Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen.
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El primer paso
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― ¡No!― alcanzo a gritar, pero para cuando me sale la voz es demasiado tarde.
El eco del disparo me sobresalta, haciéndome cerrar los ojos con fuerza; y al abrirlos es como si el mundo se hubiera detenido a mi alrededor.
Estoy aturdido y soy incapaz de moverme, hablar o pensar. Todo desaparece en ese instante; en mi cabeza, veo la muerte de Rue una y otra vez, haciendo que mis ojos se llenen de lágrimas de dolor e impotencia. Me cuesta varios segundos darme cuenta de lo que acaba de pasar realmente, de que la realidad es mucho peor que mis recuerdos, y entonces la rabia se dispara en mi interior como una flecha hacia el cráneo de una presa. Siento como mi pulso se sube hasta las nubes y la impotencia me ahoga; me paralizo por lo que para mi mente de cazador es una eternidad, pero cuando el estupor pasa, cuando puedo recobrar el control sobre mí mismo y termino de procesar todo, me ciego completamente.
― ¡Hijos de...!― antes de darme cuenta estoy lanzándome de nuevo hacia la puerta para vengarme de los malditos que asesinaron a ese desvalido anciano, y en ese momento los agentes que antes nos rodeaban tratan sostenerme, como si fuera un desquiciado.
Y todo se vuelve un caos. Decenas de manos intentan detenerme; no me importa que me hagan daño, como puedo los golpeo y doy patadas al aire, buscando mi arco antes de recordar que no lo tengo conmigo. Entonces, cuando los agentes de la paz dejan un mínimo hueco, cuando me sueltan por una milésima de segundo para reajustar su agarre, tomo desprevenido a uno y lo empujo con todas mis fuerzas. Él cae hacia atrás y su arma lo hace a mis pies, y ni siquiera me doy cuenta cuando doblo las rodillas y me lanzo hacia ella, siendo detenido a tiempo por dos fuertes manos.
― ¡No, chico!
― ¡Suéltame!
Empiezo a forcejear con Haymitch, que sale de la nada y me sujeta con ambos brazos sobre mi pecho. Tengo que admitir que a pesar de su edad y los abusos de años tiene mucha fuerza, pero estoy tan furioso que no cedo ni un milímetro.
― ¡Te digo que me sueltes!― con mucho esfuerzo me doy la vuelta e intento golpearlo, pero Haymitch me esquiva y me sujeta con su brazo por el cuello, pegándome a su costado mientras me saca el aire para obligarme a tranquilizarme.
― ¡Quieto o harás que te maten, idiota!― me dice, y noto por primera vez a todos los agentes de la paz que nos rodean con sus armas apuntándome a la cabeza. Y en ese momento recupero la cordura y me obligo a dejar de pelear. Haymitch me suelta de a poco y levanta las manos en señal de rendición― Está bien, está bien. El chico sólo se asustó, y es muy temperamental. Lo habrán visto en los juegos de año pasado... Bajen sus armas, por favor.
Por supuesto que no lo hacen, pero tras unos segundos de indecisión finalmente se abren, dándonos algo de espacio para caminar.
Entonces recuerdo a Madge y me muevo con más rapidez, haciendo que varios agentes me vuelvan a apuntar, pero no me importa. Ella está a unos pocos metros, inconsciente en los brazos de un agente que la trae hacia nosotros. Y la ira regresa, pero cuando quiero atacarlo Haymitch me detiene con una mano en mi hombro.
―Se desmayó, eso fue todo― dice, de seguro adivinando mis pensamientos; se acerca a mí y me habla al oído― No hagas nada estúpido de nuevo... ¡Ya nos vamos!― grita, empujando al agente de la paz que está haciendo presión sobre mí― Toma a Madge― no lo dudo ni un segundo y rescato a Madge de los brazos del agente. Haymitch me guía de vuelta al Edificio de Justicia. Los agentes de la paz nos siguen a uno o dos pasos de distancia. En cuanto estamos dentro, las puertas se cierran y oímos las botas de los agentes de la paz moverse otra vez hacia la muchedumbre.
Effie, Portia y Cinna esperan bajo una pantalla llena de estática que está montada sobre la pared, sus rostros crispados por la ansiedad.
― ¡¿Qué pasó?!― se acerca corriendo Effie, con el rostro conmocionado al verme con Madge en brazos― ¡¿Por qué saliste corriendo, Haymitch?! ¡¿Qué le pasó a Madge?!
―Perdimos la señal justo después del emotivo discurso de Gale― aclara Portia, igual de preocupada― Creímos oír...
―No pasó nada. La chica debe tener bajo el azúcar o algo― dice Haymitch con tranquilidad mientras saca su licorera, interrumpiendo a Portia al mismo tiempo. Cinna se acerca a mí con un pequeño frasquito y me ayuda a recostar a Madge sobre un sillón.
―Esto le ayudará― comenta mientras quita la diminuta tapa y mete el frasco bajo su nariz. Madge se remueve un poco; Cinna me aparta para darle aire, y se oyen dos disparos más. La puerta no ahoga mucho su sonido. Dos personas más ha muerto.
Me tiembla todo el cuerpo y soy incapaz de decir nada, pero es un alivio que Madge esté despertando. Cuando quiero acercarme y preguntarle si está bien una mano pesada sobre mi hombro me detiene.
―Tú. Conmigo― dice Haymitch. Le hace una seña a Cinna con la cabeza y él asiente, luego me lleva fuera, y yo lo sigo sin protestar, dejando atrás a los demás. Los agentes de la paz que están estacionados fuera del Edificio de Justicia se interesan poco por nuestros movimientos ahora que estamos a salvo en el interior. Ascendemos por una enorme escalera de caracol de mármol. En la parte alta hay un largo pasillo con una alfombra raída en el suelo. Unas puertas dobles están abiertas, dándonos la bienvenida a la primera sala que encontramos. El techo debe de tener seis o siete metros de altura, hay diseños de fruta y flores grabados en las molduras, y niños pequeños, grotescamente regordetes y con alas nos miran desde arriba, desde cada ángulo, haciendo que me sienta aún más vigilado. Jarrones de flores desprenden un olor empalagoso que me hace estornudar. Nuestra ropa de noche cuelga de perchas contra la pared; este cuarto ha sido arreglado para nosotros, pero apenas estamos aquí unos segundos para recoger nuestros regalos. Después Haymitch me arranca el micrófono del pecho, lo entierra debajo del cojín de un sofá, y me indica que lo siga otra vez. Él va por delante, guiándome sin vacilar, lo que es extraño; por lo que sé Haymitch sólo ha estado aquí una vez, cuando estaba en su Gira de la Victoria hace décadas, pero por lo visto debe de tener una excelente memoria o instintos muy confiables porque me lleva a través de un laberinto de escaleras torcidas y pasillos cada vez más estrechos. A veces tiene que parar y forzar una puerta, y por el chirrido de protesta de los goznes me doy cuenta de que hace mucho tiempo desde la última vez que fueron abiertas. Después de un tiempo subimos por una escalera de mano hasta una trampilla; cuando Haymitch la empuja a un lado, nos encontramos en la cúpula del Edificio de Justicia. Es un lugar inmenso lleno de muebles rotos, pilas de libros, cuadernos de contabilidad y armas oxidadas. La capa de polvo que lo cubre todo es tan gruesa que se nota a leguas que nadie la ha limpiado en años. La luz lucha por filtrarse a través de cuatro pequeñas ventanas situadas a los lados de la cúpula. Haymitch le da una patada a la trampilla para que se cierre, volviéndose hacia mí.
