No mamen, qué profundo el título, jajajajaja, me lo hubiera guardado para cuando venga la verdadera tragedia. Ya nada xd
Hola, qué tal? Qué hacen? Cómo los trata la vida? A mí como el hoyo, pero ajá. Quiero notificarles que ahora actualizaré como 5k de palabras por cap, porque no TENGO TIEMPO DE HACER NADA QUE NO SEA ACTUALIZAR, TENGAN PIEDAD, YO QUIERO JUGAR LOL xd Y bueno, quiero dibujar y hacer cosas que me gustan, porque pues me gusta hacer más cosas además de escribir xdxd
Quizás no actualice en navidad o año nuevo, porque pues... hello, son fiestas y quiero estar en mi cama durmiendo como cualquier persona con depresión en fiestas navideñas o de cualquier otro tipo, jaja.
Y eso. Espero que les guste el cap, sí, ya luego meto a Syndra e Irelia, ya relajen las nalgas. Se me cuidan UwUr Salu3
Diana llevó la pajilla a su boca, bebiendo de su soda mientras miraba la pantalla de su teléfono. Sonrió, respondiendo un mensaje de Leona. No habían amanecido como el día anterior, la pelirroja tuvo que despertarla temprano y apresurarla para desayunar, pues ese día volvía a la universidad. Pero incluso si había despertado a las ocho de la mañana, Diana era feliz.
Era feliz porque Leona se acurrucó a su lado cuando finalmente "cerró el cajón", le susurró cosas al oído mientras acariciaba su cabello y la abrazó toda la noche.
Incluso cuando dejó a la morena cerca de su universidad y ella se despidió con un beso, Diana no podía borrar la sonrisa de sus labios. Ni siquiera cuando pisó su hogar y su madre fue quien abrió la puerta. Durante sus dos primeras clases, mantuvo la sonrisa. Y ahora, mientras tomaba su almuerzo, ella continuaba sonriendo. Ni la pequeña incomodidad que sentía al caminar era capaz de borrarle la sonrisa.
—¿Por qué sonríes? Te ves creepy. —dijo Syndra, comiendo de su ensalada.
—No está oyéndote. —habló Sarah, pasando una mano en medio del teléfono de Diana y su mirada, sin embargo, ella no reaccionó—. Oh, es afortunada, alcanzó la iluminación y nunca más va a tener que escuchar tu quejosa voz irritante.
—¿Qué dijiste, Fortune? Dilo de nuevo, te reto. —gruñó Syndra, frunciendo su ceño—. Es afortunada de no tener que escuchar tu risa escandalosa.
—No puedes usar mi propio hechizo contra mí, Fae'lor. —aseguró Sarah, sonriendo con malicia.
"Gracias por prestarme tu camisa y overol. Te los devolveré luego de lavarlos."
Texteó Diana, ignorando la batalla verbal entre sus amigas. No tenía un cambio de ropa en la mañana, así que Leona decidió darle algo de su clóset, aunque le quedaban sólo un poco grandes. Diana se permitió fantasear con quedarse una noche más con Leona, sin embargo, la advertencia de su madre fue muy seria; si no volvía a casa esa noche no encontraría sus enciclopedias ni tomos de investigación Lunari cuando volviera.
"Está bien… te veías muy linda con mi ropa."
Diana suspiró, ampliando su sonrisa al leer el mensaje.
"Estuve tentada a arrancártela, porque te ves mucho mejor sin nada encima."
Entonces su rostro ganó un color rosa al instante. El mismo fue notado por sus amigas, que detuvieron su altercado por mirar a Diana desconcertadas.
Syndra estrechó sus ojos, tratando de descifrar qué había de extraño en Diana, además de sus ojos en forma de corazón y su sonrisa de estúpida. Sarah chasqueó sus dedos, llamando la atención de Syndra. Entonces la pelirroja le dio un jalón a su propia ropa, causando que Syndra abriera sus ojos con sorpresa al fijarse de nuevo en Diana.
—Esa no es tu ropa, Diana. —murmuró Syndra, ladeando su cabeza—. Y estás muy feliz.
Rápidamente, Sarah se inclinó hacia Diana en la mesa redonda, palmeando el muslo derecho de su amiga y causando que, por fin, Diana reaccionara a sus palabras.
Diana gimió, erizándose por completo ante el golpe y cerrando sus piernas por inercia.
—¿Sensible, Diana? —preguntó Sarah, arqueando una ceja—. Sonriente como nunca, con cara de idiota… oh, Dioses.
—¿Qué? ¿Qué demonios te pasa? ¡¿Por qué me golpeas?! —indagó Diana, consternada.
—¡Cogiste! —exclamó Sarah, causando que Diana mirara a su alrededor, asustada por las miradas de las personas a su alrededor—. Ugh, lo siento… cogiste. —dijo ahora en un susurro, inclinándose sobre la mesa y mirando a Diana con emoción—. Cogiste con Leona, no puedo creerlo.
—¿Qué? ¿Tan rápido? No hay manera, Fortune. —negó Syndra, desviando sus ojos al teléfono de Diana. Abrió sus ojos con sorpresa, arrebatándoselo a la peliblanca—. ¡¿Qué carajo, Diana?!
—¡Hey, dame eso! —se quejó Diana, intentando quitarle su celular a Syndra, que leía la conversación que estuvo manteniendo con Leona con su boca abierta—. ¡Syndra, dámelo!
—¿Te ves mejor sin nada? Tú cogiste con ella, no lo puedo creer. —susurró Syndra, soltando un gritillo de emoción luego de su frase. Sarah se le unió, moviendo sus pies bajo la mesa con emoción—. Diana, estoy tan orgullosa de t-
—¡Jódete, no otra vez! —gruñó Diana, arrebatándole su teléfono para mirar lo que Leona había escrito—. Y no voy a decirles nada.
—¡Pero, Diana! —exclamaron ambas a la vez.
Nami se dejó caer sobre la mesa, sorprendiendo a todas al verla caer cual saco sobre la mesa.
—Por favor, díganme que si son ustedes… creí haberlas visto antes y pasé la peor vergüenza de mi vida. —murmuró la pelinegra, sin abrir sus ojos—. Dos veces.
—¿Quién carajo eres tú? —preguntó Syndra, sonriendo con malicia.
—Sí… no me equivoqué, esa es mi castrosa. —susurró Nami, sonriendo y arrastrándose por la mesa hasta dejarse caer sobre el regazo de Sarah—. Y esta es mi chica.
—Diana tuvo sexo con Leona. —dijo Sarah, causando que Diana volviera a sonrojarse.
—Y Diana tuvo- ¡¿Diana qué?! —preguntó Nami sorprendida, sentándose correctamente en su sitio. Miró su reloj de pulsera y luego a Diana. Tomó sus manos por encima de la mesa, mirándola con desesperación—. Sólo tengo diez minutos antes de mi próxima práctica, por favor, dímelo todo ahora o voy a morir de la curiosidad en clase.
—¿Qué? No… no voy a-
—¿Ella era la top? —preguntó Syndra, sorbiendo de su malteada—. ¿O la bottom?
—No vo-
—Le duelen las piernas, es claro quién fue la bottom. —respondió Sarah, riendo con burla—. Es gracioso porque con Alune, Diana era la top.
—Yo n-
—Sí, igual imagino a Diana clavando sus uñas en esos brazotes. —dijo Syndra, sonriendo con lascivia—. Por los espíritus, Leona, asfíxiame con tus brazos. —El silencio reinó en la mesa y el grupo de amigas permaneció mirando a Syndra confundidas—. ¿Qué? ¿Me van a decir que no lo pensaron? ¡Vamos!
—Quiero decir, sí… pero nosotras somos dos lesbianas y una bisexual. —murmuró Nami, arqueando una ceja—. ¿Cuál es tu excusa?
