Wey, les juro que no es que no quiera publicar acá, pero es que se me olvidaaaaa. En Wattpad se me hace más fácil publicar, lo siento gjsjdjajdjEspero les guste el cap uwur


Diana abrió su boca, permitiendo que Leona acercara la cucharada de helado a sus labios. La peliblanca sonrió un poco, correspondiendo la sonrisa que le dedicaba la morena desde su lugar.

—Así que… es la primera vez que vengo a uno de estos. —dijo Diana, mirando a su alrededor—. Está… muy limpio. Me gusta.

—Sí, ¿verdad? —secundó Leona, imitando a Diana y mirando a su alrededor con interés—. Y puedes cambiar el color de las luces por el que quieras. Tiene muchos espejos, incluso un jacuzzi. Es genial. Muy genial.

Leona acercó una cucharada de helado a su propia boca, acercando luego una a Diana, que la comió sin titubear. Se mantuvieron en silencio por un largo momento en el que ambas sólo miraron todo a su alrededor. Diana se había dado la tarea de encender el televisor, sin embargo, apenas las imágenes de dos personas en pleno acto sexual aparecieron, la peliblanca lo apagó con prisa.

—¿Crees que muchas personas hayan… venido a esto? —preguntó Diana, volviendo a mirar a Leona, que arqueó una ceja—. E-Es decir… a comer.

—¿A comerse? Sí. ¿A ordenar pizza y helado para comer en privado? No lo creo. —comentó Leona, sonriendo un poco con nerviosismo—. Aunque… para mí está bien. Quiero decir, no te pregunté si… estabas en tus días y… creo que… quizás me precipité un poco. Fue una mala broma de mi parte, igual.

—Es una fortuna que tenía tampones en el auto. —musitó Diana, sintiendo su rostro calentarse—. Sí, no te preocupes, sólo… siempre he sido irregular, así que no suelo tener una fecha en específico para… este tipo de… cosas femeninas.

—Está bien, Diana, de verdad. Es decir, somos mujeres y ambas menstruamos. —murmuró Leona, descansando su frente en el hombro de Diana—. Aunque… bueno… nos podemos besar, ¿no?

—Definitivamente sí. Quiero besarte. —respondió Diana casi al instante, volteando a mirar a la morena.

Precipitada, Leona dejó de lado el envase de helado, aprisionando el cabello de Diana con una de sus manos para acercar a la peliblanca hacia sí misma. Diana no pudo evitar acariciar el abdomen de la morena, suspirando al sentirlo por encima de su ropa.

—¿Puedo ser tu jabón, por favor? —musitó Diana cuando Leona se alejó de ella por un instante.

—Yo no… uh… vamos, Di. —murmuró Leona, sonrojándose un poco—. Realmente me cuesta estar a solas contigo aquí y no poder hacer nada más que mirarte y besarte como para que digas esas cosas.

—Cierto, sí. —susurró la peliblanca—. Lo siento.

—Está bien. —respondió la pelirroja, volviendo a cerrar la distancia entre ambas.

Leona jaló a Diana del borde de su camiseta, dejándose caer en la cama sobre la que estaban sentadas y haciendo que la peliblanca quedara encima de ella, sin separar sus labios.

Acarició su cintura por debajo de su ropa, sintiendo la suave piel de Diana erizándose ante su contacto.

Separándose de Leona, Diana la observó por un instante, sosteniendo su peso con sus brazos. Mordió su labio inferior con nervios y desvió su mirada de la de la pelirroja.

—¿D-De verdad tú… sí quieres ser mi… novia? —preguntó Diana, sintiendo su rostro calentarse—. Porque está bien si no quieres y… eres fantástica, hermosa y tan… eres tan perf-

—Soy tan mortal como tú. —dijo Leona con rapidez, acercando a Diana a sí misma por su cintura—. ¿Qué estabas haciendo ayer entre las cuatro de la tarde y las ocho de la noche?

—¿Q-Qué? —indagó Diana, confundida por el cambio de tema.

—Estuviste en línea toda la tarde, pero no me escribías. —dijo Leona, clavando un poco sus uñas en la cintura de Diana y estrechando sus ojos a ella—. ¿Con quién estabas?

—Con Syndra. —respondió Diana, tragando con algo de dificultad—. Estábamos… bueno, mandé a hacer el álbum con dos días de anticipo… fui a recogerlo ayer, así que… ella me acompañó y… y eso.

—¿Y manejas tu coche con el teléfono en mano? Impresionante. —murmuró Leona entre dientes, frunciendo un poco el ceño—. ¿Siempre vas con Syndra a todos lados?

—Bueno, es una de mis mejores amigas, así que… uh… sí, supongo. —dijo Diana, un poco confundida por las preguntas de Leona—. ¿Eso… te pone celosa?

—Un poco, sí. —susurró Leona, llevando sus manos hasta las mejillas de Diana, apretándolas con delicadeza—. No quiero justificar mi falta de seguridad con el hecho de que me fueron infiel antes, pero sí, soy un poco muy celosa. Si te molesta puedes decírmelo y… uh… trabajaré en ello.

—Ponme un collar si quieres. —musitó Diana, haciendo reír a Leona—. Hablo en serio.

—No soy perfecta, Diana. —aseguró Leona, pasando una mano tras su cuello y rozando con sus uñas esa zona de su piel—. Me da ansiedad verte en línea y que no estés escribiéndome porque pienso que le escribes a otra chica.

—Podría estarle escribiendo a mi mamá. —susurró Diana, confundida.

—Ella es otra chica… mujer, sexo femenino. Malditas milf. —susurró Leona, causando que Diana arqueara una ceja—. No desconfío de ti. Pero mi autoestima me dice a veces que no soy suficientemente bonita para ti y que otras idiotas están acechándote, incluso tu ex.

—Si eso te dice a ti tu autoestima, ¿qué queda para la trastornada? —indagó Diana, riendo un poco—. Necesito que me digas que sí somos novias… como… tres veces al día.

Pensativa, Leona sólo se mantuvo observando a Diana por un breve momento. Intentaba encontrar una forma de que ella dejara de sentir celos y que Diana entendiera que sí, había aceptado ser su novia.

—¿Puedo usar la foto como foto de perfil? —preguntó Leona, mirando a Diana fijamente a los ojos—. En mis redes sociales.

—Uh… ¿la que nos tomaste antes? ¿Esa? —indagó Diana y Leona sólo asintió con su cabeza como respuesta—. Mmmm… yo… es… sí. No… no veo por qué no. Es decir… ahora somos novias, ¿o no?

—Por supuesto que lo somos. —aseguró Leona, depositando un tierno beso en los labios pálidos de la peliblanca—. Tú harás lo mismo, ¿bien?

—¿Eh? ¿Y-Yo? —preguntó Diana, alzando una ceja cuando Leona tomó su celular—. ¿De verdad puedo?

—Diana… tienes mi completa autorización para hacer conmigo lo que quieras. —dijo la morena, tomando una de las manos de Diana para colocar su dedo en el lector de huella del teléfono, logrando desbloquearlo—. Voy a ponerla yo misma. Y voy a enviarme solicitud de relación y luego vamos a besarnos.

—Ah… ¿entonces sí somos novias? —preguntó Diana, abriendo un poco sus ojos con sorpresa.

