Ya sé, esto es puro fanservice… me vale piruja, aquí hay algo importante y la que no lo note, pues sayonara xdxd

Se van a quejar de que me tardé en actualizar, ¡pero tengo excusa, oigan! Me cambié de trabajo y ahora no soy esclava infeliz, ahora soy esclava no tan infeliz, ¡Já! Bueno, pero vean el lado positivo, me ENCANTA mi trabajo ahora, nada como comer sushi todo el día, digo, hacer… sí… hacer sushi, bueno YO SÍ CORTO LOS ROLLOS EN 11 PIEZAS PARA COMERME UNA Y QUÉ? Que les valga madre xd

Me tardé porque estuve escribiendo un cap que una mina estuvo pidiendo, así es gente en un capitulo o dos se viene el inicio del lesbianismo entre Sarah y Nami y a la que no le guste pues… pues neta no sé, oigan, me esmeré escribiendo ese cap. Este lo tenía casi listo hace semanas, pero no sabía cómo terminarlo, la neta quería que saliera Taric, porque sí, quería que llegara Taric y le dijera "oye weona, feliz cumple, jaja" pero luego pensé "no, igual sale más adelante con una revelación pitera". En fin.

No sé cuánto me vaya a tardar, espero que menos tiempo que estos dos meses xD

Y sí, A M É la historia de Asciende conmigo. O sea… asciendan… anden… crezcan y tengan sexo descontrolado, denle. ¡Leona dale a Diana como a cajón que no cierra, lpm!

Ya, listo. Estoy lista, me voy. Se cuidan, que mañana trabajo y la neta ya es tarde xD


El festival del sol se había convertido en una atracción turística.

Antaño no era exactamente un festival, era más bien un recorrido de redención para los solari. Recorrían los templos en busca de perdón por sus impurezas y rezaban a Áurea para que los protegiera de la oscuridad.

Por supuesto que con la modernización de Targón se convirtió en un festival, uno que llamaba la atención de muchos fanáticos alrededor del mundo.

Para Diana, haber nacido en Targón fue mera casualidad. Para los targonianos, haber nacido en Targón era una bendición y orgullo. Y para los solari… Diana pensaba que para ellos era un regalo de Áurea, una elección de los dioses, los hacía sentir como luces en medio de un sendero oscuro.

Diana siempre había pensado que los solari eran egoístas y creídos, la historia de su familia materna era un claro ejemplo de ello. Por mucho tiempo renegó de esa religión y nunca dudó en debatir con sus compañeros de clase acerca de las enseñanzas de esa fe, al menos hasta donde su trastorno se lo permitía.

Estaba segura de que, si la Diana de catorce años la viera ahora, sentiría desagrado de ella. Porque allí estaba, con una novia solari, que llevaba a su hermana lunari en la espalda, recorriendo los templos solari.

Leona brillaba en medio de todos los demás. Diana no sabía cómo, pero era como si ella resaltara entre todos. Con su cabello anaranjado y piel morena, pecas diminutas, ojos castaños y sonrisa radiante.

Todos los demás acólitos tenían tatuajes. Muchos hombres incluso viajaban en medio de las personas con sus pechos descubiertos y tatuajes dorados resaltando en sus cuerpos.

Pero, aún sin eso, Leona era la más llamativa. Algunas personas incluso volteaban a mirarla. Aunque eso quizás se debía a la niña de cabello rubio, con puntas recién teñidas en un degradado de rosa y púrpura, que estaba sobre su espalda.

Aunque miles de personas podían venir de las demás regiones sólo para "adorar" al sol, los museos y templos se llenaban por completo y el parque central de Targón estaba a rebasar, pocos turistas hacían el recorrido de los templos, era algo más bien de los targonianos. Más específicamente, de los solari.

Su madre la llevó varias veces a recorrer los templos cuando era una niña. Ella siempre pedía perdón a su madre sol. Incluso podía llegar a llorar. Pero no entraba a los templos. El tatuaje en su mano derecha se lo impedía.

Fue por ver el sufrimiento de su madre, pero su profunda devoción hacia la madre sol que Diana se sintió bastante interesada en saber todo de la fe. Por supuesto que también se sentía intrigada de la religión de su padre, y aunque ninguno nunca le impuso algún tipo de creencia, ella siempre se sintió en paz durante la noche, incluso cuando era una bebé su padre le contaba que no lloraba en absoluto por la noche, sólo durante el día.

Para su madre, tener los tatuajes de iniciación solari en su brazo derecho y el de los lunari en el brazo izquierdo era herejía. Su boda bajo la fe lunari fue herejía. Tener a Diana fue herejía. Tener a Zoe… no, aparentemente, tener a Zoe no fue herejía, sólo Diana.

—¿Cuándo vamos al parque? —preguntó Zoe, rascando su brazo.

Diana suspiró cansada. Traer a Zoe siempre había sido parte de su plan, pero algunas veces su hermana se las arreglaba para ser un poco muy molesta. Comenzando porque la niña en cuestión estuvo pateando la parte trasera de su asiento durante todo el trayecto hasta la casa de Leona y se quejaba de que Diana no le había comprado nada para comer en el camino. Luego, cuando se detuvo en el camino a comprar, se quejó de que no era lo que quería. Ni hablar de cómo casi vomitó sus asientos traseros por estar moviéndose en una pataleta.

Cuidarla ese día y llevarla al recorrido era un castigo impuesto por su madre y Diana sabía que, si había alguien más rigurosa y cruel que Áurea, esa era su propia madre. Estaba dispuesta a enfrentar su cruel destino con la frente en alto.

Sin embargo, apenas vio a Leona, Zoe cambió. Era una niña bien portada, sonriente y… poco castrosa. Era como si su hermana estuviera encantada con su novia.

—Diana, quiero irme. —se quejó Zoe, jaloneándola del brazo derecho—. Se va a acabar el festival y todavía no terminamos este recorrido del diablo.

Diana escuchó a una persona jadear con sorpresa ante el comentario de su hermana menor. Observó a la mujer de mayor edad con indiferencia por unos segundos antes de sentir un muy conocido hormigueo en su cuello.

Tomó a Zoe de la mano con fuerza, comenzando a caminar lejos del templo.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Por qué nos vamos sin Leona? —preguntó Zoe, confundida—. ¿Di?

La peliblanca detuvo su andar cuando pudo acercarse a una de las columnas de la entrada del templo, alejándose del tumulto de gente que se aglomeraba para entrar. Miró a Zoe por un instante.

—Escucha… —dijo Diana, agachándose un poco para estar a la altura de su hermana—… tampoco me gusta aquí, ¿bien? Lo siento por haberte traído con noso-

—Oh, no. Diana, estoy feliz de que me trajeras. —la interrumpió Zoe, sonriente—. Leona es asombrosa. Me ha traído en su espalda casi todo el camino ¡y ni siquiera está sudando! ¿Cómo lo hace? Mis manos siempre sudan en verano, ¿las tuyas no?

—Sí, Zoe, las mías también.

—Pero ella ni siquiera tiene una gota de sudor en su cuello o espalda… ¡tu novia es increíble! —exclamó Zoe, llamando la atención de algunas personas—. Es sólo que quiero ir a comer al festival… subirme a los juegos y cosas divertidas que hicimos en los festivales pasados.

—Lo sé, lo sé. Pero esto es importante para ella, ¿entiendes? Como lo era para mamá. —intentó explicar Diana y Zoe asintió con su cabeza—. Te prometo que apenas termine su recorrido, iremos directo al parque central donde está el festival y haremos todo lo que quieras.

—¿Con Leona? —preguntó Zoe, sonriente.

—Sí, con Leona.

—¡Yay! —exclamó Zoe, emocionada—. Me gusta Leona… quizás, cuando sea más grande, te la robe. Como con tu ropa.

—Jódete. —dijo Diana con total seriedad—. No hay forma de que te permita robarme a Leona, pequeña intrusa. Además, ella me quiere a mí.

—Ah, ¿eso crees? —indagó Zoe, con malicia—. ¿A quién ha estado cargando por media hora?

—¡Tú, escluincla babosa! —gruñó Diana, picando a Zoe en el estómago y haciéndola removerse—. ¡Voy a hacer que te orines encima y así ella no podrá cargarte en su perfecta espalda!

