Retroalimentación.

Brie97 chapter 31 . Feb 12: Es el final, ¡debemos ser muy intensos! A pesar de que parezca que sólo hay crueldad en mi corazón, soy un gran promotor de la familia, así que lo de Eriol era un paso lógico desde mi perspectiva. Todos despertaron ciertas dudas con Kurogane y Tomoyo, veremos que tan fundadas están. ¡Vamos a la conclusión de estas primeras batallas! Con la esperanza de que vuelvan todos a casa. ¡Gracias por estar en tiempo real conmigo en esta aventura!

LizSaranjeiP chapter 31 . Feb 13: Esas son preguntas que no lo dejan dormir a uno por las noches. Pero todo quedará resuelto. Sé fuerte. ¡Gracias por tu comentario!

E A Blake chapter 31 . Feb 20: Era necesario un descanso en la forma de una pequeña alegría de cara todo lo que nos trae el final de la obra. Todo mundo coincide en que Tomoyo habría tenido un escenario diferente al morir… veamos qué tan acertado estás. Sobre tus conjeturas… bueno, nadie creía que Tomoyo fuera a morir, el mundo es un lugar extraño. ¡Aquí vamos por el cierre de estos personajes! Gracias por comentar.

carmennj chapter 31 . Feb 23: ¡Hola! ¡Vamos a ver qué fue lo que pasó! Gracias por tu lectura y tu reseña.

¡Disfruten la lectura!


XXXI.

Voluntades.

—¿Y cómo es que hace usted para desaparecer de esa forma, señora? —preguntó con inocencia uno de los niños que jugaba en el césped.

Estaban en el parque Yoyogi, donde se había establecido el campamento con los pocos habitantes de la ciudad que no habían sido evacuados, entre ellos, el gobierno.

Por su parte, sólo el emperador japonés había solicitado quedarse en el castillo Chiyoda como una muestra última de honor, en el conocimiento de que el epicentro del final sería la Torre de Tokio, a una distancia de apenas un par de kilómetros.

—Es una habilidad muy útil para un mago, pequeño… ¿y cómo que "señora"? —respondió Akko, contrariada.
—Aunque no te guste admitirlo, ya eres una señora —dijo Diana, a su lado.
—¿Te gustaría ver lo que se siente? —lanzó Akko al chico, mientras se inclinaba para que sus rostros coincidieran.

El niño dudó un poco, pero luego, el equivalente a un salón pequeño rodeaba a la pareja. Sin las restricciones propias del secreto mágico, ciertas libertades inofensivas eran concedidas, y así, la veintena de infantes y las dos brujas, hacían una desaparición que los llevó a un campo de fútbol de distancia, a la entrada del campamento.

—Ahora vayan con sus padres y refúgiense bien ahí.

Todos obedecieron.

—Al inicio de este año, hablar o mostrar magia a la población regular con tanta liviandad era impensable —reflexionó Diana, en tareas finales de resguardo de los alrededores.
—Ya lo sé… —contestó su compañera—. Me imagino la tremenda fiesta que será desmemorizarlos a todos cuando se termine nuestro problemita.
—Imposible —concluyó la inglesa—. No hay modo de hacer a todo el mundo olvidar. Más allá de eso, ¿sería realmente lo mejor olvidar? En todo el mundo, nunca vi semejante muestra de unidad de nuestra especie. Por este tiempo, no ha importado si somos magos o no magos, orientales u occidentales, cristianos o musulmanes. Creo que finalmente estamos preparados para vernos como parte de la misma especie, como portadores de una misma alma… y con ello, finalmente trascender.
—Eso sería genial. Ese es un mundo en el que me gustaría vivir.
—Pues si todo salé bien, será el mundo que tendremos la posibilidad de construir.

Se tomaron de la mano y compartieron un apretón, mientras se sonreían.

—Muchas gracias por todos estos años, Diana.
—No hables como si fuera una despedida.
—De acuerdo… pero ya sabes lo dicen acerca de vivir cada día como si fuera el último.
—Bruja despistada —la rubia la estrechó, agradecida—. Desde que te conocí, he vivido cada día como si fuera el último. No tenía idea de que se podía ser tan feliz.

El mágico momento fue interrumpido por un estremecimiento debajo de sus pies. Ambas mujeres dirigieron la mirada instintivamente hacia el oriente. No tenían idea de cuáles eran las ubicaciones específicas, pero sí que ese era el origen de los sismos. Así como inició, el movimiento cesó.

—Ya comenzaron —susurró Akko.

Diana y ella compartieron una última mirada, y comenzaron a formar una capa de protección sobre el campamento con todos los conjuros que conocían, al poco tiempo, el resto de los magos del lugar se les unió.

Godspeed, Dragons o' Will! —se despidió la inglesa, después de echar un último vistazo, mientras cerraba totalmente la protección, a sabiendas de que quizás no sería suficiente para afrontar un final adverso.