Se dejó caer a un lado de Leona en la cama, observando lo que la pelirroja hacía con su teléfono. Leona observó por un instante las conversaciones de Diana en su WhatsApp y frunció el ceño al encontrar que alguien, no sabía quién, le había enviado una cara con corazones.

—¿Quién carajos es "Mi amanecer"? —preguntó Leona, con obvio recelo—. ¿Por qué te envía esas caras?

Diana sólo alzó un poco sus cejas, mirando a Leona con un gesto que, por un instante, la pelirroja no comprendió. Entonces abrió el chat y se encontró con una conversación conocida.

—Aaaaw, ¿me agendaste como tu amanecer? Eso es tan tierno. —murmuró Leona, girándose en la cama para poder besar a Diana, quien recibió el beso, gustosa—. Me encantas.

—También me encantas. —respondió Diana, sonriendo con amabilidad a la pelirroja.

—¿Y quién es "la castrosa" y por qué te dice que te ama, no homo? Ah… es Zoe. —se respondió Leona a sí misma, observando la foto de perfil del chat.

Diana observó con curiosidad cómo Leona chequeaba sus conversaciones. La pelirroja no tenía mucho que ver, en realidad. Había un chat grupal con sus amigas, chats individuales con cada una de ellas, con sus padres, algunos chicos y chicas que, por sus conversaciones, Leona dedujo que eran compañeros de la universidad.

Entonces encontró su conversación con Morgana y otra con Kayle.

—¿Ellas te decían cuando estaba en el trabajo? —preguntó Leona, abriendo el chat con la melliza depresiva—. Diana… eso es acoso.

—¿L-Lo es? —preguntó Diana, con nerviosismo. Sabía la respuesta, sin embargo, intentaba parecer sorprendida—. Yo… sólo… me gustaba mirarte… y… soy rara… per- ¡no mires los archivos del chat!

Alejando el teléfono de Diana, Leona observó cómo Morgana solía enviarle fotos de ella trabajando para molestarla. Leona sintió su rostro calentarse al verse a sí misma en el teléfono de Diana, en una conversación ajena.

No sabía cómo sentirse.

Repitió sus acciones en el chat de Kayle y lo cerró casi al instante cuando se encontró a sí misma en ropa interior, cambiándose en el depósito de la parte trasera de la cafetería.

—Eso… es…

—¡Puedo explicártelo! —exclamó Diana, sin lograr quitarle el teléfono a Leona—. ¡A Kayle le gusta molestarme! Aunque… bueno… ¡a toda la cuadra de mi casa le gusta molestarme! Y… bueno, ellas y yo nos conocemos desde que se mudaron aquí y… y… ¡y quería borrar las fotos, pero-

—Me veo tan bien aquí. —dijo Leona, ladeando un poco su cabeza, sin dejar de mirar la foto—. ¿Te tocaste con esta foto?

—¡¿Qué?! —preguntó Diana, confundida por lo que estaba preguntándole Leona—. ¡No! P-Por supuesto que no.

—Yo sí que lo hubiera hecho. —susurró Leona, observando otras fotos—. Voy a empezar a cerrar la puerta del depósito cuando me cambie de ropa.

—Sí, hazlo, definitivamente tienes que hacerlo. —afirmó Diana, asintiendo con su cabeza repetidas veces—. ¿Puedo tener mi teléfono?

—No… ¿juegas Pokémon Go? —preguntó Leona, observando a Diana—. ¿Tienes un Jolteon? O Flareon. No puedo encontrar un maldito Eevee.

—Tengo a Umbreon. Y… puedo decirte dónde encontré mi Eevee. No sé si habrá otro por allí. —respondió Diana, sonriendo un poco al ver a Leona hacer un puchero—. ¿Quieres mi Umbreon?

—Nuh. —musitó Leona, sin deshacer su puchero—. ¿Quieres poner algo en nuestra foto de perfil? Como… no lo sé, que soy el amor de tu vida y no tienes permitido respirar cerca de otra chica que no sea yo para no alimentar mis celos desquiciantes… o algo así

—"Banda, conseguí novia… yo, una lesbiana depresiva que juega al Free Fire y lee fanfics culeros mal escritos en Wattpad." —dijo Diana, sonriendo un poco al ver a Leona reír—. Eso.

—Estoy hablando en serio, Diana. —dijo Leona entre risas.

—De todas las personas en Targón en las que podrías fijarte… decidiste fijarte en la lesbiana depresiva que juega Free Fire. —respondió Diana, recargando su cabeza del hombro de Leona—. Consigue tu propio camino en la oscuridad.

—Chúpalo, Diana. —gruñó Leona, riendo—. Hablo en serio.

—Dame eso. —musitó Diana, arrebatándole el teléfono a Leona y girando en la cama para comenzar a escribir.

La pelirroja la abrazó por la cintura, esperando en silencio a que Diana terminara lo que estaba escribiendo. Paseó su mano por la cintura de Diana, arañando un poco su piel. Hundió su nariz en su cuello, aspirando el aroma de su perfume y sonrió sin poder evitarlo.

—Me encanta cómo hueles. —murmuró Leona, mordiendo con delicadeza su piel.

—Amiga, eso es gay. —musitó Diana, riendo un poco.

—Oh, no. ¿Somos gays? —preguntó Leona, aparentando sorpresa—. No puedo creerlo.

—Ok. Sólo vas a leerlo luego de que tú subas la foto a tu perfil y escribas algo también, ¿entendido? —preguntó Diana y Leona asintió con su cabeza.

—Obvio. —respondió la pelirroja, buscando en su teléfono la foto—. Bien, yo escribiré algo también, pero debo copiarlo y pegarlo en todas mis redes.

—¿Cuántas usas? —preguntó Diana, arqueando una ceja.

—Unas pocas. Snapchat, Twitter, Tik Tok, Instagram, Facebook, solía usar Vine, pero perdió popularidad. —respondió Leona, mientras escribía algo en su teléfono—. Igual que LinkedIn, y Pinterest es más para subir fotos artísticas o cosas así.

—¿Pinterest es una red social? —indagó Diana, confundida.

—Sip. —dijo la morena, mirando de reojo a Diana.

—Eso… wow, yo apenas tengo Facebook, Instagram y WhatsApp. —musitó Diana, extrañada—. El resto son juegos en mi celular.

—Lo escribí, listo. ¿Puedo leer el tuyo ahora? —preguntó Leona, entrando al perfil de Diana casi de inmediato—. "Hace un mes encontré mi propio luminoso y caliente sol. Lo más asombroso es que yo le gustó también, ¿pueden creerlo?".

—Pensándolo bien, hubiera puesto lo de Free Fire. —dijo Diana, sintiéndose apenada.

—¡¡Cásate conmigo, Diana!! —exclamó Leona, lanzándose sobre ella en la cama para comenzar a besarla con fervor—. Quiero ser tu asiento favorito por el resto de nuestras vidas.

—¿Puedo leer el tuyo antes de aceptar? —preguntó Diana, sintiendo los besos de Leona en su cuello.

—Ah… claro. Sí, voy a aceptar la solicitud y actualizar el resto de mis fotos.

En silencio, Diana leyó lo que Leona había posteado en su foto juntas.

