Una historia de dos brazas
En cuanto subió al taxi pudo notar que el conductor ya no debía seguir manejando, no sólo lo delataba su singular manera de llevar el vehículo en que aceleraba, pero no sentía la velocidad en la parte baja del abdomen, sino que con esa cara ya demacrada en un rostro de piel tostada por estar allí desde la mañana era inconfundible su edad. Se leía en sus ojos, estaba cansado, aburrido, deprimido con los recuerdos de otras edades en su vida. Estos detalles pasarían por un escaneo completo para Sato en un mejor momento, pero se encontraba cansado. Cansado de forma física y emocional. Estas hecho una mierda, seguro le diría Ryu. Le apestaban las axilas, tenía los inicios de una barba de fin de semana, los ojos le ardían, su camisa tenía la zona bajo los brazos manchada y la boca le sabía mal. De entre sus dientes escapó un fétido gruñido que hizo al hombre mirarlo en el espejo del retrovisor.
― ¿Todo bien, jefe? ―no le notaba interés real en la pregunta, que igual no era sorpresa, el interés por un extraño no es una cualidad de todos los taxistas. Hay algunos que sólo quieren recoger, manejar, cobrar y repetir.
―Fue una…larga, muy larga noche―se puso el saco sobre el cuerpo, la mañana era fresca y él no quería pescar un resfrío con el viento entrando por la ventana. Hizo por cerrarla, pero la manivela era más de adorno que de uso.
― ¿Un familiar enfermo? ―ahora que se ponía a pensar, aquello le hacía recordar a un joven actor de los años 70 interpretando precisamente a un taxista ¿Cuántas películas vio en el pequeño televisor de segunda mano de aquella casita? Perdió la cuenta luego de las 30, todas variopintas. Nunca volvió a ver una sola película, la televisión sólo servía para adornar un hueco en la pared de su apartamento.
―Puede decirse, pronto tendrá una operación, espero que salga bien―miró por la ventana, estaban detenidos en un semáforo al final de la calle del hospital. La ciudad despertaba y algunos ya se dirigían a su trabajo.
―Créalo que sí, siempre tenemos miedo por las cosas malas que pueden pasar, pero no hay respuesta tallada en piedra.
―Como si nada tuviera respuesta tallada en piedra…―allí llegaban, se acercaban con velocidad, todos esos pensamientos que lo dominaron a lo largo de la noche. Vaya visita.
―Por cierto, jefe, aún no me ha dicho a donde nos dirigimos, el taxímetro sigue apagado, no se preocupe―Sato dio la dirección y cerró los ojos. No tenía intención de comenzar una charla con el joven. Sabía que no debía quedarse dormido, pero eso no significaba protección contra sus pensamientos. El viento en su cara, las manos sudadas, el sentido de vacío en el estómago. Todo apuntaba a lo mismo, a revivir ese momento detenido en el tiempo.
Tenía calor, la cara le sudaba a ríos cayéndole en los ojos y al tratar de limpiarlas, la sangre lo cegaba. Su cabeza fue golpeada con tal fuerza que le dolió la base del cuello, mañana no podría reconocerse en el espejo, tenía problemas para respirar, culpa de su nariz rota. Todo se movía muy lento, o tal vez era cosa de su cabeza. No escuchaba nada, estaba completamente sordo de ambos oídos. El muy imbécil de su oponente era tal vez del doble de su peso y lo primero que hizo fue apuntar a sus oídos. ¿Y cómo no? Si en las peleas callejeras no hay reglas, sólo tratar de no matar al otro. Claro que los accidentes ocurren y él ya pensaba que el sujeto frente suyo no trataba de evitarlo. Creía que el inicio de la pelea fue tal vez una hora atrás, pero apenas pasaron 5 minutos, estaba empezando a perder la percepción. Trató de cubrirse del segundo golpe, dejando al descubierto su zona media que fue castigada a golpes. Perdió el aliento doblándose a la mitad, le dolía el pecho y todo se mostraba borroso bajo la luz amarillenta del foco colgante.
Estaban en el medio de una vieja bodega usada clandestinamente para esas reuniones entre "caballeros", no era una pelea limpia ni mucho menos, era una pelea de perros donde el público incitaba a dos pitbulls que se destrozaran entre sí, él era el más pequeño pero musculado aún dispuesto a menear la cola llegando a casa. Muchos de los allí presentes tenían su apuesta a favor del otro sujeto, favorito del lugar, completamente confiado en sí mismo alzaba los brazos como si ya hubiese acabado la pelea y la victoria fuera de él. Todo el mundo lo ovaciona. Sujetos detrás le gritaban que se levantara, que no se dejara vencer, que sus esposas los matarían si llegaban sin la renta de ese mes. Tocó el suelo húmedo, el polvo se le pegó a la palma junto con muchas piedrillas, se quedó mirando su mano en el suelo escurriendo sudor tratando de darse unos segundos de aire antes de que el gorila acabara con él. Junto a su mano, aparecen unos zapatos cafés, sencillos, aunque un poco gastados, estos tenían dentro pies envueltos en calcetines blancos que llegaban hasta media espinilla. Él cerró los ojos, sabía de quien eran esos zapatos, esas piernas. Su primer pensamiento coherente fue, la cague.