Syndra miró a sus amigas con nerviosismo, sintiendo como si; de alguna forma; Irelia hubiera activado en ella el modo homosexual en un par de cogidas.
—Me gustan… ¿las personas fuertes? —respondió la rubia, dudosa—. Como sea, ¿sentiste sus brazos o no?
—Sí, per-
—¿Eran firmes? —preguntó de nuevo Syndra, interesada—. Como… ya sabes, ¿duritos y tensos ante tu tacto?
—¿Qué carajo acabas de preguntar? —preguntó Diana, terminando de decir por fin una frase completa—. Voy a comenzar a pensar que te gusta mi… err…
—¡¿Tu qué?! —preguntaron sus tres amigas al mismo tiempo, inclinándose sobre la mesa para mirar fijamente a Diana.
—¿Son novias ahora? —preguntó Nami, interesada.
—¿O follamigas? —indagó Sarah, subiendo y bajando sus cejas de forma sugestiva.
—¿Tu persona favorita para saciar tus deseos carnales y con quien compartes un vínculo emocional, pero eso no te hace homosexual? —preguntó Syndra, causando que; de nuevo; la voltearan a mirar sus amigas—. ¿Qué? Quiero decir… ¿acaso Sarah no fornicaba con hombres? Eso no la hace heterosexual.
—Soy bisexual. —respondió Sarah, frunciendo un poco su ceño—. ¿Lo eres también? Porque… estaríamos totalmente bien con eso.
Syndra tensó su mandíbula. Miró la hora en su celular y se levantó de la mesa, sonriendo con nerviosismo.
—Voy gay- ¡Voy tarde! —exclamó Syndra, recogiendo sus cosas con rapidez—. Voy tarde y ustedes son gays. Nos vemos por el barrio, lesbianas perdedoras.
—Ella es tan gay. —susurró Nami, causando que Sarah asintiera con su cabeza—. Como sea, Dia… na. —murmuró Nami, volteando su mirada al frente sólo para percatarse de que Diana había aprovechado la distracción de Syndra para huir—. ¡Maldición! ¡¿Ahora cómo voy a concentrarme en mis clases con este chisme sin resolver?!
—Ya, amor… estoy segura de que Diana te contará. —dijo Sarah, recargando su hombro de la mesa para mirar el rostro cansado de su novia—. ¿Has dormido algo?
—Dormí media hora en el baño. —respondió la pelinegra descansando su cabeza en la mesa—. No sé cuando vuelva a dormir… ¿puedes quedarte así un minuto y acariciar mi cabello?
Sarah sonrió, comenzando a acariciar el cabello oscuro de su novia, dejando un beso en su oreja.
—Toda la vida, si quieres. —respondió la pelirroja, observando a Nami con sus ojos cerrados descansar sobre la mesa del comedor.
Diana ni siquiera tuvo tiempo de insertar la llave en la cerradura cuando la puerta que iba del garaje hasta el recibidor se abrió de forma abrupta. Sin decir una palabra, su madre la arrastró hasta la sala de estar, aferrándose al brazo de Diana con fuerza hasta el punto de clavar sus uñas en su brazo. La obligó a sentarse en uno de los sofás, y Diana no pudo hacer otra cosa que fijar su mirada en el suelo, sintiéndose apenada por lo que sea que iba a decirle o recriminarle su madre.
—Puedes explicarme, Diana Koray, ¿en dónde has estado estos últimos dos días? —preguntó la mujer rubia, cruzando sus brazos por encima de su pecho—. No respondes mis llamadas, no contestas mis mensajes, ¡no me dices dónde estás!
—Lo sie-
—¡¿Qué te pasó en el rostro?! —exclamó Selene, desconcertada. La obligó a levantar la mirada, sin darle tiempo a Diana de intentar ocultar su rostro—. ¡¿Quién te hizo esto, Diana?!
—Mamá, y-
—Ahora mismo quiero que me expliques, ¡¿quién es esa tal Leona y por qué siempre que sales con ella llegas golpeada?! —exigió Selene, comenzando a caminar en círculos en la sala—. Voy a llamar a la policía, esto es el colmo. Primero tu nariz, ahora toda tu cara… ¡¿estás teniendo prácticas sexuales alocadas o qué diablos, Diana?!
—¡Ew, mamá, no! —exclamó Diana, negando con su cabeza—. No es lo que crees… yo… ella… ella no hizo esto.
—¡¿Y lo de la nariz en tu primera cita?! —preguntó Selene, al borde de un colapso.
—Fui… fui yo, mamá. Me desmayé y-
—¡¿Y por qué te desmayaste?! ¿Qué te hizo para que llegaras a desmayarte?, por los Dioses, Diana. —dijo la mujer, pasando sus manos por su cabello con frustración—. ¿Acaso no comprendes mi posición como madre? ¿Qué dirías si Zoe llega con su nariz rota un día luego de una cita y luego con su rostro golpeado? ¡¿Qué le dirías a Zoe?!
—Hey, mamá, escuché que me llam-
—¡A tu habitación, ahora! —exclamó Selene, volteando a mirar a Zoe con sus ojos brillando de ira. La niña giró sobre sus talones, desapareciendo de la estancia tan rápido como apareció—. ¡Explotarías del enojo por no entender qué le sucedió a tu hermana, ¿o no?!
Diana se cohibió. Asintió con su cabeza de forma lenta, bajando la mirada para volver a mirar el suelo. Jugó con sus dedos de forma nerviosa, sin saber qué contestarle a su madre, o si debía siquiera contestar a sus preguntas. Selene notó la incomodidad y nerviosismo de Diana, por lo que suspiró con frustración, deseando tener la paciencia para comunicarse de mejor forma con su hija mayor.
Nunca habían hablado mucho, de hecho, tenía contadas con una de sus manos las veces que tuvo conversaciones serias con Diana, conversaciones acerca de situaciones o aspectos importantes de su vida. Siempre comenzaba así. Siempre comenzaba recriminándole algo que había hecho mal, para luego darse el tiempo de pensar por un instante en lo que sentía Diana y en lo mucho que se le dificultaba a su hija expresarse con ella, y con cualquier persona en general, como para que ella se lo volviera más difícil, gritándole y juzgándola.
Se sentó a un lado de ella en el sofá, pasando sus manos por su cabello con frustración.
Ambas permanecieron en silencio por un largo rato. Diana sin saber si era correcto decir algo y Selene sin saber qué decir para disculparse con su hija.
—Lo lamento, estaba… enloquecí un poco. —susurró su madre, causando que Diana mordiera su labio inferior con nerviosismo—. Y sé que no debería juzgar a esta chica sin conocerla… se escuchaba como alguien agradable, sólo que… no sé qué pensar si cada vez que sales con ella llegas en este estado, Diana. ¿Puedes explicármelo? Porque… tuve muchas citas con tu padre y nunca volvía así a casa.
Diana asintió con su cabeza, removiéndose un poco en su sitio, ansiosa.
—Golpeé a Zed. —susurró Diana, con su cabeza agachada—. El novio de Syndra… ¿ex novio? No lo sé ahora. —Selene deseó preguntarle el motivo, sin embargo, se mantuvo en silencio, esperando que Diana continuara con lo que estaba diciendo—. Lo golpeé porque él estaba maltratando a Syndra y… no sé en qué momento él se lanzó sobre mí y me devolvió el golpe… de hecho, estaría peor si Leona no hubiera aparecido. —Diana calló, esperando que su madre dijera algo, no obstante, ella continuaba en silencio, a la espera de algo más—. Y no… no volví a casa porque sabía cómo reaccionarías, y no quería que… no quería que le dijeras a papá que iniciara acciones legales, porque no quiero involucrar a Leona, ni a Syndra, ni… no quiero ser una molestia para ti, mamá.