"Siempre me he sentido sola y angustiada en la oscuridad. Pero desde que ella sostiene mi mano y me brinda su luz, creo que por fin comienzo a perderle el miedo a la noche."

La peliblanca observó a Leona, viéndola colocar la misma inscripción en su Instagram, actualizando su foto y etiquetando a Diana. La morena hacía todo sonriente, de hecho, se veía bastante feliz.

Sin embargo, Diana no podía borrar de su mente la noche del viernes pasado. No la vio llorar, pero la escuchó y podía jurar que sintió su dolor.

Diana tomó una de sus manos, apartándola del teléfono y llamando la atención de la pelirroja.

—Voy a casarme contigo. —susurró Diana y Leona se sonrojó un poco por la forma en que lo dijo—. Pero antes, llenaremos ese álbum con muchas fotos, tendremos un montón de citas, te llevaré a comer por toda Runaterra; incluso si no te gusta la comida vegana de Jonia.

—Ugh, ¿no es mejor la comida Noxiana? Sus platillos tienen un montón de carne. —sugirió Leona, sonriendo con pesar.

—Iremos al museo miles de veces, trabajaré con papá hasta poder tener el dinero suficiente para alquilar algún lugar, entonces me mudaría contigo. —continuó diciendo Diana, causando que la morena ampliará su sonrisa—. Iríamos de vacaciones a todos lados, a Aguasturbias, a Shurima, a Ixtal. Comeríamos con mi familia al menos los fines de semana y… estoy segura que mis padres te amarán, porque eres tan genial.

—Mi padre te odiaría, pero estoy segura de que mi tío, Taric, te amará. —murmuró Leona, apretando un poco su mano.

—Nunca voy a permitir que vuelvas a sentirte como te sentiste el viernes pasado, lo prometo. —aseguró Diana, pasando su brazo izquierdo por encima de Leona, en un intento por abrazarla, sin soltar su mano—. No puedo entender cómo se siente el rechazo de tu padre, pero puedo entender lo que se siente estar sola en la oscuridad, llorando. Preguntándote por qué, sin obtener más que silencio.

—D-Diana, ¿por qué… dices eso? —preguntó Leona, con su voz algo ronca—. Eso… es… no tienes que-

—No quisiera escucharte llorar otra vez. —dijo Diana, aferrándose a la camisa de Leona con fuerza.

—P-Pero me estás haciendo llorar ahora… porque eres tan… tierna. —dijo Leona, sorbiendo con su nariz—. No voy a llorar de nuevo… lo prometo.

—Bien. Porque si lloras voy a tener que ir hasta donde estés para hacerte compañía y besarte hasta que olvides lo que te entristece. —dijo Diana, alejándose un poco de Leona para mirar sus ojos algo enrojecidos.

—Oh, definitivamente quiero llorar todo el tiempo ahora. —aseguró la morena, sonriéndole a Diana con picardía—. Tengo mommy issues, Diana, consuélame.

—No estoy bromeando, Leona. —murmuró la peliblanca, haciendo un puchero.

—Yo tampoco, Diana. —contestó Leona, acercando su frente a la de Diana—. Sí tengo mommy issues.

—Lo sé, pero… hablo en serio cuando te digo que no me sentí bien al oírte así. —murmuró Diana, apenada—. Se sintió horrible. Y no quiero pensar que te sentiste así tantas veces antes… así que, yo voy a estar contigo, ¿bien? Cuando la oscuridad te asfixie, tomaré tu mano y te guiaré a casa.

Leona mordió su labio inferior con fuerza. Lo que había dicho Diana la hizo sentir como si algo dentro de ella se quebrara. No era el tipo de chica que lloraba frente a alguien más, sin embargo, escuchar a Diana decir esas palabras causaron que las lágrimas se aglomeraran en sus ojos, incluso si no lo quería así.

La pelirroja hundió su rostro en el pecho de Diana, sollozando un poco, pero sintiendo un extraño alivio al sentir cómo la peliblanca acariciaba su espalda con parsimonia.

—Yo… lo siento… no quería llorar… sólo… soy una imbéc-

—Eres la chica más fuerte que conozco. —dijo Diana, interrumpiendo a Leona—. No sé qué habría hecho yo estando en tu lugar, ni siquiera puedo imaginarlo. Perdiste a tu mamá, tu papá es un idiota y no contento con eso viene a joderte la vida cuando piensas que todo está bien. —Diana continuó acariciando su espalda, permitiendo que la pelirroja llorara en su pecho—. Tomaré tu mano cada vez que te sientas sola y te haré compañía en silencio si no quieres hablar. Lo prometo.

—Dioses, sólo para… vas a hacerme llorar más. —dijo Leona, apretando la mano de Diana, que seguía adherida a la suya.

—Soraka suele decirme que llorar es necesario. Así que, llora todo lo que tengas que llorar. —dijo Diana, sonriendo un poco—. Yo estaré aquí, siendo feliz por estar contigo ahora.

—¿Qué clase de lesbianas somos? Vinimos… vinimos a un hotel a llorar. —dijo Leona, en un intento por calmar su llanto—. ¿Qué hice para merecer una novia tan increíble?

—¡Oh! —exclamó Diana, sonriendo con amabilidad a la pelirroja cuando ella se alejó de su pecho para poder mirarla—. ¡Sí somos novias!

Leona no pudo evitar reír ante lo que dijo Diana, con un gesto de sorpresa en su rostro.

—¿Estás bromeando? Acabamos de ponerlo en nuestras redes sociales. —dijo Leona, alejándose un poco de Diana para mostrarle su teléfono—. ¿Lo ves? "Ahora tienes una relación con Diana Koray". Áurea, qué increíble.

—Soy la trastornada más afortunada de mi grupo familiar. —dijo Diana a modo de broma y Leona volvió a reír.

La pelirroja se acercó a ella para besarla y Diana correspondió su beso. Se separó de ella luego de un momento, sólo para llenar su rostro de besos. Permanecieron abrazadas por varios minutos y, por un instante, Diana pensó que Leona se había dormido. No obstante, la pelirroja abrió sus ojos, fijándolos en los de Diana con un poco de confusión invadiendo su mirada.

—¿Conocías a Morgana y a Kayle hace tiempo? —preguntó Leona, frunciendo un poco el ceño.

—Sí… se mudaron aquí cuando teníamos catorce años, creo. —explicó Diana, depositando un tierno beso en la punta de la nariz de Leona—. ¿Por qué?

—Mamá solía llevarme a una casa de verano cuando era niña. Era la casa en la que creció, al este de la ciudad. Mihira era su vecina y amiga de la infancia. —explicó Leona, recibiendo otro beso de Diana en su frente—. Las conozco desde que éramos niñas, pero… bueno, cuando mamá murió mi tío solía llevarme allí, pero papá apenas me dejaba verlo una semana como máximo en verano. Luego mi tío de fue a Demacia, pero ya tenía doce años… así que hablábamos por Messenger.

—¿Usabas Messenger? —preguntó Diana, riendo un poco—. Yo nunca lo usé, papá solía traernos a casa a mí y a Nami del colegio, a Syndra la traía su chofer.

—Qué sofisticada. —dijo Leona, uniéndose a la risa de Diana—. Pero… ¿Morgana y Kayle estudiaban contigo?

—Sí. ¿estudiaron contigo también? —preguntó la peliblanca, interesada.

