Retroalimentación.
Mavi chapter 27 . Dec 3: Bienvenida de vuelta a la lectura. Sin lugar a ninguna duda, son los que quedan detrás los que llevan la peor parte de una pérdida, en especial, una como la representó la partida de Tomoyo. Creo necesario llevar a nuestra protagonista a esas profundidades, sólo así el crecimiento tendría significado. Gracias por estar de vuelta y comentar, espero verte por acá a menudo.
carmennj chapter 27 . Dec 3: El despertar fue lento, pero necesario que fuera por ese camino, no podía quedarse hundida para siempre, y la otra miserable tenía que hacerlo. Dale una nueva oportunidad a Sakura, hará lo necesario para reivindicarse. ¡Vamos al final!
Brie97 chapter 1 . Dec 6: Sí, nuestra prota está de vuelta. Aún hay cosas que resolver, pero es un hecho que ya estamos encaminados hacia una conclusión. También era necesario dejar puesto el escenario para lo que va a ser el cierre de todo este arco. ¡Gracias por tu comentario! ¡Disfruta lo que viene!
LizSaranjeiP chapter 27 . Dec 7: Fanfiction está haciendo de las suyas con las notificaciones, pero aquí estamos. Todos estos momentos cúspide de los que hablas son sólo el inicio de un largo camino de sanación, aunque partiendo del conocimiento de que nada podrá volver a ser lo mismo. Akiho está, para este punto completamente convencida de su lugar y proceder, y por tanto, no le importa mostrar sus verdaderos colores, así que siéntete libre de odiarla. Sólo para quitarte un poquito del miedo, la espada no puede venir de un Dragón, por tanto, él no podría darle eso a Sakura, sin embargo, eso no lo hará estar completamente seguro. El plan de Akiho se asienta completamente sobre esa postura, el problema está en que su visión está sesgada por su triste pasado, su visión podría ser correcta, pero su ejecución tiene el problema de su abordaje. Muchas gracias por el reconocimiento a la historia, me alegra saber que logré hacer que pensaras más allá de lo escrito, y que te emocionaras con él. ¡Disfruta lo siguiente!
MissCerezoo chapter 26 . Dec 7: Muchas gracias por la lectura y la reseña. La muerte de un personaje tan trascendente, desde luego que tendrá mucho que dar antes de cerrarlo, en caso de que se llegue a superar en algún momento, cosa que sinceramente dudo. Sonomi tenía que actuar así. Siempre fue una mujer de pérdidas, siempre fue alguien fuerte en extremo, y quizás la más emblemática de las representantes de su casa en su época, ella tendrá oportunidad de llorar a su hija y encontrar la paz cuando todo termine. El cerrado esquema de honor japonés de la antigüedad no tenía lugar en esta época, al menos no en este contexto, Kurogane debía levantarse, porque aún tiene algo que cuidar: el legado de la mujer que amó. Eriol de vuelta, ciertamente, y con eso, nos acercamos al final. Gracias por tu análisis. ¡Te espero!
¡Disfruten el capítulo!
XXVII.
Plenilunio.
—Ya quería dormir en mi cama —dijo con su vocecita somnolienta la niña, apenas pudiendo mantener los ojos abiertos.
—¿No estabas cómoda en tu habitación en casa de tu abuela? Además, tu cama está en Yumetani.
—Era una cama linda, y mamá Ieran me arropó todas las noches… pero no era mi cama —respondió la chiquilla, ignorando por completo la acotación de Sakura.
Sin otra explicación, Nadeshiko cerró los ojos y tomó la mano que Sakura le había puesto sobre el pecho, llevándola hasta su rostro, y en la más pura evidencia de su temprana infancia, comenzó a succionar su índice. En menos de dos minutos, la pequeña se había quedado profundamente dormida.
Dando un asentimiento, ambos padres dejaron esa cama para ir a la contigua, donde Hien observaba el techo. Ser el hermano mayor y un niño bastante intuitivo, lo hacían dueño de inquietudes tanto más profundas que las de su hermana, y también motivos para no encontrar el descanso tan rápido, a pesar de estar feliz de estar de nuevo con sus padres.
Cuando el matrimonio lo abordó, sentándose cada uno a un lado de su cama, tomó al momento la mano que Sakura le tendió.
En el profundo follaje de los ojos que compartía con ella, pudo sentir eso que había visto desde que nació, pero que apenas comenzaba a cobrar sentido, a pesar de su incapacidad de ponerlo en palabras o siquiera entenderlo a cabalidad: una preocupación y miedo añejos, ocultos en la felicidad de la vida familiar, perfectamente camuflados en esos ojos que normalmente destellaban como luceros, al igual que el cálido fuego en los de su padre, ahora apagados por un dolor demasiado agudo, pero vibrantes en determinación.
—No quiero irme de nuevo —declaró Hien, categórico.
—Lo sé —indicó Sakura—. Y creo que cometí un error al mandarlos lejos de casa. ¿Me perdonarás por hacerlo?
—Sí… pero no lo hagan de nuevo —dijo el chiquillo, arrugando la frente, haciendo que Sakura viera a su esposo a través de él.
—Hecho, príncipe —cerró Xiao-Lang, acicalándole el cabello—. Desde hoy vamos a estar juntos, sin importar lo que pase.
