Asupinchemadre... Nami es bisexual. Y POLIAMOROSA. En pocas palabras, Nami es todo lo que yo quiero ser en la vida asdfjasdhflaksdjfa

En fin. Oigan, ya sé que la historia es de Diana y Leona y Syndra e Irelia, pero hay una morra que me lee desde que escribo Supercorp que me lee sólo por ser yo y me pidió caps de estas dos y yo dije "pues sí, ¿por qué no?" Y la neta, sí, ¿por qué no? Así descanso un rato de la tsundere mal closetera de Syndra xdxd

Seguro actualizo rápido porque el siguiente cap ya lo tengo listo :u Nah, para qué les miento? Voy a esperar dos semanas para actualizar así ya lo tenga guardado xdxd por qué? Para más placer mío xD Quiero aclarar, que hice cuentas pendejas y me di cuenta que estas dos llevan saliendo 4 años y no 3, sólo para que sepan :u

En fin. NAMI ES BISEXUAL Y POLIAMOROSA, ¿sí entienden l que es? Mi ídola.


El pitido constante comenzó como un eco distante. Apenas abrió un poco su ojo derecho, observando la hora.

6:35

Deslizó el ícono rojo de la izquierda, volviendo a cerrar sus ojos, intentando revivir el sueño que estaba teniendo apenas hace unos segundos.

No pasó mucho antes de que su teléfono volviera a sonar y Nami volvió a abrir un poco su ojo.

"Amorcito"

Esta vez deslizó el ícono verde.

—¿Mmm? —murmuró Nami, llevando el teléfono a su oreja y cerrando su ojo.

—Buenos días, amor. Tu alarma ya sonó y no me llamaste así que te llamo para despertarte. —habló Sarah y Nami pudo escuchar cómo vertía un líquido en un recipiente—. Ya casi termino aquí y voy a recogerte, ¿bien?

—Mjmm. —murmuró Nami, abrigándose con su frazada más arriba de la cabeza.

—Hoy hice panqueques. Sé que no es lo que más te gusta para el desayuno, pero es lo que podía preparar con lo que había. Debo ir al mercado. —dijo Sarah. Nami podía escuchar cómo se movía por su remolque—. También tengo tu café. Cappuccino de vainilla, tres de azúcar, leche descremada.

—Mmmm. —fue la única respuesta que obtuvo Sarah por parte de su novia.

Manteniéndose al teléfono por un momento sin decir nada, Sarah se encargó de cerrar el termo con café y guardarlo en una lonchera junto con el túper en el que estaba el desayuno de ambas.

—¿Quieres panqueques con mermelada de frambuesa? ¿O debería llevar sirope de chocolate? —preguntó Sarah, sosteniendo ambos envases en sus manos—. Como que prefiero el chocolate.

—Nuhum. —musitó Nami, abriendo sus ojos—. Frambuesa.

Ante la primera palabra de su novia, Sarah soltó una pequeña risa.

—Mermelada de frambuesa entonces. —contestó Sarah, cerrando la lonchera—. En una hora y algo estoy allí, ¿bien? Te llamo cuando esté a mitad de camino y si no estás completamente despierta voy a enojarme.

—No… Sarah… cinco minutos. —se quejó Nami, removiéndose bajo sus sábanas.

—Bueno, bien. Sólo cinco minutos, Nami. —dijo Sarah y no colgó la llamada, pero colocó su micrófono en silencio.

Terminó de arreglar las cosas que necesitaría para sus clases en su mochila. Cerró sus ventanas con llave. Salió del remolque, cerrando tras de sí y colocándole llave a la puerta. Cerró las llaves del gas y agua. Miró el cielo diurno por un instante. El sol ya había salido por completo y algunas nubes nadaban en el azul claro del cielo. Ajustó su mochila en sus hombros y llevó la lonchera en una de sus manos mientras con la otra volvía a activar el micrófono de su teléfono, mirando que habían pasado un poco más de 5 minutos.

—Seis minutos, bebé. —dijo Sarah y escuchó a Nami removerse en su cama—. Los neurocirujanos famosos no dormían más de cinco minutos cuando les pedían cinco minutos más a sus novias.

—Mmmm, ugh… ah… joder. —se quejó Nami, sentándose en su cama—. Buen día, amor. —saludó Nami finalmente—. Gracias por despertarme. Hubiera preferido que me despertaras con un beso, pero; además de ser antihigiénico; no puedes hacerlo porque te freseaste y no quisiste quedarte en mi casa porque estaban mis papás.

—Incluso los héroes más valientes tienen una némesis a la que no se enfrentan ni con el poder del guion. —dijo Sarah, caminando por las calles del barrio bajo en el que arrendaba—. Busco el coche y te recojo en una hora y… quince minutos si no hay tráfico, ¿bien?

—Bien, sí… una hora, lo tengo. Perfecto. —respondió Nami, asintiendo con su cabeza—. Te estaré esperando entonces. Te amo.

—Te amo también. —fue lo último que dijo Sarah antes de colgar la llamada.

Nami se mantuvo unos minutos sentada en su cama, observando el lado derecho por un instante y sonriendo un poco. Acarició el espacio vacío a su lado con cuidado, preguntándose qué era lo que había hecho para que una chica como Sarah se fijara en ella.

Con una lentitud casi mortal, Nami se levantó de la cama. Buscó la ropa que se pondría en el clóset, sacando diversas prendas antes de decidir el conjunto de ropa que se pondría. Entró a su baño y comenzó a llenar la bañera mientras miraba su teléfono, permaneciendo varios minutos sentada en el borde de la bañera hasta que se llenara lo suficiente. Dejó caer lo necesario de jabón líquido en el agua y sólo entonces comenzó a desvestirse.

Usualmente, cuando se bañaba con Sarah ella le daba un masaje, pero estando sola Nami tenía que usar aquel cepillo para tallar su espalda, que la irritaba más de lo que la limpiaba. Su teléfono comenzó a sonar y Nami no tardó en contestar la videollamada entrante de su novia.

—Hey, beb- Eso era exactamente lo que quería ver. —habló Sarah, sonriendo con picardía al ver a su novia en la bañera—. Oye, te llamo porque el caballero del estacionamiento dice que tienes que cancelar la cuota de este mes antes del veintiocho, ¿bien?

—Bien. —musitó Nami, recargándose del borde de la bañera—. ¿Lo llevaste a revisar este mes? ¿Cómo está el lubricante? El filtro, los frenos. Recuerda llevarlo a lavar.

—Sí, amor. Todo bien. Si quieres te quedas dentro de él y yo lo lavo en bikini para ti, nena. —sugirió Sarah, riendo un poco al ver a su novia sonrojarse un poco por su comentario—. ¿Qué tal si nosotr-

—Por última vez, Sarah, no vamos a pintarlo de rojo. —dijo Nami, interrumpiendo a su novia—. Ni porque combine con tu cabello.

—¡Ay, Nami! —se quejó Sarah, mirando al frente—. Soy tu chofer sin sueldo. Mínimo debería poder pintar el coche del color que más me guste. ¡Además! Podría pagártelo… en cómodas cuotas. Unas quince o veinte cuotas.

—Ni cagando. —negó Nami con simpleza.