—No, estuve en un internado militar. Pero éramos muy amigas. —murmuró Leona, besando los labios de Diana por un instante—. Es… curioso, creo.

—¿El qué? —preguntó Diana, acariciando el cabello de Leona con parsimonia.

—Conozco a Morgana y a Kayle. Tú las conoces. Mi mamá era amiga de Mihira, tu mamá conoce a Mihira. Alguna vez escuché el nombre de Sarah Fortune en mi universidad. Estuve en un concierto de Pentakill en el que tú también estuviste. —dijo Leona, frunciendo un poco el ceño—. Demonios, Diana… lo segundo que hice al volver de Demacia fue visitar a Morgana y a Kayle. De hecho, ¡las visitaba semanal! ¿Cómo diablos nunca nos cruzamos?

—¿Por qué carajos nunca nos presentaron? —preguntó Diana, sintiéndose traicionada—. ¿Lo imaginas?

—¿Tú y yo saliendo desde hace cuatro años? Sí, tengo sueños húmedos con haberte quitado la virginidad. —se quejó Leona, resoplando—. Quiero decir… con… haber sido tu primer amor y así. ¡Quizás ya estuviéramos casadas!

—Sí, no. Mi mamá me echaría de casa si me caso sin tener mi propia casa antes. —murmuró Diana, haciendo un puchero—. Pero… quizás viviríamos juntas.

—¡Definitivamente viviríamos juntas! —dándose vuelta en la cama, Leona descansó su vientre sobre el de Diana, mirándola de forma fija—. Dormiría a tu lado todas las noches.

—Podría jurar que… tus ojos tienen forma de corazón justo ahora. —susurró Diana, sonriendo sin poder contenerse.

—¡Los tuyos también! —exclamó Leona, para luego besarla en los labios con pasión—. Joder, Diana, ¡odio al universo ahora mismo!

—Yo odio a mi vecino. —musitó Diana, estrechando sus ojos un poco.

—¿No es Nami tu vecina? —indagó Leona, dejándose caer al lado derecho de Diana, recargando su cabeza de su hombro—. ¿La odias?

—Hablo de otro imbécil rubio… lo odio. —murmuró Diana, suspirando—. Pero sí. Mi mamá es colega de la mamá Nami y somos vecinas desde… desde siempre. De hecho, nacimos en el mismo hospital. —dijo Diana, apartando varios mechones del rostro de Leona con su mano izquierda—. De hecho, ella sería un mes mayor que yo, si yo no hubiera sido prematura.

—¿Fuiste prematura? Awww, tan tierna. —dijo Leona, volviéndola a besar—. ¿Qué hay de Syndra y Sarah? ¿También se conocen desde siempre?

—No. Syndra la conocimos cuando teníamos nueve años. Se mudó desde Jonia a esa edad e íbamos a la misma clase. La conocí porque una vez en clases respondió algo mal de historia y yo la corregí y me miró como si fuera a golpearme. —explicó Diana, sonriendo un poco al recordar cómo conoció a Syndra—. Le hui por meses, hasta que Nami me explicó que quería ser mi amiga y que le explicará historia. Vive a tres vecindarios del nuestro.

—¿Y Sarah? —preguntó la pelirroja, escuchando con atención a Diana.

—La conocimos terminando la preparatoria. Era una fiesta, Nami quería ir, yo no, me convenció de acompañarla porque lo más probable era que Syndra se embriagase sin control. —comenzó a decir Diana, mirando su teléfono. Les quedaba una hora en la habitación—. Lo de Sarah fue amor a primera vista. Siempre lo dice. Apenas vio a Nami en la fiesta se le acercó y le ofreció un trago.

—Sí, suena creíble. —murmuró Leona.

—En ese tiempo, Nami aún se debatía su sexualidad. —dijo Diana, sorprendiendo un poco a Leona—. Teníamos dieciocho, nunca había tenido una relación, el único chico que alguna vez le gustó era… un joniano raro, obsesionado con el arte y el número cuatro.

—Suena como tú en masculino, pero en lugar de historia, amante del arte. —dijo Leona a modo de broma.

—Mmmm… ahora que lo mencionas. Él era pelinegro también y muy pálido. —musitó Diana, pensativa—. Bueno, el punto es que Nami rechazó a Sarah. Pero ella se encargó de conseguir su número robándole el teléfono a Syndra.

—¿Qué? —preguntó Leona, riendo un poco—. ¿De verdad?

—Yep. Todavía no nos ha dicho cómo consiguió desbloquearlo, quiero decir… los teléfonos en ese tiempo se bloqueaban y te jodías, ¿entiendes? —dijo Diana y Leona asintió con su cabeza, sin parar de reír—. ¡Pero ella lo desbloqueó! Estuvo escribiéndole a Nami por días, semanas… ¡años! Y yo lo llamo "acoso cibernético", pero Nami lo llama "cortejo persistente".

—Espera, espera… ¿aún tiene el teléfono robado de Syndra? —preguntó Leona, sin borrar la sonrisa de sus labios.

—En la caja fuerte de su remolque, sí. —dijo Diana, riendo junto a Leona—. Solía pensar que Sarah sólo era una idiota que quería confundir a Nami y usarla para sexo o algo, pero ella incluso se hizo nuestra amiga, siempre se mostró agradable e inclusiva. —expresó la peliblanca, observando a Sarah en la foto de perfil que tenía Nami—. Como… ya sabes, no es el tipo de persona que está en una salida grupal y sólo le presta atención a su novia. Ella siempre intentaba hacerme sentir incluida durante nuestras salidas… lo que es raro, casi nunca me sentí así con alguien ajeno a mi círculo.

—Y así de corta, ahí está una historia de amor mejor que Crepúsculo. —dijo Leona a modo de broma—. ¿Podemos vivir una historia de amor mejor que Crepúsculo, Di?

—Podemos tener lo que quieras que tengamos. —susurró Diana, dejando su teléfono de lado para fijarse por completo en Leona. Sonrió al sentir los labios de Leona sobre los suyos—. Así que… ¿somos novias?

Leona rió sobre sus labios, separándose de ella para mirar a Diana a los ojos.

—Podemos ser lo que quieras que seamos. —dijo Leona, besando la barbilla de Diana—. Podría casarme contigo hoy mismo por civil si me lo pides.

—Eso es información interesante. —murmuró la peliblanca, descansando su mejilla sobre la cien de Leona—. ¿Qué solías hacer en tus cumpleaños? ¿Recorrías los templos con tu papá? ¿Estabas con tu mamá en esa casa de verano? ¿Tenías fiestas?

—Nunca había tenido una fiesta de cumpleaños hasta que cumplí diecisiete. —confesó Leona, causando que Diana levantara su cabeza para poder mirarla, consternada—. Nací durante el festival del sol, Di. En una familia bastante ortodoxa. Era celebrarme a mí o celebrar al sol. Tengo que admitir que celebrar el sol era un honor para mí… era mi devoción.

Alzando su mano izquierda, Leona logró quitarse su reloj, dejando a la vista el tatuaje dorado que rodeaba su muñeca. Diana acercó su mano a ella, rozando con la punta de sus dedos el tatuaje y observando a Leona con interés.

