Retroalimentación.

Wonder Grinch chapter 4 . Nov 6: Sin lugar a dudas, una de mis favoritas hasta la fecha. Sobre lo otro, sabes que sólo es para molestar, a mí tampoco que me gusta tanto. La pregunta no es si se cumplira, sino de qué forma será. ¡Enmárcalo, pero deja espacio para más! ¡Gracias por comentar!

Ailin79 chapter 4 . Nov 6: ¡Muchas gracias por el cumplido! Sobre lo otro, digamos que todo debe irse revelando a su tiempo, debemos tener todas las piezas del rompecabezas, pero de forma ordenada, como dijera Homero: "para más placer". ¡Disfruta el capítulo!

carmennj chapter 4 . Nov 8: Qué bueno que encontraste el tiempo. A Eriol lo siento como un personaje demasiado acartonado en la historia original, demasiado misterio puede ser aburrido, y con todo respeto a la obra original, creo que merece más protagonismo y humanidad. Y sí, esa es Wonder Grinch completa, lo que el duque necesitaba. ¡Gracias por tu comentario! Disfruta el nuevo capítulo.

LizSaranjeiP chapter 4 . Nov 8: Me alegra que encontraras el espacio. Fanfiction nos jugó chueco a todos. En efecto, Eriol merecía, desde mi perspectiva, algo más que sólo ser el sabelotodo insufrible de la historia, y desde la Gesta me picaban las manos por incluir aunque fuera una parte de nuestra cultura. ¡Pronto más revelaciones! Gracias por tu reseña.

Brie97 chapter 3 . Nov 14: Creo que me gané algunos detractores con este capítulo, pero sólo con la amargura puedes apreciar el sabor de lo dulce. Gracias por leer y me alegra mucho que te haya gustado el desarrollo de los personajes hasta aquí, y sobre el antagonista, las cosas se pondrán un poquito más complicadas, porque nuevamente hablamos de todo un plantel de villanos. ¡Disfruta el nuevo episodio!

Reader2109otp chapter 4 . Nov 15: ¡Ah, mi preciosa ahijada! Tómate tu tiempo, sé de lo que hablas, porque yo mismo estoy tapado de responsabilidades. Mereces más que una felicitación, a ver qué se me ocurre. Es verdad, ya habíamos visto un escenario semejante, aunque en selvas distintas de este país. Sí, el tipo la aterrizó a besos. No me recuerdes a Li de Clear, que el impulso asesino vuelve. Eriol merece su propia historia de amor, y aunque toco muchas sensibilidades con lo que diré, ni modo: el Tomoeriol no funciona para mí. ¿Quién? ¿Ilhuicamina? Nah… nada que ver… aunque tiene una ahijada en León… El padre de Eriol es un buen tipo, conoceremos un poco más del linaje de Eriol más tarde. "Ilhuicamina" es un apellido autóctono, me parece que fue el penúltimo tlatoani mexica antes de la conquista, y tiene que ver con mi carácter, literalmente significa "el del rostro endurecido" o "el que parece molesto". Pinchi mundo, uno nada más cambia de vida y se quiere tirar por la ventana. Los próximos capítulos nos contarán justo eso, la vida de estos entrañables personajes en el inter que nos trae hasta acá, espero te gusten. ¡Te devuelvo un abrazo igual de fuerte!

CherryLeeUp chapter 4 . Nov 17: Señora editora. Descuida, a mí me pasa todo el tiempo con "La Bendición de Caído", pero ahí estamos. Tienes razón, lo cierto es que yo tampoco concibo a nuestra pareja principal separada, pero tenía que mostrar que en pos de buscar nuestra realización, a veces debemos ser egoístas y renunciar a ciertas cosas. Es cierto, estamos viendo sólo la calma antes de la tempestad, esto se va a poner feo. ¡Gracias por comentar y por todo!

cerezo01 chapter 4 . Nov 19: El tren fue el nexo con el destino, Eriol necesitaba variedad en su vida, algo más que Japón y su natal Inglaterra, y qué mejor para dar color que nuestra cultura latinoamericana. La familia de Eriol tendrá más que ver en la historia, de forma breve quizás, pero sabremos un poco más. Oh, sí, como siempre, Sakurita bebé de luz será el nexo con el futuro mismo, ya verás de qué va. Con sinceridad, no había explorado el tren de pensamientos en Eriol del que hablas, si bien se hizo una mención en ese respecto al final de Odisea, en especial hablando de su "fracaso" con Tomoyo, es creíble que ese tipo de sentimientos hubieran crecido en él, aunque no necesariamente en forma de resentimiento con Sakura, sino con su historia compartida en general, y tal como dices, el viaje de autodescubrimiento lo llevó a encontrar que él podía ser y estar mejor por su cuenta. Esa reflexión es muy enriquecedora, gracias. Ahora a prepararnos para lo que viene. Y sí, de ahí viene el cambio. ¡Disfruta el nuevo capítulo y gracias por leer y comentar!