—Nooooo, Diana, ¡ya basta! —exclamó Zoe, riéndose ante los piquetes de su hermana en su abdomen—. ¡Auxilio, policía!

Antes de que Diana pudiera continuar picando a Zoe, Leona la detuvo, tomando una de sus manos con firmeza.

—Soy la policía. —dijo Leona, sonriendo de forma radiante—. Manos en su espalda, dama. Está arrestada.

—¿Por molestar a mi hermana? —preguntó Diana, arqueando una ceja.

—Nope. Por ser demasiado linda. —aseguró Leona, subiendo y bajando sus cejas en un intento de gesto coqueto.

Al instante, el rostro pálido de Diana se puso tan rojo que la peliblanca tuvo que bajar su gorra, intentando cubrir su sonrojo de las personas.

—¡Já! Eres un tomate ahora. —se burló Zoe, picando su mejilla—. Tan tierna, Didi.

—Jódete. —murmuró Diana, irguiéndose en su sitio para comenzar a caminar—. Sólo vámonos rápido. Nos quedan tres templos.

Tendiéndole su mano a la niña, Leona no se molestó en llevarla ahora a su lado de la mano. Zoe logró alcanzar a Diana, sonriendo con burla a ella al aferrarse al brazo de Leona.

—Oye, Leona. —habló Zoe causando que ella murmurara—. ¿Quién crees que es más bonita? ¿Diana o yo?

—Oh, no. —susurró Leona, notando cómo Diana volteó a mirarla fijamente a la espera de su respuesta mientras caminaba a su lado—. Uh… bueno… n-no lo sé… ummm… o sea… físicamente son muy parecid-

—¡Ni hablar! Yo era más alta a su edad. —dijo Diana, rozando la cabeza de Zoe con una de sus manos—. Además, era callada y definitivamente muy bien portada, pelinegra, pálida como la luna. De hecho, tuve que ponerme bloqueador solar y, sin embargo, mira mis brazos.

—¡Já! Tomate. —se burló Zoe, causando que Diana girara sus ojos—. Ella es más como papá, yo soy como nuestra mamita. Rubia, ojos azules, intelecto por encima de la media y niña exploradora con casi todas las insignias.

—Ooooh, ¿vas a los exploradores? —preguntó Leona, animada—. Eso es increíble. Yo siempre quise ir… pero estuve en un colegio militar que robó gran parte de mi infancia. Como sea.

—Ya dinos quién es la más bonita. —insistió Zoe, jaloneando su brazo.

—Pues… para mí, tú eres muy bonita, Zoe. —comenzó a decir Leona, causando que Diana la mirara ofendida y la niña se riera con burla—. Pero, eres bonita en un aspecto muy distinto a como Diana es bonita para mí.

—¿Uh? ¿Qué quieres decir? —preguntó Zoe, intrigada.

—Bueno, verás, para mí... ¡eres la niña más bonita de toda Runaterra! —exclamó Leona sonriente.

—Ay… detente, me sonrojas. —dijo Zoe, un poco apenada.

—No miento, eres bastante bonita. Pero para mí, eres tan bonita como lo sería una hermana. —explicó Leona, intrigando más a Zoe—. Como para Diana. Te puedo apostar que, para Diana, no existe una niña más bonita que tú.

—Por supuesto que no. —aseguró Diana, apartando un mechón de cabello rubio del rostro de Zoe—. Ella es mi castrosa, pero lo castrosa no le quita lo preciosa. ¿Quién es mi pequeña luna creciente?

—¡Ugh, Diana! —se quejó Zoe, mirando a alrededor. Entonces dijo en un tono mucho más bajo: —. Quedamos en que sólo me llamarías así estando en casa.

—Hermosa. —dijo Diana, apretando una de las mejillas de Zoe.

—¡Uy, no! —gruñó Zoe luego de que Diana apretara su mejilla tanto como para dejarla roja—. ¡Dianaaaa!

—¡La más hermosa hermana menor del mundo! —dijo Diana, inclinándose para besar su mejilla—. Te amo, no homo.

—Ya, yo también te amo, no homo. —murmuró Zoe, haciendo un puchero.

—Aaaaww, ustedes son tan tiernas. —dijo Leona.

—Claro que no. —negó Diana, frunciendo un poco el ceño.

—¡Somos rudas! —aseguró Zoe, golpeando el brazo derecho de Diana con su puño—. ¡Un huracán a punto de arrasar la montaña! Mira esos tatuajes demoniacos de mi hermana. Ella es una verdadera ¡hereje!

—¡Lo soy! —afirmó Diana, alzando un poco su camiseta sin mangas para dejar a la vista de Leona el tatuaje de lunas en su cintura—. Una vez, le dijimos a Morgana que nos faltaba un alfajor y ella nos dio uno y otro de regalo. Técnicamente, robamos.

—¡Yeah, nena! Dame esos cinco. —exclamó Zoe alzando su mano para que Diana la chocara con la suya—. Y otra vez yo estaba regañada, así que nos llevamos el teléfono inalámbrico de la casa al parque para que mamá pensara que no salimos de ahí.

—¡Estamos en fuego, bebé! —dijo Diana, haciendo que Leona riera—. Ni hablar de la vez que citaron a mamá en su colegio y yo me teñí el cabello de rubio y me hice pasar por ella ¡Puse a esa maestra en su lugar!

—¡Sí, así fue! —exclamó Zoe, asintiendo con su cabeza—. Y la vez que le quitamos la crema chantilly a un postre de Syndra y le pusimos crema de afeitar en su lugar, por habernos obligado a ver esa película tonta con ella y Zed.

—¡Épico! ¡Niña, somos unas maleantes! —alabó Diana—. No somos tiernas, somos un dúo problemático.

—¡Miau, así es! —aseguró Zoe y Leona no pudo evitar carcajearse más alto, llamando la atención de varias personas—. Pero ya en serio. Si yo soy bonita como una hermana, ¿cómo es bonita Diana?

—¡Ella es bonita como cajón! —dijo Leona de forma animada.

Tanto Diana como Zoe arquearon una ceja, sin comprenderla.

—¿Bonita… como un cajón? —indagó Diana, confundida.

—¿Los cajones son bonitos? —preguntó Zoe.

—Por supuesto que sí. —aseguró Leona, acercándose a Diana hasta el punto en que sus respiraciones chocaban—. Bonita como un lindo cajón que no cierra, ¿cierto, Diana?

Zoe observó con interés cómo su hermana se ponía totalmente roja luego de que Leona la besara en la mejilla por un instante.

—No lo entiendo. —murmuró Zoe, confundida—. Pero supongo que a Diana le gustó que le dijeras eso, porque la hackeaste. Mírala, ahora no podrá llevarnos al parque… oh, dioses, se va a desmayar.

—¡No, mi cajón! —exclamó Leona, deteniendo su andar cuando Diana lo hizo—. Diana, era una broma. ¡Para mí eres bonita como una delicada flor del ocaso que sólo florece cuando anochece!

—Aaaaww… vamos… bésense. Bésense ahora, no voy a mirar. —dijo Zoe, cerrando sus ojos con fuerza—. Tienen hasta diez para besarse.

Sonrojada, Diana miró a su alrededor. El nerviosismo la carcomía, las miradas de las personas que pasaban a su lado se sentían como agujas penetrantes que atravesaban su piel hasta llegar a su alma.

No podía. Y estaba segura de que Leona tampoco podía hacerlo.

Sus ojos violáceos encontraron los marrones de Leona, que dio un paso en su dirección para lograr acariciar la nariz de Diana con la suya. Leona cerró sus ojos, acercándose más a Diana.

Y aunque podía sentir las miradas de desagrado y repudio sobre ellas, Diana la besó. Fue apenas un ligero toque entre sus labios, nada muy profundo ni húmedo, pero fue suficiente para que Diana mantuviera una sonrisa tonta en sus labios el resto del recorrido.

Aunque escuchó las quejas de varios individuos descontentos por la "herejía" que acababan de presenciar, su cerebro no la molestó con eso. Al contrario, no dejaba de pensar en otra cosa que no fuera Leona.