―Entonces estas son tus desapariciones nocturnas. Estoy muy decepcionada, Sato―reconoció la voz de Hikari, su tutora de carrera y posible novia. Miró arriba y allí estaba, con los brazos cruzados, el ceño fruncido y no adornaba su rostro con una sonrisa como siempre ocurría cuando él aparecía. Era una línea recta e inflexible. Sus ojos café chocolate mirando directo a los suyos ambarinos de forma acusadora. Se encogió aún más en el suelo queriéndose hacer tan pequeño, tan diminuto como hormiga que ella no pudiera verlo.
Hace meses, entró a la universidad pública de su ciudad, se encontraba a mitad de su carrera cuando su mundo decidió que era buen momento para irse a la mierda. Era el típico joven que se levanta en boxers, desayuna lo que sea que hay en el refrigerador, toma ropa del montó que no apeste tanto y sale de juerga con sus amigos. ¿Viviendo con sus padres? No exactamente, vivía de lo poco que su padre y madre lograron juntar antes de su muerte. Una mañana despertó desnudo, se quedó frente al computador por alrededor de una hora hasta que sus ojos se abrieron. ¿Qué estaba haciendo de su vida? ¿Qué haría el día de mañana? ¿Sentarse en pelotas frente al computador mientras sentía como sus bolas dejaban pegajoso el asiento hasta que diera la noche para salir con los amigos? ¿Así día tras día hasta que se acabara el patrimonio que sus progenitores dejaron con esfuerzo para él? Se sentía avergonzado.
En ese mismo momento puso toda la ropa en la lavandería, la basura en enormes bolsas negras y todas las malas decisiones pendiente de ser tomadas las arrojó por la ventana. Se vistió con las últimas prendas limpias y corrió a la universidad estaban a mitad del ciclo escolar. Todos sus amigos, esos mismo con los que pasaba el fin de semana, le dieron la espalda cuando trataba de ponerse al corriente. Sólo una persona le sonrió a su vuelta, esta persona lo ayudó a quedarse, pero los problemas son más rápidos y él no huyó a tiempo. La depresión a la que se negó a tratar por el fallecimiento de sus padres, los malos amigos que trataban de sonsacarlo y la renta que con esfuerzo pagaba se presentaban puntualmente cada mes. Era sólo cuestión de tiempo para que girara en la esquina equivocada. Y eso mismo ocurrió. Él estaba próximo al último semestre de la universidad, su historia escolar era la que muchas veces vio en películas, la chica que es inspiración para el bobo de la clase y en poco tiempo surgió entre ambos un interés romántico no palabreado. Sato salió con muchas chicas a lo largo de su vida, era un rebelde, fornido, con una moto, bueno, lo que a todas las chicas jóvenes le atrae a esa edad, un tipo con un futuro algo difuso. Pero Hikari era distinta, ella era directa cuando hablaban, tenía una paciencia inagotable y estar juntos era lo mismo a tomar unas vacaciones en cualquier día u hora. No tenía que mostrarse rudo o reprocharse las pequeñas fallas porque ella no le daba tiempo de hacerlo. Era un huracán. Siempre se encontraba ocupada y cómo no, si trataba de acabar lo más pronto posible su carrera. No le pidió que fueran pareja, quería demostrar que podía hacer algo, lograr sus metas, mostrarle que podía ofrecerle un futuro juntos. Ahora…toda la imagen creada en su cabeza se tambaleaba, corría el peligro de desmoronarse.
―Hikari, hola, que gusto tenerte aquí―habló llamando la atención del otro sujeto, que dio gustoso la vuelta de acabar con el pelirrojo, se abalanzó contra él sin contemplaciones. Recibió una patada que no esperaba en la mandíbula, arrojándolo contra el público. Estaba aturdido y genuinamente confundido. Cuando golpeaba al hombre, no percibió nada en su mirada más que frustración, el pelirrojo se mantuvo disperso la mayor parte de la pelea hasta esa patada. Esa mirada era como si le gritara "estorbas" ―. Si me das 5 minutos, acabo aquí e igual y te acompaño a tu departamento.
