Retroalimentación.

carmennj chapter 32 . Feb 25: Gracias por tu comentario. ¡Vamos por todo!

Sandra Matute chapter 32 . Feb 25: ¡Gracias!

Después de este inusual abandono, los dejo con el capítulo.


XXXII.

Mundo.

Un vacío dentro de su pecho, y hacia el estómago. Esa era justo la sensación que embargaba a Akiho mientras contemplaba la ciudad, hacia el sur.

Ahí, a unos kilómetros vio erigirse la imponente pirámide negra, barrera creada por Kurogane, y sólo un poco después, en el sureste, donde el prisma octagonal de Xiao-Lang hacía su propia protección.

—Bien… si estos dos palurdos ya crearon sus barreras, eso sólo puede significar que ya vienes en camino… ¿no es así, hermanita? Que empiece la pirotecnia.

Levantó la espada ante ella, perdida en el reflejo de sus propios ojos, confiada. Pensó un "ayúdame, padre" en memoria de quien dio la vida por esa forja, para clavar el estoque en el suelo, y concentrarse.

Hizo acopio de todo su poder, aquel que no tenía bien en claro cómo funcionaba, pero que se desbordaba por sus poros. Pensó en la destrucción, el caos, y el silencio que vendría en consecuencia. Sus brazos se sentían agarrotados por el tremendo esfuerzo mental que hacía, y que se manifestaba como una vibración que cimbraba la construcción entera.

Apuntó con sus palmas al horizonte.

—Adiós, Tokio. Adiós, Japón… Adiós, gente del mundo. Tuvieron muchas oportunidades. El Día de la Promesa finalmente llegó… y yo soy el ángel de la muerte.

El movimiento que preparaba era bestial, tenía planeado reventarlo todo. Nada quedaría en pie en la capital, quizás los restos no podrían asomarse siquiera desde el fondo del mar, y sentía en sus entrañas que ese sería justo el efecto, mientras observaba como las aves, más intuitivas que el resto de las cosas vivas en las inmediaciones, emprendían el vuelo de huída.

Akiho dio un grito al liberar toda la energía acumulada, la onda expansiva arrancó un metálico lamento de la torre, que se balanceó dolorosamente, al tiempo que el crujir del suelo sonaba como un animal moribundo, que lanzaba sus entrañas al cielo, entre nubes de polvo y humo de incendios. La obscuridad se hizo entonces, como una ominosa noche, como estar debajo de un eclipse total, que se llevó la calma y la luz de ese día de verano.

Por un par de minutos, la tierra perdió toda consistencia, líquida, informe, lo que sólo dejó a buen resguardo a los cimientos de la torre misma.

—¿Pero qué…? ¿Otra vez? —lanzó un poco exasperada, al notar que toda aquella inmensa destrucción, su obra apocalíptica magna, no había tocado al Tokio real. Sólo un par de segundos después de iniciado su trabajo, una barrera esférica de varios kilómetros la había transportado—. Bien… no importa en realidad.

Buscó con la mirada en los alrededores, sabía cuál era su objetivo… Desconcertada, notó que en realidad había dos: hacia el occidente, a través de los ventanales de uno de los edificios que a duras penas se mantenía de pie, vio a Sakura, y desde el sureste, vio a otra Sakura, espada en mano.

—¿Qué es esto…? ¿Una ilusión…? —se preguntó, sin dejar de vigilar alternadamente a ambas…— a menos que…

La mujer atendió a su intuición y a fuerza de salto fue al encuentro de la Sakura del oeste, dentro del edificio que lentamente colapsaba, y que no parecía sentir miedo de ello.

Bajo sus pies, la poesía de la muerte reducía a despojos las calles del fragmento de la ciudad en su control, entre humo y polvo, y el atemorizante murmullo de la destrucción, entre el frío y la obscuridad que coincidían más con el otoño.

Al entrar a la planta en que Sakura estaba a través de uno de los amplios muros de cristal ya roto, caminó sin reparar en el colapso de la edificación, y con paso decidido fue hasta ella. Ahí notó que era más una proyección astral que un cuerpo físico, que de hecho, era traslúcida, y que no parecía haber notado su presencia, sólo observaba ensimismada todo aquel escenario. Un "lo sabía" resonó en la mente de Akiho. Estaba con la Sakura que, al igual que ella en algún momento, existía en ese mundo sin tiempo donde las profecías atormentaban a sus heraldos.

Al alcanzarla, en ventaja por su estupor, la tomó del cuello, con la fuerza suficiente para lastimarla. Aquella Sakura finalmente reaccionó, y más que adolorida, parecía confundida, intrigada, sin ser capaz de reconocer a su captora. Akiho sonrió con displicencia.

—¿Quién eres…? —preguntó la cautiva, dificultosamente.
—La otra parte de ti: tu complemento, tu antítesis, tu yang —respondió Akiho.
—No entiendo…
—Lo harás. Ten presente: hagas lo que hagas… nada estará bien.

La proyección de Sakura se desvaneció, sin lugar a dudas, de vuelta al pasado donde esa versión de ella misma pertenecía, mientras que Akiho sonreía, satisfecha. Buscó a la Sakura real entonces a través de la ventana, a una mujer cuya ropa se veía maltrecha y chamuscada, con algunos salpicones de sangre aquí y allá. Una espada de casi su estatura era empuñada por ella.

—Veo que empezaste a divertirte sin mí —se burló, y reemprendió la marcha de vuelta al escenario de su batalla final.


Sakura buscó en los alrededores del primer mirador de la torre, a la mitad de la construcción, cualquier indicio sobre la ubicación de su objetivo. No podía sentir su presencia, todo el ambiente estaba impregnado en su poder, lo que únicamente le permitía confiar en sus sentidos físicos.

Por fin, de entre las humaredas del occidente, la pequeña y delicada figura de caireles champaña se mostró, y aterrizó al lado opuesto del mismo fanal en que estaba su contraparte.

—Qué pena que te hayas ensuciado. El atuendo es magnífico. ¿Diseño de Tomoyo-chan? Claro que sí, sólo ella habría preparado algo tan genial aún después de morir.

Sakura bajó la mirada por un instante, para satisfacción de Akiho que, displicente, dibujó una mueca llena de mórbida alegría. Sin embargo, volvió a la seriedad en un instante, al ver a Sakura dibujar una sonrisa condescendiente.

—Sí… fue ella. Y que la prenda se haya ensuciado un poco no me causa ninguna molestia… porque es lo que ella desearía, esta es su forma de acompañarme en la batalla. Es la forma en que mi corazón y el de ella se sintonizan. Y por favor, te suplico que no uses el honorífico al referirte a ella.
—¿Y por qué no habría de…?
—Cualquier honorífico, seudónimo, o forma de referirse a las personas, está ligado a lo que significas para ellos, y lo que ellos significan para ti. Es un privilegio, una forma en la que eso que los une, define el vínculo, lo enaltece, y hace sentir especial a la persona que lo recibe, y a la que la dice. Papá, Tomoyo, mis hijos y yo misma, te abrimos las puertas a nuestras vidas… te llamé hermana, y mi padre te hizo su hija. Y tú, a la primera oportunidad de cambio, tomaste ese lazo y lo utilizaste para tus propios fines.
—¿Mis fines, Sakura? ¿De verdad me confrontas con eso? Vienes a echarme en cara que papá dio su vida por…
—¡No lo llames "papá"!
—¡Él me dio el derecho!
—¡Pero no lo mereces! ¡Estás llena de odio e ira! ¡El pretexto del Día de la Promesa era sólo la fachada de la venganza contra el mundo por tratarte como lo hizo! A pesar de que muchos hicimos todo lo que pudimos para que fuera un lugar mejor para ti. Sentí y siento un gran amor por ti, Akiho… pero ya no puedo ocultarme en mi propia pena mientras tú dañas y destruyes todo lo que amo. Vuelve a nosotros…
—¿Y entonces qué? ¿El mundo se queda sin su reforma mientras nosotras fingimos que esto nunca pasó? Sabes que no funciona así, Sakura.

Los ojos de la representante de la Voluntad escocieron. No eran las palabras, sino la ineludible realidad: Akiho estaba más allá del perdón o la redención.

—Yo… yo tenía la esperanza…
—Ah, basta de estupideces. Si quieres a este mundo vivo, vas a tener que arrancarlo de mis manos muertas.

Pese a la torpeza propia de alguien que no es un guerrero nato, la fuerza y velocidad divinas, y su conocimiento del cuerpo humano, hacían de Akiho una contendiente de temer. En un instante había alcanzado a Sakura, y lanzó el mandoble de inauguración de la contienda.

El golpe fue bloqueado oportunamente, pero el empuje estaba muy por encima de lo que Sakura pronosticó, y presa de la inercia fue lanzada hacia el interior de la estructura. Dio varios tumbos en el camino, pero en rememoración de su pasado como atleta, pudo sublimar esa fuerza en una acrobacia, que le permitió terminar su camino de pie. No tuvo tiempo de distraerse o siquiera de recuperarse. después de dejar un estridente rastro de destrucción detrás de sí, Akiho le dio alcance, y preparó un segundo golpe.

