Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen.

.


.

3

El Distrito 11

.


oOo

Ni siquiera puedo pretender que estoy durmiendo. Me paso la noche observando la espalda de Gale en la oscuridad. Sé que él tampoco duerme, pero se esfuerza por demostrarme lo contrario para no tener que hablar conmigo.

Me preocupa. Quiero preguntarle qué es lo que le pasa, qué está mal para así entre los dos poder solucionarlo, pero no me atrevo.

Al pasar tanto tiempo con Gale aprendí que si quieres algo de él debes ser paciente y dejar que él mismo se acerque a ti. Si intentas presionarlo no obtendrás nada, sólo que se encierre aún más en su coraza.

El amanecer llega antes que el sueño, y allí está Effie, golpeando en nuestra puerta para llamarme solo a mí.

― ¿Quieres que despierte a Gale?― pregunto, sin salir de la cama.

― ¡Oh no, no, no! Déjalo dormir un poco más. Solo te necesitamos a ti, querida. ¡Cinco minutos!― canturrea y después se va. Escucho sus tacones por todo el corredor.

Me levanto y busco algo que ponerme en los cajones antes de ir hasta el vagón comedor. Me cambio en el baño y regreso a la habitación sólo para asegurarme de que Gale sigue dormido, o que al menos finge estarlo. Todo sigue exactamente igual.

No me esmero mucho en arreglarme hoy, pero no importa, ya que debido a que es un día de viaje me pasaré todo el día recibiendo las atenciones de mi equipo de preparación, o al menos eso me explica Effie durante el desayuno.

No me extraña. He leído que en el sur de Panem jamás cae nieve o se arruinarían las cosechas, así que supongo que deberé mostrar mucha más piel que en casa en cada parada, y mi ayudante no hace más que confirmarlo:

―En el Distrito 11 casi siempre hace un magnífico día soleado― dice Effie con una sonrisa tan blanca como la nieve.

El Distrito 11. Nuestra primera parada. El hogar de la pequeña Rue...

Se me estruja el corazón al recordarla, y no puedo evitar preguntarme qué pensará Gale al respecto. De seguro preferiría empezar en cualquier otro distrito y pasar del 11. Pero así no es como funciona la Gira de la Victoria. Habitualmente empieza en el Distrito 12 y después va en orden descendente de distrito hasta el 1, seguido del Capitolio. El distrito del vencedor se salta y se reserva para el final de todo. Ya que el 12 ofrece la celebración menos fabulosa de todas, que habitualmente consiste sólo una cena para los tributos y un rally de victoria en la plaza, donde nadie tiene pinta de estarse divirtiendo en lo más mínimo, es probablemente mejor sacarnos de en medio tan pronto como sea posible. Pero este año, por primera vez desde que Haymitch ganó, la parada final de la gira será el 12, y el Capitolio será de lo más generoso con las festividades.

― ¿Dónde están los demás?― Pregunto, mirando a Effie con duda.

―Oh, quién sabe dónde está Haymitch― resopla. En realidad no esperaba a Haymitch porque probablemente esté aún acostándose― Cinna estuvo despierto hasta tarde organizando tu vagón de vestuario. Debe de tener más de un centenar de vestidos para ti. Tu ropa de noche es exquisita, y me encantan tus diseños. Oh, y el equipo de Gale probablemente aún esté durmiendo.

― ¿Por qué?

―Porque él no necesita tanta preparación como tú, querida― canturrea mientras observa su reflejo en una cuchara de plata.

― ¿Por eso no querías que lo despertara?

―Exacto. Anda, come Madge.

Empiezo mi desayuno en silencio, y mi equipo no tarda en aparecerse por la puerta, pidiendo café con extraños berridos y compartiendo pastillas de brillantes colores. Por lo que he visto, nunca se levantan antes de mediodía a no ser que haya algún tipo de emergencia nacional, como el vello de mi cuerpo.

Es una tortura a la que ya estoy acostumbrada. Desde que empecé a crecer mi madre me enseñó todos esos rituales a los que una mujer debe someterse, es decir, la depilación, el maquillaje y demás. No hay mucho vello que quitar debido a que he hecho la mayor parte del trabajo en casa, pero aun así tienen que exfoliarme de pies a cabeza. Me sumerjo en una bañera llena de una solución espesa y maloliente, mientras mi cara y cabello son embadurnadas con cremas. Dos baños más siguen, con otros mejunjes menos ofensivos. Me depilan y restriegan y masajean hasta que quedo en carne viva.

Cuando los tres están trabajando en los arreglos finales Flavius me alza la barbilla y suspira.

―Es una vergüenza que Cinna dijera que no se te hicieran alteraciones.

— ¿Luzco mal?— pregunto con algo de miedo. No es que sea vanidosa, pero no me gustaría verme como un monstruo tampoco.

― ¡Que va, querida! Eres una verdadera preciosidad con tu cuerpo perfecto, el hermoso cabello y esos increíbles ojos azules— dice Octavia, con algo de resentimiento— Pero creo que toda esa belleza podría resaltar mucho más con algunos retoques o tatuajes, o unos centímetros menos de caderas, ¿no creen?