No era la primera vez que el abatimiento de una víctima era presenciado por él. Quizás no había podido obtener esa recompensa emocional de Tomoyo cuando la asesinó, pero Kurogane le estaba dejando disfrutar de ese manjar: ver su mente colapsada ante una pesadilla, destruida por el miedo y la decepción, ver su debilidad y su dolor. Gratificación que él, como Asesino del Cerezo que era, había heredado de sus predecesores, de aquellos que lo habían formado en la senda del homicida.

Aquellos que lo antecedieron habían obtenido la sangre fría y el gozo al dolor ajeno de forma aprendida, no estaba en su naturaleza, eran personas "normales" por llamarlos de alguna manera, que habían tenido el dudoso honor de pertenecer a la casa Sakurazuka. Así, desde niños fueron educados para matar sin remordimientos, siendo su graduación el asesinato de su mentor para reclamar la investidura.

Él, entre todos los que llevaron el manto, era diferente.

Seishiro, desde sus primeros pasos, mostró una extraña fijación por el dolor ajeno. A sus cuatro había estrangulado a su primer gato, y lo mostró orgulloso a su madre. Al revelarse como un prodigio, comenzó su formación mágica a los ocho, tres años antes de lo normal, y dominó la magia negra en su temprana adolescencia, mientras tomaba estudios no mágicos en veterinaria, profesión que ejerció hasta bien entrada su madurez.

Su graduación llegó en su mayoría de edad tradicional en Japón: los veinte. Tuvo que desafiar a quien le había enseñado todo para cobrar su título. Esa prueba era la más difícil, pues el maestro solía ser alguien sumamente cercano al debutante, y terminaban forjando fuertes lazos afectivos. En el caso de Seishiro, fue su madre.

Y no hubo ni una sola muestra de remordimientos cuando el momento de acabar con su vida llegó.

Así, Seishiro acuñó sus dos movimientos emblema: la técnica Maboroshi, una ilusión que mezclaba elementos en la mente de la víctima, y la manipulación discrecional de Seishiro para ofrecer el peor escenario posible. Su efectividad era tal, que había ocasiones en que la víctima no requería de ser asesinada, pues su mente simplemente no soportaba lo mostrado. La otra, era la destrucción del corazón de su oponente en un único golpe a través del plexo solar. Según el contexto podía perforar el músculo cardíaco, estrujarlo hasta hacerlo estallar o extraerlo.

Recordó entonces que había hecho lo primero con el corazón de Tomoyo: sólo lo había perforado, con mucha delicadeza, de hecho, para simplemente detenerlo, pues quería acabar rápido con ese trabajo. Kurogane, sin embargo, lo estaba haciendo dudar: perforarlo estaba descartado, sería darle demasiada paz hacia el final. Tal vez lo arrancaría, y se lo mostraría antes de que muriera, eso definitivamente lo mandaría al otro mundo con la moral hecha polvo. Incluso podría estrujarlo con tanta violencia, que la sangre se le saldría por los ojos y los oídos, lo había hecho algunas veces antes, y le resultaba hilarante.

Y sus pensamientos y planes fueron interrumpidos abruptamente:

—Vaya… eres la primera persona que conozco que es un terrible actor aún en su propia puesta en escena.

Desconcertado, Sakurazuka, el mismo que había ejecutado a Tomoyo en el recuerdo, miró a Kurogane, que comenzaba a moverse con libertad en la ilusión en la que estaba.

Se acercó al matón, separados sólo por un paso de distancia.

—¿Cómo es que…? ¡Tú no puedes moverte o interactuar conmigo aquí! ¡Mi magia…!
—Adivina qué, imbécil, esto no es magia, es engaño… Estás tratando de jugar con mi mente, pero cometiste tantos errores, que no hay forma de que lograras convencerme.

Cerró la distancia que los separaba para tomar de las solapas al asesino, y le sepultó la frente en la nariz, que reventó al momento.

Al no estar en el plano físico, esa agresión se manifestó como un dolor en la cabeza de Seishiro, para los entendidos, en el hipocampo, directo en su memoria permanente. Se sentía como un forcejeo, como la intención de abrir una puerta, de entrar en sus recuerdos… e incrédulo notó que no estaba logrando detenerlo.

—¡¿Qué clase de juego estúpido e infantil es este, Sakurazuka?! ¡¿De verdad estás tratando de mostrarme a una Tomoyo cobarde que suplicó por su vida?! ¡No sabes nada de ella! ¡No podrías siquiera imaginar lo que pasó por su mente!

El siguiente golpe fue un uppercut con la zurda, y antes de que pudiera imaginar una forma de defenderse, la derecha del guerrero le molió la sien. La cabeza de Seishiro chocó contra el asfalto con tal fuerza que el impacto dejó un largo zumbido en el receptor, y lo hizo rechinar los dientes.

