Retroalimentación.
carmennj chapter 29 . Jan 14: Es un paso necesario el que se vuelva mas densa la trama, es la evidencia que estamos de cara al final. ¡Gracias!
Sahure chapter 29 . Jan 16: Y una vez más, mi querida Tolkien, ama y señora del drama puro y duro, se reventó lo que le faltaba de la obra en apenas unas horas. Es un goce haber leído todas las opiniones y conjeturas que fuiste armando, sobre todo en aquello de coincidir en que una situación "duele rico", porque si bien sintonizamos en que el dolor es un buen ingrediente para la belleza, no deja de sentirse bien fuerte y llevarnos hasta la lagrimita traicionera. Mil gracias por acompañarme y alcanzarme de manera tan rauda, aprecio mucho tu compañía en este periplo. ¡Disfruta lo que sigue!
zaoryGuerrero chapter 29 . Jan 17: La verdad es que yo también pensé en ello, pero a decir verdad, creo que lo mejor para nuestra protagonista es tener por superado ese tema, lo que la hará aferrarse a lo que aún tiene más que en lo que perdió. Ah, Eriol… espero que pronto tengamos noticias suyas. Sobre tu última duda, entraremos directamente en materia. En cuanto a las cenizas de Tomoyo, hay un par de reglas implícitas en la forja de la espada: un Dragón no puede ser el sacrificio, y la forja debe ser solicitada o robada, lo que haría al inmolado consciente de su destino, como pasó con Fujitaka. ¡Nos vamos a la recta final! Gracias por tu reseña.
MissCerezoo chapter 28 . Jan 24: Holis. Descuida, toma el tiempo que requieras, aquí estaré. A decir verdad, a veces también a mí me toca padecer ese dolor en el proceso de escritura, pero lo vale. Coincido, más allá de que sea dolor o alegría lo que buscas, es la necesidad de que algo te toque profundamente. Una profecía nada más, recordemos el afán de nuestros protagonistas de ir contra el destino, así que tengamos esperanzas. El proceso de duelo suele ser largo y tortuoso, por desgracias para Sakura, no hay tiempo para recorrerlo bien, tenía que volver. Chapter 28 . Jan 24: El cambio y crecimiento de Sakura fue un desafío brutal. CherryLee y yo discutimos mucho al respecto, e incluso llegó a insinuar que en algún punto no sería capaz de recuperarla si la hundía tanto. Lo cierto es que a pesar de su regreso, está muy rota, pero finalmente está consciente y es funcional, y más importante aún, pudo volver a marcar el paso sobre la fuente misma de su poder: la esperanza. Sobre ese reencuentro post mortem, yo sí he pasado por uno, con uno de los seres más importantes de toda mi vida, y lo cierto es que es necesario para sanar por completo. La persona no puede otorgarte el perdón, pero puedes reivindicarte tomando como base aquello que los unió. Esa es otra escena en la que CherryLee aportó mucho, ella me dio una idea a propósito del ritual (que iba a ser algo muchísimo más sencillo), luego yo puse otras cosas, y el resultado me fascinó. ¡Gracias por estos bellos análisis, Cerecito! Te espero en los siguientes capítulos.
XXIX.
Sacrificios.
—Llave nacida de mis sueños, recibe la fuerza y experiencia de la casa ancestral de la que heredé mi poder y linaje, ¡Refrenda el compromiso con tu dueña! ¡Hazlo por el nombre de Sakura Li Hoshinomegami! ¡LIBÉRATE!
El cetro de los sueños resplandeció entre las manos de su dueña que observaba sus bellos acabados con admiración y afecto. Un artefacto alargado con hermosos motivos de alas y la cristalina estrella de seis puntas, que referenciaba a la bóveda celeste, pero simbólicamente al reino de los sueños, lugar de origen de los poderes de su creadora.
La liberación de esa energía mágica no pasó desapercibida, pero sólo dos entes acudieron al llamado, entrando por la ventana de la alcoba. La majestuosa bestia del sello, representante del sol; y sólo un momento después lo siguió su complemento, el recientemente separado Yue.
No hubo palabras, era como si estuvieran en una sintonía única, como si a través del aire ellos pudieran saber lo que ocupaba la mente y el corazón de su ama pues, al final, ellos eran de su propiedad… quizás Clow los había creado, pero el paso de los años había logrado en ellos un vínculo tan fuerte, que no había posibilidad de comparación. Ellos pertenecían a Sakura, no sólo por el lazo mágico que los unía, sino por el inmenso amor que se profesaban.
Estando los tres, y siguiendo ese elocuente silencio, Sakura tendió una mano frente a ella. Aparecieron las que por años habían sido no sólo sus herramientas, sino que se habían vuelto compañeros de vida, que habían estado con ella desde dos décadas atrás, manifestándose de una forma u otra en el diario acontecer de su vida; que eran una parte de su familia.