—Ok, bien… ¿aceptas efectivo, entonces? —preguntó Sarah y Nami negó con su cabeza aprovechando que la pelirroja había desviado sus ojos al teléfono por un instante—. ¿? ¿Crédito? ¿La moneda de Aguasturbias? ¿Mis nalgas?

—No. No. Está más devaluada que la nuestra. Quizás. —respondió Nami y Sarah rió.

—Eso es un avance, la última vez me dijiste "¿Por qué aceptaría algo que ya me pertenece?". —expresó Sarah, y su novia no pudo evitar reír—. Ya, amor. Estoy tomando la avenida ocaso. Luego la autopista del sol y en menos de una hora estoy allí, ¿bien?

—Ya sé, ya sé. —respondió Nami, suspirando—. Voy a lavar mi cabello entonces, nos vemos.

—Ok. Te amo. —dijo Sarah, mirándola por un instante antes de mirar al frente.

—Te amo también. —murmuró Nami antes de colgar.

Observó la pantalla de su teléfono por un instante, divisando en como el fondo de esta una foto de Sarah. Nami no era el tipo de persona que pondría una foto suya y de su novia besándose en su teléfono, pero Sarah la había convencido de colocar una que se habían tomado específicamente para que fuera sus fondos de pantalla.

Podía ver a Sarah frente a ella, que sostenía su mano mientras sonreía muy animadamente. Lo que más le encantaba de esa foto, además de la sonrisa de su novia, era que su cabello se veía como una llama de fuego por la posición del sol, que estaba atrás de Sarah. La foto que usaba Sarah era la contraparte de esa foto, Nami tomando su mano mientras era guiada por ella.

Y Nami en algún momento se rió de Syndra por tener una foto suya y de Zed como fondo de pantalla. Ahora Syndra sólo tenía fotos suyas, mientras que ella no tenía otra cosa además de fotos de Sarah en su memoria.

No podía creer que pagaba por tener un terabyte de almacenamiento en Google sólo para que trescientos gigas se le fueran en fotos de Sarah. Sarah y ella. Ella y Sarah. Sarah y Zoe. Sarah y Diana. Sarah y Syndra. Sarah y su madre. Sarah y Morgana. Sarah y Kayle. Sarah en un concierto de Pentakill. Sarah en un concierto de K/DA. Sarah en la playa. Sarah en la piscina. Sarah sentada. Sarah de pie. Sarah.

Tenía carpetas en todos sus dispositivos con el nombre de su novia. Y estaba feliz por eso.

Nami salió de su habitación cuando estuvo completamente arreglada. Le texteó a su novia, pero cuando ella respondió le dijo que había algo de tráfico antes de llegar a la carretera que le daba acceso a su barrio.

La zona urbana en la que vivía Nami era algo alejada del centro de Targón. Fácilmente podía tardar una hora en llegar, cuarenta minutos sin tráfico. Parecía que era una cosa de ricos en todas las regiones de Runaterra, asentarse en barrios alejados del centro de la ciudad, donde la plebe no podía llegar a molestarlos por la cantidad excesiva de patrullas policiales que rondaban la carretera en dirección a aquel barrio.

Suspirando, Nami se sentó en el sofá de la sala de estar de su casa. No era fan de las redes sociales, pero a veces las miraba para distraerse un poco cuando esperaba.

—Buenos días. —la voz de su madre captó su atención y Nami desvió sus ojos por un instante de su teléfono sólo para mirarla de reojo—. ¿No desayunas?

—Buenos días. No, gracias. —contestó Nami, deslizando en la pantalla de su teléfono con rapidez—. Sarah me trae el desayuno.

—¿Es así? —preguntó su madre y Nami sólo asintió con su cabeza como respuesta, sabiendo que la estaba mirando—. ¿Quieres que te lleve a la universidad? Está de camino al hospital. Desayunaré y te llev-

—No, gracias. Sarah viene por mí. —respondió Nami, subiendo y bajando en la pantalla principal de Facebook. Estaba nerviosa por algún motivo.

—Ya veo. —dijo la mujer de cabello oscuro.

Nami pensó que eso había sido todo. Sus conversaciones con su madre no solían durar mucho tiempo y no pasaban más allá de dos o cuatro preguntas de su parte y respuestas cortas y concretas por parte de Nami.

—Escucha, Nami. Como sabes tu papá llegó de su último viaje. —habló la mujer y Nami alzó la mirada, prestándole atención—. Pasará una semana con nosotras antes de irse en el próximo mercante.

—Ya… ojalá traiga algo también de Piltóver. —musitó Nami, volviendo a fijarse en su teléfono.

—Tu primo Rasho finalmente recibió su título y aunque ya sus padres hicieron una pequeña reunión social, queríamos hacer una un poco más familiar, ¿bien? —continuó diciendo la pelinegra y Nami sólo asintió con su cabeza, sin decir nada—. Me preguntaba ¿qué tan ajetreada estaba tu agenda mañana por la noche? Quedamos en que la reunión sería aquí porque, vamos… nuestra casa es mucho más grande e impresionante que la de tu tía Alana.

—Seguro que sí. —murmuró Nami, moviendo su pie izquierdo con impaciencia.

—Así que, vendrá tu abuela Delia, Rasho, Alana, Dennys, tu tío Keelan con la pequeña Kaia. Como te digo, es algo bastante privado… y exclusivo. —expresó su madre y Nami sólo volvió a asentir con su cabeza—. Aunque, ya sabes… podrías invitar a tu amiga Tama. Me agrada tanto.

—¿Perdón? —preguntó Nami, por fin, volviendo a fijar su mirada en su madre, que se recargó de la isla de la cocina—. ¿Por qué invitaría a Tama? Ni siquiera compartimos las mismas clases porque ella se atrasó un semestre y apenas hablamos cuando no entiende algo.

—Oh, bueno… ya sabes… ella es agradable. Lunari, estudiante de medicina también, su familia no vive por aquí, pero tampoco vive tan al poniente. —intentó explicar la mujer y Nami arqueó una ceja—. Es… bueno, ella me agrada mucho. Además, ya sabes que nadie de la familia sabe que tú y Sarah son amigas tan… cercanas.

—Novias. —corrigió Nami y pudo sentir cómo el ambiente se tensó de inmediato entre ambas—. Somos novias. De hecho, cumplimos cuatro años hace unas semanas. Gracias por tus felicitaciones y buenos deseos, Erali.

—No comiences con eso de nuevo, Nami, por la madre luna. —habló la mujer con un dejo de cansancio en su voz—. Entiende, no es que no acepte tu relación con Sarah, lo sabes, es que… podría ser alguien un poco menos… menos… ¿qué palabra puedo usar para que no te ofendas?

—Tú piénsala, madre, me voy a ofender igual. —dijo Nami, sonriendo con sarcasmo.

—¿Libertina? Sí. Libertina. —expresó Erali y Nami arqueó una ceja—. No es que sea una mala chica-

—"Es que las personas van a hablar". —habló Nami, interrumpiendo a su madre e imitando su voz en un tono burlón—. "¿Qué van a decir en el templo cuando se enteren de que no es lunari como nosotras?". "¿No puedes disuadirla de estudiar una carrera más técnica y menos humanista?". "Todos los tatuadores son delincuentes".

