Retroalimentación.

Brie97 chapter 26 . Nov 13: Qué bien que llegué tan hondo, aunque tengo sentimientos encontrados en cuanto al tipo de emoción. Uno siempre se compadece del caído, pero poco pensamos en los que quedan, ciertamente la peor parte la lleva la familia Ou, y por supuesto, Sakura, pero la depresión es un enemigo al que no se debe subestimar. Oh, Touya tiene un rol, pierde cuidado. ¡Gracias por tus comentarios y sigo trabajando! ¡Disfruta lo que viene!

LizSaranjeiP chapter 26 . Nov 14: Gracias por los reconocimientos. Es cierto que nuestra protagonista debe pararse en algo más que el sentimiento n esta ocasión, porque el tiempo no perdona. Ya verás lo que tengo para estos dos. ¡Gracias por leer y comentar!

E A Blake chapter 26 . Nov 30: Fanfiction está haciendo de las suyas, no me notificó cosas a mí tampoco, pero al final, henos aquí. Reitero que el crecimiento, en sus mejores expresiones, viene del dolor, así que dejemos que sea su maestro en toda su crudeza en esta ocasión. ¡Gracias por tu comentario! Espero disfrutes el nuevo episodio.

¡Gracias por al espera!


XXVI.

Hogar.

—¿Es todo lo que necesitas? —preguntó Kurogane, luego de que aquel amplio jardín quedara completamente acondicionado con el entarimado y otras estructuras, tan bien hechas que no parecían improvisadas.
—Al parecer, sí —Xiao-Lang se sacudió las manos con un par de palmadas frente a su pecho—. Sólo necesito mi traje ceremonial, y mamá me confirmó que ya lo trae con ella.
—¿Cuándo llegará la señora Li?
—Esta tarde. Incluso las autoridades mágicas han sido herméticas con todo el asunto de los viajes internacionales. Ellos viajarán a través de los dominios de Poseidón, dicen que los maremotos ahí han sido monstruosos con todo lo que ha pasado.
—¿Te molesta si voy a recibirlos?

Li disimuló tanto como pudo la mirada intrigada que dirigió al samurái.

—Extraño a mis sobrinos —explicó—, y Yuzuki también. Además, sería conveniente que los Dragones restantes planeáramos un poco sobre lo que vamos a hacer.

Xiao-Lang sonrió sutilmente.

Kurogane y Sakura no habían hablado desde la muerte de Tomoyo, y era un hecho que habían tenido suficiente tiempo para reflexionar. Sonomi había establecido de forma muy adecuada las responsabilidades de cada uno, y aunque tomaría un tiempo que superaran la pérdida de un ser tan amado por ambos, al menos él estaba bien encaminado a una resignación, perdón y olvido reales.

Sakura, por otro lado, necesitaba trabajar eso con urgencia. Si las cosas seguían así, no sería necesaria la intervención de Shinomoto para establecer un ganador en la contienda, con las consecuencias correspondientes. Xiao-Lang había intentado hablarle a diario y a toda hora, pero en los días buenos, apenas si recibía un monosílabo, antes de que la cada vez más delgada mujer cayera por un sueño fulminante o un ataque de llanto. Pensar en que la estaba perdiendo le provocaba un miedo que nunca antes había experimentado, semejante al del conocimiento de una enfermedad terminal en alguien cercano, lo que en más de una ocasión le había arrancado una lágrima antes de caer fulminado por el agotamiento durante la noche, y le causaba sobresaltos a horas indiscriminadas del día; al grado que en alguna ocasión se sorprendió a sí mismo planeando qué hacer si no podía recuperarla. La reflexión le quitaba el aliento cuando se materializaba en su cabeza, llevándose cualquier atisbo de sosiego. Luego de semejante divagación, regresó a la charla, viendo a Kurogane notar su largo silencio y su intranquilidad:

—Eso estaría bastante bien. —Xiao-Lang tomó aire, reponiéndose—. Por cierto, sé que no te agrada que toque ese tema, pero… tenemos poco más de una semana sin saber de Sumeragi.

Kurogane no pudo ocultar un mohín y que su gesto se endureciera.

—Quizás sea lo mejor —resolvió—. Si vuelvo a ver su cara, no sé si seré capaz de contenerme. Todos hemos cometido errores y el destino se nos puso enfrente, llevándonos a esto… pero él… en particular él, deliberadamente interpuso sus intereses personales a su misión. Nunca perdonaré su debilidad y egoísmo. Ni siquiera voy a intentarlo.