Agotado, el niño asintió, y pronto sucumbió también al cansancio.
En condiciones normales, siendo poco antes de las nueve de la noche, el matrimonio iría a verificar que los bentos para la mañana siguiente estuviera listos para cuando el transporte escolar pasara por los niños, quizás algunas cuentas contingentes para los gastos del mes, y si había suerte y ánimos, "convivir" antes de dormir.
Todas esas actividades que componían su normalidad hasta unas semanas atrás parecían lejanas, como si hubieran sido parte de un sueño, como si lo hubieran vivido otras personas.
Cerrada la habitación de los hermanos, Xiao-Lang dedicó una mirada muy intensa a Sakura, a la que sentía como si también hubiera regresado de un largo viaje. Le tendió sutilmente la mano y ella aceptó la invitación, siguiéndolo a través de los pasillos de la casa. Sus pasos los llevaron hasta el estudio de Tomoyo, que por las circunstancias había vuelto a su dueña original, Sonomi.
Ahí, en la sala de reuniones en la que se habían hecho desde importantes juntas de negocios hasta banquetes familiares, todos los que quedaban de las filas de los Dragones de la Voluntad y sus allegados ocupaban un asiento, excepto por Subaru.
A la llegada de los emperadores todos se pusieron de pie un momento. Sakura tomó su lugar, presidiendo la larga mesa, y apenas todos volvieron a sentarse, ella se mantuvo de pie, pero con la mirada baja.
—Antes de comenzar… Quiero ofrecerles una disculpa por ausentarme de esta forma —Sakura dijo eso con aplomo, pero sin levantar la vista—. Fui egoísta y estúpida al creer que sólo yo estaba sufriendo pérdidas, ignoré su dolor, los sacrificios que tuvieron que hacer, los obligué a cargar con mis propios demonios y los dejé solos. Espero puedan perdonarme por esos horribles actos, y que me den la oportunidad de mostrarles que voy a estar con ustedes hasta el final, sea cual sea. Sé que ahora mismo no tenemos tiempo para que los compense por eso, pero cuando resolvamos todo, reivindicaré todo aquello que hicieron y que por mi causa tuvieron que pasar. Aún así, todas las cosas malas que nos han pasado, nos han dejado una lección: la única forma de alcanzar el futuro al que aspiramos, es juntos… quizás yo sea la portadora del poder de Dios, pero son realmente ustedes quienes obrarán el milagro. Perdónenme por mis faltas y mi debilidad, y gracias por su fuerza y constancia.
La respuesta no verbal del grupo fue consistente con su status quo: hubo asentimientos de aprobación, incluso algunas sonrisas sutiles, aunque honrando la verdad, eran más por el alivio de ver a la única que podría dar la batalla final de vuelta, pero los ahí reunidos estaban algo más que agotados, de cualquier manera, lograron transmitir su apoyo a aquella que el destino había convertido en su líder. También era justo decir que había aún una pequeña renuencia, como la que se sentía entre los hermanos cuando recién han terminado una pelea.
—Y bien… ¿qué tenemos?
—Quedamos cinco Dragones de la voluntad vivos —comenzó conciso Kurogane—, aunque no todos tenemos la capacidad de combatir: Hiiragizawa no se ha recuperado por completo de sus lesiones, y el cobarde de Sumeragi está desaparecido. Por el otro lado, sobreviven sólo tres Dragones del Destino: Shinomoto, un fulano llamado Yuuto Kigai del que no sabemos más que su nombre, compartido por la niña de los cables y su mascota computadora antes de morir, y desde luego, el loco de Sakurazuka.
—Tres contra tres…
—Sí —intervino Ieran—. Tal vez, sólo tal vez, podríamos inclinar un poco la balanza a nuestro favor si recuperamos a Sumeragi…
—No… —cortaron Sakura y Kurogane al unísono, y fue ella la que continuó la idea—: No creo que el señor Sumeragi pueda aportar verdadera ayuda a nuestra causa, además de que él mismo mató a un Dragón del Destino, lo que de alguna manera hace que no nos deba nada… ¿no es así, Kurogane?
Los ojos de Sakura y los del samurái se encontraron por sólo un instante, antes de que él los retirara, tensando los pómulos, y obligándola a ella a bajar los propios, avergonzada. Ella pudo ver el incendio aún vivo en el carmesí de los iris del hombre. Las siguientes palabras de él fueron más una declaración que una respuesta a la pregunta:
—El infeliz mató al primero de ellos en caer. Si lo encuentro, la verdad es que voy a buscar escarmentarlo antes que pedirle u obligarlo a que nos ayude. La brecha entre nosotros es irreconciliable.
—Conozco la sensación que él está padeciendo —reforzó Sakura—, y su ausencia es la forma en que está buscando flagelarse por su falla, sabiendo la consecuencia de sus actos. Él está recibiendo su castigo… yo apenas estoy buscando una forma de superar mi infierno personal, la culpa puede destruir el espíritu de cualquiera, pero ahora mismo no hay tiempo ni recursos para que lo ayudemos, por lo tanto, no lo haremos. Es todo lo que diré al respecto.
Ieran asintió en repetidas ocasiones, sin insistir en su premisa, hasta cierto punto sorprendida de la asertividad recién ganada de su nuera.