—La última no es una mentira. —habló la mujer mayor y Nami suspiró.

—Mamá… tienes tatuajes. Tama tiene tatuajes… ¡yo tengo tatuajes!

—No son tatuajes delictivos, Nami. Son una promesa. —explicó la mujer, arremangando su camisa y dejando a la vista sus tatuajes en tinta lila—. La promesa de entregar nuestra alma y vida a la madre luna. No ves aquí una serpiente marina o lo que sea que tiene ella en su espalda. Eso es de criminales, Nami.

—Eso es un tatuaje, mamá. No todos tienen que significar devoción a la luna, sólo tienen que verse bien. —contrapuso Nami, pasando una mano por su cabello.

—Nami, este es un barrio de clase media alta. Las personas que vivimos aquí no podemos evitar señalar lo que se sale de la norma para nosotros. —dijo su madre y Nami dejó caer su cabeza en el respaldar del sofá, mirando el techo con aburrimiento—. Hace unos días me dijo Elora que te vio haciendo ciertas… cosas… poco correctas con Sarah a través de la ventana de tu habitación.

—¿Qué?

—¿Crees que eso está bien, Nami? Que las personas ajenas a nosotros se enteren de lo que haces y lo cuchicheen entre ellos, creando un chisme malintencionado acerca de ti que arruinaría nuestra reputación. Mi reputación. —explicó la pelinegra y Nami giró sus ojos con desinterés—. ¿Recuerdas la vecina de enfrente? ¿Recuerdas por qué se mudó? Ella engañó a su esposo y todos nos enteramos. Entonces nadie quiso volver a hablarle por adúltera, ¿y dónde está ahora? Seguro en un barrio bajo al oeste de Targón.

—¿Y qué no tiene trabajo la gente de este barrio o por qué tienen tanto tiempo para hablar acerca de lo que está bien o mal? —preguntó Nami, alzando sus hombros con desinterés—. Además, Alicia era increíble. Que fuera adúltera no le quitaba lo buena persona.

—No digo que sea una mala persona, pero alguien que irrespeta algo tan sagrado como el matrimonio no puede ser alguien de fiar. —dijo Erali, causando que Nami negara con su cabeza—. Ahora, piensa un momento lo que dirá la gente de mí cuando se enteren de que mi hija; una de las mejores estudiantes de la universidad lunari; es novia de una chica que es inmigrante, clase baja, tatuadora y futura licenciada en artes. Será mi funeral social. Todo por lo que he trabajado en esta vida se vendrá abajo.

—¿Sabes qué, mamá? —la interrumpió Nami, poniéndose de pie—. Es muy temprano para discutir esto, ¿puedes ignorarme como has hecho desde que nací? Lo apreciaría.

—Y ahora vas a dejar salir tus traumas infantiles acerca de la poca atención que te prestaba, como una excusa para que no hablemos de la grave decisión que estás tomando al salir con Sarah. —dijo Erali, colocando una mano en su frente—. No puedes culparme por tener mayores aspiraciones profesionales que familiares, hija.

—Oh, no me malentiendas, mamá. No te culpo. —respondió Nami, negando con su cabeza y observando su chat con su novia—. De hecho, te comprendo y te respeto. Incluso te admiro. Por eso trato de ser justo como tú y tengo más aspiraciones profesionales y románticas que familiares.

La pelinegra la miró con recelo por unos instantes, sabiendo que había utilizado su propio argumento en su contra.

Nami observó su teléfono, escribiéndole a Sarah para saber dónde estaba y recibiendo la ubicación en tiempo real de su novia. Aún faltaban cinco minutos para que llegara.

—De verdad que piensas que eso te va a durar para siempre, ¿o no? —dijo la mujer luego de mantenerse uno momentos en silencio—. Quiero decir, tu noviecita la artista que tatúa, trayéndote el desayuno y viniendo a buscarte, prometiéndote el sol y las estrellas cuando apenas puede pagar su renta.

—Voy a esperar afuera. —dijo Nami, tomando su mochila y preparándose para salir de la casa.

—Oh, pero escúchame, Nami. Vas a recordar mis palabras cuando ella tenga demasiado tiempo libre para verse con alguien más y tú mucho qué hacer como para verla. —Las palabras de su madre la hicieron detenerse antes de abrir la puerta de entrada—. Cuando seas interna en un hospital y pases más horas con desconocidos en emergencia que con ella. Cuando llegues a su departamento de mala muerte en la madrugada y ella ya esté dormida o esté con alguien más. Cuando peleen más de lo que tienen citas… vas a venir con la única persona que realmente podría entenderte, Nami. Tu mamá.

Con su mano en la manilla de la puerta, Nami sintió sus ojos arder un poco y su garganta seca. Retrocedió un paso, volteando para mirar a los ojos grises de su madre, que la miraba con un gesto tan serio que logró dejar una pequeña semilla de duda en el interior de su hija.

—La única persona que realmente me entendía… murió cuando yo tenía trece años. —dijo Nami y sintió aquellas palabras arrastrarse por su garganta como un alambre de púas—. Mientras tú estabas muy preocupada por tener que mudarnos a un barrio de clase media baja, ella estaba en un asilo y ya ni siquiera me reconocía… y yo… yo estaba destrozada.

—De nuevo con eso-

—Y de nuevo, no te importa una mierda. Sólo te importa lo que dice la gente de ti. S+olo te importa que nuestra casa es mejor que la de la tía Alana. —gruñó Nami, limpiando con el borde de sus mangas las lágrimas de sus ojos—. Y a mí no me podría importar menos lo que dice la gente, Erali. Toda mi vida he estado muy ocupada tratando de ser lo que quieres que sea como para escuchar a la gente hablar. Pero te lo agradezco… si no me hubiera esforzado tanto en estudiar y ser la mejor, si no me hubiera metido tanto en mi mundo, quizás sería como tú… quizás me importaría más lo que piense la gente que lo que siente Sarah por mí.

—Ah, ahora es mi culpa que salgas con la tatuadora sin futuro.

—Dioses, ni siquiera entiendes lo que trato de decirte. Ya, es demasiado. —Abriendo la puerta, Nami le dio una última mirada a su madre—. No me esperes para cenar. Y no se te ocurra volver a insinuarme jamás en la vida que pretenda ser novia de alguien más sólo para complacer tus caprichos.

—¿Qu-

Antes de que pudiera decir algo más, Nami cerró la puerta tras de sí. Salió de la residencia con prisa, comenzando a caminar en dirección a la cafetería de Mihira, esperando encontrarla abierta a esa hora.

No le gustaba llorar. No porque se sintiera débil al hacerlo, sino porque sentía que ya había llorado lo suficiente cuando era una niña, al menos por la actitud de su madre para con ella. Nunca fue la madre más cariñosa del mundo, menos la más atenta. Pero siempre trató a Nami como una especie de trofeo.

Alardeaba de ella y de todos sus logros, haciéndolos ver como suyos por "darle todo lo que necesitaba para ser quien es". Como cuando ganó una competencia de natación en la primaria y, aunque se había opuesto a que Nami practicara natación, luego se jactó de que ningún niño de la primaria nadaba como su hija. Al menos su papá sólo la felicitaba y seguía con su vida, no trataba de robarse sus logros ni la hacía sentir como que estaba en una vitrina, en una pecera.