Li no tuvo forma de contraargumentar, así que no lo hizo. Poco después, indicó el lugar de arribo de la familia faltante, y acordaron verse ahí para ir juntos a la mansión.


Sí, muchas gracias… será sólo un par de minutos… ¡Gracias de nuevo! —Pudo escuchar Eriol a través del auricular. La llamada, a pesar de ser de mala calidad al utilizar medios analógicos en lugar de digitales, permitía una buena conversación—: ¿Eriol?
—Duquesa —respondió él, conmovido.
Tu voz suena bastante mejor que la última vez. ¿Has estado comiendo bien?
—Sí, cariño, lento pero seguro, voy preparándome para cuando nos reunamos. Ni creas que te vas a escapar de una buena sesión de…
—¡Gustav está aquí, necio! —reprendió ella, acalorada, haciendo que el mago la imaginara abanicándose el rostro.
—Perdóname —rio él, sintiéndose feliz de compartir algo más que historias trágicas con la mujer de su vida—. ¿Cómo lo pasa Gran Bretaña?
Bien dentro de lo que cabe, con algunas carencias un día sí y otro también. Nuestro ducado ha sido uno de los más recurridos en el parlamento.
—¿Y eso por qué?
Por ser el único ducado mágico.
—No entiendo.
La Ministra Granger-Weasley y Su Majestad han pasado mucho tiempo conversando en estos días. Tal como están haciendo varias naciones en el mundo, el secreto mágico será revelado a la población general.
—Apenas si he recibido noticias del exterior, querida, ¿algún país ya lo ha hecho?
Ya lo creo: Rusia fue el primero, luego Estados Unidos, un puñado de países de América lo siguieron: Colombia, Canadá y México, y ayer se manifestó la Federación Mágica Europea, lo que prácticamente obliga a Gran Bretaña a mostrarse. Al parecer también se revelará el Concilio de Oriente.
—Y por lo tanto, Japón y China… —concluyó él.
Sí… Nadie habla abiertamente al respecto, pero todos están a la expectativa de Japón. Al parecer todo el mundo sabe que el epicentro de lo que está pasando en el mundo tiene su origen justo ahí.
—Sé que ya has hecho más de lo que deberías, pero… por favor, haz lo que esté en tus manos para ayudar a todos los que puedas.
Claro. Dejaría de ser una Devonshire.
—Una Hiiragizawa. ¿Me pasarías a Gustav?

Padre e hijo trivializaron por el minuto que les concedió la llamada, en el cual, el chico no perdió oportunidad de mandar saludos para su nueva mejor amiga, y haciéndole saber cuán triste lo ponía que Yuzuki hubiera perdido a su madre, al grado de que se le descompuso un poco la voz, pensándose en sus zapatos.

—Le daré tus saludos… por cierto, hijo… hay algo que debo pedirte. —Eriol tomó mucho aire, era quizás la conversación más profunda que tenía con su pequeño, y lamentaba que tuviera que ser a la distancia—: Como sabes, el mundo está atravesando un momento muy extraño e importante. Tú eres parte de una población muy reducida y especial al ser un dotado, la vida te dio un don maravilloso, y es tu responsabilidad usarlo para ayudar a aquellos que no tienen tus talentos y poder. Es lo que todo aquel que tiene un don como nosotros debe hacer. —Imaginó el semblante de Gustav mientras decía esas palabras, que seguramente debía reflejar aquella fascinación que mostraba cuando estaba ante un nuevo conocimiento mágico—. Tú serás un pilar en el cual las futuras generaciones han de sostenerse, porque no sólo se trata de poder, sino de conocimientos y sabiduría… y el primer paso para convertirte en eso, es haciendo lo que mamá te diga. Ella es una hechicera poderosa y sabia, y sus decisiones son producto de un profundo conocimiento. Cuida de ella y de tus abuelos mientras que yo vuelvo a casa, ¿de acuerdo?
¡Sí, papá! —respondió el hombrecito, entusiasta.
—Gracias… ¿sabes? Siento un gran afecto por ti.
¡Sólo di "te quiero"! —reprendió Issy desde lejos del auricular, haciendo reír al duque.

Eriol tuvo que dar la razón a su mujer. Pasaron los últimos segundos de esa conversación recordándose lo mucho que se extrañaban, y haciendo promesas sobre las cosas a hacer apenas se reunieran nuevamente. Eriol respiró con cierta tranquilidad apenas colgó el teléfono, en la confianza de que su familia estaba bien. Comenzó entonces a hacer planes. Estaba a medio mundo de distancia, en algún punto, tenía que procurarse la vuelta a casa.