― ¡¿Qué demonios pasa contigo?!― exclama, empujándome con tanta fuerza que caigo sobre un montón de muebles polvorientos, sin tener tiempo de reaccionar.
Desde el suelo lo miro, intentando matarlo con la mirada, cosa que no le afecta en absoluto.
― ¡¿Tienes alguna, mínima, idea de lo que acabas de hacer?! ¡¿De lo que hubiera pasado si yo no hubiese previsto tu estupidez?! ¡Ahora mismo podrías estar muerto!
Lo escucho, pero realmente no me importa lo que dice. Mi cabeza sigue en aquella plaza y lágrimas de impotencia comienzan a acumularse en mis ojos
Todo está pasando demasiado rápido para que pueda comprenderlo. El aviso, los disparos, el reconocimiento de que quizás haya puesto en movimiento algo de grandes consecuencias. Sería una cosa si hubiera planeado agitar las aguas, pero... ¿cómo demonios causé tantos problemas?
― ¿Qué pasó allá afuera?― vuelve a hablar Haymitch, ya más calmado, frunciendo su arrugado ceño.
Como puedo, aún con las manos temblándome y el pulso por las nubes, le cuento todo lo sucedido en la plaza. El silbido, el saludo, mi exabrupto en la galería, el asesinato del anciano, y Haymitch solo me escucha, muy serio y pensativo.
No lo he visto así de concentrado desde que me pidió que fingiera estar enamorado de Madge durante las entrevistas para los juegos del año pasado. No lo tomé enserio entonces, pero ahora espero desesperadamente que me diga lo que debo hacer.
―Todos estamos en peligro; todo el país está en peligro por mi culpa― digo, sujetándome la cabeza con las manos para que el mundo deje de dar vueltas y se quede de una vez en su sitio― Snow me dijo que debía calmar a quienes no estuvieran conformes con mi actuación en esta gira, Haymitch. Pero todo lo que hice hoy es conseguir que mataran a tres personas, y ahora todos los de la plaza van a ser castigados. Madge, tú, yo. Todos. Por mi culpa― la voz me tiembla y tengo que apretar los puños para no volver a perder el control. Me aparto a un lado, asomándome a una ventana sesgada por maderos, y me recargo en ella, tratando de ver algo abajo, aunque el vidrio está tan sucio que no lo consigo.
―Mira, chico...― Empieza Haymitch, sentándose sobre una silla andrajosa que cruje violentamente bajo su peso. El polvo que levanta, flota y busca nuevos lugares sobre los que posarse. Mi cabeza, mis ojos, la brillante insignia dorada de la tía de Madge, que trato de limpiar con mi pulgar— Debes tratar de calmarte.
―Estoy calmado― digo― Tan calmado como puedo estar después de haber arruinado las cosas para todos nosotros.
Haymitch me mira por el rabillo del ojo y suspira.
―No. No podías empeorar las cosas― dice tras un profundo carraspeo― Tal vez los enfureciste un poco más, pero no pueden hacer nada. No ahora.
― ¿Y Madge?― pregunto, soltando un suspiro― Sé que acordamos no decirle de esto, pero...
— ¿Tú qué quieres hacer?
Me encojo de hombros; mi cabeza ahora mismo es un hervidero de ideas y no logro pensar con mucha claridad.
—Creo que ya ha tenido suficientemente con los juegos— vuelvo a suspirar— No quiero asustarla ni meterla en esto, Haymitch. Si el presidente quiere tomar represalias con alguien que lo haga conmigo. A ella quiero dejarla fuera; sobre todo porque... Su padre es un alcalde. Confío en ella, y sé que el alcalde es un buen hombre, pero trabaja para el Capitolio, y si llegara a fallar...
Haymitch tuerce los labios como si tratara de comprender, pero en sus ojos veo muy bien que sabe a lo que me refiero.
— ¿Si llegaras a fallar en qué?
—Si no logro calmar a los distritos; si se inicia una revolución por mi culpa, y el alcalde Undersee lo descubre... Mi familia sigue en el distrito. También debo pensar en ellos.
Me froto las sienes con impaciencia y Haymitch se queda callado por unos segundos, mirándose las manos.
― ¿Qué te hace pensar que habrá una revolución?— pregunta finalmente, y lo miro.
—Es que no estuviste ahí, Haymitch. ¡No viste sus caras ni su determinación! ¡Esa gente, ahí afuera, quiere pelear!— exclamo, exaltándome por un segundo— Snow quiso amenazarme, pero ahora sé que tenía miedo. Sabe que esta vez todo podría ser diferente; ¡que podríamos ganar la guerra!
— ¿Guerra? Para tu tren, muchacho idiota. No sabes de lo que estás hablando.
― ¡Sí lo sé! Muertes, hambre, destrucción...eso no es nada que no tengamos ya. Pero si peleamos, si nos defendemos, podemos terminar con todo, de una vez y para siempre― refuto, teniendo que hacer una pausa para volver a respirar.
Haymitch me mira con ojos sagaces, tomándose su tiempo antes de volver a hablar:
―Escucha, Gale. Estamos hablando de una verdadera masacre, no de cómo te escapabas por debajo de la valla para ir a cazar. Vidas humanas perdidas. ¿Estarías dispuesto a darlo todo, a aceptar las consecuencias que una guerra podría implicar para ti y todos tus seres queridos? ¿A sacrificar a miles de inocentes y renunciar a toda libertad?
No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Pelear? ¿Revolución? ¿Alguien me toma en serio? Por un segundo pienso que estoy soñando, pero no. No es un sueño. Haymitch habla con seriedad, así que intento responderle de la misma forma y sin vacilar:
―Sí.
―Entonces...― vacila por un segundo― Llegado el momento, podría decirse que los rebeldes cuentan con tu apoyo. Sin importar qué, sin importar cómo ni cuando.
No puedo evitar que un escalofrío me recorra la espalda al escuchar eso, pero intento disimularlo.
―Sí.
Hay un segundo de un tenso e incómodo silencio, pero, finalmente, Haymitch asiente, levantándose de su asiento mientras golpea mis rodillas con su pesada mano.
―Bien. Es hora de volver.
―Espera. ¿Qué tienes en mente?
―Primero debemos ver cómo termina esto― me dice, soltando otro pesado suspiro― Pero todo puede pasar. Lo que ocurrió allá afuera fue sólo la primera prueba... Ya verás todas las cosas a las que deberás enfrentarte. Si sobrevivimos― dice Haymitch.
Yo me quedo unos segundos más ahí parado, pensando en qué serán todas esos cosas a las que deberé enfrentar. Por ahora, la gente del Distrito 11 se enfrenta a un castigo que no puedo ni imaginar. Nuestra valla no está vigilada y rara vez está cargada; nuestros agentes de la paz no son bien recibidos pero son menos brutales, nuestras preocupaciones suscitan más cansancio que furia. Aquí en el 11, sufren con más agudeza y sienten más desesperación. El Presidente Snow tiene razón.
Una chispa podría ser suficiente para incendiarlos.
Y tal vez yo ya la encendido.
―Haymitch― lo llamo. Él voltea― ¿Ahora qué debo hacer?
Haymitch me mira fijo una vez más y piensa su respuesta por unos momentos, como si quisiera decir algo que no puede o no debe.