Ahora, a lo que vinimos:


IV.

Luna.

Distrito de Tomoeda, Prefectura de Tokio, Japón, tres años después de la caída de Alruwh.

Había mucha tensión en el ambiente, de verdad muchísima, era aplastante, tanto que su espesura podría cortarse con un cuchillo. La elegante y luminosa sala de estar de la mansión Daidoji parecía reducirse a sólo unos metros cuadrados a pesar de lo generosa que realmente era en dimensiones.

Tomoyo estaba sentada en un cómodo sillón individual, con cierta liviandad que estaba cercana a la emoción en su rostro. A un par de metros a su derecha, en otro sillón idéntico, Kurogane mantenía el rostro bajo, con cara de enjuiciado mientras miraba sus propias manos y pretendía ser el ente más pequeño del universo, fracasando olímpicamente dadas sus dimensiones corporales.

Ante ellos, y solamente seguida de las amatistas de la heredera Daidoji, Sonomi iba de un lado a otro, ahogando todos los gritos y los improperios que luchaban por salir de su boca, ofuscada, roja de ira, pisando el mármol bajo sus pies como queriendo fracturarlo a cada paso, mientras gesticulaba con las manos amenazantemente, buscando un cuello que estrangular.

—¿Cómo sucedió esto? —contuvo el grito Sonomi, mirando alternadamente a ambos jóvenes ante ella.
—Ese es el tipo de historia que no te contaría, pero eso no es lo importante en realidad —dijo Tomoyo con un apenas perceptible ánimo de juguetona conciliación, como quien cree que la otra persona hace demasiados aspavientos para un problema que quizás no lo sea en realidad, haciendo que Kurogane abriera mucho los ojos, asustado.
—¡No juegues conmigo, señorita! ¡Esto es muy serio! —Tomó aire, intentando recobrar los estribos que a nada estuvo de perder por completo—. Es decir… ¡¿Es en serio?! ¡¿En esta época?! ¡¿Con toda la educación que ambos tienen?!

Tomoyo bajó el rostro, replanteando si poner a nivel de humor la situación había sido una buena idea, sin embargo, seguía con el gesto luminoso y sin poder borrar la sonrisa que cada vez le era más difícil ocultar.

La empresaria, agotada al fin, se sentó en el sillón frente a ellos, sin saber a ciencia cierta cómo comportarse. El escenario en el que estaba era por mucho uno de los más inesperados a los que se había enfrentado.

—Señora Daidoji, yo… —se atrevió finalmente Kurogane, pero Sonomi lo fulminó con la mirada.
—Ah, no, señor mío, no vas a tomar la culpa por Tomoyo, lo haces todo el tiempo y tú simplemente crees que no lo noto. ¡Y ni se te ocurra hacer ese extraño saludo ceremonial! ¡Estamos casi a la mitad del siglo veintiuno e insistes en hacerlo!

La intención del samurái se extinguió en el acto, y volvió a quedarse tenso en su asiento sin atreverse apenas a respirar, ¿cómo era posible que una mujer tuviera semejante poder en la voz? Ni su madre en vida, en la lejanía de su niñez le había provocado eso.

Ante el desasosiego de Sonomi, fue Tomoyo la que tomó la batuta de la discusión, poniéndose de pie, exhibiendo el bellísimo vestido blanco inmaculado que había elegido para ese día, mostrando la innegable belleza natural que la caracterizaba, con su largo y negro cabello acomodado en una gruesa trenza que llegaba hasta sus caderas.

—Mamá… —llamó su atención, plantándose a su lado—. Estaré bien… todos estaremos bien… Esto es motivo de alegría, deberíamos estar festejando —dijo y tomó la cabeza de su madre, abrazándola contra su abdomen.
—¿Cuánto tiempo? —Preguntó en voz baja, dejándose consentir.
—Dos o tres meses. No estamos seguros. ¡Pero es una gran noticia! ¡Al menos yo estoy muy feliz!
—Y me alegra que sea así, pero… es que son tan jóvenes, aún tenían tantas cosas por hacer… disfrutar de su juventud un poco más…

Sin saber como terminar esa oración, Sonomi se separó un poco y acomodó las manos en la breve cintura de su hija, elevando los ojos para verla, aún sin levantarse. Por un momento pudo sentir que tomaba a la Tomoyo en edad de parvulario, la misma a la que lanzaba sobre su cabeza, haciéndola reír con energía, y un cruel nudo en su garganta se formó, cristalizando sus ojos.

