Hoy es... 6 de junio.

Ustedes me dirán "no, mana, es otro día más adelante". SEGURO ES 2022 CUANDO POSTEE ESTO ADFASDFADFA Pero les digo que es 6 de junio porque escribí este cap como 4 veces. ¿Por qué? No sé, honestamente no sé por qué le puse tanto amor al romance de estas dos xdxd pero aquí está. Espero les guste :u

¡Gracias por leer de antemano! Gracias por comentar, gracias por seguir esta historia mala qlia xdxd


Si pasa más de un mes desde que escribí esto para postearlo, neta me suicido asdfasdfa—Eres una niña muy solidaria, ¿no es así, Nami? —le dijo una vez su abuela, sonriéndole con cariño a la niña de cabello oscuro.

Eso creo. —susurró Nami como respuesta, abrazando con fuerza su poro de peluche. Movió una de las piezas del tablero hundiéndose en su sitio frente a la mujer de mayor edad—. ¿Qué es ser solidaria?

Ayudaste a Diana a hacerse amiga de Syndra y las defiendes de bravucones. Eso es ser solidaria. —respondió Ishtar, moviendo una pieza—. Para ser una niña, eres la persona más solidaria que conozco. Prométeme que siempre serás así, mi pequeña marai.

Pensativa, Nami mantuvo su vista fija en el tablero. No tenía caballos y le faltaba una torre y un alfil. Pero tenía la reina, al contrario que su abuela. Alzó la mirada, intercalándola entre el tablero y la mujer de ojos tan verdes como los suyos. Movió una pieza, sin alejar su mano del tablero.

Cuando su abuela acercó su mano al tablero, Nami la tomó, entre las suyas. Sonrió con amabilidad a la anciana, apretando con delicadeza su mano.

No hay nada que no pueda ser o hacer mientras sostengas mi mano, abuela. —dijo la pequeña, mostrándole sus dientes en la sonrisa.

Nami siempre se hizo a la idea de que la mano de su abuela era como su amuleto de la suerte. Cuando comenzó a dar sus primeros pasos, quien más la sostuvo para evitar que cayera fue ella. Cuando se caía, quien curaba sus heridas era ella. Cuando estaba enferma, quien acariciaba su cabello para que lograra conciliar el sueño era ella.

Su abuela era como la madre luna para ella.

Desde que Nami podía recordar no era extraño que su abuela olvidara ciertas cosas, como dónde olvidó sus anteojos o si ya le había dado de comer. Pero cuando comenzó su último año de primaria y su abuela empezó a olvidar qué día era, qué mes era, dónde estaba… cuando su padre comenzó a estar más tiempo en casa y su abuela desapareció por casi dos semanas, la vida de Nami cambió.

Tenía diez años, pero cuando no reconoció la palabra que le dijeron sus padres, se dispuso a buscar en los diccionarios de la escuela la palabra alzhéimer.

Comprendió lo que leyó, pero no quería asimilarlo.

De un día a otro, su abuela ya no vivía con ella. Su papá la llevaba de visita una vez a la semana y unos días estaba de maravilla, mientras que otros días estaba con la mirada totalmente perdida.

Ahora el papá de Diana la recogía junto a su amiga. Permanecía al cuidado de Aine y allí estaba hasta que su madre aparecía en la noche. Incluso había días que no aparecía, así que dormía en casa de su mejor amiga, intentando que su llanto no llegara a oídos de Diana o Syndra, si es que hacían pijamada.

Hacían pijamadas en casa de Diana al menos dos veces a la semana y, cuando eso pasaba, Syndra solía despertar en medio de la noche llorando o escuchaba llorar a Nami y despertaba. El motivo de Syndra era que extrañaba a su mejor amiga, Xan, o a su antigua casa, su antigua escuela. El motivo de Nami era su abuela y la ausencia de sus padres.

Diana no podía hacer nada más allá de pedirle a su abuela que preparara chocolate caliente para ambas y esperar que calmaran su llanto.

Eventualmente, las visitas a su abuela comenzaron a ser una vez al mes y con el pasar de dos años, ya no la veía en absoluto.

Su madre había contratado a una niñera, que se encargaba de recogerla del colegio, ayudarla con sus deberes, llevarla a sus clases de natación, vigilar su hora de dormir y que no permaneciera mucho tiempo despierta con sus amigas en caso de hacer pijamada.

Pero no era lo mismo.

No tenía nada en contra de su niñera, pero en ese momento de su vida, con su primera menstruación, con sus hormonas cambiando, con la duda de si su abuela se recuperaría o la perdería para siempre, Nami nunca se sintió tan sola. Pensó que por la ausencia de su abuela quizás su madre dejaría de lado el trabajo por una vez en su vida, pero no fue así.

De repente su padre comenzó a pasar más tiempo en casa, pero eso no quiso decir que lo pasaba con ella. Edric pasaba más tiempo frustrado en su estudio, llevando las cuentas de sus ingresos y sus gastos, hablando por teléfono, que escuchando a su hija.

Entonces llegó Zoe y, por un par de meses, tanto Syndra como Nami pasaban más tiempo en casa de Diana, ya fuera ayudando a Selene con la nueva bebé o simplemente visitando a su amiga y al nuevo integrante de su familia, al que Diana no dejaba de observar con el miedo de que "dejara de respirar".

Nami encontró que Zoe era entretenida, en especial porque había nacido con dos de sus dientes incisivos. A Syndra le gustaba apretar un poco sus brazos regordetes. A Diana nunca la habían visto tan feliz como cuando llegó a casa con su nueva hermana. Incluso le permitieron escoger su nombre.

Pero más allá de los momentos felices que tenía en casa de su mejor amiga, volviendo a su casa, Nami se encontraba sola. Y lo prefería así. Porque cuando se encontraba con su padre y madre sólo escuchaba sus discusiones. El hecho de que Edric pasara más tiempo en casa sólo significaba menos ingreso salarial para él, lo que implicaba mayores jornadas de trabajo para su mamá.

Tenían muchos gastos.

La posibilidad de vender la casa y mudarse a un barrio de clase media baja estaba siempre en discusión, sin embargo, su madre se negaba a hacerlo, llorando por todo su esfuerzo. Su padre sólo intentaba explicarle que era lo mejor para pagar sus deudas y la institución de salud mental en la que se encontraba Ishtar.

El último año de secundaria comenzó con la noticia que Nami menos deseaba escuchar.

La última vez que vio a su abuela, no pudo parar de llorar. Ya ni siquiera la reconocía. El brillo de sus ojos al verla había desaparecido y en lugar de encontrar el cariño y amor que siempre recibía de su parte, Nami no encontró más que indiferencia y preguntas de dónde se encontraba. Lo que más le dolió fue escucharla preguntarle "¿has visto a mi Nami?".

Durante el funeral, Nami estaba devastada. Su abuela se veía tan pacífica como no la había visto el último año que estuvo con vida, cuando ya había estado tan deteriorada por la enfermedad que era irreconocible para Nami.

Esos tres años había observado con temor y tristeza a su familiar más cercano desvanecerse hasta que no quedara nada más que un cascarón vacío. Con ese dolor en su pecho y la carga de ser "la hija perfecta" que su madre tanto esperaba, lo único que quedaba en Nami eran recuerdos, recuerdos que le aterraba perder.

Una vez leyó que una persona tenía más posibilidades de sufrir de alzhéimer si algún familiar lo había padecido. Para su desgracia, tres familiares de su padre lo habían padecido. Lo más probable era que él lo padeciera durante la vejez y ella también.

Eso le dio un objetivo, uno al que se prometió nunca renunciar.

Ella ayudaría a tantas personas como pudiera.

Así que desde los trece años se enfocó en mantener su promedio alto. Nunca quiso tener la vida de su madre. Pasar horas en un hospital fue su fobia durante toda su infancia. Pero ahora tenía un objetivo.

Tuvo que dejar las clases de natación, sin embargo, como compensación, decidió tomar clases de pintura como actividad extracurricular en la preparatoria, junto a Diana. Para su sorpresa, descubrió un nuevo hobby. No era la más talentosa, pero comprendía los conceptos básicos de dibujo, como perspectiva, profundidad, luz y sombra.

Y fue en sus clases de pintura que conoció a Jhin.

Él era un año mayor que ella, el presidente del club de pintura de su preparatoria. Incluso antes de que iniciara, Nami sabía que no iba a funcionar. Siempre lo supo. Él estaba por graduarse y sólo se conocieron porque una de las pinturas de Nami le llamó la atención.

—Puedo sentir con una solidez aplastaste la soledad y tristeza en esta pintura. —le había dicho, en la exposición que habían hecho durante el festival de las artes en su preparatoria, antes de que él se graduara—. Me preguntaba quién era la persona que pintó esta pieza… y me sorprende que sea la menos esperada. Es un placer conocerte por fin, Nami.

Su conexión fue instantánea.

Ni siquiera entendió cómo intercambiaron números, pero lo que sí supo era que a él le gustaba y ella sentía que le gustaba él.

Comenzó con Whatsapps. Luego llamadas. Se vieron varias veces para tener clases privadas de pintura luego de que él se graduara. Era un increíble artista, de eso no había duda alguna en Nami. Pero él tenía una forma muy estricta de ver el arte.

Él era un artista. Vivía por y para ello. Para Jhin el arte no era un mero hobby y apenas supo que para Nami lo era, terminó lo que sea que habían tenido en el breve lapso de once meses.

No le importó el daño emocional que le causó a una joven inexperta de diecisiete años.

Lo único que Nami agradeció de Jhin fue que, cada vez que intentaba llegar a algo más que un toqueteo indebido, cuando ella le pedía parar, él paraba.

No la manipuló nunca para que se entregará a él. Tampoco la presionaba. Para Jhin era más importante que Nami terminara una pintura o que posara para él, las experiencias sexuales no eran de su real interés.

—¿Qué tengo que hacer para que seas la persona que espero que seas? —le preguntó su madre cuando, en uno de sus exámenes, Nami no obtuvo un 100—. ¿Qué clase de notas son estas, Nami?

—Es un noventa, por los Dioses. —musitó la pelinegra, frunciendo el ceño—. No volverá a pasar.

—No entré a la universidad Lunari con un noventa. Y por supuesto que no va a volver a pasar. Tienes que dejar ese club de pintura. —dijo Erali y Nami sabía que no era una sugerencia—. Le diré a Aretha que limpie todo esto, nada de pintura hasta que tengas tu examen de la universidad aprobado.

—Mamá. —dijo Nami antes de que la mujer saliera de su habitación y ella volteó a mirarla por un momento, esperando que dijera algo. Nami abrió sus labios por un instante. Quiso decirle, sin embargo, las palabras no salían de su boca. Deseó poder contarle lo que había pasado con Jhin, pero sabía que la reacción de su madre no sería buena—. Lo siento… por no ser… quien esperas. Lo siento mucho.

Erali la miró desde la puerta de su habitación. Estaba cabizbaja, con un ligero temblor en su mano derecha. Suspirando, la mujer se dio la vuelta, alejándose de ella y dejándola allí, en silencio.

Para su madre, cualquier cosa que hiciera además de estar leyendo un libro de la escuela, era perder el tiempo. Nami lo sabía. Por eso pasó el resto de la preparatoria estudiando para su examen de la universidad.

Y cuando obtuvo el cupo, todo lo que obtuvo por parte de su madre fue un "Era lo menos que podías hacer".