El mandoble fue lanzado en horizontal a la cintura de la Emperatriz, pero no hubo contacto.

El Mundo miró hacia arriba, único lugar al que la lógica dictaba que el enemigo podía estar, y encontró a su rival, de pie en una de las estructuras altas de la torre, notó que pequeñas alas aún se movían en sus zapatos.

Akiho tenía noción de que Sakura era hechicera, pero sus conocimientos al respecto eran parcos, nunca lo hablaron, nunca lo manifestó activamente en su presencia más allá de que no ocultaba a Kero frente a ella, así que asumió que aquello era parte de su poder.

—Akiho, por favor… si existe alguna posibilidad de…
—¿De negociar? —La representante del destino sonrió con ironía y tiró un golpe a los cimientos del lugar donde Sakura se posaba—. Déjame preguntarte algo, Sakura: Después de todo lo que hemos hecho, después de las consecuencias de nuestros actos en los últimos meses, luego de que el mundo quedó en la condición en la que está… ¿de verdad crees que existe alguna posibilidad de indulto u olvido? ¿Con todo y la muerte de papá, Tomoyo y los cientos de miles de personas que se han ido junto con ellos? ¡Deja de una vez ese infantil romanticismo, Sakura! ¡El mundo es un asco, y ni siquiera es culpa del mundo mismo! ¡Pensamientos tan inmaduros como el tuyo son el verdadero problema de esta especie! ¡Es por esos pensamientos que el planeta decidió que no merecemos una nueva oportunidad! ¡Y si sigues con ellos en la mente, mi victoria está asegurada! —En un salto alcanzó a Sakura, pasó la hoja sobre su cabeza, y tiró un golpe demoledor que la antigua maestra de cartas bloqueó a duras penas. Las espadas se quedaron trabadas; el rostro de ambas mujeres se separaba sólo por centímetros—. Si no vas a tomarte esto en serio, porque no sólo te mueres y dejas de quitarnos el tiempo a ambas. No debes temer, sé cómo lograr que un niño no sienta dolor al morir, Hien y Nadeshiko estarán en las mejores manos al final.

La verdad que Sakura negaba la había abofeteado con esa aseveración. En ese punto, cualquier posibilidad de llegar a una resolución pacífica era inviable. Aún si Akiho se rendía, por sus crímenes contra el mundo, sus allegados y la naturaleza misma, tendría que pagar, y una vida no le bastaría para ello. Quizás la pediatra aludió a los hijos de Sakura, pero en realidad, eso aplicaba a cada niño nacido y por nacer, y algo en las entrañas de Sakura se movió al sólo pensar superficialmente en ello.

Preservar la vida de Akiho, sería renunciar a todos los demás.

—Ya entiendo —susurró Sakura, derrotada pero con nuevos bríos—. De verdad… perdóname… ¡POWER!

Complementada por el poder de la que alguna vez fue una carta, le bastó el movimiento del brazo derecho para mandar a Akiho lejos de ella. La alcanzó, y ahí comenzaron a intercambiar golpes de espada, lo que redujo a meros despojos todo lo que las rodeaba.

Lo que hacía realmente increíble y vistosa aquella pelea, era el poder que de ella manaba. Sakura, finalmente decidida a luchar en serio, complementaba la destreza con la espada que le daba Sword con invocaciones que le rememoraban a sus cartas, con resultados parecidos a si las ocupara.

Los elementos fueron al encuentro de Akiho, que iba retrocediendo en ascenso por un costado de la torre, ante las constantes disculpas de Sakura, que eran ofrecidas a cada embestida.

Al llegar al mirador principal de la torre, el más alto, Akiho movió las antenas de comunicaciones con una orden mental, del mismo modo que Kusanagi solía hacer, para arrojarlas contra su rival. Sakura las interceptó en un movimiento de su mano izquierda, que desencadenó el nacimiento de un centenar de esferas de negro vacío, que se llevaron todos los proyectiles.

Al volver a quedar juntas, reiniciaron el diálogo de espadas. En un remate particularmente violento y rápido, Sakura abrió la guardia de Akiho, donde conectó un golpe ascendente que pasó por la mejilla y la sien de la doctora. Para evitar una lesión mayor, Akiho saltó en desesperación hasta la punta más alta de la torre, y un nuevo ritual dio inicio ahí.

Concentrada en algo parecido a una danza, el agua del ambiente comenzó a condensarse lentamente alrededor del Dragón del destino. El poder de Shogo se manifestó, y formó a una descomunal serpiente de agua que comenzó a bajar enredada en la torre y hacia Sakura.

El Dragón de la Voluntad recibió al monstruo con el calor abrasador de un ave de fuego multicolor. Ambas bestias se llevaron su combate a una parte más baja de la torre, entre nubes de vapor que se elevaban al cielo, en aumento del caos que ya reinaba en la construcción.

Nunca estuvieron en semejantes condiciones. De alguna manera, Sakura sentía que su poder, fuerza y resistencia no amainaban, era como no tener límites, y esa sensación la empujaba a utilizar todo su potencial sin reparos o precauciones. Desde luego, Akiho se sentía igual, y no guardaba el mínimo pesar en destruir lo que se pusiera en su camino para acabar con su contraparte.

En ese espíritu, coincidieron una vez más, y el golpeteo de espadas volvió a inundar con su característico canto metálico el interior de la barrera. Para un hipotético espectador, el ver la velocidad a la que las hojas se movían sería algo menos que imposible, aunque por primera vez, cierta ventaja comenzaba a mostrarse.

Sakura, provista de las destrezas de Sword, y con un florete de dimensiones mucho más modestas que la claymore de su oponente, llevaba mejor el combate. En la última interacción había conseguido vulnerar su guardia un par de veces, y su hoja pasó a milímetros de su mejilla y costado en cada una.

Akiho no pudo ocultar su molestia ante esa condición, y arremetió con aquella que sentía como su ventaja: las habilidades heredadas de sus heraldos caídos. En un cruce vertical, golpeó la hoja de Sakura con tanta fuerza que las manos de la receptora dolieron. Todo el poder físico de Kusanagi en un cuerpo tan pequeño se sentía algo más que antinatural.

Sakura no pudo hacer algo más que retroceder, pero recuperó la confianza de inmediato. Aprovecharía su mayor agilidad y magia, eventualmente eso abriría una brecha que la llevaría a dar el golpe decisivo.

Después de todo, Sakura estaba ahí porque no había otro camino. Lo mejor era terminar con la contienda rápidamente.

Con elegancia, en un salto horizontal, la Emperatriz lanzó una estocada frontal y al abdomen de la pediatra. El movimiento desconcertó a la receptora, que torpemente comenzó a retroceder, en franca huída a la mejor de las ofensivas que la matriarca Li había ejecutado hasta ese momento. Unos metros más adelante, el fanal se terminó, y quedó como único camino el vacío hacia la base de la torre.

Akiho saltó de espaldas, preparada para caer en terreno irregular, más para su sorpresa, fue el tejado casi intacto del edificio FootTown lo que la recibió. Sakura la alcanzó casi de inmediato. Las espadas chocaron unas cuantas veces más, la reducción del espacio y la mayor pericia de Sakura prácticamente invalidaban la fuerza de Akiho, que pronto se vio acorralada contra los generadores del inmueble.

—¡Lo lamento tanto! —exclamó Sakura, al impulsarse para finalizar de una vez por todas el encuentro, al dirigir la hoja hacia el pecho de la que finalmente dejaba de considerar como su hermana.

"Entonces así termina", pensó Sakura, mientras veía los ojos de Akiho llenarse de miedo y elevar la mano desocupada en actitud defensiva, ante una potencial herida de muerte.

Una combinación cacofónica de ruido mecánico y eléctrico inundó el ambiente. La espada de Sakura se detuvo en seco, y quedó atrapada en el informe entramado de cables y fierros retorcidos que salió desde el suelo y el muro a espaldas de su contrincante.

Akiho, se miró las manos sin comprender que pasaba, y superada la confusión inicial, sonrió.

—Debo agradecer por esto a Satsuki, supongo —dijo con un dejo de superioridad a Sakura.

Con renovada confianza, las manos de la mujer comenzaron a gesticular, y al capricho de esa danza, su recién descubierta tecnoquinesis comenzó a castigar a Sakura, que tuvo que aguantar varios golpes y azotes, sin soltar su estoque.

En un dudoso éxito, la Emperatriz escapó del ataque. Hizo camino hacia la torre, una que parecía viva, que vibraba ritmicamente como si respirara, que daba la impresión de estar al acecho de la antigua maestra de cartas, y a la espera de atraparla en el próximo paso en falso.