―Intenta no agitar el avispero y que Snow crea que le tienes miedo. Sigue esta gira y convence a los distritos. Lo demás, lo veremos después... Ahora vamos. Tenemos una cena a la que asistir― dice, saliendo por la trampilla.
Regresamos por el mismo camino hacia donde dejamos a los demás, y corro hacia Madge al verla despierta junto a Cinna, que le sirve un vaso de agua.
Ella me ve y se levanta para abrazarme, y sin pensar bien en lo que hago le sujeto el rostro y la beso por un buen rato.
― ¿Dónde estabas?― pregunta cuando nos separamos.
―Haymitch me sacó a tomar aire porque no dejaba de hiperventilar― miento, no porque quiera engañarla de nuevo, sino porque ahora sí creo que es lo correcto.
Cuanto menos sepa de todos mis problemas más segura estará. Sin embargo, seguimos siendo un equipo, así que tampoco podrá quedar totalmente despegada de lo que pase en adelante.
Sé que Madge es lo más cercano a una amiga que tengo ahora y trataría de ayudarme, pero sigo pensando que mantenerla a raya es lo mejor.
Al menos hasta que sepa adónde nos llevará todo esto.
oOo
El disparo resuena en mi mente una y otra vez, y antes de darme cuenta he apretado tanto los puños que empiezo a hacerme daño.
Me quedo en la ducha tanto como me lo permiten, intentando ahogar ese infernal sonido bajo el agua.
De alguna forma me siento sucio, corrupto y culpable. Todo lo que quiero ahora es tomar esa arma y cobrar venganza, mostrarle a todos que no dejaré que el Capitolio vuelva a someterme, que no km e vendí a ellos, iniciar una revolución que termine con todo esto, pero entonces pienso en Madge, en mi familia y Katniss, cuyas vidas penden de un hilo que yo sujeto con mis manos, las cuales ahora siento manchadas por la sangre de otro inocente.
Me sostengo con fuerza de la pared para que no se me doblan las rodillas por la rabia y el miedo que recorren mi cuerpo antes de tener que salir para que me arreglen. El equipo de preparación, como siempre, parece ignorante de los eventos del día. Todos están excitados por la cena. En los distritos son lo bastante importantes como para asistir, mientras que en el Capitolio casi nunca consiguen invitaciones para fiestas de prestigio. Antes los habría odiado por eso, pero ahora admiro esa capacidad para ignorar los horrores del mundo. Además, ¿cómo podría odiarlos cuando sus rostros reflejan la misma ingenuidad que una presa en la mira de mis flechas? No los odio, pero tampoco me agradan. Es una extraña mezcla de sentimientos. Ellos no tienen la culpa de ser tan ignorantes, o eso quiero creer para no lanzarme al cuello de ninguno.
Mientras tratan de predecir qué platos se servirán, no dejo de ver cómo le destrozan la cabeza al anciano sin que yo pueda hacer nada; soy como un títere entre sus manos, y ni siquiera presto atención a lo que me están haciendo hasta que alguien toca mi hombro y me veo en el espejo. Visto un traje gris con tirantes y una camisa negra, zapatos puntiagudos de piel y un pañuelo doblado en el bolsillo de mi chaqueta a juego. Mi flequillo fue peinado hacia atrás con gel y mis cejas fueron desprovistas de algunos vellos.
Portia llega desde atrás y me acomoda el pañuelo negro antes de sacudirme el polvo invisible de los hombros.
Se encuentra con mi mirada en el espejo y a pesar de mi expresión me sonríe.
― ¿Te gusta?
―Está bien, supongo.
―Creo que le falta algo― dice amablemente, prendiéndome el sinsajo de oro de Madge en la chaqueta― ¿Que tal si muestras esos dientes recién blanqueados?― dice. Es su recordatorio de que en un minuto habrá otra vez cámaras. No quiero sonreír, pero me obligó a hacerlo y consigo alzar las comisuras de los labios― Vamos.
Bajamos al enorme vestíbulo para juntarnos con los demás y tenemos que esperar un rato.
Madge baja con Cinna, luciendo un elegante vestido plateado con un chal de pelo blanco y suave, el cabello suelto y rizado. Luce muy hermosa, como una de esas princesas de las historias que le gustan a Posy.
Se para a mi lado y esboza una sonrisa nerviosa que me paraliza el corazón. Tiene miedo, puedo percibirlo cuando la siento apretar mi mano.
Cuando Effie llega con Haymitch me doy cuenta de que no sabe nada de lo sucedido en la tarde; al parecer, Haymitch no le ha dicho lo que pasó en la plaza. No me sorprendería que Portia y Cinna lo supieran, pero parece haber un acuerdo silencioso de dejar a Effie fuera de las malas noticias. Aunque no se tarda mucho en oír acerca del problema.
Effie repasa el horario de la noche, luego lo lanza a un lado.
―Y después, menos mal, podemos subir a ese tren y salir de aquí― dice.
― ¿Pasa algo malo, Effie?― pregunta Cinna.
―No me gusta la forma en que hemos sido tratados. Metidos en camionetas y apartados de la plataforma. Y después, hace cosa de una hora, decidí salir a mirar alrededor del Edificio de Justicia. Soy algo así como una experta en diseño arquitectónico, sabes.
―Oh, sí, lo he oído― añade Portia antes de que la pausa se haga demasiado larga.
―Así que, sólo estaba echando un vistazo por ahí porque las ruinas de distritos van a ser el último grito este año, cuando aparecieron dos agentes de la paz y me ordenaron volver a nuestros aposentos. ¡Uno de ellos incluso me empujó con su pistola!― chilla Effie, y no puedo evitar pensar que este es el resultado directo de la desaparición de Haymitch: y mía antes durante el día. Es algo reconfortante, sin embargo, pensar que Haymitch tal vez haya tenido razón. Que nadie estaría monitorizando la cúpula polvorienta donde hablamos. Aunque estoy seguro de que ahora sí lo hacen.
Effie se ve angustiada, y como toda la gente del Capitolio está ansiosa por exagerar las cosas, pero nos ordena en formación para nuestra entrada. Primero los equipos de preparación, después ella, los estilistas, Haymitch. Madge y yo, por supuesto, ocupamos la retaguardia.
En algún punto por debajo de nosotros, músicos empiezan a tocar. Cuando la primera onda de nuestra pequeña procesión empieza a bajar los escalones, Madge y yo al fin nos quedamos solos por un momento.
― ¿Qué pasa?― pregunto, algo temeroso. Madge me mira y su mano aprieta un poco más la mía.
― ¿Ése hombre está muerto?― pregunta, con la voz temblando. Yo me limito a asentir y seguir apretando su mano― ¿Fue...por nuestra culpa?
Recuerdo el shock del disparo, pero me desahogo rápidamente de esa imagen para no seguir preocupándola.
―No.
―Estás mintiendo.
―No, Madge. Las cosas se salieron de control, pero si alguien tiene la culpa de algo soy yo.
Ella me hace mirarla y pone una mano en mi mejilla. Ya lo ha hecho antes; así evita que desvíe la mirada para esquivarla.
―No digas eso― dice. Yo cierro los ojos ante su tacto― Tú no tienes la culpa de nada, Gale, pero no podemos ignorarlo. Yo no puedo hacerlo. Necesito que me mires a los ojos y me digas qué fue lo que pasó ahí afuera. Sin mentiras.
Su expresión me dice que no puedo seguir mintiéndole. Así que me acerco un poco más a ella, de modo que la música tape el sonido de mi voz.