El enorme mono se tambaleó frotándose la mandíbula. Al momento en que su cuerpo estuvo al alcance de Sato, este le aplico tres golpes en tres zonas diferentes, dejándolo inclinado sobre sí mismo. El hombre, Momon, no era conocido por tener una personalidad brillante, ni si quiera podía considerarse astuto o lo suficiente inteligente para ser un individuo funcional. Su único talento era golpear. Su tío siempre le decía que había que sacarle provecho al cabeza de musculo que era su sobrino así que a una edad temprana empezó a llevarlo a ese tipo de sitios. En aquella bodega sentía que no era un inútil del todo y su tío se llevaba un dinero extra por cada diente que encontraran en el suelo. Todo el mundo ganaba. Y esa noche, era la noche, aquel hombre le palmeó el hombro en el auto antes que bajara: tu futuro está aquí, le dijo, mi hermana te sacó de casa por creer que eras un bueno para nada que nunca conseguiría hacer algo de su vida. Es tu momento de demostrarle lo contrario. Hoy te aposté todas las ganancias que hemos conseguido.
―No, Sato, basta ya. No es la primera vez que alguien me envía un mensaje mofándose de ti. Tienes mucho más que ofrecer que esto― ¿cómo explicar a tu chica ideal que haces todo por escapar de la ruina y saltar los escalones necesarios para una vida juntos? ¿Cómo explicar que actúas como un bárbaro por ella sin ofenderla?
―Hikari, deja te explico, esto…esto sólo, sólo es…―una manaza se cerró sobre su pierna, el gorila no estaba derrotado. Era mundano la manera tan primitiva en que ambos se parecían, Momon buscaba desesperado el sentimiento de realización, Sato por otro lado también lo buscaba, pero ese lugar era lo más alejado que podía estar de dicha realización. Lo que él quería era un punto de retorno, lo asustaba el que todo fuese bien, que las cosas se encaminaran a una dirección en la que sólo podía esperarlo el éxito o la mediocridad. Al menos peleándose como un perro sabía que era un don nadie del que no se esperaba nada. Pero afuera, afuera era distinto, afuera era un estudiante del que se esperaba no sólo notas aprobatorias, sino conocimiento adquirido, pues con este vendría un buen puesto donde lo que hiciera sería relevante para un gran circulo de personas que conformarían su vida. Podía verse afectado para bien o para mal según las decisiones adultas que tomara y sólo existía algo peor que eso. Era que no importase, que nada de lo que hiciera, que cualquier acción en el trabajo fuese poco o nada relevante para el resto. Era complicado para él entenderse, ni hablar de explicárselo a alguien más. Temía que de explicarle a Hikari ella tampoco pudiese entenderlo. Por eso buscaba otras opciones, otros medios por los cuales sacar ganancia o provecho a sus fortalezas.
Le pisó la mano a Momon, se escuchó un placentero crak-crak-crak bajo su pie, ese sonido no era extraño para él. Aquello a lo que muchos no podrían acostumbrarse, él comenzaba a insensibilizarse. Salió un chillido que se asemejaba más al de un cerdo que de un hombre. Hikari no pudo soportar esos gritos. Trató de cubrirlos con los propios.
― ¡¿Es a esto lo que quieres que espere?! No hay nada de respetable en lo que haces ¡NADA! ―empujó fuera de su camino a los hombres a su alrededor, se alejaba, seguramente para siempre.
Sato, en sus momentos alcoholizados participaba en las burlas dirigidas a sus compañeros que tenían novia y salían corriendo cuando la pantalla de sus móviles se encendía con el nombre de ella. Poco hombre, mandilón, cobarde, agachón, arroz con leche, eran los adjetivos más ligeros que les dedicaban. Ahora él estaba en la posición de ser un hombre y quedarse a terminar con aquel gorila o salir corriendo tras ella y poner su hombría en sus manos para ser subyugado hasta el día de su muerte. Escogió perder su hombría.
― ¡¿A dónde vas?! ¿¡Te largas a coger con ella!? ¡Acaba primero aquí y luego entre esas piernas! ―eso fue suficiente para avivar el fuego de esa llamarada insipiente. El cuerpo musculado de Momon cayó antes de que el público supiera lo que ocurrió. Alcanzó a Hikari, la esperaba un taxi en la banqueta, ella se metió dando un portazo, le dio la dirección de su apartamento al conductor y este estaba por arrancar cuando un loco pelirrojo le bloqueo el paso.
―Hikari, hablemos, por favor―el hombre al volante puso los ojos en blanco, típico. Los viernes por la noche siempre corría el riesgo de escenas como esta, le daría dos minutos para que se gritaran y luego pisaría el acelerador. Casi siempre que hacía esto la chica le ordenaba que se detuviera y él podía sencillamente aparcar, esperar a que bajara y buscar un nuevo cliente. Vio por el retrovisor como él le suplicaba que lo comprendiera, que cambiaría si ella se quedaba con él. El taxista bufó divertido y puso primera marcha. El auto comenzó a avanzar con lo que Sato tuvo que sujetarse de la puerta y empezar a correr a la par de suplicarle una segunda oportunidad. Negó con la cabeza un tanto decepcionado, desde su posición veía que ese chico perfectamente podría dedicarse al boxeo con todos esos músculos. Y chicas no le faltarían. Aceleró, ahora sí le estaba exigiendo correr al bastardo.