Tenía que aceptar que estaba irritada. Era como si nada de lo que hiciera fuera suficiente. Frustrada, con su corazón roto por un romance fallido y un poco cansada, Nami se permitió asistir con Diana y Syndra a una fiesta a la que habían invitado a esta última.

Según Syndra, sería una fiesta como cualquier otra fiesta, nada anormal.

Era verano, iniciaría la universidad en aproximadamente un mes y se le ocurrió que podía relajarse, al menos un momento.

Al contrario que Syndra, Nami y Diana nunca habían bebido alcohol siendo menores de edad. Ellas sólo se dedicaban en las fiestas a cuidar que ningún imbécil tocara de forma indebida a su amiga sin que ella lo consintiera. Pero esa fiesta sería distinta. En esa fiesta, Nami se aseguraría de al menos beber una copa de vino.

No había vino. Tampoco champagne. Sólo había licores fuertes y un hedor a marihuana que se le hizo insoportable. Apenas Nami entró a la residencia, que se encontraba plagada de jóvenes, sintió ganas de salir huyendo.

No conocía a absolutamente nadie además de Diana y Syndra. Era claro que, la persona que había invitado a Syndra, no era uno de sus compañeros de la preparatoria, sino más bien algún conocido universitario.

—Hey, preciosa. —Nami apenas pudo escuchar la voz de una chica entre tanto bullicio. Miró a su izquierda en el sofá donde estaba junto a Diana—. Lo siento, estoy un poco perdida. Serías tan amable de decirme ¿dónde puedo encontrar un tequila tan ardiente como tú?

De cabello rojo, con pequeñas y casi imperceptibles pecas adornando sus sonrosadas mejillas, ojos tan azules como el mar, labios carnosos, figura envidiable y una voz bastante melosa. La desconocida, que se encargó de echar del sofá al joven que había estado sentado a su lado, se inclinaba hacia ella, dejando ver su escote.

Nami no pudo evitar fijar sus ojos en el escote. La posición de la joven, su meneo insistente y la forma en que dejó caer su mano sobre su pecho eran una invitación más que descarada de su parte a que Nami mirara sus pechos.

Incluso tenía pecas allí.

—L-Lo siento, yo no… no soy… uh. —Nami sintió la mano de Diana sobre la suya y volteó a mirarla, confundida. Ella estaba bastante nerviosa—. En la cocina, de seguro habrá un montón.

—¿Por qué no me llevas a la cocina? —insistió la pelirroja, tomando su mano izquierda y acercándose demasiado a Nami. Olía a alcohol exquisitamente mezclado con un perfume dulce—. Acabo de llegar, no sé dónde está.

—Uh, no. La verdad es que… no creo que pueda ahora. —respondió Nami, intentando ser lo más amable posible—. Si pasas ese arco y luego vas a la izquierda, encontrarás la cocina. Está llena de licores.

—¿Quizás pueda traerte un trago? —dijo la joven, mordiendo su labio inferior. Ella le dió una rápida mirada a la mano derecha de Nami, que estaba entrelazada con la de Diana—. ¿O tu novia no te deja beber un trago con desconocidas?

—¿Qué? ¿Novia? Ella no. —susurró Nami. Sin embargo, Diana jaló un poco su mano, pegándola más a ella en el sofá. Era obvio que intentaba ayudarla a zafar de la desconocida, pero no necesitaba ayuda—. Mi amiga está bien. Y no, no puedes traerme un trago… porque no bebo.

—Oh, pero ¿eres gay? —indagó la joven, sonriendo con picardía.

—Uh… no lo sé, ¿bisexual? —dijo Nami, insegura.

—¡Fantástico! Yo también soy bisexual y estoy soltera. Esas son tres cosas en común. —comentó la pelirroja, ampliando su sonrisa al descartar la posible competencia.

—De hecho, sólo son dos. —dijo Diana, arqueando una ceja.

—Somos bisexuales, solteras y bastante sexys. —enumeró la pelirroja, sorprendiendo a Diana—. ¿Lo ves? Es como si fuéramos hechas la una para la otra. —La joven posó una de sus manos en la rodilla izquierda de Nami, que sintió un hormigueo en su vientre—. Y dime, ¿qué hace una preciosa chica como tú, y su amiga, en una fiesta como esta si no beben alcohol?

Nerviosa por el claro coqueteo de la desconocida, Nami apretó la mano de Diana, haciendo que ella la mirara. No sabía qué hacer ante eso, nunca le habían coqueteado de forma tan directa.

—Cuidamos a alguien. —contestó Diana, intentando sonar enojada—. Y, por favor… no.

Diana colocó su mano sobre la de la joven, apartándola de la rodilla de Nami. Al instante los ojos azules brillantes se oscurecieron y la sonrisa coqueta se volvió una sonrisa desafiante.

—¿Por qué no? —preguntó la desconocida y Diana la miró con fingido enojo.

—Porque la estás haciendo sentir incómoda. —respondió Diana, frunciendo un poco el ceño—. Escucha, no queremos problemas. Ella no bebe, ya te dijo dónde está la cocina. ¿Por qué no vas a buscarte algo de beber y coqueteas descaradamente con alguien más?

—Porque quiero coquetear descaradamente con tu amiga y no con alguien más, ¿hay un problema con eso? ¿Quizás te gusta tu amiga? —preguntó la pelirroja y Diana abrió sus ojos con sorpresa.

Su mirada desafiante fue demasiado para la peliblanca, que se levantó del sofá, nerviosa.

—Iré por Syndra. —murmuró Diana, alejándose con prisa.

—¡Diana, espera! —exclamó Nami, queriendo ponerse de pie, pero la joven se lo impidió—. ¿Qué? Uh… yo… escucha, amig-

—Soy Sarah, Sarah Fortune. —dijo la pelirroja, tomando la mano derecha de Nami con delicadeza—. Es un verdadero placer conocerte.

—Nami. Y… sí, es un placer. —contestó la pelinegra, más por cortesía que por cualquier otra cosa—. Escucha, Sarah… realmente tengo que ir con mi mejor amig-

—¡Oh, pero ella te dejó atrás! —exclamó Sarah, acercándose a Nami tanto como el sofá se lo permitía—. Lo siento por hacerte sentir incómoda, la verdad no era mi intención. ¿Hay algo que pueda hacer para hacerte sentir mejor?

—Quizás si me dejas i-

—Ya que no bebes, quizás podría invitarte algo más ligero, un cóctel. ¿Te gustaría? —preguntó Sarah, acariciando el dorso de su mano izquierda.

—La verdad yo n-

—¡Lo prepararé yo misma! —la interrumpió Sarah, insistente—. Bebes tu cóctel, bebo un trago, hablamos, conectamos, nos besamos, seguimos hablando, volvemos a besarnos. ¿Te parece?

—No. —negó Nami, moviendo su cabeza de un lado a otro de forma suave—. Escucha, Sarah. No bebo. Ni cócteles, ni tragos, ni nada que contenga alcohol. No fumo, ni cigarrillos de nicotina ni de cualquier droga. No bailo. Y definitivamente no me beso con desconocidos en fiestas. Así que me veo en la obligación de rechazar tu humilde oferta de la manera más amable.

Levantándose del sofá, Nami le regaló una pequeña sonrisa a la pelirroja.

—Espero que te diviertas y puedas encontrar alguien más para conectar. —fue lo último que dijo Nami.

Ignoraba quién era esa chica. De hecho ignoraba que la había dejado petrificada en el sofá. Sarah casi perdió el color de su rostro cuando Nami se levantó y se fue. Se alejaba de Sarah como si no fuera más que un mueble, parte de la decoración de la casa.

Nami buscó a Diana y a Syndra por la casa. Le tomó casi quince minutos, y cuando las encontró en el baño de la casa, Nami tuvo que cubrir su nariz al hallar un hedor desagradable.

Sin saber qué unos ojos azules la siguieron por todo el lugar, Nami se acercó a sus amigas.

—¿Qué pasó? —preguntó Nami, asqueada.

—Vio a Zed con otra chica. —gruñó Diana, manteniendo el cabello blanco de su amiga lejos del inodoro—. Ya sabes cómo acaba cuando lo encuentra en una fiesta con otra.

—Joder, Syndra, vamos. —se quejó Nami, acercándose al inodoro e intentando levantar a Syndra—. Vámonos a casa.

—Ugh… lo odio… maldición. —gruñó Syndra, intentando quitarse sus zapatos de tacón—. Ella ni siquiera… no es ni la mitad de sexy… que yo.

—Lo sabemos, Syndra. Lo sabemos. —dijo Diana, ayudándola a sacarse sus zapatos. Arregló el cabello de Syndra detrás de sus orejas, tratando de que no se notara mucho lo mal que estaba al salir del baño—. Tú eres la más sexy de toda Jonia.

—¡Lo soy! —exclamó Syndra, cerrando su boca con fuerza instantes después de decir aquello—. Ah… Dian-

—¡Iugh! —se quejó Nami, retrocediendo varios pasos ante el vómito de su amiga, que se esparció en el suelo del baño y llegó a manchar los jeans de Diana—. ¡El inodoro está a tu izquierda, ebria!

—¡Jódete, Nami! —exclamó Syndra, pasando una mano por su boca y levantándose sin ayuda—. Vámonos antes de que alguien… note que estamos aquí.

—Estos eran mis jeans favoritos. —susurró Diana, tomando los zapatos de Syndra y poniéndose de pie—. Odio las fiestas, ¿por qué estoy aquí? Hoy había lluvia de estrellas.

Abriendo la puerta del baño, Syndra gruñó.

—Jódete tú también, Diana- ¡Whoa!

Tambaleándose, Syndra casi se cae de no ser por la persona que la sostuvo y evitó que estampara su rostro en el suelo.

—Tranquila, Fae'lor. —Nami alzó la mirada al reconocer la voz de una joven—. Joder, apestas a fracaso amoroso.

—¡Jódete, maldita Fortune! —exclamó Syndra, zafándose del agarre de Sarah, que retrocedió con una sonrisa burlona en los labios—. Jódanse todas, carajo.

—Debiste dejarla caer. —dijo Diana entre dientes, caminando con prisa en dirección a Syndra para ayudarla a bajar las escaleras a la primera planta—. Déjame ayudarte.

—Uh… gracias. —susurró Nami, pasando por un lado de Sarah—. Gracias por ayudarla.

—No fue nada, preciosa. —dijo Sarah, mordiendo su labio inferior con ansias—. Nos vemos por allí.

—Claro… nos vemos. —se despidió Nami, sonriendo un poco antes de seguir a sus amigas a la primera planta.

A diferencia de Syndra, Nami estaba más preocupada por su iPod y sus auriculares que por el teléfono de su mejor amiga. Lo que la hizo ignorar el hecho de que el celular no estaba en su pequeño bolso sino en manos de Sarah.

Luego de esa noche, que Diana catalogó como una pérdida de tiempo, el trío de amigas se encontraba en el centro comercial, buscando una tienda en la que adquirir un nuevo teléfono para Syndra, que no había parado de culparlas por haber perdido el anterior.

Entonces pasó.

Nami lo llamaría el inicio, pero había iniciado cuando se miraron en la fiesta. Al menos para Sarah.

—¿Uh? Qué extraño. —dijo Nami, abriendo WhatsApp para mirar el nuevo mensaje que acababa de recibir, de un número no agendado—. "Hola preciosa". ¿Qué diantres?

—En pleno siglo veintiuno, ¿quién dice diantres? —preguntó Syndra, mirando con atención los teléfonos en una de las tiendas—. No lo sé… ¿esto tiene buena cámara?