Ubicando el coche negro frente a la cafetería, Nami dejó un par de monedas como propina para la mujer rubia que le deseó buenos días y le agradeció.

Incluso Selene era más empática con Nami y por eso se había acostumbrado a cenar con la familia de su mejor amiga los lunes en la noche, porque incluso ellos se alegraban más por su relación con Sarah que su propia familia.

—Hey, bebé. —saludó Sarah, sacando sus labios a la espera de que Nami la besara, no obstante, la pelinegra sólo se subió al auto, dejando su mochila a sus pies y colocándose el cinturón de seguridad—. ¿Pasó algo? ¿Te sientes bien?

—Ella pasó. —dijo Nami y Sarah la miró con pesar por un instante.

La pelinegra se mantuvo cabizbaja, sin decir nada más a su novia, que arqueó una ceja confundida por la extraña actitud de su Nami. Ni siquiera se quejó de la música que estaba escuchando Sarah y que no era de su agrado.

Sarah apenas desviaba su mirada unos instantes para mirarla, notando el pésimo humor que parecía tener su novia. Conocía la relación de su novia con sus padres. Sabía la presión que sentía Nami sobre ella. Muchas veces, Sarah le decía que la entendía, pero la verdad es que no era así y Nami le pedía no mentirle.

Y es que Sarah no podía entenderlo.

Su madre siempre le decía que viviera la vida que quisiera vivir e hiciera lo que quisiera hacer. Era difícil, pero entendió cómo hacerlo y por eso estaba allí, en Targón, en lugar de estar con su madre en Aguasturbias. No quería limitarse a vivir en aquel barrio que tanto daño le hizo durante toda su vida.

Sarah siempre quiso encontrar a alguien como su novia, por su falso historial, era todo lo que deseaba en el mundo. Alguien que la mirara y escuchara, que la entendiera antes de juzgarla y señalarla con el dedo. Y ahora que la había encontrado no estaba dispuesta a dejarla ir.

Pero algunas veces, algunas pocas veces, sentía que no entendía del todo a Nami. Se sentía mal porque su novia prefería cargar con su dolor por sí misma en lugar de compartirlo con ella. Y era asfixiante. La atmosfera en el coche era asfixiante, el sentimiento en su pecho era insoportable, el ligero temblor en su labio inferior casi incontenible.

Su teléfono vibró y Sarah aprovechó el semáforo rojo para desbloquearlo y ver el mensaje en la pantalla. Era de Samira. Riendo un poco por el meme que acababa de ver, Sarah bloqueó el teléfono sin darle mucha importancia y volvió a mirar al frente.

La tensión en el interior del coche era palpable e incrementó cuando su teléfono volvió a vibrar, y esta vez, fue su novia quien lo desbloqueó. No era de extrañar que Nami sabía sus contraseñas, menos que leyera sus conversaciones.

—Já, já, já. —rió Nami de forma forzada—. Vaya broma.

—Es sólo un meme. —susurró Sarah, manteniendo su vista al frente cuando el semáforo cambió—. Sabes cómo es Samir-

—No, la verdad no sé cómo es. Ilústrame. —pidió Nami, quitando el teléfono del soporte y subiendo en la conversación—. ¿Cuándo te tomaste esta foto con ella?

—Aquí vamos. —murmuró Sarah, negando con su cabeza—. Ayer mientras estudiábamos, como puedes ver en la fecha y hora en la que fue enviada.

—¿Y por qué te dice que son ustedes? ¿Te subes a su regazo para ayudarla a maquillarse? —preguntó Nami, deslizando el chat, tratando de encontrar algo que la disgustara más—. ¿Siquiera se maquilla? No, es… ¿por qué? ¿Por qué la ayudas a maquillarse? Ella es tuerta, no manca.

—Nami. —dijo Sarah, en un tono de advertencia.

—¿Qué carajo es esto? —preguntó Nami, leyendo la conversación—. ¿Fiesta? ¿Vas a una fiesta hoy?

—Me invitaron, sí. Pero no he aceptado. Lee lo que le dije. —expresó Sarah, deteniéndose en un semáforo en rojo—. Le dije que lo iba a pensar, porque quiero quedarme contigo hoy.

—Bueno, puedes ir y maquillarla así. Si quieres se besan también. —dijo Nami con sarcasmo dejando el teléfono en el interior de la guantera cuando no encontró nada más por lo que quejarse—. Dioses, qué porquería de día y acaba de empezar. ¿Por qué no puedo sólo manejar mi propio auto de mierda? ¿Por qué no saqué esa estúpida licencia cuando pude?

—Te he intentado enseñar y tú simplemente n-

—Jódete, Sarah. —masculló Nami, buscando en su mochila sus auriculares—. Estoy harta de esta basura de día. Estoy hasta la verga de Samira.

—Nam-

—¡No! Es que, ¡¿por qué tienes que ayudarla a maquillarse?! ¿Por qué tienes que hacer proyectos con ella? ¿Por qué no Tobías? ¡¿Por qué no alguien más?! —preguntó Nami en un tono de voz alto, confundiendo a Sarah—. Sabes que todos se mueren por hacer un maldito proyecto contigo, ¡todos desean estar a solas con la gran Sarah Fortune! ¿Por qué no… sólo…? Ah… olvídalo. Soy una imbécil.

Colocándose sus auriculares, Nami se recargó en la puerta del auto. Colocó la música tan alto como pudo y se dispuso a cerrar sus ojos, deseando dormir y despertar cuando estuviera en la universidad.

Sarah sólo la miró de reojo, volviendo a fijar su vista en el camino cuando el semáforo cambió a verde.

No sabía qué decir. No es como si su novia estuviera muy dispuesta a escucharla, pues por algo se había puesto los auriculares. Algunas veces, Nami podía comportarse como la niña mimada que era.

Sarah no estaba acostumbrada a tener discusiones con Nami, en especial porque la mayoría del tiempo, Nami era quien actuaba de forma más madura. La escuchaba y pensaba mucho antes de decir algo. La comprendía cuando explicaba su punto de vista y no invalidaba sus sentimientos.

Pero cuando Nami era quien se ponía en el plan de discusión, Sarah simplemente no sabía qué hacer. No sabía cómo calmarla. No sabía sino hacerse a un lado y esperar a que no estuviera tan malhumorada y quisiera hablar de lo que sea que estaba molestándole.

Incluso si tenían años juntas, las veces que se encontraba con este escenario, Sarah prefería evitarlo.

Se aferró con fuerza al volante, preguntándose cómo fue que su día había comenzado tan bien y en una hora y media se había vuelto una mierda. Lo peor era que no entendía el por qué y eso sólo la irritaba más.

—Aquí está tu desayun- joder. —se quejó Sarah cuando Nami salió del auto apenas ella se estacionó en el lugar del estacionamiento privado que Nami pagaba cerca de la universidad—. "Gracias, bebé, pero no voy a querer los panqueques que hiciste para mí, incluso si te hice traer mermelada en lugar de sirope de chocolate".

Habló Sarah, mientras escribía lo que decía en el chat de Nami.

Visto. Eso fue todo.