― ¡Hikari! ―ya no podía sujetarse de la puerta. La mujer sólo volteaba en otra dirección. No quería seguir ― ¡Hikari, por favor!
El chico quedó atrás. Una muy pequeña punzada de culpabilidad se alojó en su costado izquierdo.
―Señorita, tal vez debería… ¡Ah!
Cuando disminuyó la velocidad, aquel loco aprovechó para zambullirse por la ventana del taxi, el conductor, nervioso por el riesgo de que algún policía los viera, comenzó a zigzaguear para sacarlo en la primera curva que encontraron, entraron a un área de mucho tráfico con bifurcación a una autopista. El chico en la ventana gritó al ver como se acercaban al costado de un tráiler. El taxista supuso que la chica lo jaló dentro del auto porque no hubo más gritos. No se escuchó más sonidos, ni discusiones tampoco susurros. De hecho, ya no quiso voltear a ver el asiento trasero. Cuando acabó el viaje y esos dos corrieron dentro de un viejo edificio de departamentos luego de pagarle con propina incluida, lo único que quedó allí fue un preservativo que encontró a la mañana siguiente. Supuso que aquello fue un punto sin retorno en la vida de aquellos dos jóvenes, porque la siguiente vez que recogió a la parejita, nueve meses después, fue frente a una bonita casita y la chica gritaba en brazos del chico a punto de dar a luz en el asiento trasero del taxi. Los volvería a ver un par de veces más. Una de ellas cuando el joven se subió junto con una mochila militar a cuestas. Tenía la cabellera rapada y vestía un pulcro uniforme.
―Te escribiré todos los días―lo escuchó decir.
―No tendrás tiempo para eso―el hombre besó con amor a la bebé en brazos, que gorgojeo feliz tratando de alcanzar a su papá.
―Entonces te las guardaré para cuando regrese, dos meses y estaré de vuelta, lo prometo. Las amo, ¡cuídense mucho! ¡Cuida a Haruki! ―gritó desde la ventanilla antes que se alejara lo suficiente para que no lo escucharan.
La siguiente ocasión, ya más entrado en años, un aire de nostalgia y tristeza se alojó en el corazón del conductor cuando vio a la misma joven con el inicio de un embarazo, salir entre llantos jalando de unas pocas pertenencias seguida de una pequeña pelirroja y en brazos a otro bebé. El hombre bajó del taxi para ayudarla a subir la maleta grande con un baúl y bolsas. Tras ella salió un hombre, no era el mismo pelirrojo con que la vio tiempo atrás, este era moreno claramente alcoholizado y con bastante grasa en los costados. Llevó a la mujer y los pequeños a un minúsculo apartamento ubicados a orillas de un barrio marginal, cerca de las grandes empresas. Mientras bajaba la maleta el hombre no pudo evitar preguntar por el joven pelirrojo. No está de más decir que el llanto de la joven era suficiente, bajó la cabeza y enfiló a casa, pobre.
Lo que Hikari dijo entre sollozos era que su esposo, hace un año atrás, fue llamado por el ejército japones y enviado a campo por un tiempo incierto. Claro que en un inicio Sato mandaba cartas, tratando de estar comunicado y Hikari apreciaba eso, era un soplo de vida envuelto en papel, necesitaba de esas cartas como si fueran combustible para seguir adelante a la espera de un mejor momento para los dos, bueno ahora tres y en poco tiempo cuatro. Tener una relación a larga distancia, una familia a distancia, por sí solo era complicado, era desolador. Necesitaban de una razón por la que estar juntos, unidos, a la espera de una fecha y claro que la tenían, poco a poco se fijaban pequeñas metas, promesas ilusorias que se hacen de razones por las que tachar los días en el calendario cual si fuera una condena por cumplir. Pero…al tiempo esto cambio, los días llegaban lento profundizando en ese vacío del estómago y se alargaban tanto que rompían el calendario. La imagen del hombre que enviaba dinero para que a su esposa, hija y pequeña en el vientre no les faltara nunca nada comenzó a desvanecerse, ese hombre con el sueño pesado que dormía sólo cuando ella estaba en la misma cama, aquel que se encargaba de hacer dormir a la pequeña cuando esta lloraba por la noche, el pilar que velaba por todos y que cada día le repetía que se casarían pronto, más pronto de lo que pensaba, de ese hombre no quedaban más que pedazos de lo que fue una férrea esperanza de su vuelta. Pedazos inexistentes al tiempo que un par de uniformados le comunicaron que aquel hombre que la enamoró en la universidad, cayó muerto en combate. No fue la única que lloró esa noche, su hija, que apenas entendía lo que pasaba la acompaño. El resto es historia. Una historia en la que él ya no participó.