El ambiente cambió una vez más. Sakurazukamori no era capaz de levantarse, y desorientado, dejó que el caudal de pensamientos corriera con libertad, lo que hizo visibles sus verdaderos recuerdos. Un segundo Seishiro apareció, y la escena se rebobinó para mostrarse una vez más:

—Esto es lo que la confianza le hace a las personas. Las hace arrogantes por la ilusión de certeza que les da, los hace olvidarse infundadamente de su insignificancia en el plano universal, y lo desdeñables que sus vidas son. Los hace sentir especiales. Mírese ahora. No hay nadie aquí para usted, ni lo habrá, su vida fútil terminará sin más que olvido por recompensa, sólo saciará momentáneamente a mi placer de ser yo quien cierre el telón.
—Por mí está bien… De alguna manera pensé que íbamos a tener esta conversación, imaginaba que iba a… no sé… tener más miedo.

El último golpe al cigarrillo fue dado. El matón se levantó pletóricamente. Arrojó la colilla delante de Tomoyo, que la observó resignada, y luego, él extinguió la brasa de un pisotón.

—Lo lamento mucho, mi bella acompañante, pero teníamos un trato.
—Desde luego. Las Amamiya somos mujeres de palabra —indicó Tomoyo, que moduló la voz tanto como pudo al ponerse de pie.

Con movimientos elegantes, casi paternales, Sakurazuka acarició el cabello de la coronilla de la mujer, extraña y muy desconcertantemente conmovido. Continuó, sin embargo, jugando su rol:

—Ah, la espera valió la pena. Nada más exquisito que ver a una mujer hacerse la valiente ante la decepción del abandono. ¿Algunas palabras finales, Tomoyo? Me encantaría transmitírselas a sus seres queridos cuando los encuentre y los mande a su lado.
—No realmente. En primer lugar, porque dudo que pueda llegar a cualquiera de ellos, y en segundo, porque tuve la enorme fortuna de poder decirles todos los días que los quería, y que estarían bien aún si yo no estoy. —Elevó la mirada hacia atrás del matón, directo a los ojos de su esposo, quien sintió como si ella realmente hubiera sido capaz de verlo en aquel momento. Kurogane no pudo evitar que sus ojos se humedecieran y el nudo se formara en su garganta—. Imaginé por un momento que podría tratar de mostrarle ese mundo que yo defiendo, pero… después de conocerlo un poco mejor, puedo ver que no hay posibilidad de salvación para usted. Que nunca conocerá nada ni nadie que lo haga sentir la necesidad de cambiar su forma de ser, que lo haga desear volver a casa al final del día… y no me malinterprete, no es un insulto… sólo describo lo que veo en alguien tan emocionalmente discapacitado como usted.
—¿Ya terminó? ¿No hay llanto, súplicas o un intento de negociación?
—Ya terminé, y no, no hay más que agregar.

Sakurazuka perdió parte de aquella sonrisa diabólica que había dibujado por el goce de semejante manjar, un poco irritado ante la ausencia de miedo de su víctima, y decidió que lo mejor era terminar rápido, así que dio el golpe final.

El puño del Asesino del Cerezo entró por la boca del estómago de ella, Su expresión se ensombreció por un momento con una muestra legítima de dolor.

Con sus últimas fuerzas, elevó una mano al rostro de aquel que le robaba el último aliento. Lo que él consideró que era ánimo de lucha, resultó ser algo diferente y desconcertante.

Tomoyo acarició con delicadeza la mejilla del hombre, una compasión infinita era lo único que mostraban sus ojos:

—Ay, Seishiro… siento su pena.
—¿Mi pena? —se burló él, aunque de forma poco convincente—. Está muriendo sola, nadie vino a rescatarla, es usted la que da pena.

Tomoyo negó con la cabeza, sin fuerzas para mantener la mano en el rostro de su asesino.

—Yo… yo sabía que nadie llegaría a asistirme, ese era el plan. Debía cerrar mi barrera. Haganemaru y Yuzuki van a estar bien… igual que el señor Sumeragi. —En una tranquila agonía, miró por última vez a su asesino—. Mi trabajo está hecho.

Tomoyo expiró después de sisear esas palabras. Sus ojos apagados se cerraron lentamente. Una paz patente adornó su rostro hasta el final.

Incapaz de saber qué más hacer, Seishiro notó que realmente no había gozado de esa muerte en absoluto.

—Esto no cambia nada. Ella ya no está, y tú te le unirás en un momento —reclamó desbordado de confianza, mientras la ilusión cedía—. Al menos podrías mostrar algo de gratitud conmigo por reunirlos.
—No, Sakurazuka. No entendiste nada —enunció el samurái, con una nueva luz en su mirada.