—Sakura… —llamó el patriarca Li, poco antes del mediodía. No recibió respuesta—. ¡Sakura! Por favor, tienes que comer. Estás bajando mucho de peso, si no hacemos algo, tu salud se verá comprometida de verdad.

La mujer se movió sólo un poco. En los días anteriores había pasado despierta apenas unos minutos, su esposo la había arrastrado a tomar una ducha cada tercer día o así, ante una Sakura casi cataléptica que gradualmente perdía la capacidad de responder a estímulos.

Esa mañana, esa postración se le antojó insoportable al emperador. No era la primera vez que veía a la mujer que amaba abatida por una condición, pero sí la primera en que ella no luchaba. Estaba sana según lo dicho por cada médico o curandero que la examinó, al parecer, el problema estaba dentro de ella: simplemente había perdido la voluntad.

Desesperado, rodeó la cama, destapó a Sakura, y tratando de ser lo menos agresivo posible, tomó sus hombros, obligándola a sentarse. En todo ese proceso, la mujer no levantó en absoluto la mirada, aún cuando era evidente que estaba despierta.

—Vamos, Sakura, por favor… debes volver. Las cosas aquí se ponen peor cada vez, te necesito a mi lado para enfrentar todo esto… —ella inspiró profundo, como preparándose para sollozar, pero no emitió palabra—. ¡Vamos, Sakura! ¡Todos te necesitamos! ¡Los Dragones de la Voluntad necesitan a su líder! ¡Yo necesito a mi esposa…! Tus hijos necesitan a su madre.
—Pero… —articuló finalmente—, ¿para qué…? Ni siquiera podría protegerlos…

Con esa oración, se soltó de las manos de Xiao-Lang, volviendo a tenderse y a cubrirse hasta la cabeza con las mantas.

Él, estupefacto e incrédulo, se quedó mirándola por un par de minutos.

El reclamo que quiso gritar se quedó en su garganta, pero su escape fueron sus ojos, ya húmedos. El nudo que era casi permanente y que le cortaba la respiración se intensificó mientras buscaba cómo escapar de la escena que estaba presenciando, cansado, a nada de considerar la renuncia. Salió de la habitación completamente derrotado, encontrándose con que una comitiva completa lo esperaba en el pasillo.

—¿Qué pasa? —preguntó un poco a la defensiva, resguardando inconscientemente la puerta de la alcoba.
—Esperábamos que tú nos lo dijeras —respondió Touya, de brazos cruzados.
—¿Has conseguido que ella hable? —cuestionó Sonomi.
—No. Ella necesita…
—¿"Un poco más de tiempo"? —anticipó Kurogane, resoplando con cierto nivel de indignación—. Si eso ibas a decir, es la respuesta equivocada.
—Lo lamento, Xiao-Lang, pero ya no hay tiempo que perder. No podemos permitir que Sakura se hunda en su tristeza, porque inevitablemente nos arrastrará a nosotros y a nuestras familias —Eriol, aunque culpable, sonó determinado—. Su rol no puede transferirse, ella es la única que puede poner fin a todo esto. Ella debe volver, y si no logras traerla tú de vuelta, tendremos que intentarlo nosotros.

El hombre retrocedió un paso, sintiéndose amenazado. Curiosamente, aquél que podría haber parecido el más aguerrido, resultó ser el más conciliador. Kurogane cerró distancia con él, poniendo una mano en su hombro.

—Yo también estoy sufriendo por la pérdida y la culpa, pero no puedo detenerme. Personas que amo dependen de mí… la Sakura que nunca se rinde está ahí, y tú debes ir a encontrarla. Debes volver a conquistarla como cuando eran niños… hazla ver que sin importar cuán insoportable sea el dolor, tiene que levantarse. Sé que no disfrutas confrontarla, pero en algún punto tal vez no haya remedio. Eres la única persona que podría ir por ella al infierno si es necesario, así que ve allá, y recupérala… tú aún puedes hacerlo. Tu madre y tus hijos estarán aquí en poco tiempo, trataré de hacer el viaje lo más rápido posible… ella debe estar lista para ese momento, no querrás que ellos la vean así, ¿verdad? —La mirada suplicante del emperador hizo sentir al samurái una mezcla de compasión y enojo. De alguna manera, él se veía a sí mismo en esos ojos repletos de miedo e incertidumbre, él mismo no había terminado de recorrer ese sendero, lo único que sabía con certeza era que Xiao-Lang tendría que hacerlo solo… al menos él tenía la esperanza de recuperarla—. No voy a aceptar esas dudas de ti —increpó el soldado—. Tú, siendo sólo un niño te ganaste mi respeto por ser perseverante y tenaz, tengo plena confianza de que lo lograrás, porque te conozco… los conozco a ambos —lo soltó, retrocediendo un paso, listo para despedirse—. Confía en ti mismo y en lo que los une a ustedes dos. Ahora, a trabajar.