Una secuencia de destellos cegadores se siguieron en medio centenar de ocasiones. Cada Carta Sakura y Carta Transparente cobró forma física, aquello que caracterizaba a su función y origen: las cuatro bellas damas elementales, las que representaban a las fuerzas de la naturaleza, las bestias, las hadas, los instrumentos musicales y los objetos. En un momento, apenas si había espacio para nadie más en la enorme alcoba.
Tenerlas a todas de frente fue abrumador para la emperatriz. Si bien, durante algunos años se habían mantenido discretas por el estilo de vida que había elegido, siempre estuvieron presentes, incluso como parte de su cotidianidad. Vivieron con y para ella, y fueron libres dentro de un mundo que no supo de su existencia más allá de los límites de aquella casa en la provincia, habían sido felices, e incluso habían aspirado a conocimientos que, por su naturaleza, no les correspondía tener…
Como el amor verdadero.
Como la lealtad auténtica.
En un suspiro vibrante, comenzó a caminar entre aquellas criaturas. Light y Dark colocaron una mano en cada uno de sus hombros al pasar. Las ocho cartas representantes de los cuatro elementos clásicos revolotearon a su alrededor como versiones miniatura de sus formas originales, Dash se acomodó alrededor de su cuello. No hubo ser entre todos los convocados que no estableciera algún tipo de contacto con ella en su procesión.
La marcha terminó ante las últimas en unirse al plantel, aquellas que por lo sofisticado y específico de su propósito, eran también las más inteligentes y racionales, aún cuando una estaba ausente, pues se había marchado junto con Tomoyo en su gesta heroica.
El anillo luminoso Radiance emitía su cálida luz sobre todos los presentes, Rebrith, Soullink, Pause, y por supuesto, Forgiveness, parecían tener la voz para representar a todos ahí.
—¿Saben por qué los he hecho venir?
—Es una despedida, ¿no? —Light supo de inmediato, mostrando la sonrisa luminosa que la caracterizaba.
—Debe emprender un viaje, pero a dónde va, cree que no puede llevarnos —complementó Dark a su contraparte.
Después de hacer un asentimiento que confirmaba sus intenciones, Sakura comenzó a explicar:
—Vengo porque tengo que hacerles una petición. Una muy egoísta si es que he de decirlo… y eso nos llevará a la despedida que están imaginando. Debo iniciar un viaje, y no sé si el cierre de esta epopeya tenga retorno. Ustedes, como una parte de mi corazón, deberán acompañarme, pero… eso implicaría la mayor entrega que hayan hecho hasta ahora. —Indicándole con un gesto a Kero y Yue que se unieran a las cartas, y apenas tuvo a todos de frente, se acomodó sobre sus rodillas, puso las manos sobre el suelo, y sólo un momento después, su frente se apoyaba en ellas—. Estoy aquí, porque tengo que pedirles que emprendan este viaje a mi lado, pero para lograrlo, deberán sacrificarse para darle un futuro a este mundo. Sé que es horrible lo que les pido y entenderé si se resisten… pero no puedo hacer esto yo sola… necesito su fuerza más que nunca.
Luego de un minuto en absoluto silencio. Yue fue el que dio el paso, llamando la atención de su ama. Tocó con delicadeza su barbilla, invitándola con ello a levantar el rostro. No había un sólo gesto de negación o reproche entre aquellos seres. La petición era clara, el propósito noble, y los medios alcanzables.
—Después de la muerte de Clow, nuestro destino era desaparecer —comenzó a explicar Dark—. Nuestro objetivo era enseñarle sobre su magia, para que luego usted misma comenzara a crear sus propias versiones de nosotras… y aunque lo hizo mucho tiempo después, sin saberlo, nos dio la capacidad de seguir viviendo. Imprimió una parte de su alma en nosotras, haciéndonos algo más que un juego de cartas mágicas. No podríamos estar más agradecidas por eso.
—De igual forma, nosotros debimos irnos hace mucho tiempo —complementó Teayang, tomando de la mano a su gemela—, e incluso pasando por alto leyes de la magia y de la naturaleza, se empeñó en darnos un hogar y una familia, cediéndonos parte de su poder para lograrlo. Nunca podríamos pagar por ello… y de la misma manera, entendemos nuestro lugar en su mundo.
—A lo que queremos llegar —concluyó Cerbero, en una melancólica alegría—, es que más allá de todo lo recibido por ti, Sakura, tenemos la oportunidad de servir con nuestro último viaje al propósito más noble posible. No sólo nos diste una vida increíble… sino que nos permitirás cerrarla en la mayor de las glorias que cualquiera pudiera aspirar a tener.
