Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen.

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2

La visita

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Aún es demasiado pronto cuando me voy del Quemador, tras haberle llevado las presas a la mamá de Katniss.

Regreso a la Aldea de los Vencedores casi arrastrando los pies. No me gusta este lugar; no representa quién soy. Digo, me hace feliz que mi madre haya dejado de lavar ropas ajenas para sobrevivir y poder darle un buen hogar y comida a mi familia, agua caliente, abrigo y estabilidad, pero mientras nosotros nos liberamos del hambre y el frío hay miles de personas que siguen padeciéndolos en la Veta.

Ajusto el cuello de mi chaqueta de lana, protegiéndome del aire frío, y hundo los pies en la nieve para evitar volver a resbalarme en los adoquines congelados. Por un momento me debato entre pasar a ver a mi madre o a Haymitch, pero descarto las dos ideas ante la perspectiva de recibir los regaños de ambos por cómo maltrato mi ropa nueva o por mi actitud. Al final decido ir directo a mi casa. O mejor dicho la casa de Madge, la que ella y yo compartimos.

Abro la puerta y me quito los zapatos en la entrada, dejando mi bolsa con provisiones a un lado también. Y entonces oigo la música, suave y armoniosa, llenando la casa, y no puedo evitar que mi pulso se paralice.

Madge está tocando su piano. Hace mucho no lo hacía. No puedo evitar sorprenderme mientras camino sigilosamente hasta la sala de música. Me acomodo contra el marco de la puerta y la observo mover sus manos con gran profesionalismo por las teclas blancas y negras, tan concentrada que ni siquiera nota que estoy ahí.

Hay muy pocas cosas que en verdad he disfrutado a lo largo de mi vida. Cazar cada mañana con Katniss era una; escuchar a Madge tocar el piano, otra.

No es nada nuevo, en realidad. Antes de los Juegos, a veces, cuando estaba solo, tomaba el camino más largo desde la ciudad hasta mi casa solo para pasar por la del alcalde y escucharla practicar. Jamás se lo dije a nadie, ni siquiera a Katniss, que prácticamente lo sabe todo sobre mí, ni a la misma Madge. Ese es mi secreto mejor guardado, supongo.

Cuando decidimos mudarnos juntos me quedaba largas horas escondido tras la puerta, solo escuchándola tocar. No me atrevía a entrar a la sala de música e interrumpirla, tampoco a darle ése poder sobre mí. No podía confesarle mi secreto. Con todo lo sucedido en la Arena me sentía demasiado expuesto con ella como para seguir abriéndome aún más.

Madge y yo llevamos una relación bastante cordial como para ser dos personas que vienen de mundos diferentes. Uno creería que el ambiente con ella sería tenso luego de que me confesara que se había enamorado de mí y yo admitiera que no puedo corresponder esos sentimientos, pero no. Madge es tímida y callada, y yo no soy muy hablador tampoco, pero estar en silencio con ella nunca es incómodo. Llegamos al silencioso acuerdo de, a pesar de las circunstancias, siempre hacer la vida del otro más llevadera. No pasamos horas riendo y contando anécdotas de nuestras vidas, pero sí compartimos algunos espacios y, aunque muchas veces ninguno dice nada, he descubierto que podemos pasar largas horas en nuestra mutua compañía, mientras yo tallo madera y ella borda en la sala, o cuando los dos sentimos la necesidad de leer algún libro; además, mis hermanos la adoran, por lo que siempre la integran a cualquier actividad familiar, ya sea ir al bosque a practicar tiro o dar largos paseos por el distrito. Es curiosa esa afinidad que han logrado crear, pero también hace las cosas un poco más fáciles para mí.

Es extraña la sensación de compartir tantos aspectos de tu vida con alguien a quien prácticamente no conoces, y eso es lo que me pasa con Madge. Sin embargo, aunque desde que regresamos a casa de los Juegos algo ha cambiado. No la conozco como a Katniss, pero al mismo tiempo una voz en mi cabeza me dice que eso no importa. Madge y yo compartimos los momentos más terroríficos y traumatizantes de nuestras vidas, donde no sólo debía luchar por comida, sino por no perder la vida, y dos personas no pasan por eso sin volverse unidas, como ella y yo estamos ahora.

Levanto la cabeza y cierro los ojos un momento, recordando la primera vez que la oí tocar. Era la canción del bosque, la que los dos le cantamos a Rue, nuestra pequeña aliada del Distrito 11 que con sus enormes ojos oscuros me recordaba tanto a Posy, mi hermanita. Pensar en ella me estruja el corazón, pero entonces Madge deja de tocar y me quedo observando su espalda. El cabello rubio y rizado le cae como una cascada de oro por los hombros. Es lindo. Creo que nadie más en el distrito tiene ese color. Me gusta.

―Eres muy buena― le digo sin pensar, delatando mi presencia. Ella se sobresalta y se da la vuelta, frunciendo sus cejas, rubias también.

―Gale, me asustaste― reprocha. Yo sonrío de lado, sin moverme de donde estoy, todavía recargado contra el marco de la puerta mientras la observo.

― ¿Por qué te detienes? Hace mucho no te oía tocar así― no puedo tragarme el comentario porque lo cierto es que había extrañado su música. Bajo la cabeza unos centímetros y paso la punta de mi pulgar derecho por la comisura de mis labios, con gesto indiferente, después trago con algo de incomodidad, desviando la mirada, sin saber muy bien cómo decir lo que quiero decirle a continuación― Me... gusta. Mucho― admito, tan bajito que incluso yo mismo apenas puedo escucharme; es increíble que sea capaz de matar decenas de animales sin vacilar, o de enfrentarme a las bestias del Capitolio, pero todavía me tiemblen las rodillas al hablar con una chica. Con Katniss no me pasa esto, pero estamos tan acostumbrados el uno al otro que somos como dos partes de un mismo sistema; no así con Madge u otras chicas del distrito, me vuelvo muy torpe la mayoría de la veces, y es vergonzoso. Aun así noto que ella se sonroja; eso me da un poco más de valor― ¿Puedes tocar una vez más, por favor? ¿Para mí?

— ¿Quieres intentarlo tú?— propone.

Descruzo los brazos y me siento a su lado, observando la larga fila de teclas con algo de recelo.

Mis manos son hábiles para colocar trampas y manejar un arco, pero, desde la escuela, carecen de la delicadeza necesaria para tocar cualquier clase de instrumento musical. O quizá solo sea yo. La música nunca me había parecido algo importante que aprender cuando no sabía si tendría qué cenar esa noche.