—Cuando tenía quince años, realicé el rito de iniciación en la fe. —susurró Leona, sintiendo su garganta seca—. Fue el mejor día de mi vida. Pero… también fue el comienzo de mi remordimiento e inquietud. Estudié con Layna toda mi vida. Ella era mi mejor amiga… siempre estuvo a mi lado y yo… yo siempre sentí esto con ella… este… esta atracción. Cuando la besé se sintió tan bien, pero incorrecto al mismo tiempo. —continuó diciendo la pelirroja, cerrando sus ojos por un instante—. Sin embargo, no pude detenerme… quería explorar lo que sentía, quería entender lo que era y disfrutarlo… no podía ser algo malo.

—No es algo malo, Leona. —susurró Diana, entrelazando su mano derecha con la izquierda de Leona—. El amor no puede ser algo malo.

—La amaba. —murmuró Leona, abriendo sus ojos para mirar a Diana, que no parecía enojada ni celosa de lo que decía—. Dioses, en serio que la amaba. Pero… bueno, ya sabes. No volví a verla nunca y… luego tuve este tiempo en Demacia, donde cambié un poco mi perspectiva de la vida con Taric, sin embargo, nunca dejé de pensar en ella. Cuando volví aquí la busqué y… nada.

—¿Qué pasó con ella? —preguntó Diana, realmente interesada en lo que decía la pelirroja.

—Prefiero no saberlo. —contestó Leona, desviando su mirada a algún lugar en el techo—. Ni siquiera podría decirte algo, porque no sé lo que sucedió. Nunca la encontré… ni en el templo que frecuentaba su familia, ni de nuestras ex compañeras… ni siquiera Atreus sabía algo.

—Eso debe ser triste. —musitó Diana, sonriendo con pesar—. Quiero decir, mi primer amor fue Alune. Pero ella no desapareció, sólo destruyó mi corazón y se fue… lo que no es peor que amar a alguien que también te amaba y que ella sólo… desaparezca.

—Aunque no lo creas… estuve lloriqueando por meses. Años… porque lloraba también en Demacia. —susurró Leona, suspirando con pesar y volviendo a cerrar sus ojos—. Pero un día Atreus me convenció de vivir aventuras estúpidas y… tuve un par de citas con varias personas. Fue un fiasco total, pero al menos conocí a Sivir. Con Sivir aprendí lo que es responsabilidad, verla siendo tan laboriosa me inspiró a serlo también y fue por ayudarla que decidí mudarme para vivir sola.

—Desearía decir que conozco a alguien así, pero Syndra sólo me empuja a tener relaciones sexuales con personas desconocidas en fiestas, Nami a sumergirme en libros hasta que mi cabeza explote y Sarah a fumar cosas ilegales. —dijo Diana, riendo un poco ante sus propias palabras, pues no eran una mentira—. Tú me inspiras a querer valerme por mí misma. Pero luego recuerdo que mamá me mataría si abandono su casa antes de tener un título y se me pasa.

—¿Y a qué te inspiraba Alune? —preguntó Leona, volteando a mirar a Diana, estrechando sus ojos a ella.

—A morirme. —contestó Diana, causando que la morena riera—. Es raro… amarla era como una lucha constante entre lo que quería hacer y lo que hacía para que ella estuviera contenta. No era suficiente, hiciera lo que hiciera. Y cuando se fue… me culpaba a mí misma por no haber sido suficiente, pero sabía que no era suficiente incluso si lo intentaba con todas mis ganas. Era… doloroso. ¿Por qué no lo veía antes?

—¿Por qué no te conocí antes? —preguntó Leona, resoplando con enojo—. Maldita Alune.

—Ugh, dejémosla en paz. No me interesa en absoluto. —se quejó Diana, pasando su brazo izquierdo por encima de Leona, abrazándola—. ¿A qué te inspiraba Layna?

La pregunta tomó por sorpresa a Leona, que observó a Diana con ambas de sus cejas alzadas.

Lo pensó por un instante, antes de suspirar.

—Ella fue mi primer amor, pero también mi mejor amiga de la infancia. —contestó Leona, mordiendo un poco su labio inferior—. Sabía todo acerca de mí… siempre sabía cómo subirme el ánimo cuando llegaba la fecha en que mamá murió. Ella me inspiraba a ser… yo. Me inspiraba a hacer lo que quería, y yo quería… quería ser lo que mi padre esperaba que fuera. Quería ser la mejor de mi generación. Y… por años, eso fui. Aún conservo las medallas de reconocimiento de la academia, mi uniforme… mi tatuaje. —Tocando su muñeca izquierda, Leona suspiró con frustración—. Aún conservo mi fe. Pero creo que Layna, quizás me hubiera pedido mantener todo en secreto. Ella siempre me pedía que todo fuera entre nosotras, a escondidas y yo… yo quería gritarlo a los cielos.

Manteniéndose en silencio, Diana observó a Leona por un instante. Acarició su barbilla con uno de sus dedos, delineando su perfil con delicadeza y esperando a que dijera algo más.

Por varios minutos, sólo escuchó la respiración algo entrecortada de Leona, que había decidido cerrar sus ojos, intentando mantenerse en calma a la hora de hablar de su pasado. Un corto y delicado beso de Diana sobre sus labios la hizo sonreír y abrir sus ojos, para encontrarse con los ojos lila de la joven pálida.

—Creo que igual no habría funcionado. —susurró Leona, acariciando el dorso de la mano de Diana con la que la peliblanca estaba mimando su rostro—. Creo que… fue una de esas relaciones que esperabas que duraran para siempre, pero que en el fondo sabías que no funcionaría o que era algo imposible porque… porque ambas son muy distintas.

—Como que lo entiendo. —murmuró Diana, pellizcando un poco la mejilla derecha de Leona—. Creo que me sucedió eso con Nami.

—¡¿Qué?! —exclamó Leona, apretando la mano de Diana y causando que ella se alertara—. ¿Qué quieres decir con que te sucedió eso con Nami? ¡¿Te gusta Nami?!

—¿Qué? ¡No! Yo… mmmm… no sé cómo explicarlo. Pero Nami siempre había estado allí, de hecho… no puedo recordar nada que no haya hecho con Nami en toda mi vida. —explicó Diana, causando que Leona apretara con más fuerza su mano—. ¡Ay! Quiero decir… es… ¡cosas de amigas!

—¿Tuviste sexo con ella? —preguntó Leona, frunciendo un poco su ceño—. Porque… joder, Diana, puedo competir con Sarah o Syndra, pero ¿con Nami? ¡Ella es como tu hermana! No creo que alguien te conozca mejor que ella… no… ¡sólo no puedo competir con ella!

—No tienes que hacerlo, porque no me gusta. —dijo Diana, besando la frente de Leona de nueva cuenta, intentando calmarla—. Sin embargo, creo que, en algún punto de mi vida, descubrí que me sentía atraída hacia ella… de hecho, creo que me di cuenta que soy lesbiana porque un día ella… se durmió sobre su escritorio en la preparatoria y yo… yo sólo la miré y… quería besarla.

—¡¿Ella tiene estos abs?! —preguntó Leona, llevando la mano derecha de Diana hasta su abdomen y causando que la peliblanca se sonrojada al contacto de su cuerpo con sus dedos—. ¡¿Los tiene?!