Seishiro fue sacado del trance violentamente, una vez más a la realidad. Seguía en la misma postura, después de haber dado el golpe que pondría punto final a la historia de Ou. Desde su posición, veía la coronilla de su víctima, el trabajo estaba cumplido…

Pero si ese era el caso…

¿Por qué la barrera no caía? ¿Cómo era posible que siguiera escuchando la respiración de Kurogane, o incluso percibiendo los latidos de su corazón?

El Enamorado levantó el rostro entonces. El escarlata fulgurante de su mirada le arrancó una expresión de terror a la Muerte, y no sólo era la natural fuerza de sus ojos, sino también por esa luz que ganó de ese último discurso dado por la persona más valiente que conoció, de su mujer. Y entonces se reveló lo que realmente había pasado:

Si bien, la armadura de Kurogane estaba despedazada como resultado de un golpe titánico, y su abdomen y pecho mostraban una hematoma monstruosa, la carne y los huesos molidos no eran de él.

Sakurazukamori retrocedió con el brazo hecho jirones, la expresión combinada de dolor, ira y confusión desfiguraba su rostro. Sin dejar esa actitud, vio al samurái erguirse para ir a darle alcance, pero no en esa tónica beligerante que había definido a su encuentro, sino que había algo más en sus movimientos y su paso… era como si pudiera ver a esa última víctima que cobró en comunión a él. Su reacción fue comenzar a carcajearse con el frío tono que lo definía.

Como un recurso desesperado para dar tiempo a su cuerpo de recuperarse, lanzó un hechizo al brazo armado de su rival. Kurogane, al ver inmovilizada su derecha, rompió la correa que le sujetaba el kabuto a la cabeza, lo retiró de un tirón y alcanzó en un golpe la cara de Sakurazuka con él.

El casco se hizo polvo de semejante choque, al igual que el pómulo, la sien y la órbita ocular del receptor. Tal fue el impacto, que el ojo de vidrio reventó dentro de su cuenca, lo que provocó una profusa hemorragia al interior.

El hechizo, desde luego, se rompió al momento, y Kurogane, con su brazo ejecutor recuperado, tiró un golpe ascendente al tronco de Seishiro. El corte fue limpio desde la axila hasta la mitad de la clavícula.

La risa maniática del matón se intensificó ante la visión de semejante pérdida orgánica, mientras el brazo cercenado volaba lejos de su alcance. Derrotado, pero pendenciero como era, dejó salir toda su exasperación:

—¡FALLASTE, GORILA ESTÚPIDO! ¡¿POR QUÉ TODOS USTEDES SON TAN CIEGOS COMO PARA NO VER QUE SÓLO SOY LA HERRAMIENTA DE LA MUERTE PARA TERMINAR CON EL INDECIBLE SUPLICIO QUE ES UNA VIDA VACÍA COMO LA SUYA! ¡AÚN SI ME MATAS CIEN VECES, ELLA NO VOLVERÁ! ¡NUNCA ESTARÁ CONTIGO DE NUEVO!

Una fuerza se hizo notar en el pecho de Kurogane. Algo que había acompañado sus días desde que conoció a Tomoyo, pero que se volvió más evidente, y que se extendió por todo su cuerpo, le provocó escalofríos y lo conmovió hasta el llanto, pues en algún momento lo creyó perdido.

Era el ambiente aligerándose en su presencia, la paz que sólo hallaba en su mirada, el revitalizante aroma de su cabello. Era ella acompañándolo una vez más, que lo hizo sentir claramente como lo abrazaba por la espalda, en esa conmovedora diferencia de estaturas en la que ella le llegaba apenas a los omóplatos.

Era la confirmación muda de que su senda era la correcta. Él agradeció su compañía, y refrendó el compromiso de amor eterno, aún en la muerte.

—Tú eres el equivocado: ella no debe volver para estar conmigo… porque nunca se marchó —dijo, mientras ponía una palma sobre su pecho—. Siempre estuvo a mi lado, y siempre lo estará. Eres tú realmente el que vivía en un inmenso e interminable calvario, ¿no es así? La realización te evadió tantas veces que pensaste que lo mejor era reclamar la felicidad de aquellos que sí podían tenerla, arrabatándola de cualquiera que tuviera un propósito. Sin embargo… no puedes siquiera darte cuenta de ello, tu mente está tan rota que cosas naturales como esta quedaban completamente fuera de tu alcance. Ahora entiendo por qué Tomoyo sintió compasión de ti… eres un hombrecito triste y desolado, pero tan desubicado que no tuviste oportunidad de conocer tu propia miseria.

Sakurazuka trataba de asimilar ese discurso, aunque lo desdeñaba en su incomprensión, lo que confirmó a Kurogane que lo correcto era terminar con su pena.

Seishiro, que se sabía condenado, rio una vez más como última acción.

El suelo se resquebrajó bajo los pies de Kurogane, que blandió la espada sobre su hombro, y tomó aire, concentrado. A punto estuvo de lanzar un segundo "Rugido del Dragón de Plata", pero fue un golpe diferente el que acuñó al calor del momento, con la sensación de que alguien lo había susurrado a su oído:

—¡Tomoyo no Omoiyari!