―No. Me gusta más escucharte a ti― digo, y, aunque es la verdad, realmente sé que de hacerlo yo solo pasaría vergüenza― ¿Puedes tocar esa melodía otra vez?

Madge asiente suavemente y prepara sus dedos finos y largos, comenzando a reproducir las mismas notas con gran maestría. Realmente es una profesional de la música.

Yo cierro los ojos una vez más mientras la escucho. Su música siempre me ha gustado; cuando era pobre y vivía en la Veta, no importaba si ese día no había podido cambiar nada en el Quemador, o sí no tenía nada para comer en casa; escucharla tocar desde la calle, no sé porqué, me hacía sentir algo que no podía sentir en ningún otro lugar: sosiego. Madge nunca lo supo, pero su música era lo único que podía calmarme luego de una tarde sin presas en el bosque, o cuando una negociación no salía como lo esperaba; yo siempre la he criticado, a ella y a su familia, pero también, en secreto, siempre la he admirado.

Y sigo haciéndolo, más que nunca.

Hoy sus notas me hacen sentir algo distinto; me hacen sentir esperanza, como si todo fuera a estar bien mientras pudiera escucharla. Eso me relaja. No es como cuando estoy con Katniss, a pesar de que con ella sé que siempre puedo ser yo mismo; los dos hemos padecido las mismas cosas y estar con ella siempre me lo recordaba, y no es que quisiera olvidarlo, pero descubrí que con Madge puedo ser otro Gale, uno que no siempre tiene que estar enojado o despotricando contra el Gobierno. Un Gale que puede sonreír o disfrutar de algo tan simple como una pieza de música sin temor a ser descubierto. No he cambiado, y nunca dejaré de ser el chico que desea terminar con los Juegos del Hambre, la miseria y la hambruna, y liberar a todos los distritos del yugo del Capitolio. Pero también quisiera poder sentarme con mi familia a disfrutar de un té por las tardes sin preocuparme por nada más que porqué galletas servir. A veces pienso que me he vuelto muy egoísta, que el dinero y los lujos me han vuelto así, y detesto pensarlo, pero, ¿es egoísta querer sentir un poco de paz en medio de tanto temor? ¿Intentar ser feliz hasta dónde se pueda?

Participar en los Juegos del Hambre ha incrementado mi odio, pero así mismo me ha hecho ver lo pequeño que soy ante un pequeño sistema que puede hacer lo que quiera con alguien tan insignificante como yo.

Pero nada de eso me preocupa cuando estoy con Madge. Estar cerca de ella me hace sentir que todo estará mejor.

Ahora mismo, escuchando su melodía recuerdo a Rue, esa pequeña cuya muerte me dolió tanto. Puedo imaginarme el sol en mi cara, las inmensas plantaciones del Distrito 11 y a la pequeña subida en la rama más alta, cantando como un pequeño sinsajo y desplegando sus alas para volar. Madge ha usado sus notas.

La melodía termina y todo queda en silencio por varios segundos. Me gusta el silencio, y a Madge también. Es algo que tenemos en común.

―Me recuerda a Rue— digo, alzando la mirada hasta perderla al otro lado de la sala— Eran sus notas.

—La escribí para ella; usé su cancioncilla— me dice, tocando una breve escala que en sus dedos parece muy sensilla, pero que yo no podría tocar jamás— Pienso tocarla para Caesar. ¿Tú qué crees?

La miro, sorprendido por lo que acaba de decir, pues ese sería un claro reproche al Capitolio y su crueldad, y Madge nunca ha sido del tipo combativa; sin embargo no puedo evitar sentir una pizca de orgullo por la compañera que me ha tocado.

Madge Undersee, la dulce e inocente hija del alcalde, la chica más bonita de la escuela, la rosa más delicada del jardín, ha florecido como una persona admirable.

Sin pensarlo, levanto la mano y lentamente acaricio su mejilla; Madge se tensa pero no se aparta, como si esperara que yo hiciera el próximo movimiento.

De repente olvidé como hablar; no puedo expresar lo que pienso con palabras. Quiero agradecerle porque sé que con esta composición busca apoyarme, hacerme saber que me entiende, que comprende mis miedos. ¿Cómo puedo demostrarle lo agradecido que estoy? ¿Cómo demostrarle que lo aprecio?

—Madge, yo...— dudo. No sé que voy a decirle, pero quiero hacerlo.

Sin darme cuenta, mi rostro está cada vez más cerca del suyo, y mi pulgar acaricia la piel de su mejilla con una delicadeza que jamás he usado antes. Su piel es cálida y tersa, y se siente como terciopelo contra mis manos grandes y callosas. Nunca he sentido nada más suave en mi vida.

La miro a los ojos y ella me imita; los suyos nunca me parecieron más hermosos y expresivos. Mi mente sólo me dice una cosa: quiero besar esos labios, sin cámaras ni por temor; solo por la simple razón de que quiere hacerlo. Y mi corazón se paraliza ante la idea. Me voy acercando poco a poco, olvidando toda razón, sin embargo, de pronto siento una tercera presencia y me detengo a solo unos centímetros de lograr mi objetivo.

―Oh, lo siento. Toqué pero nadie me atendió... ¿Interrumpo algo?― Rory se detiene en la entrada y nos mira, haciéndome reaccionar.

―No― me apresuro a decir, levantándome, un poco aturdido; estar con Madge hace que me sienta así últimamente― ¿Qué pasa? ¿Mamá está bien?

Rory mira a Madge y evade mi pregunta por unos segundos. Y de inmediato noto que le pasa algo. Lo conozco demasiado como para no hacerlo.

―Sí, está bien― contesta, moviendo la cabeza tras parpadear― Pero...― vacila, nervioso― Hay una visita para ti. En casa.

― ¿Visita?― repito, confundido; ¿quién podría haber querido visitarme antes de que lleguen las cámaras? De pronto una idea me hace sentir más animado― ¿Es Katniss?― pregunto, pero Rory vuelve a negar.

―No, no es ella― dice, con la voz plagada de nerviosismo.

― ¿Entonces?― me impaciento.

―Será mejor que vayas. Mamá dijo que te dieras prisa.

Rory guarda silencio, anunciando que no va a decir nada más. Miro a Madge, demostrando la confusión que ella comparte.

―Ve― me dice, encogiéndose de hombros.

―Bien. ¿Quieres acompañarme?