—Esclarecido ese punto… —Diana fue la que tomó la palabra entonces—: El Estado Imperial Japonés de Asuntos Mágicos será presentado formalmente a la población general mañana a primera hora, lo que dará a Akko y su gente libertad de acción. —La rubia cedió la palabra a su esposa:
—Ya he negociado que un grupo de los mejores magos a mis órdenes nos asistan en todo momento para tratar de ubicar a Shinomoto y los suyos, entre ellos estarán Al y Diana, y nos ayudarán resguardando nuestros hogares mientras que el resto de la fuerza apoya en la evacuación de Tokio, para tratar de evitar la mayor cantidad de pérdidas humanas.
—Por supuesto, la señorita Meilin, la señora Ieran, el señor Beiji-Hu y yo nos quedaremos en esta casa, cuidando todo lo que nos importa —aportó Wei.
—¿Kero y Yue se quedarán también? —preguntó Sakura, viendo a sus guardianes. El de la luna, con alas ocultas, ocupaba uno de los asientos, mientras que la forma falsa del solar, sentado sobre la mesa, daba cuenta de las pastitas que habían sido dispuestas como refrigerio.
—No —dijo con ligereza el peluche—, Yue, las Cartas y yo hemos hablado, y concluimos que es nuestra misión y deber acompañarte a la batalla cuando llegue el momento.
—De acuerdo, muchas gracias.
—Creo que todos tenemos claro que el silencio de Akiho tiene que ver con su afán de derrotarte y que todo el mundo la vea hacerlo —comenzó un nuevo argumento Xiao-Lang.
—¿Qué quieres decir?
—Entre todo lo que he presenciado, desde su comportamiento, la forma en la que se ha manifestado, e incluso las visiones que te ha hecho tener… algo que tenía tal carácter divino como lo es el Día de la Promesa, ella lo hizo lo más personal posible… es una sádica, una torturadora que está empeñada en su propósito de hacerte sufrir independientemente a su "misión", con tanto interés que incluso te permite recuperarte un poco para aplicar un castigo aún peor a la siguiente vez… Tomoyo lo anticipó en su momento, cuando te dijo que no pudo ser una peor persona la elegida como tu gemini.
—Sé que ella está ligada de alguna manera conmigo, y puede conocer parte de lo que pasa por mi mente… de igual forma yo puedo sentir todo ese espantoso dolor que padeció siendo más joven… si tan sólo hubiera podido ayudarla más…
—Debes abandonar esos pensamientos, Sakura —retomó Ieran, clavando las obsidianas que tenía por ojos directo en el corazón de la maestra de cartas, tratando de evitar que una nueva muestra de compasión la distrajera de lo importante—. Tú hiciste todo lo que pudiste y mucho más por esa mujer. Abriste las puertas de tu casa, y diste las llaves de tu vida a una persona que no podías saber en ese momento cuán desequilibrada estaba. Ella, arteramente tomó lo que le diste, y está a nada de arrancártelo para siempre, y está disfrutando el hacerlo. Tiemblo de pensar que mi hijo y mis nietos podrían estar en la mira de alguien tan peligroso. Con eso en mente, no tengo siquiera que decirte qué es lo que debes hacer.
Sakura dio un profundo suspiro.
—Debo detenerla —afirmó, apesadumbrada.
—Sabes que esa no es la palabra que cierra esa idea —reforzó Kurogane, aun sin mirarla.
Sakura puso un gesto raro, casi suplicante, pues estaba por decir algo que ni en el peor de sus enojos pensó enunciar refiriéndose a otro ser humano, menos aún a uno con una relación tan estrecha con ella.
No obstante, repasar con la mirada a todos los presentes, fue llenándola de una nueva determinación, una que se sustentaba en algo más que sentimientos, que recaía en el pragmatismo mismo del entorno: Akiho era una mujer solitaria y de pasado trágico, sin embargo, sus últimos hechos de vida habían mostrado que en realidad era una persona resentida y vengativa, que había visto en el inmenso poder que recibió la forma de obtener la retribución por sus dolores, algo que iba más allá de ser poco ético o moralmente cuestionable… era, de forma irrestricta, maligno, y se volvía peor al quedar de manifiesto que esa personalidad dulce y abnegada mostrada en los años de convivencia, había sido en realidad un monumental engaño, una oda a la hipocresía, un altar a su locura y ansia de venganza, la cual no dudaría en cobrar, aún cuando no pagara quien le hizo daño en primer lugar.
Por otro lado, cada persona que ese día compartía la mesa con Sakura tenía algo por lo cual vivir, alguien a quien proteger, y aspiraciones que alcanzar: familias que al poco quedaban rotas en el proceso, muchas de esas personas eran depositarias de su afecto, y esas pérdidas, directa o indirectamente, eran responsabilidad de Akiho. El repaso la llevó hasta el hombre a su lado, su esposo, que sin que ella lo notara había tomado su mano, regalándole una mirada tan pura como la que le ofrecía cuando era sólo un niño enamorado, pero con una seriedad muy poco común, aún para él. Una mirada que le mostraba la profundidad de sus pensamientos y le decía que sin importar que tan profundo en el infierno tuvieran que llegar, él iría con ella, haciéndola pensar que no lo merecía… a menos que se convirtiera en la persona que debía ser… en la portadora del poder de Dios que debía ser. La verdadera resolución a su razonamiento podía ser sólo una:
—Debo destruirla.