Una onda de aire abrasador rodeó al par, y siguió la trayectoria de la hoja, era el poder destructivo de Kurogane, fusionado con el espíritu purificador de Tomoyo, una técnica devastadora, pero a la vez, llena esperanza.

El paso de la espada incineró en un instante la parte superior del cuerpo del Asesino del Cerezo, que probablemente apenas si sintió el momento de su propia muerte.

Inerte y humeante, el medio cuerpo restante cayó sobre sus rodillas, y la pesadilla finalmente terminó.

El samurái echó un vistazo a los alrededores, y luego de exhalar, la barrera piramidal comenzó a reducirse, hasta entrar dentro de su pecho. De vuelta en el mundo real, se descubrió en un templo aún en pie, bajo el cielo impoluto y el fulgurante sol veraniego.


Xiao-Lang, de ocho años, observaba el jardín de su casa. Tenía al menos un mes que sus entrenamientos habían entrado en pausa indefinida, porque su maestro había estado un poco indispuesto, y para ese momento, ese maestro contemplaba el jardín desde su silla de ruedas.

Un temor potente lo tenía clavado al suelo esa mañana.

Luego de vencer sus temores, el niño comenzó a andar hacia aquel solitario hombre. Al llegar a su lado, el miedo se convirtió en pena. A la voz de "papá" llamó su atención, y vio el rostro demacrado de una persona, cuyos ojos se iluminaron al ver a su benjamín. Con las fuerzas que le quedaban, levantó al niño y lo sentó sobre su regazo.

Xiao-Lang no recordaba cabalmente todo aquello que Hien Li le dijo esa mañana. Era plenamente consciente de que había sido una charla larga, pero no retenía casi nada de ella, y eso lo inquietaba, pues tenía la sensación de que podría estarse perdiendo algo importante.

Y entonces, vino la frase, nítida, que incluso lo dejó recordar la voz de su progenitor… la carga moral pudo ser tomada por frugal, pero después de ese día, se redimensionó, potenció y obtuvo sentido. Era algo tan breve, pero a la vez tan potente:

"Yo creo en ti".

¿Por qué ganó tanto poder ese simple enunciado?

"Yo creo en ti", fue lo que Ieran le dijo un par de años después, cuando lo mandó a Japón para buscar las Cartas Clow. Era lo que Wei le decía en su carrera por volverse un artista marcial competente y un adversario digno y justo. Fue lo que Sakura le dijo cuando él le prometió volver a ella.

"Yo creo en ti", fue la forma en que él, ya en rol de padre, selló el compromiso con su primogénito.

Era la primera vez que él la utilizaba en alguien más, pero sin ninguna duda, era para él mismo también.


Yuuto arrugó el gesto. Las grietas en la barrera "sanaron", y regresó el vigor al espacio cerrado. Algo muy extraño en realidad, aunque no se detuvo mucho en pensar la causa.

A varias decenas de kilómetros de ahí, en Tomoeda, el suelo vibraba debajo de los pies del único hechicero que realmente conocía lo que sucedía, era el único capaz de ver las tres barreras que se habían levantado hacia el centro de la ciudad, y que también era consciente de las consecuencias de que una cayera.

Al ver como el prisma jade se resquebrajaba a la distancia, Subaru interrumpió su marcha hacia la mansión Daidoji. Hizo acopio de todo su poder mágico y potestad como Dragón, y reforzó la barrera en decadencia, una labor titánica en consideración de que estaba a una gran distancia, y que sabía que se manifestaría en lesiones graves en su cuerpo, pero no le importó… estaba en deuda con su causa, su conciencia le gritaba que sólo podría acercarse a la redención si le ofrecía todo lo que tenía a los compañeros sobrevivientes… así que buscaría la forma de marchar hasta esa barrera y pelear la batalla que se había iniciado en ella, aún si el precio era combatir en la franca desventaja del agotamiento.

Ignorante de todo aquello, Yuuto habló hacia el hombre bajo el agua, sin dejar de mirar el cielo.

—Tenía planeado que mi terremoto acabara con todo, y así librar de una vez por todas al mundo de los Li de la siguiente generación. —Se volvió al rival—: Pero creo que al final, tendré que ir personalmente a terminar con su linaje. Puedo matar a millones con este poder… pero la satisfacción de extinguir una vida con mis propias manos, es algo por lo que tendré que agradecer. Espero que esté en paz con sus hijos y su madre.

Al asomarse bajo el agua, vio algo intrigante. Ahí, se manifestaban los factores que obraban el inicio del milagro: La renovada fuerza de Li por el recuerdo de aquellas promesas, la inesperada ayuda de Subaru, y la distracción de Yuuto, que había mostrado todo su poder… lo que dejó que el lobo tomara buena nota de él e iniciara su contraataque.