―No― Rory se niega con rapidez; su tono urgente me desconcierta― No. Mamá dijo que vayas solo. Ella va a venir a ayudar a Madge con Vick y Posy en cuanto llegues― noto que intenta sonreír, pero su sonrisa se pierde como una simple mueca forzada.

Definitivamente algo no anda bien.

―Está bien― acepto, sin darle mayor importancia, no frente a Madge― Tal vez sea Portia― le digo― Volveré antes del almuerzo. Sea quien sea no puede tardarse demasiado.

Veo que ella asiente, así que me dirijo a la salida, y Rory me abre paso para que salga, evitando mirarme cuando paso por su lado.

Otra cosa que no encaja.

Miles de dudas invaden mi mente cuando salgo de la casa.

¿Será posible que...? Niego a mis propios pensamientos y camino sobre la nieve.

Él no podría venir a verme... No haría un viaje tan lorgo solo para eso. ¿Con qué excusa? No sería bien visto...

Me detengo un momento y tomo una profunda bocanada, llenándome los pulmones de aire helado.

Calma, Gale, calma. Es mejor no hacer conjeturas precipitadas.

Sujeto el pasamanos de la escalera congelada y subo por ella. Apenas entro en la casa de mi familia, la que de hecho es mía, sé que sucede algo.

― ¡Gale! ¿Qué está pasando?― susurra mi madre al verme entrar por la puerta; me doy cuenta al instante de la tensión que hay en sus palabras. Me pongo alerta de inmediato y busco a mis hermanos con la mirada, dándome cuenta de que no están por ningún lado. Quiero preguntarle dónde están cuando me interrumpe:

― ¿Qué?

La voz me falla ligeramente. El rostro preocupado de mi madre empieza a asustarme.

―Alguien está aquí para verte― dice. Su rostro está demasiado pálido y puedo oír la ansiedad que está tratando de ocultar.

― ¿Quién?

―Es...― empieza mi madre, entonces veo al hombre en pie detrás de ella en el umbral de la sala. Un vistazo a su traje a medida y facciones quirúrgicamente alteradas y sé que es del Capitolio. Algo, definitivamente, anda mal.

Lo miro fijamente y no puedo evitar fruncir el ceño.

― ¿Sí?― pregunto con calma, hablándole a él directamente.

―Por aquí, por favor, señor Hawthorne ― dice el hombre. Me hace un gesto hacia el pasillo. Se siente raro que este sujeto esté dándome órdenes en mi propio territorio, pero algo me dice que debo obedecerlo.

Mientras voy, le lanzo a mi madre una sonrisa tranquilizadora por encima del hombro.

―Está bien― le digo, aparentando una seguridad que realmente no tengo.

Desde el fin de los juegos he estado esperando que algún día pasara. Estaba preparado para algo como esto, pero mientras camino hacia la puerta del estudio, una puerta que nunca he visto cerrada hasta ahora, puedo sentir que mi pulso empieza a acelerarse. ¿Quién está aquí? ¿Qué es lo que quieren? ¿Dónde están mis hermanos? ¿Por qué está mi madre tan pálida? ¿Acaso en verdad es él?

―Entra sin llamar― dice el hombre del Capitolio, quien me ha seguido por el pasillo. Quisiera golpearlo, tomar a mi familia y salir corriendo hacia el bosque, tal y como siempre quise hacer con Katniss, pero en vez de eso solo giro el pasamanos de latón pulido y entro. Mi olfato registra los olores contradictorios de rosas y sangre al instante, y al adentrarme en la habitación noto a su único ocupante.

Un hombre bajo de cabello blanco que parece vagamente familiar está leyendo un libro. Levanta un dedo como para decir, "Dame un momento." Luego se gira y casi puedo escuchar el intenso latido de mi propio corazón.

Estoy mirando a los ojos de serpiente del Presidente Snow.

―Señor Hawthorne, gracias por venir.

Lo miro y me tardo unos segundos en reaccionar, como cuando estoy en el bosque, analizando una posible presa. Si ha decidido hacer todo este viaje desde su ciudad, sólo puede significar una cosa: en verdad estoy en serios problemas. Y si lo estoy yo, mi familia también. Algo que ya me esperaba, pero aun así un escalofrío me recorre cuando pienso en la proximidad de mi madre y mis hermanos a este hombre que tanto me desprecia, (y al que yo desprecio aún más) que siempre me despreciará, porque burlé sus sádicos Juegos del Hambre, hice que el Capitolio quedara ridículo, y en consecuencia miné su control al sobrevivir bajo mis propias reglas.

A pesar de que ya me había imaginado cientos de veces desafiando al Estado, en eso momento en realidad solo pensaba en mantenernos a Madge y a mí con vida; cualquier acto de rebelión fue totalmente inconsciente. Pero cuando el Capitolio decreta que sólo un tributo puede vivir y tienes la audacia de desafiarlo, supongo que eso es una rebelión en sí misma. Mi única defensa era fingir que estaba enloquecido por un amor apasionado hacia Madge. Así que se nos permitió vivir a ambos, ser coronados vencedores, ir a casa y celebrarlo y decirles adiós a las cámaras y que nos dejaran en paz. Hasta ahora.

Tal vez sea que estamos en la casa que considero de mi madre o el shock de verlo o la comprensión mutua de que podría hacer que me mataran en un segundo lo que hace que me sienta como un intruso. Como si fuera su casa y yo el que no ha sido invitado. Así que no lo recibo ni le ofrezco una silla. No digo nada. De hecho, lo trato como si fuera una serpiente de verdad, una venenosa, que está preparándose para atacarme en cualquier segundo. Estoy de pie inmóvil, mirándolo fijamente, pensando en que sería tan fácil acabar con sus horrores con un simple movimiento, pero a la vez es algo imposible. No puedo matarlo con mis propias manos y salir airoso.

―Así que no vives en la casa que te ganaste, sino que se la has cedido a tu familia― dice.

Parpadeo. De verdad no me esperaba comenzar nuestra conversación así.

Esta casa es de mi madre, yo no la considero mía, así como tampoco considero mía la casa de Madge. No, mi casa, la que de verdad es mía, está en la Veta, desocupada en estos momentos.

Miro al presidente y levanto una ceja.

― ¿Es ilegal?

―No, creo que no lo es.

―Entonces puedo hacer lo que se me plazca. Es mi casa.

Snow me mira fijamente y por un segundo me arrepiento de haber sonado tan descortés.

―Muy bien. Creo que haríamos que esta situación fuera mucho más fácil acordando ser directos y hablar con la verdad― dice― ¿Tú qué crees?