—No tienes nada que pedirnos, Sakura —finalizó Yue—. Sabemos qué es lo que necesitas y cómo ofrecértelo: La Espada Sagrada… una parte de tu alma, tal como somos nosotros… ofrecida voluntariamente, aunque decirlo así sería impreciso… devolvemos este espíritu que nos diste, felices de poder corresponder con algo a quien nos lo dio todo en primer lugar.
—Tuvimos vidas plenas y felices a tu lado —agregó Mirror—, nos permitiste convivir con tu familia, misma a la que amamos como lo hacemos contigo.
—Y somos conscientes —cerró finalmente Rebirth—, de que la muerte, en especial para entes como nosotros, no es más que una ilusión, pues siempre viviremos en ti… y gracias a ello, volveremos a encontrarnos con los que se adelantaron a nosotros, como Loyalty.
Incapaz de determinar cuántas veces había roto en llanto en las últimas semanas, Sakura comenzó a agradecer atropelladamente, mientras secaba sus mejillas con sus palmas.
—Ya no llores —dijo con su voz infantil la chiquilla de sienes aladas que flotaba delante de ella—, todo estará bien.
Sakura sintió mucha nostalgia mientras se ponía de pie. Recordaba perfectamente cuando conoció a Hope, casi veinte años atrás, en la torre del reloj de aquel parque de diversiones. Entonces ambas eran del mismo tamaño.
De vuelta al presente, Hope le llegaba al pecho, diferencia de estatura que se hizo patente cuando la carta se abrazó de su cintura. Ellas dos, Sakura y Hope, habían compartido consuelo mutuamente en cada intervención que tenían, y al parecer, así cerrarían su historia juntas.
Una a una, fue dando agradeciendo y despidiéndose, recordando el momento en que la atrapó en su niñez y la convirtió en parte de su vida, mientras que la luz y la temperatura aumentaban gradualmente, de cara a la transformación.
—Gracias por todo —susurró cuando abrazó a Yue, que correspondió igual de conmovido. Su oído quedó justamente a la altura de su corazón, permitiéndole escuchar el mágico repiqueteo por última vez.
En una risa espontánea que la hizo derramar algunas lágrimas, se agachó delante de Cerbero, besando su nariz y acicalando el pelo debajo de su mandíbula. Él, de entre todos, con las excentricidades y el aparente hedonismo, fue el más incondicional, el más abnegado, el amigo perfecto.
—Te voy a extrañar tanto… —dijo en un chillido, con el rostro sepultado en su lomo.
—No habrá necesidad… mientras nos recuerdes, estaremos contigo por siempre… y descuida, siento en mis huesos, que nos volveremos a ver.
Ella sabía que no debía prolongarlo más. Era el momento perfecto, y no habría más tiempo después. Una vez más, tenía que ser fuerte, en pos de alcanzar al futuro que se escurría entre sus dedos.
Colocó el cetro entre sus manos delante de ella, mientras se preparaba para hacer uso de toda su magia, pero de aquella forma tan única en que la hacía ella, sin mayores conjuros o ceremonias, espontánea, natural, intuitiva, proyectando su voluntad en el trabajo inefable de la creación.
—¡Sword!
Entre destellos vaporosos en rosa, el cetro devino en aquel florete estilizado que recordaba. Levantó el arma sobre su cabeza, y bajo sus pies, el sello de los sueños destelló a nivel enceguecedor.
—¡CONSOLÍDATE!
Como una muestra literal de su naturaleza, la luz se hizo absoluta, tanto que dio la impresión a Sakura de que estaba en un espacio infinito. El mango de la espada entre sus manos comenzó a vibrar y a aumentar de temperatura, aunque no daba la impresión de que llegaría a lastimarla en algún momento. Uno a uno, aquellos compañeros de aventuras fueron perdiendo forma física, convirtiéndose en pura luz, como pequeños plasmas de colores como su dueña nunca vio antes, y así comenzaron a fundirse en la hoja del sable, dotando al metal de un color único y fulgurante. El toque individual se sentía no sólo en el metal delante de Sakura, sino directamente en su pecho, como si algo cálido entrara en él, dándole aún más vida, haciéndola sentir mejor y más fuerte.
Después de la unión de más de cincuenta fulgores individuales, el par más prominente, aquél que emitía destellos en oro y plata, fue directo hasta el mango. Luego de pasar por el metal, salió una vez más, convirtiéndose en un par de guanteletes, el derecho en oro con motivos solares, y el izquierdo de plata pulida, con detalles selenitas. A pesar de tener un diseño único, combinaban perfectamente con la espada misma, cuyo mango dorado con guardamanos en forma de alas emitía reflejos multicolores en tornasol, y la hoja plateada reflejaba como el más pulido de los espejos.