A los pocos segundos de iniciada la escalada de huída, notó que no sólo eran cables e infraestructura lo que la seguía. Los materiales textiles que alguna vez hicieron las veces de cortinas, telones y cualquier otro material fibroso, estaba siguiéndola también, al mismo tiempo que Akiho la perseguía con calma, envuelta en esas telas, en reclamo de las habilidades heredadas de su esbirro Nataku.

La persecución aumentó la velocidad en un instante, con Sakura que intentaba escapar como haría un gorrión bajo el asedio de un águila. Saltó por un costado de la torre que se abolló en el aplastante ataque de Akiho, y reveló el par de alas que su magia le permitía usar a la velocidad del pensamiento. Entre los cada vez más castigados soportes de la construcción, Akiho, dentro de su telaraña de tela y metal, observaba con suficiencia a Sakura. Ella era el depredador en esa contienda, ella era quien habría de ponerle fin a todo. Si ese era el caso, no veía razones para no divertirse en el inter.

Saltó entonces, a varias decenas de metros del impulso, con la espada sobre su cabeza, lista para dar un golpe que finalmente pusiera la balanza a su favor.

Interceptó a su presa, que sólo pudo atinar a cubrirse con su propia arma. El mandoble propinado fue tal, que los hombros de Sakura casi ceden por el esfuerzo y el dolor de protegerse. Akiho, montada sobre ella, la estaba obligando a ir en picada, a pesar del desesperado aleteo de sus alas. Iba a ser una caída espectacular, y eso definitivamente daría ventaja al Dragón del Destino.

Sakura debía pensar algo rápido, su viaje al suelo terminaría en poco tiempo, y a pesar de sus esfuerzos por frenar la caída, terminaría siendo algo espectacular y aparatoso, pero sin ninguna duda, le provocaría un gran dolor, y no podía distraerse en eso si quería cumplir con su misión.


—¿Sentiste eso? —preguntó Eriol a Issy, en Inglaterra, luego de poner una mano sobre el pecho de cada uno de sus hijos, dormidos en el mismo catre.

Ella sólo negó con la cabeza. Eriol mismo no habría podido explicar lo que sintió: una palpitación, un salto en su corazón, como si hubiera sido pinchado con una aguja pequeñita. Tragó pesado y tomó la mano de su esposa, le transmitió con la mirada su inquietud.

—Es ella, ¿verdad…? Sakura —asumió Issy.
—Sí… está luchando… está sufriendo… —Con pesar, se llevó las manos a la cabeza—. Yo debería estar ahí…
—No, cariño. No deberías. Esta batalla es sólo de ella. Estás exactamente donde debes estar, tú ya diste lo que tenías para ofrecer en el campo de batalla. Es tu misión ahora estar con las personas que aún debes cuidar.
—Pero… siento como si no estuviera haciendo nada… me mata pensar que ella podría…
—Oye, Eriol —llamó ella su atención al tomar su cabello con dulzura y hacerlo mirarla—. Ella está cumpliendo su deber. A veces, la mejor forma de ayudar a los que queremos, es apartándonos un poco para dejarlos trabajar… ahora que si realmente quieres hacer algo…

Issy hurgó en su bolsillo, y con delicadeza extrajo un bonito rosario anglicano, con sus treinta y siete cuentas de ámbar pulido, mismas que mostró a su inquieto esposo. Él miró alternadamente a ella y al objeto en sus manos, y entendió de inmediato lo que le ofrecía. Después de pensárselo un momento y dar un profundo suspiro, sujetó las manos de su esposa, con el objeto religioso entre ellas. Se hicieron mutuamente la señal de la cruz.

O God, make speed to save us —comenzó ella.
O Lord, make haste to help us —complementó él.

Emily se acercó junto con su marido e hija, y aunque el culto que profesaban los Carey era el católico, muchas de sus oraciones eran compatibles con el rosario que Isabella estaba dirigiendo. También los tres miembros de la familia Ilhuicamina se unieron. y aún cuando la embajadora Ilhuicamina hacía sus oraciones en Latín, Esteban se mantenía ahí, en silencio, sin rezar, pero sin interrumpir, como el conocido agnóstico que era.

Mientras esa oración se ejecutaba en Londres, feligreses católicos en roma y otras naciones hacían otro tanto. Musulmanes de todo el mundo dirigían sus cabezas hacia la Meca. Cristianos protestantes entonaban apasionados cantos de gospel allá donde pudieran ser escuchados. Cantos guturales budistas y sintoístas se escuchaban en los templos de todo Japón, China y Asia lejana en general.

Aquellos que no rezaban, guardaban silencio con respeto, aún si estaban volcados en otras tareas, en rescate, asistencia, atención médica, consuelo o cuidado.

La reina Diana Primera y su gabinete, con una ministra de magia por primera vez ocupando una butaca de forma oficial, no paraba de trabajar, como pasaba con cada presidencia, monarquía o incluso dictadura en el globo.

Un alma común, sintonizada, armónica. Un espíritu humano que aprendió a través del dolor, que el ser tan diferentes a pesar de ser todos lo mismo, era un castigo sólo si querían verlo así. Y esa oración compuesta común inundaba al planeta.


Están solos… están tristes… tienen miedo… quieren proteger a las personas que aman…

Son egoístas, apáticos del dolor ajeno, sólo les importa su bienestar, les da rabia no cumplir con un objetivo.

—¿Es curioso, no? —preguntó Akiho, la primera que se recuperó de aquel extraño trance en el que ambas habían caído.
—¿Tú también lo escuchas? —Sakura sacudió la cabeza al notar que seguían cayendo.
—Claro que sí. Tú y yo somos el mundo, hermanita, podemos sentir todo lo que de él emana. Pero mientras que tú te concentras en los banales lamentos humanos, yo escucho a los que realmente son trascendentes: los de la tierra misma, adolorida, moribunda, cansada de nosotros y nuestra pésima gestión.
—Sabes que no es así, Akiho… ¿De verdad tú no amaste a nadie? ¿Las demostraciones de amor auténtico de mi familia hacia ti no valieron jamás de nada?
—Y tenías que poner énfasis en que en realidad era tu familia y no la mía, ¿verdad? Pero nada importa, porque cuando terminemos…

El discurso de Akiho se detuvo cuando notó, no sin un patente desconcierto, que la caída se había detenido, y más que eso, suavemente reempredían una marcha ascendente. Empujó a Sakura para evitar riesgos y estudió el entorno: todo aquello que caía junto con ellas había detenido su marcha, y era atraído a un punto en el cénit desde su perspectiva, donde un curioso agujero blanco absorbía todo lo que lo rodeaba.

Divertida por el ingenio de su hermana, Akiho apuntó con su mano libre a las estructuras de la torre, y les dio la orden metal de aplastar a la anomalía gravitacional, y apenas la orden fue cumplida, las leyes de la física volvieron a afectarlas.

Fue sólo un instante de distracción, pero Sakura, más habituada a moverse en el aire, se acercó, y recetó un mandoble mientras reemprendían la caída. Akiho interceptó el golpe oportunamente, pero Sakura llevó su mano libre hacia su frente desprotegida, y le apoyó el pulgar entre las cejas. Con toda su concentración, la llevó a los terrenos oníricos de la combinación de Pause, Dream e Illusion.


—Quizás si pueda ayudarte, después de todo.
—Desde luego que no. No hay nada aquí que quiera tener, nada es compatible realmente conmigo. Creo que sería mejor que todo desapareciera.
—Pero… ¿eso no sería contradictorio? Si las cosas que el mundo y las personas ofrecen no son para ti, ¿no sería mejor buscar algo que realmente se ajuste a lo que necesitas?
—El mundo sabía lo que necesitaba, las personas que me rodeaban lo supieron también. Algunos simplemente me ignoraron, otros tomaron lo que necesitaban de mí a la fuerza o con engaños, y los últimos se hinchaban el pecho de orgullo, vanagloriándose de las migajas que me daban.
—Esas personas no lo hacían con ese fin. Sus intenciones eran las mejores.
—De buenas intenciones está adoquinado el sendero hacia el infierno. El resultado no cambió: las palabras de afecto de los hijos que no eran míos, las consideraciones de un padre que no era el mío, la preocupación de un esposo que no era mío, las visitas de amigos y familiares que no eran los míos… eran simplemente la reafirmación de lo poco que realmente encajaba en cualquier parte. Si las personas no estaban ahí para mí, por el hecho de ser yo, entonces pueden morirse todos.
—¿Tal como pasó con papá?
—¿Vas a romantizar su proceder, Sakura?

La luz radiante de la primavera entraba por los amplios corredores de estilo japonés tradicional de aquella casa de Yumetani, que tantas memorias guardaba. Sí bien, la tragedia había marcado sus últimos eventos y provocado su cierre y abandono definitivo, no podía simplemente ignorarse todo lo que dio a sus ocupantes durante los años que les ofreció su cobijo.

El ambiente era aquél que de forma idílica se vivió por años en el hogar Sato: clima agradable, cielo iluminado, césped alto y canto de ranas e insectos. En la estancia principal, sentadas sobre la duela, Sakura y Akiho tomaban el té. Parecía un recuerdo, inquietantemente vívido y real.