Como si un axioma epifánico hubiera sido enunciado, cierto nivel de alivio se manifestó en el rostro de los presentes. Sakura estaba dimensionando por primera vez de forma realista el deber que descansaba sobre sus hombros. Si bien, había aún camino que recorrer, ya estaba en la senda correcta.
—Sí. Y para eso, sabes que te falta un elemento —estableció Eriol, retomando el rol de mentor que tenía lustros de no usar, al menos con Sakura.
—Entiendo. A partir de mañana investigaremos cómo es que puedo hacerme de mi Espada Sagrada.
Ante esa reflexión, una palpitación casi elevada a nivel de espasmo se alojó en su pecho. La idea de dar ese paso resultaba espeluznante, pero estaba hecha a la idea de que tratar de resistirse al destino sólo provocaría más dolor.
Llegado ese punto de la conversación, se cerró la asamblea. Sakura agradeció la presencia de todos, y lentamente fueron abandonando la sala. Kurogane anunció que pasaría la noche en la que era su habitación junto con Yuzuki, que ya dormía allá para ese momento.
—Hay algo que quieres hablar conmigo, ¿no es así? —se anticipó Sakura cuando sólo ella, su esposo y su guardián de la luna se quedaron en la habitación.
—Sí, ama —respondió, caminando hasta quedar frente a ellos, y preparándose para poner una rodilla sobre el suelo.
—Te ordeno que no te arrodilles —advirtió Sakura, sonriente, dándole a Xiao-Lang una pista de cómo lidiar con los modos arcaicos del guardián—. Cuéntame, Yue, ¿qué es lo que necesitas?
Después de mantener la seriedad usual a pesar de lo profundo del tema a tratar, Yue contó las inquietudes que ya había compartido con Xiao-Lang en días anteriores. Argumentó la injusticia que representaba el llevar a un no combatiente como era Yukito a un campo de batalla del cual no había certeza de retorno, sobre la situación actual y la necesidad de preservar tantas vidas como fuera posible, y su deseo de coadyuvar a dicho objetivo, aún cuando ello representara un sacrificio para sí mismo.
El rostro de la mujer se fue ensombreciendo, específicamente a causa de la tristeza. La primera pregunta que nació en su mente fue un "¿por qué no me lo preguntaste a mí?", pero no lo verbalizó al notar que la respuesta era obvia hasta el absurdo: expresárselo a ella antes de la pérdida de Tomoyo, o durante su depresión, habría sido un error de consecuencias catastróficas, porque ella no estaba entonces preparada para anteponer una vida a otra, en especial si ambas eran de personas que ocupaban un lugar en su corazón. Y si bien, tomar esa elección seguía siendo algo que contravenía a todo lo que le fue inculcado, para ese momento no podía más que rendirse ante la evidencia de que no podía darse el lujo de elegir entre un bien y un mal, sino entre el menor de dos males.
Yukito, al igual que millones de personas, tal como pasaba con ellos mismos, era sólo una víctima en ese intrincado galimatías que el destino había armado a sus expensas, no tenía forma de colaborar, pero tampoco de escapar, y resultaba una oportunidad única el hecho de que al menos una parte de Yue pudiera salvarse, en el entendido de que, a pesar de compartir cuerpo, eran dos almas independientes.
—Haremos como solicitas, Yue —resolvió finalmente—. Perdona por no poder protegerte, y gracias por ser tan valiente como para dar la oportunidad a alguien más de vivir.
—En realidad, soy yo quien debería disculparse por no protegerlos… después de todo, yo soy su guardián.
—Has hecho un trabajo espléndido hasta hoy. Nos prepararemos para que el ritual se realice en el plenilunio… y creo que Yukito no debería enterarse.
—Coincido, pero…
—Lo sé. —Sakura le obsequió una sonrisa resignada—. Él va a resistirse, pues sentirá que tiene una preferencia, sentirá que no es justo que reciba un trato especial, aún cuando esa no sea la realidad de toda la situación. La idea de perder a más seres queridos me enloquece, y lo hace aún peor el saber que realmente no puedo cuidarlos a todos. Ahora sé que debo hacer lo necesario para preservar a los más que pueda, y así lo haré en el caso de Yukito, aunque me odie después de esto.
La semana siguiente al retorno de Sakura pasó con inusitada celeridad. Los últimos tres días, el ambiente en toda la ciudad se había enrarecido tanto que la mansión Daidoji parecía un fragmento aparte de ella, y sus lastimados ocupantes aprovechaban ese tiempo de tregua para sanar sus heridas.
Como se había vuelto costumbre, alrededor de las diez de la mañana, los potentes altavoces del sistema de alarmas contra bombardeo que llevaban casi un siglo de existir, emitían su espeluznante advertencia. Después de que la alarma terminaba, una afable voz femenina hacía su incursión:
"Este es un mensaje del Palacio Imperial y del Estado Imperial Japonés de Asuntos Mágicos: A todos los habitantes de Tokio y los suburbios, se les solicita que tomen las pertenencias que les sea posible llevar y aborden los ferris que saldrán periódicamente de la bahía. Serán reubicados provisionalmente en campamentos de Hokkaido y Kyushu. En los puestos de atención del puerto recibirán más información. Ante cualquier duda o requerimiento especial, favor de acercarse a la estación de policía u oficina del Mahonokeisatsu más cercana a su domicilio".