La Espada Sagrada de la voluntad había sido forjada.
Sólo hasta que la luz y el proceso mágico mismo cesaron, fue que Sakura notó que el suelo bajo sus pies había estado en movimiento.
Los sonidos nocturnos volvieron, la brisa estival se sintió con su calidez nuevamente, y la puerta se abrió una vez más.
Xiao-Lang adelantó unos pasos a Kurogane, viendo ambos a Sakura de pie al centro de la habitación. Al volverse a ellos, sus ojos cristalizados evidenciaban la despedida que acababa de tener. Se giró completa, levantando las manos, mostrándoles la espada y los guanteletes que la complementaban.
El emperador llegó hasta ella, abrazándola con ternura e incluso algo de orgullo. La prueba hecha no debió ser fácil, lo que quedó demostrado en la forma en que la recién retirada maestra de cartas respiró con dificultad, fracasando en ocultar que aquella despedida había fracturado aún más su ya de por sí maltrecho corazón. No lloró con tanta desesperación como en las semanas anteriores, pero sorbió varias veces, dejando salir varios lamentos largos y agudos, aunque en voz muy bajita.
Kurogane llegó al último, resignado, conocedor de que tuvieron más pérdidas de las que jamás imaginaron en ese periodo, y aprovechando su gran estatura, colocó sus manos sobre las coronillas del matrimonio, queriendo ser parte de ese abrazo, pero sin hacerlo, pues eso iría completamente contra su estilo.
Li extendió las manos para recibir la espada. Al empuñarla, el poder que recorrió su cuerpo rozaba con lo abrumador, aunque era uno muy conocido y reconfortante, al haber sido él mismo un cazador de cartas y amo interino de las mismas en algunos puntos de su vida. Los guanteletes de Sakura se desvanecieron de sus manos, aunque no aparecieron en las de él. Asumieron que ese accesorio sería exclusivo del portador del poder de Dios.
—Está hecho… ¿Qué sigue ahora? —cuestionó el samurái, luego de dar unos minutos para que Sakura se calmara.
—Descansar. Al amanecer de mañana debemos estar listos y concentrados.
—Coincido. La forja de la espada debió ser algo agotador —sugirió Li.
—De hecho, es al contrario —respondió ella, luego de dar un profundo y reparador suspiro—. La forja de esta espada en realidad me hace sentir llena de energía, y no estoy cansada.
—Eso podría ser un problema si lo que necesitamos es dormir.
—Para nada. También me hace sentir sumamente tranquila, así que el sueño vendrá sin complicaciones. —Se miró las manos, sabedora de los efectos de su recién adquirida herramienta—. Y también mantengo activas las habilidades de cartas pasivas, como Soullink.
—A la cama, entonces. —Kurogane metió las manos en los bolsillos y se encaminó a la puerta de la habitación, relajado—. Mañana, después del desayuno, nos pondremos en marcha.
Se despidió con una mano sobre la cabeza sin volverse a verlos, y cerró la puerta tras él.
—¿Qué hay en tu mente? —preguntó Xiao-Lang, acariciando con suavidad la cintura de su amada, ya enfundada en un pijama hanfu, y observando la ciudad desde su balcón.
Había una extraña tranquilidad esa noche. Al no haber luz eléctrica, y tener a una urbe casi completamente vacía, no había contaminación lumínica, lo que permitía que el lienzo de la bóveda celeste mostrara su arte en todo su potencial real.
—Ver así a la ciudad me da mucho que pensar —respondió ella, recargando su cabeza en el hombro de su amado.
—¿Crees que no hacemos lo correcto?
—Todo lo contrario. Es muy triste ver este lugar abandonado, silencioso, obscuro. No digo que no haya belleza en esa ausencia, pero nos perdemos de todo aquello que nos hace valiosos y merecedores de una segunda oportunidad: como la bondad, el afecto, la compasión, la inocencia…
—Es mucho pedir que la humanidad marque su andar en esos valores.
—No creo que sea algo que nos esté negado por naturaleza… viéndolo desde donde estoy ahora, creo que el problema es que no estamos preparados para ver la abrumadora realidad.
—¿Cuál realidad?
—Aquella que indica que nuestra supervivencia y trascendencia como especie, depende completamente de que tomemos esas virtudes como esquema de vida. Cada uno de esos valores, exige un pago para que puedas andar bajo su protección: no hay vida sin muerte, no hay dicha sin pena, no hay amor sin pérdida… —Se giró para echar un vistazo a la Espada Sagrada, cuidadosamente puesta en el escritorio, sobre un paño de seda—, ni lealtad sin soledad. Lo bueno de todo esto, es que es transferible, y los frutos de esos sacrificios serán vistos y aprovechados por aquellos que vendrán después de nosotros… como Hien, Nadeshiko, Yuzuki, Gustav y Xing. No busco la retribución por papá o por Tomoyo, tampoco emprenderé esta batalla para acabar con Akiho…
—Lo sé… y sé que será difícil en tanto que es como una hermana para ti pero… —dejó de hablar cuando sintió a su esposa cruzar un dedo con delicadeza sobre sus labios.