―Cuando sea mayor― dice Venia― La belleza natural no es para siempre. Cinna tendrá que dejarnos.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda con tan sólo imaginar lo que harían conmigo si pudieran, pero trato de pensar mucho en eso y sonreír.

Respeto las modas, pero ni aunque me obliguen me teñiré la piel de verde ni me implantaré gemas o bigotes en el rostro. Vi todas esas cosas y más en la gente del Capitolio. Esa gente no parece tener la más mínima idea de lo monstruosos que nos parecen a los demás en los distritos, y la verdad no quiero unirme a su circo del horror, como Gale suele llamarlo.

Recién soy libre a la hora de la comida, y voy hasta el comedor sólo para darme cuenta de que Effie, Cinna, Portia, Haymitch y Gale han empezado sin mí, así que saludó a todos y me siento junto a mi supuesto novio.

Hablamos un rato sobre la comida y lo bien que se duerme en los trenes. Todo el mundo está lleno de excitación por la Gira. Bueno, todo el mundo excepto Haymitch. Él está callado, seguramente con resaca, y mordisquea un trozo de pan. Yo me sirvo un poco de arroz, verduras y ternera, pero noto que Gale juguetea con su plato de caldo, mirando hacia la nada, como si su cuerpo estuviera aquí pero su mente no. Ni siquiera me mira cuando me siento, y ni se da por enterado de mi presencia.

Portia y los demás tratan de incluirlo en la conversación, pero simplemente no les hace caso. En algún punto, el tren se detiene. El conductor anuncia que no será tan sólo una parada para repostar, alguna parte no funciona y tienen que sustituirla. Requerirá por lo menos una hora. Esto le provoca un ataque a Effie. Saca su horario y empieza a trabajar en cómo el retraso impactará en cada evento durante el resto de nuestras vidas, y me doy cuenta de que por primera vez Gale alza la vista, lanzándole esa mirada que yo ya conocía bien, la que advierte que claramente va a estallar en cualquier momento.

― ¡Cierra la estúpida boca de una vez, Effie!― grita, golpeando su plato y arrojándolo al suelo. Todos en la mesa lo miramos, incluso Haymitch.

—Gale— se escandaliza Portia, alzando una mano para tocarle el hombro, pero él la ignora.

—Déjenme en paz— masculla, levantándose y abandonando el vagón comedor, dejándonos a todos con la boca abierta.

—Iré a hablar con él— digo rápidamente, limpiándome la boca con mi servilleta— Disculpen. Gale no se ha sentido bien últimamente.

Me despido con una sonrisa nerviosa y salgo por el corredor.

Escuchó una alarma al final del pasillo y encuentro la puerta de salida abierta y forzada, sin duda por mano de Gale. Y me asomo al exterior esperando sentir el aire helado y ver nieve, pero el aire es cálido y agradable sobre mi piel. Los árboles aún tienen hojas verdes. ¿Cuánto al sur hemos llegado en un día?

El sol me molesta en los ojos, pero me esfuerzo para poder ver, y encuentro a Gale caminando por las vías, también intentando protegerse del la luz.

— ¡Gale!— lo llamo, pero me ignora, así que con algo de miedo me sostengo de la escalerilla de metal y también bajo del tren para seguirlo— ¡Gale, espera!— lo vuelvo a llamar, pero sus pies siguen avanzando por la vía, pasando el final del tren, dejándolo atrás. Después de un centenar de metros finalmente se detiene, se deja caer al suelo y se sienta allí, mirando a la distancia. En éste punto me detengo un momento y suspiro. Al menos no intentará huir.

Le doy unos cuantos minutos antes de acercarme, y después de un rato camino hacia él sobre las vías, con mucho cuidado de no caerme y lastimarme.

—Gale.

―Déjame solo, Madge― dice, mirándose los pies— No quiero hablar ahora.

―No voy a dejarte. Somos un equipo, ¿lo olvidas?― digo, frunciendo el ceño mientras me acomodo el vestido para sentarme a su lado. Si algo me ha enseñado Gale en todo este tiempo que vivimos juntos es a ser tan obstinada como él cada que la ocasión lo amerita.

―Un equipo...― repite, soltando un largo resoplido— Se verá bonito en nuestras lápidas...— suspira, jugando con un manojo de hierba entre sus dedos.

― ¿De qué hablas?― preguntó, acomodando la falda de mi vestido una vez más― ¿Las lápidas de quién? Gale, ¿qué está pasando?

Él me mira fijamente por un rato, y lo veo dudar. Sus ojos grises tienen un brillo extraño, y las ojeras bajo ellos lo delatan. Algo le preocupa.

—No es nada. No sé porqué dije eso— responde con evasivas tras unos segundos, inspirando profundamente mientras desvía el rostro. Después guardamos silencio por un largo rato en el que una cálida brisa trae algún un refrescante aroma a tierra húmeda y algo ligeramente dulce.

—Hay árboles de fruta por allá— explica Gale, señalando hacia un costado, aunque yo no veo nada— Es ése aroma dulce. Deben estar detrás de esos setos.