Leona y la forma en que juntaba sus manos para rezar. Leona y sus labios rosados, dulces y deleitantes. Leona y su sonrisa, además de su melodiosa risa. Leona y su piel, que no era muy morena ni muy blanca, simplemente era un tono bronceado perfecto. Leona y su cabello, que parecía la melena de un león cuando despertaba, pero que con su correcto cuidado era como una delicada cascada de fuego. Leona y sus brazos, Dioses, sus brazos, nada más qué decir, simplemente eso. Leona y su voz, que no era ni muy gruesa ni muy aguda, era una voz neutra que podía llegar a ser cautivante.

La última vez que se quedó en su casa, la había escuchado decir "el amanecer ha llegado" y Diana sintió que podía grabarla y colocar esa simple frase como su tono de alarma, entonces estaba segura de que despertar sería más sencillo para ella.

—Y ayer tuvimos que convivir un rato con los niños de menor rango, ya sabes, los nuevos. —dijo Zoe, buscando en su teléfono una fotografía. Entonces extendió el aparato a Diana, que perdió de vista a Leona dentro del templo y se fijó en su hermana menor—. ¡Mira! Formamos tropas con los más pequeños y yo era la líder de la mía. Aquí están Elián, Adara, Iria, Da-

—¿Por qué está ese niño en la esquina? —preguntó Diana, intrigada—. ¿No era parte de tu tropa?

—¿Uh? Oh… es… Aidonel es un poco tímido. —dijo Zoe, mirando al que Diana señalaba—. Traté de hacerlo integrarse en el grupo, pero… no lo sé, los demás decían que era "muy sofisticado" para estar en los exploradores.

—¿Eso qué quiere decir? —indagó Diana, rascando su cabeza.

—Es que… cuando llegó, se bajó de este laaaargo carro negro, ¿cómo se llamaban?

—¿Una limusina? —preguntó Diana, sorprendida.

—¡Sí, eso! —afirmó Zoe, asintiendo con su cabeza—. Y todos estábamos como "sagrado cénit", cuando se fue también. Estaban estos hombres enormes esperándolo fuera del parque en el que nos reunimos y apenas le agradecieron a Nycinde por cuidar de él. No lo sé… creo que es muy adinerado.

—¿Y eso qué tiene que ver? No somos exactamente pobres. —dijo Diana, alzando sus hombros—. A Syndra la buscaban en una también y Nami y yo nunca la juzgamos. De hecho, nos gustaba jugar con los que había dentro de la limusina, como los botones para subir y bajar esa ventanilla que dividía al conductor de nosotras y así. Tus amigos son tontos.

—¡Hey, Syndra es tonta y no me quejo! —refutó Zoe, guardando su teléfono en su pequeña mochila—. Sólo estaba contándote cómo me fue ayer, no tienes que ser tan maleducada. Hump.

Cruzando sus brazos por encima de su pecho, Zoe le dio la espalda a Diana bajo el árbol en el que esperaban a Leona salir del último templo, el que estaba al pie de la montaña. Diana suspiró, sin entender cómo era que su hermana se molestaba con ella tan rápido últimamente.

—Escucha… tienes razón. No debí ser tan maleducada… es sólo… no sabes por qué ese niño puede ser así, quizás siempre lo rechazan por su estatus, o quizás es algo más. —dijo Diana, colocando sus manos en los hombros de Zoe—. Me gusta pensar que tú y yo somos parecidas en ciertos aspectos, como… además de nuestras narices, claro.

—Sí, porque es lo único que tenemos en común. —murmuró Zoe, sin dejar de darle la espalda.

—Bueno, sí… quiero decir, tú eres Zoe y yo soy Diana. Hemos crecido juntas, pero eso no quiere decir que somos la misma persona. Pero… no soy una mala persona, ¿o sí? —preguntó Diana, acariciando el cabello de Zoe—. Soy una idiota a veces, claro. Pero… trato de no juzgar a las personas, porque mi mayor miedo es ser juzgada… y si tú juzgas a las personas, entonces… yo… creo que me sentiría triste.

—No juzgo a las personas, sólo te digo lo que me dijeron. —gruñó Zoe, ladeando un poco su cabeza para lograr ver a Diana de reojo—. Intenté hablar con él y… bueno, me agradó. Tiene ocho años, es solari y tiene una hermana menor que se llama Kespina, ella tiene tres.

—Oh, ya veo… supongo que me precipité un poco. —murmuró Diana, apartando los mechones de cabello rubio de Zoe que el aire atravesaba en el rostro de su hermana—. Por un momento creí que te dejabas llevar por lo que decían los demás niños.

—¡No soy una tonta! —gruñó Zoe, alejándose de Diana, que dio un paso en su dirección—. ¡Tú eres la tonta!

—Tienes razón, soy la tonta. —dijo Diana, bajando la mirada—. Lo siento.

Zoe arqueó una ceja, volteando a mirar a Diana. Su hermana mayor casi nunca decía que era una tonta, sólo lo decía cuando quería que la perdonara. Seguido de eso, hacía lo que sea que Zoe le pidiera.

—Eres una tonta y me llevarás a comer tartaleta solar. —dijo Zoe, haciendo un puchero.

—Soy una tonta y te llevaré a comer tartaleta solar. —afirmó Diana, sin alzar la cabeza.

—También me dejarás ir en la espalda de Leona. —murmuró Zoe, intentando mirar la cara de Diana.

—Irás en la espalda de Leona. —dijo Diana, asintiendo con su cabeza.

—También me dejarás subir a la montaña rusa de la feria sola-

—No hay manera. —negó Diana, alzando la mirada—. La última vez te bajaste llorando y vomitando.

—¡Tenía diez años y un mes esa vez! —exclamó Zoe, pataleando—. ¡Ahora tengo diez años y diez meses! He crecido tres centímetros desde esa vez y creo que he madurado lo suficiente como para no vomitar… no sé si pueda no llorar.

Diana arqueó una ceja, mirándola escéptica. Entonces rió, acercándose a Zoe para atraparla en sus brazos.

—¡Ugh, no! ¡Diana, nooo! —se quejó la pequeña rubia.

—Lo siento por ser una tonta. —murmuró Diana, cerrando sus ojos en el abrazo que tenía sobre Zoe—. Probablemente soy la peor hermana mayor del mundo.

—¡¿Qué?! ¿Quién te dijo esa blasfemia? —preguntó Zoe, notándose ofendida—. ¡Eres la mejor de las mejores! Ni siquiera Nami sería tan buena hermana como tú.

—Bueno, eso no lo sé… pero me veo en la obligación de creerte. —dijo Diana, riendo un poco —. Así que ¿tu nuevo amigo es solari?

—Sí, no juzgo religiones, ¿sabes? Pero todos sabemos que la mía es mejor. —dijo Zoe, cuando Diana la soltó—. Como… en serio, mira estas lindas pulseras, y los exquisitos vestuarios de las sacerdotisas. Nada que ver con esos feos harapos que utilizan los solari, quiero decir, ¿rojo? El rojo es el color de la sangre que mancha su pasado bélico y territorial. Primitivos seres que creen en el sol. Ja, ja, já.

—¿A quién le dijiste primitiva? —preguntó Leona y tanto Diana como Zoe sintieron un escalofrío recorrerlas.

—¡A Diana! —exclamó Zoe, señalando a su hermana mayor—. Q-Quiero decir, ¿puedes creer que no tiene fe en nada? Eso… ¡eso es primitivo!

—De hecho, eso es el futuro. Un mundo en el que la gente no se divida por deidades ausentes y sus sacerdotes ególatras que sólo predican falsos testimonios a cambio de dinero fácil. —dijo Diana, alzando un poco sus hombros.

—¿Perdón? —preguntaron tanto Zoe como Leona.

—Nada… ¿cuánto costó que te dieran de beber "lágrimas del sol" para purgar tus pecados? —preguntó Diana y Leona, infló sus mejillas—. ¿Y cuánto costará que te inicien en los lunari?

—¡No lo suficiente! —gruñó Zoe, saltando para pegarle en la frente a Diana—. ¡Di lo que quieras, pero sólo eres una devota frustrada!

—¿Qué? Claro que n-

—Te sentías tan confundida con la fe lunari que no pudiste iniciarte en la fe solari y decepcionaste a mamá. —contrapuso Zoe, sorprendiendo a Leona—. Y luego tenías tan presente el hecho de que la decepcionaste que no fuiste capaz de iniciarte en la fe lunari ¡Blasfema!