—Simplemente no puedo creerlo.
—Pues deberías, mamá. Esto es muy real.
—Así de buenas a primeras, vienen ustedes dos, sinvergüenzas, y me dicen sin mayor preparación que voy a ser abuela… —y la llama se reencendió, Sonomi se puso de pie, lista para un nuevo asalto. No pudo sin embargo, emitir palabra.
—¿Qué te gustaría que fuera? —interceptó Tomoyo.

La perspectiva cambió totalmente entonces y todo el ánimo guerrero de la mujer se desvaneció, tomada completamente por sorpresa ante semejante pregunta.

—Yo… no lo he pensado…
—Bueno, tenemos unos meses para imaginarlo —dijo radiante la joven Daidoji—. Y también tenemos el tema de nuestro futuro inmediato. El dojo de Kurogane ha sido muy exitoso, tiene lo necesario para obtener un crédito, con ello comprar una casa y…
—¡Ah, no! De ninguna manera… —respondió la anunciada abuela con un gesto duro como el cristal.
—¿A qué te refieres?
—A que no pondrán un pie fuera de esta casa mientras mi nieto llega, no podría dormir tranquila.
—Pero es lo correcto, mamá… no queremos interferir en tu vida mientras doy a luz y…

Sus palabras chocaron con un gesto de la mano de Sonomi, que ya hacía una llamada. La pareja se miró algo confundida mientras escuchaban la potente voz de la líder de la familia, y no se necesitaba ser muy listo para saber que no estaba consultando nada, sino dando instrucciones muy puntuales y específicas.

—Bien, me estoy tomando un sabático desde ya —aclaró cuando la brevísima llamada terminó—. Y no hay forma humana de que me hagan reconsiderar mi decisión. Estaré contigo y te acompañaré mientras estés embarazada.
—Señora Daidoji, ese tema… —trató de intervenir una vez más Kurogane.
—No está a discusión.
—Estamos de acuerdo en que el tema no está a discusión, porque ya hemos tomado la decisión. Nos marchamos. Hoy mismo tenemos un par de visitas a casas para comprar.
—No te vas a llevar a mi hija así como así, muchacho. —Sonomi se irguió cuan alta era.
—Aún cuando soy joven, me sentiría más cómodo si me llamara "señor". Y si bien es su hija, ahora también es mi mujer —respondió él, cruzándose de brazos.

El samurái mantuvo el gesto endurecido y concentrado, mostrando todo el temple y fuerza tan propios de su casa. Sin embargo, esa era sólo una fachada. Sus rodillas estaban temblando con tanta violencia que sintió que en cualquier momento chocarían entre ellas, delatando su vergonzoso temor. Había enfrentado un montón de cosas terroríficas en su vida: monstruos, guerreros, pistoleros locos, y más, pero nada le había producido tanto miedo como aquella mujer que lo veía desde unos quince centímetros abajo, sintiendo que en el momento que ella así lo deseara, le derretiría la cara con un imaginario rayo ocular.

—¿Por qué no dejamos que ella decida entonces? —atacó Sonomi—. Al final, es su vida y ella sabe que es lo mejor para sí misma.
—Me quiero ir con Kurogane —dijo la aludida sin pensarlo demasiado.
—Evidentemente no sabes lo que necesitas —resto importancia su madre, incapaz de disimular su contrariedad, pero sin dejar de ver a Ou.
—Bueno, ya vimos que es lo que ella desea.
—Sí, eso es lo que ella quiere, ¿pero qué garantía tengo yo de que la cuidarás?, ¡no están siquiera casados!
—Deme un par de semanas y ese asunto estará arreglado.
—¿Sin una recepción? ¿Sin un banquete? ¡Así no se hacen las cosas en esta casa!
—Y por eso mismo nos vamos de ella. Además, conozco a la familia Amamiya desde hace siglos, y esto de la opulencia es totalmente nuevo.
—No te permito llevarte a mi hija, Kurogane.
—No estoy pidiendo su permiso, sino avisándole.
—¿Y qué vas a hacer en una emergencia si están solos?
—Usted misma lo ha dicho, estamos a medio siglo veintiuno, en mi época eso pudo ser un verdadero inconveniente, pero ya no más.

Tomoyo tocó a ambos por el hombro, pero justo antes de hacer su intervención, las náuseas a las que aún no se acostumbraba la hicieron correr hasta el baño más cercano. Kurogane y Sonomi compartieron una mirada de incómoda preocupación por los segundos que la joven estuvo ausente. Regresó con una risa nerviosa dibujada en el rostro, haciendo que se volvieran a verla.

