para dirigirse al clóset.
Buscó en uno de los cajones del mismo, permaneciendo inmóvil por un instante ante la duda. Tomó uno, pasando por la puerta que daba al baño que compartía con Sivir.
Diana mantuvo sus ojos en ella en todo momento, suspirando cuando se perdió tras la puerta de madera oscura.
Cerró sus ojos, aspirando el aroma de Leona en las sábanas y llevando su mano hasta su pelvis. La sensación de estar desnuda sobre esa cama era muy distinta a la que sintió horas atrás, habiendo estado allí con un pijama.
Volvió a aspirar profundamente, frotando de forma circular su clítoris. Giró en la cama, encontrándose ahora boca abajo en ella. Mordió la frazada anaranjada con algo de fuerza, conteniendo sus gemidos, mientras con su mano continuaba la fricción deliciosa sobre su sexo.
Era embriagante. El aroma adherido a la cama la envolvía, haciéndola fantasear con la morena que seguía sin aparecer en la habitación. Soltó un gemido ahogado, deseando con que Leona aparecía y finalizaba por ella el trabajo que Diana había iniciado.
Arqueó su espalda, sosteniendo su peso de sus rodillas y removiéndose ansiosa.
Su excitación creció ante la idea de que Leona la encontrara así, lista para que ella volviera a penetrarla con su lengua o sus dedos. Seguramente haría algún comentario obsceno referente a su posición o a lo húmeda que estaba y con sus manos recorrería su espalda antes de volver a azotar uno de sus glúteos con su mano.
Volvió a gemir, insertando dos de sus dedos en su interior, moviéndolos con rapidez dentro de su vagina. El aroma de la morena se intensificó y Diana no pudo evitar gemir su nombre, pues lo único que rondaba su cabeza en ese momento y desde hace un mes era la radiante joven.
Sintió algo frío rozando la parte interna de sus muslos y su mano.
Entonces mordió la frazada de nueva cuenta, sintiendo su cuerpo temblar ante la presencia de Leona.
—Qué traviesa. —susurró Leona, con su voz ronca—. ¿No es de mala educación masturbarte en la cama de la persona que voluntariamente podría hacerlo por ti?
Diana sólo volvió a gemir, dejando caer su mano sobre la cama y permitiéndole a Leona observar por completo su intimidad. La morena lamió sus labios con ansias, volviendo a deslizar el objeto por la entrada de Diana, rozando sus labios e impregnando la silicona con los fluidos abundantes de Diana.
Arañó la piel de la espalda de Diana, clavando sus uñas en sus caderas, sin parar la fricción del objeto contra ella. Lo tomó con una de sus manos, gimiendo un poco por sentir moverse en su interior la parte del objeto que estaba en su vagina.
Mordió su labio inferior cuando colocó la punta en la entrada de Diana, sintiendo algo de resistencia por parte de la peliblanca.
—¿No lo quieres? —preguntó Leona, interesada en su respuesta—. Podemos parar si no quie-
—Nunca he… hecho esto… con uno de esos. —murmuró Diana contra la cama—. Supongo que… no estoy acostumbrada.
—Ya veo. —susurró Leona entre dientes—. Sólo… relájate, no vas a sentirlo.
Leona la penetró con sus dedos, moviéndolos dentro de ella, esperando que lubricara un poco más de esa forma. Escuchó a Diana suspirar y gemir, y sólo cuando el dildo se encontró mucho más lubricado fue que volvió a intentarlo.
—Joder… ¡Leona! —gimió Diana, arqueando más su espalda y aferrándose a las sábanas con fuerza.
—Está bien… sólo relájate, Diana. —musitó Leona, saliendo de ella con la misma lentitud con la que había entrado—. No lo sentirás en breve.
Diana ahogó otro gemido en la cama cuando Leona volvió a penetrarla, un poco más rápido que antes. La morena llevó una de sus manos al clítoris hinchado de la peliblanca, acariciándolo al ritmo acompasado de sus penetraciones.
Tardó un poco en dejar de sentirse incómoda, sin embargo, cuando Diana por fin sintió que se relajaba, Leona comenzó a moverse más rápido. De nuevo el calor en la habitación comenzaba a ser insoportable para Diana, que no podía hacer más que gemir y gruñir conforme Leona aumentaba la velocidad de sus embestidas, así como de la fricción de su mano contra su clítoris.
Un grito se escapó de los labios de Diana cuando la pelvis de Leona chocó con su trasero. El dildo entró por completo en ella y, debido a su forma algo curvilínea, logró tocar un punto sensible en el interior de Diana que ella misma desconocía. Leona se mantuvo dentro de ella unos segundos, antes de salir un poco para volver a entrar con la misma rapidez y brusquedad.
Otro grito de Diana y la forma en que se retorció sobre la cama le indicó a Leona que lo estaba disfrutando.
Apartó el cabello de su rostro, inclinándose en dirección a Diana para hacerla levantar su torso y sostenerse de la cabecera de su cama. Besó su espalda, llevando sus manos a la cintura de Diana y acercando sus labios a la oreja derecha de la peliblanca.
—Ahora que veo que te gusta… me veo en la obligación de darte como a cajón que no cierra. —susurró Leona en su oreja, haciendo sonrojar más a Diana.
—¿Q-Qué? —musitó Diana y tuvo que sostenerse con fuerza a la cabecera cuando Leona volvió a salir y entrar de ella con rapidez.
No tenía qué morder para acallar sus gemidos, pero no lo necesitaba. Los mismos eran opacados por el ruido producido por la madera de la cabecera, que golpeaba la pared de concreto de la habitación conforme Leona la embestía con fuerza.