—No tienes que decírmelo. Akiho no está bien… no es la hermana que yo conocí, o tal vez nunca lo fue y estamos viendo a su verdadero ser. Por las cosas que ha hecho, ya no puedo ayudarla, necesita escarmiento, no perdón. Sin embargo, hay algo mucho más grande para nosotros y nuestros hijos adelante, pero sólo podremos alcanzarlo si nos enfocamos en ello, en lugar de cobrar venganza.
—Eso sería imposible para algunos de nosotros.
—Kurogane debe enfrentar este duelo bajo sus propios términos y está bien, no es él el portador del poder de Dios, así que ni él ni tú tienen una responsabilidad como la mía. Espero en mi corazón que no contamine su alma con la venganza, y sólo vele por la justicia que demanda la partida de Tomoyo… porque si bien él no tiene un deber cósmico, sí lo tiene con Yuzuki, y tiene que estar para ella cuando todo esto termine.
Sakura echó un último vistazo al bonito reloj atómico que en la niñez le había obsequiado Yukito. Faltaba cerca de un par de horas para la medianoche, y cada persona dentro de esa casa dormía plácidamente, en una merecida calma como antesala a los turbulentos días por venir. Con delicadeza tomaron su lugar en el lecho, y después de un breve "buenas noches", se dispusieron a descansar.
Ese afán duró poco. Y esa vez no fue una situación funesta o adversa la que les robó el sueño. Fue estar uno al lado del otro, fue sentir su calor mutuo, reconocer su aroma y las sensaciones que mutuamente se provocaban, y que creyeron olvidadas en el tumultuoso mar de calamidades que habían pasado en los últimos meses.
Antes de darse cuenta, estaban envueltos entre sus brazos, compartiendo besos, caricias y alguna palabra afectuosa, protegidos en la íntima obscuridad de la habitación.
Hicieron el amor, tal como había pasado en su lejana adolescencia donde se entregaron por primera vez, con la misma ternura y la misma ilusión, aunque invadidos por aquel sentimiento de incertidumbre, ante la posibilidad de que esa pudiera ser la última oportunidad, pero ignorándolo, tomando del momento todo lo que tuviera para darles.
La mañana luminosa de un sábado, ideal para una salida en familia, los recibió el diecinueve de junio. Todos se levantaron temprano. Todos ayudaron a preparar el desayuno, incluso los niños, acomodando sillas en el jardín, y poniendo juegos de palillos en el lugar de cada comensal, mientras que los platillos eran acomodados, muy modestos en su confección, considerando lo complicado que se había vuelto conseguir cualquier cosa en una ciudad parcialmente destruida, evacuada e incomunicada.
No había forma de ignorar el contraste de un mundo tan melancólico.
Por un lado transmitía la tristeza del abandono en sus calles vacías, y los muchos derrumbes que habían cambiado el rostro de ciudades y pueblos a lo largo y ancho del globo, entre las ruinas de monumentos en los que la humanidad se vanagloriaba de su propia grandeza. Un mundo silencioso, donde los hilos figurativos con los que la especie aprendió a cortar las distancias, yacían rotos, separando a los que estaban lejos, aislándolos entre ellos. Un mundo enfermo, adolorido, triste, con una humanidad que, resignada, se preparaba para girar el picaporte, a punto de salir de la breve historia que tuvo sobre el planeta.
Por otro lado, una brillante e inocente felicidad podía respirarse. Habían pasado sólo algunos días desde que la tierra había comenzado a moverse, y amparada en una estación de calidez y chubascos, la vida silvestre había encontrado la forma de abrirse paso a pesar de la adversidad. Las islas que habían nacido como producto de las erupciones volcánicas en el océano, eran el suelo más fértil posible, y en nada darían hogar a todo lo que tuviera la fortuna de llegar a ellas. Entre los derrumbes, la maleza comenzaba a reclamar su espacio, mostrando el verde brillante de sus brotes. El agua comenzaba su ciclo natural de purificación, y parvadas de aves migratorias surcaban los cielos de las grandes urbes en cantidades que no se habían visto antes, desde los tiempos en que las personas, por su tren de vida, habían dejado de mirar al cielo tan a menudo.
En Tokio, había sido un verano particularmente cálido y lluvioso. Esa mañana, el cielo matutino era de un azul muy intenso, tanto que el contraste que lograba con las blanquísimas y esponjadas nubes que lo atravesaban, lo hacían lucir como una pintura al óleo.