―Sí, sería más fácil― acepto. La verdad es que no quiero pasar más tiempo del estrictamente necesario cerca suyo así que prefiero que se dé prisa.

El Presidente Snow sonríe y veo sus labios por primera vez. Espero labios de serpiente, es decir, sin labios. Pero los suyos son muy gruesos, su piel está demasiado estirada.

Me cuesta respirar aquí; solo puedo inspirar y exhalar con brío, aunque intento disimularlo.

―Mis asesores estaban preocupados de que fueras rebelde, pero no estás planeando ser rebelde en absoluto, ¿verdad?

¿Rebelde? Lo miro fijamente. No puedo comprender a qué se refiere, y eso me asusta, así que opto por no demostrar lo mucho que lo desprecio y ser lo más práctico posible.

―No― respondo.

―Eso es lo que yo les dije. Dije que un chico que llega a tales extremos para preservar su vida no va a estar interesado en echarla por la borda. Y después hay que pensar en su familia. Su madre, sus tres adorables hermanitos, y sus dos...primas― por el modo en que se detiene en la palabra "primas", puedo decir que sabe que Katniss y yo no somos familia; esa era una mentira que alguien inventó para justificar todo el tiempo que pasábamos juntos mientras mi romance con Madge estaba en pleno auge.

Bueno, ya está todo sobre la mesa. Así lo prefiero. Me gustan las cosas claras y no soporto las amenazas ambiguas. Prefiero con toda seguridad saber qué está en juego antes de jugar.

―Sentémonos.

El Presidente Snow toma un asiento ante el gran escritorio de madera pulida donde mi madre hace sus presupuestos. Como nuestra casa, que aún conservamos en la Veta, este es un lugar sobre el que él no tiene derecho, pero sobre el que tiene en última instancia todo el derecho, de ocupar. Me siento frente a él en una de las sillas talladas de respaldo vertical, y lo miro otra vez.

―Tengo un problema, señor Hawthorne― dice el Presidente Snow― Un problema que empezó en el momento en que sacaste ese veneno en la Arena.

Lo miro a los ojos y en mi mente rememoro ese momento; ese había sido el instante en que había decidido que si los Vigilantes tenían que elegir entre vernos a Madge y a mí cometer suicidio, lo que habría significado no tener vencedor, y dejarnos vivir a ambos, escogerían lo último.

―Si el Vigilante jefe, Seneca Crane, hubiera sido más listo, te habría eliminado allí mismo. Pero tenía una desafortunada vena sentimental. Así que aquí estás. ¿Puedes adivinar dónde está él?― pregunta.

―Usted lo mató― aseguro de inmediato, porque, por la forma en la que lo dice, está claro que Seneca Crane ha sido ejecutado. Por mi culpa.

¿Me siento culpable? No lo creo, pero la noticia sí me cae como una piedra en el estómago.

El olor a rosas y sangre se ha hecho más fuerte ahora que sólo nos separa un escritorio. Hay una rosa en la solapa del Presidente Snow, lo que por lo menos sugiere una fuente para el perfume de flores, pero debe de estar genéticamente mejorada, porque ninguna rosa real huele como esa. Y en lo que respecta a la sangre... no lo sé.

―Palabras peligrosas para un joven que tiene tanto que perder― su tono, aunque calmado y hasta algo risueño, por alguna razón, me hiela la sangre; de nuevo, indirectamente, está amenazando a mi familia.

Tranquilízate, Gale, tranquilízate o todo puede irse al demonio.

―Lo lamento― murmuro, entre dientes, bajando la cabeza con pena aunque en realidad no siento más que rabia y asco.

Snow suspira sentimentalmente y me concede su indulgencia con un gesto vago.

―Después de eso, no había nada que hacer salvo dejarte interpretar tu pequeña obra. Y también fuiste bastante bueno con eso del adolescente enamorado La gente del Capitolio estaba bastante convencida. Desafortunadamente, no todos en los distritos se tragaron tu actuación.

Mi cara debe de registrar por lo menos un breve desconcierto, porque se explica.

―Esto, por supuesto, tú no lo sabes. No tienes acceso a información sobre el humor en otros distritos. En varios de ellos, sin embargo, la gente vio tu pequeño truco con el veneno como un acto de desafío, no un acto de amor. Y si un chico pobre y mal alimentado del Distrito 12, de entre todos los distritos, puede desafiar al Capitolio y salir impune, ¿qué va a impedirles a ellos hacer lo mismo?― dice― ¿Qué hay que prever, digamos, un levantamiento?

Lleva un momento para que esta frase surta su efecto. Después todo su peso me golpea.

― ¿Hubo levantamientos?― Pregunto, tan helado como eufórico ante la posibilidad.

Un levantamiento sería mi mayor sueño cumplido, lo que he esperado ansiosamente por tantos años. Sin embargo, al mismo tiempo sé que eso no significaría nada bueno para mí ni mis seres queridos.

―Aún no. Pero vendrán si el curso de las cosas no cambia. Y es sabido que los levantamientos llevan a la revolución― el Presidente Snow se frota un punto sobre la ceja izquierda, el mismo punto donde yo mismo tengo jaquecas― ¿Tienes idea de lo que eso significaría? ¿Cuánta gente moriría? ¿A qué condiciones tendrían que enfrentarse los que sobrevivieran? Cualquiera que sean los problemas que alguien tenga con el Capitolio, créeme cuando lo digo, si este liberara su agarre sobre los distritos siquiera por un corto período, todo el sistema se colapsaría.

Me desconcierta su franqueza e incluso la sinceridad de su discurso. Como si su principal preocupación fuera el bienestar de los ciudadanos de Panem, cuando no hay nada más lejos de la realidad. No quiero decir las siguientes palabras en voz alta, mucho menos en su cara, pero lo hago:

―Debe de ser muy frágil, si un adolescente pobre y mal alimentado puede derribarlo.

Hay una larga pausa en la que me examina. Después se limita a decir:

―Es frágil, pero no en la forma en que tú supones.

Me mira, y casi puedo sentirme pequeño e insignificante frente a sus fríos ojos de serpiente.

Hay un golpeteo en la puerta, y el hombre del Capitolio mete la cabeza.

―Su madre quiere saber si desea té.

―Lo desearía. Desearía té― dice el presidente. La puerta se abre más, y allí está mi madre, sosteniendo una bandeja con el juego de porcelana que la madre de Madge, la esposa del alcalde, le regaló cuando nos mudamos aquí― Déjelo aquí, por favor― Coloca su libro en la esquina del escritorio y da unos golpecitos sobre el centro.