—Era callarla, no humillarla. —dijo Leona, viendo cómo Diana se mantuvo con su boca abierta, pero sin decir nada.

—Y ahora que terminamos el recorrido de Leona y fue bendecida por la madre sol, ¡podemos volver al parque y comer tartaleta solar! ¡Yay! —exclamó Zoe, saltando en su lugar emocionada.

—Oh, cierto. ¿Te gusta la tartaleta solar? —preguntó Leona a Zoe, mirándola con ojos brillantes. Tomó la mano de la niña, comenzando a caminar a su lado—. ¡Es mi postre favorito!

—¡El de mamá también! —dijo Zoe, entusiasmada—. Lo hornea cuando no va a trabajar y nos lo da con la cena. Ñomi.

—¡No puede ser! Yo lo he preparado tan solo dos veces. —dijo Leona, abatida—. Lo juro por los Dioses que quiero conocer a tu mamá. La vez que la escuché hablando por teléfono sonó como alguien increíble, no puedo esperar a que Diana me invite a cenar.

—¡Mamá dijo lo mismo! —exclamó Zoe, feliz—. Le dijo a Diana que la próxima vez que alguien deba ir a la casa de la otra serás tú quien vendrá a la nuestra.

—¡Yay, conoceré a mi ídola, Diana! —dijo Leona emocionada. Entonces miró a su alrededor, sin encontrar a la peliblanca a su lado—. ¿Diana? ¡Diana!

Mirando a sus espaldas, Leona encontró a Diana aún parada bajo el árbol en el que había estado esperándola con Zoe.

—No soy una devota frustrada… sólo… el sol está en el cielo, así como la luna… ¿por qué no pueden sólo creer en ambas? —murmuró Diana para sí misma—. De hecho, no es una cosa de creer. ¡Están allí! Y no existiríamos sin la una ni la otra, así que… sólo… ¡es cuestión de adoración, no de creencia! Eligen adorar al sol e ignorar a la luna y los otros eligen adorar a la luna y repudiar al sol. ¡Es absurdo! ¡Podría destruir la fe de ambas cuando quiera porque la luz de ambas es la misma!

—¿Di? ¿Todavía estás hablando de eso? —preguntó Zoe, arqueando una ceja—. Ya supéralo.

—Sí, vamos al festival… ¿vienes o no? —indagó Leona, extendiendo su mano a la peliblanca.

Diana observó la mano de Leona, luego a ella. Desvió su mirada a Zoe por un instante y suspiró. No había motivo para que siguiera pensando en eso.

—Como sea… vayamos por tartaleta solar. —murmuró Diana, girando sus ojos.

—¡Allí está la tartaleta solar! —exclamó Leona, tomando la mano de Zoe y guiándola entre la multitud de personas que estaban en el parque donde se llevaba a cabo la mayoría de eventos del festival.

—¡Yas, tartaleta solar! —respondió Zoe con la misma emoción, dejando atrás a Diana.

Diana arqueó una ceja al observar a Leona y a Zoe.

Era como mirar dos niñas. Era como si ahora fueran mejores amigas. Zoe incluso seguía llamándola "su hermana mayor favorita". Suspirando, Diana caminó hasta la caravana que estaba junto a las demás, en una zona del parque determinada para comer.

Sacó su billetera, encontrando sólo un par de billetes. Suspiró de nuevo, sacando su tarjeta de crédito.

—¿Aceptas crédito? —preguntó a la señora detrás del mostrador donde Leona y Zoe habían ordenado sus postres helados.

—Débito o efectivo. —contestó la mujer, sonriéndole con pesar a Diana.

—Ugh… por supuesto. —murmuró la peliblanca, sacando ahora su tarjeta de débito.

—¡Quiero otra! —exclamó Zoe, lamiendo sus labios—. Diana, quiero otra, ¡quiero otra!

—Bien, pide las que quieras, joder. —dijo Diana, ajustando su gorra para cubrirse del sol.

Observó el montón de personas a su alrededor y se encogió de hombros, tratando de no pensar mucho en que varias personas miraban en dirección a ellas. Zoe hacía mucho ruido y llamaba bastante la atención, en especial porque su papá le había permitido pintar su cabello en un degradado porque "lo puede cortar después".

Su madre, en lugar de quejarse, la llevó a la peluquería.

Cuando Diana se tiñó el cabello de blanco no pudo salir con Nami ni Syndra por dos semanas. Tenía dieciséis en ese entonces. Su madre ni siquiera quiso mirarla esas dos semanas.

Pero Zoe cumpliría once y le permitían teñirse.

La vida era injusta.

—Ugh… no puedo comer más. —murmuró Zoe y procedió a eructar de forma sonora. Tan sonora que varias personas voltearon a mirarlas—. Diana, me muero.

—Gracias a los Dioses. —susurró Diana, bajando su gorra lo suficiente como para que no pudieran ver sus ojos—. Vámonos antes de q-

Otro eructo mucho más fuerte causó que algunas personas rieran. El cerebro de Diana empezó a molestarla. ¿Qué pensaría la gente? ¿Pensarían que era una mala hermana? ¿Pensarían que quería ahogarla con tartas solares? ¡¿Qué pensaría Leona?!

Alzando la mirada, Diana observó a su novia.

Ella estaba riendo también, pero su risa no era de burla. Era una risa genuina. Por supuesto que su risa sonaba como cantos de ángeles para Diana.

La morena se agachó para estar a la altura de Zoe, dándole la espalda.

—Aquí, yo te llevaré de nuevo. —dijo Leona.

Los ojos de su hermana brillaron de emoción. No tardó en lanzarse sobre la espalda de Leona, permitiéndole llevarla en su espalda.

—¡Sigamos buscando qué más comer! —exclamó su hermana menor y Diana arqueó una ceja.

—Pero tú… sólo… dijiste que no podías comer más. —dijo Diana, siguiendo a Leona por el parque—. Te vas a enfermar. No es bueno que comas más de la cuenta… ¡mamá se enfadará!

—Sí, sí. Ya te escuché, hereje. —dijo Zoe, mirando a Diana por encima de su hombro—. Vamos por hotdogs, Leo.

—¿No deberíamos hacerle caso a tu linda hermana? —preguntó Leona, volteando a mirar a Zoe—. Dijiste que no podías comer más. Comiste tres tartas.

—Pero quiero un hotdog. No desayuné para poder comer todo lo que quiera aquí. —se quejó Zoe, haciendo un puchero—. Quiero comer más.

—Podrías vomitar, Zoe. —dijo Diana, mirándola preocupada—. Ni siquiera puedes caminar.

—Sí, mejor descansa un poco en mi espalda y come en una hora o dos. Compraré los dulces que me pidas en el camino y así podrás comerlos después. —dijo Leona, sonriendo con amabilidad a la niña.

Pensativa, Zoe intercaló su mirada entre ambas jóvenes.

—Hablan como mamá. —murmuró la rubia, hundiendo su cabeza en el hombro de Leona—. Ahora son mamá luna y mamá sol.

—Jódet-

—¡Definitivamente quiero ser mamá sol! —exclamó Leona, cuya sonrisa brilló tanto que Diana tuvo que apartar la mirada de ella—. ¿A dónde quieres ir ahora, hija mía del crepúsculo? Tenemos un par de horas antes de que el sol se vaya.

—¡Alto! Acabamos de recorrer los templos, ¿cierto? —preguntó Zoe, confundida.

—No, volamos en un dragón ancestral que forja estrellas de sus garras. —contestó Diana de forma sarcástica.

—Diana. —gruñó Leona, con su ceño fruncido—. ¡Sí, lo hicimos! Ore por tu hermana, para que encuentre su camino, por mi futuro, por mi madre, mi tío y por ti.

Zoe jadeó sorprendida y aterrada.

—Pero… pero seré lunari en unos meses y recorrí los templos, además oraste por mí a tu diosa del sol. —dijo la niña angustiada—. Eso… ¿eso no me hace hereje como mamá luna?

—Sí, lo eres. —dijo Diana, sonriendo con malicia—. Cuando estés haciendo el rito de iniciación, quiero que recuerdes que por tus venas corre la misma sangre que la mía. La sangre de una hereje.