Me sorprende que parece adivinar mis pensamientos.

— ¿Cómo lo sabes?

Él se encoge de hombros y dobla las rodillas hasta pagarlas al pecho. En esa posición casi parece un niño.

—Prácticamente crecí en el bosque. Cuando la fruta está demasiado madura se cae del árbol y al romperse suelta un olor dulce; tenemos suerte, porque cuando se pudre el olor es nauseabundo.

Los dos nos quedamos callados por un rato, y, cuando creo que pasa un tiempo prudencial, vuelvo a hablarle:

— ¿Por qué le gritaste a Effie, Gale?— suelto, sin poder contenerme. Sé que no la soporta, pero nunca se ha portado tan descortés con ella. Y Gale una vez más no responde de inmediato, sino que se toma su tiempo para reflexionar.

—Creo que estuvo mal— dice, encogiéndose de hombros otra vez.

—Sí. Fue muy grosero, e inapropiado.

Él me mira e inspira profundamente.

―Lo sé. Lo siento. Hablaré con ella luego— asegura y cruza los tobillos, sosteniéndose las rodillas con los brazos y volviendo a quedarse callado.

—Gale, si algo te molesta puedes decirme— insisto, tocando su brazo— Acordamos no tener secretos, ¿recuerdas?

Él no parece escucharme a la primera; por el contrario, se retrae mucho más en algún lugar de su mente. Levanta la vista al cielo despejado y la deja allí, pensativo, durante un momento que se me hace eterno.

—Alguna vez... ¿Has pensado en tener una familia?— dice de repente, sin mirarme— Un esposo, hijos...un perro, ¿por qué no?— sonrío cuando dice eso y él también lo hace, arrancando unas briznas de hierba para arrojarlas sobre sus botas.

Y al igual que él, me tomo unos segundo para responder.

—Cuando creces con dos padres que nunca tienen tiempo para ti aprendes a crear tu mundo perfecto de fantasía para no sentirte tan sola...— digo, llevándome las rodillas al pecho también para sentirme más cómoda— Cuando era niña imaginaba que un día conocería a al quien que me amaría con locura; me casaría con él y tendríamos tres o cuatro niños para que la casa siempre esté llena de ruido... Y así ya nunca estaría sola de nuevo.

—Sí, sé lo que es eso— lo veo sonreír, mirando hacia el horizonte otra vez.

— ¿Y tú?

— ¿Yo? Ya tengo una familia demasiado grande y ruidosa— ríe, y yo también.

—Pero no es eso a lo que refiero. ¿Te gustaría casarte? ¿Tener hijos?— es tonto pero me sonrojo al preguntar eso.

Como si tuviera alguna oportunidad. ¡Tonta, Madge!

—Por supuesto— asegura, bajando la mirada e ignorando mi ceño fruncido— O por lo menos así era antes de...ya sabes― hace un pausa y suspira de nuevo, cerrando los ojos un momento― Lo siento― dice. No estoy segura de por qué dice eso y él parece notarlo, así que lo aclara― Lamento haberte arrastrado a todo esto conmigo― añade, y entonces entiendo lo que quiere decir.

―No hay nada por lo que debas disculparte. Sólo nos estabas manteniendo con vida a los dos― me encojo de hombros, restándole importancia al asunto― Hicimos lo necesario para sobrevivir. Tú no tienes la culpa de nada.

Gale me mira con sus profundos ojos grises otra vez y las comisuras de sus labios se estiran levemente hacia arriba.

― ¿Sabes? Creo que te he juzgado mal, hija del alcalde― sonríe― Eres una buena cómplice.

Suelto una risita tonta para esconder el calor de mis mejillas.

―Vaya. ¿Acaso eso fue un cumplido, señor Hawthorne?

―Eso parece... Raro, ¿no?― se ríe.

Su franqueza me toma por sorpresa. Nunca antes habíamos hablando del futuro. Me da gusto que él se sienta lo suficientemente cómodo como para abrirse más conmigo, pero necesito saber qué es lo que pasa para que esté portándose así. Es extraño que Gale sea tan abierto, lo cual es una señal inequívoca de que algo anda mal.

—Gale, ¿qué es lo que pasa?— insisto, dejando todos los rodeos de lado. La voz me tiembla ligeramente, y veo que él lo nota— ¿Qué quería el presidente contigo?— preguntó lo que me ha estado molestando desde ayer.

Gale vacila y me doy cuenta de que evita mirarme a la cara. Sin embargo, no tarda en sonreírme. O al menos eso intenta, porque su expresión despreocupada no me convence del todo.

―No fue nada importante― dice, encogiéndose de hombros.

― ¿Cómo que no? El presidente no haría una visita en persona por nada― insisto.

Gale chasquea la lengua.

―No dije que no fue nada, dije que no era importante. No hablamos de ti, si eso te preguntas― dice después de un rato, cambiando el tema con una sonrisa. No puedo evitar sonreír también, pero sólo por un momento. Después vuelvo a mirarlo, seria, y pongo una mano en su mejilla para evitar que desvíe la vista.