—Sólo tómalo y vámonos, es el más nuevo del mercado. —dijo Diana, observando a su amiga mover el teléfono en sus manos.

—¿Viene con forro? ¿Y audífonos? —preguntó Syndra, intrigada.

"Lo siento, quién eres?"

Respondió Nami, fijándose en Diana y Syndra, que se acercaron a la caja registradora de la tienda.

—¿Cómo puede ser tan cara esta porquería? —preguntó Syndra, tomando la bolsa con su compra—. También voy a necesitar mi número de vuelta. No puedo sólo perder mis contactos.

Su teléfono volvió a vibrar y Nami volvió a mirarlo.

"Ya me olvidaste? Eso me pone triste, yo pense que habiamos conectado :("

—¿Cómo consiguió mi número? —se preguntó Nami, contrariada. Las personas en la fiesta conocían a Syndra, sí. Pero ella no pudo reconocer a nadie además de sus dos amigas—. Hey, Syndra.

—¿Qué pasa? —indagó su amiga, encendiendo su nuevo teléfono—. ¿Qué tienes?

—Esa chica de la fiesta, a la que llamaste Fortune. ¿La conoces? —preguntó Nami, respondiéndole a Sarah con una pregunta.

"De donde sacaste mi numero? :I"

—La verdad, sólo sé lo que me han dicho de ella. —respondió Syndra con desinterés—. Me la presentó Varus hace un par de semanas. Es de intercambio, tiene una beca en nuestra universidad.

—¿Y qué te han dicho? —preguntó Diana, intrigada.

—Uh… bueno, escuché que, si alguien ha tenido más sexo que yo, a esta edad, esa persona definitivamente es Sarah Fortune. —dijo Syndra, pensativa—. Aunque obvio que para ella es más fácil, porque es bisexual. Coge con todo lo que se mueve.

—Oh… vaya. —susurró Nami, leyendo la respuesta de Sarah.

"Digamos que tenemos conocidos en común ;)"

—Ella estaba coqueteando con Nami. —dijo Diana, sonriendo un poco—. Es bastante atrevida, creo.

—¡¿Estaba coqueteando con Nami?! —preguntó Syndra, observando a sus amigas con sorpresa—. Al fin, Nami perderá su virginidad. Y con una fuckgirl, ¿quién lo diría?

—Ja, ja, ja, qué graciosa. —se quejó Nami, rodando sus ojos—. No lo creo, la verdad no estoy lista para una relación.

La risa escandalosa de Syndra causó que tanto Diana como Nami arquearan una ceja.

—¿Quién dijo que tendrían una relación? Nami, por los espíritus. —dijo Syndra, negando con su cabeza—. Ella va a follarte e irse al carajo, seguro luego ni recordará tu nombre. Aunque… la verdad, no lo sé. Te digo que no la conozco, sólo he oído cosas de ella.

—Sí, bueno. No deberías ir hablando de la gente de esa forma si no la conoces más allá de "escuché eso de ella". —dijo Nami, observando la foto de perfil de Sarah.

No tenía idea de qué decirle.

Ni siquiera estaba segura de tener el tiempo para conocer a alguien, ya sea como amiga o algo más. Su primer semestre de la universidad comenzaría pronto y no quería distraerse de sus estudios.

Recibir mensajes era algo extraño para ella si no se trataba de sus dos mejores amigas.

Por eso Nami se sintió rara cuando Sarah comenzó a romper su rutina. Le escribía en medio de una lectura y la llamaba durante su hora de pintura o cuando estaba a punto de entrar en la piscina de su casa.

En un par de semanas, Nami había hablado más con Sarah que con sus padres en toda su vida. Sentía que la conocía y se llevaban bien, le gustaba las llamadas que podían durar horas mientras ella estaba en su casa, disfrutando de sus últimos días libres antes de iniciar la universidad.

Hablaban de cosas que les gustaban, como música, películas, series e incluso libros. Nami nunca se imaginó que Sarah fuera el tipo de chica que leía novelas de romance, pero conocía algunas y leía las recomendaciones que Nami le hacía.

Encontró que podía hablar con ella de todo y nada a la vez y por supuesto que Sarah le llamaba la atención. Era amable, graciosa, confiada y coqueta. Era bastante distinta a Nami en ciertos aspectos, pero muy similar en gustos.

No se sorprendió de verla en la universidad y que incluso se sentara en su mesa durante el almuerzo algunas veces. Comenzaron a verse en la universidad, durante los cortos periodos en los que no tenían clases y todo era maravilloso para Nami.

Pero no tardaron mucho en llegar a sus oídos los rumores.

Al principio eran rumores de una tal Sarah. "Tuvo un trío en la fiesta del viernes", "ha besado a todo el equipo de fútbol de la universidad", "me ha chupado el pene en la biblioteca". Eran desagradables. La mayoría del tiempo los escuchaba simplemente porque alguna persona en sus grupos de estudios lo decía en la biblioteca.

Pero a Nami más que nadie le importaban un comino los rumores de pasillo.

Había muchas Sarah en el mundo. Para Nami, las posibilidades de que las personas hablaran de la Sarah Fortune que ella conocía eran nulas. Ella conocía a Sarah, o al menos eso le gustaba pensar. No era el tipo de chicas que tenía tríos.

—¿Qué harás hoy? —le preguntó Sarah un viernes por la noche, en una llamada telefónica.

—Con Diana y su hermana veremos una película infantil. ¿Frozen? Lo que sea. —respondió Nami, caminando por su casa en busca de lo que necesitarían para pasar la noche—. ¿Por qué? ¿Qué harás?

—Oh… yo… iré a la fiesta de Malcolm, hoy cumple años. Quería saber si podías venir y… ya sabes… hablar, o algo. —dijo Sarah, con un tono de voz bastante bajo—. Pero, está bien… tienes cosas que hacer.

—Ugh, no me gustan las fiestas, lo sabes. —contestó Nami, alzando sus hombros—. Pero, quizás la próxima vez. Avísame con antelación y estaré allí con Diana y Syndra.

—Ah, claro. Lo haré. —susurró Sarah, suspirando—. Nami, yo… quería dec-

—¡Frozen! —exclamó Zoe, entrando a su hogar como perro por su casa—. ¡Veremos Frozen, veremos Frozen, veremos Frozen!

—Por novena vez en lo que va de mes, ¡yay! —dijo Diana con fingida emoción.

—¡Yay, Nami!

—Yay. Dame un segundo, estoy al teléfono, cariño. —dijo Nami a la niña, volviendo a poner su atención en la llamada—. ¿Qué estabas diciendo?

—Nada. Yo… ammm… pasa una excelente noche. —respondió Sarah con rapidez, colgando sin darle oportunidad a Nami de decir nada más.

—¿Quién era? —preguntó Diana, intrigada.

—Sarah. Quería que fuéramos a una fiesta, pero ya sabes. Odio las fiestas. —dijo Nami, mirando extrañada su teléfono—. A veces no la entiendo muy bien.

—Oh, ¿aún hablas con ella? —preguntó Diana, mirando a Nami un poco sorprendida—. La verdad, no sé por qué me extraña. Eres tan amable. Incluso con personas como ella.

—¿Qué quieres decir exactamente con eso de "personas como ella"? —preguntó Nami, cruzando sus brazos por encima de su pecho—. Ella es genial. Tenemos un montón de cosas en común y el tiempo vuela para mí cuando hablamos.

—Oh, no. —susurró Diana—. ¿Te gusta ella?

—¡¿Qué?! ¡No! —exclamó Nami, sonrojada—. Yo no… no… no digas tonterías, Diana.

—Sí, te gusta. —se respondió Diana, riendo un poco—. Sólo… no quiero que salgas lastimada. He oído cosas raras de ella.

—Ay, ¿tú también, Diana? —preguntó Nami, negando con su cabeza—. Si vas a decirme que le gustan los tríos y que chupa pitos en la biblioteca, de informo que la mayoría del tiempo que pisa la biblioteca lo hace para acompañarme a buscar algún libro de anatomía, no para besuquearse con algún imbécil.

—Mmmm, la verdad no es nada que yo pueda confirmar. Odio las fiestas también. Pero una vez la vi con esta chica morena… y luego ella aseguraba haberse besado con Sarah. —intentó explicar Diana, haciendo gestos con sus manos como si eso explicara mejor lo que decía—. Había otro chico que decía que las vio y que incluso tuvieron un trío. No lo sé. Sólo… por favor, dímelo si alguna vez ella… intenta propasarse contigo, ¿bien?

—Pffff. Diana, por favor. —dijo Nami, riendo—. Esos chismes son basura.

Nami pensaba que esas personas no podían hablar de la misma Sarah. Y si lo hacían, sólo estaban inventando tonterías. La Sarah que conocía pasaba más tiempo hablando por teléfono con su mamá que besándose con extraños. Por supuesto que era una persona coqueta, ¿quién no lo sería si fuera como ella?

Además, casi todo el día Sarah estaba escribiéndole, había cero posibilidades de que estuviera escribiéndole en medio de un trío… o eso le gustaba pensar.

Pronto entendió que los rumores sí eran acerca de la Sarah que ella conocía, porque comenzaron a involucrarla.

Las personas en su facultad comenzaron a decir que ella era la nueva conquista de Fortune. Decían que las habían visto besarse, pero también que veían a Sarah besarse con seis personas más. Incluso alguna vez escuchó a un grupo decir que ella y Sarah tuvieron un trío con algún deportista.

Por mucho que intentó negarlo, era como si las personas ignoraran lo que decía. Aunque, si era honesta consigo misma, no le importaba en absoluto lo que hablaran los demás. Ella sabía quién era, sabía lo que hacía y lo que no, pero, en parte, comprendía por qué Sarah no le ponía un alto a las personas. Seguirían hablando no importa cuánto intentaran explicar que no eran pareja.

Quizás Nami podía disfrutar que ella acariciara su cabello cuando se sentaban en las áreas verdes de la universidad, pero eso no significaba nada. Tomar su mano mientras caminaban tampoco significaba nada, lo hacía con Diana también. Mirar su boca cuando hablaba era un simple gesto involuntario.

Sus salidas se volvieron frecuentes y no había enojo o rabieta por parte de Sarah cuando ella la rechazaba. Nami incluso le daba otro día para pautar su salida y se ponía de acuerdo con ella en qué lugar y a qué hora verse.

Comenzó a juntarse con sus amigos, Tobías y Malcolm, Sarah le explicó que fueron los primeros amigos que tuvo desde que llegó a Targón, le mostraron los dormitorios de la universidad y los clubes nocturnos de la ciudad. Se llevaban muy bien. Por su parte, Sarah se aventuró a conocer mejor a Syndra y a Diana, llevándose muy bien con ésta última a pesar de su clara incomodidad al principio.

Escuchó la historia de cómo obtuvo una beca en la universidad y cómo conoció a Tobías y a Graves. También, Sarah le enseñó su catálogo de tatuajes y le habló del curso que había hecho el pasado año en su estadía por Noxus para aprender a tatuar.

A Sarah le encantaba la música, de todo tipo. Incluso había tocado alguna vez la guitarra, pero sólo pudo hacerle una pequeña demostración vía videollamada de facebook. Tocó "la cucaracha" para ella porque era la única canción que recordaba cómo tocar.

Se sorprendió de haber encontrado en Sarah a una amiga, incluso cuando en algún momento llegó a pensar que la pelirroja sólo quería acostarse con ella.