La alcoba era amplia, con amueblado refinado y funcional de estilo europeo, con una magnífica entrada de luz, y excelente circulación de aire. A pesar de esos factores, Xiao-Lang tenía clarísimo que era el último lugar de la tierra en que deseaba estar.

En el muro opuesto a la puerta que le daba acceso, la enorme cama King Size resguardaba como un celoso carcelero a la persona que la ocupaba. Sakura, hecha un ovillo, sólo daba señales de vida a través de su lentísima respiración. Por algún motivo que él no se podía explicar, semejante escena le resultaba terrorífica.

Sin embargo, dejarse dominar por el miedo era justo lo opuesto a lo que los Li hacían ante tales escenarios. No era Sakura su enemigo, sino la depresión que la invadía, y era su deber exorcizarla. Tendría que combatir a la culpa y el rencor autoinfligido; y hacer de sus esperanzas, ganas de vivir y el amor por los suyos, sus aliados.

Tomó un gran bocado de aire, y aclaró sus ideas. Hora de bajar al fondo del mar por la etérea recompensa, y traer de vuelta al amor de su vida.

—Sakura —llamó al plantarse a un lado de la cama—. ¡Sakura! —insistió.

Dejando finalmente que la ira fluyera desde la boca de su estómago, tomó por los hombros a la mujer, que sorprendida, miró con ojos hundidos a su marido, apenas reconociéndolo.

—Ya fue suficiente autocompasión, Sakura. Hora de levantarse y luchar.
—Por favor, déjame… no hay nada en lo que pueda ayudar.
—No. De ninguna manera. Ha sido mucho el tiempo que has desperdiciado en llorar y sentirte la víctima de todo esto. ¿Es porque es lo más fácil de hacer?
—¿Crees que es fácil saber que personas amadas han muerto por tu culpa?
—Te estás equivocando en cuánto a tus alcances, Sakura. Tú no puedes determinar quién muere, porque no es tu función, de hecho, es todo lo contrario, siempre ha sido lo contrario… con cada sacrificio, miles de vidas se han salvado, miles de personas tuvieron una nueva oportunidad.
—Pero… personas tan importantes para mí se fueron por mi causa… Tomoyo…
—¡No es así! ¡Tomoyo murió por algo mucho más grande, importante y significativo que tus decisiones! ¡Ella decidió luchar hasta el final y sacrificarlo todo por su hogar y por millones de vidas! ¡Su destino no fue obra tuya…! Fue una elección consciente de ella misma. No te atrevas a desvalorizar su obra de forma tan egoísta.
—¿Y eso en qué cambia nada? —se reveló con voz rota la mujer—. ¡Ya no está, y yo la extraño a horrores! ¡Y lo mismo con papá!
—¡¿Y qué hay de nosotros?! ¡¿Ah?! ¡¿Hien y Nadeshiko no importan?! —Los ojos de Li se llenaron de lágrimas al gritar eso, mientras sacudía a su esposa, sacándole un lamento de sorpresa y dolor—. ¡¿No importo yo?! ¡Tomoyo también era parte de mi familia, y sabes que quise a tu padre como si hubiera sido el mío…! ¡No puedes siquiera imaginar lo que es perder a un papá dos veces…! —exclamó—. ¡Las personas mueren todos los días, y no sabemos si los volveremos a ver! ¡Eso hace aún más valioso el tiempo que compartimos con ellos y los que nos quedan! ¡Maldita sea, Sakura! ¡Tienes dos hijos! ¡Niños pequeños ambos, que dependen completamente de nosotros para vivir!
—Hien… Nadeshiko… —susurró, como recordándolos de un sueño lejano, como si no hubiera sido consciente de su existencia hasta ese momento.
—¡¿Qué clase de débil y patético ser deja a la deriva a los máximos merecedores de su afecto en tiempos de miedo como estos, mientras se revuelca en su propia miseria?! ¡Mi Sakura no es así! ¡Mi Sakura nunca se rendiría ante el dolor o el terror…! Mi Sakura no arrastraría al fango a los seres que declaró amar con todo su corazón, a pesar de todo… ¿Y el señor Fujitaka…? ¿No hay nada valioso en su ejemplo para ti? ¡Un hombre aterrorizado ante la idea de criar solo a dos niños! ¡Y a pesar de eso, se las arregló para ser el mejor padre al que pudiste aspirar! ¡Que demostró su amor y valentía literalmente hasta el final! ¡¿Dónde está la Sakura que ese hombre educó con tanto afán…?! ¡Tu debilidad y actitud son signos inequívocos de su fracaso!—la soltó, sabiendo que debajo de la blusa, sus uñas debieron dejar marcas profundas en los hombros de ella—. ¡¿Qué fue lo que pasó con mi Sakura? ¿Qué pasó con la mujer optimista hasta lo absurdo? ¿La voluntariosa hasta la necedad? ¿La amorosa hasta lo ridículo…? ¿qué pasó con la mujer que amé…? Porque si ya no existe, tal vez sea mi momento también para desaparecer…