La peliblanca mantuvo su mano sobre la piel tersa del abdomen de Leona, acariciando los músculos de aquella zona de su cuerpo. Suspiró, lamiendo un poco sus labios y arañando con delicadeza el abdomen bronceado de Leona, que sonrió con lascivia ante el obvio gesto de deseo de Diana.

—¿De qué estábamos hablando? —preguntó Diana en un susurro, pestañeando un par de veces—. No, no tiene… no creo que nadie más tenga tu firme y… bastante hermoso abdomen.

—¡Toma eso, Nami! —exclamó Leona, colocando ahora la mano de Diana en su brazo izquierdo—. Tócame, anda. Soy tu novia, puedes tocarme para saciar tus ganas de sexo.

—Dioses. Gracias, por esta novia. —musitó Diana, clavando sus uñas en el brazo de Leona y sintiendo el músculo terso—. Qué maciza.

—Estoy tan celosa ahora… te gustó Nami. —gruñó Leona, besando por un instante a Diana—. Conténtame. Estoy celosa, Diana… necesito que me jures por Áurea que no tendrías nada con Nami hoy, ahora, este mes, este año… esta vida.

—No lo tendría. Nunca tuve el valor de decírselo. Eventualmente ella conoció a Sarah, se enamoró de ella y ahora las shipeo. Luego yo conocí a Alune, luego terminamos, luego me deprimí… y ahora apareciste tú y… —dijo Diana, suspirando. La peliblanca sonrió—… y tú eres todo lo que necesitaba para salir de la monotonía. Lo juro. Lo juro por Áurea y por Argéntea, por Pantheon, por la llama inmortal, por el protector. Leona, podría jurarlo por todos los dioses de Targón.

—Con esos está bien. —respondió Leona, regocijándose por las palabras de Diana—. ¿Así que descubriste tu sexualidad por Nami?

—Fue una época turbia. Tenía diecisiete. Hormonas a flote, ella se paseaba siempre en ropa interior por mi habitación, éramos dos chicas así que no había problema, pero… tuve que alejarme un poco de ella para que no llegara a sentir algo más… ya sabes, algo más serio. —explicó la peliblanca y Leona se aferró a ella con fuerza, rodeándola con sus brazos mientras fruncía su ceño—. Nunca me atreví a decírselo porque temía perder su amistad y pensaba que… no iba a funcionar. Nami es como un pececito exótico en el mar. Es linda, muy linda. Pero no me atrevería a mantenerla cautiva en la pequeña pecera que significaría tener una relación conmigo.

—Oh, yo sí quiero que me tengas cautiva. —susurró Leona, pestañeando con rapidez un par de veces—. Con mordazas, por favor.

Ambas rieron por su broma y Diana acarició el cabello anaranjado de Leona con parsimonia.

—Además, ambas somos tan inseguras. Quiero decir, ¿viste cuánto me tardé decidiendo qué iba a comer para que al final tú ordenaras por mí? Así somos ambas. —dijo Diana, haciendo reír más a Leona—. Una cita entre ella y yo duraría tres días, sólo decidiendo qué pediríamos de comer. Ni siquiera voy a decirte cuánto tardábamos en decidir lo que queríamos ver en nuestras pijamadas de los fines de semana. ¡Siempre decidía Syndra por nosotras!

—Una cita entre dos pasivas. —dijo Leona, entre risas—. Se pintarían las uñas.

—¡Confirmo! En cambio, Sarah es… ¡es Sarah! Es graciosa, carismática, alegre y genial. No soy nada de eso. —dijo Diana, aspirando el aroma del cabello de Leona y ampliando su sonrisa—. Sólo soy una nerd que ama ir al museo y observar las estrellas.

—¡El amor de mi vida! —exclamó Leona, apretando a Diana entre sus brazos—. ¡Llévame volando hasta la luna!

—¡Y déjame jugar entre las estrellas! —exclamó Diana, siguiendo la letra de la canción que comenzó a cantar la morena—. Déjame ver cómo es la primavera en Júpiter y Marte.

—En otras palabras, sostén mi mano. —susurró Leona, alejando uno de sus brazos de Diana para entrelazar su mano izquierda con la derecha de la peliblanca—. En otras palabras… Diana, cógeme. Espera… ¿cómo era?

La joven pálida soltó una risa y Leona se unió a ella. Se acercó a la peliblanca para besarla, sin embargo, su tono de llamada la detuvo, causando que arqueara una ceja para mirar a Diana, confundida.

—¿Escuchas K/DA? —preguntó Leona y Diana se apresuró a contestar la llamada.

—¿Sí? —indagó la peliblanca, sin siquiera mirar el nombre del remitente.

—¡¿Eres novia de Leona?! —exclamó Nami al otro lado de la línea—. ¡¿Y no me lo dijiste?!

—Ah… puedo explicártelo. Nosotras… sucedió hoy. —dijo Diana, jugando con uno de los rizos de Leona, que sonrió al saber que hablaba de ellas y su noviazgo—. Le pedí que fuera mi novia luego de llevarla a expiarse y… ¡ella dijo que sí!

—¡¡Ella le dijo que sí!! —exclamó Nami a alguien más, causando que tanto Diana como Leona rieran.

—¡Lo sé, bebé! Relájate un poco y dame eso. —dijo Sarah, arrebatándole el teléfono a Nami—. ¡¿Estás cogiendo con ella, Diana?!

De forma instantánea, el rostro de Diana tomó un tono rosa que se intensificó a rojo conforme la risa de Leona subía de tono.

—Puedo escucharla reír… ¡así no es como se hace, Diana! —exclamó Sarah, alejando el teléfono de Nami cuando ella intentó arrebatárselo—. ¡Tienes que empujar tus dedos dentro de su vagina, no en sus costillas!

—¡Dame acá, inmoral! —se quejó Nami, logrando tomar su teléfono de vuelta—. Lo siento… ya sabes cómo es Sarah. ¿Estás con ella ahora?

—Sí. —susurró Diana, cubriendo sus ojos con una de sus manos.

—¿Y qué hacen? Quizás puedas pasar por el centro comercial del Ocaso. Estábamos teniendo una cita en mi gloriosísimo día libre. —sugirió la pelinegra, jugando con un mechón de su cabello—. Syndra viene en camino… dijo algo de que estaba en un seminario, pero salió porque era un tema aburrido.

—Sí, me imagino. —contestó Diana con sarcasmo—. ¿Quieres tener una charla bastante entrometida con mis amigas?

—Definitivamente sí. —dijo Leona, sentándose en la cama a un lado de Diana—. Déjame encontrar mis zapatillas.

—¡¿Encontrar sus zapatillas?! —preguntó Sarah, intentando cambiar la llamada a videollamada—. ¡Estás teniendo sexo, inmoral!

—¡No estoy teniendo sexo, inmoral! —se quejó Diana, sin apartar su mano libre de su rostro—. Estaremos allí en unos quince minutos o más. Dependiendo del tráfico. Avísame cuando llegue Syndra, si es que llega antes que yo.

—Oki, doki. —contestó Nami, entonces colgó.


—Ok, bien. Sí. Nos veremos mañana a las seis, ¿bien? —preguntó Syndra, intentando cubrir una marca en su cuello—. Intenta ser puntual esta vez, porque no quiero quedarme mucho tiempo estacionada en medio de la calle, la gente podría verme y com-

—Eres tan preciosa. —dijo Irelia, quitándose el cinturón de seguridad. Se acercó a Syndra, besando su mejilla para luego abrir la puerta del coche—. Estaré practicando para mi recital del próximo sábado, pero siempre tengo tiempo para ti.