Cuando el Diablo prestó mayor atención al Emperador, el agua alrededor de su cuello se había cristalizado, separando el metal de su piel, y sus ojos estaban abiertos.

Al momento siguiente, el cuerpo de agua, completamente gobernado por la voluntad del patriarca Li, se abrió en un vórtice, tiró del cable que lo tenía cautivo, logró escapar de su yugo, y obligó al asesino a recuperar su arma. Fue el mismo Li quien no le permitió hacer esa recuperación, pues atrapó el metal con su derecha. Aquel sello natural en el alma del hechicero estaba siendo ignorado por primera vez… y no hubo más contemplaciones o consideración. Yuuto tragó pesado al ver el chispeante crepitar en los ojos de Xiao-Lang.

—¡Raitei Shourai!

Yuuto no supo siquiera en qué momento lo golpeó aquella descarga, que lo adormeció sólo un instante después de percibir el indescriptible dolor, producto de la destrucción de sus terminales nerviosas. Su cuerpo humeaba, y cuando pudo recuperar la orientación, notó que estaba tendido sobre un auto, de vuelta en el puente. Aquél golpe de relámpago lo había hecho volar, además de dejarlo parcialmente sordo, y tampoco podía cerrar los ojos, pues sus párpados estaban quemados.

Su curación acelerada era la mejor entre los Dragones. Fue un minuto a lo más lo que le tomó a su piel reconstruirse y recuperar las sensaciones y los sentidos perdidos, pero no el vigor. Así, cuando el sonido volvió a sus oídos, fue que notó que el asalto no había terminado, y no tenía todavía fuerzas suficientes para contraatacar o siquiera defenderse.

Desde el costado, el río se levantó decenas de metros por encima del puente, en una ola monstruosa que tomó la forma de un lobo. La bestia abrió sus fauces, engulló al matón, y lo arrastró por el puente entero, en una franca marcha contra todo lo que estuviera en su camino, mientras dejaba un rastro sanguinolento por las decenas de metros que lo mantuvo en semejante castigo.

Al terminar la ola, el agua no tuvo tiempo de caer por los costados, sino que se evaporó, Xiao-Lang se revelaba, entre la bruma formada por su ira, exhalando un vaho abrasivo que condensó la nube que lo rodeaba.

Su barrera se fortaleció nuevamente, en el desconocimiento de que Subaru cayó desmayado al darlo todo por esa nueva oportunidad.

El Dragón del Destino se incorporó dificultosamente, trató de recuperar el aliento después de estar cerca de ahogarse, y petulante, sacudió sus armas. Sin mucho éxito, dedicó una mirada confiada a su oponente.

—¡Ese es el espíritu, señor Li! ¡Démoslo todo por…!

Un afilado trozo de asfalto salió de entre los pies de Yuuto a un comando mental de Xiao-Lang. El atacado logró anticiparlo, no fue capaz de evitarlo por completo, y el material empujó con violencia su tórax y le fisuró un par de costillas, lo que lo obligó a callar. Al momento en que movió sus ojos para buscar un sitio de resguardo, vio a Li, que había sido catapultado por la roca debajo de sus pies, en un movimiento que no tenía otra intención que alojarle la hoja de la espada en el cuello.

Yuuto bloqueó y aprovechó el empuje para alejarse unos metros. La capacidad de su oponente se había potenciado de forma repentina, tanto que asustaba, aunque no por eso le daría el gusto de que las ofensas cesaran.

Xiao-Lang, por otro lado, parecía completamente absorto, su rostro se mantenía inexpresivo, y sus ojos completamente concentrados, y apenas si uno podía dar cuenta de su respiración.

Parte del éxito de aquel Dragón del Destino, estaba en la velocidad a la que su mente trabajaba. Con el más sutil cambio en su rival, podía pronosticar de forma muy eficiente su siguiente movimiento, intención y potencia. Xiao-Lang le había quitado justo eso: era una esfinge, no daba ninguna evidencia del tipo de ataque que usaría, si blandiría el arma o iría por los golpes, y más importante aún: no mostraba ninguna intención. Se movía como un fantasma, y con invocaciones silenciosas, los elementos atacaban desde flancos inesperados al matón.

—¿Cree que con eso cambiará nada, señor Li? ¡Vivo por este tipo de desafíos! ¡Sólo está retrasando el inevitable resultado final! —Esquivó un relámpago a duras penas, y siguió su diatriba— . Pero cuando usted muera, me llevaré esa hermosa espada suya… y personalmente la usaré para acabar la vida de sus hijos. Le prometo que lo último que verán antes de morir, será la cabeza de usted entre mis manos.

A pesar de lo brutalmente mórbido de ese comentario, Li mantuvo la compostura, y en ese silencio corporal recién desarrollado, comenzó una nueva embestida.