—¡Noooooo! —exclamó Zoe, moviéndose en la espalda de Leona de forma dramática—. ¡Mamá sol, debemos deshacer esto! ¡Desrecorramos los templos o algo!

—¡Para de asustar a nuestra hija, Diana! —regañó Leona, negando con su cabeza—. No la escuches, Zoe. El recorrido lo hice yo, no entraste a los templos ni recibiste la bendición de las sacerdotisas.

—Oh… eso… tiene un poco de sentido, creo. —dijo la niña, moviendo sus pies—. Madre luna, perdóname. Yo no quería, Diana me obligó. Además, no creo que te moleste que alguien más le pida a tu hermana que yo esté bien… ¿está mal?

—Sí. Ahora estás condenada a la oscuridad eterna. —afirmó Diana, asustando de nuevo a Zoe.

—¡No! —negó Leona, mirando a Diana de forma acusadora—. Zoe, no está mal que alguien ajena a tu religión ore por ti. Dioses, Diana, vas a causarle traumas a la bebé.

—Eso forja el carácter, Leona. —aseguró Diana—. Mírame. Veintidós, trastornada, con la mejor novia del mundo, leyendo novelas mal escritas en una aplicación móvil, futura abogada con pánico escénico, envidiada por ser amiga de Syndra y odiada por su ex novio, a quién le di una paliza.

Leona guardó silencio por un instante, mirando a Diana decir aquello con orgullo.

—Sí… algunas de esas cosas no sonaron tan… bien. En especial la última, porque él estaba dándote la pal-

—¡Ajá, pero él salió corriendo del parque siendo ayudado por su novio con complejos de Sasuke! —dijo Diana precipitada, intercalando su mirada entre Leona y Zoe—. Yo gané la pelea, él huyó. ¿A quién le importa cómo sucedió?

—¡Sí, mi hermana es la mejor golpeadora de novios idiotas! —exclamó Zoe, que parecía bastante orgullosa—. ¡Soy tu fan, Didi!

—Lo sé, lo sé… y yo también soy tu fan, Zoe. —dijo Diana, animada. Buscó con la mirada algo para entretener a su hermana—. ¿Quieres un poro gigante?

—Definitivamente olvidé de lo que estábamos hablando, ¡por supuesto que quiero un poro gigante! —aseguró Zoe, moviendo sus pies con emoción—. ¡Vámonos!

—¡Lo que digas, mi hija! —exclamó Leona, caminando en dirección a las tiendas de juegos del festival.

Apresurada, Diana las siguió, intentando no chocar con la multitud de personas que había en el lugar.

Caminar bajo el sol de verano no era la actividad favorita de Diana. Caminar bajo el sol de verano con Zoe, menos. Pero caminar bajo el sol de verano con Zoe y su novia sí que podía llegar a ser de sus cosas favoritas.

Más, si Leona le había pedido comprar un helado y acercarlo a su boca cada cierto tiempo ya que sus manos estaban ocupadas llevando a Zoe.

Leona es hermosa. Sus ojos, su nariz, su cabello, su piel, su boca, su lengua… bueno, quizás se había enfocado mucho en lo que estaba viéndole a Leona. Pero es muy hermosa.

—¡Ouh! Se está derritiendo en tu mano. —dijo Leona, acercando su boca a los dedos de Diana.

En ese momento, la peliblanca se desconectó. Sus neuronas pararon de hacer sinapsis. La lengua de Leona, algo fría por el helado, se deslizó entre sus dedos antes de chupar el cono de helado.

—Listo. Lo acabaré rápido. —habló la morena antes de abrir su boca para succionar el helado saliente del cono.

Diana sólo la miraba. De pie en medio del camino lleno de personas. Allí estaba ella, hipnotizada por la forma en que Leona succionaba y comía el helado. Sus ojos encontraron los avellana de la joven, que sonrió con malicia a ella.

—Ah… vaya. —susurró Diana, volviendo a divisar la lengua de Leona en el helado.

—Quiero helado también, Diana. —dijo Zoe, pero Diana estaba absorta.

—Justo allí. —murmuró Diana, mordiendo su labio inferior—. Leo…

—¡Quiero helado también! —exclamó Zoe, pero ni siquiera así su hermana mayor se movió.

Zoe se movió a la izquierda, intentando ver qué tenía a su hermana tan absorta. La niña arqueó una ceja al encontrar algo inusual la forma de Leona de comer el cono. Ella no mordía la galleta, sólo lamía el helado, incluso el interior del cono por uno de los bordes.

Entonces el helado volvió a caer en el índice de Diana y Leona lamió su dedo. Lo dejó entrar en su boca. Lo chupo.

Los adultos eran raros para Zoe.

—¿Estás comiendo helado o a Diana? —preguntó Zoe, confundida. Al instante Leona retrocedió varios pasos, al igual que Diana—. Porque yo sí quiero heladito.

—¡Toma el maldito helado! —exclamó Diana, sonrojada. Acercó el helado a la boca de su hermana que le dio una enorme mordida—. Y vámonos al carajo, estamos en medio del camino.

—¡S-Sí! Vamos… a… ¿dónde íbamos? —preguntó Leona, un poco desorientada—. Al lago.

—A la salida. —respondió Diana, señalando la dirección que mencionaba.

Zoe las miró confundidas, masticando la galleta del helado con lentitud.

—Vamos a la feria. A jugar a los dardos… ¿a ganar mi poróptero? —dijo Zoe casi en tono de pregunta—. De verdad, ¿qué les pasa? Parecía que querían comerse ustedes en lugar de al helado. Lo que no me molesta, porque el helado quedó para mí.

—Cierra la boca. —gruñó Diana, comenzando a caminar a la derecha.

—Uh, ¿quieren besarse? —preguntó Zoe, intrigada.

—¡No! —exclamó Diana, nerviosa.

—Sí. —aseguró Leona, asintiendo con su cabeza. Miró a Diana desilusionada—. Espera, ¿no?

—Leona… —murmuró Diana entredientes—. Ella es una niña.

—¡Cierto, una niña, mi hija! —exclamó Leona—. Ganaré el poróptero para ti y luego… quizás… mamá luna y mamá sol… te dejen subir a… un juego mecánico… para poder besarse… sin que las veas.

—Oh, ok. Ahora son novias así que pueden besarse. —dijo Zoe, sonriente—. Tienen mi autorización.

—¡Cierto! ¿Puedes tomarnos una foto, Diana? —preguntó Leona, intentando señalar con su cabeza la pequeña bolsa que traía—. Mi teléfono está aquí. La clave es "170621".

—¿Tu clave es la misma que la nueva de Diana? —preguntó Zoe, intrigada.

—¿Es la clave de Diana también?

—¡¿Cómo carajo lo sabes?! —preguntó Diana a Zoe, contrariada—. Yo… es… ¡¿Cómo?!

—¡Ja, ja, ja! ¿Olvidas que soy una espía intergaláctica? ¡Tengo casi todas mis medallas de los exploradores, me falta sólo una! —dijo Zoe, orgullosa—. Pero no logro hacer bien mis galletas… es una lástima, un tonto solari ya lo consiguió.

—Zoe, no. —murmuró Diana, dándole una mirada de advertencia a su hermana.

—¡Oh, es cierto, eres Solari! —exclamó Zoe, riendo nerviosa—. Bueno… es… es un niño molesto… no me agrada.

—De igual forma, no debes hablar así de tus compañeros exploradores. Se supone que son un grupo. —dijo Leona, bajando un poco su cabeza—. ¿Soy una tonta para ti, amiguita?

—¡No! ¿Qué? ¡Eres asombrosa! —dijo Zoe, apenada.

—Maravillosa, increíble, atlética, fantástica, única, hermosa, probablemente el amor de mi vida, la chica de mis sueños, perfecta, ¿ya mencioné maravillosa? —indagó Diana, causando que Leona asintiera un poco con su cabeza, avergonzada—. Bueno… maravillosa por tres.

—¡Sí! Mamá sol, eres la mejor. —dijo Zoe, intentando abrazar a Leona por el cuello con cuidado—. Diana no podría llevarme en su espalda ni por cinco minutos como tú. Eres como la chica que pilota el Avalon del Reino del Amanecer. Tan brillante.