—Claro, sí. —musitó Syndra, mirando a Irelia salir de su vehículo—. ¿Cuándo estarán a la venta tus boletos? Quiero uno en primera fila.

—Ya te reservé uno, pequeño loto. —contestó Irelia, regalándole una sonrisa a Syndra, recargándose de la puerta del coche—. Lo tendré para el próximo jueves. Intenta no llevar esos lentes oscuros ni la bufanda. Es un poco iluminado y helado en la primera fila del teatro, pero no es para tanto, cielo.

—Ja-ja-ja. Qué graciosa. —se quejó Syndra, quitándose la bufanda lila para tirarla en algún lugar de su coche—. Vete al carajo, Irelia.

—Si tú eres el carajo, definitivamente quiero estar allí. —respondió Irelia, cerrando la puerta y dejando a la rubia con sus quejas en la boca.

Observando a Irelia caminar lejos de su coche hasta dirigirse a la entrada del hotel donde se hospedaba, Syndra suspiró.

—Eres una idiota, Syndra. —murmuró la rubia, recargando su frente del volante—. Sarah no va a burlarse de ti, y si lo hace, ¿a quién le importa? Esa chica te hace feliz… eso debería ser lo único que te importe en la maldita vida.

Suspirando de nueva cuenta, Syndra se mantuvo en su coche por un largo rato, mirando a la nada. Deseaba ser como Nami, que reunió el valor suficiente para revelarle a sus padres que salía con una chica. O como Diana, que le dijo sus preferencias sexuales a ellas apenas lo descubrió.

Pero no era una opción llevar a Irelia a su casa. Quizás sí podía contarle a sus amigas, pero a sus padres… su madre la mataría. Por otro lado, no tenía idea de qué reacción tendría su papá.

La ansiedad la invadió y arrancó su auto apenas logró terminar de cubrir las marcas en su cuello.

—Así que tú eres pasiva, pero… ¿nekeas a Diana? —preguntó Sarah, observando a Leona con interés.

—¡Sarah! —exclamó Nami, dándole una palmada en el hombro a su novia—. Ya deja de preguntar estupideces. Estás alterando a mi Diana bebé.

Leona rió un poco, estrechando sus ojos a Nami y tomando la mano de Diana con la suya, entrelazando sus dedos.

—Sí. Yo… hago lo que sea que a Diana le guste. —contestó Leona, sin despegar sus ojos de Nami—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué le gusta a Nami? ¿Quizás… que te pongas una peluca blanca?

—¿Qué? —preguntaron tanto Sarah como Diana, observando a Leona confundidas

—No juzgo fetiches. —dijo Leona, sin parar de mirar a Nami—. ¿Cuál es tu tipo de chicas, Nami? ¿Un poco altas? ¿Blancas, morenas? ¿Pálidas y pelinegras, quizás?

—Leona, no. —susurró Diana, apretando el agarre en sus manos.

Leona iba a contestar, sin embargo, Syndra logró llegar hasta la mesa de la cafetería en la que se encontraban.

—Ha llegado la hetero, lesbianas perdedoras. —dijo Syndra, colocando sus manos sobre los hombros de Leona y sorprendiéndose al sentirlos—. ¡Woah, qué maciza!

—¿Qué? —volvió a preguntar Diana, mirando a Syndra con su ceño fruncido—. No toques los hombros de mi novia, hetero.

—Tú eres… eres muy fuerte. —dijo Syndra, ignorando a Diana y tocando el brazo de Leona sin pudor—. ¿Haces ejercicio?

—Todos los días en la mañana. —aseguró Leona, sonriendo con amabilidad—. Puedo darte mi rutina si quieres. Pero es un poco avanzada, quizás puedes comenzar con algo más ligero. Trotar media hora y luego hacer algo de cardio.

—No me molestaría que fueras mi entrenadora, ¿cuál es tu tarifa? —preguntó Syndra, sonriendo con picardía y causando que Diana estrechará sus ojos.

—Nunca he sido entrenadora personal. Dar órdenes no es lo mío. —dijo Leona con normalidad, acercándose a Diana para besar su mejilla, volviendo a mirar a Nami en el instante que besó a Diana—. Quizás en otro momento, mi agenda ahora mismo está un poco ajetreada.

—Si no te gusta dar órdenes, entonces ¿Diana te gobierna? —preguntó Sarah, pensativa—. Es decir… ¿ella te da las órdenes a ti?

—¡Sarah! —exclamó Nami, sintiéndose avergonzada por las preguntas y comentarios de su novia—. ¡Ya basta!

—Lo que sea que a Diana le guste y me pida, yo lo haré encantada. —aseguró Leona, sonriente—. Realmente, ella me gusta mucho. Iba a pedirle ser mi novia la semana pasada, pero ella me rechazó y… bueno, igual fue porque me tenía una sorpresa, así que creo que está bien.

—¿De qué me perdí? ¿Son novias? —preguntó Syndra, sentándose en uno de los bordes laterales de la mesa—. ¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo dan seminarios en hoteles? —preguntó Diana, alzando una ceja y causando que Syndra se sonrojara—. ¿Con quién fuiste al hotel?

—Te preguntaría lo mismo si no hubiera visto a Leona, amiga. —respondió Syndra con prisa, sintiéndose nerviosa—. ¿Cogieron?

—Estoy en mis días. —gruñó Diana, sin dejar de acuchillar a Syndra con la mirada.

—Eso nunca me detuvo. —habló Sarah, sirviendo un poco de su café y captando la atención de todas en la mesa—. ¿Qué? Se siente mejor en los días de señorita. Además, son dos mujeres… quizás ella no podía comértela, pero ¿qué te detuvo de comérsela? Tú eres la que estaba sangrando, no ella.

—Tiene razón. —aseguró Nami y las otras tres chicas la miraron casi impactadas—. No me miren así. Mejor miren a mi dulce novia… nueve de cada diez personas se la comerían aún si estuviera en sus días. Yo soy la que no se la comería, porque definitivamente me dejo comer por ella en esos días.

—Demasiada información. —dijo Syndra, arrugando un poco su nariz—. ¿No hacen otra cosa esos días? ¿Qué si ambas lo tienen al mismo tiempo?

—Entonces sólo nos acostamos a besarnos y decirnos que nos amamos, cosas así. —dijo Nami, llevando un trozo de su pastel a la boca de Sarah—. Cosas de parejas tiernas, que es lo que somos.

—¿Qué hacen las parejas tiernas? —preguntó Syndra, interesada—. O sea… además de coger como animales, porque alguna vez las escuché y fue… ni siquiera tengo palabras para describirlo.

—Mmmm… la mayoría del tiempo yo estoy estudiando. Pero Sarah se las arregla para convencerme de despejarme un poco. —comenzó a decir Nami, pensativa—. Si no estamos haciendo cosas prohibidas, estamos haciendo cosas ilegales… como fumar.

—Oh, sí. Fumamos de la buena. —susurró Sarah, pasando su brazo por los hombros de Nami—. O estamos abrazadas, charlando. A veces le preparo algo de comer, porque sé lo que le gusta comer. Le tomo fotos… ¡muchas fotos! Mi teléfono tiene más fotos de Nami que mías.