―Gale― lo llamo; él me mira enseguida, incómodo pero expectante― Dijimos que nada de secretos, ¿lo recuerdas?― asiente― Entonces, dime, ¿qué quería el presidente contigo?

Gale se mueve y desvía la vista; creo que veo duda en sus ojos. Entonces endurece su expresión un segundo, y luego vuelve a relajarla, mirándome con fijeza.

―Madge, ¿confías en mí?― suelta, tomándome completamente por sorpresa.

―Por supuesto― aseguro, perdiéndome por un segundo en lo gris de sus ojos; son oscuros y apagados, pero si uno mira atentamente puede darse cuenta de la gran cantidad de emociones que son capaces de reflejar. Eso me hace olvidar hasta mi nombre.

Él entonces suspira y desvía la vista, acariciándose los dedos como si tratara de despertarlos.

―Entonces créeme que todo está bien― me vuelve a sonreír― Snow no quería nada importante. Sólo eran instrucciones.

― ¿Estás seguro?

Gale frunce el ceño y parpadea.

―Sí. Tú no tienes de qué preocuparte. El público ya te ama, sólo debes seguir luciendo igual de bonita.

Me sonrojo ante esa apreciación de mi apariencia, pero me obligo a recobrar el temple de inmediato. Gale, por su parte, sólo estira las piernas y vuelve a mirar hacia el horizonte, sumiéndose una vez más en sus propios pensamientos.

―Gale― vuelvo a llamarlo, haciendo que me mire, curioso y algo ¿incómodo? No lo sé a ciencia cierta― Somos un equipo, ¿verdad?― le suelto tras una larga bocanada de aire.

Siento su mirada penetrante de nuevo sobre mí, y luego su mano, fuerte y grande, acariciando la mía con suavidad mientras me sonríe. Es bueno sentir de nuevo sus dedos entrelazados con los míos, no por el espectáculo sino por auténtica amistad.

―Claro que sí, Madge― dice― Siempre seremos el mejor equipo de todos... Yo cazo, tú cocinas y Haymitch bebe, ¿lo recuerdas? Estamos juntos en esto, y lo estaremos hasta el final.

Sonrío ante su respuesta, pero, extrañamente, una parte mía no le cree, aunque no hago nada para demostrarlo. Hemos tenido un gran avance hoy como para echarlo a perder con mis dudas, sin embargo, esa misma parte me dice que algo está pasando, pero quiero confiar en Gale y creer que todo estará bien.

―Está bien, pero odiaría que volvieras a mentirme...― le advierto. Él arquea las cejas.

―Descuida. Te doy mi palabra.

― ¿Regresamos al comedor?

―Nah. Quedémonos aquí un rato más― me dice, estirándose.

Nos quedamos unos minutos más en silencio porque no hay que decir. Ya lo sabemos todo el uno del otro; no en vano hemos vivido en la misma casa por meses.

Sé que Gale ama el silencio, las lluvias de verano y las fresas silvestres; que su color favorito es el azul de un cielo despejado, que le gustan las cosas agridulces y las mentas, pero detesta las golosinas muy empalagosas. Que ama la música tanto como yo, y aunque no sabe tocarla le gusta que yo lo haga para él. Sé que no puede dormir después del amanecer, y que todos los días tiene que inspeccionar la casa antes de salir, más como hábito que por paranoia. Lo sé todo sobre él, y lo amo por los pequeños detalles que incluso él mismo ignora.

Así estoy de loca.

Y aunque sea a fuerza de costumbre él lo sabe todo sobre mí también, o al menos lo más importante, como que me encantan las rosas, razón por la que le ordenó a uno de los encargados de mantenimiento que siempre haya rosas recién cortadas en la casa cada mañana, aunque él piensa que no lo sé. Sabe que también adoro las fresas silvestres y el pato asado, que me gusta dormir hasta tarde y por eso nunca levanta las cortinas ni hace ruido al irse. Son cosas que uno inevitablemente aprende al pasar tanto tiempo con otra persona, pero que procure hacerlas siempre por mí, traerme fresas y dejarme dormir hasta tarde, significa que, de alguna forma, le importo. Sino no se molestaría en tenerlas tan presente. O eso me gusta pensar.

― ¿Anoche pudiste dormir?― pregunto cuando noto sus ojeras una vez más, y Gale me observa de soslayo.

―No mucho. La gira me trae un poco inquieto― admite con recelo.

―Ah. Lo noté― digo, y vuelvo a quedarme callada. No sé porqué no le creo una palabra. Es decir, sí creo que la Gira de la Victoria pueda ponerlo un poco ansioso, pero Gale ha pasado por tanto ya que dudo que esa sea la razón real de su insomnio.

Él es alguien fuerte, y a los fuertes sólo les asustan las extremadamente malas.

Un silbido nos avisa que el tren volverá a andar, así que, resignado, Gale se levanta y me extiende la mano. Volvemos al tren de la mano, y mientras caminamos por las vías me acuerdo de lo sucedido en el almuerzo.

―Deberías disculparte con Effie― reprocho― Te portaste muy mal con ella.

―Tal vez luego.

― ¡Gale!