Mi madre coloca la bandeja en el escritorio. Contiene una tetera pequeña y tazas, crema y azúcar, y un plato de galletas glaseadas con flores cuidadosamente coloreadas. El glaseado sólo puede ser obra de Peeta Mellark, el hijo del panadero. Son las galletas que él prepara todas las mañanas y que mi madre y Madge le compran. Mis hermanos las adoran.

―Qué imagen tan agradable. Sabes, es gracioso con qué frecuencia la gente se olvida de que los presidentes también tienen que comer― dice encantadoramente el Presidente Snow. Su tono amigable parece relajar a mi madre un poco.

― ¿Puedo servirle otra cosa, señor? Puedo cocinarle algo más si tiene hambre― ofrece.

―No, esto no podría ser más perfecto. Gracias, señora Hawthorne― dice, claramente despidiéndola, pero ella no se marcha de inmediato.

―Mamá, ¿por qué no vas a ver si Madge necesita ayuda?― propongo, intentando parecer sereno― Aún no había preparado nada cuando salí.

Mi madre asiente, me lanza una mirada, y se va. El Presidente Snow vierte té para ambos y llena el suyo con crema y azúcar, después se toma su tiempo revolviendo. Presiento que ya ha dicho todo lo que tenía que decir y que está esperando a que yo responda.

―No pretendía empezar ningún levantamiento. Lo juro― le digo. Y es la verdad. Al inicio de los Juegos yo estaba listo para morir, todo lo que pasó después escapó completamente a mi control.

―Oh, sí que lo pretendías, aunque no fuera de forma consciente. ¿Crees que no te conozco? ¿Que no te he investigado? Conozco muy bien a los de tu clase, gente de manos maltratadas y mejillas hundidas, rencorosos y enojados. Pero eso no importa. Tu estilista resultó ser profético en su elección de vestuario. Gale Hawthorne, el chico del carro en llamas, has proporcionado la chispa que, de quedar desatendida, puede aumentar hacia un infierno que destruya Panem. ¿Es eso lo que quieres? ¿Ver morir todo lo que amas por algo que pudo evitarse?

Lo miro, y no puedo evitar que mis ojos se llenen de lágrimas, lágrimas de rabia e impotencia.

Siempre he querido una revolución, y ahora Snow me ha arrebatado hasta ese anhelo secreto. Lo ha convertido en una pesadilla.

―No.

―Muy bien. Eres inteligente.

Los dos guardamos silencio por espacio de unos segundos. Entonces una idea me asalta y embota mis sentidos.

― ¿Por qué no me mata ahora?― suelto de repente, apretando los puños sobre mis rodillas― Si todo lo que hago está mal, si solo le causo problemas, máteme.

― ¿Públicamente?― pregunta― Eso sólo añadiría más combustible a las llamas.

―Entonces arregle un accidente― no puedo creer que casi esté rogando porque me asesine, pero no puedo evitarlo. Ya no me importa la revolución, solo quiero que este sujeto nos deje en paz y vuelva al Capitolio.

― ¿Quién se lo creería? No tú, si estuvieras mirando.

Sus palabras me llenan de un terror indescriptible. ¿Qué es lo que eso significa? Estoy demasiado preocupado para entenderlo ahora.

―Entonces sólo dígame lo que quiere que haga y lo haré― ruego, completamente decidido a tragarme mi orgullo y someterme otra vez al Capitolio con tal de salvar a mi familia.

―Si sólo fuera tan sencillo― toma una de las galletas floreadas y la examina― Encantador. ¿Las hizo tu madre?

― ¿Qué importa?― no puedo creer que quiera hablar de galletas en este momento, y por primera vez, encuentro que no puedo sostenerle la mirada― Las hace Peeta, el panadero― contesto a regañadientes.

―O, sí. El simpático amigo de la señorita Undersee. ¿Peeta Mellark, verdad? Él y Madge son muy unidos... Y hablando de ella, ¿cómo está el amor de tu vida?

Lo miro una vez más y frunzo el ceño.

―No dañe a Madge. Ella no tiene nada que ver― pido, casi se lo exijo, pero él no parece escucharme.

― ¿Son felices viviendo juntos?

Esa pregunta me desconcierta, pero me da a entender que solo hablará bajo sus términos y nada más.

―Sí. Lo somos― miento; o no lo hago. Realmente nunca me había detenido a pensar en eso.

―Y dime, ¿en qué punto se dio cuenta del grado exacto de tu indiferencia?― pregunta, mojando su galleta en el té.

―Madge no me es indiferente.

―Tal vez no, pero tampoco estás tan encantado con ella como le hiciste creer al país.

― ¿Quién dice que no lo estoy?

―Yo― dice el presidente― Mudarte con ella fue una buena estrategia que ayudó bastante, pero no estaría aquí si fuera el único que tuviera dudas. ¿Cómo está tu linda prima?

― ¿Katniss?― su pregunta me descoloca, pero intento disimularlo― No lo sé... Yo no...― Mi repulsión ante esta conversación, ante el discutir mis sentimientos sobre dos de las personas que más me importan con el Presidente Snow, me supera.

―Hable, señor Hawthorne. A ella puedo matarla fácilmente si no llegamos a una feliz resolución― dice― No le estás haciendo ningún favor desapareciendo en el bosque con ella cada domingo mientras tu novia aguarda pacientemente en la casa que comparte contigo.

Me quedo sin palabras y la lengua se me pega al paladar sin que puedo hacer nada.

Si sabe esto, ¿qué más sabe? ¿Y cómo lo sabe? Mucha gente podría decirle que Katniss y yo nos pasamos los domingos cazando. ¿No aparecemos al final de todos ellos cargados de caza? ¿No lo hemos hecho durante años? La verdadera cuestión es qué cree él que sucede en el bosque más allá del Distrito 12. Seguro que no nos han estado rastreando allí. ¿O sí? ¿Nos podrían haber seguido? Eso parece imposible. Por lo menos por una persona. ¿Cámaras? Eso nunca se me pasó por la cabeza hasta este momento. El bosque siempre ha sido nuestro lugar seguro, nuestro lugar más allá del alcance del Capitolio, donde somos libres de decir lo que sentimos, ser quienes somos, sobre todo para mí. Por lo menos antes de los Juegos. Si nos han estado observando desde entonces, ¿qué es lo que han visto? A dos personas cazando, diciendo cosas traidoras contra el Capitolio, sí. Pero no a dos personas enamoradas, que es lo que parece ser la implicación del Presidente Snow. En ese sentido estamos seguros. A menos que...