—En realidad, creo que ambos tienen un poco de razón —dijo con serenidad—. Si bien, la llegada de este niño será un parteaguas en mi vida, no significa que deba separarme de mi familia original y mucho menos hacerlos terminar peleados y distantes. No me gustaría que fuera así, porque los amo a ambos y los dos son mi familia, las personas más importantes en mi vida, y definitivamente quiero que estén en la vida del bebé. Les propongo lo siguiente —se dirigió primero al novio—: casémonos, compremos la casa y comencemos a pagarla. —Luego, siguió con su madre—: la verdad es que también me da un poco de miedo estar sola mientras este pequeñín llega, y me sentiría mucho más segura y tranquila si pudieras estar conmigo.

Los contendientes, luego de escuchar con atención, relajaron la guardia y se asintieron mutuamente. parecía un buen acuerdo, al final, Tomoyo tenía razón.

—Bien, primero lo primero. Te pondrás en manos del médico de la familia, quiero todos los cuidados disponibles, una alimentación balanceada y perfecta, y quiero tenerte libre de todo tipo de estrés desde aquí hasta que llegue el día.
—La verdad es que escucharte hablar así me estresa un poco… —dijo la futura madre, nerviosa.
—Y quiero escoltas contigo todo el tiempo… —se detuvo un momento cuando escuchó a Kurogane aclararse la garganta—, es decir… mientras estés sola. Y por supuesto, deberás quedarte en casa indefinidamente.
—En realidad, ella y yo tenemos que salir a muchos lugares en estos días —dijo Kurogane, recuperando el tono de voz profundo y calmado que lo caracterizaba—. Tenemos casas que ir a ver.
—¿Y no puedes hacer eso solo? ¡Mis bebés necesitan descansar!
—Podría, pero no quisiera elegir algo que a ella no le guste.
—¿No es encantador? —exclamó Tomoyo, radiante, al notar que incluso Sonomi se conmovió al escuchar tan legítima muestra de interés—. Por otro lado, quiero ir a Yumetani a darle la noticia personalmente a Sakura, además, según lo que sé, mientras estuviste embarazada de mí seguiste trabajando… prácticamente hasta el día de mi nacimiento.
—Eso fue hace mucho tiempo, Tomoyo…
—¿Antes de… la medicina moderna? —dijo inquisitiva. Sonomi se divertía a horrores cuando Tomoyo utilizaba ese tono con los demás, pero no le hacía la mínima gracia ser la víctima de su sarcasmo—. Estaré muy bien, mamá… y creo que no podré seguir utilizando mi habitación más…
—Es cierto, ustedes necesitan un mejor espacio, con más intimidad… —la mujer miró con algo de suspicacia a Kurogane—, aunque tampoco es como si no se las hubieran arreglado de todos modos para… ah, arreglaremos algo en estos días.

Charlaron (discutieron) respecto a la agenda de Tomoyo por largos minutos.

Lentamente, la inicial actitud aguerrida y dominante de Sonomi fue cediendo ante la legítima felicidad de la pareja, incluso Kurogane parecía menos huraño que de costumbre, y mostraba un cuidado e interés profundos que hicieron pensar a la mujer en tiempos mejores, y muy a su pesar tuvo que reconocer que vio algo del tan repudiado Fujitaka en el samurái, en especial en esa forma y modos que no mostraba ante nadie más, en ver como trataba a la amatista como si fuera su princesa.

Poco antes del mediodía, en la anunciada salida de la pareja a sus obligaciones, Sonomi tomó en brazos a su hija, feliz ante la idea de un cambio de vida como el que estaban teniendo.

—Ojalá tu bisabuelo hubiera alcanzado a ver esto. Estaría muy feliz por ti.


Los meses fueron rápidos, mismos en los cuales Kurogane hacía todas las diligencias que correspondían para arreglar la casa que compró en Tomoeda para su nueva familia, aún a sabiendas de que no la habitarían de inmediato, en especial porque Tomoyo terminaría sus estudios en la capital y sería más sensato vivir allá durante los primeros años de vida del pequeño.

Sin poder resistirse a su curiosidad, averiguaron por ecografía que el primogénito Ou-Daidoji sería una niña, y pasaron largas jornadas discutiendo el nombre perfecto para la personita que venía en camino.

Tomoyo cambió mucho su proceder durante ese tiempo, reforzando lo que la odisea por Europa en años anteriores le había enseñado a hacer: ser la protagonista de su propia vida, y dada su condición, la natural dulzura y alegría tan propias de ella se volcaron sobre la petición de atenciones, mismas que su madre, esposo y demás familia no se podían resistir a darle. El tiempo en reposo la motivó a distraerse en pensar en nuevas creaciones textiles, aunque cambiando el objeto de su atención, dejando un poco en paz a Sakura, que para ese momento vivía bastante lejos, y tornando toda su atención para crear mamelucos, vestidos y toda la ropa imaginable para la bebé.