—Diana, no eres una molestia. —dijo Selene, en un tono de voz bastante calmado para lo enojada que se encontraba con lo que había escuchado—. ¿Por qué no puedes entenderlo? No me molestas, no me fastidias, no me importunas. Eres mi hija… y, de por sí, ya es difícil para mí entender a un niño, imagina tratar de entender a una niña crecida.
—Soy una adulta. —murmuró Diana, frunciendo un poco su ceño.
—¡Eres mi niña crecida y Zoe es mi bebé que no usa pañales! —exclamó Selene, causando que Diana se enrojeciera y asintiera con su cabeza—. Así que… no voy a presionarte si no quieres hacer algo, ¿bien? Pero tienes que decirme lo que te sucede, porque me importas, eres mi hija y mientras vivas bajo mi techo tengo que saber qué te sucede.
—Lo sé, mamá, lo siento. —susurró Diana, mirando a su madre de reojo—. No voy a volver a esconderte estas cosas, lo prometo.
—Bien. No voy a volver a juzgar a tu novia, lo prometo. —dijo Selene, notando cómo Diana se sonrojaba por completo—. ¿Qué? ¿No es tu novia ya?
—¡No! Es decir… yo… mmm. —Nerviosa, Diana se encogió de hombros en su sitio, ansiosa—. ¿Puedo… pedirte un favor, mamá?
—No voy a sostener esos carteles tontos que hacen los niños de hoy día para pedirle a alguien que sea su pareja, Diana. —se negó Selene—. Pídeselo a Nami y a Syndra.
—¡No es eso! No… ugh… ¡mamá, es algo muy serio! —exclamó Diana, cubriendo su rostro con sus manos—. Es… es acerca de Leona.
—Oh, no, Diana… el que puede darte consejos acerca de mujeres, es tu padre. —dijo Selene, apenada—. Es todo un galán, un día estaba mirándolo confundida por no entender sus chistes y al siguiente estaba en s-
—¡Suficiente, no! —profirió Diana, cubriendo ahora sus orejas, deseando no escuchar lo que se imaginó que diría su madre—. Yo sólo… ella es una solari y… tiene este, dilema religioso. Fue a expiarse a un templo, pero… bueno, uh… sabes cómo son los solari con respecto a… la homosexualidad, así que… eh… las cosas no fueron bien para ella.
—Oh, cariño, lo siento tanto por ella. —dijo Selene, pasando uno de sus brazos alrededor de Diana en un intento de reconfortarla—. Quizás debería ir al templo de la montaña. Dysis no es tan ortodoxa, estoy segura de que le irá mejor en ese templo.
—¡Le dije eso! Pero… ella estuvo ahorrando por meses para su expiación. —murmuró Diana, bajando la mirada—. Me preguntaba si… quizás tú, podrías hablar con ella. Es decir… con tu amiga y… preguntarle si quizás podría, ya sabes… ¿expiarla?
—¿Estás pidiéndome que soborne a mi amiga de la infancia para que expíe los pecados de tu no novia? —preguntó Selene, observando a Diana con una de sus cejas alzadas—. Diana, eso es poco ético, ilegal y una falta de respeto para con los Dioses. ¿Cómo fue que terminé criando a una hereje blasfema? Áurea, lo lamento, ella es ciega.
—¡No, no estaba pidiéndote eso! —exclamó Diana, avergonzada—. Estaba pidiéndote que… le consiguiera una cita de expiación, sólo eso… ¡la pagaré con mi mesada! Así que… ¿puedes?
—Mmmm, lo haré si tú prometes… intentar ser un poco más abierta conmigo. —negoció la mujer rubia, regalándole una pequeña sonrisa a Diana—. Tú peleando, recibiendo una paliza y siendo salvada por tu no novia, es algo de lo que tienes que hablar conmigo. De otra forma, no hay manera de que yo te entienda o llegue a conectar contigo, como madre y como amiga.
—Lo sé, sí… lo haré, mamá. —susurró Diana, sonriendo un poco.
—Eres importante para mí, Diana. Eres mi hija, no me fastidias. —dijo Selene, en un tono apacible—. Sé que soy un poco… severa y estricta, pero lo soy porque me importas y te amo, ¿entiendes?
—Sí… uh… ¿no homo? —preguntó Diana, riendo un poco.
—Por los Dioses, ¿quién fue la que inició la estúpida broma de preguntar "no homo"? —preguntó Selene, apretando sus dientes—. Si fuiste t-
—¡Fue Zoe, lo juro! —exclamó Diana, levantándose del sofá y alejándose lo más que pudo de su madre—. ¡Ella comenzó a decirlo cuando escuchó a Syndra decirlo, yo no tuve nada que ver!
—¡Hereje traidora! —exclamó Zoe desde el marco de la puerta que daba a la cocina—. ¡Esa es una mentira, mamá, ella me lo enseñó cuando me explicó lo que es ser homosexual! ¡Ella es la que comenzó a decirlo primero!
—¡Pequeña bastarda mentirosa! —gruñó Diana, tomando un cojín y aventándoselo a la niña, que corrió para esquivarlo—. ¡Siempre me metes en problemas y luego huyes, cobarde! Bas- ¡ay!
Diana se quejó cuando recibió una palmada en la frente por parte de su madre.
—¡Ese lenguaje de vagabundo no está permitido en mi casa, Diana! —se quejó la mujer. Quitándose uno de sus tacones, lo aventó en dirección a Zoe, que no pudo esquivarlo y terminó estampado en su rostro—. ¡Y tú deja de repetir lo que escuchas decir a las amigas de tu hermana o no volverás a salir con ella, Zoe! ¿Entendido?
—¡Ugh! ¿Por qué no golpeaste a Diana con tu tacón? —preguntó Zoe, sobando su nariz—. ¡Eso es un castigo heterogéneo, por un delito igual de malo o peor que el mío!
Tanto Diana como Selene miraron a Zoe confundidas.
—¿Quién te dijo que "heterogéneo" se utiliza en esta clase de ejemplos? —preguntó Diana, soltando una risa—. Eso es para elementos de distinta clase en un grupo. Como un grupo de personas.
—¿Qué debía decir, entonces? —preguntó la niña, ladeando su cabeza, confundida—. ¿Disímil?
—Desigual. —corrigió Selene, arqueando una ceja a su hija—. ¿Por qué de repente usas palabras extravagantes?
—Tengo un compañero de clases que utiliza palabras largas y extrañas para verse refinado. —explicó Zoe, sonriendo con inocencia—. Así que quería intentarlo, así comenzarían a respetarme más por estos parajes frecuentabl- ¡Ay, mamá!
—¡Ya para! —exclamó Selene, luego de haberle aventado su otro tacón—. ¡Eso fue por querer evadir las responsabilidades de tus actos y por no irte a tu habitación como te lo ordené!
—¡No existe la libertad de expresión en esta casa! —exclamó Zoe, refregando su rostro con ambas manos.
—Confirmo. —susurró Diana, deseando que su madre no escuchara.
—¿Qué dijiste? —preguntó la mujer, estrechando sus ojos a ella.
Diana apretó su boca, caminando con lentitud en dirección a las escaleras.
—¡Woah, miren la hora! —exclamó Diana, mirando su teléfono sorprendida—. Debo correr… como… de verdad, corr- ¡mierda, mamá! —se quejó Diana, cuando el otro zapato de su madre la golpeó en el abdomen—. ¡Ya no tengo diez años, no puedes seguir haciendo eso!
—¡Esta es mi casa y ustedes son mis esclavas! —expresó la mujer, causando que tanto Diana como Zoe la miraran sorprendidas—. Hijas… quería decir hijas, pero, ya saben, es casi lo mismo porque dejarán esta sala de estar brillando ahora mismo o ¡tú estarás castigada hasta la universidad! —La rubia señaló a Zoe que perdió el color de su rostro al escuchar eso—. ¡Y tú estarás castigada hasta que me muera!