―Muchos en los distritos creen que el que hayamos sobrevivido los dos fue un acto de rebelión, y muy probablemente nos puse en peligro a todos. Y besé a Katniss luego de nuestra llegada a casa― le suelto, sin pausas, rodeos o más explicaciones. Y me arrepiento de mi necedad al instante.
Madge suelta mi mano y parpadea, asimilando todo lo que acabo de decirle por un momento. Da pasitos errantes hacia atrás, abre y cierra la boca, se la cubre con la mano y me mira de a ratos. Empiezo a prepararme mentalmente para lo peor, dispuesto a soltarle toda la verdad, excepto lo de la amenaza de una verdadera rebelión. Sin embargo, su voz sale primero que la mía:
― ¿Besaste a Katniss?― dice, despacio, como si debiera ser prudente con cada palabra. Me sorprende que sea lo único con lo que se ha quedado y me desconcierta por igual, pero intento no darle importancia.
―Sí, pero fue solo una vez. Eso no es...
―Sabía que había algo mal cuando me dijiste que el presidente había ido a verte, pero, ¿acusarte de un acto de rebelión?― dice Madge, regresando al tema importante y frunciendo el ceño. Estamos de pie en la parte alta de las escaleras, dándole a Haymitch una ventaja de quince pasos tal y como indicó Effie.
―Esos son quince. Vamos― pido, y prácticamente tengo que obligarla a avanzar conmigo.
—No me toques— gruñe por lo bajo, zafándose disimuladamente de mi agarre antes de que nos vea el público— No puedo creerlo. Y claro, tú no ayudaste mucho a que el presidente se crea nuestra farsa al besar a Katniss. De ahora en adelante yo me haré cargo de todo. Nadie merece morir porque eres un imbécil que anda besando a otras chicas cuando se supone que está comprometido conmigo— dice, sin mirarme.
A estas alturas ya no entiendo nada. ¿Se enojó conmigo porque le mentí con respecto al presidente o porque besé a Katniss? En cuyo caso, una cosa no tiene nada que ver con la otra; no hay nada 'real' entre Madge y yo, y ella sabe bien cómo son las cosas. No obstante, decido no decir nada que pueda hundirme aún más.
Creo que por un día ya he arruinado demasiado nuestras vidas.
Una luz nos golpea, y Madge pone la sonrisa más brillante que puede mientras yo sólo la acompaño.
Bajamos los escalones y somos absorbidos por lo que se convierte en una ronda indistinguible de cenas, ceremonias, y viajes en tren.
Cada día es lo mismo. Despertarse. Vestirse. Conducir entre muchedumbres que nos aclaman. Escuchar el discurso en nuestro honor. Dar un discurso de agradecimiento en respuesta, pero sólo el que nos dio el Capitolio, ahora sin ninguna clase de añadidos personales. A veces un breve paseo: un vistazo al mar en un distrito, altos bosques en otro, feas fábricas, campos de trigo, refinerías malolientes. Vestirse con ropa de noche. Acudir a la cena. Tren.
Durante las ceremonias, Madge y yo somos solemnes y respetuosos pero siempre unidos, por nuestras manos, nuestros brazos. En las cenas, estamos al borde del delirio por nuestro mutuo amor. Nos besamos, bailamos, nos atrapan intentando escaparnos para estar a solas, pero el tacto y la actitud de Madge son cada vez más fríos y distantes.
No que milagrosamente entienda a las mujeres ahora, pero sé que la he herido, y mucho, y entendería que quisiera gritarme o lanzarme algo por la cabeza, pero es mucho peor que se quede callada y me ignore. No obstante, durante las presentaciones en público seguimos tan enamorados como siempre, pero en el tren, nos sentimos silenciosamente miserables mientras intentamos evaluar el efecto que estamos teniendo. Incluso con nuestros discursos personales para aplacar el descontento puedes sentir algo en el aire, el murmullo de la ebullición en una olla a punto de desbordarse. No en todas partes. Algunas multitudes tienen ese aire de ganado fatigado que sé que el Distrito 12 suele proyectar en las ceremonias de los vencedores. Pero en otros -particularmente el 8, el 4 y el 3- hay una genuina euforia en los rostros de la gente cuando nos ve y, bajo la euforia, furia. Cuando gritan mi nombre, es más un grito de venganza que una aclamación. Cuando los agentes de la paz se acercan para calmar a una muchedumbre indisciplinada, esta les devuelve el empujón en vez de retraerse. Y entonces sé que no hay nada que yo hubiera podido hacer jamás para cambiar esto. Ninguna muestra de amor, aunque creíble, cambiaría esta marea. Si el que intentara suicidarme fue un acto de locura pasajera, entonces esta gente también abrazará la locura.
No sé cómo sentirme al respecto. Yo siempre he creído que debíamos pelear, defendernos, pero todo es distinto cuando ves las cosas desde otra perspectiva. Yo debería estar con ellos, pero en su lugar estoy sobre el escenario, saludando y esbozando sonrisas tontas que intentan esconder al verdadero yo tras ellas.
Ya no puedo dormir, apenas como y el equipo de preparación se vuelve loco por los círculos debajo de mis ojos. Y Madge lo intenta, pero no está mucho mejor que yo.
Effie empieza a darnos pastillas para dormir, pero no funcionan. No lo bastante bien. Cada vez que me duermo tengo pesadillas; ruinas, gente muerta y destrucción por doquier son las más comunes, a veces acompañadas por los gritos desesperados de mi familia, así que desisto de las drogas y me paso gran parte de la noche vagando por el tren. Madge sigue tomándolas, y sus pesadillas parecen ser aún más horribles que las mías; la oigo gritar mientras lucha por salir del aturdimiento de la droga que sólo prolonga los horribles sueños. Consigo despertarla siempre después de unos minutos y tranquilizarla. Después me subo a su cama para sostenerla hasta que vuelve a dormirse sobre mi pecho, pero nunca me quedo. No me parece correcto hacerlo cuando todo es tan confuso entre nosotros y los ánimos están tan bajos.
Las consecutivas apariciones en el 2 y el 1 son las peores. Yo mismo he asesinado a Cato y Clove, los tributos del Distrito 2, y tal vez Marvel y Glimmer, los chicos del Distrito 1, hubieran llegado ambos a casa si Madge y yo no lo hubiéramos hecho. Es extraño estar aquí y descubrir que aunque quisieron asesinarme realmente no odio a ninguno.
Para cuando llegamos al Capitolio, estoy completamente desesperado. Hacemos apariciones interminables ante muchedumbres adoradoras. No hay peligro de un levantamiento aquí entre los privilegiados, entre aquellos cuyos nombres nunca se introducen en las bolas de la cosecha, aquellos cuyos hijos nunca mueren por supuestos crímenes cometidos hace generaciones. No necesitamos convencer a nadie en el Capitolio de nuestro amor, pero tenemos la esperanza de que aún podemos llegarles a algunos de los que no pudimos convencer en los distritos. Lo que quiera que hagamos parece demasiado poco, demasiado tarde.
De vuelta en nuestras habitaciones en el Centro de Entrenamiento, se me ocurre sugerir la proposición pública de matrimonio, después de todo, les explico, estamos metidos hasta el cuello en esto, y es algo por lo que tendremos que pasar tarde o temprano.
―Haz lo que quieras, Gale― me dice, y ni siquiera se molesta en mirarme antes de salir. Sin embargo, minutos después regresa y accede a hacerlo, pero luego desaparece en su habitación durante mucho tiempo. Haymitch me dice que la deje sola.