El mensaje se repetía unas tres veces, y luego cada par de horas al mismo ritmo y siguiendo el mismo patrón con las alarmas de la ciudad.
Como era de esperarse, muchos decidieron quedarse en sus casas.
Emocionados, todos los niños Li recibieron la noticia de que cenarían y pasarían la noche en casa de Yuzuki; si bien no era un viaje como tal, pensando que estaba a apenas unos kilómetros de la mansión, era novedoso luego de pasar encerrados los últimos días, y los adultos coincidieron en que merecían aunque fuera un poco de esparcimiento.
Al llegar, la sensación era muy parecida a la que se tenía en una reunión familiar como las que acostumbraban, a pesar de las ausencias que padecían para ese momento; fue como una bocanada de aire fresco, un pequeño descanso a la tortura que la situación había significado para todos.
Sakura se separó entonces para ir hasta su anfitrión. Kurogane, que fiel a las costumbres como el hombre conservador que era, vestía de blanco mientras estaba en casa, al igual que Yuzuki, dando así muestra de su luto.
Al estar frente a frente, Sakura redescubriría el estoicismo del viudo, una seriedad completamente inamovible, como una inexpugnable fortaleza que mantenía encerradas todas esas emociones que sólo Tomoyo a través de los años había logrado sacar a flote, y que al parecer, de momento estaba reservada únicamente para ella.
Si bien, al parecer él estaba en proceso de perdón, aún no estaba listo para hablar, y ella definitivamente tenía miedo de lo que fuera que él tuviera que decir.
Así, de todas maneras pudieron establecieron una comunicación sin palabras, y sin apenas hacer más gestos que los estrictamente necesarios, él comenzó a andar hacia adentro de la casa, guiando a la mujer, dejando detrás de ellos el bullicio de un jardín repleto de niños y conversaciones triviales, hasta llegar a un silencioso y acogedor tatami sin más mobiliario que un altar. Kurogane cedió el paso, y luego la dejó sola, cerrando tras él.
Su respiración vibró al reconocer el objeto delante de ella sobre la mesita ceremonial: entre rosas blancas, un bello retrato de Tomoyo, seguramente hecho por ella misma, acompañaba una urna dorada.
Sakura tomó una varita de incienso, la encendió y la puso sobre el quemador, para luego arrodillarse, juntando las palmas frente a su rostro, improvisando una oración. Terminados los ceremoniosos formalismos del sincrético budosintoísmo de su educación, relajó un poco la postura, sintiendo esa complicidad que solía mantener con aquella que, más que nadie, le merecía el título de hermana. Sin sentirse del todo preparada, comenzó a hablar:
—Hola, Tomoyo. Perdóname por no haber venido antes… tu partida fue tan inesperada, que simplemente me rompió el corazón, y estuve completamente perdida sin ti… pero no voy a ocultarme más… —dudó un momento, como queriendo detener la marcha del tiempo aunque fuera sólo un poco, pero cerrando finalmente la idea—: Me esperaba muchas cosas de nuestras vidas, ¿sabes? Pero nunca, jamás, ni aún siendo ancianas, me hubiera esperado tu partida, nada me hubiera preparado para eso, y aún ahora conservo la esperanza de que despertaré por la mañana y podré llamarte para contarte este horrible sueño en que ya no estás con nosotros. —Suspiró, tratando de controlarse, aunque sin poder evitar que su voz se rompiera un poco a cada nueva oración—. Discúlpame, estoy desvariando, no es eso lo que vine a hacer en realidad… Espero habértelo dicho antes, cuando realmente era importante hacerlo… pero de no haber sido así, lo haré ahora: te amo. Fuiste la hermana que cualquier persona en la faz de la tierra y fuera de ella hubiera deseado tener, tanto así que aún en tu partida, me seguiste llenando de regalos y amor, siempre tuviste una palabra de aliento, un buen deseo y hasta una golosina para mí. Me diste incondicionalmente tu respaldo, e incluso me empujaste al vacío cuando mi despiste no me permitía ver con claridad las cosas que tenía enfrente. Voy a extrañarte muchísimo, pero te prometo que desde hoy voy a cuidar a los tuyos con mi vida, y voy a hacer lo posible por perpetuar tu legado, más allá incluso de las fronteras familiares, porque el mundo debe conocer tu obra… Y en cuanto a mí… buscaré marchar sobre tus pasos. Siempre fue así, pero ahora más que nunca, eres uno de los mayores orgullos que tengo, no sólo por ser mi amiga y mi familia, sino porque me permitiste ser parte de tu vida, y me enseñaste sobre la humildad, la fuerza y la voluntad, y por eso siempre te estaré agradecida.