No obstante, cuando Nami comenzó a sentirse incómoda por las constantes menciones de Samira en las conversaciones de Sarah, supo que algo no estaba bien.

La incomodidad de Nami con Samira comenzó cuando la joven morena; de cabello oscuro, ojos verdes, sonrisa perfecta, atlética e inalcanzable; se hizo cada vez más y más presente en la vida de Sarah. Estudiaban juntas, no era como si pudiera decirle a su amiga que no hiciera más amigos.

No comprendía por qué, pero simplemente no soportaba ver a Sarah al lado de Samira.

Lo comprendió durante las dos cortas semanas de verano que tenían libre de la universidad luego de culminar su primer año educativo, antes de empezar el siguiente. Era de noche, se vieron en su casa para ver una película. Una película romántica.

A mitad de la película, Sarah había bostezado. Estiró sus brazos, alzándolos sólo para luego reposar su brazo derecho sobre los hombros de Nami.

No supo más de la película.

Mientras Sarah parecía muy tranquila y atenta a lo que veía, Nami sentía su corazón querer salirse de su pecho.

Con cada escena de beso, ella no podía evitar voltear a mirar a Sarah de reojo.

Fue casi una tortura. Darse cuenta de que sentía cosas por aquella chica a la que ella misma se había impuesto ser sólo amigas. Sentirse insegura por lo que pasaría si Sarah la descubría.

—Fue graciosa. —dijo Sarah cuando los créditos comenzaron a correr—. La parte en la que bailaban y cantaban. Muy graciosa.

—Ja… sí. —susurró Nami, sin levantarse del sofá ni apartar la mano de Sarah de sus hombros—. Mucho.

—No parece que te divirtieras. —dijo la pelirroja, arqueando una ceja—. ¿Te pasa algo?

—¡No! ¿A-A mí? No… no es nada. —dijo Nami, sintiéndose nerviosa—. Es sólo… tengo mucha sed, ¿tú no? Voy a buscarnos agua.

—Por supuesto. —respondió Sarah, sonriéndole con amabilidad.

Prácticamente huyendo, Nami salió de la estancia y se dirigió a la cocina de su hogar. Era muy probable que su mamá llegara en la madrugada, como siempre. Su papá la siguiente semana. No había caído en cuenta de que estaría sola con Sarah el resto de la noche, sin nadie que la salvara de una situación incómoda como la de darse cuenta que estaba derretida por su amiga.

Diana, quizás. Pero Zoe estaba enferma, no había fuerza sobrehumana que alejara a Diana de su hermana menor en ese momento.

—Oye, ¿tienes beb… Nami? —preguntó Sarah, observando a la pelinegra en una esquina de la cocina, en posición fetal, con su teléfono en la mano—. ¿Estás bien?

—¡Sí! —exclamó Nami, poniéndose de pie con rapidez—. Estaba… sólo… ¡mi mamá vendrá pronto! Creo que… mejor… ya sabes… calabaza, calabaza, cada quién para su casa.

—Oh, está bien, quiero conocerla. —dijo Sarah, recargándose de la isla en el medio de la cocina—. ¿Es tan hermosa como tú?

—¿Qué? ¿Mi mamá? No. No es… no. No voy a responder eso. —murmuró Nami, manteniendo sus ojos en la piel del vientre de Sarah que podía ver por la posición en la que se encontraba la pelirroja. Podía ver la perforación en su ombligo—. Joder, eres caliente.

—¿Perdón?

—¡Nada! Yo… tú… esto… es que… mierda. —murmuró Nami, bajando la mirada al suelo. El nerviosismo iba a matarla—. Sarah… yo… creo que… tenemos que hablar.

—No lo digas... sé lo que piensas y yo pienso lo mismo. —aclaró Sarah, acercándose lo más que pudo a Nami—. Acepto.

Arqueando una ceja, Nami no pudo evitar soltar una risa. Algo tenía claro Nami, esta chica sabía hacerte sentir nerviosa y reír al mismo tiempo.

—Aceptas… ¿qué? —indagó la pelinegra, recargando su espalda del refrigerador.

Tuvo que contener su respiración cuando Sarah apartó un mechón de cabello oscuro detrás de su oreja, sin apartar sus ojos azules de los verdes de Nami.

—Salir contigo, por supuesto. —respondió Sarah, resbalando sus dedos desde su oreja hasta su barbilla con delicadeza—. ¿No es eso lo que quieres? Que tengamos otra cita.

—¿C-Cita? Ja… eso… esto no es… ¿esto es una cita? —preguntó Nami, riendo entredientes.

—Si no es una cita, entonces ¿qué es? —fue el turno de Sarah para preguntar. Apartó su mano de la barbilla de Nami, acercándola a la puerta superior del refrigerador para tomar una foto que estaba adherida allí con un adorno imantado—. ¿Esta es tu mamá? Se ve un poco muy mayor.

—¿Qué? No… es-era… era mi abuela. —respondió Nami, sonriendo con melancolía al ver la foto que sostenía Sarah en sus manos—. Mi mamá es la que está aquí. Sí. Estos son mis padres.

Sarah observó con interés cómo Nami tomaba una foto que estaba justo en su espalda. La miró, notando la diferencia en el rostro de la niña pelinegra que parecía tener casi la misma edad en ambas fotos.

—Te ves mucho más feliz aquí. ¿Por qué es eso? —indagó Sarah, intrigada.

—Oh, eso es porque… mis padres casi no… uh… mi abuela me crio hasta que tuve diez años. Luego a ella… le diagnosticaron alzhéimer. —dijo Nami, rozando con sus dedos la foto que sostenía Sarah—. Sólo vivió los siguientes tres años en una clínica especializada. Apenas la veía y… la mayoría del tiempo, me sentía más mal viéndola que dejándola de ver, así que… uh, no la visitaba mucho. Ella murió hace seis años y… bueno, mi papá comenzó a estar más tiempo en casa, pero… ya sabes, no era lo mismo.

—Me imagino. —murmuró Sarah, observando a la pelinegra con total atención.

—Sí… es un poco triste, porque mi cumpleaños pasado me di cuenta de que… mis padres ni siquiera me conocen para nada. —susurró Nami con su voz algo temblorosa—. Hace dos años estábamos en una situación bastante complicada económicamente hablando, pero el año pasado decidieron regalarme un carro porque "Syndra tiene uno y yo debería tener uno también". No tienen idea de que me da pánico la simple idea de manejar.

—¿Es así? —indagó Sarah, colocando su mano izquierda sobre el hombro de Nami.

—¡Demonios, sí! —exclamó Nami, riendo un poco. Limpió sus ojos con algo de brusquedad, negando con su cabeza—. Cuando vamos en el coche de Syndra, ni siquiera puedo ir en el asiento del copiloto. Prefiero ir atrás con Zoe.

—¿Quién es Zoe? —preguntó Sarah, acariciando con parsimonia la espalda de su acompañante.

—La hermana menor de Diana. Ella tiene siete años. —aclaró Nami, sonriendo con nerviosismo—. Ni siquiera sé por qué aclaré eso.

—Ni yo. —dijo Sarah, riendo un poco.

—Bueno… el punto es que… hubiera preferido uno de estos porópteros enormes. Ya sabes. Esos de peluche que tienen antenillas y alas que brillan en la oscuridad. —explicó Nami, dejando la foto de sus padres en el refrigerador—. Pero a mamá le encanta presumir. "Mi Nami estudiará medicina como yo", "mi bebé tiene un auto y puede manejar", "es la mejor de su clase", "es el orgullo de la familia". ¡Ni siquiera tengo licencia de conducir!

—Espera… ¿te compraron un carro, pero no te pagaron clases de conducción? —indagó Sarah, confundida.

—¡Exacto! —exclamó Nami, riendo con desgano—. Eso… eso me dio mucho que pensar, para ser honesta. Yo… sólo… supongo que era mucho más feliz estando con mi abuela que con cualquiera de ellos dos.

—Eso… es duro, amiga. Lo siento. —susurró Sarah, mirando con pesar a su mejor amiga—. Yo no podría imaginar mi vida sin mi mamá. Ella es la mejor.

—¿Lo es? —indagó Nami, interesada.

—¡Por supuesto! Ella es la mejor mamá del mundo mundial. —aseguró Sarah, sonriendo con alegría al hablar de su mamá—. Siempre ha estado para mí, aunque es un poco difícil ahora, porque yo estoy aquí y ella allá. Aun así, sé que me extraña tanto como yo a ella e intentamos no perder la comunicación.

—¿Es ella como tú? —preguntó Nami, tomando la foto de su abuela y dejándola en el refrigerador.

—¿Caliente? No lo sé, es mi mamá. —respondió Sarah, haciendo reír a Nami con nerviosismo—. No, ella es mucho mejor. Yo sólo… algunas veces pienso que soy como una piedra en el zapato para ella, porque le doy tantos problemas.

—¿Qué clase de problemas? —indagó la pelinegra, alejándose de Sarah para dirigirse a los estantes de la cocina. Sacó un tazón de vidrio y lo colocó sobre la isla—. Como… ¿bebías alcohol antes de ser mayor de edad y ella tenía que buscarte en las fiestas?

Sarah rió, asintiendo con su cabeza.

—Ella siempre me dijo que, si bebía, debía ir al baño muy seguido para no emborracharme tanto. Y comer más de lo que bebía. —explicó Sarah, cruzando sus brazos por debajo de su pecho. Observó a Nami estirarse para intentar alcanzar una bolsa de papas fritas de los estantes de la pared. Se acercó a ella, alcanzando la bolsa para entregársela—. Siempre fue muy abierta conmigo. No es como "las personas están manipulando a mi bebé", era más como "yo sé quién es mi hija, sé de lo que es capaz y sólo voy a limitarla cuando haga algo indebido".

—Eso suena increíble. —murmuró Nami, abriendo la bolsa para depositar una cantidad considerable del contenido en el tazón—. Mi mamá moriría de vergüenza si alguna vez le tocara recogerme ebria de una fiesta. Me mataría en vida.

—Eso es basura. Aunque… la verdad siempre intenté no ser un problema para mi mamá. Lo intento, pero… es como si no pudiera parar de hacer cosas estúpidas. —susurró Sarah, mirando con detenimiento cada uno de los movimientos de Nami en la cocina—. Honestamente, no sé qué haría si tuviera que volver a las quimios.

—¿Qué? —preguntó Nami, consternada.

—¿Eh? Ah… sí… mamá tuvo cáncer de mama. Gastó un montón de dinero en su recuperación. Fue cuando yo era una niña, pero para su desgracia, le dijeron que había riesgo de metástasis. —dijo Sarah, sonriendo con pesar—. Ha pasado un montón de tiempo desde entonces. Ella siempre va a sus chequeos y se cuida de la mejor manera, porque más vale prevenir que lamentar.

—¿Eras sólo una niña? —preguntó Nami, mirándola con pesar—. Debió ser muy duro para ti verla así.

—Lo fue… de verdad que lo fue. Fue la segunda cosa más dura que he vivido. —murmuró Sarah, acercándose a Nami en la isla de la cocina.

—¿Cuál fue la primera?

—Separarme de ella, sin duda. —respondió Sarah, sonriendo con desgano—. Realmente la extraño mucho.

—¿Por qué no estudias en Aguasturbias, entonces? —indagó la pelinegra, intrigada—. Estoy segura de que alguna universidad o instituto imparte tu carrera.

—Eso… es una historia para otro día. —susurró Sarah, suspirando—. Pensé que nos buscarías agua.