Durante las noches, el fragmento de la mansión Daidoji que había sido acondicionado por Sonomi para ser la residencia provisional Ou, apagaba normalmente las luces temprano. Tomoyo sabía que Kurogane era un noctámbulo, a diferencia de ella que acostumbraba dormir temprano, sin embargo, siempre le pedía que al menos esperara a que ella encontrara refugio con Morfeo para ir a trabajar en la contabilidad de sus recursos o en lo que fuera que demandara tiempo de su noche. Él, gustoso, no tenía que esperar mucho, Tomoyo parecía tan segura y confiada con el andar de su vida que el sueño acudía a ella en pocos minutos, mismos que el samurái aprovechaba para acariciar el azabache de su larga melena sobre las sábanas y la turgente parábola que dibujaba su abdomen, donde en las últimas semanas no pasaba desapercibido el contacto y era correspondido por al menos un par de pataditas.

Una cálida noche de mediados de mayo, luego de que Tomoyo se quedara plácida y profundamente dormida, Kurogane revisaba toda la documentación y papeles diversos acumulados en los últimos años. Vería ahí aquello que era prescindible de cara a la inminente marcha a Tokio luego del nacimiento de su hija. Encontró de todo: boletas de calificaciones, prescripciones médicas, fotografías de él y todos los que fueron amigos de la pareja, su certificado de matrimonio obtenido en una boda modesta por la que Sonomi aún les reprochaba, pero exigiendo que le permitieran a ella hacerse cargo del aniversario diez del mismo, los documentos de compraventa de su casa, y tres documentos atípicos que llamaron su atención: los dos primeros eran pergaminos relativamente nuevos, obtenidos sólo unos años atrás en Londres, pero en los que no había prestado mucha atención.

Abrió uno, encontrando que su interior se reescribía solo ante su contacto visual, formando una "M" estilizada en el encabezado, y poniendo unas cuantas palabras y cifras en letras doradas:

Ministerio Británico de Magia

En nombre de esta oficina y de la Corona, en virtud a los invaluables servicios prestados a la comunidad mágica británica, este organismo extiende su reconocimiento a Kurogane Ou, volviéndolo auror honorario, y entregándole la recompensa de cien mil galeones que sólo podrán ser retirados por el reconocido.

Con nuestra eterna gratitud:

Hermione Granger-Weasley
Ministra de Magia.

El samurai abrió el otro documento, encontrando que decía lo mismo, pero con el nombre de Tomoyo en él, aunque haciéndola "asesora externa" en lugar de auror dada su condición de squib. Leyó los documentos anexos descubriendo que podían reclamar el estímulo económico en Japón, e hizo cuentas: eran doscientos mil galeones ingleses… casi ciento cincuenta millones de yenes…

Hizo un mohín de sosegada satisfacción, si bien el dinero no era un problema con el que lidiar justo en ese momento, entre menos le debiera a los Daidoji, se sentiría mejor.

El último documento fue el que realmente reclamó su atención.

El papel se había mantenido dentro de una cartera de cuero que él mismo había adquirido para conservarlo, y al abrirlo, encontró al papel cerca de su destrucción. Lo abrió con cuidado, incapaz de ocultar una melancólica sonrisa al reconocer la delicada caligrafía de Tomoyo Amamiya. Dirigió la lámpara del escritorio sobre el cual trabajaba hacia el documento, para poder echar un último vistazo a ese vestigio de una vida dejada atrás.

Haganemaru:

Espero que cuando leas esta carta, te encuentres fascinado ante el descubrimiento de un mundo nuevo lejos de la amargura de saber que no teníamos un destino común. Mi poder como profetisa y evocadora siempre fue superado por la grandeza a la que estabas destinado, y aunque te amé profundamente, sabía que tu misión con el mundo iba más allá de esos sentimientos. Sin embargo, ahora sé que tu camino estará repleto de felicidad por la que tendrás que luchar, y que no me equivocaba al decir que tu hilo del destino estaba unido a mi familia, pero no a mí.

Quiero que sepas también que yo he encontrado la felicidad en tu ausencia, luego de salvar a Nihon, pude tener una vida tranquila y próspera, y la oportunidad de que mi linaje se extendiera hasta el ahora en el que vives tú, sabiendo que encontrarás el amor verdadero y la posibilidad de realizarte entre esas personas.