—Papá ofreció su vida para darte la herramienta que empuñas. Eso era amor de padre, y tú sólo lo desdeñas.
—Sin lugar a dudas, era amor paterno, pero no era para mí. Él se ofreció en sacrificio para evitar que tú sufrieras por su partida. Me entregó a mí su vida, pero pensando en ti. Eso es lo que te hace tan débil: todos tienen que estar velando e intercediendo por ti… y eso me intriga. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué les das para que todo mundo quiera procurarte?
—No lo sé… y realmente nunca pretendí que fuera así. Lo único que quiero es amarlos y protegerlos de la forma que hacen conmigo… y eso te incluye a ti.
—Esto es absurdo, Sakura, ambas sabemos cómo vamos a cerrar esta conversación.
—Es cierto. Por eso, te pido perdón por la forma en que terminarán las cosas.

Estar en una ilusión era una cosa, pero aquello era distinto. La Sakura que departía con Akiho y que se sentaba frente a ella se desvaneció lentamente, y al mismo tiempo, Akiho advirtió que se movía con inquietante lentitud.

Por el rabillo del ojo, observó que a sus espaldas la Sakura real blandía su florete, y preparaba una estocada directo a su espalda.

En el mundo real, Sakura hacía el mismo movimiento, y aprovechaba el aturdimiento en que había sumido a su hermana, con lo que trató de concederle algo de paz de cara al inminente final. Sabía que ella no tenía experiencia en magia, y tratar de despertar del poder combinado de un ralentizador de tiempo como era Pause, y una fantasía tan bien orquestada como la que podían dar Illusion y Dream, resultaría en una campaña prácticamente imposible. Pero por supuesto, la providencia tenía planes distintos.

El viento rugió en Yumetani, y Akiho se abrazó a sí misma por los hombros, en medio de un estremecimiento. Desde su cintura hasta la coronilla sintió un ardor como nunca antes experimentó, y el escalofrío que recorrió su espina rozaba con lo insoportable. La espada de Sakura se detuvo, y la cálida brisa estival degeneró en un gélido vendaval que empujaba violentas ráfagas de nieve sanguinolenta. Fue Sakura la que no pudo moverse entonces, confundida por la forma en que la ilusión que creó había cambiado sin que ella lo ordenara.

—Seishiro murió —asumió la representante del destino al recuperarse. Se levantó y tomó control del lugar, y entonces fue Sakura la que se movió más lento cada vez.

Se miró las manos y notó que estaba desarmada, e iracunda caminó hasta la agarrotada Sakura:

—¿Dónde está mi espada? —A esa pregunta, Sakura endureció el gesto, sin responder. Akiho buscó entonces en su entorno—. Ya veo… creaste esta ilusión para que se respetaran reglas del tiempo y el espacio de forma selectiva. Peor para ti, porque eso quiere decir que puedo obtener nuevamente mi espada como lo hice la primera vez.

Con el estupor de la Emperatriz como ventaja, la doctora la tomó de la nuca con violencia, y la arrastró hasta una de las habitaciones. Sin esforzarse siquiera, la arrojó contra la puerta corrediza, misma que se despedazó al impacto. Fujitaka miró extrañado la escena, y luego se concentró en su evidentemente furiosa hija no sanguínea:

—Tranquilo, papá. Sólo dolerá un mo…

Sakura, en su desesperación por evitar que Fujitaka muriera de vuelta y ante sus ojos, retomó el control de su propio cuerpo y se lanzó a su contraparte.

La intención era atravesarla con la espada, pero Akiho fue más rápida y evadió al mismo tiempo que buscó con su derecha el plexo solar de Sakura.

La inercia de la embestida las llevó más allá del muro de madera que limitaba con el jardín, y ambas rodaron por aquella nieve rojiza. Akiho se levantó primero, y con el dorso de la mano asestó un revés a su rival, que aún seguía en el suelo. La fuerza la alejó varios metros de ella y la hizo soltar la espada, que se perdió entre la maleza y la nieve.

Sakura se sacudió la cabeza, aún aturdida, y al ponerse de pie, Akiho ya la esperaba para reanudar las hostilidades, beligerante, llena de confianza. A la orden mental de la representante de la Voluntad, los talentos de Fight y Struggle fueron en su auxilio. Aún cuando nadie más que ellas estaba para presenciarlo, las formas y la calidad de la batalla habrían emocionado a los mejores artistas marciales.

—¡Vaya desperdicio de energías, Sakura! ¡El plato principal no está aquí! ¡DESPIERTA Y ENFRÉNTAME!

El movimiento que siguió a ese grito fue el de las manos de Akiho al tomar las solapas de la blusa de Sakura. Tiró de ellas y rompió la prenda, aunque no fue la desnudez de su oponente la recompensa por ese movimiento. El escenario completo se partió entre destellos eléctricos, y las regresó a ambas a la Torre de Tokio, mientras se abría distancia entre ellas por el impulso del despertar.

La Emperatriz, aunque tambaleante, aterrizó de pie, pero el Mundo cayó sobre sus rodillas, debilitada y cercana a la asfixia, con las manos en el vientre y la garganta.

Aún con la idea de dar algo de piedad a su oponente, Sakura blandió el estoque y emprendió la carrera. Tomaría la oportunidad que ese aturdimiento le significaba, un único mandoble o una certera estocada, sólo eso sería necesario, después se encargaría de levantar la barrera y reparar los daños. Sin embargo, a medida que cerraba distancia con la aparentemente indefensa representante del destino, el cambio en su aura era innegable.

Cuando Akiho volvió a dirigir su mirada a su oponente, todo se hizo claro: se había convertido no sólo en la líder y guía de los Dragones del Destino, sino que había tomado todo de sus compañeros muertos. Se irguió ceremoniosamente, con nuevo porte y elegancia, dotada de todo el poder de los siete heraldos del Apocalipsis, y de forma muy simbólica, Sakura la sintió como si estuviera ante el auténtico dragón de siete cabezas y diez cuernos.

—Yuuto murió. Igual que Seishiro, Satsuki, Nataku, Kusanagi y Shogo. Es curioso… hasta hace una hora, no habría dado un yen por Xiao-Lang o Kurogane, pero me han demostrado lo errado de mis predicciones sobre ellos… Mis últimos dos guerreros eran verdaderos monstruos, tal como sus arcanos los describían: la Muerte y el Diablo… y aún así, fueron abatidos. Debes estar orgullosa de tener a un par de asesinos tan capaces entre tus filas.

Sakura detuvo la marcha a unos metros de alcanzarla. Pudo sentir directo en sus entrañas todo aquel desmesurado y aplastante poder salir de la mujer ante ella, y la confianza que manaba del conocimiento de su condición, al haber muerto todos sus secuaces.

—No son asesinos… pero ellos, a diferencia de mí, cumplieron con su misión con la entereza que yo no había tenido hasta hoy… aunque por razones diferentes, no sólo me siento orgullosa de ellos, sino que yo misma siento mucha vergüenza de como me he comportado… pero ya no más. Terminaremos con esto aquí y ahora.
—¿En serio? Sabes que el resultado es claro a partir de este momento, ¿verdad? Cada vida conservada en tu bando es una ausencia de poder para ti. Y así ha sido toda tu vida… —Fue ella quien tomó la iniciativa, y comenzó a cerrar camino hacia Sakura, la cual pudo evitar apenas el impulso de huir—. Esa ausencia de dolores reales en la vida te hizo así de débil, vulnerable y boba. Los tiempos difíciles crean personas fuertes. —Teatralmente hizo una caravana para exhibirse a sí misma—. Mientras que los tiempos prósperos… bueno, bastará con que te mires en un espejo para ver lo que provocan. Dejemos que la tierra se sacuda y el polvo se levante, hermanita. Enterremos aquí y ahora a esta nociva especie a la que pertenecemos. Son entes horribles y atrasados, y no merecen ni un poco de consideración. —Levantó una vez más su espada, con histrionismo—: Por favor, Sakura… Muere para mí.

En el impulso de recuperación de la guardia, Akiho pasó la hoja de su espada por el suelo, y la tierra se sacudió como nunca antes había hecho. Sakura saltó de vuelta a la torre, que al parecer era la única estructura que no sufría los daños de tan demoledor sismo. El movimiento era tal, que Sakura podía sentir como los bordes de su barrera vibraban y se dañaban.

Akiho la alcanzó de un solo salto, que dejó un cráter en el lugar desde el cual se impulsó. El mandoble ascendente empujó aún más a Sakura, que siguió una ininterrumpida marcha hacia la punta de la torre, entre la caída de detritos de la construcción misma, y sus cada vez más dificultosos intentos de al menos mantener su defensa. El cambio había sido evidente y atemorizante. Akiho había alcanzado el nivel último de su misión: era ni más ni menos que la portadora plenipotenciaria del poder de Dios.