—¡El agua! —exclamó Nami, dirigiéndose al refrigerador. Entendió, por la mirada que le dio Sarah, que no quería hablar del tema—. Tengo otras cosas para beber, si te interesa.

—¿Sabes qué me interesa? —preguntó Sarah, mirando a Nami de arriba abajo.

—No tenemos licor en esta casa. —aclaró Nami, haciendo reír a Sarah. La pelinegra sacó un jugo del refrigerador—. Hablo en serio. Mamá sólo bebe vino. Puedo servirte una copa, pero eso es todo lo que recibirás de mí.

Sarah caminó hasta ella de nuevo, cerró la puerta del refrigerador cuando Nami se separó un poco de él y la acorraló contra el electrodoméstico, colocando sus manos a los lados de la pelinegra. Los ojos verdes de Nami sólo se encontraron con los suyos por un segundo, pues al instante la joven bajó la mirada.

—¿No es esta una cita? —indagó Sarah, notando cómo Nami tomaba una larga respiración, conteniendo el aire debido a su cercanía—. Me puse de mi perfume más caro y mis mejores jeans, porque pensé que sería una cita.

—Yo… no…

—Y tú… diablos, Nami, tú… te ves tan hermosa hoy. Te pusiste este lindo vestido y un poco de maquillaje… incluso ondulaste más tu cabello. —murmuró Sarah, acercando su mano derecha al mechón de cabello que tenía Nami sobre su hombro—. ¿Para qué? ¿Para ver una película con una amiga? ¿Haces esto para ver Frozen con Diana y… Zoe?

—N-No en realidad.

—¿Lo haces para ir al centro comercial con Syndra? —volvió a preguntar Sarah y Nami sólo negó con su cabeza como respuesta —. Entonces… ¿por qué lo hiciste?

—¿Lo haces con Samira? —preguntó Nami, dejando escapar el aire de sus pulmones en un suspiro sonoro y levantando la mirada por fin—. Ponerte este perfume, estos jeans, pasar tu brazo por encima de sus hombros, acariciar su espalda, adular su belleza… ¿lo haces con Samira, también?

—¿Qué? Por supuesto que no. —negó Sarah, arqueando una ceja—. ¿Por qué lo haría con ella? No siento nada por ella.

—¿Y sientes cosas por mí? —indagó Nami, apretando el envase de plástico del jugo de naranja entre sus manos.

—Creí que era bastante obvio. —susurró Sarah, deslizando su mano por el cuello de Nami, subiendo hasta su barbilla—. Por supuesto que siento cosas por ti, Nami. Siento muchas cosas por ti

—También tiendo muchas cosas por ti. —admitió Nami, mordiendo su labio inferior con ansias—. Pero… la verdad, es que yo-

—No lo arruines con palabras, nena.

Lo dicho por Sarah fue suficiente para que Nami callara. Cerró sus ojos ante la caricia de los dedos de Sarah en su barbilla y le permitió cortar la distancia entre ellas lo suficiente como para que sus respiraciones chocaran.

—¿Nami? —el ruido de la puerta principal cerrándose causó que Nami empujara a Sarah, colocando el envase de jugo en el pecho de la pelirroja—. ¿Estás despierta?

—¡Sí, mamá! —exclamó Nami, sintiendo su rostro calentarse y sus manos temblar.

—Oh, estás con alguien. —habló la mujer, entrando a la cocina y mirando a Sarah con curiosidad—. Y no es Diana ni Syndra. ¿Quién es esta jovencita? Nunca la había visto antes.

—Sarah Fortune, un placer. —habló Sarah, con total normalidad. Extendió una de sus manos a la mujer de cabello tan negro como el de Nami—. Soy amiga de Nami, de la universidad.

—Erali, el placer es mío. —dijo la mujer, tomando la mano de Sarah y sonriéndole con amabilidad a la pelirroja—. ¿Supongo que estudias con ella?

—No, yo… estudio ingeniería. Nos conocimos en… el campus… y… eso. —murmuró Sarah, sintiendo la mirada de Nami a sus espaldas—. Estábamos viendo una película, pero ya acabó y… de hecho, yo estaba por irme, así q-

—¿Y por qué? ¿No la invitarás a cenar? —preguntó la mujer mayor, arqueando una ceja a su hija—. ¿Dónde están tu- Nami estás bien?

—¡Sí! Completamente bien. Estoy de maravilla. ¿Por qué no lo estaría? Yo… estoy… estoy muy bien, ¿por qué lo preguntas? —contestó Nami con nerviosismo, alejándose de su mamá cuando ella intentó acercar su mano hasta su frente—. Sarah estaba por irse y yo estaba por ir a dormir, porque mira la hora, son las nueve, mañana tiene… que… hacer… esta cosa-

—¡Correcto, esta cosa! —exclamó Sarah, tocando su frente a modo de haber recordado algo—. Tengo que hacerla mañana temprano y…mejor sólo me voy, señora Erali.

—¿Estaban bebiendo? —preguntó Erali, acercándose a Nami lo suficiente como para olfatear su aliento—. ¿Fumando algo? ¿Qué estaban haciendo en realidad?

—¡Viendo una película! —exclamó Nami, permitiéndole a su madre requisar su vestido en busca de alguna sustancia indebida—. Mamá, esto es incómodo.

—No soy idiota. Estabas haciendo algo, lo sé. Siempre pones esa cara cuando quieres ocultarme algo. —habló la mujer, mirando ahora a Sarah con sospecha—. ¿Tienes algo que decir para ganar mi confianza, Sarah?

—Estábamos viendo una película. Se lo juro, puede requisar los bolsillos de mis jeans y oler mi aliento. —aseguró Sarah, extendiendo sus brazos a modo de que la mujer pudiera requisarla.

Desconfiada, Erali sólo se acercó lo suficiente como para olfatear el aliento de Sarah y se alejó de ella, asintiendo con su cabeza al no encontrar ningún olor a alcohol. Por primera vez, Nami notó la bolsa que traía su madre, la cual colocó sobre la isla de la cocina.

—Traje comida joniana. ¿Segura que no quieres quedarte a cenar? Hay suficiente para las tres. —dijo la mujer, abriendo la bolsa y dejándole ver a ambas lo que había comprado.

—Mamá, n-

—Oh, ya que insiste, quizás pueda quedarme más tiempo. —dijo Sarah, sonriendo.

Nami observó el techo con fijación. Ni siquiera había entendido cómo fue que Sarah se las arregló para convencer a su madre de quedarse a dormir esa noche en su casa, pero lo había conseguido. Esa era una de las cosas que le fascinaba de Sarah. Ella podía llegar a ser tan carismática y persuasiva, incluso su mamá había caído en el encanto de la pelirroja.

Sarah salió de su baño con su pijama puesto, alzando sus manos y moviendo el torso para mostrarle la cola colgante del pijama de unicornio que Nami tuvo que prestarle.

—¿Cómo me veo? —preguntó Sarah, tomando la cola para hacerla girar.

—Como una traidora. —susurró Nami, volviendo a fijarse en el techo—. Ni siquiera puedo mirarte. Me has traicionado.

—¡Oh, vamos! Estábamos en medio de algo antes de que ella llegara. No podía esperar hasta mañana para seguir hablando contigo. —dijo Sarah, tratando de restarle importancia a la forma en que negó todas las "cosas que hacer" que Nami le inventaba para que su mamá la dejara marchar—. Estábamos hablando de… nosotras. Y eso es muy importante.

—Sarah… no hay un nosotras. Me traicionaste.

—Anda, Nami… hablemos. —susurró Sarah, aventurándose a sentarse en la cama de Nami en lugar de irse a la habitación de invitados—. Dijiste sientes cosas por mí.

—Y las siento. Pero… pero no quiero tener una relación ahora. —dijo Nami, sin apartar su mirada del techo. Sintió el peso de Sarah sentada a su derecha y tragó con fuerza—. No quiero decepcionarte ni que llegues a pensar que sólo estoy… no lo sé, manteniéndote a la espera de algo. Siento algo por ti… y ya. No voy a actuar en base a lo que siento y no va a pasar nada entre nosotr-

—¿Y por qué no? —preguntó Sarah, paseando sus dedos por el brazo de Nami—. ¿No la pasaste bien hoy? La pasé muy bien. Me gusta mirar películas contigo, tomar tu mano, mirarte a los ojos… acorralarte contra tu refri.

—No estoy diciendo que no la haya pasado bien. Pero las parejas requieren tiempo y, quiero ser muy honesta contigo Sarah, yo no tengo tiempo para ti. —susurró Nami, cerrando sus ojos con fuerza al decir eso—. Ni siquiera sé de dónde saqué el tiempo para hacerme tu amiga estos semestre, porque fueron tan horribles.

—Como que lo entiendo. —murmuró Sarah, acariciando ahora el abdomen de Nami por encima de su polera—. Pero… yo conseguí el tiempo. Cuando no podías verme algún día, me las ingeniaba para tener libre un día que tú no estuvieras tan ajetreada y… y así podía verte.

—Sí, pero no se supone que sea así, Sarah. —habló Nami, sin abrir sus ojos—. Se supone que en una relación ambas partes deben hacer eso y yo nunca lo hice. No estoy… no sé si pueda hacerlo, ¿entiendes?

El silencio reinó en la habitación. Por varios minutos, Nami no escuchó otra cosa que la respiración de ambas. La suya estaba un poco entrecortada, nerviosa por la cercanía de Sarah. La de Sarah era más bien calmada, regular.

—Lo entiendo. —susurró Sarah, tomando la mano de Nami para entrelazarla con la suya—. Pero eso no quiere decir que vaya a dejar de intentarlo, ¿entiendes? Voy a seguir haciendo tiempo para verte, seguiré viéndote a la hora del almuerzo y seguiré pidiéndote que seas mi novia hasta que tengas el tiempo para decirme que sí.

—Sarah, eso no es justo para ti.

—Pero es lo que quiero hacer. —dijo Sarah, inclinándose sobre ella para poder besar la mejilla de Nami y causando que ella se sonrojara—. Tú puedes hacer otras cosas. Incluso puedes salir con otra y enamorarte de alguien más, pero yo… yo te quiero a ti.

—Joder, Sarah. —gruñó Nami, girándose para darle la espalda—. ¿Por qué no simplemente te vas con Samira y eres feliz con ella?

—¿Qué te pasa con Samira? —indagó Sarah, confundida

—¿A mí? Nada. ¿Qué le pasa a ella contigo?

—No lo sé, ni siquiera entiendo tus celos.

—¡No estoy celosa! —exclamó Nami, sintiendo su rostro más caliente que antes.

—Shhh… no tienes que gritar. —murmuró Sarah entre risas—. Ya, en serio… ¿qué pasa con Samira? Pensé que te caía bien.

—¿Bromeas? La odio. Está bien, porque, aunque no lo diga, sé que el sentimiento es mutuo. —dijo Nami, girando sus ojos ante la sola idea de estar hablando acerca de Samira—. Ella… se nota que le gustas. Y… bueno, creo que… si no estuvieras encaprichada conmig-

—No es un capricho. —habló Sarah en un tono serio que llamó la atención de Nami—. Escucha, puedes hablar por ti, ¿bien? Puedes decir que lo que sientes por mi es un capricho, ponerle el nombre que mejor te parezca, porque tú más que nadie conoce sus sentimientos… pero no hables por mí, Nami. Por favor, tú no lo hagas.

Nuevamente, el silencio se instaló en la habitación.