―Lo haré luego, no arruines el momento― sonríe de lado y me ayuda a subir al vagón. Seguimos de la mano por uno de los corredores

― ¿Adónde vamos? Todos deben seguir en el comedor...

―Aún no quiero ver a nadie― me dice, haciendo una mueca― Me disculparé luego. Hay algo que quiero enseñarte.

Vamos al último vagón del tren. Hay sillas y sofás para sentarse, pero lo que es extraordinario es que las ventanas traseras se retraen hacia el techo así que estás en el exterior, al aire libre.

El cielo está despejado y de un bonito color azul, tal y como a Gale le gusta. Minutos después adivino que estamos cerca del Distrito 11 porque empezamos a ver inmensos campos abiertos con manadas de ganado vacuno pastando en ellos, tan distinto a nuestro hogar lleno de bosque.

―Vaya... Nunca había visto vacas tan gordas... Y vivas. Una sola de ellas me hubiera hecho rico en el Quemador― sonríe Gale, levantándose para poder ver mejor el paisaje. De repente parece de mejor ánimo.

Reducimos un poco la velocidad y creo que vamos a hacer otra parada, cuando una enorme valla aparece ante nosotros. La sonrisa de Gale se borra al instante, y toda su concentración pasa a ella.

Alzándose por lo menos a diez metros de altura y coronada por espirales retorcidas de alambre de espino, hace que la del Distrito 12 parezca infantil. Los ojos de Galr rápidamente inspeccionan la base, que está alineada con enormes placas de metal.

―No habría forma de salir por debajo de esas para salir a cazar― dice, irónico, estirando el cuello. Después vemos las torres de vigía, colocadas a intervalos regulares, ocupadas por guardias armados, tan fuera de lugar entre los campos de flores salvajes que los rodean.

―Esto es demasiado― dice Gale, frunciendo el ceño― Por lo que hablé con Rue sabía de que las reglas en el Distrito 11 se hacían cumplir de forma más agresiva que en casa, pero nunca había imaginado algo como esto...

Me paro a su lado y los dos contemplamos a un vigía que nos mira un momento antes de volver a su puesto.

―Parecen preparados para una guerra― digo― ¿Acaso los agricultores necesitan tanta custodia?

Gale se encoge de hombros, pero no deja de mirar todo con atención.

Ahora empiezan los cultivos, extendiéndose hasta más allá de donde alcanza la vista. Hombres, mujeres y niños llevando sombreros de paja para protegerse del sol se incorporan, se giran hacia nosotros, se toman un momento para estirar la espalda mientras ven pasar nuestro tren. Puedo ver huertas en la distancia, y me pregunto si es allí donde Rue habría trabajado, recolectando la fruta de las ramas más delgadas en las cumbres de los árboles.

Pequeñas comunidades de cabañas (en comparación las casas de chapa en la Veta son de clase alta) aparecen aquí y allá, pero están todas desiertas.

― ¿Dónde estarán todos?

―Debe de necesitarse cada mano para la cosecha― responde Gale.

Los campos siguen y siguen. No puedo creer la extensión del Distrito 11.

― ¿Cuánta personas crees que viven aquí?― pregunto. Gale sacude la cabeza.

―Parece que muchas.

Asiento. Supongo que tampoco lo sabe. En la escuela se refieren a él como un distrito grande, eso es todo. Sin cifras reales sobre la población. Mi padre una vez había comentado que el 11 podía por lo menos triplicar fácilmente la población de nuestro distrito, pero tampoco parecía tener una idea clara.

―No sé qué es peor; si pasarse doce horas encerrado en una oscura mina o todo un día recolectando miles de campos bajo éste sol abrasador― dice Gale con amargura. La inmensidad de este sitio parece no acabar nunca. Pero sí se termina para nosotros cuando Effie entra al vagón y nos manda a vestirnos. Gale aprovecha la ocasión y masculla una disculpa, y ella le sonríe amistosamente, desestimando el asunto.

Effie podrá ser exasperante a veces, pero en verdad es muy buena persona cuando se lo propone, igual que Gale.

Voy a mi compartimento y dejo que mi equipo de preparación me peine y maquille. Cinna me deja usar uno de mis propios vestidos, rosa y con mangas de seda, adornados con una bella flor sosteniendo la mitad de mi cabello que él hizo para mí.

―Luces hermosa― me dice― Pero no puedes salir sin esto― recupera mi insignia del sinsajo de la cómoda y la prende en mi vestido con mucho cuidado― Listo. Ahora sí eres mi chica en llamas.

Sonrío y los dos salimos al vagón principal, donde Gale y Portia esperan. Effie llega a los pocos segundos y repasa el programa una última vez. En algunos distritos los vencedores conducen por la ciudad mientras los residentes los aclaman. Pero en el 11, tal vez porque no hay una ciudad, para empezar, estando todo tan esparcido, o quizás porque no quieren gastar a tanta gente en tiempo de cosecha, la aparición pública está confinada a la plaza. Tiene lugar ante el Edificio de Justicia, una inmensa estructura de mármol. En otros tiempos debió de ser algo de gran belleza, pero el tiempo ha hecho su trabajo. Incluso en televisión puedes ver la hiedra cubriendo la decadente fachada y la bajada del tejado. No es como el de casa, que es igual de viejo pero al menos recibe constante mantenimiento. La plaza en sí misma está rodeada de escaparates venidos a menos, la mayoría de los cuales están abandonados. Donde quiera que sea que la gente bien viva en el Distrito 11, no es aquí.