Soltando un gruñido de enojo, Sarah salió del coche, colocándole el seguro y acomodando su mochila en su espalda antes de dirigirse a su facultad.

La vio durante el almuerzo. Se sentaron en la misma mesa, una al frente de la otra e incluso Diana, Syndra, Tobías y Malcolm sintieron la enorme tensión que había entre ellas y no hicieron más que comer en silencio.

Nami y Sarah casi nunca tenían peleas. El grupo podía contar a la perfección cada una de las peleas que habían tenido porque eran tan pocas en las que se sentía tal tensión en el ambiente que ninguno sabía qué hacer o decir cuando sucedía. Generalmente, ellas se la pasaban besándose y diciéndose tonterías en la mesa durante el almuerzo o charlando con tranquilidad.

La incomodidad aumentó a tal punto de volverse casi una tortura cuando Samira llegó a la mesa, sentándose a un lado de Sarah.

—Hey, Fortune, ¿al final sí vas a venir hoy? —preguntó la pelinegra, ignorando la atmosfera tensa en la mesa—. Será divertido, e incluso puedes traer a tu mascot- novia. Tu novia puede venir, también.

Samira colocó una de sus manos sobre la derecha de Sarah y Nami sólo desvió su mirada de la morena para fijarse en su mano y luego en Sarah, que nunca desvió sus ojos de Nami. Sarah sabía lo que significaba la mirada de advertencia de Nami. Era una clara señal para que alejara su mano de la de Samira inmediatamente o habría consecuencias irreparables en su relación.

Carraspeando un poco, Sarah negó con su cabeza.

—No lo sé… no lo creo. —respondió Sarah en un susurro—. No estoy de humor.

—¿Y por qué no estás de humor? ¿Qué sucedió? —preguntó Samira y Tobías negó con su cabeza, al igual que Diana.

—La verdad es que eso tampoco lo sé. —dijo Sarah, colocando sobre la mesa el túper con los panqueques, empujándolo para que se deslizara por la mesa hasta estar frente a Nami—. ¿Por qué no estamos de humor, Nami?

Nami se mantuvo en silencio. Apretó su mandíbula con fuerza y frunció un poco el ceño mirando el túper por un instante. Se sintió una idiota, pero el hecho de que Sarah no apartara la mano de Samira le causaba tal enojo que nubló su raciocinio por un instante. Ella sabía que Sarah le era fiel, sabía muy bien que no le interesaba Samira en absoluto, pero el enojo de la mañana con su madre, el enojo consigo misma durante la primera mitad del día por no aceptar el desayuno de su novia y ahora la morena acariciando la mano de su novia por encima de la mesa era demasiado para manejar. Incluso para ella.

—Entiendo, tu novia no te dio permiso para salir, Fortune. Está bien, algunos destinos son peores que la muerte. —bromeó Samira y, por un instante, Syndra soltó una pequeña risa.

—Cierra la maldita boca, Syndra. —gruñó Nami y todos en la mesa, a excepción de Sarah, abrieron sus ojos con sorpresa—. Para tu información, nunca le dije que no podía ir. Ella es libre de hacer lo que sea que se le antoje.

—Oh, ¿es así? —preguntó Sarah, frunciendo su ceño—. ¿Entonces por qué me estás mirando como si quisieras que dijera que no voy a ir?

—Puedes ir. De hecho, anda, no podría importarme en lo más mínimo. —respondió Nami, empujando el túper de vuelta a Sarah, que estrechó sus ojos a ella—. Pero no me llames en la madrugada llorando y pidiéndome perdón por algo tan estúpido como ir a una maldita fiesta con tu amiguita la urgida que simplemente no puede parar de tocar tu maldita mano.

—Es increíble que te pongas en esa posición, Nami. Me desperté a las perras cinco de la mañana para preparar esta basura y al final ni siquiera te dignaste a probarlo. ¿Todo por qué? Porque tu mamá te dijo alguna pendejada y ¿es mi culpa? —se quejó Sarah, apretando el túper en sus manos—. Si eres capaz de permitirle que te arruine el maldito día y que tú arruines el mío entonces yo puedo ser capaz de irme a ahogarme con alcohol para intentar olvidar este día de porquería.

—Bueno, ve Sarah. Súbete a su regazo para maquillarla y bésense y haz lo que sea que te haga feliz, maldita sea —expresó Nami, cruzando sus brazos por encima de la mesa—. Sé feliz y déjame con mi maldito día arruinado en paz.

—¿Sabes qué? Está bien. —gruñó Sarah y al instante su labio inferior comenzó a temblar. Su respiración comenzó a agitarse y una lágrima negra bajó por su mejilla, manchando su rostro—. Te dejaré con tu maldito día arruinado.

—Me parece excelente. —murmuró Nami por lo bajo.

Poniéndose de pie, Sarah tomó su mochila y se alejó de la mesa con prisa ante la mirada sorprendida de todos, excepto de Nami, que sólo miró el túper sobre la mesa.

—Eh… tenemos clases ahora… tengan un buen día, chicas. —habló Tobías, chocando con su codo a Graves y haciendo que se pusiera de pie junto con él.

La pareja de hombres se fue, dejando una atmosfera igual de tensa en la mesa. Nami miró a Samira cuando ella colocó una mano sobre el túper que estaba en la mesa y que había dejado Sarah atrás. La morena le sonrió con autosuficiencia a Nami.

—Deberías probarlos. —dijo la morena, levantándose de su lugar—. Estaban exquisitos… en especial con ese sutil sabor a piña de su bálsamo.

—Nam-

Levantándose, Nami no permitió que Diana dijera nada más. Tomó su mochila y el túper, así como las llaves de su coche y caminó en la dirección contraria a la que Sarah se había ido, caminando con prisa lejos de sus dos amigas y la morena.

—Su bálsamo es de coco. No le gusta la piña. Su bálsamo es de coco… siempre es de coco. —gruñó Nami para sí misma, sintiendo un nudo en su garganta. Se detuvo cuando salió de la cafetería y buscó con la mirada un baño—. Maldito día culero. Maldita vida de porquería.

Escondida en uno de los cubículos de uno de los tantos baños de la universidad, Nami se mantuvo allí un largo rato mientras comía los panqueques sin que nadie pudiera verla.

Entonces, en la soledad de aquel cubículo, Nami pudo dejar escapar aquellas lágrimas que luchó por contener en la mesa del comedor. Casi al instante su respiración se agitó.

Ella no lloraba en frente de Sarah, ni siquiera porque su mundo estuviera cayéndose a pedazos se atrevía a llorar en frente de su novia, porque sentía que no tenía el derecho de hacerlo, menos si ella había sido la responsable de su actual disputa.

Miró el fondo de pantalla de su celular y sus lágrimas salieron con mayor intensidad al ver a la pelirroja en su teléfono. Colocó el artefacto en su pecho, intentando abrazarlo y deseando que fuera su novia en lugar de aquel objeto inanimado con una foto suya reflejada en su pantalla.

Pasó casi una hora antes de que se calmara un poco y pudiera salir del cubículo del baño para lavar su cara.

Por un momento, analizó lo que había hecho.