Cerca de la bahía, Koto y Shinagawa, ya evacuados para ese momento, yacían completamente debajo del agua, el suelo debajo de dichos barrios había cedido, y nada sobresalía de la cristalina y pacífica superficie del mar. Las autoridades habían arreglado que nadie se quedara en Minato, pues la probabilidad de que dicha región terminara anegada también, era muy alta.
De vuelta en el hogar Daidoji, la mañana transcurrió con tranquilidad, y mientras los adultos charlaban, los niños se desperdigaron entre los jardines, entretenidos, confiados, y como era su naturaleza infantil: ajenos a todo aquello que se definiría esa misma tarde.
Poco después de las diez de la mañana, los temas triviales se agotaron, dando paso al silencio del adiós. Y así, abordaron una última conversación con sus familias.
—El abuelo del abuelo Masaki… es decir, nuestro tátara abuelo, construyó esta casa fuera de Tokio por el miedo de un bombardeo, fue hace casi cien años, al inicio de la segunda guerra mundial —contó Sonomi, mientras los invitaba a dar una vuelta por la parte trasera de la enorme edificación—. Averiguando, encontré que tiene un búnker, con muros de plomo y hormigón, que sin problemas pude resistir una explosión nuclear. No es precisamente a prueba de radiación, pero es sumamente eficaz contra sismos e inundaciones. Hace años, después de la tragedia de Fukushima, lo acondicioné con luz eléctrica de un generador a diesel y agua corriente. Ha pasado tanto tiempo, que ya lo había olvidado.
—¡Es perfecto! —exclamó Sakura, caminando en el obscuro pasillo que llevaba a los patios de servicio, abriendo una pesada puerta metálica un poco herrumbrosa.
—Nos ocultaremos aquí mientras ustedes pelean, es un espacio muy amplio, tiene alimentos e incluso una reserva de tanques de oxígeno.
—Espero que nadie sea claustrofóbico —dijo Ieran con su extraño humor, mientras se encendían las las lámparas del amplísimo sótano, que contaba con al menos una docena de literas en uno de sus pabellones, una austera sala de estar separada por un muro interior, y una alacena con cocina—. ¡Todos ustedes! ¡Traigan algo que sientan que les vaya a hacer falta aquí abajo, que desde hoy acampamos aquí!
A dicha orden, cada niño corrió escaleras arriba, aparentemente emocionados por pasar la noche en una ubicación tan pintoresca.
—Es poco probable que esta región se inunde, pero hagan lo posible por no salir para nada una vez que todo comience —se pronunció Li.
—Nuestro primer movimiento será crear barreras que protejan a la ciudad, en el mejor de los casos, no se enterarán siquiera de que la pelea comenzó, trataremos de mantener los daños a la realidad al mínimo —agregó Sakura.
—Pero si las cosas salen mal… —continuó Kurogane—, deberán esperar a que la ola final de Shinomoto termine. Si ella obtiene la victoria, hará estremecer la tierra hasta que su poder se agote, y podría ser un movimiento de horas, mismas que deberán soportar aquí debajo.
—¿Y qué vamos a hacer? ¿Simplemente a esperar? —cuestionó Sonomi,
—No. Ustedes se encerrarán aquí en unos minutos. Nosotros iremos a buscar a Akiho y compañía, y los forzaremos a combatir, entre más tiempo pase, peor se pondrá todo.
Por fin, todos los ocupantes de esa casa se reunieron en la entrada del búnker. Diana y Akko no estaban presentes, pues seguían ayudando en las tareas de evacuación y asistencia, y se quedarían ahí a confrontar el apocalipsis.
—Ve acostumbrándote a su peso. Tarde o temprano, será tuya —dijo con una sonrisa torcida Kurogane, luego de poner entre las manos de su hija a Dragón de Plata.
—Pero no ahora, ¿verdad?
—Por supuesto que no, princesa —dijo, acariciando la mejilla de la niña, y levantándole el mentón para que lo mirara a los ojos—. Debo entrenarte personalmente, sólo de mi mano conocerás el bushido, mujercita.
Con tanta seguridad como el peso del sable se lo permitió, lo puso en el suelo a su lado, y estiró los brazos, buscando la protección del hombre ante ella. Él la levantó y la acomodó en su regazo como hacía cuando era un bebé.
—Extraño mucho a mamá.
—Yo también, princesa.
—Y no quiero extrañarte a ti.
Tomando una gran bocanada de aire, el sujeto estrechó aún más a su pequeña.
—En tanto tú estés esperándome, yo tendré un lugar al cual llegar. Pero mientras volvemos a vernos, deberás cuidar a la abuela Sonomi, a Hien y a Nadeshiko. Tú serás la mujer de la casa, y deberás ser fuerte mientras yo regreso. ¿De acuerdo?