—¡Puedo cargarte! Pero ya estás muy grande para ser un bulto. —se quejó Diana, cruzando sus brazos—. Es más, la estás malcriando. Bájala ahora.

—¡¿Qué?! ¡No, Leona! —exclamó Zoe, aferrándose a Leona con fuerza—. ¡No la escuches! Si le haces caso, lo siguiente que hará será ponerte un collar.

—Mala elección de palabras. —susurró Diana, observando cómo Leona detenía su andar, agachándose para dejar a Zoe en el suelo.

—Mi collar, iluminada Diana. —pidió Leona, alzando su cara para dejar su cuello a la vista—. No puedo esperar.

—Creo que lo está pidiendo en un contexto ajeno al que lo dije. —murmuró Zoe, pensativa—. ¿Cuál podría ser?

—¡Ninguno! —exclamó Diana, tomando la mano de Zoe—. Sigamos.

—¡Noooooo, Dianaaaaa! ¡Me derrito! —se quejó Zoe, dando dos pasos y dejándose arrastrar por su hermana—. Castígame con otra cosa… ¡pero no me hagas caminar, por favor!

—No habrá Nintendo por una semana-

—Ni hablar, caminaré. —dijo Zoe, cortando a Diana antes de que terminara de hablar—. Así que… ¿Qué pasó el… jueves? ¿Por qué sus contraseñas son las mismas?

—No por mucho. —susurró Diana, intentando configurar su teléfono para que reconociera su rostro.

—Oh… pues… eso es porque… tu mamá luna me pidió ser novias ese día. Así que actualicé todas mis contraseñas. —contestó Leona con naturalidad—. Toma la foto, Di.

—Ugh… pero… ya, como sea. —Diana se posicionó frente a Leona, enfocándola a ella y a Zoe.

—¿Qué haces? Tienes que estar en la foto. —dijo Leona arqueando una ceja.

—¿Qué? ¿Y-Yo?

—¡Sí, ven aquí, Di! —pidió Zoe, sonriente—. Debemos vernos las tres. Así la joniana gorda sentirá envidia de cómo tomé su lugar y Leona el de Nami.

Al instante, Diana notó que algo en la sonrisa de Leona cambió. Era extraño. Nunca la había visto sonreír con autosuficiencia o egocentrismo. Pero ahí estaba ella, alzando su pecho, brillando, sintiéndose orgullosa de "tomar el lugar de Nami".

—Ya… por supuesto. —susurró Diana, acercándose a ambas.

Alzó el teléfono. Le dio un toque a la pantalla para lograr enfocar bien la cámara. Miró a Leona en la pantalla, así como a Zoe. Ambas sonreían con notoria alegría.

Suspiró.

Y aunque su sonrisa no era tan ancha como la de Leona y Zoe, en sus labios también había reflejada una tenue sonrisa.

Así fue su caminata.

Hasta llegar a la feria y deteniéndose en cada juego de azar o de tiro al blanco, Diana no paró de tomar fotos, por petición de Leona. En la mayoría, su hermana menor estaba de la mano con Leona, comiendo alguna cosa mientras la pelirroja sonreía a la cámara. En otras, Leona simplemente aprovechaba el hecho de que Zoe había decidido mirar algún juego para besar Diana en la mejilla, labios o frente y tomar una foto de ambas.

—¡Sí! —una voz conocida llamó la atención de Diana, que miró a su izquierda, intentando ver más allá de las personas que lanzaban dardos a los globos—. ¡Fácil! Danos el estelacornio bebé, perdedor.

—¿No es esa…

—¿Syndra? —preguntó Diana, terminando la frase de su hermana menor.

Alzando el peluche en sus manos, la rubia observó con ojos brillantes el premio que habían ganado para ella.

—¡Es hermoso, Irelia! —exclamó Syndra, colocando el enorme peluche en medio del campo de visión de Diana y Zoe. Pero no en medio de Leona, que logró verla besando a una chica—. Eres tan increíble. No pensé que lo ganarías para mí, pero aquí está. Nuestro bebé estelacornio.

—Te lo dije, soy experta lanzando dardos. —dijo Irelia, sonriendo—. Podría hacer esto todo el día.

—¡Vamos con la hetero, ella puede ganar mi poro gigante! —exclamó Zoe, señalando a Syndra.

—¿Cuál hetero? —preguntó Leona, con sus ojos tan abiertos como podían.

—La rubia de bote que está por allí. —dijo Zoe, moviendo su mano extendida.

—Bien, sí… claro. —murmuró la pelirroja, caminando hasta la amiga de su novia—. Hey.

—Lárgate, perd- ¡Dianaaa! —exclamó Syndra, dejando el premio en manos de Irelia y cubriéndola con él—. ¡Y la castrosa! Y… y Leona.

—¡Te vimos! —exclamó Zoe, señalando a Syndra de forma acusadora—. ¡Sabemos lo que hiciste!

El rostro de Syndra perdió todo su color. Por su parte, Diana arqueó una ceja, desentendida de lo que decía su hermana menor.

—¿Q-Q-Qu-

—Ganaste lanzando dardos… lo que me sorprende, porque nunca te había visto lanzar dardos en tu vida. —dijo Diana, confundida por la palidez de su mejor amiga—. ¿Estás bien?

Suspirando, Syndra asintió con su cabeza.

—Oh, pero yo no estaba hablando de eso… ¡gana un poro gigante para mí! —exclamó Zoe, señalando los globos en la tienda—. O le diré a todos lo que vi.

—¡¿Qué carajo viste?! —exclamó Syndra, llevando sus manos a su pecho al sentir su corazón latiendo desenfrenado.

—Tú sabes lo que vi. —dijo Zoe, sonriendo con malicia—. ¿Realmente quieres que lo diga? Aquí, en frente de todos.

Syndra observó fijamente a Zoe. La mocosa la estaba chantajeando. No era la primera vez, en otras oportunidades siempre decía haberla visto haciendo algo, pero Syndra siempre lograba hacerla aceptar que no había visto nada en absoluto, sólo la molestaba.

Pero ahora no estaba tan segura de que no hubiera visto nada, pues ella besó a Irelia en medio de la gente. Fue sólo un beso de pico, muy rápido y casi imperceptible, pero un beso, al fin y al cabo.

—¡Irelia, gana un poro gigante para la mocosa! —gruñó Syndra, tomando el peluche de estelacornio en sus brazos—. ¡Ahora!

—Uh, ok. —dijo la pelinegra, entregando un billete al hombre que se encargaba del juego—. Otra ronda, por favor.

—Oh… no fuiste tú. —susurró Diana, notando por primera vez a Irelia—. Pensé que estabas sola.

—¿Yo? ¿Lanzar algo que no sean comentarios ácidos? Por supuesto que no. Es que estoy con mi nooo... tan amiga… o sea… es… mi… Irelia. —dijo Syndra, nerviosa. Intercalando su mirada entre Irelia y la niña rubia, que no dejaba de mirarla con malicia—. Es Irelia. Mi… mi amiga de la infancia.

—¿Xan? —preguntó Diana, intrigada—. Pensé que era un niño. Nunca dijiste que se llamaba Irelia, siempre decías Xan.

—Sí, bueno, Diana. Te llamé Di por un año porque tu nombre era tan largo. —dijo Syndra, frunciendo el ceño ante la presión que sentía por la mirada acusadora de Zoe—. Y… sí, es mujer. Vino desde Jonia hace un par de semanas y hemos… estado saliendo.

—¿Saliendo? —indagó Diana, pensativa.

—¡Como amigas! Salimos como tú y yo y Nami… comemos en restaurantes y en cafés, vamos al mall, compramos ropa y… eso… ya sabes… como nosotras. —intentó explicar Syndra, moviendo sus manos para señalarse a sí misma y luego a Diana y a una Nami inexistente a un lado de ellas—. Todo muy gay- ¡Hetero! Muy… ella y yo… es… ay, como sea, Diana, deja el chisme. Ustedes no son mis únicas amigas gays.

—¿Qu-

—¡No es que sólo tenga amigas gays! ¿Ok? —continuó hablando Syndra, confundiendo más a Diana, pero haciendo que Leona tuviera que contener la risa por lo mal que mentía—. Tengo amigos muy heteros, como yo. A veces tenemos fiestas para celebrar eso. Sí… que viva la normalidad… y… la… la heteronormatividad… y… y… ¡jódete, Diana! No te debo explicaciones.