Terminó por señalar a Diana, que golpeó su rostro con una de sus manos, frustrada. Haciendo su camino hasta las escaleras de la sala, Selene apenas subió dos escalones antes de voltear a mirar a sus hijas, quienes rápidamente comenzaron a moverse en la sala.
—Quiero ver la sala brillando antes de que llegue su padre… en media hora. —ordenó la mujer, volviendo a subir las escaleras.
—Esto es abuso infantil. —murmuró Zoe, colocando los cojines correctamente en el sofá.
—Esto es tu culpa por estar diciendo "ni himi". —se quejó Diana, recogiendo del suelo los envoltorios de caramelos que había tirado Zoe en algún momento del día—. ¡¿Por qué no puedes limpiar tu propio desastre, joder?!
—¡Mamá, Diana dijo una palabr- ugh! —Zoe se quejó cuando Diana cubrió su boca con sus manos.
—Cierra la boca ya… pequeña… ¡piojosa! —murmuró Diana, batallando con Zoe para acallarla. Dejó libre a la niña cuando ella logró morderla—. ¡Ay, Zoe!
—¡MAMÁ, DIANA QUERÍA ASFIXIARME! —gritó Zoe tan fuerte como pudo—. ¡Llamen a la policía!
—¡Aquí llegó la patrulla anti llorona! —exclamó Diana, golpeándola en la cabeza—. ¡Y vuelve a gritar para que veas cóm-
Diana calló cuando escuchó rechinar uno de los escalones de madera. Se movió rápidamente por la sala, continuando con su trabajo de recoger el desastre que había dejado Zoe.
—¡Literalmente acabo de subir y ustedes no pueden cerrar la boca! —exclamó Selene, sin terminar de bajar la escalera—. ¡¿Debería bajar?!
—¡No, mamá! —exclamaron ambas hermanas, haciendo sus respectivas labores lo más rápido que podían.
—Perfecto, porque comenzó mi docuserie favorita. —dijo la mujer en un tono totalmente distinto al que había hablado antes.
—Esto es abuso infantil. —murmuró Zoe, golpeando un cojín con enojo para darle forma.
—Sí, y abuso de poder matriarcal. —susurró Diana, metiendo su mano bajo el sofá para alcanzar otra basura.
Leona ni siquiera se había fijado que era viernes hasta que observó el automóvil negro frente a su edificio. Suspiró, entrando al conjunto residencial y saludando al portero nocturno. Entró a su edificio y llamó al ascensor. Eran las nueve y cuarenta y tres. Entró al ascensor, tocando el botón del piso ocho. Miró su teléfono. Había un mensaje de Diana. Sonrió un poco.
"Me gustó verte hoy"
—Cásate conmigo, Diana. —susurró Leona para sí misma.
Tipeó una respuesta rápida y salió del ascensor cuando se detuvo en su piso. Sacó las llaves del bolsillo de sus jeans, abriendo la puerta principal de su departamento. Todo estaba oscuro, de no ser por la poca luz que se filtraba por medio de las cortinas hasta la sala de estar, no vería nada. Encendió las luces de la sala y miró al hombre sentado en el sofá de su departamento.
No dijo nada. Cerró la puerta tras ella, siguiendo su camino por la sala. Dejó su mochila a un lado de él en el sofá, caminando hasta la cocina y abriendo el refrigerador.
—¿Una cerveza? —preguntó Leona, en un tono de voz neutro—. Oh, es cierto, sólo bebes licores costosos con mil años de antigüedad.
—Siéntate. —fue lo único que dijo el hombre, que había mantenido sus ojos sobre los de ella desde que entró por la puerta.
—Prefiero permanecer de pie, porque esto va a ser rápido. —dijo la morena, mirando al hombre por un momento. Él no respondió, se mantuvo mirando a la joven en completo silencio—. Una cerveza para mí y nada para ti, entonces.
—Siéntate. —repitió el hombre, señalando el sillón frente a él, al otro lado de la mesa de café en la que había un montón de cajas de pizza vacías aglomeradas.
—Sólo hablemos, Rahvun. Soy una persona ocupada, ¿sabes? —dijo Leona, caminando de vuelta a la sala—. Mañana tengo que trabajar todo el día para recuperar las horas de trabajo del martes, luego tengo que iniciar un proyecto de la universidad y después teng-
—¿Tienes que ir a ver a tu novia la lunari? —preguntó él, ladeando sus labios en una sonrisa torcida—. Nunca pensé que podías decepcionarme más, pero aquí estás. Mi primogénita… saliendo con una lunari.
—Ella no es lunari. Y si lo es, que te valga verga. —dijo Leona, abriendo la lata en sus manos—. Y hablando de ella, te cité para pedirte una cosa. Por favor… dile a tu matón que se mantenga a al menos un kilómetro de ella, o; de otra forma; tu costoso Mercedes va a terminar con el parabrisas roto, porque estoy comenzando a perder la paciencia con el hecho de que la sigan.
—¿Sabías que ella tiene citas con una psiquiatra muy conocida por aquí? —preguntó el hombre, ignorando el comentario de Leona. Colocó una carpeta sobre las cajas de pizza, sonriéndole a Leona con cinismo—. Soraka. Es muy buena en su trabajo, al menos eso dijo Cyril. ¿Sabes por qué tu novia va a verla?
—No, no vas a hacer esto de nuevo. —dijo Leona, soltando una risa. Le dio un largo trago a la lata de cerveza, causando que el hombre la mirara con desagrado—. No vas a espiar a Diana como hiciste con Acantha, no vas a hacerme perder la cabeza con mentiras. No vas a meterte en su vida y traerme fotos sólo de lo que la hace quedar mal. No. Por el amor a Áurea, sólo déjame en paz.
—Sólo te abro los ojos. —dijo el hombre, mirando su reloj de pulsera—. Soy un hombre ocupado, Leona. No tengo tiempo para jugar a la familia feliz ni para tener conversaciones reveladoras contigo-
—Bueno, la puerta está en esa dirección. —lo interrumpió Leona, señalando la puerta—. Puedes irte al carajo, pero estás advertido de lo que le puede suceder a tu Mercedes negro, Rahvun.
—Vine porque me preocupo por t-
—¡Eso es basura! —exclamó Leona, apretando su lata de cerveza con algo de fuerza—. ¡No te atrevas a decir esa mierda, porque no te preocupas por mí! Te preocupas de tus medallas y de lo que puedan decir de mí en el templo Solari que frecuentas.
—Tienes razón, pero debajo de todas mis preocupaciones importantes, estás tú. —dijo él, causando que Leona girara sus ojos—. ¿Sabes? No tienes la necesidad de vivir así. Trabajando seis horas, seis días a la semana, ganando sueldo mínimo más propinas, tomando el transporte público, haciendo cuentas a mitad de mes por si no recibes la miseria de beca estudiantil que te dan. —habló el hombre, poniéndose de pie. Se dirigió a la cocina, tomando dos vasos y sacando del congelador unos hielos—. Bebiendo cerveza barata, viviendo en un departamento de diez metros cuadrados, limpiando tu propio desastre.
Rahvun volvió sobre sus pasos, abriendo una caja que él mismo había dejado sobre la mesa de café. Sirvió whisky en ambos vasos, arrimando uno sobre la mesa en dirección a Leona y tomando el otro.
—¿Acaso no extrañas estar en lo más alto del Monte Targón? ¿No deseas volver a la élite de la sociedad targoniana? —preguntó Rahvun, mirando a Leona con soberbia.
La morena suspiró, soltando una risa sarcástica. Negó con su cabeza, bebiendo de su cerveza de nueva cuenta.