Wu-Xing se movía como un huracán, el acero producía aquella aguda sinfonía metálica mientras chispas incandescentes caían a la tierra, en evidencia al desgaste de las armas involucradas, lo que puso de manifiesto por primera vez el esfuerzo del Diablo, que notó, no sin un ligero desconcierto, que Xiao-Lang apenas si parpadeaba… y se hacía aún más extraño, en tanto que no parecía mostrar el agotamiento o el dolor propios de mantener semejante ritmo por tanto tiempo. Sólo sus brazos se movían, apenas si su cuello o sus ojos cambiaban de posición, era como pelear contra un maniquí, tanto que Yuuto comenzó a sentir los efectos del valle inquietante, como si no se tratara de una persona aquél con quien peleaba.

Tenía que hacer algo para sacarlo de sus casillas, tenía que tocar alguna fibra sensible, algo que lo hiciera nuevamente vulnerable, que lo pusiera a merced de sus emociones.

—Ustedes los buenos son siempre así de predecibles: apenas una amenaza es lanzada sobre algo que les importa, y mostrarán un temple temible… pero que no está destinado a durar. Cuando su ira cese, y el agotamiento lo alcance, verá lo absurdo de este afán.

Al cierre de esas palabras, el cable de acero finalmente cedió. Su inercia al perder consistencia dibujó mortales y poderosas líneas en el asfalto, mismas que alcanzaron y despedazaron autos y estructuras alrededor de los duelistas, mientras que Li tomaba un impulso mínimo, para lanzar una estocada al costado de Yuuto. La hoja lo atravesó fugazmente, y al retirarla, un caudal de agua siguió la trayectoria original, misma que se tiñó del rojo de la sangre del Diablo, y bañó la calle detrás de él con aquella mezcla carmín adelgazada.

Yuuto retrocedió torpemente, mientras fingía que el dolor no lo afectaba.

—Pero Yuuto… —se atrevió a hablar finalmente el Emperador, con ese mismo estoicismo espeluznante en sus ojos de oro—: ¿Qué le hace pensar que estoy iracundo? La ira viene de la frustración, y eso me embargaría si estuviera compitiendo con alguien mejor… o en su defecto, igual a mí. En lugar de eso, sólo tengo a un perro famélico y asustado, que recurrirá a cualquier argucia sucia con tal de sobrevivir. ¿Cómo podría enojarme…? —Engrosó la voz, pero sus intenciones y movimientos se mantuvieron imperturbables—. ¿Cómo podría sentir algo más que pena por usted?

Y entonces, el asesino lo comprendió todo: Xiao-Lang Li había sido cauteloso toda la primera parte de esa contienda, al grado de fingir debilidad, una muy convincente a decir verdad, y ante él estaban sus verdaderos colores. El hombre poderoso que ostentaba no otro que el segundo lugar entre los Dragones de la Voluntad, el Emperador, el responsable de cuidar y dirigir el reino… un rey guerrero, formidable y temible.

Movido por su instinto de supervivencia, enfrentado a un enemigo que parecía ser una objetiva causa de cuidado, retrocedió en un salto al sentir en el abdomen la onda del filo del rival, a milímetros de hacer contacto.

Escapó unos metros más, y buscó refugio con seriedad, pero no pudo encontrarlo: a la orden de las manos de Li, el puente se sacudió y lanzó por la borda la mayor parte de los autos ahí abandonados. Una potente cortina de aire ralentizó la huida de Yuuto, quien vio en ella una oportunidad.

De los vehículos que se mantuvieron sobre la construcción, el contenedor de combustible fue uno. Con la parte más larga de su arma rota, aferró al tractocamión por la quinta rueda, tiró de él y lo arrojó contra Xiao-Lang.

El enorme vehículo cayó de costado, y a gran velocidad recorrió el camino hacia su objetivo, la fricción del arrastre provocó montones de chispas mientras avanzaba ruidosamente. Li sólo lo vio acercarse, y recuperó la guardia. Yuuto sonrió para sus adentros, pues no podría evadirlo, y vio en ello su oportunidad de retomar la ventaja.

Apenas hombre y máquina hicieron contacto, el calor de la explosión fue insoportable. Algunos de los tirantes de acero se fundieron, y el puente quedó en una situación realmente precaria, a tal grado que dio la impresión de que colapsaría en cualquier momento. El estallido lanzó a Yuuto contra una de las columnas de soporte, y a pesar de quedarse sin aire, estaba satisfecho de haber obstaculizado de tal manera la marcha de Xiao-lang.

Unos segundos después se levantó y buscó con dificultad entre las llamas al patriarca, en una torpe marcha hacia el incendio. Él, a una distancia razonable, había sufrido el daño sólo de la onda expansiva, y esa fue suficiente para sacarlo unos segundos de combate. Xiao-Lang había recibido el impacto y había estado al centro de la explosión y el subsecuente incendio… que siguiera vivo, como la barrera confirmaba, era algo menos que un milagro… de todas maneras, debía asegurarse y rematarlo.