Ya sé que tal vez abuso, pero por favor, cuida de mi descendencia, tanto aquella a quien estás unido por el amor, como aquellos con quienes la amistad sincera te ha hecho crear vínculos. Serás la fuerza de Hoshinomegami y de Hogo Okami cuando el destino finalmente los alcance, y algo me dice que tu participación y llegada a una época que no te correspondía obedece a un propósito honorable, y te mando mi bendición para que tengas la fuerza y la motivación para llevar a cabo tu tarea.

Eres uno de mis mejores recuerdos, y con toda mi sinceridad, pensando en que la vida para este momento nos ha dado a cada quien lo que merece, te deseo felicidad y realización.

Hasta siempre.

Tomoyo Amamiya Tsukuyomi.

Kurogane leyó un par de veces más la carta, y para ese momento ya tenía sentido para él, pues la primera vez que lo hizo, no significaba realmente nada. Aún sin dejar de sonreír, dejó la melancolía para entrar a la resignación. Tomó un encendedor y un cenicero, y listo para dejar ir el pasado, encendió la carta, despidiéndose para siempre de ese primer amor.

Sin embargo, ese adiós no consistiría sólo en la carta convirtiéndose en cenizas.


Había un aroma extraño en el ambiente, como el del incienso, pero más rudimentario, casi como papel antiguo quemado. Lo último que Tomoyo recordaba era haberse quedado profundamente dormida en los brazos de Kurogane, y su común sagacidad la hizo darse cuenta de que estaba soñando. Sus pies estaban apenas sumergidos en agua cristalina y de temperatura muy agradable, y luz azulada iluminaba hasta donde le era permitido ver.

No sentía miedo, había mucha familiaridad en ese espacio, como si antes hubiera estado ahí, lo que le dio confianza para examinar sus alrededores sin recelo.

El espacio estaba lleno de espejos de distintos materiales y formas, algunos modernos de cristal y marcos de madera, así como antiguos hechos de metal pulido, todos a diferentes alturas en el entorno, y que en combinación con una descomunal luna menguante en el horizonte la hicieron pensar en una pintura de Dalí. Sin saber exactamente por qué, avanzó hasta el único que había frente a ella, y dónde podía verse reflejada a medida que se acercaba.

Al llegar ante él, por impulso levantó su mano hasta tocar la que pensó sería la fría superficie de cristal. No obstante, la sensación fue cálida. Al mirar su propio rostro, notó que distinto a la seriedad que ella llevaba en el gesto, su reflejo le regresaba una sonrisa condescendiente.

Los dedos del reflejo sobresalieron de la superficie, entrecruzándose con los de ella. Por instinto, Tomoyo retrocedió, tirando suavemente de la mano que la tomaba, haciendo que el reflejo atravesará el vidrio, y mientras salía, su ropa y apariencia iban cambiando.

La otra Tomoyo no llevaba el vestido moderno que la original llevaba encima, y tampoco estaba embarazada. En su lugar, un alto tocado adornaba su cabello y un traje ceremonial envolvía su figura.

—Hola, Tomoyo. Te suplico no tengas miedo.
—No lo tengo —respondió la futura madre, afianzando aún más el agarre con su interlocutora. De verdad no sentía ningún temor.
—Entonces lo entiendes, ¿no es así?
—No. No lo entiendo, sólo sentía que un día te presentarías ante mí.
—Te explicaré… —Las dos Tomoyo comenzaron a caminar tomadas de la mano—. Tú eres una Amamiya. Eres un miembro de mi linaje junto con Sakura. Si yo he sido traída ante ti a pesar del tiempo, es porque debo darte algo importante que te definirá por siempre, y que te dará la investidura como protectora de Edo y del mundo mismo. Eres alguien que desde antes que el tiempo fuera tiempo se conoció como "Dragón". Tu destino es participar en lo que viene, pero aún tienes libre voluntad: tú eliges el destino a seguir, lo único que no podrás eludir… será la confrontación. —La joven mujer detuvo la marcha, volviendo a quedar frente a frente con la chica de la modernidad—. Vida o muerte, esperanza o resignación, línea recta o nueva vuelta al ciclo. En correspondencia a tus deseos y convicciones tendrás que elegir… pero no olvides quien eres: Sangre de los antiguos dioses, luz de luna —con una sonrisa esperanzada acarició su vientre— heredera y dueña. Eres Tsukuyomi. Que el portador del poder de Dios te guíe en tu ruta. Que tu corazón se conserve en el lugar correcto en los tiempos por venir.

El críptico mensaje terminó, regresando lentamente a Tomoyo a la vigilia, mientras que su visitante se volvía una luz cegadora que fue haciéndose más pequeña cada vez, hasta quedar flotando ante ella como una carta…

—¿Una Carta Transparente? —se preguntó, y justo al momento de tocarla, despertó.