Aquello fue un chiste para Sato, para su voluntad, para sus deseos, fue un grito frustrado dentro de una casa deshabitada donde el único papel que desempeñaba era el de un sabueso desesperado por encontrar un rastro de lo que fue su vida pasada. Maldijo el día en que se enlistó, el día en que pensaba en los lujos y las comodidades que podía pagarle a su pequeña familia. Que eran buenas sus intenciones, lo eran, pero el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Y al fin había llegado a él. Un infierno en el campo y también a la vuelta. Estaba de vuelta y ya nadie lo esperaba. Preguntó a los vecinos, al dueño de la casa, pero nadie supo darle razones de una joven con una hija y bebé.
Lo que gritaba el silencio entre esas paredes era: abandono. Abandonado por el muchacho que en años pasados se fue por esa misma puerta. No regresó. Nunca lo hizo. Quien estaba allí era alguien distinto, de haber tenido perro este le hubiese gruñido cuando lo viera. Era un hombre consumido por el mal que habitaba en los más bajos círculos de los condenados. En esos lugares, en esas tierras perdidas por dios él fue verdugo de tantos otros jóvenes que eran hijos, padres, hermanos. En esos lugares cumplió ordenes, atrocidades de las que intentaba, al volver a esa casa, expiar suplicando por un perdón que tal vez jamás llegaría. No era del todo falso lo que esos uniformados dijeron de él. Estaba declarado como muerto a los meses de reportarse como extraviado en combate. ¿¡Cuál maldito combate!? Era eso de lo que nunca estuvo seguro, según estaba estipulado por el gran hermano, japón luego de la última guerra mundial se encontró obligado a tomar medidas pacifistas que le impedían formar un ejército. Pues aquellos acuerdos no se rompían, o eso era lo que decía aquel hombre al mando. Ellos no estaban declarando la guerra, sólo cumplían con misiones en países extranjeros cuya intervención política de cualquier otro ejército no era ni remotamente viable. Ellos no sabían dónde eran desplegados. Podía ser en una selva, un bosque o un desierto. No era un solo país de eso estaba seguro. Pero fueron muchos, demasiados despliegues, pudo regresar a casa en los primeros, pero el tiempo entre visitas se hizo más y más amplio entre estas. Al paso de los meses fue el último sobreviviente de su pelotón, aceptó varios asensos con las vanas esperanzas de volver antes a casa, pero con estos se puso una diana en el pecho.
Y dieron en el blanco.
Recuerda bien ese momento, tal y como recordaba las cenas en el medio de aquella pequeña cocina oxidada. Nevaba, apenas y sentía las manos, engarrotadas sujetando su rifle. Él supone que los rodearon, la realidad es que los estuvieron cazando desde que algún infiltrado de inteligencia dio aviso a las personas correctas del movimiento que harían en aquellos bosques de la tundra. Desde el gran accidente de 1986 en aquel país, reforzaron a sus hombres en cuestión de espionaje, existía una red de mentiras tan fuertemente ligada al corazón de su política que no podían permitir una fuga de información, que era precisamente lo que Sato llevaba en aquel maletín. Lo llevaba pegado al pecho cuando volaron por los aires. La bomba terrestre acabó con la mitad de ellos. La otra mitad fue abandonada allí, no eran importantes, o ese era el pensamiento con el que instruyeron al pelirrojo. Si es necesario, abandónalos a todos. Ya lo hizo con su mujer e hija, ¿qué esfuerzo iba a ser hacerlo con hombres haciendo el papel de simples peones?
Avanzó kilometro tras kilómetro entre la espesa nieve donde las huellas eran fáciles de seguir, estando a poco del punto de extracción comenzó a sentirlo. Al principio sólo era una pequeña molestia en el medio de la espalda. Después sintió un líquido caliente recorrerle hasta las nalgas. Estaba anestesiado. Luego de hacerse con lo que sea que contuviera el maletín unas horas atrás, inhalo una línea de coca, era un tren de carga a todo motor. Los músculos de su adolescencia, más trabajados junto con esos ojos rojos y aletas de la nariz dilatadas no daban otro nombra a su apariencia que la de un toro. Un enorme toro de tundra.
Pues igual que en las toreadas, hasta la bestia más fuerte cae. Y Sato lo hizo. Cayó. Pero no muerto. Pudo abrir los ojos nuevamente, y la primera persona que vio fue…
El taxista estacionó subiéndose a la banqueta. El movimiento despertó a Sato de sus cavilaciones con un gruñido. Estaban frente a un complejo de apartamentos cerca de la empresa. Buscó su billetera entre el desorden que ahora era su saco.