Toda nuestra aparición pública estará situada en el exterior de aquello a lo que Effie se refiere como la galería, la extensión con baldosas entre las puertas frontales y la escalera que está ensombrecida por un techo sujeto por columnas. Gale y yo seremos presentados, el alcalde del 11 leerá un discurso en nuestro honor, y responderemos con un agradecimiento por guión proporcionado por el Capitolio. Si un vencedor tuviera algún aliado especial entre los tributos muertos, se considera bueno agregar también varios comentarios personales. Cada vez que intentaba hablar sobre eso con Gale me respondía con alguna evasiva, pero por suerte yo tengo algo preparado, y con varias leves alteraciones, puede servir para ambos. Al final de la ceremonia nos obsequiarán una placa conmemorativa, y después podremos retirarnos al Edificio de Justicia, donde será servida una cena especial. Ya me sé la rutina de memoria, pues en el Distrito 12 siempre tenía que estar presente en cada gira y recibir a todos los vencedores junto a mi padre, pero aun así se siente extraño estar del otro lado ahora, y sin mi padre coordinando todo.

Mientras el tren entra en la estación del Distrito 11, Cinna le da los últimos retoques a mi conjunto, cambiando mi flor de plata por una de oro metálico, y luego Gale y yo nos quedamos solos frente a la salida, esperando a que el tren se detenga.

― ¿Sabes? Siempre me ha gustado tu sinsajo― dice, mirando mi insignia con curiosidad― Es como un símbolo de lucha, o algo así. Y me recuerda mucho a Rue...

Yo parpadeo y me lo quito. A decir verdad solo lo usaba como una reliquia familiar. Nunca le di un significado especial, pero ahora que Gale lo dice creo que tiene razón.

―Es verdad. Deberías tenerlo tú.

― ¿Qué? No, es tuyo. Fue de tu tía, y no...

―Está bien. Después de todo tú no tienes un símbolo, ¿o sí?― levanto la mano para prenderle mi insignia en la solapa izquierda de su chaqueta azul― Mira, parece que siempre ha pertenecido allí, ¿no crees?

Él no dice nada, pero la leve sonrisa de su rostro es suficiente.

A decir verdad, nunca me sentí muy cómoda siendo la portadora del único legado de Maysilee Donner, y debo admitir que el pequeño sinsajo luce mil veces mejor en el orgulloso pecho de Gale que decorando mis vestidos.

No hay comité de bienvenida en la plataforma, sólo una cuadrilla de ocho agentes de la paz que nos dirigen a la parte trasera de una furgoneta acorazada. Effie bufa cuando la puerta se cierra con un desagradable sonido detrás de nosotros.

―Pareciera que fuésemos criminales― dice, acomodándose la peluca para ahorrarse el bochorno.

La furgoneta nos deja detrás del Edificio de Justicia. Nos llevan rápidamente al interior. Puedo oler que están preparando una excelente comida, pero no bloquea los olores a moho y putrefacción. No nos han dejado tiempo para curiosear. Mientras vamos en línea hasta la entrada delantera, puedo oír cómo empieza a sonar el himno en la plaza. Alguien me pone un micrófono de clip. De inmediato Gale me sujeta la mano izquierda. El alcalde nos está presentando mientras las inmensas puertas se abren con un gruñido.

― ¡Grandes sonrisas!― Dice Effie, y nos da un empujoncito. Nuestros pies empiezan a moverse hacia delante.

Gale se ve muy nervioso, así que apreto su mano con fuerza, a lo que él responde también apretando la mía. Nada puede quitarme de la cabeza que algo le pasa, pero no es el momento ni el lugar para hablar de ello.

Salimos de la mano; yo sonrío pero a Gale parece habérsele trabado la mandíbula. Hay un sonoro aplauso, pero ninguna de las otras respuestas que obtuvimos en el Capitolio, los vítores, alabanzas y silbidos. Andamos por la galería sombreada hasta que se termina el tejado y estamos en pie ante unas grandes escaleras de mármol bajo el sol abrasador.

Mientras mis ojos se ajustan, veo que colgaron de los edificios de la plaza banderas que ayudan a cubrir su estado de abandono. Está todo lleno de gente, pero tengo la impresión de que sólo una fracción de la gente que vive aquí.

Como siempre, una plataforma especial ha sido construida al final del tablado para las familias de los tributos muertos. En el lado de Thresh , sólo hay una anciana con la espalda encorvada y una chica alta y musculada que supongo es su hermana. En el de Rue están sus padres, cuyos rostros morenos llevan todavía fresca la tristeza. Sus cinco hermanos pequeños que se parecen tanto a ella. Las constituciones menudas, los luminosos ojos castaños. Forman una bandada de pequeños pájaros oscuros.