Había lastimado a Sarah, lo sabía. Sabía que a su novia nada le gustaba más que dormir hasta tarde, pero se había tomado la molestia de despertar temprano, no sólo para ir a buscarla a su casa, sino también para prepararle un desayuno y su café favorito. ¿Y todo para qué? Para que ella lo despreciara por estar enojada con algo ajeno a Sarah.

Y sí, Sarah había permitido que Samira acariciara su mano, pero siempre le había dejado muy en claro que no sentía nada más por la morena que un cariño de amigas, casi hermanas. Y aunque una parte de ella lo entendía, la otra no dejaba de sentirse alerta cada vez que veía a Samira cerca de su novia.

Con todo eso en su cabeza, el día para Nami se sintió como una semana entera. Cada minuto parecía durar una hora y cada hora un día completo.

Quiso escribirle a Sarah, pero no tenía permitido usar su teléfono durante sus prácticas.

No volvió a saber de Sarah. Sabía que ella sólo tenía dos clases ese día y luego del almuerzo tenía el resto del día libre.

Pero Nami no.

Salió casi a las siete de la noche de su última práctica y pensó que lo último que haría Sarah sería recogerla, pero allí estaba, en la salida este que era la más cercana de su facultad. Su coche negro estaba estacionado en la calle y aunque los vidrios eran polarizados supo que su novia estaba allí porque, en el momento en que no se movió de la entrada de la universidad, la bocina de su auto sonó, lo que la obligó a caminar con prisa hasta el coche.

Sarah no dijo nada cuando ella se subió al auto y Nami tampoco dijo nada al subir.

Se sentó en el lado del copiloto, colocó su mochila a sus pies y se puso el cinturón de seguridad, cerrando la puerta y esperando que el coche se pusiera en movimiento.

La atmosfera era angustiosa para Nami y aunque Sarah había puesto su música urbana que tanto le desagradaba, no se atrevió a quejarse ni decir nada. Quiso ponerse de nuevo sus auriculares, pero al ver que Sarah no tomaba la ruta a la autopista del sol para dirigirse a su casa, supo que no era una opción.

Iban a hablar. Intentar huir sólo alargaría el dolor que oprimía su pecho.

La pelirroja detuvo su coche en el estacionamiento de un acuario, uno que Nami reconocía. Sarah se quitó su cinturón de seguridad, pero no se bajó. Nami tampoco lo hizo. Su novia apagó el motor y quitó las llaves. Aun así, permaneció en el vehículo, mirando al frente, esperando algo.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Nami, en apenas un susurro—. Quiero irme a cas-

—Lo sé, lo sé. Sé que no estás de humor. —murmuró Sarah, rascando un poco su cuello—. Pero pensé que quizás te gustaría venir aquí. Porque… bueno… ya sabes, aquí fue… nuestra primera cita.

Mirando parte del lugar en silencio, Nami suspiró.

Quería irse. Pero Sarah la conocía demasiado. Sabía que le encantaba ir al acuario y ver la diversidad de peces en el lugar. Le encantaba el aroma a aguamarina y el área de pingüinos. No había nada que la hiciera sentir más en paz y tranquila que sonidos de ballena, por raro que parezca.

—A veces no logro entenderte. Incluso cuando me digo a mí misma que no hay nada de ti que no sepa, algunas veces simplemente yo… no te entiendo. —dijo Sarah, tragando con dificultad ante el nudo que comenzó a formarse en su garganta—. Y duele cuando te comportas así, Nami. Tan fría y distante. Pero eso ya lo sabes, ¿o no?

—Lo sé. —musitó Nami, descansando su cabeza en la ventana—. Lo sé, soy una imbécil.

—No sé qué fue lo que hice para que te molestar-

—No fuiste tú. —negó Nami, interrumpiendo a su novia—. Es que… ella me dijo… que no esto iba a durar para siempre. Tú y yo… tú, haciendo todo lo que haces por mí. Dijo que en algún momento ya no iba a verte de lo ocupada que iba a estar y… y Sarah, ya está ocurriendo.

—Una mierda, Nami. —se quejó Sarah, negando con su cabeza—. ¿De verdad dejas que tu mamá se meta entre nosotras así? Qué pendejada.

—Pero esta vez fue… lo que dijo se sintió tan real. —murmuró Nami, bajando la mirada—. Nos vemos apenas en la mañana y en la tarde cuando me llevas y traes de casa. Nuestra última cita fue hace una semana… no cogemos hace casi un mes.

—Podemos resolver eso aquí y ahora. —dijo Sarah, comenzando a quitarse su chaqueta de cuero.

—No es sólo eso, Sarah. —habló Nami, deteniéndola de quitarse la prenda de vestir—. Es que… dijo que habrá una estúpida cena familiar muy exclusiva, pero que podía llevar a Tama.

—¿Tu amiga linda del semestre pasado? —preguntó Sarah, intrigada—. ¿Por qué o q- Oh, mierda, ¿quiere que la presentes como tu novia?

—¡Y por supuesto que la mandé a la mierda! —exclamó Nami, pasando una mano por su cabello con frustración—. ¡Ella piensa que lo nuestro es un capricho mío! Que yo… que voy a aburrirme de ti o que vas a dejarme porque no tengo tiempo y… ¡y sara no eres un capricho, pero yo casi no tengo tiempo para ti! Lo sabes, lo sé… por eso no quería… no quería que esto pasara.

—Exactamente, ¿qué?

—¡Nosotras! Tú y yo… yo sabía que… sabía que no tendría el tiempo para ti, pero, aun así, tú… tú, Sarah Fortune. —expresó Nami, sintiendo su garganta seca—. A veces sólo… la idea de renunciar a todo y vender marihuana contigo detrás de la universidad no me parece tan mala idea, ¿sabes?

Sarah rió ante su comentario y Nami también soltó una pequeña carcajada.

—Nena, tendríamos nuestra propia plantación de cannabis. —sugirió Sarah, haciendo que la risa de Nami incrementara—. Con tus conocimientos en medicina y química, fabricaríamos aceites y lo venderíamos con la excusa de que es medicinal. Haríamos un montón de dinero.

—Supongo que para mí eso es lo de menos. —susurró Nami alzando sus hombros—. Sabes que me fascina la idea de vivir contigo. En tu remolque o arrendando algún departamento. En donde sea. Despertaría todos los días a tu lado y para mí eso sería suficiente para despertar feliz.

—Pero amor, despertamos al menos cuatro de siete días juntas. —expresó Sarah, tomando una de las manos de Nami y acariciándola—. Te recojo todos los días para llevarte a clases, incluso si eso implica tener que despertarme a las cinco de la mañana. Compro nuestro desayuno o lo preparo antes de salir si es que tengo tiempo. Nos vemos en el almuerzo, en tus ratos libres, te llevo a casa. A veces vamos de fiesta, a veces tenemos citas… y eso me hace feliz.

—Y amo eso, me hace feliz también. Pero… ¿es suficiente para ti? —preguntó Nami, mirando su mano izquierda, que Sarah sostenía con firmeza—. ¿Será suficiente cuando esté de interna en un hospital y pase allí dos días completos? ¿Será suficiente cuando no nos veamos en días, semanas? ¿Has pensado en si es suficiente para mí? Porque no lo es.