Conmovida, bajó el rostro hasta tocar la duela con su frente, mientras un par de suaves gimoteos cortaron su respiración, que lentamente fueron aumentando la intensidad, hasta tornar en un llanto casi paralizante, que a nada estuvo de elevarse a los gritos. Era, sin embargo, diferente, no era la punzante presión en el alma que la martirizó al verla en el lecho mortuorio o durante el tiempo que tomó su cremación, y tampoco el delirante dolor de sus días de depresión e incredulidad. Era una poderosa liberación, como soltar un objeto que ardía entre sus manos, como dejar un peso indescriptible… no era jubiloso, pero ciertamente, no le estaba haciendo daño.
Con una voz apenas modulada, terminó su discurso al fin:
—Muchas gracias por todo… sé que esto no será un adiós definitivo, pues tarde o temprano, volveremos a vernos. Aún tengo cosas que resolver antes de que eso suceda… Ojalá estuvieras aquí, sé que con tu ánimo, podría hacer cualquier cosa.
Un calor y una fragancia conocidas por Sakura la envolvieron. Ella sabía que eso podía explicarse de muchas formas, como que únicamente podía ser su mente tratando de reconfortarla, teoría que perdió algo de fuerza cuando un murmullo sonó en su mente, una frase que no había escuchado en años, pero que llenó de vida su maltrecho corazón:
Tú siempre puedes.
Después de un par de minutos de regocijo en esa sensación, se reincorporó sin pensar demasiado en lo que había pasado. Racionalizarlo sería un error, de entre todas las personas en el mundo, Tomoyo sin lugar a dudas sería aquella que ni la muerte le evitaría dar ánimos a su persona favorita.
El intervalo entre el final de la primavera y el inicio del verano daba la ventaja de un cielo despejado y una noche cálida.
Esa vez, no era simplemente un adulto quien custodiaba el sueño de los más jóvenes, sino que Sleep y Snooze hacían otro tanto, nadie correría el riesgo de presenciar algo que no estaba destinado a ver en tanto no tuviera una verdadera participación.
El jardín rebosaba de actividad. El entarimado armado en días anteriores por Li estaba debidamente iluminado por pequeñas almenaras, que le daban una apariencia mística, y en él, el sello familiar se mostraba a través de un cuidadoso pirograbado.
La estrella de ocho puntas, que representaban los ocho puntos cardinales del Ying Yang, tenía a un representante de la familia Li o por algún mago poderoso en cada uno de sus límites. Así, al norte se apostaba Sakura, con Ieran en el lado opuesto; al este Eriol, Diana al oeste; el noreste era cuidado por Akko, y el noroeste por Al; mientras que el sureste y el suroeste eran custodiados por Meilin y Beiji-Hu respectivamente, únicos no magos del plantel.
La frontera sur de Ying Yang tenía a Xiao-Lang como su cuidador, debidamente ataviado con el traje ceremonial de la familia Li, aquél que hacía que Ieran viera a su esposo una vez más como en su juventud. El borde norte tenía a Touya, vestido a la usanza tradicional japonesa, con kimono, hakama, y un haori negro con detalles de flores de durazno.
Al centro, Yue.
El ritual, si bien era ejecutado por un único solicitante, podía recibir apoyo de quienes lo rodeaban, pues parte de su esencia era más espiritual que mágica. En cuanto Xiao-Lang, que tenía el rol de maestro de ceremonias, dio la señal, la elaborada danza comenzó.
Todos los involucrados se instruyeron al respecto, todos ofrecían a través de sus talentos una parte de su poder y sus buenos deseos, haciéndolos llegar a ellos a través de sus tradiciones nacionales o herencias mágicas. Así, las formas del estilo Hun-Gar de Beiji-Hu fueron dibujadas con sus manos y piernas, con una belleza y gracia semejantes a las hechas por Meilin en su estilo Wing-Chung. Al y Diana dibujaron con sus varitas runas luminosas en el aire frente a ellos, herencia directa de la tradición celta que evolucionó al estilo europeo moderno, de forma parecida a la que Akko hacía un hipnotizante trazo de caracteres en japonés antiguo. Ieran comenzó un cántico en chino arcaico, apuntando hacia el centro de la tarima con su abanico, provocando que el pirograbado resplandeciera bajo los pies de los que la ocupaban; dejando al final que Eriol y Sakura liberaran sus respectivos cetros, electrizando el aire del lugar con la magia que de ellos manaba.
Con el aire de lugar cargado con todo ese poder, Xiao-Lang dio una serie de inspiraciones profundas, preparándose para comenzar. Lanzó una mirada significativa a Sakura, y luego a su madre. El procedimiento que tenía por delante era uno de los más demandantes que jamás había intentado, pero se había preparado, y se sentía confiado.
La majestuosa llama azul que precedía a la aparición de Wu-Xing iluminó desde las manos de Li a todos los presentes, haciendo que las almenaras redujeran su flama hasta ser únicamente pequeñas brazas. La destellante hoja fue abandonando la palma izquierda de su dueño, y cuando la extracción estuvo completa, el portador apuntó con su filo hacia la luna, pidiendo de forma simbólica su bendición.
La luz selenita respondió al instante, dotando de nuevo vigor a las almenaras, que intensificaron el calor y la luz de sus flamas, quedando como hermosos nichos de plasma blanco, dando al entorno un aspecto mágico en toda la extensión de la palabra.
El invocador estaba en sintonía con su fuente de poder.