Un nudo se me forma en la garganta, y noto que Gale aprieta mi mano con más fuerza. Si a mí me duele recordar, él parece totalmente devastado. Sé que quiso a Rue tanto como yo, pero entre él y esa niña había un lazo aún más profundo y especial, aquel que comparten las personas que han vivido lo mismo y se entienden mutuamente.

El aplauso se apaga y el alcalde pronuncia el discurso en nuestro honor. Dos niñas pequeñas se acercan con dos inmensos ramos de flores. Se supone que Gale debía hablar primero, pero está tan compungido que ninguna palabra sale de sus labios, así que yo pronuncio su parte del guión establecido y después me encargo de concluirlo. Afortunadamente me he preparado durante meses para esto, y he hablado de éste día con Peeta y mi padre, dos de mis más grandes apoyos, así que puedo recitarlo sin vacilar.

Preparé mis comentarios personales escritos en una tarjeta, pero no la saco. Un par de lágrimas traicioneras se me escapan cuando recuerdo a mi pequeña amiga y a su fuerte compañero. Como esa niña pequeña y valiente se encargó de mis heridas y nos cuidó a Gale y a mí aún cuando no tenía porqué hacerlo, y cómo esa es una deuda que nunca podremos pagar. Pero siento que eso no es suficiente. Y entonces recuerdo la voz de Peeta a la perfección:

― ¿Y qué harías tú?

―Sin duda, algo que jamás olvidarían... No lo sé... Si pudiera, me gustaría darles dinero para que esos niños ya no tengan hambre nunca más.

He estado pensando en eso por semanas, y no encuentro mejor momento que éste.

―No puede en modo alguno sustituir sus pérdidas, sobre todo la de alguien tan valiosa como Rue; pero como prueba de nuestro agradecimiento nos gustaría que cada una de las familias de los tributos del Distrito 11 recibieran una parte de nuestras ganancias cada mes durante el resto de nuestras vidas.

La multitud no puede sino responder con gritos ahogados y murmullos. No hay precedente para lo que acabo de hacer. Ni siquiera sé si es legal, así que no pregunté por si acaso no lo era. En cuanto a las familias, sólo se nos quedan mirando en estado de shock. Sus vidas cambiaron para siempre cuando perdieron a Rue y Tresh, pero este regalo las cambiará de nuevo. Gale y yo recibimos tantas monedas del Capitolio que una sola parte, como la que pienso darles, puede proporcionar fácilmente sustento a una familia numerosa durante meses. Mientras vivamos, no pasarán hambre. Y aunque originalmente la oferta sería sólo para la familia de Rue, me alegra haberla extendido a la de Tresh, a pesar de que no le he conocido formalmente. Rue lo quería y respetaba, y con eso me basta.

Miro a Gale que sigue apretando mi mano con fuerza, pero él mantiene la vista en algún punto del horizonte. No obstante, de pronto me mira y sin soltar mi mano inclina su cabeza y me besa.

Por alguna razón siento ése beso mucho más real que los anteriores, con muchos más sentimientos, y sé que mi idea le gustó tanto como yo creía.

El alcalde avanza para entregarnos a cada uno una placa que es tan grande que tengo que dejar en el suelo mi ramo para sujetarla sin soltar a Gale. La ceremonia está a punto de terminar cuando la presión de Gale en mi mano se hace casi dolorosa, y al mirarlo lo veo viendo fijamente a una de las hermanas de Rue. Debe de tener unos nueve años y es prácticamente una réplica exacta de Rue, en la forma en la que permanece en pie con los brazos ligeramente extendidos.

Su mandíbula está tensa, y sus ojos humedecidos por el llanto que se obliga a reprimir. Tiene esa mirada, la que a pesar de ser un hombre grande y fuerte lo hace ver como un niño asustado, y entonces sé que algo está atormentándolo.

De pronto la presión desaparece. Gale suelta mi mano y se dirige al público por primera vez.

― ¡Esperen!― Avanza a trompicones, tirando la placa a un lado― Esperen. Hay algo que me gustaría decir― me paro tras él y lo miro, asombrada y a la vez temerosa de lo que vaya a decir. Yo lo apoyo en todo lo que haga, pero no puedo evitar recordar la visita de Snow, mucho menos aquella sensación de peligro que me persigue desde que lo sé.

Gale tiene un breve momento de indecisión, pero una vez que empieza a hablar las palabras salen de sus labios como si se hubieran formado en el fondo de su mente hace mucho tiempo:

―Quiero darles las gracias a los tributos del Distrito 11 por haber entregado sus vidas para que Madge y yo pudiésemos estar aquí hoy― dice, luego mira a la pareja de mujeres en el lado de Thresh. ― No conocí a Tresh formalmente, pero siempre lo respeté porque hasta el último momento jugó con sus propias reglas. Los tributos profesionales querían que se aliara con ellos desde el principio, pero él se negó, igual que yo lo hice. Lo respeté por eso.