—Oh… carajo… la verdad nunca me había preguntado si para ti lo es. Asumí que lo es. —susurró Sarah, rascando su frente—. Mierda… ¿qué debería hacer entonces?

—¿Quieres hacer más de lo que ya haces? ¿En serio? —preguntó Nami, confundida—. Podrías empezar aceptando el dinero de mi mesada para pagar tu alquiler en lugar de tatuar personas que buscan algo más que un tatuaje tuyo.

—No quiero que tu mamá piense que me aprovecho de ti y sus "beneficios económicos". —dijo Sarah, poniendo sus ojos en blanco—. Conoces mi relación con ella. Desde que le dije 'suegra', me odia.

—Ay, claro que no. —murmuró Nami, colocando su otra mano sobre la de Sarah. La acarició un instante en silencio, mirando las uñas pintadas de su novia—. Ella odia a todo el mundo.

—Pero más a mí. —comentó Sarah, riendo un poco—. Supongo que tiene que ver con el hecho de que nos encontró en tu habitación hac-

—¡No quiero recordarlo! —exclamó Nami, cerrando sus ojos con fuerza. Su rostro ganó un poco de color—. ¿Qué posibilidades había de que llegara justo ese día a casa? Nunca viene a casa los jueves. ¡Literalmente nunca está en casa!

—La verdad, fue mi culpa por dejar la puerta abierta. —dijo Sarah, mirando las manos de su novia sobre la suya—. Aún recuerdo que me echó cuando estaba nevando. Ni siquiera me dejó ponerme mis jeans. No entiendo cómo fue que comenzó a odiarme, nos llevábamos bien al principio.

—Podría hacer una tesis de por qué te odia de tantos motivos estúpidos que tiene. Diablos, es tan pesada. —se quejó Nami, descansando su cabeza del hombro de Sarah—. Me gustaba más cuando estaba tan metida en su vida profesional que ni siquiera recordaba mi cumpleaños.

—¿Cómo alguien podría olvidar el día más importante del mes de la escarcha? —preguntó Sarah, besando la cabeza de su novia—. Es gracioso. Ella alardea de ti, pero no sabe ni qué te gusta.

—¿De verdad nací para esto? ¿Para ser como mamá? —preguntó Nami, llamando la atención de su novia—. Pasar todo el día ayudando personas y luego llegar a casa y estar muy cansada como para hablar contigo o… o sólo llegar de mal humor y pelear, como hoy, como hace cuatro días.

—Hey, bebé… relájate.

—Sólo no quiero pasar tres años más en esto y luego darme cuenta de que no estás a mi lado porque soy una idiota. —dijo Nami y sus ojos le llenaron de lágrimas luego de hablar—. No quiero que sueltes mi mano en mi camino a cumplir mis sueños, porque desde que apareciste, parte de mi sueño eres tú, Sarah.

—Ay, Nami, mi sueño también eres tú, amor. —susurró Sarah, acercando su mano derecha al rostro de su novia. Limpió sus lágrimas, mirándola fijamente a los ojos por un instante—. No podría soltar tu mano jamás. No quiero hacerlo.

—No me quiero imaginar despertando un día y darme cuenta de que no estás afuera, en el auto, con mi cappuccino. —volvió a hablar Nami, acariciando el brazo de Sarah—. Prefiero renunciar a esto y vender drogas ilícitas contigo.

—No vamos a vender drogas, bebé. Por los Dioses, para de decir eso. Me estás convenciendo. —se quejó Sarah, haciendo reír a Nami—. Yo… no sé qué hacer para que esto sea suficiente para ti… ¿qué más puedo hacer? Tengo sólo seis clases este semestre y trato de distribuir mi tiempo sólo para estar contigo si me necesitas. Intento tatuar personas cuando tienes tus prácticas, te recojo, duermo en tu casa algunos días, otros duermes en mi remolque. No sé qué más hacer.

—¿Y qué hago yo por ti? —preguntó Nami, sollozando—. Además de darte qué hacer, ¿qué hago?

—Vienes conmigo a fiestas a las que no quieres ir, sólo para que nadie se me acerque, incluida Samira. —dijo Sarah, y por un instante el rostro de Nami cambió por uno de enojo—. Incluso si luego duermes dos horas o menos y te llevo corriendo a clases, sólo para que entres toda ebria a tus prácticas y termines suturando tus dedos.

—Esa vez dolió. —susurró Nami, mirando su mano izquierda.

—Me dejas tu coche a cargo. Y puedo usarlo como quiera con la condición de que tenga sus papeles en regla y tú cubres sus gastos. —dijo Sarah, sonriendo con alegría—. Cubriste la multa de esa vez que un policía nos detuvo a Malcolm, Tobías y a mí y dijo "Papeles" y yo le respondí "Tijeras, ¡yo gano!" Y casi lo arrollo.

—Mamá casi me mata. Es una suerte que estaba papá y él se rió. —respondió Nami, frunciendo el ceño—. No me da risa, por cierto.

—¡Fue hilarante! —exclamó Sarah, riendo—. Me cuidas cuando me enfermo. Incluso si sólo es un dolor de cabeza o lo que sea, me preparas sopa y te quedas conmigo hasta que me sienta mejor.

—Hablando de cuidarte, te ves un poco pálida y con ojeras últimamente. ¿Estás comiendo bien? ¿Comes alguna fruta en la merienda? ¿Tomas jugos naturales y no sólo gaseosa? —preguntó Nami, acercando sus manos al rostro de Sarah y limpiando el maquillaje con el que la pelirroja trató de esconder sus ojeras—. ¿Te sientes bien?

—Contigo a mi lado me siento más que bien, bombón. —contestó Sarah, sonriéndole y sosteniendo sus manos para apartarlas de su rostro—. Escucha, Nami… sé que ha sido un poco difícil. Y no voy a mentirte, se pondrá incluso más difícil conforme continuemos. Pero… quiero estar contigo. Quiero afrontar todos los obstáculos que se nos atraviesen, con tu mano fuertemente aferrada a la mía. ¿No quieres lo mismo?

—Por supuesto que sí, pero… pero Sarah. —musitó Nami, bajando la mirada.

Su novia infló sus mejillas, acariciando con su pulgar la mano de Sarah. El puchero de Nami le causó tal ternura, que Sarah no pudo evitar acercarse a ella, besándola en los labios por un instante.

—¿Qué te aflige, amor? —preguntó Sarah, rozando con la punta de su nariz la de Nami—. Por favor, dímelo. Buscaremos una solución y todo saldrá bien.

—Es que… es que, tú… yo… —susurró Nami, mirando a Sarah por un instante. Guardó silencio, pensando por un momento lo siguiente que diría—… haces tanto por mí. Eres la persona más amable que conozco y… y no quiero ser una carga para ti, no quiero que hagas más por mí de lo que ya haces.

—Bebé, no eres una carga. —contestó Sarah, apartando un mechón pelinegro del rostro de su novia—. Eres mi linda bebé. Mi amorcito, mi vida. Haría cualquier cosa por ti, lo sabes, ¿cierto?

—Sí, y-

—Y no hay nada que no pueda hacer mientras tomes mi mano, cariño. —expresó Sarah, mostrándole sus manos entrelazadas—. Lucharía contra bestias míticas ancestrales que viven en el fondo del océano, sólo si me lo pides.