—Pero… ¿y si no puedo…? —preguntó, con el tono dolorido del infante que sabe de la muerte mucho antes de lo que debiera.
—Claro que puedes. Mamá era una mujer poderosa, y yo soy muy fuerte. Tú eres la suma de los dos. No hay nada que tú no puedas hacer. —Tomó nuevamente el rostro de la niña. perdiéndose en el carmesí de su mirada—. Voy a regresar. ¿Me crees?
Yuzuki sólo asintió, incapaz de pronunciar palabra.
—¿Y no hay forma de evitar que vayan? —preguntó Hien, con el entrecejo arrugado que su padre había patentado en su propia niñez.
—No, hijo. Creo que lo más adecuado de decir en este caso, es que es parte de ser un Li. —Sonrió, condescendiente, arrodillándose y tomando a su hijo por los hombros—. Te seré completamente honesto: no sé si volveremos y no quiero que creas que es nuestra elección marcharnos, debes entender que este es el único camino que podemos tomar para darles un futuro a todos ustedes. Más aún, independientemente de nuestro regreso, vivirás en un mundo muy diferente al que estás acostumbrado. Sobre tus hombros y los que crezcan contigo, recaerá la responsabilidad de guiar y proteger a los más débiles y aquellos que lo perdieron todo. Pero que eso no te asuste, en tanto vivas en los principios que te hemos dado, no sólo tendrás un propósito y una vida honorable, sino que también tendrás la posibilidad de ser feliz, y eso es algo que tú tendrás que construir. Yo creo en ti.
—Y yo en ti, papá —dejó salir el niño, limpiándose las lágrimas amargas de quien experimenta la pérdida por primera vez.
Xiao-Lang no pudo evitar la imagen de sí mismo cuando su propio padre murió.
—Ojalá pudiera dejarles un mundo menos roto —susurró Sakura al oído de Nadeshiko, provocándole un ataque de risa. La mujer la levantó, quedándose absorta en sus ojos de oro, preguntándose cómo es que había creado algo de semejante belleza—. Sé que eres pequeña para entenderlo, pero si es que tú lo aceptas, esa podría ser tu misión en la vida: tal como yo, podrías tratar de arreglar las cosas, porque si te soy honesta, yo misma recibí un mundo fracturado y adolorido, y me puse a mí misma la misión de remendarlo. Cometí muchos errores mientras caminaba por ese sendero, algunos me perseguirán para siempre. Pero gracias a eso te tuve a ti y a Hien, que son la obra más grande y hermosa que pude haber creado.
La pequeña dejó de reír, y con las mejillas infladas estiró los bracitos para alcanzar el rostro de su madre, mismo que acarició torpemente. Su instinto salía a flote, sabía que una separación era inminente, aunque las causas y consecuencias no eran de su entendimiento.
Sakura no lo sabía, pero ese breve discurso sobre el propósito del ser, se quedaría en las bases de la memoria permanente de su hija.
Los cuatro se dieron un abrazo. Era la segunda despedida que tenían, y nuevamente la incertidumbre ardía en su pecho.
Yuzuki y Kurogane se les unieron a mitad del jardín, y Xing salió de pronto, integrándose a ellos. Los cuatro niños, tomados de la mano, fueron guiados por Sonomi, hacia el acceso al refugio, lugar desde el cual, el resto de los residentes de la casa: Touya y Yukito, Al, Meilin, Beiji-Hu y Wei se despedían agitando las manos.
—Vaya grupo de hechiceros poderosos serán estos niños —declaró Kurogane.
—Y también seres humanos espléndidos —agregó Sakura.
—Y los herederos que nuestras casas merecían. Serán mucho mejores que nosotros —cerró Xiao-Lang.
Ieran se rezagó un poco, acercándose a ellos. Hizo una reverencia llena de respeto al samurái, y tomó las manos de su hijo y nuera, sin poder ocultar lo orgullosa que se sentía.
—Habrá sábanas limpias y comida caliente cuando vuelvan.
Con ese breve enunciado, la vieron perderse por el pasillo, para luego escuchar el cierre hermético del búnker.
Kurogane entró al dojo, y con cuidado depositó a Dragón de Plata en el pedestal que era su hogar en tiempos menos agitados. Al centro de la estancia, kimono y hakama negros lo esperaban, y sin pensárselo demasiado, comenzó a desvestirse, doblando cuidadosamente su ropa casual, y luego comenzando a tomar el traje tradicional de su pueblo. Estar vestido a la vieja usanza lo hizo sentir extrañamente cómodo, pero sabía que ese atuendo era apenas la primera parte de su preparación para la batalla. La negra armadura de samurái lo esperaba.