― ¿Cuál es su problema?― reclamo, frustrado― Todo lo que hicimos fue para salvarla. ¡Yo iba a morir para que ella ganara! ¿No estaba tan enamorada de mí?― digo, sintiéndome casi desesperado por Madge y su comportamiento―Ahora tendrá lo que quería. Debería estar feliz.
Haymitch me observa por el rabillo del ojo un momento, frunciendo el ceño.
―Ella quería que fuera real― dice, levantándose de su asiento con un bufido, mirándome como si acabara de golpear a un niño o algo así― Podrías vivir mil años y aun así no merecer a esa chica― gruñe al pasar por mi lado y golpearme el hombro con fuerza.
Y yo me quedo solo, solo y muy molesto, aunque no sé si porque todos me tratan como si yo fuera el del problema o porque empiezo a creer que de verdad lo soy. Me paso el resto del día deambulando por el tren, intentando no pensar en Madge y no pensando en otra cosa.
Esa noche, en el escenario delante del Centro de Entrenamiento, balbuceamos como podemos nuestras respuestas a una lista de preguntas; al menos yo sí, porque Madge está tan encantadora como siempre. Caesar Flickerman, en su ropa brillante, su cabeza, párpados y labios aún teñidos de azul pastel, nos guía sin fallos en la entrevista. Cuando nos pregunta sobre el futuro, me coloco sobre una rodilla, repito las palabras que tantas veces he practicado, simulo estar abriendo mi corazón y le suplico a Madge que se case conmigo. Y ella, por supuesto, acepta. Caesar está fuera de sí, la audiencia del Capitolio está histérica, planos de muchedumbres por todo Panem muestran un país loco de felicidad.
El Presidente Snow en persona nos hace una visita sorpresa para felicitarnos. Le da un abrazo a Madge y un beso en la mejilla. A mí me da la mano y una palmada aprobatoria en el hombro. Cuando se aparta, sus dedos clavándose en mi mano, su cara sonriendo a la mía, me atrevo a alzar las cejas. Ellas preguntan lo que mis labios no pueden. ¿Fue suficiente?
Como respuesta, sacude la cabeza casi imperceptiblemente.
Y ese momento es la culminación de todos mis miedos en un solo segundo, y entonces miro a Madge, y casi puedo ver como el mundo empieza a derrumbarse frente a mis ojos. En ese único y casi imperceptible movimiento, veo el fin de la esperanza, el principio de la destrucción de todo lo que quiero en el mundo. No puedo adivinar qué forma tomará mi castigo, qué amplitud abarcará la explosión, pero cuando termine, lo más probable es que ya no quede nada. Y es en ese momento cuando pienso en que debería comenzar a desesperarme y querer escapar, pero no. No quiero huir. Ahora que ya puedo abandonar este juego, que la pregunta de si puedo triunfar en esta batalla ha sido respondida, incluso si dicha respuesta es un sonoro no, quiero quedarme a pelear y resistir lo que sea que siga a continuación.
Si los momentos desesperados requieren medidas desesperadas, entonces soy libre para actuar con tanta desesperación como me plazca. Y si Haymitch estaba esperando una verdadera razón para iniciar una rebelión pues ya se la he dado. Ya di el primer paso. Sólo que no aquí, todavía no. Es esencial volver al Distrito 12, porque la parte principal de mi plan sería poner a salvo a todos mis seres queridos, a mi familia, Katniss, su madre y su hermana. Y Madge, si consigo hacer que venga con nosotros. Estas son las personas que debo poner a salvo antes de iniciar cualquier cosa. Cómo los convenceré, dónde los llevaré en lo más crudo del invierno, cómo evadiremos la captura, son preguntas sin respuesta. Pero por lo menos sé qué debo hacer.
Así que en vez de desbordarme y suplicar, me encuentro irguiéndome más y con más confianza de la que he tenido en semanas. Mi sonrisa, aunque algo histérica, no es forzada. Y cuando el Presidente Snow silencia a la audiencia y dice, "¿Qué opinan de que les organicemos una boda aquí en el Capitolio?" interpreto al hombre orgulloso y enamorado sin falla alguna.
Caesar Flickerman pregunta si el presidente tiene una fecha en mente.
―Oh, pues no debería tardar demasiado. A estos dos enamorados les urge tanto estar casados que ya viven juntos― dice, divertido. El público suelta una gran carcajada y el presidente me rodea los hombros con un brazo― Los jóvenes de hoy en día viven a toda prisa.
―Tal vez sea porque podríamos morir en cualquier momento― digo con una sonrisa.
Snow me mira fijo y aunque no lo parece veo que lucha consigo mismo por mantener esa sonrisita hipócrita.
―En eso te doy la razón, Gale, amigo mío― dice con buen humor .
Sé que muy probablemente me haga pagar por esto, pero a estas alturas poco me importa.
La fiesta, que tiene lugar en la sala de banquetes de la mansión del Presidente Snow, no tiene igual. El techo de doce metros ha sido transformado en el cielo nocturno, y las estrellas se ven exactamente igual que en casa. Supongo que también se ven así desde el Capitolio, pero ¿cómo saberlo? Siempre hay demasiada luz de la ciudad para ver las estrellas. A mitad de camino más o menos entre el techo y el suelo, músicos flotan en lo que parecen ser nubes blancas algodonadas, pero no puedo ver qué las sostiene en el aire. Las mesas de cena tradicionales han sido sustituidas por innumerables sofás y sillas acolchados, algunos rodeando chimeneas, otros junto a fragantes jardines de flores o estanques llenos de peces exóticos, para que la gente pueda comer y beber y hacer lo que les plazca en el máximo confort. Hay una gran área de baldosas en el centro de la sala que sirve para cualquier cosa, desde una pista de baile, a un escenario para las actuaciones que vienen y van, a otro lugar donde mezclarse con los invitados extravagantemente vestidos. Pero la auténtica estrella de la noche es la comida. Mesas repletas de manjares están alineadas contra las paredes. Todo lo que puedas imaginar, y cosas que nunca has soñado, esperan. Vacas enteras asadas, cerdos y cabras aún girando en asadores. Inmensas bandejas de aves rellenas de sabrosas frutas y frutos secos. Criaturas del océano rociadas con salsas o pidiendo ser empapadas en especiados mejunjes. Incontables quesos, panes, verduras, dulces, cascadas de vino, y arroyos de bebidas espirituosas que titilan con llamas.
Toda esta opulencia es como una bofetada a los distritos que mueren de hambre, pero, como el presidente, me furzo a mí mismo a seguir sonriendo. Además, mi apetito ha regresado junto a mi deseo de luchar. Después de semanas de sentirme demasiado preocupado para comer, estoy muerto de hambre.
―Quiero probar todo lo que hay en la sala― le digo a Madge. Ella sigue sin hablarme, pero me mira como intentando descifrar mi expresión. Supongo que debe resultarle demasiado extraño verme de tan buen humor, pero dado que no sabe que el Presidente Snow piensa que he fracasado, sólo puedo asumir que piensa que hemos triunfado. Tal vez incluso crea que siento algo de felicidad genuina por nuestro compromiso. Sus ojos reflejan su curiosidad pero sólo brevemente, porque estamos en pantalla. Así que sonríe y toma mi mano para que juntos vayamos a la primer mesa, y aunque de verdad parecemos dos jóvenes enamorados su actitud es tan fría que casi es dolorosa.