Oh, no puedo creerlo.

Sólo sucedió una vez. Fue rápido e impulsivo, pero sucedió.

Después de que Madge y yo llegáramos a casa de los Juegos, pasaron varios meses antes de que viera a Katniss a solas. Primero estaban las celebraciones obligatorias. Un banquete para los vencedores al que tan sólo estaba invitada la gente de más categoría. Una fiesta para todo el distrito con comida gratis y entretenimientos traídos desde el Capitolio. El Día del Paquete, el primero de doce, durante el cual se le entregaban paquetes de comida a cada persona del distrito. Ese fue mi favorito. Ver a todos esos niños hambrientos en la Veta corriendo por allí, agitando latas de salsa de manzana, latas de carne, incluso golosinas. En casa, demasiado grandes como para llevarlas manualmente, estarían los sacos de grano, latas de aceite. Saber que una vez al mes durante un año todos recibirían otro paquete, esa fue una de las pocas veces en que me sentí bien de verdad por ganar los Juegos.

Así que entre las ceremonias y los eventos y los periodistas documentando cada movimiento mío mientras presidía y agradecía y besaba a Madge para el público, no tenía privacidad en absoluto. Después de unas cuantas semanas, las cosas se calmaron por fin. Los cámaras y los periodistas hicieron las maletas y se fueron a casa. Madge y yo asumimos la relación de amistad que habíamos mantenido desde entonces y nos mudamos juntos debido a que yo ya era mayor de edad. Mi familia se asentó en la casa de la Aldea de los Vencedores y la vida diaria del Distrito 12 -trabajadores a las minas, niños a la escuela- recuperó su ritmo normal. Esperé hasta que pensé que de verdad ya no había moros en la costa, y entonces un domingo, sin decírselo a nadie, me levanté horas antes del amanecer y salí hacia el bosque.

El tiempo aún estaba lo bastante cálido como para que no necesitara tomar precauciones. Empaqueté una bolsa llena de comidas especiales, pavo frío, queso, pan fresco y naranjas. Como siempre, la valla no estaba cargada y era fácil deslizarse hacia el bosque y recuperar mi arco y mis flechas. Fui a nuestro sitio, el de Katniss y mío, donde habíamos compartido el desayuno la mañana de la cosecha que me envió a los Juegos.

Esperé por lo menos dos horas. Había empezado a pensar que ella había renunciado a mí en las semanas que habían pasado, o que ya no le importaba. Que me odiaba, incluso. Y la idea de perderla para siempre, a mi mejor amiga, la única persona a la que le había confiado mis secretos, la única chica que había querido en toda mi vida, era tan dolorosa que no pude soportarla. No por encima de todo lo que había pasado. Podía sentir un nudo empezando a formarse en mi garganta de la forma en que hace cuando me pongo triste.

Entonces alcé la vista y allí estaba ella, a unos pocos metros de distancia, evitando mirarme a la cara.

Sin pensar siquiera, me levanté de un salto y la rodeé con los brazos, levantándola por los aires, haciendo un sonido raro que combinaba risa, ahogo y llanto. Ella me abrazaba con tanta fuerza que no podía verle la cara, jamás la había sentido tan frágil y pequeña junto a mi cuerpo, y pasó mucho, mucho tiempo antes de que la soltara, y eso fue porque no tenía mucha elección, ya que a ella le había dado un ataque de hipo increíblemente ruidoso y tenía que beber algo.

Hicimos lo de siempre ese día. Comimos el desayuno. Cazamos, pescamos y recolectamos. Hablamos de la gente de la ciudad, pero no sobre nosotros, su nueva vida sin mí o mi tiempo en la arena. Sólo sobre otras cosas. Para cuando estuvimos en el agujero en la valla que está más cerca del Quemador, me parece que creía de verdad que las cosas volverían a ser lo mismo, o incluso mejores. Que podríamos seguir adelante como siempre, o no; quise creer que Katniss, la siempre reticente Katniss, tal vez se había dado cuenta de que sentía por mí lo mismo que yo por ella.

Le había dado a Katniss toda la caza para canjear ya que mi familia y yo ya no lo necesitábamos. Le dije que no pasaría por el Quemador, incluso aunque tenía muchas ganas de ir allí, porque Madge y mi madre ni siquiera sabían que había ido a cazar y se estarían preguntando dónde estaba. Su cara de desilusión removió algo en mi interior; entonces, de pronto, mientras ella estaba pidiéndome revisar diariamente las trampas por las mañanas, sin pensarlo tomé su rostro entre mis manos y la besé.

Katniss no estaba preparada en absoluto. Creí que después de conocerla por tantos años sabría todo lo que había que saber sobre sus labios. Pero no me había imaginado lo cálidos se sentirían presionados contra los míos. Creo que ella hizo algún sonido en la parte baja de su garganta, y recuerdo vagamente mis dedos, cerrados con fuerza, posados contra sus mejillas. Ella tensó su cuerpo, entonces la solté y dije, "Tenía que hacerlo. Por lo menos una vez." Y me fui.

El camino a casa fue acompañado por mis pensamientos acerca de mi atrevimiento de besar a Katniss, y todas las veces que besé a Madge de la misma manera. No tenía sentido compararlo con los muchos besos que había intercambiado con ella. Aún no había decidido si alguno de esos contaba. Al final decidí no pensar más en ello y poner mi mejor cara para enfrentar a Madge al llegar a nuestra casa, como si nada hubiera pasado.

Esa semana me encargué de las trampas y dejé la carne en casa de la señora Everdeen. Pero no vi a Katniss hasta el domingo, porque el sábado estuve casi todo el día acompañando a Madge en casa de sus padres, intentando leer algunos de los periódicos del Capitolio. Tenía todo este discurso preparado, sobre cómo siempre quise que ella fuera mi novia y cómo planeaba huir del Distrito 12 y casarme con ella, pero al final no lo usé. Katniss actuó como si el beso nunca hubiera sucedido. Tal vez estaba esperando que yo dijera algo. En vez de ello, no sé porqué, me limité a fingir también que nunca había sucedido. Pero sí lo había hecho. Yo mismo había hecho añicos una barrera invisible entre nosotros y, con ella, cualquier esperanza que teníamos de recuperar nuestra antigua amistad sin complicaciones. Sin importar cuánto fingiera, nunca pude lograr que volviera a sentirse como antes. Ni con ella ni con Madge; todo era demasiado confuso. Me sentí pleno al besar a Katniss, pero también me sentí culpable por Madge. Y creo que todavía me siento de la misma forma.