―Disculpe que me entrometa jefe, pero… ¿no es usted el mismo jovencito ruidoso que una vez colgó de la ventanilla de mi taxi buscando a su chica? ¿quizás uno 19 años atrás? ―Él miro al espejo retrovisor, allí estaba, los mismos ojos burlones y hastiados de la vida. Ya no eran iguales, aquella mirada cargada de sabiduría lo inspeccionó, a profundidad―No, disculpe a este viejo taxista, creo que lo estoy confundiendo.
Sato sintió un escalofrío desde el cuello hasta abajo. Sintió aquel viejo frío en todo el cuerpo. No era el mismo hombre y aún a la vista cansada de aquel anciano, no podía ocultarlo. Dejó el doble de lo que indicaba el taxímetro y bajó.
―Gracias, que pase un buen día.
El portero lo vio raro, no era común que se apareciera tan temprano, pero tampoco comentó nada. Le abrió la puerta y dejó que este subiera hasta el último piso. La única puerta frente al ascensor no tenía seguro. Sato dio un chasquido con la lengua al abrirla.
―Doctor, se lo he dicho muchas veces, si sigue manteniendo estos descuidos un día llegaré y no estará aquí.
―De ser así, estaríamos haciendo un bien a la humanidad, mi querido amigo―percibió un olor extraño en el ambiente que le hizo fruncir la nariz. Sato no era una bestia iletrada, pero el tema de química no le parecía su campo.
―Usted está haciendo un bien a la humanidad al investigar la eliminación total de influenza ¿Cómo su desaparición podría ser benéfica para todos? ―la casa no estaba acomodada como debería, la cama junto con un closet lleno de ropa medio colgada estaba puesta en una esquina. No había más muebles en el lugar, ni siquiera una mesa que no fuera de metal o platos que no estuviesen ocupados por alguna extraña sustancia. No existía nada que dijera que el lugar le pertenecía al profesor. Era el precio a pagar cuando trabajas por un bien mayor.
―Ah, allí es cuando todo el mundo se equivoca, Sawada-san, no importa si lo que hago es pensado para curar todas las enfermedades del mundo, si esto va en contra del orden impuesto, jamás será usado para bien, al contrario.
―Sigue diciendo lo mismo, desde hace 15 años que habla de lo mismo. Que si el bien y el mal, o que no somos nada comparado a todo el resto de nosotros.
―Y tú pareces estar más hablador que de costumbre.
Dio un pequeño gruñido. Aliso lo más posible su ropa y buscó en el armario la ropa que se pondría el doctor. Sato era aseado, el doctor no tanto. Si por él fuese, trabajaría con la misma ropa hasta que pudiera hacer experimentos sobre las prendas que caminaban solas.
―Hoy es la incineración de Riohey―puso en la cama un conjunto sobrio. El hombre en el computador dejó de escribir. Sus viejos pulmones se sacudieron, el hombre pelirrojo espero respuesta, pero esta no llegó―Volveré en una hora. Es el último.
Algunos hombres fueron enterrados a la brevedad posible, en una sociedad como lo era japón, muchos de los que estaban en nómina vivían solos, sin familiares o amigos a los cuales darles el pésame. Sólo unos pocos dedicaban tiempo a lo que era el tratamiento de sus difuntos. El señor Riohey era de aquellos solitarios que al conocerte se presentaba él y a su familia, trabajaba de guardia de seguridad desde los 20 años. Todo el mundo lo conocía y ahora iban a su funeral. Sato vestía un traje completamente negro, camisa blanca y corbata negra. El profesor lucía un atuendo parecido pero que ahora le quedaba grande, lo compro en su juventud. Ambos estaban a una distancia respetuosa de los familiares que atendían el templo donde quedaría la urna con cenizas.
― ¿Por qué tardaron tanto en hacerle el funeral? ―preguntó el profesor. Cuando salían, traía en manos un bastón con el que se apoyaba hasta llegar de vuelta a sus terrenos.
―El hijo mayor no podía encargarse. Pidió que lo esperaran hasta que consiguiera permiso en su trabajo―sentía la boca seca. Quería fumar un cigarrillo, llevaba mucho tiempo sin prender alguno.
―Era un viejo amigo, antes de que tú llegaras él ya se encargaba de la vigilancia a las instalaciones donde estuviéramos, era un hombre respetable y compañía inmejorable. Pobre Riohey, no puede ser que quedara tan olvidado por su familia.
―Tal vez se alejó cuando no debía hacerlo, dejo todo inconcluso y se perdió de un momento importante para sus hijos―Sato miraba al suelo, a vista de otros parecía aburrido de estar allí, nada más distinto a la verdad.
―Puede ser, pero ¿Cuándo es correcto alejarse de las personas que te aman? Y más importante aún, si lo hiciste ¿por qué no apuras el paso para recuperarlos?
―Porque ha pasado demasiado tiempo, demasiadas cosas, y ya no soy alguien que pueda exigir que le abran de nuevo la puerta. Ya no puedo. Pasó demasiado tiempo y ella ha crecido con los sufrimientos de los que debí protegerla―puso una expresión de frustración.