Para restar un poco de tensión me limito a comer todo lo que puedo, sopas de distintos colores y sabores, cada una más deliciosa que la anterior, mientras Madge sólo da pequeños bocados de una muy práctica selección de platillos en uno solo. Se nota que ha sido bien instruida para una vida como esta, donde la comida es más un capricho que una necesidad.
Aparecen rostros, se intercambian nombres, se toman fotos, besos rozan mejillas.
Aparentemente la insignia del sinsajo de Madge ha causado una nueva sensación en la moda, porque varias personas se le acercan a enseñarle sus accesorios, pero ella muy amablemente las desvía hacia mí, indicándoles que ahora es mi insignia. El pájaro ha sido replicado en hebillas de cinturones, grabada en solapas de seda, incluso tatuada en lugares íntimos. Todo el mundo quiere llevar el recuerdo del ganador. Sólo puedo imaginar hasta qué punto eso vuelve loco al Presidente Snow. Pero ¿qué puede hacer él? Los Juegos tuvieron tanto éxito aquí, donde el intento de suicidio sólo fue el símbolo de un chico desesperado intentando salvar al amor de su vida.
Madge y yo no nos esforzamos en buscar compañía pero siempre estamos solicitados. Somos aquello que nadie quiere perderse en la fiesta. Trató de ser simpático por Effie, pero no tengo el más mínimo interés en esta gente del Capitolio. No son más que distracciones de la comida. Me sirvo algo muy parecido a un gusano rosa que jamás había visto; alguien me dice que se llaman camarones y que son animales marinos, pero no me interesa mucho. Su carne es blanca y suave como mantequilla que se deshace en la boca, y sabe de maravilla con una salsa donde debes mojarlo antes de llevártelo a la boca. Es delicioso, así que me lleno un plato y trató de acabarlo porque la idea de tirar la comida, tal y como veo hacer a tanta gente con tanta facilidad, me resulta aberrante.
Después de unas diez mesas estoy lleno, y sólo hemos probado un pequeño número de los platos disponibles. Justo entonces llega hasta nosotros el equipo de preparación de Madge. Suenan casi incoherentes entre el alcohol que han consumido y su éxtasis por estar en un evento tan importante.
― ¿Por qué no están comiendo?― pregunta Octavia. Hubiera preferido no quedarme pero el brazo de Madge sujeto al mío me impide alejarme, así que me veo obligado a contestar.
―Lo hice, pero estoy satisfecho― digo.
―Yo también― añade Madge, con una sonrisa un poco forzada. Ellos se ríen como si fuera la cosa más tonta que hayan oído nunca.
― ¡Oh, nadie deja que eso los detenga!― dice Flavius. Nos llevan hasta una mesa donde hay pequeños vasos de vino de pie bajo llenos de un líquido claro― ¡Beban esto!
Sujeto uno para tomar un sorbo y casi se vuelven locos.
― ¡No aquí!― Chilla Octavia.
― Tienes que hacerlo allí― dice Venia, señalando a las puertas que llevan a los lavabos― ¡O lo echarás todo por el suelo!
Frunzo el ceño, al principio sin comprender, pero no tardo en entender todo.
― ¿Esto es para vomitar?― pregunto, y no sé qué es lo que me da más asco, si la idea del vómito o el hecho de que esta gente se obliga a vomitar para seguir tragando cuando ahora mismo más de familia en los distritos debe estar desfalleciendo de hambre.
El equipo de Madge se ríe histéricamente.
―Por supuesto, para que puedas seguir comiendo― dice la gordinflona Octavia. ― Ya he estado allí dos veces. Todos lo hacen, o si no ¿cómo te ibas a divertir en un festín?
Me quedó sin palabras, mirando a los bonitos vasitos y todo lo que implican. Todo en lo que puedo pensar es en los cuerpos escuálidos de los niños sobre la mesa de la cocina de la mamá de Katniss mientras la señora Everdeen prescribe lo que los padres no pueden dar: más comida. Ahora que soy rico periódicamente les envío alimentos y todo cuanto puedo, entonces los envía a casa con algo. Pero a menudo, en los viejos tiempos, no había nada que dar y de todos modos el niño estaba más allá de toda salvación. También recuerdo a mis hermanos llorando de hambre cuando aún no sabía cazar y papá acababa de morir. Son recuerdos muy dolorosos. Y aquí en el Capitolio están vomitando por el placer de volver a llenarse las barrigas una y otra vez. No por ninguna enfermedad del cuerpo ni de la mente, no por comida estropeada. Es lo que todos hacen en una fiesta. Lo esperado. Parte de la diversión. Pienso en la felicidad en las caras de los niños de la Veta en el Día del Paquete por recibir una simple lata de dulce de maíz. Ellos son tan felices con tan poco, y estas personas, aún con tantos privilegios jamás están satisfechos con nada. No les alcanza con una gema en su piel sino que quieren dos, diez o veinte; no les alcanza con tener la fortuna de irse a dormir cada noche con el estómago lleno, sino que tienen que vomitar para meterse más.
Sus risas idiotas me molestan. Tengo muchas ganas de arrojarles la copa a la cara, pero vuelvo a ponerlo en la mesa y me preparo para decirles algo; sin embargo, la mano de Madge apretando la mía me aconseja que no es buena idea.
―Ven, Gale. Vamos a bailar― dice, sacándome de ahí antes de que cometa un triple asesinato.
La música se filtra desde las nubes mientras me aparta del equipo, la mesa y más allá hasta la pista. En casa sólo conocemos unos pocos bailes, del tipo que van con música de flauta y violín y necesitan un buen espacio. Pero Effie nos ha enseñado algunos que son populares en el Capitolio, o al menos a mí porque Madge, como hija de un alcalde, es una experta en todo lo que tiene que ver con bailes y música.
Antes tal vez me hubiera molestado su vida llena de privilegios, pero ahora debo aceptar que es muy útil tenerla como aliada porque aunque siempre me he considerado a mí mismo como muy ágil no soy capaz de coordinar pies, manos y cerebro cuando tengo que bailar.
La música es lenta y ensoñadora, así que sujeto a Madge entre mis brazos y nos movemos en un círculo sin prácticamente ningún paso, aunque aun así ella tiene una gracia que nunca he visto; así, tan arreglada y hermosa es muy difícil dejar de mirarla moverse al suave compás de la música, y me pierdo un momento en el vaivén de su cabello ondulado. Solo Madge es capaz de hacer que hasta mis movimientos torpes y nerviosos se vean elegantes.
Estamos callados durante un rato. Después ella suspira y parece derrumbar todas las barreras que ha impuesto entre nosotros, pero no dice nada, y he descubierto que su silencio me desespera mucho más que las amenazas de Snow.
―Gracias por salvarme de eso― le digo, tratando de iniciar una conversación. Madge deja de sonreírle a unas personas y me mira de soslayo.
―No lo hice por ti― responde, tajante, y me indica que le dé la vuelta― Tal vez te parezcan horribles, pero son mi equipo. Deberías tratar de controlarte con ellos.
―Lo intento, trato de pensar que tal vez no sean tan malos, luchó contra el impulso de partirles la cara, y después...― me interrumpo. Creo que ella entiende muy bien a lo que me refiero.
Madge siempre parece entenderme, aún cuando no me conoce de tanto tiempo como Katniss, ella simplemente me lee como un libro. Eso me hace sentir extraño. No molesto, sino más bien confundido la mayor parte del tiempo.