Nami permaneció dándole la espalda a Sarah, sintiendo sus ojos arder debido a la presión en su pecho, que le dificultaba cada vez más respirar. Suspirando, Nami llevó sus manos a su rostro, limpiando las lágrimas que apenas comenzaban a salir de sus ojos.

—Parece muy sencillo decir que no es un capricho… pero… realmente, ¿qué sabes de mí y mis sentimientos? —indagó Nami, hundiendo su rostro en su almohada y deseando poder dejar de sentir lo que sea que sentía por Sarah—. No sabes nada, Sarah.

—Quizás no sé todo, pero no es como que no sepa nada sobre ti.

—Sí, he escuchado eso un montón. Uh… no, en realidad, nadie me lo había dicho antes, pero… aun así, es difícil de creer. —dijo Nami, sin alejar su cara de la almohada—. Te apuesto mi laptop que ni siquiera recuerdas cuál es mi película favorita.

—Hacia el abismo. —respondió Sarah al instante. Nami permaneció con sus labios abiertos debido a la sorpresa. Se sentó en la cama, mirando a Sarah con recelo.

—¡Ok, esa era una fácil! Literalmente tengo póster aquí, el libro con cubierta dorada en mi estante y la figura de un metro de la Marai de la película. —gruñó Nami, señalando cada uno de los objetos en su habitación.

—Bien, entonces hazme preguntas. —pidió Sarah, con sus ojos brillando de emoción debido al reto que acababa de autoimponerles—. Hazme preguntas acerca de lo que me has hablado estos meses, y, si contesto correctamente, entonces tú y yo tendremos citas. Sólo eso. No seremos novias ni amantes ni nada. Sólo amigas que tienen citas.

Nami miró su teléfono. Era medianoche.

—Bien, como sea. —dijo Nami, pensativa—. ¿Por qué no me tomo muchas fotos?

—Oh, esa es una larga explicación. Dijiste que es porque no te sientes lo suficientemente atractiva como para que las personas te vieran cada cinco minutos en sus inicios de Instagram. —murmuró Sarah, haciendo sonrojar a Nami—. Pero, siendo honesta, creo que se debe al hecho de que tu mejor amiga es casi una influencer de internet, así que te sientes insegura porque no sabes si ella va a criticarte y por algún motivo eso te aflige mucho.

Mirando a Sarah con su ceño fruncido, Nami se maldijo mentalmente por haberle hablado de este tipo de cosas a una chica que apenas conoció hace ya un año. Ni siquiera su mamá tenía idea de sus problemas mentales con la belleza.

—Plus, creo que eres atractiva. Más específica, eres tierna, muy cute. Es fácil ser sexy, ¿sabes? Sigues los estereotipos femeninos y ya está. Pero, ¿verse tierna? —alegó Sarah, soltando un suspiro—. Demonios, no creo que yo jamás pueda verme tierna. Sexy y caliente, sí; pero tierna, jamás.

—Jódete, Sarah. —gruñó Nami, sintiéndose nerviosa—. ¿Cuál es mi música favorita?

—El metal. —respondió Sarah con simpleza.

—¡Joder! ¿Soy zurda o diestra?

—Zurda.

—¿Tengo hermanos?

—Creo que ya lo habría visto. —respondió Sarah, riendo—. Pero en todo caso, me dijiste que siempre quisiste haberlos tenido.

—¿Cuántas parejas he tenido?

—Ninguna.

—¡Já, por supuesto que he tenido pareja! —exclamó Nami, cruzando sus brazos por encima de su pecho—. Perdist-

—Nami, no es una relación hasta que los dos se miran a los ojos, sienten ese cosquilleo en su estómago o algo, y se dicen "seamos novios". —dijo Sarah y Nami podía sentir el sarcasmo en su oración—. Él nunca te lo pidió, tú nunca se lo pediste. Fue un tonteo.

—¿U-Un qué? —preguntó la pelinegra.

—Un tonteo. Ya sabes, cuando sales con alguien y sienten esta atracción, pero ninguno formaliza hasta que se acaba y al final del día no fueron nada más que conocidos que compartieron fluidos. —explicó Sarah, pareciendo bastante familiarizada con la situación—. Es importante que aprendas a reconocer cuando alguien quiere tontear contigo y cuando quiere algo real. Te ahorrarás la inestabilidad emocional.

—¿Quieres tontear conmigo? —indagó Nami, bastante seria.

—No nos hemos besado, aún, así que técnicamente no estamos tonteando. —contrapuso Sara, y Nami frunció un poco el ceño ante su sonrisa coqueta—. No quiero tontear contigo. Lo que no debería influir en ti, en absoluto. Si quieres tontear conmigo, hazlo… pero… primero deberías aclarármelo, así no me hago ilusiones.

—¿Qué clase de ilusiones?

—Ah… ya sabes… ese tipo de ilusiones en las que dibujas una casita, a ti y al amor de tu vida, con un perro e hijos. —respondió Sarah, nerviosa—. ¿Quieres tontear?

—No, Sarah, no quiero tontear. ¡No quiero nada! —exclamó Nami, suspirando—. De hecho, no es que no quiera nada. ¡No sé qué es lo que quiero! ¿Bien? Pero estoy segura de que quiero ser neurocirujana. Quiero… quiero ayudar personas. Desde que soy una niña siempre he querido ayudar a las personas, porque de alguna forma me hacía feliz y… pero ahora estás tú aquí y yo… yo no… no quiero que vuelva a suceder lo que sucedió con Jhin.

—¿Qué sucedió con Jhin? —preguntó Sarah, intrigada—. A veces lo mencionas, pero nunca entendí qué fue lo que pasó.

—¡Nada! No pasó nada. Y tienes razón, sólo tonteamos. Pero con él me di cuenta de lo mucho que implica tener una relación. —dijo Nami, tratando de ordenar en su mente las palabras correctas que quería decirle a Sarah—. No puedes sólo… ir y meterte en una relación porque te gusta una persona, ¿entiendes? Porque no es un juguete o una mascota. Es una persona. Tus decisiones y el cómo actúas van a influir en las emociones y pensamientos de esa persona y… ¡y si haces algo y esta persona te pidió no hacerlo entonces todo va a ser un caos!

—¿Cómo puede ser tan madura una jovencita de dieciocho años? —indagó Sarah, riendo un poco—. Tienes toda la razón. Las relaciones están sobrevaloradas.

—Y no quiero que todo sea un caos para ti, así como lo sería para mí.

—¿Por qué sería un caos? —preguntó Sarah, tomando una de las manos de Nami y entrelazándola con la suya—. No tiene que serlo si ponemos de nuestra parte.

—Sarah… por favor no me hagas decirlo. Por favor, no me hagas romper tu corazón porque voy a romper el mío también. —susurró Nami, cerrando sus ojos con fuerza—. Por favor, sólo sé mi amiga. Ve con Samira y… y sé feliz con ella. Ten con ella todo lo que quieres tener conmigo y déjame morir sola rodeada de gatos… siendo neurocirujana.

—¿Es por los rumores? —se aventuró a preguntar Sarah, bajando su mirada—. ¿Te incomodan?

—¿Qué? No. No es… ¿c-cuáles rumores? —indagó Nami, nerviosa.

—Las personas dicen que… tú y yo… bueno.

—No me importa lo que digan las personas. —aseguró Nami, negando con su cabeza. Abrió sus ojos notando lo triste que se mostraba Sarah—. Ni siquiera tengo tiempo para estar escuchando rumores tontos. Voy a ser neurocirujana, estoy muy ocupada.

—Es por eso que mencionas tanto a Samira… porque… las personas dicen que te dejé por ella. —susurró Sarah, dejando libre la mano de Nami—. Dicen que era de esperarse porque… eres una nerd y ella… ella es una diosa ardiente.

—Amo ser una nerd. —dijo Nami, rozando los dedos de Sarah con los suyos, sintiendo que quería tomar su mano, pero sabiendo que al hacerlo le daría una idea equivoca a Sarah—. Y… bueno, ella es caliente.

—Escuché que te vieron llorar en el baño por eso una vez…

—¡¿Qué?! ¿Yo? ¡Por supuesto que no!

—Alune me lo contó, no tienes que negarlo. —murmuró Sarah, desanimada.

Y así había sido. En algún momento durante su segundo semestre, cuando Samira comenzó a estar más presente en la vida de Sarah, las personas comenzaron a hablar. Fue un tiempo en el que Nami estuvo más metida en sus estudios que otra cosa y no pudo aceptar varias salidas con Sarah debido a lo ajetreada que era su agenda.

No fue como que ya no hablaban. Nami encontraba que hablar con Sarah mientras estudiaba farmacología la relajaba y lo hizo, claro, pero desde su casa. Solían hablar por horas sin nadie que las viera o molestara y por supuesto que si nadie las veía no habría ningún tipo de rumor acerca de ellas.

En su lugar, comenzaron a hablar de Sarah y Samira, pues estudiaban la misma carrera y se les veía mucho más tiempo juntas del que se le había visto con Nami durante el primer semestre.

Ni siquiera eran algo, pero para la universidad Nami y Sarah ya habían tenido un trío, una orgía, dos hijos, se divorciaron y ahora Sarah estaba en la cúspide de la popularidad mientras que ella era "la nerd dejada".

Alune fue la única que se enteró de esos breves lapsos de llanto. La cubrió en clases y lanzó en un retrete el teléfono de la idiota que la grabó llorando.

Eso no evitó que corriera el chisme. Ahora era "la nerd dejada y llorona".

La vida universitaria apestaba.

—Sarah esto no es por los rum-

—Supongo que… ahora entiendo lo que quieres decir con eso de que lo que haces o no haces afecta a las demás personas. —susurró Sarah, apenas con un hilo de voz. Nami la miró desconcertada—. Por mi culpa las personas comenzaron a molestarte también.

—¡¿Qué?! ¡No, Sarah! —exclamó Nami, negando con sus manos—. No, te juro por los Dioses que no tuviste nada que ver.

—Pero si no fuéramos amigas… si yo nunca me hubiera acercado a ti para hablarte en la universidad, entonces las personas no hablarían de ti también. —dijo Sarah, limpiando una pequeña lágrima de su mejilla—. Lo siento.

—¿Qu-

—Sólo… creo que iré a dormir ahora.

Y Nami se sintió estúpida por permitirle ponerse de pie y salir de su habitación cuando quería hacer todo menos eso. Miró el techo por el resto de la noche y durmió en la habitación de invitados la siguiente noche, encontrando el aroma del perfume de Sarah en las sábanas y en su pijama.

Lloró las siguientes noches, lloró en brazos de Diana, lloró en brazos de Syndra, inclusive se permitió llorar una noche en brazos de su mamá, que no hizo preguntas acerca de lo que le sucedía y sólo se mantuvo acariciando su cabello con parsimonia. No la conocía muy bien, pero parecía entender que no era un buen momento para ella y que estaba llorando por algún romance fallido.

Entonces, tres días antes de volver a la universidad, Syndra decidió dar una de sus maravillosas fiestas en la casa de verano de su familia. La rubia llevó casi a rastras a Nami con ella, pues Diana estaba cuidando de Zoe y no podía asistir.

Syndra estaba jugando "verdad o reto" con un grupo de personas que no eran del agrado de Nami… pero alguien tenía que cuidar a Fae'lor.

Entonces sucedió.

La botella fue girada por uno de los deportistas más imbéciles de toda la universidad. Apuntó a Sarah.

—¿Tienes los huevos de pedir un reto, Fortune? —preguntó él con malicia.

Nami lo odiaba.