Todo esto cruza mi cabeza en un instante mientras los ojos del Presidente Snow se clavan en mí tras la amenaza de matar a Katniss. Y no puedo evitar sentirme como un estúpido.

Tal vez no supiera nada de los potenciales levantamientos, pero sabía que estaban enfadados conmigo. En vez de actuar con la precaución extrema que la situación requería, ¿qué había hecho? Desde el punto de vista del presidente, había ignorado a Madge y alardeado de mi preferencia por la compañía de Katniss ante todo el distrito. Y haciendo eso había dejado claro que estaba, de hecho, burlándome del Capitolio. Ahora había puesto en peligro a Katniss y a su familia, la mía, y también a Madge, por mi despreocupación.

―No le haga daño a Katniss― ruego― Sólo es mi amiga. Ha sido mi amiga durante años. Eso es todo lo que hay entre nosotros. Además, ahora todo el mundo cree que somos primos.

―Sólo estoy interesado en cómo afecta a la dinámica de tu relación con Madge, y en consecuencia afectando al humor en los distritos.

―No afectará nada. Todos verán que estoy tan enamorado de ella como lo estaba durante la gira.

―Como lo estás― corrige el Presidente Snow.

―Como lo estoy― confirmo, casi temblando de pies a cabeza.

―Sólo que lo tienes que hacer aún mejor si se van a evitar los levantamientos. Esta gira será tu única oportunidad para darle la vuelta a las cosas.

―Lo sé. Lo haré. Convenceré a todos en los distritos, lo juro.

El Presidente Snow se levanta y se limpia los labios hinchados con una servilleta.

―Apunta más alto por si acaso te quedas corto.

Levanto la vista de nuevo, sin entender sus palabras.

― ¿Apuntar más alto?― Pregunto.

―Convénceme a mí― dice. Deja caer la servilleta y recoge su libro. No lo miro mientras se dirige hacia la puerta, así que me sobresalto cuandoo dice a mis espaldas― Por cierto, sé lo del beso.

Me quedo completamente paralizado ante la sorpresa mientras lo escucho abrir la puerta, y también me paralizo ante mi inmediata respuesta:

―Por favor, no se lo diga a Madge― ni sé porqué le pido eso, pero es lo primero que sale de mi boca.

―Descuida. Éste será un acuerdo estrictamente entre caballeros, señor Hawthorne.

Después la puerta se cierra tras él.

El olor a sangre... estaba en su aliento.

¿Qué es lo que hace? Pienso. ¿Beberla? Me lo imagino bebiéndola en una taza de té, mojando una galletita y sacándola goteando sangre roja y espesa.

En el exterior de la ventana, el coche vuelve a la vida, suave y silencioso como el ronroneo de un gato, después desaparece en la distancia. Se va tal y como llegó, sin llamar la atención.

La habitación parece estar dando vueltas, y tengo que levantarme y correr hasta el baño más próximo para arrojar todo lo que he comido esta mañana en el Quemador.

Una visita del Presidente Snow. Distritos al borde de levantamientos. Una amenaza de muerte directa hacia Katniss, con otras que la seguirían. Todos a quienes quiero condenados. ¿Y quién sabe quién más pagará por mis acciones? A no ser que le dé la vuelta a las cosas en esta gira. Calmar el descontento y tranquilizar la mente del presidente. ¿Y cómo? Demostrando al país sin sombra de duda que amo a Madge Undersee.

No puedo hacerlo, pienso. No soy tan bueno. Madge es la buena en esto, la que le agrada al público. Puede hacer que la gente se crea cualquier cosa. Yo soy el que se calla y se sienta y deja que ella hable por los dos tanto como sea posible. Pero no es Madge quien tiene que demostrar su amor. Soy yo.

Me quedo sentado junto al retrete, con la vista perdida en algún punto del piso de madera.

Estoy atrapado.

oOo

Realmente no sé cómo consigo salir de esa casa y enfrentar a todo mundo como si nada hubiera pasado, pero lo hago.

El resto del día es un borrón de imágenes y frases sin sentido hasta que estoy en la pequeña y lujosa sala del tren del Capitolio, solo esperando en silencio.

Sé que tengo que contarle a Madge lo que está pasando, pero primero necesito decírselo a Haymitch, pedir su consejo lo cual es irónico teniendo en cuenta que el año pasado me negaba a escucharlo. Pero fue gracias a él que pude salvarnos a los dos de la muerte, y, bien o mal, fue él quién me ayudó a planear cómo sacar a Madge del Estadio con vida.

Le debo muchas cosas a ése hombre, más de las que me gustaría.

Cuando parece que todos se han acostado ya, me levanto del sofá y voy hasta su puerta. Tengo que llamar varias veces antes de que responda, con una mirada asesina, como si estuviera convencido de que solo le traigo malas noticias.

― ¿Qué quieres?― dice, mareándome con la nube de vapores de licor que sale de su habitación.

―Tengo que hablar contigo.

― ¿Ahora?― Pregunta.

― ¿Qué? ¿Estás muy ocupado acaso?

―Más te vale que sea bueno― Haymitch espera, pero estoy seguro de que cualquier palabra que digamos en un tren del Capitolio está siendo grabada― ¿Y bien?

El tren empieza a frenar y por un segundo pienso que el Presidente Snow me está mirando y no aprueba que confíe en Haymitch y ha decidido seguir adelante y asesinarme aquí y ahora. Pero sólo estamos parando para repostar.

―Creo que necesito aire fresco― digo. Es una frase trillada, pero veo que los ojos de Haymitch se estrechan con comprensión.

―Sí; yo también― pasa por mi lado y se va por el pasillo, trastabillando hasta una puerta. Cuando consigue abrirla, una ráfaga de nieve nos golpea y Haymitch cae al suelo. Una encargada del Capitolio se apresura a ayudar, pero él rechaza su ayuda alegremente mientras sale a trompicones.

―Yo lo traeré― me apresuro a decir. Salto del tren y voy tambaleándome por la vía detrás de él, empapándome los zapatos de nieve, mientras me dirige más allá del final del tren, donde nadie nos oirá. Después se vuelve hacia mí y frunce el ceño, expectante.

― ¿Qué? Suéltalo.