―Eres un buen mentiroso. Sabrás disimularlo― dice, y la miro, sin poder creer lo que oigo. Ella nunca me había hablado así antes, pero algo dentro de mí me dice que es mejor que me odie y lo diga a que siga sin hablarme.
Sin embargo, venga lo que venga no podré hacerlo solo, y estar mal con Madge me provoca un malestar que ni siquiera yo entiendo. Necesito recuperar su confianza. Necesito a la chica de la Arena, la que me confiaba su vida a la que yo podía confiarle la mía.
―Madge...― empiezo. No sé muy bien cómo expresarme con palabras; con Katniss es muy sencillo porque ella casi nunca muestra emociones, pero Madge es diferente, es frágil, no física ni mentalmente, pero sí de forma emocional. No puedo creer que le he llevado fresas y me la he cruzado en la escuela durante años y nunca me di cuenta de eso― Sé que te mentí, y lo lamento más que nada. Pero no voy a disculparme por tratar de mantenerte a salvo― Hago una pausa y luego susurro― Tal vez suceda.
― ¿Qué cosa?
―La... El problema al que Snow tanto teme― digo, y casi sin buscarlo mi cabeza gira velozmente de lado a lado, pero nadie parece haber oído. Los cámaras se desviaron en una mesa de mariscos, y las parejas bailando a nuestro alrededor están muy ebrias o muy concentradas en sí mismas como para darse cuenta.
― ¿De qué estás...?― empieza, pero luego guarda un tenso silencio, meneando la cabeza de un lado a de forma negativa― Olvídalo. Ahórralo para casa.
―De acuerdo. Pero deja de portarte así conmigo.
― ¿Así cómo? ¿Como si me hubieras herido al mentirme luego de que prometiste no volver a hacerlo? Discúlpame por hacer que te sientas mal por haberme metido en esto― dispara, y sus palabras literalmente me dejan sin habla.
― ¿Que yo te metí en esto?― digo, dejando de bailar, pero Madge me obliga a no detenerme, así que la pego lo más posible a mi cuerpo para que nadie pueda oírnos― Yo estaba listo para morir ahí adentro para que tú, niña consentida, ganaras.
― ¿Niña consentida?― Madge me pisa y se separa, teniendo el cuidado de empujarme lejos de ella sin que nadie más lo note― Veo que sí te has molestado en conocerme todo éste tiempo. Qué tonta...― balbucea. Y me arrepiento al instante de lo que dije, pero no puedo regresar el tiempo.
― ¿Gale?
Madge vuelve a tomar mi mano por obligación cuando Portia aparece con un hombre grande que parece vagamente familiar. Lo presenta como Plutarch Heavensbee, el nuevo Vigilante Jefe. Plutarch me pregunta si puede robarme a mi prometida para un baile y Madge, que ha recuperado su cara de cámara, sonríe con toda naturalidad y se va con él.
― ¿Todo está bien?
―Sí― mascullo, perdiéndome entre una multitud de coloridos ebrios y parándome junto al bar, desde donde puedo observar a Madge y a Plutarch Heavensbee bailar. Estoy harto de fingir, así que con mi cara le doy a entender a cualquiera que quiera acercarse que eso no sería in an buena idea.
Estoy molesto, pero no le quito el ojo de encima a Madge, que luce hermosa, como siempre, y responde a todos los comentarios de Plutarch con unas sonrisa encantada. Él le habla; no sé qué le dice pero se preocupa mucho por sus reacciones, aunque Madge nunca deja de verse perfecta en todo sentido. Pero no confío en los Vigilantes. Y de pronto me doy cuenta de que Plutarch es el hombre que resbaló hacia atrás sobre el recipiente del ponche cuando les disparé una flecha a los Vigilantes durante la sesión de entrenamiento. Bueno, en realidad no. Estaba disparándole a una manzana en la boca de su cerdo asado. Pero los hice saltar.
"Y él ahora baila con tu novia...", dice una voz en mi cabeza, y todas las alarmas de mi mente se encienden.
No sé que me pasa. No puedo estarme refiriendo a Madge como si fuera de mi propiedad.
Me siento enfermo, y si algo he aprendido de Haymitch es que cualquier tipo de dolencia o molestia se puede curar fácilmente con una botella.
Tomo un vaso tras otro para olvidar dónde estoy, y sonreírle a toda esa gente se vuelve increíblemente más fácil con cada trago que me quema la garganta. Cerca de veinte minutos después siento la presencia de alguien a mi lado, y al voltear Plutarch Havensbee me saluda con su copa.
―Linda fiesta, ¿no crees? Y es toda en tu honor― dice, divertido.
No puedo evitar bufar.
―En nuestro honor― lo corrijo, refiriéndome a Madge― ¿Usted es quien...?
―Sí. Y te complacerá saber que nunca me he recuperado― murmura Plutarch.
Quiero decir que veintidós tributos muertos tampoco se recuperarán nunca de los Juegos que él ayudó a crear. Pero sólo digo:
―Así que el nuevo Vigilante Jefe... Eso debe de ser un gran... Honor, supongo.
―Entre tú y yo, no había muchos aspirantes al puesto― dice― Tanta responsabilidad sobre cómo saldrán los Juegos... No es un trabajo fácil.
―Sí, dicen que el trabajo puede matarte― digo, porque sé que él debe de saber lo de Seneca Crane, pero no parece preocupado en absoluto.
―No si lo haces bien― responde con altura, y si la gente como él no me asqueara sin duda respetaría eso.
― ¿Ya están planeando los Juegos del Vasallaje?― Digo, dándome la vuelta para tomar otro sorbo de mi copa, aunque también busco a Madge con la mirada.
―Oh, sí. Bueno, han estado trabajándose desde hace años, por supuesto. Las Arenas no se construyen en un día. Pero el, por decirlo de algún modo, sabor de los Juegos se va a determinar ahora. Lo creas o no, tengo una reunión de estrategia esta noche, por eso tuve que desistir de la agradable compañía de tu hermosa prometida.
Plutarch se acomoda junto a mí y sobre la barra saca un reloj de oro en una cadena de un bolsillo de su chaleco para que yo lo vea. Abre la tapa, mira la hora, y frunce el ceño.
―Tendré que irme pronto― Gira el reloj para que pueda ver la esfera― Empieza a medianoche.
―Bien. Espero que se...― digo, pero entonces algo me distrae. Plutarch ha deslizado su pulgar sobre la esfera de cristal del reloj y durante sólo un instante aparece una imagen, brillando como si estuviera iluminada por una vela. Es otro sinsajo. Exactamente como la insignia en mi pecho. Sólo que este desaparece. Cierra el reloj.
― ¿Eso es...?
―Bonito prendedor― me interrumpe, pasando un dedo sobre la insignia que me obsequió Madge― Se lo vi a tu prometida en los Juegos, pero sin duda ahí es dónde debe estar... Si alguien pregunta por mí, di que me he ido a la cama. Se supone que las reuniones se deben mantener en secreto. Pero pensé que sería seguro decírtelo a ti.
―Claro― atino a responder.
Cuando nos damos la mano, hace una pequeña reverencia, un gesto común aquí en el Capitolio.
―Bueno, te veré el próximo verano en los Juegos, Gale. Mis mejores deseos para con tu compromiso, y buena suerte.
―La necesitaré.