—Un reto tuyo debe ser como… algo que definitivamente no quiero experimentar. Me voy por una verdad. —dijo Sarah, con su rostro un poco sonrojado.

Él sacó su teléfono y lo lanzó en medio del círculo de personas, reproduciendo algo. Incluso Nami logró ver a la joven pelirroja y escuchar sus gemidos desde su lugar en una esquina de la habitación.

—¿Eres tú? —preguntó él, riendo—. Keelan dice que lo grabó él mismo el viernes pasado, luego de haberte follado por el culo.

Varios rieron en la habitación.

Pero Nami sólo desvió sus ojos a Sarah, que miraba la pantalla sorprendida. Entonces fue como si el mundo se detuviera para ella. El viernes pasado Sarah estuvo con ella. No había posibilidades de que se viera con Keelan porque pasaron toda la noche juntas. Pero ¿quién le creería? Encogiéndose en su sitio, Nami se cruzó de brazos, manteniendo su mirada en Sarah.

Para su sorpresa, Sarah alzó la mirada y se fijó en ella. La pelirroja perdió el color de su rostro en el momento en que notó que ella había logrado ver el teléfono.

—¡Eres un idiota! —exclamó Syndra, tomando el teléfono y lanzándolo a algún lugar de la habitación—. ¿Qué está mal contigo? ¿Por qué le harías eso a una chica?

—Sí, eres un imbécil.

Mientras las chicas del grupo se quejaban, Sarah se levantó de su sitio, saliendo de la habitación sin decir nada.

—Oh, vamos, Fortune. ¡Era una broma! —exclamó el joven, recibiendo sermones de las chicas presentes.

Ya la había dejado ir de su casa el viernes pasado. La había dejado ir haciéndole creer que el motivo por el que no se aventuraba a estar en una relación con ella eran esos rumores sin sentido. No lo haría de nuevo.

Se las arregló para conseguir el teléfono del chico, dejándolo caer en el retrete y bajando la cadena justo en frente de sus narices antes de prácticamente salir huyendo detrás de la cabellera roja de Sarah, que alcanzó ver saliendo del domicilio por la puerta principal.

Era noche de luna llena. La casa de verano de la familia de Syndra no estaba muy alejada de una playa.

Nami siguió a Sarah por la calle, llamándola, pero sólo causó que Sarah caminara más deprisa. Así que la siguió en silencio, viéndola dejarse caer sobre la arena, muy cerca del mar, luego de estar varios minutos caminando.

Entonces la escuchó llorar.

Sintió su garganta seca. El ruido producido por las olas al golpear la orilla le ayudó a llegar hasta Sarah sin que ella la notara.

La chica estaba devastada. Seguramente había estado bebiendo, fumando y pasándola bien minutos atrás. Pero ahora estaba llorando como una niña frente a la orilla de una playa, con nada más que la luna y el mar como testigos.

Además de Nami.

Cuando Sarah apartó las manos que cubrían su rostro, se encontró con la silueta de Nami a su derecha. Ella la observaba con interés.

—Dioses, no. —susurró Sarah, cubriendo su rostro de nuevo y girando en la arena para darle la espalda—. No me mires.

—Ok… yo… miraré las estrellas. —dijo Nami, en un tono de voz suave—. Me encantan las estrellas y la luna llena. Son como… mi segunda cosa favorita en el mundo.

—La primera es el mar. Lo sé. —murmuró Sarah, sorbiendo un poco con su nariz—. Necesito un tiempo sola, Nami.

—Sí, no lo creo. —aseguró Nami, mirando el cielo—. ¿Alguna vez te enseñé al protector? Puedo verlo perfectamente desde aquí.

—El protector, la llama inmortal, el mensajero… la verdad no recuerdo los demás ahora. ¿Puedes irte? —preguntó Sarah, sin moverse—. Quiero estar sola. De hecho, quiero irme al carajo, pero vine con Graves y no sé dónde está. Seguro está cogiendo con Tobías en algún lugar de la playa.

—Demasiada info. —susurró Nami, haciendo un gesto de desagrado—. Dioses, no.

—¡Nami, sólo vete! —exclamó Sarah, tomando un puñado de arena e intentando aventarlo en dirección a Nami. Cuando la arena fue arrastrada por el viento de vuelta, Sarah tosió—. ¡Maldición, odio aquí!

—Odio a ese imbécil. —afirmó Nami, frunciendo el ceño—. Cree que es muy gracioso. Hay miles de videos de chicas pelirrojas en internet que pud-

—¡Era yo, Nami! —gruñó Sarah, golpeando la arena—. Sí era yo… y lo odio… odio esto. Me odio.

—¿Qué? —preguntó Nami, volteando a mirar a Sarah—. ¿Por qué te odiarías? Eres genial y… y graciosa, talentosa con los tatuajes, tan carismática y risueña. Eres… ¿eras tú? ¿Estuviste con… con Keelan ese día?

El silencio se formó entre ellas. Por varios minutos, lo único que Nami escuchó fue el ruido de las olas. El temor la invadió por la idea de que lo que habían dicho era cierto y sintió un nudo en su garganta al no saber qué decir o hacer.

—Tenía quince cuando fui a… mi primera fiesta. —comenzó a decir Sarah, sin voltear a ver a Nami—. Era una idiota. Soy una idiota. Pero antes lo era más y… estaba algo borracha. Stephen, un amigo de mi infancia, me dijo que podía llevarme a casa, tenía el auto de su papá y yo vivía camino a su casa, así que pensé "¿por qué no?". —siguió relatando Sarah. Nami apretó su mandíbula cuando ella se mantuvo en silencio, temiendo lo peor—. Me quedé dormida. Pero todo estuvo bien, o eso creí. Cuando llegué a casa sólo me fui a dormir. El fin de semana estuvo bien. Pero la tortura comenzó el lunes de la siguiente semana, en clases.

Sarah sorbió un poco con su nariz, girando en su sitio para poder mirar el cielo. Cerró sus ojos cuando notó que Nami estaba mirándola.

—Él había… usado mi mano para… masturbarse. Acabó en mis jeans. Tomó unas fotos. Dijo que le había chupado el pene. —narró Sarah, sintiendo que de nuevo tenía quince años y era ese fatídico lunes—. La semana pasada a ese día, era "Fortune". Ese lunes comencé a ser "la chica fácil". Todos en los pasillos me miraban como… como si fueran unos animales hambrientos y yo... un pedazo de carne. —dijo Sarah, sintiendo su voz flaquear—. Fue traumático, ¿sabes? Descubrir que esta persona, este chico con el que tenía una amistad larga y en el que confié… me abusó. Y no conforme con eso, expuso su abuso y fue catalogado como "un héroe", mientras que yo… yo era "la fácil".

—Ven aquí. —susurró Nami, cuando observó una lágrima deslizarse por el rostro de Sarah. Se acostó en la arena, abrazando a Sarah y permitiéndole llorar en su pecho—. Eres… eres una persona maravillosa, Sarah.

—¡He sido la chica fácil los últimos cinco años de mi vida, Nami! Y era horrible estar en clase, era horrible ser mirada como a un objeto. —exclamó Sarah entre dientes—. Y mi novia, porque tenía novia en ese momento… ¡mi novia me dejó por ser una "vulgar prostituta"! Fue como los demás, no me creyó, ¡ni siquiera puso en duda lo que decía este maldito imbécil!

—Maldita sea. —gruñó Nami, conteniendo sus lágrimas.

—No había un solo imbécil que asegurara haber estado conmigo y no le creyeran. ¡Ni uno! ¡Podrían estar mostrando los pechos de una actriz porno, pero si decían que eran míos alcanzaban la popularidad al instante! —se quejó Sarah, removiéndose en brazos de Nami, deseando que la pelinegra la dejara ir, no obstante, Nami no cedía—. Y mi único novio, porque… no vas a creerme, pero sólo he estado con dos personas en toda mi vida.

—Definitivamente te creo. —aseguró Nami, sintiendo las primeras lágrimas mojando sus mejillas—. Te creo, Sarah.

—Era un chico nuevo. Se mudó desde Demacia, no conocía a nadie, no tenía idea de quién era yo. Fuimos amigos por un año y… y me gustó estar con él, me sentía bien estando cerca de él. En paz. —continuó diciendo Sarah, alzando la mirada para poder observar a Nami—. Y la primera y única vez que estuve con él… ¡me grabó teniendo sexo y lo subió a internet, no sin antes haberlo enviado por correo a toda la preparatoria!

Rindiéndose ante el llanto, Sarah se aferró a Nami con fuerza. La pelinegra no sabía qué decir o hacer además de mantener el abrazo. Ni siquiera quería imaginarse estando en la situación de Sarah.

—¡Y sí, era yo! ¡Era yo a los diecisiete años, maldita sea! —apretando el brazo de Nami, Sarah quiso alejarse de ella de nueva cuenta—. ¡Tuve que dejar a mi mamá! Tuve que presentarme en universidades de toda Runaterra por un maldito año… sólo porque, vivir en Aguasturbias, era un constante acoso por parte de toda la maldita cuadra. ¡Todo por un video que grabó un estúpido y destruyó mi vida!

Sarah hundió su rostro en el cuello de Nami, que se negaba a soltarla. En un par de minutos, sintió tanta tristeza y desolación en Sarah que simplemente permaneció allí, abrazándola, con el mar golpeando la orilla a sus pies y la luna brindándole la suficiente iluminación como para observar el abatimiento de Sarah.

No entendía por qué se sentía tan culpable. Sentía enojo y rabia por lo que Sarah le contaba, pero también tristeza y culpa.

—Y es por esto por lo que… una parte de mí te entendió el viernes, Nami. —susurró Sarah, luego de permanecer un largo rato llorando, aferrada a Nami, que acariciaba su cabello con vehemencia—. Nunca pensé que cargaría con un error de mi adolescencia el resto de mi vida. ¡No pensé que me seguiría hasta el otro lado del continente! Pero aquí está y te afectó y yo… yo no quiero que me odies.

—Sarah, yo no-

—Puedo vivir con esos imbéciles hablando de mí, pero no podría vivir con tu odio. —dijo Sarah, apretando a Nami en sus brazos—. No puedo.

—¿Por qué? ¿Por qué yo? —preguntó Nami, confundida—. ¿Qué me hace tan especial para ti?

—Eres la única persona, en estos cinco años, que no me ha mirado como si fuera… un pedazo de carne. —susurró Sarah, cerrando sus ojos con fuerza—. Porque, para mí desgracia, estoy en internet y Targón no es muy grande como parece. Bastó con que alguien en los dormitorios de la universidad me reconociera para que todo el mundo tuviera una copia del video en menos de una semana.

—¡Dioses, odio a la gente! —exclamó Nami, apretando a Sarah en sus brazos—. ¿Por qué estás rodeada de imbéciles? ¡¿Por qué alguien querría joderte la vida de tal forma?!

—No lo sé… y no import-

—¡Por supuesto que importa! —exclamó Nami, sorprendiendo un poco a Sarah—. ¡Eras una chica como cualquier otra! Una chica que confió en su amigo, una chica con sueños y que no molestaba a nadie… no merecías eso, no lo mereces. —dijo Nami con su voz quebrada—. Y lo digo porque Syndra pasa por algo similar. La gente siempre habla de que ella es una perra, pero nadie habla de los imbéciles que siempre intentan aprovecharse de ella. Pero… ¡pero ella me tiene a mí! Y tiene a Diana, nosotras siempre estamos cuidándola… pero tú… tú no tenías a nadie.