― ¿Qué ha dicho Hikari? ―vieron como poco a poco empezaba a irse la gente, todo fue muy rápido. Los hijos de aquel hombre que trabajó sin descanso por más años que Sato sólo querían irse de vuelta a su ciudad y vida normal. Para ellos el hombre que enterraban era un desconocido que enviaba un cheque de manera mensual. Alguien que fue olvidado hace mucho y sólo lo recordaron por el breve momento que dura un funeral. Sato vio su futuro en aquella imagen y lo aterro. A un hombre que vio lo peor del ser humano, lo aterraba morir sin que su hija supiera quien era. Sin haber vuelto a ver esos ojos color chocolate que eran luz en sus días más difíciles.
―No pude hablar con ella―el viejo Hiroshi comenzó a caminar de vuelta al auto, con Sato a su lado.
― ¿Sato, cuanto tiempo nos conocemos?
―Hiroshi, no quiero un sermón ni…
―Quince años, lo recuerdo bien, fue hace quince años que nos topamos en aquellos bosques helados, no eras muy diferente a un perro de ataque. Trataste de ahorcarme ¿lo recuerdas? ―Sato trató de responder, pero el profesor continuó― Cuando despertaste. Me dieron un informe de tu historial militar, allí estaba toda tu información, te curaron para que yo experimentara contigo la nueva cepa. No era raro que llegaran a mí los soldados que ya no les parecían útiles para seguir en acción, incapacidad mental creo que fue lo que escribieron en la baja. Pero había algo distinto en ti. Cuando te explique lo que haría contigo no pusiste resistencia, no vi esa bravura, afán de sobrevivir y el miedo que vi con otros sujetos de prueba. Era como si ya no te importara nada y en lugar de seguir con el sujeto de prueba idóneo, por alguna razón decidí que un pelirrojo no era un sujeto de prueba idóneo.
―Era sólo una excusa―le respondió con humor que no se reflejó en sus facciones.
―Lo que haya sido, fue un buen cambio. Obviamente no podías ayudarme en el laboratorio, pero alguien como tú me ayudaba de otras maneras. Comenzamos a plantearnos la idea de destetarnos del gobierno y trabajar por separado. Eso no les gustó, obviamente, pero hasta ahora nunca has fallado en proteger lo que nos importaba. Que irónico que fue allí donde encontraste aquello que creías perdido.
―Ellas…no querrán escucharme. Que digo escucharme, en cuanto sepan quien soy no querrán ni mirarme. Ni si quiera eh visto a mi otro bebé. Debería de tener 15 para estas fechas…. Haruki me ha dicho que…tiene 9 hermanos. No sé qué hacer ante eso, creo que me supera.
―No eres un cobarde, jamás lo has sido antes, así que no digas que tu razón es el miedo. Haz las cosas bien, Sato, te has diferenciado del resto por tu deseo de rectificar tu vida. Hazlo con aquello que más importa―llegaron al auto y subieron. Hiroshi miró por la ventana como el hijo mayor de Riohey hablaba molesto por el celular―, hazlo antes que acabes igual.
―Debería acabar igual, me lo merezco, por haberlas dejado solas y a su suerte. A mi hija, a un bebé que venía en camino y a Hikari… Quién sabe qué se vio obligada a hacer en mi ausencia.
―Deja de auto lamentarte, no eres un mocoso de 25, eres un hombre de 40. Sabes lo que hiciste, sabes que las dejaste. Lo pasado pisado, ahora estás aquí, las volviste a encontrar. Si estás listo para llevar la carga que es recuperarlas, ya sabes qué hacer. De no ser así, déjalas en paz―Llegaron a la empresa y luego de escoltar al profesor a sus laboratorios y pasar unas pocas horas allí se encaminó a la salida para dirigirse al edificio A. El profesor lo vio salir―Uno pensaría que Haruki-chan fuese más aguda para notar lo mucho que se parece a Sato, aunque el cabeza de músculo tampoco la reconoció a primera vista―dio una pequeña risa―De tal palo, tal astilla.
Haruki no estaba por ninguna parte. La mirada de Sato inspeccionaba las esquinas de los pasillos en su tranquilo camino buscando un mechón rojo, pero este no aparecía. No tenía por qué, después de todo estaban en horas de comida.