Sakura se había quedado absorta desde que inició el sermón. Apenas la soltó, Xiao-Lang suprimió tanto como pudo el impulso de disculparse, pues era la primera vez que le gritaba de esa forma... pero sabía que era lo correcto. Él no estaba haciendo nada malo, no estaba atacándola, ni estaba diciendo mentiras. Él sabía que no podía seguir absorbiendo el dolor por ella, o ambos terminarían muertos.

De forma prácticamente imperceptible, el ambiente cambió. Sin embargo, el estupor epifánico de Sakura era tal, que no pudo ubicar el cambio, y lo que pasó a continuación, la tomó completamente fuera de base.

—¿Xiao-Lang? —se atrevió a preguntar en un hilo de voz, viendo la mueca de extrañado asombro que él mostraba en sus ojos, desorbitados.
—Sakura… —susurró él, con voz repentinamente gutural.

Estridente como un arañazo en un pizarrón, el sonido de la carne siendo desgarrada atravesó los oídos de Sakura, mientras que el cálido carmesí salpicaba su rostro. Del pecho de Xiao-Lang, sin ningún tipo de explicación o advertencia, emergió la punta de la destellante hoja de una espada. La hoja hermosa y pulimentada de una espada enorme y exquisita. La hoja de una Espada Sagrada.

El metal regresó por donde vino, mientras que el ahora exánime cuerpo del lobo era arrojado a los brazos de Sakura, que lo recibió sin entender, aterrorizada, a nada de desmayarse, casi incapaz de controlar su vejiga, ante una escena que podía provocar un trauma más allá de lo que un intelecto sano podía soportar.

El peso de su esposo la obligó a caer sobre sus rodillas. Sakura no tenía la mínima idea de qué hacer, así que su único remedio fue concentrarse en la única frase que parecía sujetarla a la cordura:

—Esto no es real, esto no es real… ¡Esto no es real!

Levantó el rostro para confrontar a quien sabía podría ser la única responsable de aquella visión.

—Real, fantasía… a estas alturas, hermanita, ¿qué más da? —Akiho mostró una sonrisa muy diferente a la suave y armónica que siempre adornaba su rostro. Una mueca torcida, displicente, provocadora, la cual aumentó cuando sus ojos y los de Sakura se encontraron—. El punto es que esto que ves es la realidad, sólo que aún no ha pasado. Esto es una ventana al mundo sin tiempo, es lo que puedo ver ante mí, en ese lugar etéreo al que podríamos llamar "futuro".
—Es una profecía…

Sin responder, la pediatra cortó la distancia entre ambas a grandes zancadas, tomando por el cabello de la nuca a una Sakura totalmente paralizada, presa del terror. Sin hacer apenas esfuerzo, la remolcó hasta la puerta de la alcoba, abriéndola de un empujón y arrastrando a su prisionera hasta el balcón que daba a la estancia principal, mientras que ella se aferraba al cuerpo de su amado.

En un único impulso, Sakura y compañía fueron arrojados al recibidor de la mansión. Durante su caída, pudo ver el cielo vespertino y azul entrando por una enorme grieta en el techo, así como muchos detalles del entorno: el clima agradable, la brisa suave entrando por los muros derruidos, y la parvada de pichones y palomas que volaron asustadas cuando ella impactó el suelo, abandonando la morada. Al caer, giró un par de metros más allá de donde el cadáver de Li había quedado.