—No y no. —respondió Leona, causando que él la mirara confundido—. No extraño nada de eso. Y todo lo que dijiste, vivir aquí, trabajar, tomar transporte público… yo lo elegí.
—Otra prueba de tu incompetencia a la hora de tomar de decisiones. —dijo Rahvun, negando con su cabeza—. ¿Por qué elegirías esto por encima de lo que puedo ofrecerte?
—Porque todo esto es mío. —dijo Leona, sonriendo con amplitud—. El refrigerador, la cama, la alfombra, la mesa de café. Todo. En cambio, todo lo que puedes ofrecerme no es más que sobras de lo tuyo, y ser tu títere por el resto de mi vida. No, gracias.
El hombre soltó una risa sarcástica y Leona apretó su mandíbula con fuerza. Áurea sabía que estaba conteniéndose de golpearlo porque lo más probable era que él torciera su muñeca si se atrevía a intentarlo.
—¿Es tuyo? ¿De verdad? ¿Cuánto tiempo has estado viviendo aquí? ¿Un año? ¿No? —preguntó él, bebiendo de su whisky. Degustó el sabor amargo de su bebida antes de volver a hablar—. El tiempo exacto que he estado enviándote dine-
—¡Hablando de eso! —exclamó Leona, interrumpiendo al hombre. La morena dejó su cerveza en la mesa de café, dirigiéndose a su habitación. Encendió las luces y se dirigió al clóset, donde tomó la mochila que contenía los sobres anaranjados. Aventó la mochila al suelo de la sala apenas salió de la habitación—. Están todos los sobres allí, excepto el primero que me enviaste, porque ese lo doné al templo Lunari de la esquina.
—¡¿Tú qué?! —exclamó el hombre, mirándola descolocado—. ¡¿Cómo te atreves, niña insolente?!
—¡¿Cómo te atreves tú a interferir en mi vida?! —exclamó Leona, alzando la voz tanto como él—. ¡Desapareciste a Layna, le pagaste a Acantha para que se acostara con su mejor amiga! ¡Cada vez que me acerco a una chica apareces y arruinas todo! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no sólo te vas y desapareces de mi vida como yo desaparecí de la tuya hace seis años?!
—¡Porque eres una Rakkor! ¡Eres mi hija y no puedo tolerar que ensucies mi apellido acostándote con una sucia lunar-
El hombre calló cuando tuvo que forcejear con Leona para detener un golpe que iba dirigido a su rostro. Al contrario de lo que pensó Leona, Rahvun sólo forcejeó con ella hasta alejarla de sí mismo, empujándola para hacerla retroceder.
—¡Eres un maldito imbécil! —exclamó Leona, sintiendo sus ojos arder—. ¡Lárgate de aquí! Y toma tu maldito dinero, y dile a tu maldito guardaespaldas que se vaya al carajo o le romperé la cara. ¡Así vas a tener una hija lesbiana y en prisión!
—No seas ridícula, Leona. —dijo Rahvun, en un tono apacible—. Podrías hacer cualquier cosa, la más horrible que se te ocurra… y por supuesto que no permitiría que mi pequeño amanecer entrara a prisión.
Él pellizcó una de sus mejillas, haciendo que Leona girara su cabeza en otra dirección, apretando sus dientes hasta el punto de hacerlos rechinar.
—Te crees muy independiente, ¿no? Crees que tienes una beca por tus calificaciones y que accediste a la universidad Solari porque eres una estudiante intachable, pero la verdad es que yo pago para que estés ahí. —dijo el hombre, volviendo a beber de su vaso con total tranquilidad—. ¿Crees que una universidad de tal renombre admitiría a una mesera vagabunda? Por favor, Leona… despierta. El mundo en el que vives… es el mundo en el que te permito vivir.
—¡Jódete! —gruñó Leona, limpiando las lágrimas de su rostro.
—Trabajas porque te permito que trabajes. Juegas a las noviecitas con la lunari porque lo permito. Pero agotaste mi paciencia con esta insolencia. —habló él con un tono severo—. Una cosa es salir con una mujer, quiero decir, al menos Layna era una respetable solari. Pero otra muy diferente es salir con una mujer que desciende de lunaris, y como cereza del pastel, también está jodidamente loca-
—¡No te atrevas a decir esa mierda de Diana! —exclamó Leona, aventándole la lata y derramando parte de la bebida sobre él. Rahvun sólo sonrió, complacido con la reacción agresiva de su hija—. ¡Maldición, ¿por qué no sólo me dejas en paz?! ¡No pedí ser tu hija, no pedí nada tuyo y, si pudiera pedir un solo maldito deseo en mi vida, sería no tener ningún tipo de vínculo sanguíneo contigo!
—Y otra vez tus lamentos de niña mimada. —dijo Rahvun, sacando un pañuelo blanco de uno de los bolsillos de su traje verde, limpiando los rastros de espuma blanca sobre él—. ¿Sabes? Tu madre solía decir "déjala, amor, ella va a madurar con el tiempo", pero si pudiera haber vivido para ver lo equivocada que estaba. Sólo te has vuelto más caprichosa que antes. La decepcionarías tanto.
—¿Y qué piensa que la haría feliz, señor Rakkor? —preguntó Leona de forma sarcástica—. ¿Que viva reprimida el resto de mi vida bajo el yugo de tus ordenanzas y deseos? Paso… prefiero ser una decepción.
—Sí… se te da muy bien eso de ser una fracasada y una decepción. —alegó su padre, causando que Leona se enojara más, pero la morena no reaccionó a su enojo—. Sólo quiero que vuelvas a ser mi dulce Leona. La chica orgullosa que llevaba su fe en alto, no escondida bajo la banda de su reloj.
Leona miró su reloj de pulsera, apretando el puño de su mano con fuerza. Se preguntó por qué pensó que esta vez sería distinta a las anteriores veces que había hablado con él. Limpió su rostro, que estaba lleno de lágrimas.
Sonrió con pesar.
—Fuiste tú quien me empujó a esto. —susurró Leona, bajando su mirada—. Fuiste quien me rechazó en primer lugar, quien me abandonó, quien me hizo sentirme sola desde que tengo seis años. Eres quien me hace dudar de mis amistades y parejas, porque… ¿por qué? —preguntó Leona, mirando a Rahvun fijamente—. ¿Qué pretendes con eso? ¿Hacerme permanecer sola para que vuelva a casa y finja ser feliz viviendo con un vínculo falso creado en base a mentiras?
Leona soltó una risa sarcástica. Volvió a limpiar su rostro, recargándose del marco de la puerta de su habitación. Observó la carpeta sobre las cajas de pizza y sonrió de forma sincera a su padre.
—Ella tiene un trastorno. —dijo Leona, ampliando su sonrisa cuando notó que el rostro de Rahvun cambió por uno de confusión—. ¿Qué? ¿Pensaste que no me lo había dicho?
—Asumí que no tendría el valor de decírtelo. —aseguró Rahvun, llevando una mano a su barbilla—. Ella es ag-
—Agnóstica, lo sé. —susurró Leona, cruzando sus brazos por encima de su pecho—. En realidad, es pelinegra. Tiene una hermana menor. Su madre es cardióloga y su padre abogado. Ama los alfajores. Tiene tatuajes. Estudia leyes en la universidad Lunari. Sólo tiene una ex, Alune; la odio, por cierto. ¿Qué más sabes de ella?
Rahvun frunció el ceño, enojado. La verdad era que esperaba encontrar algo más sucio en el historial de la joven, pero parecía ser alguien simple con una vida relativamente normal, pese a su trastorno. Lo más inusual había sido la pelea en la que se metió, en la que intervino la misma Leona.
Le molestaba, pero esa chica era bastante normal y sin secretos más allá de su situación mental.