Plutarch desaparece y camino sin rumbo entre la multitud, buscando a Madge, mientras extraños me felicitan. Por mi compromiso, por mi victoria en los Juegos, por mis esculturas. Respondo, pero en realidad estoy pensando en Plutarch presumiendo de su bonito y exclusivo reloj. Hay algo extraño en eso. Casi clandestino. ¿Pero por qué? Tal vez crea que alguien más robará su idea de poner un sinsajo que desaparece en la esfera de un reloj. Sí, probablemente pagó una fortuna por eso y ahora no se lo puede enseñar a nadie porque teme que alguien haga una imitación barata. Sólo en el Capitolio.
Encuentro a Madge tras un enorme piano, y solo entonces me doy cuenta de que ella tocaba la música que sonaba mientras hablaba con Plutarch. Hay músicos que la rodean viéndola hacer notas a sus partituras, y a un pequeño grupo se curiosos que la atacan con distintas preguntas sobre la boda.
Me mira por un segundo, como diciendo "sálvame" y entonces voy por ella y la abrazo por la espalda para indicarle a todo el mundo que queremos estar solos un momento. Cuando conseguimos cierta privacidad Madge se separa y mira a nuestro alrededor.
―Effie dijo que tenemos que estar en el tren a la una. Me pregunto qué hora es.
―Casi medianoche― respondo, feliz de que, una vez más, haya decidido dejar de ignorarme. Pido que me guarden unos chocolates para mis hermanos y unos asistentes se aparecen de inmediato con varias cajas.
― ¡Hora de decir gracias y despedirse!― Gorjea Effie detrás nuestro. Es uno de esos momentos en los que simplemente agradezco su puntualidad compulsiva. Recogemos a Cinna y a Portia, y nos escolta para decirle adiós a la gente importante, después nos lleva hasta la puerta.
― ¿No deberíamos darle las gracias al Presidente Snow?― pregunta Madge― Es su casa.
―Oh, no es muy amigo de fiestas. Demasiado ocupado― dice Effie― Ya he preparado las notas y regalos de rigor para que se le envíen mañana. ¡Aquí estás!― Effie saluda con la mano a dos encargados del Capitolio que llevan a un ebrio Haymitch sujeto en el medio.
Viajamos por las calles del Capitolio en un coche con ventanas tintadas. Detrás de nosotros, otro coche trae a los equipos de preparación. Las multitudes de gente celebrando son tan grandes que es un viaje lento. Pero Effie ha hecho una ciencia de esto, y exactamente a la una en punto estamos de vuelta en el tren y este sale de la estación.
Haymitch es depositado en su cuarto. Cinna ordena té y todos tomamos asiento alrededor de la mesa mientras Effie hace sonar los papeles de sus horarios y nos recuerda que aún estamos en la Gira.
―Está el Festival de la Cosecha en el Distrito 12 sobre el que pensar. Así que sugiero que bebamos nuestro té y vayamos directo a la cama― Nadie discute.
Cuando abro los ojos, es primera hora de la tarde y ya casi estamos en casa.
La agenda para el Distrito 12 incluye una cena en la casa del Alcalde Undersee esta noche y un rally de victoria en la plaza durante el Festival de la Cosecha mañana. Siempre celebramos el Festival de la Cosecha el último día de la Gira de la Victoria, pero habitualmente significa una comida en casa o con unos pocos amigos si puedes permitírtelo. Este año será un evento público, y ya que el Capitolio lo estará organizando, todo el mundo en todo el distrito tendrá la barriga llena.
La mayor parte de nuestra preparación tiene lugar en la casa del alcalde, ya que volvemos a estar cubiertos de pieles para las apariciones en exteriores. Sólo estamos brevemente en la estación de tren, para sonreír y saludar mientras subimos al coche. Ni siquiera vemos a nuestras familias hasta la cena de esta noche, excepto Madge, porque por primera vez en la historia de los Juegos un alcalde galardona a su propia hija.
Me alegro de que sea en la casa de los padres de Madge en vez de en el Edificio de Justicia, donde tuvo lugar el memorial por mi padre, donde me llevaron tras la cosecha para esos desgarradores adioses a mi familia. El Edificio de Justicia está demasiado lleno de tristeza.
Pero me gusta la casa del Alcalde Undersee, especialmente ahora que nuestras familias han compartido tanto. Sin embargo, Madge parece algo incómoda. Sé que prefiere estar en nuestra casa. Sus padres parecen amables pero nunca los ha visto mucho. Su padre tiene que gobernar el Distrito 12 y su madre tiene terribles jaquecas que la obligan a quedarse en cama durante días.
Quizá ahora que su hija es una vencedora puede hacer algo para que la curen en el Capitolio, cosa que antes no podían, porque incluso los privilegios del alcalde son limitados.
Cuando llegamos a la casa de los padres de Madge, sólo tengo tiempo de darle un abrazo rápido antes de que Effie la apresure a ir a su vieja habitación para prepararse, mientras que a mí me guían a una de las habitaciones de huéspedes del tercer piso. Después de que estoy listo y metido en un ridículo traje negro con detalles metálicos que me ajusta demasiado en las pantorillas, todavía tengo una hora que llenar antes de la cena, así que me escapo para encontrarla.
La habitación de Madge está en el segundo piso junto a varias habitaciones de invitados y el estudio de su padre. Meto la cabeza en el estudio para decirle hola al alcalde, pero está vacío.
El televisor está encendido, y me paro a ver planos de Madge y míos en la fiesta del Capitolio anoche. Bailando, comiendo, besándonos; cualquiera diría que de verdad vivimos en un sueño. Esto se estará emitiendo en cada casa de Panem ahora mismo. La audiencia debe de estar hastiada de los amantes trágicos del Distrito 12. Yo lo estoy. Ya no me acuerdo de la última vez que me sentí como yo mismo, y no como un autómata que solo habla, ríe y piensa cuando le dicen que lo haga.
Estoy marchándome de la habitación cuando un silbido capta mi atención. Me vuelvo para ver a la pantalla de la televisión quedarse negra. Después aparecen las palabras "ACTUALIZACIÓN EN EL DISTRITO 8". Instintivamente sé que esto no es para mis ojos, sino algo pensado sólo para el alcalde. Debería irme. Rápido. En vez de ello me aseguro de que no haya nadie cerca y me acerco más al televisor.
Aparece una presentadora a la que no he visto nunca antes. Es una mujer de cabello cano y una voz ronca y autoritaria. Avisa de que las condiciones están empeorando y de que se ha activado una alerta de Nivel 3. Se están enviando fuerzas adicionales al Distrito 8, y la producción textil ha cesado.
Cortan desde la mujer a la plaza mayor del Distrito 8. La reconozco porque estuve allí apenas la semana pasada; todavía hay banderas con mi cara agitándose desde los tejados, y bajo ellas, hay una escena de disturbios. La plaza está llena de gente gritando, sus rostros escondidos con trapos y máscaras caseras, lanzando ladrillos. Edificios ardiendo. Agentes de la paz disparan a la multitud, matando aleatoriamente.
Nunca he visto nada como eso, pero sólo puedo estar presenciando una cosa.
De verdad está pasando.
Esto es lo que el Presidente Snow llama un levantamiento.
Esto es lo que he estado esperando durante años.
oOo
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Continuará
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N del A:
Gracias por leer.
Agradezco mucho todos sus reviews. Para un autor no hay nada mejor que el apoyo de sus lectores.
Espero que les haya gustado el capítulo.
Nos leeremos!
H.S.