Me sorprende esa afirmación, pues Gale nunca me había dicho que los profesionales habían intentado establecer una alianza con él. Supongo que no lo creyó importante, pues se hubiera negado de cualquier forma.

Por primera vez la anciana, que debe ser la abuela de Tresh, levanta la cabeza y la sombra de una sonrisa juega en sus labios.

Ahora la multitud está en silencio, tan en silencio que me pregunto cómo lo consiguen.

Deben de estar todos conteniendo la respiración.

Gale se vuelve hacia la familia de Rue, y yo lo hago con él.

―Pero sí conocí a Rue, y siempre estará en mi memoria, pero principalmente en mi corazón― aprieta los puños a los lados y baja la mirada brevemente― El mundo es un lugar tan injusto que niños como ella son llevados antes de tiempo todos los días, pero personas como Rue son de las que uno no podría olvidar ni aunque quisiera. Todas las cosas hermosas me la recuerdan. La veo en las flores que crecen en la Pradera junto a mi casa. La veo en los sinsajos que cantan en los árboles. Pero más que nada, la veo en mi hermana, Posy, en sus ojos brillantes y oscuros cada noche cuando le canto su canción favorita antes de dormir― la voz empieza a fallarle, y, brusco, se pasa una mano por el rostro para limpiarse las lágrimas que amenazan con caer― Gracias por sus hijos― alza la barbilla y me llama con una seña. Vuelve a tomar mi mano y los dos enfrentamos al público juntos― Y gracias a todos por el pan.

Se queda allí de pie, sosteniendo mi mano, con miles de ojos clavados en él. Hay una larga pausa. Después, desde algún lugar entre la multitud, alguien silba la canción de Rue de cuatro notas de los sinsajos. La que señalaba el final del día en las huertas, la que significaba seguridad en la arena. Hacia el final de la cancioncilla, Gale suelta mi mano y da un paso hacia adelante; yo hago lo opuesto, teniendo un presentimiento extraño. De repente encuentro al que silba, un hombre anciano con una camisa roja gastada y un pantalón de peto. Sus ojos encuentran los de Gale, y los dos se miran fijamente en señal de respeto.

Lo que sucede a continuación no es un accidente. Está demasiado bien ejecutado para ser espontáneo porque sucede completamente al unísono. Cada persona en la multitud presiona los tres dedos centrales de la mano izquierda contra sus labios y los extiende hacia mí. Es nuestro signo del Distrito 12, el último adiós que le dimos a Rue en la arena.

Y sin poder evitarlo las lágrimas corren por mi rostro como ríos, pero Gale se ha puesto pálido. Aun así levanta la mano izquierda y corresponde al gesto con furiosa convicción.

Mis piernas tiemblan de pronto. Busco al alcalde o a alguien con la mirada, y puedo oír la pequeña explosión de estática que indica que los micrófonos fueron apagados. El alcalde ya ha tomado la palabra. Gale y yo aceptamos una ronda final de aplausos. Dos agentes de la paz se nos acercan y nos dirigen de vuelta hacia las puertas.

― ¡Nosotros podemos solos!― exclama Gale, cuya conmoción ha dejado lugar al enojo ahora, resistiéndose a dejarse empujar.

Entonces, como si presintiera algo, se niega a seguir caminando.

― ¿Qué pasa?― Pregunta, mas los agentes no responden y nos empujan una vez más― ¡Déjenme!

Gale se resiste y los empuja, regresando sobre sus pasos con la respiración briosa mientras yo lo sigo de cerca, sin saber qué más hacer.

Y ni siquiera tenemos que volver a salir porque, desde la profunda sombra de la galería, lo vemos todo.

Un par de agentes de la paz arrastra al anciano que silbó a la parte alta de las escaleras, obligándolo a arrodillarse ante la multitud. Y entonces, cuando mis ojos de nuevo están llenos de lágrimas, veo a uno apuntando su arma a su cabeza y sin más le dispara.

― ¡No!― grita Gale, tirando al piso a otro agente para intentar salir de nuevo al escenario.

El hombre acaba de caerse al suelo cuando un muro de uniformes blancos de agentes de la paz bloquea nuestro campo de visión. Varios de los soldados tienen armas automáticas sujetas de lado mientras nos empujan de vuelta a la puerta. Pero no doy ni dos pasos cuando mis rodillas ceden y todo se vuelve oscuro.

Por todos los Cielos, ¿qué hemos hecho?

oOo

.


.

Continuará…

.


.

N del A:

Gracias a todos quienes dejaron sus reviews.

Qué tal el capítulo? Dudé mucho al escribirlo, pero al final me decidí por seguir la misma línea de la historia original. Después de todo, Gale es como la versión masculina de Katniss, y no puedo concebirlo de otra forma, excepto que a él no le cuesta tanto exteriorizar sus sentimientos, o eso me pareció en los libros. Gale es como esas personas rudas que cuando sienten algo lo hacen con demasiada intensidad, o eso es lo que yo interpreté.

Como sea, espero que les haya gustado el capítulo, y perdón por la demora y las faltas ortográficas que pueda haber. Acabo de editarlo y aquí son las 2 de la madrugada :)

Hasta la próxima!

H.S.