Nami guardó silencio, cerrando sus ojos con fuerza.

—Yo estoy bien. —susurró Sarah, sonriendo un poco—. Tengo a Tobías y a Graves ahora.

—Pero en ese entonces no. Odio la idea de que hubo personas en tu vida, amigos o conocidos, que no hicieron nada por ti cuando los necesitaste. —explicó Nami, acariciando el cabello de Sarah—. Sólo te dejaron cuando comenzaron los rumores, los distorsionaron y expandieron.

—Es lo que cualquier persona haría, Nami.

—Lo siento, soy una persona y jamás te haría eso. —contrapuso Nami, alejándose de Sarah lo suficiente como para poder mirarla—. No podría jamás herirte de esa forma.

—Pero vas a salir herida por mi culpa. Sé lo que se siente que todos hablen de ti a tus espaldas, que todos te señalen… y no desearía que eso volviera a sucederte por mi culpa. —susurró Sarah, llevando una de sus manos a la mejilla derecha de Nami—. Eres la mejor persona que he conocido, no quiero ser la causante de que te acosen también.

—No me importa lo que dice la gente, Sarah. —aseguró Nami, mirándola con determinación. Acercó su rostro al de ella, hasta el punto en que sus respiraciones chocaban y, por primera vez desde que la conocía, pudo ver a Sarah nerviosa—. ¿Acaso no eres la chica más valiente del mundo? Ocultas tu dolor tras esa sonrisa, incluso cuando todos te señalan tú solo sigues adelante y eres tú. Quizás puedas contagiarme esa valentía, quizás pueda vivir con los rumores si sostienes mi mano.

—¿Q-Qué est-

—Confío en ti, Sarah. A diferencia de los que hablan de ti y reparten rumores estúpidos, yo te conozco. Y me gusta pensar que me conoces también. —dijo Nami, intercalando su mirada entre los ojos y labios de Sarah, que se notaba cada vez más nerviosa—. Dijiste que sientes cosas por mí… y también las siento por ti… pero fui una idiota y te dije que no actuaría sobre mis sentimientos.

—No quiero perderte. —susurró Sarah, sintiendo nuevas lágrimas aglomerarse en sus ojos—. No tienes que corresponderme… estoy bien con tu amistad, porque incluso eso es todo lo que necesito para ser feliz.

—No vas a perderme, Sarah. —aseguró Nami, apartando varios mechones de cabello rojo del rostro de Sarah—. Yo… no quiero distraerme de la universidad. Quiero… ayudar personas. Salvar vidas es por lo que más me he esforzado-

—Y te amo por eso. —murmuró Sarah, sintiendo un nudo en su garganta luego de decirlo—. Amo lo que eres y lo que sueñas ser. Amo tu dedicación y esmero. Amo cuando celebras ser la número uno de tu clase. Es por eso que… si siendo tu amiga puedo seguir amándote desde cerca… entonces está bien para mí.

—¿Acaso no sufriste demasiado con esos imbéciles? ¿Y cómo podría decir que quiero salvar vidas si te mantengo a mi lado como mi amiga sabiendo que mueres por ser algo más? —preguntó Nami, con un hilo de voz. Sarah suspiró, rozando el labio inferior de Nami con su pulgar—. No mereces amarme y no poder expresarlo como quieres… y como yo también quiero que lo expreses.

—Espera, ¿qué?

—También te amo, Sarah. —dijo la pelinegra antes de cerrar la distancia que las separaba, sorprendiendo a Sarah.

El roce de sus labios fue lento, torpe. Nami se había empujado un poco en su dirección con rapidez, alcanzando a rozarlos con algo de brusquedad. No era experta besando, sólo había besado un par de veces a Jhin.

Pero besar a Sarah hizo desbordarse en Nami un mar de sensaciones mucho más fuertes.

No fue lo mismo que besar a una persona que le gustaba y quería conocer. Estaba besando a una chica con la que tenía una conexión que sintió desde el momento en que se conocieron. Una conexión que se hizo cada vez más fuerte y sólida.

No era sólo una atracción física. Incluso si intentaba ocultarlo, lo que sentía por Sarah era más que un profundo cariño, no una mera atracción.

Y ese sentimiento llenaba su corazón con una sensación cálida bastante agradable. Se filtraba por sus venas e invadía todo su cuerpo, haciéndola temblar. Llegaba hasta su cabeza y la hacía actuar de forma estúpida y nerviosa, pero también la llenaba de un valor y determinación que desconocía tener.

Nunca jamás ella habría tenido el coraje de besar a Sarah. Pero ahora estaba acariciando sus labios con su lengua, pidiéndole acceso a su boca de forma silenciosa. Gimiendo en el momento en que su lengua fue rodeada por la calidez de la boca de Sarah.

Poco le importó mancharse con el labial escarlata de Sarah. Incluso le permitió acariciar su piel debajo de su polerón y morder sus labios cuando la pasión que sentían estaba sofocándolas.

—Espera… espera. —gimió Sarah, separándola de sí misma. La miró con un brillo en sus ojos que Nami nunca había visto antes—. ¿De verdad? ¿Lo dices en serio? ¿También me amas?

—La verdad, pensé que era un poco… muy… obvio. —susurró Nami, desviando sus ojos a algún lugar detrás de Sarah—. No entiendo cómo no lo notabas, cuando me abrazaste en mi casa entré en gay panic y hui a la cocina.

Pensativa, Sarah asintió un poco con su cabeza.

—Tienes razón, ¿cómo no lo noté? —susurró Sarah, soltando una pequeña risa—. Eres tan lesbiana.

—Dioses, ¡qué ganas de dañar el romance, Sarah Fortune! —se quejó Nami, inflando sus mejillas—. Eres increíble.

—Y tú eres mi novia. —susurró Sarah, sonriendo sin poder evitarlo—. ¿O no? ¿Ahora somos novias?

Nami rió, apartando varios mechones de cabello rojo del rostro de Sarah y mirando sus ojos azules, que se notaban temerosos por su respuesta.

—¿Prometes que vas a tomar mi mano lo que dure nuestra relación? —preguntó Nami, sin apartar sus ojos de los de Sarah—. Porque… nunca he tenido una relación. No sé cómo funciona esto. ¿Qué si no te gusto como novia? ¿Qué va a cambiar entre nosotras? ¿Y si no te gustan mis celos?

—¿Eres celosa? —preguntó Sarah, arqueando una ceja.

—Dioses, ¿qué parte de que odio a Samira no entendiste? ¡La odio! —exclamó Nami, frunciendo su ceño y llevando su mano a la mejilla de Sarah, dándole un toque—. Odio que aparte el cabello de tu cara y que te dé de su comida a la boca.

—Entonces hazlo tú, aliméntame. —dijo Sarah, sonriente—. Hazme piojito y abrázame en invierno, porque hace mucho frío y crecí en clima caluroso.

—¿Pasas mucho frío aquí? —indagó Nami, preocupada. Paseó su mano hasta la cabeza de Sarah, acariciando su cabello con la punta de sus dedos—. Puedo darte mis chamarras y abrigos si los quieres.

—Sólo si huelen a ti. —susurró Sarah, cerrando sus ojos ante la caricia de Nami—. No tiene que cambiar nada entre nosotras si no quieres. Podemos… seguir siendo amigas.

—¿Y dejarte libre para Samira? Ni hablar. —dijo Nami, en un tono bastante serio—. ¿Qué hacen las novias? ¿Qué hacen las novias que no hacen las amigas?

—¿Qué no haces con Diana? —preguntó Sarah, suspirando al sentirse relajada luego de tanta tensión.

—Pffff, no hay nada que no haga con Diana o Syndra. —alegó Nami, bastante segura de sus palabras—. Vamos al mall, estudiamos juntas, comemos juntas, volvemos a casa juntas, vamos a fiestas juntas, tomamos té juntas, salimos de vacaciones juntas. Joder, hasta vamos al baño juntas… como… en serio, podemos hacer pis mientras la otra se cepilla los dientes sin problema.

—Ok… bien. Pero… ¿Qué no haces con Diana ni Syndra que quieras hacer conmigo? —preguntó Sarah, entreabriendo sus ojos para divisar el rostro de Nami—. Como… quiero besarte… y… quiero abrazarte todo el día. Quiero hablar contigo todo el día, incluso si sólo quieres hablarme del porcentaje de agua que es consumible en el mundo y por qué debemos luchar por el ambiente.

—Me parece perfecto, porque, quiero recalcar, que sólo el uno porciento del agua es consumible y regiones como Piltóver parecen no entenderlo. —aclaró Nami, frunciendo un poco el ceño—. Malditos piltillos.

—En Zaun ni siquiera hay agua por tubería. Cuando viajé allí tenía que recogerla de un dispensador municipal o lo que fuera. —musitó Sarah, abrazando a Nami y pegando más su cuerpo al de ella—. Es horrible cómo vive la clase baja de Piltóver.

—¡Pero de esa forma desperdiciamos menos agua! —exclamó Nami, inflando sus mejillas—. Usas sólo la cantidad necesaria para bañarte y lavarte la cara y los dientes. Para cocinar… bajar la cadena, regar tus plantas y beber. Sólo lo suficiente.

—Sí, tú lo llamas no desperdiciar. Yo lo llamo diferencia de estatus social extremadamente marcada. —susurró Sarah, volviendo a cerrar sus ojos—. Quiero decir… ¿por qué las familias ricas no tienen que hacerlo? ¿Por qué nosotras no lo hacemos?

—¡Yo lo hago! —exclamó Nami, deteniendo sus caricias y causando que Sarah abriera sus ojos por completo—. ¡Yo lo hago! Sólo lavo mis dientes con el agua de un vaso, tomo un baño con la mitad del agua de la tina y riego mis plantas una vez al mes.

—Pobres plantas. —dijo Sarah, riendo un poco—. Ok, no. Sé que son cactus. Pero… no quiero hacerte molestar, bebé… ¿Puedo llamarte bebé?

—Sólo si yo puedo decirte mami. —susurró Nami, haciendo un puchero.

—Perfectamente equilibrado. —dijo Sarah, sonriendo—. Bueno, bebé… tienes una fuente en tu casa.

—Sí, tiene peces Koi. ¿Los has visto? Son de Jonia, el papá de Syndra me los regaaaaaal- ooooh, Dioses. —dijo Nami, manteniendo sus ojos muy abiertos—. Veo tu punto.

—¿Lo ves? Las fuentes son una tontería. Vamos, puedes tener tus peces Koi en una pecera. Consume menos agua y le pones limpiador automático… y ya. —dijo Sarah, alzando un poco sus hombros—. ¿Puedes seguir haciéndome piojito?

—No. Vamos a robarnos el coche de Syndra, viajaremos tres horas de regreso a la ciudad, compraremos una pecera, iremos a mi casa, desactivaremos la fuente, pondremos los peces en la pecera con el agua justa y necesaria y luego volveremos aquí antes de que salga el sol. —explicó Nami, sentándose en la arena—. Tengo sus llaves.

—¿Tan pronto quieres hacer cosas ilegales con tu nueva novia? —preguntó Sarah, sentándose también.

—Si tomas mi mano… no hay nada que no pueda hacer. —aseguró Nami, extendiéndole su mano derecha a Sarah—. ¿Sabes manejar?

—Supongo que… si tomas mi mano, tampoco hay nada que yo no pueda hacer. —respondió Sarah, sonriendo con complicidad a Nami.

Goddess of Luminosity.

Ya saben que sale suicidio porque nmms, es septiembre ya xdxd