—Veinticinco años, hermanita —el eco de la voz de Akiho resonó en los muros erosionados por el tiempo, mientras que ella bajaba las escaleras elegantemente, espada al hombro—. Veinticinco años es lo que se estima que le tomaría al mundo volver a su equilibrio natural si nosotros desaparecemos. En contrapartida, si los insectos desaparecieran, nosotros no tendríamos ni un año de vida. ¿Te das cuenta de quién es realmente el malo aquí? —Observó a Sakura, que trababa de recuperarse de la caída, buscando un punto de apoyo sobre el suelo irregular en el que había caído, preparándose para contraargumentar—. Y sé que ahora mismo estás pensando en responderme con ese viejo argumento de que "pueden cambiar" —ironizó sus palabras dibujando unas comillas con su mano libre mientras rodaba los ojos—. La especie humana apareció hace unos dos millones de años, y la civilización comenzó hace unos diez mil. Ha pasado por cismas como este, y cada cambio ha sido temporal, porque no aprenden nunca la lección. Con esto, el mundo finalmente entendió que no somos más que una horrible enfermedad degenerativa, que debe ser curada por un bien mayor.
—Por más que insistas en que somos una enfermedad… eso significa que también podemos ser la salvación de nuestro mundo, que podemos mejorar y forjarnos un futuro… si tan sólo…
—¿Trabajamos duro? —se acercó a menos de una decena de metros de ella, ya en el vestíbulo—. ¿Tal como tú misma estás haciendo, Sakura? ¿Completamente inmersa en esa asquerosa autocompasión? ¿Dejando que tus hijos, amigos y familia carguen con tus complejos y culpas? Si tú representas ese afán de sobrevivir, están completamente jodidos. Una pena, especialmente por Xiao-Lang. —Alcanzó al exánime hombre, moviéndolo con un pie para que quedara bocarriba, e inclinándose sobre él, tocando su rostro con delicadeza—. ¿Sabes? Siempre quise preguntar… —la miró con un matiz particularmente beligerante en la voz y los ojos, pasando el pulgar por los labios de él—: ¿Es tan buen amante como parece? Me da la impresión de que no habría sido el tipo de pervertido que tuve la mala suerte de conocer… Me pregunto si hubiera accedido a una aventura si se lo hubiera propuesto.
—Por favor, no…
—Seguramente sí. Después de todo, es un hombre. Por definición, es un cerdo. La hubiera pasado bien… —Dejó el rostro del hombre para acariciar su pecho—. Digamos que Kaito me enseñó algunos trucos para hacer feliz a un hombre.
—Basta, te lo ruego. Él nunca…
—Debe ser un poco cansado hacer siempre lo mismo con la misma persona, en especial si se piensa en lo mojigata que puedes llegar a ser… ah, hermanita, debes ser tan aburrida en la cama. Me sorprende que hayan tenido hijos.

Cuando Akiho se levantó, parpadeó y volvió a mirar en dirección de su contraparte, la sorpresa la abofeteó, casi con la misma intensidad que Sakura, que había librado la distancia entre ambas en un instante, plantándole un poderoso revés que hizo ver luces de colores y trastabillar un poco.

Al momento que Sakura trató de buscar un segundo impacto, su palma fue interceptada por el agarre de la portadora de la espada, deteniéndola en seco.

—Ese es el espíritu… ¿quién lo hubiera dicho? Bastaba con hablar de tu macho para que sacaras el temple. Vaya mujer predecible que resultaste.

Si bien Akiho mantenía un tono más o menos ecuánime, Sakura pudo notar como la ira le deformaba el rostro, mientras que una diminuta gota de sangre caía por su frente, recompensa de una de sus uñas.

—No voy a dejar que les hagas daño.
—Al menos no de nuevo, supongo. Si vas a cuidarlos como hiciste con papá o con Tomoyo, creo que no tengo mucho de qué preocuparme. Hablando de papá, ¿no quieres saludarlo? —preguntó burlona, levantando ligeramente su arma, aquella que ambas sabían que había sido obtenida del cuerpo y alma de Fujitaka.
—¡Deja tranquila a mi familia! —gritó finalmente.

Sakura, al no saber si estaba en un sueño o en una profecía, no podía establecer cuáles eran sus verdaderos alcances. Aún así, cargada de nuevas energías, se soltó de su captora, y buscó abofetearla una vez más. No sabía si podía usar su magia, así que no se arriesgó.

Al parecer, Akiho estaba mejor instruida sobre cómo moverse en ese entorno.

No le costó mucho interceptar los torpes ataques de la maestra de cartas, y antes de cansarse siquiera, había puesto aquel remedo de pelea a su favor, entre descoordinados y poco elegantes golpes al rostro y tirones de cabello. Sabiéndose vencedora, tomó impulso, y sin misericordia hundió el mango de la espada en el diafragma de Sakura.

El impacto fue más poderoso de lo que Sakura imaginó, y fue expulsada de la casa por el golpe, atravesando la desgastada madera, y dando un par de giros sobre el abandonado jardín, ahora repleto de maleza y flores silvestres.