Confundida, Diana negó con su cabeza de forma lenta. Por su parte, Leona observó a Irelia con interés. Estaba segura de que la había visto antes.

—Un poro gigante. Aquí tienes. —dijo Irelia, extendiendo el peluche a Zoe—. Oh, lo siento. ¿A quién se lo doy? No creo que pueda llevarlo ella, podría tropezrse.

—¡Yo lo llevaré! —exclamó Zoe—. Yo puedo llevarlo, Leo, en serio que puedo.

—Bien… ok. —dijo Leona, permitiéndole tomar el peluche a Zoe—. Ten cuidado con las personas.

—Ujum. —contestó Zoe, asintiendo con su cabeza al momento de tomar el poro en sus brazos. Entonces miró a Syndra con malicia—. Tu secreto está a salvo conmigo, joniana gorda.

—Ugh, cuida tu lengua, pequeña mocosa. —gruñó Syndra, moviendo su peluche en sus brazos—. ¿Y qué hacen aquí? ¿No iba a hacer su recorrido Solari o lo que sea?

—Sí, ya lo hicimos… pero ya conoces a Zoe, ella siempre quiere estar saltando de aquí para allá en las ferias y parques. Era tiempo de venir aquí. —dijo Diana, alzando sus hombros al ver a Zoe intentando peinar al poro—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué haces aquí? Generalmente te vas de fiesta en lugar de venir al festival.

—Irelia quería venir y yo la acompañé… porque… ya sabes, hay muchos turistas… podría perderse.

—Holi. —dijo Leona, extendiendo su mano a Irelia, que estaba a un lado de Syndra—. Soy Leona, la novia de la amiga de tu… no tan amiga.

Al instante Irelia supo que Leona sabía algo. La había visto, en el auto de Diana la vez que iban saliendo del motel y la primera vez que estuvo con Syndra.

Suspiró.

—Irelia. —respondió Irelia, tomando la mano de Leona—. Agradezco tu discreción.

—Oh, sí. ¡Claro! Yo no… no vi nada. —murmuró Leona, mirando de reojo a Diana—. ¿No nos hemos visto antes?

—Al menos dos veces. Sí. —afirmó Irelia, sonriéndole con amabilidad—. Me encanta tu camiseta, K/DA es lo máximo.

—Amo tus leggins, Pentakill también. —comentó Leona, riendo un poco—. No es lo mejor para el calor, pero definitivamente sí es lo mejor para la fría brisa que viene con la noche.

—Sí… se supone que estaremos por aquí un buen rato, quizás hasta la noche. —explicó Irelia a medias, alzando un poco sus hombros—. Es entretenido su festival. Igual de grande que el del florecer espiritual en Jonia y la ascensión en Shurima. Me encantó esta cosa… pastel solar.

—El mejor… postre… de Targón. —dijo Leona, casi deletreando cada palabra.

—Es extrañamente refrescante. —murmuró Irelia, cruzando sus brazos—. A pesar de ser un pastel, su relleno es interesante. Y es apto para veganos y libre de lactosa. Una maravilla.

—Confirmo.

—Disculpe, señora no tan amiga de Syndra. —habló Zoe, interrumpiendo la conversación de Leona con la pelinegra y llamando la atención de Diana y su mejor amiga—. Soy Zoe, hermana de Diana.

—Oh, hola, pequeña. —dijo Irelia, sonriéndole a Zoe—. Yo soy Irelia, amiga d-

—¿Eres gay? —preguntó Zoe, causando que Syndra volteara a mirarla consternada. Diana giró sus ojos e Irelia se sorprendió un poco—. Porque te advierto que Leona es novia de mi hermana. Y si antes ya golpeó a Zed por defender a Syndra de él, nada la detendrá de golpearte por-

—¡Cierra la boca, insolente! —exclamó Diana, avergonzada. Se apresuró a cubrir la boca de Zoe con su mano.

—¡Calla, mocosa! —se quejó Syndra, mirando a Irelia con algo de nerviosismo—. Ella no… no está hablando en serio.

—¡Sí, no lo hace! Yo no… no voy a golpearte. Yo… ¡ni siquiera sé pelear!

—¿Defenderte? —preguntó Irelia, frunciendo un poco el ceño—. ¿Defenderte de Zed? ¿Por qué?

—No fue por defenderme, fue… fue como… puedo explicártelo. —dijo Syndra, sosteniendo el peluche con uno de sus brazos y aferrándose al brazo de Irelia con el otro—. De verdad que no fue la gran cosa.

—¡Sí, no lo fue! De hecho, ellos terminaron porque él me golpeo… ¿cierto? —preguntó Diana a Syndra, que asintió con su cabeza.

—¡Terminamos para siempre, te lo juro! Eso no… Irelia… no fue gran cosa. —dijo Syndra nerviosa.

—Pero, Syndra. —susurró Irelia, intercalando su mirada entre Diana y Syndra—. Prometiste que me dirías cuando algo pasara, y no me dijiste lo de hace unos días y ahora tampoco me dices esto.

—Lo sé, beb… Irelia. Pero… yo… ¿podemos hablarlo en privado? —preguntó Syndra en un susurro—. Sólo… uh… por favor.

Irelia miró a Syndra por un instante. Notó la aflicción y el temor en sus ojos. No quería decir más en frente de Diana, eso era obvio. Suspiró, sintiendo el leve temblor y lo fría que estaba la mano de Syndra en ese momento.

—Es que… no me dices lo que te pasa… y… lo que te pasa es importante. —susurró Irelia, bajando la mirada—. Se supone que soy… tu… uh... mejor amiga.

—¡Lo eres! Eres más que eso… lo sabes. —dijo Syndra, logrando que Diana arqueara una ceja, pues Syndra siempre peleaba con Nami por el lugar de "mejor amiga de Diana". La rubia miró a Diana, sonriendo con nerviosismo—. Tenemos que ir al baño. Es decir, yo tengo que ir al baño y… no quiero dañar su cita o… lo que sea esto. Así que… uh… ¿nos vemos por ahí?

—Por supuesto. —murmuró Diana, sonriendo un poco—. Te hablaré mañana.

—Sí, nos vemos en la universidad. —Syndra se aferró al brazo de Irelia, acercándose a ella tanto como pudo y recargando su cabeza de su hombro—. No quiero hablar de ese imbécil ahora. Sólo quiero divertirme contigo, ¿sí, bebé?

—Tan gay. —susurró Leona, sin parar de mirar a Syndra e Irelia.

—Uh… no sabía que Syndra pudiera ser tan amable con su amiga de la infancia. Ella era castrosa cuando éramos niñas. —dijo Diana, confundida de ver a Syndra tan cariñosa, perdiéndose entre la multitud—. Bueno, supongo que le tiene tanto aprecio como a mí o Nami, ¿cierto?

—Por Áurea, Diana. —musitó Leona, riendo un poco—. Eres tan inocente.

—¡Mmmmm! —murmuró Zoe, removiéndose en los brazos de Diana—. ¡MMMM!

—¡No muerdas! —exclamó Diana, alejando su mano de la boca de Zoe.

—¿No era Syndra hetero? —preguntó Zoe, intentando buscar a Syndra con la mirada—. ¿Por qué tiene novia?

—¡Ja, tonta Zoe! —dijo Diana, negando con su cabeza—. Es su amiga de la infancia, tú no lo sabes porque eras una bebé, pero Syndra siempre hablaba de ella… de Xan. Decía que eran como las mejores amigas del mundo y que, aunque las separaran, estaba segura de que se volverían a encontrar. También dijo algo de almas gemelas, pero eso estoy segura de que lo que trataba de decir es que eran como hermanas.

—Sí… claro. —dijeron tanto Leona como Zoe.

—¿Deberíamos ir a la montaña rusa? Ahora con mi poro, que se llamará Aurelion segundo, no tengo miedo de nada y no lloraré. —dijo Zoe, aferrándose al muñeco de felpa con fuerza.

—No. —negó Diana, tomándola de la mano—. Acabas de comer, hay cero posibilidades de que te subas allí.

—¡Joder! —gruñó Zoe.

—¡Esa boca, niña! —se quejó Diana, frunciendo el ceño—. ¡Mamá me matará cuando te escuche hablar así, joder!