—Tengo un tatuaje. —dijo Leona de repente, sorprendiendo a su padre.
—¡¿Qué?! —exclamó Rahvun, descolocado—. ¡¿Cómo te atrevis-
—Me lo hice en Demacia, apenas cumplí dieciocho. Taric lo pagó para mí, como ha estado haciendo con todo lo relativo a mí desde que me echaste. —dijo la morena, sin haber borrado la sonrisa de sus labios—. Hice un curso de cocina hace dos años, cocina gourmet. Incluso aprendí coctelería y sé preparar tu glorioso Martini. Soy la primera de mi clase, siempre lo fui, incluso en el colegio. Me he estado planteando adoptar un perro, siempre quise uno, pero nunca lo adoptaste para mí porq-
—¿Por qué me dices esas cosas irrelevantes? —preguntó Rahvun, mirando a Leona con desinterés—. ¿Qué tiene eso que ver con nuestra conversación?
Leona suspiró, sintiendo un nudo en su garganta ante las palabras despectivas de su padre. Tragó con fuerza, conteniendo las lágrimas que se acumularon en sus ojos ante la actitud desinteresada de Rahvun.
—Usualmente… vienes a decirme cosas de… de mis parejas… siempre pareces saber más acerca de ellas que de mí. —susurró Leona, con su voz quebrada. Sorbió un poco con su nariz—. Es gracioso, porque tu hija soy yo… así que… supuse que te interesaría saber cosas… de mí también.
Rahvun guardó silencio, mirando a Leona, confundido. Soltó una risa sarcástica, viendo a su hija vulnerable y con lágrimas en sus ojos que intentaba limpiar antes de que se derramaran.
—La única cosa que me interesa saber de ti es que te hayas redimido de una vez por todas. —habló Rahvun, despectivo—. No creas que no supe acerca de tu expiación absurda. ¿No sientes que tu pecado sea algo de lo que arrepentirte? Blasfema.
El hombre bufó, bebiendo el resto de su whisky para dejar el vaso sobre la mesa de café. Tomó su saco del perchero que estaba cerca de la almohada y sacó de su maletín un sobre, que dejó sobre la carpeta que había dejado antes para Leona.
—Quédate el dinero. —dijo Rahvun con firmeza.
—No quiero nada tuyo. —susurró Leona, con un hilo de voz.
—No seas ridícula, Leona, por supuesto que no es mío. —respondió el hombre, cerrando su maletín negro y dirigiéndose a la puerta—. Es la herencia de tu madre, allí está el documento. Eres libre de vender su casa y donar todo el dinero a los Lunari si te da la gana. No podría importarme menos.
El ruido sordo producido por la puerta principal cerrándose fue suficiente para quebrar a Leona. Cayó sobre sus rodillas y no pudo contener más las lágrimas que se habían aglomerado en sus ojos.
Estando sola en el departamento, con apenas dos luces encendidas, Leona se permitió llorar en el suelo, abrazándose a sí misma para intentar dejar de sentir el vacío en su pecho. No encontraba consuelo en su fe, tampoco en su propio padre. Le había pedido a su mejor amiga quedarse afuera esa noche, así que no había nada ni nadie que la consolara.
Y esa era su vida.
Un vacío constante que no podía llenar con nada. Una soledad a la que ella misma se empujaba, para proteger a los demás de lo que le pasó a Layna. Un silencio ensordecedor que la asfixiaba. Una oscuridad tan densa y profunda como el fondo del océano, a donde no llegaba ni el más mínimo rayo de luz.
Ignoró el tiempo que estuvo en el suelo llorando, con nada más que la soledad para escucharla.
Entonces su teléfono vibró en su bolsillo y, por un instante, Leona lo ignoró. Permaneció inmóvil, abrazada a sus rodillas en posición fetal, con sus lágrimas acumuladas en el suelo de cerámica.
Suspiró, sacando su teléfono cuando volvió a vibrar.
"Estaba cenando, lo siento. Mamá no deja que vea el teléfono en la mesa. Iba a decirte que tengo una sorpresa para ti"
Su rostro inexpresivo cambió al instante al leer los mensajes de Diana. Sonrió un poco, y por un motivo que desconocía se animó a marcarle a la peliblanca, que contestó casi al instante.
—H-Hey. —saludó Diana al otro lado de la línea, nerviosa. Leona se mantuvo en silencio, cerrando sus ojos—. ¿Cenaste ya? O… uh… ¿estás ahí? —Leona sólo sorbió con su nariz y emitió un murmullo como respuesta—. ¿Estás bien? ¿Te sucedió algo? ¿Estás… estás llorando?
—¿Puedes quedarte… al teléfono? —preguntó Leona en un murmullo, con su voz entrecortada—. Sólo… dime cosas… lo que sea.
—Uh, cosas… claro… eh… bueno, yo… tengo una sorpresa para ti y… quería saber si podías pedir el jueves de la próxima semana libre… ya sé que tendrás que trabajar doble turno el sábado y estarás agotada el domingo, pero… bueno… es… es importante. —dijo Diana, sintiéndose nerviosa ante la idea de que Leona descubriera cual era su sorpresa—. Yo sólo… quería… quiero… ¿estás bien? ¿Necesitas que vaya? Porque puedo ir ahora mismo. Mi mamá se volverá loca, pero creo que puedo salir por la ventana y ella no lo notará.
—¡Estoy escuchándote, Diana Koray! —logró escuchar Leona al otro lado de la línea, fue muy alejado, pero reconoció la voz de la mujer con la que había hablado por teléfono ese mismo lunes. Leona rió un poco—. ¡Te reto a que saltes por la ventana! Pero será mejor que no te rompas una pierna y huyas rápido, ¡porque si te atrapo, yo te la quebraré!
—¿Lo ves? Ella está bien con que vaya a verte. —dijo Diana, cerrando la puerta de su habitación y moviéndose dentro de su habitación—. Así que… ¿puedo ir a verte? Son casi las once, pero no me importa… puedo ir. —El sollozo de Leona le indicó que seguía allí, estaba escuchándola, pero por algún motivo no decía nada—. ¿No? Está bien… igual puedo quedarme aquí y… escucharte… porque me gusta escucharte, incluso si sólo respiras en el teléfono. ¿Puedes poner tu cámara?
—No. —murmuró Leona, cubriendo su rostro incluso cuando Diana no podía verla—. Estoy horrible.
—Sí, no… no creo eso. No hay una manera en este mundo o en otros de que te veas horrible. Si busco en un diccionario la palabra "hermosa" va a aparecer tu nombre en la definición. —aseguró Diana, haciéndola sonreír un poco—. Así que… no he hablado con mis amigas acerca de… uh… de nosotras y… esa noche. —susurró Diana. Leona podía escucharla moverse y mover cosas, sin embargo no tenía idea de lo que podría estar haciendo la peliblanca—. Pero Syndra ha estado haciendo preguntas raras… como si tus brazos son tan fuertes como se ven, o si tu abdomen es firme, o si tener sexo contigo no me hace homosexual.
Leona no pudo contener su risa. Cubrió su boca con una de sus manos, sin querer decir algo fuera de lugar acerca de la amiga de Diana.
—Y yo… creo que ha estado haciendo comentarios extraños… ¿crees que le gustas? Quiero decir, ella es heterosexual, como ¡muy hetero! Pero soy una fiel creyente de que tú… tú podrías volver a cualquier mujer lesbiana sólo con una sonrisa, lo juro. —continuó diciendo la peliblanca. Leona escuchó el inconfundible ruido de una cremallera cerrarse—. O sea… si yo fuera hetero y tú me sonríes, definitivamente me dejaría golpear por tu rayo homosexualizador y te dejaría hacerme todas esas cosas que ya me hiciste y más. Excepto las cosas sadomasoquistas, porque soportar dolor no es lo mío… tengo suficiente soportando mi estupidez.