Cada bloqueo que Sakura conseguía, cobraba algo de ella, ya fuera en forma de dolor o de distancia, y diligentemente la hacía perder la capacidad de contraatacar, y peor aún, su espada misma comenzaba a resentir la diferencia de poderes, en forma de deterioro del filo de la hoja.

Llegaron hasta el mirador principal, en la cima del edificio. Sakura, al ir saltando de espaldas, no pudo calcular bien el último aterrizaje.

Trastabilló, lo que la hizo caer sentada a algunos metros de distancia de su contrincante.

Akiho se preparó y pasó la hoja sobre su hombro, echó a correr para lanzar un mandoble al cuello de su contraparte.

Sakura detuvo el ataque oportunamente con su propia espada, aún así, el golpe fue brutal, y todo el polvo alrededor de ellas se levantó violentamente. Akiho no se detuvo después del impacto, sino que con voz en grito, empujó la hoja para que siguiera la trayectoria. Sus manos temblaban, y el metal lentamente comenzó a calentarse e iluminarse. La representante del Destino cedió un momento, sólo para reafirmar el impulso, y arremetió al instante, consiguió con ello romper parcialmente la defensa de la voluntad.

El golpe, al ser más emocional que razonado, no fue perfecto. Si bien, el estoque superó en fuerza a la defensa, la hoja giró, y golpeó con su costado directo en la sien, oído y mejilla derechas de Sakura, que cayó entre giros. Retrocedió a rastras, en un esfuerzo agotador por interceptar el resto de los golpes que una Akiho de rostro desencajado por la ira le recetaba, a sabiendas de que estaba perdiendo, de que al menos en lo que respectaba al poder bruto, ella llevaba las de perder.

En un grito largo y grave, Akiho levantó la espada una vez más, y la dejó caer con toda su fuerza de forma vertical. Sakura antepuso su propia espada, mientras se concentraba en protegerse con los efectos de Shield. Ese último movimiento salvó su vida, aunque el fanal del mirador se partió, y la mitad cayó por un costado de la torre.

Aterrorizada, Sakura vio la hoja de su espada partirse irregularmente en ese último bloqueo, y se quedó sólo con un fragmento de metal sagrado en el mango.

Akiho detuvo su ataque llegado ese punto. Respiraba con dificultad, y su claymore evidenciaba la fuerza de ese último asalto: mellada, incandescente, cercana a la fractura también, y observó con enojo a su hermana.

Sakura, por su parte, sentía que sus brazos se entumecían de un casi discapacitante dolor, la ruptura de su florete le había causado otro muy penetrante en el pecho y la cabeza, y notó que estaba sorda del oído derecho, pero no se atrevió a confirmar que sangraba, le bastó la sensación de un líquido tibio bajando por su barbilla y que goteaba por su mentón.

Se quedaron mirando, mientras recuperaban el resuello.


En todas direcciones y de forma inconsciente, aquella pelea era percibida. El emperador de Japón y su séquito miraban las lámparas colgantes del salón donde habían decidido mantenerse resguardados, que se meneaban suave, pero constantemente.

Un silencio pétreo era guardado por todas aquellas familias a las que Akko y Diana refugiaban en su campamento.

Magos y personas comunes, criaturas mágicas, entes sobrenaturales, interdimensionales, venidos de otros planetas y básicamente todo aquel con un mínimo de consciencia a lo largo y ancho del globo, podía sentir esa zozobra, que a medida que se acercaba geográficamente a Japón, iba convirtiéndose en una vibración, y luego en un sismo leve.

Padres y abuelos dentro del búnker de la mansión Daidoji hacían de protectores, mientras daban todo por calmar a los más pequeños. Ieran arrullaba a la pequeña Nadeshiko, quizás la más ajena a toda la conmoción a su alrededor, mientras que Beiji-Hu hacía lo propio con Hien. Yuzuki se abrazaba de Sonomi, y los Potter hacían otro tanto con la valiente Xing.

Xiao-Lang tendía una mano a Kurogane, para ayudarlo a ponerse de pie, luego de haber estado sobre sus rodillas desde que terminó su pelea, y ambos observaron la barrera en Minato, pendientes a que sufriera algún deterioro. El ambiente había cambiado para ese momento: el sol mostraba su violento afecto a la capital, pero por algún motivo, el viento se había vuelto muy potente y ruidoso, y las aves parecían decididas a abandonar el lugar con desesperación.

A toda velocidad, ambos hicieron camino a la barrera, la alcanzaron algunos minutos después e intentaron entrar, y entonces notaron que estaba completamente sellada para ellos. Li maldijo en voz baja, aunque entendió lo que aquello significaba: nadie podría intervenir. Esa pelea correspondía únicamente a Sakura.


—Y henos aquí —comenzó Akiho, al romper al fin aquel prolongado y aplastante silencio que siguió al combate—. De alguna manera sé que no es una sorpresa que todo vaya a terminar así, pero la verdad es que me emociona un poco.
—Akiho, por favor…
—Basta ya. No sé qué es lo que tengas pensado decir, pero te aseguro que no cambiará nada. Cuando la justicia llega, como está por suceder, las palabras salen sobrando. Debo reconocer que entendí muy tarde como es que esos aforismos que tratan de dar sentido a la existencia humana funcionan, que cosas como la justicia o el karma no es que sean inexistentes… lo que sucede con ellos, es que no tienen voluntad o consciencia, y por tanto, no pueden actuar de forma autónoma en los caminos de la realidad.
—Entonces… ¿no es como tal un producto de esa justicia que tanto atacas que estés aquí, frente a mí, a punto de hacerla efectiva?
—Buen intento, hermanita, pero no. Esto es simplemente obra de la causalidad, porque en el mismo escenario pude haber rechazado la oportunidad de reclamarla y seguir viviendo a tu sombra.
—¿Eso cómo justifica lo que has hecho, Akiho? ¡Has asesinado a personas! ¡muchas de ellas cercanas a ti y que apreciabas!
—¿Cercanos a mí? ¿Como mis padres? —siseó—: ¿Los mismos que me rechazaron al carecer de magia como si tuviera lepra? ¿Los que se ensañaron en herirme con su indiferencia, haciéndome creer durante toda mi niñez que algo estaba mal en mí? ¿Los mismos que sin la mínima muestra de pesar me mandaron lejos de mi hogar? O tal vez te refieras a Kaito, que con sus buenos tratos me hizo creer especial, el mismo cerdo que se metió cada noche a la habitación de una niña de catorce para cumplir sus retorcidos impulsos sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo, y que me hizo temer a que el sol se ocultara, eso sin mencionar las cosas que me hizo en el nombre de la magia.
—¿Qué hay de Tomoyo?
—Hipócrita. Era amable conmigo por quedar bien contigo.
—Eso no es verdad.
—¿Cómo podrías saberlo? Nunca te das cuenta de nada, me sorprende que puedas llevar esta conversación.
—¡Xiao-Lang era excepcionalmente atento contigo!
—Y no te imaginas el repelús que eso me causaba, algo me decía que se me iba a lanzar encima en cualquier momento.
—¡Eso no…!
—Y no intentes traer a colación a tus mocosos.
—¡Ellos te quieren como si fueras de su familia!
—No me sorprende en absoluto. La estupidez es intrínseca a la infancia.
—¿Y qué hay de todos los años que papá te consoló y te trató como si fueras su propia hija?

Akiho suspiró, con el gesto endurecido.

—De acuerdo, te lo concedo a él como uno entre cientos. Pero eso igualmente no cambia nada, si de ti dependiera, todo continuaría igual, nada se transformaría, en este agotador ciclo de mediocre conformismo. Llegó la hora de pagar. —Su mentón tembló, sin dejar bien claro si era producto de la emoción o la melancolía—. Cuando todo termine, sólo tomaré el tiempo necesario para acabar con todos. Después de eso, buscaré mi propia muerte. Entonces realmente todo habrá terminado. Toda esta ridícula lucha por la supervivencia, toda esta epopeya carente de propósito o justicia… finalmente llegará el silencio, la obscuridad y la nada… sólo con tu muerte, el dolor se irá por fin.

Akiho recuperó de golpe el ímpetu, y blandió la espada una vez más. Sakura no tenía más que un fragmento de la hoja para ese momento, no era necesario un mandoble elaborado. Una simple estocada bastaría, y fue lo que la doctora buscó. Corrió hasta alcanzarla mientras Sakura se levantaba con dificultad, y empuñaba su propia arma.

Ciega por el impulso asesino, por aquella necesidad orgánica de terminarlo todo, se abalanzó espada al frente. Sintió el acero perforar la carne, y el lamento gutural del Dragón de la Voluntad, y no se detuvo. Arrastró a aquella Sakura empalada por el pecho hasta que tropezó, lo que hizo que la punta de la espada se clavara al suelo, donde finalmente detuvo la marcha.

La sangre de Sakura, en un extrañísimo fenómeno, destellaba en dorado. El fulgor se hizo cada vez más potente, hasta que Akiho quedó enceguecida. Ya sin fuerzas, dejó que esa luz y calor la llevara a donde fuera que tuviera que ir.