En la alcoba de invitados que Ieran había utilizado, estaba el traje ceremonial que había dejado para su benjamín, debidamente aseado luego de aquel sangriento ritual de separación del guardián de la luna. Xiao-Lang se enfundó en el verde, aunque no encontró el sombrero. Ieran lo había sustituido por el kabuto de la armadura con la que él había regresado de su gesta por Japón feudal, al final, era verde también, y creaba una agradable sintonía con el resto del atuendo, incluso le dejó los puños y las espinilleras. Después de todo, Hogo Okami Li era heredero y protector tanto de Japón como de China, la combinación de estilos era un paso lógico.
En su propia habitación, Sakura se sentó sobre la cama, ensimismada. Después de unos minutos de reflexiva calma, fue hasta su clóset, sintiendo que algo ahí la llamaba. Abrió el guardarropas y echó un concienzudo vistazo a todo lo que ahí se guardaba, notando que en realidad, era mayormente ropa de Tomoyo, aquella que seguramente no cabía en su propia alcoba, que ya era mucho decir, pensando en que el tamaño de su armario era el de una casa pequeña. Un porta trajes negro y opaco llamó su atención, parcialmente oculto en el fondo, e intrigada, lo alcanzó, sacudiéndole la fina capa de polvo que comenzaba a acumularse. Una nota estaba engrapada, escrita en la prólija caligrafía de Tomoyo:
¡Alto ahí!
No abrir hasta las bodas de cristal.
P. S.: Si eres Sakura, echa un vistazo, me encantaría saber tu opinión. ¡No puedo esperar a que te lo pruebes!
T. O.
Una risa nostálgica abandonó la boca de Sakura, retiró y atesoró el pedazo de papel y llevó el porta trajes hasta la cama. Ese era entonces el atuendo que la doncella Amamiya había confeccionado para ella. Faltaban tres años para que cumpliera sus bodas de cristal, pero desde luego, no iba a esperar hasta entonces para confeccionarlo.
El diseño del atuendo era exquisito, lo que era de esperarse sabiendo quien lo había diseñado y ejecutado. Los colores favoritos de Sakura estaban en toda la manufactura, rosa y blanco, perfectamente equilibrados, en un ajuar elegante, pero cómodo.
—Porque definitivamente no me dejarías ir al fin del mundo en harapos, ¿verdad, Tomoyo?
Con una potencia que se sentía hasta el dolor, el sol dejaba caer sus inclemente rayos sobre la ciudad. Tres figuras diminutas atravesaron el cielo, aterrizando sobre el primer fanal de una Torre de Tokio silenciosa, tanto por su ausencia de personas, como por la carencia de ondas de radio, propósito principal de la existencia de la edificación.
Akiho, sonriente, hizo un reconocimiento hasta donde el horizonte le permitía ver.
—¿No están emocionados? —preguntó, casi en un grito—. ¡Estamos en la recta final! ¡Todo se define hoy! —Impetuosa, sepultó la punta de la espada en la lámina del fanal—. Espero que hayan venido debidamente preparados.
—Esto es todo lo que necesito —dijo aburrido Sakurazuka, mostrando sus manos, con los ojos cubiertos por unas elegantes gafas obscuras, y ataviado en un traje negro que siempre parecía más costoso que el anterior.
—Y espero también que vengan dispuestos a matar.
—Bueno… —Yuuto hizo un par de formas acrobáticas con el peculiar arma que cargaba, que se componía de un par de puñales tridentes, unidos por un cable de acero que daba la impresión de estirarse y contraerse, ignorando por completo las leyes de la física—. Casé a muchas parejas en mi ejercicio como burócrata, así que estoy acostumbrado a arruinar vidas.
—Ese es el espíritu.
Un poco más tranquila, se volvió a concentrar en el paisaje.
—Vayan por Ou y Li, no se distraigan en Sakura, ella no es su contendiente, no tendrían oportunidad contra ella. Que venga a mí… después de todo, nuestro destino está sellado desde el principio de los tiempos.
Sin responder, los dos matones se lanzaron al vacío, en búsqueda de sus presas.
A unos kilómetros de ellos, en la cima de otro rascacielos, la Espada Sagrada de la Voluntad, Wu-Xing y Dragón de Plata, en manos de sus respectivos dueños, los acompañaban en aquella apreciación de su destino: aquella que aún en el más luminoso de los días del verano, lucía intimidante por el significado que de ella manaba, el destino final, el sitio donde las promesas se cuplirían.
La Torre de Tokio.
XXIX.
Fin.
Cerca del final, no puedo dejar de agradecer a mi lectora cero de evaluación emocional WonderGrinch, y a mi señora editora eres-cruel-pero-justa CherryLeeUp, no sólo por su edición y corrección, sino por el aporte de ideas.