Finalmente, Leona dejó escapar una risa bastante alta. Diana se unió a ella al instante, sin embargo, cesó cuando la risa de Leona se convirtió en sollozos ahogados, finalizando en un llanto incontrolable que no pudo frenar, ni siquiera al estar consciente de que tenía a Diana al otro lado de la línea. La morena se aferró con sus dos manos al celular, apretándolo con fuerza, como si su vida dependiera de ello.
—¡No sé por qué me siento así, Diana! —exclamó Leona, entre llanto, confundiendo a la morena—. Han pasado seis años, casi siete… ¡no debería sentir más que rencor por él! O… indiferencia… pero cada vez que viene, cada vez que me habla… cada vez que actúa como si yo no fuera nada más que un estorbo, yo… yo… ¡odio esto y lo odio! ¡Dioses, desearía poder odiarlo de verdad!
—Estás hablando de… ¿tu padre? ¿Él fue a verte? —preguntó Diana, tragando con algo de fuerza al no saber qué decir—. ¿Qué te dijo? ¿Qué te hizo?
—¡Nada! No me hizo nada… sólo… siempre actúa como si todo fuera más importante que yo, y… ¡y siempre fue así! Pero pensé que ya soy una adulta y eso no me importaría, pero… ¡pero sí me importa! ¡Y no quiero que me importe más, no quiero! —exclamó la morena, dejando caer el teléfono al suelo y cubriendo su rostro con sus manos, tratando de frenar las lágrimas que salían de sus ojos—. No quiero que sus comentarios de odio atraviesen mi alma y me dejen vacía… en la oscuridad… sola. Pero no pudo evitar sentirme así… y lo odio.
Diana guardó silencio, sin saber qué decirle a la morena. Se había sentido así alguna vez, con Alune. Pero ella no era un familiar suyo, ella era una persona ajena a su vida que dejó ir luego de meses de terapia. No tenía idea de lo difícil que era para Leona su situación, era similar a la suya, pero al mismo tiempo mucho más compleja.
Suspiró, escuchando a la morena llorar al otro lado del teléfono.
—¿Te gusta… la lasaña? —preguntó Diana en un susurro, causando que Leona silenciara su llanto y tomara de nuevo el teléfono en una de sus manos.
—¿Qué? —preguntó la morena, confundida.
—¿Te gusta la lasaña? Nuestra nana preparó lasaña para la cena hoy… ¿te gusta? —indagó la peliblanca de nuevo y Leona pudo escuchar cómo Diana cerraba una puerta—. Puedo comprar otra cosa si no te gus-
—No quiero que vengas… no quiero que me veas así. —dijo Leona de forma rápida, interrumpiendo a Diana.
—Okay… bien, sí… me quedaré al otro lado de la puerta entonces. En el pasillo. —habló Diana luego de un momento de silencio entre ambas—. Abrirás la puerta, sólo un poco, te entregaré el taper y… luego cierras la puerta y yo no te veo.
—¿A dónde crees que vas, Diana? —preguntó una tercera voz, que Leona reconoció como la de la madre de Diana—. Son casi las once de la noche.
—Ella me necesita, mamá… no puedo simplemente dejarla sola. —susurró Diana, sin embargo, Leona logró escucharla—. Cuidaré de Zoe mañana todo el día, volveré temprano, luego de mi cita con Soraka.
—Entonces lleva más, ¿cómo vas a llevar ese pedazo pequeño? ¿No dijiste que ella es insaciable? ¿Te referías a otro tipo de insaciable? —preguntó la mujer y Leona pudo imaginar el gesto de nerviosismo en el rostro de Diana apenas su madre dijo eso—. Respóndeme ahora mismo, Diana Koray, o te juro que llamo a un Uber para que le entregue esto a ella y tú te quedas aquí.
—No sé a qué otro tipo de insaciable te refieres. —respondió Diana, moviéndose por la casa cuando terminó de poner más lasaña en el envase de vidrio, el cual tapó y metió en una lonchera—. Vendré a las diez, antes de que te vayas.
—¿Llevas ropa? ¿Cepillo de dientes? ¿Desodorante? —preguntó la mujer, y Leona se imaginó que estaba siguiendo a Diana a donde sea que iba por la casa.
—Sí, sí y sí. —respondió Diana, suspirando. Tomó las llaves de su auto de un llavero de pared y abrió la puerta que daba a la cochera—. Manejaré con cuidado, te llamaré cuando llegue, te enviaré fotos mías durmiendo en el sofá.
—Bien. Y la próxima vez que alguien tenga que quedarse en la casa de la otra, se quedará ella aquí, bajo mi correcta supervisión, ¿entiendes? —preguntó la mujer y Leona soltó una pequeña risa.
—Sí, mamá, la invitaré a conocerte apenas seamos novias, ¿puedo irme ahora? —preguntó Diana, quitando el seguro de su auto.
—Ve con Argéntea y vuelve con Áurea, mi niña. —Leona escuchó cómo la mujer depositaba un beso en Diana y sintió su pecho encogerse—. Cuídate y vuelve con tu himen intacto.
—¡Mamá, basta! —se quejó Diana, entrando a su auto con prisa—. Ya… olvida eso… eso… joder, qué vergüenza. ¿Qué estaba diciéndote? Ya… tengo tu ropa lavada también, así que… aprovecharé de devolvértela y… ¿tienes algo de beber en tu casa? ¿Debería pasar a comprar una bebida?
—Cianuro. —respondió Leona en un susurro, sentándose en su lugar en el suelo—. Tengo gaseosa… gracias.
—Ugh, me emocioné por el cianuro. —dijo Diana, haciendo sonreír a Leona—. Así que… creo que mi mamá quiere conocerte, porque hablo mucho de ti, como pudiste darte cuenta.
—Sí, quiero conocerla también… ella se oye genial, como… te ama de verdad. —murmuró Leona con un hilo de voz.
En su trayecto hasta el hogar de Leona, Diana no colgó su llamada. Se mantuvo hablándole de lo que había hecho en la semana y lo que se suponía que debía hacer con su padre en la firma de abogados. Incluso si la mayoría del tiempo Leona contestaba con frases cortas o monosílabos, Diana hizo su mayor esfuerzo por continuar hablando con ella y de alguna forma se sintió bien haciéndolo. No se sintió nerviosa o incómoda, sino más bien calmada y confiada.
Por su parte, Leona intentó limpiar el desastre en el suelo, dejando un trapero sobre la cerveza que manchaba la cerámica y dejándose caer en el sofá. Sintió envidia de Diana. No lo dijo en ningún momento y sabía que estaba mal sentir envidia de ella, pero no pudo evitarlo. Ella era huérfana de madre y su padre era un imbécil. Una parte de ella deseaba que su vida fuera distinta, deseaba ser el orgullo de sus padres, así como Diana parecía ser el de los suyos. Deseaba tener una madre que le preguntara a dónde iba a tan altas horas de la noche. Taric nunca lo hizo, siempre le dio la libertad que quiso, pues nunca le falló de algún modo como para que desconfiara de ella o se preocupara por un mal comportamiento.
Leona no se percató de la carpeta con el nombre de Diana hasta que la peliblanca le dijo que estaba subiendo por el ascensor y que probablemente la llamada se cortaría. Entonces se puso de pie de un salto y recogió tanto la carpeta como el sobre de encima de las cajas de pizza. Ignoró el contenido del sobre y entró a la habitación de Sivir para esconder bajo la cama de su mejor amiga aquellos documentos. Se desharía de ellos otro día.
Escondió la mochila con sobres en su clóset y lavó su cara para no verse tan mal.