—Papá —pronunció la doctora.
—Ha sido una jornada de locura, ¿no es así?

A medida que la claridad iba ganando terreno, se reveló un lugar desconocido para Akiho, aunque parecía el recibidor de una casa. Akiho no pudo sentir la magia de Sakura, y eso la tenía confundida.

—¿Acaso esto…?
—Es real, hija. Y sí… este soy yo.
—¿Por qué estás aquí?
—Por lo importante que fui para ti, y por todo lo que representé a lo largo de tu vida, en especial los últimos años, cuando te reencontraste con nosotros.

La mujer tensó los pómulos, y después de pensarlo por un larguísimo intervalo, se decidió y caminó hasta Fujitaka. Él abrió los brazos para recibirla, y ella correspondió a ese abrazo. De todas las personas del mundo, él era el único a quien realmente sentía deseos de volver a ver y estrechar.

—Papá… necesito que entiendas que hubo una razón para que todo esto pasara… habría hecho cualquier cosa porque tu vida fuera perdonada, pero…
—Entiendo tus razones. Tanto así, que incluso te agradecí por haber decidido de la forma en que lo hiciste.
—Pronto todo terminará. Y cuando eso suceda…

Fujitaka la tomó por los hombros, y la apartó con delicadeza unos centímetros.

—Sabes que siempre hablo con la verdad, ¿no es así?
—Sí…
—En una ocasión, cuando Sakura era una adolescente, llegué temprano a casa de la universidad. —El hombre no pudo evitar dibujar una melancólica sonrisa—. Era un hecho que ella ya estaba ahí, y más que eso… los zapatos de Li estaban en el recibidor también, y el ambiente estaba particularmente silencioso. Tuve que anunciar mi llegada a toda voz antes de alcanzarla, si subía así como así, estoy seguro que el resultado no habría sido bueno para nadie… perdóname, sé que parece que me desvié terriblemente del tema, pero hay una relación clara entre ambas situaciones, así que escúchame hasta el final: unos minutos después, la hice ver de forma muy sutil si se quiere, que estaba al tanto de lo que estaba pasando. También le enseñé que tenía toda la libertad del mundo para comportarse como su corazón le dictara… —ensombreció un poco el gesto, y clavó sus ojos en los de Akiho—, pero que a pesar de ello, no podría escapar de las consecuencias de sus actos.
—¿Eso qué significa?
—Que todos, incluso los dioses… cosecharán lo que sembraron.
—Pero… mi misión en esta contienda era clara, no era como si pudiera…
—No, Akiho, no podías rechazarla, te comprendo perfectamente… sin embargo, utilizaste la confianza que el mundo te dio para impartir aquella justicia que perseguías. Innecesariamente heriste, torturaste, asesinaste e hiciste sufrir a cualquiera que estuviera frente a ti, independientemente de que estuviera involucrado o no. Eres médico… necesariamente se te formó sobre la empatía al ser pediatra, hiciste un juramento en nombre de esa profesión… y a pesar de eso, contra toda ética, más allá de la moral en la que lamento no haberte formado al no haberte criado yo… tu comportamiento fue atroz.
—¿Dices que no cumplí mi labor?
—No. Digo que abusaste de tu potestad y cobraste venganza, y por ello, no habrá una recompensa cuando llegue el final. A donde vas, no puedo acompañarte.
—Sólo hay muerte, vacío y silencio delante de mí, papá. Justo ahora creo que esto no es más que mi mente, tratando de disuadirme de mis planes. Creo que cuando cierre los ojos por última vez, todo terminará.

Fujitaka guardó silencio ante aquella aseveración, pero notó un temor cada vez más avasallante en los ojos de aquella joven mujer.

Incapaz de decirle que no había salvación para ella, y que muy pronto descubriría aquello que la esperaba más allá, dio un par de palmadas en su coronilla, y salió del lugar.


—Y tus elecciones vuelven a ponernos frente a frente, Sakura.

Por instinto, la mujer se llevó la mano al pecho, justo donde sintió momentos antes que había sido herida.

—No puede ser… —pronunció en un hilo de voz, que lentamente se comenzó a descomponer—. Yo… yo perdí, ¿no es así?

Buscó con la mirada a aquella presencia que por la mitad de su vida la había acompañado. El rostro de su madre era ecuánime, incluso ligeramente melancólico.

—De alguna manera no es tan terrible. Nada en esta realidad o en cualquiera realmente desaparece o "muere". Todo es una constante transición, todo avanza y se renueva —retiró parte de la parafernalia mística de su apariencia, tomó una más modesta y humana para acercarse a Sakura—. Tienes poder divino en tu cuerpo y tu alma ahora mismo, sin embargo, no espero que entiendas lo que te estoy diciendo, es natural para alguien nacido como un mortal que este entendimiento no pueda ser asimilado.
—Yo… yo sabía que este camino era sólo de ida, no tenía verdaderas esperanzas de volver… mi problema no es si tengo que ir contigo…
—Tu problema es que fallaste —cerró la Muerte, comprensiva de los sentimientos de su interlocutora—. Voy a reducir esto a los términos más simples posibles, pero necesito que pongas toda tu atención en mis palabras: Tu mente, para comprenderme, me ha hecho una persona, me ha dado voz y consciencia, me ha puesto un rostro y una actitud. No te confundas, eso no significa que no sea yo quien realmente está hablando, más bien, soy la forma en que tu poder me ha dado un canal para comunicarme contigo.
—¿No eres un ser divino? ¿Un ángel o una deidad?
—Podríamos decir que sí, pero a la vez no. Soy un fenómeno natural, Sakura, soy un atributo de la existencia, mi alcance está en todo, y a la vez, todo me es indiferente. Soy algo que pasa. Yo sólo soy.
—Aún así, cobrarás la recompensa por mi derrota, ¿no es así? Si yo muero, todos mueren.
—Yo nunca pierdo —repitió la Muerte, pero no estaba más el tono beligerante de antaño, lo que desubicó un poco a Sakura, que comenzaba a comprender la dinámica entre ellas—. Y el hecho de que yo nunca pierda, es bueno para tu causa. El universo, la realidad tiene ciclos, sin esos ciclos, se pierde el atributo de movimiento, que define en sí mismo a la existencia. Nada que no haya estado previamente en movimiento, puede hacer que algo más se mueva. Que la materia y la energía se reciclen es indispensable para la continuidad del todo.
—Eso significa entonces… que nada realmente de lo que he hecho importa.
—No podrías estar más errada, Sakura. Estás viendo al resultado como lo realmente importante, cuando el resultado sólo es una consecuencia. La valoración de lo verdaderamente significativo está siendo mal abordada por ti. Pero filosofar sobre eso te restará un tiempo valiosísimo que ahora mismo no tienes.
—No pensé que mi destino te importara.
—No lo hace. No me lo tomes a mal, pero lo que sea que pase beneficiará mi misión de una u otra manera… y eso es en lo que deberías estar pensando.

La cabeza comenzó a dolerle a Sakura. No sabía qué pensar… ¿qué significaba todo aquello? ¿Era importante o no lo que sucedía… ¿la muerte tenía alguna intención o participación en todo eso más allá de levantar los cadáveres? ¿Cuál era su causa?

Al tratar de hacer esas preguntas, se encontró sola en medio de aquel limbo.

"Debo volver" pensó, mientras maquinaba el porque su consciencia seguía existiendo, cuando se creyó herida de muerte. Determinada, comenzó a "andar" hacia donde su intuición le decía que eventualmente vería la luz.

—Es importante que comprendas el significado, Sakura —la melódica voz que sonó a su lado le provocó un nudo en la garganta insoportable. Era la voz de Tomoyo—. Es justamente el miedo que sientes por ese "final" que no puedes abordar tus deberes con fuerza. Debes aprender a dejar ir a los que amas, porque nosotros tomamos nuestra propias elecciones.
—Gracias por tu sacrificio, Tomoyo.
—No está mal sentir miedo —reverberó la voz de Fujitaka en esa ocasión—. Pero lo importante es no dejar que te paralice. Sólo confrontando a aquello que nos aterra es que podemos sobreponernos, y enseñar a nuestros hijos a librar sus propias batallas cuando no podamos hacerlo por ellos. Sólo cuando tu miedo está realmente personificado es que puedes destruirlo.
—Claro, papá… lo entiendo… eso es Akiho
—Tampoco debe acompañarte la vergüenza por tus errores —esa vez, la voz fue desconocida, pero sonaba como la de un adolescente. La mano de Sakura fue tomada por alguien que caminaba en paralelo a ella. Pensó al principio que era una versión casi infantil de Xiao-Lang, pero la iluminación la alcanzó sólo un instante después, y no pudo evitar romper en llanto—. Es parte de nuestra naturaleza errar, y las consecuencias serán dolorosas y descorazonadoras, pero es nuestra responsabilidad tomarlas con entereza y seguir adelante a pesar de ellas. Aquel que no se equivoca, no puede enseñarle a otros. Tus errores definen la persona que eres ahora: una mujer poderosa, fuerte, sabia y capaz de darlo todo por amor. —El chico soltó su mano, y la dejó seguir su marcha—. Gracias, mamá.
—Tsubasa… —pronunció mientras se alejaba, en el recuerdo del nombre que pensó en poner a su primer hijo.
—Ya lo comprendiste, ¿no es así? —La voz de Nadeshiko era auténtica esa vez.