Trató de ponerse de pie, pero entonces reparó en aquello que había detenido su caída. Incrédula, fue leyendo los improvisados letreros de madera, erosionados por el tiempo y la lluvia, en un hiragana apenas legible y que reconoció como la caligrafía de Xiao-Lang. Montículos de tierra. Tumbas. Una por cada miembro de su familia, empezando por ella, pasando por los Ou, incluso los Potter… incluyendo a sus hijos.

—El destino es inevitable, Sakura —retomó Akiho, acercándose lentamente, levantando su arma.
—No voy a permitir que esto pase…
—¿Todavía crees que tienes algún tipo de oportunidad de cambiar nada? Este es simplemente el curso natural de las cosas. La muerte es parte de la vida, y hasta que no aceptes eso, no vas a poder siquiera plantarme cara. ¿Dónde está tu voluntad, Dragón? ¿Dónde están tus ganas de vivir? ¿Dónde está tu amor por los tuyos…? ¿Dónde está tu espada, Sakura? —se preparó, pasando su estoque por arriba de su hombro derecho.
—¡Voy a detenerte!
—No, no vas a hacerlo, no puedes… ¿y sabes por qué no? ¡Porque no tienes convicción! ¡No estás convencida de tu causa! ¡No puedes siquiera superar tu dolor! ¡Eres débil, pusilánime y cobarde! —Dibujó nuevamente su espeluznante sonrisa torcida, saliendo por completo de su papel de hermana abnegada—. Desde ya te digo: ¡hagas lo que hagas, NADA ESTARÁ BIEN!

La espada dio un mandoble poderoso, haciendo a Sakura sentir con espantosa claridad el paso de la hoja a través de su cuello.


—¡Sakura! ¡SAKURA! —Li, desesperado, abofeteaba suavemente sus mejillas.

La mujer finalmente recuperó sus sentidos, encontrándose a sí misma en brazos de su marido. Su cuerpo se sentía entumecido y sus ojos dolían al contacto con la luz. Al examinar mejor el entorno, encontró que no estaba más a solas con su esposo. A su alrededor, Sonomi, Eriol, Wei y Meilin lucían de verdad asustados.

—¿Me… me desmayé? —preguntó, sorprendida de lo cavernosa que sonó su voz.
—No precisamente —dijo Xiao-Lang, aliviado al verla hablar nuevamente, y pasándole un pañuelo por la barbilla, recogiendo la saliva espumosa que la rebosaba—. Estabas convulsionando.

Sakura abrió mucho los ojos, pues nunca en su vida había sufrido de un episodio de ese tipo. Negó amablemente la invitación de su esposo de volver a la cama, al parecer, finalmente reconociendo que había pasado demasiado tiempo en ella. Lenta, pero decidida, se puso de pie, y con paso vacilante caminó hacia afuera del dormitorio, seguida de cerca por los demás, que la llamaban para que fuera prudente, en consideración a lo que acababa de sufrir. Ansiosa, anduvo hasta el balcón, comprobando que el recibidor y la estructura misma de la casa se mantuvieran sin daños, como los recordaba, sin grietas ni derrumbamientos parciales, dando signos de interacción humana, señales de vida… como buscando una confirmación de que aún no era tarde.

Bajó las escaleras a trompicones, haciendo oídos sordos a los reclamos de Xiao-Lang de que fuera cuidadosa, desesperada y menesterosa por algo que no lograba ubicar, que sabía que necesitaba con urgencia, que le daría un último impulso a salir por completo de ese círculo vicioso de malos sentimientos y pensamientos.

Y la ansiedad volvió a sus ojos al mirar a la enorme puerta que daba acceso al recibidor, donde sabía que estaba el jardín de esa mansión, el mismo que tantas veces la recibió en su vida, donde tomó el té con su mejor amiga en la niñez, donde jugó, planeó y tuvo aventuras con quien sería el amor de su vida, el mismo donde Sonomi y Fujitaka, ya en su madurez, hicieran finalmente las paces… el mismo donde sus hijos jugaron en sus vacaciones… el mismo donde la visión le mostró que podrían estar sus lápidas si no hacía algo.

Lo entendió entonces: Tomoyo no se había marchado simplemente por pelear. Su partida representaba la posibilidad de preservar ese que fue su hogar ancestral, el pequeño pedazo de mundo que ella y su familia podían reclamar realmente como suyo, y la petición implícita de velar por los que dejó atrás, de dar consuelo y apoyo a Sonomi y Kurogane, y ser tanto como le fuera posible, una madre para Yuzuki.