Abrió la puerta cuando Diana tocó y la peliblanca se mantuvo con su mirada clavada en el suelo, extendiéndole la lonchera con una de sus manos mientras se aferraba al tirante de su mochila en su espalda con la otra mano. Leona soltó una pequeña risa, jalándola dentro del departamento para cerrar la puerta.
—Lo siento por el desastre. —susurró Leona, empujando a Diana sobre el sofá y tomando la lonchera—. Gracias por la comida.
—No es nada… yo… uh… ¿estás bien? —preguntó Diana, con su mirada aún en el suelo—. ¿No estás molesta porque vine cuando me pediste no venir?
—Está bien. —respondió Leona, dirigiéndose a la cocina para calentar la comida—. ¿Quieres algo de beber?
—No, estoy bien. —murmuró Diana—. ¿Quieres… hablar de lo que pasó?
Diana escuchó a Leona suspirar y mordió su labio inferior, sintiendo que había sido muy pronto para preguntarle eso.
—Quiero que me abraces… como… ahora mismo. —respondió Leona desde la cocina, sin voltear a mirar a Diana. Ella se levantó con rapidez, dejando su mochila sobre el sofá y dirigiéndose hasta Leona para abrazarla. Hundió su rostro en el cuello de Leona, evitando mirarla—. De verdad no quería que me vieras así, pero… estoy tan agradecida de que hayas venido. Lo aprecio mucho, Diana.
—No fue nada… me gusta estar contigo, así que… incluso si no puedo ver tu linda cara, es suficiente para mí estar a tu lado. —dijo Diana y Leona sonrió un poco ante sus palabras, entrelazando una de sus manos con la de la peliblanca—. De verdad espero que puedas venir conmigo el jueves, Leo.
—Hablaré con Mihira… después de todo el próximo domingo es mi cumpleaños… creo que puedo trabajar el sábado otra vez y-
—¡¿El próximo domingo es tu cumpleaños?! —preguntó Diana, contrariada—. Pero… pero… ¿por qué no me lo habías dicho? No tengo un regalo.
—¿No vas a darme un regalo el jueves? Puedo recibirlo como regalo anticipado de cumpleaños. —dijo Leona, alzando un poco sus hombros y sacando el envase del microondas con un guante de cocina—. No me molestaría.
—Pero… ese es… mi regalo… de otra cosa. —murmuró Diana, sintiéndose algo tensa.
—¿Qué otra cosa? —preguntó Leona, volteando a mirara a Diana y causando que ella volviera a bajar la mirada.
—Otra… cosa importante. —susurró Diana, liberando a Leona para que ella pudiera dirigirse a la mesa—. ¿Qué te gustaría para tu cumpleaños? Puedo negociar con papá y conseguir algo de dinero para un regalo.
—Diana, no tienes gastar dinero en dos regalos cuando puedes darme uno solo para dos ocasiones. —dijo Leona, tomando un tenedor y un cuchillo para ir hasta la mesa. Buscó también una gaseosa en lata dentro del refrigerador, sentándose a comer—. De verdad que no me molesta. Yo más que nadie entiendo el valor del dinero, y si no tienes suficiente para dos regalos, uno estará bien para mí. No tienes que ser tan dedicada. Pero dime cuando cumples para comenzar a ahorrar para un regalo desde ahora, no quiero que me tomes desprevenida.
—El veinte del mes de la oscuridad. —dijo Diana, sentándose frente a Leona en la mesa, con su vista fija en la madera caoba oscura—. Durante el festival de la luna.
—¡Eso es tan genial! —exclamó Leona—. Porque yo nací cumplo el veintiuno, en el festival del sol, y tú en el festival de la luna… ¡los Dioses vuelven a exclamar que estábamos destinadas a estar juntas, Diana!
—Sí… eso es… increíble. —musitó Diana, sin despegar su mirada de la mesa—. Entonces… ¿qué puedo regalarte en tu cumpleaños?
—¡Por última vez, está bien con lo que vas a regalarme el jueves! —dijo Leona, llevando lasaña a su boca—. A todo esto, ¿qué vas a regalarme? ¿Es un perrito? Quiero un perrito… a veces es solitario cuando Sivir se queda con su novia. Podría salir a trotar con él en las mañanas y entrenarlo los fines de semana.
—Tendrás un perrito. —murmuró Diana, tomando su teléfono para comenzar a buscar lugares de adopción por la ciudad—. Cueste lo que cueste.
—¡No, si no vas a regalarme un perrito el jueves entonces sólo regálame eso! —se quejó Leona, colocando una mano sobre el teléfono de Diana—. No voy a aceptar nada tuyo el domingo, Diana.
—¡¿Qué?! ¿Por qué no? Yo… yo sólo… ¡sólo quiero que entiendas que son dos regalos diferentes y no tenía idea de que cumplías la próxima semana! Y… y… ¡voy a regalarte dos cosas, quieras o no! —exclamó Diana, apartando su teléfono para seguir observando lugares de adopción—. Y si no recibes el perrito, entonces voy a tener que llevármelo y criarlo hasta que aceptes mi regalo el próximo año. Aunque… Aurelion no estará contento, Zoe tampoco… menos mamá.
—¡Entonces no aceptaré nada el jueves y recibiré el perrito el domingo! —refutó Leona, golpeando la mesa con una de sus manos—. ¡Mente sobre materia, Diana! Jaque mate.
—¡Créeme que vas a aceptar mi regalo del jueves, porque no va a haber forma de que te niegues a ese regalo! —contrapuso Diana, sonriendo con altanería—. ¡Y no serás capaz de dejarme en tu puerta abandonada, con un perrito en mis brazos!, así que vas a recibir mis dos regalos, y serás feliz, ¡y seremos novias!
Diana se mantuvo con una sonrisa en sus labios hasta que se dio cuenta de lo que dijo. Entonces por fin miró a Leona, desconcertada por lo que acababa de decir.
—¡Quiero decir! Yo… yo no… ¡¿no somos novias ya?! —preguntó Diana, sintiendo su rostro caliente—. Es decir… ya… hicimos el… y yo… ¡joder, Leona, ¿por qué haces que mi cerebro colapse?! ¡Eso es trampa!
—¿Qué? ¡Pero yo no hice nada! —se quejó la morena, riendo un poco y olvidando la pena que había estado sintiendo—. ¡Literalmente, tú sola soltaste la sopa! Ahora sé que mi regalo del jueves es para celebrar nuestro romance pasional, al que decidimos llamar cortejo, con la excusa de no ser las típicas lesbianas que entran en una relación apenas se conocen.
—Así que… ¿recibirás ambos? —preguntó Diana, jugando con su teléfono en sus manos, nerviosa—. Porque entonces iré a ver perritos con Zoe mañana.
Leona sonrió, tomando las manos de Diana por encima de la mesa y mirando fijamente a la peliblanca, que continuaba teniendo un pequeño sonrojo en sus mejillas debido a la vergüenza.
—Te juro que aún me pregunto, "¿qué fue lo que hice en mi vida pasada para merecer a una chica tan linda como tú en esta vida?". —susurró Leona, entrelazando sus manos con las de Diana y causando que dejara su teléfono a un lado—. Gracias por venir, Diana. Gracias por ser mi luna… en esta noche oscura que llamo soledad.
—Hey, no tienes que agradecerme estar aquí. —dijo Diana, inclinándose en dirección a Leona, soltando una de sus manos para apartar un mechón de cabello de su rostro—. Hubiera venido, aunque no me dejaras entrar. Porque incluso cuando quieras estar sola, puedo hacerte compañía, a menos que estés enojada conmigo y no quieras verme ni en pintura. Entonces sí voy a tener que dejarte sola, supongo.
La morena soltó una pequeña risa, mirando a Diana a los ojos. Entonces Diana se inclinó por encima de la mesa para lograr besarla y Leona sintió todos sus problemas desaparecer por el resto de la noche.
Goddess of Luminosity.