De vuelta en su lecho, estaba boca arriba, con una mano en el pecho, donde sentía un calor poco común. La barriga le hacía dificultoso el incorporarse, y cuando finalmente lo hizo, examinó aquello que el sueño había dejado entre sus dedos. Lo escrutó aún sin entender exactamente qué era lo que significaba, y con incertidumbre, llamó en una exclamación a su compañero de vida.


Kurogane, presa de algún tipo de trance, se descubrió bajo un cielo con tantas estrellas como no había visto antes, tantas que ni siquiera el menguante de la luna era capaz de opacarlas, sentado en un césped silvestre suave y reluciente, que irremediablemente le recordaban los prados de la antigua Tomoeda.

Una figura menuda caminó a su encuentro entre las penumbras, y él suspiró aliviado al reconocer a la primera Tomoyo con la que convivió.

—Sólo he venido a despedirme —dijo ella con tranquilidad, quedándose a unos pasos de distancia.
—Lo sé.
—Sin embargo, también soy el puente para que te despidas de algunas personas más que tienen algo importante que decirte antes de volver a la eternidad. Ten una vida larga y feliz.
—Me esforzaré. Gracias.

Y mientras la veía perderse entre las sombras y el follaje nuevamente, percibió que por cada uno de sus puntos cardinales restantes, tres personas más se acercaban a diferentes distancias. Por su izquierda llegó la primera con paso dificultoso, pero luciendo una sonrisa repleta de afecto en su rostro arrugado, quedándose también a unos metros del samurái.

—Mira cuánto has crecido, muchacho. Me haces sentir muy orgullosa —dijo con dulzura al ver a Kurogane hacer una reverencia al reconocerla.
—Abuela Miu —atinó a susurrar él, feliz de poder ver a aquella anciana que con tanto afán cuidó de él en su niñez y su complicada adolescencia—. Pero… ¿por qué?
—Por qué llegó el punto más difícil de tu vida, y tenemos sabiduría que darte para afrontarlo, tres características únicas que deberán ser tu estandarte en el ejemplo que en vida te dimos. —Hizo una pausa observando con su usual suspicacia de abuela el rostro serio del joven—. Lucha con amor por lo que tienes y los tuyos, pero aprende a tomar las privaciones con dignidad. La vida a veces da la impresión de que se empeña en lastimarte con las pérdidas, pero tal cosa es sólo una ilusión. La vida y sus eventos son un regalo, incluso cuando las cosas importantes nos son quitadas. Cuando eso pase… y pasará, convierte ese dolor en amor. Sé humilde.

Dicho ese breve discurso, la anciana arrancó una pajita del césped, y juguetona la lanzó al rostro del muchacho mientras sonreía, dándose la vuelta para volver a lo desconocido.

Por su derecha, el paso firme y poderoso de un varón lo hizo volverse. Al reconocer al recién llegado, Kurogane se irguió cuan alto era como muestra de respeto, encontrando a un interlocutor con la misma estatura que él, que lo observaba con ojo crítico.

—No me equivoqué al darte mi nombre. Ver que te has repuesto al dolor de nuestra partida para convertirte en un hombre que eres me complace —dijo con tono plano y mirada aguda, viendo de arriba a abajo al compareciente.
—Gracias, padre.
—Pero no vine a adularte, porque tú sabes el tipo de persona que eres y no necesitas mis elogios. Debes afrontar con fuerza y resistir con temple inquebrantable las embestidas que el destino te dará, y no sólo debes tener esa fuerza para ti, sino que debes utilizarla para impulsar a los que vienen contigo. —Al decir eso, se acercó unos par de pasos más, extendiendo con su derecha Dragón de Plata a su hijo, el joven hombre la tomó—. Cuando la muerte vino por mí, heredaste esto al ser mi único hijo. Hoy sé que realmente te pertenece. Sé la fortaleza de los que te rodean, con tu poder defiende los valores que te inculcamos y cuida sin reparos de aquellos que amas. Sé fuerte.

Después de hacer un breve asentimiento aprobatorio, Kurogane padre se dio la media vuelta para marcharse.

Finalmente, por detrás, llegó el andar liviano y armonioso que nunca imaginó que volvería a escuchar, y que hizo que su estómago diera un vuelco. Al mirar a la recién llegada, saltándose el protocolo implícito que había seguido con los demás visitantes, caminó presuroso hasta la menuda mujer que abría sus brazos para recibirlo. Incapaz de ocultar su conmoción, cayó sobre sus rodillas ante ella, quien correspondió atando su cabeza en el más cálido de los abrazos.