Ya se había tomado una licencia bastante larga por su luto. Era hora de honrar ese legado, y abrir la posibilidad de dar un futuro a todos y todo lo que le importaba. Y que sus propios hijos tuvieran un lugar al cual volver y llamar "hogar".

En esa desesperación escuchó el familiar sonido de un auto aparcando afuera, haciéndola contener el aliento. Se quedó completamente quieta, delante del grupo que la acompañaba, esperando a que algo más pasara. En esos interminables segundos escuchó el motor del vehículo apagarse, hasta que finalmente pasó lo que ella no sabía que necesitaba con tanta urgencia.

La puerta se abrió, dejando pasar tanta luz que la obligó a cubrirse un poco los ojos, pudiendo apenas reconocer un puñado de siluetas. Se escucharon pasos apresurados, y una exclamación unánime, que pareció derretir el denso fango que cubría su corazón:

—¡Mamá!

Aún sin poder verlos, sus rodillas flaquearon, y extendió los brazos hacia enfrente, pues sabía que ese abrazo que estaba por recibir era el soporte para volver a quedar de pie. Que aún cuando sus heridas no hubieran sanado por completo y que las cicatrices se quedarían ahí para siempre, tanto metafórica como literalmente, era esa vida y todas las virtudes intrínsecas en la inocencia de sus hijos, aquello que le demandaba ser fuerte de nuevo, que le exigía levantarse a pesar del dolor, y que le daría el temple, la voluntad y la motivación para resistir aún más, en pos de protegerlos. En pos de demostrarles en hechos que mientras ella estuviera viva, ellos estarían seguros.

Un llanto muy diferente al de los días anteriores salió por sus ojos y su garganta, mientras estrechaba a sus niños y besaba sus cabezas, descontrolada, superada por la situación, aunque en el buen sentido. Un momento después, Xiao-Lag se arrodilló junto con ellos, uniéndose al abrazo.

Sakura extendió los brazos un poco más, dirigiéndose a Yuzuki y la recién llegada Xing, las cuales se unieron al final. Si bien todos los que estaban en ese salón merecían que ella se esforzara aún más, los verdaderos dueños de sus esfuerzos eran esos niños. Existía una posibilidad de darles un destino brillante, y ella haría lo necesario para dárselos, como hizo su padre, como hizo Tomoyo.

Se volvió hacia arriba un momento, encontrando el escarlata de los ahora tranquilos ojos de Kurogane, que parecía haber sintonizado con ella. Era un hecho que les tomaría unos años volver a lo que eran, o que incluso nunca lo lograrían… pero al menos ya iban en camino a esa sanación.

—Gracias —le susurró ella, gesto que él correspondió sólo con un serio asentimiento.


—¿Todo en orden? —preguntó Yuuto, entrando al salón del trono en el momento mismo en que Akiho trataba de recuperar el aliento.
—Por supuesto —respondió ella en un suspiro—. Nada podría estar mejor.
—¿Has cumplido tu objetivo?
—No estoy segura, pero creo que pude apreciar un cambio. Espero que así sea, es el cierre de la historia de esta especie, amerita un gran espectáculo en el final. Sakura debe venir a concluir este conflicto… debe dar lo máximo de cara al inicio de la noche para la humanidad. Que se levante un poco más, que asegure su estabilidad emocional y se prepare para verme una última vez… —se levantó de la silla, y pasó una mano por su frente, recogiendo una diminuta cantidad de sangre en la yema de sus dedos—. Para que cuando muera, pueda marcharse en paz.
—¿Y cuánto tiempo será necesario para eso? —el matón sonrió con su muy creíble amabilidad.
—Una semana. Tiempo para lanzar un ultimátum. En ocho noches, entraremos a la recta final. ¿Eso no te emociona?
—Claro —respondió él, cambiando su actitud—. Amerita una celebración, ¿no?
—Extrañas a Satsuki, ¿verdad? —asumió ella, ironizando con su gesto—. Pero no voy a acostarme contigo.
—Bueno, lo intenté.

Akiho fue hasta el balcón, animada por el plan que había armado, viendo la semidesierta capital bajo el sol vespertino.

A la distancia, entre los edificios, sobresalía uno que llamó poderosamente su atención. A pesar de la tragedia y la destrucción, la Torre de Tokio se erguía con orgullo sobre la ciudad. Se arraigó entonces un pensamiento en su mente: Ese debía ser el escenario de su encuentro final.

XXVI.

Fin.

Mi agradecimiento a WonderGrinch, que sigue sufriendo no tan silenciosamente, y a CherryLeeUp por sus comentarios, enseñanzas y consejos.