Con la solemnidad que un acto de magia formal como era ese, y la gracia de alguien formado en una tradición mágica tan antigua como el mismo Clan Li, Xiao-Lang comenzó a moverse en un elaborado vals, combinando posturas de las artes marciales, con formas propias de la magia. El primer elemento de cinco del ciclo de dominación del Wu-Xing, el metal, se manifestó, haciendo que la hoja de la espada dejara una estela etérea de luz azulada por todo donde pasaba, acompañada del suave silbido del aire al ser cortado. Su primera parada fue a la derecha de Yue, señalándolo con su espada al tiempo que obstruía la vista de Eriol. En un idioma desconocido, seguramente un dialecto muerto del chino, comenzó el rezo de Li.
La segunda parte de la danza era dedicada a la madera, y el ejecutor notó entonces que la espada se estaba volviendo sumamente pesada, y que los músculos de sus brazos estaban trabajando a marchas forzadas para moverla. A pesar de eso, en un génesis de indescriptible belleza, el camino de la espada formaba del aire destellantes bejucos, que en un proceso de crecimiento acelerado, hacía nacer efímeras flores que se marchitaban sólo unos segundos después de dejar ver la bondad de sus colores, así hasta que se ubicó a la izquierda del celebrado, frente a Diana. Un nuevo cántico fue enunciado ahí, dedicado una vez más al guardián.
Al iniciar la tercera vuelta, ya a medio camino de todo el conjuro, era la tierra el elemento a ser honrado, misma que vibró debajo de sus pies mientras se movía hacia atrás de Yue, a un lado de Touya y frente a Sakura. El peso de la espada ya era abrumador para ese momento, y la musculatura de sus piernas y brazos parecía estar dando más de lo que podrían soportar, haciéndolo sentir claramente como sus articulaciones en hombros y rodillas se friccionaban peligrosamente. Ignoró tanto como le fue posible el dolor que comenzaba a sentir, y siendo notorio el descomunal esfuerzo, enunció la siguiente parte del ritual.
El inicio del cuarto movimiento fue abrumador. La humedad del aire se condensó en un segundo, volviéndose diminutas gotas cristalinas sobre el acero, en honor al cuarto elemento: el agua. El camino del estoque fue dejando una fina línea congelada del vital líquido, misma que se fundiría y sólo un momento después se evaporaría, dejando una sutil neblina que pronto cedía al viento estival sin dejar rastro. Por un momento, el aire comenzó a hacerle falta, como si alguien estuviera comprimiendo sus pulmones. Se permitió dar un jadeo, pero no más, tratando de obviar tanto como le fuera posible el doloroso zumbido en sus oídos, y el carmín que nublaba sus ojos. Sakura tragó pesado, viendo que diminutos reguerillos de sangre caían de sus oídos, al igual que algunas lágrimas hemáticas. Después de luchar suplicante por recobrar el aliento, continuó con la oración.
Contra todo pronóstico dado el agónico periplo, el emperador volvió a su posición inicial, frente a su madre, adoptando una postura perfecta, imponente, inamovible, apuntando al cénit con su espada, preparándose para dar cierre al ciclo elemental de su cultura, concentrado con él todo el poder de la luna, lo que le permitiría, en un movimiento, cortar el vínculo de aquellas dos almas artificiales en pos de la libertad de un guerrero y la supervivencia de un ser amado.
En un silbido, comenzó a hacer presencia el elemento faltante. La hoja comenzó a vaporizar el agua que aún quedaba en su superficie, y sólo un momento después, comenzó a destellar al rojo, y luego al blanco vivo, dejando salir una deslumbrante llamarada al firmamento.
El primer paso al centro del símbolo y hacia Yue, no sólo fue difícil y doloroso, sino que provocó una docena de cortes a lo largo de la espalda, brazos y piernas del patriarca Li, además de una repentina expectoración de sangre, misma que hizo pensar a los presentes que se detendría o que incluso terminaría inconsciente. Pero él no se detuvo o siquiera cambió el ritmo. Incluso Touya estuvo tentado a ir a asistirlo, pero la determinación de aquel hombre no dejaba espacio a recibir piedad o ayuda, además de que si el rito se interrumpía, debería volver a empezar, y sabía que no tendría una oportunidad igual a esa, pues debería esperar a la llegada de la luna llena de nueva cuenta, además de recuperarse de sus lesiones.
Faltaba muy poco, y su mente le gritaba que el resultado valdría la pena.
Touya se apostó justo detrás de un Yue que por primera vez en su existencia, lucía asustado, viendo como Hogo Okami Li, blandiendo su sable de llamas, avanzaba hacia él para hacer la incisión final.
En un movimiento que pensó que le costaría la vida, Xiao-Lang pasó en vertical la hoja de la espada sobre la cabeza de Yue. El acero, etéreo, lanzó una llamarada que con su calor se apoderó de la tarima y más allá, quedando todos sus custodios inmersos en la calidez de sus millones de colores. El cuerpo de Yue no sufrió ningún daño, pero se quedó suspendido, con las alas extendidas y la mirada al firmamento, separado unos centímetros del suelo.