—Mi pequeño Haganemaru… bueno, ya no tan pequeño. Aunque apenas si has cambiado… duro como una roca por fuera, pero repleto de una ternura que sólo se compara con la de tu padre —declaró mientras colaba sus dedos entre el cabello de su unigénito.
—Mamá…
—Lo sé… también te extraño muchísimo, pero se nos ofreció este regalo, y aunque breve, debes atesorarlo y transmitirlo, pues este es el sentido último de ser padre ahora que estás por convertirte en uno: ser permanente en la vida de tus hijos, más allá incluso de la muerte. —Tomó sus mejillas, haciendo que la mirara a los ojos—. No sabemos cuándo es que tendremos que irnos del mundo, y a veces llegas al final pensando en que no fue suficiente el tiempo que tuviste. No demostrar tu afecto a aquellos que te importan puede llenarte de arrepentimientos cuando el momento de partir llegue, no permitas que eso te pase a ti. Sin importar si es mucho o poco el tiempo, no tengas miedo en demostrar tu amor a aquellos que sean importantes para ti. Eso, más que cualquier otra característica, es lo que te define. Se afectuoso.

La mujer besó su frente, y le indicó que volviera al centro del prado mientras ella se alejaba sin darle la espalda. Cuando se marchó, una carta flotaba en el lugar donde Kurogane debía llegar. Extendió su mano para tocarla, terminando con ello el trance.


El estudio seguía tal como lo había dejado, lo único notorio era que la misiva del pasado ya era sólo delgadas cenizas sobre el cristal. Miró a su alrededor, confundido, y notando que una carta de tarot había aparecido entre sus dedos. No tuvo tiempo, sin embargo, de examinarla. El llamado de Tomoyo desde su habitación lo hizo correr a su encuentro.

Llegó en segundos, viéndola sentada sobre la cama, con la misma expresión repleta de incertidumbre que seguramente tenía él. Se arrodilló a los pies del lecho, preguntándole si estaba bien.

—Lo estoy —aseveró ella—, aunque recibí esto, y por lo que veo, no soy la única… —dijo, señalando la carta que él mismo sostenía.

Luego de compartir una mirada suspicaz, compararon sus arcanos: La Luna para ella, El enamorado para él.


El incidente, aunque inquietante, fue dejado atrás, principalmente porque no hubo nada que reforzara el mensaje, y se convirtió en una anécdota, eso considerando además que había asuntos más inmediatos e importantes que atender.

Yuzuki Ou vio la luz un primero de junio en la casa Daidoji por deseos de Tomoyo. Hubo algunas complicaciones a la hora del alumbramiento, y al final el equipo de médicos optó por una cirugía en lugar de un parto natural para favorecer la seguridad de la madre y el bebé.

Tomoyo no cabía en sí misma de alegría al ver por primera vez a Yuzuki. Sonomi no sabía cómo sentirse al ver el rostro delicado y armónico de Tomoyo con el eterno ceño fruncido de Kurogane, pero en realidad fue este último quien sucumbió ante el evento: recordaba con mucho afecto a sus padres, amaba profundamente a Tomoyo… pero ver a esa pequeña de abundante cabello negro y ojos carmesi lo hizo saber que había encontrado a la razón misma de su existencia, su luna nueva.

Dos años después del nacimiento, los Ou se establecieron en Tokio a pesar de los iniciales reclamos que devinieron gradualmente en súplicas por parte de Sonomi. Al paso de los años Yuzuki comenzó a mostrar talento musical, más específicamente en la ejecución del piano, además de manejarse con corrección en el camino de la espada, y finalmente, en el año ocho de vida, mostraría señales de ser una dotada, aunque la idea, igual que sucedía con su padre, no parecía entusiasmarla demasiado. Tenía una voz delicada como su madre, y una voluntad inagotable como su padre.

De Tomoyo recibió los mimos, las fotografías de estudio, los atuendos variados, que hicieron que prácticamente no repitiera guardarropas durante toda su infancia salvo por el uniforme escolar. De Kurogane recibió la disciplina, las lecciones de vida que no eran tan gratas de recibir, los horarios rigurosos y las exigencias académicas, era duro con ella, pero sin dejar de demostrarle jamás lo mucho que le importaba.

Yuzuki era una niña plena y feliz, con padres firmes, pero amorosos, lo que la convirtió en una jovencita muy segura de sí misma, que no temía mostrar quién era, y capaz de dar mucho afecto, y que congenió particularmente bien con su primo Hien, y por esa causa se sintió muy feliz al saber que viajarían unos días a Yumetani a ver a su tía Sakura, pasando antes a recoger a los amigos del extranjero de sus padres. Ahí conocería a otro niño que pronto se convertiría en uno de sus mejores amigos.

La suerte estaba echada. Tomoyo y Kurogane celebrarían ese cumpleaños sabiendo que muchos de los misterios que nacieron en los últimos años se resolverían finalmente.

IV.

Fin.


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