Diana sintió su vagina contraerse y sus piernas flaquear, sin embargo, se aferraba a la cabecera como si su vida dependiera de ello. Leona se inclinó en su dirección, besando su cuello y hombro mientras continuaba con sus embestidas que se hacían más rápidas y fuertes de lo que Diana creía que podía llegar a soportar.
—¡Ah, Leo… esper-
La morena no la dejó terminar de hablar. Ni siquiera la dejó recomponer su respiración cuando salió de ella y la hizo girarse. Colocó las rodillas de Diana en sus hombros y, mientras con una mano insertaba de nuevo el objeto de silicona en su vagina, con la otra tomó sus mejillas con una de sus manos y la obligó a abrir su boca, metiendo su dedo índice en la boca de Diana.
Se inclinó un poco sobre ella, sosteniendo su peso con una de sus manos y sus rodillas. Entonces Diana volvió a sentir la fricción del objeto contra las paredes de su vagina y puso sus ojos en blanco, extasiada. Sus gemidos ahora podían competir con el ruido de la cama contra la pared, pero Leona los acalló, besándola con pasión mientras continuaba moviéndose contra ella.
Diana pasó sus brazos por el cuello de Leona, sin importarle la nueva flexibilidad que parecía tener su cuerpo, pues sus rodillas estaban casi a la altura de su cara. Sintió una oleada de placer invadirla y poco le importó el sudor que había impregnado su cuerpo desde hace varios minutos.
Perdió la noción del tiempo. Ignoraba si habían pasado segundos o minutos y Leona no paraba de penetrarla, mientras que sus piernas se retorcían sobre sus hombros.
De nuevo, su vagina se contrajo y un calor se deslizó por su vientre, haciéndola temblar en brazos de Leona.
Leona salió de ella, recargando su frente del hombro de Diana y besando su piel con cariño. Leona notó la respiración descontrolada de Diana, así como su ligero temblor y el abundante sudor de su piel.
—¿Lista? —preguntó Leona al cabo de un par de minutos y Diana la miró consternada, con su garganta seca—. Aún no lo he hecho vibrar, quiero probarlo.
—¿Qué? No… yo… ¡dame un respiro! —exclamó Diana, mirándola con pánico—. ¡Ni siquiera han pasado cinco minutos!
—Las mujeres somos multiorgásmicas, Diana. —se excusó Leona, arqueando una ceja—. Es un don divino otorgado por los seres celestiales… tenemos que aprovecharlo.
—J-Joder, no. —se quejó Diana. Negando un poco con su cabeza, Diana cerró sus ojos con fuerza—. ¿N-No tienes hambre? No como nada desde que desayuné y… ¿quieres comer algo? Yo pago.
Leona pareció meditarlo, sonrió con inocencia a Diana, asintiendo con su cabeza como respuesta.
—Pero luego lo hacemos vibrar. —dijo Leona, ampliando su sonrisa y cerrando sus ojos—. Es interesante este. Nunca lo había usado antes. Tiene una forma peculiar… ¿te gustó?
—Es… ¿pizza o pollo frito? —preguntó Diana, tragando con fuerza—. ¿Quizás comida joniana?
—¡Pollo frito! Con un bote enorme de papas fritas, porque amo las papas fritas del Galio Chikens. —respondió Leona, moviendo el dildo desde la punta y sintiéndolo moverse en su interior—. Oh… yo llamo, tú… puedes tomar un respiro.
Diana suspiró cuando Leona salió de la habitación, mirando el reloj de pared en la habitación. Eran las siete. Una parte de ella se preguntaba cómo había terminado allí y la otra estaba más feliz que Zoe con gato nuevo.
Con cautela, se acercó al ventanal, sintiendo sus piernas flaquear un poco. Observó al horizonte por una pequeña abertura de las cortinas. No podía ver el sol, que seguía brillando, pero por la tonalidad del cielo anaranjado podía notar que estaba comenzando a ocultarse.
Diana cerró sus ojos por un momento, sonriendo a pesar del calor que invadía la habitación. Le dolía su entrepierna, sí. Su cabello estaba hecho un desastre, sí. Estaba transpirando, sí. Pero todo valía la pena.
Aún sentía una ligera incomodidad en su intimidad, pero ni siquiera eso le quitaba la sonrisa de sus labios.
—Tardará de quince a treinta minutos. —dijo Leona, saliendo del baño y acostándose sobre su cama, cubriendo su intimidad con una almohada—. ¿Quieres abrazarnos y besarnos mientras esperamos?
Diana la observó en silencio desde el ventanal, ladeando un poco su cabeza al encontrar a Leona aún desnuda.
—¿Contigo? Haría cualquier cosa el resto de mi vida. —dijo Diana, acercándose a la cama.
—Eso suena genial… —murmuró Leona, jalando a Diana de la mano para posicionarse sobre ella—… porque sé qué podemos hacer además de abrazarnos y besarnos.
—¿Qu-
—¡Voy a darte como a cajón que no cierra, Diana! —exclamó Leona, apartando la almohada para dejar a la vista el dildo entre sus piernas. La joven pálida ganó un tono rojo intenso en su rostro al instante en que sus ojos se fijaron en el objeto—. ¡Y esta vez mientras vibra!
Diana quiso refutar, sin embargo, apenas sintió el dildo vibrar contra su pelvis, lo único que salió de sus labios fue un gemido.
—Dioses… soy yo de nuevo. —susurró Diana, mordiendo su labio inferior.
Goddess of Luminosity.