Las flamas entonces se elevaron varias decenas de metros, su fulgurante luz ámbar iluminó todo el interior de la barrera, lo que obligó a Yuuto a mirar al cénit, embelesado ante la belleza del espectáculo. Su distracción fue de sólo un instante.

Tiempo suficiente para definir la contienda.

Cerca de un centenar de metros fueron recorridos en menos de un segundo, evidenciado por un camino de llamas entre el centro de la explosión y el Dragón del destino.

Con un dolor y calor abrasadores, Yuuto lanzó una maldición al aire, y fue capaz sólo de ver el bólido de llamas verdes que pasó a su lado. Por instinto soltó sus armas y se llevó las manos al abdomen. La sensación fue aterradora e indigesta: Se encontró a sí mismo conteniendo sus entrañas para que no terminaran regadas por el asfalto.

A unos pasos de él, Xiao-Lang recuperaba una postura relajada mientras el fuego que lo envolvía comenzaba a apagarse. Se volvió, con el mismo matiz indiferente en la mirada, y una actitud fría en absoluto contraste con el contexto del momento.

—¿No se lo mencioné? Mi cuerpo es muy resistente al fuego.
—Crees… ¿Crees de verdad que con esto me derrotas, Li? ¡Esto… ah… esto no es nada! —pronunció el asesino moribundo al caer sobre sus rodillas, aumentando la fuerza con la que se agarraba el vientre para no terminar abierto en canal, con la voz descompuesta—. Esto… ah… es lo que va a pasar: vas a volver a perdonar mi vida, y después de acabar contigo… ah… ¡iré por esos bastardos que tienes por hijos y…!

Repentinamente, la voz de Yuuto se apagó por una inusitada falta de aire. Sus ojos, desorientados, enfrentaron el vértigo de ver en todas direcciones sin control durante desconcertantes segundos. La travesía terminó al golpear con la sien el suelo, para luego continuar girando por unos segundos más. La revelación llegó a su mente al siguiente momento… presenciaba algo que no terminaba de comprender… y es que a unos metros de él, veía la decadente forma en que había quedado su cuerpo decapitado.

A un lado, Xiao-Lang aún mantenía la postura después de aquél demoledor mandoble. Comenzó a levantarse como en cámara lenta, aunque eso bien podría ser imputable a la percepción de Yuuto, se volvió hacia la cabeza del caído, e hizo que sus miradas coincidieran por última vez.

Había algo parecido a la lástima en la mirada del ganador, aunque no era compasión… podría hablarse de cierto desdén.

"Vaya… al final si fue capaz de matar a alguien con lujo de crueldad", pensó Yuuto, mientras sus ojos perdían el brillo y su boca, suplicante de oxígeno, balbuceaba por última vez.

Xiao-Lang esperó un par de minutos para confirmar la derrota de su oponente, y cuando no quedaron más dudas, dejó escapar el aire contenido. Miró la lamentable forma en la que aquél burócrata y execrable ser humano había terminado, y se preguntó cómo fue que llegó a semejante resolución. Sabía que una parte de su alma se había perdido para siempre, pero cargaría con ese estigma gustoso. No había vergüenza en la forma en que cumplió con su deber.

La barrera comenzó a reducirse, hasta desaparecer en su pecho, y luego de ver hacia el templo, notó que la barrera de Kurogane acababa de ser levantada también. Ambos lo habían logrado.

Hacia el norte, pudo ver la última barrera: una esfera rosada, en cuyo interior, la Torre de Tokio quedaba a resguardo de las portadoras del poder de Dios.

Al igual que hizo Kurogane, Xiao-Lang sacudió la espada a un costado, para eliminar el excedente de sangre que aún quedaba sobre el acero, y mientras que el samurái la regresaba a su vaina a la usanza de los antiguos esgrimistas de Japón, el patriarca Li la desvaneció entre llamas, y hacia el núcleo de su alma.

—Lo hicimos, princesa —susurró Kurogane, en el conocimiento del deber cumplido.
—Esfuérzate, mi amor. Te esperamos en casa —pronunció, Xiao-Lang, resignado.

El Emperador emprendió la marcha de reencuentro con su mejor amigo, hasta cierto punto confiado de dejar el resto en las manos de su Emperatriz. Ahí se replegarían y esperarían el resultado final, y decidirían qué hacer entonces.

El Enamorado, por su parte, se rindió ante la despedida. Finalmente su alma alcanzó la comunión con la persona que más amó, listo para seguir viviendo en su legado. Ante esa revelación, cayó sobre sus rodillas. Y mientras su amigo le daba alcance, sabiendo que también volvía victorioso, se permitió derramar el llanto que había contenido por su Luna.

XXXI.

Fin.

Mi gratitud para WonderGrinch y CherryLeeUp, por su lectura y guía.