Detrás de él, un segundo cuerpo salió proyectado, quedando flotante y exánime. La hoja inmaterial del sable estaba unida al pecho de Yukito por algo lejanamente parecido a un listón, hecho de pura luz de luna, que respondía con hipnótica lentitud al movimiento natural del aire. En el ritual regular, el siguiente paso sería hacer hacer un último cántico mientras el ejecutor señalaba a la luna, y de esa forma regresar ese espíritu incompleto a la misma, para que se perdiera en ella… En lugar de eso, mandaría esa media alma a su nuevo cuidador. Esa última parte no estaba en los escritos de Clow, fue en totalidad improvisada por Eriol, Ieran y Xiao-Lang, y fue enunciada en japonés:
—¡Guardián de dos corazones! ¡Por la autoridad de la casa Li, la misma cuyas tradiciones milenarias dieron origen a los poderes de la obscuridad que te otorgaron el ser, decreto que esa mitad tuya abandone esa misión! ¡Sea la obediencia a ese decreto tu camino a la redención, o que encuentres tu propia destrucción en la resistencia al rumbo indicado! ¡Que sea este el camino hacia la libertad y la esperanza! ¡La herencia de este sacrificio sea la victoria de la vida sobre la muerte! ¡Que la voluntad y el amor prevalezcan como consecuencia de su separación! ¡Guardián de la Luna! ¡Toma las formas humildes que mereces!
Dando un grito que concentraba las energías que le quedaban, Xiao-Lang echó a correr hacia Touya, espada en el costado, notando una inquietante vibración en su cabeza a cada paso, sintiendo como las fibras de la madera sobre la que marchaba crujían casi tan dolorosamente como sus huesos, listo para ejecutar una estocada.
A pesar de su temor y renuencia, Touya se mantuvo firme, esperando la embestida.
La hoja transparente entró directo a su pecho, ignorando ropa o carne, pero empujándolo como si en efecto hubiera sido herido, mientras que la seda de luz era absorbida dentro de él, haciéndolo sentir un calor indescriptible, pero a pesar de ello, no sintió dolor.
Al momento que Li retiró la espada, el metal volvió a ser tangible. El inefable espectáculo de luces terminó. Había sido un éxito.
Wu-Xing cayó de las manos de su dueño, con el mango cubierto de sangre, y Li, al borde del desmayo, perdió la fuerza de las piernas, de la misma forma que Touya, y dejando también a merced de la gravedad a Yukito.
Sakura corrió con desesperación al mismo tiempo que un debilitado Yue recuperaba la conciencia, alcanzando ambos a interceptar al ejecutor antes de que se golpeara la cabeza, apoyándolo ella sobre su regazo. Touya, por su parte, hizo otro tanto interponiéndose entre Yukito y el suelo, para luego retirarse el haori y cubrir él la desnudez del maltrecho hombre.
—¡Lo lograste! ¡Lo lograste! —exclamaba ella, conmovida, invocando a Rebirth para asistir al lastimado emperador.
Xiao-Lang, confundido, veía los rostros completamente incrédulos de todos los contertulios, que sabiendo que el ritual había terminado, se acercaron para ofrecer auxilio, y no paraban de hablar de lo increíble que todo aquello había resultado, haciéndolo sentir satisfecho a pesar del dolor.
Sin ser directamente una batalla, esa había sido una inmensa victoria.
—Descansa, mi amor, sanarás rápido, pero debes reposar.
Él, reconfortado por el cumplimiento de su misión, estuvo por hacer efectivas las palabras de su amada mientras era puesto en una improvisada camilla, pero la sensación de una torpe mano sobre su hombro lo obligó a abrir una vez más los ojos. Buscó al responsable, viendo algo que creyó que moriría antes de presenciar:
—Gracias —balbuceó Touya, con Yukito inconsciente en brazos, y los ojos desbordados en llanto.
—¡Qué noche tan agradable! —exclamó Akiho, que desde el Top Deck de la Torre de Tokio disfrutaba de la panorámica nocturna de la ciudad.
—Es cierto. Tenemos un clima maravilloso esta noche —coincidió Yuuto a un par de pasos de ella.
Seishiro sólo hizo un mohín, como si tratara con niños, mientras encendía el tercer cigarrillo desde que llegaron ahí.
—Es la octava noche desde la última advertencia a Sakura. Es luna llena. Esta noche será algo especial.
—¿Y qué la hace diferente? —preguntó Sakurazuka, pareciendo aburrido.
—Que hoy haré una declaración. La espera terminó. Todo o nada. ¡Vamos al Ayuntamiento!
Con paso decidido, pero pareciendo sumamente feliz, dedicó una mirada melancólica a la ciudad semi abandonada debajo. Ahí donde millones de personas habían convivido de alguna manera con ella, ignorando completamente su dolor, ajenos a sus sentimientos, indiferentes a sus carencias.
No podría decir que los odiaba, pero desde su perspectiva, esa humanidad no había hecho nada por ella. En contrapartida, ella sería magnánima, y les ofrecería un final rápido, y lo menos doloroso posible.
Así ajustaría cuentas.
Así, finalmente ese doloroso círculo vicioso encontraría su final, y llegaría ese idílico equilibrio que sólo la muerte podía dar.
XXVII.
Fin.
Una vez más, mi agradecimiento para WonderGrinch y su aparente invulnerabilidad al dolor emocional.
Uno igual de grande para CherryLeeUp, por sus comentarios y revisión.