—Mi teléfono tiene más fotos de libros de biología que mías, pero también tiene más fotos de Sarah que otra cosa. —aseguró Nami, sonriente—. Supongo que… me gusta cuando me quedo dormida estudiando y ella saca fuerza de algún lado para cargarme y ponerme en su cama. Me cubre con sus sábanas y acaricia mi cabello hasta que me duermo de nuevo.

—Tengo mi propio médico privado cuando me enfermo. —dijo Sarah, acariciando la nariz de Nami con uno de sus dedos—. Vemos Netflix cuando Nami tiene algo de tiempo. Usualmente vemos películas románticas y nos besamos cada vez que se besan en pantalla.

—Bailamos en tu remolque cuando pones esa canción que nos gusta. Y no importa si bailamos mal o lo que sea… sólo bailamos y nos reímos y… —Nami miró a Sarah a los ojos, sonriendo por inercia—… y somos nosotras.

—Y eso es maravilloso. —dijo Sarah, besando la punta de la nariz de Nami—. Te amo.

—También te amo. —susurró Nami.

Suspirando, Syndra recargó su espalda de la silla, pensativa.

¿Qué le gustaba comer a Irelia? No lo sabía. ¿Cuál era su música favorita? Tampoco lo sabía. ¿Se había enfermado de gravedad alguna vez? Seguramente sí, pero Syndra no lo sabía.

Observó el perfil de Diana en su Facebook. Tenía su foto con Leona. Se veía feliz. Igualmente, miró la foto de Nami con Sarah. Sus lesbianas perdedoras se veían bastante más felices en una sola foto que Syndra en las diez que subía a diario.

Era patética.

—Te traje pudín. —dijo Syndra, colocando el postre en frente de Irelia cuando volvió a verla la tarde siguiente—. Siempre me dabas tu pudín cuando íbamos a la escuela. Así que ahora quise traerte un pudín. Vamos, cómelo.

Irelia se rió un poco, tomando el envase de plástico frente a ella. Lo abrió, tomando un poco en una cuchara y acercándolo a Syndra, que arqueó una ceja.

—Es para ti. —aseguró Syndra, confundida por la actitud de Irelia.

—Soy intolerante a la lactosa. —dijo Irelia con normalidad—. Por eso siempre te daba mis pudines.

—¿Qué? Intole… ¿Qué? Por supuesto que no lo eres. —dijo Syndra, confundida—. Tu no… esto… ¿desde cuándo?

—Desde siempre. —aseguró Irelia, sonriendo con pesar—. Lamento nunca haberte dicho. Pensé que lo sabías y por eso siempre me pedías mi pudín.

—¡Sólo me gustaba y por eso quería más y te quitaba el tuyo! —resopló Syndra, recargando su espalda de la silla donde estaba sentada—. ¡Soy la peor novia del mundo! Ni siquiera sabía que eras intolerante a la lactosa… soy un fiasco.

—¿Novia? —preguntó Irelia, sonriendo—. ¿Somos novias?

—¡Por supuesto que lo somos, Irelia! —exclamó Syndra, golpeando la mesa con furia—. ¿Cuál es tu maldita película favorita? ¡Dímelo ahora!

—"El Estanque de las Ilusiones", de Anthony Reynolds. —contestó Irelia, un poco divertida por la actitud de Syndra—. ¿Quieres que la veamos juntas? Puedo pedir servicio a la habitación y pedir algo de comida.

—¿Qué estudias? —preguntó Syndra, ignorando la invitación de Irelia—. ¿Tocas otra cosa además del piano? ¿Cuando cumple años tu abuela? ¿Visitas a tu madre en su aniversario? ¡¿Por qué nunca me dijiste que eres intolerante a la lactosa?!

—¿Qué te pasa de repente? —preguntó Irelia, divertida—. Pensé que querías… ya sabes.

—¡Sarah sabe tanto de Nami! Y Leona sabe de Diana y… ¡y ellas son mejores novias que yo! —exclamó Syndra, gruñendo—. No puedo vivir con eso. ¡Dame ese pudín!

—Syndra, bebé… ¿estás celosa de las novias de tus amigas porque ellas las conocen mejor que tú a mí? —preguntó Irelia, intentando entender el por qué del humor de Syndra—. ¿Y cuando me pediste ser novias?

—¡Tú me lo pediste! Hace años, cuando nos casamos... aún tengo lo que quedó del anillo. —susurró Syndra, comenzando a comer el pudín, con un puchero pronunciado en sus labios—. Soy patética.

—Eres un dulce terrón de azúcar. —afirmó Irelia, sonriente—. También tengo el anillo… ¿Por qué me preguntabas todo eso?

—¡Porque no te conozco, Irelia! —exclamó Syndra, dejando caer su cabeza sobre la mesa de cristal—. Tú creciste, yo crecí. No tenía idea que eras intolerante a la lactosa, no tengo idea de qué tocas, ¡no tengo idea de nada además de lo que siento por ti y lo que tú sientes por mí!

Confundida, pero intrigada, Irelia recargó su brazo de la mesa, observando a Syndra con interés.

—Estudio música. Estaba en el sexto semestre, pero congelé. Me gustan los caramelos ácidos. El pie de manzana es mi postre favorito. Mi color es… el rosa, definitivamente. —comenzó a decir la pelinegra, pensativa—. Vas a decir que soy una idiota, pero no me gusta el sushi. También bailo, tomé clases de Jiujitsu y soy experta en lanzar dardos. Mmmm, me encanta la lluvia, creo que no hay nada más magnífico que escuchar la lluvia caer mientras ves el cielo nublado y bebes una taza de chocolate caliente. Es maravilloso.

—Eso es depresivo. —murmuró Syndra, levantando la cabeza para mirar a Irelia—. O sea, yo soy patética y lo de la lluvia es depresivo… voy a hacerlo, quizás me entran ganas de morir.

—Syndra… tienes toda la vida para conocerme. —dijo Irelia, acercándose a Syndra por sobre la mesa—. ¿Por qué quieres hacerlo ahora tan rápido?

—Quiero hacer lo mejor de lo mejor contigo. Quiero ser una buena novia. —gruñó Syndra, enojada.

—Perfecto. Sí. Podrías comenzar, pidiéndome ser tu novia en primer lugar. —dijo Irelia, ladrando un poco su sonrisa—. Así entonces podríamos comenzar bien la relación.

—Sé mi novia. —gruñó Syndra, ocultando su rostro—. O te patearé el trasero.

Sonriente, Irelia tomó una de las manos de Syndra, entrelazando sus dedos con los de la rubia.

—Pensé que me chanteajearías de nuevo. Supongo que eso salió bien. —dijo Irelia, recargándose de la mesa de cristal—. Acepto. Ahora puedes empezar a conocerme mejor, si quieres.

—Dioses… tengo novia. —susurró Syndra, sintiendo su rostro calentarse—. Es decir… sí. Como sea.

Quizás Irelia tenía razón. Después de todo, Nami e Irelias tenían años saliendo y conociéndose. Quizás sólo necesitaba tiempo para comprender y descubrir a esta nueva Irelia.

Goddess of Luminosity.