Sakura aumentó el ímpetu de su paso, motivada, energizada, decidida.

—Sí, mamá.

Sakura lo había entendido por fin: El eje de todo esto no era la muerte, sino la forma en que definía el futuro… porque no era mala por sí misma. Eso fue lo que la entidad misma había tratado de explicarle: era un ciclo, una fuerza de la naturaleza… sin la cual, la vida misma no sería posible. Que las elecciones de las personas formaban un camino, el mismo que debía respetar y caminar en ese legado. El miedo era sólo un mecanismo de supervivencia, pero no debía definir su comportamiento más allá de ser un punto de partida, en pos de salvaguardar aquello que le importaba. Que las decisiones que tomó no debían avergonzarla, porque más allá había una consecuencia que tendría que afrontar, y un destino escrito a partir de ellas… y no podría hacerles frente si no superaba ese pasado en primer lugar.

—Muy bien, mi amor… vivir avergonzada, temerosa y resentida por las elecciones, sean propias o ajenas, es igual a morir en vida. No puedes lanzarte a defender la vida que deseas preservar, con esos sentimientos en tu corazón. Esos sentimientos están materializados, el universo los hizo de carne y hueso.
—Y es mi deber destruirlos.


Agotada, prácticamente sin aliento, Akiho despertó del trance. Sakura estaba capturada entre ella y el suelo, con la espada atravesada en su pecho. La sangre que bañaba la hoja no resplandecía más, y corría sin prisas, lo que formó un discreto charco alrededor.

No estaba muerta. Podía sentir perfectamente a través del metal que empuñaba el cada vez más débil latido de su corazón, y la errática vibración de su aliento, mientras que los alrededores se sacudían cada vez con mayor violencia.

Esa iba a ser la conclusión entonces. Akiho pensó originalmente que iba a ser tanto más sencillo, pero Sakura fue una contendiente sorprendentemente difícil y diestra. Aún así, las probabilidades siempre le fueron en contra, no sólo por el poder menor que resultaba de preservar vivos a casi todos sus compañeros, sino en su natural piedad y compasión.

Estuvo por entonar un dramático "se acabó", pero la voz no salió. Más inquietante aún, no pudo tomar aire, sino que en lugar de eso, el burbujeante y desagradable sonido de quien exhala debajo del agua fue la respuesta para su intento.

Sakura levantó la mirada, agónica. Sus ojos estaban enrojecidos, en parte por el dolor propio de estar atravesada, y en parte por la pena de lo que acababa de hacer.

Su derecha, en la que empuñaba el fragmento de la Espada Sagrada que conservó luego del último choque, se perdía debajo del mentón de su hermana, que se quedó lívida al comprender lo que estaba pasando.

Al momento en que Sakura recibía el filo de Akiho, el fragmento de metal sagrado que empuñaba se había incrustado en la garganta de su contrincante. Cortó de forma irregular la piel, vasos sanguíneos, y la tráquea.

Luego de soltar el estoque que mantenía a Sakura en una única posición, incapaz de moverse. Akiho se llevó las manos al cuello.

Las arcadas de una incipiente asfixia estremecieron el cuerpo de la representante del Destino. Al principio trató de mantener la calma, pero en apenas unos segundos, el terror se apoderó de ella. La herida no daba muestras de estar sanando. La lesión era letal. Se crispó, abrió los ojos desmesuradamente y trató de decir algo, pero en su lugar, una incontrolable salivación sanguinolenta abandonó su boca entre balbuceos.

La mirada aterrorizada de saberse condenada adornó su faz. Sus aguamarinas derramadas y lacrimosas buscaron las esmeraldas de su hermana, que estaba apenas en una mejor forma que ella.

Sakura, incapaz de mantener el silencio ante el indecible dolor que la atravesaba, notó un cambio: la espada sagrada del destino comenzó a destellar una vez más, pero no en la violenta incandescencia de los impactos de la contienda, sino en un pacífico fulgor dorado, que con tranquilidad iba disolviéndose en el aire, y pronto dejó de ser una prisión para ella.

"Gracias, papá" pensó cuando pudo apoyar las rodillas sobre el suelo, aunque con la fea sensación de una oquedad en el tórax, y una hemorragia que aumentó en la ausencia del cuerpo extraño que la había herido. Con tanta delicadeza como sus lesiones le permitieron, colocó el trozo de su propio estoque en el suelo, donde comenzó a destellar para desintegrarse también, e hizo un nuevo agradecimiento a quienes componían esa forja, de cara a la despedida definitiva.

No hacía falta una explicación demasiado rebuscada: las heridas no sanaban, las espadas desaparecían, el sismo no cesaba, el daño era tal, que una, o quizás las dos, morirían ahí.

Resignada a ese conocimiento, Sakura extendió los brazos hacia Akiho.

La doctora perdió las fuerzas, temblaba de pies a cabeza entre violentos espasmos, hasta que cayó entre los brazos de Sakura, la cual resintió su peso en complemento al dolor de sus propias heridas. Con manos igual de temblorosas, Sakura estrechó a su agonizante hermana no sanguínea, incluso se permitió acariciar sus caireles, como si consolara a un niño pequeño.

—No voy… —tomó aire dificultosamente, y notó lo doloroso que le resultaba hablar. Dio la bocanada de aire más profunda que pudo, e hizo un segundo intento—: No voy a disculparme por lo que tuve que hacer hoy, hermana. Si hace un año me hubieran dicho que llegaríamos a esto, no lo habría creído de ninguna manera… pero míranos ahora… no tenía más remedio que detenerte de esta forma, y ante ese hecho, mi conciencia está tranquila. Sin embargo… —Aumentó el vigor con el que estrechaba a la mujer entre sus brazos—. Si voy a disculparme por lo que nos trajo aquí… te pido perdón por no haber sido la hermana que necesitabas, por tratar de hacerte sentir cómoda sin darme cuenta de lo que sentías y de tus urgencias. Por mantenerte en un lugar seguro en lugar de estimularte a crecer y vencer tus miedos… Por no hacer lo que Tomoyo sí hizo por mí: lanzarme al vacío, para que buscara mi propia felicidad, aún si la única ruta era a través del fracaso y la pena.

Akiho había detenido sus espasmos, aunque era un hecho que las fuerzas la abandonaban, aún así, se mantuvo ecuánime y atenta a las palabras de Sakura, en el obligado mutismo en que sus lesiones la dejaban, mientras sus pupilas se dilataban lentamente como consecuencia de la pérdida de sangre. Sus ojos se cristalizaron, y aunque la comunicación verbal no le era posible, aquellas azules ventanas a su alma reconocieron la compasión de Sakura. Ella continuó:

—Yo por mi parte… te perdono por todo. Y espero de corazón que tengas paz en esta despedida, y que cuando volvamos a encontrarnos, en el momento en que nuestro camino en este mundo termine… podamos finalmente arreglarlo todo. —La expresión en el rostro de la doctora se descompuso, y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. El miedo y el frío que experimentaba eran más que patentes, y casi sin fuerzas se aferró a la ropa de Sakura—. Lo sé… no te voy a decir que no tengas miedo… lo que sí puedo hacer, es prometerte que estaré contigo hasta que todo termine.

La fuerza que tensaba los músculos de su rostro se terminó. Exánime, su labio inferior se abrió ligeramente, y los párpados se quedaron abiertos. El celeste de su mirada vacía se quedó fijo en la nada, y sus manos cayeron desmayadas a sus costados.

Entre gimoteos, Sakura esperó por algunos segundos a que cualquier señal de vida se manifestará. Sin embargo, la realidad se negó a darle ese milagro. Con torpe delicadeza, la matriarca Li cerró los ojos de su hermanita, y lloró amargamente mientras arrullaba el cadáver.

A pesar de la victoria, estaba algo más que derrotada. Su cuerpo no sanaba, y la barrera comenzaba a fracturarse.

—Es la última misión, Sakura… sólo termínala, y podrás descansar —se dijo.

Concentró el poder que le quedaba, y la barrera comenzó a disminuir de tamaño a una velocidad desesperantemente baja. Cada metro ganado en la realidad, era un dolor o una lesión en un cuerpo demasiado afectado. El aire se terminaba, el dolor aumentaba hasta lo insoportable, la sangre fluía y las lágrimas se derramaban. Aquél era el desafío último del atributo que le daba nombre a su misión, la prueba definitiva de la voluntad, que en aras de detener a la muerte para que no alcanzara aquello que más apreciaba, tendría que vivir hasta que no pudiera continuar, en el irónico deseo de echar a correr hacia los brazos mismos de la muerte, para proteger a la vida en su conjunto.