―Ahhhh―se inclinó contra la silla hasta el límite, su espalda hizo ruidos placenteros y él estiró los brazos sintiendo hasta la punta de los dedos el frío de su oficina. Al fin en su terreno. Esperaba poder relajarse, pero eso no ocurrió. Al contrario, todo lo vivido desde anoche junto con las palabras de Hiroshi lo golpearon de lleno. Cuando estuvo en el hospital no hubo un solo segundo en que aquella mujer que fue su vida abriese los ojos. No pudo hablar con ella, no con estando consciente al menos. Él si habló, principalmente de su pasado, del de ambos, tocó todos los recuerdos que pudo, incluidos los que tuvo en campo. Le habló acerca de esas corazonadas que tenía cuando entrenaba con la hija de ambos, que creció fuerte y cómo deseaba en el fondo de su ser poder conocer al bebé que dejó con ella, ¿a quién se parecería? ¿Y todos esos otros niños…? Tantas cosas que deseaba preguntar. Así se fue la noche. Habló de tantas tonterías, pero en ningún momento dijo algo remotamente parecido a un "lo siento", y no porque fuera orgulloso ni nada por el estilo. Es que si iba a disculparse tendría que hacerlo bien.
Hacer las cosas bien. Suspiró. No quería hacerlo, quería tragarse la verdad y velar por ellas desde lejos, pero conociendo a Haruki ella no le permitiría ayudarlas sin una buena razón. Tomó su radio y oprimiendo un botón llamó.
―Señorita Sagae, requiero su presencia en mi oficina. De inmediato. Corto.
El pitido característico llegó unos segundos después.
―Entendido señor, me dirijo allá. Corto.
Dejó el radio en el cajón y de este extrajo sus cigarrillos. Prendió uno y fue a la ventana, vio como la chica…no, vio como su hija empujaba al chico rubio con quien siempre la veía, para después correr a la entrada del edificio, fuera de su vista. No iba a ser nada fácil aquello. Buscó su cartera y al abrirla, detrás de los billetes y papeles que no sabía para qué guardaba, extrajo una foto. La misma foto, sólo que, sin arrugas, que la casa Sagae tenía escondida en un buró dentro de un armario. La puerta se abrió entrando una braza sin anunciarse. Tal y cómo él la descubrió. Sin saber lo que encontraría, sólo apareció y se hizo camino hasta él. Venía con una sonrisa que no creía fuese por estar allí en esa oficina. ¿Aquel chico le habría pedido que salieran? Esa era una boba sonrisa de enamorada, si lo sabría él que la tuvo por todo el tiempo que estuvo con su madre.
― ¿Me necesitaba, señor? ―Haruki no sabía lo que vendría, apenas esa mañana Isuke le demostró que las cosas sí cambian cuando se está en pareja, veía a Isuke con otros ojos. Luego de la demostración de afecto que tuvo por la noche, despertar con ella acurrucada sólo podía expresarse como el paraíso. Y lo expresaba con miedo, las cosas no podían ser mejores y cuando ocurre eso, la vida se encarga de espantarte, de sacudirte, de darte un ramalazo de realidad para que recuerdes plantar bien los pies sobre la tierra.
Y eso era ahora.
― ¿Sabes quién es el hombre que está en la foto? ―preguntó pasándosela, Haruki la tomó en un inicio extrañada, pero con ánimos de ayudar de la forma que sea. La sonrisa se le borró del rostro, de hecho, escapó todo color. Incluso sus pupilas se hicieron estrechas. Le temblaban las manos al momento de alzar la mirada―Creo que deberías sentarte…hay algunas cosas que quiero contarte.
Pasó a un lado de ella y cerró la puerta.
N/A: *LA CAMARA EMPIEZA A ENCENDER, PERDIENDO LA IMAGEN DE A MOMENTOS COMO SI FUESE UN VIEJO CARRETE, AL FIN ENFOCA A LA CHICA QUITANDOSE UN SACO OSCURO AL ENTRAR A CASA* Oh, ya llegaron? No esperaba verlos tan pronto… Este es el momento perfecto para sonreír incómodamente y decir "hola" pues sé que pasó mucho, muuuucho tiempo desde la última vez que tuvimos una cita tú, lector constante, conmigo. Pero, las cosas buenas se hacen esperar; vamos a empezar por las excusas. Como todos saben, y sino pues ahora lo saben, me mudé de ciudad, ya saben ser una persona independiente y responsable, buscando hacer mi voluntad. Pues fue algo así, ahora me encuentro en otro estado, tengo trabajo, salud (que es mucho para agradecer en estos tiempos) y no me falta comida. He empezado a sentir lo que es ser un adulto y créanme que cada día desee volver a esos momentos de la universidad en que fantaseaba despierta pensando en como continuar esta historia. Ahora la continuaremos, tal y como estaba marcada, pero…pues vamos a ver si estos años han traído madurez a mi escritura o sigo haciéndolo con las nailons. Espero que, si estuviste esperando por este momento, no fuera decepcionante. Yo disfruté mucho el regresar y pues nada, ya saben cómo era la dinámica, preguntas, aclaraciones, criticas buenas, malas, tomatazos e invitaciones a cenar en los comentarios, y si ven faltas de ortografía menciónenlas por favor, no tuve tiempo de editar. Gracias por estar aquí, sigamos adelante *LA CAMARA SE APAGA*