Se lo cuento todo. Sobre la visita del presidente, sobre Katniss, sobre cómo todos vamos a morir si fracaso.

Su expresión se vuelve sobria, envejece bajo el brillo de las luces rojas traseras y se vuelve más serie y tajante.

―Entonces no puedes fracasar.

―Creo que eso es bastante obvio. Gracias― respondo con sarcasmo. Estoy a punto de explotar toda la tensión que he cargado sobre mis hombros durante todo el día.

Haymitch chasquea la lengua con desagrado y me mira fijo.

― ¿Qué quieres de mí, chico?

Esa simple pregunta lo desata todo.

― ¡Ayúdame!― grito. Haymitch y yo nunca nos hemos llevado bien, pero esta vez de verdad necesito de su ayuda― Necesito saber que me ayudarás; que tendré tu apoyo para sobrevivir a este viaje, y...

―No, Gale, no es sólo este viaje― me interrumpe, moviendo las manos delante de su cuerpo.

Me sobresalto y tuerzo los labios con perspicacia.

― ¿Qué quieres decir?

―Incluso si salieras adelante ahora, volverán en pocos meses a llevarnos a todos a los Juegos. Tú y Madge son mentores ahora; cada año de ahora en adelante. Y cada año revivirán el romance y publicarán los detalles de su vida privada, y jamás podrás hacer nada que no sea vivir feliz para siempre con esa chica.

El pleno impacto de lo que está diciendo me golpea aún más duro que una bofetada.

Nunca tendré una vida con Katniss, ni siquiera si ella me acepta. Nunca me permitirán casarme con ella. Tendré que estar eternamente enamorado de Madge. El Capitolio insistirá en ello. Tal vez tenga unos pocos años, porque ella acaba de cumplir diecisiete, pero pronto no bastará solo con vivir juntos.

Y después...

― ¿Entiendes lo que quiero decir?― Me presiona.

Asiento. Quiere decir que sólo hay un futuro, si quiero mantener a mis seres queridos con vida y seguir con vida yo mismo. Tendré que casarme con Madge.

Accedí a vivir con ella porque soy consciente de que metí la pata hasta el fondo con el Capitolio, que actué sin pensar ante la posibilidad de poder salvarnos a ambos, y, porqué no, de burlar al presidente en el camino. Fue una estupidez, lo sé, por eso me vi en la obligación de fingir estar locamente enamorado de ella, que estoy tan cegado de amor que no pude el resistir pedirle que viviera conmigo. No soy estúpido, y sabía que todo esto, tarde o temprano, podría terminar con una boda, una familia e hijos, o, en el mejor se los casos, en un compromiso eterno. Y sabía que no era justo, ni para ella ni para mí, pero si de algo estaba seguro era de que haría lo posible por mantenerla a salvo a ella y a todos quienes amamos y que yo he puesto en peligro. Pero tener la confirmación de esa sospecha es más de lo que puedo resistir.

—No la amo. No de esa forma— confieso, aunque mis sentimientos son realmente demasiado confusos, casi como si Haymitch pudiera hacer o decir algo para evitar todo aquello.

Haymitch se encoge de hombros y se da vuelta para regresar al tren. Aún sobre las vías, antes de volver a subir al vagón, me da una palmadita en el hombro y dice:

―Podría haber sido mucho peor, y lo sabes.

Sube al tren y se aleja por el pasillo, llevándose el olor a vino consigo.

Me quedo allí parado por un buen rato. No quiero enfrentar a Madge todavía; en realidad no puedo hacerlo. ¿Qué se supone que voy a decirle? ¿Prepárate porque Snow nos va a obligar a casarnos?

Me siento en las escaleras de metal y levanto la vista hacia las estrellas, pensando en mi conversación con Haymitch. Todo lo que ha dicho sobre las expectaciones del Capitolio es cierto, al igual que mi futuro con Madge, e incluso su último comentario. Por supuesto, podría haberme ido mucho peor que Madge. Pero eso no es lo importante, ¿o sí? Una de las pocas libertades que tenemos en el Distrito 12 es el derecho a casarnos con quien nos plazca o a no casarnos en absoluto. Y ahora hasta eso me ha sido arrebatado. Me pregunto si el Presidente Snow insistirá en que tengamos hijos. Yo siempre he querido tener hijos, formar una familia con niños corriendo por doquier. Si los tenemos, tendrán que enfrentarse a la cosecha cada año. ¿Y no sería todo un espectáculo ver al hijo no sólo de uno, sino de dos vencedores, elegido para la Arena? Ya han habido hijos de vencedores cosechados. Siempre es causa de mucha excitación y genera mucho de qué hablar sobre cómo la suerte no está de parte de esa familia. Pero sucede con demasiada frecuencia como para tratarse sólo de suerte. Siempre he estado convencido de que el Capitolio lo hace a propósito, y me temo que dados todos los problemas que he causado, probablemente haya garantizado a cualquier hijo mío un puesto en los Juegos.

Entonces pienso en Haymitch, soltero, sin familia, ahogando al mundo en la bebida. Podría haber elegido a cualquier mujer del distrito y formar una familia, con hijos, y, posteriormente, nietos. Y en cambio eligió la soledad. No, no la soledad. Más bien el confinamiento solitario; alejado de todo y de todos, viviendo como una coraza vacía. Sin hijos ni nietos jamás tendría que sufrir la pérdida de alguno de ellos a manos del Capitolio.

Y empiezo a sentir que lo entiendo.

Mi mente busca alternativas frenéticamente. No puedo dejar que el Presidente Snow me condene a esto. Incluso aunque suponga terminar con mi vida. Antes que eso, sin embargo, intentaría huir. ¿Qué harían si simplemente me esfumara? ¿Si desapareciera en el bosque y nunca más volviera a salir? De hecho, ya lo había pensado antes. Muy poco probable pero no imposible. Incluso ahora podría escapar; correr en línea recta por la nieve, y nadie notaría mi ausencia hasta que fuera demasiado tarde... Pero la falla primordial de ese plan sería que de hacerlo estaría abandonando a mi familia y a los demás a su suerte. No puedo hacer eso.

Sacudo la cabeza para aclararla. Este no es el momento de hacer locos planes de escape. Tengo que concentrarme en la Gira de la Victoria. Los destinos de demasiadas personas dependen de que ofrezca un buen espectáculo.

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Continuará…

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N del A:

Gracias a todos quienes dejaron sus reviews.

Lamento la demora pero apenas dispongo de tiempo últimamente :)

Hasta la próxima!

H.S.