Cuando sus energías estuvieron por agotarse, entró su poder mágico en un mecanismo de defensa incomprensible, que dio un segundo respiro al proceso de reducción de la barrera, y así ganó algunos kilómetros más de ventaja.

La magia, en un caudal inmenso, como ningún hombre o mujer en la historia conocida de la humanidad había liberado jamás, comenzó a agotarse, y redujo la barrera a apenas un par de kilómetros de diámetro, y se proyectó al aire en forma de una onda expansiva invisible, pero que recorrió el globo en apenas unos instantes, sin dejar indiferente a ser humano alguno, sin importar su ubicación en el mundo.

Su nombre, o cualquiera de sus variantes fue pronunciado por todos aquellos que la conocieron: "Sakura", "monstruo", "señora Li", "directora Sato", "Hoshinomegami", "Deadly Blossom…" "amor", "mamá…" cada uno de los apelativos dio una fracción de fuerza adicional, un respiro de cara al inminente e inevitable final.

Y agotado ese recurso, sólo le quedó el cálido abrazo de quienes creyeron en ella, que rodeó sus hombros, y la hizo sentir un pequeño alivio entre el mar de dolor que aumentaba mientras la ciudad se reconstruía. El último tramo del levantamiento de la barrera, tomó su energía vital como pago.

En su cénit, la esfera se rompió en un estallido, en un intercambio de la luz abrasadora del sol por la energía de un terremoto de proporciones bíblicas. Sakura presionó su mandíbula del dolor, al grado de que un reguerillo de sangre cayó por su mentón, y se aferró aún más al cadáver entre sus manos.

—Lo voy a lograr… ¡Todos lo vamos a lograr! ¡Esta será nuestra nueva oportunidad! —exclamó, y concentró el poder que le quedaba en la parte inferior de la esfera, para evitar que la energía bajara al subsuelo y provocara una tragedia más.
Por supuesto que lo vas a lograr, Sakura. Aunque el pago por ello será inmenso —susurró Fujitaka a su oído—. Si estás dispuesta… estaré esperándote aquí.
—¡No importa que suceda ni cuánto tenga que dar…! ¡Pase lo que pase… TODO ESTARÁ BIEN!

Con ese último grito, la barrera se rompió justo antes de levantarse por completo. El daño, sin embargo, se mantuvo al mínimo, tanto así, que sólo Minato resintió el movimiento. Lo que quedaba del par de kilómetros que rodeaban la torre, y hasta la costa, dio literalmente un salto, y en la caída, el agua del océano reclamó su área, devorada bajo aguas turbulentas, y dejó sólo la maltrecha e inclinada estructura de la Torre de Tokio que sobresalía de ellas.


El clima era ligeramente frío, aunque no demasiado. La sensación de asfixia se había terminado, y la mayor parte de los dolores derivados tampoco estaban. Lo único que seguía oprimiendo su pecho era el sentimiento de pesar que le había transmitido el ver a Sakura dándole consuelo antes de partir.

La confusión sólo iba en aumento. Había muerto. Ningún lugar debería estar ante ella, su conciencia debió haberse extinguido, la nada debía ser su destino.

A pesar de eso, estaba ahí, capaz de percibir todos los estímulos a su alrededor, lo que la llevó a nuevas preguntas: ¿qué lugar era ese? ¿Por qué estaba ahí?

—Es la breve pausa antes de seguir adelante.
—¿Papá?

Akiho se dio la vuelta, y buscó al hombre que le hablaba. Estaba en algo parecido a un claro de bosque, bajo una noche sin estrellas o luna, entre árboles lúgubres y grises, a merced de una llovizna monótona.

La luz venía de algún lugar indefinido en el horizonte, aunque no era suficiente para dejarla apreciar todo lo que la rodeaba, más allá de la silueta alta que se interponía entre ella y esa fuente de luminosidad. Algo en ella se revolvió ante esa visión, aún cuando la voz era la de Fujitaka, no era su esencia o la entonación que normalmente usaba.

—¿Quién eres tú?
—Mira lo que es la ironía. Normalmente tú estabas del lado opuesto cuando esta interrogante era hecha. Pero no tengo tiempo o interés en alargar esto. —La sombra fue engrosándose mientras se acercaba a la doctora, que por instinto, retrocedió un par de pasos—. Soy aquello que creíste representar en tu vida, la fuerza del inicio y el final, el paso que todos dan, pero en el cual, nadie se instala.

El rostro severo de Fujitaka adornó momentáneamente el inmenso cuerpo, que luego se cubrió a la sombra del cráneo de un macho cabrío de imponente cornamenta.

—Yo tenía una misión. Una que era para ti —respondió ella, seria, luego de asumir la identidad de aquél impostor.
—No, Akiho Shinomoto, te confundes. Esta sagrada misión no incluía cosas como esa innecesaria crueldad, o ese afán de reclamar por lo que tuviste que padecer en tu vida, y mucho menos ese ánimo mesiánico en el que maquillaste tu inmadurez y tu nula capacidad de hacer frente a tus propios traumas. Tú corazón está demasiado enfermo. Una purga es necesaria.
—¿Una purga? —Levantó el mentón, pendenciera—. ¿Por haber reclamado la retribución que me correspondía? ¿Por sentir la necesidad de devolver lo que me fue arrojado a la cara durante toda mi vida? Aún en la muerte, la justicia es impresentable.
—Insistes en mantener ese ánimo beligerante, niña. Pero aquí tus dotes histriónicas no sirven, nada se puede ocultar detrás de tu actitud, y no puedes fingir. Sé que estás aterrada, y deberías estarlo.
—¿Y qué más da si tengo miedo? ¿Sólo por que muestre arrepentimiento al final vas a juzgarme de forma diferente? Porque si es así, tu juicio es pura hipocresía.

El manto negro se había acercado ya hasta invadir el espacio personal de la doctora. Bajó sus vacías cuencas para que coincidieran con los ojos de ella, y pudo sentir cómo su cuerpo se estremecía.

—Nada de cambios de plan, nada de arrepentimientos, sólo consecuencias. Porque no soy yo quien emite los juicios, no es mi misión. Yo sólo ejecuto.

Akiho tragó pesado, sin atreverse a mirar directamente al mensajero, y no pudo evitar que su mentón temblara, casi hasta hacer que sus dientes castañearan. Pero no bajó el rostro, no mostró culpa, y permitió que la enorme y huesuda mano de su guía tomara su hombro, en camino a su castigo.

—¿Qué hay de Sakura? —Se atrevió después de dar el primer paso.
—Tiempo al tiempo.


Una vez que el sismo cesó, Xiao-Lang se había quedado afónico de gritar el nombre de Sakura.

Sabía lo que la ruptura al final significaba, y cuando las olas finalmente se calmaron, se lanzó para llegar a nado hasta lo que quedaba de la torre, seguido de cerca por Kurogane.

Muchos de sus miedos comenzaron a materializarse: por principio de cuentas, su velocidad no se estaba incrementando a pesar de su poder elemental, porque dicho poder no le respondía, como si lo hubiera perdido; y todo empeoró por la sensación que se negaba a reconocer: el poder de Sakura, su esencia mágica, estaba diluyéndose en el ambiente, como pasó con Tomoyo y Yuzuriha.

En Londres, Eriol se levantó abruptamente cuando todo indicio del combate terminó.

Ieran, Al, Diana, Akko. Todo usuario de magia sintió aquel repentino cambio, aquella extraña sensación de vacío, como una debilidad, algo que podría interpretarse como una ceguera sensorial.

Era como si la magia se hubiera apagado.

Unos minutos después, en complemento con el cansancio y las heridas, un empapado Xiao-Lang escalaba por las maltrechas estructuras abolladas de la Torre de Tokio, hasta que alcanzó el mismo fanal donde Sakura y Akiho esperaban.

Cuando las ubicó a la distancia, gritó nuevamente el nombre de su esposa, mientras corría a su encuentro, y rogó a cualquier dios que quisiera escucharlo por que ella respondiera, pero ella, abrazada de su complemento, no reaccionó.

El viento no azotaba más, el sol vespertino iluminaba con fuerza, pero sin rabia, las aguas que rodeaban la torre se mecían, regalando al ambiente la suave sinfonía del romper de sus olas.

La especie ganó su nueva oportunidad gracias a los heraldos de la voluntad. El costo a pagar fue altísimo, irreparable en algunos casos, incluso sintiéndose como un retroceso. Millones de almas fueron el importe por un mundo nuevo, que habría de erigirse sobre las ruinas del anterior, que debería fincar nuevos cimientos y encontrar su propio equilibrio, a partir de aquella leyenda que cambió a la humanidad, y sobre la cual, nuevas historias comenzarían, nuevas gestas, nuevas odiseas, y por supuesto, nuevas epopeyas.

XXXII.

Fin.


Mi gratitud para WonderGrinch y CherryLeeUp.