Dejando escapar una pequeña risa, Nami miró a los ojos a su novia. Se mantuvo en silencio un instante, sólo mirándola.

—¿Recuerdas que en verano solíamos tener estas dulces citas pasionales dos veces a la semana? Pero de repente el semestre se hizo tan pesado. —dijo repentinamente Nami, captando la atención de Sarah—. Nos hemos visto seis veces en lo que va de semestre y… y no son citas, es más como que nos vemos, nos besamos, nos arrancamos la ropa y me subes a mi escritorio o te empujo contra tu cama. Sin romance.

—Ok, ya lo has insinuado un par de veces, creo que por fin mis neuronas hicieron sinapsis. —comenzó a decir Sarah, confundida—. ¿Quieres coger más de dos veces a la semana? ¿Es eso?

—¿Por qué tienes que decirlo así? Joder. —se quejó Nami, frunciendo el ceño y marcando su puchero—. Quiero tener estas… citas románticas que habíamos tenido hasta hace poco, ¿entiendes?

—¿Cómo cuando acampábamos en el bosque, en una noche oscura, pero con muchas estrellas en el cielo? —preguntó Sarah, pensativa—. Tú encendías la fogata y yo hacía los sándwiches.

—Comíamos, poníamos mi iPod con nuestra música favorita y bailábamos o tocabas tu guitarra y cantábamos. —continuó recordando Nami—. Hablábamos de lo que nos gustaría hacer en el futuro, de lo que harías en tus vacaciones de verano, de tus viajes por Runaterra. Y… y antes de dormir, dentro de nuestra tienda… me decías que me amas tanto, tanto, que para saber cuánto-

—Debías contar las estrellas en el cielo y multiplicarlas por las horas que nos conocemos. —continuó diciendo Sarah, sonriendo—. Entonces, incluso si sabías cuántas estrellas hay, el número sólo incrementaba con el pasar de las horas.

—Y yo te respondía que me amas menos de día porque sólo hay una estrella en el cielo. —dijo Nami, riéndose un poco—. Entonces me amabas sólo… treinta y cinco mil y algo. Y tú me decías…

—"No jodas, Nami. Me pongo romántica y te pones mamona". —contestó Sarah, acompañando a su novia en su risa—. En serio, no jodas.

—Soy una mujer de ciencia. —contestó Nami, sonriente—. En cambio, yo te amo tanto que tendrías que multiplicar las gotas de agua del mar con los granos de arena de la tierra. Eso pasa cuando decides estudiar una carrera de humanidades, amor, no puedes ganarle a una joven de ciencia.

—Ni piidis ginirli i ini jivin di ciincii. Puedo hacerte caminar a casa. —gruñó Sarah, mordiendo el cuello de Nami y haciéndola reír en un tono más alto—. Yo te amo todo lo que tú me amas, más trescientos sesenta y cinco.

—¿Qué? ¿Por qué más trescientos sesenta y cinco? —indagó la pelinegra, besando su mejilla.

—Porque te amé desde el primer momento en que te vi. —dijo Sarah, sonriente—. En cambio, tú me amaste desde que empezamos a salir, o luego.

—Empezamos a salir porque me di cuenta de que te amaba desde hace un tiempo e intenté contener mi homosexualidad, pero no pude… eres caliente. —contestó Nami, riendo cuando su novia la miró con un gesto de enojo—. Me enamoré de ti porque eras tan dulce conmigo. Tenías estos lindos detalles conmigo todo el tiempo. Tus abrazos me hacían sentir tan segura y tan nerviosa al mismo tiempo.

—Sí, siempre tenías un gay panic cuando te abrazaba y besaba tu mejilla. —dijo Sarah, subiendo y bajando sus cejas con rapidez. Se mantuvo en silencio por un instante, pensando en una solución para lo que angustiaba a su novia—. ¿Qué hacemos entonces? ¿Quieres entrar al acuario o prefieres que vayamos a mirar las estrellas? Tengo mi guitarra en el maletero.

Pensativa, Nami guardó silencio un momento. Cualquier cosa que hiciera con Sarah le encantaba.

Amaba pasar tiempo con ella, aunque fuera sólo mirando una película que ya habían visto o paseando por algún lugar en el que ya habían estado.

Tenía dudas de muchas cosas en su vida. Encontrarse con su madre en la mañana, antes de sus prácticas, y que tuvieran una charla poco agradable, fue suficiente para hacer a Nami dudar de sus capacidades en su carrera. Pero nada que su madre o cualquier otra persona le dijera la haría dudar de Sarah y el amor que le tenía.

Tomando la mano de su novia para acercarla a su boca y besarla, Nami sonrió con alegría.

—¿Podemos mirar las estrellas el miércoles? Salgo temprano. Quizás podríamos pasar por un helado antes, ¿te parece? —preguntó Nami, emocionada.

Sarah la miró por un segundo y sonrió con complicidad a su novia.

—Suena perfecto. —contestó Sarah, acercándose a Nami para besarla con pasión—. ¡Oh! Te compré adelfas.

—¿Qué?

—¡Sí, una maceta! —exclamó Sarah, contenta—. Sé que son tus favoritas. Están atrás.

—¿Adelfas? —preguntó Nami, volteando a mirar a la parte trasera del auto—. ¡No hay manera, Sarah! No he visto un solo lugar en el que las vendan por aquí.

—Me tomé la tarea de encontrar un lugar donde las vendieran. Es algo lejos, pero vale la pena ir por verte sonreír así. —respondió Sarah, mirando a Nami de reojo. Sonrió de forma genuina, encontrando que le encantaba cómo el rostro de Nami cambió casi al instante en que tomó la maceta—. ¿Te gustan? Quizás podamos plantarlas en tu jardín.

—¡Las tendremos en tu remolque! —exclamó Nami, feliz—. Las colgaremos en algún lugar y así estará mucho más bonito. Las cuidaremos y cuando crezcan lo suficiente las plantaremos fuera de mi casa, así crecerá un hermoso arbusto.

—Podemos tenerlas donde te plazca. —afirmó Sarah, tomando las mejillas de Nami en sus manos. La miró fijamente por un instante, antes de acercarse para besarla—. Te amo.

—Te amo también. —susurró Nami, bajando su mirada para poder ver las adelfas en la maceta.

Por el resto del día, la pelinegra olvidó lo que de verdad le afligía. No significaba que no fuera importante, simplemente que Sarah la tomara de la mano y la guiara por el acuario la hacía sentir tan calmada y en paz, que incluso sus mayores preocupaciones pasaban a segundo plano.

La pelirroja incluso se encargó de comprarle un pingüino de peluche para contentarla aún más.

A veces Nami se preguntaba qué había hecho en su vida para encontrar una chica como Sarah. La mayoría de personas podía llegar a pensar que era el tipo de chicas que no te voltea a ver a menos que tengas una cuenta de banco con muchos ceros o que seas físicamente bastante atractivo. Pero aquella chica afirmaba que se enamoró de ella apenas la vio en una fiesta, una a la que había asistido más por el compromiso de cuidar a Syndra en su borrachera que cualquier otra cosa.

Goddess of Luminosity