—¡Esa boca, amor! —exclamó Leona, cruzando sus brazos. Tanto Diana como Zoe la miraron sorprendida—. No puedes regañar a Zoe por hablar mal si tú también hablas mal, Diana, por los Dioses.

Agachando la cabeza, ambas humanas asintieron un poco.

—Lo sentimos. —murmuraron ambas y Leona sonrió.

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Diana suspiró, observando a su hermana mirar por los cristales de la cabina los fuegos artificiales que estallaban en la lejanía. Cada movimiento de la niña causaba que la cabina completa se moviera y Diana no podía evitar sentir pánico. El cristal podría romperse y Zoe caer. La puerta podía abrirse y Zoe caer. ¡La cabina podía caerse y Zoe morir!

—¿Qué pasa? —preguntó Leona, mirándola con interés—. ¿No te gustan las norias?

—No es eso… sólo… estoy pensando demasiado, creo. —susurró Diana, descansando su cabeza en el hombro de Leona.

—Siempre lo hace. —afirmó Zoe, con su boca abierta debido a lo impresionada que estaba por ver los fuegos artificiales—. Seguro piensa que voy a caer.

—¡No es cierto! —se quejó Diana, inflando sus mejillas—. Aléjate de la puerta.

—Ka-bum. —susurró Zoe, con sus ojos brillando en el tono verde de las chispas.

—Relájate, Diana… no pasa nada. —aseguró Leona, tomando su mano derecha para entrelazarla con la suya—. Sin duda, ha sido mi mejor cumpleaños hasta la fecha.

—¿Qué? ¿Leona está cumpliendo años? —preguntó Zoe, dejando de ver los fuegos artificiales—. ¿Por qué no me lo dijiste? Pudimos pasar a comprar un regalo para ella antes de venir aquí hoy, tonta.

—Lo lamento, papá sólo me dio lo suficiente como para comprarte toda la comida que quisieras comer. —gruñó Diana, girando sus ojos—. Lo lamento, no tengo nada para regalarte… no quise adoptar un cachorro porque pensé que quizás querrías que rescatar alguno de la calle, pero entonces no encontré ninguno por las calles de mi vecindario, y luego tuve que buscar a Zoe en los exploradores y… ah… en fin… ¿puedo deberte tu regalo?

Leona la miró por un instante, sonriendo ampliamente ante lo que Diana estaba relatando.

—Pensé que este era mi regalo. —dijo Leona, volteando a mirar a Zoe—. Pensé que mi regalo era venir aquí con ustedes, y la verdad hubiera estado bien para mi si hubiera sido esto.

—Por supuesto, no lo dudo. —dijo Zoe, acariciando su barbilla—. ¿Cómo no podría ser este un regalo? Mi presencia es más que un obsequio digno de ti, Leo-

—Cierra la boca, joder. —murmuró Diana, acariciando su cien—. ¿Lo dices en serio? Esto… es sólo lo que Zoe y yo hacemos en el festival del sol, venimos aquí y recorremos el lugar, nos subimos a juegos, ganamos llaveros en esos juegos de dardos y cosas así. Solíamos venir con Nami, pero ella está muy ocupada con sus clases, incluso hoy.

—Está bien. Me encantó venir con ustedes. Para ser honesta sólo había venido una o dos veces con mamá. Papá decía que estos festivales eran celebraciones paganas y que debíamos quedarnos en casa a orar, así que nunca vine a este festival… es… divertido. —explicó Leona, mirando su mano y la de Diana juntas—. Me encantó haber venido contigo y con Zoe. Me habría encantado venir incluso con tus amigas. Gracias, Diana.

—No e-

—De nada, siempre a la orden. —respondió Zoe, interrumpiendo a su hermana—. Pero igual pudimos haberle comprado un pastel o una tartaleta solar enorme.

—¿Por qué… no puedes… sólo… mantenerte callada? ¡Joder! —exclamó Diana, lanzando la mochila de Zoe en su dirección y causando que la niña se moviera de su sitio para esquivarla—. ¡El próximo año no vendrás por metiche!

—¡Noooo! Mamá sol, dile algo. —lloriqueó Zoe, señalando a su hermana.

Leona sólo soltó una risa prolongada. Descansando su cabeza en el regazo de Diana, la morena se permitió mirar al cielo por el cristal de la cabina. Las luces destellantes de diversos colores le recordaron a la última vez que había celebrado su cumpleaños con su madre.

Ella la había llevado sin el consentimiento de su papá y el último juego al que se habían subido había sido ese. Fue por ese motivo por el que le pidió a Diana subirse allí antes de marcharse.

¿No es hermoso? —Le preguntó la mujer de cabello tan rojo como el suyo.

¡Quiero bajar, quiero bajar, quiero bajar! —exclamó Leona, con sus ojos fuertemente cerrados. Se aferraba al brazo de su madre con fuerza—. ¡Vamos a caer, mamá!

Por supuesto no, bebé. —dijo su madre, acariciando su cabeza con delicadeza—. ¿No confías en mamá?

S-Sí, pero… yo… tengo mucho miedo. —murmuró Leona, hundiendo su rostro en las piernas de su madre—. Me quiero ir.

¿Qué dice papá acerca del miedo? —preguntó la mujer, pasando sus manos por la espalda de la niña.

Que… que soy una Rakkor y no debo ser una miedosa. —dijo Leona, aferrándose con fuerza al vestido de su mamá—. Pero tengo miedo, así que ahora no soy una Rakkor, soy sólo Leona y me quiero bajar, mamá.

¿Así que ahora sólo eres Leona? —indagó su madre, riendo un poco—. ¿Sabes por qué te llamé Leona?

¿Porque mi cabello parece el de un león cuando despierto?

La dulce risa que exhaló su mamá esa noche estaba grabada en Leona. Fue tal su carcajada que la niña alzó un poco la cabeza, intentando mirarla.

Antes, los leones eran símbolos de valentía y coraje, bebé. Tu abuelo siempre me decía que debía tener un hijo grande, feroz, valiente y fuerte, justo como un león. —En ese momento, la niña no pudo entender por qué la mujer hablaba con aquel tono tan triste, pero recordaba que ella había limpiado sus lagrimas justo cuando Leona alzó su cabeza para mirarla—. Pero, tú sabes, creo que las leonas son incluso más ágiles y fuertes, por eso son las que realizan la mayoría de las cacerías.

¡Oh, es por eso que Nala le gana a Simba! —expresó la niña, removiéndose en su sitio.

Exacto, mi amor. —acarició la mejilla de la niña, pellizcándola un poco—. Así que pensé…"mi bebé será la más fuerte y valiente de todas las solari. Su sonrisa será tan brillante como el sol y su cabello una melena de fuego puro. Ella será Leona".

¿Yo? ¿Yo soy la más fuerte y valiente de las solari? —preguntó la niña, señalándose a sí misma—. Pero… pero no me gusta la noria. Da muchas vueltas y si nos movemos, se mueve todo.

Oh, pero… si tú tienes miedo, entonces… ¿quién va a protegerme? —indagó la mujer de ojos azules—. Madre Sol se ha ido, la oscuridad ha llegado. Si no tengo a Madre Sol y no tengo a mi Leona, ¿quién va a guiarme a casa?

Temerosa, Leona no supo qué decir. Por varios segundos, la niña se mantuvo indecisa. La noria comenzó a girar y la cabina se removió, entonces la niña tomó la mano de su madre con sus pequeñas manitas, mostrándole una sonrisa en la que ella pudo apreciar sus dientes.

¡No tengas miedo, mamá! Yo te protegeré. —aseguró Leona, parándose en la noria y tratando de mantener el equilibrio—. ¡Yo nos guiaré a casa y enfrentaré la oscuridad con la luz en mi corazón!

Leona no supo por qué su madre lloraba. Aún era un misterio para ella. Cuando la noria se detuvo y las puertas se abrieron para ellas, la mujer la siguió fuera, apretando su mano.

Sabía que podía contar contigo, mi radiante amanecer. —le dijo su madre cuando se encontraron fuera de la noria—. Mantén esa brillante sonrisa para mí, bebé.

¡Lo haré, mamá! —exclamó la niña, feliz—. Siempre lo haré.

Goddess of Luminosity